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Sociología rural emergente
en América Latina

Armando Sánchez Albarrán

Resumen

La sociología rural reflexiva en América Latina parte de la mirada de intelectuales latinoamericanos de los años cincuenta y, principalmente, de los sesenta; entre sus más importantes exponentes se destacan: Florestan Fernandes, Rodolfo Stavenhagen, Agustín Cueva, René Zavaleta Mercado, Pablo González Casanova, Pedro Vuskovick, Agustín Silva Michelena, Frantz Fanon, Julio César Jobet, Gregorio Selser, Alberto Flores Galindo, Ricaurte Soler, Raúl Prebisch y José Aricó, quienes ya percibían algunos rasgos del agotamiento del discurso científico de la modernización, identificado con el desarrollo rural impuesto a los países del sur. Estos últimos evidenciaron el desarrollo de intensos cambios sociales, experimentados a raíz del florecimiento de la modernización rural, que fueron coaccionados por los países del norte y que, a su vez, ocasionaron movimientos de resistencia rural. En momentos, ante fuerzas retardatarias promovidas por oligarquías de terratenientes opuestas a la reforma agraria; y, en otras, en contra de las formas de explotación económica que generaban los nuevos capitales agroindustriales nacionales y extranjeros en las plantaciones y agroindustrias estatales o privadas; del despojo del territorio, principalmente, a campesinos e indígenas, a través de empresas mineras, petroleras, hidroeléctricas o inmobiliarias; así como la puesta en marcha de la gestación del desarrollo rural excluyente a partir de las técnicas genéticas y tecnológicas asociadas a la Revolución Verde.

En la actualidad, la sociología rural reflexiva en América Latina, a partir de la epistemología del sur, manifiesta los rasgos de la crisis de civilización, a partir de los aportes de Enrique Leff, Armando Bartra, Leonardo Boff, Boaventura de Sousa Santos y Arturo Escobar. Estos autores parten de la reflexión y las emergencias de sujetos sociales concretos, desde el examen de experiencias específicas de los movimientos sociales, como el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), el Movimiento Socialista de los Trabajadores (MST), La Vía Campesina (LVC) y la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (CONAIE); ante las modalidades de acumulación por desposesión vía megaproyectos: mineros, petroleros, inmobiliarios, eólicos, entre otros. Esto corre paralelo a un proceso de criminalización de la protesta. A partir de una perspectiva, desde el sur, se exponen los esfuerzos de (re)formulación y (re)construcción de una nueva epistemología liberadora para el mundo rural latinoamericano identificada, en lo general, con el “Buen vivir” como principio ético más amplio. En la primera parte, se hace alusión a los autores latinoamericanos que se preocuparon por elaborar un discurso académico de la sociología rural desde América Latina; en la segunda, se explicitan algunas de las bases de un desarrollo teórico-epistemológico alternativo, que se inicia con la construcción de la sociología de las ausencias; en la tercera, se proporcionan evidencias de la manera en que, gradualmente, se reformula y se reconstruye una nueva epistemología de la sociología rural latinoamericana. Al final, se discuten las conclusiones principales.

Palabras clave

Sociología rural; epistemología sur-sur; descolonización epistémica; desarrollo alternativo; comunalismo.

Introducción

A finales de los años sesenta, cuando ya se había institucionalizado la sociología en los centros universitarios, se consolidó, en la agenda de investigación de la sociología rural en América Latina, una noción fuerte de desarrollo rural a partir del estructural funcionalismo que utilizó el paradigma folk-urbano (Sánchez, 2012). Esto sucedió a pesar de que, en la academia, se popularizaron otros enfoques teóricos, como el derivado del marxismo, o bien, la ecología cultural, a principios de los años ochenta, cuando se institucionaliza la sociología rural en las instituciones de educación superior (Paré, 1997).

