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4 Las colonias de la JCA: los primeros años

1. Los postulados del Barón

En la segunda mitad del mes de octubre de 1891 el Barón ordenó suspender el envío de emigrantes adicionales a la Argentina —incluidos los familiares de quienes ya se encontraban allí— hasta que las primeras colonias fuesen reorganizadas. En sus numerosas cartas a sus representantes sobre el tema, se refirió reiteradamente a las maneras de efectuar dicha reorganización, que a su juicio debía incluir cuatro procedimientos fundamentales.

Cribado de elementos indeseables. El Barón llegó a la conclusión de que la mayoría de los colonos llegados en los tiempos de Loewenthal eran una masa de vagabundos indignos de las inversiones y el trabajo que se les dedicó. Su presencia en Argentina era consecuencia de la negligencia de los activistas de los comités de emigración en Alemania, que no los habían evaluado de acuerdo con sus instrucciones. La solución que proponía era radical: liquidar las colonias existentes y trasladar a sus habitantes a los Estados Unidos u otros países, para posibilitar un nuevo comienzo en Argentina con nuevos contingentes.[1] Pero dado que ni el coronel Goldsmid ni los otros directores aceptaron el procedimiento, no quedaba otra posibilidad que efectuar una “limpieza profunda”, un cribado mediante el cual se alejaría de las colonias a los elementos indeseables, tanto los que manifestaban una personalidad negativa como quienes no estaban capacitados para el trabajo agrícola por razones de cualquier tipo.

Régie o control administrativo. Esta noción, que en sentido estricto designa a una autoridad que financia y supervisa la realización de tareas, era utilizada por el Barón para denominar el régimen con que se habían administrado las colonias en una primera etapa: la empresa empleaba a los colonos en diversas labores, al tiempo que se ocupaba de su alojamiento, alimentación y demás necesidades. El Barón estaba en desacuerdo con dicho régimen, y sostenía que la JCA, pese a sus objetivos filantrópicos, no debía erigirse en una “divina providencia” para los colonos, quienes tenían que acostumbrarse a mantenerse por sí mismos. Suponía que después del “cribado” quedarían en las colonias solo individuos de probada capacidad para el trabajo agrícola o con posibilidades de adaptarse al mismo; por ello, no se justificaba el establecimiento de servicios de entrenamiento laboral para esos trabajadores.[2]

Administración simple. Era la antítesis deseable de la régie, una simplificación de las funciones administrativas de la empresa en las colonias, que acarrearía una reducción en el número de sus empleados. Según este sistema, la oficina local se encargaría solamente de supervisar el trabajo de los colonos, y para ello bastaría con que en cada colonia se hallaran un agrónomo y un encargado de la contabilidad. Sobre la base de esta noción, el Barón solicitó a sus diversos representantes en Argentina que redujeran en forma drástica el personal de la oficina de Buenos Aires y de las colonias, y transfirieran el grueso de sus funciones a los mismos colonos.

Autogobierno. Participación de los colonos en la administración de la empresa. A juicio del Barón, el autogobierno debería constituir la base organizativa de las futuras colonias, pero no desechaba la posibilidad de aplicarlo a las ya existentes luego de la “limpieza”.

Estas cuatro nociones constituyeron sin duda factores decisivos en el desarrollo del proyecto, pero no fueron los únicos. Junto a ellos actuaron, por una parte, las posiciones adoptadas por los directivos en Buenos Aires, los administradores de las colonias y agentes locales, y por la otra, las condiciones geográficas, económicas y humanas en cada una de las colonias.

2. Moisés Ville, la primera colonia judía en Argentina

En 1891, existían en la región de Moisés Ville tres núcleos de pobladores judíos: Moisés Ville, comuna autónoma que contaba con el apoyo de un préstamo del Barón; Aharón Ville, colonia de jornaleros en Sunchales, totalmente mantenida por la JCA; y Monigotes, poblado independiente que no contaba con apoyo financiero alguno.

En su visita de febrero-marzo de 1891 como miembro de la delegación, Loewenthal estableció en Moisés Ville las bases de una cooperativa. Carecemos de información sobre la reacción de los colonos cuando se les propuso ese programa, que incluía un préstamo de consolidación, libre de interés por tres años. Los informes posteriores de Loewenthal al Barón describían un cuadro muy optimista, según el cual todo ese año la colonia estuvo impulsada por un espíritu creativo que condujo a buenos logros agrícolas, la pacificación de los problemas internos y una organización eficiente que constituía un modelo para todos los habitantes de la región.[3]

Los informes de Loewenthal sobre la marcha del trabajo en Aharón Ville —que siempre denominaba “hacienda de trabajo” (Arbeitsheim), sin mencionar su nombre— mostraron al principio una situación satisfactoria. Las quince familias establecidas en una superficie de 202 hectáreas residían provisoriamente en carpas y se ocupaban tanto de la construcción de sus casas como de la preparación del terreno para la siembra de papa y cebolla; poseían bestias de carga, vacas y otros animales. Pero los informes posteriores revelan cambios negativos. En noviembre de 1891, cuando se disponía a recorrer los tres emplazamientos, Loewenthal tendió a ignorar la existencia de Aharón Ville, y durante su visita tomó medidas para liquidarla. Los buenos colonos fueron sumados a los de Moisés Ville, y a los “malos” les aconsejó buscar trabajo en las haciendas de la zona, abandonándolos a su suerte. Las 202 hectáreas de la colonia se ofrecieron en venta o arrendamiento, y las herramientas de trabajo fueron enviadas a Moisés Ville. Aharón Ville, la primera colonia destinada al cultivo intensivo bajo la conducción de la JCA, desapareció antes de completar su primer año de existencia.[4]

A diferencia de Aharón Ville, la pequeña concentración de agricultores judíos en Monigotes era totalmente independiente. Desde su fundación en lo que constituía, en ese entonces, el límite de la zona poblada del país, ese puñado de judíos se enfrentó a dificultades naturales y peligros inesperados. Las noticias sobre una posible ayuda por parte de los miembros de la misión exploratoria del Barón fueron vistas como una nueva posibilidad de fortalecer su proyecto. La plaga de langostas que en la segunda mitad de febrero de 1891 destruyó todas las cosechas de la zona golpeó duramente también a los colonos de Monigotes, por lo cual solicitaron a Loewenthal y a Cullen que los auxiliaran como lo habían hecho con Moisés Ville. En esa ocasión, Cullen fue invitado a visitar la colonia, donde se impresionó vivamente del empeño y el esfuerzo de sus habitantes y recomendó al Barón concederles un préstamo de consolidación de unos 14.000 pesos, destinado a la compra de semillas de trigo. Más adelante, Loewenthal continuó con sus esfuerzos para liberar a los colonos de sus deudas, lo cual se hizo más urgente debido a los reclamos del banco que les había prestado el dinero para su establecimiento en el lugar.

Loewenthal procuró apaciguar los conflictos internos que, según informó, habían surgido entre los colonos. También planificó la aplicación del préstamo de consolidación, pese a que creía que el mismo no sería muy útil, ya que el monocultivo del trigo agotaría la fertilidad de los campos antes de que los colonos terminaran de saldar sus deudas, y al final se verían obligados a malvenderlos. Aun así, opinaba que el esfuerzo valía la pena, ya que sus habitantes constituirían “agricultores modelo” para alguna futura colonia de la JCA.[5]

Moisés Ville, “madre de las colonias judías”, y sus “hijas” aparecen en los primeros informes de Loewenthal como la concreción de los principios del Barón: tanto la cooperativa autónoma que constituiría la base para la absorción de nuevos inmigrantes como el trabajo de colonos independientes no ligados a la JCA en Monigotes y Palacios satisfacían los principios del autogobierno y la administración simple. Pero este cuadro de perfección que Loewenthal, al parecer, presentó en sus conversaciones con el Barón a principios de abril de 1891, se diluye completamente al leer los informes de los distintos supervisores que visitaron Moisés Ville en ese mismo periodo.

Cullen, asociado con Roth en la directiva en Buenos Aires, visitó la colonia a fines de enero de 1892 —año que sería crucial para ella— e informó que la cooperativa se había disuelto todavía en tiempos de Loewenthal, poco después de la adquisición de las tierras de la colonia, y la administración se hallaba en manos de Sebastián Jancovich, un joven funcionario judeo-rumano. Según Cullen, junto con los exsocios de la cooperativa, los evacuados de Aharón Ville y los antiguos arrendatarios de Moisés Ville y sus alrededores —todos ellos inmigrantes llegados en el Weser—, se encontraban en la colonia también algunos centenares de los pasajeros del buque Pampa, en total unas 225 familias. Pocos de los habitantes más antiguos habían obtenido parcelas, y los demás no habían progresado en su incorporación a la colonia. El ingeniero Herman Werren, enviado por el Barón para explorar el Chaco, visitó Moisés Ville en la segunda mitad de febrero de 1892 y describió con colores sombríos las condiciones en que vivían sus habitantes: los veteranos se alojaban en deficientes ranchos de barro; los llegados en el Pampa, en carpas. La administración, compuesta de cuatro empleados, ocupaba un rancho carente de piso y techo, y manejaba los asuntos de la colonia sin libros contables; no se desarrollaba actividad agrícola alguna, ya que el escaso equipo había sido en parte embargado y en parte robado. Borgen, asistente del coronel Goldsmid, visitó la colonia a fines de abril de ese año y añadió al triste cuadro una pesimista previsión de las posibilidades de desarrollar su agricultura, ya que gran parte de las tierras estaban inundadas debido a lluvias torrenciales. La primera cosecha, unas 1.000 bolsas de granos recogidos en unas 500 hectáreas cultivadas por los socios de la cooperativa, estaba almacenada en un gigantesco granero en mal estado, construido en un terreno que no pertenecía a la JCA. El coronel Goldsmid, tras su visita en la segunda mitad de mayo, atestiguó también la indigencia de Moisés Ville, y en sus cartas al Barón destacó explícitamente lo ya transmitido por sus predecesores: si bien la influencia de los elementos nocivos sobre parte de los colonos había tenido cierta importancia, la misma no hizo sino reforzar una atmósfera depresiva creada por la imposibilidad de trabajar.[6]

Estos informes internos de funcionarios de la JCA hallaron su ratificación en un informe externo de principios de junio de 1892. Frederic Wagner, funcionario del Ministerio de Tierras, Agricultura e Inmigración, viajó a Moisés Ville para examinar la situación por órdenes del director de su ministerio y del ministro del Interior, debido a una queja presentada contra la JCA por un judío de Buenos Aires, según la cual la empresa deliberadamente no entregaba las parcelas a los agricultores.

Wagner entrevistó a decenas de colonos, y su informe a sus superiores describía un cuadro sombrío: más de 300 familias, la colonia más populosa de Santa Fe, residían en 10.000 hectáreas propiedad de la JCA. En su mayor parte, el suelo era de mala calidad, y la tierra bastaba para no más de una décima parte de la población, por lo que muchos colonos eran improductivos y su futuro no estaba asegurado en modo alguno. Se mantenían mediante el subsidio mensual en dinero efectivo que se les acordaba según el tamaño de la familia, y que apenas si cubría sus necesidades básicas. Al mismo tiempo, pese a las malas condiciones de las viviendas, y contra ciertos rumores sobre un elevado índice de mortalidad entre ellos, su estado de salud no era malo; el personal administrativo incluía un médico y un farmacéutico. La principal demanda de los colonos era establecerse inmediatamente en sus fincas.[7]

A principios de 1892, lo que caracterizaba a Moisés Ville no era pues ni la organización cooperativa, ni el autogobierno, ni la administración reducida y la supresión del subsidio, sino la pobreza y el sufrimiento, formas elementales de subsistencia y un desempleo forzoso y deliberado, que impedían la realización de los proyectos del Barón.

El comienzo de la reorganización de Moisés Ville tuvo que ver con la breve visita del coronel Goldsmid en la segunda mitad de mayo de 1892. El administrador de la colonia telegrafió a Goldsmid que, ante el peligro de agresiones por parte de los colonos, la oficina se había trasladado a la estación Palacios. Goldsmid viajó a Palacios y, pese a las advertencias de su administrador, llegó esa misma noche a Moisés Ville y pudo ver con sus propios ojos las penurias del lugar. Conmovido por el espectáculo de las pobres gentes alojadas en carpas podridas y los niños acostados en el suelo en semejante frío, y ante los justos reclamos de los colonos, decidió allí mismo solucionar el problema de Moisés Ville mediante el traslado de la mayoría de sus habitantes a Entre Ríos y la reducción drástica del tamaño de la colonia. Ello era necesario, a su juicio, por varias razones: la baja calidad de las tierras; el permanente peligro de inundaciones; los ataques de langostas y otras plagas; su distancia del ferrocarril; y la existencia de terrenos que no pertenecían a la JCA y podrían ser ocupados por elementos sociales nocivos. Sin duda, el dueño de esos terrenos, Dr. Pedro Palacios, sabedor de que el desarrollo de la colonia dependía de su disposición a venderlos a la JCA, aprovecharía esa coyuntura y aumentaría el precio de las mismas. Tras una larga noche en que los colonos le expusieron sus argumentos, el coronel les comunicó su decisión: quienes quisieran permanecer en Moisés Ville podrían hacerlo, en el marco de una colonia reducida; los demás serían enviados a las colonias en Entre Ríos. Goldsmid informó de ello al Barón y obtuvo su aprobación.[8]

En los meses siguientes, se fueron implementando en Moisés Ville, al mismo tiempo, la disminución poblacional y la consolidación. Por una parte, grupos de familias se fueron trasladando a la colonia Clara en Entre Ríos; por la otra, en Moisés Ville se fueron construyendo casas baratas y se realizaron otras tareas ligadas a su estabilización. A comienzos de noviembre de 1892, la reorganización estaba teóricamente cumplida: con la partida del último grupo hacia Clara, quedaban en Moisés Ville solo unas 120 familias. Pero en ese momento descubrió el coronel que los problemas no se habían terminado: para organizar correctamente la colonia, debía reformar el programa de parcelación preparado por los propietarios anteriores y autorizado por el gobierno provincial. Sin ese cambio no sería posible asegurar un reparto justo de las tierras de mejor y menor calidad y la distribución de las zonas de cultivo y de pastoreo, ni tampoco planificar en forma racional la ubicación geográfica de las distintas fincas y las vías de comunicación entre ellas. Esta situación, junto con una nueva estimación que confirmaba que las tierras de la colonia eran poco fértiles y expuestas a las inundaciones, llevaron al coronel a proponer una solución radical: reubicar en Entre Ríos también a las 120 familias que aún quedaban en Moisés Ville.

El Barón aceptó entusiasmado la propuesta, porque ya desde agosto venía exigiendo reducir el involucramiento de la JCA en Moisés Ville, limitar su ayuda a los colonos a una única subvención y establecer la autonomía de la colonia. En otras palabras, había aceptado la propuesta de Goldsmid inclusive antes de recibirla. A fines de noviembre de 1892, por ende, Goldsmid consideró que la decisión de desmantelar Moisés Ville era irrevocable y, por consejo de su asesor agrícola, decidió no cosechar el trigo allí sembrado, ya que después del ataque de langosta a comienzos de octubre las plantaciones no se habían recuperado y carecía de sentido invertir dinero en recoger una cosecha empobrecida.

