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COVID-19: el autocuidado y las TIC como estrategias de salud pública del Estado argentino y la OMS

Andamiajes previos en un nuevo escenario

Patricia K. N. Schwarz

Introducción

El objetivo de este trabajo es analizar, desde un enfoque de género, las propuestas dirigidas a la población para evitar la propagación del coronavirus (COVID-19) por parte del Ministerio de Salud de la Nación y de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Hallamos que en ambos organismos la estrategia de abordaje de la pandemia se sostiene, entre otros aspectos, sobre la interpelación individual al autocuidado mediado por el uso de las tecnologías de información y comunicación (TIC).

A la combinación de TIC y biomedicina la llamamos eHealth, siguiendo la definición de Eysenbach (2001: 2)[1]:

Es un campo emergente en la intersección de la informática médica, la salud pública y las iniciativas privadas, en referencia a los servicios de salud y la información entregada o mejorada a través de Internet y las tecnologías relacionadas. En un sentido más amplio, el término caracteriza no solo un desarrollo tecnológico sino también un estado de la mente, una forma de pensar, una actitud, y un compromiso de pensamiento global en red, para mejorar la atención de salud a nivel local, regional y mundial utilizando tecnologías de información y comunicación.

Tal como refiere Eysenbach, se trata de una novedad en las estructuras cognitivas, una modificación integral del transitar la vida y habitar el cuerpo en su relación con el mundo. Al mismo tiempo, existe una confluencia entre las lógicas de funcionamiento de la biomedicina y de las TIC, pues ambas representan, entre otras cosas, una herramienta mediante la cual la sociedad capitalista vehiculiza estrategias biopolíticas de control social, a través del disciplinamiento de los cuerpos y las subjetividades.

La preocupación y el análisis acerca de la dimensión de género de la problemática estudiada atraviesan este trabajo, dado que en las sociedades patriarcales el mundo de los cuidados interpela normativamente a las mujeres. En Occidente, y en Argentina en particular, la división sexual del trabajo indica a las mujeres la disposición del cuidado hacia otras personas, incluso en ocasiones también a expensas de los cuidados hacia sí mismas (Daly y Lewis, 2019; Rodríguez Enríquez, 2013; Pautassi, 2007). Al mismo tiempo, son quienes buscan en mayor proporción información online sobre salud, justamente porque se ocupan de los cuidados de la salud, a pesar de que también conforman el grupo que menor cantidad de habilidades y conocimientos tiene sobre TIC, un fenómeno llamado “brecha digital de género” coherente con una división sexual del saber que establece el mundo de la técnica y la tecnología como ámbito de competencia masculina (Schwarz, 2018).

En este artículo analizamos el rol que cumple el autocuidado en tanto iniciativa geopolítica y estrategia de construcción de ciudadanía biológica, una cultura de consumo de la salud que deriva trabajos y costos del cuidado desde el Estado y/o empresas al individuo consumidor/usuario/productor. Es una práctica que se apoya en los dispositivos de eHealth para desarrollarse y al mismo tiempo, mientras crece y se instala en las acciones cotidianas, refuerza el sustrato simbólico del capitalismo liberal occidental y los valores de la modernidad tardía: la experiencia y responsabilidad individual del propio cuerpo y su salud.

En cuanto a lo metodológico, los datos construidos y analizados son producto de una etnografía virtual realizada en 2018, 2019 y 2020 en la página web de la OMS y del Ministerio de Salud argentino.

En lo que sigue damos cuenta de recursos conceptuales para comprender el autocuidado en salud; en los siguientes apartados analizamos lo hallado en las iniciativas del Ministerio de Salud de la Nación y en las de la OMS respecto de las propuestas dirigidas a la población para evitar la propagación del COVID-19. Finalizamos el artículo con algunas reflexiones e interrogantes.

Autocuidados de la salud

Comprendemos al autocuidado de la salud como una expresión dentro del campo general de los cuidados, al cual definimos, siguiendo a Gherardi, Pautassi y Zibecci (2013), como actividades que sustentan a las personas en términos físicos y simbólicos para vivir en sociedad. A esta definición sumamos la de Joan Tronto, que entiende los cuidados como

Actividades que incluyen todo aquello que se hace para mantener, continuar y reparar nuestro mundo, de tal forma que podamos vivir en él de la mejor manera posible […] todo lo cual se busca entretejer en una red compleja que dé sustento a la vida (1993: 103).

Así, consideramos los cuidados en tanto valor y prácticas sociales, relacionales y por ende simbólicas y subjetivas. Es decir, formas sociales y colectivas que son soporte y sentido del autocuidado (Domínguez Mon, 2015; Femenías y Soza Rossi, 2018). Femenías y Soza Rossi (2018: 5) afirman: “Los cuidados siguen un proceso que podríamos denominar dialéctico: se producen y se reciben; se transforman y reinterpretan conjuntamente en el mismo momento de su producción”.

