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8 Sostener

8.1 “Hacer de trucho”: el tratamiento como obediencia fingida

Así como en el “juego de la oca”, en los tratamientos de las CTs, “gana” quien avanza en los casilleros, y “pierde” quien retrocede. Avanzar los casilleros, en estos tratamientos implica pasar de fase hasta obtener el “alta” de internación. Y pasar de fase, como he referido anteriormente, supone ser evaluados por el staff quienes determinan si cumplió con los objetivos propuestos para ese período. Como se ha venido sosteniendo también, cumplir con los objetivos de cada fase, responde a ir adquiriendo ciertas actitudes y comportamientos proclamados por la institución e ir alejándose de las “imágenes” que los constituyen en “adictos”. En definitiva, responde a poder mostrar una transformación subjetiva acorde a la sugerida  por la institución. Como indicador de esa transformación subjetiva, los residentes, como se ha visto, deben demostrar por ejemplo saber administrar la palabra (es decir saber cuándo hablar, cómo hablar, para qué hablar como así también cuándo no hablar); deben demostrar haber aprendido a saber cómo comportarse ante sus compañeros de tratamiento, ante su familia, ante el staff; deben demostrar que pueden sostener un “amor responsable”, que pueden “mantenerse limpios”, que modificaron sus “actitudes”. En fin, deben poder demostrar haberse adaptado “con éxito” al tratamiento.

No obstante, que hayan aprendido estas “habilidades” puede significar tanto el indicador de la transformación subjetiva de los residentes, como que hayan aprendido simplemente una estrategia a través de la cual se aseguran el pase de fase, el avance en el tratamiento, la proximidad al “egreso”. Es decir, siendo que dentro de la institución es necesario actuar conforme a las normas y valores profesados por la institución, el poder demostrar haberlas incorporado basta para avanzar en el tratamiento. Para avanzar de casillero en casillero (de fase en fase) basta entonces con que los residentes logren adoptar ciertas estrategias adaptativas que les permita, a la vista del staff, atravesar con “éxito” el tratamiento. Esto implica que al ser observados, los residentes hagan lo que se espera de ellos. En este sentido, deben poder demostrar haber modificado su subjetividad –si así efectivamente lo hicieron- o de lo contrario, al menos fingir haber adoptado esas actitudes, sentimientos, acciones acordes a las promovidas por los tratamientos.

Desde la perspectiva del interaccionismo simbólico, Ervin Goffman (2009) señala que toda interacción social constituye una actuación (performance), es decir, un papel representado ante una audiencia. En este sentido Goffman considera que cuando la persona se presenta en público, se convierte en un “inquieto forjador de impresiones”, es decir a través del “manejo de impresiones” (impressions managment) intentará controlar las impresiones que se forman de él y las clases de cosas que él puede y no puede hacer mientras realiza su representación, con la finalidad de elaborar una imagen de “sí mismo” que le interese para llevar a la “audiencia” a actuar de acuerdo con su propio plan: va a generar una impresión que le interese transmitir.En este sentido, se lleva a cabo una performance con un criterio totalmente estratégico. Según esta perspectiva, entonces, puede decirse que los actores buscan mantener la apariencia de que están de acuerdo con las normas sociales con las que será evaluada su conducta. Sin embargo, la preocupación que los motiva no es replicar las normas sino actuar “como sí‟ las compartieran para obtener la respuesta esperada. Así lo expresaba Marcos, durante su tratamiento:

No podés pensar diferente a lo que piensa el grupo porque te van a avasallar de todos lados. A mí por ejemplo me decían “A vos la inteligencia se te pone en contra”, en el único lugar donde me pueden decir esas cosas es acá, ¿entendés? dicen que al ser inteligente le buscás mucho la vuelta y que tenés ideas raras, y que tenés intelecto, revolución y qué sé yo… Son cosas que yo no comparto mucho. Pero sabés que no podés expresarlo, porque te sancionan. Pero bueno, ya está… estoy acá dentro, estoy en el baile, hay que bailar” (Marcos).

Esta última frase de Marcos “estoy en el baile, hay que bailar”, evidencia que “entendió” cómo tenía que actuar “acá dentro” para atravesar, con “éxito”, el tratamiento. En este sentido, puede sostenerse que este tipo de instituciones favorece la instalación de una obediencia fingida (Hurtado, G., 1997) por parte de los residentes. Tal como analizara Hurtado respecto a las instituciones “especializadas” en el tratamiento de las “adicciones”

La mayoría de este tipo de instituciones favorece la instalación de un lazo ficcional de obediencia que se va fortaleciendo en la medida que los pacientes avanzan por los momentos de aislamiento, desposesión, renovación y sustitución a los que se los somete. Observados, hacen lo que se espera de ellos. Por ello hablamos de laberintos de obediencia (Hurtado, G. 1997: 218).

