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7 La amistad política

Aristóteles muestra que en política hay algo más esencial que el poder, algo que se presta mejor a ser compartido, y que de hecho solo se da en la medida en que se comparte: la amistad política. A un liberal, digamos, típico, esto puede parecerle una utopía, pero lo más interesante que el liberalismo ha podido aportar al desarrollo ulterior de la teoría política creo que ha sido posible gracias a esta idea, que es de Aristóteles, no de los liberales. La amistad política es un bien común, algo comunicable y efectivamente comunicado, y hace posible la comunidad humana, la polis, que es el bien humano más esencial.

¿Qué puede haber común a los seres humanos, no solo que neutralice el egoísmo narcisista, sino que pueda servir de nexo entre ellos? ¿Cómo se puede compartir el bien? ¿Cómo entiende Aristóteles la comunidad humana (koinonía)? Vamos a intentar comprender el concepto aristotélico de «amistad política».

Es sorprendente el énfasis que la Política pone al afirmar la centralidad del lenguaje en la vida civil. En efecto, piensa Aristóteles que la condición de animal político en nada difiere de la índole de animal parlante[1]. El hombre es homo loquens en la misma medida en que es naturalmente conviviente. De ahí que entre los principales deberes del gobernante figure impedir que se pierda el sentido de las palabras. (Se supone que, además de recoger las que probablemente serían notas tomadas por alguno de los discípulos que frecuentaban su enseñanza peripatética, en este escrito se recopilan consejos que Aristóteles daría a Alejandro Magno, de quien fue preceptor).

El acento en la envergadura política del lenguaje puede resultar extraño a nuestros oídos, incluso extravagante. Nos es familiar la idea de que la tarea de un político, aunque pueda tener algo que ver con las palabras, es «algo más que palabras». A la hora de evaluar la gestión de un gobernante solemos fijarnos en otras cosas: «hechos, no palabras». Todo el mundo cuenta con que en campaña electoral a los políticos se les llene la boca de palabras, también de sonrisas y otros gestos simpáticos; mensajes verbales y no verbales, ciertamente, pero que suelen estar sobrados de verborrea. Termina la campaña, toma posesión el que gana las elecciones, y se esperan los famosos cien días para comenzar a fiscalizar su desempeño. Eso significa, ante todo, contrastar aquellos mensajes con los hechos, con la «gestión»: ―De lo que prometió usted hacer en campaña, ¿qué ha hecho realmente hasta ahora? ―En cambio, a la luz de lo que dice Aristóteles, y en el contexto en que lo dice, se advierte que para él lo más importante en política son precisamente las palabras. ¿A qué obedece este énfasis?

Los amigos no lo son solo porque están a gusto juntos; quizá también por eso, pero sobre todo porque tienen intereses comunes acerca de los cuales buscan hablar, compartirlos en la conversación. Como mejor lo pasan es discutiendo sobre lo que les interesa. En su célebre novela El principito, Antoine de Saint-Exupéry sugiere esta interesante observación: dos personas no son amigas porque se miran mutuamente, sino porque miran ambas en la misma dirección. Al interesarme por algo, y comprobar que en ese interés mío estoy acompañado por otra persona, eso me une mucho a ella.

Los amigos comparten el interés por algo, pero no siempre la forma de enfocarlo. La conversación amistosa se nutre del contraste de enfoques: cómo lo veo yo, cómo lo ves tú, y por qué lo vemos cada uno a su manera. Discusión, contraste de pareceres: eso es lo que estructura la relación de amistad. Es lo que hacen los amigos, y lo que les hace amigos.

Cuando dos personas son amigas, dice Aristóteles, tienden a tratarse con justicia; intentan ser justos entre sí, aunque personalmente sean injustos[2]. Mas cuando hay justicia es más fácil que haya paz[3]. Aquí comienza a percibirse el interés del gobernante en que se preserve el sentido de las palabras, pues la palabra significativa es la que nutre la conversación entre amigos; esta, la que produce la amistad; la amistad, la que predispone a la justicia, y la justicia es la que trae paz.

La trascendencia política de la palabra significativa (logos semantikós) es uno de los argumentos centrales de la Política de Aristóteles. La comunidad política tiene un carácter, digamos, semántico. La polis no se constituye por la materialidad de estar pegados quienes la integran, o, como dice Aristóteles, por el hecho de «pacer juntos en el mismo campo»[4]. Eso es lo constitutivo de la grey, el rebaño o la piara: la mera yuxtaposición, que sin duda es una cierta forma de convivencia, de agrupación. Lo realmente singular de la convivencia humana en tanto que humana es que es «significativa». El elemento conector de ella es el logos semantikós. De ahí el interés en que no se degrade el sentido de las palabras.

