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Reflexiones sobre una experiencia como testigo de contexto en el juicio “Operativo Independencia”

Santiago Garaño

Hacia finales de abril del año 2016, el Ministerio Público Fiscal solicitó que remitiera copia de mi tesis doctoral sobre la experiencia de los soldados conscriptos enviados al “teatro de operaciones” del Operativo Independencia en la provincia de Tucumán entre 1975 y 1977, con el objeto de incorporarla como “prueba en el debate oral” que se llevaría adelante en la causa por las violaciones a los derechos humanos cometidas durante esa campaña militar.[1] En pocas semanas se iniciaba el juicio oral y público denominado “Operativo Independencia”, el decimosegundo que se llevó a cabo en esa provincia por este tipo de crímenes de Estado.[2] Desde ese momento, me fui preparando para ser convocado como “testigo de contexto”, esa figura jurídica, entre el testigo y el perito, que se ha ido consolidando desde la reapertura de los juicios en 2005 por violaciones a derechos humanos cometidas durante la última dictadura.[3]

Debo confesar que lo que sentí fue una mezcla de miedo y orgullo. Miedo porque, pese a especializarme en temas de memoria, dictadura y derechos humanos, nunca había declarado en un juicio de lesa humanidad. Y orgullo porque se me hizo patente que podía aportar parte del conocimiento que había producido en el marco de mi tesis doctoral, basada en una investigación realizada entre 2009 y 2011, en la que entrevisté a exsoldados que habían sido enviados al “teatro de operaciones” de Tucumán (Garaño, 2012). Cuando recibí el llamado del tribunal oral para declarar en el juicio, esa mezcla de orgullo y miedo se transformó en un gran sentido de responsabilidad: mi tesis doctoral era una de las pocas investigaciones que reconstruía las formas de la represión durante el Operativo Independencia. Por un lado, consideré que no solo era una responsabilidad académica, sino también ética: poder transmitir el sufrimiento que vivieron mis entrevistados, soldados conscriptos que fueron obligados a combatir contra la llamada “subversión” en el sur tucumano. Por otro lado, que mi tesis se convirtiera en “prueba” de un juicio le daba otro sentido a ese trabajo académico: poder aportar una serie de historias y argumentos elaborados desde las ciencias sociales para la construcción de una verdad jurídica sobre lo sucedido en Tucumán a mediados de los años 70. En lo personal, me reconfortó que tanto esfuerzo, que a veces se traduce en la mera presentación de trabajos académicos, tuviera otra audiencia: en este caso, un tribunal oral. De todas maneras, me parecía un desafío buscar incidir en un marco tan significativo: un juicio oral y público donde se investigan los delitos de lesa humanidad cometidos con anterioridad al golpe de Estado de 1976 en una de las provincias más golpeadas por la represión ilegal, Tucumán.

Partía de una gran incertidumbre: no sabía qué condiciones de escucha podía tener mi testimonio como antropólogo en este “debate oral”. A la hora de preparar mi declaración, busqué realizar una operación típicamente antropológica, pero sin caer en la jerga de mi campo ni en largas digresiones disciplinares. Busqué reconstruir la lógica del mundo de los conscriptos enviados al sur tucumano, volverla inteligible “en los propios términos” y “desde la perspectiva” de los exsoldados, para que pudiera ser comprensible para el tribunal oral y el público. Con mi declaración mi objetivo era realizar un típico ejercicio antropológico basado en, siguiendo la fórmula de Roberto Da Matta (1999), “familiarizar lo exótico” (la experiencia de los soldados en el sur tucumano entre 1975 y 1977) y “exotizar lo familiar” (objetivar los principales ejes de mi tesis, un trabajo terminado en 2012 que desnaturaliza muchas de las representaciones que circulan socialmente sobre el servicio militar obligatorio). Hacer etnografía implicaba reconstruir la lógica de la conscripción en los tiempos del Operativo Independencia, y cómo este marco de represión ilegal había alterado las prácticas, rutinas y valores que habían organizado el paso por el servicio militar obligatorio, desde su creación a principios del siglo xx.

El segundo desafío era poder traducirla y explicarla para oyentes que no la conocían de primera mano: el tribunal y el público que asistía a las audiencias. Para ello, busqué un equilibrio entre adaptar el discurso y el lenguaje para que pudiera ser comprendido por el tribunal oral y mantener la legitimidad del experto, ya que había sido convocado en función de esa expertise disciplinar.

