Otras publicaciones:

12-3044t

Book cover

Otras publicaciones:

9789877230543-frontcover

9789877230079-frontcover

Capítulo dos

¿Gauchos judíos o colonos en pie de guerra?

Ese libro de Gerchunoff… tiene un título que no corresponde al texto. Porque, cuando uno lee el libro, se da cuenta de que esos inmigrantes judíos no eran gauchos sino chacareros. Y eso se ve en los mismos capítulos, que se titulan “El surco”, “La trilla”, etcétera. Eso no tiene nada que ver con un gaucho, que fue un hombre ecuestre, y no un agricultor.

Jorge Luis Borges[1]

La narrativa judeo-argentina ofrece numerosos cuentos, memorias de vida, novelas, dramas, ensayos y crónicas que constituyen lugares de memoria clave para observar cómo el pasado colono fue narrado selectivamente. Las temáticas más recurrentes que abordaron sus autores fueron los sueños y frustraciones de las familias que vivieron en las colonias, sus relaciones con la sociedad local, sus conflictos con JCA y los dilemas identitarios de los inmigrantes y de las sucesivas generaciones nacidas en el país. Considerando la gran extensión y dispersión del universo de fuentes literarias existente, aquí he seleccionado un corpus de trabajo en el que incluí a las obras premiadas, a las que fueron traducidas a otras lenguas, publicadas en formato de libro o que recibieron mayor atención por parte de historiadores, críticos literarios u otros académicos.[2]

Las relaciones entre narrativa y memoria colectiva han sido problematizadas por distintos autores. Por ejemplo, para el egiptólogo alemán Jan Assmann (2008), un texto puede ser considerado un acto de habla que ha sido conservado utilizando distintas tecnologías que permiten fijar su sentido en el largo plazo, posibilitando reanudar la comunicación entre generaciones distantes en el tiempo. En las sociedades con escritura existen ciertos textos que configuran la memoria cultural, a los que Assmann denomina textos culturales. Éstos

pretenden una vinculación de toda la sociedad, determinan su identidad y su coherencia; estructuran el horizonte de sentido sobre el cual la sociedad se comprende a sí misma y la conciencia de unidad, pertenencia e idiosincrasia, a través de cuya transmisión el grupo se reproduce a lo largo de las generaciones y vuelve a reconocerse a sí mismo (2008: 141).

Además, Assman señala que existen dos categorías de textos culturales: los “normativos”, que codifican las normas de conducta y los valores centrales, y los “formativos”, que transmiten la identidad del grupo. Entre los textos formativos, Assmann incluye “todo lo que va desde los mitos tribales y las leyendas primitivas hasta Homero, Virgilio, Dante, Shakespeare, Milton y Goethe” (2008: 140). En una vertiente teórica cercana a la de Assmann, Astrid Erll y Ann Rigney (2006) han detectado que, en la formación de la memoria cultural, la literatura cumple al menos tres roles arquetípicos: puede ser entendida como un medio para fijar los recuerdos por escrito (es el caso de los géneros narrativos que registran el pasado, como la novela histórica, la autobiografía, etc.), como un objeto a recordar en sí mismo (aquellos textos canónicos de la cultura que son reimpresos y resemantizados en contextos posteriores al de su producción original), o como medio que permite observar in situ la producción de la memoria cultural (aquellos en los que el autor explicita y discute sus recuerdos de modo analítico, en diálogo con otras disciplinas involucradas en el tema de la memoria, como el psicoanálisis o la historia; los ejemplos típicos serían En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, y Funes el memorioso, de J. L. Borges). A su vez, Yael Zerubavel (1995) ha señalado que la literatura desempeñó un papel importante a la hora de construir los mitos y tradiciones inventadas que dieron sustento a la creación de las comunidades imaginadas en el marco del estado-nación moderno.

El capítulo está dividido en dos secciones relacionadas con las perspectivas de los dos autores más trascendentes dentro del campo: Alberto Gerchunoff y Marcos Alpersohn. Sus obras clave (Los gauchos judíos y Colonia Mauricio) pueden asociarse con los conceptos de texto formativo, para el caso de Gerchunoff, y con la primera categoría propuesta por Erll y Rigney, para el caso de Apersohn, en tanto sus memorias funcionan como un registro del pasado. Ambos autores representan dos versiones contrapuestas de la memoria colona, a las que me referiré como la memoria oficial y la memoria subterránea.

1. El primer emprendedor

El lugar de memoria sobre la colonización judía más trascendente hasta la fecha fue construido por un actor individual, que se valió de su propio talento literario y de las redes de contactos que logró urdir en el incipiente campo intelectual porteño de comienzos del siglo XX. Me refiero a Alberto Gerchunoff, cuyo célebre volúmen de relatos Los gauchos judíos (1910) representa una auténtica anomalía cronológica dentro del panorama literario argentino de la época. Mientras un apretado puñado de autores judíos contemporáneos comenzaba a publicar sus primeros trabajos en periódicos efímeros, impresos en ídish, Gerchunoff dio a conocer los episodios de su obra en las páginas de La Nación, que entre 1908 y 1910 los compartió con sus lectores en sucesivas entregas. Cuando el texto apareció en formato de libro, en 1910, recibió de inmediato los avales de los influyentes Rubén Darío y Leopoldo Lugones, quienes ubicaron a su autor entre las jóvenes promesas literarias del Centenario argentino (Senkman, 1983).[3] Además, desde el mismo año de su publicación, algunos de los capítulos fueron incorporados como material de lectura en el currículum escolar oficial; todo un logro para un inmigrante judío cuya lengua materna era el ídish, y cuyo texto, escrito en castellano, se refería a las peripecias de la integración de uno de los grupos migratorios más resistidos por la misma elite que lo consagró.[4] Cuatro años más tarde, el ascenso de Gerchunoff entre la intelectualidad vernácula lo depositaría en la exposición internacional de la Industria del Libro y de las Artes Gráficas que se realizó en Leipzig entre mayo y octubre de 1914, donde cumplió el rol de delegado oficial de la Argentina (Szurmuk, 2012).

En virtud de estos méritos, de su calidad literaria y del interés despertado por la ingeniería política legible en sus 26 episodios, Los gauchos judíos conforma el objeto de estudio judaico latinoamericano que más atención ha recibido dentro del mundo académico.[5] El National Yiddish Book Center de los Estados Unidos le asigna el puesto número treinta y cinco dentro de la lista de las mejores cien obras de la literatura judía moderna, mientras que para la Enciclopedia Judaica se trata de “la primera obra latinoamericana que da cuenta de la emigración al Nuevo Mundo, así como la primera de valor literario escrita en español por un judío en los tiempos modernos” (Tomo 7: 434-435). Además, diversos críticos lo consideran una obra fundacional de la literatura de los inmigrantes en el país (Sosnowski, 2000: 263).

Alberto Gerchunoff nació en enero de 1884, en la aldea rusa de Proskuroff, y murió en Buenos Aires en 1950. Según narra en su autobiografía, escrita en París cuando solo tenía treinta años, provenía de una familia acomodada, conformada por “gente rica, fundadores de aldeas (…) que aseguraron a sus descendientes contra las arbitrariedades normales del imperio con el fuerte pago del Derecho de Perpetuación” (1973: 10).[6] Sin embrago, la presunta buena posición de la familia no alcanzó para evitar que la estrechez y el antisemitismo llevaran a los Gerchunoff a emigrar a la Argentina, donde se radicaron a comienzos de la década de 1890. Transcurridos dos años de la llegada a Moisés Ville, un hecho de sangre tiñó el destino de la familia para siempre: un gaucho alcoholizado asesinó a Gershon Gerchunoff, el padre de Alberto. A raíz de este suceso, la madre decidió que se trasladaran a un pueblo entrerriano perteneciente a otra de las colonias de la JCA, donde vivían algunos parientes. Fue allí donde Alberto aprendió a realizar las tareas del campo y a relacionarse con el entorno cristiano; donde, según sus propias palabras, un antiguo soldado de Urquiza “me perfeccionó en el arte de cabalgar y me inició en el empleo del lazo y de las boleadoras” (1973: 25). Pero el aquerenciamiento pronto sería interrumpido por un nuevo traslado, esta vez con rumbo a Buenos Aires y de carácter definitivo, ya que su madre nunca logró adaptarse a su condición de campesina viuda. Allí, a los doce años de edad, Alberto abandonó la escuela para colaborar con la economía doméstica: fue ayudante de panadero y de mecánico, también obrero textil y buhonero. No obstante, su afición a las novelas de Víctor Hugo, a Cervantes y a Las mil y una noches pronto lo impulsaría a rendir el ingreso al colegio nacional para dedicarse a las letras. La historia que sigue es mejor conocida: su trayectoria en el mundo del periodismo comenzó en El Censor, de Rosario, y continuó en El País, de Buenos Aires, hasta llegar a La Nación y a Caras y Caretas de la mano de su padrino literario, Roberto Payró.[7]