En el campo de la salud, los preceptos hegemónicos en torno a los cuidados están vinculados al paradigma patriarcal sobre el que se desarrolla la biomedicina (Davis-Floyd, 2004) y, en la misma clave, al objetivo de los Estados de preservar e incrementar el biovalor de las personas, es decir, el valor político y económico de la vida de las/os ciudadanas/os (Rose, 2012). Estos preceptos resultan en un disciplinamiento normativo de los cuerpos, pero también, por medio de ellos, de las subjetividades y las emociones (Foucault, 1966/2003, Rose, 2012). En la cultura occidental liberal y la biomedicina de la modernidad tardía, esta construcción subjetiva resulta en una ética somática –en términos de Nikolas Rose (2012)– de responsabilidad individual sobre las condiciones de salud del propio cuerpo. De este modo, la biomedicina sostiene la ampliación de la demanda en su mercado de consumo específico apoyada en el sujeto hegemónico occidental: el individuo. La búsqueda de bienestar y salud física abrevan en el mismo designio que el espíritu de esta era: la supremacía del valor de la satisfacción individual (Harvey, 1990; Beck, 2008).

La acción individual del propio cuidado responde a esta interpelación normativa. Sin embargo, entendemos que el autocuidado solo es posible en contexto. De acuerdo a la conceptualización de Franco Muñoz (2009), refiere a las actitudes diarias, íntimas y personales que responden al objetivo de mantener el funcionamiento de la persona de manera independiente. Para que esto sea posible, se requiere la construcción conjunta y la incorporación de significados que orienten estas formas de estar/ser –el cuidado de sí–, que incluye las actitudes hacia uno mismo, los demás y el mundo que nos rodea.

Tal como afirma Foucault (2006), el conocimiento de sí mismo (mediante prácticas externas e internas sobre el propio cuerpo: ejercitación física y meditación, entre otras), permite la acción sobre sí en tanto estrategia biopolítica de control. En estos términos,

El cuidado de sí es una ética y una estética de la existencia, que implica a cada quien con la comunidad y consigo mismo […]. El sujeto que al cuidar de sí cuida también de los otros. A partir de esos conceptos, Foucault desarrolla lo que denomina la “tecnología de uno mismo” (Femenías y Soza Rossi, 2018: 86).

Tal como mencionamos antes, aun cuando los cuidados tienen soporte social, no están distribuidos equitativamente. En la matriz patriarcal, la división sexual del trabajo y la ética maternal interpelan a las mujeres en tanto cuidadoras “naturales” de otras personas, constituyéndose en una de las causas estructurales de las desigualdades de género (Knibiehler, 2001; Schwarz, 2016). Se trata de la apropiación del trabajo de cuidado de las mujeres, denunciado desde hace décadas por diversas corrientes feministas –iniciando por las materialistas– (Guillaumin, 2005; Federici, 2010). Esto se traduce en cifras concretas: en el mundo, las mujeres realizan más de tres cuartas partes del trabajo de cuidados no remunerado, y constituyen dos terceras partes de la mano de obra que se ocupa del trabajo de cuidados remunerado. Según los datos actuales, en ningún país del mundo los varones se encargan de un volumen de trabajo de cuidados superior al de las mujeres (Coffey et al., 2020). Según la Organización Internacional del Trabajo (OIT, 2018), las mujeres tienen a su cargo el 76,2% de todas las horas del trabajo de cuidado no remunerado (más del triple que los varones). En América Latina, son las mujeres las que cuidan sin remuneración en mayor proporción. Es una práctica que no está valorada ni social ni económicamente. En Argentina, si se suman tanto las jornadas pagas como las no pagas, es posible afirmar que las mujeres trabajan siete horas más por semana que los varones (Mesa Interministerial de Políticas de Cuidado, 2020). Esta distribución inequitativa de las tareas de cuidado produce como consecuencia asimetrías en el uso del tiempo entre mujeres y varones, en detrimento del tiempo que las mujeres destinan a su propio cuidado[2]. El sector formal de servicios de cuidado remunerados también está sobrerrepresentado por mujeres, en general en condiciones laborales precarias, con salarios bajos y frecuentes situaciones de violencia y/o acoso (Pautassi, 2007; Daly y Lewis, 2019). En el contexto actual de pandemia, la sobrecarga de las mujeres respecto de las tareas de cuidado se ha exacerbado e invisibilizado (CEPAL, 2020; D’Alessandro et al., 2020; Basile, 2020; Carmody y Guerriera, 2020; Batthyány, 2020). Entre otros factores, el crecimiento de la demanda es consecuencia de la mayor necesidad de cuidados por condiciones de salud, así como también por la reducción/eliminación de arreglos formales (instituciones educativas y de cuidado, trabajo doméstico remunerado, etc.) e informales (apoyo de familiares, vecinas/os, etc.) de cuidado en contextos de aislamiento (Bango, 2020; Grupo de Trabajo Cuidados y Género, 2020). A esto se suma la intersección con otras condiciones de vulnerabilidad que limitan los recursos posibles para afrontar esta coyuntura; tal es el caso de mujeres del colectivo LGTTBIQ+, rurales, migrantes, de pueblos originarios, trabajadoras sexuales, privadas de la libertad, con escasos recursos económicos y jefas de hogar, entre otras (OEA y CIM, 2020; Mesa Interministerial de Políticas de Cuidado, 2020).