Durante una semana suspendí todas mis actividades laborales y me dediqué a releer la tesis doctoral y los trabajos que escribí sobre el tema. Debo confesar que conocer la lógica del mundo judicial y tribunalicio, gracias a mi pertenencia al Equipo de Antropología Política y Jurídica desde 2004, me dio muchas herramientas a la hora de enfrentar un juicio oral y público. También hablé con otros cientistas sociales que habían declarado en juicios de este tipo o que conformaron equipos de acompañamiento profesional. Ellos me habían alertado de que, frente a cuestiones que no había abordado en mi tesis, podía responder que “no me constaba”, que “no recordaba” o “no sabía”, y me habían recomendado hacer respuestas breves y contundentes. Busqué los argumentos más potentes; estudié los ejes principales de mis trabajos; refiné los conceptos para que fueran comprensibles para una audiencia no académica; conversé con muchos colegas; ensayé en mi casa durante horas y horas mi planteo; y me preparé para encarar la declaración, que iba a ser una de las primeras en el marco de este juicio sobre los crímenes cometidos en contexto del Operativo Independencia.

La audiencia

El 2 de junio, llegó el día de declarar. No fue en la sala de audiencias del Tribunal Oral Federal de Tucumán, sino en el Consejo de la Magistratura de la Nación, ubicado en la Ciudad de Buenos Aires, a través del sistema de videoconferencias. Con anterioridad, habían declarado otros “testigos de contexto” ya que parte de la estrategia jurídica de la Fiscalía había sido iniciar este juicio con testimonios que dieran cuenta del contexto represivo más amplio, antes que centrarse en los casos individuales (que iban a poblar la mayoría de las audiencias restantes).

La pantalla que se encontraba frente a mí estaba dividida: por un lado, la imagen del tribunal, conformado por tres miembros, en vivo y en directo desde la provincia de Tucumán; por otro lado, en imágenes más pequeñas, “el cuarto juez” (o “juez sustituto”), y distintos represores acusados de delitos cometidos en el Operativo Independencia, desde sus lugares de detención, que cumplen condenas por otras causas judiciales. Una secretaria del Consejo de la Magistratura fue la encargada de certificar la validez de mi declaración.

Luego de saludarme y tomarme juramento de decir la verdad, el presidente del tribunal, el Dr. Gabriel Casas, me informó que en primer lugar el fiscal de la causa, el Dr. Pablo Camuña, me iba a realizar algunas preguntas. A continuación, el representante del Ministerio Público Fiscal me preguntó por mi formación de grado y posgrado y mi ocupación actual, seguramente con el fin de legitimar mi rol como experto en el tema sobre el que iba a declarar. Respondí que soy licenciado y doctor en el área de Antropología y agregué que defendí mi tesis doctoral sobre la experiencia de los soldados conscriptos enviados al “teatro de operaciones” del Operativo Independencia, en la Universidad de Buenos Aires, en diciembre de 2012. Luego, expuse mis credenciales académicas: actualmente soy investigador del Conicet, integro desde 2004 el Equipo de Antropología Política y Jurídica y soy profesor de la Universidad Nacional de Tres de Febrero.

A partir de ese momento, durante poco más de una hora intenté sintetizar los principales argumentos de mi tesis, que –destaqué– se divide en dos partes.[4] En la parte i, titulada “Cuarteles”, analizo cómo ese contexto de represión política durante el Operativo Independencia alteró la lógica de funcionamiento del servicio militar obligatorio, una institución que por esos años era casi centenaria, ya que en Argentina había sido creada a principios del siglo xx. Mientras que, en la parte ii, titulada “El monte”, relato la experiencia de los soldados en el sur tucumano a partir de febrero de 1975, cuando se inició el Operativo Independencia. Destaqué que mi tesis se centró específicamente en las puestas en escena o, en términos militares, las tareas de acción psicológica, es decir, formas elaboradas por las Fuerzas Armadas argentinas para producir consenso y adhesión en torno a su accionar militar.

Un “teatro de operaciones”

Luego, el fiscal me preguntó: “¿Cómo fue hacer el servicio militar obligatorio en tiempos del Operativo Independencia?”. Argumenté que una de las principales preguntas de mi tesis fue por qué, a partir de febrero de 1975, las autoridades militares construyeron el “monte tucumano” –un espacio relativamente periférico en la escena nacional– como el centro de la estrategia represiva. Sostuve que el Operativo Independencia tuvo dos facetas. Por un lado, una faceta oculta donde se implementó por primera vez de manera masiva un sistema institucional de desaparición forzada de personas y donde se inauguraron los primeros centros clandestinos de detención, tal como afirma Pilar Calveiro (1998). Por otro lado, una faceta visible del operativo sobre la que se centró mi tesis de doctorado: aquellos aspectos que se mostraron de la represión en el sur tucumano, las tareas de acción psicológica.

