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Introducción

En agosto de 1889, más de ochocientos inmigrantes judíos oriundos de la región ucraniana de Podolia arribaron al puerto de Buenos Aires a bordo de un vapor alemán. Se trataba de un grupo auto-organizado, compuesto por ciento treinta y seis familias que deseaban instalarse en el campo para dedicarse a la agricultura. En realidad, sus intenciones originales habían sido asentarse en la Palestina otomana, donde ya existía un temprano movimiento de retorno a Eretz Israel, pero ciertas trabas político-burocráticas los habían obligado a redefinir su destino con rumbo sudamericano. Una vez en tierra firme, un camino plagado de incertidumbres los llevó desde el Hotel de Inmigrantes porteño hasta el centro geográfico de la provincia de Santa Fe, donde fundaron la colonia Moisés Ville, es decir, la Villa de Moisés.

Si bien para ese entonces ya vivían en la Argentina cerca de mil quinientos judíos, cifra que incluía a unas decenas de familias que trabajaban la tierra en colonias pobladas por inmigrantes europeos, todavía el país era un destino dudoso para sus correligionarios que abandonaban la Rusia zarista, donde desde 1881 se había desatado un antisemitismo feroz y expulsivo. Sin embargo, muy pronto esas dudas comenzarían a despejarse, ya que el asentamiento de los podolier en Moisés Ville daría vida a un proyecto colonizador que traería hasta las fértiles llanuras de la pampa a miles de judíos. Su ideólogo, llamado Moritz von Hirsch auf Gereuth, pero mejor conocido como el barón Hirsch (1831-1896), era un empresario y banquero alemán interesado en encontrar una solución para el problema de los judíos rusos, cuyos planes de favorecer la integración en el país de los zares financiando la creación de escuelas de oficios habían sido declinados por las autoridades locales, que preferían que los judíos emigraran. Por eso, al enterarse del caso de Moisés Ville, el barón gritó Eureka y decidió crear la Jewish Colonization Association (JCA), una compañía filantrópica transnacional única en su género.

Aunque Hirsch puso a disposición de la JCA una verdadera fortuna, la tarea no era sencilla. En primer lugar, porque muy pocos de los candidatos a emigrar tenían experiencia en materia de agricultura. Los oficios más populares entre los judíos rusos estaban relacionados con el pequeño comercio, el artesanado y la gestión del cobro de los impuestos feudales. Además, está claro que la mayoría prefería probar suerte en los Estados Unidos, la verdadera Tierra de Promisión, adonde entre 1880 y 1920 llegaron cerca de tres millones. No obstante, el barón tenía un par de cartas bajo la manga. Una consistía en aprovechar la experiencia de algunos colonos agrícolas que un zar “progresista” había instalado al sudoeste del país a mediados del siglo XIX. Era justamente ahí dónde la JCA iría a buscar a los más experimentados, a quienes debían asumir el rol de pioneros en la aventura argentina. La otra carta señalaba que muchas familias, aun siendo de raigambre urbana, también se sumarían a las filas de la JCA porque adscribían a una suerte de credo fisiócrata que difundía desde hacía casi un siglo el movimiento iluminista judío. Los iluministas (o maskilim) pensaban que la forma de resolver la Cuestión Judía era dejar atrás el gueto medieval para insertarse en sociedades liberales y tolerantes, como ciudadanos normales. Para ello, consideraban necesario que las populosas masas del este abandonaran sus ocupaciones supuestamente parasitarias y adoptaran nuevos oficios productivos en la agricultura y en la industria, de ahí que ponderaran la vida en el campo mediante discursos idealistas que circulaban en la prensa, el teatro y la literatura.