Instituciones como la Organización de las Naciones Unidas (ONU), la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) dependiente de aquella, la Organización de Estados Americanos (OEA) y la Comisión Interamericana de Mujeres (CIM) proponen implementar medidas institucionales con enfoque sistémico e integral con participación de mujeres en la toma de decisiones, para reconocer, redistribuir y reducir el trabajo de cuidados no remunerados de las mujeres. El reconocimiento al cuidado/no cuidado en tanto derecho es parte de las medidas propuestas. También proponen que los Estados realicen campañas de difusión para visibilizar esta problemática y promover la corresponsabilidad. Entre otros compromisos asumidos por el Estado argentino se incluye lo contenido en la XIV Conferencia Regional sobre la Mujer de América Latina y el Caribe (celebrada en Santiago de Chile en 2020), en la que se ratificó la Estrategia de Montevideo, que insta a los Estados a impulsar políticas de cuidado y promoción de corresponsabilidad entre mujeres y varones (Bango, 2020; Mesa Interministerial de Políticas de Cuidado, 2020).

Seguimos a Joan Tronto (2004), en concordancia con otras propuestas feministas, cuando alude a la corresponsabilidad como solución micro, en las relaciones interpersonales de la vida cotidiana, y a la socialización de los cuidados, como solución macro, en el ámbito político.

En el proceso reciente de transformación de los Estados de bienestar y el avance de los Estados neoliberales, con la característica común de reducción del gasto público, se ha producido un progresivo traslado de responsabilidades sobre la salud: responsabilidades dirigidas ahora al sujeto individual –imperativo del autocuidado–, a diferentes ámbitos institucionales estatales y hacia el sector empresarial y de la sociedad civil, proceso cristalizado en una redefinición de las políticas públicas relacionadas con los cuidados. El autocuidado se vuelve una salida posible a la progresiva crisis del sistema de cuidados en el que la demanda es mayor que la oferta. En los contextos recientes, esto es consecuencia principalmente de la reducción de gastos en salud de los Estados, de la participación progresiva de las mujeres –cuidadoras en mayor proporción que otros sujetos sociales– en el mercado laboral (con menos tiempo para cuidar a otras/os), del envejecimiento de la población (Daly y Lewis, 2019) y del crecimiento de la incidencia de enfermedades crónicas. En el contexto actual de pandemia, esta configuración se agudiza, pues se agrega el cuidado de menores, discapacitadas/os, adultas/os mayores (que no pueden asistir a instituciones educativas ni de cuidado) y de personas afectadas por COVID-19, entre otros factores asociados a la mayor vulnerabilidad de la población (crecimiento de la pobreza, etc.).

Para poder comprender la forma intersectorial en que las sociedades actuales abordan las problemáticas vinculadas a los cuidados de la salud, nos valemos de la definición de Corina Rodríguez Enríquez (2013: 139) acerca de la organización social del cuidado, entendiéndola como la “distribución de responsabilidades y actividades de cuidado (y de los tiempos dedicados a ellos), entre los hogares, el Estado y los mercados, para dar cuenta de la atención (satisfactoria o con déficit) de la demanda de cuidados”. Complementariamente, el concepto de social care de Daly y Lewis (2019) alude a tres dimensiones de los cuidados: el cuidado como trabajo (actividad y tipo de trabajo), el marco normativo de los cuidados y la dimensión relativa a los costos financieros y emocionales en el sector público y privado.

