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Capítulo cuatro

El pasado colono puesto en escena

En contraposición con los sólidos y perdurables vehículos de la memoria que acabamos de revisar, a primera vista las conmemoraciones públicas aparecen como eventos blandos, pasajeros, que concentran una gran dosis de energía en un lapso de tiempo breve para desaparecer hasta el año siguiente, la próxima década, o, quizá, para siempre. Esa volatilidad implica también una dificultad para el investigador, en tanto algunas de las prácticas habituales son difíciles de recuperar a posteriori, como por ejemplo los discursos, las actuaciones artísticas, los desfiles, el menú en un agasajo o el repertorio de una orquesta, todos ellos elementos susceptibles de transmitir significaciones sociales. Sin embargo, a veces las conmemoraciones también dejan marcas perdurables en el espacio, como ocurre con los monumentos, los memoriales, las placas recordatorias y las denominaciones de calles y parques. Si la suerte acompaña, incluso pueden sobrevivir otros insumos que ayudan a los investigadores del futuro a leer las conmemoraciones como si fueran textos culturales, tales como las crónicas periodísticas, las actas de comités organizadores, los afiches, souvenirs, filmaciones, avisos, tarjetas de invitación, etc.

Dado su carácter de eventos organizados y consensuados, las conmemoraciones resultan un terreno fértil para analizar la faz pública de la memoria, ya que las prácticas y rituales puestos en escena suelen mostrar la puja entre distintos sectores de la sociedad. En este sentido, para John Gillis (1994), quien ha abordado el estudio de la praxis conmemorativa en sociedades occidentales durante la modernidad planteando un esquema histórico dividido en tres períodos, aun cuando aparezca como un producto consensuado, la actividad conmemorativa es una práctica social y política resultante de procesos que implican disputas, luchas e incluso masacres.[1] En una misma línea analítica, según Bodnar (1992), la consolidación de un pasado rico en conmemoraciones suele implicar una disputa por la supremacía entre partes que sostienen distintos sentimientos e ideas políticas. En consecuencia, la memoria pública emerge de esas disputas, en la intersección de una cultura oficial, relacionada con el poder del estado, con otras vernáculas, provenientes de comunidades locales o regionales, de minorías étnicas, religiosas y políticas, o de grupos que canalizan determinadas demandas específicas. A la cultura oficial le interesa, sobre todo, mantener el orden, reafirmar la supremacía de las instituciones y resaltar los deberes por sobre los derechos cívicos. En cambio, los intereses vernáculos suelen ser más heterogéneos y, como se dijo, pueden incluir disenso interno. Lo que buscan es establecer versiones de la realidad representativas de sus comunidades de pequeña escala y proteger los valores locales. Al transmitir versiones de la realidad social tal cual la sienten, en lugar de adecuarla al “deber ser”, las culturas vernáculas pueden ser vistas como una amenaza para el discurso oficial, que intentará modelarlas y subsumirlas bajo su ala. En una palabra, la memoria pública busca disminuir la tensión entre la cultura oficial y las expresiones vernáculas (Bodnar, 1992).

En nuestro caso, el recurso de historizar las prácticas conmemorativas nos ayudará a detectar los posicionamientos identitarios vernáculos y a cotejarlos con los discursos oficiales en diferentes momentos. También, a conocer los cambios y continuidades respecto de los actores intervinientes, de los mensajes vehiculizados y de los climas culturales y políticos en los que se desenvolvieron los hechos (Jelin, 2002; Lorenz, 2002). En consideración de estas ideas, a lo largo de las siguientes páginas observaremos los festejos por el cincuentenario, por el setenta y cinco aniversario y por el centenario de la colonización judía en la Argentina, celebrados respectivamente a fines de 1939, 1964 y 1989. El recorte que propongo obedece al hecho de que los tres momentos elegidos condensan los homenajes más trascendentes, aunque esos aniversarios no fueron los únicos y, de hecho, a partir del cincuentenario hubo un verdadero aluvión conmemorativo.[2]

1. El cincuentenario (1939)

El domingo 15 de octubre de 1939, Moisés Ville amaneció vestido de celeste y blanco. Siguiendo una recomendación del comité de festejos, los vecinos habían colgado banderas argentinas en las fachadas de sus casas y en las de las sedes institucionales. En la entrada del pueblo, una caravana de cincuenta jinetes criollos –encarnación viva de los míticos gauchos judíos– recibió al gobernador de la provincia de Santa Fe, Manuel María de Iriondo, quien llegó acompañado por un grupo de importantes funcionarios nacionales y provinciales, por autoridades de la JCA y por dirigentes de la comunidad judía de Buenos Aires. Finalizados los saludos protocolares, el contingente se dirigió a la plaza San Martín, donde una apretada multitud aguardaba para presenciar el acto central: la inauguración de un monumento en homenaje al Libertador de América.

Un calor intenso, que al final de la jornada dejaría un saldo de varios concurrentes hospitalizados, empezaba a soliviantar el ánimo de la muchedumbre cuando, pasadas las diez, sonaron los últimos acordes del Himno Nacional y el gobernador subió al estrado para descubrir el monumento. Se trataba de un busto de bronce que mostraba al general San Martín coronado por dos banderas argentinas flameando sobre su cabeza. El pedestal sobre el que descansaba había sido emplazado en el centro exacto de la plaza, cuyas dos manzanas de superficie parecían un tanto excesivas para el pequeño centro urbano de la colonia Moisés Ville.[3] Acto seguido, la concurrencia giró la vista hacia una de las cabeceras de la plaza, donde fue inaugurado un mástil de veinte metros de altura en el que se izó solemnemente la bandera argentina.

Luego llegó el momento de los discursos. Cuando tomó la palabra, el ministro de Instrucción Pública y Fomento de la provincia, Juan Mantovani, afirmó que:

aunque conservan la religión de origen, las colonias judías como la de Moisés Ville (…) son pueblos de espíritu nacional. Los hijos de los colonos son argentinos por la influencia del suelo, la obra de la escuela, la disposición de sus hogares y los propósitos de fácil asimilación que es necesario reconocer en la Asociación fundadora.[4]

Si para Mantovani los judíos eran indudablemente argentinos, el presidente de la DAIA, Nicolás Rapoport, se permitió redoblar la apuesta y llevar la integración a un plano biológico. Retomando las periodizaciones de Lewin y Mendelson que vimos en el capítulo anterior, aclararó que los festejos celebraban los primeros cincuenta años de la inmigración colectiva

porque la individual o en pequeños grupos ya se venía desarrollando desde los tiempos primeros de la conquista y de la Colonia, asimilándose rápidamente entre los núcleos habitantes del suelo patrio, germen de las tradicionales familias argentinas (DAIA, 1942: 35; itálica mía).

Por su parte, el rabino de la CIRA, doctor Guillermo Schlesinger, aprovechó la ocasión para deslizar un reclamo al gobierno nacional:

Manifestamos nuestra adhesión a los principios democráticos y liberales de la Argentina de aquel entonces, cuando nuestros antepasados trazaron los primeros surcos; nos identificamos con las normas de tolerancia y justicia que determinan la actitud de los mandatarios de la Argentina de hoy (itálica mía).[5]

En el contexto del inicio de la Segunda Guerra Mundial, cuando la colectividad judía argentina veía incrementarse las demostraciones antisemitas, Schlesinger llamaba a la unidad nacional apelando a los aspectos comunes entre católicos y judíos: “No hay otro fundamento de moral y de civilización que la Biblia, y su palabra divina reúne en armonía a la familia argentina, sin distinción de credos”. En ese ánimo, citó al “gran cardenal y filósofo Nicolás de Cusa” para cerrar después su discurso con una bendición en castellano y en hebreo.

Finalizada la ceremonia oficial, al mediodía las autoridades participaron de un asado campestre. Más tarde fue inaugurada una sala de cirugía en el Hospital Barón de Hirsch, la banda de la Policía de la Provincia brindó un concierto y hubo diversos actos deportivos. A las ocho y media de la noche se sirvió un banquete de honor en el teatro de la Sociedad Kadima, cuyo menú consistió en especialidades características de la cocina internacional, para luego rematar la noche con un baile de gala amenizado por “selectas orquestas”.[6] Los festejos, que habían sido programados para toda la semana, continuaron durante los días siguientes, aunque ya sin la presencia de las ilustres visitas. La atracción más convocante fue el desfile de implementos agrícolas, en el que los colonos sacaron a relucir sus antiguos arados y utensilios de labranza. También hubo disparos de bombas de estruendo, exhibiciones de arreglos florales, paseos por los pueblos de la colonia y más inauguraciones, como la de una biblioteca en el edificio de La Mutua Agrícola en homenaje a su fundador: el líder cooperativista Noé Cociovich. Por último, se exhibió un film documental sobre la vida en las colonias de la JCA y se realizó una ceremonia religiosa judía.

Esta breve descripción de los festejos muestra un desbalance entre los símbolos nacionales, que aparecen en forma abundante (el embanderamiento del pueblo, la caravana de jinetes criollos, el monumento sanmartiniano, el mástil con la bandera argentina y el asado campestre), y la escasez de símbolos judíos (apenas unas palabras en hebreo por parte del rabino de la CIRA y, luego, el homenaje a un pionero y una ceremonia religiosa realizada al final del evento). Tal desbalance no se debía a que, como había sugerido el gobernador Mantovani, los judíos de Moisés Ville hubieran asimilado la identidad argentina en un grado tal que sólo conservaban del judaísmo apenas una pertenencia religiosa. Al contrario, sobran las evidencias de que, en esos años, Moisés Ville era un islote étnico rebosante de vida judía. Como decía la letra de la canción Mosesvil, escrita por el popular juglar Jevel Katz en esa misma década, el pueblo parecía un “Estado judío” levantado en el medio de la pampa Argentina, donde los cargos públicos más relevantes eran ocupados por integrantes de la colectividad, como ocurría, según pude comprobar en distintos documentos, en los casos del comisario, el juez de paz y el jefe de Correos y Telégrafos. Según consta en las actas de la Sociedad de Fomento, también los jefes comunales solían ser judíos, aunque ese año la comuna estaba intervenida por un católico colocado por el gobierno. El hecho de que los 4.500 integrantes de la colectividad conformaran la amplia mayoría étnica en la zona se veía reflejado en la arquitectura: el edificio más alto e imponente del pueblo era el teatro-biblioteca de la Sociedad Kadima, orientado directamente al centro de la plaza San Martín, en cuya fachada se leía el nombre de la institución en hebreo.[7] En las calles aledañas existían dos escuelas judías complementarias, un vasto cementerio israelita y cuatro sinagogas, mientras que la iglesia católica recién sería construida bastante más tarde, en 1960.[8] El ídish se dejaba oír en las calles a la par (o quizá por encima) del castellano, como puede deducirse de los avisos que publicaba el periódico local pidiendo a los comerciantes que incluyeran cartelitos en castellano con los precios y las descripciones de sus productos, ya que no todos los vecinos leían ídish. Varios de los ciclos de cine y teatro, así como muchas de las conferencias que organizaba la Sociedad Kadima, transcurrían en esa lengua, y, de hecho, el programa de los festejos por su trigésimo aniversario, que se llevó a cabo apenas una semana antes del cincuentenario, incluyó una obra de teatro en ídish y una disertación sobre literatura judía.[9] Literatura cuya demanda era abastecida por las dos bibliotecas del pueblo.[10] Además, aunque muchos moisesvillenses hubieran adquirido sólidos sentidos de pertenencia argentinos en la escuela oficial, también es cierto que buena parte de la población de la colonia adscribía al sionismo. Según escribieron en sus memorias los lugareños Lea Literat-Golombek (1982) y Natán Orlián (1994), en la época del cincuentenario el sionismo era el motor de la vida social del pueblo. La Women´s International Zionist Organization (WIZO), el movimiento juvenil Hejalutz Lamerjav y las asociaciones Liga pro Palestina Obrera y Amigos de la Histadruth tenían representaciones locales que contaban con numerosos afiliados. El hecho de que la colonia fuera considerada un islote étnico en el corazón de la pampa santafecina quedó reflejado también en un libelo antisemita publicado en 1938 por Juan Carlos Moreno, titulado Santa Fe judaizada. Moreno, que no escatimaba a la hora de imaginar conspiraciones, denunciaba que toda la provincia se encontraba “bajo control judío” (Lvovich, 2003: 333). Sin embargo, las ideas de Moreno no parecen haber encontrado eco en Moisés Ville, donde las prácticas antisemitas brillaban por su ausencia, tal como se lee en las actas de la Delegación de Asociaciones Israelitas de Moisés Ville (DAIM), la representante local de la DAIA, que apenas se topó con algunos comerciantes reacios a quitar de circulación sus artículos de origen alemán, tal cual lo prescribía el boicot al nazismo patrocinado por las asociaciones antifascistas nacionales. Pero incluso esos comerciantes eran judíos alemanes recientemente llegados a la colonia.[11]

