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6 Época de crisis

La tranquilidad y satisfacción del Barón llegaron a su fin a comienzos de marzo de 1895, cuando recibió informes que revelaban que la situación en las colonias era muy distinta de lo que él imaginara. Nuevamente la práctica desafiaba a la teoría, y ello impactó tanto el desarrollo del proyecto en Argentina como las decisiones que se tomaban en París.

1. Las decepciones

1.1. La crisis de la cosecha

Todos los actores del proyecto depositaban grandes esperanzas en la cosecha 1894/1895. A medida que el trigo iba madurando, Hirsch y Cazès solicitaron y obtuvieron del Barón un presupuesto de 190.000 pesos para adquirir carros, cosechadoras y trilladoras. De los cálculos de sus representantes dedujo el Barón que el volumen de la cosecha compensaría la reducción del precio del trigo en el mercado mundial, por lo cual los ingresos no solo habían de cubrir los gastos de los colonos, sino también les permitirían devolver los subsidios de mantenimiento del año anterior y asegurarían su sustento en el año venidero. Hirsch y Cazès esperaban que también les sería posible, aun a nivel simbólico, comenzar a amortizar su deuda global.

Pero esas esperanzas se desvanecieron muy pronto, debido a una serie de imprevistas catástrofes naturales. En Mauricio, una helada agostó los cultivos la noche del 13 de diciembre. A ello siguió una ola de calor que resecó las espigas y provocó el desprendimiento de los granos. En Entre Ríos y Santa Fe, en diciembre y enero lluvias torrenciales de proporciones inusitadas quebraron las mieses maduras, abatiendo los tallos y desprendiendo las espigas. El resultado fue una cosecha mísera de escaso valor. Las 5.500 hectáreas sembradas en Mauricio produjeron solamente 30.000 quintales (quintal = 100 kg.), a razón de 5,5 quintales por hectárea, y en Entre Ríos y Moisés Ville la producción osciló entre 4 y 6 quintales por hectárea. El precio del trigo en la estación ferroviaria local fue solo de 3 a 4,90 pesos el quintal; de ese importe debían pagarse 1,10 por quintal a los trilladores y una suma adicional a los intermediarios de la comercialización.[1]

Comparada con los cálculos de ingresos y egresos previstos por los directores de Buenos Aires —basados en una posible producción de 10 quintales por hectárea, que se venderían a 5-7 pesos el quintal—, la temporada agrícola 1894/1895 había resultado un desastre. Frente a ello, el Barón adoptó dos decisiones: la primera, diversificar la economía de las colonias introduciendo ganado vacuno donde hubiera terrenos aptos para el cultivo de alfalfa, si bien en forma limitada para no alterar el carácter agrícola de las mismas. La segunda, no ampliar el alcance del proyecto en 1895 más allá de las 184 familias ya organizadas para la emigración en Grodno (Lituania) y Tavria (sur de Rusia). Según el Barón, hasta que no quedara demostrado, durante un año y medio de prueba, que la catástrofe era coyuntural y pasajera, no debían formarse nuevos grupos de emigrantes en Rusia.

Los desastres naturales afectaron a los colonos también anímicamente, ya que al fin de cuentas las esperanzas depositadas en la cosecha no habían carecido de fundamento; para parte de ellos se trataba de la tercera cosecha y la aguardaban ansiosamente. El Barón comprendió el peligro de que cundieran el desánimo y la desesperación, y pese a su propia decepción urgió a sus representantes a combatir el sentimiento de derrota, que tendría peores consecuencias que las catástrofes naturales. Por lo tanto, autorizó a Hirsch y Cazès a distribuir un subsidio limitado entre los colonos, dejando a su criterio el modo y la cantidad.[2] En otras palabras, frente a la crisis el Barón reaccionó de manera paternalista y generosa. Pero al poco tiempo también esa actitud habría de sufrir un importante cambio.

1.2. La crisis en las colonias veteranas

Tal como ya indicamos, la situación en las colonias veteranas no se correspondía con las descripciones de Hirsch y Cazès en sus informes al Barón, que tampoco mencionaban las tensiones crecientes dentro de la empresa.

Esas tensiones se incrementaron cuando los colonos comprendieron que los ingresos de la cosecha no bastarían para su sustento en el año entrante, y alcanzó su punto más alto cuando supieron que los administradores se proponían descontar de sus menguados ingresos todos los gastos de la cosecha y la trilla, así como el subsidio brindado a lo largo del año anterior. Salieron a luz todas las quejas posibles reales e imaginarias contra los administradores, y los colonos se organizaron para manifestar su protesta.

La primera “revuelta” tuvo lugar en la colonia Clara en Entre Ríos, a fines de febrero de 1895; sus causas fueron la adjudicación de la trilla a un contratista de fuera de la colonia, la rigidez del administrador David Haim, y las negligencias y demoras en las reparaciones de un número de viviendas. Los colonos decidieron boicotear a la administración local suspendiendo sus contactos con ella. Con el fin de forzar la venida de un directivo de Buenos Aires, se dirigieron a la policía de Villaguay para informar sobre los disturbios acontecidos y explicar que, debido a la falta de contratos firmados, se veían expuestos a los caprichos de los funcionarios de la JCA. La queja fue transmitida al ministro del Interior de la provincia, quien se apresuró a exigir la presencia de Hirsch o Cazès antes de ordenar una acción policial. Hirsch viajó a la colonia, donde también gran parte de la cosecha de maíz se había malogrado por la sequía que azotó la región en febrero, y se vio forzado a conceder que los colonos se reservarían la cantidad de trigo necesaria para asegurar su sustento y la nueva siembra de 1895, pero exigió que antes se pagaran los gastos de la trilla. En caso de que el saldo no fuera suficiente, se comprometía a entregarles en julio lo necesario para su subsistencia, después de que hubiesen arado por lo menos la mitad de sus parcelas.[3]

La segunda tormenta se desató en Mauricio un mes después. Aunque allí las cosas no llegaron a una intervención gubernamental, los directores de la empresa no la consideraron menos grave que la de Clara. La sospecha, aparentemente confirmada, de que los terrenos de la colonia no eran suficientemente fértiles; la contratación externa de los servicios de trilla y transporte de la cosecha, que provocó la desocupación de los colonos y pérdidas estimadas en 20.000 pesos; la reducción de las atribuciones de sus representantes, a quienes no se permitía intervenir en ningún asunto importante; la rígida actitud del administrador René Brandeis, quien se proponía cobrar a los colonos las deudas de 1894 y suprimir el subsidio mensual de 1895: todos esos factores provocaron una agitación que forzó a Cazès a realizar una primera y prolongada visita a la colonia. También aquí se decidió no cobrar las deudas de 1894 y auxiliar a quienes habían sido particularmente afectados por la pérdida del trigo, subsidio que continuaría por lo menos hasta la cosecha de maíz. Cazès se convenció de que efectivamente la tierra de Mauricio no permitía mantenerse con unidades de 50 hectáreas y recomendó que se buscara el modo de llevarlas a 100 hectáreas por familia. En cambio, no aceptó las quejas contra el administrador, quien permaneció en su puesto.[4]

Los disturbios en las colonias veteranas enojaron a Hirsch y Cazès y los llevaron a abandonar el tono moderado que había prevalecido en sus informes. De ahí en adelante adoptaron una línea de inculpación contra todos los colonos o parte de ellos. En cuanto a las administraciones de ambas colonias, en boca de los directores solo había elogios para las mismas. La responsabilidad de todos los problemas fue achacada a las fuerzas de la naturaleza y al carácter y conducta de los colonos, y particularmente a los agitadores que alentaban su insatisfacción, con ayuda de la prensa judía de Rusia; dicha insatisfacción provenía, según ambos directores, de su falta de voluntad de adaptarse a un régimen severo de trabajo.[5]

Esas noticias tomaron por sorpresa al Barón. El informe de Hirsch sobre lo ocurrido en Clara le reveló por primera vez que no todo funcionaba bien en las colonias. Pese a que el informe defendía al administrador y a sus capacidades, ponía en descubierto también sus negligencias, la peor de las cuales era el hecho de que solo había respondido a las legítimas demandas de los colonos cuando se produjeron los disturbios. Pese a ello, su primera reacción –enviada por telegrama– incluía instrucciones para aplicar un castigo ejemplar a los incitadores de los mismos.

De la tensión reinante en Mauricio se enteró por la larga carta enviada por un colono (al parecer Abraham Rosenfeld) al editor de Hatzfirá en Varsovia; este no la publicó y la envió al Comité de San Petersburgo, quien a su vez la hizo llegar al Barón.[6] Los problemas que el autor de la carta describía en detalle, junto con su afirmación de que llevaba tres años procurando destacar en sus escritos precisamente los aspectos positivos del desarrollo del proyecto, llevaron al Barón a considerar la posibilidad de que las quejas fuesen justificadas. Pero en la práctica se limitó a enviar la carta a Hirsch y Cazès para que investigaran la situación y corrigieran lo que fuese necesario, con la observación de que ese documento era una prueba adicional de la ingratitud de sus beneficiarios. Su disgusto contra los colonos aumentó con las quejas expuestas en las cartas de Hirsch y Cazès, lo cual lo llevó a renovar su exigencia de dos años atrás en cuanto a la necesidad de “depurar” las colonias de perezosos, provocadores y revoltosos.