El estagirita distingue entre phoné y logos. Phoné es «sonido», y en griego se refiere al grito gutural, a la emisión inarticulada de la voz tal como sale de la garganta. Logos es «palabra», phoné pero articulado en la boca (lengua, labios, dientes, paladar). La voz gutural solo puede expresar sentimientos, y básicamente dos, placer y dolor, en tanto que la voz articulada amplía su horizonte semántico a otros muchos argumentos. Los animales irracionales tan solo emiten phoné: berrido, ladrido, relincho, maullido, mugido. Con eso expresan algo, sin duda, pero básicamente estas dos cosas, a saber, que están a gusto o a disgusto. Ahí se agota el «argumento» de la comunicación animal. No es poco, ciertamente, pero el animal racional puede articular los fonemas en palabras, y de ese modo ensanchar el espectro de su comunicación más allá del puro entorno de los estímulos a los que está sometido[5].

Además de expresar dolor y placer, puede el hombre verter ideas, juicios, raciocinios. Precisamente en la expresión compartida, no solo de lo que siente, sino también de lo que piensa –y concretamente acerca de lo bueno, lo bello, lo justo, lo conveniente, y sus contrarios (i.e lo malo, lo feo, lo injusto y lo disconveniente)–… en eso estriba «la casa y la ciudad»[6]. Compartir el interés por esos temas y contrastar nuestros puntos de vista sobre ellos, viene a decir el filósofo griego, es lo que produce la comunidad humana, la koinonía. En definitiva, la conversación sobre estos asuntos –tal vez combinados con otros no de tanta envergadura humana, como suele ocurrir entre los amigos– constituye el principal elemento de cohesión cívica, el conectivo humano por antonomasia.

Cuando hablan entre ellos, los amigos no buscan hacer un «paripé», o, como se dice ahora, «escenificar» un diálogo. Además de su dimensión semántica, Wittgenstein ha señalado, haciendo especial hincapié en ella, la dimensión pragmática, o performativa, del lenguaje. En efecto, con él también hacemos cosas, manejamos la realidad. Hay muy variados «juegos de lenguaje», distintos contextos lingüístico-pragmáticos. Hay situaciones en las que, de hecho, nos entendemos sobre una base ficticia, meramente convencional o pactada: ―Vamos a escenificar un diálogo, y para eso nos ponemos máscaras, acudimos a tópicos que no dicen mucho o casi nada concreto, pero son talismanes lingüísticos que llenan la conversación de elementos implícitos, que pueden servir para que nos apañemos, más o menos, con un negocio en el que se dicen unas cosas y otras se callan. ―Se comprende que haya juegos lingüísticos que más bien parezcan «enjuagues». Y sin duda es muy humano que no todo comparezca, negro sobre blanco. No hay comunicación humana en la que no haya implícitos, o, como dice Heidegger, todo desvelamiento implica ocultamiento (Verborgenheit).

Pero lo normal entre amigos es otro tipo de conversación. Lo que ante todo buscan es ser diáfanos, saber con la mayor exactitud qué dice cada uno y por qué lo dice, y se da por sentado que cada uno dice lo que piensa, cosa que no necesariamente hay que presuponer en otros contextos, escenas, apaños, juegos, arreglos, amaños, trapicheos o pasteleos. De mis amigos espero que digan lo que realmente piensan, no que hagan «el papel de», o me suelten un rollo aprendido, o que representen fielmente una ideología. Aunque la tengan, les pido que hablen ellos, no la ideología por ellos; que no traten de representar a nadie, sino que se presenten a sí mismos como son. Generalmente no buscamos la conversación con nuestros amigos para «quedar bien». Tampoco, desde luego, pretendemos quedar mal, pero en ningún caso es eso lo que más nos importa. Como tampoco nos suele importar convencerles de nada, o llegar a un «consenso» con ellos[7].

En ciertos contextos pragmáticos –en el mundo de la política, así como en el de los negocios– a menudo hay que buscar pactos, o consensuar acciones coordinadas. Pueden entrar en juego implícitos contextuales que condicionan la semántica de las palabras, a menudo obligando a conjugar más su impacto connotativo que la denotación de ellas. Hay ecos semánticos asociados a las palabras que en ciertos juegos lingüísticos pueden interesarnos más que las propias palabras, y que de hecho nos importa que estén presentes y sean tenidos en cuenta, también para dar a los mensajes que queremos transmitir ciertas tonalidades, matices, énfasis variados… Ahí cuenta más el efecto de la comunicación que la comunicación misma, el resultado de la acción que la propia acción (praxis). Con ese criterio acudimos a los recursos de la retórica. Pero no cuando dialogamos con nuestros amigos, o al menos no tanto.

