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La ética del cuidado en los acompañamientos feministas de mujeres que deciden abortar

Reflexiones a partir del diálogo con una colectiva feminista en Mendoza, Argentina

Gabriela Maure

Introducción

Los acompañamientos feministas son una práctica política en la cual mujeres, lesbianas y personas trans acompañan a mujeres y personas con capacidad de gestar que deciden interrumpir sus embarazos. Esta práctica se lleva a cabo, sobre todo, en contextos donde se criminaliza la práctica del aborto. Los acompañamientos son instancias en las cuales se facilita e intercambia información sobre cómo realizarse un aborto seguro con pastillas.

Este trabajo busca acercarse a las prácticas y relaciones de cuidados de una colectiva feminista en Mendoza que, desde 2011 hasta la actualidad, brinda información y acompaña a mujeres y personas gestantes que deciden abortar con pastillas. En estos años, la colectiva ha navegado por contextos cambiantes y convulsionados que han impactado en su hacer.

A su vez, me propongo reconocer y visibilizar los contrastes y diálogos posibles entre las prácticas y relaciones de cuidados que se construyen en el marco de los acompañamientos feministas y las prácticas biomédicas en las instituciones de salud. Este último interés tiene relación, por un lado, con mi recorrido personal y político entrelazado con la militancia feminista, la medicina y el campo de las ciencias sociales y, por otro lado, con el hecho de que, en el transcurso de los debates legislativos por la interrupción voluntaria del embarazo (IVE) que se dieron en 2018 en Argentina, y en el marco de las iniciativas de la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto, tomó cuerpo la Red de Profesionales de la Salud por el Derecho a Decidir en Mendoza. A partir de ese año, se inició un camino tenso de articulación entre el sistema de salud y las organizaciones territoriales y feministas para garantizar abortos seguros.

Para llevar a cabo los objetivos de este trabajo, en el marco de una metodología cualitativa, establecí un diálogo con tres compañeras de la colectiva en la cual milito desde el año 2016[1]. A partir de encuentros informales que se pautaron entre fines de 2018 y principios de 2019, virtuales y presenciales, se construyó una conversación que se centró en la identificación de los valores y las prácticas que dan forma a las relaciones de cuidados que se establecen en los acompañamientos feministas de mujeres y personas con capacidad de gestar que deciden abortar con pastillas.

¿Por qué escribir sobre acompañamientos feministas? Lesbiana, médica y abortera

Cuando tenía alrededor de 20 años me acerqué, casi por azar, al feminismo. Fue un encuentro en el que, además de establecer vínculos de cuidado y confianza con otras mujeres, pude encontrar, en un proceso que fue colectivo, palabras para nombrarme, para nombrar experiencias vitales de violencia, como así también experiencias que potenciaban y ampliaban mis posibilidades de conocer el mundo y mi deseo. El feminismo me permitió construir una lente nueva a través de la cual mirar las relaciones que se daban en los espacios que transitaba, y entre estos, mi espacio laboral. Algunos años después, me recibí de médica y comencé una residencia para especializarme como clínica.

Paralelamente a mi trabajo como médica, milité durante años en una colectiva lésbica feminista de Mendoza. Hubo un tiempo, durante el proceso formativo en medicina, en el que dejé la militancia porque me sentía escindida. Una sensación que podría nombrar, con palabras de Dorothy Smith (2005), como una conciencia bifurcada. Por un lado, era una médica que tenía un determinado lenguaje, que debía cumplir y trabajar en un espacio sexista, homófobo, paternalista y con una gran carga de trabajo y, por otro lado, participaba de un espacio de militancia feminista en el que comenzaba a entender y a poner en cuestión las normas impuestas, un territorio en el cual ejercitábamos la construcción de vínculos amorosos, horizontales y con cuidados, donde había lugar y tiempo para acoger nuestras corporalidades singulares, sus necesidades y nuestros deseos. Esa contradicción se tornó insostenible y dolorosa. Pasé los últimos años de la residencia pensando qué espacio de trabajo podría encontrar donde fuese posible ser médica, lesbiana y feminista sin pagar tan alto costo por ello.

Decidí, alrededor de 2014, dejar por un tiempo la práctica asistencial y comenzar un proceso de formación en las ciencias sociales vinculadas a la salud y trabajar como docente en la Universidad. Esta decisión propició que reemergiera el deseo de participar en algún espacio de militancia política. Un lugar por fuera de los centros de salud y hospitales. Un espacio en el cual fuera posible aportar algunos conocimientos y experiencias valiosas que aprendí de la medicina y, a la vez, reaprender a acompañar y a cuidar tomando como guía las experiencias vinculares y de cuidados que hicimos con mis compañeras de militancia, algo que podía identificar intuitivamente como una ética del cuidado feminista. Ética no en tanto norma, sino entendida como morada, como espacio de pertenencia y de encuentro colectivo donde lxs sujetxs reflexionan sobre sus prácticas, se reconstruyen, se revaloran y producen significados “para poblar de sentido el desierto” (Cano, 2015: 60), como categoría potente para abordar los variados aspectos y expresiones sociales y subjetivas de las relaciones de cuidados (Held, 2005).

En el 2016, gracias a la invitación de una compañera de trabajo que formaba parte de una colectiva socorrista, pude acercarme a los acompañamientos feministas en Mendoza.