Todo ello hizo que el Barón se arrepintiese de haber autorizado una expansión, aun limitada, de las colonias. En enero de 1895, y contra su anterior demanda de acelerar el envío de las 184 familias de Lituania y Tavria que se estaban preparando para partir hacia Argentina, ordenó reducir en cantidad y demorar ese operativo; a los directores de Buenos Aires les manifestó que, de haber sido informado antes, lo habría suspendido del todo. Respecto de la compra de nuevas tierras, su conclusión fue similar. “Depurar, consolidar, no innovar”: esa fue la consigna que transmitió a sus funcionarios, al cabo de esa segunda decepción que, lamentablemente, no sería la última. [7]

1.3. La crisis de los contratos

La redacción de los contratos que habían de constituir la base de las relaciones legales entre la JCA y los colonos se prolongó durante dos años. Si bien las versiones preliminares fueron puestas en conocimiento de los miembros de los grupos todavía en Rusia, en la etapa de su evaluación, ni ellos ni sus representantes participaron de su elaboración. Por ende, cuando, en marzo y abril de 1895, los colonos de Clara y Mauricio exigieron recibir los contratos, no estaban en conocimiento de sus detalles, pero poseían la certeza de que los mismos definirían explícitamente sus obligaciones y derechos para con la empresa colonizadora.

A fines de mayo, Hirsch y Cazès fijaron los precios de los terrenos de todas las colonias, según su calidad y su distancia de las estaciones ferroviarias. Esos valores oscilaban desde 20 pesos la hectárea para los terrenos peores y más alejados en Mauricio hasta 70 pesos para los mejores y más cercanos a la ferrovía en Basavilbaso. Con esto culminó el proceso de la formulación de los contratos, y llegó el momento de ponerlos en conocimiento de los colonos. Al poco tiempo, remitieron a las oficinas de las colonias una copia impresa de los mismos, con instrucciones de transmitirla a los colonos e informar a Buenos Aires sobre sus reacciones. El contrato no fue enviado a los contingentes de Rapoport, porque las cuentas personales de sus miembros todavía no habían sido organizadas.

Los administradores —René Brandeis en Mauricio, David Haim en Clara, Meshulam (Miguel) Cohen en Moisés Ville y Benjamín Beresoffsky en San Antonio— convocaron asambleas y leyeron a los colonos el contrato en castellano, lo que hizo necesaria su traducción al ídish, junto con explicaciones adicionales que fueron atendidas más que el texto en sí. La interpretación provocó rápidamente una ola de terribles rumores y estos, junto con aquellos artículos del contrato que tenían el propósito de asegurar el cumplimiento de los objetivos del proyecto y fortalecer a la JCA ante posibles demandas o desviaciones por parte de los colonos, provocaron la tercera y más compleja de todas las crisis: la crisis de los contratos.[8]

Entre los colonos de Mauricio, los contratos causaron estupor: el monto de la deuda, el interés del 5% sobre la misma —feroz a sus ojos— y la obligación de saldarla en solo 12 años, les parecieron condiciones imposibles de cumplir. Por añadidura, el artículo que amenazaba con la revocación del acuerdo y la pérdida de todas las inversiones para el colono que dejara de saldar una sola de las cuotas, hicieron que el contrato les pareciera un medio para someterlos por completo a la arbitrariedad del administrador. A su juicio, esa severidad era consecuencia de la hostilidad de los directivos hacia ellos, por lo cual no tenía sentido alguno intentar disuadirlos, y decidieron escribirle directamente al Barón, ya que habían recibido de este el permiso de hacerlo en casos especiales. Por consejo del médico Téophile Wechsler, los colonos de Mauricio se abstuvieron en su carta de enumerar sus quejas por el contrato y solo pidieron que la central de la JCA enviara a la Argentina a una persona confiable para ambas partes e independiente de la administración local, que pusiera verificar sus reclamos y evaluar las calumnias que, a su juicio, había elevado el administrador contra ellos. Este árbitro habría también de volver a redactar los artículos del contrato, que habían considerado con suma seriedad y que no podrían firmar tal como estaba. El problema de los contratos, en opinión de los colonos, era capital para el proyecto en su totalidad y una encrucijada en la que se decidiría su continuación o su interrupción.

En el ínterin, para ganar tiempo, los colonos respondieron al administrador que no podían concentrarse en el análisis de los contratos por hallarse en medio de la cosecha de maíz, y que justamente por ser la misma abundante pasarían tres meses antes de que pudieran hacerlo.[9]

También en Entre Ríos causaron los contratos gran alboroto. Hubo oposición no solo al monto del interés, sino al hecho mismo de su imposición. Entre otras propuestas, los colonos exigían que en caso de anulación del contrato todos los pagos ya efectuados fuesen devueltos; que una parte definida de la cosecha anual quedara en propiedad del colono; que se les diera la posibilidad de realizar los pagos anuales en efectivo, sin la obligación de depositar toda la cosecha en los graneros de la empresa. Y también allí decidieron los colonos no firmar el contrato tal como les había sido presentado.

Solo en Moisés Ville no se suscitó tormenta alguna al respecto. El administrador Meshulam Cohen se esforzó en explicar los contratos en detalle. Por su parte, los veteranos —los viajeros del Weser, que ya habían tenido la experiencia del contrato de Palacios, se hallaban en un momento de consolidación pese al fracaso de la cosecha de trigo, y desde mediados de 1894 reinaba en la población una atmósfera de vigor y progreso. Por esa razón, y aunque la rigidez del contrato no pasó desapercibida a sus ojos, se limitaron a pedir un solo cambio: la prolongación del periodo de los pagos anuales, sobre todo para quienes tenían deudas de años anteriores. Dado que Hirsch y Cazès estuvieron dispuestos a esa modificación y prolongaron el periodo de pagos de 12 hasta 20 años, según el monto de cada deuda, los moisesvillenses aceptaron firmar los contratos y desoyeron los llamados de las otras colonias a una lucha conjunta contra la JCA.[10]

Ante la oposición de los colonos de Entre Ríos y Mauricio, Hirsch y Cazès decidieron presionarlos y suspendieron todos los suministros a los involucrados en la misma. En Mauricio, esa medida afectó a muchos que debían recibir de la administración semillas de trigo para la siembra. Algunos dirigieron a Cazès, en nombre de todos, una grandilocuente carta en hebreo, pidiendo la renovación del suministro y el permiso de enviar a Buenos Aires a dos representantes que conversarían con él sobre los contratos. Algo semejante hicieron los colonos de Entre Ríos. Hirsch y Cazès se mostraron dispuestos a recibir a una delegación que representase a todas las colonias opositoras.

La reunión tuvo lugar a fines de junio de 1895 en la oficina de Buenos Aires. Los colonos expusieron sus reparos a los contratos, pero todas sus exigencias fueron rechazadas, salvo una promesa de flexibilizar el número de las cuotas anuales —como ya se había hecho en Moisés Ville— y de revisar la posibilidad de delimitar un nuevo terreno de pastura que permitiera la cría de ganado. Hirsch y Cazès sostuvieron que el Barón mismo había autorizado los artículos del contrato y que ellos carecían de facultades para modificarlos. Los colonos solicitaron el envío de representantes al Barón; los directores respondieron que no tenían inconveniente, pero dudaban de que el Barón fuese a recibirlos, por lo que les sugerían poner sus argumentos por escrito y enviarlos a París por intermedio de la oficina de Buenos Aires. Aunque el informe de Hirsch y Cazès sobre esta reunión la presenta como tranquila, de hecho hubo en ella intercambios muy duros, y la misma terminó con la afirmación de los directores de que no harían cambio alguno que no fuese ordenado desde París. De vuelta en su alojamiento en la capital, los desilusionados colonos decidieron enviar su mensaje directamente sin la intermediación de la oficina central, reunieron entre todos una buena suma de dinero y remitieron un largo y detallado telegrama al Barón.

