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5 Las nuevas colonias

Ideas, planes, realidades

1. Los programas del Barón

La colonización judía tal como existía en ese momento en la Argentina, fruto de la casualidad y no planificada, le parecía al Barón un error y un obstáculo para su propio proyecto. En cambio, la nueva colonización por él concebida había de constituir la infraestructura y el propulsor del proyecto mayor, y su éxito dependía de la implementación de sus ideas. Esas ideas se basaban en dos principios: a) era necesario establecer en Argentina una población homogénea de colonos con experiencia en agricultura y capaz de financiar por sí mismo parte de los gastos de su traslado; b) los colonos se organizarían de manera autónoma, primero para planificar su asentamiento y luego para concretarlo y administrarlo. Desde el primer momento, el Barón estuvo persuadido de que no le sería difícil reclutar los candidatos adecuados de entre los agricultores judíos del sur de Rusia, mediante una selección cuidadosa y adecuada.

En la nutrida correspondencia que mantuvo con sus representantes en Rusia y Argentina a lo largo de 1892, estas ideas se fueron consolidando hasta convertirse en un programa detallado de colonización independiente. Según ese programa, una vez seleccionados y reunidos en grupos, los colonos elegirían de entre ellos a cinco personas confiables dotadas de experiencia y conocimientos agrícolas, las cuales serían enviadas a Argentina para examinar las condiciones locales, los gastos previsibles, los precios de los productos agrícolas, los medios de transporte, etc., y en dos meses planificarían el asentamiento en todos sus detalles. A continuación, presentarían sus programas junto con una detallada estimación financiera, que serían estudiados por la dirección de la JCA en Buenos Aires y sometidos a la aprobación del Barón. Si dichos delegados demostraban en esa etapa su capacidad práctica, comenzaría la etapa de implementación. Los grupos de candidatos a colonos otorgarían a sus representantes un poder legal que los autorizaría a elegir las tierras apropiadas, recibir el presupuesto necesario y comenzar con las tareas preparatorias del asentamiento, a saber: medición de terrenos y parcelas, construcción de viviendas y adquisición de herramientas y equipos. Los delegados firmarían en nombre de sus representados un contrato colectivo con la JCA, y emprenderían sus tareas con la ayuda de un funcionario puesto a su disposición por la oficina de la JCA en Buenos Aires; esta también supervisaría la ejecución de las obras, controlaría que el dinero se utilizara solamente para los fines establecidos, y también registraría los equipos y herramientas de trabajo como propiedad de la JCA y marcados con su marbete, para garantizar que los colonos pagaran su deuda. La dirección en Argentina seguiría de cerca el proceso, pero sin intervenir en los asuntos cotidianos, excepto en caso de irregularidades. Una vez erigidos los poblados y establecidos los colonos, estos organizarían su propia administración autónoma, que en cada grupo estaría a cargo de tres representantes elegidos antes de la partida de Rusia por un término de tres años; los mismos solo serían reemplazados antes de dicho término si una mayoría absoluta de colonos los declaraba ineptos para sus funciones. Estos representantes, junto con un contador contratado, constituirían la “oficina rural”, encargada de recolectar los pagos anuales de los colonos y de remitirlos a la dirección de la JCA. La oficina rural también se ocuparía de los servicios religiosos, educacionales y de salud; supervisaría los almacenes de aprovisionamiento y los graneros; controlaría el orden público mediante una policía rural; y aplicaría multas y penalidades a los deudores recalcitrantes y a los perturbadores del orden. Para cada cinco oficinas rurales, la JCA designaría un “inspector”, que sería a la vez instructor agrícola y coordinador de los encargados del orden público. El inspector estaría en contacto permanente con la oficina de Buenos Aires, a la que informaría sobre todo lo que ocurriera en las colonias y cuyas órdenes pondría en práctica, con la salvedad de que los servicios públicos estarían exclusivamente a cargo de las oficinas rurales.[1]

En otras palabras, el Barón veía en las futuras colonias comunidades soberanas y democráticas en cuanto a su vida interna, y sometidas en las áreas económicas a la supervisión y conducción de un representante de la oficina de Buenos Aires, quien sería también su asesor en cuestiones de seguridad y orden público.

Esta concepción, elaborada por David Feinberg en Rusia, fue duramente criticada por los funcionarios del Barón en Argentina. Adolfo Roth le escribió que la idea de que la dirección de los grupos estuviera en manos de sus representantes era inaplicable, y agregó que la idiosincracia del judío polaco-ruso, que no respeta la autoridad, descartaba de hecho la posibilidad de una autoadministración. Charlamb se sumó a esa opinión, explicando que el judío ruso —al que, por serlo él mismo, conocía bien— siempre se había hallado a merced de los caprichos de cualquier policía o funcionario y por ello era muy desconfiado, también (y sobre todo) de otro judío; a su juicio, no existía forma alguna de cambiar esa situación.[2]

También el coronel Goldsmid señaló que la desconfianza mutua caracterizaba a los judíos rusos. Por otra parte, se oponía al plan del Barón asimismo por motivos locales: sería imposible establecer un cuerpo de policía o una milicia en las colonias, porque ningún país aceptaría que otro estado organizara algo semejante en su territorio. También era dudosa, a su juicio, la validez de un contrato colectivo firmado por los representantes del grupo.[3] El abogado Lucio López, cuya opinión jurídica al respecto había solicitado, declaró que la idea era totalmente inaplicable, y otros expertos consultados opinaron lo mismo. Goldsmid afirmó también que, por correctos y confiables que fueran esos representantes, les sería imposible comprar el ganado y las herramientas sin ser terriblemente estafados, dado que ignoraban la lengua y las costumbres del país. Con esta opinión coincidió también Kogan, quien puso en duda que los representantes de los colonos estuvieran capacitados para llevar a cabo las funciones que se les asignaba.

Junto con todas estas críticas, al poco tiempo un hecho objetivo obligó al Barón a abandonar sus primeras esperanzas en cuanto al método de colonización: la disolución de los dos primeros contingentes de colonos potenciales, en los que había depositado su total confianza.

Se trataba de dos grupos de judíos de Kishinev y sus alrededores, en la provincia de Besarabia, organizados por iniciativa propia ya en el verano de 1891 y conocidos en la región como “el círculo argentino”. Estos grupos se conectaron con el Dr. Sonnenfeld y le manifestaron su voluntad de establecerse en Argentina. Tras responder a un detallado cuestionario enviado por este, en septiembre de 1891, dos delegados de los grupos se presentaron ante Sonnenfeld en París y solicitaron en nombre de 200 familias la ayuda de la JCA para la colonización autónoma en Argentina. Sonnenfeld envió al Barón una evaluación positiva del pedido, acompañada de fotografías de algunos de los candidatos que poseían experiencia en el cultivo de tabaco. Los dos emisarios fueron derivados al Dr. Loewenthal con una cálida recomendación y el pedido de ayudarles a establecerse en Argentina. En diciembre de 1891, llegaron a Buenos Aires; Lowenthal los presentó al director del Departamento de Inmigración, solicitando que se les ayudara a escoger el sitio adecuado para su asentamiento, y se apresuró a comunicar al Barón su impresión positiva de ambos.

En los meses siguientes, los emisarios visitaron distintos terrenos que estaban en venta, y por recomendación de Cullen viajaron también al Chaco. Tras estudiar con detenimiento zonas en Entre Ríos, decidieron solicitar del Barón la compra de los terrenos de Balvanera en la colonia Clara. También elaboraron un detallado presupuesto de los gastos de establecimiento, y al cabo de unos seis meses retornaron a Europa y mantuvieron un encuentro con el Barón, quien acordó con ellos las condiciones de los contratos que firmarían a su regreso a Buenos Aires.[4]

Pero en ese momento, cuando el Barón creía establecidas las bases para la implementación de sus ideas, recibió de David Feinberg una opinión totalmente negativa sobre ambos emisarios, junto con detalles respecto de la composición heterogénea de sus grupos. De ese informe concluyó el Barón que, en el mejor de los casos, había que ver en ellos a representantes de grupos que ya no los apoyaban,[5] y con gran pesar debió anunciar a Goldsmid la revocación del proyecto. Pero luego de que ambos emisarios reiteraron su voluntad de establecerse como colonos privados, los autorizó a regresar a Buenos Aires, dejando en manos de Goldsmid la decisión de ayudarlos o no. El coronel consintió en facilitarles terrenos de la JCA para su asentamiento e inclusive su autorganización, pero al mismo tiempo se apresuró a destacar ante el Barón que el episodio de esos grupos confirmaba totalmente la inaplicabilidad de su programa.

Sin embargo, el Barón no abandonó sus ideas, e incluso a partir de mediados de 1892 vio en ellas la única garantía para la concreción de su proyecto. En una carta a Goldsmid aclaró que estaba persuadido de que el futuro de la JCA dependía del éxito de ese método, porque reduciría el número de funcionarios y pondría fin a las complicaciones. Si bien estaba dispuesto a renunciar a algunos detalles, como el tema de la policía rural, afirmaba que, de llegarse a la conclusión de que no era posible organizar comunidades autónomas de colonos sometidas a una supervisión simple de la JCA, sería necesario renunciar total y definitivamente al proyecto en Argentina. El Barón dio expresión pública a esas mismas ideas en el primer informe anual de la JCA publicado en la prensa judía.[6]

El coronel y Kogan volvieron a advertir al Barón que la supervisión de los representantes de los grupos exigiría un cuerpo administrativo no menos amplio que la administración directa. Pero el Barón rechazó esta advertencia, debido a su total confianza en la eficiente selección de los contingentes rusos y de sus representantes. Transcurrieron muchos meses y el Barón continuaba creyendo que esa selección aportaría a la colonización argentina colonos de un nuevo tipo, libres y limpios de los conflictos y disputas que tanto le disgustaron en las primeras colonias.

Por ende, era en la composición adecuada de los contingentes y en su capacidad para enfrentar el tipo de colonización que les aguardaba donde el Barón depositaba toda su esperanza para la realización de su gran proyecto.

2. Los grupos y la delegación de representantes

El 20 de mayo de 1892, el gobierno ruso autorizó la creación del Comité Central de la JCA en San Petersburgo y de sus filiales en las provincias, para lograr lo que a sus ojos era una importante evacuación de judíos del Imperio. Unos dos meses después, a comienzos de agosto, David Feinberg, el secretario general del Comité Central, partió hacia los distritos del sur para reclutar los primeros grupos. Tras una breve estadía en Odesa, donde estableció el comité local, viajó hacia su primer destino importante, Kishinev, capital de Besarabia.

Feinberg se presentó ante el gobernador de la provincia y recibió su consentimiento a las actividades que se proponía llevar a cabo, descritas como meramente preliminares. Reunió a los principales de la comunidad judía en una gran asamblea, y se ocupó de aclararles las limitaciones y los principios establecidos por el Barón para la selección de los candidatos a colonos.

El procedimiento utilizado por Feinberg en Kishinev se convirtió en el principal método para la selección. En sus informes al Barón lo describió del siguiente modo: la primera iniciativa de reclutamiento de candidatos quedaba en manos de activistas comunitarios locales, mientras que la selección final y su autorización estaban a cargo de él mismo y sus asistentes, entre los que se destacaba Gregory Rapoport, judío de 55 años de Mohilev que había trabajado muchos años como agricultor y posteriormente dirigido fincas en Podolia y Besarabia. Los asistentes, en tanto expertos en agricultura, examinaban la capacidad de los candidatos en dicha área. Cuando se formaba un grupo de colonos potenciales, Feinberg y su personal se trasladaban al lugar para examinarlos. Los padres de familia y los hijos en edad de trabajar pasaban por una prueba práctica de trabajo agrícola y eran clasificados en cinco niveles. Los candidatos reprobados eran reemplazados por otros no incluidos en la primera lista. Tras la “selección profesional” venía la “selección moral”, para la cual Feinberg los entrevistaba personalmente y también recababa información sobre ellos entre los activistas comunitarios y los restantes candidatos. Al mismo tiempo, efectuaba una “selección económica”, que dejaba en la lista solo a quienes se comprometían a pagar por lo menos 500 rublos a cuenta de los gastos del viaje a Argentina. Finalizado el proceso, Feinberg reunía en asambleas a los candidatos aprobados y les exponía la importancia histórica del proyecto y su rol de pioneros llamados a salvar a los judíos rusos, depositando en sus hombros la responsabilidad por el éxito de la empresa. Luego les leía un borrador del contrato y solicitaba sus observaciones. A continuación, el grupo elegía a sus representantes y todos los jefes de familia firmaban un poder a favor de ellos; los representantes electos firmaban el borrador del contrato. La asamblea concluía, según el mismo Feinberg, con la recomendación de que por el momento se olvidaran de Argentina y retornaran a sus labores de siempre, ya que los miembros del grupo debían aún ser aprobados por la JCA y por las autoridades del país; por otra parte, les advertía que cualquier candidato podía ser rechazado, incluso a último momento, en el caso de recibirse algún informe negativo sobre él.[7]

