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1 Derechos humanos y vulnerabilidad en la prevención y promoción de la salud

José Ricardo Ayres, Vera Paiva, Cássia Maria[1]

¿Por qué tomar la vulnerabilidad y los derechos humanos como referencias para la prevención? ¿Qué significa esta perspectiva? ¿Cómo podemos caminar concretamente en esa dirección? Estas son las cuestiones que este volumen pretende desarrollar. Síntesis de investigaciones y experiencias que desde hace tres décadas vienen transformando el escenario de las prácticas de salud en Brasil y América Latina, fruto de la preocupación de profesionales, activistas, investigadoras/es y funcionarias/os acerca de las respuestas que precisamos dar a las necesidades de salud en los contextos cada vez más complejos de las sociedades contemporáneas, esta publicación viene a saldar una especie de deuda. Compartir los estudios aquí presentados[2] es, en cierto sentido, rendir tributo a toda una generación que, con mucho esfuerzo y contra diversas barreras culturales y políticas, viene construyendo cotidianamente una nueva salud pública. Al mismo tiempo, y principalmente, se trata de responder a la demanda por la difusión y el debate de estas nuevas herramientas conceptuales y técnicas, construidas en y para la prevención, la promoción de la salud y el cuidado integral de individuos y poblaciones.

 No por casualidad, parte significativa del movimiento de ideas y acciones aquí retratado se ha catalizado a partir de un evento de alcance mundial ocurrido a finales del siglo XX: la eclosión de la epidemia del VIH/sida. Como sucede a menudo con otras situaciones de epidemia o de amenaza global, se hicieron disponibles y se movilizaron recursos de los más diversos órdenes, al tiempo que fueron socialmente cuestionados los límites y efectos perjudiciales de configuraciones de prácticas existentes, abriéndose camino hacia lo nuevo. No fue la respuesta al sida la que “inventó” las transformaciones aquí inventariadas y discutidas. Muchas de ellas ya venían siendo gestadas y desarrolladas desde diversos campos de práctica, en la salud y fuera de ella, pero la epidemia fue ciertamente determinante para impulsar y condensar tales transformaciones.

Los capítulos de este libro reflejan ese proceso. Gran parte de quienes participan de este libro y de la colección brasileña, tanto como autores o como referencias, actúan o actuaron en diferentes áreas profesionales o del activismo político. Partiendo de diversas esferas de interés, venían desarrollando trabajos que, con sus especificidades, ya pugnaban por la construcción de prácticas que contribuyeran a responder a sus responsabilidades con eficacia y eficiencia instrumental, con compromiso político con la justicia social y respeto hacia las personas en sus singularidades y valores. El advenimiento de la epidemia los reunió, los impulsó, creó sinergias, abrió nuevos horizontes de diálogo, y estructuró espacios integrados de acción. Lo que resultó fue la reconstrucción de nuevas prácticas conceptuales, técnicas y políticas, sistematizadas y referidas aquí como el marco de vulnerabilidad y derechos humanos.

Este volumen busca presentar, de forma accesible, las bases conceptuales de ese marco teórico y las metodologías y técnicas basadas en él, así como un análisis de ejemplos concretos de su aplicación. Para llegar al resultado aquí presentado, basado en una colección de trabajos publicada en Brasil, profesionales de diversas áreas y especialidades, funcionarios/as, formuladores/as de política y activistas, todos involucrados en la investigación y la formación profesional en Brasil y el exterior, fueron invitados a proponer sus contribuciones. En el proceso de preparación de la colección, el Núcleo de Investigación y Prevención de Sida de la Universidad de San Pablo (NEPAIDS, por su sigla en portugués), con el patrocinio de la Fundación FORD y en colaboración con el Programa Estadual de ETS/Sida de San Pablo, organizó un conjunto de seminarios. En esos encuentros tuvimos la oportunidad de debatir las versiones preliminares de la mayor parte de los textos, lo cual no sólo contribuyó a la mejora de los manuscritos sino que también permitió cotejar los avances, confluencias y diversidades de los desarrollos recientes del marco de la vulnerabilidad y los derechos humanos.