En consecuencia, es altamente improbable que la sobreactuación de argentinidad se debiera a la asimilación, o que buscara responder a una coyuntura discriminatoria o xenófoba local. Más bien se diría que la vivencia de una doble identidad étnico-nacional era experimentada con naturalidad, y no como un asunto conflictivo o contradictorio. Por ejemplo, los folletos de la Sociedad Kadima muestran que los espectáculos judíos que patrocinaba convivían con películas de cine y obras de teatro argentinos, incluso en el transcurso de una misma jornada. Salomónicamente, el dinero recaudado en la velada danzante organizada para conmemorar el 25 de mayo de 1939 fue dividido en dos mitades, una se donó al Karen Kayemet Le Israel, el fondo nacional judío que compraba tierras en Palestina, y la otra ayudó a costear el busto de San Martín.[12]

Mi hipótesis es que los organizadores del cincuentenario amplificaron la simbología nacional para comunicar al estado y a la sociedad un mensaje contundente acerca de la incuestionable argentinidad de los ciudadanos judíos, ya que, como vimos en el capítulo anterior, en esos años, un creciente sector de la sociedad, en especial el adscrito al nacionalismo católico, cuestionaba la inclusión de los judíos en el crisol de razas. La conmemoración del cincuentenario de la primera colonia judía del país resultaba una oportunidad ideal para transmitir ese mensaje, especialmente porque en 1939 Moisés Ville era un importante centro agrícola ganadero en el que el origen rural de los argentinos judíos era aún un hecho tangible. Además, superados ya los sinsabores que habían atravesado los pioneros de 1889, ahora la colonia lucía un aire de prosperidad que permitiría a los organizadores exhibir los aportes judíos al progreso de la nación con cierto brillo. La crisis agraria de 1932-1934 había sido superada, y hacia fines de la década un grupo de pujantes chacareros exportaba forrajes y ganado en pie a Chile y Bolivia, logrando pingües beneficios. Varios vecinos jugaban al tenis, otros recibían las visitas regulares de un afinador de pianos y algunos accedían a la mercadería de calidad que ofrecían comercios como la “Casa Arcavi”, cuyo dueño vivía “en una mansión”.[13]

La primera evidencia que encuentro en favor de esta hipótesis son los desvelos por dotar al evento de la mayor difusión posible a nivel nacional. En esa vena, aunque el hecho histórico que se conmemoraba era la llegada de los pioneros del Weser y la fundación de Moisés Ville, los organizadores decidieron homenajear a la colonización judía en su conjunto, involucrando tanto a las demás colonias de la JCA como a las independientes, todas ellas creadas a posteriori. Esa decisión había sido consensuada en noviembre de 1938, en la colonia Rivera, durante uno de los congresos anuales de las cooperativas agrícolas judías convocados por La Fraternidad Agraria (su organización techo), en el que los delegados decidieron, entre otras cuestiones, que el título del evento fuera “Cincuentenario de la Colonización Israelita en la Argentina”, un lema mucho más abarcativo que “Cincuentenario de Moisés Ville”.[14] El carácter ecuménico determinó también que dos instituciones judías nacionales, la DAIA y La Fraternidad Agraria, se sumaran a los esfuerzos del comité de festejos creado especialmente en Moisés Ville, organismo con el que mantuvieron un fluido intercambio de correspondencia durante todo el año.[15] Además de incluir a las otras colonias judías, para lograr que los festejos tuvieran una difusión lo más masiva posible, los organizadores despacharon cartas a los principales periódicos nacionales solicitándoles el envío de corresponsales que cubrieran el evento. También realizaron febriles gestiones ante dos importantes empresarios de la cultura de masas judíos y capitalinos: Jaime Yankelevich y Max Glücksmann. Al primero le solicitaron que transmitiera los festejos en vivo por la radio y, al segundo, que los filmara para luego exhibirlos en sus noticieros cinematográficos.[16] Incluso la elección del día en que se llevarían a cabo los festejos aporta datos que muestran el interés por amplificar su difusión. Si bien la fecha elegida en primera instancia había sido el 14 de agosto, es decir, el día del arribo del Weser al puerto de Buenos Aires en el año 1889, en sus reuniones del mes de mayo el comité organizador resolvió dar curso a una sugerencia de La Fraternidad Agraria que proponía posponer el evento para la primavera, a fin de atraer una mayor cantidad de público, ya que el invierno en Moisés Ville sería muy duro de soportar. Además, según se lee en el texto, durante la primavera la colonia podría lucir sus jardines “rebosantes de flores”.[17] La celebración fue prevista entonces para el 1º de octubre, aunque luego debió ser postergada dos semanas debido a que el Arsenal de Guerra de la Nación tuvo una demora con la fundición del busto de San Martín.

También es significativo el intercambio de opiniones en el comité respecto de si los festejos debían ser cancelados o no cuando, apenas un mes antes de la fecha prevista, llegaron las noticias sobre el estallido de la Segunda Guerra Mundial. Algunos opinaban que había que suspender la fiesta en señal de respeto y solidaridad con quienes tenían parientes en Europa. Sólo en la colonia, vivían veintiuna familias alemanas conformadas por unos ciento cincuenta individuos que habían llegado desde 1936 escapando del nazismo.[18] Sin embargo, tras largas deliberaciones, el comité determinó que lo mejor sería proseguir adelante “con el mismo brillo y entusiasmo”.[19] No todos los días se tenía la oportunidad de proclamar públicamente el origen rural y el arraigo nacional de la colectividad judía argentina, asunto que era de público debate, como se aprecia en las opiniones que los vecinos de Moisés Ville vertían en las páginas de El Alba. Veamos qué decía al respecto el señor Rosenblatt, en una carta abierta dirigida al comité de festejos:

en algunos sectores de la opinión pública del país se juzga con cierto escepticismo el resultado de la colonización judía en la Argentina (…) la colonización simultánea de cincuenta hijos de colonos, formalizada en un gran acto público, con la presencia de las altas autoridades de la provincia, representantes de la prensa e instituciones de diverso carácter y distintos puntos del país, tendría una amplia repercusión y demostraría, con la evidencia de los hechos, cuán honradamente enraíza el judío en la tierra que trabaja (itálica mía).[20]

El mismo semanario dio a conocer su postura en la nota central de la edición del 15 de agosto de 1939, donde se decía que era imprescindible demostrar que la colonia estaba

a la altura del importante rol que juega como exponente de la industriosidad de la colectividad israelita y la productivización de sus inmigrados hace medio siglo, [ya que ese] será el mérito mayor de este centro de producción (itálica mía).

La segunda evidencia que apoya mi hipótesis se sustenta en la decisión de los organizadores de homenajear a San Martín, en lugar de a los pioneros de la colonia. Durante décadas, los inmigrantes llegados a la Argentina aluvial incluyeron símbolos alusivos a sus países y culturas de origen en sus fiestas y conmemoraciones étnicas (Bertoni, 1992; Núñez Seixas, 2001; Otero, 2010; Farías, 2010). En esas oportunidades, las dirigencias solían aprovechar para consolidar “sus capitales simbólicos y su papel de promotores de mitos que moldeaban la identidad” étnica de los concurrentes (Bjerg 2009: 48). Las colonias santafecinas de la pampa gringa cercanas a Moisés Ville en tiempo y espacio no fueron una excepción. En el cincuentenario de Rafaela, realizado en 1932, los organizadores inauguraron una placa en homenaje del fundador de la colonia, Guillermo Lehmann, que fue ubicada en el boulevard central del pueblo. En el de Humberto Primo, de 1934, el monumento construido preservaba “la memoria de los fundadores de la localidad”. Y en el de Colonia Lehmann, de 1933, aunque no hubo placas ni monumentos, el acto central consistió en un homenaje a descendientes de los fundadores.[21] También la bibliografía acerca de las conmemoraciones organizadas por minorías en distintos países que recibieron inmigrantes europeos durante el siglo XIX muestra que, más allá de la inclusión de símbolos nacionales y discursos patrióticos, existe una tendencia general a honrar a los antepasados y a incluir elementos de la cultura local. Por ejemplo, cuando a fines del siglo XIX la colectividad sueca de los Estados Unidos celebró el cincuentenario de la colonia Bishop Hills, su primer asentamiento agrícola instalado en el Midwest, los discursos pusieron el énfasis en los sacrificios realizados por los ancestros, y el monumento inaugurado representaba a los colonos pioneros (Bodnar 1992, cap. 3).

Según consta en el libro de actas del comité y en varias notas publicadas por el semanario local El Alba, la idea de levantar un monumento a San Martín provino de los delegados la Biblioteca Popular Barón Hirsch, quienes ya desde diciembre de 1938 habían comenzado a gestionar la aprobación requerida por las autoridades provinciales para utilizar públicamente la imagen del Libertador, e incluso habían dado curso a una campaña para conseguir los fondos.[22] La decisión no fue unánime, ya que varios integrantes del comité de festejos opinaban que el homenajeado debía ser el siempre bien reputado barón Hirsch, auténtico “padre de los colonos”. Es cierto que un homenaje al barón hubiese alterado la cronología, ya que la fundación de la colonia había sido previa a la creación de la JCA. Pero, aun así, habría sido justificable en virtud de que la compañía compró los campos a Pedro Palacios a fines de 1891, y de que, desde entonces, financió la llegada de nuevos contingentes de familias, hecho que resultó clave para el posterior desarrollo demográfico y económico de la colonia. Además, la figura de Hirsch ya había sido elegida anteriormente cuando hubo que poner nombre al hospital local, a la única avenida del pueblo, a la biblioteca pública y a la sinagoga más importante.[23] Las intenciones de homenajear al barón también pueden deducirse de los distintos artefactos que circularon dentro de la colectividad judía portando su imagen. Por ejemplo, su rostro ilustró los sellos postales y los retratos utilizados para difundir el evento y para recaudar dinero entre instituciones y particulares. También apareció en el afiche oficial una lámina color que mostraba escenas de la colonización junto al lema bíblico “El que labra su tierra se sacia de pan”, escrito en hebreo y en español. Allí, en el extremo izquierdo de la lámina, se lo veía como una estampa sobre el firmamento, acompañado por la baronesa Clara, ubicada en el extremo derecho.

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Afiche del cincuentenario (Museo comunal y de la colonización judía Rabino Aarón Halevi Goldman).

