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El terrorismo de Estado en la fábrica Ford: mensajes y secuestros

María Josefina Martínez

Una mañana del año 1987, mientras cumplía la rutinaria tarea de anotar a mano en el libro de mesa de entradas los expedientes recién llegados a la Sala vii de la Cámara Nacional de Apelaciones del Trabajo, donde trabajaba como empleada de la última categoría del escalafón, uno de los expedientes llamó poderosamente mi atención. La carátula era “Conti, Juan Carlos y otros c/Ford s/despido”, y apenas lo abrí me encontré con decenas de fotocopias con membrete de la conadep[1], una documentación ciertamente poco frecuente en los expedientes que habitualmente pasaban por mis manos.

Durante los días siguientes, después de terminar la jornada laboral me quedé en la oficina para poder leer aquel voluminoso expediente y tomar notas minuciosas de toda la documentación que había ahí dentro. Un compañero de trabajo, al verme tan interesada por el caso, me presentó a los abogados que representaban a los trabajadores, quienes por esos días iban asiduamente a la mesa de entradas a preguntar por el expediente: uno de ellos era Néstor Vicente.[2] Conversando con ellos, mostrador judicial de por medio, me enteré de varias cuestiones jurídicas involucradas en el caso[3], pero fundamentalmente conocí un poco de la trágica historia de esos trabajadores que demandaban a la empresa Ford por sus despidos: habían sido secuestrados en los primeros días de la dictadura de 1976-1983 (se los habían llevado de adentro de la fábrica o de sus casas) y habían estado presos alrededor de un año, hasta que fueron liberados. El relato de los abogados incluyó un detalle que me impresionó mucho: esos trabajadores eran delegados que el día del golpe habían tenido una reunión con representantes de la empresa, y en el momento de la despedida uno de los directivos les había dicho: “Mándenle saludos a Camps”.

Así fue como conocí el caso de los trabajadores de la fábrica Ford secuestrados durante la dictadura y también el mensaje amenazador que los había precedido, lleno de significados horrorosos para quienes conocíamos cómo había seguido la historia, aunque, como veremos más abajo, eso no fue tan claro para los trabajadores que participaron de la reunión.

La historia quedó guardada por años en las fichas con la información del expediente y en algunas notas sueltas en mi cuaderno de campo de la época. En los años siguientes, me fui enterando a través de los diarios de algunos datos sueltos sobre el derrotero del juicio de lesa humanidad en el que se estaban investigando estos hechos, que recorrió un lento y complejo camino en los vericuetos de la Justicia Federal, encuadrado en lo que se conoce como megacausa “Campo de Mayo”, donde se juzgan los hechos ocurridos en la Zona iv, que, en los primeros años de la dictadura, estuvo a cargo de Santiago Omar Riveros.

En 2016 me convocaron desde Memoria Abierta[4] para entrevistar a una serie de fiscales con intervención en juicios de lesa humanidad, y, en forma imprevista, el caso volvió a interpelarme. En una de las entrevistas realizadas en agosto de ese año, el fiscal federal de San Martín, Marcelo García Berro, mencionó que uno de los expedientes que tenía en su fiscalía a la espera de que se fijara fecha de juicio era la causa “Ford”. Cuando le pregunté en qué fecha estimaba que podría iniciarse ese juicio, el fiscal me describió un panorama incierto: había muchos juicios en la misma situación y pocos jueces para formar tribunales que pudieran asumir juicios orales de esas características. El caso de los trabajadores de Ford secuestrados durante la dictadura se había cruzado una vez más en mi camino.

En el mismo momento en que salí de la fiscalía, me prometí a mí misma que, si ese juicio oral finalmente se realizaba, yo iba a estar ahí.

El terror en la fábrica Ford llega a juicio

El 19 de diciembre de 2017, el Tribunal Oral Federal n.° 1 de San Martín inició las audiencias del juicio de lesa humanidad en la llamada causa “Ford”. Los jueces que lo integraron inicialmente fueron Diego Barroetaveña, Mario Gambacorta y Osvaldo Facciano, y, durante el primer tramo de audiencias, participó, desde Rosario y por videoconferencia, Eugenio Martínez Ferrero en calidad de cuarto juez.[5]

Esta composición refleja las dificultades administrativas que me había detallado el fiscal del juicio, ya que solamente Barroetaveña pertenecía en ese momento a la Justicia Federal de San Martín, en tanto que los otros tres integraban la Justicia Federal de Rosario, provincia de Santa Fe, y viajaban cada 15 días para estar presentes en la celebración de las audiencias de este juicio. En agosto, el juez Barroetaveña fue designado para integrar la Cámara Federal de Casación Penal, y entonces la presidencia del tribunal fue asumida por Facciano, en tanto que Martínez Ferrero se integró al tribunal.

El juicio oral de la causa “Ford” se inició, finalmente, cuando faltaban pocos meses para que se cumplieran 42 años de los hechos denunciados y terminó un año después, el 11 de diciembre de 2018, con la condena de los tres imputados que llegaron vivos al juicio oral: Santiago Omar Riveros (15 años de prisión), Héctor Francisco Jesús Sibilla (12 años de prisión) y Pedro Müller (10 años de prisión).

En esas audiencias testimoniales que se desarrollaron en forma quincenal durante todo el año 2018, fue saliendo a la luz la trama del terror que se vivió dentro de la fábrica Ford durante la dictadura cívico-militar, y en particular lo ocurrido entre marzo y agosto de 1976, cuando el Ejército secuestró, en su puesto de trabajo o en su casa, a 24 trabajadores que en su mayoría eran o habían sido delegados.