En ese momento, cuando ya habían sido tomadas todas las decisiones, llegó a la Argentina la delegación encabezada por el ingeniero Kogan, la cual produjo un vuelco total en la situación. La primera decisión que adoptaron los recién llegados fue cosechar el trigo de Moisés Ville, aunque su rendimiento fuese magro, por el significado moral de dicha operación. El coronel aceptó, y él mismo le describió al Barón, tras la cosecha, el entusiasmo con que los colonos realizaron el trabajo. La segunda decisión de Kogan y los suyos fue no liquidar la colonia sino reorganizarla; el consentimiento del Barón a este nuevo intento marcó el camino para la salvación de Moisés Ville.

Cuando la delegación arribó a la colonia, en diciembre de 1892, residían allí 124 familias establecidas por la JCA, un total de 552 personas. Noventa familias (406 personas) habitaban en el poblado de Moisés Ville; 10 familias (41 personas), en la aldea recientemente construida al noroeste de la colonia; 21 familias (90 personas) residían en otra aldea al noreste, y tres familias (15 personas), en fincas fuera de las aldeas. Además de los colonos de la JCA, y mezcladas con ellos, vivían en el poblado principal algunas otras familias judías: propietarios de tiendas, de casas de comidas, etc. La delegación descubrió, según su propio relato, que las tareas de asentamiento se habían realizado a menudo en forma negligente e incorrecta. No se había fijado el tamaño de la familia con derecho a recibir una finca, ni las ventajas que correspondían a familias con muchos hijos en cuanto a equipo, terreno y apoyo financiero. Un 75% de los colonos, a decir de Kogan, no podían empezar a trabajar porque solo habían recibido una vivienda, pero no las herramientas necesarias ni ganado alguno; no se había sembrado alfalfa para alimentar a las escasas bestias, lo cual podría haberse hecho con facilidad y habría ahorrado mucho dinero en forraje; no se había efectuado un inventario de los equipos ni existía control alguno de ellos; las casas nuevas estaban construidas de forma deficiente y en sitios inadecuados en relación a los terrenos de cultivo, y su distribución no planificada obligaba a sus habitantes a esfuerzos innecesarios: algunos colonos vivían a seis kilómetros de sus parcelas. No se había hecho nada para introducir variedad en la producción mediante cultivos diversos y para librar a los colonos de su dependencia del monocultivo del trigo.[9]

Los delegados recibieron la autorización del coronel y comenzaron con sus tareas de reestructuración. El primer esfuerzo, tras despachar a la administración anterior, fue orientar la nueva parcelación y crear unidades permanentes de producción. Parte de los colonos se opusieron firmemente a esa reforma, y cuando enfrentaron la alternativa de aceptarla o marcharse, hubo quienes prefirieron regresar a Europa, entre ellos también agricultores capacitados. Otros fueron eliminados de la colonia mediante una buena indemnización. Aunque al principio la delegación se opuso a las tareas de cribado social realizadas por el coronel, debió finalmente exigir el reenvío a Europa de unas 100 personas; pero tampoco eso fue el final de la limpieza, ni faltaban entre quienes seguían en la colonia elementos negativos, chismosos e intrigantes. Según un informe de Kogan, quedaban en ella 77 familias; pero un informe recibido más tarde por el Barón indicaba que el total de fincas era de 49. David Cazès, que visitó Moisés Ville en diciembre de 1893, halló en ella 52 unidades con un total de solamente 4.350 hectáreas.

La segunda tarea de la delegación fue distribuir el equipo agrícola, una vez realizado el inventario de los depósitos. El tiempo invertido en el mismo, sumado al insumido por los desacuerdos con el coronel y por la organización de las fincas, produjo un atraso considerable en las tareas de preparación de las nuevas siembras. A consecuencia de ello, quedaron sin cultivar unas 1.700 de las 4.350 hectáreas repartidas, y ocho de los colonos no pudieron arar sus tierras a tiempo porque recibieron el equipo demasiado tarde.

La delegación procuró reorganizar también el sistema de apoyo financiero que se otorgaba a los agricultores. Según el aplicado hasta entonces, el subsidio dependía del número de miembros de la familia, y los colonos tenían que acudir mes a mes a la oficina para solicitar las limosnas del Barón. Kogan decidió que los colonos veteranos cuyos ingresos de la cosecha llegaban (según cálculos de un miembro de la delegación) a unos 7.000 pesos, recibirían una suma adicional que les permitiría mantenerse hasta la cosecha siguiente; en cuanto a los colonos nuevos, decidió otorgarles un subsidio en función del número de hectáreas que trabajaran. El apoyo se interrumpió en febrero de 1893, lo cual provocó disturbios por parte de los colonos e inclusive un ataque personal contra Kogan. Ante las amenazas, Kogan decidió pagar el subsidio y lo incluyó en el presupuesto que había presentado al Barón, confiando en que este lo autorizaría.

La delegación procuró depositar las funciones administrativas en los representantes de los colonos, que habían sido elegidos poco antes de su arribo a Argentina. Kogan conversó con ellos acerca de sus planes y se proponía transferirles la responsabilidad de organizar el depósito de provisiones y la carnicería pública, que se sustentarían con subsidios de la JCA, con lo que se completaría el apoyo financiero otorgado a la colonia. En sus cálculos financieros, incluyó también sueldos parciales para los representantes, en cuyas tareas veía una forma de suplementar la actividad del funcionario de la JCA en la colonia.[10]

El Barón no aceptó los cálculos de Kogan y presentó una propuesta alternativa: una suma global de 6.000 libras esterlinas sería puesta a disposición de los colonos, que deberían conformarse con ella; si esa decisión no fuera aplicable, la colonia sería dejada a su suerte aun si ello acarrease su abandono. Nuevamente, Moisés Ville corría el riesgo de desaparecer. Pero en ese momento, dos personas decidieron abogar por su permanencia. Uno fue el coronel Goldsmid, quien, pese a que no creía en su futuro, apoyó las estimaciones financieras de Kogan y le hizo saber al Barón que, aunque se oponía a su existencia, no había que desesperar de Moisés Ville y abandonarla, puesto que la decisión anterior del Barón de apoyar a la colonia había convertido a esta en una cuestión de prestigio para la JCA. El otro fue Kogan, que aparentó aceptar el dictamen financiero del Barón, pero de hecho actuó según su propia voluntad: no desistió de las reformas programadas y continuó con el desarrollo de la colonia según sus planes.

El otoño-invierno de 1893 habría cambiado positivamente la historia de Moisés Ville, de no haber caído sobre ella adversidades provenientes de la situación política en la provincia. Una rebelión contra el gobierno de Santa Fe, estallada a comienzos del año en varias colonias pobladas por inmigrantes, se convirtió en guerra civil en septiembre de 1893: una lucha armada entre suizos, italianos y otros colonos, por una parte, y las autoridades provinciales por la otra. Aunque Moisés Ville estaba físicamente alejada de la arena de esos combates (que tenían lugar en torno a la capital de la provincia), no se libró de las consecuencias de los disturbios, que derivaron en una especie de guerra entre gauchos y nativos contra inmigrantes y colonos europeos.[11] Todas esas luces y sombras se reflejaron en el informe presentado por el nuevo director de la oficina de Buenos Aires, David Cazès, tras su primera visita a Moisés Ville en diciembre de 1893.

El informe de Cazès era detallado y también poseía sobretonos emocionales: había encontrado en Moisés Ville a verdaderos campesinos, atareados en preparativos para la cosecha; a judíos curados de los hábitos de la pereza, que se levantaban con el alba para trabajar y cuyas conversaciones los sábados en la sinagoga giraban en torno a cuestiones de agricultura. Pero la colonia estaba parcialmente vacía: frente a las 52 familias propietarias de fincas, había otras 52 parcelas desocupadas (31 de 100 hectáreas y 21 de 50 hectáreas cada una). Las dos aldeas que se hallaban en las afueras estaban vacías: una no había vuelto a ser poblada tras las reformas de Kogan; las seis familias que habían quedado en la otra habían huido al poblado central ante la amenaza de los gauchos, que tras la guerra civil santafesina de 1893 continuaron con los desmanes y se entregaban al robo y al saqueo. Hasta ese momento, los colonos se sustentaban con el subsidio que seguían recibiendo mensualmente del administrador; pero las 1.476 hectáreas de trigo listas para la cosecha y las 175 hectáreas de lino maduro apuntaban al final del régimen de subsidio. La conclusión de Cazès fue que era necesario reforzar la colonia mediante nuevos pobladores.

Para mayor sorpresa del Barón ante esta propuesta, que contradecía su decisión de mantener a la colonia en sus dimensiones reducidas y a las tierras sobrantes como reserva futura para los pobladores existentes, los directivos de Buenos Aires (Hirsch y Cazès) redactaron un informe minucioso destinado a refutar la oposición al desarrollo de Moisés Ville. En sus palabras, Santa Fe en general y la región donde se hallaba Moisés Ville en especial constituían una zona destinada a la colonización, tal como lo demostraba la cantidad de poblaciones y de vías ferroviarias existentes en la misma. Si bien la tierra era pobre, las napas de agua a escasa profundidad hacían posible sembrar forraje también en años de sequía; el peligro de la langosta no era mayor que en Entre Ríos. El deliberado mantenimiento de terrenos improductivos acarreaba una pérdida financiera, ya que según la situación actual los colonos no necesitarían de ellos en los próximos veinte años. Para ambos directivos, los defectos de Moisés Ville eran consecuencia de una mala administración y no de las condiciones locales, y una vez que la misma había sido superada mediante la reorganización, correspondía ampliar la colonia existente agregándole 40 nuevas familias con experiencia en agricultura.

Persuadido por estos argumentos, el Barón abandonó su posición anterior y autorizó a sus representantes la confección de un nuevo programa para Moisés Ville. Al mismo tiempo, ordenó a sus funcionarios en Rusia reclutar un grupo de colonos potenciales tan homogéneo como fuera posible, y enviar a la brevedad representantes del mismo a Argentina, a fin de que cooperaran en los preparativos de absorción. La fecha fijada para la ejecución de este nuevo proyecto fue septiembre de 1894; debido a dificultades en la organización de la salida de Rusia, la misma fue postergada para el mes de noviembre.

En la segunda mitad de 1894, en Moisés Ville comenzaba un febril programa de construcción, y en Grodno (Lituania) comenzaba a formarse un nuevo grupo de colonos. El Barón autorizó ambas operaciones, a pesar de la inversión financiera que requerían y a pesar de su anterior oposición al repoblamiento de Moisés Ville. Además, los preparativos para la nueva colonización estaban a cargo de la administración local, aun cuando la misma supuestamente ya no existía, y aun cuando algunos de los veteranos habían obtenido una cosecha escasa y sería necesario otorgarles un nuevo año de subsidios.[12]

Mientras tanto, en Moisés Ville se preparaban las cuentas de los colonos con vistas a la firma de los contratos con la JCA. El inspector Alexander Charlamb se hallaba con ese fin en la colonia desde mayo de 1894. Los colonos quedaron satisfechos con su trabajo y compusieron un poema en hebreo en honor del Barón.

El 26 de octubre de 1894, llegó a Moisés Ville Noé Cociovich, el primer representante del nuevo grupo de colonos, y se encontró allí con David Cazès, quien visitaba la colonia por segunda vez. Estos dos judíos, que hablaban entre ellos en hebreo, pusieron por escrito sus impresiones. Cazès veía una enorme mejora desde su primera visita a fines de 1893: nuevas casas de ladrillos se alzaban junto a los ranchos, que ahora se utilizaban como depósitos; en muchos sitios se habían realizado nuevos cultivos y crecían árboles frutales; las fincas estaban alambradas; casi todas las familias criaban animales; y el trigo, aunque azotado por la langosta a principios de octubre, se había recuperado y prometía una buena cosecha. Noé Cociovich recordaría de ese primer encuentro con Moisés Ville los pequeños ranchos carentes de flores o plantas, y también que los colonos debían comprarle al vendedor italiano las verduras y los pollos que no producían por sí mismos. Ambos autores destacaron el bajo nivel de la educación y la escasa vida social. Pese a ello, ambos sentían que la colonia se hallaba al borde de un cambio radical en su historia.

Un mes y medio después, llegaron a Moisés Ville los nuevos inmigrantes, un grupo homogéneo de judíos provenientes de Grodno. Traían consigo varios rollos de la Torá y el grupo incluía un matarife ritual y dos maestros, uno de los cuales, rabí Rubén Hacohen Sinay, se convirtió rápidamente en su líder espiritual.[13] A diferencia de los colonos veteranos, los nuevos no debieron pasar por grandes dificultades: les esperaban viviendas de material preparadas de antemano, y al poco tiempo recibieron todo el equipo necesario para el trabajo. Esas diferencias entre ambos grupos, sumadas a las de sus respectivas costumbres, traídas de los lugares de origen (los veteranos procedían de Besarabia), generaron tensiones que no desaparecerían con rapidez.

Otra colonización judía en la zona, la de Monigotes, atravesó etapas diferentes en su desarrollo. Fundada en tierras del Banco Colonizador, a comienzos de 1892, como ya señalamos, se halló nuevamente en peligro de liquidación, debido a que sus pobladores no conseguían pagar la cuota anual al banco. Los directores de la JCA en Buenos Aires, Adolfo Roth y luego Goldsmid y Kogan, solicitaron del Barón —cada uno en su momento— que interviniera a su favor. Roth sostuvo que Monigotes era la única colonia digna de ese nombre; el coronel ratificó esa opinión y describió extensamente el esfuerzo desplegado por los colonos y sus éxitos notables a pesar de las dificultades que enfrentaban; Kogan y los miembros de su delegación confirmaron esas evaluaciones. El Barón aceptó evacuar a los habitantes de Monigotes hacia tierras adquiridas en Entre Ríos, y el coronel Goldsmid cumplió con sus instrucciones.

A comienzos de 1893, solo nueve familias aferradas a sus tierras permanecían en Monigotes. La cosecha de 1893-1894 fue la primera que les procuró un ingreso respetable, pero también los llevó a reflexionar sobre su futuro. Los directivos de la JCA plantearon al pequeño grupo tres alternativas: mudarse a Moisés Ville u otra colonia de la JCA; abandonar Monigotes y entregar todas sus posesiones a la JCA en pago de sus deudas; permanecer en el lugar y firmar un contrato formal de compromiso con la empresa. Los colonos se convencieron de la inutilidad de su lucha, y a comienzos de 1894 se trasladaron en su mayoría a las colonias de la JCA en Entre Ríos.

De este modo, mientras Moisés Ville comenzaba a evolucionar con el aporte de una nueva población, la existencia de Monigotes parecía llegar a su fin. Al llegar allí, los inmigrantes de Grodno solo hallaron a una familia judía, los Rotman, que no dependía de la JCA.[14] El administrador, Miguel Meshulam Cohen, realizaba en ese momento negociaciones con propietarios de la zona para intercambiar parcelas de la JCA en Monigotes por otras en los límites de las tierras de Moisés Ville.

3. Mauricio, la primera colonia de la JCA

El 30 de agosto de 1891, llegó a las tierras de Rómulo Franco, en la provincia de Buenos Aires, el tercer grupo de inmigrantes, con lo que el número de colonos potenciales se acercó a 700. Pero, ya al día siguiente de su arribo, Loewenthal informó sobre las dificultades que habían surgido con ellos. ¿Cuál fue la causa de esas dificultades?