El rostro de Hirsch también apareció en las tapas de distintos periódicos comunitarios que se hicieron eco de los festejos y, supuestamente, en las escarapelas argentinas que La Fraternidad Agraria propuso confeccionar con su imagen, aunque no encontré ningún registro de que, en efecto, la propuesta se hubiera materializado.[24] Además, como vimos en el capítulo anterior, el libro conmemorativo editado por la DAIA incluyó un artículo en el que Alberto Gerchunoff reseñaba su obra filantrópica, y no es un dato menor el hecho de que esa tarea hubiera recaído en el mayor exponente de las letras judías argentinas. Si San Martín y el barón ocuparon los dos primeros puestos en los homenajes por el cincuentenario, el podio se completó con otro personaje histórico judío relacionado con la colonización: el líder cooperativista Noé Cociovich, en cuya tumba fue colocada una ofrenda floral, durante un acto que figuró como parte del cronograma oficial de los festejos. Llegado en 1894, Cociovich había organizado el traslado de colonos lituanos por pedido de la JCA. La cooperativa La Mutua Agrícola, de la cual fue fundador y presidente, también inauguró una biblioteca que llevaba su nombre.[25]

Para los organizadores era muy importante dejar en claro que la idea de honrar a San Martín provenía de la colectividad judía local. Cuando el diario santafecino El Orden publicó que se trataba de una iniciativa del interventor comunal, el comité se sintió agraviado y envió una solicitada aclaratoria.[26] Sin embargo, en realidad los socios de la biblioteca habían tenido bastantes dificultades para recaudar el dinero entre los vecinos del pueblo, la mayoría de los cuales pertenecía a la colectividad. En las notas que publicaron en El Alba para apoyar la campaña de recaudación de fondos, se nota que la indiferencia generalizada los obligó a ir refinando paulatinamente los argumentos. Primero buscaron investir al máximo símbolo patrio de una significación pluralista:

si consideramos que la paz y la libertad de que disfrutamos se debe a los próceres fundadores de la nacionalidad (…) se desprende como lógica consecuencia que los festejos del próximo cincuentenario deben ser antes que nada una expresión vivida y ardiente de agradecimiento para aquellos prohombres (El Alba, 31/1/1939).

Más tarde, en vista de los magros resultados obtenidos, otra de las notas recordaba a los vecinos que

la población israelita local tiene especial motivo para apoyar el ya mencionado proyecto (…) Aquí, donde rige una libérrima constitución, nadie puede negarse a colaborar en la bella y elocuente obra (…) Es un deber de gratitud y de patriotismo a la vez (El Alba, 14/2/1939).

Finalmente la campaña rindió sus frutos y los vecinos aportaron el dinero suficiente. Entonces, por disposición del comité, el día 17 de agosto (fecha en la que se conmemora la muerte de San Martín a nivel nacional), la piedra fundamental del monumento fue colocada por un matrimonio de viajeros del Weser.[27]

El énfasis puesto en la elección de una figura relevante para el busto a inaugurarse en los festejos debe ser medido de acuerdo con los parámetros de la época. De acuerdo con distintos especialistas, hasta al menos la Segunda Guerra Mundial, para el imaginario del nacionalismo los monumentos eran protagonistas fundamentales en la construcción de la comunidad de sentido que sostenía al estado-nación. Ubicados en sitios estratégicos del tejido urbano, funcionaban como signos trascendentes, capaces de inocular “cotidianamente en los habitantes los valores cívicos de una cultura nacional” (Gorelik, 2012). Las figuras representadas con más asiduidad eran los héroes de la patria. Éstos solían ser convertidos en símbolos poderosos, presentados por quienes ejercían la dominación social como arquetipos y modelos a imitar, y como la encarnación viva de los valores e ideas centrales de una comunidad (Ansaldi, 1996). Históricamente, la figura de San Martín como el héroe militar nacional supremo fue articulada por el estado sobre dos ejes: su desempeño en las guerras de independencia y su ejemplo ético, producto de haberse retirado de la escena política durante el apogeo de su trayectoria, con el fin de no derramar sangre argentina en las guerras civiles (Roca, 2012). Desde que fue erigido el primer monumento sanmartiniano del país –la estatua ecuestre inaugurada en 1862 en la Plaza San Martín, de la ciudad de Buenos Aires–, su imagen comenzó a poblar espacios públicos y dependencias estatales. Su sacralidad cívica quedó manifiesta en 1880, cuando el mausoleo con sus reliquias repatriadas fue instalado en la Catedral porteña (Bertoni, 1992).

De acuerdo con David Kertzer, la multivocalidad de los símbolos (el hecho de que un mismo símbolo pueda ser comprendido de diferente manera por distintas personas), es “…especialmente importante en el uso del ritual para construir solidaridad política en la ausencia de consenso” (Kertzer, 1988: 11; citado por Dujovne, 2011). Por eso, los símbolos sociales más importantes suelen condensar múltiples significados que representan esa diversidad de intereses (Turner, 1999). Tal es así que, para Bodnar (1992), los ciudadanos que integran las minorías pueden honrar la estructura simbólica básica de la nación y, al mismo tiempo, disentir con los líderes culturales sobre qué tipo de devoción se debe rendir a la patria, redefiniendo los sentidos de los símbolos en función de sus propios puntos de vista e intereses. Y ese parece haber sido el caso de San Martín, transformado en este caso en un paraguas contra la intolerancia de los sectores más reaccionarios de la sociedad.

Existe también un tercer conjunto de evidencias que, aunque indirectas, apoyan la hipótesis de que el cincuentenario fue aprovechado políticamente por sus organizadores. Me refiero al hecho de que, a fines de la década del treinta, al percibir las primeras señales de la declinación demográfica de la colonización, algunas instituciones comunitarias idearan proyectos destinados a apuntalar la base agrícola judeo argentina.[28] Por ejemplo, en el año del cincuentenario, La Fraternidad Agraria se propuso instalar colonos en áreas próximas a la ciudad de Buenos Aires, para lo cual, su organismo financiero –el Fomento Agrario Israelita Argentino– lanzó en abril una campaña destinada a recaudar los capitales necesarios para conformar una masa crediticia. La idea consistía en desarrollar emprendimientos de tiempo parcial, en los que una parte del bajo proletariado judío urbano se dedicara al cultivo de granjas, huertas, flores y frutales, a la avicultura, el tambo y la apicultura. En el discurso inaugural de esta campaña, Enrique Dickman, diputado nacional por el Partido Socialista, planteó sin ambigüedades la necesidad de que los israelitas volvieran a trabajar la tierra en respuesta al avance del antisemitismo a escala mundial. Dickman mencionó, además, que la asignación de créditos a chacareros judíos por parte del Crédito Agrario (un organismo nacional) podía encontrar dificultades debido al clima antisemita imperante. Retomando los mismos argumentos esgrimidos por Hirsch cincuenta años antes, se preguntaba:

¿No sería pues obra santa sacar a esa gente [familias judías proletarias que viven en conventillos, sastres que trabajan toda la noche]? Sacarlos al sol, volverlos a la tierra, hacerles amar las plantas, las flores, los animales, brindarles otra clase de vida y otra clase de labor.[29]

Desde la tribuna de Mundo Israelita, otro dirigente comunitario surgido también de las colonias de la JCA, afirmaba que:

Es posible (…) que si en todos los países del mundo el judío fuese menos de ciudad, de gustos y actividades menos urbanas, y tuviese una emoción más elemental y más comprensiva de su destino, el fenómeno antisemita no tendría ni la intensidad ni la amplitud con que se presenta en nuestro tiempo. Pensemos en lo que significa el hacinamiento de las juderías en Europa y nos daríamos cuenta de que el mundo tendría una impresión diferente si esas vastas masas de población se hubiesen distribuido en el ejercicio de los trabajos rurales.[30]

Las colonias suburbanas no fueron el único frente de batalla abierto por los dirigentes de La Fraternidad Agraria para evitar el derrame de agricultores judíos hacia las ciudades. Imitando el modelo de los Clubes Juveniles creados por la Federación Agraria Argentina, en el transcurso del año del cincuentenario también impulsaron a los hijos de colonos a que se unieran en el marco de la Organización Juvenil Agraria (OJA) con el objetivo de reclamar tierras y créditos a la JCA para colonizarse. En sus estrategias discursivas resuenan varias de las representaciones de la memoria oficial. Por ejemplo, en una de las reuniones iniciales de la OJA, uno de sus integrantes proclamaba que la continuidad generacional en el campo debía realizarse “con el objeto de que no se malogre la obra del Barón de Hirsch”.[31] A pesar de la retórica continuista, los jóvenes no parecen haber estado muy interesados en permanecer en el campo. En distintas notas publicadas ese año por El Alba, el mordaz redactor Gabriel Mercurio observaba al Movimiento Juvenil Agrario (la filial local de la OJA) con suspicacia, tildándolo de “movimiento inmóvil”.[32] Además, el libro de actas de esta organización deja en claro que los dirigentes juveniles se quejaban constantemente de la apatía de los hijos de los colonos, quienes nunca iban a las reuniones que organizaban. En un encuentro celebrado en enero de 1939 con cooperativistas moisesvillenses, el director de la JCA en la Argentina, Simón Weill, manifestó que la JCA no colonizaba a los jóvenes debido a que había habido varios intentos fallidos previos, en los que los elegidos ni siquiera habían tomado posesión de sus chacras.[33] Quizás “el vibrar de la ciudad” haya atraído “su sangre inquieta”, como les sucedía a los personajes de Rebeca Mactas que conocimos en el Capítulo Dos.

Resulta complejo determinar en qué medida la repercusión lograda por los festejos satisfizo las expectativas de masividad de los organizadores. Los diarios nacionales de mayor circulación se refirieron al hecho moderada pero elogiosamente. Un apartado publicado en la sección Provincias y Territorios de La Nación tituló: “El gobernador asistió a los actos realizados ayer en Moisés Ville. En la plaza San Martín fue descubierto un busto del prócer epónimo”. El corresponsal de La Prensa fue un poco más entusiasta: “Con singular lucimiento fue celebrado ayer el Cincuentenario de Moisés Ville. A los distintos actos realizados con tal motivo, asistieron las autoridades provinciales y extraordinario público”.[34]

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Un grupo de hombres posa junto al pedestal, días antes de la llegada del busto sanmartiniano (Museo comunal y de la colonización judía Rabino Aarón Halevi Goldman).

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Inauguración del monumento a San Martín en 1939 (archivo del Museo Judío de Buenos Aires).

2. El setenta y cinco aniversario (1964)

Los cambios ocurridos en el judaísmo mundial en el transcurso de los veinticinco años que mediaron entre los festejos por el cincuentenario y la conmemoración del setenta y cinco aniversario de la colonización fueron notables. Baste señalar que en esa brecha temporal tuvieron lugar el Holocausto y la creación del Estado de Israel. Aunque parezcan sucesos demasiado lejanos de la apacible colonia Moisés Ville, ambos hechos impactaron en los discursos y símbolos vehiculizados en esta oportunidad, como veremos de inmediato.