Los gauchos judíos (de ahora en más LGJ) apareció en el contexto de la “querella por la identidad” que tuvo lugar en el seno del incipiente campo intelectual argentino de la época del Centenario (Terán, 2008: Lección 6). Dicha querella era el corolario de una serie de políticas públicas diseñadas desde fines de la década de 1880 con miras a lograr que los inmigrantes se identificaran con el país y se naturalizaran argentinos (Bertoni, 2001). Más allá de ciertos temores relacionados con una potencial pérdida de soberanía territorial a manos del expansionismo colonialista italiano, lo que realmente preocupaba a la elite era sostener la gobernabilidad en el marco de una sociedad de masas a la que juzgaba demasiado heterogénea en cuanto a lo cultural y peligrosamente imprevisible en cuanto lo ideológico. En ese clima, la política de puertas abiertas hacia la inmigración había comenzado a ser revisada ya en 1902, mediante la promulgación de la Ley de Residencia, que habilitaba al estado a deportar extranjeros sin que mediara la intervención del poder judicial. Luego, en 1910, esas prerrogativas se ampliaron al sancionarse la Ley de Defensa Social.

Los judíos no eran ajenos a este resquemor hacia los extranjeros. En torno del Centenario recibieron tanto muestras de rechazo como de aceptación. Entre las primeras, cabe señalar la polémica que protagonizaron dos funcionarios del Consejo Nacional de Educación en 1908 acerca de los contenidos curriculares “israelitas”, supuestamente extranjerizantes, transmitidos por los maestros de la JCA en las escuelas judías de Entre Ríos (Avni, 2005; Bargman, 2006).[8] A fines del año siguiente, el anarquista judío Simón Radowitzky asesinaba al Jefe de Policía Ramón Lorenzo Falcón, responsable de la masacre obrera ocurrida en mayo de 1909 y conocida como la Semana Roja, desatando en el país una de las primeras reacciones antisemitas de la historia local. La aceptación quedó manifiesta en el caso que tratamos aquí: la publicación de LGJ y la consagración literaria de Gerchunoff, pero también, por ejemplo, en la invitación oficial que extendió el gobierno a los colonos de la JCA para que exhibieran sus cultivos en la exposición agrícola del Centenario (Gabis y Merener, 1954: 184).

Esa coyuntura fue considerada un factor determinante por varios de los analistas que leyeron en LGJ una suerte de oda a la integración –e incluso a la asimilación– de los inmigrantes judíos. Ya en el número de homenaje que dedicó la revista Davar en 1951 a Gerchunoff, al cumplirse un año de su muerte, el periodista Lázaro Liacho sugería que LGJ no había sido “la utopía de un visionario, sino la empresa necesaria que construía un tesonero hijo del Nuevo Mundo” (itálica mía).[9] Pasada una década, el escritor Bernardo Verbitsky opinaba que la obra era una “verdadera carta de ciudadanía” para los judíos argentinos, frase que luego devino cita obligada en decenas de ensayos.[10] Luego, en los años ochenta, Leonardo Senkman se sorprendía de que el texto hubiera sido aclamado y apropiado “por una generación de intelectuales que, no obstante, veían en el inmigrante un elemento disolvente” (1983: 19).[11]

Edna Aizenberg ha detectado tres momentos diferentes para la recepción de la obra por parte del campo intelectual argentino: la primera fue la consagratoria, y tuvo lugar durante el Centenario; la segunda, la de su deconstrucción o “parricidio”, cuando entre los años setenta y los ochenta se criticó el modelo homogeneizante del crisol y se asesinó simbólicamente al padre de la literatura judía latinoamericana; la tercera fue la de su recuperación, ocurrida en los años noventa, cuando “el personaje gerchunoffiano es rememorado con ternura, sin la ironía y el rechazo de la etapa anterior, y valorado como fragmento primordial de un pasado utilizable, como eje de una reafirmación de etnicidad y argentinidad” (Aizenberg, 2000: 308). Detengámonos un momento en la polémica respecto de si LGJ calcaba prolijamente el discurso oficial del crisol de razas o si, en cambio, intentaba imprimir a la política identitaria argentina un giro pluralista.

En Literatura argentina y realidad política, aparecido en 1964, David Viñas situaba a LGJ en el contexto optimista e integrador del Centenario, cuando el proyecto de nación diseñado entre 1852 y 1880 por el liberalismo era un éxito que estaba a la vista de todos. En ese marco, Viñas señalaba que Gerchunoff adscribía “al grupo de escritores que ha asumido la categoría de inteligencia oficial de la alta burguesía liberal gobernante” y celebraba el crisol por motivos egoístas: garantizarse la supervivencia en La Nación y lograr la tolerancia de la oligarquía, justo en el mismo momento en que “las bandas blancas balean judíos y obreros en Plaza Lavalle” (Viñas, 1982: 309).[12] Se trata de un reclamo similar al introducido en 1910 por Martiniano Leguizamón en el prólogo de la versión original de LGJ, desde cuyas páginas instaba a su joven amigo Gerchunoff a no renunciar a los sueños libertarios inconclusos de los inmigrantes y a captar la cruel intensidad de una realidad social en la que ya se insinuaban la xenofobia, la represión obrera y el rechazo a las izquierdas. Dos décadas más tarde de la aparición de libro de Viñas, Leonardo Senkman señalaba que era lógico que en LGJ no hubiera registro del “esfuerzo de adaptación y transculturación con el nuevo entorno” (1983: 62), ya que el texto buscaba legitimar a los judíos volviéndolos más argentinos. Viñas y Senkman resumieron los mecanismos legitimadores empleados por Gerchunoff en cuatro estrategias centrales:

  1. Sus personajes se muestran proclives a asimilarse a la nueva patria, sea adoptando las costumbres criollas, sea dejando de lado mandatos religiosos tales como el tabú de la exogamia, la observancia del sábado y el retorno imaginario a la tierra de Israel.
  2. El deus ex machina que consuma la argentinización de los judíos es el paisaje entrerriano, cuya naturaleza exuberante, presentada a veces como una selva hirsuta, otras como una nueva Tierra Prometida, es una potencia constante que enmarca las historias de los distintos capítulos. Este recurso inscribía a LGJ en la corriente telúrico/indigenista inventada por los escritores regionalistas de la época.
  3. Los inmigrantes judíos, en especial las mujeres, son descritos como estampas bíblicas que reproducen la fisonomía de los hebreos “sagrados” del Antiguo Testamento, sin duda mucho más razonablemente sencillos de legitimar en una sociedad católica que los exóticos inmigrantes rusos reales.
  4. El pasado sefaradí es presentado como un puente entre judaísmo e hispanismo. Aunque los colonos eran ashkenazíes, nada mejor que evocar la tradición judeo española previa a la expulsión de fines del siglo XV para seducir a una elite local interesada en recuperar la tradición hispánica (elite que, además, ya en ese entonces había reconocido tímidamente el origen marrano de algunas de sus familias patricias).

Pasemos ahora a las objeciones presentadas más tarde por Edna Aizenberg (2000), Perla Sneh (2007 y 2010) y James Hussar (2008 y 2011), quienes detectaron en LGJ varios indicios de reafirmación de la etnicidad, así como ciertas alertas respecto de los probables “daños colaterales” que ocasionaría la integración en una sociedad católica. En efecto, para Aizenberg, el gaucho judío confeccionado por Gerchunoff “es quizás el indicador metafórico más importante y más productivo de las peripecias de la etnicidad y el pluralismo en la Argentina”, mientras que Hussar ve en el texto una “oda al multiculturalismo en pleno periodo de homogeneización”. Una de las evidencias presentadas ha sido el hecho de que la edición original, de 1910, contenía muchos más marcadores étnicos que la que llegó hasta nuestros días, que fue “reciclada” por Gerchunoff en 1936. Esa segunda versión era sobre la que, supuestamente, habrían emitido sus veredictos los “parricidas”. Concretamente, la primera traía más expresiones idiomáticas, más palabras en ídish y en hebreo, varias referencias a textos religiosos y algunas traducciones de canciones y de la literatura popular ashkenazí, así como también una mayor abundancia de nombres propios en sus formas hebreas originales, como “Dvora” (1910) en lugar de “Déborah” (1936). Además, los temas judaicos eran ilustrados usando notas al pie (Aizenberg, 2000 y 2000b).[13] Por su parte, Sneh (2007) observó varios indicadores del conflicto identitario en ciernes, por ejemplo, respecto del peligro que representaba para los judíos la exogamia, que en algunos pasajes de la obra era asumida como una costosa moneda de cambio en pos de la libertad que se gozaría en el nuevo hogar.[14]