El marco de la vulnerabilidad y los derechos humanos

Para que se pueda comprender mejor el conjunto de trabajos que componen esta obra, cabe una mención sobre la emergencia histórica del marco de la vulnerabilidad y los derechos humanos y, en este rescate, una sintética demarcación de algunos de sus trazos más característicos. Comenzaremos, entonces, por localizar los primeros movimientos hacia el tratamiento conceptual más sistemático sobre la vulnerabilidad y su diálogo con los derechos humanos, los desarrollos realizados en el contexto brasileño, para llegar desde ahí a sus implicancias prácticas y los movimientos más recientes.

El primer texto que diseminó globalmente el marco de vulnerabilidad fue el libro El sida en el mundo, colección editada en 1992 en Estados Unidos por Jonathan Mann, Daniel Tarantola y Thomas Netter y producido por la Coalición Global de Políticas contra el Sida, embrión de la actual ONUSIDA. Publicado con el apoyo de la Asociación François-Xavier Bagnoud, organización internacional de apoyo a niñas y niños afectados por el sida, y de la Escuela de Salud Pública de Harvard, ese trabajo presentó por primera vez un análisis de la situación global de la epidemia en términos de vulnerabilidad. Sistematizó procedimientos para evaluar la exposición individual a la infección por el VIH, ampliando los análisis de los modos de infección conocidos hacia una contextualización acerca de las condiciones que podrían explicarlos. Se partía del aspecto comportamental y de los riesgos epidemiológicamente demostrados en dirección a la identificación de factores sociales y de acceso a servicios que podrían aumentar o reducir la capacidad individual de conciencia y transformación del riesgo de exposición. Por otro lado, en una sección denominada “Vulnerabilidad colectiva”, se realizó un análisis del grado de exposición y protección de las poblaciones de los diversos países del mundo en relación con la epidemia. Para eso, se produjo un ranking internacional, clasificando los lugares de alta, media y baja vulnerabilidad en base a una escala construida con indicadores de salud, socio-demográficos y de evaluación de programas nacionales de lucha contra el sida. Ese texto fue traducido y publicado casi integralmente en Brasil en 1993, en una edición organizada por Richard Parker, Jane Galvão y José Stalin Pedrosa.

Un segundo trabajo de la Coalición, El Sida en el Mundo II, se publicó en inglés en 1996, después de la creación, en 1993, del François-Xavier Bagnoud Center for Health and Human Rights de la Harvard School of Public Health, bajo la dirección de Mann. Ese trabajo volvió a dedicar una sección al tema de la vulnerabilidad, sugestivamente denominada “De la epidemiología a la vulnerabilidad y a los derechos humanos”. Aquí, ya bajo la fuerte influencia de Sofía Gruskin en dicho Centro, el marco de los derechos humanos fue tomado de forma más positiva que en la edición anterior en tanto recursos para evaluar situaciones de vulnerabilidad y recomendar acciones para su reducción. Ampliando el diálogo ya ensayado en el volumen anterior, el abordaje conceptual e instrumental se volvió más denso, confiriéndole nuevas y potentes perspectivas como referencia para las acciones en salud.

La producción brasileña en el marco de la vulnerabilidad y los derechos humanos comenzó aproximadamente en esa misma época, especialmente a partir del trabajo de grupos en torno de la epidemia del sida en Brasil, como el Instituto de Medicina Social de la UERJ y la Asociación Brasileña Interdisciplinaria de Sida (ABIA, por su sigla en portugués) en Río de Janeiro, y de grupos de Medicina, Psicología, Salud Pública en San Pablo, el NEPAIDS de la USP, y del Instituto de Salud y del Programa de DST/Aids de la Secretaría de Estado de Salud. Los contactos establecidos entre el Centro François-Xavier Bagnoud de Harvard y la USP desde 1996, con el intercambio de investigadores y un curso dictado en la Facultad de Medicina de la USP por Sofia Gruskin y Daniel Tarantola en 1997, con apoyo de la Fundación MacArthur, consolidaron un trabajo académico más estructurado en torno del concepto.

