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Capítulo tres

Los libros de la buena (y de la mala) memoria[1]

El judío viene a la Argentina con la finalidad de convertirse en argentino.

50 años de vida judía en el país. XX aniversario de Di Presse

Para ser una nación, uno de los elementos esenciales es interpretar la historia de modo equivocado.

Ernest Renan (Hobsbawm, 1998: 40)

En este capítulo exploraremos un conjunto de libros conmemorativos que fueron publicados en la Argentina entre 1939 y 2001. Algunos aparecieron durante los aniversarios de los acontecimientos más relevantes para la historia de la colonización, como la llegada del Weser, el establecimiento de los podoliers en Moisés Ville y la creación de la JCA, mientras que otros rindieron homenaje a distintas colonias e instituciones particulares. Comparado con otros lugares de memoria más volátiles, como los rituales, los discursos, las notas en la prensa o las conmemoraciones, el libro resulta un objeto sólido, duradero, transportable y capaz de almacenar gran cantidad de información en espacios reducidos. Sus distintos formatos comunicacionales lo hacen accesible a una variedad de públicos heterogéneos, mientras que su movilidad le permite atravesar los distintos sectores sociales, cruzar las fronteras nacionales y, traducción mediante, irrumpir en comunidades lingüísticas distantes.[2]

De acuerdo con Roger Chartier, la operación de construcción de sentido efectuada en la lectura es un proceso históricamente determinado, cuyos modos y modelos varían según la época, los lugares y las comunidades, y que se encuentra mediado por la forma que adopta el texto al ser transformado en el objeto libro. En palabras de Chartier, los lectores “nunca se confrontan con textos abstractos, ideales, alejados de toda materialidad: manipulan objetos cuya organización gobierna su lectura, separando su captación y su comprensión del texto leído” (1992: 51). En tanto el texto no existe fuera del soporte que lo da a leer, tampoco

hay comprensión de un escrito cualquiera que no dependa de las formas en las cuales llega a su lector. De aquí, la distinción indispensable entre dos conjuntos de dispositivos: aquellos que determinan estrategias de escritura y las intenciones del autor, y los que resultan de una decisión del editor o de una obligación del taller (1992: 55).

Siguiendo estos lineamientos, Chartier recomienda prestar atención a ciertas decisiones editoriales tales como la lengua en la que se publica, la calidad de la impresión, los marcadores paratextuales incluidos (prólogos, solapas, contratapas), la cantidad de páginas y el uso de fotografías y gráficos.

En el caso de los libros conmemorativos sobre la colonización judía, esto es sumamente significativo, en tanto la mayoría contiene apéndices documentales, mapas, fotos, cronologías de acontecimientos y cuadros estadísticos que apuntan a reafirmar la veracidad de los acontecimientos descritos, aunque en muchos casos convivan codo a codo con una narrativa histórica de estilo épico-romántico. También es significativa la elección de la lengua, ya que el uso del castellano los orientaba hacia el público general de la sociedad argentina, mientras que el ídish sólo habilitaba un mercado de lectores restringido, exclusivamente judío, y el inglés les daba un alcance internacional.[3]

El capítulo está dividido en tres secciones. En la primera, observaremos la producción de libros conmemorativos por parte de las instituciones judías; en la segunda, abordaremos los proyectos realizados por editoriales privadas; y, en la tercera, nos dedicaremos a aquéllos publicados por agencias estatales. Como se verá, esa clasificación tripartita también respeta el orden cronológico.

1. Publicaciones de la colectividad judía

Los primeros libros conmemorativos judeo-argentinos aparecieron a fines de la década del treinta, cuando se celebraron los cincuenta años de vida de la colectividad en el país, para lo que se tomó como punto de partida la fecha de la llegada del Weser y la fundación de Moisés Ville: agosto/octubre de 1889. Los dos primeros fueron lanzados por los periódicos judíos de mayor circulación, e incluyeron notas acerca de la inmigración, la creación literaria, las instituciones, la educación, el movimiento obrero, la prensa, el antisemitismo, la colonización agrícola y otros aspectos que reflejaban la trayectoria judía en el país. Ambos se imprimieron en ídish, aunque algunos de los artículos incluían un breve resumen en castellano.[4]

El primer libro conmemorativo aparecido íntegramente en castellano y dedicado en exclusiva a divulgar la historia de la colonización judía fue 50 años de colonización judía en la Argentina (AAVV, 1939), publicado por la DAIA para acompañar los festejos llevados a cabo en octubre de 1939 en Moisés Ville. Para difundir la gesta de los colonos, la DAIA preparó una edición de más de trescientas páginas en dos versiones idiomáticas idénticas e independientes, una en ídish y la otra en castellano, cuyos artículos narraban los acontecimientos históricos que habían llevado a los pioneros a dejar la Rusia zarista para instalarse en las colonias argentinas, repasaban la participación de la JCA en dicho proceso y daban cuenta de los rindes agrícola-ganaderos mediante exhaustivas tablas de datos.

En el prólogo –un texto saturado de elogios hacia el país receptor– se informaba sobre el propósito de la publicación: los intelectuales, periodistas y dirigentes comunitarios convocados para su redacción debían realizar un balance del desempeño judío en el campo argentino:

¿Qué han hecho los israelitas del preciado bien y privilegio sin par de vivir bajo el inmaculado pabellón azul y blanco, en esta hermosa región del mundo civilizado? Eso lo dirá este libro (AAVV, 1939, prólogo sin numerar).[5]

Como cabía esperar, el balance era sumamente positivo. En primer lugar, porque el éxito de la colonización era una prueba tangible que permitía rebatir el prejuicio de la improductividad, tal como puede leerse en el siguiente pasaje, tomado también del prólogo:

Estos primeros cincuenta años con las inseguridades propias de toda infancia, muestran como fruto maduro desprendido de los hechos que en la constitución y temperamento de este sector de la población argentina hay una definida inclinación hacia los trabajos de la tierra, de los cuales sólo ha podido ser alejado por cavernarios odios y prejuicios (AAVV, 1939, prólogo sin numerar).