Este trabajo se propone analizar en detalle lo ocurrido en esos días, porque entendemos que esa trama local encierra una cantidad de elementos que son determinantes para comprender la lógica del terrorismo de Estado en el nivel local.

En la fábrica Ford, que en 1976 tenía aproximadamente 7.500 empleados repartidos en tres turnos (aa. vv., 2015), esa trama estaba conformada por una multiplicidad de relaciones cara a cara entre los trabajadores y los representantes de la empresa, o mediadas por interacciones más o menos personalizadas, que durante el año anterior a los hechos presentados en el juicio se habían desarrollado en el marco de una relación tensa, marcada por un contexto general de reclamos y protestas de los empleados en la discusión salarial y reclamos particulares de la fábrica en torno a demandas de protección de la salud de los trabajadores. El 24 de marzo, eso cambió en forma abrupta.

A lo largo del juicio, se hizo visible la existencia de un proceso de persecución política al interior de la fábrica Ford, con un fuerte involucramiento de la empresa tanto por acción como por omisión, que se tradujo en un cambio de las condiciones del diálogo entre la empresa y los trabajadores y en tres olas de secuestros: la primera se dio entre el mismo 24 y el 28 de marzo, cuando once empleados fueron secuestrados (cuatro de ellos en la fábrica, los siete restantes en sus casas o en la vía pública); la segunda fue el 12 y el 21 de abril, cuando secuestraron dentro de la fábrica a otros once trabajadores; y la tercera fue el 8 de agosto, cuando secuestraron dentro de la fábrica a dos más.

El golpe de Estado del 24 de marzo de 1976 y la dictadura que se instauró consecuentemente produjeron efectos inmediatos en la relación entre los trabajadores de Ford y la empresa: las actividades sindicales quedaron expresamente prohibidas por la patronal y por esos mismos días se dio la primera ola de secuestros de delegados. El terrorismo de Estado actuó en la fábrica Ford desde el momento mismo en que comenzó la dictadura, pero no lo hizo sino a través de la trama de relaciones existente.

Los testimonios de los trabajadores en el juicio y otras fuentes consultadas nos brindan información sobre el quiebre que se produjo el 24 de marzo con respecto a la actividad gremial, cuando el gerente de relaciones laborales, Guillermo Galarraga, reunió a los delegados y lo comunicó en forma expresa y en clave de amenaza.

Pedro Troiani, uno de los delegados secuestrados dentro de la fábrica unas semanas después del golpe de Estado, relató la situación en estos términos:

El 24 de marzo de 1976, el día del Golpe, Galarraga nos reúne en la Planta de Montaje, turno tarde, y nos dice que están suspendidas las actividades gremiales. Nos dice: “Desde hoy, los delegados son los capataces y si hacen algo, la van a pasar mal”. Yo me fui a una oficina, otra vez di la cara, a preguntar por los compañeros. La oficina tenía vidrios opacos y veo que desde adentro me revolean algo. Me fui (fragmento de la declaración testimonial de Pedro Troiani, delegado, el 20/02/2018).

El entonces delegado Adolfo Sánchez describe, a su tiempo, los pormenores de la escena de la reunión entre la empresa y los delegados:

El 24 de marzo de 1976 salí normalmente, más allá de los comentarios de lo que estaba pasando. El 25 vuelvo a la planta, entro sin ningún problema, el capataz me estaba esperando, voy a mi puesto de trabajo […] nos reunimos con Marcos y nos dice que teníamos que levantar el “trabajo a tristeza” y aumentar la producción. Le decimos que tenemos que hacer asamblea y consultar con los trabajadores. Nos reunimos ahí, al lado de la puerta. No estaban todos. Algunos tenían miedo. Los baños estaban llenos de militares. En la asamblea les decimos que había que levantar la medida, que no había más delegados, que ya no lo éramos porque estaba prohibido y que si no levantábamos íbamos a ir presos, en primer lugar, los delegados (fragmento de la declaración testimonial de Adolfo Sánchez, delegado, 20/03/2018).

Ese momento determinante, en el que la empresa prohibió la actividad sindical en la fábrica, aparece descripta inclusive en algunas de las sentencias judiciales del caso, como la siguiente:

Habrá de señalarse que conforme con los testimonios obrantes en autos de Adolfo Omar Sánchez, Juan Carlos Ballesteros, Pastor José Murúa, Rubén Manzano y Juan Carlos Amoroso –entre otros–, se tiene por acreditado, con la convicción suficiente que requiere la etapa procesal que se transita, que el 25 de marzo de 1976 la empresa convocó una reunión en la planta de estampado a la que debieron asistir los nombrados hallándose presente por la patronal entre otros, el imputado [Guillermo Galarraga] que tomó la palabra para, entre varios ítems, hacerles saber que se habían suspendido las actividades gremiales (fragmento de la sentencia de la Cámara Federal de San Martín, Sala i, 23/10/2013).[6]

Los testimonios transcriptos hasta aquí relatan hechos que son muy significativos para una reconstrucción histórica, pero ese no es el objetivo de este trabajo. Las voces de quienes en aquel momento eran trabajadores y delegados en la Planta Ford Pacheco describen además, con la fuerza de la vivencia y la participación directa, una dinámica en la que podemos identificar ciertas particularidades, sobre las cuales se centrará el análisis que sigue.