Con este procedimiento, reunió Feinberg hasta fines de 1892 nueve grupos, pero durante el proceso le quedó claro que la perfección que pretendía el Barón era inalcanzable. En algunos casos, quienes poseían experiencia agrícola carecían de medios para pagar los gastos del viaje. La idea de que cada contingente tuviera un origen geográfico homogéneo obligó a veces a formar unidades con varias familias pequeñas (según Feinberg, emparentadas entre sí) que no podrían encargarse de una finca separada. La homogeneidad geográfica tampoco coincidía con la capacidad financiera, por lo que Feinberg debió hacer acuerdos individuales para fijar el modo de pago según la situación de cada familia. Ante esos forzosos compromisos, Feinberg definió a los grupos como homogéneos, en el sentido de que sus miembros eran personas de intachable moralidad, con mayor o menor experiencia en agricultura y ciertamente capaces de alcanzar un nivel de total autonomía, pero no de inmediato sino en el transcurso del tiempo. En otras palabras, la evaluación del contingente era optimista en cuanto a las cualidades personales de sus miembros, junto con ciertas reservas acerca de su preparación para enfrentarse con las tareas que les aguardaban.[8]

Esta necesaria flexibilidad se hizo aun más evidente en la elección de los representantes. Feinberg consideraba que ese rol correspondía a personas con probada experiencia en agricultura, pero dejaba la decisión en manos de los grupos mismos, reservándose el derecho a aceptarla o rechazarla. Pero ya con los primeros grupos comprobó que no siempre los expertos en agricultura disfrutaban de la confianza de sus compañeros. Ello lo llevó a un importante cambio en su programa original: los representantes no se ocuparían en forma independiente de la planificación y preparación de cada asentamiento, sino que todos los representantes de todos los grupos conformarían una delegación conjunta de programación y ejecución, dirigida por un no colono, y solo después de recibidas las estimaciones financieras y programáticas para toda la colonización, podría cada representante ocuparse de los asuntos de su grupo individual. El director de la delegación debía conducir sus debates, asesorarla, actuar como intermediario entre ella y la JCA, supervisar sus gastos e implementar en las futuras colonias la reglamentación de la autonomía y los arreglos administrativos correspondientes. Para ese cargo recomendaba a su asistente Gregory Rapoport, a quien describió como persona recta y afable, que conocía el carácter de los representantes y sería recibido por los colonos como uno de ellos. La JCA, a su juicio, podía depositar su entera confianza en la lealtad de Rapoport al proyecto y en su comprensión de los objetivos del mismo.

El Barón aceptó de buen grado las propuestas de Feinberg. Concluidos los procedimientos de selección, se formó una delegación de 16 individuos que representaban a ocho contingentes, dirigida por Gregory Rapoport, todos ellos provistos de un poder otorgado por los grupos, que habían de viajar a Argentina por cuenta de estos para negociar con la JCA y firmar los contratos, elegir los terrenos de las colonias y acordar su compra, adquirir equipos, construir viviendas y administrar las colonias según lo estipularía el reglamento de autonomía que sería redactado por la JCA.[9]

Feinberg invirtió seis meses en la organización de los contingentes, y en enero de 1893 notificó al Barón que su tarea había concluido. El 17 de febrero de 1893 se trasladó a Kovno, donde residía el rabino Isaac Eljanán Spector, excelso talmudista, y recibió su bendición para el proyecto. Allí se reunió con los representantes de los grupos y unos días después viajó con ellos a Londres para entrevistarse con el Barón.

3. Primeros pasos

El 1º de marzo de 1893 Feinberg, Rapoport y los representantes de los grupos arribaron a Londres y ese mismo día fueron recibidos por el Barón, con la presencia de Nathan Adler, rabino jefe de los judíos ingleses; Arnold White, emisario del Barón en Rusia; Herbert Lousada, abogado de la JCA; y Frederick D. Mocatta, miembro del Russian-Jewish Committee, la organización británica de ayuda a los judíos rusos. En esta ocasión y en conversaciones posteriores, se trataron los detalles del programa elaborado por el Barón y por Feinberg.

La impresión que recibieron el Barón y los notables presentes sobre la capacidad y personalidad de los representantes fue positiva y entusiasta. El Barón comunicó al coronel Goldsmid que esta vez habían encontrado el método adecuado y las personas aptas para llevar a la práctica el primer intento serio de colonización. El Barón dejó explícitamente en manos de los representantes la planificación del asentamiento de sus grupos, y pidió al coronel que pusiera a su disposición dos asistentes experimentados y conocedores de la realidad argentina —no necesariamente funcionarios de la administración—, para que los guiaran en sus visitas a Entre Ríos. Inclusive destacó ante la oficina de Buenos Aires que la delegación autofinanciaba su viaje, y que se había abierto una cuenta especial de 5.000 pesos destinados exclusivamente a los casos especiales de ayuda para los representantes de los grupos más pobres.[10]

Los delegados llegaron a Buenos Aires a comienzos de abril de 1893 y poco después viajaron a Entre Ríos. Recorrieron los terrenos adquiridos por la JCA, visitaron las poblaciones de colonos alemanes y de otras nacionalidades en esa provincia y en la de Santa Fe, y el 8 de mayo de 1893 redactaron un informe para el Barón. Los terrenos que se les ofrecía en Entre Ríos no les parecían adecuados: la tierra era dura y difícil de cultivar; la vegetación de pastura era rala; las fuentes de agua, demasiado escasas; los cultivos habituales en la zona (maíz, trigo y lino) estaban expuestos a frecuentes ataques de mangas de langosta. De todo ello y de sus visitas a las colonias no judías, habían alcanzado una serie de conclusiones, de las que las principales eran: 1) los grupos deberían colonizarse mediante su concentración en poblados; 2) se pediría a la JCA la compra de otros terrenos, más cercanos a vías ferroviarias o a ríos; 3) la parcela unitaria debería ser más grande de lo que se había previsto, a saber, 70 hectáreas y no 50; 4) la devolución de las deudas comenzaría solamente en el segundo año del asentamiento.

Junto con estas conclusiones, presentaron también propuestas detalladas sobre la necesidad de construir casas de ladrillos cocidos (y no secados al sol, como se acostumbraba en la provincia); traer arados de Europa, que eran mejores que los locales; alambrar las zonas de pastura, etc. Además de todo ello, aportaron también una lista minuciosa del equipo que les parecía indispensable, y una estimación detallada de los gastos de establecimiento para cada unidad familiar.

Al final de su informe, los representantes pedían permiso para que dos de ellos viajasen a París, a fin de recibir respuestas autorizadas a cada uno de sus planteos, y especialmente para fijar dos puntos: el precio que sus representados se comprometerían a pagar por los terrenos, y las condiciones del contrato que habrían de firmar. Concedido ese permiso, el 12 de mayo de 1893 —un día después de que el coronel Goldsmid abandonara Buenos Aires—, tres de ellos partieron hacia Europa y los restantes se dispersaron en diversas provincias para buscar proveedores de bueyes, volver a examinar la tierra de Entre Ríos y también verificar si sería posible desarrollar en las futuras colonias la vitivinicultura que tanto éxito tenía en la provincia de Mendoza.[11]

La oficina de la JCA en Buenos Aires asumió ante la delegación una actitud reservada pero correcta: pese a la oposición de Goldsmid a la idea misma de los grupos y su explícita objeción a la visita (para él prematura) de la delegación, puso a su disposición la ayuda técnica necesaria para sus recorridos y no interfirió en sus tareas de exploración. Su actitud quizás se debió en parte a la atmósfera de transición que reinó en la empresa desde abril hasta mediados de mayo; pero en la segunda mitad de ese mes, cuando Kogan asumió todas las responsabilidades, la situación cambió. Si el coronel suponía que los programas de Feinberg eran en parte impracticables y en parte contrarios a la ley, Kogan lo superó con su propia apreciación negativa de Feinberg, de sus planes y de sus delegados, y dio expresión pública a esas evaluaciones.

Kogan escribió al Barón en una carta de tono muy sarcástico que las nociones de David Feinberg, ese “mesías prematuro”, sobre la Argentina y los grupos podían parecer aceptables en París, pero a los ojos de quienes se hallaban en Argentina resultaban ridículas. Admitía que estaba procurando, directamente a través de su correspondencia, pero también “de muchas otras maneras”, desbaratar la actuación de David Feinberg.[12] Esa actitud negativa había de tener grandes consecuencias sobre las actividades de Rapoport y sus colegas.

El primer problema ante el cual chocaron Kogan y los delegados fue la fecha del comienzo de la colonización. En telegrama del 25 de mayo de 1893, el Barón pedía que Kogan y los representantes fijasen una fecha lo más temprana posible para el envío de los grupos. Kogan respondió que no se podía pensar en traerlos antes de diciembre de 1893. Dado que para entonces ya habría pasado la temporada de siembra 1893-1894, lo lógico era postergar su llegada a julio de 1894, para evitar el tener que mantenerlos durante un año por cuenta de la JCA.

Por el contrario, los representantes consideraban que, si recibían las tierras lo antes posible y si la administración en Entre Ríos los ayudaba, podrían absorber a los contingentes ya en noviembre de 1893 y prepararles lo necesario para la siembra y la cosecha de 1894. Los representantes aducían que tenían la posibilidad de resolver de un solo golpe tres problemas básicos de los asentamientos: la medición de los terrenos, la construcción de las viviendas y la provisión de bueyes. En su opinión, mientras que los funcionarios de la JCA no tenían prisa en cumplir con su trabajo, los representantes estarían construyendo sus propias casas y con esa motivación podrían lograr más en menos tiempo. Pero dado que su éxito dependía de la cooperación de la oficina de la JCA en Buenos Aires, quedaban a la espera de las instrucciones correspondientes para esa cooperación, que Kogan recibiría del Barón.

En apariencia, Kogan y los representantes estaban en desacuerdo solamente en cuestiones de plazos, pero pronto se reveló que las disensiones eran mucho más profundas. Junto a su actitud negativa respecto del proyecto de colonización autónoma y respecto de Feinberg, Kogan también se oponía al sistema de asentamiento que sería puesto en práctica en la nueva colonización.

4. ¿Chacras aisladas o poblados?

La fuente del desacuerdo sobre el método deseable de asentamiento residía en el tamaño del terreno que cada colono debería trabajar, según el sistema de cultivos extensivos vigente en la Argentina. El problema surgió por primera vez ya en 1892, cuando el coronel Goldsmid comenzó a organizar la colonia Mauricio. Los colonos exigían establecer poblados grandes de 32, 50 o aun 100 unidades familiares. El coronel se opuso y se atuvo al plan original de Loewenthal, según el cual los poblados abarcarían ocho chacras cada uno, ubicadas en el centro de ocho cuadrados, de forma que las ocho familias se hallasen próximas entre sí al tiempo que cada una residía en su finca. Los argumentos aducidos por ambas partes a favor de chacras aisladas o agrupadas en poblados, aún antes de la llegada de los representantes de los contingentes, no eran distintos de los esgrimidos en el debate entre estos últimos y Kogan. Pero con la llegada de los representantes el enfrentamiento se agudizó: estos, partidarios del sistema de poblados grandes, se apoyaban en el derecho que les otorgaba la futura autonomía y en las promesas explícitas que les había hecho el Barón antes de partir a la Argentina; pero frente a ellos se hallaba una persona mucho más firme y tajante en sus opiniones que el coronel Goldsmid.

El punto de partida de los delegados era el deseo de satisfacer las necesidades sociales y religiosas de sus representados. Gregory Rapoport lo enunció de manera clara: tras numerosas consideraciones se había convencido de que les sería imposible vivir aislados, especialmente siendo judíos. La educación de los hijos, los valores religiosos, la autonomía en la conducción de sus asuntos y hasta la responsabilidad mutua especificada en el contrato: todos esos aspectos de la vida en común resultarían imposibles de realizar en el sistema de chacras aisladas.[13]

El punto de partida de Kogan residía en los requerimientos del trabajo agrícola. Según él, la residencia en la chacra posibilitaría al agricultor hallarse siempre próximo a sus terrenos, mientras que si residiera en un poblado, los terrenos se hallarían lejos de su vivienda, lo cual le exigiría caminatas agotadoras de ida y vuelta y provocaría una gran pérdida de tiempo.

