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7 Disciplinar

7.1 Disciplina y producción de subjetividad

Las CTs, a partir de un conjunto heterogéneo de discursos, prácticas, técnicas y herramientas terapéuticas de las que se valen, se constituyen en privilegiados dispositivos de producción de subjetividad. Al partir de ciertas prenociones con las que configuran a la subjetividad adictiva, asociada ésta a calificativos moralmente negativos, centran el tratamiento en lograr la modificación en el sujeto, es decir, lograr la transformación subjetiva.

Tanto el “encierro” como la “opción custodial” en manos de un saber científico sobre el comportamiento de la población segregada -enfermos, criminales, leprosos, vagabundos- han sido prácticas legitimadas desde la antigüedad (Rivera Beiras, I., 1997). Numerosa literatura da cuenta de cómo entre el final de la Edad Media y la paulatina aparición del capitalismo surgieron en Europa las primeras prácticas de segregación masiva de individuos a través de instituciones diversas: manicomio, hospicios, casas de corrección, lazaretos, cárceles[1].

Progresivamente y atendiendo a determinados procesos históricos, políticos, económicos, sociales, la segregación, luego la disciplina y la vigilancia, el castigo y la normalización se fueron convirtiendo en las tecnologías de poder-saber de estas instituciones. A través del desarrollo del positivismo y de la construcción de un “saber científico” sobre la personalidad de los sujetos de intervención (delincuentes, enfermos, locos), la resocialización y la adopción de nuevos valores acordes al orden social se reinstalaron como objetivos terapéuticos de los lugares de encierro. A su vez, estos “valores” se han difundido a través de los llamados sistemas punitivo/premiales y mediante los aportes del conductismo.

Las CTs, no han escapado a ese proceso. Al analizar la modalidad de tratamiento dispensada en estas instituciones, rápidamente uno advierte cómo en tanto dispositivo de producción de subjetividad, la CT recurre entre otros mecanismos, al ejercicio de la disciplina.

Foucault conceptualizó a las disciplinas como “(…) métodos que permiten el control minucioso de las operaciones del cuerpo, que garantizan  la sujeción constante de sus fuerzas y les imponen una relación docilidad-utilidad” (Foucault, M., 1996b: 141). A través de las disciplinas, se forma una política de las coerciones que constituyen un trabajo sobre el cuerpo, una manipulación calculada de sus elementos, sus gestos, comportamientos. En este sentido, Foucault advierte que el poder disciplinario tiene como función primordial “enderezar conductas”, “fabricar” individuos.

A través de una coerción ininterrumpida, constante, las disciplinas no trabajan sobre el cuerpo “en masa”, sino que operan sobre sus partes, como “presas al mismo nivel de la mecánica”: sobre sus movimientos, gestos, actitudes. Pero por sobre todo, el poder disciplinario, debe intervenir antes de la manifestación misma del comportamiento, antes del cuerpo, el gesto o el discurso: debe poder intervenir, dice Foucault “en el plano de la virtualidad, la disposición, la voluntad, el nivel del alma” (Foucault, M., 2007:73).

En este capítulo, me interesa indagar acerca de la mecánica de las disciplinas que se ejercen en las CTs sobre el hablar. Si bien en las CTs se ejerce un minucioso control sobre todas las operaciones del cuerpo de los residentes, el empleo del lenguaje, vale decir, la administración de la palabra, constituye uno de los lugares privilegiados donde se condensa su mecanismo de poder.

Siendo el uso de la palabra el elemento clave de toda técnica grupal en las CTs (a través de la confrontación, del relato de las experiencias sobre trayectorias y prácticas de consumo, etc.), se constituye también en el elemento clave sobre el que es necesario intervenir.

Nada debe quedar sujeto al azar: si de encauzar conductas se trata, la técnica disciplinaria debe operar sobre qué hablar, cómo hablar, cuándo hablar y cuándo NO hablar. Es a través de la confrontación, pero más precisamente a través de la administración de la palabra, entre otras técnicas, como la CT, en tanto dispositivo disciplinario, produce subjetividad.

7.2 La Administración de la Palabra[2]

Como se ha adelantado, las CTs, en tanto instituciones especializadas en el tratamiento del uso de drogas, ofrecen un procedimiento que consideran acorde a LA personalidad adictiva. Es decir, saben cómo es un “adicto”: saben cuáles son sus características, cómo han sido sus trayectorias de consumo, cómo son sus actitudes y hasta sus sentimientos. Cuando un nuevo “paciente”/ “residente” llega a la institución, todo ésto lo saben de antemano.

Parafraseando a Goffman (1961), los usuarios de drogas arriban al establecimiento con una cultura de presentación, derivada de un “mundo habitual”, un “estilo de vida” y una “rutina” de actividades que se dan por supuestas para todos aquellos que consumen drogas.

A partir del relato de los profesionales y las observaciones realizadas en las dinámicas propuestas en estas instituciones, rápidamente puede advertirse que la condición de “adicto” arrasa toda singularidad e historicidad propia de cada usuario: es decir, no hay sujetos que consumen drogas, sino adictos, y en esta sobresignificación de lo “adicto” queda excluido el sujeto.

Al mismo tiempo, a partir de esta adjudicación masiva de identidad, la historicidad y singularidad propia de cada usuario queda consagrada a lo que se ha dicho de él: se ha petrificado en un decir que no es el propio. Y por ello mismo cualquier decir por parte de los usuarios, ahora “residentes”, debe necesariamente remitir a esa identidad preconfigurada de adicto. De lo contrario, deberá ser reencauzada.

En este modelo se suele utilizar aquella versión de la concepción etimológica de “adicto” que lo coloca en el lugar del que “no ha dicho” (según esta versión errónea o producida ad hoc, adicto proviene del prefijo negativo “a” y “dicto” que en latín sería “dicho”, es decir aquel que no ha podido poner en palabras su angustia vital y por ello ha recurrido al efecto alienante de las drogas como ilusoria vía de escape)[3]. Por eso se propone como clave del tratamiento el hablar. Si el “adicto” consumió drogas por no hablar, el tratamiento debe constituirse en el medio a través del cual el ahora residente se confiese, “comience” a utilizar la palabra.

Al empezar el tratamiento, todo residente es instruido acerca de este origen atribuido a su consumo. En los relatos de los usuarios en tratamiento se advierte por ejemplo, cómo éstos reproducen el léxico terapéutico al asociar el no hablar a su consumo. Algunas de las frases registradas en las entrevistas a los usuarios da cuenta de esto: “un adicto se enferma por no hablar”, “la recuperación empieza por empezar a hablar, empezar a poner en palabras”, “tuve una recaída porque estaba mal y no venía poniendo las cosas en palabras, confrontaba superficialmente”, “al adicto le cuesta mucho poner en palabras los sentimientos”, “se es adicto porque se calló durante mucho tiempo”, “el tratamiento consiste en hablar siempre de lo que uno piensa, hablar de lo que nos está pasando en el momento, las dificultades que se nos van apareciendo. En eso consta”.

 

El para qué hablar remite justamente a exteriorizar los sentimientos, desahogar, poner en palabras esa angustia, abrirse a los demás. Así lo profesa la filosofía de las CTs. Es habitual en estas instituciones que una vez al día, tal como indica la rutina, los usuarios en tratamiento reciten una serie de versos al unísono, en voz alta y firme, para reforzar la identidad institucional. Sintéticamente la filosofía expresa lo siguiente:

Estamos aquí porque no hay otro lugar para escondernos de nosotros mismos, cuando una persona no se confronta consigo misma en los ojos y el corazón de los demás, escapa. Cuando no le permite a los demás conocer sus secretos, éstos no le darán descanso (…) Donde sino en nuestros puntos comunes podemos encontrar un espejo, aquí juntos una persona puede por fin manifestarse claramente (…) Estoy aquí y elijo mirar mis viejos esquemas con calma y objetividad, soy enseñable, puedo aprender, estoy dispuesto a cambiar.

Esta filosofía, recitada comúnmente en la mayoría de las CTs, fue escrita por Richard Beauvais, un residente de Daytop. En este fragmento se evidencia cuáles son los supuestos de toda CT sobre el para qué hablar: abrirse a los demás, no esconderse de uno mismo, encontrar en el otro el “espejo” que refleja lo que uno es, compartir experiencias, puntos comunes, resignificar su pasado y aprender a cambiarlo.

Sin embargo, para lograr la transformación subjetiva necesaria para alejarse definitivamente del consumo de drogas, es necesario instruir a los “residentes” -a través de la disciplina- sobre qué tienen que hablar, cómo tienen que hablar y cuándo tienen que hablar.

