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Capítulo 1

¿Apropiadas o impuestas?

Se ensaya un esquema teórico para interpretar lo que acontece en el plano organizacional en el caso de estudio. Se reúnen aportes de los estudios sociales generales así como de los análisis de múltiples autores que desde México piensan críticamente las organizaciones campesinas.

Al referirse a “apropiar o imponer” formas organizacionales solidarias en el agro se estima que el concepto de territorio es central dado que permite pensarlas en tanto parte de un entramado de actores. Se lo concibe como espacio de gobernanza, “hecho cosa propia, en definitiva, el territorio es instituido por sujetos y grupos sociales que se afirman a través de él” (Porto-Gonçalves, 2008: 42). En consecuencia, existen múltiples territorios según las acciones para controlar el espacio, “cada institución, organización, sujeto, construye su propio territorio y el contenido de su concepto y poder político para mantenerlo” (Fernandes, 2008: 6).

En tal sentido, hay territorializaciones que expresan relaciones sociales de reciprocidad campesina en tensión/convivencia con las de mercado; esto habilita a preguntar cuáles son los territorios que se subordinan y, en todo caso, cuáles los proyectos en disputa. Así como se reconocen territorios con formas organizativas que devienen de decisiones propias de los actores asentados allí, y también las que proceden de otros actores que, por ejemplo, ordenan sus acciones en miras a distintos objetivos e intereses.

Otro punto central, no siempre revisado, es el que subraya Alexander Chayanov, pensador y militante de la Revolución rusa. Desde un profundo estudio de las dinámicas campesinas y cooperativas destaca que “no pueden ser consideradas de modo aislado de su base económica y social sobre las que fueron fundadas” (resaltado del autor) (Chayanov, 2017: 56). Reconocer, por ejemplo, si son campesinos que se limitan a la autorreproducción o productores con capacidad de acumulación ampliada es decisivo al momento de examinar las formas de agruparse[1].

A su vez, el ámbito agrario, dadas sus características de aislamiento (relativo, en los distintos períodos históricos y países) y dependencia de factores naturales, estimula la asociación de productores. Las distintas necesidades temporales e históricas, así como los sujetos sociales, posibilitan formas organizativas particulares que, lejos de ser estables, pasan por mutaciones y transformaciones.

Se considera una delimitación multidimensional de las organizaciones: psico-social, sociológica, territorial, económico-administrativa y cultural. Por tanto, no se puede pensar, por ejemplo, que el objetivo económico o social sea el único plano para analizar lo que les sucede. De modo que cuentan con objetivos –más o menos explicitados– económicos, políticos, sociales y culturales, con un sistema cultural (una estructura formal-valorativa particular) que mediatiza sus relaciones con diferentes formaciones sociales y económicas históricas.

Los técnicos constituyen una de las piezas características de las organizaciones burocráticas que se generalizan en la modernidad (Weber, 1991); en términos weberianos las acciones normalizadas que las caracterizan sólo pueden ser llevadas a cabo por personas calificadas para ello[2]. Estos trabajadores particulares, que se nominan “cuello blanco”, son parte de un mosaico de roles. Mientras la dirección se establece en una dirigencia con distintos fundamentos y orígenes (político, técnico, tradicional y carismático, etc.). Uno de estos modelos de dirección es la tecnocracia entendida por gobierno o dominio de un grupo que “declara anteponer, o de hecho antepone, a las razones propiamente políticas, razones y conocimientos técnico-científicos, haciendo amplio empleo de los expertos que los representan” (Gallino, 2001: 865). Un elemento de interés, en vínculo con lo previo, es la gravitación que –según el grado de complejidad administrativa– puedan tener los cuadros gerenciales sobre la toma de decisiones, que impongan objetivos por encima de los colectivos que les dieron origen y conforman.

Implican, las organizaciones, además de una base social (en los términos estructurales de Chayanov), facciones con distintos proyectos acerca de las estrategias a seguir, así como, en función de su ubicación dentro de las contradicciones de clase, territorio y grado de representación de intereses, diversas capacidades de conducir la hegemonía cultural. Este último elemento gramsciano implica dispares grados de politización (Gramsci, 1980; Meira, 2012; Rakopoulos, 2015; Mendonça, 2016).