Quizá la polémica respecto de si LGJ avalaba el crisol de razas o defendía el pluralismo obedezca a lecturas hechas desde matrices teóricas (o incluso ideológicas) antagónicas, pero creo adecuado señalar aquí que las dos posturas se apoyan rigurosamente en distintos episodios del libro. Dado que éstos consisten en relatos independientes los unos de los otros –relatos que, además, cuentan con muy pocos personajes en común–, resultan fácilmente divisibles en dos listados, uno que se ajusta al criterio acrisolador y otro que reivindica el derecho al pluralismo. Todo depende de en cuál de las dos listas se ponga el énfasis. Concretamente: “Génesis”, “El surco”, “Leche fresca”, “Llegada de inmigrantes”, “La trilla”, “El poeta” y “El himno” son sin duda celebratorios de la integración a la nueva patria y sostienen el argumento de Viñas (1982) acerca de que la contraposición entre la opresiva Rusia zarista y una Entre Ríos idílica es trabajada mediante el recurso a un tempo narrativo cansino y a la construcción de una naturaleza ordenada, pacífica, previsible y ritual, que adquiere “algo de templo”. Veamos, a modo de ejemplo, un breve pasaje tomado del capítulo “Génesis”, que parece avalar esta hipótesis:

cuando el rabí Zadock-Kahan me anunció la emigración a la Argentina, olvidé en mi regocijo la vuelta a Jerusalén, y vino en mi memoria el pasaje de Jehuda Halevi: Sión está allí donde reina la alegría y la paz.

Aunque LGJ se tradujo a varios idiomas, la versión en hebreo recién se publicó en Israel en 1997 ¿Habrá que buscar los motivos de esa demora en su legitimación de la vida en la diáspora que se aprecia en citas como esta?[15]

En cambio, la tesis de Aizenberg y compañía parece apoyarse en otros capítulos, algunos de los cuales están cargados de violencia, crueldad, incertidumbre y misterio. Por ejemplo “La siesta”, “El episodio de Miryam” y “Las bodas de Camacho” tratan sobre mujeres fugitivas que huyen con sus amantes, que no siempre son judíos. “La huerta perdida” muestra la devastación de las cosechas producida por las invasiones de langostas. “El boyero” es un relato sobre el trágico final del gaucho filicida Remigio Calamaco, que plantea un contrapunto moral entre los inmigrantes civilizados y los gauchos bárbaros. “La muerte del Rabí Abraham” y “La lechuza” repasan los asesinatos de colonos judíos a manos de gauchos, mientras que en “Historia de un caballo robado”, el capítulo más extensamente comentado por la crítica, Gerchunoff denuncia las inequidades causadas por el antisemitismo de la policía. Otros capítulos que podrían cuestionar simbólicamente la estadía en el nuevo país son “Las brujas”, un relato de impactantes historias cargadas de terror sobrenatural e intertextualidad, y “La revolución”, que desnuda algunos conflictos intraétnicos y podría aludir sutilmente a las malas relaciones con la JCA. Aunque, curiosamente, ni la compañía ni el barón son mencionados en todo el libro.

Más allá de la polémica entre sus analistas, las evidencias indican que, desde la aparición de LGJ, las colonias fueron incluidas en el discurso oficial argentino como el locus de la integración de los judíos en la sociedad nacional. Y, en ese sentido, deberíamos considerar que quizás uno de los recursos más potentes ideados por Gerchunoff fue el título que le puso al libro. Aunque, como observó Borges en el fragmento del ensayo que incluí como epígrafe de este capítulo, el gaucho judío era a todas luces un artificio, su figura fue incorporada a la identidad argentina como un mito nacional, como una “tradición inventada” (Hobsbawm, 1998: capítulos 1-3; Sollors, 1989). De hecho, la frase “los gauchos judíos” ha quedado tan firmemente arraigada en el imaginario social que, desde su nacimiento, dio vida a numerosos productos culturales, entre los que podemos destacar la versión cinematográfica del libro, dirigida por Juan José Jusid en 1975, el sketch humorístico televisivo titulado “Abraham, el último gaucho judío”, creado en los años noventa por el famoso cómico argentino Juan Carlos Calabró, y cientos (seguramente miles) de ensayos y notas periodísticas referidas a las colonias o a la inmigración judía en la Argentina en las que la frase suele figurar en el título.

Sin embargo, una lectura atenta revela que, aun habiéndose valido con habilidad política de su figura, Gerchunoff se burlaba del gaucho, tal como se aprecia en el capítulo “El boyero”, en el que el gaucho Remigio Calamaco, “paladín de huestes bravías (…) concluía su existencia, repleta de hechos gloriosos, en las monótonas tareas de la colonia” (itálica mía), donde había sido conchabado como peón rural por los inmigrantes.[16] Y también en el siguiente diálogo de “La visita”, cuando, como para romper el hielo durante la primera visita a la casa de Don Estanislao Benítez, rabí Abraham dice a su anfitrión:

–Don Estanislao, su nobleza se refleja en la hermosura de sus hijas, porque los espíritus dignos, dice un maestro, de venerada memoria, sólo engendran belleza.
Don Estanislao contestó, sin penetrar muy bien el concepto:
–Ansina es no más.

La contraposición entre judíos sofisticados y gauchos poco esclarecidos se ratifica en el capítulo “Divorcio”, que muestra cómo los colonos resuelven la separación de una pareja haciendo gala de sus virtudes cívicas, del respeto a la ley y de la fina consideración de argumentos racionales. En julio de 1910, Caras y Caretas publicó una viñeta paródica de LGJ de tono benevolente, que mostraba el dibujo de un gaucho joven, portador de un criollismo bastante dudoso, ni siquiera remotamente parecido a Juan Moreira, al que, sin embargo, su propia familia comparaba con el personaje más célebre del género: “¡Qui Moreira qu´istás, Abraham!”, se sorprendía su hermana al recibirlo, recién llegado de… Entre Ríos (Prieto, 1988: 156-157).[17] Evidentemente, esta revista –de la que Gerchunoff era un colaborador frecuente– había captado la sutil ambigüedad del autor respecto del arquetipo que pocos años más tarde sería consagrado por Lugones como el “ser nacional” en sus famosas conferencias del Teatro Odeón. Por si quedaran dudas, esa suerte de “telurismo iluminista” gerchunoffiano se aprecia también en otro de sus textos más leídos: Entre Ríos, mi país, donde la identidad local es caracterizada como un fenómeno urbano y liberal: “una provincia dominada espiritualmente por el destino de sus ciudades”, plagada de municipios de carácter europeo y de bibliotecas, que “al derrocar a Rosas se hizo antigaucho” (Gerchunoff, 1973: 39-59).[18]

Más allá de la utilización de la figura del gaucho para legitimar a la colectividad judía, otro recurso legitimante fue el silenciamiento de dos temáticas cuyo tratamiento podría haber sido inconveniente en la época del Centenario: el arraigo del ideal sionista en las colonias y los conflictos entre los colonos y la JCA. Respecto del primer punto, es probable que Gerchunoff haya omitido el tema debido a su propia postura integracionista. En cambio, es improbable que no haya estado al tanto del tema de los conflictos. Más allá de las constantes denuncias contra la empresa que el periodista Abraham Vermont publicaba desde 1898 en el semanario Di Folks Shtime (La voz del pueblo), ya en 1904 el diario La Prensa había denunciado que la JCA desalojaba a los colonos con auxilio de la fuerza policial. Una de esas notas tenía un título lo suficientemente explícito: “Trata de judíos” (Levin, 2009: 43). Durante el transcurso de 1908, cuando La Nación comenzaba a publicar sus textos por entregas, la JCA presentó nuevos contratos cuyas cláusulas aumentaban la sujeción de los agricultores, lo cual aumentó el grado de conflictividad. Además, durante el mismo año de publicación de LGJ, el político sionista laborista ruso León Jazanovich recorría las colonias difundiendo la idea de que la JCA practicaba el “feudalismo filantrópico”. Si bien Jazanovich fue deportado en 1910 a raíz de una denuncia de la JCA, su libro La crisis de la colonización judía en la Argentina y la bancarrota moral de la administración de la JCA logró una gran repercusión en el ámbito judío.[19] No obstante, uno de los capítulos, titulado “La revolución”, podría representar una pequeña pieza de relojería alusiva al conflicto. Se trata de una revuelta organizada por los campesinos contra el alcalde de la colonia (una especie de delegado que representa a los colonos), a quien descubren robando un rollo de alambre de la herrería de la Administración. ¿Se trata de un guiño destinado sólo a los lectores entendidos en el tema? Es posible, pero, aun así, ni en “La revolución” ni en el resto de la obra hay referencias al conflicto ni críticas al obrar de la JCA.