Adoptar estas estrategias, saber qué hacer y qué no hacer, como sucede en la vida cotidiana, se aprende. Por eso, es muy habitual por ejemplo, que quienes estén “mejor adaptados” o quienes demuestran lo que se espera de ellos en los tratamientos sean aquellas personas que han pasado por otras instituciones, es decir quienes tienen otras trayectorias institucionales. Los “nuevos”, en cambio, –los que hacen los tratamientos por primera vez-, sobre todo en las primeras fases del tratamiento, oponen mayor resistencia a las normas, se “amotinan”: deben aprender cómo comportarse, qué se espera de ellos.

En este sentido, en las CTs, representar una buena imagen de sí mismo es condición para avanzar de fase en fase y por supuesto para obtener el alta. En este sentido, y al ser la conducta observable un indicador de la transformación subjetiva del residente, es esperable que éstos presenten a su sí mismo, y si es necesario, simulen su comportamiento o falseen su conducta frente a cualquier observador con capacidad o influencia en su evaluación.

Estuve en una comunidad, que estuve dos años y dos meses internado, y en el último tiempo del tratamiento no hablaba de nada, no contaba lo que me pasaba afuera, ni nada porque eran muy estructurados en ese lugar y por ahí si vos le decías que, no sé, que tenías ganas de irte a drogar o que te sentías mal, el fin de semana no te dejaban salir. Entonces nadie hablaba, nadie hablaba de verdad, todos decíamos que la pasábamos bien en la salida, y era todo un dibujo, una mentira. (Gastón)

Si bien quienes integran el staff deciden si pasa o no de fase y si están en condiciones de obtener o no el alta, también los propios compañeros, como ya se ha dicho, están atentos y deben, como parte del tratamiento, formar parte de esa “evaluación”:

Esa es la diferencia que hay de los que ya hicimos tratamientos con los nuevos. A mí me pasa que hay cosas que yo percibo y que sé que es por tanto tiempo viviendo con drogas y porque hace 4 años que estoy de tratamiento en tratamiento que los pibitos nuevos no me pueden chamullar. Si yo la  dibujé, la careteé en tanto tratamiento… a mí un pibe no me puede caretear, yo me doy cuenta.  Me doy cuenta hasta cuando están haciendo fuerza para llorar. Y yo le digo… y se quieren matar… pero… loco, si vas a hacer el tratamiento de trucho andate, ¿entendés? Porque no seas boludo, no pierdas tiempo (Matías)

“Hacerlo de trucho”, “caretear” el tratamiento, refiere en los términos nativos a fingir estar haciendo el tratamiento “a conciencia”, “comprometidamente”. “Hacerlo de trucho”, para algunos es “ganar tiempo”, avanzar en el tratamiento con vistas a llegar lo antes posible al alta, pero al mismo tiempo, tal como expresaba Matías “una pérdida de tiempo”, porque al no hacerlo “conscientemente” es sinónimo, en los términos de estas instituciones, a fracasar en el afuera: volver a consumir.

Sin embargo, la obediencia fingida, no se restringe sólo a estos tipos de tratamientos. En los relatos de los usuarios se evidencia cómo en sus trayectorias por diversas instituciones esta práctica se repite una y otra vez, no sólo fingiendo la obediencia, sino también las emociones –como expresaba Matías en el fragmento citado- las motivaciones, las necesidades, etc. Estas estrategias son utilizadas tanto para obtener el alta, avanzar en el tratamiento como así también para “pasarla mejor” ahí dentro.

Cuando estuve en el instituto de menores, yo ahí tenía 16 años, y… bueno, ahí manipulé mucho, mentí mucho, ¿viste? Decía que era la primera vez que había robado, era muy trucho… porque se creían todo… Hasta las psicólogas…y les mentía porque me quería ir, no quería saber nada… Estaba acostumbrado a estar en la calle todo el día yo. Y… de estar encerrado de repente… me quería matar. Y aparte que cuando llegué, no entendía nada, todos los códigos que hay ahí adentro, yo no los sabía.… hablar con doble sentido… para que el otro pise el palito… pero bueno, zafé porque al toque me apadrinó un pibe de mi barrio… que era un berretín… era un código caminado. Y ese me enseñaba, estábamos comiendo así en la mesa y me enseñaba… lo que tenía que decir, lo que tenía que hablar… como comportarme ahí. Y al segundo mes, yo fui el primer menor que le dieron salida transitoria… Eh… yo salía a las seis de la mañana y volvía a las seis de la tarde… al instituto… para ir al colegio. O sea, la truché con que quería ir al colegio, quería ir a estudiar… Y el resto del tiempo me la pasaba en la oficina de la directora del instituto… haciéndome el que estudiaba…, para no tener que estar bancándome a los otros ahí… Y bueno, me quedaba ahí estudiando… y ya estaba… y así la pasaba. (Gastón)

Así como Gastón refiere respecto a su paso por un instituto de menores, otros relatos han dado cuenta de las pésimas condiciones de detención y/o de los malos tratos a los que han sido sometidos algunos usuarios en sus pasos por otras instituciones terapéuticas, comisarías y cárceles. En estos casos, también “saber actuar”, es decir saber qué performance es estratégicamente necesaria en esos ámbitos, se convierten en condiciones de supervivencia.