A no ser por excepción, no acudimos a conversar con los amigos para darles lecciones; generalmente tampoco vamos a exhortarles a que hagan o dejen de hacer algo. Alguna vez puede ocurrir que uno tenga interés en convencer a un amigo, pero creo que no es lo habitual (además, aunque uno lo pretenda, es difícil que lo consiga). Esa praxis comunicativa en la que el diálogo entre amigos consiste, no suele tener el propósito de convencer a otro de lo que me convence a mí. Incluso si eventualmente el argumento de la conversación es algo que me parece fundamental que mis amigos entiendan, el propósito principal de ella es eso mismo, conversar, y mantener la conversación, o reanudarla cuando se ha interrumpido. Tal es el sentido en el que Aristóteles habla de praxis téleia: una acción que tiene su fin en sí misma, en hacerla.


  1. «La razón por la que el hombre es más que la abeja o cualquier animal gregario, un animal social es evidente: la naturaleza, como solemos decir, no hace nada en vano y el hombre es el único animal que tiene palabra. La voz es signo del dolor y del placer y por eso la tienen también los demás animales, pues su naturaleza alcanza a tener sentido de dolor y de placer y significárselo unos a otros, pero la palabra es para manifestar lo conveniente y lo dañino, lo justo y lo injusto, y es exclusivo del hombre frente a los demás animales, el tener el sólo el sentido del bien y del mal, de lo justo y de lo injusto y la comunidad de estas cosas es lo que constituye la casa y la ciudad» (Política, 1253 a 10-18).
  2. En su novela Rinconete y Cortadillo Miguel de Cervantes describe, con genial desenvoltura, a unos pícaros que, acechando la bolsa de los transeúntes en la Plaza del Salvador, en Madrid, discuten cómo se repartirán equitativamente el botín.
  3. La encíclica Pacem in terris, del papa s. Juan XXIII, pone de relieve que la paz es fruto de la justicia.
  4. Ética a Nicómaco, 1170 b 8-14
  5. Fabrice Hadjadj denuncia algunas formas de comunicación pavloviana que parecen querer suplantar el diálogo por la simple estimulación consumista en el mercado. «¿Qué es, en efecto, la comunicación animal? Lo contrario del diálogo: una señal que desencadena un comportamiento. Paso ante un portón, el perro ladra detrás, lo cual dispara la reacción en cadena de todos los perros del vecindario. ¿Se trata de una conversación canina? ¿Rex o Médor dialogan acerca de mi persona y sobre la naturaleza de la amenaza que supongo para las propiedades de sus dueños? Sólo han oído la señal de peligro que es también el disparador del ladrido. Ese es el horizonte de la magia comunicativa: una palabra eficaz que haga que el príncipe se transforme en sapo y no se resista al croar que brota de la charca» (Hadjadj, F., ¿Cómo hablar de Dios hoy? Anti-manual de evangelización, Granada, Ed. Nuevo Inicio, 2013, p. 71).
  6. Hablando de la educación, Platón dice algo parecido: El bien no puede conocerse al modo escolar, sino que solo tras una frecuente conversación familiar puede surgir en el alma la idea, como la luz que se enciende a partir de una chispa (Carta VII, 341 c). En el compartir la palabra y en el persuadir suavemente con argumentos, en un contexto de amistad, en eso consiste la educación. «Solo cuando penosamente se ha frotado unas palabras con otras, nombres, definiciones, percepciones de la vista, impresiones de los sentidos, cuando se ha discutido en discusiones amables, en las que la envidia o el interés no dicta ni las preguntas ni las respuestas, solo entonces alumbra sobre el objeto estudiado la luz de la sabiduría y de la inteligencia, con toda la intensidad que pueden soportar las fuerzas humanas» (344 b-c).
  7. Es interesante, a este respecto, la observación que hace F. Hadjadj: «En tanto que los demás animales, con su comunicación, refieren todo lo que existe al circuito de su utilidad, el hombre, con su palabra, se dirige más allá de lo que le es útil para designar las cosas tal como ellas son. Y se comprende de este modo el error de la “com” y de sus seducciones retóricas. La eficacia de nuestra palabra no se encuentra esencialmente en el poder de inducir a los demás a un comportamiento que nos sea favorable: reside en el poder de dar vía libre a su propia vocación» (op. cit., p. 77).


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