Debates en torno a la ética del cuidado feminista

La ética del cuidado feminista se constituye a partir de un mosaico de discusiones teóricas que, con la intención explícita de alejarse de relatos abstractos y universales, proponen miradas y diálogos sensibles a los matices y a las narrativas contextuales sobre las relaciones sociales y de cuidados (Held, 2005). Esta intención coexiste en tensión con el esfuerzo por buscar activamente puntos de encuentro en el universo de experiencias de cuidados que tienen las personas, inmersas en comunidades y en contextos sociales singulares. A partir de estas aproximaciones, se produce un conocimiento que, lejos de ocupar el lugar de una prescripción normativa, se propone como un mapa de ruta siempre flexible y en revisión que refleja el diálogo entre las experiencias cotidianas de cuidados y la forma en que instituciones como la maternidad, la heterosexualidad obligatoria, el racismo y la división sexual del trabajo dan forma a esas experiencias (Rich, 2019). A partir de este diálogo, se interrogan, se interpelan y se intentan transformar las relaciones, las prácticas y los valores que reproducen dominación y violencia, que sobrecargan y oprimen a quienes cuidan y son cuidadxs.

Este es el sentido que le damos a la ética del cuidado feminista en este trabajo. No obstante, hay una serie de discusiones que expresan desacuerdos y cuestionamientos entre las diversas posiciones teóricas y políticas que fueron constituyendo el campo y que, desde nuestra perspectiva, son uno de los insumos más fértiles para reflexionar sobre los cuidados y la organización social de estos. A continuación, recorremos algunos de los debates históricos y actuales de la ética del cuidado y, a través de este itinerario, damos a conocer las perspectivas teóricas que orientaron nuestro análisis.

Carol Gilligan (1982) inaugura el debate y las reflexiones sobre la ética del cuidado con su libro In a Different Voice. En este trabajo la autora responde a las afirmaciones de su colega Kohlberg sobre una supuesta debilidad moral de las mujeres en relación con los varones. La autora concluye que la ética del cuidado consiste en “prácticas reflexivas enmarcadas en el seno de una red de relaciones donde las particularidades, entendidas como diferentes transiciones y experiencias de vida, son necesarias para actuar y tomar decisiones en relación con los otros” (Gilligan, 1985: 277).

En opinión de Joan Tronto, el debate alrededor de la ética del cuidado no debe centrarse en discusiones acerca de las diferencias de género, sino en cuestionar el lugar de los cuidados en las sociedades (Tronto, 1987). Por otra parte, identifica que tanto las investigaciones de Carol Gilligan como los trabajos de Kohlberg tienen la limitación de haber sido desarrollados únicamente en personas de clases aventajadas. En este sentido, la tarea es situar las interpretaciones de las investigaciones sobre la moral en relación con las distinciones de clase, raza y etnia. Según esta autora, las feministas no deberían celebrar una ética del cuidado como factor de distinción de género que apunte a la superioridad de las mujeres, sino que deberían empezar la ardua tarea de construir una teoría completa del cuidado (Tronto, 1987). En este sentido, para comenzar, propone una definición de cuidados que incluye:

Todo aquello que hacemos para mantener, dar continuidad y reparar nuestro mundo de manera que podamos vivir tan bien como sea posible. Este mundo incluye nuestros cuerpos, nuestros yo-es (selves) y nuestro entorno, todo lo cual tratamos de entrelazar en una red compleja que sostiene de la vida (Tronto, 1993: 103).

La definición de Tronto, al hablar de una red compleja que sostiene la vida, tiene resonancia con la ontología relacional de Donna Haraway (Puig de la Bellacasa, 2011). Según esta propuesta, los seres no preexisten a sus relaciones y, en este sentido, hay una relación ontológica entre cuidados y relación. Entre los seres vivientes, humanos y no humanos, y en relación con el entorno, existe una interconexión ineludible, “esencial para la existencia de seres dependientes y vulnerables, una interdependencia que no es un contrato, tampoco un ideal moral: es una condición” (Puig de la Bellacasa, 2011: 2).

Siguiendo con la revisión bibliográfica, me interesa destacar las aportaciones de Sabina Lovibond (1995), profesora de Filosofía en Oxford, que escribió un artículo donde explica la relación genealógica y argumentativa entre la ética del cuidado y la ética maternal desarrollada por Nel Noddings (1984) y Sara Ruddick (1990)[2]. La autora recorre los puntos conflictivos de la ética del cuidado y maternal y, particularmente, se detiene en las críticas feministas a las posturas esencialistas sobre el cuidado materno. Lovibond advierte que, si bien Noddings y Ruddick se esfuerzan por dejar en claro que ciertos valores asociados a los cuidados, desarrollados como habilidades por las mujeres, responden no a una característica biológica de los cuerpos, sino a la división sexual del trabajo patriarcal que ha existido históricamente, hay un cuestionamiento fundamental que está ausente en la ética maternal: “¿Hasta qué punto es deseable que las mujeres se identifiquen activamente con los valores del ‘cuidado’ o con su estructura de carácter?” (Lovibond, 1995: 17). Esto la lleva a su principal razón de descontento con respecto a dicha propuesta: su falta de razonamiento crítico contra el hecho de que todas las mujeres tengan que tolerar la identidad de “mujer” o “madre” tal como se constituye en la sociedad de la cual emergen sus reflexiones.