En ese cuarto de siglo, también la sociedad moisesvillense experimentó algunos cambios que debemos señalar aquí. Aunque no he obtenido datos demográficos precisos para 1964, varias fuentes cercanas en el tiempo permiten deducir que la población judía en el área de la colonia rondaba las tres mil almas (por ejemplo, en 1959 vivían en ella 3.284 vecinos judíos). Se trataba de aproximadamente un cuarenta por ciento del total, estimado en 8.500 habitantes.[35] Sin embrago, aunque la colectividad judía estuviera declinando numéricamente, la vida comunitaria aún mostraba signos vitales. El pilar que la sostenía era un célebre instituto de formación docente para maestros de hebreo, el Seminario José Draznin, que contaba con un internado para estudiantes llegados de todo el país. Había sido creado en 1959, el mismo año en el que se constituyó la kehilá local, denominada Comunidad Mutual Israelita de Moisés Ville, es decir, la institución encargada de brindar servicios sociales, funerarios, educativos y religiosos.[36] Si bien en las calles el castellano había reemplazado al ídish, éste todavía se mantenía vigente: durante la Semana del Libro Judío realizada en mayo de 1961, en la colonia se vendieron 500 libros en castellano, 250 en hebreo y 130 en ídish. También las fiestas tradicionales del calendario hebreo seguían siendo convocantes, sobre todo cuando las organizaba la escuela Iahaduth, que era capaz de congregar a toda la comunidad, imponiendo en la calle una atmósfera judía que algunos percibían como bastante vibrante. Dicha escuela contaba entonces con una matrícula de 135 alumnos (el 97% de los niños eran judíos), y las cuatro sinagogas mantenían sus puertas abiertas, aunque sólo se colmaban de público durante las altas fiestas. El movimiento sionista Habonim Dror tenía una fuerte presencia en el pueblo, en cuyas afueras se encontraba la hajshará (un campo de entrenamiento y de actividades escáuticas para los jóvenes). La Sociedad Kadima todavía organizaba frecuentes actividades culturales, que repartían la atención del público entre la historia judía y el presente del Estado de Israel.[37]

Aunque los festejos por el setenta y cinco aniversario estaban programados para el domingo 11 de octubre, distintos eventos relacionados habían tenido lugar en el transcurso del año. Por ejemplo, durante septiembre se habían realizado varios actos escolares y se inauguró una muestra de fotografías históricas que fue exhibida en el salón de la Sociedad Kadima. Luego, el sábado 10 de octubre, la sociedad de fomento local inauguró el alumbrado público a gas de mercurio de la plaza San Martín, ocasión en la que los vecinos organizaron una marcha de antorchas y un baile popular folklórico.[38] Con esos antecedentes, el cronograma de actos oficiales comenzó a primera hora de la mañana del día siguiente, cuando se realizó un homenaje a los pioneros en el cementerio israelita, consistente en una ceremonia religiosa de la que participó un jazán (cantor litúrgico) y en la que se descubrió una placa recordatoria.[39] Inmediatamente después, llegó al pueblo el gobernador de la provincia de Santa Fe, Aldo Tessio, quien arribó junto a una amplia comitiva, entre la que se destacaba el Secretario de Agricultura y Ganadería de la Nación, ingeniero Walter Kugler, quien asistía en representación del presidente de la nación, Arturo Illia. Para recibirlos, el ritual inaugurado veinticinco años antes fue puesto en escena una vez más, por lo que ambos fueron saludados por jinetes vestidos de gauchos que los escoltaron hasta el centro.[40] Entre la concurrencia general se encontraban también representantes de varias instituciones judías, como la AMIA, el Congreso Judío Mundial, Fomento Agrario, La Fraternidad Agraria, e incluso algunos los integrantes de las asociaciones de ex-residentes moisesvillenses radicados en Tucumán, Buenos Aires, Rosario y Santa Fe.[41]

Ya en la plaza San Martín, la Banda de la Policía de la Provincia inició la ejecución del Himno Nacional, mientras un grupo de longevos inmigrantes llegados en el Weser setenta y cinco años antes izaba la bandera argentina. Nuevamente tocó al gobernador la tarea de inaugurar placas recordatorias amuradas al pedestal del busto sanmartiniano, acto que fue acompañado por una ofrenda de ramos florales. Aarón Salzman, un integrante del comité de festejos, abrió la serie de discursos del día con largos elogios a la figura del Libertador, a la Constitución Nacional y al ideal de tolerancia, democracia y libertad que reinaba en el país, para luego repudiar las actitudes antisemitas de “pequeños grupos ajenos al sentir nacional”.[42] El siguiente orador fue el ministro de Agricultura y Ganadería de la provincia, Ricardo Paviolo, quien abundó en expertas citas judaicas y en alusiones a Ricardo Rojas y a Alberto Gerchunoff.[43]

Luego la comitiva se desplazó hasta la esquina de la sinagoga Barón Hirsch, las más importante de las cuatro que había entonces en el pueblo, para proceder a la inauguración de una plazoleta y de un busto en homenaje a, justamente, el benemérito barón.[44] Allí, el presidente de la comisión de festejos, Jacobo Resnik, se refirió al “grado de prosperidad alcanzado por los colonos judíos, que constituye una desmentida a los que proclaman su ineptitud para las tareas rurales”.[45] El cronograma prosiguió con el estreno de la nueva sede de la comisión de fomento y con el ya tradicional desfile de implementos agrícolas. A la una en punto comenzó el almuerzo en las instalaciones del club Tiro Federal, que incluyó una entrega de medallas a los pioneros y la actuación del conjunto folclórico Los Fronterizos, obsequio de la comunidad judía de Tucumán. En esta ocasión, el vecino Abraham Waxemberg aludió de nuevo al clima antisemita, abriendo una vez más el paraguas sanmartiniano: “bajo la invocación de nuestros grandes próceres argentinos no puede haber animadversión de ninguna naturaleza por cuestiones de raza o religión”. En la misma vena, el discurso que ofreció Moisés Goldman en nombre de la DAIA recordó a las víctimas del Holocausto: “los muertos tienen cara y los muertos tienen voz”.

Fue el propio gobernador quien tomó la palabra para responder a estas demandas. Según la crónica periodística, Tessio señaló “con vehemencia que se había terminado en la Provincia la posibilidad de demarcaciones raciales, y que cuando apareció un brote de perturbados mentales, no le tembló el pulso para firmar el decreto pidiendo la intervención de la justicia”.[46] Luego intentó un elogio que difícilmente haya agradado del todo a varios de los concurrentes:

Este es vuestro pueblo que ha venido aquí a sentirse argentino como el que más, no proyectándose como hombre judío, sino proyectándose como un factor más del progreso nacional (itálica mía).[47]

Quizá las palabras del secretario Kugler hayan sido más atinadas. Retomando varias de las representaciones de la memoria oficial que ya conocemos, su discurso enfatizó los aportes de los colonos judíos al campo argentino, entre los que destacó la creación de cooperativas, las innovaciones en lechería y en girasol y los logros de determinados científicos nacidos en las colonias.[48] El rabino Schlesinger, quien como se recordará también había participado de los festejos por el cincuentenario, habló en nombre de la comunidad judía porteña, mientras que el secretario de la Embajada de Israel, Aba Gefen, llevó saludos del Estado Judío. El cierre tuvo lugar esa misma noche, cuando actuaron en el teatro de la Sociedad Kadima el pianista Jascha Galperin, el dúo Gravosky-Lerner y la recitadora Berta Singerman.[49]

Dos semanas más tarde, el domingo 25 de octubre, las principales instituciones judías nacionales organizaron otra conmemoración por los setenta y cinco años de colonización, pero esta vez en el cine Metro, de la ciudad de Buenos Aires. Ese día asistieron Juan Palmero, ministro del interior, Joseph Avidar, embajador de Israel en la Argentina, Isaac Goldenberg, presidente de la DAIA, Gregorio Faiguersch, presidente de la AMIA, Jack Callius, director de la JCA y Francisco Loewy, presidente de La Fraternidad Agraria. Una vez ejecutados los himnos nacionales de la Argentina e Israel, un grupo de alumnos de las escuelas judías capitalinas dedicó una ofrenda florar a la memoria del Libertador San Martín.

Los discursos pronunciados ese día permiten observar algunas de las tensiones identitarias que atravesaban el campo judío en ese momento. Por ejemplo, mientras que el ministro Palmero dijo a los presentes: “Integran ustedes una gran colectividad consustanciada con todo lo argentino”, el embajador israelí demarcó claramente la pertenencia de la comunidad local al pueblo de Israel, y comparó la colonización en la Argentina con los inicios del movimiento sionista. Por su parte, el presidente de la DAIA repudió a los grupos de la derecha nacionalista antisemita, como Tacuara y Guardia Restauradora Nacionalista, y celebró los aportes judíos al país, manifestando que, aunque la colectividad no alcanzaba siquiera al 2% de la población total, los judíos cultivaban el 2,5% de la tierra sembrada en todo el territorio nacional. Se trataba, para Faiguersch, de un

porcentaje honroso que quizás no puedan mostrar ciertos núcleos trasnochados que nutren de jovenzuelos el nacionalismo histérico. Porcentaje honroso que destruye la caricatura antisemita groseramente dibujada por esos argentinos inmaduros, que creen defender la patria calumniando y segregando a sectores de su población que también constituyen la patria.[50]

Fainguersh recalcó que el accionar de las organizaciones nacionalistas, plagado de prácticas antisemitas, iba en contra de la doctrina pluralista impuesta por el prócer favorito del judaísmo, el Libertador de América:

Las manos que se hermanan en el escudo argentino no admiten las diagonales totalitarias y el pueblo ha de continuar sin pausa respirando el aire de alturas de la democracia, donde la cultura se enriquece admitiendo la singularidad de sus componentes, donde cada uno puede ser y es lo que debe ser, conforme a la tradición sanmartiniana (itálica mía).[51]

También el presidente de la DAIA sumó su voz al reclamo de Fainguersch, dejando en claro que la colectividad judía argentina tenía el derecho de expresar sus singularidades culturales.

Esta breve crónica de los festejos de 1964 muestra varias continuidades respecto del cincuentenario celebrado en 1939, así como también algunas novedades. La presencia de importantes funcionarios, los jinetes recibiendo al gobernador, los reclamos de dirigentes judíos para que el estado velara por una mayor tolerancia, las loas a San Martín y el desfile de implementos rurales conforman una serie de continuidades que parecen haberse establecido definitivamente como parte del ritual. En cambio, entre las novedades se aprecia una mayor cantidad de elementos vernáculos judíos, como los homenajes a los pioneros, la inauguración de un monumento con la imagen del barón Hirsch y el cierre nocturno del evento en Moisés Ville con la actuación de artistas judíos. Otros dos aspectos novedosos fueron el hecho de que los festejos se hayan replicado en Buenos Aires y, como veremos luego, el mucho mayor espacio concedido al tema por los principales diarios nacionales.

Esos datos sugieren que, en contraste con el cincuentenario, el mensaje codificado por los organizadores en 1964 apuntó a sostener el derecho al pluralismo. ¿Qué fue lo que cambió en esos veinticinco años en las relaciones políticas y simbólicas entre la colectividad judía, el estado y la sociedad nacional, para que la dirigencia comunitaria modificara el mensaje? Aunque en esta oportunidad no podremos recurrir a las actas del comité de festejos, que se perdieron, ni a las notas del semanario moisesvillense El Alba, que ya no existía, otras fuentes indirectas nos permitirán arriesgar una interpretación sustentable.