Hice una digresión sobre el concepto “teatro de operaciones” y planteé que, si bien este forma parte de la terminología militar clásica, el uso de una metáfora o analogía dramática de la vida social (pensar el monte tucumano como teatro) me llevó a reflexionar sobre un aspecto central del poder de represión: su dimensión expresiva y sus puestas en escena. Sostuve que el uso de ese concepto me condujo a pensar qué puestas en escena se hicieron en ese “teatro”. Y agregué que el sur tucumano se convirtió para el Ejército Argentino en un “teatro apto para dramatizar que allí se libraba una “guerra” y que, a fin de lograrlo, se valieron de unas imágenes muy caras y sentidas para el imaginario bélico y nacionalista. Destaqué que uno de los tópicos había sido mostrar que los protagonistas de esta supuesta “guerra” eran los soldados conscriptos, aquellos que cumplían el servicio militar obligatorio, como si ellos fueran los representantes de todo el pueblo argentino. Y, por otro lado, se buscó crear una continuidad entre este operativo y la “gesta de la Independencia” argentina, librada en esa misma provincia en el siglo xix. “Esas son dos de las puestas en escena o tópicos más potentes que se hicieron en el sur tucumano”, sinteticé.

Los soldados conscriptos

Sobre la experiencia de los soldados, destaqué que durante todo el año 1975 en la revista Soldado Argentino, destinada a la tropa que cumplía el servicio militar obligatorio, se buscaba alentar el mandato del sacrificio de la vida, es decir, que estuvieran dispuestos a comprometerse activamente en la lucha contrainsurgente. Sin embargo, argumenté que, exhibidos como “protagonistas” de esta lucha, mi hipótesis es que ellos fueron espectadores del ejercicio de estas formas de represión y audiencia privilegiada de estas puestas en escena que se hicieron en el sur tucumano. Recordé que, cuando los entrevisté, a diferencia de los relatos oficiales, me transmitieron que “no habían estado preparados” para la posibilidad de morir, que les había dado terror ir al monte tucumano, y que habían sido obligados, es decir, que no habían tenido la posibilidad de negarse a ir a esas misiones que duraban 45 días. “Creo que experimentaron en sus propios cuerpos el terrorismo de Estado, y vivieron una experiencia límite que marcó su vida, y me lo han transmitido con ese dramatismo, con ese dolor, que aún me conmueve”, planteé.

Cuando el fiscal me consultó si había estudiado casos de soldados desaparecidos, destaqué cómo en esos años el servicio militar obligatorio era un espacio organizado por una epistemología de la sospecha y por la búsqueda de soldados infiltrados por parte de organizaciones armadas. También, que muchos recordaban que los habían tratado “igual que a los subversivos”, y sostuve que tanto los soldados conscriptos como aquellos que eran acusados de ser activistas políticos “eran considerados sujetos cuyas vidas no valían la pena ser preservadas, y por eso eran sometidos a ese tipo de maltratos”. Asimismo, afirmé que, en el sur tucumano, se había creado un estado de excepción, en términos del filósofo italiano Giorgio Agamben (2004), “donde todo era posible, porque había un fuerte desprecio no solo por la población del sur tucumano, sino también por los soldados conscriptos”.

La faceta destructiva y productiva

A continuación, el fiscal me pidió que desarrollara la idea de que la campaña militar tuvo una doble faceta, destructiva y constructiva. Entonces, planteé que mi hipótesis es que el “monte tucumano” no era solamente un paisaje natural, sino un espacio activamente producido por estas puestas en escena.

Muchos pobladores del sur tucumano, a quienes entrevisté por su condición de [ex]soldados, me comentaron que el sur tucumano se volvió un espacio muy peligroso, donde cualquiera que se atreviera a circular por ahí era un ser peligroso y sometido a la posibilidad de ser asesinado indiscriminadamente. Entonces, la represión tuvo una faceta que mostraban, y otra que ocultaban. [Y], al mismo tiempo […] tuvo una dimensión destructiva, porque evidentemente el sur tucumano fue un espacio donde el terror atravesó todo el tejido social. Y, cuando digo eso, [quiero decir] que, como investigador nacido en Capital Federal, cuando uno habla con pobladores nacidos en el sur tucumano, la mayoría tuvieron un paso por un centro clandestino de detención, que puede haber durado días, meses o más… En el sur tucumano, el terror atravesó todo el tejido social, y todos se volvieron seres sospechosos. Y también tuvo una faceta productiva: se produjo un espacio de excepción, donde todo era posible y se buscó alterar las relaciones sociales.