Los testimonios en el juicio y las fuentes complementarias consultadas confirman dos cuestiones: por un lado, el mismo 24 de marzo la patronal prohibió expresamente la actividad gremial dentro de fábrica y, para comunicarlo, hizo una reunión con los delegados. Por el otro, los delegados informaron la noticia al resto de los trabajadores en una asamblea.

Estas formas de funcionar y de transmitir la información echan luz sobre dos elementos de la dinámica de relaciones sociales e interacciones entre distintos actores que organizaban la rutina laboral por esos días en la fábrica Ford. En primer lugar, muestran que las reuniones y las asambleas tenían una función importante por aquellos días previos al golpe de Estado, en cuanto mecanismo de circulación de la información y toma de decisiones. En segundo término, describen formas de funcionamiento estructuradas en torno a la inmediación de las relaciones personales entre los distintos actores, en un esquema jerárquico, que muestran lógicas propias de comunidades organizadas en torno a relaciones cara a cara.

Eso significa que el día 24 de marzo la decisión de la patronal de prohibir la actividad sindical no solo estaba cercenando explícitamente un derecho político de los trabajadores, sino que, al mismo tiempo, anulaba una forma de comunicación y circulación de la información que formaba parte de la rutina laboral y la vida cotidiana dentro de la fábrica.

Ambos mecanismos nos llevan a analizar las características particulares de las relaciones sociales imbricadas en el nivel de la fábrica, que, sin duda, estaban inscriptas en las formas generales de la relación capital-trabajo de ese momento, pero tenían a la vez una densidad que nos devela algunas claves para comprender el papel de la dimensión local del ejercicio del terror.

Por eso, vamos a analizar ahora algunas cuestiones de la etapa previa en la cual esta dinámica hunde sus raíces.

La etapa previa al terror

El clima que se vivía en la fábrica Ford antes del golpe de Estado fue evocado en el juicio por varios testigos, y en sus declaraciones se destacan dos elementos: existía un clima sindical centrado en reclamos salariales y de mejora en las condiciones de trabajo, y ellos habían percibido un despliegue más o menos visible de mecanismos de vigilancia dentro de la empresa. En los meses previos, los testimonios refieren a un momento de alta movilización y fuertes reclamos que excedían el contexto de la fábrica Ford, pero que allí se manifestaban de forma particular. Esto nos impulsa a tomar nota de la “iluminación general”, al mismo tiempo que orientamos nuestro análisis hacia las “tonalidades específicas” ( Thompson, 1989).

Uno de los temas importantes del reclamo de los trabajadores giraba en torno a las condiciones de trabajo en general y, especialmente, al pedido de medidas de prevención y protección para evitar los efectos del plomo en el cuerpo de los empleados. El exdelegado Troiani puso de manifiesto las consecuencias en la salud de los obreros que trabajaban con estaño:

El tema del plomo fue bravísimo. Y el plomo te quita la fuerza, te da fiebre, no sabés de qué te viene la fiebre, sos impotente sexual… y montones de cosas que te trae el tema. Y nosotros los coches había que estañarlos. Y las artimañas que usaba Ford para hacer trabajar a la gente y que no den parte de enfermo, fueron calamitosas. Porque los coches en aquel tiempo se estañaban […]. Había cabinas de estañado, y se trabajaba con estaño. El estaño vuela y se te mete en la sangre, por más que tengas lo que tengas para que te reparen. Ellos tenían toda su ropa en condiciones para trabajar, pero nosotros veíamos que salía mucha gente con parte de enfermo, iban a enfermería, iban al sanatorio, y ya los mandaban de nuevo a trabajar. Después veíamos que había gente que se iba con parte de enfermo y estaban mucho tiempo con parte de enfermo. No creíamos nosotros en el Centro Médico de la empresa. Fuimos con algunos compañeros a la Facultad de Medicina y les hicimos un chequeo. Y ahí comprobamos que era imposible que una persona pudiera trabajar así, con esa cantidad de plomo en la sangre. Era tan elevado el grado de plomo que tenían en la sangre que se les transformaba en cromo[7] (aa. vv., 2015: 471).

El testimonio de Roberto Cantello en el juicio vuelve a traer al primer plano la importancia del tema en la vida de la fábrica en la década del 70.

Tenía plomo en la sangre y me atendí en el Hospital Fernández. El plomo no se va nunca, se activa con el calor. También perdí el 80 % de la audición de un oído, por las pulidoras neumáticas. Tengo carraspera permanente, consecuencia del plomo en sangre, que produce muchos daños físicos. Nunca la empresa solucionó esos problemas (fragmento de la declaración testimonial de Roberto Cantello, 17/04/2018).

El año 1975, además, estuvo signado por reclamos y protestas que iban mucho más allá de las temáticas de la salud en la fábrica. Esas manifestaciones alcanzaron su pico en el mes de junio, luego de las medidas económicas anunciadas por el entonces ministro de Economía, Celestino Rodrigo, que implicaron, entre otras cosas, una fuerte devaluación del peso y una suba generalizada de tarifas. Las medidas fueron anunciadas el 4 de junio,

y en la asamblea realizada por los operarios de Ford el día 6 de junio, Mercado, secretario adjunto del smata, intentó convencer a las bases de aceptar el acuerdo paritario. Denunció, además, al activismo “subversivo” y uno de los trabajadores recibió agresiones de un grupo de matones, de modo que Mercado debió retirarse de la asamblea repudiado por estos hechos.[8] Diez días después se realizó una de las más densas movilizaciones protagonizadas por los obreros de Ford: Los trabajadores deciden en asamblea el lunes 16 de junio movilizarse hacia la sede central de la cgt, recorriendo a pie 17 km de la ruta panamericana durante seis horas en una columna de 5000 operarios. La marcha recogió a su paso la adhesión de la gente y fue sumando grupos de otras fábricas. Solo pudo ser detenida en las proximidades de la Gral. Paz por un operativo policial que reunió más de 200 agentes federales, 21 patrulleros y 3 carros de asalto[9] (aa. vv., 2015: 465).