Una gran parte de los estudios de lo rural (desarrollo rural, sociología rural o antropología social) se ha interpretado desde una concepción “occidental”[1] (De Sousa Santos, 2012). La teoría sociológica que respondió a dicha práctica fue la teoría de la modernización (Rogers, 1973). El caso más claro es el de la política indigenista y las Misiones Culturales (Hewitt de Alcántara, 1988). La Segunda Guerra Mundial coadyuvó a privilegiar la modernización a través de la industrialización y la urbanización. En ese entonces, el paradigma folk-urbano sería la matriz teórica que se impuso en el estructural funcionalismo (Rogers, 1973). En los años ochenta, con la crisis financiera del estado benefactor, entró en una aguda crisis que modificó las formas tradicionales de intervención estatal en la economía, y los gobiernos neoliberales impusieron un nuevo paradigma económico: el libre mercado. La nueva realidad suponía un cambio de paradigmas en las ciencias sociales[2] (Hewitt de Alcántara, 1988).

A la luz del pensamiento epistemológico sur-sur, es factible cuestionar la “cientificidad” de esquemas de interpretación del ruralismo o desarrollismo rural definidos e impulsados desde del norte sobre los países de nuestra América. Dicha reflexión reclama develar el sentido neocolonial de algunos conceptos que definen lo rural, en un contexto de políticas económicas introyectadas de manera autoritaria por gobiernos neoliberales (De Sousa Santos, 2012). El hilo conductor de este trabajo pretende responder a la pregunta de cómo explicar el surgimiento de otras formas de examinar lo rural en sus dimensiones económicas, políticas, sociales, culturales y políticas desde la perspectiva del sur. Con fines de exposición, en la primera parte, se presentan las perspectivas de los diversos autores de nuestro continente que focalizan su interés en la producción de un discurso académico de la sociología rural desde la óptica latinoamericana; en la segunda, se subraya el fundamento de la evolución teórica epistemológica alternativa; en la tercera, se brindan certidumbres de la forma en que, paulatinamente, se reedifica una nueva epistemología de la sociología rural de América Latina. Finalmente, se destacan las conclusiones más sustanciales.

Antecedentes de un pensamiento rural latinoamericano

Varios intelectuales se encargaron de reflexionar en torno al papel de los campesinos y los indígenas, en particular, de la sociedad rural latinoamericana, en el marco del proceso de modernización capitalista de mediados del siglo pasado. Autores como Agustín Cueva, Rodolfo Stavenhagen, René Zavaleta Mercado, Pablo González Casanova, Pedro Vuskovic, Agustín Silva Michelena, Julio César Jobet, Gregorio Selser, Alberto Flores Galindo, Florestan Fernandes, Ricaurte Soler, Raúl Prebisch o José Aricó fundaron un importante cuerpo teórico, aunque disperso, de la realidad rural latinoamericana.

En América Latina, podemos mencionar al brasileño Florestan Fernandes, quien reflexiona en torno a la descolonización (Fernandes, 1980; Ianni, 1996). Por su parte, Agustín Cueva, oriundo de Ecuador, consideró que el desarrollo de una ciencia social latinoamericana no consistía únicamente en fomentar una tendencia nacionalista, sino que sugiere, a los intelectuales latinoamericanos, aventurarse a la elaboración de una teoría propia “rompiendo lanzas contra todos los conceptos tildados de ‘eurocentristas’” (Cueva, 1979). El boliviano René Zavaleta propuso que el atraso socioeconómico del continente americano es producto del papel asignado a América Latina por parte de los países industrializados en la división internacional del trabajo (Ouviña, 2010; Zavaleta, 1986). El peruano José Carlos Mariátegui expone la situación de la tierra y de los indígenas: considera necesario entender que, para modernizar el campo peruano, es necesario estudiar y entender los procesos históricos y económicos, en este caso, las concesiones al capital inglés, y luego, al norteamericano, del guano y el salitre; luego, las concesiones ferrocarrileras, seguidas de las mineras (Mariátegui, 1970). El también peruano Aníbal Quijano es uno de los creadores del pensamiento decolonial. Sostiene que durante la independencia el grupo de criollos y mestizos excluyó, deliberadamente, a la población indígena del proyecto de nación (Quijano, 2006).