Esto se evidencia por ejemplo, en algunas de las estrategias que se llevan a cabo en las cárceles en general, y en los pabellones evangelistas en particular.

Ha sido documentado, por ejemplo, cómo los pabellones evangelistas que se encuentran en algunas cárceles operan como lugares de “refugio” para algunos presos (asimilables a los campos de refugiados) ante las múltiples violencias, torturas y malos tratos a las que los presos son sometidos en estas instituciones[1] (Andersen, M. J. y Suarez, A., 2009). Si bien los pabellones evangelistas (junto con los de Autodisciplina) suelen ser los de mejor “conducta” del penal y los que gozan de mayores “beneficios”, también suelen ser los de mayor disciplina y acatamiento a las reglas del penal. En dichos pabellones, al igual que en los otros, existen reglas de convivencia específicas[2] y propias de los mismos que deben ser acatadas si se quiere permanecer en ellos.

En este sentido, prestar obediencia a estas reglas como así también someterse a los cultos, para algunos presos que no profesan la religión (los llamados inconversos) implica también una obediencia fingida, un saber actuar una performance.  Diversos estudios han advertido cómo algunos presos simulan ser fieles o haberse convertido a la religión evangélica como estrategia para evadir las condiciones de detención que se dan por ejemplo en los pabellones de “población” (donde se alojan a los presos “comunes”) a fin de poder ser reubicados en los pabellones evangélicos[3] (Bur, R. y Ottone León, R., 1999; Brardinelli, R. y Algranti, J., 2013). Y así lo advierte el Manual de asistencia y tratamiento del Servicio Penitenciario Bonaerense[4]:

En reiteradas oportunidades, los internos eligen vivir en un pabellón evangelista, porque no resisten más la situación de incomodidad que sienten en pabellones comunes, ya que no es parte de ninguna de las ranchadas dominantes. Optan por declarar una religión que verdaderamente no profesan, con tal de sentir el respaldo o protección de un grupo.

En este sentido, se puede pensar que el tránsito por ciertas instituciones (como los institutos de menores, las cárceles, las comisarías, otras instituciones terapéuticas, etc.) a las que los usuarios refieren una y otra vez en sus “trayectorias”, se convierten en verdaderos laberintos de obediencias fingidas (Rivera Beiras, I. y Dobón, J. 1997), es decir, como instituciones propensas a generar este tipo de prácticas entre sus poblaciones.

Esto no implica por supuesto, que un preso que simulaba ser evangelista, finalmente se convierta y profese esa religión, o que algún usuario en tratamiento, además de acatar las normas y actitudes propuestas en el tratamiento puede que haya logrado verdaderamente una transformación subjetiva. Lo que se quiere subrayar, es que lo que en definitiva se evalúa es la adaptación al tratamiento, a las reglas impuestas en las instituciones –cárcel, institutos, comisarías, CTs, etc.-.

Pero aun suponiendo que la conducta no esté ni falseada ni simulada y que fuera posible detectarla y evaluarla, lo que se percibe es que la conducta se evalúa como “adecuada” en el contexto de estas instituciones. Es decir, a partir de los principios de este paradigma conductual, la conducta “correcta” será considerada de tal forma dentro del entorno en el que se desarrolla: en el caso que aquí se analiza en el de las CTs, y de su replique en un afuera con condiciones muy disímiles a ese contexto.

Por ese motivo, una vez que se está próximo a obtener el alta, es parte del tratamiento “entrenar” tanto a los “residentes” como a las “redes vinculares” para “vigilar” que esa adaptación –ficcional o no- en el tratamiento también se dé en el afuera. Parte del “programa de reinserción”, el último tramo del tratamiento, entonces tendrá que ver con ese objetivo.

8.2 El entrenamiento institucional para la “reinserción”

La programación del “proyecto de reinserción social”, tal como lo llaman en las CTs, se inicia, de acuerdo al programa de estas instituciones, cuando el residente logró haber demostrado “incorporar y cumplir con las normas”, demostró “respetar y hacer un buen uso de las herramientas terapéuticas”, “mantener un compromiso responsable con el tratamiento” sin volver a consumir drogas, y convertirse en un “referente positivo” para con sus pares. A partir de entonces, el staff considera que ya está en condiciones de programar su “reinserción social”. En general esta etapa llega pasado el año y medio de tratamiento, cuando es esperable que el “residente” ya esté en condiciones de programar su egreso. Este promedio de tiempo varía en función de cada institución como así también de los “avances” de cada joven en su tratamiento. Por eso, así como existen casos en los que se obtiene el alta en menos de un año, también existen casos en los que, por distintos motivos[5], los residentes continúan institucionalizados por un tiempo más prolongado y hasta indefinido. La noción de “reinserción social” para las CTs hace referencia al “proceso por el cual una persona en tratamiento va adquiriendo los recursos emocionales, cognitivos, psicológicos y sociales necesarios para construir y sostener una relación saludable con su medio familiar y social” (FONGA, 2014).