7.2.1 Sobre qué hablar

Debido a que una de las formas en que se entiende la adicción en estas instituciones es considerarla como un síntoma -es decir como el indicador de  problemas preexistentes al consumo en su mayoría asociados a vínculos relacionales problemáticos (abusos, abandonos, fallas/faltas, violencia intrafamiliar, etc.)- durante el tratamiento se hace hincapié en que los usuarios hablen de ese tipo de episodios. En este sentido, y merced al “colchón afectivo” de la CT, durante los tratamientos se habilita “cierto” hablar.

A partir de las observaciones de las dinámicas grupales se advierte por ejemplo cómo episodios que hasta el momento no habían sido registrados como incisivos en la vida de los propios usuarios, “salen a la luz” en estos “espacios terapéuticos”. Incluso se ha advertido también cómo a través de las técnicas grupales y de los relatos de los compañeros de tratamiento, estos episodios que hasta el momento no tenían demasiada importancia para los propios usuarios, terminan resinificándose y  haciéndoselos vincular, asociar, relacionar al consumo de drogas. Esto ocurre por ejemplo, cuando los usuarios no relacionaban ciertos conflictos, o situaciones familiares o personales que tenían o habían tenido, con el uso de drogas (como causa del consumo o como consecuencia de éste) y que a partir de contarlo en las dinámicas grupales, se los termina “analizando”, vinculándolo directa o indirectamente a dicho consumo.

En tal sentido, el tratamiento constituye un lugar propicio para hablar de ciertos temas, recuperar cierto hablar. De ese modo puede advertirse cómo las trayectorias de vida de los sujetos terminan reconstruyéndose en función de un “prototipo” de personalidad adictiva.

Por otro lado, se entiende que es a partir del tratamiento que los sujetos “aprenden” a hablar. El hablar durante la etapa de consumo no es considerado un hablar “legítimo”.

Un ejemplo de ello se observa cuando en los tratamientos se suele deslegitimar las “charlas” que los usuarios mantenían con sus compañeros de consumo, o bien lo que los usuarios decían “compartir” con ellos, en “las ranchadas” por ejemplo. En los relatos de los usuarios sobre sus trayectorias de consumo es muy frecuente la referencia sobre la presencia de fuertes vínculos interpersonales en general asociados a las prácticas de consumo –los “compañeros de consumo”-. A través de estos vínculos, los usuarios compartían experiencias de vida, angustias, sentimientos, frustraciones, pero también placer, gustos, intereses. Sin embargo ese compartir, ese hablar, en ese contexto, suele ser deslegitimado en los tratamientos. Desde el discurso de los profesionales, durante el tratamiento sólo debe hacerse referencia a esos vínculos para recordar lo “negativo”, lo “nocivo” que esos vínculos tenían. El recuerdo “positivo”, no debe ser relatado, más aun lo que se recuerda como positivo debe ser resignificado como “negativo”, “nocivo”: lo que se hablaba, lo que se compartía estaba siempre “mediado” por las sustancias, por el consumo y en ese sentido, no era un “hablar legítimo”. Esta aseveración es asumida por los propios residentes. Frases como  “ahora sé hablar, sé reírme, sé compartir y hablar de otras cosas”, dan cuenta de ello.

 

Esto da cuenta también que si bien el hablar sobre sus trayectorias de consumo es central en el tratamiento, no todo recuerdo debe ser relatado. En este sentido también existe un recorte sobre qué hablar, una administración del recuerdo del consumo.

Como se ha adelantado, cuando se hace referencia a las prácticas y trayectorias de consumo, los residentes deben necesariamente “anular el recuerdo placentero del mismo”. Es decir, en el momento que comparten algún episodio ocurrido durante el período en el que consumían, deben hacer mención únicamente a su aspecto negativo: por ejemplo qué efectos les causó físicamente, qué daños afectivos-relacionales les provocó, a qué riesgos se expusieron, etc. En las técnicas grupales, los OT suelen señalar cuando este relato se “desvía” hacia un relato “anecdótico”. La anécdota, sostienen, contribuiría a que los residentes se “trasladen” al momento del consumo y vuelvan a recordar tanto los aspectos negativos como los aspectos placenteros del uso de drogas. Por eso, es habitual que se remarque qué aspectos de esos recuerdos deben compartirse con el grupo y cuáles no. Hablar de episodios de consumo anecdóticamente es señalado como apológico.

 

El ejercicio de la disciplina sobre qué hablar, también se evidencia en la comunicación que los residentes tienen con sus allegados.

Las comunicaciones telefónicas están pre-acordadas en horarios destinados a cada residente. Tienen derecho a una llamada telefónica, sin embargo cada conversación se desarrolla ante la presencia de al menos un integrante del staff. Esto inhabilita la posibilidad de hablar libremente, o en otros términos, administra el hablar y qué hablar. Lo mismo sucede con las comunicaciones vía carta. Cada carta recibida por el residente de parte de su familia o allegados, así como toda carta enviada por éste, es primero autorizada (a recibirla o enviarla) y leída por el staff. Con el justificativo de que escuchar ciertas cosas o decir otras puede provocarle un retroceso en su tratamiento, con cada carta se opera un estricto control que definirá la autorización o el rechazo para recibirla o enviarla.

Se opera así uno de los procesos propios de las instituciones totales que Goffman denominó como mutilación del yo (Goffman, E., 1961). Es decir, a diferencia de su vida en el afuera, donde las personas deciden cuándo hablar y cuándo no, qué hacer y no hacer, qué exponer ante los demás y qué resguardar en la intimidad, dentro de la institución se llevan a cabo determinados procesos que violan estos límites personales. De acuerdo a Goffman, se despoja a la persona de su concepción de sí (por ejemplo, a través de la barrera que se levanta entre el mundo interior y el exterior; a través del despojo de los roles del afuera; de su apariencia física -muchas veces instándola a que se rape, se cambie el “look”, etc.-; a través de la exposición de su vida ante el personal (staff) y ante el resto de sus compañeros; etc.). La lectura de las cartas enviadas o recibidas de la familia puede pensarse entonces como uno de los procesos de mutilación del yo, de violación de intimidad so pretexto de “contribuir” al tratamiento. Es también a partir de esta técnica que se ejerce el poder disciplinario en toda su magnitud, esto es, a través del uso de instrumentos tales como la inspección jerárquica (coacción a partir de la mirada), la sanción normalizadora y el examen (Foucault, M., 1996b). 

7.2.2 Sobre cómo hablar

Si al intervenir sobre qué hablar la CT regula el contenido de la palabra, a través del cómo hablar se ejercita la técnica necesaria para modelar toda transformación subjetiva.

El cómo hablar, el modo, la forma de referirse a las sustancias, y como hemos visto, a las prácticas de consumo, deben aprenderse. Así como la posición de los brazos y manos al caminar o los modos de andar, beber, mirar, descansar, han sido definidas como técnicas corporales (Mauss, M., 1971), es decir como técnicas adquiridas como producto de normas sociales y de un aprendizaje (aunque los sujetos las experimenten como actos físicos o mecánicos “naturales”), el cómo hablar en una CT también se constituye en una técnica a ser aprendida para lograr la transformación subjetiva. Así lo demuestra el siguiente relato de un usuario en tratamiento:

A veces me pasa que se me “pega” la forma de hablar de acá… Hasta eso, ¿entendés?, lo aprendí acá… la tonada, palabras que no conocía, sentarte a comer que no sabía sentarme a comer, yo me sentaba así, y me enseñaron a sentarme con los bracitos así.

Por otro lado, como las “sustancias” tienen tanta centralidad durante todo tratamiento, una de las primeras indicaciones sobre cómo hablar remite a cómo referirse a ellas. 

Durante el tratamiento está prohibido por ejemplo nombrar a las sustancias por su nombre, así por ejemplo, para referirse a la marihuana, los residentes deben decir en su lugar “liviano”; para referirse a la pasta base/paco deben decir “basura”; las pastillas son “medicación” y la cocaína es “la pesada”.

Parafraseando a Bourdieu (2008), no hay muchos casos en que el poder estructurante de las palabras, su capacidad para prescribir bajo la apariencia de describir o para denunciar bajo la apariencia de enunciar, sea tan indiscutible. A través de esta nominación y resignificación se ejerce un poder estructurante de la palabra. Esto se debe a que al modificar la representación que en este caso los usuarios se hacen de ella, se tiende a modificar la realidad social: es decir, consumir pasta base/paco no es lo mismo que consumir “basura”. La representación de la pasta base o “paco” en tanto basura modifica la percepción hacia la sustancia, dotándola de un calificativo meramente negativo.