Sin embargo, hay ocasiones donde las nuevas definiciones tienden a confundir, cuando no a oscurecer, lo ya enunciado. Con esto quiero llamar la atención hacia problemas comunes y casi diarios en el quehacer de las ciencias sociales. En un afán plus creativo se proponen nuevas definiciones no siempre acertadas, aunque estas puedan gozar de una aceptación social y política generalizada (Roitman, 2005).

En otro orden, la ecología cultural contó, de igual manera, con investigadores en América Latina; entre ellos se encuentran: Ángel Palerm; Erik Wolf y Arturo Warman, entre otros. Desde esta trinchera de pensamiento, se sostendrá la idea de la persistencia de los campesinos frente al embate capitalista[3].

En México, Rodolfo Stavenhagen puede ser considerado como uno de los primeros sociólogos rurales que se abocó a elaborar un diagnóstico respecto al estado actual de la sociología rural en América Latina. Considera que, para los años sesenta, la sociología rural se encontraba en crisis, dividida, por un lado, en el desarrollo de la sociología en general, que mantenía una gran distancia con la sociología rural; por el otro lado, existían dos variantes en los esfuerzos de sociólogos rurales de América Latina por el desarrollo de esta subdisciplina: una, con base en una reflexión sociológica latinoamericana y otra, en la versión técnica impuesta por la sociología rural norteamericana (Stavenhagen, 1964). Desafortunadamente, como sabemos, en nuestro continente proliferó la segunda variante (De Sousa Santos, 2005).

Por su parte, Pablo González Casanova, uno de los pensadores más originales y fecundos de nuestra América, propone el análisis del colonialismo interno para explicar que no existe únicamente una dominación de países del centro a la colonia, sino que, incluso, también existe colonialismo interno en el mismo país, entre regiones centro y la periferia, debido a las relaciones desiguales de intercambio. Ese colonialismo interno se asienta en relaciones de explotación, en el caso de México, a partir de la dominación de una sociedad blanca-mestiza ladina sobre los pueblos indios (González Casanova, 1993; 1995; 1997).

En un texto más reciente, Pablo González Casanova sostiene que la globalización es más que una nueva forma de denominar a la economía:

El discurso de la globalidad no solo obedece a una realidad epistémica legítima. Se está usando también para una reconversión de la dependencia. A menudo, contribuye a ocultar u ocultarse los efectos de la política liberal neoconservadora en los países del Tercer Mundo y los problemas sociales más graves de las cuatro quintas partes de la humanidad. En las líneas esenciales del mundo actual es indispensable ver lo nuevo de la globalidad, pero también lo viejo; y en lo viejo se encuentra el colonialismo de la Edad Moderna, un colonialismo global que hoy es también neoliberal y posmoderno. La reconversión es en gran medida una recolonización (González Casanova, 1995: 12).

De esta forma, afirmamos que existe un camino iniciado por intelectuales latinoamericanos que habría que recuperar para sustentar mejor la crítica decolonial.

Bases de un desarrollo teórico-epistemológico alternativo de la sociología rural

El desarrollo epistemológico alternativo es una apuesta por afrontar y encarar los nuevos temas de la agenda de investigación de la sociología rural. En ella, resaltan autores como Boaventura de Sousa Santos, Aníbal Quijano, Marcos Roitman, Serge Latouche, Arturo Escobar, Enrique Leff, Armando Bartra y Pablo González Casanova, entre otros, que se inscriben por la postura de una construcción epistemológica decolonial desde el sur, y que plantean partir de la crisis de la civilización en lugar de la globalización, la economía solidaria, el comunalismo y la economía del decrecimiento en vez del libre mercado (Escobar, 2014).