Con el tiempo, el discurso oficial inaugurado por Gerchunoff encarnó en otros autores que se aferraron a la concepción integracionista, exacerbando sus aspectos románticos e idealistas. Uno de ellos fue el escritor Bernardo León Pecheny, cuyos cuentos de espíritu naif sobre la vida cotidiana en la colonia Santa Isabel, Entre Ríos, saltaron la barrera idiomática del ídish y aparecieron en castellano en 1975, en el volumen Tierra Gaucha, editado por el sello Acervo Cultural. Pecheny, que había comenzado a publicar en 1947, describía una vida campesina apacible, próspera y sin conflictos, apenas interrumpida ocasionalmente por la muerte de algún ser querido de los protagonistas. En el relato “Luchando con amor”, que recorre la trayectoria de vida de un matrimonio, cuenta que:

Pese a los precios irrisorios que regían en aquellos años para todos los productos del campo, su economía se consolidó y se afianzó a lo largo de un par de décadas. Todas las deudas fueron saldadas y ya podían dedicarse a disfrutar una vida tranquila bien merecida (1975: 52).

Los administradores de la JCA quizá podían ser como el señor Yungman, que tenía una actitud dictatorial, aunque “muy distinta a la de otros representantes de la JCA que siempre demostraban benevolencia y defendían, cuando era necesario, los intereses de los colonos” (1975: 57). Una de sus obras, “Una boda en el Palmar”, obtuvo el primer premio del concurso literario patrocinado por la JCA en 1953. El cuento, que narra el casamiento de Braindl, la novia, con Mijele, el pretendiente, abunda en descripciones de diacríticos judaicos, como la jupá (palio nupcial), la rotura de las copas y los bailes tradicionales. En la cabecera de la mesa principal, decorada con retratos del barón y de la baronesa de Hirsch, las familias de los novios se sientan junto al administrador de la colonia, al comisario y al farmacéutico, de quienes se destaca que son católicos. La disyuntiva de emigrar a las ciudades es relativizada mediante la figura de los primos de la novia, dos estudiantes universitarios que aún sienten cariño y apego por la colonia, donde transcurrieron sus años felices, y que “para no cortar su contacto con la madre tierra y con sus familiares, mantuvieron en su propiedad los campos heredados de los padres, y se hacían una escapada para verlos, toda vez que podían” (1975: 192).

Quizás el más destacado continuador de la línea gerchunoffiana haya sido José Liebermann (1897-1980), un acridiólogo y escritor nacido en la colonia Clara, cuyo libro Tierra Soñada. Episodios de la colonización agraria judía en la Argentina (1959) también fue premiado en los concursos literarios que patrocinaba la JCA.[20]Tierra Soñada combinaba los géneros ensayístico y autobiográfico, y, aunque el autor advertía que “no soy un exaltado lírico, ni quiero hacer el elogio desmesurado de las colonias agrícolas judías en la Argentina, ni menos me ciega la pasión racial”, la obra reproducía los lineamientos centrales de la memoria oficial de modo hiperbólico. Por empezar, para Liebermann, los argentinos se habían olvidado de la colonización agrícola. Consecuentemente, su libro venía a llenar un vacío inexcusable en la memoria de un país que había salido adelante por la vía del modelo agroexportador. El factotum de la avanzada de la civilización argentina sobre la naturaleza hostil había sido un agente individual: el colono, cuya tarea de domesticación de la pampa encarnaba en una potente representación concreta: la acción de abrir el primer surco. El capítulo inaugural, titulado justamente “El hombre y el surco”, rendía homenaje a esos “humildes héroes que en la soledad impresionante de los campos uncieron a sus yugos los bueyes chúcaros y hundieron en los suelos vírgenes, de pastos duros, la reja de sus arados primitivos” (1959: 2). Para Liebermann, uno de los aspectos más preocupantes que encerraba el olvido generalizado de la gesta colonizadora era que la legitimidad ganada por la colectividad judía podría comenzar a verse afectada. Por eso, en el capítulo “Setenta años después”, escribió que su libro buscaba dar “réplica silenciosa y terca (…) a las viejas difamaciones raciales”, y convocaba a sus lectores a sumarse a un anhelo general, expresado por las instituciones judías en distintos actos públicos: “la urgencia de que los habitantes de las ciudades se interesen por la marcha y por el mejoramiento de nuestra población agraria, a fin de que siga cumpliendo su rol providencial y redentor para todo el pueblo” (1959: 127-128; itálica mía). No obstante, a diferencia de Gerchunoff, lejos de omitir referencias al conflicto colonos/JCA, Liebermann abrió la discusión. Obviamente, su postura era favorable a la compañía, como se advierte en este contradictorio reparto de culpas:

Si bien, como ya dijimos, hubo administradores justos y humanitarios, que supieron apreciar el sacrificio y los sufrimientos de los colonos, hubo otros, de nacionalidad alemana generalmente, que los perseguían [a los colonos] sin compasión (…) Crímenes fueron de la época y no podemos acusar a la JCA únicamente, sino a las distancias, a los malos funcionarios y a veces a los colonos mismos (1959: 57; itálica mía).

Otras veces, su silenciamiento de los temas espinosos resultaba ingenuamente explicitado, como cuando se refería a los desalojos de colonos ordenados por la JCA: “son recuerdos lamentables y sobre sus consecuencias morales echaremos mejor una sombra de olvido” (1959: 57; itálica mía). Liebermann también cuestionaba las ideas del principal divulgador de los conflictos con la JCA, el colono y dramaturgo Marcos Alpersohn, sobre quien lanzó un argumento ad hominem: para él, sus “invectivas teatrales” le habrían sido dictadas por un odio personal hacia la compañía (1959: 101).[21] Más allá de los textos, Tierra Soñada incluyó varias fotografías que también pueden ser leídas como un recurso legitimante. Por ejemplo, la foto de un funcionario público importante saludando a los colonos servía para acercar el estado nacional a la comunidad judía, y un mapa que mostraba que algunas de las colonias de la JCA eran más grandes en superficie que la ciudad de Buenos Aires refrendaba la presencia judía en el campo comparativamente, desde un punto de vista espacial.

D:Mis documentoscine judío 001.jpg

“El gobernador de la provincia de Santa Fe, saluda y felicita a una joven judía de la colonia, por su habilidad como amazona” (Liebermann, 1959, p. 149).

D:Mis documentoscine judío.jpg

(Liebermann, 1959, p. 94)

2. Marcos Alpersohn, el “anti-Gerchunoff”

Si bien la historia de la colonización proveyó a escritores como Gerchunoff, Pecheny y Liebermann de los materiales necesarios para configurar el mito de origen fundante de una nueva identidad judeo-argentina, sus puntos de vista fueron puestos en discusión por otros autores contemporáneos que distaban de compartir la mirada oficialista e integradora sobre la vida en las colonias, y que, en sus cuentos, crónicas, novelas y memorias personales, se ocuparon de contar “la vida real” de los inmigrantes judíos llegados al campo, abordando abiertamente algunos de los aspectos más íntimos de las experiencias en el nuevo entorno. Los temas predominantes en sus textos son la pobreza, la declinación de la vida judía en el campo a mediados del siglo XX y las malas relaciones con la JCA (Weinstein y Toker, 2004 y 2006; Toker, 1995, citado por Astro, 2011; Astro, 2003; Sosnowski, 2000).[22] El autor más importante dentro de este segundo grupo fue Marcos Alpersohn.

Para el poeta Eliahu Toker, quien tradujo sus memorias al castellano,

Alpersohn es el anti-Gerchunoff; su libro [Colonia Mauricio] está escrito con furia; sus protagonistas no son idealizados gauchos judíos sino inmigrantes de carne y hueso, colonos desgarrados en la dura lucha con una tierra, con un país y con una estructura nada piadosos (1992: 4-5).

En la misma dirección, la investigadora Paula Miguel ha expresado que las memorias de Alpersohn “están lejos de la epopeya de la construcción de la Gran Nación Argentina”, ya que, a diferencia de la visión apologética y oficialista de Gerchunoff, conforman “una denuncia, un testimonio crudo, donde sin mucha vuelta habla la pluma del oprimido y fustigado, humillado y ofendido” (2008: 228-229).