Disponemos de los testimonios de dos personas, ubicadas en lados opuestos del espectro, que relataron lo ocurrido en los primeros días de la primera colonia del Barón. Marcos/Mordejái Alpersohn, uno de los viajeros del Tijuca que llegaron a Mauricio el 30 de agosto de 1891 (y uno de los pocos hombres de pluma entre los inmigrantes), refleja en sus memorias la versión de los colonos, o al menos de algunos de ellos. Por su parte, los informes de Loewenthal, basados sobre todo en los de los funcionarios locales y también en sus experiencias personales, reflejan la evolución de los hechos desde el punto de vista de los organizadores. Ambas versiones se complementan, y contamos además con el testimonio del médico de la colonia, Yosef Yafe, que estaba del lado de los colonos. Esas fuentes nos ayudan a conocer a los dos actores fundamentales de esta historia y sus reacciones ante las condiciones peculiares del asentamiento en Mauricio.

La primera característica de los centenares de inmigrantes que llegaron a Mauricio era su heterogeneidad en varios aspectos: su origen (provenían de casi todas las regiones de la Zona de Residencia en Rusia); su situación familiar (había familias completas, pero también hombres solos a quienes se había prometido el pronto arribo de las suyas); sus posesiones (algunos habían logrado traer su equipaje, mientras que otros llegaron casi sin nada, ya que el comité de Hamburgo les ordenó dejar sus bártulos en el puerto con la promesa de enviarlos en otro buque. Tras semanas de inútil espera se les dijo que, debido a diversas negligencias administrativas, los equipajes se habían perdido); su postura religioso-cultural (había observantes de distintas corrientes judaicas y también liberales que no respetaban las normas religiosas básicas); su nivel moral (junto a honestas familias deseosas de trabajar y prosperar, había individuos de dudosa moralidad cuya influencia perjudicaba a los demás).[15]

Obviamente, esa mezcla humana no podía cohesionarse fácilmente en una comunidad capaz de autoadministrarse. Tampoco les era posible unirse en torno a un liderazgo estable, capacitado para negociar con factores externos, como lo eran los funcionarios que dirigían la colonia; a duras penas consiguieron elegir a los representantes que conversarían con Loewenthal cuando este vino para informarse de sus problemas y necesidades.

En esas condiciones, la erección, consolidación y conducción de la colonia recaían sobre los funcionarios de Loewenthal, y lo mismo ocurría con el tratamiento de la situación individual de los colonos y sus necesidades primarias. Cabe preguntarse en qué medida ese personal estaba capacitado para semejante tarea.

La actitud de Loewenthal ante los judíos rusos era, como ya se dijo, ambivalente. Si bien, tal como era previsible, procuró proceder con mano dura, no logró permanecer insensible a su sufrimiento, y aun en el caso de personas que, a sus ojos, encarnaban lo negativo del judío ruso, asumió una actitud tolerante y paternalista. Así lo percibieron los colonos, entre ellos quien sería su vocero, Marcos Alpersohn, en cuyas memorias Loewenthal aparece como un patriarca generoso que influía en los colonos y al mismo tiempo se dejaba influir por ellos.

Loewenthal nombró como directores de Mauricio a dos exmilitares: Lucien Gerbel, nacido en Yassi (Rumania) y exoficial de húsares en el ejército austríaco, como administrador y gerente; y al ingeniero agrónomo Augusto Terracini, judío genovés que había sido artillero en el ejército italiano, como responsable del aprovisionamiento. De ahí en más, el éxito de la colonia dependía de la capacidad de estos de implementar los preparativos infraestructurales necesarios, organizar a los colonos y solucionar sus problemas económicos y sociales. Pero ambos eran demasiado jóvenes y además carecían de la personalidad exigida por tan complejo objetivo. El administrador Gerbel se rodeó de un grupo de adeptos al que utilizó como grupo de presión para asegurarse su puesto y su autoridad, y a causa de ellos inclusive algunas de sus buenas intenciones habían de malograrse. En cuanto a Terracini, el exartillero no halló un lenguaje común con los colonos, y además su afición a la bebida le privaba de la energía necesaria para impulsar un rápido progreso en la colonia. En esas condiciones, no pudieron enfrentar las dificultades objetivas y mucho menos las que acarreaba la diversidad de la población.[16]

Por un lado, pues, un grupo humano heterogéneo; por el otro, un director general autoritario y compasivo asistido por una administración sumamente débil: ese era el panorama humano de Mauricio en sus primeros días.

En realidad, las dificultades básicas de Mauricio habían comenzado ya en Buenos Aires, cuando los inmigrantes de sucesivas olas se encontraron con el “problema judío” de la ciudad: los “impuros”. Como ocurriera en su momento con los pasajeros del Weser, también los recién llegados tuvieron contacto con esos otros oriundos de Europa oriental en el Hotel de Inmigrantes, y supieron por ellos de los “espantos” de la colonización agrícola, las “pérdidas” que les esperaban e, indirectamente, de otras posibilidades “comerciales” que les ofrecía un país de modalidades machistas y de extranjeros sin familia. Era imprescindible limitar o eliminar del todo semejantes contactos, para lo cual Loewenthal se apresuró a enviar a los primeros inmigrantes directamente a Mauricio, método que continuó aplicando con los siguientes grupos, tanto en los casos en que supo de antemano su llegada como cuando no fue avisado de la misma.[17]

Los inmigrantes arribaban a Mauricio con una mezcla de temores y esperanzas. Los primeros llegaron en medio de una fuerte tormenta pampeana y copiosas lluvias. No se había hecho preparativo alguno para ellos; todo que había en la colonia era una pequeña construcción para los administradores y un gran cobertizo que anteriormente había servido de porqueriza. Durante dos semanas, estuvieron abandonados a su suerte en casuchas provisorias, alimentándose de galletas traídas desde Buenos Aires y carne de vacas sacrificadas diariamente para ellos. Al cabo de algunas semanas, se trajeron carpas con las que se establecieron dos campamentos, a unos tres kilómetros uno de otro, denominados Alice y Algarrobo. Más tarde, se levantaron también un almacén de provisiones y dos hornos para pan. Mauricio se convirtió en un campamento de caridad, las necesidades de cuyos habitantes eran provistas por los administradores.

Durante el primer tiempo no se hablaba de un asentamiento definitivo, porque la adquisición de la tierra no se había completado. Las veintitrés familias cristianas que arrendaban las parcelas se hallaban todavía instaladas en ellas. De esas tierras, 1.700 hectáreas estaban sembradas con trigo, y otras 1.500 habían sido aradas para sembrar maíz. Los inmigrantes se emplearon en esos cultivos y en otras labores públicas como la construcción de hornos para pan, la excavación de pozos de agua y la apertura de una ruta hacia la estación ferroviaria de Carlos Casares, pero las mismas ocupaban solo a una parte de ellos, y todas juntas no posibilitaban que una población heterogénea y mantenida desde afuera se encaminara hacia la productividad. El administrador Gerbel repartió libretas de trabajo, para asegurar una distribución justa de las tareas. Dicha distribución y la supervisión de los trabajos fueron confiadas a algunos de los recién llegados, pero al parecer los elegidos eran justamente elementos de escasa probidad. El sistema de las libretas permanecería en la memoria de los colonos —o al menos en la de Alpersohn— como un régimen de trabajo parcial manejado mediante sobornos realizados a espaldas del director de la colonia, régimen que contribuyó a crear la imagen de que los colonos eran perezosos.[18]

El 13 de septiembre de 1981, Loewenthal informó sobre la primera “revuelta” estallada en Mauricio: los colonos, amargados por la demora en el reparto de tierras, atacaron el edificio de la administración. Gerbel llamó en su auxilio a la policía de Carlos Casares y solo tras difíciles discusiones se aplacaron los ánimos. El 6 de octubre, Loewenthal visitó por primera vez la colonia, donde permaneció tres días; un mes después, el 7 de noviembre, realizó otra breve y última visita. En ambas pudo verificar personalmente la deprimente situación que reinaba en la misma.

Ya en la primera ocasión comprobó que no todas las quejas de los colonos carecían de fundamento: muchos de los que protestaban eran aquellos que habían sido separados de sus familias por los comités alemanes, y estaban persuadidos de que era un engaño la promesa de que las mismas no tardarían en llegar. Otros aguardaban impacientes los equipajes que habían quedado en el puerto de partida (y Loewenthal estaba seguro de que esa espera era vana). Con sus propios ojos vio el pésimo estado de las carpas, empapadas por la lluvia que había caído sin pausa durante semanas. En su segunda visita, percibió que Gerbel no era el administrador adecuado y decidió sustituirlo, pero una revuelta de sus partidarios —que irrumpieron en mitad de la noche con amenazas de violencia— le reveló que ello no sería fácil, de modo que no se apresuró a sacar a Gerbel de la colonia, inclusive después de haber enviado un nuevo administrador.

El establecimiento permanente de los colonos en sus parcelas y la consiguiente firma de contratos se revelaron utópicos, debido a la lentitud con que se realizaban las mediciones del terreno y a la demora por parte del Barón en ratificar los acuerdos propuestos por Loewenthal. Este también descubrió que no era fácil expulsar a los elementos indeseables de la población. Estas razones lo llevaron a pensar en nuevos métodos de conducción de la colonia, en tres sentidos: cambiar al administrador; establecer a los colonos en unidades de terreno en función de la mano de obra disponible en cada familia; crear una guardia civil compuesta de colonos leales que pudiera imponer orden y disciplina e hiciera cumplir las órdenes de la administración. El programa de reformas de Loewenthal no llegó siquiera a ser debatido, ya que con las primeras noticias que llegaron de Mauricio, el Barón decidió establecer por sí mismo la política que en adelante había de seguirse en el proceso de colonización.[19]

Mauricio era, pues, una colonia mantenida con recursos filantrópicos, y a ella sobre todo se refirió el Barón cuando exigió reformas en el programa. Inclusive los defensores de los colonos comprendieron que el arraigo y organización de los elementos positivos hacía necesario limpiar la colonia de quienes estorbaban su progreso. Pero la mala suerte quiso que Mauricio careciera por un largo periodo de una administración capaz de encaminarla mediante reformas perdurables.

Al sustituir a Loewenthal en la conducción del proyecto, Adolfo Roth, que sistemáticamente anulaba las medidas tomadas por su antecesor, repuso a Gerbel como administrador; con él trabajaba un funcionario llamado Pfeiffer, católico alemán. Ambos se encargaban de comprar los suministros para la colonia, y la corrupción alcanzó con ellos dimensiones gigantescas. Por otra parte, Roth no hizo nada para “limpiar” la colonia, y quienes se marchaban lo hacían voluntariamente, hartos de la inercia provocada por la administración. Quince familias retornaron a Europa, y algunas otras se dispersaron por las poblaciones vecinas. Tampoco se hizo mucho para estimular el arraigo de los colonos en sus fincas; si bien se completaron las mediciones y se firmó un contrato para la construcción de las casas (por un precio exorbitante), al finalizar el periodo de Roth los trabajos se hallaban apenas en sus comienzos.

En el otoño de 1892, cuando el coronel Goldsmid se hizo cargo de la oficina de Buenos Aires, para gran parte de los habitantes de Mauricio se cumplían diez meses de inactividad. Dos de ellos se presentaron ante el Dr. Sonnenfeld en París, con un poder escrito que los nombraba representantes de todos los colonos, y le describieron la deplorable situación. Aunque el Barón no quiso creer todo lo que dijeron y prefirió ayudarles a volver a Rusia para que no se convirtieran en un estorbo en Argentina, no pudo sino concluir que realmente la situación en Mauricio era muy grave y no siempre por culpa de los inmigrantes. En una larga carta al coronel Goldsmid le solicitó que comenzara inmediatamente con la reorganización de la colonia.[20]

El 2 de mayo de 1892, el coronel realizó su primera visita a Mauricio. Un grupo de jóvenes jinetes salió a recibirlo en el camino desde Carlos Casares; algunos colonos desengancharon los caballos de su carro y ellos mismos tiraron de él durante un trecho. En la colonia se reunieron todos los habitantes y le brindaron una entusiasta bienvenida, ansiosos de verlo y de oír sus palabras.

En ese momento, la población de Mauricio era de 1.330 personas: 1.086 en 277 familias, 164 hombres cuyas familias habían quedado en Rusia y 80 solteros. Solo unas 30 familias ya residían en sus parcelas; la gran mayoría habitaba en pobres chozas de chapa alrededor de la casa de la administración. En sus conversaciones, que comenzaron inmediatamente, Goldsmid oyó primero las demandas de los “solteros forzosos”, que exigían la llegada de sus familias. Los demás reclamaban acelerar el reparto de las parcelas, pero también manifestaron su voluntad de establecerse en aldeas grandes y no en grupos de siete u ocho fincas, como lo determinaba el programa vigente. Tras recorrer los campos de la colonia (y comprobar que el trabajo realizado era escaso y de baja calidad), Goldsmid informó a los colonos sobre sus decisiones: la reunión de las familias sería posible solo después del asentamiento en las tierras; el campamento que rodeaba la administración sería inmediatamente desmantelado y sus habitantes serían ubicados en sus respectivas parcelas, aun cuando no existieran todavía viviendas en las mismas; el sistema de los grupos de siete u ocho familias continuaría vigente.

Las esperanzas que muchos de los colonos habían depositado en la breve visita del coronel quedaron en la nada, y la consecuencia fue que unas 300 personas (familias y hombres solos) se registraron para abandonar la Argentina y dirigirse a Europa o a los Estados Unidos. Gran parte de ellos eran precisamente buenos colonos, ganados por la desesperación. Otra consecuencia de la visita del coronel fue el asentamiento forzoso y acelerado: el campamento de latón fue desarmado y sus habitantes enviados a sus respectivos terrenos, fijados por sorteo. A eso se limitó el operativo de arraigo, que a continuación se halló frente a algunos obstáculos decisivos.

El primero fue el contrato para la construcción de 300 casas de ladrillo, firmado por Adolfo Roth, al excesivo precio de 600 pesos por vivienda, y el compromiso adicional de la JCA de proveer los animales de carga necesarios para la construcción. Tras largas y agotadoras negociaciones, el coronel se vio forzado a anular el convenio y pagar una indemnización al contratista, con lo que inevitablemente se perdió muchísimo tiempo. La administración estableció contacto con un nuevo contratista, quien puso a disposición de la JCA pequeñas casillas de material barato sin puertas ni ventanas, por lo que fue necesario contratar a otro equipo de obreros para completarlas. Este complicado y lento sistema hizo que a fines de septiembre de 1892 solo 66 casillas estuvieran a disposición de los habitantes.

Otro obstáculo era la falta de bestias de trabajo, bueyes y caballos. También las herramientas suministradas a los colonos eran escasas, con la consecuencia de que los meses de 1892 en que debía ararse la tierra fueron desperdiciados. En ese momento, la dirección de Buenos Aires descubrió que los trabajos de medición —a cargo del ingeniero Terraccini, colega de Gerbel— no habían sido hechos correctamente, y fue necesario rehacer la parcelación y mover a varios colonos de sus sitios. En resumen, en todo este tiempo la mayor parte de los habitantes de Mauricio se hallaban alojados en sus parcelas en improvisadas casillas de latón o material, sin otra tarea agrícola que arar porciones limitadas de tierra, y recibiendo sus provisiones de los depósitos de la administración.