La principal diferencia en la actitud de ambos bandos era que, mientras que los delegados aceptaban los justificados argumentos prácticos de sus contrincantes y procuraban hallarles una solución sin afectar las necesidades sociales y religiosas de los colonos, Kogan rechazaba el hecho mismo de que fuera necesario tomar en cuenta esas necesidades, y sustentaba una parte de su entusiasmo por el sistema de las chacras separadas precisamente en ese rechazo: para él, el fanatismo religioso de los colonos constituiría un freno en el camino a la productividad, y desaparecería por sí mismo en el sistema que proponía, porque las personas se aferran a la religión solo cuando viven todas juntas y se preocupan por el qué dirán. Esto en cuanto a las necesidades religiosas de los colonos; en cuanto a sus necesidades sociales, los argumentos de Kogan eran todavía más graves, ya que no creía en los principios de la autonomía para cuya aplicación se solicitaba la concentración en poblados, la cual a su juicio no acarrearía sino consecuencias negativas. En chacras separadas, sostenía, no existen grupos políticos ni murmuraciones que quitan tiempo al trabajo, no hay envidias ni rencillas, mientras que si se establecía a los colonos en poblados, la JCA estaría posibilitando ella misma grupos de oposición.[14]

Para zanjar la cuestión, Kogan procuró sustentarse en expertos no judíos y recurrió al presidente de la Sociedad Rural Argentina, solicitándole su opinión autorizada. Efectivamente, el presidente se manifestó, en nombre de su entidad, a favor de lo sostenido por Kogan: fuera de las regiones de frontera, en las que existía el peligro de los ataques de los indios, era preferible el asentamiento en chacras separadas, ya que ello aseguraba el vínculo del colono con su tierra y evitaba rencillas y corrupción moral. Los miembros de la Sociedad Rural inclusive agregaron que se estaba preparando una nueva legislación que definiría a la chacra separada como principio unificado de la colonización. Kogan convirtió esa observación en la afirmación de que la ley argentina prohibía la erección de poblados agrícolas, agregando que inclusive en su momento se había exigido a los colonos germano-rusos que se establecieran en forma dispersa, y solo su terquedad había impedido la aplicación de dicha ley. Ese argumento aparentemente se basaba en el artículo 92 de la Ley de Inmigración del 19 de octubre de 1876, por el cual quien recibía un terreno estatal debería residir en él, pero no era aplicable en el caso de la colonización judía, ya que esa ley se refería solamente a terrenos estatales; inclusive, en un informe detallado, el vicedirector del servicio topográfico del gobierno de Entre Ríos afirmaba que la provincia no se opondría a la erección de poblados.[15]

5. El enfrentamiento con Kogan

Mientras en Argentina tenían lugar las primeras etapas de la disputa entre Kogan y los delegados, los tres representantes enviados a Europa debatían con el Barón los detalles de las estimaciones presupuestarias y las decisiones de sus representados. De sus exigencias, el Barón rechazó solamente la de adquirir tierras adicionales. En su opinión, la reserva de suelos en Entre Ríos, que colocaba por entero a disposición de los delegados, debía bastar para el asentamiento de los ocho contingentes. En cambio, aceptó su demanda de ampliar la unidad de terreno de las 50 hectáreas planeadas en un principio a 75, con la condición de que esa superficie incluyera también la destinada a caminos y edificios públicos. La estimación presupuestaria de los delegados le pareció aceptable, y destacó con satisfacción que algunas de sus evaluaciones básicas coincidían con las suyas propias.

Al mismo tiempo, el Barón se encontraba en una situación incómoda desde el punto de vista administrativo: había supuesto que a la llegada de los delegados tendría lista la versión final del contrato colectivo, cuya autorización abriría el camino a la financiación regularizada de sus actividades. Pero, por una serie de motivos, esa versión final no estuvo lista a tiempo, y el Barón debió hallar una vía intermedia, por la cual los delegados otorgarían a dos o tres de entre ellos un poder para recibir en nombre de todos sus grupos los fondos necesarios para el asentamiento y cargarlos a la cuenta de cada uno en la JCA, según sus propios criterios. El Barón comunicó esa decisión a la oficina de Buenos Aires, reiterando la necesidad de permitir a los delegados una actuación totalmente independiente, al tiempo que se le mantendría bajo una estricta supervisión. En especial, opinaba que era forzoso controlar que los acuerdos comerciales con los proveedores se hicieran exclusivamente a nombre de los delegados sin comprometer a la JCA, aun cuando los fondos provinieran de esta y su marbete figurara como garantía en todo el equipo adquirido para las chacras. Este tema le parecía sumamente importante, debido a sus temores de que comerciantes y proveedores argentinos procurasen exprimir dinero de la JCA mediante demandas judiciales basadas en los contratos de compra firmados en su nombre. A fin de facilitar la tarea de Rapoport y sus colegas, era necesario que la oficina de Buenos Aires no solo les permitiera decidir y llevar a la práctica sus asuntos según sus propios criterios, sino también poner a su disposición un contador público y un asesor legal, que al mismo tiempo trabajara junto con ellos y cuidara de los intereses de la JCA.

El 18 de junio de 1893, tras el regreso de los tres representantes a Buenos Aires, el Barón consideró que se habían alcanzado todos los arreglos necesarios, a entera satisfacción tanto de la JCA como de los delegados. Pero muy pronto debió enfrentarse con la cuestión “poblados versus chacras aisladas” descrita más arriba.

El primer problema en el que debió intervenir fue el desacuerdo entre Kogan y los delegados respecto de la fecha de viaje de los contingentes desde Europa hacia Argentina. Kogan, como vimos, deseaba demorarlo hasta mediados de 1894, lo cual inquietó al Barón, informado de que en octubre de 1893 los conscriptos potenciales deberían presentarse al servicio militar en Rusia, y el acuerdo con las autoridades (según el cual los emigrantes recomendados por la JCA estarían exentos del mismo) tenía validez solamente para quienes abandonaran Rusia antes de esa fecha. El Barón coincidió con los delegados en que la postergación de su asentamiento hasta julio de 1894, es decir, un año más adelante y dos años desde la formación de los contingentes, podría llevar a la desintegración de estos y a la pérdida de todos los esfuerzos invertidos. Más aún, dado el eco positivo que el proyecto había tenido en Rusia y las expectativas que habían llevado a las autoridades a apoyar la formación del Comité Central en San Petersburgo, temía el Barón que una postergación excesiva les haría sospechar la existencia de propósitos ocultos. Por ello tendía a apoyar la postura de los delegados. Pero tampoco quería atentar contra la autoridad de Kogan.

El 23 de junio de 1893, el Barón le pidió a Kogan que comenzara inmediatamente con los trabajos de agrimensura y reforzara los equipos necesarios para completarla en el término de tres meses, en lugar de los seis meses fijados entre los contratistas y la JCA. Asimismo, exigió comenzar inmediatamente con la construcción de viviendas, que habían de estar listas hasta fin del año. La respuesta de Kogan fue que sus técnicos habían calculado el tiempo necesario para un trabajo acelerado, y que la posibilidad de terminar las viviendas antes de fin del año era una fantasía de los delegados. Al mismo tiempo, informó a los periódicos que la JCA no establecería colonos en 1893 y que en 1894 llegaría un máximo de 200 familias. Kogan ignoró totalmente la exigencia del Barón de ayudar a los delegados o de alcanzar un acuerdo con ellos sobre la fecha de su asentamiento, y mientras no recibió órdenes explícitas del Barón no les autorizó actividad alguna.[16]

El Barón decidió imponer su voluntad a Kogan en cuanto a la absorción de los contingentes en 1893, y acompañó sus órdenes con observaciones muy severas. En su opinión, la situación en Rusia exigía que los colonos salieran del país en la fecha establecida, aun cuando ello demandara sustentarlos económicamente por unos tres o cuatro meses más de lo previsto. Tenía claro que ello podía costar unos 150.000 francos adicionales, pero mantenía su confianza en que los colonos pudieran aprovechar parte de la temporada agrícola 1893-1894. En cuanto a las familias cuyos hijos podrían ser llamados al servicio militar, las mismas partirían antes del 1º de octubre de 1893, aun cuando hiciera falta separarlas de los contingentes originales a riesgo de perjudicar su integración en los mismos.

Pero tampoco esas instrucciones explícitas podían rescatar a los delegados de su forzada inactividad, mientras no se resolviera la cuestión del método de colonización. En su primer encuentro formal, Kogan les informó que lucharía hasta el fin contra el método de los poblados, que era desconocido en Argentina, y continuó despotricando contra él en todos sus telegramas y cartas. Pero el Barón no era menos obstinado, y declaró que respecto de los poblados se negaba a entrometerse; si los delegados continuaban defendiendo ese sistema, habría que dejar en sus manos la decisión al respecto.[17] El 9 de julio de 1893, tras decidir la fecha del asentamiento, intentó conciliar ambas posiciones y propuso establecer poblados pequeños de 24 unidades que estuvieran próximas entre sí, de modo que un mismo contingente pudiese radicarse en dos poblados cercanos. Pero no deseaba imponer esta opción, por lo que pedía a Kogan que se la planteara a los delegados; en caso de haber oposición, debía permitírseles proceder según su voluntad. En su reunión con los delegados, Kogan comenzó declarando que no autorizaría ni un solo centavo para la erección de poblados; a su vez, aquellos se mantuvieron firmes en su posición original de establecer poblados de 50 familias. Las tratativas se paralizaron y los delegados continuaron en su forzada inactividad.

Hacia finales de julio, mientras en París se completaban los preparativos para el viaje de Hirsch y Cazès a Argentina, y en San Petersburgo el Comité Central presionaba cada vez más para que los emigrantes salieran de Rusia, el Barón decidió zanjar la cuestión. De los informes sobre las mediciones de suelo que Kogan le había enviado para sustentar su oposición a los poblados grandes, dedujo el Barón que los mismos posibilitaban erigir poblaciones en dos sitios dentro de los terrenos de la JCA. En consecuencia, el 25 de julio de 1893 ordenó a Kogan que diera instrucciones a los delegados para que planificaran esos poblados y otros adicionales, y que completara la programación hasta el 1º de septiembre, fecha en que llegarían a Buenos Aires Hirsch y Cazès con un poder del Barón para zanjar el conflicto. Para ayudar en ello a los nuevos directores, el Barón le pidió al agrónomo Yehoshúa Lapin, que había sido enviado a la Argentina para examinar nuevos terrenos que se ofrecían en venta, que se ocupara ante todo del tema del asentamiento y asesorara al respecto a Hirsch y Cazès. Kogan recibió la orden de colaborar con los delegados también en la compra de gran número de bueyes, en la esperanza de que, con la aprobación de sus planes a comienzos de septiembre, los delegados podrían dedicarse por entero durante tres meses a la construcción de viviendas, y en consecuencia recibir a los contingentes, a más tardar, en enero de 1894.

Muy contra su voluntad, Kogan debió aceptar esa resolución y autorizó a los delegados, a comienzos de agosto, a viajar a Entre Ríos, preparar los planos de los poblados y adquirir bestias de trabajo. Secretamente, confiaba en que lograría impedir la erección de los poblados aun después del arribo de Hirsch y Cazès. Efectivamente, los delegados se vieron forzados a postergar sus trabajos de planificación y preparación más allá de lo previsto por el Barón: Cazès no llegó a Buenos Aires hasta fines de septiembre; el enfrentamiento entre Kogan y sus sucesores se definió el 30 de ese mes, y solamente en octubre, poco antes de que Kogan abandonara Argentina, lograron los nuevos directores autorizar a los delegados el comienzo de los trabajos según sus planes.[18]

A fines de julio, todavía creía el Barón que el asentamiento de los ocho contingentes se completaría antes de fines de 1893, pero al cabo de seis meses se hizo evidente que ello resultaría totalmente imposible.

6. Los trabajos de preparación

El 4 de octubre de 1893, Hirsch y Cazès mantuvieron su primera reunión con los delegados de los contingentes, en la que participó Yehoshúa Lapin, y se informaron de sus planes, sus problemas y sus dudas. Supieron que, de los trabajos preparatorios de los asentamientos, nada había sido llevado a cabo, fuera de la confección del programa para seis contingentes y la compra de 120 bueyes que aún debían ser amaestrados. Los largos meses de forzosa inactividad habían creado entre los delegados una atmósfera de desgano; dos habían sido exonerados por infracción a la disciplina y violación de normas; otros dos (que se contaban entre los mejores del grupo) se sentían decepcionados y planeaban regresar a Rusia.

El programa que los delegados expusieron ante Hirsch y Cazès consideraba la erección de poblados de 50 familias. Los directores señalaron los defectos del asentamiento mediante poblados grandes y, a modo de compromiso, propusieron el proyecto de poblados de 24 familias elaborado por Lapin. Pero los delegados se mantuvieron en su postura y declararon que asumían la total responsabilidad, en nombre de sus grupos, por el programa original; Hirsch y Cazès cedieron y autorizaron su aplicación. Siguiendo las instrucciones recibidas en París, consideraron que no les correspondía intervenir en las relaciones entre los delegados y pasaron a debatir los detalles prácticos del asentamiento. [19]

En este punto les aguardaba una sorpresa, porque, a pesar de que el método a aplicar se hallaba todavía en discusión, Kogan había ordenado a los agrimensores basar su tarea en el sistema de chacras aisladas, por lo cual se planteaba la necesidad de convertir esas mediciones al sistema de poblados y someterlas nuevamente a la aprobación de las autoridades provinciales. Además, Rapoport y sus colegas advirtieron a Hirsch y Cazès que al aproximarse la época de la cosecha sería muy difícil apresurar la construcción de las viviendas por falta de mano de obra. Y, por añadidura, el endurecimiento de la tierra debido al calor y la sequedad del verano dificultaba el entrenamiento de los bueyes. Por todas esas razones, era probable que las tareas de preparación no se completaran antes de abril de 1894, y la absorción de los colonos no podría comenzar antes del mes de mayo. Hirsch y Cazès alentaron a los delegados y les prometieron apoyar su pedido de ayuda económica para sus familias en Rusia, dado que su estadía en Argentina se había prolongado mucho más de lo previsto. Se designó un contador que les asistiría en la administración financiera y en la supervisión de sus actividades, y se abriría una cuenta especial en un banco de Entre Ríos.