Pero eso no era todo. Los trabajadores, además, habían detectado desde antes del 24 de marzo la presencia en la fábrica tanto de personal de las fuerzas armadas y de seguridad con uniforme, como de personas ajenas a la fábrica, que suponían infiltradas. Ante una pregunta de la defensa del imputado Sibilla referida a las huelgas del año 1975 y a la posibilidad de que estuvieran infiltradas por personal de las fuerzas de seguridad, un trabajador declaró en el juicio:

Nosotros investigamos gente extraña que había dentro de la fábrica, hicimos un seguimiento hormiga y lo planteamos a la empresa, y no los dejaron entrar más. Fueron unos 30 o 35. Estábamos seguros de que la empresa los había puesto para seguirnos, para romper una huelga. Estábamos muy unidos. Con Amoroso fuimos a hablar con Fernández, le preguntamos quiénes eran, y él hizo un gesto así… (fragmento de la declaración testimonial de Adolfo Sánchez, delegado, 20/03/2018).

El clima general y la dinámica de las relaciones entre representantes de la empresa y trabajadores al interior de la fábrica Ford sufrió un quiebre explícito el 24 de marzo de 1976, y esa semana marcaría a fuego la vida de la comunidad en general y de los 24 trabajadores secuestrados ese año.

Los secuestros de marzo

Esa trama de relaciones tensas pero próximas, en la que “todos se conocían por la cara”, y constitutiva de la vida cotidiana en la fábrica, se rompió el día del golpe, y eso dejó paso al ejercicio de la violencia y el terror, lo que alteró la lógica de las interacciones del periodo previo:

Al día siguiente [del golpe de Estado] vuelvo a la planta, a mi lugar de trabajo. Había más hostilidad, se te reían. Había militares con fusiles. Nos dicen que vamos a tener una reunión en el 1.° piso (arriba del vestuario, en Estampado), con Galarraga. Estaban Marcos, el superintendente, Fernández, y no recuerdo si estaba Sibilla pero me parece que estaba presente también… [El capataz me dijo] que tenía que ir a una reunión con el presidente de Ford, que me estaban esperando. Antes de entrar a los vestuarios, estaban apostados los militares. Fuimos Amoroso, Chitarroni, Ballesteros, Murúa, Repossi, otros que no me acuerdo. En esa reunión habló Galarraga. Nos dice que se acabó la actividad gremial en Ford, que teníamos que empezar a trabajar y colaborar con la empresa y aumentar la producción. Nos miraban en forma amenazante, “Acá mandamos nosotros”, “Los vamos a mandar a todos presos”, solo eso les faltó decir. Habló un compañero, y luego yo; le dije que no teníamos miedo, que no teníamos antecedentes y que íbamos a trabajar. “Larguen la paleta, porque la pelota la tenemos nosotros”, y “Ya que están, mándenle saludos a un amigo mío, Camps”. Amoroso me dice “Debe ser Gamp”, un tipo con el que hacíamos remo. No sabíamos quién era Camps. Nos enteramos en la comisaría. Ese día era un viernes [26 de marzo] y el 28 me secuestran (fragmento de la declaración testimonial de Adolfo Sánchez, delegado, 20/03/2018).

En su declaración, este delegado describe en un solo párrafo los cambios ocurridos en el clima general (“había hostilidad”, “se te reían”) y las nuevas características de las relaciones entre los representantes de la patronal y los trabajadores (“Larguen la paleta, porque la pelota la tenemos nosotros”). Pero además menciona las palabras del gerente Galarraga[10], un mensaje que anticipaba un terror que en ese momento los delegados no pudieron descifrar, porque nunca había escuchado hablar de Camps[11]:

Ese día del Golpe la guardia de Ford les pedía la credencial a todos, hasta que llega Repossi y lo paran y lo entregan a Sibilla[12], pero no lo sacaron, lo llevan adentro de la fábrica. Yo vi eso desde 40 o 50 metros: guardia de Ford, gente uniformada, el jefe era Sibilla, y un grupo. Eran de una empresa de vigilancia, pero Sibilla, que era el jefe de seguridad de Ford, los dirigía […]. Yo me preocupo por mis compañeros. Unos días después voy a la guardia a preguntar, me atienden los de verde. Me dice que vuelva a las 14 h para hablar con el teniente coronel Molinari. Me entrevisto con él. Le pregunto qué está pasando, “Fijesé”, le digo, “que están haciendo abuso de autoridad”. Pocos días antes habían entrado a la casa de Amoroso y de otro. Yo con Amoroso tenía una relación. Cuando fui a ver a Molinari, él estaba adentro de la fábrica, a metros de la puerta 2. Me hice acompañar por otro compañero. Yo sabía que era peligroso lo que estaba haciendo, tenía miedo, pero queríamos saber (fragmento de la declaración testimonial de Pedro Troiani, delegado, el 20/02/2018).