El contexto brasileño confirió peculiaridades al modo en que el marco fue desarrollado a lo largo de los años 1990: el ambiente politizado del proceso de redemocratización del país; la Reforma Sanitaria en curso con la construcción del Sistema Único de Salud (SUS); las propuestas de modelos de atención integral a la salud, especialmente impulsados por los movimientos de mujeres y de lucha anti-manicomial; la movilización de grupos de la sociedad civil organizada frente a la epidemia del sida en movimientos de construcción de solidaridad y de defensa de derechos; y, finalmente, características del ambiente académico brasileño, con la tradición crítica de la salud colectiva y la epidemiología, las perspectivas construccionistas en psicología social y la fuerte influencia del pensamiento de Paulo Freire desde el campo de la educación. Todos esos aspectos ayudan a comprender tales peculiaridades y por qué en Brasil, como tal vez en ninguna otra parte del mundo, el marco de la vulnerabilidad y los derechos humanos y su incorporación a la formulación de políticas públicas y acciones de salud han alcanzado elaboraciones tan expresivas.

Bajo este conjunto de influencias, la conformación conceptual del marco de la vulnerabilidad y los derechos humanos asumió en Brasil un carácter más “radical” que en los Estados Unidos, en el sentido de buscar nuevas bases epistemológicas y técnicas rumbo a propuestas de reconstrucción de las prácticas de salud. Menos que un recurso auxiliar para análisis epidemiológicos y un puente entre los sectores de la salud y los derechos, y sin embargo nunca dejando de serlo, lo que se buscó desde el inicio fue la construcción y legitimación de síntesis trans-disciplinarias diversificadas y nuevas formas de pensar y actuar en el campo de la salud. En ese sentido es que se ha buscado superar la factorización de los determinantes contextuales en la explicación de las vulnerabilidades, trabajando con totalidades comprensivas, en las cuales los significados de los aspectos individuales, sociales y programáticos implicados en la exposición a la infección y enfermedad están siempre mutuamente relacionados. En ese sentido, también, es que se ha buscado superar la dicotomización entre lo individual y lo colectivo en el manejo de las tres dimensiones constitutivas del análisis de vulnerabilidad (individual, social y programática), trabajando: a) lo individual siempre como intersubjetividad, esto es, como identidad personal permanentemente construida en las interacciones yo-otro; b) lo social siempre como contextos de interacción, esto es, como espacios de experiencia concreta de la intersubjetividad, atravesados por normatividades y poderes sociales basados en la organización política, estructura económica, tradiciones culturales, creencias religiosas, relaciones de género, raciales, generacionales, etcétera; c) lo programático siempre como formas institucionalizadas de interacción, esto es, como conjunto de políticas, servicios y acciones organizadas y disponibles en conformidad con los procesos políticos de los diversos contextos sociales, según los patrones de ciudadanía efectivamente operantes. Finalmente, en ese mismo sentido, se trata de que el foco orientador del análisis y las acciones basadas en la vulnerabilidad y los derechos humanos pase a ser menos las identidades personales / sociales (por ejemplo, ser mujer, negra, adolescente, pobre) que las relaciones sociales que están en la base de situaciones de vulnerabilidad y de negligencia o violación de derechos humanos (por ejemplo, relaciones de género, raciales, generacionales, socio-económicas).

Vulnerabilidad y derechos humanos, integralidad y cuidado

Las perspectivas conceptuales arriba señaladas están articuladas a las necesidades reconstructivas que se extienden al campo de las políticas, estrategias y técnicas de actuación en el campo de la salud. Ellas ciertamente requieren, para su plena realización, un sistema de atención a la salud que camina en la dirección propuesta para el SUS, en el cual los principios de universalidad, equidad e integralidad dan cuenta de las condiciones de posibilidad para una fructífera articulación entre salud y ciudadanía. El principio de la universalidad establece un acceso indiscriminado, fundamental para que toda forma de discriminación negativa o exclusión social sea removida y esencial para garantizar el derecho a la salud, una de las bases fundamentales de la ciudadanía. Por otro lado, si no adoptamos el principio de equidad, que nos exige pactar con todos la provisión diferenciada de bienes y servicios según las necesidades propias de cada persona, comunidad o grupo social, no seremos capaces de identificar y combatir las desigualdades opresoras en nuestras relaciones sociales – base de las diversas vulnerabilidades que precisamos superar en el campo de la salud. Concretar esta mutua referencia entre universalidad y equidad significa incorporar a la institucionalización de la atención en salud el ethos de una emancipación solidaria, brillantemente sintetizada en la ya célebre proposición de Boaventura de Sousa Santos:

“Luchar por la igualdad siempre que las diferencias nos discriminen, luchar por las diferencias siempre que la igualdad nos homogenice.”