Trabajar la “reinserción social” significa poder demostrar, además de su adaptación a la estructura del tratamiento dentro de estas instituciones, el sostenimiento de los principios establecidos por las CTs en su relación con el afuera. El “afuera” implica al barrio, donde en general se asentó su vida de consumo, sus redes vinculares más próximas –en general la familia-, sus compañeros de consumo, entre otros. El “afuera” significa su vida antes de la institucionalización, su vida “bajo consumo” que ahora deberá afrontar sin drogas.

Esta noción de “reinserción”, como su palabra lo indica, implica cuanto menos “volver a insertar” algo/alguien. De hecho, la Real Academia Española, define a la reinserción como “volver a integrar en la sociedad a alguien que estaba condenado penalmente o marginado”. Esta posibilidad real de volver a integrar a alguien en un contexto cotidiano que en general no ha sido modificado, es uno de los cuestionamientos y desafíos más importantes con los que se enfrentan estos y otros dispositivos que pregonan una rehabilitación/reinserción. Este cuestionamiento se basa fundamentalmente en dos premisas. Por un lado, en considerar que al pretender re-insertar, los sujetos estuvieron alguna vez “insertos”, “integrados” –en los términos en que estas instituciones lo entienden-. Por otro lado supone que, manteniendo las mismas condiciones en su entorno, basta con “rehabilitar”, es decir, volver a “habilitar” al propio sujeto, para que esta integración sea posible más allá de lo dificultoso/crítico/iatrogénico que suponga ese entorno.

No obstante esto, trabajar la “reinserción” significa, de acuerdo a los reglamentos y los programas de las CTs, trabajar sobre las “conductas de prevención del consumo”, trabajar sobre los “vínculos familiares”, trabajar sobre el establecimiento de “nuevas relaciones sociales” sin vínculos con el consumo, trabajar sobre el “compromiso con la libertad” y la “responsabilidad en los espacios abiertos”. Todos estos temas son trabajados a diario en las actividades grupales, pero son aquellos que se encuentran atravesando las fases más próximas al egreso, a quienes que se les exige mayor compromiso con estos objetivos.

Para comenzar a trabajar el “vínculo con el afuera”, uno de los objetivos es poder comenzar a hacer “salidas terapéuticas domiciliarias”[6]. De acuerdo a la evolución en el tratamiento, se suelen otorgar 24 hs ó 48 hs de “libertad”. Pongo libertad entre comillas porque todo lo que se planee hacer en ese tiempo debe ser notificado al staff y esperar a que éste lo autorice. Por eso, una vez que el staff considera que el “residente” está en condiciones de empezar con las salidas terapéuticas domiciliarias, se le pide que programe su “rutero”. El rutero es el “programa” del/los días “libres”. En él cada “residente” debe notificar, o más bien, solicitar el permiso para hacer tal o cual cosa, para ver a un familiar o amigo, para dormir en un lugar y con qué personas. Todo[7] debe estar detallado y si el staff lo autoriza debe respetarse y no salirse de ese “programa”.   

Para autorizar un “rutero”, el staff toma en cuenta si “se merecen” lo que piden en función de su compromiso con el tratamiento, su comportamiento, como así también si las personas a las que va a ver o el ambiente en donde va a estar durante esas horas es “propicio” para el momento por el que está atravesando en su tratamiento. En pocas palabras, se trata de poder controlar en la medida de lo posible, su estadía en el “afuera”.

Así como diariamente se destina una actividad para reforzar la “toma de conciencia” sobre la “pérdida de controles” a la que lo ha llevado el uso de drogas, los OT habitualmente presentan alguna situación concreta o hipotética, como disparador para reflexionar sobre los “factores de riesgo” a los que los residentes pueden exponerse durante las salidas terapéuticas. Al concebir a la adicción como una enfermedad “siempre latente”, se entiende que cualquier “factor de riesgo” puede “activarla”. Por tal motivo se apela, además de al autocontrol, a otro tipo de controles que ayuden a reforzarlo para que disipen los factores de riesgo y mantengan la “enfermedad” en off. A pesar de que la premisa sea concebir que el residente, debido a su enfermedad, ha perdido todo control sobre sí, paradójicamente se apela a que durante sus salidas, logre por sí mismo mantener la abstinencia[8]. “Mantenerse limpio[9]” después de las salidas terapéuticas es signo de que se le está ganando a la “enfermedad”. Sin embargo, durante las salidas se apela además, a hacer extensivo ese control a través de las redes vinculares más próximas a éstos.