Estas complejidades de los cuidados quedan invisibilizadas en la exhortación de la política pública a la acción individual para responder a la pandemia. Como vemos a partir de lo anteriormente expuesto, esta apuesta a la individualización de los cuidados da continuidad a lógicas neoliberales, occidentales y patriarcales que se han sostenido sobre una ficción de individuo autónomo y meramente racional. Estos constructos históricos plasmados en una perspectiva individualista de la salud se refuerzan con el advenimiento de la eHealth, pues la unidad ontológica e interpretativa de las TIC es el individuo, el yo (Turkle, 1995).

Autocuidados e eHealth en las iniciativas del Ministerio de Salud

El 20 de marzo del 2020, el Poder Ejecutivo nacional estipula a través de un Decreto de Necesidad y Urgencia el Aislamiento Social, Preventivo y Obligatorio (ASPO) para detener el avance del nuevo COVID-19, nueve días después de que la OMS declarara el estado de pandemia. Por el mismo motivo, el 12 de marzo, también por medio de un decreto, se extendió la emergencia sanitaria vigente por el plazo de un año.

El contexto del ASPO hizo necesario avanzar en los proyectos de digitalización de la atención de salud. En Argentina, el desarrollo de un proceso de incipiente digitalización en el campo de la salud pública se inicia a comienzos de la década de 2010, fruto del trabajo conjunto de universidades nacionales, organismos nacionales de ciencia, técnica y tecnología, de salud y del sector privado. En enero de 2019 se sanciona el Plan Nacional de Telesalud, dependiente del Ministerio de Salud y Desarrollo Social de la Nación. Ese mismo año se publica en el Boletín Oficial la disposición que establece las recomendaciones para el uso de la telemedicina, bajo el nombre de “Encuentro entre el profesional de la salud y el paciente utilizando las tecnologías de la información y la comunicación en tiempo real”.

Desde comienzos del milenio se incorpora progresivamente la historia clínica electrónica en instituciones de salud, si bien es una práctica que aún no logra unificar criterios nacionales. Como consecuencia lógica de la fragmentación del sistema de salud argentino, existen diferencias significativas entre el sector público y privado, así como entre las diferentes regiones del país.

Finalmente, en contexto de pandemia, en julio de 2020 se sanciona la ley 27553 de recetas electrónicas o digitales, que establece la prescripción y dispensación de medicamentos de manera electrónica, y habilita la teleasistencia.

De manera complementaria a lo anterior, desde el Estado nacional se avanza en gestión de datos digitales, ecosistemas de integrabilidad digital y también se apoya el desarrollo de la telesalud en las provincias con capacitaciones, equipamiento y trabajo en red (integración de subsistemas).

Entre otras políticas públicas que acompañan las iniciativas del Ministerio de Salud respecto del autocuidado mediado con las TIC se encuentran las implementadas por el Estado nacional, iniciadas hace cerca de una década[3], destinadas a lograr mayor accesibilidad de la población a computadoras y conexión a Internet. Entre estas iniciativas se cuentan:

  • El “Plan Nacional de Telecomunicaciones: Argentina Conectada” dependiente del Ministerio de Planificación Federal, Inversión Pública y Servicios, en funciones desde 2010, tiene como ejes estratégicos la inclusión digital, la optimización del uso del espectro radioeléctrico, el desarrollo del servicio universal, la producción nacional y la generación de empleo en el sector de las telecomunicaciones, la capacitación y la investigación en tecnologías de las comunicaciones, la infraestructura y conectividad.
  • La Red Federal de Fibra Óptica (REFEFO), iniciada en 2010, orientada a la construcción de infraestructura, permite darle servicio a instituciones públicas y a prestadoras minoristas de servicios de TIC, para acortar las brechas digitales entre grandes centros urbanos y localidades más pequeñas del país. Opera en conjunción con la Empresa Argentina de Soluciones Satelitales SA (ARSAT), creada en 2006 para el diseño, la construcción, la operación y la explotación de satélites de telecomunicaciones en el país.
  • El programa Conectar Igualdad (perteneciente al Ministerio de Educación y Deportes de la Nación) se inicia en 2010 con el fin de entregar netbooks a estudiantes y docentes de escuelas públicas primarias y secundarias e institutos de formación docente.
  • Estas políticas se complementan con la progresiva cobertura de servicios de wifi gratuito en espacios públicos, incluyendo plazas.
  • El Ente Nacional de Comunicaciones (ENACOM), a través de su Programa Nacional de Acceso a Tecnologías de la Información y las Comunicaciones, distribuyó tablets a la población vulnerable, en particular, a mayores de 60 años y mujeres que viven en zonas rurales.
  • Complementariamente a estas medidas, el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INDEC) y la Secretaría de Innovación Pública construyen datos a partir de relevamientos en torno al acceso y uso de TIC en todo el país, necesarios para el diseño de la política pública.