Entre los redactores sobresalían el escritor Alberto Gerchunoff, el director de la JCA en Buenos Aires Simón Weill, el médico y dirigente Nicolás Rapoport, el educador Jedidia Efron y el líder cooperativista Isaac Kaplan. Pero la figura clave fue José Mendelson (1891-1969), un inmigrante llegado al país en 1912 que se había desempeñado como maestro y director de una escuela de la JCA en Palacios para luego instalarse en Buenos Aires, donde tuvo una destacada actuación en el mundo educativo y cultural judeo-porteño. Sumando los dos artículos que aportó, Mendelson contribuyó con cien de las trescientas páginas del libro.

Evidentemente, Mendelson consideraba fundamental aprovechar el cincuentenario de la colonización para rebatir el prejuicio de la improductividad, y ese propósito lo llevó a desplegar distintos recursos. El principal consistió en distorsionar la cronología de los acontecimientos históricos para postular que el origen de la colectividad en el país era rural, en vez de urbano. Eso se aprecia en “Génesis de la colonia judía en la Argentina (1889-1892)”, una pieza que atesora la primera historia de la colonización publicada en formato de libro, en castellano y elaborada con cierto rigor historiográfico: se citan las fuentes, se comentan los defectos que encierra el texto debido a la imposibilidad de revisar ciertos archivos, se presenta una cronología ordenada.[6] Para sustentar el mito del origen agrícola, Mendelson realizó allí un sutil desplazamiento: propuso que la llegada del Weser debía considerarse el punto de partida de la vida judía en el país. Por eso, la palabra “colonia”, que colocó en el título del texto, resulta engañosa: aunque alude a la colectividad, puede interpretarse también como referida a la colonización. Claro está que la distorsión del pasado obligó a Mendelson a introducir algunas justificaciones, ya que desde comienzos de la década de 1860 existía en Buenos Aires una comunidad judía organizada que contaba con una sinagoga, cuyo rabino incluso había sido reconocido por el estado en 1882. Para salvar este inconveniente, optó por establecer una clasificación periódica que le permitiera referirse a la época previa a 1889 como a la “prehistoria”. Dentro de ese período incluyó a los marranos de la época colonial y a los inmigrantes llegados del centro de Europa y del norte de África luego de la independencia argentina. Los marranos eran prehistóricos porque conformaban una rama descontinuada, que se había asimilado y diluido sin dejar “rastros vivientes”, mientras que las migraciones centro europeas pre-Weser habían sido realizadas de manera casual, aislada y sin ninguna finalidad determinada. Sin embargo, Mendelson no se privó de consignar que, aunque prehistóricos, aquéllos judíos previos a 1889 habían acumulado algunos méritos patrióticos: lucharon en las guerras de la Independencia, enfrentaron a Rosas en Caseros y pelearon en la Guerra del Paraguay, “aportando su sangre como soldados, como oficiales y jefes superiores”, e incluso como generales. Si sus nombres no aparecían publicados en el texto era porque se trataba de un tema que requería ser investigado más adelante, con mayor exhaustividad, se excusaba el autor.[7] Es probable que Mendelson haya tomado prestada la idea de una prehistoria judeo-argentina de un artículo escrito por el historiador Boleslao Lewin (1908-1988, radicado en la Argentina en 1937) para el libro conmemorativo de Di Idishe Tzaitung de 1939. Allí, Lewin había propuesto una cronología conformada por cuatro etapas: la Prehistoria, la Historia Colonial, el “Lapso que termina con la llegada de la inmigración en masa” (sic) y la Historia Contemporánea.[8] El hecho de que los dos periódicos judíos más populares también hubieran publicado libros conmemorativos por el cincuentenario, uno de ellos aparecido incluso un año antes de la fecha, en 1938 (seguramente, para hacerlo coincidir con su propio vigésimo aniversario, como se deduce del título) es indicativo de que la idea del origen moisesvillense ya flotaba en el ambiente antes de que Mendelson la cristalizara en el libro de la DAIA.

Quizás el aspecto más razonable de la argumentación de Mendelson fuera que, a diferencia de lo ocurrido con los colonos, la colectividad prehistórica no había logrado atraer tras de sí una oleada masiva de judíos al país. Pero lo cierto es que, más allá de nuestras consideraciones, la estrategia parece haber tenido éxito: desde entonces, la llegada del Weser quedó sellada como el acontecimiento fundacional del judaísmo argentino, como se verá más adelante. Además, postular que la historia judeo-argentina había comenzado con la llegada de los colonos tenía una ventaja extra: ayudaba a disimular el arribo previo de prostitutas y tratantes de blancas. Las noticias más tempranas al respecto que encontró el historiador Víctor Mirelman datan de una década antes de la “era Weser”: el 4 de noviembre de 1879, algunos periódicos porteños advertían de la llegada de nueve tratantes de blancas judíos, consignando sus nombres, edades y nacionalidades. Más tarde, en abril de 1880, el mozo de un hotel porteño denunció que ocho mujeres menores de veinte años, procedentes de la región de Galitzia (Austria), habían sido raptadas por proxenetas que las traficaban como mercadería. Tanto las mujeres como los hombres eran judíos (Mirelman, 1988: 149).

Otro de los recursos que utilizó Mendelson para rebatir el estigma de la improductividad fue escribir un extenso artículo titulado “Los judíos como pueblo agrícola a través de la historia”, donde consignaba que utilizaría argumentos producidos por “historiógrafos especializados” para dilucidar si era

cierta la afirmación que regía hasta hace poco como un axioma (…) de que los judíos forman un pueblo de mercaderes, que se dedican únicamente al comercio y a la industria y que en el pasado se ocupaban de la usura (AAVV, 1939: 11).

Obviamente, la conclusión era rotundamente negativa. Un tercer recurso consistió en ponderar a la colectividad judía local contrastándola con la norteamericana, señalando que, a diferencia de aquélla, la de la Argentina había emigrado movida por un ideal productivista: trabajar la tierra (AAVV, 1939: 10).