Mientras tanto, en las colonias, los administradores continuaban su campaña de persuasión y presión. En Mauricio, Brandeis actuó con firmeza contra los líderes de la oposición, y su negativa a entregarles las semillas para la próxima siembra consiguió doblegar a los colonos que las necesitaban. Hasta mediados de julio, logró obtener las firmas de 77 familias, y estaba seguro de conseguir las faltantes mediante ese u otro elemento de presión. En San Antonio, el administrador no entregó a los rebeldes el subsidio mensual, y lo mismo hizo David Haim en Clara. Muchos colonos firmaron o se comprometieron a hacerlo cuando llegaran sus contratos. Pero la mayoría de los veteranos se mantuvieron en su rebelión, alimentándose de los restos del trigo y de la cosecha de maíz, que había sido especialmente buena en Mauricio. Del destino del telegrama no tuvieron noticias, pero a principios de septiembre fueron convocados a la oficina local y el funcionario les leyó un fragmento de una carta del Barón, que les informaba que su negativa a firmar había sido interpretada como el temor de que, a su muerte, la JCA retirara su apoyo filantrópico; que semejante cambio no se produciría y que los colonos trabajadores contarían siempre con el apoyo de la empresa. Esta declaración causó estupor en Mauricio, donde fue vista como una nueva muestra de la deformación de sus argumentos. Los colonos se apresuraron a transmitir al Barón, al mismo tiempo, su conmoción ante la misma y una declaración de lealtad, a fin de aclarar que sus protestas no habían nacido de idea alguna respecto de su fallecimiento y se referían solamente a la actuación de sus representantes locales. Pero tampoco a esta segunda misiva se recibió en Mauricio respuesta alguna; la misma fue remitida a la oficina de Buenos Aires con una nota del Dr. Sonnenfeld desde París, según la cual el Barón había decidido no responderla.[11]

Mientras tanto, un sector de los colonos se dirigió a entidades externas, con el pedido de que presionaran a la conducción argentina de la JCA. Otros transfirieron sus problemas al cónsul ruso en Buenos Aires; y algunos se dirigieron a la prensa, en la que obtuvieron apoyo. El mayor eco fue el que lograron en la Dirección de Inmigración y en su director, Dr. Juan Alsina. Los reparos de este alto funcionario respecto de la inmigración judía se habían manifestado en varias ocasiones anteriores, y cuando se le solicitó intervenir ante la JCA en favor de los colonos, su respuesta fue inmediata. A mediados de julio solicitó del gobierno de Entre Ríos un examen de los métodos de trabajo de la administración civil en las colonias judías, y particularmente de las relaciones financieras entre la empresa colonizadora y los agricultores. Paralelamente, designó a una comisión formada por sus propios funcionarios y otros del Ministerio de Trabajo, que había de entrevistarse en el futuro con inmigrantes traídos por la JCA cuando arribaran a Buenos Aires y realizar su seguimiento, así como obtener de los mismos testimonios en cuanto a los compromisos y relaciones legales entre ellos y la JCA. A los directores de Buenos Aires les solicitó una copia del contrato modelo, y todo ese material fue publicado en forma destacada en el informe anual de su oficina, junto con sus críticas a la JCA y la manifestación expresa de su disposición a transferir toda protesta legal de los colonos a la consideración de los asesores legales del gobierno.[12]

A mediados de agosto, la lucha se amplió y también los grupos dirigidos por Gregory Rapoport se incorporaron a la misma. Al principio, Rapoport había logrado impedir que su gente tomara parte en la rebelión de los veteranos, con el argumento de que esa abstención podría valerles ante el Barón e introducir facilidades en sus propios contratos. Al aproximarse la época de la cosecha de trigo —la primera para muchos de los nuevos colonos—, Hirsch y Cazès quisieron saber si esos grupos firmarían los contratos o se unirían a los rebeldes. Rapoport viajó a Buenos Aires para exponer en forma directa las demandas de sus representados, junto con sus propios comentarios.

La primera de esas demandas se refería al alcance de la deuda y las condiciones de su liquidación. Rapoport sugirió a Hirsch y Cazès que esas condiciones se basaran en la capacidad potencial de pago por parte de cada colono; según sus cálculos, la misma llegaba a un máximo posible de 600 pesos por año. La segunda demanda se refería al derecho del colono a no saldar la cuota anual de su deuda en casos de pérdidas por “fuerza mayor”, es decir, desastres naturales. Rapoport proponía que el árbitro mencionado en el art. 10 tuviese facultades para decidir sobre la aplicabilidad del concepto “fuerza mayor” y para autorizar la cancelación de los pagos. La tercera demanda se refería al depósito de la cosecha en manos de la administración: Rapoport sugería que solo una parte de la misma, equivalente a la deuda anual, fuera entregada a los almacenes de la empresa.

Hirsch y Cazès le sugirieron que pusiera sus propuestas por escrito y ellos las transmitirían al Barón, manifestando sus firmes reparos respecto de la primera demanda, pero también su disposición favorable a las otras dos. Dos semanas después, durante sus largas conversaciones con los habitantes de las colonias veteranas en Entre Ríos, David Cazès les expuso las objeciones de Rapoport al contrato. Los colonos concordaron con las propuestas y agregaron otras tres: 1) que en caso de que fuera embargados terrenos para la construcción del ferrocarril, los dueños de los mismos fuesen indemnizados (art. 2); que en el art. 4 se señalara que tenían derecho a desarrollar la cría de ganado vacuno; 3) que, contra lo que figuraba en ese mismo artículo, se les autorizara a emplear mano de obra asalariada en la época de la cosecha y la trilla. Hirsch y Cazès transmitieron esos pedidos al Barón junto con una entusiasta recomendación, al tiempo que volvían a destacar su oposición a la primera de las demandas, común a todos los colonos: la reducción de la deuda y el interés.[13]

Habían transcurrido tres meses desde el comienzo del conflicto, se acercaba la época de la cosecha, y todos aguardaban la respuesta del Barón. Los directores de Buenos Aires mantenían su determinación de no brindar ayuda financiera para la cosecha a quien no hubiese firmado su contrato, aun cuando estaban dispuestos a hacer concesiones en cuanto al texto del mismo. Los colonos continuaban firmes en su voluntad de no firmar el texto original.

La oposición de los colonos contradecía completamente las ideas del Barón en cuanto a la índole de las relaciones legales entre aquellos y la JCA. Al recibir el telegrama de los representantes tras la reunión de Buenos Aires, se limitó a telegrafiar a sus funcionarios que obviamente él no les respondería, y les exigía actuar con gran firmeza, incluso si era necesario expulsar a esos representantes. Parecida fue su reacción a las cartas enviadas desde Mauricio. Pero su actitud se ablandó cuando recibió el informe detallado del agrónomo Lapin sobre las colonias de Entre Ríos, y especialmente cuando cambió la índole de los informes que llegaban de Buenos Aires: junto con los resúmenes estadísticos y los informes regulares que hasta entonces habían sido su principal fuente de información, a su pedido comenzó a recibir copias de la correspondencia interna con las administraciones de las colonias. La lectura de ese material hizo que considerara los memorandos de Rapoport y de los delegados de Clara no como expresiones de una rebeldía que debía ser castigada, sino como un análisis serio y digno de consideración y reflexión.

Estos documentos, así como las informaciones que le llegaban desde otras fuentes, convencieron al Barón de la necesidad de reconocer dos hechos básicos: 1) la amortización de una deuda de 10.000 pesos en cuotas anuales durante doce años era impracticable; 2) los ingresos obtenidos de los cereales, aun en los mejores años, no pondrían en manos del colono recursos suficientes para liberarse de sus deudas. En consecuencia, aceptó introducir varios cambios en el contrato:

  1. El pago anual máximo sería de 600 pesos, sin modificar la suma total y sin renunciar al interés, y el número de cuotas anuales se fijaría en cada caso en forma individual.
  2. Los colonos tendrían derecho a postergar las cuotas anuales en caso de perjuicios provocados por fenómenos de fuerza mayor; la decisión al respecto quedaba en manos de la oficina central de la JCA en París y no en las del árbitro.
  3. La cantidad de cereal depositado en los graneros de la JCA no sería mayor (en su valor estimado) que la deuda anual del colono, pero la administración no sería responsable por el producto almacenado, salvo en los casos en que los perjuicios o reducciones se debieran a negligencias de sus empleados.

Cuando recibió el memorando de los colonos de Clara, el Barón contestó positivamente también a las tres demandas adicionales: indemnización por tierras embargadas para la construcción del ferrocarril, permiso para emplear mano de obra asalariada y permiso para criar ganado. El Barón explicó sus concesiones afirmando que al fin de cuentas no era bueno aparecer como obcecados cuando era posible ser conciliadores.

Pero esta actitud conciliadora del Barón no fue aceptada por el Comité Central de París ni por Jules Dietz, el asesor jurídico de la JCA, quienes propusieron que, como máximo, se autorizara a la oficina de Buenos Aires a renunciar, provisoriamente y según su propio criterio, a parte de los pagos del colono que hubiese perdido su cosecha. Frente a ello, el Barón decidió proceder de un modo inusitado: envió a Buenos Aires tanto sus propias resoluciones como las de sus funcionarios, dejando en manos de Hirsch y Cazès la decisión última respecto de todas ellas.