Otra norma correctiva sobre la palabra tiene que ver con la utilización del “léxico de la calle”. No utilizar el léxico de la calle es una norma que debe ser aprendida desde el primer día de ingreso a estas instituciones.

Las CTs a través del proceso de enseñanza mediante el cual se lleva a cabo la imposición de modos de hablar, tiende a inculcar disposiciones permanentes: aprender qué decir y cómo forma parte de la transformación subjetiva propuesta por estas instituciones. Así como el gusto de clase constituye un signo de distinción, aprender e incorporar la forma de hablar, de andar, de comportarse opera como signo de distinción del residente “adaptado” a las normas impuestas por la institución. Así lo demuestra el relato de Flavio en una entrevista:

Capáz que a mí [los residentes “nuevos”] me ven como un referente y cuando ingresan a la casa me preguntan ‘¿qué puedo hacer?’… y yo les digo ‘Porta bien, loco, fijate cómo hablás, empezá a revertir un poco la manera en la que hablás, el léxico que usás de la calle’, porque acá entrás y quizás decís muchas palabras que la gente normal no usa, ¿viste? Y bueno, empezar a revertir un poco eso, un poco tu imagen. (Flavio, usuario en tratamiento).

Bourdieu (2008) define a todo acto de habla y en general toda acción, como una coyuntura -una “concomitancia de series causales independientes”- entre las disposiciones elaboradas socialmente del habitus lingüístico y las estructuras del mercado lingüístico. En este caso por ejemplo, podría ser la coyuntura entre cierta propensión a hablar y a decir determinadas cosas -por ejemplo, el “léxico de la calle”- y la imposición por parte del staff de lo que constituye la “lengua legítima” –lo que para Bourdieu sería el “discurso estilísticamente caracterizado”-.

De acuerdo a esta perspectiva, el staff, en tanto portavoz legítimo, autorizado a hablar y a hablar con autoridad, impone la lengua oficial, determina qué léxico es inapropiado y a partir de qué procedimientos se debe adaptar a la lengua oficial promovida por la institución: del mismo modo que en el proceso de constitución de un Estado, a partir del cual se crean las condiciones de constitución de un mercado lingüístico unificado y dominado por la lengua oficial -obligatoria en los actos y en los espacios oficiales-, en la CT se vuelve necesario un trabajo de normalización de los productos de los habitus lingüísticos que posibilite la preeminencia de la única lengua legítima.

Los intercambios lingüísticos, así como la definición de qué y cómo hablar, responden también a las relaciones de poder simbólico en las que se actualizan las relaciones de fuerza. Así, frecuentemente cuando un residente cuestiona cualquier intervención por parte del staff, puede ser sancionado. No sólo lo que dice (algo que subvierte el orden establecido por la institución) sino cómo lo dice (cuestionando lo reglamentado) y quién lo dice (un residente, es decir un portavoz ilegítimo) queda inhabilitado ante el staff. En este sentido, no hay resquicio para el “discurso herético” (Bourdieu, P., 2008), para romper, subvertir la visión legítima. Esto se hace evidente, por ejemplo, cuando quien habla es un residente con un nivel de estudios mayor a la media e incluso mayor que el de los OT

Yo no puedo hablar porque como estudié psicología me tildan de que yo veo todas las cosas de una determinada manera y se ofenden porque creen que yo hablo queriéndome saberlas todas y menospreciando al resto, porque la mayoría no tiene estudios…  o la OT me dice ‘ay qué sutileza tenés para hablarme’ y no es así, no es así. Entonces termino sin hablar, como en la calle.

Tanto se inmiscuye la disciplina y se hace carne en los propios residentes, que son los mismos compañeros de tratamiento quienes con frecuencia señalan la diferencia entre confesar, cuestionar o querer “alianzar[4] en contra de la voz legítima.

Cómo hablar durante el tratamiento tiene que ver también con cómo lograr movilizar al otro, cómo atravesar la “cápsula”, desnudar los sentimientos del otro. Como se ha visto, la técnica de la confrontación en la CT incluye un amplio espectro de comunicaciones, diálogos e intervenciones que requieren diversas vías de llegada a los residentes por parte de sus compañeros de tratamiento: en algunas intervenciones el cómo hablar remite a una convencional charla entre pares y en otras el cómo hablar implica “pinchar” al otro mediante gritos, denuncias, acusaciones, desafíos, humillación, denigración e insultos.

7.2.3 Sobre cuándo hablar

Además de sobre qué hablar y cómo hablar, en las CTs se regula cuándo hablar.

Si bien todas las técnicas grupales que se desarrollan durante el tratamiento tienen como eje de trabajo la confrontación, vale decir que para todo lo que se quiera transmitir al otro, existe un espacio, una actividad destinada a ello, que es necesario respetar. Son las denominadas herramientas terapéuticas, es decir, los grupos preestablecidos que tienen como objetivo central incidir en la conducta de los residentes, trabajar sobre determinadas facetas de la subjetividad: las actitudes, el comportamiento, los sentimientos, el respeto de los límites, etc. Cada actividad se lleva a cabo a modo de un ritual (Renoldi, B., 1998). El propósito de un rito es precisamente ofrecer un marco de ejecución:

El tiempo o el lugar señalados dan la alerta a un género especial de expectativa (…) la demarcación y el encajonamiento limitan la experiencia, confinan los temas deseados o excluyen los intrusos (…) el rito no sólo nos ayuda a seleccionar experiencias que favorecen una atención concentrada. Es igualmente creador a nivel de la ejecución, porque un símbolo externo puede ayudar misteriosamente a la coordinación del cerebro y del cuerpo (Douglas, M., 1973: 89-90).

De esta manera, los rituales reafirman los esquemas de clasificación que vertebran la vida social.

La estructura indicaba como todas las mañanas de la semana que después del desayuno se va a llevar a cabo el “grupo de apertura”. Los residentes se levantan de la larga mesa que circunda en forma de L al patio central, los “responsables de limpieza” se encargan de recoger las tazas y las paneras, mientras algunos piden permiso para ir al baño, y otros aprovechan para “fumarse un pucho” antes de entrar al “grupo”. Mientras tanto, los residentes “coordinadores” se ponen en función para que toda “la casa” vaya entrando a la habitación más grande de la casa y la única que, a través de una ventana enrejada tiene contacto con el exterior. Es el espacio más utilizado durante toda la jornada, puesto que es aquel espacio asignado para hacer los “grupos”, las entrevistas, las reuniones familiares. Casi todo el tratamiento transcurre allí. En una de las paredes cuelga una bandera con el nombre de la institución y con la firma de alguna “promoción” de residentes, al estilo de una bandera de egresados de una institución escolar. En otra pared, un afiche realizado en alguna actividad invita a recordar para qué sirven las “herramientas de trabajo” y las “normas de la institución”. Una biblioteca vieja, con algunos libros de cuentos descansa en una esquina. El resto de la habitación está invadida por sillas de toda clase que se encuentran desparramadas por todo el espacio. A medida que van ingresando, van acomodando las sillas en forma de círculo: otro día está por comenzar como todas las mañanas, con el grupo de apertura o grupo matinal (Nota de campo).

Cuando se hace el “grupo de apertura” todos saben cómo deben sentarse, en qué va a consistir, sobre qué van a hablar y qué tienen que decir: a modo de ritual entonces, diariamente se ubican todos en círculo y de a uno van contestando siempre a las mismas preguntas preestablecidas: “cómo abren su día” (qué sentimientos tienen, cómo se sienten) y “cuál es el objetivo” de cada uno/a para ese día en su tratamiento, objetivo que a la noche, en el “grupo de cierre” se chequea si se cumplió o no. La dinámica suele ser siempre igual: en ronda, uno de los residentes, a modo de “ayudante” del OT anota en una hoja los nombres de cada uno de acuerdo a cómo están sentados en la ronda y por orden de anotación comienzan a decir sus objetivos y cómo abren su día. Ese es el momento para hablar exclusivamente sobre ello. Generalmente dicen “abro mi día…bien/mal/regular” y “mi objetivo es… ubicarme en tiempo y espacio/abrirme al grupo/escribir mi historia de vida/comprometerme con el tratamiento/colaborar con la casa/no permitirme/no tomarme atribuciones/decir lo que siento y pienso”, entre otros. Tal es el ritual, que hasta las frases parecen ser frases “hechas” que se repiten una y otra vez a lo largo de la ronda: tal es así que cuando le tocó hablar a P. dijo sin titubear “abro mi día bien y mi objetivo es disfrutar el tiempo y espacio” y G. con una risa burlona lo corrigió: “no! Ubicarme en tiempo y espacio, no disfrutar!”. El grupo debe estar atento a cómo abren su día y cuál es el objetivo propuesto: por ejemplo a quién abre el día “regular” o “mal”, el OT le pregunta el motivo y predispone al resto del grupo a que participe, alentándolo. En una ocasión uno de los jóvenes dijo abrir su día mal porque había viajado a “su lugar” de residencia y le había hecho mal, le daba la sensación de “querer quedarse allá”. La OT, lo alentó diciéndole que en verdad “él había hecho lo correcto, porque allá se portó bien y volvió como debía hacer”.