Boaventura de Sousa Santos, desde una concepción epistemológica sur-sur, sugiere subvertir los conceptos provenientes de los países desarrollados a través de la imposición del eurocentrismo, e invita a reconstruir y repensar opciones a partir de necesidades concretas. Por ejemplo, partir de elementos tan esenciales como de la alimentación sana, de producción agrícola sustentable, orgánica y a partir de los pequeños productores; de una democracia real desde las organizaciones rurales y de un cuidado de los recursos naturales. Un desarrollo rural alternativo requiere, por una parte, cuestionar el modelo de desarrollo capitalista impuesto que, a la postre, se ha convertido en excluyente, desde todas las dimensiones posibles (De Sousa Santos, 2011). De esta manera, se agudiza, aún más, la marcada diferenciación social entre los individuos, en la que la minoría tiene una posición económica próspera, y el resto, rayando en la pobreza, aunado a que únicamente cuentan, para sobrevivir, con la esperanza de vender su fuerza de trabajo en un mercado excluyente.

La descolonización epistémica exige un esfuerzo por visibilizar problemas de esta índole en los que se ven envueltas las ciencias sociales, para lo cual, se requiere una labor de contrastación con lo que llamaremos, en este trabajo, el paradigma predominante (De Sousa Santos, 2012; Escobar, 2014).

El primer nivel de imposición occidental de lo rural –debido a su mayor peso– es, sin duda, la noción de modernización de lo rural, la cual parte del supuesto de una sociedad polarizada (tradicional-moderna). El segundo nivel lo constituye el concepto de desarrollo agrícola, que es, a su vez, una extensión del proceso de modernización que se refiere al desarrollo rural, y como tal, es –sin duda– una modalidad más que adopta la modernización. El inconveniente epistemológico de la concepción de desarrollo estriba, en primer lugar, en la imposición de una idea de “ciencia” como sinónimo de verdad científica. En realidad, se trata de un proceso de imitación, es decir, de aplicar una visión de desarrollo científico (De Sousa Santos, 2012). Mucho del actual problema del calentamiento global tiene que ver con los efectos perversos de la aplicación de dicho paradigma científico. En segundo lugar, en América Latina se impulsó en la agenda de investigación a la sociología rural: el desarrollo rural. Lo anterior se tradujo en medidas instrumentales para favorecer la capitalización del campo revestido de soluciones concretas, prácticas, inmediatas y visibles para ser utilizado por los productores rurales con programas de mejoramiento agrícola. En la práctica política, dichas medidas de desarrollo rural y social beneficiaban a líderes políticos como forma de capitalizar su legitimidad política en las poblaciones rurales. En otras palabras, a partir de ahí, se le asignó a la sociología rural esa agenda de investigación que, paradójicamente, se alejaba del objeto de estudio de la sociología rural: el cambio social de la sociedad rural; y en su lugar, adoptó la tarea asistencialista rural. El cambio social no sería únicamente “estudiado”, sino, más enfáticamente, “inducido” hacia prácticas, conductas, patrones, actitudes y expectativas orientadas hacia la modernización. Desde ese marco, se impusieron programas como la llamada Revolución Verde, los programas de infraestructura rural, desarrollo social, desarrollo rural integral y desarrollo rural sustentable.

En tercer lugar, con frecuencia los antropólogos, demógrafos y sociólogos se encuentran con un despeñadero al analizar a la familia rural. Durante años, predominó la perspectiva occidental de familia nuclear; sin embargo, David Robichaux habla del patrón familiar mesoamericano, sugiriendo que la reproducción social depende de las reglas de residencia y de herencia y estas son determinadas social y culturalmente, de modo que quien recibe la tierra es alguno de los hijos, o bien, en partes iguales, al primogénito o al ultimogénito.

