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Capítulo 3: clases de palabras

3.1. Introducción

En este capítulo se realiza un recorrido por las diversas clases de palabras. En primer lugar, se señalan brevemente algunas dificultades para definir los límites del concepto de palabra y se ofrece una definición para esta noción. Luego, se diferencian las clases de palabras de acuerdo con dos criterios básicos: un criterio gramatical-funcional (teniendo en cuenta su morfología y sintaxis) y un criterio semántico-pragmático. Después de haber completado esta clasificación, se contrastan las categorías deslindadas por pares. Por último, se presenta una síntesis de lo desarrollado mediante un esquema, así como un breve apartado de recapitulación en el cual se destacan los conceptos que resultan de especial interés para nuestra investigación.

3.1.1. Las fronteras de la palabra

Existen dificultades para definir el concepto de palabra, pues en diversas lenguas no es fácil identificar estas unidades lingüísticas[1]. Sin embargo, hay que tener en cuenta que “escollos semejantes se presentan en el estudio de todas las unidades lingüísticas sin ser obstáculo para su existencia” (González Calvo, 1982: 60).

No obstante, hay que considerar que “las distintas lenguas tienen distintas preferencias respecto de las unidades lingüísticas. Lenguas flexionales como las indoeuropeas presentan una conciencia muy clara de la palabra” (González Calvo, 1982: 60)[2]. En ciertos tipos de lenguas como el español “aparece bastante clara su existencia, puesta de relieve por el saber empírico de los hablantes y la ortografía tradicional” (Barrenechea, 1969a: 11)[3].

Almela Pérez resalta la realidad psicológica de la palabra como entidad lingüística intuitiva, “quizá la más intuitiva, una realidad que corresponde a la experiencia lingüística del hablante […], la unidad más plástica y elemental de la lengua” (Almela Pérez, 2003: 32-33).

El autor analiza dos definiciones del término palabra (Almela Pérez, 2003: 31-35). La primera, es la de Bloomfield (1935): “Una palabra es la forma libre mínima”[4], i. e., una forma que puede aparecer aislada constituyendo un enunciado. Esta definición es restrictiva porque no incluye más que las clases léxicas de palabras en el concepto de palabra[5]. La segunda definición pertenece a Barrenechea (1963) y es la siguiente: “La palabra es el signo lingüístico cuyos constituyentes inmediatos no permiten la separación ni la permutación del orden, o no pertenecen a paradigmas cuyas unidades lo permitan”.

A partir de las definiciones anteriores y con base en Molino (1985), los rasgos de la palabra que enuncia Almela Pérez (2003: 35-37) son los siguientes: (a) orden fijo de los elementos que la integran (mesa, pero no *msea), (b) cohesión o inseparabilidad de los constituyentes (libro, pero no *li bro), (c) imposibilidad de admitir morfemas que no sean ligados (casa-s, pero no *casa-del), (d) capacidad para formar una oración (v. gr., ¿Y?) y e) rechazo de la recursividad (libré, libraba, pero no libr-e-aba).

Es necesario rescatar dos salvedades que hace el autor: (a) algunos rasgos serán comunes a todas las lenguas, pero otros no lo serán; (b) no todos los rasgos son condiciones necesarias y suficientes para que toda clase de palabra sea definida como tal, sino que “hay que graduar la aplicación de los rasgos previstos a los diferentes grupos de palabras” (Almela Pérez, 2003: 35).

Estas propiedades de la palabra se basan en su estructura interna. Hacen referencia a lo que se conoce como palabra morfológica, que se diferencia de la palabra sintáctica, i. e., la palabra en cuanto a su relación con elementos externos a ella (la palabra en el sintagma o construcción). A la palabra sintáctica o unidad mínima funcional del análisis sintáctico, se la denomina lexía. La lexía se caracteriza por permitir la permutabilidad y la intercalabilidad, como afirma Kovacci (1990: 29).

La permutabilidad es la posibilidad de cambiar la posición de la palabra en la secuencia, como en el siguiente ejemplo: Juan siempre come en casa, Juan come en casa siempre. Sin embargo, hay ciertas restricciones en el cambio de orden pues hay palabras que tienen orden fijo, como la mayoría de los determinantes y las preposiciones.

La segunda característica de la palabra sintáctica es la intercalabilidad o la posibilidad de intercalar una palabra entre otras, como en el ejemplo que sigue: Juan, mi hermano, siempre, incluso ahora, come bien en mi casa. A estos criterios se les puede sumar un tercero, identificado por Simone (1993: 123): la pausabilidad, i. e., la pausa potencial antes o después de una palabra en la emisión de un enunciado.

No es objetivo de este estudio resolver este problema tan complejo. Las definiciones que se han presentado son lo suficientemente operativas como para delimitar y reconocer las palabras. Por este motivo, no se entrará en más detalles sobre este particular y se pasará directamente a la clasificación de las palabras según diversos criterios.

3.1.2. Caracterización de las clases de palabras desde su gramática

En los estudios gramaticales existen terminologías diversas para hacer referencia a las clases de palabras. Se habla de categorías sintácticas, categorías léxicas, categorías gramaticales, clases de palabras, clases de lexemas y partes del discurso (Almela, 2002: 9-10; Barrenechea, 1969a: 9; Bosque, 2007 [1989], 2015; Gonzalez Calvo, 1982; Gutiérrez Ordóñez, 1985: 77-78).

La etiqueta partes de la oración –como apunta Gonzalez Calvo (1982: 55)– proviene de la Grecia Antigua (Protágoras, Platón, Aristóteles) y su uso fue continuado por Dionisio de Tracia y Quintiliano. Esta denominación responde a una consideración de todas las clases de palabras como unidades con sentido completo, i. e., no ha llegado a una concepción del morfema ni del sintagma. Debido a que la etiqueta desconoce estas unidades, a que se encuentra en desuso en la actualidad y a que puede resultar confusa[6], se prefiere no utilizar esta denominación[7].

Por otro lado, en cuanto a la etiqueta categorías gramaticales, no resulta conveniente usarla aquí por ser muy polisémica, como indican Bosque (2015: 13-14) y Rodríguez Espiñeira (2008: 12). En efecto, además de ser utilizada para las clases de palabras, es empleada para hacer referencia a las categorías de flexión de las palabras (número, género, tiempo, modo, etc.) (Pena, 1985).

En el presente trabajo se prefiere utilizar los términos clases de palabras o categorías de palabras o categorías léxicas, por considerarlas más transparentes (Bosque, 2015: 24; Albano y Giammateo, 2006: 12).

Tradicionalmente, ha habido en la distinción de las clases léxicas “una extraña mezcla de criterios (de ordinario semánticos para el sustantivo y el verbo; posicionales a veces para el adjetivo y la preposición, simplemente imprecisos para el adverbio)” (Bosque, 2015: 23). Los criterios para determinar las clases de palabras pueden agruparse en dos grandes categorías: un criterio gramatical-funcional (teniendo en cuenta la morfología y la sintaxis) y un criterio semántico-pragmático[8]. Para realizar una clasificación de las palabras que resulte exhaustiva y acertada es necesario tomar en cuenta ambos criterios.

Tomando como criterio de clasificación las funciones sintácticas que las palabras desempeñan en la oración y distinguiendo si estas son privativas (exclusivas) de un determinado grupo, pueden enunciarse ocho categorías de palabras: sustantivo, adjetivo, verbo, adverbio, coordinante, subordinante, verboide y relacionante (Barrenechea, 1969a: 9-26; Kovacci, 1990: 93-96). Las primeras seis categorías desempeñan una sola función en el texto; las últimas dos, en cambio, cumplen dos funciones textuales simultáneas.

Es necesario realizar algunas aclaraciones antes de proseguir. La base sintáctica sobre la cual operan Barrenechea y Kovacci para diferenciar las clases de palabras según sus funciones es la oración bimembre sujeto/predicado “por ser la estructura que puede ofrecer el mayor número de funciones” (Kovacci, 1990: 93). Barrenechea arguye que es conveniente basarse en esta clase de oraciones porque las unimembres admiten cualquier clase de palabra y no resultan lo suficientemente restrictivas para poder diferenciar categorías léxicas según funciones. En el caso de las palabras que son constituyentes de oraciones unimembres, aduce que este tipo de oraciones puede transferirse a oraciones bimembres (v. gr., ¡Qué tonto! → ¡Qué tonto eres!).

En cuanto a las interjecciones, Barrenechea (1969a: 13) afirma que son intransferibles, pues su función es exclusivamente oracional o suboracional, y no constituyen parte de una oración simple bimembre. Esta clase de palabras constituye generalmente oración o suboración dentro de una oración compleja por adjunción. Por este motivo, la autora afirma que a estos elementos habría que agruparlos separadamente en una categoría de “equivalentes oracionales”, opuesta a todas las otras categorías, que son verdaderamente partes de la oración. Sin embargo, puede objetarse que existen usos de las interjecciones en los que estas cumplen funciones dentro de las oraciones bimembres, como sucede en Me dijo shhh, donde shhh cumple la función de OD.

En lo que concierne a los pronombres, estos no conforman una clase funcional separada de las otras. Los relativos funcionan como relacionantes; los demás, como sustantivos, adjetivos o adverbios (Barrenechea, 1969a: 12-13). Sin embargo, si bien los pronombres no constituyen una clase funcional de palabras, sí son una clase semántica. Las palabras que pertenecen a esta clase se caracterizan por ser no descriptivas (sin significación fija) y de significado ocasional, i. e., “formas móviles que apuntan a diferentes objetos o clases de objetos en diversas circunstancias” (Barrenechea 1969b: 57)[9].

Hechas estas aclaraciones, se procede a la caracterización de las ocho categorías léxicas enumeradas previamente, siguiendo la clasificación de Barrenechea (1969a). Como se anticipó, las distintas clases de palabras tienen funciones privativas o exclusivas (que solo puede cumplir una determinada clase léxica) y funciones no privativas (aquellas compartidas por más de una categoría). El sustantivo se define por sus funciones privativas de sujeto, objeto/término de objeto (OD y OI) y de complemento agente. Además, puede cumplir las funciones de predicativo, predicado nominal, circunstancial y término de complemento de sustantivo.