De ello se desprende que la organización, noción de sentido unívoco de su funcionamiento, debe mutar hacia –en todo caso– organizaciones que permitan identificar proyectos en diálogo, disputa y tensión.

A su vez, es preciso no igualar “lo económico” con los principios –que le son adheridos históricamente– de mercado autorregulado y escasez de recursos. En todo caso, al “desarmar” dicha equiparación, se pretende identificar que el estudio de la economía involucra múltiples formas de relaciones, con necesidades no asimilables –todas ellas– al mercado capitalista[3].

En tal sentido, este trabajo no se refiere a empresas de capital privado, sino a cooperativas como parte de la EPSS. Se entiende que estas comparten problemas con otro tipo de organizaciones económicas (como las empresas) y, a su vez, tienen la particularidad de no limitarse a la racionalidad preponderante en la definición de “lo económico”.

Hay un enorme abanico de definiciones para estos actores, términos como Economía Social, Solidaria, Popular, del trabajo, Buen Vivir, Nonprofit y Tercer Sector –entre otros– se utilizan cada cual con procedencias y sentidos disímiles. Algunas de las variables que –de modo entrelazado– diferencian a cada una de estas acepciones son: si la consideran o no como “herramienta técnica” prescindente de ideologías; el sentido social y político, como medios de transformación del modo de acumulación o, en todo caso, como un “paliativo” de las desigualdades; la gravitación de los principios y normas en su delimitación.

En relación con ese basto universo de apreciaciones este libro reúne elementos para definir la economía popular, social y solidaria como aquella de actores sociales subalternos que de manera autogestiva, democrática y participativa buscan satisfacer necesidades sociales, económicas, culturales y políticas. Involucran formas económicas que en la óptica del mercado autorregulado no tendrían –necesariamente– lugar. No persiguen ganancia, sino fines sociales a través de su autorreproducción, que los conceptos de capital social y excedente manifiestan. Según su politización y estructuración, aportan –en diferente grado– al cambio social.

Mientras que, en el plano institucional, el cooperativismo a nivel internacional en 1995 genera una definición propia como “una asociación autónoma de personas unidas voluntariamente para satisfacer necesidades y aspiraciones económicas, sociales y culturales, a través de una empresa de propiedad conjunta y democráticamente controlada” (Kaplan, 1995: 256).

A su vez, a esta identidad formal le adhieren siete principios que se desprenden de valores particulares y conforman la llamada “doctrina cooperativa”, a la cual debe –con sus particularidades nacionales– responder toda entidad que se autonomine de tal modo. Los principios son: adhesión voluntaria y abierta; gestión democrática por parte de los socios; participación económica de estos; autonomía e independencia; educación, formación e información; cooperación entre cooperativas e interés por la comunidad.

En relación con esta serie de afirmaciones, tanto formales como sustantivas acerca de qué es la EPSS y el cooperativismo, y en función del problema que se trata en este libro, se destaca que ambas ubican en un rol estructurante (del conjunto) la toma de decisión de parte de la base social subalterna o socios sobre el desarrollo de su organización.

También se comparte con otras interpretaciones que estas formas de organización portan con un conflicto intrínseco (según su grado de desarrollo administrativo) entre dirigencia y el plano técnico (gerencia), con base en los criterios diferentes que mueven sus accionares (fin social, unos, y racionalidad económica, otros), así como la remuneración que reciben (o ausencia de ella)[4].

Por otra parte, algunos autores realizan –hacia finales de los años 90– una tipología[5] desde la teoría del corporativismo agrario, acerca de las organizaciones del campesinado mexicano. A la conceptualización de las formas institucionales reivindicativas la dividen en tres niveles[6] y plantean la característica común de discursos ideológicos empresariales y campesinos que están presentes en la base social de las organizaciones[7]. Afirman que, a pesar de los extremos en cuanto a proyectos políticos y económicos, “estos discursos atraviesan transversalmente las bases sociales de todas las organizaciones campesinas, de modo que ambos pueden, de hecho, coexistir en el seno de una misma organización”. Además, en el país, debido al tipo de estructura agraria y de acción estatal, hay una “estrecha imbricación entre organizaciones económicas y reivindicativas, subordinándose unas a otras e impregnándose ambas formas asociativas de los mismos rasgos y lógicas de actuación” (Moyano y Rojas Herrera, 1997: 74-75).