En el “afuera”, son los referentes externos del tratamiento de los residentes (aquellos que se han definido como responsables de los residentes en sus salidas fuera de la institución: familiares, vecinos, amigos) quienes deben estar “alertas” para evitar situaciones que los pongan en riesgo. Las principales advertencias generadas por La Casa radican en: evitar que los residentes circulen por los mismos espacios en donde mantenían sus consumos, evitar el contacto con sus compañeros de consumo (esto incluye el saludo), evitar los “permisos”[10], evitar la exposición a situaciones festivas, estar atentos a situaciones de engaño o manipulación (actitudes directamente asociadas a la “personalidad adictiva”). Todo lo sucedido durante la salida terapéutica, por más insignificante que pareciera, debe ser presentado por escrito al staff: lo llaman “informe de salida”.

En una de las reuniones que se mantiene una vez al mes entre los referentes externos de los residentes (que en su mayoría son familiares, en general la madre) y el staff, en las que participé en calidad de observadora participante, se hizo mención específicamente sobre los informes de salida. Recuerdo que la vicedirectora de una de las instituciones, quien coordinaba la charla, propuso hablar sobre ese tema debido a que “había padres que no hacían los informes de salida” y por lo tanto “se veían obligados a tener que sancionar a sus hijos” –por ejemplo no permitiéndoles las salidas- debido a que los padres “no cumplían con su obligaciones de enviar los informes correspondientes”. En ese momento hubo una discusión acerca de la importancia de los informes y el rol del referente externo: mientras la madre que se negaba a hacer el informe decía que se sentía “presionada” por el staff y consideraba un error que sancionen al hijo por ello, el resto de los padres presentes justificaron la decisión del staff y le hacían entender a esta madre que era “por el bien de sus hijos”, que el informe era “parte del tratamiento”, y que debían actuar “complementariamente con el staff”. La importancia del informe radica en que debe constituirse en los “ojos” del staff en el “afuera”: por eso los referentes externos deben anotar “todo lo que observan” por más insignificante que pareciera: “qué hizo”, “si estuvo triste”, “si tuvo algún inconveniente”, “si desobedeció alguna orden”, si se dio algún “permiso”, etc.

La importancia del informe cobra relevancia también a partir de entender que la escritura es necesariamente uno de los instrumentos del poder de disciplina. De acuerdo a Foucault,

(la disciplina) apela por fuerza a la escritura. Ante todo, para velar por la anotación y el registro de todo lo que ocurre, de todo lo que hace el individuo, todo lo que dice; a continuación, para trasmitir la información de abajo arriba a lo largo de la escala jerárquica, y por último, para poder mantener siempre accesible esa información y asegurar así el principio de la omnivisibilidad (Foucault, 2007: 69).

A través de la escritura, los cuerpos, los comportamientos, los propios discursos quedan registrados, se codifica así la conducta y se califica así a los sujetos.  En este caso, tal es el control, que el mismo informe debe ser redactado tanto por los referentes externos como por los propios residentes, de esta manera el staff se procura dos versiones de la salida. Este tema también generó cierta controversia, puesto que al comparar los informes de los referentes externos con lo que hacen los residentes, el staff suele advertir que en algunos casos no coinciden o que los referentes no ponen ciertas cosas que el staff considera importante y que sí registran los residentes o viceversa.

Advertir qué situaciones son necesarias informar y cuales pueden pasar desapercibidas, también forma parte del “entrenamiento” promulgado por la institución, por eso estas reuniones también se aprovechan para señalar a los referentes cuáles son las actitudes que deben ser percibidas, cuáles son los límites que deben ponerse en el “afuera”, cómo se debe actuar para ser consecuentes con el tratamiento dispensado en el “adentro”. Una madre comentaba por ejemplo que “al principio no anotaba cosas porque las dejaba pasar”, considerando que era una “transgresión menor”, sin embargo había aprendido a anotar todo “en el momento que suceden las cosas”, no el último día, porque de esa manera “no dejo pasar actitudes”. Otra madre comentaba que sentía que tenía que “observar todo lo que hace como si fuera un chico de 4 años: si mira la televisión qué mira, si lee qué lee” y continuó diciendo “él llegaba a casa y lo primero que hacía era abrir la biblioteca –tiene miles de libros- yo le tuve que decir que los dejara, no puede hacerlo porque es una actitud compulsiva[11]”.

Entrenar a los padres o referentes en qué consiste una actitud compulsiva para el “adicto” también forma parte del entrenamiento para advertir “factores de riesgo”. Sucedió por ejemplo, que en un informe un residente había comentado que había ido al hipódromo junto a su padre y apostaron por un caballo. Esta situación provocó el enojo de la integrante del staff que coordinaba la reunión ya que “todo aquello que despierta la adrenalina no puede permitírsele a un adicto en tratamiento”. Recuerdo que además de comentar que no se permitía apostar, hizo mención también a que por el mismo motivo “no pueden mandar mensajes de texto, ni escuchar cumbia villera”.