Con respecto al adjetivo, tiene la función privativa de atributo del sustantivo (modificador). Sus funciones no privativas son: predicado, predicativo, circunstancial y término. Vázquez Rozas (2010: 111) señala lo siguiente:

Hay diferencias distribucionales entre los miembros de la clase adjetiva que parecen apoyar el carácter menos marcado y más central o prototípico de la función atributiva: los adjetivos en general pueden funcionar como modificadores, pero no todos pueden ser predicativos. No solo los adjetivos ‘de relación’ (producción láctea, teatro barroco), también llamados clasificadores, taxonómicos o asociativos, suelen excluirse de esta función, sino también los intensificadores o intensionales (verdadero desastre), los circunstanciales (antiguo pretendiente) y los epistémicos (presunto ladrón).

Otra particularidad del adjetivo es que se caracteriza morfológicamente por poseer grados (igualdad, superioridad e inferioridad). Por su parte, los adverbios desempeñan las funciones privativas de atributo de un adjetivo y atributo de otro adverbio (o de una construcción exocéntrica equivalente; v. gr., sucedió muy de repente). Sus funciones no privativas son las de circunstancial, predicado y término. Aunque no se trate de una función privativa del adverbio, la función de circunstancial es –como señala Barrenechea (1969a: 22)– fundamental, pues la función privativa de modificador no puede ser cumplida por todos los adverbios.

En cuanto a sus propiedades gramaticales, el adverbio es una clase de palabra invariable, que se caracteriza por un factor morfológico, la ausencia de flexión, y otro sintáctico, la capacidad de establecer una relación de modificación con grupos sintácticos correspondientes a diferentes categorías. La gran versatilidad del adverbio y la heterogeneidad de esta clase de palabra permite concatenar sin inconvenientes varios miembros en un mismo sintagma (v. gr., quizá demasiado poco frecuentemente).

Un aspecto interesante del adverbio, que rescatan Albano y Giammateo (2006: 12, 53-54), es el hecho de que el adverbio, además de modificar al verbo núcleo de un predicado, puede tener un alcance mayor (sobre toda la oración) e incidir en la modalidad, i. e., la actitud del hablante hacia su enunciado. Por ejemplo, si alguien dice probablemente no ha visitado a su abuela en mucho tiempo el adverbio probablemente no cumple la función de complemento del verbo, sino que modifica a todo el enunciado indicando el nivel de certeza que el hablante concede a su dictum[10].

Por su parte, los verbos poseen la función no privativa, pero obligatoria, de ser predicados. La función de predicado es la única que pueden cumplir. Además, organizan su propio sistema de modificadores. Pueden tener sujetos, objetos directos, objetos indirectos, predicativos, complementos regímenes y circunstanciales. Por otra parte, pueden poseer auxiliares y conformar perífrasis aspectuales y modales, lo cual los diferencia de los nombres, con los que comparten la capacidad de predicar.

Los verbos, además, poseen flexión de número, persona y tiempo, lo cual los diferencia de los verboides (infinitivo, participio y gerundio). Estos, por su parte, se definen por cumplir dos funciones simultáneas: (a) las propias del sustantivo, adjetivo o adverbio y (b) las del verbo, pues poseen régimen verbal manifiesto o en potencia[11].

Los relacionantes, al igual que los verboides, se definen por dos funciones simultáneas. Las funciones de los relacionantes son: (a) las propias del sustantivo, del adjetivo y del adverbio y (b) ser subordinantes. Los subordinantes (v. gr., si llueve, de madera) poseen la función privativa de ser marcadores de subordinación o inclusión. Por su parte, los coordinantes tienen la función privativa de ser nexos de coordinación; unen elementos que constituyan equivalentes funcionales, sean estos palabras, construcciones o proposiciones[12].

Ya revisada la categorización léxica según un criterio sintáctico y algunos rasgos morfológicos, se presenta a continuación la clasificación de las palabras según un criterio semántico, que se complementa con algunas consideraciones pragmáticas, pues el significado de las palabras no es fijo y unívoco, sino que se establece en el uso discursivo de la lengua.

3.1.3. Clasificación semántico-pragmática de las palabras

Desde los inicios de la clasificación de las palabras, se ha seguido como criterio principal una “ontología intuitiva” (Delbecque, 2008: 43). Este criterio de diferenciación ha resultado ser insuficiente. Como se explicará debajo con cada clase de palabra en particular, esta concepción restringe el uso del sustantivo a la designación de objetos (personas, lugares y cosas), el del verbo a la mención de eventos (acciones, procesos) y el de los adjetivos a la referencia a propiedades. No obstante, hay numerosas instancias en las que esto no se cumple, por ejemplo, el caso de los sustantivos que denotan propiedades (v. gr., anchura) o eventos (v. gr., inundación) (Gómez Torrego, 2005: 24).

La insuficiencia de este criterio clasificatorio no significa que deba ser descartado. Por el contrario, su permanencia en el tiempo indica que tiene fundamento. Como señala Delbecque (2008: 43), esta clasificación “privilegia los miembros prototípicos de una clase, a reserva de incorporar otros miembros no prototípicos por extensión categorial”. Es decir, respeta la configuración de la categorización humana por prototipos.

Otra lingüista contemporánea que sostiene que no debe dejarse de lado la clasificación de las palabras según su semántica es Rodríguez Espiñeira (2004, 2008). Afirma que “la categorización no se limita a un dominio lingüístico, sino que existen correlaciones entre rasgos morfosintácticos, tipos semánticos y funciones discursivas o pragmáticas”. También Varela Ortega (2008: 90) apoya esta postura: “no hay modelo sintáctico-céntrico que no acuda a distinciones semánticas, ni modelo semántico-céntrico que no tenga que incluir información configuracional en la relación entre las subunidades léxicas” (2008: 131)[13].

En la misma línea, Langacker sostiene la utilidad del criterio semántico, pues no implica comprender al significado como aquello del exterior a lo que se hace referencia sino como un modo de perfilar en la conceptualización:

El perfilado es críticamente importante por la siguiente razón: lo que determina la categoría gramatical de una expresión no es su contenido conceptual general, sino la naturaleza de su perfil en particular. Es razonable pensar que el perfil debe de tener un papel determinante en la categorización, ya que es lo que designa una expresión; el perfil es el foco de atención dentro del contenido evocado. El contenido de bate, por ejemplo, incluye la concepción de alguien que balancea una pieza larga y delgada de madera para golpear una pelota. Este dominio es central para su significado, ya sea que funcione como un sustantivo (Usa un bate pesado) o como un verbo (Es tu turno de batear). Su categorización como sustantivo o como verbo depende de si perfila el implemento de madera o la acción de usarlo. Para definir categorías básicas, es útil tener un término que sea lo más general posible en su aplicación (Langacker, 2008: 99-100)[14].

Otros autores, además de los mencionados, apoyan la inclusión de un criterio semántico en la clasificación de las palabras (García Negroni, 2004; Gómez Torrego, 2005: 15). La autora del presente trabajo toma también esa posición, razón por la cual se presenta a continuación una breve caracterización semántica de las categorías de palabras[15]. La inclusión de esta clasificación responde a la necesidad de demarcar las zonas más propias de las diversas clases de palabras y aquellas de mayor interacción con otras clases.

De una manera muy genérica, es posible hacer una distinción semántica entre clases de palabras respondiendo a la pregunta ¿qué palabras tienen significado léxico-gramatical y cuáles uno meramente gramatical?[16] Las palabras con significado léxico, denominadas “llenas o categoremáticas”, son aquellas que conforman categorías mayores del habla. Son los sustantivos, los verbos, los adjetivos y los verboides.

Las categorías menores, llamadas también “vacías o sintegoremáticas”, contribuyen al significado de las unidades más amplias. Son las preposiciones, los artículos y determinados pronombres. La clase de los adverbios comprende tanto a aquellos que se encuentran más cerca del polo gramatical del continuo léxico-gramatical, como allí, como a los que se aproximan al polo léxico (v. gr., dulcemente, despacio).

En el extremo gramatical del continuum léxico-gramatical, las clases se vuelven más pequeñas, más cerradas, con formantes cortos y característicos de construcciones específicas fuertemente arraigadas en la lengua. El subsistema léxico, en cambio, presenta series abiertas de formas. Los conocimientos léxicos se almacenan en la memoria conceptual del ser humano, razón por la cual se encuentran fuertemente vinculados a los conocimientos enciclopédicos (Delbecque, 2008: 21).

Pero, más específicamente, ¿qué caracteriza semánticamente a cada clase de palabra? Como su mismo nombre lo indica, el sustantivo suele hacer referencia a sustancias y a clases de objetos (Gonzalez Calvo, 1982: 59). El núcleo semántico prototípico de la clase nominal sustantiva comprende entidades concretas. A partir de ahí la clase se extiende mediante una proyección del esquema de objetos perceptibles a dominios más abstractos (v. gr., dar una vuelta). ‘Estático’, ‘permanente’ y ‘no graduable’ son tres propiedades semánticas típicas de la categoría nominal.

Sobre la categoría del sustantivo se agregará un detalle pertinente para el tratamiento posterior del SN. García Meseguer (2008: 84) se pregunta qué diferencia a los nombres concretos de los abstractos. Aquellos son los que nombran elementos que se pueden ver, tocar, oler, gustar y oír: sólidos, líquidos y gases, que están en el tiempo y en el espacio. Esta última distinción le sirve al autor para proponer una clasificación de los nombres concretos en temporales y espaciales.

El autor, siguiendo a Picallo (1999), señala que los nombres temporales son aquellos que pueden funcionar como término de durante y como sujetos de tener lugar y de ocurrir. Se trata de nombres eventivos (v. gr., la evaluación tuvo lugar ayer), durativos (v. gr., durante la noche) o resultativos, que denominan los efectos de acciones o procesos (v. gr., la evaluación se consideró incorrecta). En pocas palabras, los nombres temporales son “los que designan eventos, sucesos instantáneos o períodos de tiempo” (García Meseguer, 2008: 89)[17].

En cuanto a la clase del adjetivo, ocupa una posición intermedia entre la clase sustantiva y la clase verbal. En su sentido etimológico, adjetivo es ‘lo adjunto’, significado que podría englobar la cualidad, la relación, e incluso los estados, procesos y acciones (Gonzalez Calvo, 1982: 59). Por ello, una caracterización semántica de los adjetivos tiene en consideración que permiten designar propiedades, y que comparten el carácter estativo del sustantivo y el carácter relacional del verbo. Su función típica consiste en modificar los ‘objetos’ para especificar su referencia enriqueciéndola con cualidades más elaboradas (tamaño, forma, color, peso, etc.). La gradualidad es el rasgo prototípico del adjetivo. Como se dijo, además de describir ciertas propiedades de la sustancia (esto es, en términos sintácticos, modificar sustantivos), los adjetivos actúan como predicados semánticos.