También puede darse el caso que se propongan un objetivo que el OT o algún otro residente considere que no es acorde “porque siempre se pone el mismo objetivo y no lo cumple” o “porque se pone ese objetivo por “comodidad” y no por compromiso”, o porque no es acorde para esa persona en función del momento que está atravesando en su tratamiento: por ejemplo proponer “colaborar con la casa” en un momento en que no está comprometido con el tratamiento. Cuando esto sucede se le puede sugerir cambiar ese objetivo por otro con una relación más directa con el tratamiento (“comprometerme con el tratamiento”, “abrirme a la casa”, “tomar conciencia de mi enfermedad”, etc.).

Casi cerrando la ronda del grupo de apertura, M. plantea que “abre su día regular” ya que le molestaba o le llamaba la atención que “nadie blanquea el tema de que quiere irse”, dejar el tratamiento, fugarse e ir a drogarse, “si a mí me pasa no creo que al resto no le pase”. Poner en la mesa estas situaciones y debatirlas en grupo es parte de esta actividad, y es éste el momento de hablarlo. Estos temas, frecuentemente promovidos desde la institución, permiten reforzar la idea de “conciencia de enfermedad” y la necesidad del tratamiento.

El día puede continuar con el desarrollo de otra actividad también ritualizada, llamada “el dinámico” que se lleva a cabo una vez a la semana, en un día y horario fijo, tal como sugiere el ritual. Como describimos líneas más arriba, todos saben que es en este espacio en donde deben hablar sobre los sentimientos (de bronca, lástima, ayuda, molestia, etc.) que una persona tiene debido a una actitud de otro compañero de tratamiento. En esta actividad es donde más claramente se observa la administración de la palabra y la regulación de la conducta. Como se ha adelantado, la actividad consiste en ir “recaudando” los “incidentes” que sucedieron durante la semana (es decir, desde que se desarrolló por última vez esa actividad). Si un residente tiene un sentimiento de bronca hacia otro, por la actitud de este otro en algún momento de la semana, no puede decírselo hasta que se desarrolle esta actividad. Es en este espacio cuando tiene la oportunidad de hablarlo y hacerlo saber al resto del grupo[5].

Se administra la palabra, regulando cuándo hablar, y se regula la conducta, evitando peleas y “enfriando” el sentimiento.

Además de estas herramientas, existen otros espacios que regulan cuándo hablar. Por ejemplo, si un residente observa que otro es desordenado, o no respetó un límite, debe registrarlo en un cuaderno propuesto para ese fin donde se “vuelcan” lo que denominan  “incidentes”. También existe una herramienta para que los OT le informen algo imprevisto al grupo de residentes: la llaman “espontáneo”. Pese a su nombre, en la CT nada queda librado al azar, nada es espontáneo, ni siquiera la herramienta llamada con ese nombre, pues se regula de antemano lo que pueda surgir como tal. Esto sucede incluso con las charlas que en el afuera podemos denominar “convencionales”: dos personas conversando sobre un tema en particular. En estas instituciones entonces, este tipo de conversaciones también se regulan. Si bien entre residentes pueden conversar libremente durante los momentos de ocio, se destina un espacio para las conversaciones entre pares: una herramienta terapéutica es entonces “confrontar” con el compañero sobre lo que está sucediendo, sobre el tratamiento, sobre lo que le preocupa, y para ello hay preestablecido un día y horario. Estas charlas suelen ser más distendidas, y pueden llevarse a cabo en cualquier lugar de uso común de la “casa”.

La “Asamblea”, por último, es el espacio habilitado para plantear al staff la disconformidad sobre alguna medida implementada por éste o hacer una propuesta sobre algo que consideran apropiado para el tratamiento. Se plantea tal espacio como el momento en donde se “suspenden las jerarquías”. Los residentes deben emitir con anterioridad a la asamblea su cuestionamiento o propuesta, para que el staff pueda tomarlo en consideración y planificar la respuesta, que puede ser positiva o negativa. Sólo en este espacio se le puede plantear algo al staff, el resto de la semana, cualquier solicitud de orden personal o grupal debe ser dirigida en orden de jerarquía (primero consultar al coordinador y éste al OT, que dependiendo del pedido puede elevarlo al director de la institución). Consultar algo directamente a un superior es denominado “mal dirigirse” y puede ser objeto de sanción.

7.2.4 Sobre el NO hablar

Si bien el hablar constituye el eje axial del tratamiento, paradójicamente, cuando en las CTs se considera que algo “perjudicial” sucede para el tratamiento de los residentes, se suele utilizar como recurso la incomunicación.

La incomunicación puede proponerse en varios casos. Uno de ellos remite a que al momento de ingresar al tratamiento, el residente “nuevo” conozca a otro residente ya en tratamiento: 

Cuando yo entro acá y dije que conocía  a otro de los chicos que estaba haciendo el tratamiento, nos incomunicaron, no podíamos hablar de nada ni de nadie de la gente de afuera porque decían [los OT] que nos podemos proyectar negativo.

En estos casos, el justificativo empleado en la institución tiene que ver con que el hablar con un residente conocido durante su “etapa de consumo” puede generar el “traslado” a situaciones de consumo.

También suele suceder que se incomunique a dos residentes por considerarse que estos tengan una actitud “amiguista”:

Es cuando dos personas andan todo el día juntas, ¿viste? Yo con aquel estaba todo el día de acá para allá, y nos incomunicaron. No podemos hablar nada hasta que nosotros no cambiemos esa actitud amiguista de hablar de cosas que por ahí no se puede hablar. Acá adentro no te podés hacer amigo con nadie, son todos compañeros hasta el día que te dan de alta. (…) hago como que ni siquiera existe. Hasta que no me levanten la incomunicación, no puedo.

La incomunicación aquí está justificada desde la institución, por el riesgo de “alianza” entre residentes. Es así que cuando está puesta en jaque la estabilidad de la institución, se suele incomunicar como medio de control. Las alianzas suelen ser percibidas no sólo por los OT sino también por los propios compañeros de tratamiento, que deben advertir las complicidades ya que atentan contra el tratamiento. Con el justificativo de que las alianzas pueden, en el peor de los casos, derivar en la planificación de fugas, cualquier actitud en la que se sospecha algo más que cierta “afinidad” entre residentes, debe ser desarmada, y uno de los recursos es precisamente la incomunicación.

Este recurso también se emplea cuando se alteran las normas establecidas por la institución. Puede ocurrir por ejemplo cuando en una salida hablan con quienes han sido sus compañeros de consumo.

Una de las normas de la institución en una salida es evitar todo cruce con aquellas personas o situaciones que referencien al residente a su vida de consumo. Por eso se les indica que cuando esto sucede, deben controlarlo, saludar (en el mejor de los casos) pero no hablar, evitar transitar por los lugares donde consumían, etc.

No cumplir con estas normas es redefinido en términos de “darse permisos”, que significa “aflojar” el autocontrol. En la institución, el darse permisos es considerado el primer paso hacia la recaída. Al considerar que quién consumió puede en cualquier momento volver a hacerlo, cualquier traspié en el tratamiento puede llevarlo de vuelta al consumo. Cuando esto sucede, la incomunicación, el desclase[6] y hasta la expulsión de la institución pueden convertirse en los recursos de los que se vale el staff, tanto como medio de castigo como, en los primeros dos casos, una forma de “conectarse con uno mismo”.

Después de mi recaída estuve un mes incomunicado, no podía hablar con nadie, sólo tenía que reflexionar sobre todo lo que había pasado. Hice mi hoja de ruta, escribiendo sobre cómo empezó todo, porque en realidad los permisos me los empecé a tomar acá adentro… Mi recaída empezó acá adentro, con mi actitud de ser ventajista en las pequeñas cosas hasta hablar de la calle, hablar de drogas.

[Tras mi recaída estuve] un mes y medio desplazado, haciendo limpieza profunda todo el tiempo, de baños, de cocina, de la tarea comunitaria que te manden. Reflexionar todo el día, escribir, escribir… Hacés los trabajos prácticos que te hacen hacer… Sólo compartís en los grupos tu estado de ánimo al final cuando se hace el cierre. Me sirvió para reencontrarme conmigo mismo, porque no podía hablar con nadie… ni escuchar a nadie. Era mi consecuencia por haber vuelto a consumir. Y me tenía que hacer cargo.