A mediados de octubre, los delegados que quedaban en Argentina volvieron a Entre Ríos con plenos poderes para poner en práctica su programa. Pese a las dificultades suscitadas por el verano y la cosecha, Gregory Rapoport y sus compañeros lograron adelantar los trabajos en forma notable. Hirsch y Cazès efectuaron un acompañamiento continuo de sus tareas, y aun cuando no ignoraron ciertas fallas (que atribuyeron a la escasa preparación de los delegados y a “debilidades humanas”), continuaron valorando su capacidad de trabajo y brindándoles pleno apoyo.

Para el 25 de diciembre, los delegados habían firmado todos los contratos para la provisión de materiales de construcción y adquirido 727 bueyes, 198 de ellos ya amaestrados. Mientras se entrenaban los restantes, se alcanzó a arar 200-300 hectáreas por grupo y a preparar parcialmente los terrenos de siembra para los futuros contingentes, de modo de asegurar parte de su sustento en la primera etapa. Se firmaron acuerdos con contratistas, se excavaron pozos de agua y se adquirieron decenas de carros de fabricación local.

Pero cuando los preparativos para la absorción de los contingentes en mayo de 1894 parecían avanzar a todo vapor, los sorprendió la noticia de que el Barón había modificado su posición por influencia de Kogan, quien en sus encuentros con él en diciembre de 1893 había hecho hincapié en dos cuestiones: la personalidad y capacidad de los delegados, y el sistema de poblados que había sido aprobado debido a su exigencia.

Kogan ya había manifestado su opinión negativa sobre los delegados en junio de ese año, en una carta en que pedía al Barón que confiara más en él que en esos individuos religiosos y toscos llegados desde Rusia. Su mayor defecto era, según él, el deseo de reproducir en Argentina los modelos rusos de organización agrícola, de trabajo de la tierra y hasta de herramientas, y todo ello basado en un arrogante sentimiento de superioridad, típico según Kogan de los trabajadores judíos pese a su bajo nivel profesional. Kogan reiteró esos argumentos en sus conversaciones con el Barón, aprovechando el temor de este ante posibles complicaciones judiciales provocadas por proveedores argentinos con quienes los delegados habían establecido contactos comerciales.

Habitualmente, el Barón consideraba las cartas y anuncios de Kogan desde Argentina como exageraciones características de su personalidad, y de vez en cuando le reiteraba su decisión de seguir confiando en los delegados. Pero tras sus conversaciones, el Barón modificó radicalmente su actitud hacia estos, y les ordenó expresamente no introducir cambio alguno en las viviendas y en el equipo de trabajo que no concordara con lo habitual entre colonos no judíos en el país. Inclusive instruyó a sus funcionarios en Buenos Aires a utilizar el derecho de veto para evitar todo desvío de esa línea.[20]

Respecto del método de asentamiento, Kogan logró inclinar la balanza a su favor destacando dos graves problemas que se suscitarían en el caso de adoptarse el sistema de poblados: el de los campos de pastoreo para los animales de trabajo, y el de la reserva de suelos. Según el programa de los delegados, cada poblado tendría un campo compartido de pastoreo de 1.000 hectáreas; por la mañana cada colono llegaría al mismo para retirar sus animales, y por la noche los llevaría de regreso. Kogan sostenía que ello obligaría a los colonos a efectuar todas las mañanas una especie de cacería para encontrar sus propios animales entre los de todos sus vecinos, y además deberían recorrer las distancias entre el poblado, la zona de pastura y su propia chacra; ello sin contar con que, debido a la dureza del suelo en Entre Ríos, probablemente en la segunda parte del día se verían forzados a regresar a las pasturas para procurarse animales frescos. Todo ello, obviamente, implicaría una gran pérdida de esfuerzos y tiempo: Kogan arguyó que cada colono debería hacer cada día 48 kilómetros de camino. En cuanto a la reserva territorial, Kogan destacaba que el programa de los delegados no dejaba ninguna posibilidad de ampliar la unidad de terreno, ampliación que a su juicio sería necesaria no solo en el futuro sino a muy breve plazo, ya que debido al bajo precio del trigo la cosecha obtenida en 50 hectáreas no bastaría para mantener a la familia y permitirle amortizar sus deudas, por lo que sería necesario poner a su disposición terrenos adicionales.[21]

Ante las razones expuestas por Kogan, el Barón elaboró su propio programa, destinado a fusionar ambos métodos de asentamiento: cada contingente de 48 colonos sería dividido en 12 subcontingentes de cuatro chacras cada uno, y las viviendas se ubicarían en el extremo de cada terreno; se destinaría a cada cuatro colonos un campo de pastura de 100 hectáreas en el que se excavaría un pozo de agua; entre un subgrupo y otro quedaría un terreno de 50 hectáreas, que aseguraría a cada uno una reserva de 25 hectáreas; en el centro de todo el conjunto se construirían una sinagoga central, un hospital y una escuela, y en el centro de cada subgrupo se establecerían un baño ritual y una sinagoga pequeña para el uso cotidiano de las familias. La distancia entre los subgrupos sería de hasta kilómetro y medio, y en el grupo de 48 familias la distancia entre las más alejadas y las instituciones centrales no sería mayor de cinco kilómetros, lo cual resultaba razonable en el marco de los conceptos de distancia vigentes en Argentina. El Barón consideraba que con esta estructura se evitaría el aislamiento de los colonos, al tiempo que se les aseguraba un acceso cómodo a sus tierras de labranza. Los terrenos de pastura se entregarían a sus propietarios particulares, quienes podrían luego utilizarlos según su voluntad. De este modo, se aseguraba a cada colonia también la reserva de tierras.

El 17 de diciembre de 1893, el Barón informó a los directores en Buenos Aires que debían interrumpir las tareas que se hallaban a cargo de los delegados: construcción de viviendas, perforación de pozos y asignación de campos de pastoreo. Pocos días después les anunció que deberían esperar el envío de su propio plan de colonización. Mientras tanto, le llegaron de San Petersburgo noticias sobre el avance de la reorganización de los contingentes que él mismo había ordenado. Por alguna razón, dedujo que los contingentes se habían desarticulado completamente y que solo tres de ellos se habían vuelto a formar sobre una base diferente, por lo cual quiso aprovechar la coyuntura para aplicar a estos nuevos grupos su nuevo programa. También se apresuró a informar a Hirsch y Cazès que, “por razones de fuerza mayor” —refiriéndose a la desintegración de los contingentes— era necesario detener el trabajo que venían haciendo los delegados y concentrar la actividad en solamente tres grupos, según el nuevo sistema de colonización por él planificado.

Ese telegrama produjo una grave crisis en las relaciones entre el Barón y los directores en Buenos Aires, y dejó totalmente estupefactos a los delegados. Hasta ese momento, Hirsch y Cazès no habían transmitido a Rapoport y sus colegas el contenido de las órdenes recientes del Barón, por temor a generar agitaciones innecesarias. Ahora todo su mundo pareció explotar, no solo porque gran parte de los esfuerzos realizados con el método anterior quedaban totalmente perdidos, sino porque los delegados carecían de información clara sobre qué grupos en Rusia se habían disuelto y cuál era la vigencia de los poderes que les habían otorgado los contingentes originales. Desesperados, culparon del total fracaso del proyecto a las intrigas de Kogan. Gregory Rapoport escribió entonces amargamente a David Feinberg que un rayo caído del cielo no lo habría golpeado como lo hizo la noticia venida de París. Su larga carta, llena de dolidas protestas, procuraba rebatir de manera detallada y relevante los argumentos de Kogan tal como se los conocía en Buenos Aires. Aun así, Rapoport no desesperaba del todo y mantenía cierta esperanza en el firme apoyo prometido por Hirsch y Cazès a los delegados en esa situación sin salida.[22]

Como ya dijimos, en el enfrentamiento entre el Barón y sus directores en Buenos Aires acerca de las nuevas formas de colonización triunfaron estos últimos. Luego de que el Barón informara que renunciaba a su programa y que estaba dispuesto a dejar en manos de Hirsch y Cazès la decisión sobre el método que se implementaría con los tres primeros contingentes, ambos convocaron a una reunión con los delegados, y el 26 de enero de 1894 escribieron al Barón que estos aceptaban concentrarse en el asentamiento de tres grupos, pero no renunciaban a su proyecto original de poblados de 50 familias, y que ellos mismos (Hirsch y Cazès) se consideraban moralmente comprometidos con él. En consecuencia, se les pidió a Rapoport y sus colegas que volviesen a Entre Ríos para organizar rápidamente la absorción de esos nuevos colonos, con la esperanza de que más tarde podrían ocuparse también de los grupos restantes. También se les ordenaba anular los contratos con constructores y fabricantes de ladrillos que no se relacionaran directamente con los tres contingentes, e indemnizar a los contratistas si fuera necesario.

Pero el Barón, pese a haber cedido a la voluntad de sus directores, no abandonó de inmediato sus reservas respecto de los delegados y sus proyectos. Ese cambio ocurrió algún tiempo después, cuando su decepción ante los consejos de Kogan se fue incrementando; se sumaron a ello el apoyo entusiasta que Hirsch y Cazès otorgaban a Rapoport y los suyos, el testimonio directo de Lapin (con quien se encontró en febrero de 1894), y finalmente también su impresión positiva ante la capacidad práctica de Rapoport, reflejada en la carta que este le había enviado a David Feinberg el 12 de enero de 1894, una copia de la cual llegó a París a comienzos de marzo.

La rehabilitación de Rapoport y los delegados le devolvió al Barón la seguridad en el éxito de la empresa. Nuevamente, exigió que todas las funciones ejecutivas quedaran en manos de los delegados y que los funcionarios de Buenos Aires se ocupasen solamente de asuntos generales. También abandonó sus reservas respecto a las renovadoras propuestas de planificación, construcción y equipamiento planteadas por los delegados. Pero no abandonó su oposición de principio al sistema de poblados de 50 unidades, y procuró que en el asentamiento de los futuros contingentes se aplicara el método mixto que él mismo había sugerido, salvo en casos en que la topografía del terreno no lo hiciera posible.

El Barón procuró mantenerse en su posición también en sus conversaciones con Yehoshúa Lapin, quien llegó a París en febrero trayendo un informe detallado sobre la cuestión poblados versus chacras aisladas. Esas conversaciones lo llevaron a modificar su posición y le facilitaron aceptar, a posteriori, la erección de tres poblados más grandes. Aun cuando continuaba insistiendo en que era necesario mantener el principio de “cada hombre en su heredad”, dejaba su aplicación en manos de sus representantes en Buenos Aires.

A comienzos de marzo de 1894, por ende, el Barón había recuperado la confianza en su proyecto y en los encargados de realizarlo. Ello se manifestó en su disposición a comenzar los preparativos para el cuarto contingente aún antes de haber completado los de los tres primeros. Poco tiempo después, autorizó también el asentamiento de los grupos restantes, e inclusive urgió a sus representantes en Rusia y Argentina a completar lo antes posible dichos preparativos, para recuperar el tiempo perdido por culpa de Kogan.

Los delegados recibieron las noticias sobre el nuevo cambio en la postura del Barón demasiado tarde como para reparar todo lo que habían estropeado las contradictorias instrucciones anteriores. En su encuentro con Hirsch y Cazès el 26 de enero, dos delegados informaron que abandonaban el proyecto y regresaban a Rusia. Los demás volvieron a Entre Ríos, con la esperanza de que, concluidos los preparativos para los tres contingentes, sería posible erigir poblados para los grupos restantes. La noticia de que el Barón no autorizaba poblados adicionales los dejó confusos, y esa confusión aumentó al enterarse de que en Rusia los contingentes se habían reorganizado y que los tres que estaban por llegar no eran los que habían sido originalmente constituidos. Por lo tanto, varios de los delegados comprendieron que estaban trabajando para el asentamiento de grupos que no eran los suyos y, además, que los mismos no serían establecidos en poblados. Ello provocó nuevos roces y gran insatisfacción. Además, durante bastante tiempo los delegados no lograron saber con certeza qué estaba ocurriendo en Rusia. Los funcionarios en Buenos Aires les informaban que los grupos originales se habían disuelto y reorganizado pero, por otra parte, las noticias que recibían de Rusia afirmaban que los grupos originales continuaban existiendo y que les deseaban buena suerte en sus actuaciones en Argentina. Mientras tanto, también venció el término del contrato por un año que había firmado Rapoport, quien pidió ser relevado de sus funciones. Este desconcierto general hizo que por lo menos un delegado más partiera de regreso a Rusia, porque no deseaba trabajar para “extraños”.