Los directores de Buenos Aires optaron por la benevolencia. Dado que de todos modos el número de cuotas anuales dependía del éxito de la cosecha y ya habían aplicado cierta elasticidad al respecto en Moisés Ville, aceptaron que la deuda se extendiera a veinte años. Que los casos de fuerza mayor como motivo para eliminar la deuda quedasen sometidos a la decisión de París y no de un árbitro independiente no les pareció una concesión importante, ya que de todos modos la JCA no habría anulado un contrato con un colono moroso debido a catástrofes naturales. Con la misma actitud consideraron las otras demandas de los colonos, que no eran más que la especificación de casos en los que la JCA por sí misma habría decidido actuar con generosidad hacia ellos.[14]

El Barón y la dirección de Buenos Aires estaban persuadidos de que sus concesiones habían desarticulado la oposición a los contratos, y que solo restaba volver a imprimir los documentos corregidos y presentarlos a la firma de los colonos. Pero los colonos no pensaban lo mismo, particularmente aquellos que estaban organizados en grupos.

Dado que las mieses estaban madurando, los colonos comenzaron a presionar a Rapoport, aún antes de que llegaran las respuestas del Barón, para que obtuviera de la oficina de Buenos Aires la maquinaria para la cosecha. Hirsch y Cazès informaron a Rapoport que habría cambios positivos en los contratos, pero que hasta que los colonos no firmasen por lo menos un compromiso previo, no se les proporcionarían los equipos. Los colonos designaron una delegación que salió hacia Buenos Aires para deliberar con los directores. Por su parte, Rapoport se apresuró a enviar un telegrama a Buenos Aires informando que esos delegados eran los cabecillas de la rebelión y que, si Hirsch y Cazès conseguían convencerlos de que firmaran los compromisos, todos los demás harían lo mismo. La delegación conversó con Hirsch y Cazès en varias ocasiones y finalmente sus miembros lograron evadirse del compromiso aduciendo que, si firmaban en la oficina de la empresa, sus compañeros perderían su confianza en ellos, y por ello era preferible que la firma se realizara en la colonia. Mientras tanto, se asesoraron en Buenos Aires con otras personas que, según Rapoport, lograron convencerlos de no firmar y de no confiar en las promesas de los directores. A su regreso, en lugar de actuar como lo habían prometido en Buenos Aires, comenzaron a azuzar a sus compañeros para que no firmasen y a enfrentarlos con los contados colonos que ya lo habían hecho. En eso estaban las cosas cuando llegó la respuesta del Barón sobre las facilidades que se introducirían en los contratos; Hirsch y Cazès se apresuraron a informar a Rapoport, pidiéndole que notificara a los colonos. Pero, debido a la actuación de los incitadores, los ánimos estaban muy revueltos y reinaba una total desconfianza dentro de los grupos, lo cual anuló casi por completo la escasa influencia que todavía poseía Rapoport.

El 18 de noviembre de 1895, presionado por las masas de colonos que colmaron su oficina, Rapoport se vio forzado a telegrafiar a Hirsch y Cazès pidiendo que le permitieran informarles que en el transcurso de ese año serían libres de vender toda la cosecha por su propia cuenta; los colonos precisaban esa promesa para contactar directamente a los proveedores de maquinaria, que les facilitarían los equipos tomando la cosecha como garantía. Rapoport insistió ante los directores en la necesidad de atender a su pedido, ya que de otro modo la demora podría echar a perder la cosecha entera, y ello provocaría un escándalo público y hasta demandas de indemnización presentadas ante las autoridades locales. Por el momento, dejaba de insistir en el tema de las firmas, pero al mismo tiempo envió a Buenos Aires los nombres de 55 colonos que habían firmado un consentimiento previo, pidiendo que se les proporcionara inmediatamente la maquinaria que necesitaban. Hirsch y Cazès respondieron positivamente, aceptaron no exigir ese año el pago de las deudas y enviaron las máquinas a quienes habían firmado.

Pero en ese momento, la lucha de los colonos alcanzó su grado más alto. Una importante representación de los grupos viajó a Villaguay, donde solicitaron al jefe de la policía local que interviniera en su favor en las cuestiones de los contratos y la maquinaria agrícola. Al mismo tiempo, el 24 de noviembre, decenas de otros colonos tomaron por asalto los equipos llegados a la estación de Basavilbaso y destinados a quienes habían firmado, se llevaron gran número de máquinas y las escondieron en sus chacras. Su propósito era que la cosecha de los “firmantes” —a quienes denominaban “apóstatas”— se perdiera al igual que la de ellos. Rapoport viajó de prisa a Basavilbaso para convencer a los colonos de que devolvieran los equipos, pero allí supo que tenían la intención de destruir las maquinarias recibidas por otros dos grupos. Se apresuró a llegar a Villaguay y, con dinero de la JCA, contrató una guardia de cuatro policías para cada uno de los grupos problemáticos.

La solicitud presentada a la policía de Villaguay no fue atendida, por lo cual los colonos se dirigieron mediante telegrama al gobernador de Entre Ríos pidiendo su intervención en el conflicto con la JCA. El gobernador se comunicó inmediatamente con los directores en Buenos Aires y les pidió que viajaran a la colonia con el fin de calmar los ánimos. Samuel Hirsch se encontró en Concepción del Uruguay con Rapoport, quien le informó que las máquinas habían sido recuperadas y puestas a buen recaudo, y que la policía mantenía el orden en los grupos. Acompañado por Rapoport y una escolta policial, Hirsch recorrió los grupos y habló con los colonos y sus representantes, quienes le manifestaron su continuada oposición a los contratos debido al monto de la deuda que se les había fijado, y su deseo de enviar una delegación al Barón. En sus palabras, se lamentaron de haber cedido a la tentación de abandonar Rusia, donde habían sido más felices que en Argentina. Mientras tanto, se preparaban para efectuar la cosecha ya fuera con maquinaria alquilada, ya fuera a pulso, con hoces y guadañas. En cuanto a la trilla, algunos se dirigieron a contratistas privados, otros se disponían a trillar con animales y aventar el grano con herramientas manuales. La resistencia de los grupos a los contratos influyó también en los colonos veteranos de Clara y San Antonio, que en su mayoría ya habían aceptado firmar en vista de las modificaciones introducidas por el Barón, pero ahora preferían demorar la firma a fin de obtener también ellos los beneficios concedidos a los grupos de Rapoport.[15]

Al contrario de la crisis en las colonias veteranas, que podía aparecer como la continuación de sus problemas en años anteriores y, por lo tanto, posible de superar, la crisis de los contratos —y sobre todo la rebeldía de los grupos de Rapoport— parecía un golpe decisivo a las expectativas y esperanzas del Barón. Su respuesta no demoró en llegar, pero en el ínterin y paralelamente fue desarrollándose una nueva crisis, esta vez en las relaciones del Barón con sus funcionarios de Buenos Aires.

1.4. La crisis en la administración

Tan grande como había sido la confianza del Barón en sus representantes en Argentina hasta comienzos de 1895, tal fue grande su decepción al irse revelando los problemas que ponían en riesgo la ejecución de su proyecto. En un primer momento, cuando se enteró en marzo de que los colonos de Clara se habían rebelado contra el administrador David Haim, consideró que lo inesperado de la noticia se debía a descuidos puntuales en la información que le enviaba la oficina de Buenos Aires. Pero pronto comprendió que el problema se hallaba en los informes manipulados de Hirsch y Cazès, que lo habían mantenido ignorante de lo que realmente ocurría en las colonias. Cuando estos continuaron presentando a los colonos veteranos renuentes a firmar los contratos como faltos de voluntad para el trabajo, y atribuyendo los problemas a la presencia de agitadores e “individuos negativos”, el Barón comenzó a sospechar que algo no andaba bien y se enfadó con ellos. A su pedido, empezó a recibir copias de la correspondencia administrativa, con lo que sintió que por primera vez podía hacer el seguimiento de los sucesos cotidianos en las colonias, y ello provocó cierto cambio en sus concepciones y actitudes. Al mismo tiempo, esa información amplió sus críticas hacia los directores de Buenos Aires y dio base a sus previas sospechas de que ambos no eran los “hombres de negocios” que había creído ver en ellos antes de la crisis.

El Barón les atribuyó también, al menos en parte, los errores de procedimiento que produjeron la crisis de los contratos, y aceptó la crítica de Rapoport, según la cual, si Hirsch y Cazès hubiesen viajado personalmente a las colonias y explicado a sus habitantes el contenido de los mismos, en vez de delegar esa función en los administradores locales, se habría evitado la atmósfera de desconfianza que acompañaba al episodio desde su comienzo. También dedujo que Hirsch y Cazès habían sido demasiado blandos en su actitud hacia los colonos, convencidos de que si insistían podrían convencerlos; sus equivocaciones habían concedido una apariencia de justificación a las objeciones de estos.

Los directores de Buenos Aires procuraron refutar la crítica del Barón y explicarle sus actuaciones y la razón de sus errores. Pero en un punto se opusieron abiertamente a él: el problema de la limpieza o cribado de los colonos. El punto de partida de Hirsch y Cazès era que, en lugar de expulsar a los elementos supuestamente perjudiciales, era preferible hacer todo lo posible para ayudarlos a integrarse al proyecto; este era, para ellos, el objetivo de la JCA y su carácter filantrópico. Por otra parte, no creían que se pudiese realizar un cribado completo, porque se basaría por fuerza en una evaluación momentánea y subjetiva que podría ser errónea, y el futuro de tantas familias no debía depender de factores tan inestables. Además, una limpieza forzada despertaría un eco negativo en la opinión pública, y la JCA debía tener en cuenta que su misión era demostrar que el judío es tan creativo como todos los hombres. Sostenían también que la injuria que caería sobre la empresa sería extendida a toda la población judía de Argentina, cuyos intereses en el país aumentaban continuamente. En consecuencia, Hirsch y Cazès preferían no efectuar el cribado exigido por el Barón, sino manejarse en las colonias veteranas y en la cuestión de los contratos con lo que ellos denominaban “persistente firmeza”.