Es interesante observar cómo cuando emergen situaciones probables en un tratamiento por adicciones, como puede ser el aflorar del recuerdo placentero del consumo, el deseo, o la consumación de ese deseo a través de una recaída, se  resignifican como situaciones extremas, en las que la palabra, en principio, no tiene lugar. A pesar de que la utilización de la palabra es definida desde la admisión al tratamiento como la principal herramienta de resolución de conflictos, ante un conflicto, paradójicamente, se emplea la incomunicación como medida de castigo.

7.3 Indisciplinar la disciplina: las grietas del hablar

Si bien, como se ha venido advirtiendo pareciera no haber resquicio para el “discurso herético”, es decir, para romper, subvertir la visión legítima, en los márgenes del tratamiento existen grietas en donde este otro decir o este otro actuar se hace lugar.

Tanto en las entrevistas en profundidad que he mantenido en absoluta privacidad como en algún entredicho entre compañeros en la “cancha” (término con el que refieren al espacio donde se manifiestan las vivencias cotidianas) o en las charlas con los familiares en los días de visita, en todos los casos en ausencia de personal del staff, se deja ver cómo en muchos casos el saber decir y el saber hacer operan como una simulación. Para simular la transformación subjetiva sólo basta con aprender las técnicas. Sin embargo estas grietas por donde se cuelan los discursos “heréticos”, o bien el saber dónde hacer surgir este otro decir (cuestionar el tratamiento, hablar con el léxico de la calle, nombrar a las sustancias por su nombre, etc.) o este otro actuar no invalidan la mecánica de la CT en tanto dispositivo disciplinario: por un lado dejan ver cómo la disciplina delimita cuándo, cómo y dónde decir o cuándo, cómo y dónde actuar de tal o cual manera. Pero por otro lado se demuestra cómo si tal decir o actuar surgiera en los márgenes del tratamiento, nada va a modificar en su performance, pero si surge a la vista del staff, es reutilizado para reforzar, a través de la mecánica de premios y castigos, la técnica disciplinaria[7].

7.4 Otras técnicas disciplinarias. Controlándonos nos controlamos.

Es habitual también que, además de instruir – a través de la disciplina- sobre qué, cómo y cuándo tienen que hablar, otras técnicas disciplinarias sean utilizadas en estos dispositivos en virtud de la transformación subjetiva de los residentes.

Como se ha venido señalando el poder disciplinario, evocando a Foucault (2001), tiene como función primordial “enderezar conductas” operando sobre las partes del cuerpo, sobre sus movimientos, gestos, actitudes. Es así que el control -formal e informal- se constituye en la espina dorsal para que los residentes no sólo dejen de consumir sino que produzcan transformaciones en su subjetividad a través de la adopción de nuevas prácticas, actitudes, emociones, significaciones.

Es el staff el que, en calidad de heterocontrol[8] (Castel y Coppel,  2004), ejerce el control social formal[9] de los residentes a fin de constatar la maduración de la “conciencia de enfermedad” y el compromiso con su tratamiento. Este compromiso implica por sobre todo, la modificación de ciertas conductas, actitudes y hábitos que lo predisponen al consumo. Sin embargo, los residentes deben poder autocontrolarse y controlarse entre sí.

El control informal entre los residentes es muy frecuente, diría que forma parte estructural del tratamiento. Este control consiste en estar atentos tanto del propio tratamiento como del tratamiento de cada uno de sus compañeros, interviniendo cuando lo creen necesario, marcando actitudes, alentando[10]. Es muy frecuente por ejemplo, escuchar a un residente decirle a otro, en pleno desarrollo de las actividades “sentate bien que estamos en el grupo”, “no te duermas”, “hablá bien”, etc.

Este accionar marca un elemento distintivo de las CTs y tiene que ver con entender a la comunidad como método (De León, G. 2004). Mediante el uso de la comunidad como métodola CT pretende convertirse no sólo en un programa de auto-ayuda, sino también de ayuda mutua en tanto cada residente tiene algo de responsabilidad en la “recuperación” de sus compañeros, además de en su propia “recuperación”.

Por ello mismo, durante el tratamiento, son los propios residentes los que deben, una vez internalizadas las normas y la filosofía[11] del tratamiento, señalar las actitudes y conductas de otros residentes consideradas como impropias como signo de compromiso con su propio tratamiento pero sobre todo como “ayuda” a sus compañeros. 

Estas actitudes, suelen ser[12]: “me dirijo mal”, “rompo incomunicación”, “juego de manos”, “actitud revanchista”, “actitud ventajista”, “actitud antihigiénica”, “actitud de la calle”, “actitud complaciente”, “actitud aliancera” (hacer “alianza”, “complicidad” con otro residente), “actitud evadida”, “actitud deshonesta”, “actitud fuera de lugar”, “no respeto a la mesa”, “no respeto al grupo”, “no respeto en un taller”, “no respeto al operador”, “deliro a un compañero”, “me manejo como quiero”, “dejo pasar situaciones”, “no me ubico en tiempo y espacio”, “no me bajo un incidente”, “no acepto límites”, “comentario fuera de lugar”, “no valoro mis cosas”, “no valoro las instalaciones de la casa”, “no valoro la limpieza de la casa”, “como fuera de horario”, “no predico con el ejemplo”, “miro o hablo por la ventana”, “hablo de terceros”, “descargo bronca fuera de lugar”, “abuso de la confianza”, “no revierto”, “sigo sin revertir”, “no estoy alerta”, “hago apología”, “actitud molesta”, “corro por la mesa”, “me tomo atribuciones”, “agito la casa”, “no acepto ayuda”, “trabajo mal terminado”, “arrojo cosas”, “actitud obscena”, “actitud manipuladora”, “no uso el amor responsable”, “juego con las herramientas terapéuticas”, “bajo incidentes con sentimiento” (hacer un mal uso de la herramienta, interponiendo el sentimiento), “me manejo con prejuicio”, “fumo de trucho” (a escondidas), “duermo de trucho”, “actitud entrometida”, “hago pedido fuera de lugar”, “busco reacción”, “me justifico”, “utilizo léxico de la calle”.

Si bien como se ha adelantado, marcar estas actitudes son señaladas como “ayudar” a los compañeros de tratamiento y/o “comprometerse” por el propio tratamiento, la mayoría de las actitudes listadas responden a disciplinar la conducta en virtud de reducir los conflictos interpersonales y adaptarse a la estructura propuesta en el tratamiento[13].

En este sentido, tener alguna de estas actitudes puede significar, por ejemplo ser acreedor de un incidente, y de acuerdo al nivel de gravedad considerado, una consecuencia.

Los incidentes, son actitudes negativas pero consideradas “leves”. En las CTs existe el presupuesto de que todos los días se cometen incidentes que son necesarios marcarlos y revertirlos. Esta tarea forma parte del control informal y también del autocontrol: a través de esta herramienta, la mecánica del tratamiento busca que los residentes logren internalizar cuáles son aquellas actitudes que, de mantenerlas, los retrotraerían a su vida de consumo. Es decir, todas aquellas actitudes, que de acuerdo a la modalidad de CT, toda persona que busca recuperarse de una adicción no debería tener. Toda “la casa” –es decir todos los residentes- deben estar atentos para percibir cuándo uno mismo, o un compañero de tratamiento comete un incidente y anotarlo en la carpeta destinada para dicho fin: se lo llama “bajar incidentes”.

Todos los días tenés que bajarte incidentes, porque siempre algo hacés. Siempre se te escapa algo, ¿entendés? por no estar alerta por ésto, por bajar el ejemplo, por falta de responsabilidad… yo el otro día por ejemplo me levanté en el desayuno, y en el desayuno no te podés levantar. Si no te bajás ese incidente y decís “bueno, yo lo bajo mañana” y lo ve el operador, a lo mejor tenés una consecuencia, y a veces pasa que te revisas y no tenés qué poner, pero tenés que bajarte igual. Si no te bajás incidentes te ponen consecuencias, a mí ya me dijeron que si seguía así bajandome sólo un incidente diario iba a quedarme sin visitas y sin salidas.

La cantidad y el tipo de incidentes bajados son percibidos como un “termómetro” para el staff. En una entrevista me decían que “la casa” está mal si hay muchos incidentes pero también está mal si tiene pocos incidentes. Muchas actitudes negativas alteran el tratamiento, pero no percibirlas cuando “por lógica” las hay, también resulta perjudicial. “Dejar pasar situaciones”, “darse permisos”, es sinónimo de aflojar el control y por ende, de relajar el tratamiento.