En su visita a Entre Ríos a fines de marzo, Cazès halló a los delegados confusos y desesperados; aquellos cuyos grupos no se contaban entre los tres primeros estaban dispuestos a volver también ellos a Rusia. Cazès trató de alentarlos, y el hecho de que su visita incluía la busca de terrenos para el asentamiento de tres grupos adicionales contribuyó a sus esfuerzos en ese sentido. Sin embargo, al mismo tiempo, los directores de Buenos Aires temían que Rapoport y sus colegas se esforzarían secretamente en asegurar el asentamiento en poblados y se dedicarían a preparar el terreno para los contingentes a quienes se había prometido absorber según ese método.[23]

El 20 de febrero de 1894, los delegados se reunieron en San Gregorio y colocaron la piedra fundamental del primero de los tres poblados, bautizado Sonnenfeld en honor al director de la JCA. Al poco tiempo, comenzó la construcción de los otros dos —Feinberg, por David Feinberg, y Bélez, por la ciudad de Beltz (Beltzi) en Besarabia de cuyos alrededores provenían sus futuros habitantes—, confiando en concluirla el mes de mayo. Mientras tanto, Rapoport seguía ocupándose de la revocación de los contratos con constructores y proveedores de materiales para los proyectos anulados. Pero pronto directores y delegados debieron dar marcha atrás, porque el 31 de marzo el Barón cambió de idea y volvió a autorizar el asentamiento de tres nuevos contingentes, y surgió la urgente necesidad de una gran cantidad de materiales de construcción. Según los cálculos de Hirsch y Cazès, los tres nuevos grupos podrían ser establecidos hasta el 15 de julio, pero esos cálculos no tomaron en cuenta el ritmo de producción de ladrillos en Entre Ríos y las demoras provocadas por la larga temporada de lluvias. En mayo, Hirsch, Cazès y los delegados salieron a buscar, en dicha provincia y también en la de Buenos Aires, nuevos contratistas que pudieran comprometerse a proveer la cantidad necesaria de ladrillos en el plazo requerido. Pero pese a sus esfuerzos, el 15 de junio debieron anunciar que, del millón y medio de ladrillos necesarios para construir las viviendas y los pozos para los tres nuevos contingentes, se disponía solamente de 450.000, y en cada uno de los tres primeros poblados se habían completado solo 34 de las 50 viviendas. La oficina de Buenos Aires no tuvo más remedio que solicitar la postergación de la llegada de los grupos adicionales hasta el mes de septiembre.[24]

Mientras tanto, se planteó la cuestión del asentamiento de los dos últimos grupos (de entre los ocho que habían quedado después de la reorganización en Rusia), a los que se destinaban terrenos en Basavilbaso y en Primero de Mayo. La topografía de esas zonas no permitía establecer chacras según el programa del Barón, y los dos directores de Buenos Aires lograron convencerlo de la necesidad de erigir para cada uno de los grupos dos poblados de 25 unidades. Esta decisión, sumada al hecho de que por esos territorios pasaba el ferrocarril, aumentó en mucho su valor a ojos de los delegados, y apenas el Barón dio su autorización, se propusieron completar esos proyectos todavía antes de los correspondientes a los primeros grupos. Esa situación podría haber generado conflictos, pero se solucionó por sí misma cuando el Barón informó, el 20 de julio, que los demás contingentes (es decir, los que seguían a los tres primeros) sumaban solo 180 familias, y por ende se podría ubicar a 100 de ellas en terrenos preferenciales y a 80 en otros lugares. También la cuestión de las fechas se solucionó, ya que era posible organizar a un mismo tiempo la emigración de todas esas familias. En resumen, de los ocho contingentes, 150 familias estaban por establecerse en los tres primeros poblados; 100 familias, en poblados ubicados en Basavilbaso y Primero de Mayo; y 80 familias se ubicarían en chacras en las zonas de San Jorge y San Vicente.

El trabajo en todos los territorios de colonización recomenzó a ritmo intenso en agosto de 1894, pero el tiempo perdido no pudo ser recuperado. En su visita a Entre Ríos a fines de noviembre, comprobó Cazès que la construcción no se había completado ni siquiera en los tres primeros poblados. Resulta irónico que, mientras que oficialmente los delegados habían planeado concluir hasta octubre de 1893 los preparativos para nueve grupos con un total de 450 familias, a lo largo de todo 1894 continuaron los trabajos destinados a solamente 330 familias, y aun esas tareas no pudieron completarse.

7. Los nuevos colonos: emigración, traslado, asentamiento

La situación de las familias seleccionadas por David Feinberg en el verano de 1892 como candidatas a la emigración hacia Argentina fue deteriorándose a medida que su salida se postergaba una y otra vez. Aun cuando se les advirtió que la autorización primera no aseguraba su candidatura hasta el mismo día de la emigración, inevitablemente comenzaron a sentir que su permanencia en Rusia era temporaria y abandonaron sus trabajos; además, a pesar de sus escasos recursos, contribuían a los gastos de sus representantes en Argentina. En consecuencia, la dilación reiterada de la fecha de partida les creó grandes problemas económicos y llevó a muchos de ellos a la desesperación.[25] El primer contingente que llegó a Argentina estaba formado por 23 familias que debieron emigrar antes de la fecha de conscripción militar de sus hijos. El Barón autorizó su viaje y su instalación en las casas que habían quedado libres en Clara tras la limpieza de sus habitantes veteranos.

Los miembros de los grupos que habían quedado en Rusia tuvieron que atravesar todos los procesos burocráticos requeridos hasta obtener la autorización final. El Comité Central en San Petersburgo enviaba a París formularios especiales con sus datos; una vez firmados y devueltos a Rusia, los mismos eran presentados al Ministerio del Interior, que a su vez los remitía a los gobiernos regionales para su revisión y autorización. Solo cuando los documentos retornaban a San Petersburgo se extendían los permisos de salida del país y comenzaba la actuación de la JCA. A partir de ese momento, el candidato a emigrante disponía de un mes para abandonar Rusia. Los eslabones débiles en esa cadena institucional eran los gobiernos regionales y locales, que debían examinar las capacidades de los candidatos. Pese al apoyo del ministro del Interior al proyecto, los factores locales lograron demorar la tramitación mucho más allá de los 14 días estipulados para completarla. Esas demoras, intencionales o simplemente debidas al ritmo habitual de trabajo de dichas entidades, provocó una postergación de varias semanas en la partida de los primeros contingentes.[26] El 12 de mayo de 1894 partieron de Odesa 737 emigrantes, y solo a fines de 1894 se completó la salida de Rusia de los primeros contingentes, dos años después de su formación.

Las adversidades que debieron enfrentar los emigrantes no concluyeron cuando abordaron el buque en el puerto ruso. Tras varias jornadas de agitada navegación en el Mar Negro y el Mediterráneo llegaron a Génova, donde debían transbordar al barco que los llevaría a Buenos Aires. Pero resultó que la espera en Génova se prolongó durante varios días, sin que se hubiesen tomado previsiones para su alojamiento y alimentación, lo cual creó graves dificultades. Algunos de los emigrantes se vieron forzados a aguardar la partida al aire libre y en condiciones precarias de salubridad que causaron enfermedades y hospitalizaciones, a raíz de las cuales 84 de los 737 viajeros debieron quedarse en Génova. Finalmente, fueron amontonados en la tercera clase de buques de la empresa Navigazione Italiana, mezclados a veces con más de 1.000 emigrantes de distintas procedencias y sometidos a tres semanas de viaje marítimo en condiciones insoportables. Particularmente dura fue la situación de los primeros grupos, que abandonaron Europa en los días fríos de primavera y llegarían a Sudamérica en un invierno todavía más frío. Las bajas temperaturas les impedían huir del amontonamiento en los camarotes colectivos y refugiarse en la cubierta. A esas dificultades, comunes a todos los emigrantes, para los judíos se sumaban las originadas en su voluntad de mantener las rutinas religiosas y dietéticas; la consecuencia fue su menor resistencia a las enfermedades que se difundían entre los viajeros de tercera clase.[27]

El primer contingente (647 de los 737 embarcados en Odesa) arribó a las costas argentinas en el buque Orione el 20 de junio de 1894. La oficina de Buenos Aires organizó su traslado al puerto La Plata, donde los controles de aduana se realizaron a bordo, e inmediatamente los inmigrantes fueron transferidos a un barco fluvial que los llevaría al puerto de Concepción del Uruguay en Entre Ríos. Pero allí tuvo lugar una demora no prevista por Hirsch y Cazès: los viajeros traían consigo, además de sus enseres domésticos, carros, arados y otras herramientas agrícolas, y el traspaso de toda esa carga a las balsas amarradas a la nave insumió dos días completos. El viaje a Concepción llevó dos días más, seguidos por una nueva demora en la descarga de los materiales y su traspaso a vagones ferroviarios. De modo que los futuros colonos lograron entrar en sus viviendas preparadas de antemano solo una semana después de haber llegado al país, el 27 de junio.

Los percances del camino, la humedad en las viviendas recién terminadas y el invierno frío y lluvioso de Entre Ríos provocaron una grave epidemia de tifus que paralizó a decenas durante dos meses. Debido a medidas de salubridad decretadas por las autoridades de la provincia, las poblaciones afectadas por la epidemia permanecieron en cuarentena; y también hubo necesidad de improvisar la “inauguración” de los primeros cementerios judíos en las nuevas colonias.[28]

Poco después de su llegada a los poblados, los colonos obtuvieron de sus delegados equipos y bestias de labor y comenzaron a trabajar las tierras. Los miembros de los primeros contingentes recibieron terrenos ya arados y listos para la siembra de trigo. Inclusive tuvieron aún tiempo de arar terrenos adicionales para sembrar maíz; todo ello posibilitaba la obtención de primeras cosechas a comienzos de 1895. Los restantes contingentes, sobre todo los que arribaron a principios del verano, ya no alcanzaron a sembrar maíz; además la tierra ya estaba endurecida y debieron esperar hasta enero para comenzar a preparar la siembra de trigo, que no daría frutos hasta comienzos de 1896.

Muy pronto salieron a la luz varios defectos básicos en la composición y organización de los contingentes. Cazès descubrió esos defectos en su visita a las colonias en noviembre de1894 y los resumió en su detallado informe. Algunas familias, aunque numerosas, no poseían bastantes brazos para todas las labores, porque sus hijos no habían llegado a la edad de trabajar. En otros casos, fallecieron los jefes de familia, y las viudas quedaron solas con hijos pequeños. Pero la situación más grave era la de las “familias compuestas”, que Feinberg había armado combinando varias más pequeñas, a veces sin lazos de parentesco entre sí, que habían de compartir una misma chacra y se veían forzadas, en algunos casos, a habitar en dos habitaciones con una superficie total de 28 metros cuadrados. Estas familias exigieron ser separadas o al menos recibir viviendas adicionales, para librarse de una estrechez insoportable y del deterioro moral que la misma provocaba. Cazès también halló fallas graves en el desempeño de los delegados, algunos de los cuales aprovechaban su posición para agenciarse beneficios que no les correspondían, tales como una mayor superficie cubierta, mejores equipos de trabajo y alambrados de mejor calidad, a expensas de los que recibían los demás. A ello se sumaron torpezas en la compra del ganado, que provocaron pérdidas en dinero y en equipo.

Pero Cazès halló también muchas ventajas en el asentamiento de los grupos. La principal era que los colonos se hallaron instalados en sus chacras al poco tiempo de llegar y se dedicaban al trabajo agrícola como dueños y señores de sus parcelas, y esta información constituye el epílogo que equilibra su informe sobre este proceso. Tanto el Barón como los directores de Buenos Aires y el Comité Central de San Petersburgo extrajeron del mismo sus conclusiones, cada uno a su manera.

8. Evaluación de la primera etapa

Al finalizar la etapa experimental, en la cual se asentaron 330 familias (en lugar de las 450 previstas originalmente), el Barón esperaba recibir información detallada que le permitiera evaluar el éxito de la misma. En los últimos días de 1894, llegó a sus manos el informe de Cazès, que le produjo una gran decepción. En su carta al Comité Central en San Petersburgo, declaró el Barón que David Feinberg había fracasado en la organización de los contingentes, ya que, si hubiese supervisado a sus representantes en los diferentes distritos, estos no habrían seleccionado a familias problemáticas, no habrían formado grupos sin base homogénea y habrían verificado de modo más estricto el estado de salud de los candidatos. Sin embargo, el Barón no deducía del informe que el método había fracasado. Sus reproches al Comité Central tenían el propósito de evitar la repetición de esas negligencias y mantener vigente el proyecto basado en la estructura de grupos. Por ello eligió un tono circunspecto y definió los contenidos de su misiva no como reprimendas sino como “observaciones” o “consejos” para sus representantes en Rusia.[29]

Fuera de ciertas correcciones al sistema de grupos, sobre todo en lo atinente al estatus y funciones de los futuros delegados, esas observaciones no modificaban el método anteriormente adoptado; lo prueba la negociación —que se realizaba en ese mismo momento— en torno al asentamiento de cuatro o cinco nuevos contingentes. Dicha negociación comenzó en julio de 1894, cuando la oficina de Buenos Aires y el comité ruso plantearon el tema de la continuación del programa tras la absorción de los ocho primeros grupos. El Barón autorizó a sus directores en Argentina a preparar un programa de colonización en los terrenos que le quedaban a la JCA en Entre Ríos, programa que recibió a fines de diciembre; en Rusia comenzaron los preparativos para organizar lo antes posible el noveno contingente y los que le seguirían. En esto no influyó su decepción ante el informe de Cazès; por el contrario, hizo saber a sus representantes en Buenos Aires que los próximos cuatro o cinco grupos formaban aún parte de la primera etapa del proyecto, y que se encontraba abocado al estudio de las posibilidades de comprar nuevos terrenos que permitieran una colonización de mayor alcance. Una semana después de su amarga reacción al informe de Cazès, escribió a sus funcionarios en San Petersburgo que sentía que el proyecto estaba a punto de ampliarse de manera significativa, y ello prueba que seguía confiando en el éxito del sistema de grupos.