Una ruptura con la identidad de mujeres es la que producen las lesbianas, más aún, aquellas que ejercen la maternidad. La representación de las lesbianas como sujetos no reproductivos se encuentra enraizada socialmente y se fundamenta en la idea de que no son sujetas apropiadas para maternar (Schwarz, 2008). Por este motivo, “ser lesbiana y madre rompe con la normativa de la ética maternal y produce una disociación entre sexo y procreación” (Schwarz, 2008: 195). En este sentido, hay trabajos que, además de visibilizar la experiencia de la maternidad en colectivos de la disidencia sexual (Schwarz, 2016), exploran otras posturas que desestabilizan la ética maternal, al visibilizar las experiencias de mujeres que se arrepienten de la maternidad, que deciden abortar (Pérez-de la Merced, 2016) o que muestran la experiencia de maternar en sus más variados aspectos, incluidas sus contradicciones (Rich, 1986).

Otra crítica feminista a la ética maternal y de los cuidados tiene que ver con entender que estas propuestas no cuestionan el rol especializado de cuidado en la esfera privada y no apuntan a demandar un compromiso de la esfera pública hacia esta actividad. Con esta estructura intacta, dice Lovibond (1995: 22), “no hay necesidad de que los grupos conservadores tengan miedo de la sugerencia académica de que los varones también pueden ejercer la actividad maternal”. La exaltación y el reconocimiento de la ética del cuidado maternal y la apuesta a que los varones aprendan y desarrollen estas mismas habilidades para el cuidado, o que se compartan sus cargas en el ámbito privado, no constituyen una arena de disputa en tanto no estén incluidos en la agenda del Estado. La apuesta radical consiste en desestabilizar los arreglos sociales que presuponen que el trabajo de cuidar no estará combinado con un compromiso completo de la esfera pública, principalmente por parte del Estado, en la organización social de los cuidados (Pautassi, 2016). De otra forma, dentro de la familia, la existencia de ese rol de dadora de cuidados prepara la escena para una ruptura crónica de la justicia distributiva, es decir, la justicia en la distribución de los beneficios y cargas de la vida social (Lovibond, 1995: 21).

Dos autoras estadounidenses, Henderson y Allen, casi una década después de la publicación de In a Different Voice, escribieron un artículo en el cual proponen un marco teórico interpretativo para reflexionar en torno a los cuidados y a la ética del cuidado. La propuesta era analizar las limitaciones y las posibilidades que habilitan los cuidados. Por un lado, decían, los cuidados condicionan las posibilidades de decidir sobre el uso del tiempo libre, y esto termina reproduciendo condiciones de desigualdad y explotación hacia las mujeres (Henderson y Allen, 1991). Por otro lado, estas autoras rescataban lo que ellas consideraban como posibilidades emanadas de la ética del cuidado. Estas posibilidades tienen que ver con las relaciones de apoyo y amistad que las mujeres construyen con otras mujeres, relaciones que la poeta lesbiana feminista Adrienne Rich nombró bajo la categoría de continuum lesbiano (1999). Las relaciones de amistad a lo largo de la vida “proveen un complemento, así como también una alternativa a las restricciones que establece el matrimonio y otros lazos familiares” (Henderson y Allen, 1991: 12).

Sobre las relaciones de apoyo y cuidado entre mujeres, Mari Luz Esteban, quien realizó una etnografía sobre el amor, identificó que las feministas que participaron de la investigación tendían a estar incluidas en redes o agrupaciones estables de personas:

[…] De tamaño variable (desde un grupo pequeño hasta decenas de personas), caracterizadas por el hacer conjunto y el compartir elementos muy distintos: protección mutua, apoyo económico, material, psicológico y moral, actividades de mantenimiento de la vida cotidiana, cuidados relativos a la salud o la crianza, o actividades de entretenimiento, sociales y políticas […] agregados de personas basados en la reciprocidad y la solidaridad que funcionan de modo permanente, si bien suelen intensificar sus vínculos en momentos concretos, como puede ser la aparición de una enfermedad, cambios en la situación laboral o personal o el nacimiento de una criatura (Esteban, 2017: 10).

Las redes feministas compuestas por mujeres de diferentes edades, formas de convivencia y experiencias sexuales y reproductivas desafían los límites de la familia nuclear heterosexual como espacio principal donde se establecen y se estudian las relaciones de cuidados (Esteban, 2017). A su vez, en este tipo de redes se comparten dimensiones de la vida que superan los significados atribuidos a la categoría de cuidados, mayormente asociada con la atención de la dependencia. En este sentido, la autora propone el uso simultáneo de la categoría de apoyo mutuo, que incluiría un universo de prácticas compartidas que incluyen desde la cooperación económica hasta tiempo libre y actividad política.

Las reflexiones de Mari Luz Esteban sobre las relaciones de apoyo mutuo y de cuidados entre feministas tienen resonancia con algunas experiencias y sentidos que se comparten en las colectivas feministas que acompañan a mujeres que deciden abortar. Esto nos da pie para introducir el siguiente apartado, en el cual nos centraremos en historizar y contextualizar las prácticas de acompañamiento feminista y las relaciones de cuidados que allí se construyen.

Los acompañamientos en clave histórica

Los acompañamientos entre mujeres y sujetxs subalternizadxs para atravesar procesos de salud y enfermedad, embarazos, abortos y otros asuntos ligados a la sexualidad, a los eventos reproductivos y a las crianzas tienen profundidad histórica. Bárbara Ehrenreich y Deirdre English dan cuenta de esto en su libro Brujas, parteras y enfermeras: una historia de sanadoras. Aquí, las autoras rescatan los conocimientos que las mujeres de pueblos medievales tenían sobre herbolaria, mujeres que también eran doctoras, cirujanas y parteras. Recibían su paga por parte de los gobiernos urbanos o se mantenían a expensas de la compensación que recibían de sus pacientes (Ehrenreich, English, 1998; Federici, 2010). Sin embargo, sus saberes se transformaron en una amenaza para el proyecto masculino capitalista y su necesidad de producción y reproducción de la fuerza de trabajo, dado que quienes decidían cuándo gestar y cómo parir eran las propias mujeres. En este sentido, coinciden los años de la Peste Negra, y la gran declinación demográfica que esta epidemia causó en Europa, con el inicio de la caza de brujas (Watts, 2000). Según Silvia Federici (2010), la caza de brujas, junto con la división sexual del trabajo y la mecanización del cuerpo proletario, fueron las condiciones estructurales fundantes para el desarrollo capitalista.