Pero todas las explicaciones proporcionadas por Hirsch y Cazès, y sobre todo el principio que adoptaban, no lograron disipar la decepción del Barón. En carta a Sonnenfeld del 5 de octubre, afirmaba que a su juicio ambos funcionarios, aunque honestos y dedicados, eran unos “maestritos” y lo serían siempre (dos años antes Kogan los había apodado de ese modo, y el término se había arraigado en el vocabulario del Barón). Pero ni el Barón ni, especialmente, la comisión directiva parisina quisieron amonestar explícitamente a los directores. Luego de una reunión mantenida en la oficina central, el Barón aceptó reemplazar la carta que tenía preparada para ellos y enviarles una mucho más moderada “que no había de ofenderlos”.[16]

El motivo de esas precauciones era que, pese a sus críticas, el Barón temía que Hirsch y Cazès renunciaran a sus cargos, lo que habría agravado la de por sí preocupante situación. Esto fue explícitamente manifestado en las reuniones de la conducción de la JCA en París en octubre y noviembre de 1895, en las que se consideró el envío de un representante especial a Argentina. La idea había sido sugerida por el Dr. Sonnenfeld, pero el Barón dudaba de su conveniencia, temiendo nuevas conmociones en la oficina de Buenos Aires. No obstante, cuando Sonnenfeld insistió en su propuesta, el Barón le presentó una detallada lista de objetivos para cuya implementación estaría dispuesto a aceptarla. A ello respondió Sonnenfeld —a la sazón director general de la empresa— que asumiría él mismo la función de enviado especial. El Barón, que se encontraba en su residencia de Moravia, aceptó en principio, solicitando que la decisión se postergara hasta su regreso a París y la confección de un programa detallado. En París, conversó con David Feinberg, quien ya a principios de noviembre se había ofrecido a viajar a la Argentina, y finalmente se decidió que ambos —los más altos funcionarios de París y de San Petersburgo— irían juntos a Buenos Aires.

El Barón informó al respecto a Hirsch y Cazès en carta del 15 de diciembre, pero sin mencionar los propósitos de los enviados ni sus amplias atribuciones. En cambio, aducía que la lentitud de los servicios de correos y la resultante dificultad en mantener un diálogo fluido hacían necesario que un miembro de la comisión directiva viajara periódicamente a Buenos Aires para conversar sobre las cuestiones de mayor importancia. El enviado era el Dr. Sonnenfeld y sus temas principales eran el presupuesto y la limpieza de las colonias; David Feinberg había manifestado su voluntad de acompañarlo y la Dirección había aceptado, conociendo su dedicación al proyecto y confiando en que sus consejos serían de la mayor utilidad. No se trataba, pues, de una delegación de “inspectores” destinados a educar a los “maestritos”, sino una suerte de enviado rutinario acompañado de un asesor.[17]

Esa fachada no logró disipar la amargura de Hirsch y Cazès, pero se vieron forzados a reprimirla, debido a que los reorganizadores llegaron a la Argentina en el momento en que culminaban los procesos que amenazaban con hundir los objetivos de la JCA en el país.

1.5. La crisis de la “limpieza”

A comienzos de enero de 1896, mientras Sonnenfeld y Feinberg se hallaban en viaje, el conflicto entre los colonos de Entre Ríos y la JCA alcanzó una nueva fase. Los integrantes de los nuevos grupos provenientes de Grodno y Tavria, recientemente establecidos, se negaron a firmar el recibo por los equipos de trabajo que les había proporcionado la empresa. En Entre Ríos, la exigencia de la administración de que las maquinarias le fuesen devueltas chocó con una negativa. Cuando la administración decidió suprimir los subsidios y recuperar las maquinarias por la fuerza con la ayuda de la policía, unos 150 colonos marcharon hacia Villaguay, la capital del distrito, y exigieron que las autoridades obligasen a la JCA a abonarles los subsidios. El gobernador de la provincia invitó a los directores de Buenos Aires a reunirse con él para debatir la situación.

Cuando David Cazès llegó a Paraná, el 7 de enero de 1896, se encontró con el enviado de los grupos de Rapoport de la zona de Basavilbaso, que venía a protestar ante el gobierno provincial porque la JCA se proponía suspender los subsidios a partir de 15 de enero a quienes no hubiesen firmado el contrato. El gobernador de Entre Ríos propuso a Cazès que conversara con ese representante —un mero empleado de tienda de Basavilbaso— sobre las condiciones del contrato y sobre los detalles del cálculo de las deudas de los colonos. Reunido con el gobernador, algunos de sus ministros y el fiscal general de la provincia, Cazès explicó las razones que habían llevado a incluir en el contrato artículos que parecían muy severos, y afirmó que todo lo que los colonos querían era trabajar lo menos posible, vivir cómodamente y recibir el subsidio durante un tiempo prolongado. A su vez, el gobernador declaró que los colonos de la JCA, junto con los andaluces, eran los peores elementos en su provincia. Tras ese encuentro Cazès se vio forzado a aceptar el pedido del gobernador y renovar el subsidio a todos los colonos, incluidos los que se negaban a firmar, por un periodo de dos meses, para permitirles llegar a un acuerdo con la JCA. Quienes no resolvieran su situación deberían devolver los equipos y abandonar la colonia; la policía de Villaguay se encargaría de notificarles al respecto. Pero al mismo tiempo se le hizo saber a Cazès que si los colonos no se avenían a un acuerdo, no sería posible arrojar a la calle a seis o siete mil personas que se convertirían en vagabundos y pondrían en peligro la seguridad pública. La JCA tenía, por lo tanto, dos opciones: mantenerlos en las colonias o enviarlos de regreso a su país.

El informe de David Cazès alteró al Barón mucho más que el de Samuel Hirsch sobre los problemas con la maquinaria. Inmediatamente, ordenó continuar con las tareas de limpieza según las estrictas instrucciones enviadas con Sonnenfeld, sin preocuparse por la opinión pública, aun si fuera necesario expulsar a todos los colonos.[18]

Sonnenfeld y Feinberg llegaron a Buenos Aires el 19 de enero de 1896 y ocho días después partieron río arriba hacia Concepción del Uruguay. En primer lugar, visitaron los grupos en Basavilbaso y Primero de Mayo, que los recibieron con entusiasmo. Los ancianos salieron a su encuentro con rollos de la Torá y una ofrenda de pan y sal, y los jóvenes a caballo se constituyeron en su guardia de honor. Dos días después, ambos siguieron viaje hacia Clara. Al llegar allí el 12 de febrero, pudieron comprobar que los ánimos estaban muy alterados y que les era preciso actuar con enorme cautela. Pese a sus entusiastas arengas, parece que precisamente David Feinberg, quien en Europa en su momento había considerado a esos inmigrantes como candidatos adecuados para el proyecto, fue recibido por ellos con ofensas y desprecio. Pocos días después, Sonnenfeld y Feinberg pidieron que Cazès se les uniera para poder tomar en conjunto las decisiones necesarias. Tras largos días de conversaciones, los tres decidieron que era necesario alejar de las colonias veteranas, San Antonio y Clara, a unas 60 familias que carecían de la mano de obra necesaria, y a unas 12 de los grupos de Rapaport. Unas 50 familias entre los recién llegados, desilusionadas, demandaron también su repatriación.

A fines de febrero, Sonnenfeld y Feinberg se marcharon de Entre Ríos, con la sensación de que, pese a las cautas medidas que habían adoptado, unas 30 familias de entre los veteranos, los grupos de Rapoport y los llegados en 1895, solicitarían ser devueltos a Europa.

Mientras tanto, expiró el plazo de dos meses convenido con el gobernador de Entre Ríos a comienzos de enero de 1896, y los administradores de las colonias recibieron la orden de reanudar los subsidios mensuales, pero solo a quienes hubiesen aceptado los acuerdos. Ello hizo que los colonos de Clara volvieran a dirigirse al gobierno provincial, pero este, debido a la oposición de los directores de la JCA, no les hizo caso; las autoridades de Villaguay informaron a los habitantes de Clara que debían llegar a un arreglo con la administración y que tenían prohibido volver a perturbar con sus quejas al gobierno.

Por lo tanto, a mediados de marzo de 1896 la oficina de Buenos Aires se hallaba a punto de poner en práctica la gran depuración, con el apoyo de los gobiernos locales. Pero, justamente en el momento en que las ideas del Barón en cuanto a una limpieza rápida y completa con ayuda de la policía estaban por realizarse, las mismas se revelaron inoperantes debido a la dificultad de encontrar un destino para los evacuados.