Como señala Collado (2012: 98), Langacker (1987) postula una oposición máxima cuyos extremos son sustantivo y verbo. El adjetivo sería una categoría relacional intermedia y servi­ría en la construcción discursiva del sintagma nominal, para contribuir en el procedi­miento de instanciación[18]. La autora lo explica de la siguiente manera:

En una estruc­tura argumental expresada con verbo conjugado, asistimos al intento del hablante de mostrar el proceso ‘en vivo’, con todo su dinamismo, en tanto que en una estructura construida con un adjetivo derivado de verbo[19], el proceso se muestra en un estado ya de resultado, de efecto, ya de posibilidad, pero siempre con el reflejo, el destello de un evento verbal.

Véanse los siguientes ejemplos, tomados de Borges:

(7) Cierta impaciencia generosa no ha consentido que yo aprendiera a escribir. A veces lo deploro, porque las noches y los días son largos (Borges, J. La casa de Asterión).
(8) Mi deplorable condición de argentino me impedirá incurrir en el ditirambo (Borges, J. Funes, el memorioso).

Como señala la autora, en el primer ejemplo, el verbo deploro, sumado a la presencia de a veces, instaura en el discurso un efecto temporal. En el segundo ejemplo, el adjetivo deplorable oculta los rasgos temporales y propone una relación subjetiva y resultativa, pues intenta mostrar que el evento ‘deplorar’ ha decantado discursi­vamente. El adjetivo cataliza[20], condensa toda la predicación[21].

El verbo se caracteriza semánticamente por poseer una estructura argumental, lo cual se traduce en su capacidad para manifestar concordancia con algún constituyente de la oración (v. gr., la concordancia en persona y número con el sujeto) y para mostrar cambios de voz (pasividad, medialidad, reflexividad, etc.). Posee temporalidad interna y aspecto léxico[22].

Por su parte, los verboides fusionan dos significaciones: por un lado, la verbal y, por otro lado, la sustantiva, la adjetiva o la adverbial. El infinitivo presenta una fuerte significación sustantiva por ser el “nombre del verbo”, como se lo denomina comúnmente. Un ejemplo del uso del infinitivo con significado sustantivo es el fumar es perjudicial para la salud[23].

El participio, en cambio, suele poseer –además de la significación verbal– una significación adjetiva, como en el siguiente ejemplo: muerto el perro, se acabó la rabia. Por último, el gerundio fusiona el significado verbal con uno adverbial de tiempo anterior a la acción principal, como puede observarse en ejemplo (9a) o simultáneo a la acción principal, como en (9b).

(9) a. Habiendo discutido con él, decidió hacer su viaje sola.
(9) b. Con el perro ladrando no me puedo concentrar.

Este es el funcionamiento básico prototípico de las clases de palabras, pero existen algunas excepciones. Por ejemplo, es una característica básica de los adverbios ser “‘circunstantes’ que sitúan la significación del verbo en unas coordenadas espaciales o temporales o que añaden información que completa la estructura argumental del predicado” (Bosque, 2007 [1989]: 127). Sin embargo, algunos adverbios –de modo– pueden funcionar como predicados de individuos (v. gr., Juan es así). Además, se pueden predicar propiedades accidentales de los individuos mediante adverbios, como sucede con los adverbios valorativos estupendamente y magníficamente (v. gr., estás estupendamente) (Bosque, 2007 [1989]: 140-142).

La existencia de casos como estos pone de manifiesto que las categorías de palabras forman un continuum con zonas superpuestas y que el criterio semántico de diferenciación de clases de palabras debe complementarse con otros. Es por esa razón que se revisarán a continuación las superposiciones entre las diversas clases de palabras. Las superposiciones que más interesan para esta investigación son las de los sustantivos con el resto de las categorías sintácticas, en particular, el uso de diversas clases de palabras con una función y un significado prototípicamente sustantivos.

3.2. Relaciones y diferencias entre las clases de palabras

3.2.1. Sustantivos y adjetivos. Relaciones y diferencias

Bosque (2007 [1989]) realiza un análisis exhaustivo de las relaciones entre las diversas clases de palabras. Sobre las que existen entre sustantivo y adjetivo, señala: “Pocas categorías gramaticales han estado tan unidas como estas dos en la tradición gramatical […]. El adjetivo no constituyó una categoría independiente para las gramáticas romances hasta el siglo XVIII, y aun así muchos autores la consideran muchos años después una subclase de los nombres” (Bosque, 2007 [1989]: 105; 2015: 101)[24].

De hecho, Alcina y Blecua (1975: 507) hablan de “nombres adjetivos”, que son los que expresan el significado de “cualidad inherente al sujeto” (tamaño, forma, color, capacidad, extensión, materia o cualidad moral) o indican la “relación” del sujeto con respecto a su origen, a su situación social, cultural, religiosa, política, técnica, o su pertenencia a algún grupo; o, por último, el estado producido por una acción. Los autores presentan como ejemplos de nombres adjetivos los siguientes: bueno, grande, redondo, verde, férreo, francés, cristiano, comunista, docto, eléctrico, científico, histórico, deportivo y encantado.

Gran parte de estas palabras puede actuar como sustantivos o adjetivos. Entre estas palabras figuran bastantes procedentes de verbos en su forma participial. “Cuando el verbo tiene dos participios, uno regular y otro irregular, ocurre (a) que cada uno de ellos exprese un matiz distinto de la atribución en su función adjetiva o (b) que cada forma marque un distinto nivel de lengua” (Alcina y Blecua, 1975: 507-508).

Bosque (2007 [1989]: 108-109; 2015: 104-105) enumera las propiedades que debe poseer un adjetivo para ser recategorizado como sustantivo: (a) referir características físicas (v. gr., ciego); (b) referir características morales o anímicas (v. gr., fiel, salvaje, justo, pecador); (c) señalar grupos profesionales (v. gr., industrial, ejecutivo, científico) y (d) representar rasgos sociales (v. gr., turco, católico, liberal, conservador).

La conversión de una propiedad en una clase requiere de condiciones extralingüísticas. Por ello palabras como ilegal o subversivo no son en todos los países hispanohablantes sustantivos, además de adjetivos. Existen las “atribuciones valorativas”, que marcan una tendencia a determinar clases entre las cualidades negativas de las personas: [un] incapaz, [un] desobediente, [un] inmaduro, etc., pues las características que diferencian a los individuos son las más apropiadas para delimitar clases entre ellos (Bosque, 2007 [1989]: 108-110)[25].

En adición, resulta muy productiva la creación de sustantivos a partir de adjetivos para la denominación de nombres de personas y de instrumentos; también los grupos profesionales tienen facilidad para convertir en sustantivos algunos adjetivos que caracterizan la naturaleza de ciertos objetos o productos habituales en su medio (v. gr., un especial informativo).

Esta caracterización de la recategorización de los adjetivos como sustantivos tiene relevancia para este trabajo porque generalmente se asocia la nominalización con la transformación de verbos en sustantivos, pero no se tienen en cuenta las posibilidades de acción de este procedimiento recategorizador sobre los adjetivos. Sobre este tema se volverá más adelante.

3.2.2. Adjetivos y adverbios. Relaciones y diferencias

El adverbio es una de las categorías más amplias, en relación con la cual los gramáticos han colocado todos los elementos que no lograban ubicar en otros grupos. Por ello, tiene algunos puntos en común con varias de las otras categorías. La posibilidad de gradación y la cuantificación son puntos de contacto entre el adjetivo y el adverbio. En casos de duda como María habla alto es posible comprobar el estatuto adverbial de alto observando si esta palabra concuerda con el sujeto o no. Se dice María habla alto y no María habla alta; por lo tanto, alto es un adverbio.

Bosque (2015: 126-128) comenta que existe un grupo de adverbios denominados “adverbios adjetivales”. Dentro de él se pueden distinguir seis subgrupos:

  1. Adverbios menos restringidos, que se combinan con un mayor número de verbos (v. gr., primero, rápido).
  2. Adverbios más restringidos, que se usan con verbos como decir, hablar, charlar, cantar, en cuyo sentido está implícito el concepto de voz. Por ejemplo: alto, claro, quedo, etc. También se incluyen en este grupo los adverbios que expresan “energía, cuidado o velocidad de la acción” (Alsina y Blecua, 1975: 709)[26]. Se combinan con acciones como andar, dar, pisar, golpear o apretar; además, son combinables con verbos de movimiento direccional como lanzar, subir. Por ejemplo: bajo y recto.
  3. Adverbios que se usan con un grupo mucho más reducido de verbos; en ocasiones, con un solo verbo: seguro/cierto (saber algo), limpio (jugar), fijo (mirar), duro (trabajar, golpear). Este tipo de selección se acerca a lo que algunos lexicólogos llaman “solidaridades léxicas” (Bosque, 2015: 126). El adverbio precisa léxicamente la significación del verbo.
  4. Adverbios adjetivales que son tales en América y no lo son en la Península como bonito (cantar) y feo (equivocarse).
  5. Algunos adverbios adjetivales que solo se usan en lengua informal: sentar algo fatal.

A su vez, los adverbios adjetivales pueden separarse en dos grupos atendiendo a sus propiedades sintácticas y no al predicado que los selecciona. Los del primer grupo no modifican realmente al verbo, sino que forman con él un complejo verbal o “unidad idiomática” (Bosque, 2007 [1989]: 132)[27]. Por ejemplo, en pisar firme el adverbio no es la respuesta a ¿cómo pisa? ni se pueden intercalar palabras entre el verbo y el adverbio (v. gr., *pisa [el suelo] firme)[28]. En cambio, esto no sucede con los adverbios del segundo grupo, pues se admite la construcción trabaja, pero no muy duro, por ejemplo. En esta construcción, el adverbio responde a la pregunta por el modo ¿cómo trabaja? Este último grupo se adecua más a la sintaxis esperable de un adverbio.