Sueltas las amarras del proyecto, el barón llegó a fantasear con la posibilidad de que tres de los cinco millones de judíos que vivían en el Imperio zarista y sus alrededores se instalaran en las colonias argentinas. Sin embargo, la compañía nunca logró acercarse a ese objetivo: durante su etapa de oro, entre 1920 y 1940, las dieciséis colonias de la JCA, más otras cuatro independientes que surgieron como desprendimientos de aquéllas, apenas llegaron a albergar a unos treinta mil judíos, es decir, al uno por ciento de la cifra anhelada. Aun así, sus méritos no deben ser menospreciados. La JCA actuó en el país durante más de ochenta años, apoyando a los colonos con créditos baratos y brindándoles diversos servicios, como educación para los hijos y asesoramiento en cuestiones agrícolas. En los años treinta, cuando la Alemania nazi dictó las leyes raciales y la Argentina había cerrado la inmigración, la JCA gestionó permisos especiales para instalar en sus colonias a cientos de familias alemanas que se salvaron del Holocausto. Y, si se me permite una pequeña especulación, el hecho de que la Argentina albergue a la comunidad judía más numerosa del mundo de habla hispana se debe, en buena medida, al proyecto del barón, cuyos colonos alentaron a otros miles de judíos a elegir ese destino al difundir sus experiencias sureñas en las cartas que enviaban a sus parientes y en las notas que les publicaban los periódicos rusos de lengua hebrea.[1] Méritos aparte, al proyecto también le caben algunas críticas. En su afán de demostrar al mundo que los judíos podían ser agricultores exitosos, a veces la JCA minó la libertad de empresa de sus propios beneficiarios, imponiéndoles cláusulas contractuales restrictivas que perjudicaron la marcha del emprendimiento. Sus funcionarios también hicieron gala de un trato paternalista y clasista que irritaba a los colonos, quienes incluso denunciaron algunas prácticas corruptas.

En la actualidad, las colonias judías ya no existen como tales. Aunque todavía hay argentinos judíos que explotan la tierra, desde los años cuarenta la mayoría de los descendientes de aquellos inmigrantes optó por dejar el campo para devenir en general profesionales, comerciantes, industriales, artistas e intelectuales en ciudades distantes de las chacras de los antepasados. Además, los tiempos han cambiado y, hoy en día, sostener el idealismo agrario resultaría una postura, cuando menos, arqueológica. No obstante, en algunos de los pueblitos surgidos al calor de aquellas colonias aun viven puñados de familias que conservan el judaísmo y que mantienen viva la memoria de los pioneros de los tiempos del barón. Algunas se han ocupado de fomentar el turismo cultural, de gestionar la patrimonialización de sinagogas y cementerios, de crear museos e incluso de recopilar miles de documentos en sendos archivos históricos.

En 2008 comencé a investigar el fenómeno de la memoria colona con el objetivo de escribir una tesis de doctorado en antropología para la Universidad de Buenos Aires. Este libro es el producto de esa tesis, que concluí a mediados de 2013 y defendí en la Facultad de Filosofía y Letras al año siguiente. En él analizo la memoria de la colonización judía en la Argentina en extenso, abarcando un período de un siglo de duración e incluyendo diversos materiales, tales como libros conmemorativos, registros de celebraciones públicas, obras literarias, monumentos, películas de ficción, documentales, muestras museológicas y curriculum escolares. Esos vehículos de la memoria fueron producidos por escritores, líderes comunitarios, periodistas, intelectuales y artistas que, al pintar la aldea colona, participaron implícitamente en ciertas querellas acerca de las relaciones entre etnicidad y nacionalidad que tuvieron lugar en la Argentina moderna.

En las dos últimas décadas, la cuestión de la memoria colectiva ha cautivado la atención de los investigadores provenientes del campo de las ciencias sociales y las humanidades, saltando incluso las fronteras del mundo académico para repercutir en la prensa, el cine, la política, el arte y la literatura. La idea central de los estudios sobre la memoria es que nuestras nociones acerca del pasado son el producto de una construcción social de la que participan diversos actores. Los símbolos, mitos y representaciones que la conforman suelen ser objeto de disputa entre sectores que sostienen intereses divergentes, por lo que están teñidos de intencionalidades relacionadas con ciertas tensiones propias del momento en el que la memoria es inscripta. A veces, esas tensiones se suscitan entre determinado estado nacional y las minorías que integran la sociedad. Las minorías, sean étnicas, religiosas, de género, migratorias o de otro tipo, suelen tratar de insertar sus memorias en el discurso oficial de la nación a fin de obtener distintos beneficios. Por ejemplo, según la memoria oficial de los judíos ingleses, sus propios ancestros habían llegado de Europa Oriental a fines del siglo XIX escapando de la violencia antisemita. Sin embargo, en las regiones de las que provenían (Lituania y Bielorrusia) no se habían registrado pogromos. Como ha mostrado David Cesarani (2007), fueron los propios líderes de la comunidad judía inglesa quienes indujeron a sus correligionarios a declararse perseguidos, ya que la única forma de ingresar legalmente al país era pasar por refugiados políticos o religiosos. En otros casos, las memorias de las minorías apuntan a obtener un bien bastante menos tangible, aunque sumamente necesario para vivir en países multiculturales: la legitimidad social.