Aunque puedan parecer sucesos distantes, lo primero que debemos evaluar es el impacto que tuvieron en la colectividad judía de la Argentina los dos acontecimientos ocurridos entre el cincuentenario y el setenta y cinco aniversario que ya mencioné: el Holocausto nazi y la creación del Estado de Israel. El Holocausto reposicionó a la comunidad local en la geografía de la diáspora judía, ya que produjo la desaparición del tradicional núcleo cultural ashkenazí polaco-lituano, distorsionando las relaciones centro-diáspora e impulsando a la colectividad judía argentina a asumir un doble deber de memoria y continuidad. Además, el exterminio de los judíos en Alemania, una sociedad que era paradigma de la integración en la modernidad, implicó un fuerte cuestionamiento para los proyectos que celebraban la hibridación cultural y la asimilación en sociedades cristianas (Schenquer, 2013: 41-57). En ese clima, el estado israelí surgido en 1948 se constituyó como el nuevo faro del judaísmo mundial, conformando una alternativa que pasó de la utopía a la realidad, y que se mostraba capaz de superar las experiencias multiculturales (Polonia, Lituania, Rusia) e integracionistas (Alemania). El impacto de estos procesos históricos se hizo sentir entre los judíos de la Argentina. Luego de un período de disputas entre liberales, comunistas y sionistas por el control de las instituciones comunitarias, la dirigencia adoptó la línea del sionismo socialista, predominante en las primeras tres décadas de vida del joven Estado de Israel. El giro sionista se advierte, por ejemplo, en el pensamiento de uno de los intelectuales judíos más influyentes de los años sesenta, León Dujovne, director a la sazón de Mundo Israelita, quien sostenía que la forma de dar continuidad al judaísmo en el país era mirar hacia Israel, el “centro de irradiación moral para todos los judíos”.[52] Dujovne recomendaba sostener una:

adecuada labor de difusión doctrinaria que permita persuadir a los jóvenes judíos del valor de Israel como ensayo social y cultural novedoso [ya que] la vinculación con el proceso espiritual de Israel es capaz de enriquecer sus propias vidas inclusive para beneficio del país en que habitan.[53]

Al observar la coyuntura que vivía a mediados de los años sesenta la dirigencia de comunidad judía argentina, aparece un segundo apoyo a la hipótesis del mensaje étnico codificado en los festejos. Para los líderes, había entonces tres problemas principales. Hacia “afuera” preocupaban las prácticas antisemitas que denunciaron los oradores judíos en los festejos moisesvillenses. Se trataba de una oleada de atentados originada como una reacción de sectores nacionalistas extremos ante las noticias del secuestro del criminal de guerra nazi Adolf Eichmann, efectuado por un comando del servicio secreto israelí en mayo de 1960. Luego del secuestro, Eichmann fue juzgado y ejecutado en Israel, lo que originó un conflicto diplomático entre la Argentina y el Estado Judío, ya que se trataba de un ciudadano argentino supuestamente legal que, aunque oculto bajo el seudónimo de Ricardo Klement, había sido secuestrado por agentes de un país extranjero. En consecuencia, los grupos ultranacionalistas se lanzaron a cometer atentados de diverso tenor, desde agresiones a sinagogas y a sedes institucionales con bombas de alquitrán hasta resonantes casos policiales, como el de la joven Graciela Sirota, secuestrada y torturada en 1962, y el asesinato a sangre fría del estudiante Raúl Alterman, ocurrido en la puerta de su casa en 1964.[54] Los atentados fueron reconocidos por el Movimiento Nacionalista Tacuara, grupo que tomaba como modelo de integrismo a la Liga Árabe y veía en el sionismo a su principal enemigo (Rein, 2007). Esta coyuntura se hizo extensiva hasta, al menos, los meses previos a los festejos por el setenta y cinco aniversario de la colonización, cuando tuvieron lugar nuevos incidentes. Por ejemplo, el 15 de agosto, Mundo Israelita publicó una dura crítica al canciller argentino Zabala Ortiz, quien había expresado durante su visita oficial a Washington que en el país no había antisemitismo. A modo de contraprueba, el semanario reproducía una crónica aparecida en el diario La Prensa, en la que se describía una reunión informal de la que participaron senadores y diputados nacionales, militares de alto rango, autoridades de la Iglesia, el jefe nacional de la Guardia Restauradora Nacionalista Gerardo Valenzuela, y el representante de la Liga Árabe en la Argentina Hussein Triki. En la reunión, que transcurrió en un restorán porteño, los presentes injuriaron al sionismo y a los judíos al grito de “jabón”, en clara alusión al Holocausto. En octubre, durante la semana previa a la fecha elegida para los festejos de Moisés Ville, varios partidos políticos argentinos expresaron a la DAIA su repudio al antisemitismo que patrocinaban la Liga Árabe y otros sectores filo-nazis.[55] Cuando, en el mes de noviembre, el presidente de la DAIA reseñó en un discurso los principales atentados de los últimos años, se refirió a tres agentes principales: Tacuara, la Liga Árabe y algunos remanentes del nazismo, como los grupos de croatas llegados al país en la posguerra.[56]

Más allá de esta problemática externa, el segundo asunto que inquietaba a la dirigencia judía a mediados de los sesenta ocurría de puertas adentro, y era la percepción de que estaba en riesgo la continuidad identitaria. En efecto, distintos indicadores señalaban un marcado relajamiento en los sentidos de pertenencia judíos de las nuevas generaciones, conformadas mayoritariamente por sujetos nacidos, criados y socializados en el país. Uno de esos indicadores mostraba que la matrícula escolar judía no había crecido en el transcurso de los últimos diez años. Otro, el continuo alejamiento de las filas del sionismo de jóvenes con capacidad de liderazgo. De acuerdo con la información que manejaban los dirigentes, aunque esos jóvenes habían recibido formación judaica en instituciones comunitarias, migraban a movimientos que los conectaban con la nueva izquierda antiimperialista y latinoamericanista. Consecuentemente, comenzaban a desviar su atención hacia horizontes sumamente distantes de Jerusalén, especialmente, hacia Cuba.[57] Si bien los dirigentes intentaron vincular al sionismo con la izquierda, aprovechando el hecho de que ellos mismos provenían de las filas de partidos laboristas como Poalé Sión, Mapai y Avodá, al parecer no lograron buenos resultados (Gurwitz, 2011).

El tercer problema que enfrentaba la dirigencia judía era el desembarco del Movimiento Conservador norteamericano en el país, impulsado por el carismático rabino Marshall Meyer, cuya presencia resultaba inquietante por dos motivos. En primer lugar, los jóvenes de izquierda veían a Meyer como una avanzada colonialista de la poderosa comunidad judía estadounidense, que venía a reafirmar los sentimientos religiosos de una colectividad hasta la fecha mayoritariamente laica, sólo con el fin de lograr su dominación ideológica.[58] En segundo término, Meyer les disputaba a las instituciones centrales la representatividad del judaísmo local ante el estado. Por ejemplo, logró una tener una entrevista con el cardenal Caggiano cuando la DAIA aun no había logrado ser recibida, por lo que su presidente, Isaac Goldenberg, manifestó que “las autoridades argentinas se desorientan en cuanto a quiénes representan auténticamente a la colectividad judía”.[59] A raíz de aquel hecho, los dirigentes de la DAIA y la AMIA señalaron al Movimiento Conservador como un factor disolvente que mira “hacia Nueva York y no hacia Jerusalén”, constituyendo “un grave peligro para la idiosincrasia de nuestra colectividad”, y criticaron la distinción que proponía Meyer entre judío y sionista, a la que incluso asociaron con el pensamiento de la publicación antisionista Nación Árabe.[60]

En vista de estas circunstancias, el setenta y cinco aniversario de la colonización transcurrió en una coyuntura en la que la dirigencia judía se planteaba la necesidad urgente de formar una nueva generación de líderes comunitarios juveniles que reunificaran ideológicamente a la colectividad y mantuvieran viva la llama del judaísmo. Por ejemplo, el presidente de la AMIA, Gregorio Fainguersch, manifestó en una reunión que los temas acuciantes para el judaísmo local eran “el problema escolar, la cuestión de la juventud, el problema religioso, el hondo y conmovedor problema social de nuestra comunidad, el problema de la cultura judía en nuestro medio y el de la creación de nuevos dirigentes”.[61] Uno de temas centrales y recurrentes en las reuniones de la dirigencia durante ese año de 1964 fue ajustar “los esfuerzos tendientes a promover el acercamiento de las nuevas generaciones al ámbito de la vida judía y asegurar, de tal manera, la continuidad del ser judío”, según manifestaron León Dujovne y Eliahú Toker durante un encuentro del Vaad Hakehilot, la organización federal del judaísmo argentino en la que están representadas todas las comunidades del país.[62]

Todos estos factores sustentan la hipótesis de que el mensaje canalizado en los festejos de 1964 implicaba, antes que una exhibición pública que refrendara los sentimientos de pertenencia argentinos de los judíos y la probidad de los colonos en tanto ciudadanos útiles, un llamado a reafirmar la etnicidad en el seno interno de la colectividad. Por eso, aunque mantuvieron cierta ritualidad preestablecida, en esta ocasión exhibieron diacríticos y símbolos étnicos inequívocos, tales como la figura de Hirsch materializada en un busto, o como la actuación de artistas judíos en el cierre del evento. Incluso, esta vez, los homenajes a los pioneros del Weser formaron parte del cronograma oficial. Las necesidades propias de la época del cincuentenario ya eran un asunto del pasado.

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Afiche del 75 aniversario (Museo comunal y de la colonización judía Rabino Aarón Halevi Goldman).

3. El centenario (1989)

Los festejos por el centenario de la colonización que se realizaron en 1989 se desplegaron en varios escenarios y fechas sucesivos, y refrendaron la idea surgida cincuenta años antes de que lo que se celebraba eran los cien años de vida judía en la Argentina. Comenzaron en Buenos Aires, cuando entre los días 14 y 17 de agosto se realizó en la AMIA la Semana de los Hijos de las Colonias Agrícolas Judías, un ciclo de reuniones y conferencias organizado por León Kovalivker, director del Vaad Hakehilot y vicepresidente de AMIA.[63] Dos meses más tarde, entre el 18 y el 29 de octubre, el Centro Cultural Ciudad de Buenos Aires inauguró “Álbum de una comunidad”, una muestra histórica en la que se exhibieron unas 500 imágenes de archivo divididas en tres secciones temáticas: la comunidad antes de la llegada del Weser, la inmigración rural y la inmigración urbana. Entre las atracciones hubo proyecciones en video, conciertos donde se recrearon repertorios de artistas judíos, como Jevel Katz, y un banco de datos elaborado por el colegio ORT, que permitía a los visitantes realizar consultas genealógicas. Según Eliahú Toker, uno de los organizadores, la muestra buscaba dar cuenta de la integración de lo judío con lo argentino y, a la vez, mostrar al público la diversidad interna de un judaísmo en el que “hay porteños y provincianos, ricos y pobres, sefaradíes y ashkenazíes”.[64] Tanto el título de la muestra como la inclusión de una sección dedicada a la era pre Weser dan cuenta de que los organizadores eran consientes de la contradicción implícita en los festejos por el centenario.