Solo a mediados de julio de 1892 admitió el coronel que la “limpieza de los corrales” debía incluir también a los administradores. El número de los empleados por la dirección de Mauricio era en ese momento de no menos de 333, en su mayoría colonos que recibían sueldo de la JCA por un total de 16.500 pesos por mes. El coronel decidió despedir a 131 de ellos, y de ese modo logró reducir el rubro sueldos a 5.891 pesos por mes. Pero esos despidos no pusieron fin al despilfarro y a la corrupción por parte de los administradores. Un examen de los depósitos de equipos y máquinas reveló que se había descuidado totalmente su mantenimiento. Los colonos lo sabían y se quejaron de ello a menudo, pero nadie les prestaba atención y esa situación continuó durante largo tiempo. También las formas en que se realizaban las compras resultaban muy dudosas.[21]

El objetivo de los despidos masivos que entraron en vigor en agosto de 1892 era, entre otras cosas, reemplazar el apoyo a los colonos en especie (alimentos y vestimenta) por un subsidio en dinero. A cada colono se le fijó una suma según el tamaño de la familia y, a partir del 20 de agosto de 1892, los empleados de la colonia dejaron de proporcionarles provisiones. Ese sistema otorgó a los colonos una sensación de autonomía en la distribución de sus recursos, pero no los libró de su dependencia de la administración y del control de esta. Los principales problemas —la obtención de la tierra, la reunión de las familias— no habían sido solucionados.

En diciembre de 1892, vivían en Mauricio 981 personas, cuya manutención le costaba a la JCA 9.190 pesos por mes; los gastos de administración, incluidos los sueldos de los constructores de las casillas, alcanzaban 5.618 pesos. Ese año se trabajaron no más de 300 hectáreas de trigo, que fue cosechado por la administración y le proporcionó un ingreso de 15.000 pesos, lo que a duras penas alcanzó a cubrir los costos de la recolección y la trilla.

En la segunda mitad de 1893, el Dr. Abraham Birkenheim, miembro de la delegación encabezada por Kogan, llevó a cabo la esperada limpieza. Birkenheim se estableció en Mauricio en el mes de junio y el 1º de julio asumió el cargo de administrador. Se ocupó en forma sistemática de conocer personalmente a cada uno de los colonos y con base en ello dictaminó si el mismo permanecería o no en la colonia. Por un lado, se manejaba con amabilidad, dando explicaciones y procurando convencer a sus interlocutores; por el otro, no dudaba en aplicar mano dura cuando le parecía necesario, y su exceso de severidad despertaba rencor en los colonos. Birkenheim provocó el alejamiento de unas 100 familias y redujo la población de Mauricio; en octubre de 1893 quedaban solamente 711 personas: 128 familias y 67 hombres solos que esperaban desde hacía dos años la llegada de las suyas.[22]

Birkenheim se ocupó también de reducir el número de funcionarios administrativos y los gastos corrientes: de los centenares de empleados en 1892, en octubre de 1893 quedaban solamente 40, incluidos el médico, los maestros y el personal de maestranza de la oficina. El salario mensual de todos ellos se redujo en ese momento a 3.461 pesos.

Hacia finales de 1893, parecía que la colonia había alcanzado su estabilidad: la población estaba constituida por personas seriamente dedicadas a la agricultura, instaladas en sus fincas; aunque todos los colonos seguían percibiendo una ayuda mensual —que en octubre alcanzó los 6.000 pesos—, se sembraron no menos de 3.250 hectáreas de trigo y la cosecha prometía ser abundante. También habían progresado los preparativos para la reunión de las familias de los “solteros”, con lo que estaba despareciendo uno de los motivos principales de las tensiones. Pero todavía no se había alcanzado la posibilidad de un autogobierno, y tampoco reinaban relaciones cordiales entre colonos y administradores.

Uno de los factores que provocaron fricciones fue un episodio que tuvo lugar en torno a la cosecha 1893-1894. La dirección de Buenos Aires estableció un acuerdo con un comerciante en granos de La Plata, al cual se le vendería toda la producción de la colonia en cantidad, calidad y fechas establecidas de antemano. Este operativo comercial terminó en un gran fracaso, porque la administración no logró satisfacer las condiciones del acuerdo. El comprador exigió indemnización por incumplimiento de contrato, y un tribunal condenó a la JCA a un pago de 5.000 pesos. Los administradores echaron la culpa a las lluvias que habían arruinado parte de la cosecha y a la lentitud de los colonos, aún inexpertos en tareas agrícolas. No destacaron el hecho de que parte del atraso se debía a ellos mismos, por no haber adquirido repuestos para las cosechadoras. Al final, la producción fue vendida a intermediarios en Buenos Aires con una comisión muy elevada, lo cual produjo perjuicios a los colonos. Estos, enfurecidos, protestaron por la intervención de la empresa en dicha venta, y al menos algunos de ellos mantendrían una prolongada hostilidad hacia la administración.[23]

Otro factor permanente de tensión entre administradores y colonos era la limitación impuesta a los intentos de estos últimos de concretar el principio del autogobierno. El 19 de abril de 1894, mientras el supervisor Alexander Charlamb elaboraba la contabilidad de los colonos, la administración convocó a una asamblea general en la que se les propuso que eligieran una comisión representativa que se ocupara de los asuntos públicos. En la votación que se efectuó en ese mismo momento bajo la supervisión del administrador, fueron elegidas cinco personas y se les adjudicó una oficina. Pero al poco tiempo surgieron divergencias entre esos delegados y la administración, en cuanto a las prerrogativas que les correspondían. Los delegados veían en su elección el comienzo del fin de la conducción externa y un paso hacia la independencia parcial de la colonia, mientras que los funcionarios consideraban que los representantes electos debían limitarse a manejar determinados servicios públicos: atención médica, educación y asuntos religiosos, incluido el matarife kasher. Los representantes insistieron en su derecho a participar en el cálculo de las deudas de los colonos; a influir en el índice del subsidio que, debido a los bajos ingresos de la cosecha, se pagaría también en 1894/1895; a organizar el depósito de las máquinas agrícolas cuyos precios eran cargados en la cuenta de los colonos, etc. Entre otras cosas, reclamaban también el derecho a otorgar permisos a comerciantes interesados en abrir tiendas en la colonia, de los que esperaba obtener dinero para parte de los gastos públicos.

El administrador David Haim, que sucedió a Birkenheim, les negó atribuciones para tomar decisiones en todos esos asuntos. Respecto de la apertura de comercios en la colonia, tenía sus propios planes y sus propios candidatos. Estaba interesado en establecer un acuerdo con uno de esos comerciantes, según el cual, a cambio del monopolio en el lugar, aceptaría entregar a los colonos mercancías contra vales de la JCA que cobraría a fin de cada mes en Buenos Aires. Ese arreglo le parecía fundamental, debido al riesgo que significaba guardar sumas grandes de dinero en la caja de la administración, e instó a sus superiores en la capital para que aceptasen su propuesta. Al parecer, Hirsch y Cazès percibieron el peligro de semejante método, y comprendieron que con el sistema de vales los campesinos estarían sometidos a un monopolio comercial. Por ello condicionaron la aceptación de la propuesta al consentimiento de los colonos. Fuera por este tema o por divergencias en otras cuestiones, David Haim logró, en las últimas semanas de su desempeño como administrador de Mauricio, provocar la renuncia de los representantes, lo que le dejaba el camino libre para concretar sus planes y también para nombrar una nueva comisión con colonos que le fueran leales.[24]

Pero estos nombramientos no modificaron la voluntad de la mayoría. Unos dos meses después de la renuncia de la comisión electa, 172 colonos presentaron una petición a la oficina de Buenos Aires, exigiendo la reposición de la comisión y elevando una propuesta de reglamento para las actividades y prerrogativas de sus delegados; según dicha propuesta, la comisión no solo se ocuparía de organizar los servicios públicos, sino también representaría a los colonos ante la administración en todos los asuntos. Además del derecho a opinar en toda cuestión importante para la población en general o para un individuo determinado, exigieron el derecho a presentar en forma directa sus divergencias con la administración local ante los directivos de Buenos Aires. Según el reglamento propuesto, el administrador debía hallarse en fechas establecidas a disposición de los representantes, quienes presentarían un informe a la asamblea general que se reuniría una vez al mes.

El administrador A. Bernheim, que había sucedido en el cargo a David Haim, transmitió el borrador del reglamento a Buenos Aires, acompañado de su oposición a él, e inclusive de una crítica burlona. La conducción de Buenos Aires rechazó la propuesta. Ninguno de los niveles de la administración estaba, pues, dispuesto a aceptar forma alguna de autogobierno en la colonia.

El 15 de mayo de 1894, la representación de los colonos envió una larga carta al Barón, en que le agradecía su generosidad y explicaba el modo en que entendía su propia función. El grupo afirmaba su disposición a cumplir con las exigencias de la empresa y a demostrar su independencia, y solicitaban permiso para, en casos determinados, comunicarse con él en forma directa, ya que, a pesar de su buena voluntad, la oficina de Buenos Aires no se hallaba libre de errores y no conseguía representar a los colonos en forma adecuada. En su respuesta del 10 de julio, el Barón manifestó su satisfacción ante las actividades de los delegados, les deseó un fructífero trabajo, y les recomendó dirigirse en todos los casos a las personas de su confianza en Buenos Aires, los señores Hirsch y Cazès. Si bien aceptaba que en casos especiales los colonos se dirigieran a la directiva de la JCA, debían hacerlo no directamente sino a través de la oficina de Buenos Aires. En el mensaje que envió al mismo tiempo a Hirsch y Cazès, aclaraba que si bien había rechazado la propuesta de los colonos —ya que un contacto directo con la JCA los habría puesto en pie de igualdad con la oficina de Buenos Aires—, no les negaba el derecho a dirigirse directamente a los niveles superiores de la empresa, siempre que lo hicieran a través de ellos. También manifestó su gran satisfacción ante el hecho de que en Mauricio se hubiese alcanzado el autogobierno, y pedía ser informado en detalle sobre cómo se había establecido la representación de los colonos y sobre el progreso de sus actuaciones, ya que, como Hirsch y Cazès bien sabían, el autogobierno era una de las cuestiones que más le importaban.

Pero en lugar del informe y el consentimiento que esperaba, lo que recibió fue una retórica carta que describía la propuesta de los colonos como un mero percance en la vida cotidiana de la colonia, un intento de independizarse de la administración local por parte de unos cuantos individuos que quisieron sentirse importantes. Hirsch y Cazès aseguraban que se trataba de asuntos menores, que con un poco de tacto, determinación y buena voluntad lograrían resolver en el lugar sin necesidad de molestar al Barón.[25]

En resumen, la conducción local suprimió el intento de autonomía que habría reducido la dependencia de los colonos y establecido positivas relaciones mutuas con ellos. En lugar de ayudar al desarrollo de una forma de autogobierno, los funcionarios se empeñaron en destruir toda posibilidad del mismo.

Aun así, a fines de 1894, Mauricio aparecía como una colonia consolidada. En abril comenzaron a llegar los familiares de muchos de los primeros colonos, tras tres años de separación. La administración se redujo a 17 empleados —incluidos tres maestros, cuatro supervisores de la trilla, dos policías, un médico y un farmacéutico— y su costo descendió a 1.500 pesos por mes. También se redujeron los subsidios a unos 2.700 pesos mensuales, mientras en los campos maduraba el trigo con la promesa de una buena cosecha y miles de hectáreas adicionales eran preparadas para la siembra del maíz. Este cuadro de una reorganización exitosa y una realidad libre de problemas era el que figuraba en los informes que enviaban al Barón los directores Hirsch y Cazès, y de hecho ellos mismos creían en él.

4. San Antonio y Clara, las primeras colonias en Entre Ríos

Las 38 leguas que Roth compró en Entre Ríos comprendían tres lotes separados. En dos de ellos, se establecieron un tiempo después las colonias Lucienville y Clara (así bautizadas en homenaje al hijo y a la esposa del Barón); por allí pasaba el ferrocarril que iba de Concepción del Uruguay a Villaguay, y tres de sus estaciones se hallaban en terrrenos de la JCA. En el tercer lote, en el distrito Colón, alejado de los otros dos y carente de toda línea de transporte, se estableció la colonia San Antonio. Mientras que Moisés Ville y Mauricio se hallaban en la llanura pampeana, San Antonio estaba ubicada en las cuchillas entrerrianas, colinas de suave ondulación atravesadas por numerosas corrientes de agua, tanto perennes como estacionales. En las cuchillas la calidad de la tierra varía de zona en zona, y las napas de agua se encuentran a una profundidad mayor que las de la llanura.

Los primeros colonos de la JCA en Entre Ríos fueron los arribados en el buque Pampa: 600 personas que, hasta que se completó la compra de los terrenos, residieron aislados en un hotel de veraneo en la costa del Atlántico, cerca de Miramar. Parte del grupo vivía en el edificio del hotel y otros en casillas endebles, alimentados por una cocina pública establecida para ellos y sin ocupación alguna. Una tormenta que inundó el terreno y arrasó las casillas los obligó a vivir amontonados en el edificio, lo cual provocó una epidemia de tifus y el establecimiento de un cementerio judío en las cercanías. Para la mayoría fue un periodo de sufrimiento físico y moral y de falta de confianza en el futuro; las bodas y demás fiestas familiares que se realizaron en el lugar no bastaban para aliviar la situación. Hartos de la incertidumbre, los inmigrantes enviaron una delegación a Buenos Aires, que regresó con la buena nueva de un inminente traslado.

A finales de febrero de 1892, partió la primera caravana con 80 familias. Tras un largo viaje en carretas, trenes y barcos fluviales, los futuros colonos llegaron a Concepción del Uruguay, y de allí emprendieron una fatigosa travesía hasta el distrito de Colón, donde erigieron la primera colonia judía entrerriana, San Antonio. A su llegada hallaron un solo edificio de material, vivienda del propietario anterior, y un gran cobertizo para ganado. En el edificio se instaló el administrador y en el cobertizo, sucio como estaba, se alojaron los colonos. No había herramientas de trabajo ni equipo alguno, y al principio tampoco contaban con un matarife que les posibilitara comer carne kasher. Los colonos pasaron esos primeros días abandonados a su suerte sobre una tierra virgen cubierta de arbustos del alto de un hombre. La desagradable actitud del administrador, un inglés de nombre Kenyon que no entendía la lengua de los inmigrantes, hizo que al cabo de algunas semanas dos de ellos se fugaran para informar a Buenos Aires del estado de las cosas. Una segunda caravana —que había partido un mes después y había oído de otros judíos en Buenos Aires que lo que les esperaba no era colonización sino esclavitud—se encontró con los fugitivos, quienes les confirmaron sus aprensiones.