En relación con los cuidados en contexto de pandemia, existen algunas ambivalencias en las políticas de Estado. Por un lado, desde la Mesa Interministerial de Políticas de Cuidado (2020)[4] se propone la centralidad de los cuidados, noción en la que se incluye al autocuidado como dimensión del bienestar social, y el diseño de estrategias integrales para reducir, redistribuir, reconocer y remunerar las tareas de cuidado, como una necesidad, como un trabajo y como un derecho, para lograr una organización social de este que sea más justa y equitativa. Esta perspectiva propone abordar los cuidados y autocuidados en términos colectivos. Se suma el otorgamiento de licencias con goce de sueldo para trabajadores/as de la administración nacional que tengan a cargo menores de edad, sean mayores de 60 años, estén embarazadas o se encuentren dentro de las poblaciones de riesgo en el contexto del ASPO. Otra medida en ese sentido es el Ingreso Familiar de Emergencia (IFE)[5]. También se lanzó la campaña #CuarentenaconDerechos promoviendo la distribución de las tareas del hogar y el cuidado de menores de manera equitativa. Se establecieron excepciones a la restricción de circulación a personas que deben asistir a otras, y a personas afectadas a la atención de comedores y merenderos.

Por otro lado, las exigencias de autocuidado al/a la ciudadano/a biológico/a, desde el sector público de salud, se presentan como un compendio de decisiones y prácticas racionales de análisis costo/beneficio propios del homo œconomicus capitalista, patriarcal, moderno y liberal (Rose, 2012). Estas improntas sostienen y refuerzan a la vez la hegemonía del sujeto individual, autónomo, consumidor y racional. La interpelación a la racionalidad puede observarse, según nuestro relevamiento, en la página web del Ministerio de Salud de la Nación. Se utilizan silogismos deductivos para aludir a consejos sobre autocuidado en relación con posibles consecuencias negativas si no se los practica, cuando existe prolífico material de investigación que da cuenta de que, por sí solas, la información y la racionalidad no son gravitantes en las prácticas preventivas de salud. Es necesario considerar integralmente las condiciones de vida de la población, sus contextos socioambientales y sus creencias, costumbres, saberes, tradiciones y emociones.

La página web del Ministerio, en la solapa referida al COVID-19[6], expone en primer lugar las medidas del ASPO y del Distanciamiento Social Preventivo y Obligatorio (DISPO), y explica de qué se tratan y por qué es necesario cumplirlos. La organización de la información es parecida a la de la OMS. Se presentan nueve solapas: cinco de ellas desarrollan dimensiones biomédicas y epidemiológicas (información epidemiológica, recomendaciones y refuerzos a equipos de salud y donación de plasma), una alude a los autocuidados de la población, otra a las acciones del Estado en relación con la pandemia, y finalmente se presentan vías de contacto y preguntas y respuestas frecuentes sobre el COVID-19.

Cuando se alude a los “cuidados principales”, se presentan los mismos que los indicados en la página web de la OMS: distancia social, uso de barbijo o tapabocas, lavado de manos y superficies, evitar tocarse la cara, toser/estornudar en el codo flexionado, ventilar ambientes y evitar espacios cerrados con muchas personas. Finalmente se exponen los síntomas característicos de la infección. Una solapa ofrece descargar una aplicación para autodiagnóstico.

A continuación se presentan ocho solapas que responden a la pregunta “¿Qué podemos hacer para cuidarnos?”: cuatro amplían las recomendaciones generales a la población, una conecta al Programa TeleCovid, una alude a vacunas (neumococo y gripe), una recomienda procedimientos para trabajos con atención al público y una alude a los cuidados de población mayor de 65 años, embarazadas y personas con patologías crónicas.

Entre las iniciativas de eHealth (llamada “telesalud” en los organismos del Estado argentino), para dar respuesta a la pandemia, se cuentan:

  • La aplicación CUIDAR, que orienta un autodiagnóstico para COVID-19, se conecta con el sistema de salud de la zona donde reside el/la usuario/a si es necesario, da recomendaciones de autocuidado y se vincula con diferentes certificados, entre ellos los de circulación en caso de ASPO.
  • El programa TeleCovid, que “tiene por objeto la atención a distancia de casos sospechosos o confirmados de COVID-19 y de personas que forman parte de grupos de riesgo que están en condiciones de cumplir su ASPO en domicilio” (MSAL, 2020). La atención a distancia refiere a que el equipo de salud asiste y monitorea la condición de las/os usuarias/os del sistema de salud por medio de las TIC.
  • La aplicación Sistema de Monitoreo de Recursos Críticos de Internación, que permite acceder a información centralizada y agrupada de todos los establecimientos de salud del país. Captura el estado de situación de cada institución y lo plasma en un tablero de visualización.
  • El Índice de Movilidad Ciudadana, que construye métricas para cuantificar la eficacia de las medidas de aislamiento y para establecer barreras sanitarias, parámetros de movilidad de la población y detección temprana de contagios y brotes epidemiológicos.