Por su parte, también los adjetivos tienen la potencialidad de ser utilizados como adverbios. Esto sucede cuando no denotan propiedades de los sustantivos ni estados alcanzados, sino que sitúan temporalmente la predicación que el sustantivo realiza. Este comportamiento se advierte en ciertos adjetivos como actual, reciente y antiguo. Esto explica la estrecha similitud semántica entre los siguientes enunciados: el actual primer ministro de Japón y el actualmente primer ministro de Japón. En estas oraciones, actual y actualmente se predican del momento en que la persona aludida cumple el cargo de ministro y no del ministro en sí mismo.

Otra característica que tienen en común los adjetivos y los adverbios es que ambos admiten complementos preposicionales. Como es lógico esperar, los adverbios derivados de adjetivos con complementos preposicionales admiten esos complementos, pero hay algunas excepciones (representativo/ *representativamente [de la situación], temeroso/*temerosamente [del futuro], responsable/*responsablemente [de sus actos]).

Otra situación de aproximación entre el adjetivo y el adverbio se produce cuando adjetivos como justo, exacto y escaso modifican a sintagmas cuantificados. Por ejemplo, duró una hora escasa. Los adjetivos con este comportamiento se acercan a los adverbios de aproximación y precisión (casi, apenas, escasamente, exactamente).

Por último, hay un tercer punto de relación intercategorial entre el adjetivo y el adverbio. Es el caso de adjetivos como solo en construcciones como su sola presencia me descompuso. En este ejemplo puede apreciarse que el adjetivo no predica, sino que más bien cuantifica a todo el sintagma en el que está inscrito. Su uso se asemeja al del adverbio solamente/solo[29].

3.2.3. Sustantivos y verbos. Relaciones y diferencias

Un punto en común entre los sustantivos y los verbos es su capacidad de ser predicados (Bosque, 2015: 143). Otro punto en común entre estas clases de palabras es la categoría gramatical de persona. En palabras de García Meseguer (2008: 19):

La categoría gramatical de persona es muy peculiar por constituir el único vínculo que une el paradigma nominal con el paradigma verbal (lo cual es reflejo de lo que sucede en el mundo físico, en el cual la persona está en el espacio y ejecuta acciones que están en el tiempo). De ello cabe deducir legítimamente la teoría de que los morfemas de persona del verbo conjugado no solo tienen número sino que también tienen género (implícito, eso sí)[30].

Una clase de palabra que, de acuerdo con Rodríguez Espiñeira (2008: 127), se ubica entre el “prototipo verbal” y el “prototipo nominal” es el infinitivo, que se caracteriza por poseer una naturaleza híbrida. La autora española señala que el carácter híbrido del infinitivo no consiste en una neutralización categorial (i. e., que sea tanto nombre como verbo), sino en una ambivalencia funcional, derivada de sus empleos en el discurso.

Según el análisis de Rodríguez Espiñeira (2008: 132), el infinitivo puede ser valorado desde una perspectiva diacrónica como un nombre deverbal integrado luego en un paradigma nominal[31]. Desde una perspectiva sincrónica, la autora resalta el hecho de que, en los usos del infinitivo, existen diferentes grados en una escala de verbalidad-nominalidad. El infinitivo, sincrónicamente, constituye una subclase verbal que revela descategorización parcial y que admite recategorización como nombre en construcciones específicas, vigentes en particular en la lengua literaria.

Rodríguez Espiñeira (2008: 140) –con base en Bello (2004 [1984]) señala las características de descategorización (verbal) que muestra el infinitivo: (a) frente al verbo, el infinitivo no es la palabra dominante de la proposición[32]; (b) si bien designa un evento o proceso temporalmente restringido, no designa tiempo con respecto al acto de habla (aunque sí puede hacerlo con respecto a otro tiempo); (c) no presenta concordancia en persona y número con el sujeto.

Desde este marco, que plantea la existencia de un continuum de verbalidad-nominalidad, Rodríguez Espiñeira (2004) diferencia infinitivos nominales, verbales e híbridos. Esta distinción será retomada en el apartado dedicado a la metodología. A continuación, se desarrollan brevemente estos tipos.

En primer lugar, los infinitivos nominales son aquellos que se han recategorizado parcial o totalmente hacia el prototipo nominal debido a la construcción en la que aparecen, que se caracteriza por contener una sintaxis nominal. En otras palabras, el infinitivo nominal es aquel que posee un “formato nítidamente nominal (es el núcleo de una construcción o proyección nominal), como se puede observar al analizar la estructura interna del sintagma, que presenta todas las propiedades típicas de una frase nominal” (Rodríguez Espiñeira, 2004: 81).

Una de las propiedades del sintagma nominal en el que aparece esta clase de infinitivos es la aparición de un determinante antepuesto, que puede ser el artículo definido el u otros determinantes como los indefinidos (v. gr., un caminar lento), los demostrativos (v. gr., ese crujir), los posesivos (v. gr., su erguirse gallardo) e incluso los cuantificadores (v. gr., mucho insinuar maligno). Por supuesto, en ciertos contextos, puede presentarse ausencia del determinante (v. gr., con hueco batir de alas); no obstante, este es catalizable (con un hueco batir de alas).

Otra de las propiedades del infinitivo nominal es que puede ir acompañado por una frase preposicional en genitivo (v. gr., el deambular de los alumnos). Además, se caracteriza por no ser modificado por adverbios en -mente, sino por llevar como modificadores, por lo general, adjetivos que expresan sus propiedades aspectuales (v. gr., asiduo, continuo, constante, interminable, etc.) y también sus rasgos de manera (v. gr., ágil caminar, cantar desafinado, alocado galopar, etc.).

Esta clase de infinitivo posee, además de las mencionadas, la característica nominal de poder aparecer como antecedente de una proposición adjetiva relativa restrictiva como, por ejemplo, en las siguientes construcciones: el continuo tirar de la cadena que suele preceder al recogimiento familiar; el alocado galopar por el que muchos claman (ejemplos tomados de Rodríguez Espiñeira, 2004: 88)[33].

Además de estas especificidades combinatorias, se observa en el infinitivo nominal la pérdida de propiedades verbales como el modo, el tiempo y, en muchos casos, la marcación de rasgos diatéticos[34]. En cuanto a las propiedades semánticas del infinitivo nominal, a diferencia de los nombres deverbales, que pueden tener lecturas eventivas o resultativas, la lectura resultativa es menos frecuente en los infinitivos nominales: “no decimos los lamentares de los pastores, ni los crujires de la madera ni los palpitares del niño; de hacerlo, estaríamos también ante casos de lexicalización” (Rodríguez Espiñeira, 2004: 89).

Debido a que los infinitivos nominales designan generalmente actividades no delimitadas, el contexto puede facilitar una lectura iterativa (intervalos continuos) o habitual (intervalos discontinuos). “En este sentido ya las gramáticas tradicionales aludían a que el infinitivo remitía al ‘proceso en sí’, al ‘fenómeno en sí mismo’”. En palabras de Demonte y Varela (1997: 126), “el infinitivo ‘nos presenta la acción, por así decirlo, en su desarrollo o en su pura esencia de acción’” (Rodríguez Espiñeira, 2004: 90)[35].

En este sentido, preferentemente se les asigna a los infinitivos nominales una interpretación modal, que se extrae a partir de: (a) su combinación con adjetivos como continuo y frecuente, los cuales dan un matiz de habitualidad al evento; (b) su combinación con adjetivos valorativos que explicitan características del evento como la velocidad, el cuidado, la intención, etc. (v. gr., anhelante, dulce, cansino); (c) la presencia en el infinitivo de sufijos apreciativos como los que se observan, por ejemplo, en canturrear y temblequear; (d) la pertenencia del infinitivo a verbos cuyo significado inherente hace referencia a la manera, entre ellos los de modos de decir tales como susurrar y murmurar, entre otros.

Una última propiedad de esta clase de infinitivos que señala Rodríguez Espiñeira (2004: 92) es que no los hay estativos (no dinámicos). No obstante, no hay que olvidar que existen algunas formas ya lexicalizadas como (el) malestar y (el) poder, que sí exhiben significados estativos.

Pasando a los infinitivos verbales, dan lugar a nominalizaciones fácticas, i. e., aquellas en las que se puede catalizar el hecho de. Sus características son las siguientes:

  1. En tanto que forma verbal, el infinitivo admite su inserción en perífrasis modales o aspectuales, v. gr., a pesar de la frustración que suponía el no poder pasar a Grecia, se sentía muy bien.
  2. Se puede usar el infinitivo compuesto para expresar anterioridad con el verbo regente, v. gr., agradezco al profesor Pérez el haberme invitado a dictar esta conferencia.
  3. A diferencia del infinitivo nominal, acepta la negación, v. gr., una cosa que tenemos que tener en cuenta es el no esclavizarnos.
  4. Permite la voz pasiva perifrástica: a su carisma debía el ser conocido por todos.
  5. A diferencia del infinitivo nominal, que codifica su primer argumento como complemento encabezado por preposición, el verbal puede llevar adyacentes sin preposición, v. gr., el hecho de haber (yo) actuado en política me fue de utilidad.
  6. Puede tener complemento directo y otros modificadores como el complemento régimen, v. gr., el solo hecho de tenerlo me haría feliz. Incluso, puede combinarse con un predicativo, pues puede constituir un predicado copulativo como en se acabó el estar sentados a la espera de intervenciones externas.
  7. Puede regir otro infinitivo, v. gr., el querer quitarle lo ganado muestra su debilidad.
  8. El artículo es un elemento prescindible para esta clase de nominalizaciones.

En cuanto a los infinitivos híbridos o mixtos, se trata de aquellos casos en los que en el uso de los infinitivos se mezclan las propiedades verbales con las nominales. Esto se ilustra en los siguientes ejemplos, que presenta Rodríguez Espiñeira (2004: 103). En estos ejemplos, se puede apreciar que el primer argumento de los infinitivos carece de marca preposicional y los restantes argumentos reciben idéntica codificación que los actantes de un verbo. Además, en estos casos, los infinitivos aparecen precedidos de determinantes que no son el artículo determinativo.

(10) a. La cacería es un encontrarse el hombre con la naturaleza.
(10) b. Su supuesto esperar al tío Álvaro se me antojó algo turbio.