8.3 Las redes vinculares: los ojos del staff, afuera

El rol y las prácticas ejercidas por las redes vinculares también van modificándose al ritmo de las “etapas” por las que transitan los usuarios. A diferencia del rol ejercido por  éstas durante la etapa de consumo, ya analizado en capítulos precedentes, durante el tratamiento de sus familiares, además de constituirse en los “ojos del staff” durante las salidas terapéuticas domiciliarias informando todo lo concerniente a sus comportamientos, etc., las redes vinculares deben “entrenarse” para poder, a partir de lo aprendido en las CTs, ayudar al usuario en tratamiento a sostener la abstinencia una vez que le otorguen el alta. Para este entrenamiento, en las CTs se hacen distintas reuniones destinadas a que los familiares puedan ir aprendiendo ciertas estrategias para, por ejemplo, poder advertir las “actitudes negativas” y los “factores de riesgo” para una persona “adicta” como así también para que puedan trabajar terapéuticamente la relación vincular con el residente. El vínculo con “la familia” en general está cargado de tensiones: ya sea por las vivencias ocurridas durante la etapa de consumo –que en general incluye situaciones de violencia, malos tratos, angustias, peleas intrafamiliares-, o porque “la familia”, en muchas ocasiones es quien ha decidido y vehiculizado la internación contra su voluntad, o porque “la familia” no se “compromete” con el tratamiento en los términos que la institución considera que debe hacerlo, o simplemente porque no se cuenta con referentes externos que cumplan con ese rol o mandato.

A pesar de que en los relatos surge como una preocupación constante la falta de recursos (humanos, materiales) “propicios” sobre los que idealmente las CTs puedan apoyarse en la etapa de “reinserción”, “la familia” continúa siendo uno de los pilares sobre los que se apoya esta modalidad de tratamiento. Es decir, no obstante las dificultades que de acuerdo a los relatos existen respecto a la disponibilidad de estos recursos –tanto humanos como  materiales-, se sigue sosteniendo en que una vez dada el alta es “la familia” –o quien pueda ocupar ese rol- quien debe apoyar y sostener –junto a los “residentes”, su “reinserción”. En este sentido, su “entrenamiento” se vuelve en un objetivo primordial[12].

Es interesante reparar en cómo aquellas redes vinculares que atravesaron por más de un tratamiento, han internalizado los saberes y estrategias promovidas por dichas instituciones, y a la hora del alta ponen en práctica un repertorio heterogéneo de prácticas que combinan los modos de tratar tradicionales con los aprendidos en estas instituciones.

Durante la llamada “fase de reinserción”, se espera entonces que tanto el residente como su entorno vincular puedan demostrarle al staff cambios favorables en sus prácticas que promuevan una vida “sin consumo”.

8.4 El cuidado, un asunto privado

Si bien desde lo discursivo, tanto en los relatos de los profesionales y referentes de las CTs, como en los lineamientos de las últimas políticas implementadas en relación al abordaje asistencial en relación al consumo problemático de drogas –como el Plan IACOP – existe un registro sobre el peso de “lo social” en el consumo problemático de drogas, los modos de percibir e intervenir en torno a la “recuperación”, en estas  instituciones, se siguen desplazando primordialmente hacia los propios sujetos y en ocasiones también, hacia sus redes vinculares.

Es decir, en los relatos de quienes trabajan en las CTs son frecuentes las referencias sobre las limitaciones que presentan los tratamientos en la fase de “reinserción” aludiendo por ejemplo a la “vulnerabilidad del afuera”, a que “afuera no hay nadie que los contenga”, “los contextos son muy adversos” o a que “las familias son iatrogénicas”, a que “no hay una sociedad preparada para recibirlos”, etc. Desde la perspectiva de los actores, se evidencia entonces una tensión en relación a los alcances que pueden tener estas instituciones en contextos de vulnerabilidad. Así se manifestaba una de las federaciones que representa a las CTs del país:

La reinserción social no es una tarea que pueda evaluarse exclusivamente en relación a la calidad de los programas que presentan las instituciones. Si acordamos que en las problemáticas vinculadas al consumo de sustancias el peso del ámbito de lo social es tan importante como el de la salud, la reinserción es entonces una tarea conjunta entre los programas terapéuticos y el Estado. Los primeros son responsables de las cuestiones técnicas de sus programas de reinserción social, y el Estado debe asegurar condiciones que faciliten ese proceso en los diferentes ámbitos de la sociedad: escuela, trabajo, vivienda, capacitación laboral, acceso a la salud, etc. (FONGA, 2014)