Proveniente, igual que Gerchunoff, de la gobernación de Kamenetz Podolsk, Mordejai ben Israel Alpersohn (1860-1947) llegó al país en el primer contingente de colonos que se asentaron en Mauricio, en 1891, con treinta y un años de edad y una familia ya constituida. Aunque su profesión en Rusia era la de maestro de hebreo, en la Argentina se convirtió en un agricultor constante, que vivió en el campo hasta 1934, cuando a raíz de la muerte de su esposa comenzó a pasar los inviernos en Buenos Aires. Alpersohn permanece desconocido para el público general, pero fue el escritor local en lengua idish más aclamado por el público judío (Dujovne, 2010). El experto en literatura judía latinoamericana Alan Astro ha manifestado que, su obra, por sí sola, “asegura a la Argentina un lugar de honor en el mapa de la literatura ídish mundial” (2003b: 53). Sus memorias, que se publicaron en Buenos Aires entre 1922 y 1928 en tres volúmenes sucesivos, con el título Draysik yor in Argentine: memuarn fun a Yidishn kolonist (Treinta años en Argentina: memorias de un colono judío), circularon por distintas comunidades judías del mundo a partir de que, en 1923, el famoso escritor idishista polaco Hersh Dovid Nomberg hizo editar el primer volumen en Berlín. Allí incluyó un prólogo en el que ponderaba ampliamente las virtudes de la obra y presentaba a Alpersohn como un “Robinson Crusoe judío” perdido en las pampas. Muy pronto, en 1930, se publicó una versión en hebreo en Eretz Israel/Palestina, y aunque la primera versión completa en castellano recién vería la luz unas siete décadas más tarde –en la cuidadosa edición traducida y comentada por Eliahu Toker que se publicó entre 1992 y 2011 como Colonia Mauricio–, el público hispanoparlante pudo acceder a algunos capítulos que Salomón Resnick tradujo y publicó en distintos números de su revista Judaica a mediados del siglo XX. Además, varios capítulos sueltos fueron utilizados como material de lectura en ídish por la red escolar judía de la Argentina, en libros que además reseñaban su biografía e incluso mostraban su foto, tal como veremos en el Capítulo Seis.[23] La siguiente referencia a los propósitos del autor, incluida por Alpersohn en el prólogo de 1922, nos dará la pauta sobre el tenso tono que permea esta obra nodal de la memoria subterránea sobre la colonización:

Yo voy a levantar el celeste manto de oraciones con que se cubrieron nuestros dirigentes y ustedes van a descubrir lo que esa gente esconde a ojos extraños… Y también van a comprobar que aquí se hicieron realidad las palabras de nuestro Isaías: ´Tus gobernantes son sediciosos y amigos de ladrones´ (1992: 15).

Producto del acopio de anotaciones cuasi etnográficas y de diversos documentos durante tres décadas, Colonia Mauricio es más bien una crónica de los ásperos desencuentros de los colonos con la JCA que una memoria personal. Las alusiones del autor a sí mismo y a su propia familia son escasas, al punto de que los protagonistas más asiduos son los funcionarios de la compañía, a quienes se señala con nombre y apellido, y cuyos discursos aparecen transcritos con puntillosa rigurosidad. Así caracterizaba Alpersohn a la dupla de directores de la JCA para la Argentina, al observarlos durante una de sus primeras visitas a la colonia:

Veíamos a los dos directores rodeados de un fascinante resplandor aristocrático. Un suave gesto de piedad vestía el rostro de ambos, lo que nos alegraba. Pero así fue mucho mayor nuestra desilusión cuando los conocimos de cerca… Nos llenamos de tristeza y rencor cuando sentimos sobre nosotros la dureza de su régimen.
No nos consideraban gente hecha del mismo material que ellos. Nos miraban con prevención, casi con repugnancia. La piedad que de vez en cuando despertaba en sus corazones algún colono, no era la que se tiene por un semejante; se parecía más bien a la lástima que se siente por un animalito, por un perro hambriento (1992b: 121).

Sólo unos pocos funcionarios quedaron exentos de la pluma colérica de Alpersohn, quien incluso criticó con dureza al barón Hirsch y a su idealismo filantrópico, no sólo en sus memorias, sino también en sus obras teatrales. Por ejemplo, en el drama Di kinder fun der pampa (Los hijos de la pampa), de 1930, un administrador decide desalojar arbitrariamente a la familia de un colono ejemplar cuya hija no responde favorablemente a sus arrebatos amorosos. Y, en la novela Af Argentiner erd (En suelo argentino), el administrador cabalga con un revólver a la cintura y la fusta en la mano, listo para aporrear a los colonos (Astro, 2011).

La mirada crítica de Alpersohn no obedecía a sus disidencias con la JCA respecto del ideal agrario, sino a los obstáculos impuestos a los colonos por la compañía. Él mismo era un maskil, un adepto a la Haskalá que veía en la productivización agraria la vía de redención de los judíos.[24] Su apego ascético al idealismo agrario se aprecia en innumerables pasajes de sus textos; como por ejemplo en el siguiente fragmento, tomado del primer capítulo de Colonia Mauricio:

¡El corazón gozaba observando a esas hijas judías venidas de las urbes, acostumbradas a sedas y terciopelos, a guantes y sombreritos, vistiendo ahora oxford y percal, trabajando en el campo a la par de sus maridos!
¡La mujer judía dio prueba de su abnegación y de su lealtad a la decente vida de familia y a la honorable tarea agrícola! ¡El lugar de la verdadera mujer judía no es la taberna, el comercio o la feria, entre vendedores, compradores y comerciantes; su lugar es el campo o la huerta, trabajando la tierra! (1992)

En su obra teatral Goles (Diáspora), de 1926, el idealismo agrario aparece encarnado en la figura de Isroel, un rabino que lamenta la migración de los colonos a las ciudades, asociándola con el triste hecho de que, durante siglos, la grey se hubiera dedicado al “pecaminoso comercio” y no a la agricultura (Astro, 2011).

Más allá del conflicto intraétnico entre los colonos y la JCA, que ocupa el centro de atención de la mayoría de sus trabajos, Alpersohn dejó filtrar otro de los tabúes de la memoria judía oficial: la presencia en el país de prostitutas y tratantes de blancas judíos. En el segundo capítulo de Colonia Mauricio, los proxenetas aprovechan la estadía temporaria de los futuros colonos en el Hotel de Inmigrantes porteño para intentar unirlos a sus filas mediante distintas estrategias, desde repartir chocolates entre los niños hasta declamar que la JCA los obligaría a convertirse a otra religión o los esclavizaría. Alpersohn también se refirió a los tratantes en su drama Di arendators fun kultur (Los arrendadores de la cultura), donde denunciaba a los empresarios y críticos teatrales a los que aquellos financiaban (Astro, 2003b).

El punto de vista alpersohniano acerca de la integración judeo-argentina resulta bastante inaccesible a lo largo de su obra, excepto en lo que respecta a uno de sus relatos más tardíos, el cuento “Dos gautshl ´Yismekh Moyshe´”, publicado originalmente en 1943 y traducido al inglés como “The Gauchito Happy Moses”. Allí, el gauchito Moisés Aguilar, un peón de piel morena que trabaja para los colonos judíos, funciona como metáfora biológica de la hibridación cultural. Portador del apellido de su fallecida madre, al final del relato Moisés resulta ser hijo natural de un judío, hecho que se le revela cuando decide abrir un pequeño cofre –único recuerdo legado por su padre–, dentro del cual aparece una medalla sionista vienesa de 1908. Alpersohn remata el texto con la frase: “ambos [padre e hijo] están ahora en un lugar mejor” (Astro, 2003: 28). El cuento también contiene jugosos diálogos en los que Alpersohn elogia la belleza de la pampa argentina y minusvalora los paisajes palestinenses, tan ponderados por la mitología sionista.

Marcos Alpersohn no fue el único cronista que urdió la memoria subterránea de la colonización: otros autores contemporáneos se refirieron a los mismos problemas, aunque lograron menos repercusión. La corrupción y el autoritarismo de algunos administradores de la JCA se vieron reflejados en numerosas pasajes de las memorias de Noé Cociovich, Boris Garfunkel y Elías Marchevsky, quienes también señalaron las actitudes individualistas de algunos colonos ajenos al idealismo agrario. Por ejemplo, Marchevsky criticaba a los comerciantes, artesanos y puesteros judíos instalados en los pueblos que solicitaban campos a la JCA para luego arrendarlos, impidiendo así que se colonizaran otros agricultores verdaderamente consustanciados con el proyecto. Los crímenes de colonos cometidos por gauchos, un aspecto subterráneo que, no obstante, podía entreverse en el libro de Gerchunoff, también aparecieron en varias memorias, aunque nunca con la nitidez escalofriante de la pluma de Tuba Teresa Ropp:

Un día nos sacudió una tremenda noticia: habían asesinado a toda la familia Arcuchin. El móvil del crimen no se descubrió nunca. Los criminales, después de dar muerte al matrimonio y sus cinco hijos, más dos niñas que estaban de visita, colocaron los cadáveres en línea. Primero al padre; luego a la madre, que estaba grávida de siete meses; después a los hijos y también a las dos niñas. Una de ellas, de 22 años, logró escapar, pero los criminales la alcanzaron y después de ultrajarla la trajeron junto al macabro grupo, al que rociaron con kerosén y le prendieron fuego (Ropp, 1971: 66).