En la página web del Ministerio de Salud de la Nación es frecuente que la palabra cuidados sea utilizada para aludir a las prácticas de la ciudadanía, pero no así a las del Estado. En este último caso se utiliza la expresión atención en salud. Es posible que esta diferencia tenga relación con la historia de los campos semánticos a los que pertenecen ambas: la atención se corresponde con los orígenes de la salud pública y la noción del paciente pasivo, y el cuidado, a contextos recientes y la noción de usuaria/o activa/o.

En el caso concreto del COVID-19, se refiere a la protección de la salud pública[7]. El término protección también es frecuentemente utilizado en la página web de la OMS. Este término está vinculado al universo de sentido de los derechos, tanto por su uso coloquial como por su definición formal.

La alusión al autocuidado en las publicaciones online del Ministerio denota una centralización en el individuo en términos generalizados, sin especificaciones respecto de su contexto. Estos términos son utilizados apelando a la responsabilidad individual sobre el propio cuerpo y el de los/as demás: “Cuidarte es cuidarnos”, “Es responsabilidad de todos cumplir con lo establecido por el Ministerio de Salud”.

Las recomendaciones se hacen a una persona, que se supone alfabetizada digital. Se da por hecho que cuenta con los recursos tecnológicos y saberes necesarios para acceder al mundo digital. No se consideran las brechas digitales etarias, fruto de la dificultad de acceso a las TIC de personas de más de 60 años; tampoco se consideran las brechas digitales de género[8]. Tampoco se alude a los cuidados colectivos ni a la situación de quienes cuidan, las mujeres particularmente. Esto es contradictorio respecto de las iniciativas del Estado nacional en contexto de pandemia, que remiten al reconocimiento de las problemáticas asociadas a los cuidados a través de las políticas mencionadas anteriormente.

El autocuidado y la eHealth en las recomendaciones de la OMS

En 2005 la OMS, en el contexto de la Asamblea Mundial de la Salud de dicho organismo, ha definido el concepto de eHealth como

[El] uso económico y seguro de las TIC en apoyo de los diferentes campos de la salud, incluyendo servicios de atención en salud, vigilancia epidemiológica, información y literatura sobre salud, así como de educación para la salud, investigación y conocimiento sobre esta área también (2016: 22).

En la misma asamblea se resolvió tener como objetivo complementario promover la cobertura universal de salud para la población mundial. Esto último se apoya en las estrategias de eHealth para lograrlo.

La OMS (2019) hace explícito su abordaje del autocuidado en relación con las tecnologías y la eHealth a través de un gráfico circular cuyos anillos, de afuera hacia adentro, mencionan:

  • Responsabilidad (eje exterior que abarca a todos los demás), que incluye la responsabilidad de los siguientes actores: sector de salud, sector privado, individual, donantes, social y el Estado.
  • Ambiente apto (siguiente eje hacia el interior): seguridad de productos, soporte psicológico, soporte de leyes y políticas, acceso a la justicia, capacidad económica (de consumo), protección contra la violencia, coerción y discriminación, información, educación, financiamiento de la salud, regulación de la calidad de los productos e intervenciones y equipo de trabajo entrenado.
  • Lugares de acceso: dadores de cuidados, farmacias, servicios de salud, tecnologías y plataformas digitales, comunidad, medicina tradicional, prácticas socioculturales y hogar.
  • Principios fundamentales: derechos humanos, equidad de género, ética, trayectoria de vida y abordaje holístico.
  • Autocuidado para la salud y el bienestar.

De esta manera, la OMS está abordando el autocuidado de una manera integral y holística. Incluye aspectos relacionales, subjetivos, contextuales, estructurales y culturales. En una vinculación de dimensiones que va de lo macro a lo micro, muestra un interesante recorrido desde la heteronomía para poder llegar a garantizar la autonomía en los cuidados de salud. Los aspectos no aludidos en el gráfico refieren a las interacciones entre actores/sectores, producidas en condiciones de asimetrías de poder, y a las regulaciones internas entre actores/sectores del gráfico que deben activarse cuando algún otro actor/sector necesario para garantizar el autocuidado está inhabilitado o limitado en su accionar. Dada la preeminencia de la explotación de las mujeres en las tareas de cuidado no remunerado (evidenciada por la denuncia feminista desde hace varias décadas de modo global), y dada la recurrencia de la inaccesibilidad a diferentes dimensiones del cuidado en salud a partir de las desigualdades sociales y económicas, las relaciones de poder y las brechas sociales que reducen el acceso a las instancias institucionales presentes en el gráfico son aspectos fundamentales que deben ser visibilizados en el abordaje de los autocuidados en salud, sobre todo los que están vinculados con la eHealth, cuyo acceso implica superar la brecha tecnológica, además de la de salud.