Vista desde los inicios del siglo XXI, la retórica legitimante de 50 años de colonización judía en la Argentina puede parecer exagerada, pero, al ponerla en contexto, aparece como una estrategia inteligente y razonable: el libro apareció en la víspera de la Segunda Guerra Mundial, cuando el ideario antisemita de algunos grupos nacionalistas salía a la luz abiertamente en varias revistas y periódicos muy populares, como Criterio, Bandera Argentina, La Maroma, El pampero, Clarinada y Crisol, que a veces incluso gozaban de los beneficios de la publicidad estatal. En ese momento, el escritor local más exitoso era Gustavo Adolfo Martínez Zuviría (alias Hugo Wast), director de la Biblioteca Nacional y autor de la saga de novelas El KahalOro, que reproducían el mito conspirativo según el cual los judíos planeaban dominar el mundo. En el plano de la vida cotidiana, proliferaban diversas prácticas antisemitas que incluyeron ataques a personas e instituciones (Lvovich, 2003).[9] Quizá por eso, el conflicto entre los colonos y la JCA aparece prácticamente omitido: seguramente los autores del libro trataron de mostrar una imagen orgánica, exenta de conflictos internos.[10]

Aun así, más allá de la retórica legitimante construida en torno de la agricultura, algunos artículos del libro también permitían entrever cierta reafirmación del derecho a la etnicidad. Por ejemplo, en “La vida social en las colonias judías”, el líder cooperativista Isaac Kaplan dejaba en claro que, en los comienzos, la sociabilidad se había iniciado en la sinagoga, donde los colonos celebraban sus rituales en un ambiente de absoluta libertad. Mientras que, en “La obra escolar en las colonias judías”, el director de la red escolar de la JCA, Jedidia Efron, se explayaba acerca de los contenidos de los Cursos Religiosos Israelitas. Sin embargo, el libro omitía rigurosamente toda mención acerca de la difusión del ideal sionista en las colonias, cuyos adherentes presentaban listas propias en las elecciones comunales desde 1909, enviaron voluntarios para pelear por Gran Bretaña en el frente otomano de la Primera Guerra Mundial y donaban anualmente cosechas y dinero en efectivo al Keren Kayemet LeIsrael, el fondo que compraba tierras para erigir el futuro Estado de Israel.[11] Etnicidad, sí; doble pertenencia, no.

En el transcurso de las tres décadas siguientes aparecieron nuevos libros conmemorativos sobre la colonización. El primero fue un auto-homenaje de la JCA por su propio cincuentenario, titulado Jewish Colonization Association. Su obra en la república argentina. 1891-1941 (AAVV, 1941). Al año siguiente, la DAIA lanzó Medio siglo en el surco argentino. Cincuentenario de la Jewish Colonization Association (JCA) 1891 agosto 1941 (AAVV, 1942). Dos décadas más tarde, la JCA celebró su aniversario número setenta con Jewish Colonization Association. Reseña de su obra y sus finalidades. 70 años de labor humanitaria. 24 de agosto de 1891-25 de agosto de 1961 (AAVV, 1961). Pasados tres años, en el marco del 75 aniversario de la colonización, apareció 75 años de colonización judía en la Argentina (AAVV, 1964), producido por un comité interinstitucional.

En general, estas publicaciones reprodujeron las representaciones instaladas por el libro de la DAIA en 1939. La forma tendenciosa de contar la historia se aprecia nuevamente en sentencias como la siguiente: “Los colonos del ‘Wesser’ (sic) habían llegado a la Argentina por decisión libre y voluntaria. Cansados de las persecuciones antijudías de la Rusia zarista, decidieron buscar un horizonte de libertad” (AAVV, 1964: 9). Como sabemos, el destino que habían elegido era la Palestina otomana, pero ante la imposibilidad de trasladarse allí, consideraron la oferta hecha por un agente del gobierno que buscaba atraer inmigrantes al país. La intención legitimante también se lee en pasajes como el siguiente: “Ese fue el limpio origen de la extendida colonia israelita de hoy en la Argentina. Sólo el contacto con la tierra eleva y purifica al hombre” (AAVV, 1942: 7, itálica mía).

Un ítem que no descuidaron las nuevas publicaciones fue la mención de los aportes realizados por los colonos judíos al país, entre los que sobresalían la creación de las primeras cooperativas agrícolas, la implementación del cultivo del girasol y la incorporación de las granjas mixtas. Las tablas estadísticas que mostraban los rindes de las chacras y la demografía de cada asentamiento refrendaban nuevamente la materialidad de esos tributos, medidos en cantidades de hectáreas cultivadas, toneladas de granos exportados y litros de leche producidos. Incluso el capital humano conformado por médicos, políticos, científicos, artistas y hombres de la cultura surgidos de las colonias también era interpretado como un aporte al país, igual que los centros urbanos levantados en la soledad de la pampa, con sus escuelas, teatros, cooperativas, elevadores de granos, bibliotecas y demás instituciones sociales cuyas fotografías a veces se incluían en los libros.

Hacia fines de la década de 1960 apareció otro género de publicaciones conmemorativas diferente de los típicos libros que celebraban determinados aniversarios. Me refiero a los fascículos de la Biblioteca Popular Judía, donde se trataban temas más generales, en un tono más bien cercano al de la literatura de divulgación histórica. El emprendimiento fue patrocinado por el Congreso Judío Latinoamericano, y tenía por destino “principalmente a la juventud y a todas las personas a quienes les interese conocer diversos aspectos culturales de la vida judía en las últimas centurias”.[12] Tres de sus números se referían a las colonias: Barón Mauricio de Hirsch (Schallman, 1969) era una biografía del barón incluida en la colección “Grandes figuras del judaísmo”, mientras que Historia de los Pampistas (Schallman, 1971) y Los pioneros de la colonización judía en la Argentina (Schallman, 1971) pertenecían a “Hechos de la historia judía”. Los tres fueron escritos por Lázaro Schallman, un prolífico emprendedor de la memoria judeo-argentina que había ocupado distintos cargos dentro de la JCA, autor también de San Martín y los principios morales del judaísmo e Historia del Periodismo judío en la Argentina. Los tres fascículos narraban los acontecimientos en un tono exageradamente dramático, a fin de transformar sucesos bastante habituales para los inmigrantes rurales llegados a fines del siglo XIX en una epopeya singular, como se pude entrever en ciertos títulos de los apartados de Historia de los “Pampistas”, tales como “Travesía angustiosa”, “La noche oscura de la partida”, “Inmensos peligros”, “Inconveniente imprevisto”, “Temporal ciclónico”, “Desolación y miseria” y “Sensación de pesadilla”.