El miércoles 24 de marzo de 1976, el día del golpe de Estado, fueron secuestrados once trabajadores de la fábrica Ford. Durante las audiencias del juicio, varios empleados relataron lo ocurrido ese día, describiendo tanto el impacto que este tuvo en la cotidianeidad de su lugar de trabajo, como la forma en que se produjeron los secuestros.[13]

El 24 de marzo, el Ejército invade la fábrica. Nosotros nos sorprendimos. Ese día ingreso en el turno de la tarde, ingresamos bien, pero a los que salían los chequeaban, les pedían documentos. Un compañero me avisa qué está pasando eso. Yo estaba en el vestuario, y voy a la puerta: había un operativo terrible. Habían detenido a un delegado, un compañero nuestro, Repossi. Un camión del Ejército entra a la fábrica. A la noche, detienen a dos delegados del Comedor [Constanzo y De Giusti]. Voy a preguntarle a Medina, le cuento que están deteniendo compañeros, le pregunto qué pasa. Medina se preocupa, y me dice que va a ver. Va a la puerta 1, vuelve y me dice “Vos no me viste, yo no te vi, porque vas preso” (fragmento de la declaración testimonial de Pedro Troiani, delegado, el 20/02/2018).

Marcelino Víctor Repossi fue secuestrado ese día, a las 23:30 h aproximadamente, en la puerta de la fábrica. Según los testimonios de su compañero, lo llevaron para adentro, al Quincho, donde fue interrogado y golpeado. A Francisco Guillermo Perrota lo secuestraron en la playa de estacionamiento de la fábrica, dos personas de civil que lo subieron a un Ford Falcon. Era delegado de la parte de los empleados administrativos de la planta, un sector que nunca había tenido representación gremial.[14]

Los secuestros de Jorge Enrique Constanzo y Luis de Giusti, dos empleados y delegados de comedor, se dieron dentro de la fábrica y en su horario de trabajo, y la esposa del segundo describió en el juicio cómo se vivió ese momento:

Lo conocí en 1975, en la empresa, los dos trabajábamos en el comedor. Él trabajaba en la despensa, yo era supervisora de compras […]. Para marzo de 1976 ya éramos novios. El 24 de marzo fui a trabajar. Ese día, cuando ya había empezado el servicio de cena, empezó un alboroto y dijeron que se habían llevado a los dos delegados. Le comentaron a la dietista y ella llamó a la guardia porque le habían sacado dos personas que estaban bajo su órbita. Los dos delegados eran Jorge Constanzo y Luis de Giusti. La dietista era Cristina y estaba a cargo de todos nosotros, era la autoridad del comedor. Ella iba pasando, estaba nerviosa, mal, y nos iba comentando lo que iba haciendo. Dijo que se iba a comunicar con Relaciones Laborales, pero no sé si fue (fragmento de la declaración testimonial de Silvia Mirta De Giusti, empleada del Comedor de Ford en 1976 y esposa de Luis de Giusti, el 12/06/2018).

Cuatro días después, el domingo 28 de marzo, siete trabajadores de Ford fueron secuestrados en sus casas o en la vía pública, y llevados a la Comisaría de Ingeniero Maschwitz: Juan Carlos Amoroso, Juan Carlos Ballesteros, Roberto Cantello, Carlos Enrique Chitarroni, Pastor José Murúa, Rubén Ernesto Manzano y Adolfo Omar Sánchez.

Después de salir de esa reunión, nos sentimos amenazados y con miedo de ir presos. Entonces dijimos que el lunes nos íbamos a juntar y a presentar en la comisaría de Tigre por eso de los antecedentes, pero no pude. El domingo 28 había estado trabajando con mi suegro haciendo los cimientos de la casa, vivíamos con ellos, y estaba en la cama jugando con mis dos hijitos. Siento una frenada. Sale mi suegro, estaba ahí afuera, le preguntan si yo estaba, mi suegro había tomado un poco de vino y no los dejaba pasar. Le digo a mi señora que agarre a los chicos, y cuando salgo lo veo a mi suegro en el piso, le habían pegado un culatazo. Entro, me subo a la cama. Entran 3 y les digo que me maten ahí. Ya se habían llevado a De Giusti, a Constanzo y a… [se emociona]. Me sacan de casa, medio en cueros, descalzo. Preguntan si tengo armas. Yo tenía una pancarta que decía “Bienvenido mi General. smata presente”. Me dicen que me van a tirar al río como a todos los zurdos. Eran 6, de civil, con armas largas, itakas, escopetas. No se identificaron. Lo único que yo vi, cuando se presentan a mi suegro, es que tenían en la mano mi credencial de Ford, seguro se la habían dado en la empresa para que fueran a buscarnos […]. Me pegan en la espalda, me tiran al piso del auto […]. Me dicen que van a buscar a Ballesteros. Vamos para la casa, sale la mamá (reconozco la voz) y les dice que no está, que está en lo de la novia y que vuelve a la noche. A mí me tenían en el piso del auto, con las manos atrás, y me habían tirado algo en la cabeza. De ahí, dicen que van a buscar a Chitarroni y a Murúa, le preguntan si los conoce. Dice que sí, que son compañeros. Le pegan una trompada en la columna. Cuando llegan a lo de Murúa, me sientan con esa capucha en la cabeza y lo suben a “Garrapata” Murúa. Me pregunta quién soy. Dice “Nos van a matar”. Íbamos por Panamericana, veo un cartel de Escobar (fragmento de la declaración testimonial de Adolfo Sánchez, delegado, 20/03/2018).

Ese día secuestraron también a Roberto Cantello, aunque él ya no trabajaba en la fábrica porque se había ido el año anterior. Cuando en el juicio le preguntaron por qué pensaba que lo habían detenido, dijo que creía que fue porque él molestaba mucho con el tema de seguridad laboral.