La mecánica del tratamiento indica que no sólo es necesario advertir los incidentes y marcarlos, sino también revertirlos. Cuando el incidente es considerado de gravedad, o cuando una persona tiene varios incidentes marcados, le corresponde una consecuencia. La “consecuencia” es una medida educativa, que la aplica el OT en conjunto con un grupo de residentes que integran el Comité de Consecuencias. La medida aplicada se delibera en función del tipo de incidente y de quien lo haya cometido (si es un residente con antigüedad en el tratamiento o es nuevo, si viene comprometiéndose con el tratamiento o no, si ha tenido incidentes similares en el corto plazo, etc.). Si bien las consecuencias son consideradas medidas educativas, correctivas, la mayoría de ellas lejos está de buscar dicho objetivo. Por ejemplo para incidentes “leves” se suelen aplicar las siguientes medidas: baldear, limitar la cantidad de cigarrillos permitidos, estar “al servicio de La Casa” (implica hacer lo que La Casa le pide, o lo que el OT le pide que haga por La Casa), no comer el postre –si hay-, no comer mermelada en el desayuno, comer la comida del día anterior, comer separado de la mesa grupal, no tomar mate, no recibir visitas / no tener salidas terapéuticas.

Hay tres normas básicas que en estas instituciones deben respetarse: no sexo, no droga, no violencia durante el tratamiento. No respetar estas normas puede implicar la consecuencia más extrema: la expulsión del tratamiento. La Casa debe estar alerta y advertir, sobre todo, cuando alguna de estas reglas se transgrede.

Una vez finalizada la entrevista con la directora de una de las CTs, me invitó a participar del grupo matinal de apertura que estaba tomando lugar en el SUM. Pero antes me anticipó que había un tema importante que había sucedido el fin de semana que iban a tratar ese día y que tenía que ver con que se había dado un “acercamiento sexual” entre dos compañeros (del mismo sexo). Esta situación fue un tema que se trabajó y que tuvo real incidencia en toda la jornada (no solo entre los compañeros sino también y sobre todo entre el Staff quienes debatían sobre cómo trabajar el tema en cuestión con el grupo). Ante mi pregunta sobre el motivo por el cual no podían tener sexo en la institución, la directora me dijo horrorizada “no!!! es como una regla de cualquier casa”. Las tres reglas que deben respetarse en esa institución a raja tabla son “no sexo, no violencia y no drogas”, y en esta semana se había transgredido una de ellas. No solo preocupaba el acto en sí mismo sino que “muchos de los chicos sabían de esa situación y nadie dijo nada”, hasta que uno de los “nuevos” “blanqueó” la situación y se lo dijo al OT. Por esta situación, el staff consideró apropiado no sólo aplicar una medida disciplinaria a los dos chicos involucrados, con reclusión e incomunicación, sino también a toda La Casa por “haber dejado pasar situaciones” y “no haber advertido lo que pasaba entre estos dos compañeros” (Nota de campo).

A través de esta herramienta, no sólo se busca controlar a La Casa, marcar actitudes, regular la conducta, sino que al mismo tiempo se incide en la moral, los valores, la identidad. A propósito de aquella situación por ejemplo, se trabajó en terapia de grupo acerca de la identidad sexual y la adicción, haciendo alusión por ejemplo a que “la perversidad pasa también por la enfermedad de la adicción[14]”. Esta herramienta, a través de las medidas disciplinarias, se suma al set de herramientas que buscan instituir identidad.

Con este mismo fin, por ejemplo, se “premia” o “castiga” a los residentes, de acuerdo a su adaptación al tratamiento, a través de la adjudicación de diversos roles y/o posiciones de poder en la pirámide.

Así, un residente puede constituirse en supervisor -el mayor cargo para un residente en la pirámide jerárquica de las CTs-, cargo que implica “manejar toda la casa”, ser el responsable de que cada escalafón en la pirámide de poder cumpla con sus roles en tiempo y forma.

El supervisor es el escalafón más próximo al staff. Para lograr el título de “supervisor” es necesario cumplir con ciertos requisitos: el más importante es tener un manejo preciso de las herramientas terapéuticas, por eso es necesario haber pasado un tiempo prolongado de tratamiento para ser supervisor; pero también es necesario reconocer, respetar y hacer respetar la mecánica del tratamiento; saber mediar entre los residentes y el staff; poder sostener un rol de autoridad para con sus compañeros de tratamiento sin dejar de ser par[15].

En orden de jerarquía le sigue los coordinadores, quienes le responden al supervisor y se encargan de controlar a un grupo de residentes previamente adjudicados.

El rol de coordinador y supervisor se lleva a cabo por períodos relativamente cortos, lo suficiente como para demostrar haber podido cumplir con un rol de autoridad y haber respondido satisfactoriamente con lo que se esperaba de él en ese rol. 

Para controlar sus actitudes y su labor en dicho rol, semanalmente se destina una actividad para evaluar, entre coordinadores y OT, como se va desarrollando su tarea en función de cómo está disciplinada La Casa. En esta actividad los temas tratados rondan en general en analizar si se “dejaron pasar situaciones”, si “se pusieron límites cuando fueron necesarios”, si “se logró respetar la organización de la estructura”, y cada coordinador a su vez se autoevalúa y evalúa al resto en su rol. Lo interesante de observar en estas reuniones es cómo, si bien tanto el supervisor como los coordinadores siguen siendo residentes y haciendo su tratamiento como lo venían haciendo y como lo hace el resto de los residentes, cuando se ubican en el rol adjudicado lo ejercen del mismo modo o aún con mayor rigidez que el propio staff. Algunas frases surgidas en estas reuniones dan cuenta de ello: “debemos ser fuerte ante los residentes”, “nosotros tenemos que estar unidos, no deben notarse las fisuras”, “hay que estar atentos a las alianzas de los más nuevitos: en esta salida más de uno no va a volver”, “debemos predicar con el ejemplo ante los residentes y ante nosotros mismos como coordinadores”, “hay que aplicar la regla de ´a más tiempo menos tolerancia´, a todos, incluso a nosotros”, “no hay que dejar pasar una, cuando la casa está calma, las cosas pasan por abajo”.

En la modalidad de la CT, la adjudicación de roles es considerada un elemento importante para la transformación subjetiva: a través de la asignación de una labor, se busca que los residentes desarrollen ciertas competencias como la responsabilidad, el compromiso, la entrega, que se resignifican en términos de recursos para su vida cotidiana.

No obstante, la asignación de roles también puede ser analizada desde otro aspecto:

La distribución según los rangos o los grados tiene un doble papel: señalar las desviaciones, jerarquizar las cualidades, las competencias y las aptitudes; pero también castigar y recompensar. (…) La disciplina recompensa por el único juego de los ascensos, permitiendo ganar rangos y puestos, castiga haciendo retroceder y degradando (Foucault, M., 1996b: 186).

 Volver a ser un “simple residente” después de haber sido el supervisor de la casa, o bien, después de haber tenido a su cargo a un grupo de residentes por ser coordinador, siempre implica un cambio en la subjetividad. El poder modifica la forma en que uno es percibido por el otro, más aún si ha logrado estar a la “altura” de ese rol. Por eso, se “premia” pero también se “castiga” adjudicando roles.

Otro orden de distinción remite a las responsabilidades. Hay diversos y variados tipos de responsabilidades: entre ellos el responsable del “agua y mate”; el responsable del “desayuno y la merienda”, el responsable de la “limpieza”; el responsable de la “cocina”; el responsable del “perro”; el responsable del “mantenimiento de las instalaciones de La Casa”; el responsable de “panadería”; el responsable de “la cartelera”; el responsable del “SUM”; el responsable de “asistir al Staff”, etc.. A medida que se avanza en el tratamiento, se espera que los residentes puedan asumir cada vez más y mayores responsabilidades: no implica el mismo tipo de responsabilidad hacerse cargo de bañar y darle el agua y comida al perro de la casa, que quien se responsabiliza de pedir los alimentos necesarios para luego cocinar a toda La Casa. Por eso, a mayor tiempo de tratamiento, mayor responsabilidad otorgada.