Los libros conmemorativos lanzados por la DAIA, la JCA y la Biblioteca Popular Judía incluyeron numerosas fotografías que también aportaron sentido a la construcción de una memoria oficial, de intensiones legitimantes y apegada a la ideología del crisol. Una de las imágenes que más se repite es la de alguna familia de colonos recibiendo al gobernador, como ocurría en el libro de Liebermann que revisamos en el capítulo anterior, una estrategia que permitía asociar al judaísmo con el estado. En algunos libros incluso fueron transcriptos los discursos pronunciados por funcionarios públicos en los festejos por distintos aniversarios de las colonias, y hasta se incluyeron las salutaciones enviadas por los gobernadores a los administradores de la JCA.

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“El gobernador de La Pampa, Dr. Evaristo Pérez Virassoro, durante la visita a la casa de un colono” (AAVV, 1942: 31).

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“La comitiva y el público, reunidos en la chacra de un colono” (AAVV, 1942: 43).

En algunas de las fotos es posible entrever el trabajo de encuadramiento de la memoria. Por ejemplo, la siguiente imagen, incluida en 75 años de colonización judía en la Argentina y en Historia de los “Pampistas”, fue retocada para quitar de la escena al administrador de la colonia, que aparecía en la fotografía original que consulté en el archivo del Museo Judío de Buenos Aires:

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familia de colonos en Clara.jpg

Mientras los emprendedores “orgánicos” amplificaban las representaciones de la memoria oficial, a partir de los años cincuenta distintas asociaciones de colonos lanzaron publicaciones que mostraban voces disidentes, dejando filtrar algunos de los tabúes de la colonización. Se trata de libros que aparecieron en ocasión de los cincuentenarios de las colonias más tardías y de otros que conmemoraron la fundación de las cooperativas agrícolas. Entre ellos se destacan Rivera, afán de medio siglo (Gregorio Verbitsky, 1955), Pioneros. En homenaje al Cincuentenario de Rivera “Barón de Hirsch” (comisión de redacción presidida por Sansón Drucaroff, 1957), Fondo Comunal. Cincuenta años de su vida (Abraham Gabis, 1957) y Páginas para la historia de Narcis Leven. En adhesión a su Cincuentenario (Ezequiel Shoijet, 1961).

En ellos, por primera vez, el histórico conflicto entre los colonos y la JCA era analizado con rigurosidad dentro del formato de libros del género conmemorativo. Por ejemplo, Gregorio Verbitsky opinaba negativamente sobre algunas determinaciones tomadas por la compañía, como las reticencias a financiar la colonización de los hijos y a ensanchar las chacras asentadas en suelos poco productivos. Los autores de Pioneros…, entre quienes figuraron dirigentes de la izquierda judía, como Sansón Drucaroff y Elías Marchevsky, consignaban que los colonos se habían topado con “fuerzas retrógradas (…) que frenaron las luchas campesinas. En primer término, la propia compañía colonizadora” (Drucaroff, 1957: 8). Los redactores de ese libro hacían un elogio de los subalternos, señalando que:

los campesinos judíos comprendieron asimismo que su nueva condición les imponía una responsabilidad frente a toda su estirpe: abandonar la tierra, doblegarse ante las penurias y amarguras, significaba dañar el prestigio de todo el pueblo judío. La responsabilidad social primó sobre el sacrificio personal (Drucaroff, 1957: 8).

El líder cooperativista Abraham Gabis dedicó a los conflictos un capítulo titulado “Relaciones con la Jewish Colonization Association”, que se complementaba con “El colono israelita argentino (periódico)”. Ambos brindaban un completo panorama de los reclamos realizados a la JCA, que, según el texto, giraban en torno de una serie de temas bien concretos: las cláusulas restrictivas de los contratos de promesa de venta, los desalojos arbitrarios de familias chacareras, las negativas a colonizar a los hijos y las disidencias en cuanto a la educación que impartían las escuelas patrocinadas por la JCA, que entendían la identidad judía como un asunto religioso, cuando muchos de los colonos la vivían como una cuestión nacional. Como se deduce del último ítem, estos libros producidos desde el llano se permitieron incluso exhibir la difusión del sionismo en las colonias. Por ejemplo, Verbitsky señalaba que los colonos no sólo honraban a Theodor Herzl, sino también a San Martín, Belgrano, Sarmiento y Alberdi, y que rendían tributo a José Ingenieros y a José Hernández, ya que “ambas expresiones, la del fervor argentino y el fervor judío, cabían juntas en la vida de Rivera, y ese fue su signo” (Verbitsky, 1955: 15). Según Verbitsky, “al afirmar su fuerte conexión espiritual con la nación israelí [los colonos judíos] se sienten mejores argentinos”. Y agregaba que “en este espíritu [de acercamiento a Israel] se sienten alentados por un alto vocero argentino, el general Juan Perón” (Verbitsky, 1955: 16). También los autores de Pioneros…, aunque identificados con la izquierda no sionista, consignaron que muchos colonos de Rivera se habían organizado en torno a tres agrupaciones alineadas según las distintas tendencias políticas israelíes: Agudat Zirei Sion, Agudar Bnei Sion y Poale Sion (Drucaroff, 1957: 174).

2. Publicaciones de editoriales privadas

Durante los años ochenta, las publicaciones referidas a la colonización judía en la Argentina se multiplicaron. Las memorias de Marcos Alpersohn y Noé Cociovich, dos importantes líderes de la primera generación de colonos, fueron traducidas y publicadas en castellano, mientras que distintos ensayistas, escritores de ficción y cineastas reavivaron la memoria de los gauchos judíos en sus producciones.[13] En ese clima, los nuevos libros conmemorativos presentaron formatos más sofisticados, aumentaron el universo potencial del público destinatario e incluyeron a nuevos emprendedores de memoria profesionalizados.