Esa segunda caravana, tras un viaje agitado en un buque fluvial y una prolongada espera en Concepción, llegó en la víspera de Pésaj (Pascua hebrea) a la zona de colonización junto a las estaciones ferroviarias Domínguez, Primero de Mayo y Basavilbaso. Allí debieron apretujarse, por el momento, en enormes graneros y galpones.[26]

En sus operativos de asentamiento, Roth actuó según las prerrogativas e instrucciones recibidas del Barón. Este suponía que en una tierra nueva, que le había sido descrita como de superior calidad, podría llevarse a cabo una colonización modelo y además mucho más barata que la de Mauricio. El Barón se había basado en las estimaciones presupuestarias de Roth, y de ahí su indignación al recibir de este nuevos cálculos totalmente distintos sobre el costo del establecimiento de cada familia, por lo que le ordenó que suspendiera inmediatamente el operativo hasta que el presupuesto fuese debidamente aclarado. Para su estupor, Roth le respondió que ello no era posible porque las familias ya habían sido instaladas en los terrenos.

Al principio, el Barón se negó a aceptar los hechos consumados, y en sus cartas e instrucciones al coronel Goldsmid exigió que los colonos fueran sacados de las parcelas y que el equipo adquirido fuera almacenado en depósitos hasta el comienzo del asentamiento programado; solo después de la evacuación estaría dispuesto a establecer en parte de los terrenos a aquellos de entre los pasajeros del Pampa que lograsen organizarse en grupos autónomos. Pero el coronel no aceptó esas exigencias, y no solamente no redujo el alcance de la colonización en Entre Ríos, sino que presionó al Barón para que autorizara su ampliación incorporando a los colonos trasladados desde Moisés Ville. También la demanda del Barón de suprimir dos de las tres nuevas colonias, concentrar a todos sus habitantes en una sola y compensarlos por los perjuicios materiales, fue satisfecha solo en parte. Goldsmid transfirió a las 40 familias que se hallaban en Basavilbaso a la zona vecina de Domínguez pero, en cambio, mantuvo la hacienda en San Antonio, porque parte de los campos ya habían sido cultivados. De este modo, en Entre Ríos se fundaron dos colonias separadas: San Antonio y Clara.

La presencia concentrada de los colonos en esos lugares no constituía todavía su colonización. Roth había acordado con un contratista la construcción de 300 viviendas, estableció un almacén de aprovisionamiento y lo arrendó a un comerciante judío, y hasta planeó sembrar trigo en unas mil hectáreas ya aradas, pero todos esos preparativos fueron anulados por Goldsmid y sus asistentes, por temor a que esos contratos no estuvieran libres de corrupción. También decidieron cambiar a los administradores ingleses designados por Roth, pero ese relevo no corrigió las distorsiones ya existentes. Los colonos de Clara tuvieron que arar la tierra con bueyes no entrenados o viejos, y los de San Antonio debieron seguir viviendo en chozas en mal estado aportadas por el administrador.

El proceso de colonización no progresaba. La forzosa desocupación y la heterogeneidad de la población aumentaron la influencia de los intrigantes y los perezosos, que no dejaban trabajar a quienes deseaban desarrollar la colonia. La incomunicación idiomática y la falta de confianza entre administradores y colonos hizo que solo unos pocos entre estos últimos se empeñaran en construir sus viviendas; los demás prefirieron aguardar. Mientras tanto, se sustentaban mediante las provisiones suministradas por la JCA, y más tarde con el subsidio mensual por familia. Todo ello hizo que los colonos de Entre Ríos perdieran la temporada de siembra de 1892.

En septiembre de 1892, Goldsmid viajó a Clara por primera vez. Junto con el administrador visitó a los colonos destacados y se impresionó mucho ante las viviendas construidas por ellos mismos y ante sus huertas, y también por el (escaso) terreno ya preparado para la siembra de maíz. Goldsmid consultó a los colonos acerca de los nombres adecuados para las aldeas en la zona de Clara, y la elección expresó los vínculos de los habitantes y el director general con el sionismo. Así fue cómo en el mapa de la JCA en Argentina aparecieron nombres asociados con Tierra Santa, como Kiriat Arba (el nombre bíblico de Hebrón), Even Haroshá y Rosh Piná (“piedra angular”), y otros como Barón Hirsch, Raquel y Carmel (los nombres de las hijas del coronel, que lo acompañaban en ese viaje) y Miguel (por Mijael, el nombre hebreo del coronel).

Desde Clara viajaron a San Antonio, donde también Goldsmid visitó las casas de los colonos y evaluó sus progresos. En ambas colonias tomó partido por los administradores, y en Clara inclusive expulsó a cuatro familias disconformes y no se desdijo pese a las súplicas de muchos de sus vecinos. Pero no realizó una limpieza sistemática, como se lo exigía el Barón, porque en su opinión estaban abiertas las posibilidades de éxito ante todos los colonos y ellos mismos deberían demostrar sus posibilidades de prosperidad.

Pero, lamentablemente, la visita de Goldsmid no modificó el ritmo del progreso de ambas colonias. Una manga de langostas destruyó la escasa siembra de maíz y retrasó otras tareas agrícolas. En diciembre de 1892, la población de las colonias entrerrianas era de 1.400 personas (1.020 en Clara y 380 en San Antonio), y los subsidios mensuales pagados por la JCA alcanzaban los 13.534 pesos. Cuando Goldsmid se marchó de la Argentina, en mayo de 1893, debió reconocer que para estabilizar económicamente a las colonias entrerrianas era necesario efectuar una limpieza entre sus habitantes, rehacer el reparto de las tierras, construir depósitos para el equipo y la cosecha, cavar pozos de agua adicionales y otras tareas.[27]

Maxim Kogan comenzó sus intervenciones en Entre Ríos introduciendo cambios en el personal administrativo. Unas semanas antes de la partida de Goldsmid, supo que habían llegado inmigrantes rusos dueños de importantes recursos financieros, y buscó entre ellos a los candidatos para la conducción de las colonias. A comienzos de 1893, envió a San Antonio a Berschoedzki, judío oriundo de Odessa de 50 años (que el coronel no había aceptado pese a las recomendaciones), junto con Meshulam/Miguel Cohen, joven ruso que había intentado establecerse, junto con otros siete inmigrantes judíos, en una colonia privada, y sería más adelante administrador de Moisés Ville. A ambos encomendó estudiar la situación en San Antonio y establecer sus necesidades y problemas. Un tiempo después viajó a la colonia, despidió al administrador y depositó la conducción en manos de Berschoedzki y Cohen. En Clara, Kogan nombró director a Alexander Salzberg, que había llegado de Rusia ocho años antes y poseía viñedos en la provincia de Mendoza.

La segunda intervención de Kogan fue el cribado de los colonos. Siguiendo las expectativas de Berschoedzki y Cohen, clasificó a los habitantes de San Antonio con los criterios que habían empleado él en Moisés Ville y Birkenheim en Mauricio. Los primeros despedidos fueron los indeseables desde el punto de vista moral. Les siguieron aquellos cuyas familias no poseían bastantes miembros en edad de trabajar y por ende tenían pocas posibilidades de cultivar exitosamente sus terrenos. En esta limpieza fueron echadas de San Antonio 36 personas, que habrían de ser enviadas a los Estados Unidos. En Clara designó una comisión de cuatro judíos rusos, casi todos de fuera de la colonia, y les dio facultades para evaluar la capacidad agrícola, cualidades personales y estructura familiar de cada uno de los colonos, y decidir si eran o no aptos para quedarse.[28]

Las restantes actuaciones de Kogan se centraron en aspectos económicos. En San Antonio reconfiguró los criterios para el reparto de tierras, ya que la conducción anterior no había dejado suficientes áreas de pastura, y ordenó la reparación de las viviendas y los pozos de agua. También en Clara modificó la parcelación, lo cual implicó mudanzas para muchos colonos, y ordenó adquirir equipo agrícola nuevo, reparar los alambrados y excavar nuevos pozos de agua. Kogan hizo concentrar el ganado adquirido en tiempos de Roth en una sola área, y con ello liberó a los colonos de las tareas de vigilancia de los sembradíos por los que vagaban los animales. Una vez impartidas sus instrucciones, retornó a Buenos Aires con la esperanza de que sus hombres completaran sin inconvenientes las tareas de reorganización.

Pero esas esperanzas no se cumplieron. Salzberg abandonó Clara al poco tiempo; en su lugar fue designado Abraham Magasanik, que compró con su propio dinero una parcela adjunta a las tierras de la colonia y la trabajó con campesinos asalariados. Al principio, Kogan lo había designado coordinador del comité de evaluación de los colonos; al ser nombrado administrador, esa tarea quedó en manos de los otros tres miembros del comité, que eran jóvenes carentes de experiencia. En palabras del agrónomo Lapin (que visitó las colonias de Entre Ríos después de la época de Logan), realizaron el cribado en forma casi indignante, ya que junto con los elementos indeseables expulsaron también a personas de buenas cualidades, mientras que quedaron en la colonia muchos que deberían haber sido echados. También hubo una limpieza en San Antonio, realizada, según Lapin, con “muchas injusticias”, aunque no tantas como en Clara. Y todavía quedaba sin solución, aún después de la época de Kogan, el problema de los campos de pastura y el de la reparación de viviendas y pozos en ambas colonias. Por otra parte, la calidad del equipo a disposición de los colonos mejoró y ello dio a cada uno la posibilidad de trabajar su tierra; pero estas mejoras llevaron largo tiempo y muchos perdieron la temporada de siembra de 1893, quedando sin posibilidades de obtener cosecha alguna. No les quedaba más remedio que sustentarse por un año más mediante los subsidios de la JCA.

Samuel Hirsch y David Cazès, que recorrieron Entre Ríos a comienzos de 1894, hallaron a muchos de los colonos de Clara todavía alojados en chozas pequeñas en mal estado, y comprobaron que no existían aún soluciones para los campos de pastura y el almacenamiento del equipo y la cosecha. Sus cómputos revelaron que en San Antonio solo 26 de las 54 familias podían mantenerse de su producción agrícola; de las 241 familias en Clara, podían hacerlo solamente 154. Pronto se reveló que también ese cálculo era demasiado optimista y alejado de la realidad. Pese a esas difíciles condiciones, los nuevos directores no se apresuraron a tomar medidas que las corrigieran. Varios meses después de su visita, nada se había hecho para reparar las viviendas, fijar las áreas de pastura, construir graneros, etc. Toda la atención se concentraba en corregir el aspecto administrativo de las colonias, especialmente en Clara: Magasanik fue dimitido; su lugar fue ocupado por David Haim, que trabajaba en Mauricio, donde se había guiado por la noción de que los colonos debían ser obedientes, disciplinados y sumisos ante las directivas de la administración.[29]

Junto con esta “estabilización”, en la primera mitad de 1894 se realizó otra tarea de conjunto a nivel administrativo. A comienzos de junio, llegó a Clara el contador Charlamb, y durante cuatro meses se dedicó a poner en orden la contabilidad de los colonos; luego hizo lo mismo durante dos meses en San Antonio. Con ello se abría, al parecer, el camino a preparar los contratos entre la JCA y los colonos y normalizar definitivamente la situación de los veteranos de Entre Ríos. Aunque los informes enviados desde Buenos Aires no mencionan siquiera el autogobierno de las colonias o las vías para lograrlo, de los informes contables podía el Barón concluir que en Clara y San Antonio la situación era totalmente estable y que era previsible una buena cosecha, sobre todo en las miles de hectáreas sembradas en 1894. Ante estas perspectivas, era posible esperar no solo la cesación de los subsidios a los colonos, sino inclusive el comienzo de la devolución de sus deudas.

5. Los servicios públicos en las colonias

En los tres años de cambios administrativos y luchas por la estabilidad económica, Moisés Ville, Mauricio, Clara y San Antonio experimentaron decisivos cambios en las áreas de los servicios religiosos, la educación y la atención médica. La organización de dichos servicios era imprescindible porque los diversos grupos de inmigrantes habían traído con ellos sus propias convenciones respecto de sus necesidades sociales y culturales, y la satisfacción de esas necesidades dependía tanto de ellos mismos como de la institución colonizadora.

5.1. Religión

Estos servicios incluían la construcción y el funcionamiento de sinagogas y baños rituales (mikvaot) —estos últimos indispensables para los preparativos del Shabat y las fiestas, así como para la purificación mensual de las mujeres—, provisión de carne kasher, etc. La posición del Barón al respecto se manifestó en las distintas oportunidades en que reaccionó ante acontecimientos puntuales. En octubre de 1891, tras la llegada de los primeros inmigrantes-colonos, el rabino de la Congregación Israelita de la República Argentina, Henri Joseph se quejó ante el rabino jefe de la comunidad judía de Inglaterra, Nathan Adler, de que no se les proporcionaba carne kasher. En esa ocasión, el Barón le advirtió a Loewenthal que había que cuidarse de no incurrir en el enojo de los judíos ingleses porque estos, llegado el momento, podrían brindar ayuda a la empresa, también financiera; le aconsejaba, por lo tanto, alentar esos aspectos rituales, aunque personalmente le parecían superfluos. Tras algunos días volvió al tema, agregando que era una política inteligente mostrar que la empresa no desdeñaba las costumbres judías.[30]

Esta “política inteligente”, en la que los intereses se combinaban con la tolerancia liberal, se tradujo a nivel organizativo en la exigencia por parte del Barón de que la conducción de la vida religiosa quedase en manos de los colonos. Al presentar a Goldsmid los fundamentos del autogobierno de los veteranos, el Barón indicó que la JCA no debía inmiscuirse en asuntos religiosos, salvo cuando los colonos solicitaran su ayuda. En ese espíritu, la JCA otorgó ayuda financiera parcial para la erección de las sinagogas de Clara y San Antonio, y para la construcción del baño ritual iniciada por los colonos de Mauricio. Por instrucciones del Barón, se adjudicaron parcelas y viviendas al matarife ritual y a los maestros que habían de arribar a Moisés Ville junto con el nuevo contingente, a condición de que el traslado y los sueldos de los mismos estuvieran a cargo de los colonos.

Cuando la administración suprimió la provisión de alimentos a las colonias, se suprimió también el subsidio a los matarifes, y la participación de la JCA en el área de los servicios religiosos pasó a ser ocasional. Ello no impidió, por supuesto, el temprano establecimiento de instituciones religiosas en las colonias. Las mismas fueron organizadas por aquellos inmigrantes que habían sido en Rusia bedeles y activistas comunitarios, quienes procuraron reproducir en la colonia argentina la atmósfera religiosa de sus aldeas. En los pocos casos en que los contingentes incluían a un rabino o un matarife acreditados, los mismos se convirtieron en líderes locales y desarrollaron los servicios religiosos. Ello ocurrió por ejemplo en Moisés Ville, donde el rabino Aharón Goldman dirigía la comunidad oriunda de Besarabia, la más antigua, y el rabino Rubén Hacohen Sinay, la comunidad lituana. Pero ello no ocurrió en Mauricio, que además de su falta de cohesión social carecía de autoridades religiosas. Aun así, en todas las colonias el limitado apoyo de la JCA permitió la existencia de servicios religiosos, en algunos casos en condiciones muy elementales.

5.2. Educación

Los judíos, observantes y laicos por igual, siempre se han preocupado por la educación de sus hijos, y estos servicios no podían ser dejados al azar. Desde los comienzos de la empresa, existió una diferencia entre la posición del Barón y la de sus funcionarios en Buenos Aires en todo lo atinente a la organización de una red educacional en las colonias, diferencia que solo desaparecería al final del periodo del que nos ocupamos.