Pero la consolidación de este ethos, más allá de estructuras y procesos políticos democratizantes y justos, depende de que seamos capaces de proveer técnicamente los recursos y acciones necesarios para identificar e intervenir sobre las relaciones de vulnerabilidad y sus impactos negativos en la salud, sin los cuales las propuestas de universalidad y equidad no pasarán de un discurso ideológico vacío. Para responder universalmente a las necesidades de cada uno, precisamos saber el “qué” y el “cómo” puede ser realizado en salud, y hacerlo. Es en ese sentido que el principio de la integralidad se muestra fundamental para la consolidación del proyecto del SUS y supone un presupuesto inalienable de prácticas de prevención orientadas por el marco de la vulnerabilidad y los derechos humanos.

Por está razón, en este volumen hay referencias a la prevención, como así también a la asistencia y rehabilitación, o re-integración de las/los pacientes; a las acciones médicas asimismo a las de psicología, enfermería, asistencia social, derechos, etcétera; a los procedimientos diagnósticos, métodos de tratamiento e insumos de prevención; a los soportes psicosociales, asistencia jurídica o intervención cultural. Esto se debe a que la integralidad de la atención consiste en hacer disponibles e integrar las diferentes acciones, de diversos sectores y con “alcances variables”, para responder adecuadamente a las especificidades de salud. La atención en salud según el principio de la integralidad no es dar cuenta “de todo” como si hubiese un conjunto cerrado o predeterminado de necesidades a responder y de los respectivos medios para eso. Para las diversas personas en sus contextos y relaciones, constantemente en modificación, se definen, a cada momento, cierto elenco de necesidades, articuladas según arreglos singulares de demandas, con significaciones e implicancias que exigirán una escucha atenta y sensible de profesionales, funcionarios, activistas y formuladores de políticas, así como un construir compartido y multifacético de respuestas, en diferentes espacios y alcances de intervención. Es en esta escucha atenta y sensible y en este responder de modo integrado que consiste, en última instancia, el desafío de la integralidad.

Junto con la integralidad, el lector también encontrará frecuentes referencias al concepto de Cuidado, escrito con mayúscula inicial para destacar que se está, una vez más, delante de un marco conceptual de aspiraciones reconstructivas, que quiere diferenciarse del sentido más corriente de un conjunto de procedimientos instrumentales. El Cuidado, en este sentido conceptual más ambicioso, se torna una referencia no sólo para el proceso de elaboración de la perspectiva de la vulnerabilidad y los derechos humanos. Emerge en un amplio debate que, desde la salud colectiva brasileña, viene reflexionando sobre la cuestión de la integralidad de la atención a la salud. El lugar destacado del concepto de Cuidado, tanto en el debate sobre la integralidad como en el marco de la vulnerabilidad y los derechos humanos, debe ser la comprobación de que las aspiraciones reconstructivas de ambas proposiciones dependen también de transformaciones en los modos en que se dan los encuentros entre profesionales y usuarios, servicios de salud y ciudadanos, o sea, en los contextos de intersubjetividad en los cuales se realizan las prácticas de salud.

Por Cuidado se entiende, en líneas generales, a las formas de interacción entre proveedores y beneficiarios de las acciones de salud en las cuales el horizonte normativo -o las referencias sobre lo que debe hacerse- no se limita a un éxito técnico pre-definido, es decir, a un a priori universal de diagnóstico con sus correspondientes procedimientos técnicos de intervención, sino que califica e interpreta estos diagnósticos e intervenciones según el éxito práctico perseguido – el sentido asumido por las necesidades y demandas que concretamente crean y justifican el encuentro de cuidado. Dicho de otra forma, Cuidado es un diálogo entre cuidador(es) y cuidando(s) en el que los objetos de la intervención, los medios para realizarlos y las finalidades perseguidas son definidas con saberes y experiencias, científicos y no científicos, de los profesionales y de los usuarios, de modo compartido, con el fin de identificar y movilizar los recursos necesarios para prevenir, tratar o recuperar situaciones de salud que constituyen obstáculos a los proyectos de felicidad de las personas, comunidades o grupos poblacionales.