El cuarto nivel lo evidenciamos con el análisis de los movimientos sociales, que muestra otra área dominada por la fuerte presencia eurocentrista, desde la perspectiva de la teoría del comportamiento colectivo, la teoría accionalista, la teoría de la movilización de recursos y el marxismo ortodoxo de los años setenta. Estas cuatro vertientes se construyen en y desde los países desarrollados. La teoría del comportamiento colectivo y la teoría de la movilización de recursos impondrán, como condición, que los movimientos se encuentren orientados, principalmente, por individuos que adoptan decisiones racionales y que los agravios son el detonante de las movilizaciones. No obstante, la mayoría de las demandas rurales en América Latina no se orientan a dicha meta, ya que sus pretensiones son más modestas o diferentes, como la demanda de soberanía alimentaria o de autonomía por parte del movimiento indígena. A pesar de ello, en textos más recientes y frente a la realidad del levantamiento indígena del EZLN, han tenido que rectificar o matizar su perspectiva y reconocer el carácter moderno de las luchas de indígenas y campesinas de América Latina.

Marcos Reitman señala que estos intelectuales se ubican fuera del continente, y sus conocimientos de Latinoamérica sirven para avanzar, individualmente, en los escalafones administrativos de la carrera particular. Por ejemplo, en Alain Touraine, persiste una mirada eurocentrista, puesto que percibe a América Latina como una realidad inconclusa sin burguesía, sin democracia, pero con tradicionalismo y con dictaduras: “No existe una verdadera clase dirigente en América Latina, ni siquiera en Monterrey o en Sao Paulo” (Touraine, 1993: 36).

Empero, y a la luz de los hechos del levantamiento armado indígena en Chiapas o de la CONAIE, existe una rectificación en sus posturas iniciales. Touraine puntea que las situaciones de crisis económicas generan una acción colectiva que, en ocasiones, está orientada hacia la reconstrucción del sistema social afectado por la inestabilidad financiera –en el sentido de acciones defensivas–, pero, en momentos, se dirige hacia la transformación de la sociedad, pues “se percibe en ella (una colectividad rural afectada por la penetración del capitalismo mercantil) un esfuerzo por repropiarse de la modernización…” (Touraine, 1995: 242). Destacamos el hecho de que pertenecer a una comunidad rural le otorga una base como grupo de referencia definido local y regionalmente, con un reconocimiento previo de otros actores sociales e institucionales. Touraine continúa manifestando algunos atributos del actor: “se refiere a sus reglas, a sus costumbres, a sus necesidades. Pone en entredicho la injusticia, la incompetencia, la irracionalidad” (Touraine, 1995: 242). Además, aclara que: “Una colectividad rural afectada por la penetración del capitalismo mercantil suele estar atravesada por un movimiento mesiánico u otras formas de levantamiento” (Touraine, 1995: 242). No siempre hace alusión a una acción defensiva, pues a veces, se trata de “un esfuerzo por repropiarse de la modernización y por luchar contra un adversario lejano y poco definido” (Touraine, 1995: 242).

Claus Offe sostiene que existen movimientos que propugnan por formas alternativas comunitarias de producción y distribución de bienes o servicios, especialmente, la demanda de territorio o de autonomía. Así, reivindican valores, como la identidad indígena; o derechos políticos, como la autonomía que presume la demanda de descentralización, autogobierno y autodependencia, como en los casos del EZLN, MST, CONAIE o la demanda de seguridad alimentaria por parte de LVC. Insiste en que en estos movimientos, se ensayan nuevos repertorios de acción y nuevas alianzas con otros sectores, a través de marchas y manifestaciones destinadas a generar una opinión pública; son acciones para atraer la atención por medio de métodos disruptivos que se mantienen en la legalidad. Los actores ya no se definen por su adscripción económica laboral o agraria, sino más bien por lo étnico o por nuevos grupos sociales al interior de los productores agropecuarios (agroburguesía, nuevas clases medias, viejas clases medias, campesinos pobres) y colectividades que se desarrollan al margen del mercado laboral, como jornaleros, migrantes ilegales, estudiantes, amas de casa o jubilados, entre otros (Offe, 1991).