También el tabú de los tratantes de blancas judíos se filtra en el texto de Ropp, cuando la autora cuenta que un hombre recién llegado a la colonia debió viajar a Buenos Aires para recibir a la hermana de su esposa, proveniente de Rusia. Sin embargo, a los pocos días, el hombre regresó de la ciudad con apenas un baúl, algo de ropa y una pésima noticia: su cuñada había muerto. Recién pasado cierto tiempo se supo la cruel verdad: la mujer se había suicidado luego de que el hombre (su cuñado) la vendiera a una red de tratantes. Otro de los aspectos subterráneos aflora en la crónica publicada por el cooperativista entrerriano Samuel Hurvitz en 1932, quien da precisiones respecto del arraigo del sionismo en la colonia Lucienville. El autor describe la fervorosa génesis de una tnuá (una suerte de comité político) bautizado Benei Zion (hijos de Sion), cuyos integrantes esperaban ansiosos la llegada del periódico sionista Di Velt (El mundo), al que estaban suscritos colectivamente (1932: capítulos 14 y 15).[25] Hurvitz fue un importante líder cooperativista, además del único representante de los colonos judíos de la Argentina que llegó a ser delegado en un Congreso Sionista (Schenkolewski-Kroll, 1997: 262).[26]

Alpersohn y compañía criticaban las políticas de la JCA, pero se refirieron a la vida judía en la Argentina con cierto optimismo. En cambio, otros escritores que eligieron el género ficcional llevaron su pesimismo mucho más allá de las relaciones con la empresa. Por ejemplo, los protagonistas de los cuentos breves que dejó Kalmen Farber son colonos desilusionados que, en el mejor de los casos, abandonan sus chacras, y, en el peor, queman las parvas y se suicidan. Los motivos del desencanto varían: “los precios bajos, el frío y el terrible granizo, parecían haber tapado la boca del villorrio y aniquilarlo, hasta convertirlo en un cementerio” (en Feierstein, 1987: 114). A veces, el desencanto aparece ligado a la modernización de la agricultura, como en el caso del carretero que se dispara una bala en la cabeza al verse arruinado por la invención de los camiones. Otros pasajes de la obra de Farber reflejan un sentimiento decadentista en sus personajes: uno de ellos abandona el campo para irse “hacia donde me lleven mis ojos”, rumbo a “algún lugar todavía no alcanzado por la crisis de la civilización moderna, a algún lugar salvaje” (en Feierstein, 1987: 117). El cuento “No era este el destino”, de Abraham Zaid, trasunta una desazón parecida. Su protagonista fantasea hasta el delirio con la obtención de una cosecha promisoria que le permitirá saldar sus deudas con la JCA. Se imagina entrando a la oficina del administrador con un portafolio rebosante de billetes, y desestimando las ofertas de los exportadores de granos, a quienes escuchará con indiferencia, “limpiándose las uñas con una pajita”. Pero sus sueños se desvanecerán cuando, al final del relato, una helada arruine los cultivos.

Las críticas a la indolencia de los funcionarios de la JCA aparecen también en “Cierto día”, de Jaim Goldstrajt, cuyo tema es el desalojo de una familia colona. En él, uno de los hijos le pregunta a su hermano mayor: “Si nos quitan las tierras de nuestro padre y pagan sus deudas, ¿por qué van a calcular todo a los mismos precios que los anteriores, cuando la tierra valía centavos?”. Pero su interlocutor no tiene una respuesta, “puesto que él es un hombre que se mantiene de este lado del escritorio, y no del otro, donde está sentada la Ieke [la JCA]” (en Feierstein, 1987: 131). En la última escena del cuento, el hermano menor vende cigarrillos en un kiosco porteño de la avenida Corrientes. El mensaje es claro: las presiones de la JCA terminan con los sueños idealistas de la primera generación nacida en el campo. También las crónicas de viaje por las colonias de Iankev Botoshansky, un importante autor teatral, periodista y militante sionista socialista, aluden al tabú del conflicto. Elogioso de las virtudes de la vida sana en la campiña, Botoshansky se emocionaba al oír a los campesinos de “osamenta tan dura” y “voz tan llena de coraje” hablando en ídish, mientras trabajaban al “ritmo de la bendita labor del campo” (en Feierstein, 1987: 98). Sin embargo, el panorama se tornaba sombrío cuando uno de los colonos le reclamaba que denunciara a la JCA: “Hay alguien que es mucho más punzante e hiriente [que cierta planta silvestre venenosa] (…) Todos ustedes lo saben y nadie nos ayuda” (Feierstein 1987: 97).[27] La mirada negativa de los primeros autores seguramente alcanzó su punto más alto en “Puercos escarbarán aquél terreno”, de Iaacov Liachovitsky, un destacado periodista y emprendedor cultural comunitario, autor de piezas teatrales y cofundador de distintos periódicos en ídish. El cuento narra la angustia de un hombre que debe viajar setenta kilómetros en busca del único médico de la colonia para salvar la vida de su pequeño hijo, que se encuentra agonizando de fiebre. Al llegar, el médico lo trata con indiferencia y le exige que presente una autorización firmada por el administrador de la JCA. En consecuencia, el hombre regresa a la colonia, donde, a las diez de la mañana del día siguiente, el administrador se niega a recibirlo porque es “demasiado temprano”. Finalmente, el hijo muere y es sepultado “en una tierra lejana, ajena, en el país del Barón de Hirsch”, donde los cerdos (el animal prohibido por las reglas dietéticas del judaísmo) roerán la tierra que cubre el cadáver (Feierstein 1987: 138).

Desde la década del treinta, esa mirada escéptica de los autores que escribían en ídish pronto comenzó a aflorar también en textos de autores nativos, que publicaban en castellano. Uno de los dramaturgos argentinos más importantes de la primera mitad del siglo XX, Samuel Eichelbaum (1894-1967), dejó dispersos en su obra varios rastros de las experiencias vividas durante su infancia en la colonia Clara. “Una buena cosecha”, publicado en 1933 dentro de su compilación de cuentos El viajero inmóvil, tiene por protagonista a Bernardo Drugova, un inmigrante ruso que detesta el campo. Su máximo anhelo es dejar la colonia para mudarse a la ciudad y trabajar en el oficio que verdaderamente ama: mecánico. No obstante, dominado por su mujer y por su suegra, Drugova se convierte en un agricultor obediente durante cuatro años, hasta que, harto, una noche se levanta de la cama en silencio y, sin que nadie lo vea, quema las parvas de trigo. Con la cosecha perdida, a la familia no le quedará más remedio que trasladarse a Buenos Aires.

El anti-idealismo agrario del personaje de Eichelbaum encuentra formas más sutiles y elaboradas en Rebeca Mactas (1910-1997), una nieta de Marcos Alpersohn nacida en la colonia Mauricio, cuyo volumen de cuentos Los judíos de las Acacias (1936) muestra el conflicto entre los chacareros que se han quedado en el campo luego de los conflictos con la JCA y sus propios parientes, emigrados a las ciudades. Así comienza “La casa”, que plantea el dilema moral entre un matrimonio de colonos idealistas y su hijo, devenido no solo un rico comerciante sino también un importante dirigente de la comunidad judía porteña: “De los cuatro hijos de Jaim Kahn, ninguno encausó su vida en el campo. Se iban, uno a uno, al romper la adolescencia, atraídos por el vibrar de la ciudad la cual halagaba su sangre inquieta de judíos” (Mactas, 1936: 5). Este conflicto es también el tema central de “Corazón sencillo”, donde un triángulo amoroso funciona como metáfora de la disyuntiva que quita el sueño a las nuevas generaciones: ¿deben quedarse en el campo para cumplir con el deber moral legado por los padres, o es mejor seguir sus propios impulsos, dejarse arrastrar por la corriente de la modernidad y marcharse a las ciudades? Eva, una muchacha sensible y de espíritu sofisticado, se debate entre dos opciones matrimoniales. Aunque ama a su primo David, que estudia en Buenos Aires y la visita durante los veranos, se casará con un campesino rústico y detestable llamado Mauricio (evidente encarnación de la colonia Mauricio). Su sacrificio, cargado de implicancias morales, responde al llamado del “mudo lenguaje de la campiña”, que le habla con estas palabras: “se ama únicamente cuando se da, tal es la ley de la tierra”. El final del cuento es más que explícito: “¡Sí!, ¡Se casará con Mauricio! Mauricio la necesita. En compañía de Mauricio podrá cumplir el tremendo mandato de dar para existir” (1936: 50-51). En otro de los relatos, titulado “Fuego”, el conflicto encarna en la difícil relación entre dos hermanos, uno de los cuales se quedó en el campo, mientras que el otro emigró a Buenos Aires para hacer negocios. Finalmente, en el cuento que da título al libro, “Los judíos de Las Acacias”, Mactas describe cómo la colonia se va despoblando hasta convertirse en un pueblo fantasma: “una pobre gallina, vieja y ciega, que perdida en los campos se aprieta temerosa a la tierra”.[28]