El 7 de agosto de 1891, Loewenthal, que se estaba ocupando de la absorción de los primeros inmigrantes, planteó la necesidad de que fuese designado un maestro de habla castellana por cada cien niños. Ese maestro habría de ocuparse también de las actividades culturales de la colonia; y una vez obtenida la ciudadanía argentina, desempeñaría la función de Juez de Paz local. Este punto le parecía muy importante y para ponerlo en práctica comenzó, al cabo de un tiempo, negociaciones con el director del Departamento de Migraciones, Juan Alsina, a quien pidió entre veinte y cuarenta becas de estudios en la escuela normal, que capacitarían a hijos de colonos para las tareas pedagógicas en las escuelas estatales de las colonias.[31] Un año después, el coronel Goldsmid destacó que la situación reinante exigía la rápida construcción de escuelas y la organización de la enseñanza, y que se preparaba para tomar medidas en ese sentido. En ese mismo momento, también Kogan incluyó la creación de escuelas en su programa de rehabilitación de Moisés Ville, y además propuso organizar el transporte diario de los niños que vivían lejos de ellas. En diciembre de 1893 Cazès destacó, tras su primera visita a Moisés Ville, que el problema de la educación esperaba todavía una respuesta en esa y otras colonias. Informes semejantes llegaron de todas las colonias durante la primera mitad de 1894. Cada uno de los representantes del Barón procuró implementar una actividad intensiva a favor de la educación, y cada uno de ellos se enfrentó con la postura preestablecida del Barón, en cuanto a quién debería ocuparse de ella.

El Barón le respondió al Dr. Loewenthal que el problema de la educación no era tan urgente como él sostenía y que la JCA debía concentrarse exclusivamente en las tareas de colonización, dejando las restantes —como la construcción de escuelas y la confección del programa de estudios— a cargo de instituciones como la Alliance Israélite Universelle. Al memorándum del coronel Goldsmid, respondió que reconocía la importancia de la cuestión, pero que, dado que el proyecto general se hallaba en sus inicios, era forzoso ocuparse ante todo de ubicar a todos los colonos en sus parcelas y urgirlos a trabajar con la ayuda de sus esposas e hijos, así como ayudarlos a lograr su propia estructura comunitaria, que incluiría el tema de la educación. En cuanto a las sugerencias de Kogan sobre la organización de la escolaridad en Moisés Ville y el transporte de los alumnos, estas provocaron su enojo, ya que en su opinión semejante arreglo era un lujo prescindible, y si los niños vivían lejos de la escuela era preferible que se quedasen en sus casas sin estudiar. Poco después, volvió a recalcar que a su juicio la escolaridad resultaba en ese momento un lujo superfluo.[32]

Su obstinación en el tema hizo que durante los primeros tres años de existencia de las colonias judías en Argentina no se desarrollara en ellas una estructura escolar ordenada. Hirsch y Cazès, tras su recorrido por las colonias a fines de 1893 y comienzos de 1894, informaron sobre el total descuido en que se hallaba la educación, particularmente la secular, ya que si bien en algunas colonias había melamdim (maestros de religión) que conducían jadarim (“habitaciones”, escuelas pequeñas de instrucción religiosa básica) a los que asistían algunos niños, en la mayoría no había maestros capaces de brindar enseñanza en temas generales.

Hirsch y Cazès venían de una prolongada carrera pedagógica en el marco de la Alliance, y no podían permitirse no modificar esa situación irregular. Dudaban de que los colonos pudieran organizar por sí solos una estructura educacional, y también desconfiaban del carácter de la enseñanza que serían capaces de impartir. En sus informes al Barón insistieron en la necesidad de establecer escuelas en las colonias, precisamente con maestros de la Alliance, y comenzaron a poner en práctica su proyecto sin aguardar la respuesta del Barón. Se dirigieron a su antiguo colega el director de la escuela de la Alliance en Tánger, y le pidieron ubicar, entre los maestros o egresados de la misma, candidatos aptos para la enseñanza en Argentina.

Esta vez la demanda de los directores de Buenos Aires obtuvo una respuesta positiva del Barón. Tanto por influencia del informe de estos como por la intervención del barón Günzburg, presidente del Comité Central de la JCA en San Petersburgo, y de su amigo personal el abogado Julius Plotke, quienes insistieron en la urgencia de organizar la educación de la joven generación de las colonias, el 23 de junio de 1894 el Barón envió su consentimiento a Buenos Aires. Hirsch y Cazès recibieron un poder para seleccionar maestros entre los colonos y recibir docentes enviados por la Alliance. También ordenó que diversas construcciones fuesen destinadas a escuelas y que se mantuviera un control sobre las actividades pedagógicas, manifestando su propia opinión sobre los contenidos de la enseñanza: comenzar por los conocimientos más básicos, y utilizar exclusivamente el castellano para los estudios prácticos y el hebreo para los de religión.[33]

Poco después, el Barón conversó largamente en París con Samuel Hirsch sobre el tema y le concedió plenas atribuciones para la elección de maestros. Pero pronto se desdijo de ese permiso, tras leer el detallado memorándum de Hirsch y Cazès sobre la organización de la red educacional. Los contenidos y la estructura escolar mencionados en el memorándum coincidían con sus propias opiniones, así como la propuesta de que los maestros hebreos fueran elegidos por los mismos colonos. Pero lo que suscitó su oposición fue precisamente el aspecto financiero de la propuesta, que preveía un salario de 120 pesos al mes para cada maestro del programa de estudios generales. El Barón arguyó que en Tánger se disponía de muchos “maestros fantasmas” que no encontraban trabajo, y en Estambul, Esmirna y Salónica había otros tantos egresados de la Alliance, todos los cuales, según él, “hablaban español” (cuando de hecho su idioma era el ladino o judeoespañol de los sefardíes), y estarían dispuestos a dar clases por un franco al día; por lo tanto, no entendía por qué el proyecto de Hirsch y Cazès preveía un sueldo semejante. Tampoco aprobaba que existiera un director de escuela en cada colonia, y mucho menos que su salario llegase a 4.000 o 5.000 francos al año.[34] En suma, el Barón no autorizó el proyecto y solicitó de su oficina de París el envío de una circular a los directores de las escuelas de la Alliance en Turquía, solicitando candidatos a maestros para las colonias argentinas. Cuando Cazès objetó que esos maestros hablaban ladino y no español, respondió que podrían perfeccionar su idioma mediante cursos especiales. Ante la distancia entre su propia posición y la de sus representantes, el Barón decidió retirarles el tratamiento de la cuestión y depositarlo en manos de la Alliance. El Barón sabía que los fuertes lazos entre Hirsch y Cazès con dicha institución disiparían todo disgusto ante su decisión, y la JCA se beneficiaría de la organización eficiente y más barata de una red escolar basada en los recursos humanos y la amplia experiencia de la Alliance.

El Barón se dirigió a la Alliance solicitándole que se hiciera cargo de las escuelas en las colonias y que aplicara en ellas las normas empleadas en las escuelas de Medio Oriente, prometiendo compensar los gastos que ello originara. La Alliance designó una comisión especial para el estudio de la situación e inmediatamente comunicó a Hirsch y a Cazès que no existía la intención de afectar sus atribuciones, sino que, por el contrario, se contaba con su ayuda. Los candidatos sugeridos por el director en Tánger serían enviados a una de las filiales de la Alliance en París, a fin de verificar su capacidad de inculcar una rígida moral y una justa disciplina a los niños judíos de Rusia, quienes (a juicio de la institución) eran difíciles y de inteligencia limitada. Hirsch y Cazès debían llevar a cabo un censo de los alumnos y revisar la legislación argentina sobre la formación de maestros y los programas de estudio, y transmitir toda esa información a París.[35]

Por ende, solo hacia fines del periodo del que nos estamos ocupando, a más de tres años de la fundación de la empresa colonizadora en Argentina, comenzó a organizarse su red educacional, con contenidos y estructura fijados por la Alliance Israélite Universelle en consulta con el Barón y sus representantes. En este arreglo les cabía a los colonos mismos solamente el derecho de proponer maestros para la enseñanza religiosa, sin intervención alguna en la educación general y sus docentes. Los estudios generales estarían en manos de maestros elegidos con base en la supuesta inferioridad de los judíos de Europa oriental. Aun así, se trataba del fin del vacío educacional en las colonias, y los hijos de los inmigrantes recibirían de ahí en adelante una educación básica “integral”: general y judía.

5.3. Salud

La concentración de gran número de inmigrantes hacía imprescindible la inmediata organización de servicios de salud, con un nivel no inferior al existente en sus lugares de origen. En los comienzos de la empresa, Loewenthal solicitó agregar un médico a cada contingente grande de colonos, y el Barón no rechazó la idea, pero insistió con firmeza en que el presupuesto de servicios médicos debía reducirse al mínimo. Más tarde, al diseñar su plan de autogobierno de las colonias, estableció que estas serían responsables de los servicios de salud, y definió cuál sería el alcance de estos servicios hasta tanto se alcanzara la autonomía: según él, los colonos enfermos no tenían por qué disfrutar de un tratamiento mejor que cualquier otro agricultor argentino, y él esperaba que sus delegados actuaran según ese criterio.[36]

Los directivos de Buenos Aires se atuvieron a dichas instrucciones y las derivaron a los administradores locales y especialmente a los médicos. El coronel Goldsmid quiso poner en práctica la exigencia del Barón de que los gastos de salud corrieran por cuenta de los colonos y los incluyó en el presupuesto general de apoyo financiero. Hirsch y Cazès, en sus tratativas con los médicos, destacaron con firmeza las instrucciones del Barón acerca de los costos, la función del hospital de la colonia y las internaciones en hospitales de la capital, recordándoles que esas expensas serían cargadas a la cuenta de los colonos, cuyos ingresos eran más que limitados.

La imposición de estas normas llevó al establecimiento de servicios médicos locales, limitados a un hospital provisorio y primitivo en un centro aldeano, y junto a él una farmacia; también hubo acuerdos para la internación en hospitales de la capital. El principal eslabón en esta estructura era, por supuesto, el médico local.

La conscripción de médicos adecuados fue un tema importante ya en los comienzos del proyecto. Según las instrucciones del Barón, habría que elegir en Rusia a médicos judíos jóvenes, que pudieran también desempeñar otras actividades importantes en las colonias. Esta solución, de haberse implementado, habría contribuido al avance de todo el proyecto y no solo a los servicios de salud.

Efectivamente, en el periodo del que nos ocupamos, tres médicos jóvenes intentaron actuar de ese modo integrado, pero dos de ellos fracasaron y debieron abandonar sus puestos; solo uno se mantuvo, incluso por más tiempo que los administradores con quienes trabajaba.

El primer médico nombrado según esas pautas fue el Dr. Yosef Yafe, quien llegó a Mauricio a fines de febrero de 1892 e inmediatamente se destacó por la calidad de su trabajo. Sobre él escribió Marcos Alpersohn en sus memorias, con gratitud y afecto, que fue un “amigo entrañable”, que curaba a los enfermos con amor y lealtad y les brindaba fortaleza y aliento en sus aflicciones. La correspondencia de la JCA y el propio testimonio del Dr. Yafe muestran que no se limitaba a ejercer su profesión: defendía a los colonos ante la administración, no temía enemistarse por ellos con el comisario de policía, procuraba satisfacer sus necesidades religiosas y convocaba a reuniones generales en la sinagoga para tratar los problemas colectivos. Incluso transmitía directamente al Barón sus críticas sobre lo que ocurría en Mauricio.

Adolfo Roth y el coronel Goldsmid se refirieron a este aspecto de las actividades de Yafe tildándolo de “fanático ilustrado”. Roth lo calificó de “nihilista”, y Goldsmid indicó que quizás “no estaba del todo en sus cabales”. El Barón, que al principio consideró a Yafe “digno de confianza”, aceptó finalmente las críticas de sus delegados y lo hizo despedir. El Dr. Yafe debió abandonar su cargo en Mauricio y no le quedó sino descargar su furia sobre la empresa y sus directivos en una serie de artículos en el periódico hebreo Hamelitz, publicado en San Petersburgo y vastamente difundido en toda Europa oriental.[37]

El segundo médico que procuró integrar cuestiones comunitarias en su trabajo profesional fue el Dr. Théophile Wechsler, nacido en Rumania y egresado de la Universidad de Berlín. Al terminar sus estudios se empleó como médico de barco y se especializó también en farmacología. Comenzó a trabajar en Mauricio a los 26 años, en marzo de 1894. Los colonos lo acogieron con entusiasmo, y no solo porque se libraban de la deficiente atención que les brindaba un médico externo que visitaba la colonia dos veces por semana. Wechsler introdujo mejoras en los servicios de salud: procuró ampliar el hospital utilizando el edificio de la cárcel y las viviendas contiguas de los policías, creó una sección especial para enfermedades contagiosas y una morgue, se ocupó del aprovisionamiento regular de medicinas y estableció reglas para el envío de enfermos a hospitales de la capital. Al mismo tiempo, en tanto judío europeo y partidario entusiasta de la idea de la colonización, se ocupaba también de asuntos comunitarios. Entre otras cosas, redactó un libro para la enseñanza de la lengua castellana, destinado a facilitar a los colonos el aprendizaje de la misma. Pero esas mismas actuaciones públicas le produjeron enfrentamientos directos o solapados con la administración local e inclusive con la dirección en Buenos Aires. Wechsler acusó al administrador René Brandeis de ligereza en el tratamiento de los problemas de los colonos, de incesantes fracasos y hasta de deshonestidad; a Hirsch y a Cazès los criticó por haber puesto a toda la población de Mauricio en manos de semejante persona, sin haberse molestado en visitar la colonia más que una vez desde que él estaba allí. Aunque les agradecía personalmente por la forma considerada en que lo trataban a él, les reprochaba su desdén por los que consideraban “rusos pedigüeños” y por manejar la empresa como si los colonos fueran niños de escuela. Finalmente, les informaba que como protesta había decidido presentar su renuncia.

Hirsch y Cazès se asombraron ante la severa carta del médico, quien había enviado copia de la misma a la directiva de París. El Barón indicó que suponía que, en sus desacuerdos con el administrador, el Dr. Wechsler no siempre carecía de razón, pero no lamentó su renuncia, debido a lo que consideró sus exageraciones respecto del tratamiento médico que debía brindarse en las colonias. Tal como lo había hecho el Dr. Yafe, dos años después también el Dr. Wechsler difundió su crítica sobre lo que acontecía en las empresas de la JCA, y también él depositó todo el peso de la culpa en la administración.[38]

El tercer médico que se consagró a los problemas generales de sus pacientes fue el Dr. Noé Yarcho, quien se desempeñaba en todas las colonias de la JCA en Entre Ríos. Yarcho nació en la ciudad de Slutzk en Belarus, sede de una destacada comunidad judía, estudió en Kiev y trabajó durante algunos años en un hospital de esa ciudad y en remotas aldeas rusas. Tras una estadía en Inglaterra, a los 30 años llegó con su joven esposa a la colonia Clara, el 17 de abril de 1893. Al principio, se concentró en organizar y mejorar los servicios de salud, pero tanto él como su esposa se ocupaban también de otros asuntos de alcance más amplio, como la administración del hospital y de las clínicas y el establecimiento de una cocina para los enfermos. En cuanto a la vida pública de las colonias, consideraba su contribución a la misma como una ampliación de su servicio profesional. No se ocupó de solucionar los problemas administrativos de la población, sino de estimular su capacidad de resistencia moral ante las adversidades mediante el fortalecimiento de sus recursos sociales y espirituales. Este apoyo moral a sanos y enfermos no le acarreó fricciones con la administración, como había ocurrido con Yafe y Wechsler. Aunque también Yarcho, cuando se lo pedían, intervenía a favor de los colonos en problemas formales, ello no llegó a provocar una crisis con las autoridades locales. Pero no ocurrió lo mismo con los directivos de Buenos Aires, quienes, fieles a la línea establecida por el Barón en cuanto a reducir todo lo posible las expensas del servicio médico, llevaron a Yarcho a una situación insostenible a fines de 1894 y comienzos de 1895.