Evidencias de una nueva epistemología de la sociología rural latinoamericana

En el contexto actual de la globalización, Boaventura de Sousa Santos cuestiona la razón científica que postulan los países desarrollados, pues se imponen criterios estandarizados que no responden a los problemas concretos de cada país de América Latina. Tales discernimientos son esgrimidos por empresas transnacionales, por ejemplo Monsanto, quien intenta imponer semillas transgénicas. En un libro más reciente, Producir para vivir (2014), considera el problema de la soberanía alimentaria presente en organizaciones rurales. Dicha propuesta supone oponerse a las políticas agropecuarias que se aplican con el fin de obtener ganancias para las empresas nacionales o transnacionales (De Sousa Santos, 2014).

El libro coordinado por Boaventura de Sousa Santos, Producir para vivir, es un ejemplo de diversos autores que plantean, cada uno con sus propios argumentos, la necesidad de partir de bases epistemológicas y casos verdaderos de la realidad latinoamericana para generar programas que tiendan a solucionar los problemas del hambre sin caer en la dependencia de las grandes potencias económicas. Así, el tema de la seguridad alimentaria es una demanda reivindicada desde hace varias décadas por organizaciones transnacionales como LVC, o bien, organizaciones rurales regionales, como El Barzón o Unorca, para el caso mexicano (Desmarais, 2007).

Enrique Leff y Víctor Toledo, desde la ecología política, proponen, frente al deterioro de los recursos naturales a causa de la característica depredadora de los megaproyectos, experiencias concretas desde una modalidad de gobernanza, que identificamos como gobernanza radical y que se dirige hacia la construcción de un desarrollo alterno que restablezca las condiciones naturales y que fortalezca los derechos cívicos, económicos, políticos y culturales de los actores del desarrollo alternativo. Esta forma de desarrollo parte de ciertos principios sociales comunitarios y ecológicos. Una noción básica es la de restauración, entendida como: recuperar, recobrar, reparar, renovar o volver a poner algo en el estado o estimación que antes tenía. El restablecimiento del ecosistema intenta la restauración ecológica estratégica.

David Barkin se refiere al carácter comunitario de las soluciones de desarrollo alternativo:

descubrimos un resurgimiento de programas autogestivos para revitalizar el campo, dirigidos a la conservación y rehabilitación de los ecosistemas locales (…) Muchas de estas comunidades están involucradas en proyectos originales que están contrarrestando los efectos económicos y ambientales desfavorables de los procesos normales de expansión de los mercados. Hay más de 7.5 millones (de) personas en comunidades campesinas y muchas más en comunidades indígenas involucradas activamente en estos proyectos para la construcción de soluciones colectivas para la producción no-mercantil o para las producciones no-capitalista, y cada una está involucrada en procesos que movilizan sus recursos locales además de otros que provienen de otras regiones, para fines colectivos (Barkin, 2001).

Uno de los actores importantes en la reconstrucción de la relación hombre-naturaleza es la resignificación de los indígenas como vigilantes o cuidadores del entorno rural y como ambientalistas naturales. Ello supone revalorar el papel de los pequeños productores, campesinos e indígenas presentes en las luchas del EZLN en México a partir de 1994; de la CONAIE en Ecuador; del movimiento campesino internacional de LVC con la soberanía alimentaria (Desmarais, 2007; Sánchez, 2012; Latouche, 2009).

Otro elemento de crítica a la noción predominante de ciencia es, por el contrario, la recuperación del conocimiento de los saberes en las comunidades originarias mediante la sabiduría, por ejemplo, de los médicos tradicionales con una comunión estrecha de estos con la naturaleza. El conocimiento común resulta eficaz, ya que es práctico y pragmático; se sustenta de la experiencia, en ocasiones milenaria, de un grupo social específico. Dicho conocimiento se aleja de una metodología estandarizada (De Sousa Santos, 2012).

El “Buen vivir” se propone como nueva forma de vida hombre-naturaleza, frente a la consigna capitalista e individualista de la búsqueda del lucro y del beneficio, a partir de la recuperación de la cosmogonía indígena. Muchas organizaciones rurales, urbanas y no gubernamentales, así como campesinos o indígenas, establecen una política cultural activa en función del sujeto del aprendizaje, y se encaminan hacia la construcción de un nuevo ciudadano más responsable con el medioambiente y la cultura: la búsqueda del “Buen vivir” y la maximización de la felicidad (De Sousa Santos, 2012). El centro de las demandas se encuentra, principalmente, sustentado en valores como la soberanía alimentaria, la justicia, el respeto a la Madre Tierra, entre otros; por ello, son identificados como nuevos movimientos sociales (Sánchez, 2006; Escobar, 2014; Ceceña, 2013).