Las mujeres sanadoras fueron sistemáticamente perseguidas y sus conocimientos fueron progresivamente apropiados por médicos varones con el apoyo de la Iglesia católica y otros sectores dominantes (Ehrenreich y English, 1998). En la base de la construcción de los saberes biomédicos se encuentra el despojo de otrxs sanadorxs, principalmente de las mujeres. No obstante, aun en contextos de persecución de mujeres y otrxs sanadorxs, a lo largo de la historia y en diversas geografías encontramos experiencias que, con mayor o menor grado de institucionalidad, disputaron los valores occidentales y patriarcales que iba adquiriendo la práctica médica y sostuvieron prácticas de cuidados relativamente autónomas (Davis Floyd, 2004). En el marco de estas disputas se encuentran los acompañamientos de mujeres que deciden abortar en la actualidad (Salud Feminista, 2019).

En Argentina, miles de mujeres, amigas, hermanas, cuñadas, feministas y no feministas, lesbianas y trans, organizadas en colectivas o no, acompañan a otras mujeres en su decisión de interrumpir un embarazo. En un contexto histórico y político de criminalización de la práctica, uno de los objetivos centrales de los acompañamientos es evitar que mueran mujeres por abortos inseguros o que sufran complicaciones. No obstante, los acompañamientos no son solo una práctica que subsana las falencias y violencias del mercado y del Estado, sino que se inscriben y se nutren en la historia de brujas, mujeres, doulas y otrxs portadorxs de saberes que nos han permitido, a través de los tiempos, sobrevivir, tomar decisiones sobre nuestros propios cuerpos y atravesar procesos vitales como embarazos, partos y puerperios en comunidad, al romper el cerco de muerte, individualismo y aislamiento que impone el capitalismo en alianza con el patriarcado.

El contexto político y social de los acompañamientos y del aborto en Mendoza y Argentina

Hasta enero de 2021, cuando entra en vigor la ley 27610, que regula el acceso a la interrupción voluntaria del embarazo y a la atención postaborto en Argentina, solo se habilitaba la interrupción legal del embarazo según el artículo 86 del Código Penal en tres causales: riesgo para la salud, riesgo de vida para mujeres o personas gestantes y violación. Bajo estas causales, el ejercicio de derechos estaba restringido por la judicialización innecesaria, por la violencia institucional de lxs agentes de la salud y por la objeción de conciencia[3].

Según estimaciones no oficiales, en nuestro país estas prácticas institucionales han arrojado a más de 500.000 mujeres al año a abortar en la clandestinidad (Pantelides y Mario, 2009). Esto implica no poder acceder (o acceder con dificultad) a la información y a los recursos necesarios para realizar un aborto seguro. Por este motivo, durante los últimos 30 años las complicaciones derivadas de abortos practicados en condiciones inseguras han sido la primera causa de mortalidad de mujeres gestantes y han representado un tercio del total de esas muertes[4]. La clandestinidad no está dada solo por la violencia institucional, sino también por la sanción moral hacia quienes deciden interrumpir un embarazo y resistirse al mandato de la maternidad obligatoria. Esto produce sentimientos de culpa que generan aislamiento y dificultades para pedir ayuda y acceder a información, acompañamiento y a una práctica segura (Mizrahi, 2011).

Los contextos políticos y sociales donde se aborta y se acompaña son diferentes en los distintos puntos del país. Si bien la práctica estaba penalizada en todo el territorio, algunas provincias ponían mayores obstáculos a los ya existentes para abortar de forma segura. En Mendoza, desde 2012 una ley provincial sancionada en 2009 restringe el acceso al misoprostol al ámbito hospitalario[5]. La prohibición para la venta de misoprostol obstaculiza el acceso al método que recomienda la Organización Mundial de la Salud (OMS) para abortar de forma segura, tanto por la restricción en su distribución como por los costos que genera el mercado clandestino. Estas especificidades territoriales hacen que los acompañamientos sean singulares en cada espacio, con problemáticas y estrategias propias para lidiar con la clandestinidad.

A partir de 2018, la recién conformada Red de Profesionales de la Salud por el Derecho a Decidir en Mendoza[6], en apoyo a la demanda histórica del movimiento de mujeres y disidencias en la provincia, reclamó la adhesión del gobierno de Mendoza al Protocolo de Atención a Personas con Derecho a la Interrupción Legal del Embarazo (ILE), confeccionado por primera vez en el año 2007 y rechazado por la Legislatura provincial en noviembre de 2012. El gobierno respondió con la elaboración de una guía técnica que, si bien no se institucionalizó sistemática y homogéneamente en todos los efectores de salud, constituyó una instancia para abrir el debate sobre el aborto en el interior del sistema sanitario y poder acceder, con menos obstáculos, al recurso del misoprostol. La presentación de la guía se hizo en el marco de capacitaciones para el personal de salud, donde se advirtió sobre sus obligaciones en cuanto a garantizar abortos seguros en las tres causales previamente mencionadas. En este contexto, comenzó un lento y trabajoso proceso de articulación entre los acompañamientos feministas de la colectiva y las prácticas de lxs trabajadorxs de la salud, con la intención de poder garantizar un acceso al misoprostol y al aborto que no estuviese desligado de las dimensiones político-afectivas de los acompañamientos que vienen construyendo los feminismos en Argentina.