Se comparte dicha perspectiva teórica en este trabajo, en tanto se comprende que las organizaciones campesinas de índoles económicas y reivindicativas presentan baja diferenciación, así como que a pesar de haber instituciones con distintas radicalidades, su base social está atravesada por elementos discursivos empresariales y campesinos.

A su vez, un punto determinante para esta obra es el carácter externo que históricamente asume el cooperativismo en la región. Son mayoritariamente Estado, Iglesia y luego –a fines del siglo XX– organizaciones de la sociedad civil los que impulsan estas formas solidarias.

Se coincide con autores que se abocan al mismo problema en cuanto a las repercusiones en los tipos de interpretaciones y problemas que implica el rasgo exógeno:

Los grupos surgidos de un propósito e intervención externas nacen atados a una visión que los define desde un cierto lugar y de una cierta manera; o sea, a la interpretación que tiene una institución de lo que son los problemas y las necesidades de los sujetos a quienes establece como sus beneficiarios. […] Esta interpretación opera como referente del sentido otorgado a estos grupos en el momento de su formación, así como del tratamiento que se les dará” (Mingo, 1997: 100).

En miras a dichas externalidades se comparte la importancia de la teorización acerca de la gravitación del Estado y la politización que, a partir de mediados del siglo XX, implica en las organizaciones que deben responder a los lineamientos partidarios de turno. Desde los años 70 se pasa del cacicazgo tradicional a uno de cuello blanco, base del nuevo corporativismo tecnocrático, con la legitimidad puesta en la obtención de recursos (Bartra, 1991).

En relación con esos focos de atención, aquí el término imposición se comprende como aquellas organizaciones que en su conformación y funcionamiento son dirigidas por parte del Estado, Iglesia u organizaciones de la sociedad civil. Una distinción significativa es la del tipo de concepción acerca de la duración de la presencia de agentes externos al sujeto social que nuclean, pueden ser una guía con fecha de “retirada” (dependerá de distintas variables) o una permanencia constante en la estructura de la organización.

En contraposición, se entiende por apropiadas aquellas en las que, a pesar de sus diversos orígenes y posibles relaciones de “apoyo” externo, tienen en el centro las decisiones y participación de su base social. Por lo tanto, esta distinción está íntimamente ligada a la definición de EPSS, así como a la delimitación institucional.

En la misma dirección se comparte con otros autores que

Los proyectos impulsados por organizaciones no gubernamentales (ONG) no escapan necesariamente de los peligros inherentes a la promoción externa. A pesar de que las ONG suelen declararse partidarias de la autonomía de las organizaciones populares, muchas de ellas crean dependencias sutiles o evidentes, no sólo en los aspectos técnicos o administrativos, sino en la estrategia y la conducción misma del proyecto (Paas et al., 1990: 9).

Los dos términos, claves para el trabajo, comparten la centralidad teórica que tiene el nacimiento de la organización, así como en la interpretación, el tipo de intervención de aquellos que las promueven. En tal sentido:

La relación de dependencia, que marca el nacimiento de los grupos surgidos de una iniciativa externa, resulta ineludible. Así, la carencia de un saber especializado y de los recursos materiales necesarios para echar a andar una microempresa obliga, al menos por un tiempo, a seguir el sendero impuesto por quienes sí disponen de éstos. Esto se traduce en una pesada carga para el desarrollo de un grupo autogestionario y en un campo fértil para el cultivo de la subordinación. Por ello, para entender la dinámica grupal, es imprescindible considerar el efecto que tiene la actuación institucional en el refuerzo o no refuerzo de la dependencia (Mingo, 1997: 103).

Articular los planteos previos acerca de los tipos de discursos (empresariales y campesinos), las formas de nacimiento/funcionamiento (impuestas y apropiadas), la relación con el territorio y el modelo agrario, así como las legitimidades y formas de dominación (técnico-racional, tradicional, carismática), permite asir un abanico de organizaciones a través del uso de tipos ideales weberianos.