La necesidad de políticas integrales deben ser “desde abajo”, que vayan desde la producción hasta el consumo, que apoyen la producción y los mercados locales y regionales de alimentos; que, a su vez, conviertan las opciones saludables en accesibles para la población; que, además, regulen la publicidad y los etiquetados de alimentos de manera efectiva, promoviendo la preparación y las habilidades culinarias en las familias, revalorizando la cocina tradicional. Cobra realidad en las experiencias del “Slow Food” e innumerables alternativas espaciales de fomento al consumo local (Desmarais, 2007). En consecuencia, una opción viable es la estrategia de política pública sustentada en una economía verde hacia una lógica de decrecimiento la cual se encamina a revalorar el trabajo hacia empleos que contribuyan a recuperar la calidad ambiental, por ejemplo, con la producción de agricultura sustentable, orgánica y la producción de energías alternativas al servicio de los pequeños productores (Latouche, 2012).

Desde diferentes frentes de lucha, se organiza la sociedad civil rural crítica para hacer propuestas para la defensa de la soberanía alimentaria. A manera de ilustración, se señalan, someramente, algunas organizaciones que cuentan con un programa de desarrollo alternativo con proyectos que tienen como eje la restauración ecológica estratégica en vías de la conservación y recuperación de la funcionalidad y servicios ambientales en las áreas naturales. Lo anterior supone que se busca la seguridad alimentaria producida de manera orgánica para valorar el trabajo agrícola y lograr un precio preferencial, el precio justo para un consumidor que busca, también, cuidar el planeta (De Sousa Santos, 2014). Para iniciar, se puede mencionar la lucha por la defensa del maíz, protagonizada por varias organizaciones en lucha desigual, entre “David y Goliat”. Este es el caso de la Red en Defensa del Maíz, agrupada de manera comunitaria de forma autónoma, independiente, plural, y que incluye a todos los sectores involucrados. Se plantea como objetivo coordinar acciones, compartir información y apoyar demandas urgentes de las comunidades en distintas regiones de México. Circunscribe la participación solidaria de otras organizaciones de la sociedad civil internacional, mediante las redes de información y acción de otros países (Heineke, 2002).

Habría que apuntar que la producción de productos orgánicos avanza en propuestas por el restablecimiento de la salud, debido a que los artículos industrializados son altamente nocivos, dado al empleo de pesticidas, hormonas, conservadores, potenciadores de sabor, entre otros, productos tóxicos que resultan ser dañinos al organismo. Afortunadamente, en el sector orgánico más de 83 mil productores cultivan orgánicamente, y abarcan una superficie mayor a las 300 mil hectáreas. De estos, el 98% son de pequeña escala, pues siembran un promedio de tres hectáreas, y más del 50% son indígenas. Lamentablemente, como sucede en muchos países en desarrollo, la mayor parte de la producción orgánica es para exportación, particularmente el café[4]. Aunque también, se envía a mercados extranjeros el 86% de los bienes orgánicos: el cacao, el coco y otras frutas y vegetales.

En nuestra América habría que hablar de sociedad de las catástrofes, en lugar de la sociedad del riesgo, de acuerdo con Ulrich Beck (2002). Por ejemplo, en zonas donde operan empresas mineras en virtud de todas las facilidades otorgadas por gobiernos neoliberales, se ocasiona en la zona una catástrofe ambiental, que suele ser enfrentada por movimientos sociales, especialmente campesinos e indígenas. En esas áreas se ha dado una importante lucha por la reconquista del territorio como parte de reyertas defensivas, pero que expresan una forma de participación de la sociedad civil, muchas de ellas con población originaria en procesos que apuntan hacia formas de desarrollo alternativo. En México, existen 35 focos rojos contra mineras de unas 334 concesiones, ubicadas, mayoritariamente, en sectores donde se asientan poblaciones originarias (No a la mina, 2013). En esos lugares se despliegan movilizaciones y pugnas de los pueblos originarios en contra de los megaproyectos mineros (No a la mina, 2013).