A continuación, a partir del diálogo con compañeras de militancia, intentaré dar cuenta de los recorridos, las prácticas y los valores que dan forma a la ética del cuidado en los acompañamientos feministas de la colectiva.

Acerca del proceso de conformación de la colectiva y de las tareas cotidianas de organización de los acompañamientos

La organización toma forma en el año 2011[7], cuando algunas colectivas emprenden la tarea de articularse en una red nacional, Socorristas en Red (SenR), que define como estrategia política acompañar y dar información sobre el uso seguro de misoprostol (Maffeo et al., 2015). En 2018 la colectiva se desprendió de SenR por diferencias políticas, y esto marcó la necesidad de articular con otras organizaciones e instituciones, como la Red de Profesionales de la Salud por el Derecho a Decidir, teniendo en cuenta el difícil contexto antes descripto.

La colectiva realiza alrededor de quince acompañamientos semanales grupales, en los cuales dos consejeras se reúnen con tres mujeres por encuentro. En los acompañamientos se comparte información sobre el uso seguro de misoprostol, se delinean estrategias para realizar abortos acompañados por familiares, parejas o amigxs, se habla sobre las medidas de cuidados ante posibles complicaciones y sobre las condiciones actuales de acceso a las pastillas. A su vez, cuando el encuentro lo permite, se conversa sobre el contexto político actual en relación con el aborto en Argentina, sobre la historia de militancia de la organización y la articulación con otras colectivas que en diversos territorios también acompañan.

Otro aspecto singular de los acompañamientos es que se realizan, en general, al aire libre y en espacios públicos. En plazas y otros lugares verdes, donde podemos sentarnos en ronda, a la misma altura, se construye un espacio protegido para que, a lo largo de los encuentros, se vaya gestando un reconocimiento mutuo y para que cada quien vaya articulando en sus propios términos aquello que quiere o necesita compartir de la experiencia que la/x trajo al encuentro.

En cuanto a las integrantes de la colectiva, la mayoría tiene empleos remunerados, aunque algunos también precarios; algunas, además, estudian, y otras se encargan del trabajo de cuidados de sus hijxs. Las compañeras con las que conversamos manifiestan dificultades cotidianas para garantizar las consejerías y conciliarlas con el trabajo fuera de sus casas, con el trabajo de cuidados y el estudio. A pesar de las dificultades, este espacio de militancia feminista es un espacio elegido.

Desde que existe la Red de Profesionales, en los encuentros también se brinda información para que las mujeres puedan contactar con esta organización: números telefónicos de contacto y orientación sobre efectores y agentes de salud amigables. En ocasiones, la tarea de acompañar se realiza de manera conjunta con la Red, se reparten tareas y se trabaja de manera articulada para garantizar la práctica.

En el siguiente apartado, la idea es compartir algunas de las reflexiones que la colectiva viene amasando en su historia de militancia sobre el tipo de prácticas y relaciones de cuidados que se construyen en los encuentros y que, desde su perspectiva, son la base de un acompañamiento feminista.

Los acompañamientos como arena de disputa sobre los sentidos del cuidado

A menudo, tanto desde la academia como desde los movimientos sociales y feministas, el trabajo de cuidados aparece solo en su dimensión económica y como un mandato opresivo sobre lxs sujetos feminizados. Por las condiciones en las que se cuida en un sistema capitalista, racista y heteropatriarcal, quedan solapadas dimensiones y condiciones de los cuidados que lo convierten en una práctica creativa, transformadora (Held, 2005) y de resistencia, como en el caso de sexualidades no heteronormativas o de mujeres racializadas que, en sus experiencias de maternidad o de cuidado de otrxs, deben desarrollar estrategias que les permitan abrirse paso por instituciones normativas como la escuela o las instituciones de salud y, a la vez, resistir a sus mecanismos de dominación (Yañez, 2016; Rich, 2019).

Sobre esto nos dice Martina (26):

Hay pensadoras feministas que han problematizado la división sexual del trabajo, apuntando a la visibilización y el reclamo de que las tareas de cuidado caen en manos de las mujeres. Esto se refiere a que las personas menos autónomas de nuestra sociedad (niñxs, ancianxs) dependen de las mujeres. Yo creo que las socorristas nos salimos de ese esquema vertical de cuidado de lxs más pequeños y más grandes, arrebatamos ese significante y pugnamos su significado. Miramos hacia el costado, no hacia arriba o hacia abajo. Y decidimos crear esa atmósfera de cuidado mutuo entre nosotras, que tan ninguneado está (Martina).

En el relato de Martina aparece la dimensión de disputa de sentidos en el cuidado:

Yo, desde mi lugar, veo en el cuidado socorrista la lucha por imponer un significado no opresivo a la palabra “cuidado”. Hay una arena de combate por cargarla de significado y nosotras batallamos ese (Martina).