A pesar de no buscar en este trabajo agotar todas las combinaciones posibles de estas características, se conforma un tipo ideal que aportará a la comprensión del caso de estudio: un modelo de organización de tecnocracia socio ambiental que se crea por actores externos a las comunidades campesinas; en la que tiene gran importancia la racionalidad para la autoridad, aunque pueden –en el marco de las culturas de cacicazgos locales– asumir rasgos tradicionales-carismáticos. La toma de decisiones se centra en elementos técnicos, la dirigencia cuenta con esa condición, no así su base social. Si bien pueden tener discursos con rasgos sociales y campesinos, el empresarial es el que prima como modelo de “éxito”; su territorialización es expansiva en tanto lo demande la agroindustria. Pueden adosar un discurso ambiental en tanto redunde en beneficios económicos y no contradiga la racionalidad económica.

Estrategia metodológica

La estrategia consiste en una articulación de herramientas y perspectivas. Se aplica una triangulación metodológica –en la medida que es posible– entre recursos cualitativos y cuantitativos, aunque el primer tipo de técnicas, principalmente entrevistas y observación participante, son las que adquieren preponderancia en su uso.

En las fuentes documentales el estudio se ciñe a la sociología histórica y las valora en tanto aportan más elementos al análisis y comprensión del caso de estudio en su profundidad de elementos pretéritos. Como señalan algunos referentes sobre este tipo de material, es preciso que la interpretación de los productos del pasado sea puesta en dimensión histórica, lo cual implica leerlos desde lo que acontece en el momento en el que emergen (Darnton, 1987: 17).

Un elemento central lo constituye la revisión crítica de bibliografía, la construcción del campo temático de EPSS en el agro mexicano, como labor profunda y permanente, con el objetivo de dotar al análisis de bases sólidas y de diálogos temáticos específicos.

Se realiza la selección de un caso en función de la estrategia de tipo instrumental, donde el Grupo Cooperativo Quali cumple el rol de mediación para la comprensión de un fenómeno que lo trasciende; se lo delimita ya que “es utilizado como instrumento para evidenciar características de algún fenómeno o teoría. El foco de la atención y la comprensión desborda los límites del caso en estudio. El caso puede ser seleccionado como caso ejemplar o típico” (Archenti et al., 2007: 241). Se comprende, por lo tanto, que el caso permite reflexionar acerca de lo que acontece en las dinámicas sociales de organizaciones solidarias del agro mexicano y latinoamericano.

Particularmente, al identificar la tensión entre imposición/apropiación como un rasgo que comparten múltiples organizaciones campesinas, se concibe que esta obra aportará al campo de estudio general sobre estas dinámicas.

Entre las tareas que aportaron a la construcción del problema se rescata la vinculación con colegas investigadores del campo de estudio, la participación en encuentros y jornadas en México durante la estancia posdoctoral, así como el dictado de conferencias en diversos ámbitos.

La selección del caso particular se realiza luego de un primer paso en el cual se sumerge en el estado del arte. El conocimiento de informantes claves resulta, a lo largo de la estancia de investigación, la apertura para distintos casos posibles. Se opta por Quali por distintos motivos que se enraízan en el criterio de caso instrumental: es una entidad que representa una forma solidaria en el agro, que tiene presencia de más de cuatro décadas y que, como un elemento complementario, porta con referencia en el ámbito social. La organización permite el acceso y abre sus puertas al trabajo de campo.

Se aplica para el caso de estudio la observación participante, más de 20 entrevistas semiestructuradas[8] en profundidad y la recolección de fuentes documentales de la organización. El trabajo de campo se despliega dentro de la región Mixteca-popoloca en las llamadas mixteca baja y alta, lo cual resulta sumamente importante pues los rasgos socio-ambientales dotan de distintos perfiles a los campesinos y sus realidades y, a su vez, demuestran distintas situaciones organizativas del Grupo cooperativo.

La guía de entrevista en lo relativo a los sembradores de amaranto se organiza, entre otros, en los ejes temáticos –afincados en la teoría– que se refieren a la caracterización cultural y socio-productiva del campesino; el rol en el grupo de base; la participación y concepciones acerca de ella; las valoraciones económicas –y no– de su actividad con Quali, así como de los fundadores y sus trabajadores.