La oficina de Buenos Aires y el comité de la JCA en San Petersburgo evaluaron de maneras diferentes y hasta opuestas las fallas reveladas en dicho sistema. Al mismo tiempo, todos ellos concordaron en que sería necesario realizar un examen más severo de los candidatos a colonos y que no debía otorgarse a los delegados la autonomía de que habían disfrutado Rapoport y sus colegas —opinión a la que el Barón adhirió totalmente. A comienzos de enero de 1895, se encontró con Feinberg en París, le describió los métodos que debería aplicar en la formación de los nuevos contingentes, cuyo asentamiento tendría lugar en mayo de 1895, y lo envió de regreso a Rusia.

Por lo tanto, al finalizar este periodo reinaban entre el Barón y sus funcionarios, tanto en Argentina como en Rusia, el acuerdo y la confianza: compartían la evaluación positiva del método de grupos autónomos, la necesidad de introducir determinadas correcciones en el mismo y la esperanza de que los “días pequeños” estaban dejando su lugar a “grandes días”.

9. Plataforma legal y programación económica

9.1. El contrato

Ya establecidas las primeras colonias y avanzada la organización de los nuevos contingentes, el Barón juzgó que resultaba impostergable la redacción de los contratos que regularizarían la relación legal entre los colonos y la JCA.

El debate al respecto había comenzado todavía en los tiempos de Loewenthal, y en palabras del Barón se habían desperdiciado en él “ríos de tinta y kilogramos de papel”. En las conversaciones participaban el asesor legal del Barón en París, Jules Dietz, y el abogado de la empresa en Buenos Aires, Lucio V. López, quien en el periodo del que nos ocupamos fue nombrado Ministro del Interior de la República. La correspondencia sobre los contratos se prolongó durante más de dos años sin resultados. El principal motivo de disensión era el intento del Barón de dar un marco legal a su plan de grupos autónomos, para lo cual solicitó incluir en los contratos un artículo que asegurara la responsabilidad colectiva de los colonos respecto del presupuesto que sería puesto a su disposición. El Barón redactó un borrador de contrato que Feinberg presentó a los candidatos en Rusia, y aunque el coronel Goldsmid y sus asesores legales indicaron sus reservas sobre el mismo, el Barón continuó firme en sus ideas. En sus detalladas explicaciones de diciembre de 1893, Kogan logró convencer al Barón de la impracticabilidad de un contrato colectivo, y este se vio forzado a aceptar que los contratos siguieran las normas establecidas en Argentina sin agregados particulares.

Otro causante de la demora fue el temor del Barón de que los contratos fueran utilizados por los colonos en demandas contra la JCA. Por ello, prefería esperar hasta que todos los colonos demostraran su capacidad de trabajo y organización. Kogan, y luego Hirsch y Cazès, disiparon sus temores, por lo que consintió en preparar los documentos.

En la segunda mitad de diciembre de 1893, el Barón redactó un nuevo borrador de contrato y lo envió a Buenos Aires y a San Petersburgo, solicitando comentarios y sugerencias de cambio. El 31 de agosto de 1894 quedó lista la versión final, autorizada ese mismo día por el Barón y enviada con carácter urgente a Hirsch y Cazès, quienes debían ocuparse de imprimir las copias necesarias.

Según dicha versión, cada colono se comprometía a restituir a la JCA su deuda por los bienes inmuebles, los bienes muebles y el apoyo directo, en 12 cuotas anuales, más un interés del 5%; quien quisiera liquidar su deuda antes del plazo establecido debería recibir el consentimiento explícito de la JCA (art. 1). El colono estaba obligado a ceder parte de sus tierras para objetivos de bien público, según lo exigieran las autoridades locales o la dirección de la JCA en Buenos Aires, sin recibir compensación (art. 2). Las parcelas no podían dividirse, tampoco tras el fallecimiento del titular del contrato (art. 3). El colono se comprometía a utilizar su parcela solamente para cultivos, y a no convertirla en terreno de pastura o dedicarla al comercio u otro tipo de tareas productivas; también se comprometía a trabajar la tierra por sí mismo, y para emplear ayuda asalariada debería obtener autorización de la JCA (art. 4). Como garantía de los pagos anuales, el colono se comprometía a depositar el total de su producción en los graneros de la JCA, y esta última quedaba exenta de toda responsabilidad por la misma, aun si se producían pérdidas debido a causas naturales; al venderse la cosecha la JCA tenía derecho a descontar primero lo que le correspondía por su deuda y entregarle al colono el monto restante (art. 5). Los colonos se comprometían a pagar los impuestos derivados de la propiedad de la tierra o de la producción (art. 6). El colono no podía transferir a otra persona sus derechos sobre su parcela (art. 7). El incumplimiento de uno de esos artículos, incluido el atraso en una de las cuotas anuales y aun en caso de fuerza mayor, autorizaba a la JCA a anular el contrato sin previo aviso y quitarle al colono los bienes muebles e inmuebles recibidos en su momento, también si habían sido mejorados por él, y expulsarlo de la chacra sin indemnización y sin devolverle las cuotas que hubiese abonado hasta el momento (art. 8). Hasta completar las cuotas anuales, el estatus del colono era de “simple ocupante” de su chacra, y solo después se comprometía la JCA a ayudarle a registrar la propiedad a su nombre (art. 9). Los colonos se comprometían a ayudarse mutuamente en los trabajos de la cosecha; a destinar dos hectáreas a huerta de verduras y una hectárea a alfalfa, para matizar los cultivos; a plantar en su terreno un mínimo de 100 árboles por año y a talar las áreas de su parcela que lo requirieran; a completar el alambrado de su chacra en forma progresiva hasta el fin del término del contrato; a pagar su parte en los gastos de los servicios públicos como religión, educación y medicina (ordenanzas 1-6). Todo conflicto entre colonos y la JCA sería resuelto exclusivamente por un árbitro residente en Buenos Aires, designado por el presidente de la JCA en París (art. 10).

Los diez artículos y las seis ordenanzas reflejan dos tendencias claras: una, la voluntad de establecer a los colonos en sus tierras en forma permanente y convertirlos en agricultores arraigados y exitosos; la otra, la determinación de proteger los intereses de la JCA.

El último punto del art. 1 exhibe ambas tendencias, al prohibir al colono la venta de su propiedad cuando se hallase a punto de saldar su deuda. Dado que las leyes argentinas prohibían la retención de bienes sobre los cuales no existieran deudas, la solución fue establecer un número elevado de cuotas anuales y aplicar condiciones que privasen al colono del derecho a adelantar la liquidación de su deuda. Hirsch y Cazès tendían a prolongar todo lo posible el término de los plazos anuales, y establecer que solo en casos excepcionales podría el colono liberar su tierra de la sujeción a la JCA antes del plazo estipulado. El comité de San Petersburgo solicitó facilitar las cosas a quien quisiera liberar su parcela y aun concederle una franquicia, además de establecer que la JCA poseería la opción de comprar la propiedad en caso de que su propietario desease venderla antes del plazo estipulado para su liberación.[30]

Esta brecha entre las dos soluciones a un mismo problema reflejaba la que existía entre las posiciones de Hirsch y Cazès, por una parte, y la del comité ruso, por la otra, respecto de los derechos del colono. El comité en San Petersburgo exigía que, en caso de embargo de una parte de su terreno para uso público (caminos, escuelas, etc.), el costo de la misma fuera restado de las cuotas que el colono pagaba a la JCA; en cambio, según el texto del contrato propuesto por Hirsch y Cazès (art. 2), el colono se comprometía a pagar también por las tierras que se le embargaran. El comité ruso exigía que la JCA diera al colono garantías por la cosecha depositada en sus almacenes y corriera con los gastos de toda pérdida o perjuicio, pero esa propuesta no fue aceptada (art. 5). El comité ruso pidió moderar el artículo que permitía a JCA revocar el contrato y apropiarse de la parcela y los bienes del colono; según su propuesta, esa drástica medida solo se adoptaría tras una reiteración de la falta de pago anual o en caso de trasgresión de los principales artículos del contrato; pero también esto les fue denegado (art. 8). El comité ruso planteó asimismo el caso de impago por razones de fuerza mayor (plagas, sequía, etc.), pero el Barón rechazó también esta propuesta. Los representantes de la JCA en Rusia suponían que el objetivo del contrato era definir los derechos del colono y que correspondía evitar todo componente que permitiera sospechar que se establecían deliberadamente condiciones que el colono no podría satisfacer por más que se esforzara. El Barón y sus funcionarios Hirsch y Cazès sostenían que el contrato debía poner en manos de la JCA un arma efectiva contra los recalcitrantes y los deshonestos; por otra parte, prometían que la actitud de la JCA hacia los colonos buenos se basaría en indulgencia, a la manera de “un padre bueno y piadoso”.[31]

En teoría, el Barón se había basado en formulaciones contractuales vigentes en la Argentina. Por cierto, si hubiese buscado otros modelos más liberales para con los colonos, ciertamente los habría hallado, pero ni él ni sus directores en Buenos Aires se tomaron la molestia de hacerlo. Los modelos más severos, que se aplicaban en muchos casos, le proporcionaron lo que deseaba: el precedente para fijar cláusulas que le asegurasen un permanente control de la situación. En sus palabras a Hirsch y Cazès, advirtiéndoles que no se dejaran llevar por los sentimientos a la hora de redactar los contratos, afirmó el Barón que las posturas filantrópicas no debían desempeñar en ellos papel alguno, ya que de todos modos la aplicación de las cláusulas sería benévola y paternalista, por lo cual era posible redactarlas según estrictos códigos comerciales.[32]

En lugar de reconocer que ambas partes firmantes poseían derechos, como lo entendía el comité ruso y como lo considerarían posteriormente los mismos colonos, los contratos fueron establecidos con un criterio exclusivamente filantrópico que, al tiempo que prometía generosidad en su aplicación, se basaba en el poder del benefactor respecto de sus beneficiarios.

9.2. Previsiones económicas y presupuestarias

La evidencia de la imposibilidad de hallar grandes terrenos baratos en Chaco, Misiones y Formosa, obligó a revisar los programas de colonización en gran escala y calcular nuevamente sus costos. El Barón reclamaba insistentemente de sus funcionarios la elaboración de un presupuesto confiable que incluyera los gastos previsibles, e inclusive condicionó a la presentación previa de dicho presupuesto el comienzo de la absorción de colonos en Entre Ríos, la reorganización de Moisés Ville y el asentamiento de los grupos autónomos.

Procuraremos establecer en qué medida fue satisfecha la exigencia del Barón en el periodo que tratamos y cuáles fueron sus conclusiones, a través del examen de los cambios acontecidos en los puntos principales del presupuesto: el precio de la tierra y su calidad, los gastos del asentamiento y los ingresos previstos de las futuras chacras.

a. Las tierras. Durante todo este periodo el Barón se preocupó por la adquisición de numerosos terrenos amplios y contiguos entre sí, en los que pudieran establecerse miles de colonos. Pero, de hecho, el proyecto se limitó a un número de zonas de cultivo de cereales y de pastura en las provincias de la Pampa Húmeda: Buenos Aires, Santa Fe, Entre Ríos y parte de Córdoba. En esas regiones esperaba el Barón hallar terrenos contiguos de 500-600 leguas cuadradas (1.250.000-1.500.000 hectáreas), a no más de 150 kilómetros de las vías ferroviarias, y en ellos dar comienzo a una colonización masiva. De ser necesario, estaba dispuesto a construir un tramo ferroviario que conectara con las vías existentes. Hirsch y Cazès se opusieron a esta idea porque, a su juicio, la compra de una superficie “casi del tamaño de Palestina” y su poblamiento con miles de judíos podría percibirse como la creación de una “Nueva Judea”.[33] Pero el Barón no se inmutó y continuó con la busca de un territorio de grandes dimensiones, consciente de que ello requería una cuidadosa preparación y un equipo de trabajo especializado. Mientras tanto, se fueron comprando superficies más reducidas a las que se definía como “terrenos del presente”; la calidad del suelo y el precio pagado por ellas determinaban el lugar de esos terrenos en los cálculos presupuestarios.

La primera adquisición en el periodo del que nos ocupamos fue realizada por Adolfo Roth en Entre Ríos. El terreno comprado el 12 de febrero de 1892, de 94.500 hectáreas, constituyó la más grande de las propiedades de la JCA hasta ese momento, lo cual desplazó a esa provincia el centro del proyecto, que hasta entonces se hallaba en las de Buenos Aires y Santa Fe. Hasta el final del desempeño de Roth, las propiedades entrerrianas de la JCA se incrementaron en algunas leguas cuadradas con la compra de la finca de Estanislao Zeballos (el ministro del Exterior de Argentina) en la zona boscosa del distrito de La Paz, ubicada al noroeste de los otros terrenos de la JCA y bastante alejada de los mismos.

En opinión de todos los directores que sucedieron a Roth, los elevados precios que este pagó por buena parte de los terrenos incrementaron las expectativas de los vecinos de la zona, y cada nuevo intento de compra se halló ante una escalada en los precios. La JCA adoptó una especie de huelga adquisitiva con el fin de frenar a los vendedores, e inclusive declaró explícitamente a la prensa que no compraría por el momento nuevas unidades; pero al mismo tiempo, continuó su adquisición de terrenos del presente en la provincia de Entre Ríos.[34] En resumen, las tierras adquiridas por la JCA en 1892-1895 costaron más dinero de lo previsto por el Barón y se concentraron en una sola provincia.