7.5 Semejanzas con otras instituciones de encierro: el tratamiento penitenciario

El tratamiento dispensado en las CTs, tienen una estrecha relación con la “ideología tratamental” de las unidades penitenciarias. Para tomar un ejemplo, en el Complejo Federal de Jóvenes Adultos de Marcos Paz, dependiente del Sistema Penitenciario Federal, se aplica desde 1997 un programa denominado Metodología Pedagógica Socializadora (MPS), cuyo marco normativo es muy similar al de las CTs. Tal es así que en el documento a través del cual el por entonces Ministerio de Justicia de la Nación, por medio de la Secretaría de Política Penitenciaria y de Readaptación Social da a conocer el programa, se subraya que para desarrollar el marco normativo hay un modelo reconocido explícitamente: el de las Comunidades Terapéuticas, utilizado a partir de “las similitudes entre las características psico-sociales de adictos y de procesados o condenados (que) son hoy tan notorias (por lo) que en los hechos, los inmersos en una de esas desviaciones suelen terminar incurriendo en la otra y viceversa” (Ministerio de Justicia de la Nación, 1998:55)

En el mismo documento se especifica que:

(…) las acciones a desarrollar, consideradas como condiciones válidas por ellas y necesarias como paso previo a toda actividad de tratamiento, conformarán un microsistema de aprendizaje social que tienda a la incorporación de pautas de comportamiento, a la reducción de conductas impulsivas, al desarrollo de un proceso interior de reconocimiento y expresión de sentimientos, mediante una adecuada verbalización, y a la revisión de marco valorativo individual en relación con el marco valorativo de la sociedad actual (Ministerio de Justicia de la Nación, 1998:30).

Para llevar a cabo dichos objetivos, del mismo modo que en las CTs, las Unidades[16] en donde se lleva a cabo el tratamiento penitenciario, se rigen por:

1. Un sistema normativo rígido, pero previamente explicitado

Al igual que en las CTs cuenta con una rígida estructura: a cada hora se realizan las mismas actividades día tras día y se aplican las mismas normas inalterables: no a la droga, no al sexo, no al alcohol, no a la violencia.

 

2. Un decálogo explícito basado en principios que se ejerciten en actividades cotidianas con participación grupal

Las actividades grupales son semejantes a muchas de las herramientas terapéuticas de las CTs, entre ellas la “asamblea”, el “dinámico o grupo de sentimientos”, el “confronto”, y hasta esbozan la misma “filosofía”.

 

3. El aprendizaje de normas que conformen un sistema disciplinario en sí

Del mismo modo que sucede en las CTs, los jóvenes que llegan al pabellón donde se lleva a cabo la MPS se encuentran con un cartel  a la entrada del mismo, en el que están escritas las normas de convivencia que deben respetar si quieren permanecer allí. Entre ellas se encuentran: pulcritud y prolijidad en el cuidado de la persona, pelo corto y afeitado; no faltarle el respeto a los operadores; aprender a convivir en grupo; sacarse los berretines; comentario fuera de lugar: si no tenés de qué hablar, habla de ti mismo; lenguaje inapropiado; no tener reacciones impulsivas; comportamiento social; no al juego de manos; respetar a las autoridades; voluntad en el trabajo y mayor responsabilidad; si queremos cambiar y salir adelante debemos crecer[17].

Atento a dicha normativa, los fundamentos teóricos de la MPS, al igual que en las CTs, corresponden al conductismo. De hecho, en el propio documento de la MPS, se fundamenta la necesidad de contar con un sistema normativo debido a que “un individuo puede modificar su conducta a partir de las consecuencias que ella origine” y/o a que “el acatamiento de una disciplina estructurada durante un tiempo suficiente, conforma patrones o esquemas de conducta”.

Así es que, nuevamente del mismo modo que en las CTs, el tratamiento penitenciario, concorde con una filosofía motivacional de claro corte conductista, se instrumentaliza mediante una estrategia punitivo-premial. En estas unidades, el comportamiento considerado “adecuado” obtiene beneficios y privilegios” y el “desadaptado” conlleva sanciones o medidas educativas. Esto,  aunado a la “presión positiva del grupo de pares”, conforma la “base racional de la modificación de la conducta”.

 

4. El empleo positivo de la presión del grupo sobre el individuo.

Al igual que en el caso de las CTs, en el MPS, el grupo es considerado como “fuente de seguridad psicológica”. Así lo expresa:

El grupo permite desarrollar el sentimiento de pertenencia, el sentido del “nos”. En un grupo dirigido, la seguridad psicológica se refuerza al conocer claramente el rol propio y los roles ajenos (…) Los sentimientos de afecto, referencia, pertenencia y dependencia hacen aceptable la convivencia, aunque sea difícil y dura, porque en ella “yo soy yo”, y fuera “yo soy nadie” (Ministerio de Justicia, 1998:35).

Es así que todas las actividades propuestas en el MPS, al igual que en el caso de las herramientas terapéuticas de las CTs, son grupales.

El análisis efectuado por la criminóloga Claudia Cesaroni (2009), a partir del trabajo de campo realizado en los pabellones donde se aplica el MPS, confirma las similitudes encontradas en los modos de tratar a estas poblaciones en estos espacios terapéuticos y punitivos. De acuerdo a la autora, la nota típica de este tipo de tratamientos, es la idea de grupo, fuera del cual el individuo es nadie. Así, se dirá que “el grupo que vale” es el organizado en la cárcel, o en la comunidad terapéutica. En tanto se sostiene que una deficiente socialización es lo que llevó a la persona a delinquir, una de las pautas impuestas es abandonar aquellos grupos que defeccionaron en formarlo como un sujeto respetuoso de la ley, incluyendo a su familia, amigos y barrio.

Esto da cuenta cómo, además del encierro, el aislamiento se constituye en otro de los modos de tratar que atraviesan a estos jóvenes en sus pasos por otras instituciones.

Así como se ha analizado en el caso de las CTs, Cesaroni repara en que “las restricciones con respecto al lenguaje implican otro modo de imponer un alejamiento, no sólo de la comunidad de origen, sino del conjunto de la sociedad”. En este sentido, también aquí está prohibido hablar de drogas, o de cualquier tipo de delito. La autora advierte la paradoja que presenta que la mera utilización de una palabra de las que son habituales en cualquier adolescente, deriva en la aplicación de una sanción para estos adolescentes. Estas restricciones y aislamientos implican también no poder acercarse a los compañeros de otros pabellones, o compartir una actividad colectiva con ellos, “porque de lo que se trata es de evitar el contagio, las malas influencias”. A raíz de esto, la criminóloga se cuestiona acerca de la incidencia de este proceder a la hora de la “preciada libertad”, cuestionamiento que bien vale para el caso de la CT:

¿Qué se supone que harán cuando vuelvan al barrio, escuchen cumbia villera, les ofrezcan un porro, compartan una birra, vayan a la cancha, lean el diario, se junten con sus viejos amigos? ¿Cuál es el sentido de este tipo de prohibiciones? ¿Desde qué lógica se puede plantear que no hablar sobre algo, supone resolver el problema en el caso en que se sostenga que estos jóvenes tienen algún tipo de problema que los ha llevado a delinquir? (Cesaroni, C. 2009: 246)

Otra forma análoga a la CT para incidir en la conducta de los presos y lograr el disciplinamiento es reforzando el control. Tal como el propio documento de la MPS establece, dado que la cárcel es por definición un entorno controlado, resulta un objetivo primario lograr el efectivo gobierno de los internos  (Ministerio de Justicia, 1998:49).  Pero este “gobierno” no descansa sólo en el personal penitenciario, sino que del mismo modo que sucede en las CTs, la responsabilidad del control recae también sobre los propios presos. Cesaroni da cuenta cómo, en este sentido, se alienta la delación entre los propios presos “no sólo para descubrir las faltas que puedan cometer los otros, sino como un modo de demostrar que el delator ha incorporado la ideología de la MPS” (Cesaroni, C., 2009: 255).

Al igual que se ha analizado en el caso de las CTs la delación también aquí es resignificada como forma de amar al otro responsablemente. Así lo establece una de las máximas de la Filosofía de la MPS que, al igual que en aquellas instituciones tiene como título “amor e interés responsable”: “significa ser responsable de vos mismo y de los demás, aún cuando esto implique denunciarlos. Al hacerlo demostrarás que realmente te interesás en una persona, porque no querés que se haga daño y no estás dispuesto a hacerle daño al permitirle que haga mal” (Ministerio de Justicia, 1998:121).

Por último, la “evolución” del preso respecto a su tratamiento, también a través de la MPS se “mide” en función a su adaptación a la “ideología tratamental”: “el único modo de avanzar –en la progresividad, en el alojamiento, en la obtención de privilegios- es siendo un buen preso: preocupándose por los demás solo para marcarles sus faltas, y así ganar –aún a costa de la propia dignidad- la consideración de las autoridades” (Cesaroni, C. 2009: 260). El avance, al igual que en las CTs, significa además, mayores responsabilidades y mayores privilegios, y en cambio, no adaptarse a las normas implica ser portador de distintas escalas de sanciones.