En octubre también tuvieron lugar los ya tradicionales festejos en Moisés Ville, cuya programación se extendió durante la última semana del mes e incluyó la puesta en escena de varios de los rituales que observamos en 1939 y 1964. Pese a la crítica situación económica que imperaba en la Argentina, que había impactado en el pueblo, donde los preparativos se demoraron por falta de recursos, los festejos resultaron un éxito de convocatoria que atrajo a más de 2.000 visitantes, en su mayoría ex-residentes llegados desde distintas ciudades y países.[65] A las ocho de la mañana, los concurrentes realizaron populosas visitas a los cementerios judío y católico, donde se realizaron oficios religiosos. Luego, el ya consabido grupo de jinetes criollos recibió al gobernador de Santa Fe, Víctor Reviglio, y a la habitual comitiva de funcionarios conformada, en este caso, por el Secretario de Acción Cooperativa, Félix Borgonovo (que acudía como representante del Ministro del Interior, Eduardo Bauzá), el asesor presidencial Carlos Corach, el director del Teatro Cervantes Ricardo Halac (llegado en representación del Secretario de Cultura de la Nación, Julio Bárbaro), los senadores Suppo y Gigena, los ministros de Educación y de Salud Pública de la Provincia García Solá y González Brunett, los diputados Verdú y Schiavi y varios intendentes y jefes comunales de la región centro de Santa Fe. El flamante presidente de la nación, Carlos Saúl Menem, había sido invitado y tenía programado asistir, pero la fecha coincidió con una visita oficial a Costa Rica que lo obligó a cancelar sus planes. Como no podía ser de otra manera, los bustos de San Martín y del barón Hirsch recibieron sendas ofrendas florales, en cuyos respectivos pedestales fueron amuradas nuevas placas conmemorativas, y los chacareros se lucieron al reeditar el típico desfile de implementos agrícolas.[66]

Una de las novedades del centenario fue la participación en los festejos de la iglesia católica local, que había sido inaugurada en 1960, cuyo párroco organizó una misa de campaña presidida por el obispo de la diócesis de Rafaela, Monseñor Héctor Gabino Romero. En la madre de las colonias judías, los vecinos católicos ya eran mayoría, y reclamaban un lugar dentro del relato histórico local.[67] Otra novedad fue la gran cantidad de lugares de memoria inaugurados para la ocasión. Sobre el acceso que comunica al pueblo con la ruta 13 fue emplazado el Monumento del Centenario, una escultura de cemento diseñada por el arquitecto Resnick que combinaba tres figuras: el número cien, la forma de un barco y la de un candelabro ritual judío. En el otro acceso, que comunica con la ruta 34, se construyeron dos arcos conmemorativos recordando que por ese lugar habían llegado a pie los pioneros que fundaron la colonia, a fines de 1889. Frente a una de las esquinas de la plaza San Martín fue colocada la Fuente del Centenario, obra de Etty Gerson, mientras que en el terreno antes ocupado por una sinagoga que había sido demolida se instaló un monolito que recordaba la existencia del templo. También hubo una performance de la memoria que reproducía el itinerario trazado por los pioneros, consistente en una caminata desde la estación Palacios hasta Moisés Ville, distante quince kilómetros por una ruta de ripio. La llamaron la “Caminata del Recuerdo”. Incluso se estrenó una obra de teatro titulada Los duendes del Centenario, de Antonio Germano, y se inauguró el Bosque del Centenario. Gabriel Omar Palo, un muchacho residente en la colonia vecina Humberto Primo, fue el encargado de ponerle música a los festejos, ya que resultó ganador del concurso “Canción del Centenario”.[68]

Quizá la proliferación de lugares de memoria erigidos en Moisés Ville se relacione con cierta nostalgia que produjo el hecho de que, a esa altura, la JCA hubiera cerrado sus oficinas argentinas para siempre, dando por concluido el ciclo histórico de la colonización en forma oficial. Sin embargo, un fragmento tomado del discurso pronunciado en los festejos por el presidente de la AMIA, Hugo Ostrower, permite entrever que el centenario también coincidió con una toma de conciencia respecto de la memoria judía en la Argentina por parte de la dirigencia comunitaria. Ostrower se refirió con preocupación a la desmemoria, y expresó que los testimonios de la colonización “se diseminaron en diarios y revistas, quedando en relegados estantes de bibliotecas y casi inexistentes archivos comunitarios”, circunstancia que constituía “una afrenta a la propia memoria colectiva del judaísmo”.[69] En realidad, lo preocupante era que la pérdida de memoria podía leerse como síntoma de un problema mayor, la pérdida de identidad. Uno de los organizadores de la Semana de los Hijos de las Colonias Agrícolas Judías dijo en una reunión que la comunidad debía hacer un examen de conciencia “para evaluar la situación en que estamos insertos a cien años de la colonización”, e hizo extensivo a sus colegas el siguiente pedido:

Tengamos el coraje de reflexionar sobre el duro embate desjudaizante que se abate sobre nuestra comunidad, con la alarmante proliferación de casamientos mixtos (hasta alrededor del 70 por ciento en algunos lugares del interior) y la multiplicación de sepelios de judíos en cementerios extracomunitarios, ante el pertinaz silencio de nuestra conducción institucional.[70]

Los presentes en esa reunión, entre quienes se encontraba Ostrower, coincidieron respecto de que la desmemoria favorecía la pérdida de identidad. Uno de ellos se refirió a la desconcertante ausencia de la Argentina en el Bet Hatfutzot, el museo israelí de la diáspora creado en 1978, por lo que reclamó un fuerte empeño para

rescatar del olvido tramos significativos de la composición socio-económica de la comunidad en sus años de cristalización, como lo fueron los agricultores, artesanos, obreros y otros estamentos articulantes en el proceso formativo institucional.

Ostrower refrendó el sentimiento general al proponer que “aprovechemos en plenitud la fecha para sacudir el inmovilismo enfermizo e impulsar energías para iniciar un nuevo tramo hacia arriba en la evolución comunitaria”.[71] Por lo visto, el mensaje enviado por los organizadores del centenario buscaba apuntalar la memoria judeo-argentina como un antídoto contra la creciente asimilación percibida por los dirigentes.

Desde la tribuna de Mundo Israelita, Eliahú Toker insistía respecto de la falta de memoria histórica en estos términos: “Que los individuos no tengan conciencia de su historicidad y (…) del valor de su memoria, resulta casi natural; pero que una comunidad no tenga conciencia del valor de su propia historia, constituye un signo de autodesprecio”. Para Toker, si bien la judería argentina había “destruido sistemáticamente los testimonios de su propia memoria”, al menos ciertos indicios mostraban una incipiente toma de conciencia, como la creación de una asociación judeo-argentina vinculada al mencionado Bet Hatfutzot, la edición de Pioneros de la Argentina (Manrique Zago, 1982), la fundación de la organización internacional Latin American Jewish Studies Association (LAJSA) y la creación del Centro Marc Turkow, en AMIA. En efecto, para Toker, la conmemoración del centenario:

parece haber despertado, de pronto y al mismo tiempo, a una cantidad de instituciones (…). Y cada una comenzó, improvisadamente, su propia campaña. Escuelas y clubes, templos y comunidades, comenzaron así a recolectar fotografías y documentos, a pedir cartas y testimonios.[72]

Aprovechando ese impulso, un grupo de dirigentes propuso crear una “Casa de la memoria judeoargentina”, aunque, según parece, la institución nunca llegó a existir. Otros emprendimientos apuntaron a reforzar la pertenencia judía en comunidades con una población menguante. La AMIA, el Joint y el Vaad Hakehilot lanzaron el “Proyecto global de apoyo a pequeñas comunidades del interior”, que preveía el envío de rabinos para las festividades del calendario religioso, maestros judaicos y materiales de estudio.[73]

Los principales periódicos nacionales publicaron numerosas notas referidas a la conmemoración del centenario, que fue declarada “de Interés Nacional” por la Cámara de Diputados de la Nación.[74]Clarín también publicó una reseña histórica sobre los comienzos de la colonización y aprovechó la ocasión para comparar los avances logrados en la época de la inmigración masiva con el presente argentino, signado en ese entonces por la crisis económica.[75] A lo largo del año, el matutino publicó varios testimonios de descendientes de colonos que aún vivían en el campo.[76] Por su parte, un suplemento especial preparado por varios redactores de Ámbito Financiero elogiaba las contribuciones judías a la construcción del país en términos un tanto grandilocuentes: “¿cómo expresar su contribución [de los judíos] a la vida socio-político-cultural-económica-deportiva de la Argentina?”.[77] También La Nación publicó notas históricas sobre la trayectoria de la colectividad, aunque contenían varios errores que fueron detectados y enmendados en las cartas de varios lectores del diario.[78] Los periódicos santafecinos Hoy en la Noticia, El Litoral y La Opinión de Rafaela no le fueron en zaga a los capitalinos, dedicando largas notas al tema del centenario. En algunos medios, los festejos funcionaron como un disparador que permitió plantear preguntas relativas a diversos aspectos de la historia y de la identidad judía en el país, tales como el teatro ídish, la gastronomía y el deporte. Por ejemplo, una nota que se basaba en un informe realizado por organismos comunitarios, tituló: “Termina un mito: hay judíos que son pobres”.

Como cabía esperar, los medios comunitarios se sumaron a la conmemoración con entusiasmo. Por ejemplo, el periódico Comunidades publicó una serie de trabajos titulada “Los judíos en la evolución agraria argentina”, donde se reproducían varios de los mitos de la memoria oficial. Se decía que los colonos no habían llegado escapando de la pobreza, sino únicamente de las persecuciones, que habían dejado atrás buenas posiciones sociales y económicas para meterse “en el desierto y en la selva inhóspita”, y que la muerte de Hirsch, ocurrida en 1896, se había debido a una desmejora de su salud provocada por la difamación ideológica que difundía el sionismo respecto de su “obra redentora”.[79]Mundo Israelita también publicó durante todo el año una serie de notas que repasaban con lujo de detalles distintos aspectos de la historia de la colonización, pero con una mirada mucho más realista y documentada, que incluyó el tratamiento de varios de los elementos subterráneos. Lejos de ocultar el conflicto colonos/JCA, ahora las responsabilidades por las condiciones desfavorables que debieron atravesar los agricultores judíos fueron adjudicadas a los administradores, a los directores y al mismo Hirsch. Una de las autoras de esas notas incluso felicitaba al diario por publicar “el lado malo” de la colonización.[80] Entre los intelectuales y personalidades del campo judaico que publicaron sus puntos de vista en Mundo Israelita se encontraban Eliahú Toker, Alfredo Givré, Samuel Tarnopolsky, Simja Sneh, Roberto Schopflocher (como se recordará, uno de los últimos directores de la compañía, autor además de Historia de la colonización agrícola en Argentina, publicado por Raigal en 1955) y Samuel Aizicovich (otro antiguo administrador de la JCA).

Balance del capítulo

Las tres conmemoraciones que acabamos de revisar muestran que los emprendedores de memoria apelaron al pasado colono impulsados por coyunturas diferentes, que les impusieron distintas obligaciones comunicacionales, y que sus mensajes estuvieron orientados a diferentes destinatarios. El mensaje codificado en 1939 proclamaba que los judíos eran definitivamente argentinos, y estuvo dirigido al estado y a la sociedad nacional en su conjunto. El símbolo dominante de los festejos fue la figura del General San Martín, que permitía mostrar hacia “afuera” los supuestamente inequívocos sentidos de pertenencia argentinos de la colectividad. En el setenta y cinco aniversario, el mensaje cambió de signo, reivindicando el derecho al pluralismo. Para entonces, cuando la mayoría de los judíos argentinos eran nacidos y criados en el país, la experiencia del Holocausto había creado un deber de memoria y una necesidad de reivindicación del derecho a la identidad etno-religiosa. Además, las instituciones comunitarias más importantes tenían una orientación ideológica muy definida hacia el sionismo, lo cual fortalecía sus deseos de legitimar ese derecho al pluralismo. En consecuencia, los destinatarios del nuevo mensaje parecen haber sido especialmente los jóvenes, cuya fuga de las filas comunitarias hacia la nueva izquierda latinoamericana amenazaba la continuidad del judaísmo vernáculo, y cuyo derrame hacia la derecha, dentro del marco del movimiento religioso conservador estadounidense, amenazaba la continuidad en sus puestos de los dirigentes sionistas que lideraban la comunidad. En 1989 el clima era completamente distinto. Durante los años ochenta, el mundo occidental experimentaba el boom de la cultura de la memoria (Huyssen, 2001), y en la Argentina alfonsinista se vivía un clima favorable a la legitimación de las colectividades minoritarias que puede apreciarse, por ejemplo, en la sanción de la Ley Antidiscriminatoria (o de penalización de actos discriminatorios, nº 23.592) de 1988, que establecía un marco de protección legal para las minorías hostigadas o discriminadas. En la proliferación de lugares de memoria erigidos en los festejos de Moisés Ville se lee el nuevo mensaje, que señalaba la importancia de recuperar, conservar y difundir el acervo cultural e histórico de los judíos argentinos, y que estaba destinado principalmente a concientizar al propio liderazgo comunitario respecto de su potencial pérdida y olvido.