Indicando que excedía el período de tiempo que se investiga en este juicio, retomé “el dato más significativo” de esta faceta productiva: cómo, desde mediados de 1976, se inauguraron cuatro pueblos con nombres de supuestos “caídos” por la guerrilla, unidos por una ruta asfaltada. Esta acción

fue la gran estrategia final del poder militar para escenificar que se había producido un nuevo tipo de ordenamiento social, [que buscaba] disciplinar a la población del sur tucumano e imponer el dominio militar sobre ese espacio de fuerte conflicto social.

Luego, el fiscal me pidió si podía explicar con más detalle la noción de “construcción del concepto de guerra”, así como “los mitos en los que fundaron esa idea de la guerra”. Retomando el concepto del antropólogo Michael Taussig (2006), planteé que en el sur tucumano se construyó una cultura del terror y que para ello fue fundamental la producción de rumores y de mitos sobre la peligrosidad de la guerrilla. Otra modalidad fue utilizar un modo muy despectivo de referirse a todo opositor político: el concepto de “fulero”. Indiqué que, para mí, que nací en Buenos Aires, “fulero” significaba ‘feo’, ‘fiero’, como lo establece la jerga del tango. Sin embargo, cuando hice trabajo de campo en Tucumán, me di cuenta de que ese concepto se usaba en los años 70 para estigmatizar a los militantes de izquierda, al igual que el de “mono”:

La construcción del enemigo se basó en este conjunto de rumores, sobre su peligrosidad, que fueron pulidos, estandarizados y producidos por el personal militar. De modo que yo veo los efectos [de esa cultura del terror] en el modo en que dejó una huella en los exsoldados, construyendo un clima de fuertes riesgos, construyendo a este enemigo como “fulero” y también como “mono”, porque andaba en el monte, lo que nos muestra una deshumanización de aquellos que eran objetos de una persecución.

Frente a la pregunta sobre si los soldados entrevistados recordaban “grandes enfrentamientos” con la guerrilla, respondí que estos relataron que se vivía un “simulacro de guerra” y que los supuestos “combates eran un desastre total”. También, que me conmovió mucho un entrevistado que me contó que en ese clima de miedo casi se terminaron matando entre compañeros y que, antes que una “guerra”, rememoraban haber vivido el terror en carne propia.

Sobre el concepto de “espectacularización del terror”, señalé que este tenía una función moralizante y se vinculaba con

un terror que, al mismo tiempo que se oculta, en los centros clandestinos de detención, [también] se muestra, o se escenifica, en el control poblacional, en los fuertes operativos de detención, en la aparición de cuerpos tanto en la vía pública, o tirados en el monte.

La acción de propaganda

El fiscal me pidió que detallara qué tipo de “acciones de propaganda y qué medios utilizaban” para construir un mensaje sobre lo que sucedía en el sur tucumano. Destaqué las visitas de periodistas que fueron enviados a la zona de operaciones en noviembre de 1975, “un gran operativo de propaganda” donde se buscó construir un relato sobre lo que estaba sucediendo en Tucumán:

Obviamente no se mostraba lo que sucedía en los centros clandestinos de detención; se mostraba esa especie de escenario bélico. Si ustedes ven la cobertura de los medios, hay un relato muy pulido, muy estandarizado; se construye el “monte” como un espacio muy peligroso, de naturaleza salvaje, lleno de secretos y peligros.

Señalé cómo se hizo una “gran puesta en escena” en ese “teatro”, “que era mostrable”, y se construyó la idea de un lugar muy adverso, de que los protagonistas eran los soldados conscriptos, de que había un enemigo muy peligroso, pero, fundamentalmente, de que ahí se libraba una “batalla central” contra la guerrilla. Estos tópicos –agregué– fueron muy importantes para construir esa cultura del terror y para difundirla no solo entre los pobladores y en la sociedad argentina, sino entre la propia tropa: “[Se buscaba] que estuvieran aterrorizados y que también estuvieran dispuestos a hacer cualquier cosa en ese contexto del terror”.

Luego, retomé la pregunta de “¿Por qué Tucumán?”. Y, para responderla, relaté que el primer comandante de la v Brigada de Infantería, Acdel Vilas (1977), escribió un manuscrito sobre su experiencia en el sur tucumano. En este libro reconocía que la ciudad de San Miguel de Tucumán –y no el monte– era el “verdadero meollo del problema”. Entonces, volví a preguntar por qué el sur tucumano había sido construido como “centro” si el mismo Vilas había reconocido que el “centro de agitación política” estaba en la ciudad. Retomé el argumento central de mi tesis: que eso se debía a que ahí se pudo hacer una puesta en escena de una “guerra”, apelando a valores nacionalistas muy potentes, que obviamente buscaban generar la adhesión social en relación con ese operativo represivo. Fundamentalmente, porque en este teatro” era posible montar escenas de la represión que se podían mostrar a la sociedad argentina, mientras que no se podía hacer lo mismo con el horror que sucedía en los centros clandestinos de detención. Apelando a estas imágenes nacionalistas, el sur tucumano se volvió una escenografía muy propicia para ocultar la represión ilegal.