Una de las prácticas que pugna por construir sentidos menos opresivos sobre las relaciones de cuidados es mirar hacia el costado, un ensayo permanente para construir vínculos horizontales, con las personas que acompañamos y entre las acompañantes. Ahora bien, ¿qué forma concreta adquiere este mirar hacia el costado en los acompañamientos de la colectiva? Ariel (23) propone algunas estrategias:

En primer lugar, correrse del foco del protagonismo. En varios sentidos, pero en este caso, pensando y posicionando el lenguaje y los discursos desde la empatía con las mujeres. Respetando a fondo sus creencias, sus concepciones, sus valoraciones. No es prioridad manifestar, relucir o validar mi perspectiva, mi lugar. Yo estoy ahí para ella, no a pesar o a través de ella. Yo solo facilito información y ofrezco mi compañía. No soy yo quien está tomando una decisión sobre mi cuerpo y mi vida, es ella.

En los acompañamientos se crea un espacio material, en términos de tiempo y disposición subjetiva para la escucha, para que los sentidos, las necesidades y aquello que las personas ponen en valor sobre sus vidas protagonice los encuentros. A su vez, otra dimensión relevante para que se produzca el encuentro, y que fue rescatada en repetidas oportunidades, es la inclinación a dejarnos interpelar por las historias, las contradicciones, el sufrimiento y las certezas que traen las mujeres que deciden interrumpir un embarazo:

Es importante aclarar que una transita procesos, sensaciones, protagonismos en la propia vida y en el quehacer de los acompañamientos. Nos empapamos y atravesamos nuestra subjetividad, está bien y es necesario. Para esas instancias hay otras estrategias, con nuestras compañeras, con las cuales se dan otros cuidados. Son otros sentidos y otras esferas (Ariel).

En este punto aparece la idea de experimentar, en el cotidiano de los encuentros de cuidado, algo que sitúe a quienes cuidan en un lugar de interrogación. Quienes acompañan ven atravesadas sus subjetividades por las historias de las mujeres y esto interroga las certezas que se traen con los saberes aprendidos, sobre la vida y las necesidades de lxs otrxs. En los encuentros emerge un espacio de intersubjetividad emancipadora entre sujetxs que piensan y actúan colectivamente (Breilh, 2002).

Otra práctica central de cuidados que aparece en el marco de los acompañamientos feministas es el apoyo mutuo entre quienes acompañamos. Instancias de encuentro, de disfrute, reflexión y aprendizajes técnicos sobre el aborto con pastillas entre compañeras son centrales para sostener la práctica de acompañamientos. Aquí hay un gran aporte para pensar las lógicas aprendidas sobre el acto de cuidar, tanto por quienes trabajan en el ámbito de la salud como también en el interior de las unidades domésticas o entre pares (parejas, amigxs). Interrogar la incondicionalidad y los límites, pensar y construir los cuidados como una acción transformadora y creativa que se sostiene porque el trabajo es colectivo, porque existe la opción de procesar las experiencias y construir conocimientos en conjunto.

Contrapuntos y diálogos posibles entre los acompañamientos feministas y las prácticas institucionales de cuidados de agentes de salud

Diagnosticar, medicar, controlar, seguir, protocolizar, tratar, informar, definir, resucitar, curar, mantener con vida: salvo el verbo “cuidar”, todo esto aparece en el vocabulario cotidiano de agentes de salud bajo el modelo médico hegemónico[8]. Sí existe, sin embargo, la figura de “familiar al cuidado del enfermo”. Esto nos plantea algunos interrogantes: ¿qué significa cuidar? ¿Quiénes cuidan? ¿Cómo se aprende a cuidar? ¿Se puede enseñar en una materia de la facultad? ¿Se puede aprender en un hospital? No es nuestro interés dar respuestas inmediatas a estos interrogantes, sino utilizarlos como guía para darle continuidad a algunas reflexiones abiertas, complejas e inacabadas.

La formación biomédica se empeña en enseñar con minuciosidad y sistematicidad a desaprender los saberes adquiridos sobre cómo cuidar, saberes aprendidos del cuidado y del afecto que hemos recibido de otrxs humanos. Lxs agentes de salud en formación son instados a dejar estos aprendizajes de lado para asimilar conocimientos, técnicas y tecnologías de control sobre lxs otrxs bajo el fundamento de la ciencia. Esto ocurre principalmente en el caso de lxs médicxs. Es una pedagogía del alejamiento. De forma similar al extrañamiento del que hablan lxs antropólogxs como condición de objetividad, lxs médicxs simulan ser humanos desencarnadxs, que observan desde afuera los padecimientos ajenos.

En cuanto a los encuentros médicos en las instituciones de salud, la duración cada vez menor de la consulta acaba por reducir cada vez más la palabra de las personas y se consigna escasa información sobre la evolución y la trama en la que se produce el padecimiento (Valls-Llobet, 2011). La biomedicina[9], a través de la medicalización, se ha transformado en un dispositivo cuya función es silenciar de forma inmediata los síntomas. Junto con la medicalización, el interrogatorio biomédico implica una limitación a la hora de construir sentidos, generar explicaciones sobre los procesos de salud y enfermedad y comprender las formas en que lxs sujetxs eligen atravesarlos desde un punto de vista terapéutico. Andrea (40), integrante de la colectiva, pone en relieve desde su experiencia algunas de las limitaciones del modelo biomédico y establece contrapuntos con los acompañamientos feministas:

En los acompañamientos me ha pasado de sentir que le tengo que explicar todo eso a la mujer para yo sentir, también, que ella va a estar mejor cuidada por ella misma al saber lo que le puede pasar, qué hacer ante una situación eventual. Más allá de una estar ahí o no. Más allá de la tutela, digamos, de la presencia tutelar, el cuidado ese de tener herramientas de conocimiento para saber lo que te puede pasar.