En este sentido, uno de los reclamos históricos de las federaciones y organizaciones que nuclean a las CTs, refiere a la escasa articulación de las políticas sociales y de inclusión del Estado con las CTs. Este reclamo, que ha ido variando de gobierno en gobierno, apunta, entre otros temas, a pensar en un plan de abordaje de las adicciones y la salud mental como un sistema integrado que articule sinérgicamente los recursos públicos, privados y del tercer sector (Chiosso, F. 2014). Si bien para paliar este déficit, en los últimos años se ha evidenciado cambios tanto en las legislaciones –como la ley de Salud Mental o como la IACOP- como en algunos actores próximos a las CTs que han evidenciado la necesidad de realizar un cambio en las metodologías de estas instituciones tendientes a incorporar un abordaje “comunitario” y extramuros al abordaje institucional (por ejemplo trabajando territorialmente en los barrios en que frecuentan sus poblaciones), hasta el momento son ínfimas las CTs que han incorporado este tipo de abordaje a sus tratamientos. Más frecuente, en cambio, ha sido la incorporación de capacitaciones (alfabetización, cursos de operadores terapéuticos, etc.) y/o talleres de oficio (como panadería, carpintería, jardinería, etc.) para dotar de otras herramientas a los residentes que faciliten su reinserción.   

No obstante, y a pesar de algunas intervenciones que desde los tratamientos se realizan respecto a las dimensiones sociales, laborales y/o educativas, como se ha venido sosteniendo, los tratamientos focalizan su intervenciones en lograr que algo en los “residentes” (en sus actitudes, comportamientos, relaciones vinculares) necesariamente logre modificarse para disipar el riesgo de “volver a consumir”. Ya sea por las “limitaciones” que las propias CTs consideran que éstas tienen para abordar lo “contextual” y/o por sus concepciones respecto a cómo debe ser tratada una “personalidad adictiva”, lo cierto es que la mayor parte del tratamiento se aboca a intervenir sobre una dimensión individual (modificar al sujeto y responsabilizarlo de su cuidado). En este sentido, y sin desentenderse del peso que el “contexto” tiene en relación al consumo de drogas, durante los tratamientos se enfatiza desde diversas técnicas y discursos en la capacidad (y responsabilidad) de cada sujeto –y en ocasiones también de su entorno cercano- para lidiar con ciertas situaciones consideradas “adversas”.

Por ese motivo la fase de “reinsersión” se centra principalmente en “entrenar” a los propios usuarios y a sus redes vinculares para “hacerse cargo” del cuidado de sí / del otro.

Esto se evidencia no sólo a través de las consignas y actividades que los usuarios deben realizar en los tratamientos dentro de la institución –que como ya se ha desarrollado tienen que ver con su “compromiso o no con el tratamiento”, con “incorporar ciertas normas, valores y actitudes”, o en los objetivos presentes en cada una de las fases del tratamiento que parten de relacionar el uso de drogas con un tipo de personalidad asociada a la falta de límites, responsabilidad, amor responsable, honestidad, tolerancia, etc. que se le atribuye a toda persona “adicta”. También se evidencia en lo que se “espera de él” en el afuera.

Es decir, como la adaptación y el buen comportamiento en el interior de las instituciones no puede ser extrapolable a las condiciones de su medio cotidiano (su barrio, su entorno vincular, etc.), debe “evaluarse” a su vez su comportamiento en el “afuera”. En este sentido, y tal como me describía una madre en una entrevista “aquí adentro está bien, engordó, no se droga, pero esto es como una pecera, hay que ver qué pasa afuera cuando se enfrente a su vida cotidiana”.

Es decir, durante la fase de “reinserción”, se espera que los “residentes” puedan lograr un autocontrol, un cuidado de sí, aun en condiciones sociales muy adversas. Es por ello que, las técnicas promovidas en estas instituciones, al centrarse primordialmente en el individuo y su capacidad y/o voluntad de modificar su subjetividad tienden a desplazar y reducir complejos procesos sociales, vinculares, políticos, culturales íntimamente relacionados con los contextos que habitan estas poblaciones, a la esfera individual. Estos desplazamientos implican cuestiones muy diversas que van desde “no consumir” en contextos de alta concentración de sustancias y usuarios, hasta “conseguir trabajo” en períodos de inestabilidad económica o de altas tasas de desempleo, o “restablecer el vínculo familiar” en familias desmembradas.

Tomando como referencia a Foucault (2006b) las prácticas auto-referenciales, las técnicas de cuidado de sí, o el auto-cuidado, refieren a modos en que el poder, haciendo anclaje en los sujetos individuales, delega el desarrollo de actividades haciendo responsable a los propios sujetos de sus resultados, es decir, de su salud y enfermedad. En este sentido es posible reconocer en su desarrollo un modo de tratar que consiste en transformar procesos de curso incierto e ingobernable –a nivel global, social, y/o corporal- que están por fuera del control personal, en asuntos que quedan bajo la responsabilidad individual, tanto en el sentido prescriptivo -sobre qué hacer-, como en la lectura retrospectiva -sobre lo que ha sucedido-.