El problema se había planteado ya en el comienzo del operativo, cuando se quiso sacar de Argentina a una parte de los contingentes de Rapoport, dado que su permiso para salir de Rusia se había otorgado a condición de que nunca retornarían. Como ya señalamos, el Barón había tenido que depositar 100.000 rublos de garantía en el Banco Estatal de San Petersburgo, los cuales se perderían en caso de que los emigrantes intentaran regresar. En febrero, el Barón propuso transferir a los evacuados a los Estados Unidos, Brasil o México, pero Hirsch y Cazès tenían claro que los mismos se negarían a emigrar a Brasil o México, y en cuanto a los Estados Unidos, era dudoso que el país quisiera aceptar a personas que eran indeseables en Argentina. La situación se agravó aún más cuando los evacuados solicitaron ser devueltos a Rusia. David Feinberg le preguntó al embajador ruso en Argentina cuál sería la posición de su gobierno al respecto; la respuesta fue que la entrada a Rusia sería implacablemente denegada a todos aquellos que la habían abandonado como emigrantes.[19]

Por ende, la expulsión de unas 140 familias marcadas como indeseables o no aptas para la colonización había de demorarse por demasiado tiempo, y mientras tanto volvió a plantearse en toda su gravedad la cuestión de los subsidios a los colonos. La producción 1895/1896, sembrada y cosechada en medio de la crisis y el conflicto, fue perjudicada por las lluvias torrenciales y las inundaciones que afectaron la zona en la época de la recolección. Los campesinos de Santa Fe, Entre Ríos, Córdoba y el norte de la provincia de Buenos Aires quedaron casi totalmente arruinados; entre ellos se contaban los colonos de la JCA en Moisés Ville y Entre Ríos. En lugar de diez quintales por hectárea —el promedio que servía como patrón de los cálculos financieros—, fueron recogidos como promedio tres, cuatro o cinco quintales, y solo en muy pocos casos se alcanzaron seis quintales.[20] Dados los elevados gastos de la cosecha y la trilla, y el hecho de que muchos colonos habían hipotecado su producción a favor de los proveedores de maquinaria, la mayoría quedó en total indigencia ya en el mes de abril de 1896. Ante la imposibilidad de sacar del país a los “indeseables”, Hirsch y Cazès decidieron reanudar el subsidio completo para todos, a fin de que el mayor número posible de colonos volvieran a arar los campos, inclusive los renuentes a firmar que estaban decididos a no abandonar las colonias. Con ello, claramente, quedaba abolido el amplio programa de limpieza decidido por el Barón.

2. El derrumbe del sueño

2.1. Los cambios en la posición del Barón

Las múltiples crisis hicieron vacilar la confianza del Barón en su proyecto original y en las posibilidades de rescatar a los judíos de Rusia de su indefensión y su pobreza. A partir de octubre de 1895, decidió reducir en forma significativa sus programas en Argentina; en lugar de forjar allí el país del futuro para todo el pueblo judío, su empresa se dedicaría a convertir a quienes ya se hallaban allí —una vez eliminados los indeseables— en trabajadores ejemplares. El éxito del proyecto demostraría a los “enemigos de nuestra raza”, y ante todo a los que tenían gran influencia en Rusia, que se equivocaban al no implementar en su país lo que él estaba haciendo en Argentina. Se trataba, pues, de un modelo que probaría al mundo que los judíos pueden convertirse en factores productivos. Su relevancia provenía del hecho de que se estaba aplicando en un país libre, donde los resultados serían aceptados sin prejuicios, mientras que los logros de agricultores judíos en el sur de Rusia eran sistemáticamente ocultados por las máximas autoridades del Imperio.[21]

Pero al poco tiempo, el Barón comenzó a dudar también de su proyecto reducido, tal como lo manifestó —solo ocho días antes de su fallecimiento— a sus representantes en Buenos Aires:

Nos hemos absolutamente equivocado en varios puntos, y la falla no es vuestra sino solo de nosotros, los que nos hallamos en París. Nos equivocamos, 1. en la elección del país; 2. en los cálculos de los costos requeridos para el establecimiento de una unidad familiar; 3. en el cálculo de los resultados posibles del trabajo agrícola; y finalmente, 4. en cuanto a las aptitudes de los colonos. En consecuencia, y aun si ellos se comportasen como lo preveíamos, lo cierto es que nuestros cálculos estuvieron básicamente errados. De allí la necesidad de restringirnos, porque es casi imposible suponer que todavía pueda tener lugar un cambio completo en los tres primeros puntos mencionados.[22]

Esa desesperación ante el fracaso de sus programas originales —y en gran medida también de sus modificaciones posteriores— fue acompañada por una serie de ideas e instrucciones para un cambio profundo que tendría lugar en los tres centros de la JCA: París, San Petersburgo y Argentina.

2.2. La nueva plataforma de la JCA

El 12 de enero de 1896, mientras Sonnenfeld y Feinberg se hallaban viajando hacia Argentina, el Barón comenzó a introducir cambios fundamentales en los estatutos de la JCA. En carta de esa fecha al abogado Herbert Lousada, el Barón reconocía que no era posible poner en práctica su amplio programa de colonización en Argentina. La caída en los precios de los productos agrícolas, a su juicio irreversible, y la imposibilidad de encontrar personas capaces de dirigir la colonización masiva con “mano de hierro”, le obligaban a desplazar las funciones de la empresa a otro tipo de actividad filantrópica. El Barón no desechaba las posibilidades de éxito de un proceso de colonización lento y de reducidos alcances, y por ello no se proponía modificar el destino del capital básico de la empresa —dos millones de libras esterlinas—; pero no veía en ese programa un objetivo adecuado para el enorme capital destinado a la JCA en el marco del legado en vida que había firmado el 26 de agosto de 1892.

Un mes después, redactó un nuevo documento acerca de dicho legado. Las ganancias del fondo estarían ahora destinadas a ayudar a judíos pobres en Austria-Hungría, Europa occidental y Estados Unidos, mediante la rehabilitación de familias cuya estrechez económica era consecuencia de circunstancias externas; a la busca de empleo para viudas y mujeres jóvenes; a asistir a artesanos y obreros en la consecución de trabajo; y a la ayuda económica inmediata en situaciones de dificultades coyunturales. En todos los casos, el apoyo constituiría un préstamo y no una donación o regalo. La JCA, junto con su reducida actividad colonizadora, fungiría como supervisora central de las cajas de caridad.[23]

2.3. La liquidación de la actividad en Rusia

Paralelamente, en enero de 1896, el Barón se dedicó a cambiar el estatus del Comité Central en San Petersburgo, cambio que también constituía la expresión de su enojo ante algunos desempeños del mismo.

El Barón estaba persuadido de que los agentes del Comité que actuaban en los diversos distritos de Rusia habían ignorado completamente sus instrucciones en cuanto a la rigurosa selección de los candidatos a la colonización y habían incluido a elementos perniciosos a los que describían como inmejorables. Tampoco habían exigido de los candidatos el pago total de su participación personal en los gastos de emigración. Por otra parte, el manejo de los registros contables del Comité era confuso y ello hizo que las cuentas de los colonos en Argentina se basaran en datos contradictorios, lo cual había demorado las tramitaciones y aumentado la oposición a la firma de los contratos. La responsabilidad directa por todo ello recaía en David Feinberg, el secretario general y, de hecho, director del comité ruso; pero tampoco los otros miembros del mismo, entre ellos el barón Günzburg, se libraron de las filípicas del Barón. Los dirigentes del comité no habían hecho el trabajo personalmente y no estaban informados de lo que ocurría en sus áreas; había sido el Barón mismo quien había descubierto las negligencias de sus funcionarios y exigido corregir las fallas originadas en un defectuoso control financiero.[24]

Debido a que los dirigentes y activistas del Comité eran líderes destacados, el Barón se preocupó de afirmar que estaba persuadido de su dedicación al proyecto, pero ahora, con la prolongada interrupción de las actividades colonizadoras en Argentina, no se justificaba la existencia de semejante entidad. No solo ya no tenía funciones concretas, sino que su continuidad perjudicaría las modificaciones que el Barón se proponía implementar en el proyecto argentino, ya que los colonos rebeldes contaban con que el Comité acudiría en su ayuda y colaboraría con ellos en su enfrentamiento con la conducción local.

La conclusión del Barón era que el Comité Central de San Petersburgo debía cesar todas sus actividades, cerrar su oficina, despedir a sus empleados y, al menos por un tiempo, convertirse en un cuerpo que mantendría reuniones ocasionales en la casa de alguno de sus miembros, para analizar los problemas que pudieran suscitarse. Esta propuesta tenía por objeto evitar la vergüenza pública por la disolución oficial de una entidad en cuya fundación se habían depositado tantas esperanzas, y que quizás volvería a ser necesaria en el futuro. En cuanto a David Feinberg, el Barón se propuso considerar su caso por separado y aguardar su regreso de Argentina para considerar los servicios que podría brindarle en el futuro.