En 1982 apareció Pioneros de la Argentina. Los inmigrantes judíos (Martha Wolff, 1982), un álbum fotográfico bilingüe castellano/inglés lanzado en formato de libro-objeto por el editor Manrique Zago, quien concibió la idea al enterarse de las noticias acerca de una ola de profanaciones realizadas en cementerios judíos de la Argentina. El libro luego daría pie al lanzamiento de una colección en la que cada volumen revisaba la trayectoria de las distintas colectividades de inmigrantes.[14] Más tarde, cuando se celebró el centenario de la llegada del Weser, Zago volvió sobre el tema con un producto más ambicioso, en tanto contenía más textos y una mayor cantidad de páginas, autores y temáticas. El libro, titulado Judíos & argentinos. Judíos argentinos. Homenaje al centenario de la inmigración judía a la Argentina/1889 (Martha Wolff, 1989), vino a llenar un vacío dejado por las instituciones judías centrales, que, llamativamente, no produjeron una edición conmemorativa que acompañara los festejos.[15]

La primera novedad que introdujeron los dos libros de Manrique Zago fue la aparición en escena de un emprendedor privado, interesado en divulgar la memoria judía más allá de los límites de la colectividad, y confiado en la posibilidad rentística del proyecto. Esta circunstancia puede ser leída como un síntoma de la emergencia del paradigma multiculturalista, un fenómeno que se originó en los años sesenta en Canadá y Australia, pero que se expandió a varios países del mundo occidental desde los años ochenta. También, a lo que Andreas Huyssen denomina la era de la cultura de la memoria, una etapa iniciada en la misma época, cuyos signos más visibles son el auge de la musealización, la búsqueda de las raíces familiares y la proliferación de las modas retro (Huyssen, 2001).[16] Aun así, sigue resultando llamativo que las instituciones centrales de la comunidad dejaran librada a la voluntad del mercado editorial la potestad de plasmar lugares de memoria tan visibles como los libros de Manrique Zago, sobre todo considerando que se trataba de productos que circularían en comercios de todo el país, quizás incluso del exterior, y que estaban pensados para convertirse en un éxito de venta. En ese tipo de ediciones, apoyadas principalmente en fotografías e ilustraciones, el espacio con el que cuentan los autores para desarrollar cada tema suele ser reducido, de lo que se deduce que deben aceptar ciertas simplificaciones en los textos, aún a sabiendas de que las interpretaciones del público lector serán difíciles de controlar. Por ejemplo, en Pioneros de la Argentina, las imágenes, que no están datadas ni referenciadas con precisión, ocupan el lugar central en cada página, y solo son acompañadas por epígrafes breves, extraídos de obras literarias y de varios de los libros conmemorativos que hemos revisado aquí. Sin embargo, de una u otra forma, las instituciones judías más importantes de Buenos Aires estuvieron presentes en la confección de los dos libros. La AMIA aportó numerosos documentos y ayudó a Martha Wolff a elegir el equipo de profesionales que la asesoró –en el caso del primer libro–, y que escribió los textos –en el caso del segundo. También participaron la Bene Berith, el Hospital Israelita y los clubes Hacoaj, Macabi y Hebraica, sobre todo aportando fotografías y documentos.[17]

Aun bajo la atenta mirada de las instituciones judías, el tratamiento de la memoria colona por parte de ambos libros muestra, junto a los temas clásicos de la mitología oficial, la emergencia de algunos de los temas subterráneos. En una de las fotos de Pioneros de la Argentina se ven los muebles y enseres domésticos de una familia de colonos apilados a la intemperie, detrás del alambrado de un campo, con un epígrafe que dice: “Soportaron tiempos difíciles: sequías, langostas, desalojo” (sic) (Wolff, 1982: 55). Si bien el agente causante del desalojo (la JCA) aparece omitido, es esperable que los lectores atentos se preguntaran quiénes osaban echar a los honorables gauchos judíos de sus humildes chacras. Otra imagen muestra la adhesión al sionismo de un grupo de muchachos sentados en el pasto, con la bandera de Israel detrás, colgando del tronco de un árbol. El tabú de la “doble pertenencia” fue abordado también en Judíos & argentinos, donde las secciones referidas a la historia de las organizaciones urbanas mencionaban, entre otras prácticas sionistas, los festejos celebrados en el Luna Park por la creación del Estado de Israel. En el mismo libro, las noticias del desbaratamiento de la famosa Zwi Migdal, en 1930, recordaba con cierta espectacularidad a los tratantes de blancas judíos, aunque dejando en claro que la comunidad organizada siempre había negado la membrecía a los proxenetas.[18]

Otra novedad que aportan estos libros al tratamiento de la memoria colona se relaciona con los staffs intervinientes en su redacción, conformados por periodistas especializados e investigadores expertos en temas específicos como religión, educación judía y literatura. Como vimos, los primeros emprendedores habían surgido de las filas de la dirigencia comunitaria, o bien fueron actores testigo, involucrados de diversas maneras con el tema: por haber ejercido en las colonias como educadores, por haber ocupado el rol de dirigentes de las cooperativas o funcionarios de la JCA, o simplemente por haber nacido o vivido en el campo. Con la llegada de los investigadores profesionales, las publicaciones conmemorativas comenzaron a utilizar algunas prácticas propias del estilo académico, como la ubicación de referencias precisas en las fotos, la inclusión de listados bibliográficos y de cronologías exhaustivas, y la aclaración de las fuentes mediante notas colocadas al pie o al final del texto.