De este modo, la evaluación respecto al avance o no dentro del tratamiento, refiere a la evaluación a la conducta y su adaptación o no a la ideología propuesta en la MPS. García Bores Espí, analiza lo que sucede respecto a la evaluación del tratamiento penitenciario español que bien vale tanto para las cárceles argentinas como para el tratamiento dispensado en las CT:

“amparados los especialistas en el paradigma necesariamente conductista, absorbida la atención en la conducta del interno, se ha llegado a tomar como indicadores de la evolución del sujeto aspectos irrelevantes de su comportamiento (hacerse la cama, ir bien vestido, incluso el lavarse los dientes). Independientemente de que sea insostenible la consideración de tales indicadores como un avance en la meta resocializadora, se olvida que, para la sociedad libre, no existe la exigencia de lavarse los dientes (ni se está un tiempo privado de libertad por no hacerlo). Lo que parece un sarcasmo, no lo es en absoluto, puesto que si se implantan indicadores de esta índole, su incumplimiento es un indicador negativo de la evolución del sujeto. Ello puede contribuir, directa o indirectamente, a una valoración negativa, de tal modo que un preso no obtenga, por ejemplo, permisos. Contribuye asimismo al sentimiento de los internos de estar sometidos a un poder absurdo pero absoluto” (García Bores Espí, P. 1996:156).

En este sentido, existen determinadas características en los modos de tratar a los jóvenes en contexto de vulnerabilidad –que “coincidentemente” son también presas de los dispositivos de castigo, como el aparato policial y penitenciario- que atraviesan sus trayectorias por las distintas instituciones. En el caso de las instituciones carcelarias, y más específicamente a través de la MPS que se implementa en los complejos destinados a los jóvenes adultos, estos modos de tratar se emparentan con los tratamientos dados en las CTs. Tanto la disciplina, como los modos de evaluar y los criterios a ser evaluados, como el encierro y el aislamiento se constituyen en los ejes transversales para modificar a los sujetos. Corregir, curar, castigar, modelar, reinsertar, resocializar, son algunos de la batería de objetivos que justifican, sustentan, motivan estos tratamientos. Se advierte así, como los modos de tratar a estos jóvenes por los distintos ámbitos en los que circulan  (en las cárceles, en las CTs, pero también en los barrios, en otros organismos y dispositivos de salud, religiosos, etc.), dan cuenta de una lógica de gobierno de estas poblaciones, que excede –aunque incluye- al tratamiento dado en las CTs.


  1. Véase Foucault, Michel (1996b) “Vigilar y Castigar. Nacimiento de la Prisión” y “Los Anormales”, Castel, R. (2004) “La metamorfosis de la cuestión social. Una crónica del salariado”, Melossi, D. y Pavarini, M. (1987) “Cárcel y fábrica: los orígenes del sistema penitenciario”, entre otros.
  2. Una versión preliminar de este apartado fue publicado en Epele, M. (2013) Padecer, cuidar y tratar. Estudios socio-antropológicos sobre consumo problemático de drogas. Ed. Antropofagia, Bs. As.
  3. Es necesario aclarar que addictus en latín no significa lo “no dicho” puesto que el prefijo add no es un prefijo negativo como suele pensarse sino que se lo traduce como “a, hacia, junto a, ante, para” mientras que dictus se traduce como “dictar” y dictum “decir”, oponiéndose radicalmente a aquella primera versión que asocia al adicto a la falta de palabras. También addictus significa “esclavo por causa de una deuda” para designar a un sujeto y, como adjetivo, “vendido en un remate”, “destinado”, “endeudado” o “comprometido”. No obstante, ha sido aquella primera acepción mencionada la que ha cobrado un uso muy extendido, sobre todo en el discurso psicológico, y la que ha cimentado toda una tradición de intervención basada en tal versión.
  4. Alianzar refiere a un término nativo que indica buscar alianzas subrepticiamente entre compañeros de tratamiento con fines disruptivos (por ejemplo, “alianzarse para planear una fuga”, “alianzarse contra otro compañero”, etc.).
  5. Este conjunto de prescripciones que rigen la forma de la manifestación de todo ritual, es lo que Bourdieu denomina las condiciones litúrgicas del ritual: pronunciado por la persona legitimada para ello, conocido y reconocido como habilitado y hábil para producir esa clase específica de discurso, pronunciado en una situación legítima y enunciado en las formas (sintácticas, fonéticas) legítimas. Por eso este autor entiende que los rituales representan el límite de las situaciones de imposición en las que a través del ejercicio de una competencia técnica, se ejerce una competencia social (la del locutor legítimo, autorizado a hablar y a hablar con autoridad). (Bourdieu, 2008).
  6. Refiere a apartar al residente de la estructura de la casa. Estar desclasado implica por ejemplo, no participar de los grupos (sólo asistir), no comer con el resto de los compañeros, no pertenecer a ninguna fase del tratamiento “fase en suspenso”, etc.
  7. Sobre las actuaciones y simulaciones en el actuar durante los tratamientos será desarrollado en otros capítulos
  8. “es decir, de prácticas instrumentalizadas por profesionales sobre la base de un saber y de técnicas específicas generalmente dispensadas en instituciones especializadas” (Castel, R. y Coppel, A. 2004:225)
  9. “El control social es generalmente conceptualizado como el medio por el cual una sociedad asegura adhesión a normas sociales; específicamente cómo minimiza, elimina o normaliza la conducta desviada (…) Los controles sociales formales son formas institucionalizadas de control social. (…) el mayor poder de control social proviene de la autoridad para definir ciertas conductas, personas y cosas. El derecho a definir puede radicar en una autoridad abstracta tal como “la Ley” o Dios, pero es implementado por lo general a través de alguna fuerza institucional como el Estado o la Iglesia. Tales instituciones por consiguiente (es decir, mejor, las personas que las representan) tienen el mandato de definir el problema (es decir, como desviación) designar el tipo de problema de que se trata e indicar qué debería hacerse al respecto.” (Conrad & Schneider, 1985, capítulo I (págs 1-16), la traducción me pertenece).
  10. Si bien se lo ha conceptualizado como un control informal, llevado a cabo por los pares, también, en cierto sentido representan formas institucionalizadas de control, puesto que se espera –y se evalúa- que quienes están haciendo el tratamiento puedan controlar en sus compañeros la ejecución de determinados comportamientos, el respeto de determinadas reglas, etc. previamente enseñadas y promovidas por la institución.
  11. Como se ha descripto líneas más arriba, la filosofía consiste en una serie de versos que alude a los puntos basales del tratamiento. Al ser recitada al unísono, en voz alta y firme por todos los residentes, funciona como refuerzo de la identidad institucional. En ella se retoma la idea de un sujeto que debe abrirse ante la mirada del otro y de sí mismo para cambiar, la idea de que es necesario tomar “conciencia de la enfermedad”, “no escaparse de sí mismo”, “realizar cambios en las estructuras o esquemas”. “verse en el espejo del otro” y que “la comunidad terapéutica es el lugar ideal para hacerlo”.
  12. Estas “actitudes” suelen estar expuestas en carteleras en las instituciones para recordar a los residentes aquello que deben enfrentar a diario. Este listado, incluso, recoge las “actitudes” a enfrentar que estaban expuestas en distintas carteleras en las instituciones donde se ha realizado el trabajo de campo.
  13. Ejemplo de ello es que existe un “encargado de orden y limpieza” que pasa por los cuartos, la cocina y los baños y controla que todo esté correctamente ordenado y limpio. Este residente, se encarga de llevar a diario un registro en donde por ejemplo, cada pullover mal doblado o zapatillas dejadas fuera de lugar implican un punto en contra para la pieza. El cuarto que alcanza los cinco puntos o más, tiene un castigo que puede ser por ejemplo ir a dormir una vez que cenaron. Esto también es resignificado en términos de “tratar de revertir lo que hacíamos afuera, el desorden”, tal como me decían en una entrevista.
  14. Haciendo referencia a que la inclinación a tener una relación homosexual –entendida como una perversión- puede formar parte de las características de una persona adicta.
  15. En ocasiones, por ejemplo, se les suele reprochar a los supervisores que se ubican en el lugar de OT. Recuerdo que en una actividad grupal destinada a confrontar con los coordinadores, un residente le remarcó al supervisor que hacía abuso de su autoridad, y que él diciéndole eso quería “ayudarlo” porque veía que con esa actitud se le iba a “volver toda la casa en contra” (nota de campo 17/12/09).
  16. Pabellones E y F de la Unidad 24 y en la Unidad 26 del CFJA de Marcos Paz
  17. Para ver el resto de la normativa expuesta en la cartelera, ver: Cesaroni, Claudia (2009) El dolor como política de tratamiento. El caso de los jóvenes adultos presos en cárceles federales.


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