Los aspectos metodológicos

Por último, el fiscal me consultó sobre la cantidad de entrevistas realizadas, a lo cual respondí que mi trabajo de campo se basó en la realización de 19 entrevistas a exsoldados de las clases 52 a 59 y la consulta de material documental, destacando que relevé el diario La Gaceta entre 1974 y 1977, revistas militares, artículos periodísticos de revistas y diarios nacionales y libros testimoniales.

Las preguntas

El cierre de mi declaración como testigo estuvo marcado por la hostilidad de las preguntas realizadas por la defensa de los acusados. Por ejemplo, el Dr. Edgardo Adolfo Bertini, uno de los tres miembros de la “defensa pública”, intentó cuestionar la validez de mis planteos, enfatizando que solo había hecho 19 entrevistas y no había entrevistado a personal militar. Por mi parte, señalé las dificultades de acceder a exsoldados y uniformados que quisieran hablar públicamente de su paso por el Operativo Independencia.

Luego le tocó el turno a un defensor particular, el Dr. Facundo Maggio:

Defensor [Maggio]: Cuando usted hace referencia al “teatro de operaciones”, ¿hace referencia a la zona de operaciones establecida en la zona de Tucumán? ¿A qué hace referencia específicamente?

Testigo de contexto [Garaño]: Yo expliqué que, si bien es un término que proviene de la terminología militar, a mí el concepto de “teatro de operaciones” me inspiró a una reflexión sociológica e histórica, sobre cómo en ese espacio llamado “teatro de operaciones” […] me llevó a pensar qué puestas en escena se habían hecho en ese “teatro”. Es un uso, si se quiere, metafórico de un concepto bélico, es con fines de iluminar una dimensión que puede ser la acción psicológica y que yo llamo “puestas en escena”…

D: Sí, sí, eso me quedó claro… Otra pregunta. Usted dijo que una especie de estrategia final era poner nombres en el sur tucumano de cuatro personas que habrían muerto por la guerrilla. Yo le pregunto si usted conoce los nombres de esas poblaciones y los hechos que dieron lugar a poner esos nombres, las circunstancias que llevaron a poner esos nombres, de las personas…

T: Entiendo que no se refiere al periodo de estudio. Sí, fueron cuatro poblaciones unidas por una ruta, de las que lo que yo analizo en la tesis es cómo fueron utilizadas como una puesta en escena por el personal militar para ratificar un dominio sobre esa zona conflictiva.

D: Está claro… […]. Sí, pero, como usted refiere a cuestiones de contexto, le pregunto si nos puede decir el nombre de esas poblaciones, y si sabe qué pasó con esas personas en la historia o el período este donde habrían sido “abatidas”…

T: Teniente Berdina, capitán Cáceres, soldado Maldonado y ahora tendría que revisar el último…

D: Y ¿qué habría pasado con esas personas? Usted dijo que habrían sido abatidas por la guerrilla, si no entendí mal.

T: Yo lo que digo es otra cosa. Yo lo que quiero decir es que sus vidas –y le agradezco mucho su pregunta, porque quiero enfatizar [esta idea] y no pude hacerlo en mi exposición–, […] fueron construidas en términos de “víctimas”. Que más allá de los hechos, sobre los cuales yo no investigué particularmente…

D: Ah, esa era la pregunta…

T: Fueron construidas como figuras paradigmáticas que se habían “sacrificado en aras de la victoria”, etc., etc., etc.…

D: Pero ¿usted no investigó sobre esos hechos?

T: Entonces estas figuras fueron construidas por el personal militar y tuvieron una función central en esto que yo llamo ”buscar la legitimidad”…

D: Disculpe, pero no está contestando la pregunta, ¿no sabe si fueron fantasía o realidad esos hechos que habrían dado origen a esos pueblos…?