3. La memoria judía como política de estado

A partir de los años noventa, distintas agencias públicas provinciales y nacionales lanzaron proyectos destinados a preservar y difundir los sitios históricos existentes en las colonias que, a veces, incluyeron ediciones de libros conmemorativos. Esas nuevas publicaciones gestadas con aportes provenientes de asignaciones presupuestarias estatales fueron alentadas por el auge del paradigma multicultural, que transfería a la esfera pública la responsabilidad de garantizar la conservación y la puesta en valor del patrimonio plural de la nación. Así, en 1995 apareció Tierra de promesas: 100 años de colonización judía en Entre Ríos. Colonias Clara, San Antonio y Lucienville (Chiaramonte et al, 1995), un voluminoso libro conmemorativo patrocinado por el Senado de la Provincia de Entre Ríos con vistas a promover la investigación y los estudios históricos de las distintas culturas existentes en su territorio. El proyecto buscaba rescatar “la memoria histórica provincial de las acechanzas del olvido de nuestro origen” para, apelando a testimonios locales, responder al interrogante acerca de “quiénes somos [los entrerrianos] y cuál es el entramado de nuestra sociedad civil”. Según el historiador Leonardo Senkman, quien ofició como asesor del proyecto, de cara a la nueva coyuntura democrática que había reabierto el camino hacia una identidad basada en el civismo pluralista, el libro apuntaba a dejar de ver a los judíos como “los otros” (Chiaramonte et al, 1995: 10-12). Realizado por cuatro historiadoras oriundas de la provincia, los textos presentan un conjunto de testimonios acompañados por fotografías y documentos que fueron organizados en ejes temáticos tales como las instituciones, la vida religiosa, la educación en las colonias y los personajes célebres.[19]

Seis años más tarde, vio la luz un emprendimiento similar pero mucho más ambicioso. Se trata del libro Shalom Argentina. Huellas de la colonización judía (Kapsuk, 2001), una exhaustiva guía de turismo histórico de más de quinientas páginas en papel ilustración, lanzada por el Ministerio de Cultura, Turismo y Deporte de la Nación, en el marco del programa Argentina, Mosaico de Identidades, proyecto que buscaba “contribuir a la creación de nuevos productos sustentables [mediante] una fuerte apuesta al desarrollo de la modalidad del turismo cultural”.[20] Según explicaba el entonces ministro de Turismo, Cultura y Deportes, Hernán Lombardi:

La verdadera identidad de la Argentina es su diversidad (…) La identidad moderna de un país es el resultado de la suma de particularidades de sus habitantes. Este concepto difiere del denominado crisol de razas que imaginaba el ser nacional como el producto de la renuncia de lo particular en una mezcla o fundición en la cual no se distinguía el aporte de sus distintos componentes (…) Nosotros hablamos de mosaico como una pieza única, formada por muchas piezas únicas. La imagen final de un mosaico está conformada por la particularidad de cada una de sus partes. Forman, en conjunto, una totalidad que es la obra, pero lo hacen a partir de la diferencia.[21]

El libro se publicó en forma simultánea con la presentación de la muestra Gauchos Judíos. Huellas de la colonización judía, exhibida en el Palais de Glace de Buenos Aires. Paralelamente, el gobierno destinó fondos para avanzar en la restauración de algunas de las sinagogas, teatros y cementerios que forman parte del patrimonio inmueble de las colonias, donde además fueron colocadas carteleras informativas para los turistas.[22] Aunque estaba previsto que más tarde la muestra sobre los gauchos judíos se exportara a Nueva York, Los Ángeles, Miami, París, Chicago, Boston, San Francisco, Londres, Toronto, Ámsterdam y Washington, varias de las metas de “Argentina, Mosaico de Identidades” quedaron truncas a causa del estallido de la crisis social y económica de diciembre de 2001, que derivó en la renuncia del presidente argentino Fernando de la Rúa y en el consecuente cambio de gobierno.

Shalom Argentina se publicó en formato bilingüe castellano-inglés, bajo la coordinación general del curador Elio Kapszuk y con el aporte investigativo de los periodistas Diego Rosemberg, Judith Gociol, Patricia Rojas y Vanesa Suvalski. Consta de doce recorridos turísticos distribuidos en siete provincias: Buenos Aires, Chaco, Entre Ríos, La Pampa, Río Negro, Santa Fe y Santiago del Estero. En cada recorrido hay textos que aluden al patrimonio arquitectónico local e invitan a los turistas a observar objetos muebles que simbolizan la integración cultural, como una semblanza del general San Martín escrita en ídish y una estrella de David tallada en un mate. El libro también aporta datos históricos específicos sobre cada colonia e incluye testimonios, citas literarias y gran cantidad de fotografías. En su afán por estimular el turismo en las colonias judías, algunas de esas fotos presentan distorsiones de la realidad. Por ejemplo, la tapa del libro muestra una tranquera con forma de estrella de David (otro símbolo integracionista) delante de un campo verde, bajo un cielo celeste surcado de nubes. Pero, en realidad, la tranquera es la puerta de acceso al cementerio de la colonia Avigdor, que fue borrado de la foto digitalmente, como se aprecia en la captura original.[23]

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No obstante, la eliminación digital de las tumbas no se vio reflejada en un tratamiento de la memoria de características distorsivas. Al contrario, en la reseña histórica desplegada en la Introducción del libro se puede advertir, por ejemplo, cómo uno de los ítems subterráneos es tratado abiertamente, cuando se señala que “las cláusulas del contrato eran una pesada carga para los agricultores”, que las disputas entre administradores y colonos “no fueron menores” y que “la política del Barón de Hirsch se ganó tantos adeptos como detractores” (Kapszuk, 2001: 32). La explicación que se brinda al respecto adolece de una extrema simplificación: los conflictos habrían surgido como consecuencia de la distancia que mediaba entre las colonias y las oficinas europeas de la JCA, desde donde no era sencillo controlar a los administradores. Sin embargo, su tratamiento en este libro evidencia que, llegado el siglo XXI, el tema ha aflorado lo suficiente como para abandonar su condición subterránea definitivamente.

Once años más tarde, en el marco de la Feria del Libro de Frankfurt de 2012, donde Argentina fue la invitada de honor, el gobierno convocó a la AMIA, que presentó una muestra y un libro conmemorativo titulados Vida judía en la Argentina. Aportes para el Bicentenario (Elio Kapszuk y Ana Weinstein, 2010). El lanzamiento de estos proyectos es indicativo de un cambio sustancial en las relaciones estado-minorías-memoria, que muestra a los gobiernos provinciales y nacionales interesados en preservar el patrimonio diverso de la nación, un fenómeno que data, al menos, desde los años noventa.