Mi hipótesis es que la experiencia de la colonización agrícola en la Argentina aportó los materiales necesarios para construir una memoria legitimante, que fuera capaz de presentar a los judíos como un componente deseable del crisol de razas. Desde este punto de vista, la reafirmación del origen rural de la colectividad –como veremos, a veces no exenta de cierta sobreactuación– resultó funcional a la construcción de una imagen pública apologética e integradora, orientada a morigerar el rechazo que generaba en algunos sectores la presencia judía en un país de mayoría católica, en el que, además, incluso a veces la propia identidad nacional se hallaba tensionada por distintas corrientes de opinión. Una memoria agrícola, focalizada en las colonias, tenía la ventaja de presentar a los judíos como sujetos productivos, redimidos de los estigmas del comercio y de la usura, lejanos incluso al peor de los comercios posible –la trata de blancas–, y fácilmente asociables a dos elementos centrales de la nacionalidad, al menos a comienzos del siglo XX: el mito del granero del mundo y la figura del gaucho.

Tales intensiones resultan evidentes en el título de la obra cumbre del género, Los gauchos judíos (1910), de Alberto Gerchunoff, pero también se dejan ver en episodios menos conocidos, donde a veces el pasado colono fue usufructuado por inmigrantes urbanos que necesitaron ampararse bajo su aura protectora. Por ejemplo, cuando en 1928 Bahía Blanca celebró sus primeros cien años de vida, la colectividad judía local donó al municipio un gran monumento en homenaje al barón Hirsch que las autoridades emplazaron en un parque céntrico. Lo curioso del caso es que la mayoría de los integrantes de la colectividad eran comerciantes minoristas que jamás habían pasado por el campo. Es probable que la decisión de erigir un monumento al barón haya obedecido a la influencia de Jaime Scheines en el comité organizador. Scheines, un importante líder comunitario y a la vez concejal por el partido Conservador, era originario de la colonia agrícola de Médanos, distante 47 kilómetros de Bahía Blanca. Pero, aun así, la figura de Hirsch sigue resultando incongruente, ya que Médanos no había sido organizada por la JCA, sino por un grupo de colonos disidentes que, justamente, se habían desprendido del tutelaje de la compañía buscando mayor independencia. En un discurso pronunciado por el presidente de la comunidad judía bahiense mientras se debatía internamente a qué figura colocar en el monumento, resuenan los verdaderos motivos de la elección:

Por ser éste el mejor modo de demostrar nuestra fuerza, nuestro valer, nuestra asimilación con esta sociedad y para que la obra a realizar sea causa de orgullo para nuestra colectividad y un desmentido para todas las patrañas que se dicen y afirman de nosotros los judíos, los rusos (citado por Tolcachier, 2009: 3).

Como veremos a lo largo de este libro, referirse a los colonos como si se tratara de gauchos o erigir un monumento en homenaje al barón Hirsch en una comunidad urbana fueron decisiones intencionadas, políticas, que buscaron negociar simbólicamente el lugar que ocupaban los judíos en el discurso nacional y en el imaginario social. Por eso, antes que una excepción pintoresca, la distorsión de algunos hechos y datos históricos resultará más bien una constante, seguramente producto de la necesidad de la memoria de sostener un relato conveniente a los fines de sus artífices. A veces, las distorsiones podrán parecer algo grotescas, como ocurre en el caso de las imágenes de un mismo inmigrante judío que encontré en dos lugares diferentes:

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La primera imagen, publicada en el libro Pioneros de la Argentina. Los inmigrantes judíos (1982, Manrique Zago), fue “sobre-judeizada” treinta años más tarde con el añadido de una menorá (el candelabro ritual judío) junto al equipaje, tal como se aprecia en la segunda foto. La versión retocada fue exhibida en la muestra “Del barco a la milonga. Judíos bien porteños”, organizada por el Museo Judío de Buenos Aires en 2012. Aunque, en rigor, tampoco es del todo seguro que el hombre retratado haya sido un inmigrante judío, ya que la autora de Pioneros de la Argentina trabajó a partir de fotos que no pudo documentar fehacientemente.[2]