Salvo casos excepcionales (v. gr., fueron relatadas las circunstancias, el inverosímil no haber gozado de aquella) en los que aparecen a la vez un adjetivo (propio del formato nominal), una forma perfectiva del infinitivo y una negación (propia del formato verbal), la mayoría de los casos de infinitivos mixtos se caracterizan por ir precedidos por un determinante que no es el artículo definido y por contener los restantes rasgos verbales. Por último, el sentido fáctico de las proposiciones con esta clase de infinitivos se difumina, pues no siempre se puede catalizar el hecho de.

A modo de corolario de estas consideraciones, es útil agregar que –como se podrá apreciar luego en los resultados del análisis de corpus– los infinitivos cumplen funciones verbales en la mayoría de los casos y solo ocasionalmente nominales (con determinantes y, en general, ya lexicalizados, i. e., con el comportamiento de un sustantivo deverbal)[36].

3.2.4. Adjetivos y verbos. Relaciones y diferencias

Los adjetivos y los verbos tienen en común la propiedad de poseer complementos y la de ser predicados. Los participios se hallan entre estas dos categorías. Más específicamente, “tienen en buena medida la morfología de los adjetivos y la sintaxis de los verbos” (Bosque, 2007 [1989]: 167). Poseen los complementos del verbo, excepto el predicativo (v. gr., puestas en remojo, traído de los pelos) y pueden formar oraciones pasivas. Algunos se flexionan, como los adjetivos, en género y número, en concordancia con el sustantivo (los participios concordados, que se explican más adelante); también los hay que admiten afijos apreciativos como ‐ito.

Desde la teoría de los prototipos, resultan interesantes las siguientes palabras de Varela Ortega (2008: 96):

Hay grados de pertenencia, o mayor cercanía, de unos participios al verbo y de otros al adjetivo y cuando sabemos que, también en el caso del infinitivo, hay unos con propiedades puramente nominales (por ejemplo, los que admiten pluralización), otros con propiedades netamente verbales y un tercer tipo que está entre los dos polos categoriales mayores (Fábregas y Varela, 2006).

Hay rasgos semánticos básicos que caracterizan a los participios (Di Tullio, 2008: 117-119). El primer rasgo es ‘pasivo’. Tiene relación con la voz de la oración (activa/pasiva) y requiere la presencia simultánea de un paciente y un agente –este último, a menudo implícito–, lo cual es propio de los verbos transitivos.

El segundo rasgo es ‘perfecto’. Se relaciona con el aspecto del predicado y, en particular, con la existencia de un estado resultante; el rasgo ‘perfecto’ se activa de manera canónica con un verbo télico, que denota una acción que inicia y se termina en el mismo instante (v. gr., llegar, golpear, tocar)[37]. El tercer rasgo es ‘pasado’ y corresponde a la temporalidad interna que manifiestan algunos participios.

El rasgo ‘pasivo’ se observa cuando el participio aparece combinado con ser, el rasgo ‘perfecto’ con estar y el rasgo ‘pasado’ con haber en los tiempos compuestos. Los participios que cumplen con las tres condiciones son los resultativos. Existen participios que no presentan todos los rasgos, sino solo uno de ellos; es el caso de los participios invariables en los tiempos compuestos, que solo presentan el rasgo ‘pasado’.

Existen muchos adjetivos que comparten con los participios el aspecto perfectivo. En efecto, la gramática de lleno y limpio tiene mucho en común con la de llenado y limpiado. Los participios, a diferencia de los adjetivos perfectivos, permiten reconstruir todo el evento, con sus participantes y su posible desenlace; por eso, es posible decir la casa fue limpiada a fondo y no *la casa fue limpia a fondo o decir la casa fue limpiada por Juan y no *la casa fue limpia por Juan.

El adjetivo resultante de una lexicalización de participio deja de estar integrado al paradigma verbal y se reinterpreta como una propiedad sin que medie estructura argumental alguna, i. e., sin eventividad ni agentividad. Algunos adjetivos de este tipo se han perdido, otros permanecen (v. gr., contento, disperso, sujeto, molesto, tenso), algunos solo se conservan en pequeñas zonas (v. gr., calmo, nublo, condenso, canso) y existen algunos lexicalizados como los de las siguientes construcciones: uvas pasas (i. e., pasadas), judías pintas (i. e., pintadas) y vino tinto (i. e., teñido).

Los adjetivos perfectivos poseen ciertos comportamientos gramaticales derivados de la perfectividad heredada: (a) se construyen con estar y no con ser, (b) se utilizan en cláusulas absolutas, (c) admiten adverbios como completamente, enteramente o del todo[38], y d) muchos de estos adjetivos eran antiguos participios truncados[39], entre otras características.

Como puede observarse en los ejemplos anteriores, la proximidad entre los participios y los adjetivos perfectivos se explica por la competencia entre dos formas históricamente diferenciadas (Varela Ortega, 2008: 96-106). El participio propiamente dicho, el que posee el sufijo ‐do (v. gr., limpiado) es la forma regular. Las formas irregulares, en cambio, son fósiles morfológicos, cuya irregularidad sintáctica aumenta al convertirse en adjetivos a través del proceso de lexicalización, a veces reducidos a la condición de formantes de locuciones nominales (v. gr, vino tinto) o adjetivales (v. gr., sano y salvo)[40].

Existe el llamado “participio concordado” (Di Tullio, 2008: 100) (v. gr., las carpetas fueron ordenadas), que comparte con los adjetivos la flexión nominal y las funciones sintácticas de modificador y predicativo, pero se distingue de estos por tener usos privativamente verbales –la perífrasis de pasiva–. Posee sufijos de género y número.

El participio concordado se distingue tanto del participio invariable de los tiempos compuestos (v. gr., ya han ordenado las carpetas), en el que el morfema categorial propio es siempre ‐do, como de los adjetivos homónimos, derivados por conversión y ulterior lexicalización, en los que se ha perdido la motivación morfológica (v. gr., una persona ordenada).

Solo en los participios concordados se mantienen las restricciones sintácticas y semánticas entre el verbo origen y su argumento interno (una familia [fue] desalojada/*la familia viajada a Rosario). El participio invariable, por el contrario, se forma a partir de cualquier tipo de verbo, con todo tipo de sujetos, debido a que pierde su autonomía con respecto a haber por el proceso de gramaticalización (la familia ha viajado a Rosario). Por su parte, el adjetivo derivado ya no forma parte del paradigma verbal y su significado resulta de procesos de lexicalización (una familia muy viajada, gente distinguida)[41].

Existe otro grupo de participios interesante en el estudio de las relaciones entre participio y adjetivo: los activos. Son aquellos que proceden de verbos que habitualmente no funcionan como base de estas formaciones, esto es, verbos transitivos (una mujer muy leída, i. e., ‘que ha leído mucho’) y verbos intransitivos puros (un joven muy viajado, i. e., ‘que ha viajado mucho’). Se refieren al participante agentivo como poseedor de un estado o de una propiedad que se alcanza como resultado del evento expresado por el verbo.

Como señala Felíu Arquiola (2008: 166), estos participios adjetivos activos han recibido la denominación de deponentes por presentar una morfología pasiva, pero con un significado activo, y el nombre de sujetivos porque se predican del SN que se corresponde con el sujeto del verbo base. Se predican del argumento externo del verbo (sujeto del sintagma) y no del interno (objeto directo)[42].

Felíu Arquiola (2008: 176) distingue dos grandes clases semánticas de participios adjetivos activos: (a) los procedentes de verbos estativos, como entendido y sufrido y (b) los procedentes de verbos eventivos. Entre estos se distinguen, a su vez, dos subclases: (a) los que se refieren a la repetición habitual del evento (v. gr., aburrido, agradecido) y (b) los que expresan estado resultativo (v. gr., almorzado).

Por otra parte, existen los adjetivos parasintéticos, formados a partir de bases nominales según dos esquemas: uno positivo (a…ar, en…ar) y otro negativo, introducido por el prefijo privativo des-. Algunos ejemplos son amulatado, endiablado y descolorido. Presentan el aspecto perfectivo de participio y señalan un resultado, aunque no exista un verbo cuyo paradigma integren. Por lo general, el posible verbo es causativo (Di Tullio, 2008: 123).

Por último, además de los participios, hay otra clase de palabras que, en ocasiones, se ubica entre el verbo y el adjetivo: el gerundio. Esta categoría léxica posee una naturaleza verbal –razón por la cual se lo ubica entre los llamados verboides– y, además, una adverbial. No obstante, en ocasiones adopta una naturaleza adjetiva. De hecho, es posible –aunque no muy común– aplicar sufijos diminutivos a algunos gerundios (v. gr., callandito, andandito)[43]. En la actualidad, es frecuente la tendencia a utilizar los gerundios como modificadores directos de sustantivos (v. gr., han puesto un cartel prohibiendo fumar en el recinto), probablemente realizando un calco semántico del inglés. Hay al menos dos casos lexicalizados de esta clase de gerundio adjetivo: hirviendo y ardiendo.

3.2.5. Artículo y pronombre. Relaciones y diferencias

El origen de los artículos determinativos del español se halla en los pronombres demostrativos (Bosque, 2015: 175, 178). Los artículos determinativos son aquellos que señalan entidades individuales (v. gr., el libro no me gustó) o clases de entidades (v. gr., el libro tiende a ser sustituido por la computadora). Su uso supone que la entidad de la que se habla es conocida por los interlocutores (v. gr., el presidente de la Nación) o que ya ha sido nombrada previamente en el discurso, por lo cual se lo suele denominar “actualizador” o “presentador” (Bosque, 2007 [1989]: 181, 2015: 176-177; Gómez Torrego, 2005: 42).

Los demostrativos comparten con los artículos determinantes algunas formas de identificación: deixis espacial o temporal inmediata (v. gr., acércame el/ese cenicero) y referencia anafórica, cuando ya se ha nombrado el objeto al que se alude. Algunos autores señalan que los demostrativos apuntan a un contexto físico o textual más acotado mientras que los artículos sitúan la referencia en contextos situacionales o discursivos más amplios. Sobre el tema de la referencia anafórica se hablará con detalle en el capítulo cuatro.

3.2.6. Preposición, conjunción y adverbio

Como señala Bosque (2007 [1989]: 194, 2015: 189-190), las llamadas “partículas” (Nebrija las llamó partecillas) son esenciales para los gramáticos, si bien el diminutivo que contiene su nombre es una muestra del escaso interés que ha existido históricamente por estas unidades. En la actualidad, esto se está revirtiendo.