A partir de febrero de 1896, la filial rusa de la JCA entró en un proceso de desarticulación. Su secretario general, David Feinberg, que se hallaba aún en Argentina preparando un informe sobre sus pronósticos y sugerencias para el futuro del proyecto en el país, había quedado de hecho sin función definida alguna.[25]

2.4. La reducción de la empresa en Argentina

Al tiempo que modificaba los objetivos de la JCA y liquidaba las actividades en Rusia, el Barón continuaba urgiendo a sus representantes en Argentina para que apresuraran la depuración de las colonias y los grupos. El Barón no tenía la intención de liquidar totalmente el proyecto argentino, y en las mismas cartas en que exigía la limpieza exponía también sus planes para el futuro.

Su punto de partida era que el cribado dejaría en las colonias a personas buenas y disciplinadas, de las que la JCA debía ocuparse con generosidad y benevolencia hasta su consolidación económica. Las cuentas de los colonos con la JCA debían basarse en el consentimiento mutuo —la empresa ignoraría los gastos generados por los disturbios pasados—, y era necesario proporcionarles apoyo financiero debido al fracaso parcial de la producción. A fin de que pudieran sustentarse, tanto en años buenos como malos, era necesario “colocar varias cuerdas en sus arcos”, por lo que recomendaba examinar las posibilidades de ampliar sus áreas de trabajo, por ejemplo, mediante la cría de ganado. Con todo, a su juicio serían pocos los que se beneficiarían de esas ventajas, puesto que no se conformaba con una limpieza parcial que transara con parte de los “malos” y obligara a repetirla al cabo de un tiempo. La depuración a fondo que exigía involucraba forzosamente el abandono de casas, el vaciamiento de escuelas y el encarecimiento de los servicios administrativos. Para reducir los gastos y sacar provecho de los bienes abandonados, llegó a la conclusión de que sería necesario concentrar en un lugar a los habitantes de poblaciones vecinas y desocupar totalmente por lo menos una colonia. Su elección recayó en la más alejada de todas, San Antonio. A fin de sacar provecho de las tierras, propuso el Barón convertirla en una “colonia no judía”, manejada con el criterio comercial con que se conducían los asentamientos privados en el país.

Sus representantes en Argentina procuraron disuadirlo de minimizar el proyecto y objetaron el cuadro deprimente descrito en sus cartas. Procuraron enviarle noticias optimistas sobre el progreso en la cuestión de las firmas y en la depuración, y Sonnenfeld pidió permiso para volver a París y transmitirle los aspectos positivos de la situación. Pero el Barón le telegrafió que su presencia en París no se justificaba y le exigió liquidar San Antonio, resolver en bloque las cuentas de los colonos que se quedarían, e implementar las restantes instrucciones contenidas en la carta que había sido enviada el 30 de marzo de 1896 y llegaría en breve a su destino.

Los directores de Buenos Aires decidieron no esperar la llegada de la carta y pusieron por escrito sus reparos a las instrucciones incluidas en los telegramas y las cartas anteriores. En primer lugar, le informaban que la limpieza había alcanzado a todos los “malos” e “inadecuados”, un total de 140 familias de todas las colonias. Justamente, en San Antonio se habían hallado solamente 12 familias indeseables, que serían evacuadas a la brevedad, por lo cual no tenía sentido hablar de disolver la colonia. No era necesaria una reducción global importante de la deuda, porque los colonos habían cedido en sus reclamos y por ende solo algunos casos especiales requerían un gesto de generosidad; la tierra y el equipo desocupados por la limpieza se utilizarían para ampliar las chacras de los que se quedaban, según el criterio ya adoptado de que 50 hectáreas por familia resultaban insuficientes; y no cabía pensar en una colonia no judía en las tierras evacuadas, ya que sus ocupantes adoptarían rápidamente las mismas conductas deficientes de los judíos, sin perder las suyas propias.[26]

El diálogo sobre el futuro del proyecto en Argentina nunca continuó: la carta del Barón llegó a Buenos Aires el 21 de abril de 1896, el mismo día de su fallecimiento, y las explicaciones y propuestas enviadas desde Buenos Aires llegaron a París una semana después.

3. La muerte del Barón

El 4 de marzo de 1896 abandonó el Barón por última vez su residencia de París y, tras una prolongada estadía en Montecarlo, llegó en la mañana del 20 de abril a Ógyalla (Hungría), donde se hospedó en la hacienda de un amigo, en cuyas cercanías estaba construyendo un nuevo pabellón de caza. El Barón pasó la velada en compañía de sus anfitriones y hacia las once de la noche se retiró a su habitación. A la mañana siguiente fue hallado sin vida en su cama.

La noticia de su inesperado fallecimiento se difundió rápidamente por el mundo. El dinamismo de quien a los 65 años seguía sin privarse de los placeres de este mundo no permitía prever un próximo deceso, y la sorpresa fue muy grande. Sin embargo, es posible suponer que el Barón preveía que su final estaba próximo: una lectura meticulosa de su correspondencia de los últimos meses —en torno al fondo de donación, al testamento, a los objetivos de la JCA— revelan alusiones sorprendentes a la necesidad de apresurar los procesos en que estaba involucrado.

Lo percibimos particularmente en su carta del 7 de febrero al abogado Gustave Haas, en que le informa, entre otras cosas, que ha hecho los arreglos necesarios para la distribución de sus acciones de la JCA tras su muerte. La frase final dice: “He aquí un problema resuelto”. Esa sensación se refuerza ante el tono de su pedido al abogado Lousada sobre la modificación del estatuto de la JCA, cuando le dice que no puede sino insistir en la necesidad de no perder tiempo. Tampoco estaba dispuesto a esperar que Lousada completara su trabajo, y se proponía echar mano de recursos intermedios para evitar el impuesto a la donación en vida en caso de que le ocurriera una desgracia.

Al final de su carta a la oficina de Buenos Aires, escrita una semana antes de su muerte, el Barón reiteró algunas de sus instrucciones referidas al futuro de la colonización en Argentina y agregó que hablaba, inevitablemente, en base a una información incompleta y en base a su intuición, pero como “las distancias son tan grandes y el tiempo pasa tan rápido”, consideraba hacer lo correcto al presentarles aun así sus opiniones. Todo ello, y otras insinuaciones, revelan a una persona consciente de la cercanía de la muerte.[27]

El fallecimiento del Barón no produjo un cambio radical en las funciones de la JCA, porque semejante cambio ya había acontecido unos meses antes. Pero su imprevista desaparición impidió el cumplimiento completo de los programas, tanto en la Dirección de la empresa en París como en sus filiales en San Petersburgo y Buenos Aires.

Al morir el Barón, entró en vigor el documento de donación en vida del 16 de agosto de 1892, de cuyas modificaciones se había ocupado tanto. El valor de las acciones del mismo alcanzaba el 30 de septiembre de 1896 a 7.337.857 libras esterlinas, y las autoridades impositivas inglesas no demoraron en exigir su parte. Tras prolongados debates judiciales con el Tesoro de Su Majestad, en las que la JCA estuvo representada por los mejores juristas del reino, la empresa perdió la demanda y debió pagar 1.228.498 libras esterlinas en concepto de impuesto a la herencia, además de los gastos del juicio.[28]

El estatuto de la JCA fue modificado según las instrucciones del Barón, pero el foco de sus beneficiarios no pasó del Imperio Ruso a Europa central y occidental, como lo había programado en sus últimas semanas de vida, sino permaneció en los límites de Rusia-Polonia.

La noticia de su fallecimiento causó profundo duelo entre los colonos en Argentina, pero la actividad de la empresa no se interrumpió. Hirsch y Cazès continuaron con la política de consolidación que ellos mismos habían diseñado. San Antonio no fue evacuada, y aun cuando un número de colonos continuó retornando a Europa, se halló una posibilidad de solución en las instrucciones del Barón para reducir la deuda de los colonos —lo que ahora aparecía como una especie de “regalo póstumo”—, y de ese modo fue posible terminar con la cuestión de los contratos. Sin embargo, la empresa debió renovar sus subsidios a los agricultores, cuyo número en 1895 alcanzaba a 1.222 familias y en 1896 descendió a 910.