Estaba durmiendo. Llegaron, dijeron ser policías, con la credencial de Ford. Me dejaron que me cambiara y dijeron que me tenían que llevar a Campo de Mayo. Un primo de mi mujer, que vivía a pocas cuadras, trabajaba en Coordinación Federal. Los que fueron a buscarme eran 3 varones, de particular, dijeron que eran de Coordinación Federal, de unos 40 años más o menos. Vinieron en una rural Falcon, por los faros redondos traseros era un modelo viejo, y un helicóptero arriba pasando constantemente […]. Luego fueron a detener a Manzano, y lo suben a la Rural también. En un momento pasaron por un control y los hicieron bajar la cabeza. Luego, les pusieron las esposas (fragmento de la declaración testimonial de Roberto Cantello, 17/04/2018).

Los trabajadores secuestrados ese día fueron llevados a la comisaría de Ingeniero Maschwitz, y algunos de los hechos ocurridos allí nos servirán para analizar una nueva arista de la trama local de relaciones.

Nos bajan, nos ponen contra una pared, decían “Matalo”, se escuchaban ruidos, como tiros sobre la cabeza. Al entrar, me corro la capucha y veo un escudo como de comisaría […]. Después del simulacro de fusilamiento, me tiran en un calabozo. Me llevan con Murúa, el compañero que tenía al lado. Pero sentíamos que había más personas y empezamos a hablar entre nosotros. Estábamos atados con soga. Nos ponemos de espalda y nos desatamos. Cuando se dan cuenta, me atan con alambre y me dan una patada en el estómago (fragmento de la declaración testimonial de Adolfo Sánchez, delegado, el 20/03/2018).

Luego de pasar tres días en ese estado, ocurrió algo que permite indagar en las particularidades locales de este caso. El testimonio de Adolfo Sánchez descubre la complejidad de la trama de relaciones.

Nos tuvieron tres días sin comer. Cuando nos desatan y nos sacan la capucha, el subcomisario, el “Colorado” Masera, nos reconoce. Nos conocía de la fábrica. Esa noche comimos un asado con él. Nos dice que nosotros no podemos estar presos. Dice que esa comisaría [la comisaría de Maschwitz] corre riesgo de ser “tomada” y que nos van a trasladar a la comisaría de Tigre (fragmento de la declaración testimonial de Adolfo Sánchez, delegado, el 20/03/2018).

Es muy importante aquí saber en qué circunstancias el subcomisario había conocido a estos trabajadores de Ford, y la información surge del mismo testimonio: “Cuando había problemas en Ford, la empresa llamaba a la policía y venía ‘el Colorado’ Masera, y hablaba con nosotros, los delegados. Por eso nos conocía”, declaró Adolfo Sánchez.

El asado fue el 3.° o 4.° día en que nos tenían secuestrados en esa comisaría, a la noche. Y al terminar de comer, el subcomisario nos dice amablemente que seguramente nos iban a largar. Nos llevan a todos, Amoroso, Chitarroni, Murúa, Cantello… Éramos 5 o 6 en una camioneta, sin capucha, sin esposas […]. Nosotros nos sentimos cómodos con el reconocimiento de este subcomisario, fue amable, nos dijo que nos trasladaban a Tigre por seguridad, porque podía haber un copamiento de la comisaría […]. En la camioneta, una Estanciera vieja, iban 2 policías y nosotros, todos apretados atrás. Sin nada, yo creo que fue porque este señor nos conocía y sabía qué clase de personas éramos (fragmento de la declaración testimonial de Adolfo Sánchez, delegado, el 20/03/2018).

La escena del asado y sobre todo las circunstancias en que se había producido el conocimiento previo entre el subcomisario y los trabajadores agregan un elemento al análisis al sugerir que el quiebre de las formas previas en la trama de relaciones dentro de la fábrica mencionado más arriba no necesariamente afectó en forma inmediata los códigos morales vigentes en esa comunidad local constituida por la fábrica y su entorno. Los trabajadores de Ford, golpeados y humillados en el momento del secuestro, se vieron reconocidos por uno de los jefes a cargo de la comisaría, que no solamente volvió a colocarlos en el lugar previo de interlocutores válidos, sino que, basándose en su valoración personal hacia ellos, les aseguró que iban a salir en libertad. Y, así y todo, eso no los salvó de un destino trazado más allá de las competencias burocráticas de un subcomisario.

En su testimonio, Adolfo Sánchez sigue aportando información sobre ese primer momento: “Al llegar a la comisaría de Tigre sale una patota de militares, que no estaban encapuchados, vimos los uniformes, y ahí nomás nos esposan, nos golpean y nos llevan a los calabozos” (fragmento de la declaración testimonial de Adolfo Sánchez, delegado, el 20/03/2018).

La aparente contradicción puede ser analizada desde otro ángulo: los múltiples eslabones de la materialización del terrorismo de Estado a nivel local no necesariamente actuaban siempre como una máquina kafkiana imprimiendo las sentencias sobre los cuerpos; en algunos casos, la trama de relaciones sociales incidía muchas veces en forma bizarra sobre el desarrollo de los acontecimientos. Los relatos de los protagonistas nos permiten, entonces, profundizar el conocimiento de las dinámicas locales yendo más allá de las determinaciones generales.

En la Comisaría 1.° de Tigre, se encontraron con varios trabajadores de la zona a quienes conocían de diferentes actividades sindicales, y con los cuatro compañeros de Ford secuestrados el mismo 24 de marzo. Recién allí comprendieron el sentido más profundo del mensaje del gerente en la reunión del 24 de marzo.