Horizonte de sentido enraizado en la experiencia vivida, el proyecto de felicidad, tanto a nivel colectivo como personal, es entendido como un posicionamiento frente a las insondables interpelaciones que nos llegan desde nosotros mismos y del mundo, en un constante devenir de encuentros y desencuentros, realizaciones y frustraciones, deseos y recelos, libertades y opresiones. El proyecto de felicidad no debe ser tomado como expresión acabada y completamente racional de alguna suerte de plan de futuro; tampoco como un “viaje” existencial del individuo. El proyecto de felicidad es ese “sentirse en casa” en el constante desacomodarse y reacomodarse que implica el estar vivo e integrado en la polis, con sus dolores y delicias.

La experiencia de la enfermedad es una de esas interpelaciones y, como tal, una apertura de horizontes que nos desacomoda y reclama algún tipo de respuesta, sea en el plano colectivo -o global, como las pandemias- o en el plano de la vida personal. El sida es ejemplo de eso. La eclosión de la epidemia generó, por un lado, reacciones de miedo, estigma y discriminación, dando lugar a prácticas políticas que oscilaron desde la indiferencia hasta la opresión de los primeros afectados. Esas reacciones repercutieron en experiencias personales de desprecio, aislamiento, sufrimiento e indignación, y en experiencias colectivas de ineficiencia en el control de la epidemia y efectos disruptivos sobre las instituciones de salud y las relaciones sociales en general. Por otro lado, también generó reacciones de resistencia frente a esta actitud, que Herbert Daniel denominó condena a la “muerte civil” de los infectados por el VIH, quienes no sólo abrieron posibilidades de respuestas efectivas al avance de la epidemia sino también de reconstrucción creativa de experiencias públicas y privadas de sexualidad, de sociabilidad, de ejercicio de ciudadanía, de prácticas de salud.

La historia de la eclosión del sida y de la construcción de las respuestas a la epidemia es un ejemplo elocuente de cómo un mismo acontecimiento puede asumir significados distintos en el modo en que nos interpela y cuánto revelan sobre nuestros proyectos de felicidad y posibilidades de reconstruir en los mismos procesos de reacción a esta interpelación. Es también un ejemplo muy claro acerca del carácter siempre político de los proyectos de felicidad: es en la polis, en la vida compartida, donde se construyen la significación y las implicancias prácticas de los eventos de salud. La experiencia concreta del sida fue configurada en el ámbito del estigma, de la discriminación y opresión con que se revistieron socialmente los ya de por sí dolorosos procesos de sufrimiento físico y psíquico derivados de la fisiopatología de la enfermedad en sus comienzos. Esta experiencia fue determinante, a su vez, para que los proyectos de felicidad obstaculizados por esas actitudes buscaran reconocimiento y legitimación, llevando a que la lucha contra el estigma y la discriminación fuese asumida como prioridad en los programas de sida, inclusive por organizaciones internacionales multilaterales, como la Organización Mundial de la Salud.

La experiencia del sida nos muestra, por fin, que los horizontes de sentido develados por los propios proyectos de felicidad implican también discordancias y conflictos. Si el Cuidado siempre nos va a exigir a nosotros, profesionales de salud, activistas, funcionarios y formuladores de políticas, una actitud de verdadera apertura al otro, con escucha atenta a sus peculiaridades, sensible a las necesidades, aspiraciones y valores, libre de prejuicios y moralismos, no podemos abstenernos de un activo y consecuente posicionamiento ético. Sea en el plano de las colectividades o de la interpersonalidad, una activa búsqueda de fusión de horizontes normativos con el otro es fundamental para la construcción de proyectos políticos orientados a la emancipación solidaria. Por eso, trabajar en la perspectiva de los proyectos de felicidad no significa asumir una postura relativista de “hacer lo que es bueno para el otro”, sino “comprender con el otro lo que es bueno hacer”; construir con el otro un suelo común, una comprensión mutua que lleva no necesariamente al acuerdo sino a la posibilidad de compartir los significados e implicaciones prácticas de las decisiones tomadas y un posicionamiento claro frente a e ellas – que puede resultar, inclusive, en una disputa de posiciones, en el plano de la interpersonalidad o del debate político.