Algunos aspectos que se mantuvieron constantes en los tres festejos muestran la pregnancia de determinados símbolos y la tendencia a la ritualización de las prácticas conmemorativas. El más importante es la reafirmación de la llegada del Weser como la fecha oficial del origen de la colectividad. En segundo término, el recibimiento de huéspedes a cargo de jinetes criollos, las ofrendas al Padre de la Patria y los desfiles de implementos agrícolas convivieron con la constante convocatoria a presidentes, gobernadores e importantes funcionarios públicos. Ese anhelo de acercar el estado a las culturas vernáculas ha sido detectado por Bodnar en varias conmemoraciones de distintos grupos étnicos residentes en los Estados Unidos, que incluso contaron con la presencia de presidentes de la nación. Por ejemplo, en el centenario de la comunidad noruega, celebrado en 1925, participó Calvin Coolidge, y en el de la sueca, de 1948, se hizo presente Harry Truman (Bodnar, 1992). La cronología conmemorativa que surge de este capítulo también permite establecer un incremento en la exhibición de diacríticos judíos, a la vez que un corrimiento de las actividades hacia Buenos Aires, hecho que acompañó la declinación de la población judía de Moisés Ville. Las repercusiones en la prensa muestran la misma curva ascendente, en tanto el centenario logró una repercusión mucho mayor que la alcanzada por los aniversarios de 1939 y 1964. Otra tendencia observable en la comparación muestra que los elementos subterráneos fueron ganando cada vez mayor visibilidad. Recordemos que, en el centenario, una de las secciones de la muestra “Álbum de una comunidad” estaba dedicada a los judíos llegados antes del Weser, y que las notas de Mundo Israelita repartieron culpas sin temor entre los funcionarios de la JCA por los errores que cometió la compañía. Dos años más tarde, en ocasión del centenario de la colonia Mauricio, aparecería por primera vez, en castellano, el controversial libro de Marcos Alpersohn.