T: No, no investigué [eso], yo investigué…

Por último, frente a los ataques de uno de los imputados, mi respuesta intentó ser breve y contundente, destacando las reglas del oficio de investigador:

Imputado [Lazarte]: Sí, habla el coronel Lazarte. Dr., por lo que pude escuchar, es un proyecto de tesis o una tesis doctoral, que sustenta el testigo. En principio, parece ser que desconoce cuál es la génesis de lo que se estaba librando…

Fiscalía: Son apreciaciones…

Presidente del tribunal: Bueno, eso ya son consideraciones suyas… Lo que usted quiera preguntarle, Sr. Lazarte… Él ha hecho una tesis doctoral, bien o mal según su criterio, pero que ha sido aprobada y felicitada por el tribual evaluador. Usted pregunte lo que pueda serle de su inquietud al testigo…

I: Yo la calificaría de paupérrima, pero, de todas maneras, la pregunta es: ¿sabe el testigo cuál es la génesis de la guerra que se libró en la provincia de Tucumán y cómo se llegó a esa guerra?

Presidente del tribunal: No, no, es un especialista… ¿Ha entendido la pregunta?

T: Sí, mire, yo quiero hacer una aclaración sobre las reglas que atienen a mi disciplina. Yo soy un investigador, especialista en historia reciente. Para poder hacer esta tesis, conté con dos becas del Conicet, que es el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, que son becas que se obtienen mediante un concurso nacional, muy selectivo, y esa tesis fue aprobada. Con base en esa tesis, publiqué artículos, que también fueron sometidos a doble referato. Entonces […] mis hipótesis son discutibles, en sentido de que se puede estar de acuerdo o no, pero el campo de la investigación tiene reglas de producción de conocimiento. Lo que yo digo ha sido sometido a múltiples instancias de evaluación, tanto por quienes han evaluado mi tesis, como las becas […], como en los artículos. En relación con la pregunta, lo que yo le puedo responder es que el Operativo se inició en cumplimiento de un decreto, que ya había habido operativos previos en el año 74, que habían estado a cargo sobre todo de la Policía Federal, y en el 75, el 9 de febrero, se inicia por un decreto presidencial…

Lazarte: No responde a lo que yo pregunto…

Presidente del tribunal: Bueno, esa es su evaluación… ¿Alguna pregunta? De todas maneras, una génesis formal dio….

Lazarte: Lo que coloca es el origen, la matriz del problema que se iba a … porque de lo contrario, estamos haciendo un relato que ya ha aparecido en 5 mil libros que relatan lo que ha sucedido en ese nefasto período de la guerra revolucionaria en Argentina. Esto es lo que quería decir…

A modo de conclusiones

El cierre de mi declaración como “testigo de contexto” estuvo marcado por la tensión que viví debido a la hostilidad de las preguntas de los abogados defensores y de uno de los imputados, Lazarte, quien tuvo un rol central en el aparato de inteligencia montado durante el Operativo Independencia. Estos cuestionamientos iluminaron el rechazo que despertó en la defensa de los acusados el concepto de que en el sur tucumano el poder militar había montado un “teatro” basado en una serie de puestas en escena. Vemos cómo en estos juicios se dirimen no solo la verdad jurídica, sino también la búsqueda de imponer un relato legítimo sobre la historia reciente tucumana, una memoria pública que sea socialmente aceptada. En este sentido, mi declaración fue considerada muy perturbadora para aquellos que sostienen que en el sur de Tucumán se libró una “guerra”.

Para cerrar, quiero dejar instalada una pregunta, sobre la que no tengo una respuesta definitiva: ¿para qué puede servir este tipo de declaraciones realizadas en un juicio por delitos de lesa humanidad? En lo personal, declarar en el Juicio del Operativo Independencia tuvo una dimensión que puedo llamar “reconfortante”. Desde el año 2008 tengo dedicación exclusiva a la investigación y docencia universitaria; luego de declarar en este juicio, sentí que haber trabajado tantos años en una tesis doctoral ahora tenía otro valor, un uso inesperado y un (potencial) impacto en la justicia que me volvieron a reconectar con la importancia de la tarea emprendida.

Considero que las ciencias sociales pueden aportar una mirada distinta sobre la represión estatal en uno de los ámbitos hegemónicos para la construcción de una verdad sobre lo sucedido en el pasado reciente dictatorial argentino: la justicia penal, donde se juzgan estos crímenes de Estado. Para ello, quiero señalar tres recaudos.