Sean sutiles o grotescas, las distorsiones de la memoria son puertas abiertas para deducir las intensiones de sus gestores. Por ejemplo, las autoridades de la ciudad bonaerense de Carlos Casares han erigido un monumento que homenajea a los tres grupos migratorios llegados a la ciudad a fines del siglo XIX. Consiste en tres mástiles con las banderas de España, Italia e Israel, que flamean juntas en la plaza central, en la municipalidad y en la iglesia. Sin embargo, los inmigrantes judíos llegados a partir de 1891 a la zona (donde la JCA creó la Colonia Mauricio) no eran israelíes. De hecho, no podrían haberlo sido bajo ninguna circunstancia, ya que el Estado de Israel recién vería la luz en 1948, es decir, cincuenta y siete años más tarde. Además, a fines del siglo XIX, el sionismo y el proyecto colonizador de Hirsch eran rivales ideológicos.[3] La bandera israelí también ha sido utilizada para representar a la colectividad judía vernácula de Moisés Ville durante el centenario de la colonización, realizado en 1989, como se aprecia en uno de los afiches que promocionaban los festejos:

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Está claro que, en ambos casos, la bandera de Israel tiene sentido: si se considera que durante la segunda mitad del siglo XX dicho país se ha transformado en el faro mundial de la identidad judía, es natural que varias colectividades de la diáspora la utilicen para auto-representarse. Pero, aun así, debemos concluir que a veces la memoria distorsiona por la simple inexistencia de soportes adecuados para representar lo que se evoca: en este caso, inmigrantes asociados a una determinada identidad nacional de origen.

Michel Pollak, un autor clásico de los estudios sobre la memoria colectiva, utiliza el concepto de trabajo de encuadramiento para referirse a esas deformaciones y acomodamientos de los hechos del pasado. Una parte del trabajo de encuadramiento de la memoria judeo-argentina ha consistido en mostrar a la colonización como el pasado oficial de toda la colectividad, cuando en realidad las colonias sólo recibieron flujos de inmigrantes consustanciados con el universo cultural ashkenazí. En consecuencia, el mito no interpela a todos los subgrupos culturales judíos que llegaron a la Argentina, ya que ni los sefaradíes ni los orientales (los judíos procedentes del Magreb, Turquía y Medio Oriente) se sienten incluidos en el relato agrario.

En el primer capítulo repaso los principales aspectos históricos de la colonización, vinculándolos con la experiencia judía en la Argentina y con el tema de la memoria y la identidad judía en la modernidad. En el segundo, me baso en fuentes literarias para analizar las principales representaciones contenidas en las dos versiones del pasado colono, la oficial y la subterránea. En el tercero, reviso un amplio corpus de libros conmemorativos publicados entre 1939 y 2010 que permiten observar cómo la memoria de la colonización pasó de calcar el modelo del crisol a reafirmar el modelo pluralista. En el cuarto capítulo analizo los rituales puestos en práctica durante las conmemoraciones más importantes que tuvieron lugar en Moisés Ville. El quinto también nos llevará de viaje a Moisés Ville, pero para observar la activación patrimonial que comenzó cuando se celebró el centenario de la colonia y que continúa hasta el presente, cuando es probable que el pueblo sea declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. En el sexto capítulo indago cómo la red escolar de la colectividad judía transmite a sus alumnos contenidos acerca de la historia de la colonización en el curriculum del área judaica. El séptimo y último está dedicado a revisar las representaciones que puso en circulación uno de los soportes de la memoria más potentes y actuales: el cine.