En noviembre de 1894 —tras varios meses de combate contra la epidemia de tifus provocada por el arribo de nuevos inmigrantes, en los que apeló a la ayuda parcial del médico de la vecina Villaguay—, el Dr. Yarcho pidió a la dirección un aumento de sueldo, aduciendo que la población había aumentado de 200 a 500 familias y que nuevas zonas se habían sumado al área de sus servicios. No indicaba una suma determinada, y dejaba a Hirsch y Cazès esa decisión. También solicitaba que la dirección cumpliera su promesa del año anterior y construyera una nueva barraca para ampliar el ya insuficiente hospital. Hirsch y Cazès rechazaron su pedido de aumento, y, en cuanto a agrandar el hospital, insinuaron que si era necesario podía internar a los enfermos en su propia casa. Semejante desprecio por el médico y su trabajo se agravó con la reacción de la oficina de Buenos Aires ante su informe financiero de diciembre de 1894. Hirsch y Cazès señalaron “ciertas desviaciones” en el manejo financiero de los servicios, y para evitar que siguiera el despilfarro decidieron designar a un funcionario especial que administraría el hospital y la farmacia, que además limitaría el derecho a internación a casos de real peligro y reduciría su duración.

Semejante acusación, tras dos años de trabajo y de una entrega que sobrepasaba todas sus obligaciones y le había hecho descuidar sus asuntos privados y familiares, colocó al Dr. Yarcho en una encrucijada, uno de cuyos caminos conducía hacia afuera de la colonia y de la empresa del Barón. Pero Yarcho decidió quedarse. En una carta sarcástica a Hirsch y Cazès, en la que comenzaba diciendo que lamentaba no dominar el castellano para responderles como hubiese querido, les “agradecía” a ambos que los hubiesen liberado a él y a su mujer de tareas que no pertenecían al área de la medicina, rechazaba las acusaciones de despilfarro y declaraba con firmeza que continuaría decidiendo la internación de sus pacientes según criterios exclusivamente médicos y no según dictámenes financieros.

El doctor Yarcho no abandonó su puesto. La conciencia de su misión en el marco de las colonias judías y sus vínculos personales con los habitantes de la región habían echado profundas raíces en su alma y no le permitieron hacerlo. Continuó ejerciendo sus funciones médicas y comunitarias casi hasta el día de su muerte en 1912. Sus actos y su devoción hicieron de él una leyenda viva en Entre Ríos.[39]

Estos tres médicos y activistas comunitarios dejaron sus huellas en la historia de la colonización judía en Argentina. Pero hubo por supuesto médicos de otro estilo, a algunos de los cuales la JCA advirtió por anticipado que no se ocuparan sino de cuestiones de salud.

En los lapsos entre un nombramiento y otro, y tal como ocurría en Moisés Ville casi todo el tiempo, atendían a los enfermos de la JCA médicos no judíos, que acudían a la colonia solo algunos días a la semana. Parte de ellos provenía de las elites locales, y todos veían en su trabajo, en primer lugar, una fuente de muy buenos ingresos. La JCA pagaba sus salarios, pero los cargaba a las cuentas de los colonos, esperando el día en que se redactarían los contratos definitivos y estos habrían de saldar sus cuentas con la empresa.

6. La aplicación de los postulados del Barón en las primeras colonias

Tres años habían transcurrido desde la primera vez que el Barón exigió de sus funcionarios en Buenos Aires la reorganización del proyecto según sus criterios y en el menor tiempo posible. Interesa comprobar en qué medida al filo de 1895, cuando la misma parecía completa, la nueva situación en las colonias se correspondía con los postulados originales del Barón, y cuáles habían sido los cambios implementados.

Cribado de la población. La exigencia original del Barón de limpiar las colonias de elementos indeseables en un solo operativo y con la ayuda de la policía, se volvió de hecho un proceso prolongado y lleno de complicaciones. Fue justamente a Kogan y a sus colegas rusos a quienes se encomendó el alejamiento de cientos de habitantes. Pero en su ejecución, que tuvo alcance limitado y se realizó de forma gradual, surgieron numerosos obstáculos, el principal de los cuales fue el problema de la reubicación de quienes eran devueltos a Europa. Al principio, los comités judíos en Alemania no querían ocuparse de ellos; cuando el Barón logró convencerlos, una ordenanza por parte de las autoridades alemanas prohibió su eventual desembarco.

Estas dificultades llevaron al Barón a proponer a sus funcionarios en Buenos Aires que se ocuparan ellos mismos de los excluidos y procuraran establecerlos en ciudades argentinas, a condición de que ello no aumentara el número de indigentes judíos en Buenos Aires y estimulara el latente antisemitismo. Pero los problemas que se suscitaron en Argentina eran mayores que los surgidos en Europa. El coronel Goldsmid en 1892 y Kogan al año siguiente fueron acosados más de una vez por furiosos colonos expulsados, cuyas manifestaciones frente a las oficinas de la JCA terminaron con la intervención de la policía y la detención de decenas de ellos, incluidos mujeres y niños. La prensa dio amplia difusión a esos escándalos, provocando una oposición pública al proyecto en sí.[40]

Hacia fines de 1893, sin embargo, el Barón consideró que la tarea —que había costado mucho dinero a la oficina de Buenos Aires— había sido completada: en diciembre de ese año, Kogan por una parte y Hirsch y Cazès por la otra lo convencieron de que no era necesaria una limpieza adicional; las instrucciones que envió a sus funcionarios en 1894 se basaron en la suposición de que todos los indeseables habían sido alejados de las colonias.

Régie – Control Administrativo. La voluntad del Barón de suprimir el apoyo de la JCA a las necesidades cotidianas de los colonos logró implementarse ya en las primeras etapas. Los grandes almacenes de provisiones que existían en Mauricio fueron vendidos y sus pequeñas sucursales en Entre Ríos fueron cerradas. El suministro de productos básicos se transfirió a contratistas privados, que actuaban en forma de monopolio completo en Mauricio y monopolio parcial en Moisés Ville y Entre Ríos. La provisión de carne quedó en manos de matarifes rituales y de carniceros, quienes teóricamente se hallaban bajo la supervisión de representantes de los colonos y cuyos ingresos provenían directamente de sus clientes. El subsidio mensual distribuido en todas las colonias proporcionaba a sus habitantes la posibilidad de comprar por sí mismos los productos necesarios para su vida cotidiana y también ahorrar algo para adquirir nuevos equipos de trabajo. En Entre Ríos incluso fueron restauradas algunas viviendas con el dinero de los colonos, y la JCA completó las sumas necesarias en forma de préstamos.

Administración simple. Al ser suprimidos el sistema de aprovisionamiento centralizado y el empleo de colonos en trabajos públicos, muchos asalariados de la JCA fueron despedidos. ¿Significó ello una simplificación del cuerpo administrativo, según lo exigía el Barón?

La comparación entre las planillas de sueldos en la oficina central de Buenos Aires correspondientes a enero de 1892 y febrero de 1895 revela un aumento notable en el número de empleados (de 8 a 25), en el número de cargos de jerarquía (de 4 a 9) y en el monto de los sueldos más elevados (de 500 a 666 pesos). Aun así, un examen detallado de los gastos administrativos podía resultar satisfactorio para el Barón, porque la mayor parte de los mismos correspondía al departamento de contaduría que se ocupaba de redactar las cuentas personales de los colonos, y ese era un trabajo transitorio que se terminaría en poco tiempo. Además, tanto la atención a las necesidades de los inmigrantes como el mapeo de los terrenos estaban en 1895 a cargo de empleados de la JCA, mientras que en 1892 se habían ocupado de ellas contratistas privados, los cuales, si bien recibían altísimos pagos, no estaban incluidos en las planillas de empleados. Dado el aumento en el número de colonias —las de Entre Ríos no habían figurado en el mapa de la JCA en enero de 1892— y dados los informes detallados que debían realizar sus empleados, podía considerar el Barón que ese incremento era un fenómeno razonable que se reduciría en el futuro.

Efectivamente, la comparación entre los gastos por la administración de las colonias en enero de 1892 y febrero de 1895 muestra un brusco descenso. Por ejemplo, en el caso de Mauricio, las expensas por sueldos disminuyeron en un 25%; y las administrativas, en un 50%; los trabajos públicos se terminaron y la provisión de productos básicos desapareció o se redujo drásticamente. Además, varios de los nuevos cargos que aparecen en las planillas de 1895 no correspondían a la administración en sí misma, sino a servicios públicos que la JCA brindaba a los colonos. En conclusión, si el tamaño de la oficina central en Buenos Aires no respondía aún a las expectativas del Barón, las oficinas locales no se hallaban lejos de ellas.

Autogobierno. La realidad en esta área, al finalizar el año 1894, distaba mucho de la visión del Barón según la cual los colonos habían de manejar sus asuntos de manera autónoma, ayudados por la administración, que además se encargaría de cobrarles la devolución de sus deudas. En Moisés Ville, existía un comité de colonos que participaba de la conducción y llegó a cobrar un sueldo parcial por esta labor, pero justamente a fines de este periodo se fortaleció allí el rol del director Miguel Cohen, quien se ocupaba de la ampliación de la colonia. En Mauricio, funcionaba una delegación de colonos, pero su representatividad efectiva se hallaba limitada por la oficina local de la JCA, que no estaba dispuesta a cederle parte de sus atribuciones. En Entre Ríos, no llegó a existir una forma de autogobierno, fuera del derecho a elegir a los capataces concedido a los colonos de Clara por el coronel Goldsmid, y de los comités ad hoc que se formaban de vez en cuando en torno a alguna necesidad o problema específico.

Sin embargo, pese a esta contradicción entre la situación real y las expectativas del Barón, no hallamos en sus cartas de los últimos meses de 1894 objeciones o cuestionamientos. Ello destaca especialmente frente a los cambios en su actitud ante la representación de los colonos en Mauricio y en sus decisiones sobre los servicios públicos.

Cuando los habitantes de Mauricio se dirigieron al Barón el 15 de mayo de 1894, este vio en ello, como ya mencionamos, un signo de la concreción de sus ideas sobre el gobierno autónomo, e informó a sus funcionarios que no debían impedir que esos representantes se comunicaran con la oficina central de la JCA en París. Aunque les exigía hacerlo por intermedio de la oficina de Buenos Aires, de hecho los puso al mismo nivel y hasta consintió, mediante su silencio, a sus pretensiones en cuanto al carácter y alcance de su autogobierno. Pero Hirsch y Cazès actuaron en contra de las posiciones del Barón, y sus decisiones en el episodio de los delegados de Mauricio las contradijeron explícitamente. Pese a ello, el Barón no procuró insistir en su postura y toda su reacción a ese problema básico se redujo a un mensaje lacónico, según el cual la cuestión de los delegados había sido resuelta mediante las aclaraciones intercambiadas entre él y sus funcionarios.

Junto con esta retirada del programa original de autonomía, hubo otra en el ámbito de los servicios públicos. Este era a ojos del Barón el espacio prototípico de autoadministración, y en ello se basó durante años, como vimos, su negativa a ocuparse de la red educacional en las colonias. Pero cuando finalmente se persuadió de que no había que postergar el establecimiento de escuelas, el Barón, tal como ya dijimos, quitó a los colonos la atribución de organizar dicha red y solo les dejó el derecho a proponer los maestros para las asignaturas hebreas. Lo mismo ocurrió en el área de los servicios de salud: los colonos no participaban de la contratación de médicos ni de la planificación del servicio, y por lo mismo no pudo desarrollarse la actividad de los médicos que deseaban intervenir en la esfera pública. Dado que los colonos no pagaban por su cuenta los gastos de salud, estos servicios fueron manejados por la administración, que actuó según su propia percepción de las necesidades y posibilidades de los “pobres”.

De este modo, lo único que quedó a cargo de los colonos fue la esfera relacionada con la religión, sin ninguna posibilidad de desarrollar un autogobierno más amplio tal como se lo había propuesto el Barón.

En conclusión, a fines de 1894, ninguno de los cuatro postulados del Barón —cribado, régie, administración simple y autogobierno— habían sido implementados en las colonias veteranas en su sentido original. Pero debido a los cambios en sus expectativas, el Barón no parecía decepcionado por ello. El cuadro que le presentaban los informes de sus funcionarios contenía nuevos desarrollos potenciales en las colonias veteranas que tendrían lugar con el tiempo. En cuanto al retraso y la lentitud en la implementación de sus postulados, los atribuía al punto de partida (negativo a su juicio) de todo el proceso. Estaba persuadido de que cambios en el método de selección de los colonos en su país de origen, así como en su organización y su asentamiento, aumentarían las posibilidades de éxito de su programa. Por esa razón, depositaba sus esperanzas en la nueva colonización que estaba comenzando en ese momento.