Conclusiones

La sociología rural se enriquece como consecuencia de la perspectiva de la apertura epistemológica sugerida por autores como Boaventura de Sousa Santos y Arturo Escobar, entre otros. Sin embargo, se plantea en este trabajo que tal óptica ya había sido abonada por varios autores latinoamericanos, quienes opusieron una crítica sistemática al problema del desarrollo y del campo. Ciertamente, no siempre fueron tomados en cuenta por los gobiernos, aunque su legado aún tiene la misma fuerza de apertura epistemológica que hoy continúa de manera renovada a partir del llamado giro decolonial.

Existen aún varias líneas de investigación hacia la construcción epistemológica. Dicho camino supone cuestionar aspectos como la misma noción de modernización, desarrollo, familia, movimientos sociales, capital social, gobernanza, megaproyectos, empoderamiento, oportunidades de inversión, sociedad civil, nueva ruralidad, nuevos movimientos sociales, entre otros. Esto nos muestra que dichos conceptos son polisémicos y, desafortunadamente, son retomados por las agencias internacionales, como el Banco Mundial, fundaciones internacionales o instituciones oficiales para financiar y promover programas de desarrollo rural asistencialistas. Por el contrario, las concepciones de la teoría decolonial del sur rompen lanzas contra esos usos descuidados de los términos y, en su lugar, proponen conceptos destinados a logar un mundo mejor desde una decolonialidad del saber, del ser y del poder.

Por otra parte, se encuentran los nuevos derroteros que, tras la sacudida de la crisis de los años ochenta (crisis económica, política, social, etcétera), llevaron a varios autores hacia un empantanamiento teórico identificado como crisis de los sociólogos, mas no crisis de la sociología rural. A fin de salir del atolladero, se sugieren medios que provienen desde el sur, desde la práctica, desde el conocimiento y desde saberes prácticos, es decir, desde la sociología de las ausencias: la soberanía alimentaria, la producción y consumo de productos orgánicos; el “Buen vivir” frente a la especulación capitalista; así como la recuperación del territorio y del derecho de los pueblos originarios a la propiedad colectiva de la tierra; y de una nueva alianza obrero (sociedad civil)-campesino (sociedad civil rural) encaminada a mejorar la producción orgánica y el consumo más sano. En suma, se trata de la puesta en práctica de una teoría vinculada al ejercicio en la senda de la sociología rural latinoamericana.

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  1. Desde luego, la perspectiva antropológica colonial escondía los verdaderos intereses económicos, políticos y socioculturales.
  2. Como corolario, a fines de los ochenta y hasta a principios del siglo XXI llegaron, simbólicamente, con el derrumbe del muro de Berlín, la crisis de paradigmas, el devenir de la escuela de Frankfurt, el posestructuralismo y las teorías de la posmodernidad. Con estos supuestos, se reavivaron las teorías de los movimientos sociales, los estudios sobre la cultura, el feminismo y la identidad étnica y las nuevas tecnologías. También, arribaron los estudios de los nuevos movimientos sociales, en especial los globales. Cabe resaltar la importancia de los estudios relativos a la relación entre ciencias sociales y ciencias naturales, que tenían como objetivo final los temas de la ecología. Sin embargo, la mayoría de dichos principios tenían un punto en común: su carácter eurocentrista.
  3. Desde finales de los años setenta y principios de los ochenta, predominó un agrio debate entre campesinistas contra proletaristas, surgidos desde diversos paradigmas (Hewitt de Alcántara, 1988).
  4. México es el principal productor mundial de café orgánico, además cultivado por productores indígenas.


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