En primer lugar, si desde el Equipo de Antropología Política y Jurídica algo hemos aprendido a lo largo de estos años de investigación entre abogados y funcionarios judiciales es que el lenguaje jurídico ejerce una suerte de fascinación sobre los antropólogos que trabajamos en ese mundo (Sarrabayrouse Oliveira, 2009). Esto hace que en muchas ocasiones comencemos a “hablar en jurídico” (Tiscornia, 2011), olvidando que –una vez que hemos logrado acercarnos– parte de nuestra tarea es poder distanciarnos de ese lenguaje para poder explicar qué suponen y significan esas categorías (Sarrabayrouse Oliveira, 2009). Nuestra finalidad no es convertirnos en meros traductores de expedientes judiciales, sino poder reconstruir prácticas, lógicas burocráticas y relaciones entre grupos, fenómenos que se encuentran velados tras ese abigarrado lenguaje y esas formas excesivamente reglamentadas que caracterizan al mundo judicial (Sarrabayrouse Oliveira, 2009).

En segundo lugar, la figura del “testigo de contexto” tampoco implica hacer gala de discusiones meramente disciplinares como antropólogos. Ello es así porque (sin dejar el lugar de experto) debemos adecuar nuestro lenguaje de acuerdo a los contextos –en este caso, un juicio oral– y pensando en la audiencia sobre la que se busca incidir –el tribunal–, incorporando algunos términos que ayuden a establecer un diálogo fértil con el mundo jurídico. Durante mi testimonio, como no sabía si el saber antropológico estaba legitimado en el tribunal oral tucumano, ni si los actores estaban dispuestos a incorporar esa perspectiva, traté de no retomar mis planteos más disciplinares, ni utilizar conceptos típicamente antropológicos, como el de “reciprocidad”, “sacrificio” y “ritual” (que sí usé en mi tesis doctoral). Sí entiendo que el mayor aporte fue plantear el concepto sociológico del “teatro de operaciones”, al que considero la principal contribución conceptual de mi tesis doctoral.

En síntesis, los científicos sociales debemos encontrar un lenguaje propio y distintivo; no tenemos que hablar en “jurídico” o “en jerga militante” de los derechos humanos para ser comprendidos y aceptados en los estrados judiciales. Por ejemplo, es fundamental salir de las discusiones meramente jurídicas sobre cómo tipificar los delitos cometidos (¿caben o no los crímenes en el concepto de “genocidio”?); esa es tarea de los juristas y operadores judiciales. En cambio, podemos ser escuchados si hablamos desde nuestro propio lugar de enunciación, desde las ciencias sociales, y hacemos lo que mejor sabemos hacer: reconstrucciones minuciosas que dan cuenta de problemas sociales y complejizan discusiones que nos ayudan a entender cómo fue posible el surgimiento del terrorismo de Estado en Tucumán, así como las tramas sociales sobre las que se sustentó. Nuestro desafío es seguir escribiendo etnografías de ese pasado reciente que nos permitan desentrañar la lógica de la represión política, para denunciarla e impugnarla. Y, sobre todo, que ese relato tenga la densidad necesaria para conmover y convencer no solo a los jueces, sino a la sociedad tucumana y de Argentina en general.

Post scriptum

Luego de 16 meses de debate oral, 88 audiencias, y la declaración de 455 testigos, el 15 de septiembre de 2017 el Tribunal Oral Federal de Tucumán dio a conocer la sentencia en este juicio histórico. En ella, se condenó a prisión perpetua por delitos de lesa humanidad a Roberto “El Tuerto” Albornoz, Ricardo Oscar Sánchez, Miguel Ángel Moreno, Enrique José del Pino, Luis Armando de Cándido y Jorge Omar Lazarte; se impuso penas de entre 4 y 18 años a cuatro acusados (Néstor Castelli, 18 años de cárcel; Jorge Gerónimo Capitán, 16 años; Manuel Rubén Vila, 10 años; y Pedro Alfonso López, 4 años); y 7 fueron absueltos (José Ernesto Cuestas, Ramón César Jodar, Francisco Camilo Orce, José Luis Del Valle Figueroa, Alfredo Alberto Svendsen, José Roberto Abba y Omar Edgardo Parada).[5] Mientras que los organismos de derechos humanos de Tucumán celebraron el reconocimiento de que durante el Operativo Independencia se cometieron delitos de lesa humanidad, también cuestionaron las penas de algunos de los imputados con notables responsabilidades en el aparato represivo, el uso de ciertas figuras jurídicas (como el “error de prohibición”) y las absoluciones de otros imputados. A su vez, concluyeron: “[La sentencia] nos obliga a seguir exigiendo y luchando por Justicia. Sabemos que lo imposible solo tarda un poco más, y lucharemos para conseguirlo”.[6]

Bibliografía

Abbattista, Lucía, Ana Barletta y Laura Lenci (2016). “La Historia va al Tribunal en La Plata. Una vuelta de tuerca sobre comprender y juzgar”. En Piovani, J. y Werz, N. (coords.). Desafíos de la construcción de un campo problemático conjunto en memorias, transiciones e identidades. Berlín, Instituto Iberoamericano de Berlín.