La selección de entrevistados se basa en distintos criterios en función del problema de estudio y conceptualización explicitada: roles dentro de la organización (directores, técnicos, trabajadores y campesinos); grado de participación en los órganos de decisión; tiempo (mayor o menor) de membresía; de igual modo respecto de las cooperativas de sembradores se toman aquellas de reciente incorporación y las más “añosas”.

La importante presencia de fragmentos de entrevistas a los fundadores parte de la premisa de que, en tanto cuentan con fuerte gravitación no sólo en la organización sino en lo que se dice sobre ella, es central presentar sus palabras para, a partir de ellas, llevar adelante el análisis junto a un conjunto de fuentes y elementos.

Se procesaron y utilizaron tanto fuentes y datos estadísticos relativos a las producciones agrarias como las fuentes secundarias aportadas por la entidad estudiada. Cabe señalar que se descansa en los datos cuantitativos procesados por los propios directores del Grupo, con lo cual no se cuenta con la fidelidad sobre su confección[9].

A modo de cierre, el capítulo establece en su devenir el entramado teórico-metodológico. En el plano conceptual se presenta el andamiaje de conceptos que desde distintas disciplinas sociales y humanas nutren el libro; el centro de preocupación se ubica en torno a las organizaciones de la EPSS que se crean mediante distintas externalidades. Se afirman, entre otros elementos, dos movimientos: apropiación e imposición que resultan del lugar y función que ocupe el sujeto social con respecto a la organización; el segundo, que se imbrica al primero, es el del nacimiento del agrupamiento y la disposición del agente externo para permitir/denegar el proceso para su independización.


  1. El autor separa el “emprendimiento cooperativo”, en tanto técnica económica, del “movimiento cooperativo”, con una determinada ideología.
  2. Una definición general del término “técnicos” es la de “estrato o clase de trabajadores dependientes que conciben, proyectan, innovan medios de producción y bienes de consumo, junto con sus técnicas operativas, y supervisan o dirigen la realización, así como la gestión y el mantenimiento, si se trata de maquinarias complejas, dentro de los límites establecidos por la dirección de la empresa u otro órgano de gobierno” (Gallino, 2001: 862).
  3. En tal sentido el autor Karl Polanyi reflexiona que “la falacia económica, como nosotros la llamamos, consiste en la tendencia a identificar la economía humana con su forma de mercado” (Polanyi, 2009: 77).
  4. En tal sentido algunos autores afirman que “uno de los problemas de fondo en la relación entre niveles de dirección y de ejecución es el hecho de que en la mayoría de los casos los directivos desempeñan su cargo de manera honorífica y por tiempos parciales, mientras que el gerente ejerce su función por tiempo completo” (Paas et al., 1990: 22).
  5. Los trabajos de Moyano Estrada sobre la caracterización de las corporaciones agrarias son de fuerte influencia en el ámbito de los estudios organizacionales latinoamericanos agrarios (Lattuada, 2006).
  6. Los tres niveles son: discurso ideológico, estrategia de acción colectiva y modelos organizativos.
  7. Los dos discursos ideológicos que señalan hacia fines de la década de 1990 se caracterizan cada uno por elementos distintivos que los conforman. De modo sintético, el empresarial se centra en la eficiencia empresarial para la supervivencia del campesino; concuerda con apertura comercial y que agricultura puede brindar divisas al país; identifica que el Estado sólo debe cumplir un rol regulador en función de criterios de eficacia y competitividad. En tanto que el campesino afirma luchar por la tierra y reforma agraria, enarbola valores tradicionales del mundo rural mexicano, postula la autosuficiencia alimentaria para llegar a la soberanía nacional (Moyano y Rojas Herrera, 1997: 59).
  8. A todos los entrevistados, salvo los fundadores (en tanto personas públicas), se les conserva en el anonimato, así como se modifican las referencias de lugar y fecha, siguiendo criterios de ética de investigación social.
  9. A pesar de solicitar a los directores del Grupo datos primarios para poder construir autónomamente las estadísticas, no es posible dada la negativa por tratarse de información “confidencial”. Con este tipo de dificultades, y más, dicen toparse otros investigadores (Díaz Duarte, 2012).


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