Creo que más allá de toda la elite médica, en el área de salud está esto del apuro, la velocidad, la productividad. Entonces no se acompaña al paciente, se lo atiende y se lo asiste desde un lugar distinto al lugar desde donde acompañamos nosotras. Hay detalles que no se le explican, que en general pasa en toda la medicina, entre el apuro, cierta indiferencia y ciertas cosas que no se les da la información, y creo que una buena herramienta es la información brindada y la escucha brindada también para estar atentos a los detalles.

Sin embargo, las ciencias médicas son un campo en disputa. Existen corrientes como la salud colectiva[10], que surgió en los años setenta como parte del trabajo de profesionales de la salud que militaban y participaban en movimientos sociales y en partidos de izquierda en América Latina. Emerson Merhy, representante de este movimiento, cuenta su experiencia de construir colectivamente, en el cotidiano de los servicios de salud en Brasil, encuentros que ponen en cuestión las prácticas biomédicas hegemónicas e interrogan lo que lxs trabajadorxs de la salud ponen de sí en sus trabajos, para la acción con el otrx.

Merhy propone, para desarmar las prácticas autoritarias de cuidados que caracterizan a la biomedicina, cambiar el eje que ordena el trabajo cotidiano en salud. Salir de la manera en que lxs trabajadorxs de la salud se ubican en las consultas médicas, que es una manera muy fuerte, centrada en que son lxs médicxs quienes tienen el conocimiento sobre los cuerpos de las personas y sobre la forma correcta en la que hay que vivir. La propuesta contrahegemónica que plantea Merhy apunta a transformar la idea de sujeto/objeto que ordena los encuentros de salud en las instituciones. Pone en relieve la importancia de aprovechar las propias experiencias de padecimiento y de cuidados de lxs trabajadorxs y agrega: “Cuidar en libertad, la vida del otro entra, nuestra fuerza cambia, nosotros nos tornamos menos fuertes” (Instituto de Salud Colectiva | ISCo-UNLa, 2021).

Lxs agentes de salud tienen dos núcleos que determinan sus prácticas. En primer lugar, un núcleo dirigido y ordenado por la formación profesional, es decir, por los saberes, tecnologías y prácticas específicas de cada disciplina (el núcleo del médico, el núcleo del psicólogo, etc.). En segundo lugar, un núcleo no profesional de manejo en el encuentro entre personas, un núcleo cuidador. El núcleo cuidador son todas las intervenciones que lxs agentes de salud podemos hacer para acompañar procesos de salud y enfermedad, pero que no son del dominio de una profesión específica (Instituto de Salud Colectiva | ISCo-UNLa, 2021).

Desde nuestra perspectiva, el núcleo no profesional puede ser expandido y potenciado por experiencias de militancia política, de trabajo social y de enfermedad o padecimiento de lxs propios trabajadores. En este punto, resulta esperanzador pensar en la posibilidad de transformar prácticas biomédicas paternalistas y biologicistas a partir de los potentes cruces que pueden darse entre la Red de Profesionales en Mendoza y organizaciones feministas que acompañan la decisión de abortar. Los espacios de militancia feminista tienen mucho que aportar a las reflexiones sobre los cuidados y los tratos, en todos los campos del conocimiento, fundamentalmente, en el campo biomédico. En palabras de Boaventura de Sousa Santos:

El primer desafío es enfrentar este desperdicio de experiencias sociales, esta riqueza inagotable de experiencias sociales que es el mundo: tenemos unas teorías que nos dicen que no hay alternativa, cuando en realidad hay muchas alternativas. La gente sigue luchando por cosas nuevas, y ellos sí piensan que hay alternativas nuevas (2006: 8).

Los aportes de las experiencias de acompañamientos feministas resaltan la necesidad de dejarse empapar y atravesar la propia subjetividad como un ejercicio para experimentar el cuidado como un espacio de libertad y que respete la autonomía (relacional) de lxs sujetxs.

Tal vez se trate de poner en interrogación los lugares o roles que ocupan tanto trabajadorxs como usuarixs, inventar una manera de conversación en la que el conocimiento circule para tomar decisiones sobre la salud, los cuerpos y los cuidados que sean más propias y cercanas a los proyectos vitales de las personas: crear un espacio que genere las condiciones para una escucha atenta y un intercambio fructífero.

Como vimos a partir de los relatos de las compañeras que realizan acompañamientos, la construcción colectiva no solo posibilita sostener el espacio de militancia, ya que se trabaja codo a codo, sino que habilita un espacio de aprendizaje y de interpelación constante a la lente propia con la que miramos el mundo y a través de la cual pretendemos que lxs demás lo vean. El trabajo en conjunto permite politizar experiencias cotidianas, organizar procesos formativos que se enriquecen con la participación, las perspectivas y los posicionamientos diversos (políticos, profesionales, de clase social) de quienes participan en el espacio de militancia.

No pretendemos equiparar los espacios de trabajo en las instituciones de salud con los encuentros de acompañamiento feministas: son espacios, recorridos y prácticas que, en ocasiones, son inconmensurables y heterogéneos y, por lo tanto, los diálogos no son sencillos. Sin embargo, entendemos que hay rendijas en el ámbito de la salud, con mayor autonomía y equipos de trabajo dispuestos, tal como sucedió con la conformación de la Red de Profesionales en 2018, que podrían ver enriquecidas sus experiencias de trabajo al establecer un diálogo o una escucha de las experiencias feministas.