Limitadas las compras de tierras a la zona cerealera y a terrenos exclusivamente destinados a la siembra, la chacra unitaria debería ser suficientemente grande como para asegurar el sustento de la familia. Pero las opiniones sobre las dimensiones requeridas diferían entre sí. Roth decidió asentar a los colonos en San Antonio en unidades de solo 25 hectáreas, dejando otras 25 como reserva. En Moisés Ville fijó el tamaño de cada chacra en 50 hectáreas. El Barón reaccionó indignado ante esta “corrección” de lo fijado para San Antonio y estableció que esas 50 hectáreas fueran en adelante el máximo para cada unidad. Pero este principio no se basaba en un cálculo confiable sobre el volumen de la cosecha y los correspondientes ingresos, y los delegados de los grupos no lo aceptaron. Ya en su primera reunión con el Barón exigieron aumentar el tamaño de la parcela a más de 50 hectáreas, e inclusive consiguieron una reserva colectiva de 600-700 hectáreas para cada grupo. En la segunda reunión convencieron al Barón de renunciar al principio de las 50 hectáreas; y la parcela unitaria, al menos en Entre Ríos, fue establecida en 75 hectáreas; así las recibieron posteriormente los colonos. Como lógica consecuencia, el costo del terreno se convirtió en el principal componente de la deuda de cada uno de ellos.

b. Los gastos de asentamiento. Un terreno más grande exigía una mayor cantidad de bestias de trabajo, especialmente debido a la dificultad en la roturación de la tierra virgen. Además, era previsible en ese tipo de suelo una producción menor. Sin embargo, las expensas por compra de animales de labor continuaron representando en el presupuesto solamente un 15-25% de los gastos de asentamiento.

También las herramientas —arados, sembradoras, cosechadoras, carros, etc.—, debían adecuarse en calidad y cantidad al monto de la producción y a su carácter estacional de monocultivo. Aun cuando los cálculos sobre esta sección del presupuesto diferían según los principios establecidos en cada caso, de todos modos los costos de los equipos de trabajo en su conjunto, junto con los de los edificios, constituían el segundo factor en importancia en la deuda de los colonos.

Nadie dudaba de la necesidad de brindar apoyo económico a los colonos en el comienzo de su labor, pero existió un debate sobre los alcances de ese apoyo. El coronel Goldsmid estableció una tabla de subsidios, según la cual una familia de 6 personas recibiría entre 47,50 y 60 pesos por mes, según las edades de los hijos. Los cálculos de Kogan para Moisés Ville incluyeron el subsidio fijado por Goldsmid. Las protestas del Barón no modificaron las posiciones de sus representantes, quienes, en notable coincidencia, mantuvieron la cifra de 7,50-8 y hasta 10 pesos al mes por persona. Las divergencias tenían que ver con la duración del periodo de apoyo y con la incidencia de los ingresos que obtendrían los colonos por ramos adicionales de cultivo cuyo crecimiento era relativamente más rápido que el del trigo.

El sustento básico de las familias hasta la primera cosecha constituía uno de los principales rubros en los gastos de asentamiento; y como dependía del éxito de esa cosecha, este rubro pasó a ser el más impreciso de todos. En total, y según los cálculos de los delegados de los grupos, de Kogan y del enviado especial Yehoshúa Lapin, la deuda de cada colono con la JCA llegaría a 6.400, 6.856 y 6.156 pesos.

c. Los ingresos de los agricultores. A medida que aumentaba la deuda del colono con la JCA, aumentaban las dificultades en cuanto a su capacidad de pago y sus posibilidades de convertirse en agricultor independiente. El problema se agravó debido al brusco descenso en los precios internacionales del trigo, que en los mercados de Inglaterra bajó de 37 chelines por imperial quarter (480 litros) en 1891, a 22 chelines y 10 peniques en 1894; es decir, una reducción del 38%.[35] En esas condiciones, resultaba muy dudoso que los colonos pudiesen liquidar su deuda en diez o doce años, tal como figuraba en el contrato, mediante cuotas que las primeras estimaciones fijaban entre 770 y 900 pesos por año. Tras calcular los posibles ingresos del colono, aun con la expectativa más optimista de un rendimiento de 10 quintales de grano por hectárea sembrada, Kogan y tras él Hirsch y Cazès llegaron a la pesimista conclusión de que los mismos serían menores en 270-520 pesos de lo que el colono debía pagar anualmente en concepto de gastos de subsistencia y amortización de la deuda.

Hirsch y Cazès consideraron que la solución era incrementar el rendimiento por hectárea mediante la diversificación de cultivos. Pero a los medios para alcanzar dicha diversificación, los directores de Buenos Aires se referían solo por azar y en forma vacilante. El coronel Goldsmid, después de marcharse de Argentina, puso por escrito en sus ratos libres las ideas de sus asistentes al respecto. Según esas sugerencias, habría sido necesario introducir en las colonias de Entre Ríos el cultivo del tabaco y del gusano de seda, junto con las industrias correspondientes; en Moisés Ville, el de la batata; y en Mauricio, el de la cebada. Kogan habló de viñedos en Entre Ríos, y Lapin escribió sobre el cultivo del centeno y la producción de quesos, jabón y velas en las diversas colonias. Pero estas ideas no llegaron a constituir propuestas concretas; por otra parte, es dudoso que hubiesen sido aceptadas, porque el Barón —y con él Hirsch y Cazès— consideraban que de ningún modo debía la JCA embarcarse en experimentos encaminados a encontrar otros rubros rentables, porque esos intentos implicarían la compra inmediata de equipos adicionales y una gran inversión en dinero, mientras que los resultados se verían a un plazo demasiado largo. Debido a ello, aun reconociendo la necesidad de ramos agrícolas alternativos, el Barón, Hirsch y Cazès se limitaron, en agosto de 1894, a afirmar su esperanza de que los mismos colonos supiesen escoger cultivos rentables “cuyos buenos resultados no tarden en llegar”.[36]

En cuanto a la cuestión de los pagos anuales que deberían realizar los futuros colonos, el Barón buscó la solución en la reducción del precio de los terrenos. A su juicio, en el país era posible conseguir buenas tierras a bajos precios, si se invertían esfuerzos en localizarlas. Con ese fin envió a la Argentina a mediados de 1893 al agrónomo Yehoshúa Lapin, quien examinó zonas de Entre Ríos y Buenos Aires y presentó un informe al respecto. Poco después, el Barón envió a otro emisario con el pedido de que ubicara un número de terrenos aptos para la colonización. A su regreso, el Barón comenzó a organizar una delegación de expertos que se dedicaría a la busca y exploración sistemática de terrenos en las distintas provincias, integrada por Lapin —que mientras tanto había vuelto a sus tareas en Rusia— y dos agrimensores judeo-rusos sugeridos por Feinberg. Durante la segunda mitad de 1894, negoció con los candidatos las condiciones y salarios de sus funciones. Tras el acuerdo, Lapin y el ingeniero Miron Mitelman viajaron a Argentina en busca de terrenos fértiles y baratos.[37]

10. La realidad y las expectativas

Habían pasado tres años desde el despido del Dr. Loewenthal, y el proyecto no había avanzado más allá de lo logrado por este en cuanto a los precios de los terrenos del presente y en lo relativo a acuerdos concretos para la compra de los terrenos del futuro.

Los datos concretos de los gastos administrativos de la oficina de Buenos Aires superaban en mucho las estimaciones previas. Según el cálculo realizado por el contador Charlamb para la segunda mitad de 1892 (1.7.92-31.12.92), dichos gastos (sin considerar la compra de terrenos) llegaban a 1.931.830 francos, suma que echaba por tierra todas las previsiones del Barón. Pero pese a la alarma que esas enormes cifras le suscitaron, no modificó sus planes para el futuro, porque las consideró un accidente propio de un proyecto en sus comienzos. En el segundo informe anual de la JCA, halló alentador el hecho de que las pérdidas (142.500 libras esterlinas) no habían afectado su capital, porque el interés obtenido por sus fondos había suplido la falta.[38] A fines de 1894, suponía el Barón que los gastos administrativos se reducirían y serían cubiertos por los ingresos provenientes de las cuotas abonadas por los colonos y por cierto aumento en el precio de los terrenos que sería cargado a sus deudas. Por lo tanto, pese a su disgusto ante los egresos de la primera época, el Barón mantenía la expectativa de una mejora al final del segundo periodo de su proyecto, ya que la compra de los terrenos del futuro permitiría una planificación diferente de las chacras y reduciría las inversiones y los gastos administrativos.

Tampoco en la cuestión de las relaciones legales de la JCA con los colonos marcharon las cosas tal como las había previsto el Barón a comienzos de 1892. En lugar de un contrato que formalizara la autonomía y la mutua responsabilidad de los colonos —los dos principios sobre los que deseaba basar sus colonias—, el contrato finalmente acordado, tras conversaciones con sus representantes y sus asesores legales, explicitaba solamente las relaciones individuales del colono con la compañía, y su compromiso de participar en las áreas de la vida colectiva aparecía como otra obligación para con la JCA. Aun así, los contratos constituían, desde el punto de vista del Barón, otro signo de su confianza en el desarrollo correcto de su proyecto en los tiempos por venir.

11. Perspectivas para el futuro

Una administración eficiente y leal a sus ideas, agricultores aptos establecidos mediante un método colonizador adecuado, una planificación presupuestaria y legal confiable: en el logro de todas esas condiciones veía el Barón el requisito previo y la garantía para su ambicioso proyecto. Durante tres años debió luchar con toda clase de incidentes y situaciones que procuró manipular y controlar a distancia. Más de una vez debió adaptar sus instrucciones a la realidad argentina, tal como esta trasuntaba hasta él. Pero a comienzos de 1895 pudo considerar que sus esfuerzos eran coronados por el éxito.

Al frente de la oficina de Buenos Aires se hallaban Hirsch y Cazès, sobre cuya lealtad y disposición a aceptar sus principios y decisiones no le cabían dudas, tal como lo indica el tono de satisfacción que predominaba en su correspondencia con ellos. Los informes de ambos lo convencieron de que finalmente las colonias veteranas habían alcanzado estabilidad administrativa, social y productiva. Casi 15.000 hectáreas sembradas de trigo prometían, pese a la caída de los precios, un ingreso no menor de 60.000 libras esterlinas. Por lo tanto, era de esperar que tras la cosecha los colonos no solo dejarían de comer a la mesa de la JCA, sino que podrían comenzar a saldar sus deudas.[39]

En la provincia de Entre Ríos se estaba aplicando el nuevo método de asentamiento, en cuyas posibilidades de éxito confiaba el Barón, aunque no respondía exactamente a sus deseos. Al mismo tiempo había quedado claro que el presupuesto real del proyecto, aun en su formato reducido, era muy diferente del previsto. Sin embargo, aunque las perspectivas de equilibrarlo no eran alentadoras, todavía eran probables cambios positivos: los precios de los cereales en el mercado mundial podrían recuperarse; los ingresos de los colonos podrían aumentarse mediante la diversificación de los cultivos y el agregado de nuevos ramos agrícolas. Ello, sumado al hecho de que los contratos estaban listos para la firma, le daba al Barón la sensación de que las bases de su gran proyecto estaban finalmente establecidas.

La prensa general y judía que seguía los eventos de la colonización en Argentina, y que en 1892 y 1893 se había apresurado a anunciar el fracaso del proyecto, cambió su actitud y a lo largo de 1894 comenzó a reflejar una imagen totalmente distinta. Un informe consular publicado por la cancillería británica describía en forma positiva y optimista el desarrollo del proyecto en Argentina. El Jewish Chronicle, principal órgano periodístico de los judíos de Gran Bretaña, destacó las esperanzas reflejadas en dicho informe, según las cuales el proyecto podría en un futuro convertirse en modelo de inmigración y colonización también para otros pueblos y no sería solo parte de la historia del pueblo judío.[40]

Una fuente importante de ese creciente optimismo residió en las entrevistas que el Barón concedió a diversos diarios. En febrero de 1894, en su encuentro con un periodista del Frankfurter Zeitung, desmintió los rumores sobre la paralización del proyecto y reafirmó su convicción de que la Argentina era el país adecuado para el mismo. En mayo, informó a un cronista del diario hungáro Pester Lloyd que todas las dificultades se estaban superando, y que confiaba en que representantes del periodismo europeo pudieran viajar a Argentina en un futuro cercano y verificar con sus propios ojos los progresos allí logrados.[41] Unos meses después le dijo al periodista judío Lucien Wolf que hasta entonces todos habían sido tanteos, giros a la derecha y a la izquierda, pero en ese momento, aun cuando todavía no se había encontrado el método ideal, al menos se sabía qué era necesario hacer. El Barón expresó su convicción de que llegaría el día en que se hallasen en Argentina de trescientos a cuatrocientos mil judíos, propietarios de chacras florecientes, ciudadanos respetados, fuente bendita de estabilidad y prosperidad nacional. Y según el periodista, añadió que estaba decidido a no detenerse hasta completar esa tarea.[42]

Su buen ánimo no decayó cuando, al cabo de dos años de establecido el proyecto de JCA en Rusia, los diarios de San Petersburgo comenzaron a preguntarse si no cabía revocar su autorización en vista de lo limitado de sus logros. Esa impresión se incrementó a finales de ese año, debido a grandes cambios que acaecían dentro de Rusia. La muerte de Alejandro III a comienzos de noviembre de 1894 y el ascenso al trono de Nicolás II fueron acompañados de una ola de esperanzas y conjeturas, y la busca de signos que indicaran cuál sería la actitud del nuevo emperador para con los judíos. Algunas medidas positivas adoptadas por el gobierno, aunque de escasa significación, fueron interpretadas por la prensa judía local como anuncios de un giro positivo en ese sentido. Las ceremonias de juramento de lealtad al nuevo zar, que se realizaron (según lo ordenaban las leyes) también en las sinagogas, tuvieron amplio eco. Y en una ceremonia dirigida por el rabino jefe de los judíos ingleses, Nathan Adler, en la gran sinagoga de Londres, este expresó su esperanza de que la política del nuevo zar sería diferente de la de su padre; entre las razones que mencionó estaban la amistad de Nicolás II con el Príncipe de Gales, y también lo que se conocía sobre su carácter moderado y apacible.[43]

La perspectiva de una relación más benigna para con los judíos rusos le resultaba muy oportuna al Barón, quien confiaba que ello le daría el tiempo necesario para consolidar su gran proyecto sobre la base de lo logrado hasta el momento. Por lo tanto, 1895 aparecía como el año del fortalecimiento. Si bien solo se asentarían cinco o seis nuevos contingentes, en Rusia ello constituiría una “señal de vida”. La mayor parte del tiempo se emplearía en concluir los preparativos para una colonización más amplia que comenzaría al año siguiente, y en la localización y adquisición de los terrenos del futuro.