Balance del capítulo

Este breve relevo de libros conmemorativos permite armar una cronología tentativa de la memoria de la colonización dividida en cuatro etapas. A fines de los años treinta, en un contexto problemático para la colectividad, las instituciones centrales patrocinaron publicaciones que reafirmaron el mito legitimante del origen rural inaugurado en 1910 por Gerchunoff. Para ello, dieron forma a un relato apologético y dramático, capaz de interpelar la sensibilidad de los lectores, y lo acompañaron con argumentaciones más objetivas, a veces incluso de tono científico, sustentadas en los datos duros que aportaban los documentos, las fotografías, los mapas y los cuadros estadísticos incluidos. La estrategia buscaba derribar el estigma del comercio, minimizar la propagación del ideal sionista en las colonias, ocultar la mácula de la trata de blancas y, por contraste, mostrar la voluntad de integración y los aportes realizados por los judíos a la construcción del país. Más tarde, hacia la década del cincuenta, otros emprendedores, surgidos en este caso del seno de las colonias, utilizaron al libro conmemorativo como un medio para dar visibilidad a los temas subterráneos, en especial, al conflicto con la JCA, un asunto que los involucraba de lleno. En los años ochenta, la aparición de publicaciones privadas de alta calidad da cuenta del creciente interés del público por la memoria étnica como un tema de divulgación cultural e histórica, sea por una cuestión de inquietud intelectual de los lectores o bien porque se sintieron partícipes de las tramas rememoradas. Fue entonces cuando comenzaron a surgir emprendedores de memoria profesionales que no necesariamente estaban vinculados ideológica o vivencialmente con las colonias. El dato más importante que trajeron los años noventa fue la aparición del estado en tanto agente-guardián de la memoria judía argentina. Una manifestación más, junto con otras que se dieron en los planos legislativo y educativo, del cambio de paradigma en la construcción de la nacionalidad, que comenzó a sustentarse en un modelo pluralista.