  1. JCA/LON (358), carta secreta del Barón a Goldsmid, 19.5.1892; carta privada del Barón, 4.8 1892, Nº 55.
  2. JCA/LON (358), carta del Barón a Goldsmid, 2.6.1892, Nº 41. Todavía un año después, manifestó que no deseaba comenzar el proyecto con inexpertos que la JCA debiera instruir; JCA/LON (307), carta del Barón a Kogan, 12.5.1893, Nº 15.
  3. IWO (JCA/Arg.1), informe Nº 17 de la delegación, 28.2.1891; JCA/LON (305), informe Nº 19 de la delegación con firma de Cullen, 19.3.1891.
  4. JCA/LON (302), informe de Loewenthal al Barón, 4.6.1891. Informe Nº 1 (p. 1). De las 15 familias, 13 habían llegado en el Weser y dos estaban formadas por refugiados que originalmente habían emigrado a Brasil y de allí pasaron a Moisés Ville. JCA/LON (302), carta de Loewenthal a JCA, 20.11.1891, Nº 3 (p. 4); carta Nº 4, 26.11.1891 (p. 1).
  5. El enfrentamiento con las vastedades deshabitadas y con las catástrofes naturales, así como los peligros propios de una región de frontera, fueron descritos por Schallman, 1964[a] (pp. 28-30) y Schallman, 1989 (pp. 19-23). Según el testimonio de Cociovich, 1987 (pp. 93-94), había en la colonia unas cuarenta viviendas y una sinagoga, un baño ritual y un cementerio. Según Loewenthal, un colono dominaba la colonia y amenzaba expulsar a quienes no le obedecieran; JCA/LON 302, carta de Loewenthal al Barón, 11.7.1891. Al aproximarse la época de la cosecha, se produjo un conflicto interno y algunos de los colonos fueron encarcelados; JCA/LON 302, carta de Loewenthal a JCA París, 26.11.1891 (p. 4).
  6. JCA/LON (307), carta secreta de Goldsmid al Barón, 19.5.1892, Nº 6. Un número de asesinatos de colonos judíos a manos de gauchos, que acontecieron en la colonia en 1891 y 1892, intensificaron la atmósfera de desesperación y desidia. Véase Hacohen Sinay (pp. 69-78). Su nieto Javier los menciona en su obra; véase Sinay (pp. 84-85). Alberto Gerchunoff, cuyo padre fue apuñalado en Moisés Ville por un borracho, ficcionalizó el suceso en el cuento “La muerte de Rabí Abraham”, en su libro Los gauchos judíos; https://bit.ly/2NGvGYe.
  7. JCA/LON (100). El informe de Wagner (Santa Fe, 8.6.1892) estaba destinado al director del ministerio, Nicasio Oroño. Wagner indica que la población es de 300 familias (unas 2.000 almas), pero el listado de los cinco grupos con cuyos representantes se encontró llega a 325 familias. En cuanto al cuerpo administrativo, el informe menciona al administrador, un contador, un cajero, dos médicos, un traductor, un farmacéutico, una partera y otros. En ambos aspectos, el informe no parece especialmente exacto.
  8. JCA/LON (307), carta de Goldsmid al Barón, 2.6.1892.
  9. Estas y otras negligencias figuran en JCA/LON (308), carta de la delegación al Barón, 24.12.1892.
  10. La idea de la elección de un comité representativo fue aceptada por la mayoría, pero rechazada por una importante minoría. La votación se realizó a principios de diciembre, y fueron elegidos cuatro colonos; véase Cociovich, 1987, p. 127. En sus cálculos presupuestarios, Kogan incluyó un salario parcial de 100 pesos para los miembros del comité, con quienes mantenía relaciones cordiales (el sueldo de un empleado de la JCA era de 200 pesos). Véase JCA/LON (304), carta de Emil Korkus a Sonnenfeld, 8.9.1893.
  11. Véase Gallo, 2007.
  12. JCA/LON (320), carta de Hirsch y Cazès al Barón, 1.6.1894, Nº 380; Hirsch y Cazès informan que en 1894-95 será necesario continuar con un subsidio a los colonos de 600 pesos mensuales, contra los 3.400 pagados hasta ese momento.
  13. JCA/LON (322), carta de Hirsch y Cazès al Barón, 22.11.1894; véase lo que al respecto escribe Cociovich, 1987 (pp. 104-106, 109-111, 135-135). Véase también Hacohen Sinay, 1945 (pp. 171-186).
  14. Cociovich, 1987 (p. 96).
  15. Véase Alpersohn, 1992 (pp. 35-36, 50, 97; sobre el diverso origen geográfico de los colonos, p. 56). Acerca de los equipajes que quedaron en Alemania, véase JCA/LON (302), carta de Loewenthal al Barón, diario administrativo, 8.10.1891 (p. 80). Sobre las costumbres religiosas y culturales, véase ibídem, carta de Loewenthal al Barón, 12.9.1891 (p. 16), donde informa que de los 230 viajeros del buque Petrópolis solo seis comen kasher; esta afirmación no parece muy confiable. Sobre los pedigüeños profesionales e insinuaciones acerca de los “impuros”, véase Alpersohn, 1992 (p. 61). Los testimonios de Loewenthal figuran, entre otros, en JCA/LON (305), carta de Loewenthal al Barón, diario administrativo, 12.9.1891 (p. 19); carta, 15.10.1891, Nº 17.
  16. Alpersohn, 1992 (pp. 53, 56, 62), presenta a Garbel como un oficial alemán converso que sabía ser amable y procuraba en vano poner orden y justicia en la distribución del trabajo, ya que lo respaldaba solo un sector de los colonos. Loewenthal concluyó, tras varios meses de tenerlo a su servicio, que Garbel no era adecuado para sus funciones por su falta de firmeza en sus contactos con los colonos; JCA/LON (302), carta de Loewenthal a JCA París, 15.11.1891, Nº 2 (p. 16). Véase también Alpersohn, 1992 (pp. 51, 59, 105).
  17. Ibídem (pp. 27-34). JCA/LON (302), carta de Loewenthal al Barón, diario administrativo, 2.10.1891 (p. 58), sobre los contactos de los “impuros” con los viajeros del buque Porto Alegre; carta de Lowenthal a Sonnenfeld, 22.9.1891 (p. 1), sobre la decisión de enviar inmediatamente a Mauricio a los viajeros del Haparica, llegados sin previo aviso. Véase Avni, 2014 (p. 155).
  18. Alpersohn, 1992 (pp. 39-42), narra el asentamiento, el 30.8.1891, de los inmigrantes llegados en el buque Tijuca, y su situación en los primeros días (pp. 59-61); sobre los policías y capataces, véase ibídem (p. 60-63).
  19. JCA/LON (302), carta de Loewenthal a JCA, Nº 2, 15.11.1891. JCA/LON (305), carta de Loewenthal al Barón, diario administrativo, 6-8.10.1891; y la ordenanza número 3, 15.11.1891, sobre la organización de la guardia civil. Sobre la impresión que la misma dejó en la memoria de los colonos, véase Alpersohn, 1992 (pp. 71-73).
  20. CAHJP, JCA Argentina… (Buenos Aires/caja 1), informe de su conversación “con quienes aducen ser los representantes de los colonos”. En carta adjunta (JCA/LON [358]) el Barón los critica, pero el 27.4.1892 escribe a Goldsmid sobre lo que le parece aceptable en su testimonio .
  21. Según Goldsmid, los despidos no carecieron de inconvenientes. Terracini, el más veterano de los funcionarios de la JCA en Mauricio, se llevó parte del equipo que estaba a su disposición, y más tarde se puso al servicio del propietario anterior de las tierras y de sus campesinos en el juicio de estos contra la JCA; otros empleados despedidos se unieron a los ladrones de ganado que robaban bienes de la JCA. Véase JCA/LON (304), carta de Goldsmid al Barón, 28.3.1893, Nº 78. Véanse tambien Alpersohn, 1992 (pp. 67-69) y Wechsler (pp. 25-27). Estos hechos son confirmados en buena medida por los informes detallados de Charlamb, el supervisor económico que controlaba lo que ocurría en la colonia, ratificados por la firma de Goldsmid. Véase JCA/LON (304), cartas de Charlamb, 30.9.1892, Nº 45, y 5.11.1892, Nº 64.
  22. Sobre la “limpieza”, véanse Alpersohn, 1992 (pp. 183-184); JCA/LON (305), carta de David Haim, 10.8.1893.
  23. Alpersohn, 1992 (pp. 197-198, 201-203).
  24. Sobre las exigencias de los colonos, véase Wechsler (p. 36). El episodio de la tienda comercial se comenta en la carta de Haim a Hirsch y Cazès del 7.5.1894. El 18.6.1894, el contador Adolfo Bernheim, que administraba la colonia tras la partida de Haim, informa que había sido elegida una nueva comisión “impuesta por el señor Haim”; CAHJP, JCA Argentina… (Buenos Aires/Mauricio 1). Los miembros de esta comisión (que se autodenominó “Representación de los colonos de Mauricio”) eran, según David Haim, Yaacov Starikoff, Hirsch Gottlieb, Moses Girstel y Lazar Nissensohn; ibídem, carta de Haim, 6.5.1894.
  25. CAHJP, JCA Argentina… (Buenos Aires/Mauricio 1), carta de Bernheim y la petición del comité a Hirsch y Cazés, 31.8.1894, Nº 716. Ibídem, carta de Bernheim, 9.10.1894, Nº 793, con el adjunto “Programa de la Representación de colonos de Mauricio – Proyecto”. Los autores se basaban en el mandato recibido en la asamblea del 19.4.1894. Bernheim informa que el reglamento fue formulado según el consejo del Dr. Wechsler. Véase el retrato de Bernheim según Alpersohn, 1992 (pp. 217-218). Véase la carta del Barón a Hirsch y Cazès, sobre este tema, 10.7.1894, Nº 288, JCA/LON (362); y también CAHJP, JCA Argentina… (Buenos Aires/4), carta de los representantes de los colonos al Barón (redactada por Dr. Wechsler), 15.5.1894, y la respuesta del Barón, 10.7.1894. Véase también JCA/LON (321), carta de Hirsch y Cazès al Barón, 15.8.1894, Nº 416, en que ambos informan que el administrador local se excedió de sus atribuciones al permitir que la asamblea eligiera representantes, lo que a su criterio constituía una “reforma prematura”. La cuestión se solucionó cuando, debido a un conflicto interno, los representantes renunciaron y el administrador designó una nueva comisión de cuatro colonos “que se desempeña a satisfacción de todos”. La carta fue enviada antes de que los colonos volvieran a exigir el reconocimiento de la primera comisión.
  26. Los datos se basan en las memorias de tres viajeros del Pampa que se establecieron en Entre Ríos: Israel David Finguerman, quien brindó su testimonio en una serie de notas en el diario porteño Di Ídishe Tzaitung desde el 18.5.1927 en adelante; se radicó en Clara, al lado de Domínguez; M. Chertkoff, quien se estableció primero en San Antonio y luego en Clara, publicó sus memorias en Ídisher Colonist en 1911 (ediciones 17-21) y en Di Presse en 1929 (sobre todo a partir del 18.8.1929); y las memorias de Dickmann, publicadas en 1948. Schallman, 1989, narra detalladamente el episodio de los “pampistas”; Lieberman (p. 32) lo resume en tono patético. Véase también Hochman (pp. 16-20).
  27. Sobre la visita a Entre Ríos, véase el artículo de E. S. Wollman, amigo de Goldsmid que lo acompañó, en Jewish Chronicle, 28.10.1892. El relato incluye un gráfico de las colonias, y describe un panorama muy optimista que concuerda en gran medida con los informes de Goldsmid; véase JCA/LON (307), carta de Goldsmid al Barón, 5.10.1892, Nº 43. Véase el informe de Charlamb sobre Entre Ríos en JCA/LON (304), 27.1.1893, carta Nº 101; y las instrucciones de Goldsmid a la administración provisional, mayo de 1893, en JCA/LON (307).
  28. JCA/LON (304), carta personal de Kogan al Barón, 14.6.1893, Nº 3. Kogan reconoce que entre los que fueron desalojados de la colonia había colonos buenos, pero esas familias no contaban con suficientes trabajadores. Según el informe de Charlamb (citado en nota 27), la situación en Entre Ríos en mayo de 1893 (es decir, antes de la reorganización) era la siguiente: en Clara, sobre 278 familias, 227 contaban con un solo trabajador y 16 con tres trabajadores; en San Antonio, sobre 102 familias, 90 contaban con un solo trabajador y 4 con tres trabajadores. JCA/LON (307), carta de Kogan, 29.8.1893, Nº 201.
  29. JCA/LON (317), informe de Lapin, febrero 1894 (pp. 55-64). JCA/LON (320), carta de Hirsch y Cazès al Barón, 1.4.1894, Nº 345, que informa sobre la visita de Cazès en marzo de 1894 y menciona la visita anterior de Hirsch a fines de diciembre de 1893.
  30. JCA/LON (302), diario administrativo del Barón, 20.10.1891, 25.10.1891. Esos textos fueron escritos, por supuesto, cuando el Barón proyectaba la gran conferencia internacional de los dirigentes y potentados judíos.
  31. JCA/LON (302), carta de de Loewenthal a Sonnenfeld, 7.8.1891; diario administrativo de Loewenthal, 1.10.1891.
  32. CAHJP, JCA Argentina… (Buenos Aires/2), carta del Barón a Kogan, 18.5.1893, Nº 150. Ibídem, el 27.1.1893 el Barón explicó a Goldsmid que no le interesaba abrir una nueva etapa de régie en su proyecto y por ello no aceptaba la erección de escuelas por cuenta de la empresa. Dado que las colonias necesitaban organizarse de manera autónoma, el problema de la educación debía quedar a cargo de las entidades comunitarias que se formarían en ellas; la JCA estaría dispuesta a ayudar en la busca de maestros, a poner edificios de su propiedad a disposición de los colonos, y ella o la Alliance podrían proporcionar un cierto subsidio anual.
  33. JCA/LON (362), carta del Barón a Hirsch y Cazès, 23.6.1894, Nº 283.
  34. CAHJP, JC Argentina… (Buenos Aires/1), carta de Barón desde Eichhorn, 6.9.1894, Nº 75.
  35. CAHJP, JCA Argentina… (Buenos Aires/caja 2), carta de Alliance Israélite Universelle a Hirsch y Cazès, 3.12.1894, Nº 4952.
  36. CAHJP, JCA Argentina… (Buenos Aires/2), carta del Barón a Goldsmid, 29.4.1893, Nº 144. Henri Joseph y la Asociación de Mujeres de la Congregación se ocuparon, a pedido de la JCA, de visitar a los colonos internados en el Hospital Francés y otros nosocomios. Véase la carta de Cazès a Joseph, 19.12.1893, sobre servicios religiosos a los internados en el Hospital San Roque (JCA/LON, 319).
  37. Véase en JCA/LON (302), diario administrativo del Barón, 7.10.1891, su propuesta para la cuestión de los médicos. Acerca del Dr. Yafe, véase Alpersohn, 1992 (pp. 77-83), donde también figura el testimonio detallado sobre su actividad en la organización comunitaria, el registro de nacimientos, etc. David Haim testimonia su intervención ante el comisario de policía en favor de un colono que fue golpeado. Ese testimonio coincide totalmente, también en la fecha, con lo escrito por Dr. Yafe en el periódico Hamelitz, Nº 249, 23.11.1892. Y véanse: JCA/LON (299), carta de Roth al Barón, 5.4.1892; sobre Yafe, JCA/LON (307), carta secreta de Goldsmid al Barón, 22.5.1892.
  38. Alpersohn, 1992 (p. 217-218). JCA (362), carta de Barón a Hirsch y Cazès, 12.8.1895, Nº 360. El médico permaneció en su cargo hasta el 7 de octubre de 1895. Más tarde abandonó el ejercicio de la medicina y se dedicó a la lingüística; véase Wechsler 1918.
  39. JCA/LON (323), carta de de Yarcho a Hirsch y Cazès, 23.1.1895. Se lo apodaba “el médico milagroso”. Alberto Gerchunoff lo presenta en el cuento de ese título en Los gauchos judíos. Véase también: Comisión de Homenaje al Dr. Noaj Yarcho.
  40. JCA/LON (307), carta de Goldsmid al Barón, 14.7.1892, Nº 48; narra el incidente en el cual diez familias expulsadas de Entre Ríos osaron agredir físicamente al coronel. El 26 de julio de 1893, inmigrantes que iban a ser devueltos a Europa irrumpieron en las oficinas de la JCA. El incidente tuvo gran difusión en la prensa, especialmente en El Diario. Véase CAHJP, JCA Argentina… (Buenos Aires/copiador interno), carta de Kogan al editor del mismo y al director del Departamento de Policía. Sobre las expensas, véanse JCA/LON (304), informe de Charlamb, 27.1.1893, Nº 101.


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