  1. JCA/LON Rusia 1, propuesta de David Feinberg en su carta del 14.7.1892, Nº 18. El Barón la aceptó con ligeras modificaciones: CAHJP, JCA Argentina… (Buenos Aires/caja 2), carta del Barón, 22.8.1892, Nº 16.
  2. JCA/LON (299), carta de Roth al Barón, 5.4.1892; JCA/LON (304), carta de Charlamb, 4.8.1892.
  3. JCA/LON (307), carta de Goldsmid al Barón, 28.7.1892. Goldsmid le cuenta que los escasos colonos de Monigotes le enviaron una delegación de doce personas, porque no lograron ponerse de acuerdo en elegir a dos.
  4. Loewenthal dijo que si quienes los enviaban se parecían a los representantes, la noción de “colono judío” se volvería un título de honor. Cullen aspiraba a comprobar en su recorrida las posibilidades agrícolas potenciales del Chaco e inclusive invalidaría el testimonio de Warren sobre la falta de adecuación del clima para agricultores europeos. Roth pidió que entre los veteranos de Moisés Ville se eligieran 16 personas que empezarían la siembra en Entre Ríos (tarea que, como dijimos, no llegó a concretarse). Véanse las memorias del hijo de uno de los representantes en Rapoport (pp. 19-26).
  5. JCA/LON (Rusia 1A), cartas de Feinberg a París del 5, 7, y 10 de junio de 1892, a las que se adjuntaron los testimonios de personalidades destacadas de Kishinev y Odesa. Todas esas fuentes coinciden al menos en un punto: en mayo de 1892, los dos representantes ya no gozaban del apoyo y la confianza de sus compañeros.
  6. JCA/LON (359), carta del Barón a Goldsmid, 25.8.1892, Nº 65; 17.11.1892, Nº 81. Véase la noticia respecto al primer informe anual de la JCA en Jewish Chronicle, 23.12.1892.
  7. JCA/LON (Rusia 1A), carta de Feinberg desde Kishinev, 25.10.1892, Nº 22.
  8. JCA/LON (Rusia 1A), carta de Feinberg desde Odesa, 25.11.1892, Nº 23. Ya el 18.9.1892, Feinberg había informado al Barón que los grupos no respondían totalmente al “ideal”, pero eran personas buenas y trabajadoras.
  9. JCA/LON (Rusia 1A), traducción del poder firmado por los miembros de cada grupo.
  10. CAHJP, JCA Argentna… (Buenos Aires/6), carta del Barón a Goldsmid, 1.3.1893, Nº 118; véase en Jewish Chronicle, 3.3.1893 (p. 7), un informe acerca del encuentro. Como plataforma para el trabajo de los representantes, Feinberg elaboró un programa detallado de actividades; a su vez, el Barón redactó un programa general, según el cual, una vez aprobados sus cálculos, los representantes se abocarían al asentamiento de un único grupo, y solo después prepararían el de grupos adicionales, uno por uno. Las observaciones detalladas de la directiva de Buenos Aires a ambos programas no fueron tomadas en cuenta en el debate, porque las mismas —que en general expresaban reservas— fueron escritas el 12.3.1893 y llegaron al Barón cuando los representantes ya se hallaban en Argentina.
  11. JCA/LON (308), informe de los representantes.
  12. JCA (304), carta secreta de Kogan al Barón, 21.6.1893, Nº 5.
  13. JCA/LON (308), carta de Rapoport a Feinberg, 28.6.1893, Nº 5.
  14. JCA/LON (304), carta personal de Kogan al Barón, 21.6.1893, Nº 5.
  15. Ibídem, carta de Hirsch y Cazès, 2.9.1893, con una cita de la ley que responde a lo aducido por Kogan.
  16. Kogan sostenía que no era posible dirigirse a otra agencia de agrimensores porque las mediciones globales habían sido hechas por los hermanos Sol (contratados por la JCA), y todo nuevo contratista iba a querer volver a realizarlas según las medidas de la distribución interna. En carta al redactor de El Nacional (21.6.1893), Kogan rechazó los rumores acerca de un programa de asentamiento de 6.000 familias en 1893; véase CAHJP, JCA Argentina… (Buenos Aires/copia interna).
  17. JCA/LON (307), telegrama del Barón a Kogan, 23.3.1893.
  18. JCA/LON (Rusia 1), carta del comité, 26.7.1893; informe de la reunión de los representantes del 6.11.1893, que indica el 20 de octubre de 1893 como fecha de iniciación de las actividades de asentamiento.
  19. JCA/LON (304), carta de Hirsch y Cazès, 5.10.1893, Nº 226.
  20. JCA/LON (304), cartas de Kogan, 18.6.1893, 20.7.1893. JCA/LON (360), informe de Kogan sobre las colonias y los representantes, 15.12.1893; cartas del Barón, 15.12.1893 y 25.12.1893, donde también figura el informe de Kogan. JCA/LON (308) carta de Kogan al Barón 12.1.1894.
  21. JCA/LON (360), memorándum sobre el sistema de poblados y fincas, dirigido a la Comisión Directiva de la JCA y a las oficinas de San Petersburgo y Buenos Aires.
  22. JCA (308), carta de Rapoport a Feinberg, 21.1.1894.
  23. JCA/LON (320), informe de Cazès sobre su visita a Entre Ríos, 1.4.1894. Parte de la confusión de los delegados provenía de la incertidumbre sobre su futuro personal. Cazès trató de calmarlos y les prometió que también los representantes de grupos que finalmente no llegaran a Argentina serían establecidos en las colonias, y sus familias se reunirían con ellos a la brevedad.
  24. El 12.2.1894, Rapoport informó con alegría que había logrado anular un contrato por cien viviendas sin pagar indemnización; y el 12.5.1894, Hirsch y Cazès informaron sobre las dificultades en hallar proveedores de ladrillos (JCA/LON 320). A fines de julio, Hirsch y Cazès pidieron demorar el envío de los grupos.
  25. JCA/LON (385), memorándum del comité de Kishinev al Barón, julio 1893. El comité se quejaba de la mala situación por la que atravesaban esas familias ya en ese momento, cuando todavía faltaba un año entero de espera hasta la emigración.
  26. Sobre las normas y demoras causadas por los gobernadores de distritos, véase JCA/LON (Rusia 1B), carta del barón Günzburg, 21.4.1894, Nº 89.
  27. Uno de los últimos grupos, que contaba con 224 personas al partir de Odesa el 16 de octubre de 1894, continuó su viaje desde Génova con solo 198. La situación requería una investigación, y un funcionario de JCA fue enviado a Génova con ese fin. Véase CAHJP, JCA Argentina… (Buenos Aires/4), informe de Schwarzfeld a la JCA en París, 8.11.1894. Samuel Hirsch, quien viajó a Buenos Aires a comienzos de octubre en el Reghina Margarita, describió que los 190 futuros colonos en dicho buque contaban con la presencia de un matarife ritual, lo que les posibilitaba comer carne, y tuvieron la posibilidad de celebrar los servicios religiosos de Rosh Hashaná (Año Nuevo). Hirsch era consciente de que esas condiciones se debían probablemente a su presencia en el barco; por otra parte, describe el amontonamiento y la incomodidad reinantes, tal como figuran también en otras fuentes; véase JCA/LON (322), carta de Hirsch, 15.10.1894).
  28. Según un informe del Dr. Yarcho, el primer caso de tifus se produjo a comienzos de julio de 1894; la epidemia llegó a su punto más grave en septiembre y luego comenzó a disminuir, hasta desaparecer del todo en diciembre. Hubo un total de 230 enfermos (entre ellos, su propia esposa); el promedio de fallecimientos entre los infectados fue del 10%. Véase Ponte.
  29. JCA/LON (100), carta del Barón a San Petersburgo, 24.12.1894, Nº 103.
  30. JCA/LON (Rusia 2A), carta de San Petersburgo, 24.4.1894, Nº 93.
  31. JCA/LON (362), carta del Barón a Buenos Aires, 29.4.1894, Nº 265. El Comité de San Petersburgo apeló contra este concepto paternalista en tanto principio básico del contrato, en la carta Nº 93, mencionada en nota 29.
  32. JCA/LON (362), carta del Barón a Buenos Aires, 4.5.1894, Nº 270.
  33. JCA/LON (320), carta de Hirsch y Cazès al Barón, 3.5.1894, Nº 365.
  34. JCA/LON (304), carta del Barón a Kogan, 15.6.1893, Nº 22, con orden expresa de abstenerse de nuevas compras con el fin de calmar el mercado. Kogan publicó un anuncio en los diarios Deutsche La Plata Zeitung (5.7.1893), El Diario (5.7.1893) y The Standard (18.7.1893), negando que existiera la intención de comprar terrenos en las provincias de Santa Fe, Córdoba, Entre Ríos y Buenos Aires, y negando que se estuviera pensando en traer a nuevos inmigrantes.
  35. Encyclopaedia Britannica, 1968, vol. I, “Agriculture, the United Kingdom, depression and afterwards” (p. 389); vol. XVIII “Wheat, Prices and Statistics of, United Kingdom” (p. 494). Véase el testimonio de E.S. Wollman en Jewish Chronicle, 28.10-1892 (p. 9), sobre la continua baja en los precios del trigo en el mundo desde comienzos de la década de 1870 hasta 1892, de 320 a 165 francos la tonelada; su pronóstico era que el precio seguiría bajando, debido al aumento de las superficies sembradas.
  36. JCA/LON (362), carta del Barón, 10.8.1894. El argumento de que era imposible mantener una hacienda solo con siembras ya había sido presentado dos años antes a David Haim por colonos que habían decidido marcharse de Mauricio con ese motivo; véase JCA/LON (305). Pese a ello, Goldsmid resumió sus ideas respecto de la variedad dentro de las haciendas solo cuando ya se hallaba viajando de regreso a Europa; véase JCA/LON (307), carta de Goldsmid al Barón, 23.5.1893.
  37. El ingeniero Miron Mitelman, oriundo de Chernowitz, estudiante de yeshivá (academia talmúdica) y luego del Politécnico de Zurich, habia trabajado con éxito en la construcción del Canal de Panamá, pese a sufrir allí mucho por ser judío; véase JCA/LON (308), carta de Mitelman a JCA, 12.12.1894.
  38. JCA/LON (304), carta de Charlamb, 27.1.1893, Nº 101. CAHJP, JCA Argentina… (Buenos Aires/4), informe anual para 1892/1893, segundo año de existencia de la JCA.
  39. Véase el informe anual de la JCA para 1894 en Jewish Chronicle, 21.12.1894 (p. 11).
  40. S. H. Gastrell, Her Majesty’s Vice Consul at Buenos Aires, Foreign Office Reports, Annual Series, citado en Jewish Chronicle, 16.3.1894. El informe se basó en información suministrada por la oficina de JCA en Buenos Aires. Incluye el detalle estadístico de la población de las colonias en octubre de 1893, sus equipos de trabajo, superficies sembradas y tipo de cultivos. También se ocupa del programa de autogobierno y sus resultados, como si ya se estuviese implementando.
  41. Sobre el eco de esas publicaciones véase Jewish Chronicle, 2.2.1894 (p. 13), 1.6.1894 (p. 7).
  42. El artículo fue publicado en forma anónima por Lucien Wolf en Daily Telegraph, 7.7.1894, con el título “The New Exodus: A Chat with Baron de Hirsch”. Véase Fraenkel (p. 5). Las citas están tomadas del artículo de Wolf en Jewish Chronicle, 8.5.1906 (p. 11), que figura también en Grunwald (pp. 120-121).
  43. Jewish Chronicle, 30.11.1894, 7.12.1894, y sobre todo 21.12.1894, artículo editorial.


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