Es aquí que los derechos humanos se muestran en toda su relevancia para los análisis de la vulnerabilidad y su incorporación a las prácticas de Cuidado e integralidad en las acciones de salud. Sea en el plano más institucionalizado de leyes y convenciones que regulan local y globalmente el reconocimiento mutuo de deberes y prerrogativas de los ciudadanos y de los Estados frente a ellos, o en el plano de las banderas políticas de grupos sociales específicos, los derechos humanos ofrecen una referencia positiva para tratar de modo no prescriptivo o moralista, pero tampoco relativista ni inconsecuente, las diversas situaciones de vulnerabilidad y las posibilidades de intervención individual o colectiva sobre ellas. Un derecho establecido o reivindicado representa, con todos los inconvenientes y limitaciones que sabemos están en la base de su construcción, una posibilidad concreta de juzgar las implicaciones éticas y políticas de relaciones, aspiraciones y decisiones de los diversos sujetos en interacción en las prácticas de salud con base no en preconceptos acríticamente reproducidos ni en principios formales universales inmutables, sino en criterios de algún modo ya pactados como condición legítimamente aceptada de una vida en común buena y justa. En otras palabras, la perspectiva de los derechos no es perfecta, pero hasta hoy no se inventó recurso mejor para identificar y combatir las “diferencias que discriminan y las igualdades que homogenizan”.

Perspectivas y desafíos

El marco de la vulnerabilidad y los derechos humanos es relativamente nuevo y su incorporación a las prácticas de salud es todavía incipiente. Con todo, ya es posible observar que, con base en él, de formas más o menos estructuradas, se han logrado avances en la respuesta a la epidemia de VIH/sida, tales como: la construcción de diálogos entre la epidemiología y otras formas de conocimiento – científico y no científico – para la producción de saberes más sensibles a los diferentes contextos de infección y enfermedad y sus determinantes sociales (culturales, económicos, políticos, institucionales); la identificación de nuevos objetos y métodos disciplinarios e interdisciplinarios para la investigación sobre el tema; el desarrollo de tecnologías para un trabajo de prevención y atención a la salud más sensible a las necesidades, valores y relaciones intersubjetivas concretas, huyendo de los universalismos y esencialismos de identidades abstractas o estereotipadas de las llamadas “poblaciones-objetivo”; la promoción de articulaciones intersectoriales para acciones de prevención y apoyo a las personas afectadas por el sida; la creación de contextos de interacción entre usuarios y profesionales de los servicios inclusivos y responsables, basados en procesos de diagnóstico de situación y proposiciones de intervención construidos de modo dialógico; la formulación de políticas de salud más democráticas y efectivas para diversos segmentos sociales, especialmente aquellos marginalizados y discriminados socialmente.

Esos avances, a veces lentos y trabajosos, fueron, a su vez, suficiente para que, luego de dos décadas, el interés en el marco de la vulnerabilidad y los derechos humanos trascendiese su contexto de origen, expandiéndose hacia otras áreas de la salud en las cuales se viene mostrando también bastante productivo, como en las cuestiones relacionadas con la violencia, salud mental, consumo abusivo de drogas, otras enfermedades infecciosas, salud de las personas mayores, salud de los jóvenes, salud de los negros, salud de los pueblos originarios, entre otras.

Presentamos estos capítulos no como un recurso útil sólo para quienes lidian específicamente con los desafíos de la prevención y del Cuidado en sida. Lo aprendido con el sida se sumó a los esfuerzos reconstructivos provenientes de experiencias y segmentos diversos del campo de la salud y de otros campos relacionados. La emergencia de la epidemia abrió potentes espacios de experiencia, crítica y debate, que pueden o deben ser compartidos. Nuestra apuesta es que los aprendizajes consolidados en la respuesta a la epidemia puedan mostrarse igualmente útiles para enfrentar otros desafíos de la salud. La ampliación de la experiencia del uso del marco de la vulnerabilidad y los derechos humanos en estos otros campos enriquecerá sus horizontes normativos, sus bases tecnocientíficas y sus compromisos políticos, favoreciendo también la tarea inconclusa de responder a la epidemia del VIH/sida.


  1. Miembros del Núcleo de Estudios para la Prevención del SIDA de la Universidad de San Pablo (USP) y Profesores de la USP: José Ricardo Ayres es Profesor Titular del Departamento de Medicina Preventiva/FM-USP, Vera Paiva es Profesora Asociada del Departamento de Psicología Social/IP-USP y Cassia Maria Buchalla es Profesora Asociada del Departamento de Epidemiología/FSP-USP.
  2. Los autores hacen referencia a los estudios presentados en la colección original, compuesta de cuatro libros publicados por la Editorial Juruá, tal como se indica en la primera nota al pie del libro


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