Algunas veces [en la Comisaría 1.° de Tigre] recibíamos comida. El policía que la traía decía: “Vino un familiar”. No sé cómo se habían enterado. Alguien dijo que había estado Camps, y que había una fila de familiares en la puerta. Arriba teníamos un parlante y escuchamos “Por orden del General Camps” y ahí paramos la oreja: era el que había nombrado Galarraga, era su amigo (fragmento de la declaración testimonial de Adolfo Sánchez, delegado, el 20/03/2018).

En ese momento, en la profundidad de las celdas de una comisaría de la Zona Norte del Gran Buenos Aires convertida en centro clandestino de detención por el imperio de la decisión burocrática de la dictadura, los trabajadores de la fábrica Ford encerrados ahí en calidad de detenidos-desaparecidos comprendieron el sentido último de la amenaza del gerente de relaciones laborales. Porque en esa reunión la patronal no solamente les estaba notificando la decisión de desconocer los derechos sindicales y estaba modificando en forma drástica la lógica de los circuitos de información y toma de decisiones dentro de la fábrica, sino que les estaba anunciando, sobre todo, que el terrorismo de Estado no era una abstracción encerrada en comunicados militares transmitidos por los medios de comunicación, sino una realidad palpable, próxima, física, que no solo iba a avasallar la integridad física de los delegados en los meses siguientes, sino que iba a seguir persiguiéndolos por muchos años, hasta el fin de los días de la dictadura.

Pero ese es otro capítulo de la historia.


Los juicios de lesa humanidad, por lo general, se inscriben en una serie que los contiene y que tributa a un relato público en el que los organismos de derechos humanos juegan un papel importante como actores sociales y políticos. Son actores vinculados estrechamente con la dimensión de las víctimas y sus familiares, pero también actores en sí mismos que, a lo largo de los años, han construido un lugar de legitimidad y reconocimiento que les da visibilidad en la agenda pública

El papel de las víctimas, de los familiares, de los militantes locales suele ser menos visible. Sin embargo, tanto los juicios como las sentencias están en estrecha relación con la participación de ellos en el largo camino que supone llegar a un juicio oral por delitos de lesa humanidad. Son quienes garantizan que la información, los documentos, los relatos, otros testigos lleguen a las fiscalías, los juzgados y los tribunales. En alguna medida, son los que contribuyen a consolidar las condiciones materiales de producción de los juicios, en un largo, persistente y por momentos tenso intercambio con las burocracias judiciales.

La realización del juicio oral en la causa “Ford” por delitos de lesa humanidad es el resultado de la constancia, la tenacidad y la capacidad de organización de los trabajadores secuestrados que llevaron adelante a lo largo de décadas la recopilación de información, las declaraciones testimoniales, las demandas judiciales y el constante impulso del caso en todos los espacios disponibles, hasta lograr remover la infinidad de obstáculos que fueron surgiendo en el camino al juicio. Ese proceso hizo posible este juicio, que es la condición material necesaria que habilitó la escena para que esos hechos ocurridos 42 años antes pudieran por fin ser relatados y explicados ante un tribunal, pero también ante toda la sociedad. El juicio es, en consecuencia, el resultado de un proceso de construcción colectiva, que podría pensarse en términos de “activismo” en general, pero que en cada caso hace un recorrido particular, vinculado de manera múltiple y compleja con las características de cada caso.

Este artículo está elaborado a partir de la información surgida en las audiencias del juicio oral presenciadas por quien esto escribe, tanto en el estrado como en algunos intercambios informales mantenidos con diferentes actores en el contexto de dichas audiencias.

El foco está puesto en la información que fue apareciendo a lo largo del juicio, y en la forma en que esta fue poniendo al descubierto diferentes aspectos de una trama local constituida por las relaciones entre trabajadores y representantes de la patronal que se vio fuertemente atravesada por la dictadura y el terrorismo de Estado, en un contexto de relaciones que se daban mayormente en una escala cara a cara.

Y aunque toda esa información se encuentra registrada y puede ser relevada en diferentes fuentes secundarias, en el juicio emerge a partir de un relato en el que se entrelazan constantemente las dimensiones individuales y colectivas de los hechos y que emana de un “nosotros” que va trayendo hacia el presente una cantidad de datos y emociones que han permanecido en muchos casos bien escondidas en las memorias individuales.

La trama del terrorismo de Estado dentro de la fábrica Ford empezó a develarse allí, en el juicio, 42 años después del golpe de Estado de 1976 y de los hechos, cuando varios testigos relataron en primera persona los detalles de la reunión que algunos delegados tuvieron con directivos de la empresa justamente por esos días, y mencionaron aquel mensaje que me había impactado tanto cuando los abogados laboralistas me lo contaron y que los trabajadores que asistieron a la reunión no llegaron a comprender en ese momento.

Bibliografía

aa. vv. (2015). Responsabilidad empresarial en delitos de lesa humanidad. Represión a trabajadores durante el terrorismo de Estado, tomo 1. Buenos Aires, Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de la Nación.

Löbbe, Héctor (2006). La guerrilla fabril. Clase obrera e izquierda en la Coordinadora de Zona Norte del Gran Buenos Aires (1975-1976). Buenos Aires, Ediciones Razón y Revolución.

Löbbe, Héctor (2004). “Las ‘desmemorias’ de José Rodríguez”. En El Aromo, n.º 15.