Reflexiones finales

En las biografías de muchas mujeres, dada la negativa de los poderes del Estado para garantizar el derecho al aborto seguro y gratuito, los abortos aparecen como experiencias que son transitadas en soledad, con complicaciones e incluso con riesgo de muerte. En este marco de situación, los acompañamientos feministas hacen la diferencia porque facilitan el acceso a información sobre el uso seguro de pastillas y acompañan el proceso de abortar. Pero, además, habilitan un espacio para pensar y producir nuevos sentidos en la vida para sí y en la vida colectiva y para ampliar la experimentación existencial, tanto para quienes acompañan como para quienes son acompañadxs. Se pone en cuestión la maternidad como obligatoria, se interrogan los proyectos de vida, los sentidos previos y los prejuicios que se traen sobre el aborto a los encuentros, y se politizan experiencias personales de violencia de forma colectiva y cuidada.

Entendemos que en los acompañamientos feministas se construye y reconstruye continuamente una ética del cuidado singular, que circula por los bordes de las instituciones. Esta ética rebasa y disputa las significaciones sociales dadas a los cuidados y a las relaciones de cuidados, se apropia de los espacios públicos para generar encuentros y compartir conocimientos y responde con organización a las políticas de desresponsabilización del Estado que abandonan, que arrojan a la clandestinidad. La ética de cuidado de los acompañamientos de la colectiva se aleja de la pretensión de tutelaje, acompaña desde un lugar de respeto por la autonomía y desde un espacio de aprendizaje colectivo donde se comparten conocimientos, dudas, angustias y cargas de trabajo entre las compañeras de militancia.

Estos son algunos de los aspectos que visibilizamos de los acompañamientos feministas y que, desde nuestra perspectiva, configuran una ética del cuidado contrahegemónica a las lógicas y prácticas de la biomedicina. A su vez, pusimos en relieve experiencias fecundas en el ámbito de las instituciones de salud, como aquellas que emergieron en 2018 a partir de la conformación de la Red de Profesionales de la Salud por el Derecho a Decidir en Mendoza, o las que identificamos en articulación con el movimiento de salud colectiva en Brasil, experiencias que tienen como común denominador su apertura al aprendizaje, siempre en tensión, con los movimientos sociales.

Bibliografía citada

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  1. La identidad de mis compañeras se preservará utilizando nombres ficticios y no se mencionará el nombre de la colectiva.
  2. “Para el aparato conceptual del maternalismo la obligación primera y permanente es encontrarme con el otro como persona que-cuida y la clave para eso es aprehender la realidad del otro, sintiendo lo que siente de la forma más cercana posible” (Lovibond, 1995).
  3. La objeción de conciencia es la negativa a realizar actos o servicios invocando motivos éticos o religiosos.
  4. Comité contra la tortura. Quinto y Sexto informe periódico. Situación del aborto en Argentina.
  5. La ley 8116 limita el expendio, suministro y/o fraccionamiento de medicamentos asociados al misoprostol. La venta está prohibida en el mercado. Solo se permite la dispensación en las farmacias de hospitales o clínicas públicas y privadas.
  6. Si bien en Mendoza la Red se conforma en 2018, en algunas provincias de la Argentina ya se encontraba activa desde 2014, año en el que, a partir de un encuentro de efectores de la salud que se llevó a cabo en el marco de las acciones por el Día de la Lucha por la Despenalización y Legalización del Aborto en América Latina y el Caribe, se decide conformar una red de profesionales para impulsar los debates sobre el aborto y la necesidad de garantizar la práctica en las instituciones de salud. Para más información, visitar la página https://bit.ly/2T4tnql.
  7. El germen que dará lugar posteriormente a la colectiva está en algunas integrantes de la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal Seguro y Gratuito en Mendoza que, interpeladas por la “Línea Aborto: más información menos riesgos” y por el libro Todo lo que querés saber sobre cómo hacerse un aborto con pastillas. Lesbianas y feministas por la descriminalización del aborto (AA. VV., 2010), decidieron organizarse para empezar a acompañar.
  8. El concepto de modelo médico hegemónico (MMH) fue ideado por Eduardo Menéndez (2009) a principios de la década de 1970, con la idea de sistematizar las características de la biomedicina, que es la forma de pensamiento y atención médica dominante en la mayoría de las sociedades a nivel mundial.
  9. La biomedicina se caracteriza por una serie de rasgos técnicos, profesionales, ocupacionales, sociales e ideológicos que construyen distanciamiento, subordinación, exclusión o negación de otros saberes y formas de atención. Según Eduardo Menéndez (2009), el rasgo dominante de la biomedicina es el biologicismo, que es un modelo de pensamiento que no solo aporta el fundamento científico a la biomedicina, sino que, además, es el elemento que lo diferencia de otras formas de atención. El biologicismo en la medicina es una forma de pensamiento que estructura la mirada sobre los procesos de salud y enfermedad y se enfoca en las causas biológicas e individuales de estos, y que otorga un lugar subsidiario a los procesos culturales, económicos y políticos que dan forma a las experiencias de salud y enfermedad de las personas.
  10. La salud colectiva “envuelve determinadas prácticas que toman como objeto las necesidades sociales de salud, como instrumentos de trabajo, distintos saberes, disciplinas, tecnologías materiales y no materiales, y como actividades, intervenciones centradas en los grupos sociales y en el ambiente, independientemente del tipo de profesional y del modelo de institucionalización” (Almeida Filho y Silva Paim, 1999: 16).


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