Tampoco los cuentos de Natalio Budasoff, reunidos en el volumen Lluvias Salvajes, de 1952, y ambientados en la colonia Clara, transmiten una mirada apologética ni idílica. De acuerdo con la historiadora Patricia Flier,

lejos de ser gente perfecta o ideal en un mundo poéticamente pastoril, sus protagonistas son personas reales que luchan con sus semejantes y con una naturaleza dura que las castiga con lluvias, vientos, y las pérdidas de cosechas. El autor describe la tirantez que existe entre el rico y el pobre, la envidia criolla nutrida por un antisemitismo latente, la antipatía del administrador burocrático de la agencia colonizadora, la tozudez, la violencia, la envidia, la mentira que forma parte de la personalidad y de las conductas de algunos de los colonos judíos (2011: 24).

Balance del capítulo

Este breve relevamiento de la literatura judeo-argentina temprana nos permitió detectar algunos elementos centrales de la memoria sobre la colonización. El principal es la presencia de dos versiones paralelas, la oficial, inaugurada por Gerchunoff, y la subterránea, plasmada en primer término por Alpersohn. Quienes aportaron a la versión oficial elaboraron representaciones idealizadas, que mostraban a las colonias como el locus de la adaptación de los judíos a la identidad argentina y que silenciaban algunos aspectos cuyo conocimiento público podía haber resultado inconveniente. En sus textos, es posible entrever un objetivo político: incorporar imaginariamente a los inmigrantes judíos al relato del crisol de razas. Los otros, en cambio, escribieron con espíritu crítico, a veces incluso como si hubieran buscado plantar una denuncia intraétnica. En sus textos aparecen aquéllos aspectos silenciados en el discurso oficial, como los sinsabores del conflicto con la JCA, los dilemas de la aculturación, la disyuntiva de la segunda generación respecto de emigrar a las ciudades, la presencia de tratantes de blancas judíos y la adhesión al sionismo de muchos de los colonos. Sintomáticamente, los primeros prefirieron utilizar el idioma español, lo que les permitía dialogar con el campo cultural argentino, mientras que los segundos utilizaron mayoritariamente el ídish, lengua que cubría con un velo sus relatos.[29] Menos visibles que Gerchunoff, Liebermann y compañía, los autores críticos encontraron canales de circulación alternativos en espacios étnicos, como el teatro judío, la prensa comunitaria y pequeñas editoriales que publicaban en idish, donde era posible referirse a los tabúes. Aunque sus puntos de vista alternativos saltaron la barrera idiomática en los años treinta, recién lograron cierta difusión masiva en la segunda mitad del siglo XX, cuando los principales trabajos en ídish se tradujeron al castellano. Como señaló Paula Miguel:

otras obras que recopilan facetas más problemáticas de la experiencia de la inmigración judía en la Argentina no tuvieron tal difusión temprana. A veces publicadas parcialmente en revistas de la colectividad, sólo en los últimos años fueron traducidas y editadas completas y en castellano y aún hoy guardan una posición marginal en relación con la construcción del relato ‘oficial’ o ‘legítimo’ inmigratorio. Estos relatos contemporáneos de la obra de Gerchunoff aparecen recientemente para contestar de alguna manera ese idílico relato, para sumar otras voces a la construcción del discurso sobre la inmigración judía en Argentina (2008: 228-229).[30]