Martínez, María Josefina (2010). “La vida de los expedientes judiciales”. Ponencia presentada en las Sextas Jornadas sobre etnografía y Métodos Cualitativos, ides, Buenos Aires, 11 al 13 de agosto.

Martínez, María Josefina (2007). “Violencia institucional y sensibilidades judiciales. El largo camino de los hechos a los casos”. En Antropolítica. Revista Contemporánea de Antropología, n.° 22, Universidad Federal Fluminense, Río de Janeiro, Brasil, 1.° semestre de 2007, pp. 75-94.

Martínez, María Josefina (2006). “La violencia institucional indagada: el trámite tribunalicio, el peso de la escritura y la fragmentación de los relatos”. Publicado en las Actas del 8.º Congreso Argentino de Antropología Social. Salta, septiembre de 2006. Editorial de la Universidad Nacional de Salta. Versión digital en cd.

Thompson, Edward P. (1989). Tradición, revuelta y conciencia de clase. Estudios sobre la crisis de la sociedad preindustrial. España, Editorial Crítica.

Expedientes judiciales

Sentencia de la Cámara Federal de San Martín, Sala i, en la Causa 10.619 (FSM 868/2013/CA1) “Legajo de apelación del procesamiento del 20/5/2013” del Juzgado Federal de San Martín n° 2, Sec. ad hoc n° 4012 ‐caso 142‐ Sec. Penal n° 1 ad hoc Reg. n°: 9682. Publicada en cij (Centro de Información Judicial). Disponible en bit.ly/38VeP0E.


  1. La Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (conadep) fue creada en diciembre de 1983 en los primeros días del gobierno de Raúl Alfonsín, mediante el Decreto n.° 187/1983, y funcionó hasta el 20 de septiembre de 1984. En esos nueve meses de trabajo, recogió el testimonio de miles de víctimas y familiares de víctimas de la dictadura militar 1976-1983. El corpus de testimonios recogidos fue el insumo principal en el Juicio a las Juntas Militares y en muchos de los que le siguieron.
  2. Néstor Vicente era por esos días un dirigente político muy activo, que en ese año se había alejado del Partido Intransigente (pi) para fundar el partido Izquierda Democrática Popular (idepo) junto con Eduardo Luis Duhalde y Luis César Perlinger.
  3. En ese momento, el expediente en cuestión acababa de volver de la Corte Suprema de Justicia de la Nación con malas noticias para ese grupo de trabajadores de Ford: se había confirmado la decisión de la jueza de primera instancia y el Poder Judicial les negaba a los trabajadores el derecho a reclamar su despido porque consideraba que había pasado el plazo que tenían para hacerlo, desconociendo la enorme dificultad de iniciar esa demanda en una dictadura, recién salidos de la cárcel y todavía vigilados cotidianamente por las fuerzas armadas y de seguridad.
  4. Memoria abierta es una alianza de organismos de derechos humanos que, desde el año 2000, lleva adelante distintas iniciativas para promover la memoria de las violaciones a los derechos humanos en el pasado reciente.
  5. Los juicios de lesa humanidad son muy largos en virtud de la cantidad de casos que reúnen, y por eso se prevé la asistencia al juicio de un cuarto juez que participe en forma pasiva, pero que, en caso de tener que reemplazar a alguno de los integrantes del tribunal, pueda hacerlo conociendo el contenido de las audiencias desde el inicio.
  6. Sentencia de la Cámara Federal de San Martín, Sala i, en la Causa 10.619 (FSM 868/2013/CA1) “Legajo de apelación del procesamiento del 20/5/2013” del Juzgado Federal de San Martín n.° 2, Sec. ad hoc n.° 4.012 –caso 142– Sec. Penal n.°1 ad hoc Reg. n.° 9.682. Publicada en cij (Centro de Información Judicial). Disponible en bit.ly/3zY6Dc3.
  7. Entrevista a Pedro Troiani realizada en septiembre de 2012, citado por Lascano Warnes, M. Florencia, Cambios y continuidades en la historia de los trabajadores industriales argentinos (1973-1983). Una aproximación a través del caso de Ford Motor Argentina SA. Tesis de maestría, Bs. As, ungs, noviembre de 2012, pp. 41-42.
  8. Löbbe (2006).
  9. Löbbe (2004).
  10. Guillermo Galarraga era gerente de Departamento Personal Jornalizado y Relaciones Laborales en la fábrica Ford, y tuvo un lugar relevante en la gestión de la Planta en el momento del golpe de Estado y durante la dictadura. Estuvo imputado en la causa “Ford”, pero murió antes de la iniciación del juicio oral.
  11. El entonces coronel Ramón Camps fue “entre diciembre de 1973 y diciembre de 1975 el jefe del Destacamento de Exploración de Caballería Blindada 101 en Toay”, provincia de La Pampa (diario La Arena, 14 de julio de 2014), y a principios de 1977 fue designado jefe de la Policía de la Provincia de Buenos Aires, donde funcionó una red de centros clandestinos de detención (ccd) en dependencias de la policía provincial conocida como “Circuito Camps”. Murió en el año 1994, sin haber sido juzgado por los delitos de lesa humanidad en los que participó.
  12. Héctor Jesús Sibilla era jefe de seguridad de la planta, y fue condenado a 12 años de prisión el 11/12/2018.
  13. Esta información fue relevada durante el juicio y corroborada con la lista de trabajadores secuestrados que la querella entregó a los asistentes durante la audiencia de los alegatos en diciembre de 2018.
  14. Estos datos fueron leídos por los abogados representantes de la querella de los trabajadores en la apertura del juicio oral.


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