La investigación que hizo posible este libro contó con la imprescindible colaboración de María Bjerg y Roxana Boixadós, directora y co-directora de la tesis, respectivamente. Permanentes dadoras de inteligencia y generosidad, ambas son para mí un modelo a seguir, tanto en un sentido académico como en cuanto a lo ético. Jorge Gelman y Julio Djenderedjian me orientaron sobre diversos aspectos relacionados con la historia rural argentina y me ayudaron a obtener una beca de culminación de doctorado otorgada por la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Julio, además, en tanto máximo experto en la historia de las colonias agrícolas argentinas, formó parte del jurado durante la defensa de la tesis, junto a Carina Frid y a Sergio Visacovsky. Mis colegas del Núcleo de Estudios Judíos del IDES han iluminado, en innumerables encuentros, distintos aspectos relacionados con la colectividad judía argentina, en especial Alejandro Dujovne, Malena Chinski, Emmanuel Kahan, Laura Schenquer y Damián Setton. Las reuniones mensuales del Centro de Estudios de Historia, Cultura y Memoria de la Universidad Nacional de Quilmes fueron un laboratorio que me permitió observar el proceso de investigación de otros doctorandos y pasar mis propios avances por el tamiz de la crítica de especialistas en antropología e historia, como Judith Farberman y Patricia Berrotarán, entre otras. Gastón Bosio me ayudó enviándome cientos de documentos que fotografió para mí en los archivos parisinos de la Alliance Israélite Universelle, y Alan Astro me envió por correo sus traducciones al inglés de cuentos sobre las colonias escritos originalmente en ídish. Mis consultas en la biblioteca del Seminario Rabínico Latinoamericano hallaron eco en Rita Saccal. Ana Weinstein y Julia Cuasnicu han puesto a mi disposición los materiales guardados en el Centro de Documentación e Información sobre Judaísmo Argentino Marc Turkow (AMIA). En el Instituto IWO de Buenos Aires debo agradecer la estrecha colaboración de Débora Kacowicz (quien tradujo varios de los originales en ídish que revisé), Silvia Hansman y Ezequiel Semo, mientras que Laura Szames y Marisa Bergman me facilitaron el ingreso al archivo y a la hemeroteca del Museo Judío de Buenos Aires. Mis numerosos viajes a Moisés Ville se vieron favorecidos por la amistad que entablé allí con Abraham “Ingue” Kanzepolsky, quien me alojó en su casa numerosas veces y ofició de padrino de campo en mi trabajo etnográfico. También resultó fundamental la colaboración de Eva Guelbert de Rosenthal, la directora del museo local, así como la de las inestimables Ester Gabriel de Falcov, Golde Gerson, Hilda Zamory, Analía Nusan y Judith Blumenthal. También me han ayudado en diversas instancias Silvio Huberman, Javier Sinay, Yaacov Rubel, Alicia Bernasconi, Isaías Kremer y Ariel Raber. Finalmente, quiero agradecer muy especialmente a mi esposa, Valeria Furman, paciente y sagaz interlocutora durante el proceso de investigación, y a mi mamá, Rosa Fuksman, quien despertó mi interés por el tema judío con sus implacables inquietudes genealógicas. Con ella asistimos a los festejos por el centenario de Médanos, la colonia de la que era oriunda mi bobe, Elisa Siskindovich. También visitamos juntos la tumba de mi tatarabuelo, Jacobo Siskindovich, enterrado en Moisés Ville en 1905.


  1. La colectividad judía de la Argentina es la mayor de Latinoamérica y del mundo hispanoparlante. También es la séptima más numerosa del planeta. En torno a 1960 alcanzó su máximo pico demográfico con alrededor de 350.000 individuos, cifra que disminuyó en aproximadamente un 10% entre esa fecha y la actualidad (Jmelnizky y Erdei, 2005). Otros trabajos anteriores mostraban una cifra cercana al medio millón (Horowitz, 1962). Es probable que la diferencia de casi 150.000 judíos se deba tanto a las intenciones de la dirigencia comunitaria de inflar el número como a un problema metodológico: es difícil establecer un criterio universal respecto de a quién considerar o no judío/a. Adrián Jmelnizky y Ezequiel Erdei determinaron cuatro criterios: la ascendencia (tener, al menos, uno de los cuatro abuelos judío), la autodefinición, la religión (quien desciende de madre judía es necesariamente judío) y la adopción (mediante conversión religiosa) (ver al respecto DellaPergola, 2011 y Erdei, 2011).
  2. Entrevista a Martha Wolff (febrero de 2013).
  3. Ya en agosto de 1891, Hirsch había enviado un memorándum a los Jovevei Sion (Amantes de Sion) explicando por qué prefería establecer colonos en Argentina en lugar de en Palestina (Avni, 1990: 29). Más tarde, Theodor Herzl visitó al barón para pedirle que instalara colonias en la Palestina otomana, pero aquél se negó porque no creía en una solución nacionalista para la cuestión judía (Frischer, 2004; Issáev, 1954). Luego de la muerte de Hirsch, la Jewish Colonization Association inició actividades en Palestina. En la actualidad, la compañía se encuentra radicada en Israel (Norman, 1984: 54).


1 comentario

  1. librolab 10/01/2019 3:38 pm

    Compartimos este anticipo del documental “La Jerusalem argentina”, de Iván Cherjovsky y Melina Serber.
     

     
    Más información: http://andigital.com.ar/espectaculos/item/73535-la-jerusalem-argentina-gauchos-judios-peleandole-al-olvido

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