  1. En Sorrentino (1996). Este fragmento de Borges también ha sido citado por Degiovanni (2000) y por Astro (2010).
  2. Fueron de ayuda para realizar la selección los trabajos de Botoschansky ([1944], en Feierstein, 1987), Senkman (1983), Feierstein (1987, 1990), Sosnowski (2000), Weinstein y Toker (2004 y 2006) y Astro (2006, 2011).
  3. Darío y Lugones elogiaron a los colonos judíos en Canto a la Argentina y en la Oda a los ganados y las mieses, que formaron parte de la edición conmemorativa de La Nación para el Centenario.
  4. Concretamente, en un libro de lectura para 5to y 6to grado de primaria de Carlos Octavio Bunge. Comunicación personal con la Dra. Mónica Szurmuk, autora de una biografía de Gerchunoff actualmente en prensa.
  5. La versión original consta de 24 capítulos, pero Gerchunoff agregó dos más (los dos últimos) en una versión revisada que apareció en 1936.
  6. Dos de los datos básicos sobre su identidad personal de se desconocen. Uno es la fecha exacta de su nacimiento, que podría haber ocurrido en 1883 (“Autobiografía de Alberto Gerchunoff”, en Gerchunoff, 1973). El otro es su nombre original, que sin duda no era Alberto (Sneh, 2007).
  7. La mayoría de los datos sobre su infancia y juventud provienen de la autobiografía que escribió a los treinta años de edad, por lo que, más allá de algunas imprecisiones, los mismos deben ser entendidos como parte de un testimonio doblemente subjetivo, en tanto vehiculiza una autorrepresentación del autor.
  8. Ver al respecto “Las escuelas extranjeras en Entre Ríos”, en Memorias del Consejo Nacional de Educación del año 1908, páginas 321-366. La polémica fue amplificada por Ricardo Rojas en las páginas de La restauración nacionalista (1909).
  9. Davar nº 31, 32, 33, abril de 1951.
  10. Se trata de una breve nota en la que Verbitsky agradece el Premio Alberto Gerchunoff, otorgado en 1962/1963 por el Instituto Judío de Cultura e Información por su primera novela, Es difícil empezar a vivir, aparecida en 1941. Aparece en Comentario Nº 44, 1966, página 86.
  11. Unos años después, Daniel Bargman señalaría que “la literatura apologética de Gerchunoff (…) aspiraba a una legitimación de la presencia [judía] en la Argentina apelando a la construcción del prototipo del gaucho judío” (2006: 24), y, Perla Sneh, que el libro oficiaba de vía de acceso de la comunidad judía a una sociedad no siempre hospitalaria (2007).
  12. Fernando Degiovanni (2000) señala que también Germán García (1957), Gladys Onega (1965), Saúl Sosnowski (1978), Edna Aizenberg (1987) y Naomi Lindstrom (1989) han coincidido en afirmar que el proyecto creador de Gerchunoff estuvo vinculado a la afirmación de una Argentina liberal, en la cual su producción intelectual como judío-argentino pudiera desarrollarse sin “mayores incomodidades”.
  13. En aquella “retracción étnica” de la versión de 1936 puede leerse el creciente escepticismo de Gerchunoff en las posibilidades de integración de los judíos en la sociedad argentina de los años treinta, un cambio de postura que lo llevó a militar en las filas del sionismo, y cuyos entretelones pueden leerse en las decenas de conferencias y artículos de prensa que dejó publicados. En su primer artículo para La Nación acerca de la cuestión judía, Gerchunoff promovía la emigración hacia los países de la diáspora: “los israelitas no necesitan volver a Sión”, sino que deben, en cambio, “olvidar su sueño secular y venir a América”, ya que “el templo de Jerusalén no podrá reconstruirse con materiales modernos” (“Los judíos”, La Nación 2/5/1906, recopilado en Gerchunoff El pino y la palmera, SHA, 1952: 13-14). En cambio, en “El problema judío en la segunda posguerra”, conferencia dictada en 1945, cifró el problema del antisemitismo en la educación, aludiendo al caso de una maestra que había dicho en un aula en la que había alumnos judíos que “los judíos no tienen Dios; han muerto a Nuestro Señor Jesucristo y son odiosos porque son malos”. Ver también su artículo “La nacionalidad judía”, publicado en Vida Nuestra año II, nº 4, en junio de 1918. Respecto de su actividad sionista, Gerchunoff fue el principal publicista de la Agencia Judía para Palestina dentro de la arena política latinoamericana. Entre 1946 y 1949 fue redactor jefe de Jalda, su boletín informativo. En 1947 fue enviado a entrevistarse con los presidentes de la región buscando apoyo para la resolución 181 de las Naciones Unidas, que finalmente determinó la partición de Palestina y dio vida al Estado de Israel. Además, Gerchunoff publicó artículos denunciando la indiferencia latinoamericana ante el Holocausto en el periódico liberal Argentina Libre, órgano que instaba al gobierno a abandonar la posición de neutralidad. Los pormenores sobre su creciente pesimismo en las virtudes del crisol y sobre su actividad sionista pueden leerse en Senkman, 1980 “Gerchunoff y la crisis del liberalismo argentino”, Coloquio año 2 nº 4-5. También en Senkman, 1998-1999 páginas 296-297, en Eichelbaum 1951 (compilado en Feierstein 2000: 249) y en las notas periodísticas de Gerchunoff recopiladas dos años luego de su muerte en El pino y la palmera (SHA, 1952).
  14. En realidad, este enfoque retoma el hilo de algunas de las lecturas de los contemporáneos de Gerchunoff, quienes ya en la década del cincuenta opinaban que la obra propiciaba “el entendimiento entre núcleos de pueblos disímiles, mediante la libre voluntad de adaptación, sin renunciamientos que vulneren el alma de uno o del otro” (Eichelbaum, [1952] 2000: 250) y que Gerchunoff había anticipado “desencuentros y complicaciones que, en primera instancia, los judíos de las colonias creían haber terminado para siempre” (Liacho [1951], 2000: 276).
  15. Aunque la versión en hebreo se demoró 87 años, el libro ya había circulado en Israel desde comienzos de los años cincuenta en sus versiones en ídish e inglés (Senkman, 1999). La versión en ídish, publicada como Idn Gauchn por la Editorial IKUF de Buenos Aires, había aparecido en 1952.
  16. El argumento del gaucho domesticado apareció por primera vez en el país en la obra Calandria (1896), de Martiniano Leguizamón, como ya sabemos, su compaisano, prologuista y padrino literario (Degiovanni, 2000).
  17. En La gringa, de 1904, Florencio Sánchez había presentado a los campesinos italianos como agentes del trabajo productivo que derrotarían la inercia del viejo criollo, heredero de tierras y de sentimientos estériles y, a la vez, como extranjeros sin la menor inclinación a asumir los signos convencionales del gauchismo. Allí el conflicto se resolvía con un matrimonio mixto criollo-italiano (Terán, 2008).
  18. Sobre la desvalorización del gaucho en LGJ, véase también Degiovanni (2000).
  19. Uno de los capítulos de ese panfleto fue publicado en castellano por Senkman (1984).
  20. Liebermann recibió el premio en 1952, de manos de un jurado compuesto por Enrique Banchs, Jorge Luis Borges, Fermín Gutiérrez, Alberto Girri y Miguel Olivera. Más tarde escribió Aporte judío al agro argentino (1964), Los judíos en la Argentina (1966), y Aportes de la colonización agraria judía a la economía nacional (1969), que resultó ganador del concurso por el 80º aniversario de la colonización realizado por el Comité Judío Americano.
  21. En un trabajo posterior, Liebermann se refirió a otros aspectos subterráneos. Con el título “Hechos que no deben olvidarse”, además de repasar los años de penurias en algunas colonias y nombrar a algunas de las víctimas de los crímenes cometidos por gauchos, ponderaba la actuación de los activistas sionistas León Jazanovich y Z. Brujis (sic), quienes habían combatido a la JCA a través de los periódicos Broit un Ehre (pan y trabajo) y Der Colonist, creados por ellos mismos. Sin embargo para Liebermann, “ambos fueron rebeldes y trataron de formar un frente agrario contra los manejos de ciertos funcionarios, pero no contra la JCA” (1966: 63).
  22. La amplia mayoría de los autores judíos fueron inmigrantes arribados entre 1891 y 1953. Un tercio llegó antes de 1914, un 60% en la entre guerra y 13 de ellos fueron sobrevivientes del holocausto (Weinstein y Toker, 2004). La efervescencia cultural de la prensa y los escritores judíos llevó a que, más tarde, durante el período de entreguerras, Buenos Aires fuera uno de los cuatro grandes centros literarios idishistas mundiales, junto a Varsovia, Moscú y Nueva York (Dujovne, 2010; Weinstein y Toker, 2006).
  23. Ver, entre otros, la serie de textos escolares Undzer hemschej (Proseguimos), lecturas para primaria, de Tkach y Czelsler, Editorial Szmid y Eichenblat, aparecida en Buenos Aires durante los años cuarenta y cincuenta.
  24. Alpersohn también publicaba notas en el Hameilitz (El Abogado), el primer periódico ruso en lengua hebrea, fundado en 1860 y de tendencia iluminista.
  25. La versión original en ídish aún no ha sido publicada en castellano. Para una versión inédita, ver Basavilbaso en 1932, traducción libre de Jacobo Glushankov disponible on-line.
  26. Entre las décadas de 1930 y 1970 numerosos colonos publicaron sus memorias. Noé Cociovich, nacido en 1862 en Slonim y colonizado en Moisés Ville, donde se destacó como líder de los agricultores y como fundador de la cooperativa La Mutua Agrícola, publicó Moisesviler breishis (Génesis de Moisés Ville) en 1947. En Apuntes íntimos (1948), Adolfo Leibovich, nacido en 1870 en Besarabia, dejó testimonio sobre la primera colonia judía del país, Monigotes “la vieja”, cuyo nombre derivaba de los tótems aborígenes que encontraron los inmigrantes en esa zona del norte santafecino. Boris Garfunkel, nacido en 1866 en Ucrania y llegado a Mauricio en 1891, gozaba de una buena posición económica, pero el idealismo agrario y el antisemitismo ruso lo llevaron hasta la pampa junto con su familia sin solicitar ayuda de la JCA, como se lee en Narro mi vida (1960). Elías Marchevsky, nacido en 1885 en Rusia, fue un auténtico aventurero de las pampas que llegó al país sólo, a los veintiún años de edad. Antes de colonizarse en Rivera, trabajó en distintas provincias como peón rural y cosechero, por lo que más tarde se ganaría el mote de goldshpiner o tejedor de oro (es decir, experto armador de parvas de trigo). Ese es el título de sus memorias: El tejedor de oro (1964). El famoso líder cooperativista Isaac Kaplan nos dejó su Colonias judías en la Argentina. Memorias de un cooperativista agrario (1966), y Samuel Hurvitz, otro líder cooperativista, publicó en 1932 un libro conmemorativo titulado Colonie lucienville. 37 ior idishe colonizatsie. Ondenk dem baron Moshe Hirsch z”l (Colonia Lucienville, 37 años de colonización. En homenaje al centenario del fallecimiento del Barón Moisés Hirsch). En Un colono judío en la Argentina, republicado en castellano en 1971, Tuba Teresa Ropp narró la vida de su padre, el pionero Israel Ropp, llegado a Entre Ríos en 1891, quien tenía un cuarto de huéspedes por el que desfilaron las personas más necesitadas y las rutilantes figuras de la política, el periodismo y la literatura que recorrían las colonias. También varias personalidades que pasaron por las colonias y luego emigraron a las ciudades dejaron impresos sus recuerdos de los años de juventud transcurridos en el campo, como por ejemplo el diputado socialista Enrique Dickman, autor de Recuerdos de un militante socialista (1949), y el médico y dirigente comunitario Nicolás Rapoport, autor de Desde lejos hasta ayer (1957).
  27. Botoshansky llegó al país en los años veinte y se radicó en Buenos Aires, donde ocupó el cargo de presidente de la Sociedad de Escritores Judíos de la Argentina. Autor de varias obras dramáticas y literarias, fue además uno de los redactores de la antología de la literatura ídish de Di Presse.
  28. James Hussar (2008) comparó la obra de Mactas con la de Gerchunoff y encontró similitudes estilísticas y formales que lo indujeron a deducir que esta autora escribió su texto en diálogo con LGJ. Dos de las continuidades que menciona son el uso de un protagonista colectivo en el título y el recurso a las historias individuales, que pueden ser leídas como cuentos independientes o como una novela.
  29. Como ha señalado Alan Astro (2003), la singularidad temática de la literatura idishista latinoamericana radica en la recurrencia de relatos acerca de la lucha contra la presencia e influencia de proxenetas y prostitutas judías, la crítica de la experiencia de las colonias agrarias, las relaciones entre judíos y miembros de grupos no europeos, la ambivalencia de residir en territorio antes dominado por la Inquisición, el comercio judío de artículos religiosos católicos y el rápido aburguesamiento de los inmigrantes judíos.
  30. Como vimos, las memorias de Marcos Alpersohn recién fueron traducidas al castellano a partir de los años noventa. Pero, además, Miguel se refiere a la obra teatral Ibergus (Regeneración), de Libl Malaj, dedicada al tema de los tratantes de blancas judíos y traducida al castellano en 1984, y a Koshmar (Pesadilla), la crónica del periodista Pinie Wald acerca del pogrom de la Semana Trágica, aparecida en 1987.


Deja un comentario