  1. Los períodos del esquema de Gillis son el pre-nacional (hasta fines del siglo XVIII), el nacional (entre las revoluciones norteamericana y francesa y los años sesenta), y el pos-nacional.
  2. Por ejemplo, tomando solo el caso de Moisés Ville, la comunidad local celebró al menos sus aniversarios número ochenta, noventa, ciento diez y ciento veinte. Además, las otras colonias y pueblos rurales judíos hicieron lo propio, llevando a veces las conmemoraciones allende los límites de la comunidad vernácula, en círculos de ex residentes radicados en sitios tan distantes como por ejemplo Buenos Aires o el kibutz israelí Mefalsim. Por otra parte, me fue imposible determinar si en 1914 hubo festejos por los veinticinco años, aunque todo indica que no. El único dato que encontré al respecto es una mención en Homenaje a El diario israelita con motivo del 25 aniversario 1914-1939, pero el texto apenas dice: “El orgullo de la vida judía argentina –la colonización– que en 1914 había celebrado ya su 25 aniversario…”. Pero más que como una mención acerca de un festejo concreto, esto puede interpretarse como una forma de decir que en 1914, cuando comenzó a publicarse el diario, ya hacía 25 años que existían las colonias. En La Nación, en Nueva Época (de la ciudad de Santa Fe) y en Luz y Verdad (un semanario rosarino), tampoco hay menciones al respecto. También hay evidencias indirectas que confirmarían que el primer aniversario celebrado fue el cincuentenario, como el hecho de que no se hayan construido monumentos, que no se hayan conmemorado los cuarenta años en 1929, o como, según veremos, el hecho de que los organizadores del cincuentenario hayan deliberado acerca de la elección de la fecha exacta, ocasión en la que no se aludió a (ni fue tomado en cuenta) ningún antecedente.
  3. Mundo Israelita, 21/10/1939, El Alba, 19/9/1939 y El Litoral, 15/10/1939.
  4. El Litoral, 15/10/1939. También citado en Senkman, 1983.
  5. Mundo Israelita, 21/10/1939: 8. Este semanario reprodujo los discursos de los principales oradores. Schlesinger fue el rabino de la CIRA desde 1937 hasta 1971.
  6. El Litoral, 15/10/1939. La tarjeta de invitación, en la que consta el menú, puede consultarse en el IWO de Buenos Aires.
  7. Respecto de la demografía, si bien no he conseguido la cifra para 1939, la población judía de la colonia puede estimarse a partir de los informes anuales producidos por la administración local de la JCA para años cercanos: en 1941 había 4.617 judíos; en 1942, 4.729; en 1943, 4.782; en 1944, 4.833; en 1945, 4.746; en 1946, 4.787; en 1947, 5.000; y en 1948, 4.880 (Archivo del Museo histórico comunal de Moisés Ville). Respecto del porcentaje sobre la población general, el informe anual de la JCA de 1935 contabiliza 23.562 almas sobre un total de 260.000, lo que indica que el 9% de los judíos que vivían en el país estaban radicados en sus colonias. Si sumáramos los habitantes de las colonias independientes y los agricultores judíos instalados en colonias no judías, la cifra se acercaría al 10%. Rapport de la Direction Générale au Conseil D´Administration pour l´année 1935: 4.
  8. La escuela Iahaduth, de orientación sionista hebraísta, contaba con 184 alumnos (El Alba, 14/3/1939). La Escuela Popular Scholem Aleijem, idishista, enseñaba historia, cultura y literatura judías, además de “orientación argentinista” para los alumnos extranjeros que aún no dominaban el español (El Alba, edición especial del cincuentenario).
  9. “Festejará su trigésimo aniversario la Sociedad Kadima el 7 de octubre”, El Alba, 26/9/1939.
  10. No tengo con datos precisos para el año 1939, pero bastante más tarde, en 1960, la biblioteca de Kadima contaba con 7.583 libros, distribuidos en 3.954 en castellano, 2.859 en ídish y 770 en hebreo. Fuente: Sociedad Kadima, Memoria y Balance general, 1960.
  11. Libro de Actas de la DAIM, 1939.
  12. “Nuestro 25 de mayo”, El Alba, 23/5/1939; “Los festejos patrios realizáronse con lucimiento”, El Alba, 30/5/1939.
  13. Véase al respecto la sección de avisos publicitarios de El Alba durante 1939.
  14. Acta nº 17 del Comité de Festejos.
  15. El comité moisesvillense recibió delegados de la cooperativa La Mutua Agrícola Limitada, eje de la vida económica y social del pueblo, la oficina local de la Jewish Colonization Association, cuyo administrador Marcos Pereyra fue designado presidente, la asociación cultural Sociedad Kadima, en cuya sede se llevaron a cabo las reuniones, la Biblioteca Barón de Hirsch y el periódico El Alba, y de otras instituciones. Véase al respecto El Alba, 20/12/1938 y El Alba, 16/5/1939. El comité mantuvo un trato distante con la JCA, cuyas autoridades fueron invitadas a participar del cincuentenario. Recíprocamente, la JCA recién respondió a último momento que enviaría al subdirector de su oficina central de París, el ingeniero agrónomo José Mirkin (“Comisión pro Cincuentenario”, El Alba 23/5/1939). También los intercambios con la DAIA muestran que existía una relación tensa. En varias oportunidades, ante la falta de respuestas en la correspondencia, el comité pensó en replantear los festejos como una celebración estrictamente local. Sin embargo, la circunstancia de que los festejos representaran a todas las colonias fueron utilizados para presionar a la DAIA y a La Fraternidad para que aportaran fondos. De lo contrario, Moisés Ville procedería “sin consultar opinión y en la medida de sus posibilidades”. El interlocutor más cercano y el nexo en las negociaciones con Buenos Aires fue el presidente de La Fraternidad Agraria, Isaac Kaplan. Acta Nº 17 del Comité de Festejos.
  16. Actas nº 22, 27, 28 y 30 del Comité de Festejos. A Yankelevich le pidieron también que enviara una de las orquestas de radio Belgrano. Luego de varios intercambios, el empresario radial se disculpó por no poder transmitir el evento por Belgrano ni por Mitre, como había prometido, ya que se superponía con una carrera de automovilismo, aunque ofreció a cambio la Radio Porteña LS 4. Según la crónica de El Alba del día 24/10/1939, Yankelevich estuvo en los festejos de Moisés Ville junto a su esposa. El comité contactó también a “La Matinée radial hebrea” (de las emisoras Radio Argentina y La voz del aire). Por su parte, Glücksmann, un hombre comprometido con la comunidad (llegó a ser presidente de la CIRA), aparentemente habría accedido, aunque no hemos podido comprobar si la filmación se concretó: para Mundo Israelita seguía en pie, al menos, hasta el día previo al acto central (14/10/1939).
  17. Actas nº 11 y 12 del Comité de Festejos. En ese mismo espíritu de lucimiento, los vecinos fueron instados por el comité a mejorar el estado de las veredas y de las fachadas. La Sociedad de Fomento se ocuparía de arreglar los caminos, que aun eran de tierra y se encontraban en muy mal estado. Ver “Comisión pro Cincuentenario”, El Alba 23/5/1939.
  18. El Alba, 13/6/1939.
  19. Actas nº 27 y 28 del Comité de Festejos.
  20. “Una ponencia del señor Aarón M. Rosenblatt”, El Alba 23/5/1939. En este fragmento también puede leerse un reclamo a la JCA para que colonizara a los jóvenes.
  21. Véase al respecto El Orden, 21/10/1932: 3; El Orden, 5/10/1934: 5 y El Orden, 30/10/1933: 4.
  22. El Alba era un periódico local de orientación judeo-progresista que apareció regularmente durante las décadas de 1920 y 1930, en castellano.
  23. La JCA compró las tierras a Pedro Palacios cuando sólo quedaban viviendo en las chacras entre cuarenta y cincuenta familias. A partir de 1894 comenzó a enviar nuevos contingentes que renovaron la población de la colonia. Más tarde, el administrador Miguel Cohen señaló el camino de la prosperidad al impulsar el cultivo de forrajes en reemplazo de los cereales. Ver al respecto Cociovich (1987).
  24. Acta nº 8 del Comité de Festejos.
  25. Actas de La Mutua Agrícola nº 420 y 433.
  26. Acta nº 22 del Comité de Festejos.
  27. El 17 de agosto había sido declarado feriado nacional seis años antes del cincuentenario de Moisés Ville por el presidente Agustín P. Justo.
  28. El pico demográfico máximo se dio en el año 1925, aunque tuvo luego un leve repunte en la segunda mitad de los años treinta debido a la llegada de los colonos alemanes (Avni, 1983: 537).
  29. “El colono cooperador”, abril de 1939.
  30. “El hombre y la tierra”, Mundo Israelita, 9/7/1939.
  31. “La palabra de un hijo de colono”, El Alba, 23/5/1939.
  32. “Movimiento inmóvil”, El Alba, 14/3/1939. Gabriel Mercurio era un seudónimo.
  33. Actas de La Mutua Agrícola, 26/1/1939 y 30/3/1939 y “El problema de los jóvenes colonos que piden tierras”, El Alba 18/4/1939. El tema era bastante más complejo de lo que podemos entrever aquí, ya que, entre sus argumentos, los cooperativistas manifestaban que las tierras ofrecidas eran de pésima calidad.
  34. Se trata de las ediciones del día 16 de octubre de 1939. Resulta extraño que el diario Crítica, que en ese entonces publicaba en su contratapa la historieta “Don Jacobo en la Argentina”, una tira cómica que presentaba a los judíos como un ejemplo de la integración social exitosa de los inmigrantes en el crisol de razas, no se haya referido a los festejos.
  35. Los vecinos judíos estaban distribuidos residencialmente de la siguiente forma: 307 vivían en 79 chacras, otras 910 personas tenían 285 chacras que administraban desde los pueblos, pero la gran mayoría, 519 familias constituidas por 2.067 personas, vivían en las zonas urbanas y ya no eran chacareros. La única forma de explicar esta distribución de la población es suponer que gran parte de esas 519 familias fueran aun dueñas de campos rentados, más allá de que tuvieran actividades laborales complementarias. El dato sobre el número de colonos emancipados de la JCA apoyaría esta hipótesis: sobre 709 colonos que aún vivían en el área de la colonia, 559 ya habían liberado las hipotecas. Hasta 1959, 650 colonos con escritura (559 colonos emancipados y 91 con hipotecas constituidas) eran propietarios de 94.314 ha, de las cuales habían vendido 41.804 ha y habían alquilado a terceros 6.592 ha. Es decir que se habían desprendido del 51,2 % de las tierras escrituradas. Sin embargo, muchos de esos campos fueron adquiridos por chacareros judíos: casi el 70% de los vendidos y el 75% de los arrendados. También hay que considerar que en 1964 los chacareros judíos habían desbordado las originales 118.000 ha de superficie original comprando campos aledaños. La cifra “ampliada” aproximada habría sido de 170 a 180.000 ha. Es más, según había expresado en su discurso de los festejos de Moisés Ville el secretario Kugler, en ese momento la tierra trabajada por judíos en todo el país habría llegado a 1.100.000 ha, cifra que casi duplicaba las 617.000 adquiridas originalmente por la JCA, véase La Opinión de San Cristóbal, 2/10/1964.
  36. La Asociación Israelita de Moisés Ville surgió a partir de la Jevra Kedusha (sociedad de entierros) preexistente. En 1923 obtuvo personería jurídica. En 1969, por una disposición nacional atinente a las asociaciones étnicas, pasó a denominarse Comunidad Mutual Israelita de Moisés Ville. Sus fines son homologables a los de la AMIA de Buenos Aires: provee distintos servicios religiosos y educativos, brinda asistencia social y económica a personas en situación vulnerable, colabora con las instituciones culturales y deportivas, presta asistencia arbitral a sus asociados y apoya toda acción constructiva a favor del Estado de Israel. Fuentes: revista del Centenario de Moisés Ville (página 72) y Estatutos de la Comunidad Mutual Israelita de Moisés Ville, 1970.
  37. Véase al respecto el Informe del renombrado ensayista y pedagogo Jaime Barylko: “Estudio de la comunidad de Moisés Ville”, presentado en 1961 en la “Primera conferencia de investigadores y estudiosos judeo-argentinos en el campo de las ciencias sociales y la historia”. En 1959, año de su cincuentenario, la Kadima (institución laica y abierta a toda la comunidad), recibió al educador e intelectual Samuel Rollansky (su conferencia se tituló “Con los judíos en diez países”), al dramaturgo Nehemías Zuker, al periodista y político argentino Ignacio Palacios Hidalgo, quien regresaba de un viaje a Israel y disertó sobre “Israel, milagro judío contemporáneo”, a un ex embajador argentino en Israel que dio una conferencia titulada “Israel vista por un diplomático”, al autor teatral Adolfo Casablanca, quien disertó sobre la vida de Gerchunoff y a dos compañías teatrales judías. Ese año hubo también un Gran Baile de Purim, en junio se conmemoraron los cien años del nacimiento de Scholem Aleijem con una conferencia del periodista y crítico teatral Jacobo Botoshansky y en agosto fue presentada la obra “Difícil ser judío” por un elenco local. Libro de actas de la Sociedad Kadima, Asamblea general ordinaria de agosto de 1959: 430.
  38. La Nación, 7/10/1964.
  39. En el homenaje fueron recordados los sesenta y un niños fallecidos a fines de 1889, durante el período en el que sus padres pernoctaban en el galpón de la estación Palacios a la espera del reparto de los lotes.
  40. Conformaban la comitiva el presidente de la cámara de diputados provincial y los ministros provinciales de Agricultura y Ganadería, de Salud Pública y Bienestar Social y de Obras Públicas.
  41. El Litoral, 9/10/1964.
  42. La voz del tambo, 21/10/1964.
  43. La Nación, 13/10/1964.
  44. El busto era obra de la escultora Margarita Cielo de Prigione.
  45. La Nación, 13/10/1964.
  46. La voz del tambo, 21/10/1964: 8.
  47. Íbid.
  48. Unos años más tarde, Kugler formaría parte del jurado que otorgó un premio literario a José Liebermann en nombre del Comité Judío Americano y del Centro Barón de Hirsch, una asociación de ex residentes de las colonias radicados en Buenos Aires.
  49. Sobre los festejos en Moisés Ville, ver La Opinión de San Cristóbal 2/10/1964, La voz del tambo, 21/10/1964, donde fueron transcriptos los discursos, La Nación 13/10/1964, La Prensa 13/10/64 y El Litoral 9/10, 11/10 y 13/10/1964.
  50. Mundo Israelita, 31/10/1964: 8. Sobre el acto en el cine Metro, ver Mundo Israelita 24 y 31/10/1964 y La Nación 26/10/64.
  51. Mundo Israelita, 31/10/1964: 8.
  52. “Sionismo y judaísmo”, Mundo Israelita, 10/10/1964. León Dujovne veía en el antisionismo una forma de ocultar el antisemitismo: lo que antes se endilgaba a los judíos (sus planes para dominar el mundo) ahora los grupos reaccionarios se lo adjudicaban a los sionistas.
  53. Mundo Israelita, 17/10/1964, página 7.
  54. También se especuló respecto de que el famoso asesinato de la joven Mirta Penjerek habría sido ejecutado por Tacuara.
  55. Mundo Israelita, 10/10/1964.
  56. Mundo Israelita, 21/11/1964.
  57. Ver al respecto Krupnik (2011); sobre la nueva izquierda: Terán (2013) y Tortti (2002).
  58. Comunicación personal con el historiador Israel Lotersztain.
  59. “Goldenberg: no deben prosperar los intentos de debilitar la unidad de la colectividad”, Mundo Israelita, 17/10/1964.
  60. “Fainguersch: Consolidar la vida judía y forjar la continuidad creadora de la colectividad”, Mundo Israelita, 17/10/1964. Ver al respecto “Judaísmo y sionismo”, Mundo Israelita, 10/10/1964, y Mundo Israelita, 17/10/1964: 6-9.
  61. Mundo Israelita, 12/9/1964, página 28.
  62. Mundo Israelita, 7/11/1964: 3. Véase también la nota sobre la convención del partido Poalé Sion Hitajdut Mapai, donde Fainguersch opina sobre los mismos temas (Mundo Israelita, 17/10/1964: 9) y otra sobre el futuro de la prensa en ídish, donde se afirma que el acercamiento de los jóvenes al “campo judaico es el objetivo principal de la acción y esfuerzos comunitarios” (Mundo Israelita, 10/10/1964).
  63. Ver Ámbito Financiero del 14/8/89. Ese año, el Mes del Libro Judío estuvo dedicado a conmemorar el centenario. La AMIA también estrenó una obra de teatro llamada Pioneros: Lejaim, Moisés Ville, de Myrtha Shalom.
  64. “La vida judeoargentina en una muestra en la Recoleta” y “Sólo un principio”, Mundo Israelita, 27/10/89.
  65. El Litoral, 9/10/1989; Hoy en la Noticia, 17/10/1989. Ese año se estaban construyendo en el pueblo veinticinco unidades habitacionales con dinero del FONAVI, mientras que el año previo habían sido entregadas otras diez. No obstante, los fondos recaudados para los festejos dejaron un saldo favorable de seis millones de australes (Actas del Comité de Festejos: 94).
  66. Hoy en la noticia, 1/11/1989; El Litoral, 30/10/1989; “Centenario de Moisés Ville”, La Nación, 4/10/1989.
  67. La población judía para todo el distrito Moisés Ville, que comprende al pueblo y a un área rural circundante de 30.000 ha, era en 1989 de setecientos individuos.
  68. Libro de Actas del Comité de Festejos del Centenario: 11-94.
  69. “Acontecimiento argentino y comunitario por los cien años de Moisés Ville”, Nueva Presencia, 3/11/1989: 3-5.
  70. “La Kehilá impulsará los festejos del Centenario de la colonización”, Mundo Israelita, 17/3/1989.
  71. Mundo Israelita, 17/3/1989.
  72. “La judería argentina y su memoria”, Mundo Israelita, 11/8/1989, página 3. Ver también Nueva Presencia 25/9, 24/4 y 1/5 de 1981.
  73. Ver en Mundo Israelita “Sepelios en cementerios extracomunitarios” (19/5/1989), “La kehilá concurre en apoyo firme de las escuelas” (5/5/1989) e “Instrumentos de la continuidad” (23/6/1989).
  74. “Declaran de interés general la celebración”, Mundo Israelita, 14/4/1989.
  75. “De los pogrom a Moisés Ville”, Clarín, 16/8/1989. La Editorial de ese día, titulada “Hace cien años”, también se refirió a las colonias: “la primera de ellas es la legendaria Moisés Ville”, Clarín, 16/8/1989.
  76. “Días de fiesta en Moisés Ville”, Clarín, 30/10/1989: 22 y 23, y “Entre recuerdos y trabajo”, 1/11/1989. Por ejemplo, la nota del 30 de noviembre, a doble página y con varias fotografías, enumera los motivos por los cuales la gente fue emigrando del pueblo. Entre ellos menciona las dificultades de los hijos para colonizarse, ya fuera porque no recibían tierras o porque las recibían en campos lejanos a los de sus padres, con lo cual no podían compartir el uso de maquinaria y demás bienes de capital. También se refiere a los avatares típicos de la actividad agropecuaria: las invasiones de langosta, las sequías y las inundaciones, que, combinadas con las noticias que llegaban desde Buenos Aires acerca del progreso industrial de los textileros judíos, hacían tentadora la partida de los jóvenes de un pueblo cuyo aislamiento se acentuó cuando el tren dejó de pasar, en la época de Martínez de Hoz. Al día siguiente, el diario publicó otra nota en la que Sibila Camps recorría la trayectoria familiar de un matrimonio de alemanes llegados a Moisés Ville en 1939.
  77. Suplemento especial “100 años de presencia judía en Argentina”, Ámbito Financiero, 12/5/1989. La cita corresponde a “Colonización judía en la Argentina. Una aventura constante”, Ámbito Financiero, 14/8/1989.
  78. “Roca y los judíos”, carta de un lector, La Nación, 10/11/1989.
  79. El barón gozaba de buena salud al momento de su muerte, que se produjo súbitamente mientras dormía en su estancia de caza húngara (Frischer, 2004).
  80. Se trata de Marchevsky de Cleve (quizás hija de Elías Marchevsky, autor de la memoria El tejedor de Oro, que ya analizamos en el Capítulo Uno).


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