Siguiendo lo propuesto en el gráfico analizado, la OMS define el autocuidado como

La capacidad de las personas, las familias y las comunidades para promover, mantener la salud, prevenir enfermedades y enfrentar enfermedades con o sin apoyo de un profesional de la salud. La promoción del autocuidado es un medio para capacitar a las personas, las familias y las comunidades para la toma de decisiones informadas sobre la salud. Tiene el potencial de mejorar la eficiencia de los sistemas de salud y contribuir a la equidad en salud (2019: 8).

En el manual sobre autocuidado citado aquí, la OMS alude también a que, independientemente de los factores que determinen la conducta o la eficacia del autocuidado, es la persona en términos individuales la que debe actuar para preservar o mejorar su salud.

En opinión de la OMS (2019), la autonomía necesaria para el autocuidado está siendo estimulada por las relaciones médica/o-paciente, que incluyen progresivamente el punto de vista del/la paciente, y también por la incorporación de los derechos humanos en el sector de salud. En sus textos es frecuente que la OMS (2019) explicite su interés en estimular el desarrollo de la eHealth como vía de fortalecimiento de las políticas de autocuidado. Sin embargo, una limitación al potencial del autocuidado a partir de iniciativas de eHealth es la brecha digital en poblaciones que no tienen acceso a tecnologías y/o a la alfabetización digital.

El 11 de marzo del 2020, la OMS declaró el estado de pandemia por el brote de COVID-19 descubierto a finales del año anterior, a partir de la presencia de este en 114 países, con más de 118.000 casos y más de 4000 fallecimientos[9].

En su página web, de manera coherente con sus concepciones de autocuidado, la solapa referida a las “Orientaciones para el público”[10], comienza con estas indicaciones:

Si la COVID-19 se propaga en su comunidad, manténgase seguro mediante la adopción de algunas sencillas medidas de precaución, por ejemplo, mantener el distanciamiento físico, llevar mascarilla, ventilar bien las habitaciones, evitar las aglomeraciones, lavarse las manos y, al toser, cubrirse la boca y la nariz con el codo flexionado o con un pañuelo. Consulte las recomendaciones locales del lugar en el que vive y trabaja. ¡Hágalo!

La sección tiene seis solapas: “Sanos en casa” (incluye cuatro solapas: “Actividad física”, “Salud mental”, “Tabaquismo”, “Alimentación”), “Consejos para la población acerca de rumores” (da cuenta de mitos sobre el virus), “Cuándo y cómo usar mascarilla”, “Escuelas y COVID-19”, “Atención en el domicilio para los cuidadores” y “Todas las preguntas y respuestas”.

Alude de manera utilitaria, desde una perspectiva de interés individual, a las relaciones sociales cuando recomienda acciones para conservar la salud: “El contacto social es importante. Si sus movimientos se encuentran restringidos, mantenga un contacto regular con las personas próximas por teléfono o Internet”[11].

Aconseja el uso de aplicaciones móviles (no especificadas) y de las TIC en general en varias instancias de las recomendaciones de autocuidado.

Las indicaciones están dirigidas a un sujeto individual, en ocasiones también alfabetizado digital, con acceso a recursos (una vivienda, agua segura, conexión a Internet y acceso a computadora o telefonía móvil, entre otros elementos).

En términos generales, alude al coronavirus de manera descontextualizada, salvo cuando se mencionan a los grupos considerados de riesgo. Incluso las estadísticas que se ofrecen también descontextualizan el fenómeno que quieren medir: en general están enfocadas en casos positivos y muertes.

En otras secciones de la página web institucional se encuentran informes sobre situaciones específicas de algunas poblaciones, pero en los mensajes al público general esta diversidad no está presente.

Homogeneidades y estandarizaciones en la geopolítica biomédica frente al COVID-19. Algunas reflexiones finales e interrogantes

La homogeneidad estandarizada y estandarizante entre los organismos aquí estudiados da cuenta de una sistemática descontextualización de las problemáticas sociales vinculadas al COVID-19. En sus recomendaciones a la población, ambos organismos aluden al virus en abstracto, aislado de las condiciones de contexto. Cuando refieren a que las enfermedades preexistentes pueden volverlo más riesgoso, no incluyen condiciones de vida como la pobreza y la desnutrición, por ejemplo. Exhortan a los individuos a realizar prácticas de autocuidado con recursos que son dados por hecho: acceso a agua segura para higienizarse, a elementos desinfectantes, a barbijo o a las posibilidades de confeccionarlo, a Internet y la alfabetización digital necesaria, entre otros.