  1. JCA/LON (323), cartas de Hirsch y Cazès, 12.1.1895, 5.2.1895, 15.4.1895.
  2. JCA (362), carta secreta del Barón, 1.3.1895.
  3. Sobre las revueltas en Clara, véase JCA/LON (323), informe de Hirsch, 1.3.1895.
  4. El 15.4.1895, Cazès informó al Barón sobre la visita, que comenzó el 1º de abril de 1895 (JCA/LON 323). En sus memorias, Alpersohn describe dramáticamente las circunstancias que forzaron a Brandeis a invitar a Cazès a Mauricio, su conversación con Cazès y los resultados de la visita (1992, pp. 223-229); por error ubica la visita en la víspera de la Pascua judía de 1894.
  5. JCA/LON (324), carta de Hirsch y Cazès, 15.5.1895.
  6. JCA/LON (Rusia 3).
  7. Véase JCA/LON (362), carta del Barón a Hirsch y Cazés, 22.3.1895. Ibídem, sus cartas de 18.4.1895, 26.4.1895, con instrucciones sobre los cambios en las funciones de Lapin y Mitelman, los miembros de la delegación de compras.
  8. JCA (325), carta de Hirsch y Cazès, 1.10.1895.
  9. JCA (324), carta del administrador Brandeis, 10.6.1895, con resumen de las respuestas de los colonos; y véase la carta al Barón de los colonos de Mauricio, 12.6.1895, en traducción al alemán, firmada por los ocho directivos de la asociación local Agudat Ajim (Asociación de Hermanos), que eran los representantes elegidos por los colonos en tiempos del administrador David Haim.
  10. JCA/LON (324), carta de Hirsch y Cazès, 15.6.1895; carta de Cohen desde Moisés Ville a Hirsch y Cazès, 20.9.1895, en que informa que los últimos opositores a los contratos se convencieron de que sus temores carecían de base, y por ello no respondieron a una carta enviada por colonos de Entre Ríos que los convocaban a sumarse a sus luchas. Cociovich, 1987 (pp. 141-146), confirma esos hechos, pero confunde su orden.
  11. JCA/LON (324), carta de Hirsch y Cazès al Barón, 5.7.1895. Alpersohn, 1992 (pp. 231-233), describe la entrevista, en la que participó como representante de Mauricio. En la segunda mitad de julio de 1895, el Barón pensó que convenía enviar a los colonos una declaración explícita. Para ello le propuso a Hirsch y Cazès traducir al ídish un párrafo de su carta del 27.7.1895 y difundirlo en las colonias (JCA/LON 362). Hirsch y Cazès aceptaron y lo hicieron en Mauricio el 6 de septiembre de 1895. CAHJP, JCA Argentna… (Buenos Aires/5), carta de colonos de Mauricio a la directiva de JCA, 21.9.1895. Sonnenfeld transmitió la respuesta del Barón a Hirsch y Cazès el 20.10.1895.
  12. Departamento Nacional de Inmigración, Informe… (pp. 225-235, 317-318). CAJP, JCA Argentina… (Buenos Aires/copiador interno 6), carta de Hirsch y Cazès a Juan Alsina, julio 1895, sobre la recepción del contrato.
  13. JCA/LON (324), carta de Rapoport a Hirsch y Cazès, 25.8.1895. JCA/LON (325), carta de representantes de Clara, 11.9.1895; informe de Cazès sobre su visita a Entre Ríos, 1.10.1895.
  14. JCA/LON (362), carta del Barón a Buenos Aires, 22/3/1895. JCA/LON (402), telegrama del Barón a Buenos Aires, 3.7.1895. JCA/LON (362), cartas secretas del Barón a Buenos Aires, 1.10.1895; 11.11.1895, Nº 370. JCA/LON (402), cartas casi simultáneas de Sonnenfeld, 8.10.1895 y 12.11.1895. El dictamen de la Directiva de París y del asesor legal se adjuntaron a la carta sereta del 1.10.1895. Véase JCA/LON (325), respuestas de Hirsch y Cazés al Barón, cartas secretas Nº 21 y 22, 15.11.1895.
  15. JCA/LON (314), carta de Rapoport, 27.12.1895. JCA/LON (325), carta de Hirsch y Cazès al Barón, 30.11.1895, a la que se adjunta su correspondencia con Rapoport; informe de Hirsch al Barón sobre su visita a Entre Ríos, 17.12.1895.
  16. JCA/LON (324), carta secreta de Hirsch y Cazès, 5.7.1895, respuesta a las cartas del Barón del 15.6.1895 y del 24.6.1895. JCA/LON (402), carta del Barón a Sonnenfeld, desde Eichhorn, 5.10.1895, Nº 78. JCA/LON (362), versión original de la carta secreta del Barón a Hirsch y Cazés, 5/10.1895, guardada en el archivo de París, y allí la carta enviada el 22.10.1895, corregida después de los reparos de Sonnenfeld y el asesor legal J. Dietz.
  17. JCA/LON (362), carta secreta del Barón a Hirsch y Cazès, 15.12.1895.
  18. JCA/LON (325), carta de Cazès al Barón, 15.1.1896. CAHJP, JCA Argentina… (Buenos Aires/6), telegramas del Barón a Hirsch y Cazés, 7.2.1896 y 11.2.1896.
  19. JCA/LON (326), carta de Hirsch y Cazès al Barón, 20.3.1896, en la que se cita el intercambio de telegramas con el ministro del Interior de la Provincia de Entre Ríos; CAHJP, JCA Argentina… (Buenos Aires /copiador interno 7, pp. 233-236), copia de la carta de Cazès del 9.3.1896 a dicho ministro.
  20. La Prensa, 3.2.1896, informe sobre la situación en Santa Fe. JCA/LON (326), cartas de Hirsch y Cazès al Barón, 18.2.1896, 5.3.1896.
  21. JCA/LON (362), carta del Barón a Hirsch y Cazès, 22.10.1895, y carta secreta del 25.12.1895, en la que el Barón confiesa que se trata de un punto de vista totalmente nuevo, al que arribó debido a su decepción ante lo que ocurría en Argentina. Al estimar las posibilidades de colonización en la misma Rusia, afirma que semejante proyecto ahorraría mucho dinero: si se aprobara —o inclusive se impusiera— una colonización judía en una zona de clima favorable (por ejemplo, a orillas del río Amur), la inversión no llegaría a la décima parte de los costos en Argentina. Pero no se trata sino de una expresión de deseos, y nada indica que pensara seriamente en ello.
  22. CAHJP, JCA Argentina… (Buenos Aires/6), carta del Barón a Hirsch y Cazès, 13.4.1896. El Barón restó en esta ocasión peso al cuarto factor, los colonos, sobre los que había cargado la mayor parte de la culpa en su carta del 25.12.1895. Lo que nos importa es el tono de auténtica desesperación ante las posibilidades del proyecto en Argentina, que no fue una reacción del día en que escribió esa carta sino algo que lo venía afectando desde hacía tiempo.
  23. IWO (JCA/Arg.1), carta del Barón a Lousada, 12.1.1896. Ibídem, Projet de Donation.
  24. JCA/LON (100), carta al barón Günzburg, 6.1.1896. En carta a Hirsch y Cazès del 4.4.1896 (JCA/LON [363]), el Barón subraya la responsabilidad personal de Feinberg en las irregularidades detectadas en la contabilidad en San Petersburgo.
  25. JCA/LON (100), carta del Barón a San Petersburgo, 29.2.1896.
  26. JCA/LON (363), carta secreta del Barón a Hirsch y Cazès, 17.3.1896; en su telegrama a ambos del 1.3.1896 les había ordenado ser generosos en la medida de lo posible con los “buenos colonos”, a fin de estimularlos. Ibídem, carta secreta del Barón, 4.4.1896. La descripción de los bienes abandonados y la idea de establecer una colonia de no judíos ya había sido mencionada en su carta del 12.2.1896 (JCA/LON [363]). JCA/LON (326), carta secreta de Hirsch y Cazès al Barón, 5.4.1896.
  27. Adler-Rudel (p. 67). IWO (JCA/Arg.1), carta del Barón a Gustave Haas, 7.2.1896; carta del Barón a Lousada, 13.3.1896; carta del Barón a Dietz, 18.3.1896. Lousada recibió la carta, destinada a la directiva de la JCA, y se le solicitó su opinión sobre este asunto, pero no percibió el apuro del Barón y propuso aguardar con paciencia unas seis semanas, hasta que finalizaran los procedimientos en el juzgado. CAHJP, JCA Argentina… (Buenos Aires/6), carta del Barón a Hirsch y Cazès, 13.4.1896, Nº 383 (p. 5); también aquí se lamenta de la distancia geográfica y la demora en la correspondencia. Debido a que, nuevamente, no condicionaba actividad importante alguna en la implementación de sus instrucciones respecto de la colonización en Argentina, no había lógica en la reiteración de sus principios y en su patética lamentación por el paso del tiempo, sobre todo porque Hirsch y Cazès dirigieron su atención a la carta que le habían enviado el 5.4.1896, que se hallaba en camino y le llegaría en dos semanas. En cartas de periodos anteriores no hallamos esas quejas por el paso del tiempo.
  28. JCA, Séances d’Ad., vol. I, p. 7; vol. II (p. 117), reunión del 11.10.1901, donde se menciona el pago de 821.000 libras esterlinas, 206.751 por encima de la mitad del total que la JCA debía pagar en esa fecha, según el acuerdo con el ministro de Hacienda británico. La suma total era, pues, 1.228.498 libras esterlinas: (821.000 – 206.751) x 2 = 1.228.498. IWO (JCA/Arg.1), reglamento corregido según ley de la Cámara de Diputados de 1903.


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