El estudio de esta categoría resulta problemático porque sus integrantes poseen una naturaleza compleja y constituyen un verdadero “cajón de sastre” de los gramáticos[44]. En efecto, comúnmente se la ha concebido como un grupo de palabras gramaticales y no léxicas, pero hay quienes afirman lo contrario, como Albano y Giammateo (2006: 56)[45].

Las preposiciones establecen relaciones semánticas que se asocian con conceptos espaciales (físicos o figurados). Las conjunciones establecen lazos lógicos o discursivos (causales, finales, consecutivos, etc.). Muchas de estas partículas tienen su origen en verbos, como sucede con las cláusulas de absoluto gramaticalizadas puesto que y supuesto que. En ocasiones, se obtienen preposiciones de los participios pasivos (v. gr., excepto); otras veces se obtienen adverbios (incluso).

3.2.7. Los adverbios y otras clases de palabras

Como se adelantó, existe una categoría de palabras que se comporta generalmente como verbo y adverbio (de lugar, de tiempo y de manera): los gerundios. Admiten un valor de manera y pueden denotar locaciones o tiempos definidos, como puede observarse en los siguientes ejemplos de Fábregas (2008: 64):

(11) a. {Tomando la tercera calle a la derecha / allí} es donde está mi casa.
(11) b. {Terminando el mes de abril / entonces} fue cuando nació mi hijo.

Por otro lado, hay también conexiones entre los adverbios y los sustantivos. Una de ellas es la existencia de construcciones nominales que cumplen la función de circunstanciales (v. gr., llegaré el lunes). Se trata de un grupo muy reducido. También hay formas adverbiales que se orientan al polo sustantivo como hoy, ahora, aquí o antes. Estas formas admiten aposiciones (v. gr., hoy martes) y pueden poseer complementos preposicionales (v. gr., antes de que vengas) y funcionar como términos de preposición (v. gr., para siempre). Algunas de estas formas admiten posesivos (v. gr., alrededor de él/suyo[46]). Pueden aparecer en construcciones identificativas como son las perífrasis de relativo; por ejemplo, lo vi ayer/ayer fue cuando lo vi. Bosque llama a este conjunto “adverbios identificativos”[47].

Por otro lado, existen adverbios de lugar formados a partir de sustantivos, como ocurre en el caso de en-cima y en-frente, que suelen funcionar en parte como las preposiciones. Este tipo de construcciones contradice el comportamiento preposicional por admitir la intercalación (encima siempre de) y la coordinación (encima de... y de…). Este punto lleva al siguiente aspecto: la relación entre las preposiciones y otras clases de palabras.

3.2.8. Las preposiciones y otras clases de palabras

Como se ha comentado en varias ocasiones, la mayoría de los significados gramaticales tienen un origen léxico. La formación de partículas es el resultado de un proceso histórico que implica una abstracción considerable a partir de estructuras sintácticas y relaciones semánticas antiguas. Muchas de las relaciones físicas que algunas preposiciones manifiestan se establecen a partir de predicados que las expresan primero léxicamente, para después evolucionar hacia formas gramaticalizadas.

He allí la relación de las preposiciones con varias de las otras clases de palabras, entre ellas, el sustantivo, que es la que más interesa aquí. Algunos ejemplos de sustantivos evolucionados a preposiciones son rumbo, camino, frente –nótese que se trata de sustantivos espaciales–, merced y gracias (rumbo al desierto, camino de la ciudad, frente al lago, merced a su bondad, gracias a su bondad). También hay muchos ejemplos de locuciones prepositivas derivadas de SSNN como en lugar de, en busca de, en contra de, a costa de, en favor de, en vez de, a bordo de y a raíz de (Bosque, 2015: 205).

3.3. Síntesis

A continuación, se presenta una caracterización esquemática de las clases de palabras, teniendo en cuenta las características morfológico-sintácticas y semántico-pragmáticas desarrolladas. Luego, se hace una recapitulación de los puntos principales tratados en el capítulo.

3.3.1. Síntesis de las características de las clases de palabras

Tabla 3. Clases de palabras y sus características

Clase de palabra

Características

Sustantivo

  • Posee flexión de género y número.
  • Admite derivación: recibe sufijos apreciativos.
  • Aparece como núcleo en sintagmas que cumplen la función de sujeto u OD. También puede aparecer como núcleo de un término, como OI, como circunstancial y como predicativo.
  • Denota clases.
  • Tiene la capacidad de predicar, la cual también poseen los verbos y los adjetivos.
  • Posee la capacidad de admitir determinantes.
  • A diferencia de los infinitivos, tiene la posibilidad de combinarse con sintagmas preposicionales (v. gr., su llamada de ayer. Esto no sucede en todos los casos (el llamar [ayer/*de ayer] María).
  • Existen SSNN que cumplen la función de circunstanciales (v. gr., llegaré el lunes). Se trata de un grupo muy reducido.

Adjetivo

  • Establece una predicación (v. gr., Juan es humano).
  • Posee flexión de género y número.
  • Admite derivación: recibe sufijos apreciativos (en su mayoría, comunes con los sustantivos).
  • A diferencia del sustantivo, no aparece como núcleo en sintagmas que cumplen función de sujeto u OD.
  • Describe propiedades. A menudo califica a un sustantivo.
  • Admite la graduación (v. gr., muy bello).
  • Admite la cuantificación (v. gr., más bello).
  • Admite complementos preposicionales.
  • En algunos casos, comparte con el participio su aspecto perfectivo.

Adverbio

  • No posee flexión.
  • Cumple generalmente la función de circunstante que sitúa la significación del verbo en unas coordenadas espacio-temporales o añade información que completa la estructura argumental del predicado. Sin embargo, existen algunos adverbios –de modo– que pueden funcionar como predicados de individuos (v. gr., esa falda te queda estupendamente).
  • Admite la graduación (v. gr., muy probablemente).
  • Admite la cuantificación (v. gr., mucho antes).
  • Complementos: admite complementos preposicionales, aunque no siempre (v. gr., *representativamente de la situación).
  • Existen adverbios próximos a la categoría de los sustantivos: formas como hoy, ahora, aquí o antes. Admiten aposiciones (v. gr., hoy martes), pueden poseer complementos preposicionales (v. gr., antes de que vengas) y funcionan como términos de preposición (v. gr., para siempre).

Verbo

  • Posee flexión de número, persona, tiempo, modo y aspecto.
  • Puede tener sujeto, OD, OI, formas pasivas, circunstanciales.
  • Admite auxiliares, y puede conformar perífrasis aspectuales y modales. Esta característica lo diferencia de los sustantivos y lo conecta con los infinitivos.

Infinitivo

  • No posee flexión.
  • Puede aparecer con OD u OI y estar modificado por circunstanciales.
  • Admite formas pasivas, tiempos perfectivos (v. gr., haber amado) y otras formas perifrásticas modales o aspectuales, al igual que el verbo.
  • Admite determinantes.
  • Admite sujeto.
  • Tiene la posibilidad de combinarse con sintagmas preposicionales (v. gr., el andar lento de ese hombre). Esto no sucede en todos los casos (v. gr., el llamar [ayer/*de ayer] María).

Participio

  • Su morfología es mayormente nominal, pues concuerda en género y número con el sustantivo del que se predica.
  • A diferencia del adjetivo, el participio pasivo generalmente no se antepone al sustantivo que modifica (*una autorizada reunión).
  • Comparte con el verbo el poseer aspecto perfectivo.

Gerundio

  • No posee flexión.
  • Puede predicar.
  • Puede tener OD.

Artículo

  • Identifica gramaticalmente una entidad individual (v. gr., el libro no me gustó) o una clase de entidades (v. gr., el libro tiende a ser sustituido por el ordenador).
  • Marca que la entidad de la que se habla es conocida por los interlocutores (el presidente de la Nación) o que ya ha sido nombrada previamente en el discurso.

Pronombres

Un caso particular es el de los demostrativos, que comparten con los artículos algunas formas de identificación: (a) deixis espacial o temporal inmediata (acércame el/ese cenicero) y (b) referencia anafórica, cuando ya se ha nombrado el objeto al que se alude.

Preposiciones

Establecen relaciones semánticas que se asocian con conceptos espaciales (físicos o figurados).

Conjunciones

Establecen lazos lógicos o discursivos (causales, finales, consecutivos, etc.).

3.4. A modo de recapitulación

La palabra es una entidad que, si bien ha sido problematizada en los estudios lingüísticos, resulta identificable y reconocible por diversas propiedades prototípicas como el orden fijo e inseparabilidad de sus constituyentes y la imposibilidad de admitir morfemas recursivos y no ligados.

También pueden distinguirse clases de palabras, según diversos criterios. Hay dos grandes criterios que permiten diferenciarlas. Uno de ellos es el sintáctico, que debe ser complementado por algunas consideraciones morfológicas; el otro, es el criterio semántico-pragmático. Según el primer criterio, pueden diferenciarse ocho categorías de palabras: sustantivo, adjetivo, verbo, adverbio, coordinante, subordinante, verboide y relacionante (Barrenechea, 1969a: 9-26).

Cada una de estas clases posee funciones privativas (exclusivas) y no privativas (compartidas con otras clases). La categoría que más interesa aquí, por ser el resultado de las nominalizaciones, es el sustantivo. Esta categoría posee las funciones privativas de sujeto, término de objeto y agente. Además, puede cumplir las funciones de predicativo, predicado nominal, circunstancial y término de complemento de sustantivo.

Las palabras pertenecientes a las demás categorías, en especial los verbos, los adjetivos y los verboides, también resultan relevantes para este trabajo, dado que pueden transformarse en sustantivos y cumplir algunas de las funciones sintácticas típicas del sustantivo.

En cuanto al criterio semántico-pragmático de diferenciación de categorías léxicas, grosso modo se pueden postular dos grandes grupos de palabras: las categoremáticas y las sincategoremáticas. En el primer grupo se encuentran los sustantivos, los adjetivos, los verbos y los verboides. Algunos autores incluyen dentro del grupo de las clases de palabras categoremáticas a los adverbios en –mente (Bosque, 2015: 29). En general, se trata de un grupo semántico cuyos elementos poseen un significado referencial (ya sea que se trate de una referencia externa al hablante o de un concepto imaginario) y que posee clases abiertas, series no finitas.