Agamben, Giorgio (2004). Estado de excepción. Buenos Aires, Adriana Hidalgo Editora.

Calveiro, Pilar (1998). Poder y desaparición. Buenos Aires, Colihue.

Da Matta, Roberto (1999). “El oficio de etnólogo o cómo tener ‘Anthropological Blues’”. En Boivin, M., A. Rosato y V. Arribas (comps.). Constructores de otredad. Buenos Aires, Eudeba, pp. 172178.

Filipini, Leonardo (2011). “La persecución penal en la búsqueda de justicia”. En cels (comp.). Hacer justicia. Buenos Aires, Siglo xxi Editores.

Garaño, Santiago (2012). “Entre el cuartel y el monte. Soldados, militantes y militares durante el Operativo Independencia (Tucumán, 1975-1977)”. Tesis doctoral, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires, Mimeo.

Garaño, Santiago (2018). “El conocimiento antropológico en el marco del Proceso de Memoria, Verdad y Justicia. Reflexiones sobre una experiencia como ‘testigo de concepto/contexto’ en el marco del Juicio Operativo Independencia (primera parte)”. En Sociohistórica, n.º 41, pp. 1-19, La Plata.

Garaño, Santiago y Ana Concha (comps.) (2020). Operativo Independencia: geografías, actores y tramas. Tucumán, edunt.

Sarrabayrouse Oliveira, María José (2009). “Reflexiones metodológicas en torno al trabajo de campo antropológico en el terreno de la historia reciente”. En Cuadernos de Antropología Social, n.º 29, pp. 61-83, Buenos Aires.

Taussig, Michael (2006). “Culture of terror – Space of death”. En ScheperHughes, N. y P. Bourgois (eds.). Violence in War and Peace. Singapur, Blackwell.

Tiscornia, Sofía (2011). “El trajo antropológico, nuevas aldeas y nuevos linajes”. En Kant de Lima, R., L. Pires y L. Eilbaum (orgs.). Burocracias, Direitos e Conflitos: pesquisas comparadas em Antropologia do Direito. Río de Janeiro, Editora Garamond.

Vilas, Acdel (1977). Tucumán: el hecho histórico. Bahía Blanca, Mimeo.

Vitar, Julia (2014). “No hubo guerra, hubo genocidio. Familiares de desaparecidos de Tucumán y las políticas de juzgamiento a las violaciones a los derechos humanos (Tucumán, 2003-2010)”. Tesis de maestría, unsam, Buenos Aires, Mimeo.

Notas y artículos de prensa

Centro de Información Judicial (15/9/2017). Lesa humanidad: condenaron a diez acusados en el juicio oral por el “Operativo Independencia”. En bit.ly/3lqH9xX.

“La sentencia del juicio ‘Operativo Independencia’ Comunicado de prensa” (20/9/17). En bit.ly/39q4Z7v.


  1. Una versión preliminar de este texto fue presentada en Garaño (2018). Para la escritura de este trabajo, fue fundamental la lectura y la colaboración de Ana Concha, María José Sarrabayrouse Oliveira y Rodrigo Scrocchi.
  2. Las audiencias de este juicio oral y público se iniciaron el jueves 5 de mayo de 2016, y se han desarrollado los días jueves y viernes en el Tribunal Oral en lo Criminal Federal de Tucumán. La causa judicial ha reunido la mayor cantidad de víctimas (271) de todas las causas tramitadas en esa provincia, y hubo 19 imputados, miembros del Ejército Argentino, Gendarmería y la Policía de la provincia de Tucumán. Por la cantidad de casos juzgados y actores intervinientes, se previó una duración aproximada de más de un año, aunque finalmente se extendió hasta mediados de septiembre de 2017. Sobre el proceso de juzgamiento de crímenes de lesa humanidad en Tucumán, ver Vitar (2014) y Garaño y Concha (2020). También, consúltese: bit.ly/2VFkDs8.
  3. Refiere a aquel especialista –generalmente de las ciencias sociales– que es presentado en calidad de testigo y cuyo aporte es tomado como prueba testimonial (Abbattista, Barletta y Lenci, 2016).
  4. La reconstrucción de mi declaración fue realizada sobre la base de mis propios apuntes y de la grabación íntegra de la audiencia, a la que accedí gracias a la gentileza de uno de los abogados querellantes.
  5. Tomado de bit.ly/399reOy.
  6. Véase el comunicado de prensa en bit.ly/3hwSGur.


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