  1. “Los libros de la buena memoria” es una canción de Luis Alberto Spinetta, publicada en 1976 en el álbum El jardín de los presentes, del grupo Invisible.
  2. Para Alejandro Dujovne, autor de una tesis doctoral sobre la circulación del libro judío en la Argentina entre 1919 y 1979, el libro “constituyó uno de los vehículos más significativos de circulación de las ideas entre Buenos Aires y los distintos centros judíos de Europa, Estados Unidos e Israel por una parte, y de América Latina por el otro. Si bien no fue el único, se distinguió de otras formas de la palabra impresa y de la acción de los enviados de las distintas organizaciones políticas, no sólo por su singularidad material y simbólica como soporte de ideas, sino también por su estabilidad y permanencia como canal de comunicación” (2010: 361).
  3. Entre las singularidades que hacen del ídish una lengua de difícil acceso, hay que mencionar la grafía hebrea, la abundancia de frases idiomáticas y la presencia de numerosos hebraísmos. En consecuencia, el uso estratégico de la lengua fue una práctica habitual en las publicaciones judeo-argentinas, que excedió al campo de la colonización. Por ejemplo, en la sección conmemorativa que incluyen los anales de la AMIA de 1969 (dedicados al setenta y cinco aniversario de esa institución), sólo fueron traducidos al castellano los artículos menos “problemáticos”. Ver los artículos en ídish “El movimiento sionista en la Argentina desde 1897 hasta 1917”, “La era Sorkin: un capítulo del libro Génesis del movimiento poalei sion en Argentina” y “Relaciones entre el sionismo argentino y el estado judío”, en la sección Homenaje a los 75 años de la kehilá de Pinkes fun der kehile 1963-1968 (Anales de la Comunidad Israelita de Buenos Aires 1963-1968), bajo la dirección de Isaac Janasowicz. Si bien la AMIA aparece en escena en los años cuarenta, la fecha de fundación que se conmemora es 1894, cuando apareció la Jevra Kedusha: la primera sociedad judía de entierros.
  4. En 1938, el cotidiano en ídish Di Presse publicó Arguentine: fuftzik ior idisher ishev. Tzvantzik ior Di Presse (50 años de vida judía en el país. XX aniversario de Di Presse). Al año siguiente, el otro cotidiano en ídish, Di Idishe Tzaitung, lanzó Ioivl buj, sajakl enfun 50 ior idish lebn in Arguentine: Lijvod Di Idishe Tzaitung (Homenaje al cincuentenario de la vida judeo-argentina de El Diario Israelita con motivo de su XXVº aniversario). Los artículos dedicados a la historia de la colonización en el libro de Di Presse son: “Cincuenta años de colonización judía en el país”, “La obra del Barón de Hirsch”, “Las colonias de la JCA”, “Privaciones y dificultades de los primeros tiempos”, “El judío es un excelente agricultor”, “Tres colonias independientes”, “Caracteres propios de las colonias judías.” En el de Di Idishe Tzaitung escribieron sobre inmigración y colonización algunos de los emprendedores de memoria que luego producirían textos en castellano, como Salomón Resnick, José Mendelson, Simón Weill, Boleslao Lewin e Isaak Kaplan.
  5. El texto del prólogo no tiene firma, aunque supuestamente corresponde al dirigente comunitario Moisés Goldman, según consta en el dossier documental de la revista Índice nº 3, segunda época, julio de 1990: 193.
  6. Las notas que incluyó Mendelson revelan que elaboró su texto apoyado en una serie de artículos publicados en Di Idishe Tzaitung por Israel Fingerman en 1927, titulados la “Historia de la colonización judía en la Argentina”, en el libro de David Goldman Los judíos en la Argentina, publicado en ídish en 1914, en la crónica de viaje del dramaturgo Péretz Hirschbein, titulada Fun vaite lender (En campos lejanos) y en Cinquante ans d’histoire: L’alliance israélite universelle (1860-1910), escrito por Narcisse Leven y publicado por la Alliance Israélite Universelle en 1920.
  7. El único caso trabajado a posteriori por la historiografía es el del sargento, luego capitán, Luis H. Brie, un judío nacido en Hamburgo y luego nacionalizado argentino que peleó en Caseros, en el ala brasilera de las tropas de Urquiza, y que se radicó en Buenos Aires, donde fue cofundador de la Comunidad Israelita de la República Argentina (CIRA).
  8. “Prehistoria e historia colonial de los judíos en la Argentina”, en Homenaje a El Diario Israelita con motivo del XXVº aniversario. 1914-1939.
  9. Para Lvovich, el nacionalismo argentino de la década del treinta mostraba los siguientes parámetros: retorno al paradigma del catolicismo, crítica a la democracia y exaltación de los gobiernos fuertes, retorno a las tradiciones locales, desvalorización del conocimiento científico, estatismo corporativista, fortalecimiento de la identidad nacional contra la influencia extranjerizante de las potencias, aversión al comunismo, al socialismo y al liberalismo, antisemitismo.
  10. Además, aunque la función de la DAIA consistía en representar a los judíos de la Argentina, una toma de postura en favor de los colonos probablemente le hubiese valido un enfrentamiento con la JCA, una compañía que gozaba de prestigio internacional.
  11. Por ejemplo, en la época en la que apareció en libro de la DAIA, el movimiento juvenil Hejalutz Lamerjav y las asociaciones sionistas Liga pro Palestina Obrera y Amigos de la Histadruth tenían filiales en Moisés Ville, la colonia donde se celebró el cincuentenario. La filial local de la Women´s International Zionist Organization (WIZO) establecida en dicha colonia contaba con 160 asociadas que organizaban tés danzantes dominicales en los que se discutían los problemas del sionismo y se recaudaban fondos para la causa (Cherjovsky, 2009).
  12. Notas preliminares al folleto “Historia del idisch” de Menajem Boreisho, Ejecutivo Sudamericano del Congreso Judío Mundial, Buenos Aires, 1966: 3 (citado por Dujovne, 2010: 239). Patrocinada por la Oficina Sudamericana del Congreso Judío Mundial (reorganizada en 1969 como Congreso Judío Latinoamericano), la Biblioteca Popular Judía fue una de las primeras editoriales que abordaron hechos relacionados con la historia judía local, como La Semana Trágica (Nahúm Solominsky, 1971), aunque la mayoría de sus 200 títulos, aparecidos entre 1966 y 1978, aludían a las tradiciones y a la historia judía global. Su director fue Marc Turkow, célebre por la colección de memoria del judaísmo polaco Dos Poylishe Idntum. Los textos aparecían en folletos de tapas blandas, de unas cincuenta páginas de extensión, escritos generalmente por intelectuales locales, y circulaban por todo el continente y también por Israel (Dujovne, 2010).
  13. Una buena parte de la responsabilidad editorial le cupo a Milá, el sello de la AMIA aparecido a comienzos de los años ochenta, que publicó numerosas memorias, compilaciones de cuentos, novelas e incluso trabajos de investigadores provenientes del campo de los estudios judíos referidos al tema.
  14. Entrevista a Martha Wolff, febrero de 2013. Dentro de la serie se encuentran Los españoles de la Argentina (1985), Los franceses en la Argentina (1985), Los suizos en la Argentina (1995), Italia en la Argentina (1995), Armenia, una cultura milenaria en la Argentina (1999), etc. Sobre judíos, también publicó Historias de una emigración (1933-1939) – Alemanes judíos en la Argentina (Elena Levin, 1991).
  15. No obstante, cabe señalar que distintas comunidades residentes en las ex-colonias lanzaron sucesivamente sus propias ediciones conmemorativas, entre ellas Moisés Ville 1889-1989 (1989), Centenario Monigotes 1890-1990 (1990), Colonia Mauricio 100 años (1991) y Centenario de Las Palmeras (2004).
  16. El concepto de musealización fue propuesto por Hermann Lübbe. No alude estrictamente a la creación de museos, sino a obsesión desatada en la posmodernidad por la cultura de la memoria y por aportar a la reparación de la pérdida de una tradición viva (Huyssen, 2001: 32).
  17. Martha Wolff es una periodista, cineasta y conferencista involucrada en varios emprendimientos relacionados con la memoria judía. Entre los asesores que convocó para Pioneros de la Argentina figuran el poeta y arquitecto Eliahú Toker, el historiador Leonardo Senkman y el sociólogo Yaacov Rubel. Completan el equipo Matilde Gini de Barnatán, historiadora especialista en los judíos sefaradíes formada con Boleslao Lewin, y Abraham Platkin, rabino, maestro de hebreo e historiador que ocupó importantes cargos en instituciones educativas judías. Para Judíos & argentinos, Wolff convocó a diecisiete asesores y a treinta y un colaboradores expertos en distintas áreas, y sumó a la coordinación general a la escritora Myrtha Shalom.
  18. Los tabúes también emergieron en algunos de los libros conmemorativos lanzados en las colonias. Por ejemplo, la relación idílica entre judíos y criollos fue puesta en cuestión en Las Palmeras en el círculo de Moisés Ville, a los cien años de la colonización judía en la Argentina -un libro de mucho menor circulación que los de Zago-, donde se reprodujo la traducción de una reseña del artículo “Las primeras víctimas judías en Moisés Ville”, de Mijl Hacohen Sinay, aparecido originalmente en ídish en el Arguentiner IWO Shriftn, en 1947. El texto rememoraba una veintena de crímenes sanguinarios ocurridos entre 1890 y 1906 a manos de gauchos de la zona. Este tema fue retomado luego por su biznieto Javier Sinay en Los crímenes de Moisés Ville, Tusquets, 2013.
  19. Se trata de un formato que ya había sido inaugurado unos años antes por el libro Vidas. Rescate de la Herencia Cultural en las Colonias, de la investigadora Helene Gutkowski (1991, editorial Contexto).
  20. “Tras las huellas de los gauchos judíos. Qué es Argentina, Mosaico de Identidades”, La Nación 21/10/2001.
  21. Íbid. Parte de este texto también aparece en Kapszuk, 2001: 8.
  22. En ese entonces, en sintonía con el nuevo paradigma de turismo sustentable interesado en generar proyectos que aportaran al desarrollo económico de regiones despobladas y evitaran el deterioro del patrimonio, el gobierno argentino ya había impulsado propuestas similares, como el Programa Argentino de Turismo Rural Raíces (Toselli, 2004).
  23. Extraje la foto original de la página oficial de la fotógrafa Mónica Fessel, http://monicafessel.com.


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