Esta impronta discursiva para referirse y abordar la pandemia invisibiliza las inequidades y la precariedad del sistema público de salud, la dimensión colectiva de los cuidados, la sobrecarga de las mujeres en función de la división sexual del trabajo, la pobreza y sus consecuencias en la accesibilidad a las prácticas de autocuidado, entre otros aspectos. Esta unicidad del discurso biomédico tecnocrático, junto con la coacción de la policía sanitaria, la publicidad del miedo y los mercados médicos y farmacológicos, entre otros actores interesados en el control y explotación de la población, desalientan la participación ciudadana y fomentan una obediencia acrítica a las medidas de salud pública. Estos datos pueden resultar una clave para comprender los procesos geopolíticos que subyacen a esta coyuntura mundial, coyuntura que se complejizará con el advenimiento de un nuevo actor en 2021: la/s vacuna/s para prevenir el COVID-19, cuya aparición es necesario que genere debate en una sinergia de pluralidad de voces.

Es por todo lo anterior que tal vez sea más importante comenzar a hacernos algunas preguntas, antes que continuar el camino del decálogo acrítico de “certezas”: ¿cómo incorporamos la dimensión colectiva del cuidado en este contexto?, ¿cómo reconfiguramos la distribución sexogenérica de las tareas de cuidado?, ¿podremos aprovechar este contexto como oportunidad para cuestionar y redefinir las lógicas biomédicas?, ¿qué obstáculos existen, qué lógicas geopolíticas intervienen para evitar visibilizar la pobreza en su relación con este contexto?, ¿qué pasaría si integráramos, en nuestra interpretación y diseño de respuesta a la coyuntura sanitaria actual, condiciones de contexto social, económico y cultural con una participación ciudadana activa?, ¿qué intereses están jugando –y de qué actores– para que esto no suceda?, ¿qué queremos para la salud pública? y ¿cómo generamos instancias de participación colectiva para definirla?

Pensarnos en la salud y el bienestar de nuestro cuerpo colectivo y de su contexto puede colaborar para convertir a la pandemia y al COVID-19 en una oportunidad de transformaciones necesarias.

Bibliografía citada

Bango, Julio (2020). “Cuidados en América Latina y el Caribe en tiempos de COVID-19. Hacia sistemas integrales para fortalecer la respuesta y la recuperación”. En ONU Mujeres y CEPAL. Recuperado de https://bit.ly/3eV9TwH.

Baladrón, Mariela (2019). “El Plan Argentina Conectada: una política de Estado desde la infraestructura de comunicaciones”. Ciencia, Tecnología y Política, 2(2), 1-11.

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  1. Esta definición es una de las más citadas en los artículos académicos referidos al tema (Fernández Silano, 2013).
  2. La pobreza de tiempo tiene consecuencias perjudiciales y significativas en las oportunidades de participar en igualdad de condiciones en el trabajo remunerado, la formación, la participación en el ámbito político o los espacios de toma de decisión en todos los niveles, entre otras actividades individuales y sociales. Se genera un círculo vicioso: pobreza de tiempo, pobreza económica y viceversa (Coffey et al., 2020).
  3. Con interrupciones durante el gobierno del presidente Mauricio Macri, que desfinanció estos programas (Baladrón, 2019).
  4. Iniciativa de la Jefatura de Gabinete de la Presidencia y del Ministerio de Mujeres, Géneros y Diversidades (del cual depende la Dirección Nacional de Políticas de Cuidado). La Mesa está integrada por los organismos del Estado nacional que tienen incumbencia y competencias en el tema.
  5. Seguro social para trabajadoras/es informales o desocupadas/os afectadas/os por las medidas de aislamiento a causa de la pandemia por COVID-19 en 2020.
  6. https://bit.ly/3bzmhjG. Fecha de ingreso: octubre de 2020.
  7. Ver www.msal.gob.ar.
  8. En el mundo, 200 millones más de varones que de mujeres tienen acceso a Internet, y estas tienen un 21% menos de posibilidades de tener un teléfono celular. En el contexto actual de aislamiento por la pandemia de COVID-19, esta brecha tiene implicancias negativas directas en la supervivencia de las mujeres (OEA/CIM, 2020).
  9. Ver https://bit.ly/3eZlmvm.
  10. Ver https://bit.ly/3yl8EOS.
  11. Ver https://bit.ly/2S4ZyFo.


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