En el grupo de las clases léxicas sincategoremáticas se ubica el resto de las categorías: los artículos, los pronombres, las preposiciones, las conjunciones y los adverbios que no terminan en –mente[48]. Este grupo se caracteriza por contener series cerradas y porque los ítems que incluye actúan en cierta forma como engranajes de las formas que pertenecen a series abiertas (Bosque, 2015: 29). Muchos de los miembros de este grupo no poseen un significado léxico, sino uno gramatical.

Si bien se puede recriminar a esta clasificación entre palabras categoremáticas y sincategoremáticas el hecho de que “no parece distinguir adecuadamente entre abstracción y vaciedad” (Bosque, 2015: 30) y que algunos ítems de las clases vacías pueden comportarse como llenos en ciertos usos discursivos, no debe desecharse este punto de vista sin más, pues tiene una base intuitiva bastante acertada. Ciertamente, hay modos de comportamiento diferenciados del léxico dentro de un continuum +referencial/+gramatical. Las palabras “llenas” tienen generalmente significados más referenciales y aparecen en contextos discursivos muy variados; las palabras “vacías”, en cambio, siguen un patrón más fijo en su significado (que es más gramatical) y en sus contextos de aparición.

Desde esta plataforma, es posible adentrarse en los valores de los sustantivos, que serán útiles a la hora de establecer los procesos metafóricos/metonímicos que operan en las nominalizaciones. Teniendo en cuenta que los sustantivos suelen referir sustancias y clases de objetos, se considera que prototípicamente nombran entidades concretas, si bien hay un grupo amplio de ellos que hace referencia a entidades abstractas.

Cuando una palabra de otra clase léxica se recategoriza como sustantivo, se produce una sustanciación o reificación de la acción, proceso, relación o cualidad mentada (Porzig, 1930; Iturrioz Leza, 1985; Langacker, 1987, 2008). Este tema es crucial para este trabajo, por lo cual se lo abordará con más profundidad a continuación.

En el capítulo siguiente, se tratan los temas de la categorización y la recategorización de las palabras desde dos perspectivas confluyentes: la cognitiva y la lingüística. Luego, se hace un desarrollo más profundo de la nominalización, fenómeno al que se circunscribe este estudio, y se la describe como punto de encuentro entre las dos variables que se ponen en relación aquí: la recategorización y la metáfora.


  1. Piénsese, por ejemplo, en el caso de las lenguas aislantes, en las que los morfemas tienden a mantenerse separados unos de otros de modo tal que cada morfema por sí solo forma una palabra. Un ejemplo de lengua aislante es el vietnamita (cfr. Comrie, 1989 [1981]: 71-72). El inglés es, en gran medida, una lengua de este tipo, pues posee palabras como los auxiliares, que tienen un significado meramente gramatical y cuya función es completar el significado de otras palabras. Otro caso que dificulta la definición de la palabra es el de las lenguas polisintéticas, en las que hay diferentes morfemas que constituyen una palabra-holofrase. Por ejemplo, en el yupik, lengua de Siberia, angyaghllangyugtuq significa ‘él quiere comprar una canoa grande’. Este significado se obtiene de la conjugación de los siguientes morfemas: angya (‘canoa’), ghlla (aumentativo), ng (‘comprar’), yug (elemento modal desiderativo) y tuq (‘3ra persona del singular’) (cfr. Comrie, 1989 [1981]: 74-75).
  2. Partiendo de este principio, el autor indica: “El estudio de las clases de palabras […] ha de hacerse en cada lengua particular. Las clases de palabras son unidades lingüísticas que, aunque algunas de ellas existan en todas o casi todas las lenguas, solo pueden ser caracterizadas (decir cómo son) con precisión en una lengua determinada: cada lengua tiene su sistema de palabras como tiene su peculiar sistema fonológico, sin que esto se oponga a los estudios comparados, que son los que pueden establecer inventarios más o menos universales de clases y categorías a partir de los cuales cada lengua ofrece su propio sistema de unidades y relaciones” (González Calvo, 1982: 60).
  3. El tema de este capítulo, las clases de palabras, ha sido estudiado desde la tipología lingüística con la pretensión de hallar universales lingüísticos. Uno de esos universales es la hipótesis de Hengeveld (1992) llamada “jerarquía de partes de la oración”, que plantea que, en las distintas lenguas del mundo, la existencia o no de las diferentes categorías léxicas, se encuentra jerarquizada según el siguiente esquema implicacional: verbo > nombre > adjetivo > adverbio. Existen lenguas que poseen todas las clases de palabras del esquema y otras que no, en cuyo caso hay dos opciones de codificación gramatical: (a) fusión con la categoría inmediatamente precedente (lo que da como resultado una categoría mixta) y (b) ausencia solucionada por el uso de estructuras alternativas. Para mayores detalles sobre esta clase de estudios, cfr. Salazar García (2008; 2015). Aquí se realiza un abordaje de las clases léxicas ceñido a la lengua española; estudios posteriores pueden tratar el tema en otras lenguas con una perspectiva tipológica.
  4. Traducción propia.
  5. Las grandes clases léxicas –como se verá más adelante– son el sustantivo, el adjetivo, el verbo y los adverbios terminados en -mente. Según la definición de Bloomfield, quedan fuera de la noción de palabra los determinantes como el artículo, los clíticos, las formas átonas del pronombre personal, los subordinantes (preposiciones o conjunciones subordinantes), los relacionantes (pronombres relativos) y los coordinantes (conjunciones coordinantes).
  6. Bosque (2015: 24) habla de una “relativa vaguedad del término”, que explica a través de la siguiente analogía: “Supongamos que sugerimos a alguien que nos enumere las partes de una casa. Probablemente nos pedirá más especificaciones: ¿las partes de su estructura arquitectónica? ¿las unidades que corresponden a los espacios de distribución interior? ¿los materiales de que está compuesta? Sin estas especificaciones no tiene demasiado sentido comenzar la enumeración, porque si lo hacemos correremos el riesgo de colocar en la misma lista los grifos, las vigas, las puertas, los dormitorios y los armarios”.
  7. No obstante, no se niega la fuerza que tiene el discurso en esta denominación, como lo indica Collado (2012: 107): “Las cla­ses de palabras deben entenderse dinámicamente como partes del discurso que emer­gen de las relaciones que las textualidades establecen”.
  8. González Calvo (1982: 63) diferencia los siguientes criterios clasificatorios: el morfológico, el funcional, el semántico y el de distribución y combinación en la secuencia. Albano y Giammateo (2006: 12) diferencian tres grandes criterios: rasgos morfológicos, rasgos sintácticos y rasgos semánticos.
  9. Las reservas hechas a la consideración de las interjecciones y los pronombres como clases de palabras separadas son importantes para este estudio porque –como se apreciará en el capítulo dedicado al análisis del corpus– se vio la necesidad de hacer uso de estas etiquetas categoriales. Por un lado, se hallaron nominalizaciones de pronombres, que se preferían distinguir como tales en lugar de incluirlas en las etiquetas de las demás categorías “plenas” a las que reemplazan comúnmente; por otro lado, se halló la nominalización de una interjección, que quiso tomarse en consideración en lugar de dejarla de lado.
  10. Para más información sobre el uso de los adverbios periféricos u oracionales y, en particular, de probablemente, cfr. Gonzalez (2014).
  11. Para más detalles sobre las particularidades de los verboides como categorías híbridas, cfr. Rodríguez Espiñeira et al. (2008).
  12. Para más detalles sobre las propiedades gramaticales de las clases de palabras, cfr. la Nueva gramática de la lengua española (2010).
  13. Como ejemplo de modelo sintáctico-céntrico, Varela Ortega presenta la Morfología Distribuida (desarrollada con detalle por Fábregas, 2008: 57-60), en la que la categoría léxica de la palabra se define tras la intervención de la sintaxis sobre las raíces –el único material léxico previo a la sintaxis). El ejemplo de modelo semántico-céntrico es el de Jackendoff (1990) en el que el significado del elemento léxico se descompone en sus primitivos semánticos –la estructura léxico conceptual– y los morfemas se combinan de acuerdo con su selección semántica (v. gr., agente, tema, etc.) y con su subcategorización. En este modelo, para el participio, por ejemplo, los predicados de base a los que se adjunta el sufijo ‐do presentan diferente estructura léxico-conceptual, según sean causativos de causa externa, causativos de causa interna, no causativos, etc.
  14. Traducción propia. Versión original: “Profiling is critically important for the following reason: what determines an expression’s grammatical category is not its overall conceptual content, but the nature of its profile in particular. It stands to reason that the profile should have a determining role in categorization, for it is what an expression designates; the profile is the focus of attention within the content evoked. The content of bat, for example, includes the conception of someone swinging a long, thin piece of wood in order to hit a ball. This domain is central to its meaning, whether it functions as a noun (He uses a heavy bat) or as a verb (It’s your turn to bat). Its categorization as a noun or as a verb depends on whether it profi les the wooden implement or the action of using it. For defining basic categories, it is useful to have a term that is maximally general in its application.
  15. La semántica hace referencia al estudio del significado. Según lo desarrollado en el capítulo uno, este debe entenderse como producto del uso. ¿Qué tipos de usos identifica la Lingüística Cognitiva? Delbecque (2008: 49) menciona tres. El primero es el constructo (construal), que consiste en una manera individual en la que un hablante construye una situación particular, la cual podría ser conceptualizada de infinitas formas distintas (Langacker, 2008: 4). El segundo es la iconicidad, i. e., el parecido entre el signo lingüístico y la forma mentis. El tercero es la perspectiva o reflejo de la posición del enunciador en la conceptualización y su estructuración lingüística.
  16. Nótese que en este último caso no se habla de palabras vacías, sino de palabras sin significado semántico pleno. Su significado es esquemático (cfr. Delbecque, 2008: 23).
  17. Los nombres espaciales responden a las siguientes pruebas sintácticas: (a) para los nombres que denominan sólidos, existe la prueba de combinarlos con delante de, (b) para los que hacen referencia a líquidos y gases, la de ocupar la posición de X en el SN una gota de X o ser objeto directo de aspirar sin artículo antepuesto (v. gr., aspiro aire; *aspiro perfume). Hay nombres que pueden ser usados como espaciales en algunas ocasiones y como temporales en otras. Por ejemplo, incendio en las siguientes oraciones: (a) estuvimos delante de un incendio (espacial) y (b) el incendio sucedió durante la noche. Existen, por otro lado, nombres intemporales y no espaciales. Son los nombres cuyo referente no pertenece al tiempo ni al espacio por ser “mental” (v. gr., ilusión, esperanza). Constituyen una parte de los nombres abstractos. Para mayores detalles sobre este punto, cfr. García Meseguer, (2008: 95).
  18. Las nociones de instanciación y la naturaleza de los SSNN como metáforas gramaticales serán desarrolladas en el capítulo cuatro.
  19. La autora distingue entre adjetivos “genuinos”, que aparecen en función de modificadores directos y expanden la referencia, y adjetivos derivados de verbos, que cumplen la función de predicativos y son catalizadores de las predicaciones. Cfr. Collado (2012).
  20. Del griego κατάλυσις (catálisis), ‘disolución, acabamiento’. Según el Diccionario de la lengua española (RAE, 2014), se trata del ‘incremento de la velocidad de una reacción en presencia de un catalizador’.
  21. Para mayor información sobre el comportamiento verbal del adjetivo, cfr. Collado (2012).
  22. En este apartado no se hacen mayores disquisiciones sobre las palabras sincategoremáticas porque se tratarán en los apartados siguientes, que se refieren a las relaciones entre clases de palabras.
  23. Como puede observarse, la determinación del infinitivo por medio de un artículo pone de manifiesto su uso sustantivo. Este tema se tratará más adelante, cuando se revise la estructura del sintagma nominal.
  24. En las concepciones de Platón y Aristóteles los adjetivos se agrupaban con los verbos. En cambio, para los alejandrinos pertenecían a la clase de los nombres y esta fue la tradición que mantuvo la RAE, la cual recién en 1870, en su 12 a edición, consideró los adjetivos como una clase independiente. Vázquez Rozas (2010: 110) afirma: “Frente a la consideración tradicional del adjetivo como una subclase del nombre, hoy se admite que esta clase léxica constituye una categoría gramatical independiente en español. Sin embargo, desde una perspectiva general, la variedad tipológica de sus características morfológicas, su funcionamiento sintáctico y sus valores semánticos y pragmáticos han planteado a los lingüistas algunos problemas de delimitación frente a las otras dos clases léxicas con estatus supuestamente universal: nombres y verbos (cfr. Hopper y Thompson, 2008 [1984]; Thompson, 1988; Croft, 1991; Pajunen, 1998)”.
  25. Entre las escasas excepciones figuran valiente, afortunado y superdotado.
  26. Citado por Bosque (2007 [1989]: 130; 2015: 126).
  27. Bosque aclara que se trata de una “unidad idiomática” y no “morfológica”: “Alegrarse infinito es una unidad idiomática, como lo es darse la vuelta, porque el verbo que contiene posee flexión independiente, es decir, admite todas las formas flexivas y no flexivas. No obstante, los componentes de la primera unidad no admiten las variaciones sintácticas que se esperan de infinito, como tampoco darse la vuelta admite las que se esperan del objeto directo la vuelta. Si se tratara de unidades morfológicas, como lo son los compuestos, no se admitiría siquiera ese comportamiento de la flexión” (Bosque, 2007 [1989]: 132-133).
  28. No debe olvidarse que siempre los ejemplos dependen fuertemente del contexto lingüístico y discursivo. En el caso de pisar firme, la construcción se puede usar como unidad (v. gr., hay que pisar firme para que te respeten) o no (v. gr., el kinesiólogo me pidió pisar solo en suelo firme). Aquí se habla del primer caso.
  29. Las categorías del adverbio y el adjetivo se aproximan en otras situaciones, además de las señaladas. Para un mayor detalle sobre este asunto, cfr. Bosque (2015: 138-140).
  30. Esto se relaciona con la consideración que tenían los gramáticos de Port Royal de los verbos. Los concebían como predicados de estado + nombre (sustantivo/adjetivo/otra clase de palabra en función nominal). Hay que tener en cuenta que los participios concuerdan en género y número con los sustantivos de los que se predican. Para un desarrollo de esta idea, cfr. Tusón (1982: 66).
  31. Los infinitivos del indoeuropeo eran nombres abstractos derivados de verbos. Desde el indoeuropeo al griego o al latín, se produjo la integración del infinitivo en un paradigma más homogéneo y se convirtió en una forma obligatoria para todos los verbos, lo cual culminó un proceso de gramaticalización. Para una referencia detallada del proceso evolutivo diacrónico del infinitivo desde el indoeuropeo al latín, cfr. Rodríguez Espiñeira (2008: 134-138).
  32. Bello (2004 [1984]: 156) lo expresa así: “[el infinitivo] no puede ser nunca la palabra dominante del atributo de la proposición”. Con el término atributo el autor parece referirse al sujeto de la oración principal, como puede inferirse de este fragmento: “lo que más eminentemente le distingue [al verbo] […] es señalar el atributo de la proposición, dominar en él, mirar cara a cara, si se me permite decirlo así, al sujeto de la proposición y reflejarlo” (Bello, 2004 [1984]: 156). Aquí se considera que esta idea podría matizarse, pues, si bien el infinitivo no funciona como palabra dominante en las oraciones en las que aparece subordinado a verbos conjugados, sí opera como el elemento dominante, que despliega la predicación, en las proposiciones sustantivas que contienen predicados verboidales de infinitivo.
  33. Como se viene poniendo de manifiesto, el infinitivo actúa como los sustantivos deverbales en el sintagma del que es núcleo. No pierde su valor predicativo, ya que denota un estado de cosas, un proceso, un evento (no un objeto –más o menos concreto–). Al igual que los sustantivos deverbales de acción, el infinitivo revela la valencia semántica del verbo, de modo que sus argumentos se plasman en el sintagma, pero la codificación formal de tales argumentos no es la propia de las funciones sintácticas oracionales, sino la de las funciones nominales (cfr. Rodríguez Espiñeira, 2004: 88).
  34. Esto significa que en ocasiones no se manifiestan ciertos rasgos de la predicación (por ejemplo, el paciente de una acción o proceso, o su beneficiario).
  35. Por otra parte, los nombres deverbales admiten dos lecturas eventivas: la de un evento complejo dotado de fases y la de un evento simple (aspecto semelfactivo), que puede ocurrir un determinado número de veces. En cambio, los infinitivos no admiten interpretaciones de este último tipo. Por ejemplo, se puede decir Oyó el doble giro de la llave en la cerradura, pero no *Oyó el doble girar de la llave en la cerradura (cfr. Rodríguez Espiñeira, 2004: 90).
  36. Para mayores discusiones sobre el tema, cfr. Anula Rebollo y Fernández Lagunilla (1997) y Rodríguez Espiñeira (2004: 79-109).
  37. Tanto el participio como el infinitivo y el gerundio manifiestan el aspecto verbal. El gerundio muestra el evento en curso y el infinitivo, terminado, a menos que esté complementado con adjetivos aspectuales como asiduo. Lo que caracteriza al participio es que añade y focaliza una fase ulterior al proceso: el estado resultante de la acción.
  38. “Ello es perfectamente lógico si recordamos que el latín perfectum no significa ‘perfecto’, sino ‘acabado’ o ‘completado’. Esa es, en esencia, la significación de la perfectividad” (Bosque, 2007 [1989]: 173).
  39. Un ejemplo presentado por Bosque (2007 [1989]: 173) es el siguiente: “Fueron las paredes llenas de sangre” (General Estoria).
  40. No son muchos los participios que tienen una forma regular y otra irregular. Algunos son freído~frito; matado~muerto y prendido~preso. Casi todos son arcaísmos. Los que se han especializado en su significado, como tinto, se han desvinculado totalmente del verbo correspondiente. Para mayores detalles sobre los participios regulares e irregulares, cfr. Di Tullio (2008: 103-104).
  41. Como señala Di Tullio (2008: 100), la concordancia no es una mera marca superficial en el participio concordado, sino que pone de manifiesto la doble relación, temática y gramatical, que media entre el participio y el sustantivo modificado; en el adjetivo derivado, en cambio, la concordancia queda reducida a su condición estrictamente gramatical.
  42. Los participios adjetivos con valor activo se caracterizan por el hecho de que su agente coincide con el agente del verbo (la persona calla una persona callada = ‘una persona que calla’) (cfr. García, 2008: 149).
  43. Cfr. Fábregas (2008: 63-64).
  44. Algunas de las distinciones terminológicas que establece Bosque en este punto son las siguientes. El término partícula se refiere específicamente a la preposición, la conjunción y el adverbio. Conector no debe usarse en el mismo sentido que conjunción, sino para referirse a otros elementos como los adverbios que funcionan como marcadores discursivos (v. gr. consecuentemente, también). Enlace “no debería aplicarse si se limita a sustituir a alguno de los [términos] más tradicionales, y menos aún a unidades que, como las preposiciones, ‘no enlazan’, sino que en todo caso ‘subordinan’” (Bosque, 2007 [1989]: 194).
  45. Las autoras justifican esta concepción de las preposiciones como categorías léxicas (periféricas) con los siguientes argumentos: (a) las preposiciones poseen un contenido semántico determinado y seleccionan un complemento acorde con él (v. gr., salió con un amigo o viene desde lejos), (b) las preposiciones pueden, al igual que los sustantivos, adjetivos, adverbios y verbos, ser modificadas por complementos preposicionales (v. gr., por sobre la ventana) y (c) no se trata de una clase cerrada, sino que presenta cierta apertura.
  46. El caso de alrededor suyo es particular. La construcción de este adverbio con el posesivo se considera correcta desde el punto de vista normativo porque el adverbio proviene de un sustantivo (rededor). Más allá de la perspectiva prescriptiva de la lengua, es posible observar que la construcción adverbio + posesivo (v. gr., dentro mío) es cada vez más frecuente entre los hispanohablantes y no suele ser percibida como un error gramatical. Por la identidad formal que existe entre la estructura del complemento preposicional con de propio de ciertos adverbios (detrás, delante, cerca, lejos, etc.) y el posesivo encabezado por de, se ha producido un proceso de reanálisis, que ha dado como resultado construcciones frecuentes de adverbios con la característica propiamente nominal de admitir posesivos.
  47. Este tipo de adverbios ha sido estudiado por Alarcos (1969: §17), Martínez (1981, 1988) y Plann (1986) (vid. Bosque, 2015: 195).
  48. Esto podría discutirse. No se entra aquí en disquisiciones al respecto porque este asunto no constituye el meollo de este libro.


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