De acuerdo a Epele (2013), integrada a estos tratamientos, esta dinámica del trato implica un movimiento por el cual se relocaliza la geografía de la causa, reorganizando el mapa social del origen de los padecimientos: bajo la cobertura del cuidado de sí, entonces, la dinámica terapéutica es atravesada por coordenadas definidas en términos de  verdad/mentira, realidad/irrealidad, cumplir/ no cumplir, control/descontrol; al mismo tiempo que desplaza hacia los mismos sujetos no sólo el curso del tratamiento sino también de sus modos de vida en sus contextos cotidianos.  

Asimismo, este tipo de procedimiento institucional además de invocar al autocontrol para su vínculo con el afuera, genera un segundo desplazamiento, esta vez hacia los vínculos próximos, familiares. Si bien en general también se suele culpabilizar, como se ha adelantado líneas más arriba, a la familia o entorno cercano por el consumo (por tratarse de una familia “desmembrada”, “disfuncional”, “que no pone límites”), al momento del alta se apela a ella.

Es decir, tanto el usuario como la familia que durante todo el tratamiento fueron señalados como los responsables del “consumo” pasan a ser en esta etapa, los responsables del “no consumo”. Esta estrategia, al tiempo que vela la implicancia institucional y social en el post tratamiento, promueve una privatización del cuidado (Epele, 2010) es decir, el desplazamiento desde diversas instituciones estatales o privadas (trabajo, seguridad social, salud, educación, etc.) hacia las redes sociales locales y vínculos próximos. De esta manera un conjunto de tensiones, emociones y conflictos producidos en su articulación con procesos macroestructurales son transferidos al terreno de la intimidad de los vínculos, reforzando así la responsabilidad individual o grupal de realidades complejas.

8.5 Cuando la recaída “pega con culpa

En muchos relatos de usuarios, las “recaídas” durante el tratamiento o post-tratamiento tienen que ver con el sentimiento de angustia o culpa generado por no haber podido “lidiar” con ciertas situaciones, cuando de acuerdo a lo aprendido en los tratamientos, era responsabilidad de cada sujeto.

Después de hacer el tratamiento te querés morir. Capáz que te sentiste frustrado porque algo pasó, porque no te salió algo como vos querías…, porque tenías miedo de lo que vaya a pasar… y te drogas, pero ahora sabés por qué te estás drogando de vuelta, ¿entendés? Entonces te querés morir… Que sos un pelotudo, que sos un miserable… Y… hijo de puta porque traicionaste a los viejos, porque traicionaste al grupo, porque traicionaste… te cagaste en todo, te estás cagando en vos… Y bueno, es toda una cagada… ya no es lo mismo (Gastón)

La recaída es lo peor… como que te drogás y sos más conciente de lo que estás haciendo y te pega mal, te pone más triste o llorás. Te ponés a fumar y decís “tiré todo a la mierda”. Yo tenía un compañero de consumo que yo fumaba y él venía y me miraba y me decía: “Como viniste a tirar todo a la mierda, ¿eh?” (Mauricio)

“probé consumir estando en una comunidad terapéutica… que fue mi recaída, y no fue lo mismo. No es lo mismo, ya no pega igual. Ya pega con culpa. Es como que me cagaron la droga. Es diferente, el mambo es diferente. Te pega con culpa”. (Carlos)

Tal como aluden los usuarios en tratamiento en las citas precedentes, la culpa proviene de que ahora, una vez atravesado un tratamiento, se es consciente de lo que sucede: ya ha sido manifestado, puesto en palabras y diagnosticado, lo que en las CTs consideran como el síntoma. Pero además, siendo consciente de ese síntoma, han sido señalados como los responsables de enfrentarlo, velando así que el cuidado de sí es condicionado por la fragilidad, el sufrimiento, los limitantes socio-económicos, entre otros factores, que se exacerban en contextos de vulnerabilidad.

Así como Freud escribió en el Malestar en la cultura, precisamente el sentimiento de culpabilidad se percibe en estos relatos como “la percepción del yo ante la vigilancia (externa y/o interna) que se le impone”, es decir, como la conciencia interna de haber hecho algo mal, o de la mirada del otro, remarcándole ese “error”, y como la expresión de una “necesidad inconsciente de castigo”  (Freud, S., 2000).

También puede pensarse, como ya lo percibía Mary Douglas en su análisis sobre los riesgos y los procedimientos institucionales, que asignar y transferir la responsabilidad e interiorizar sentimientos de culpa en las “víctimas” se convierten en un mecanismo de control social muy eficaz para atenuar conflictos y silenciar denuncias que pongan en evidencia a la institución o al sistema social  (Douglas, M., 1996: 93-94).

Invocar al “sentimiento de culpa” o a la recaída como un “pecado” o como una condena moral, es una práctica muy habitual especialmente en los tratamientos de las CTs religiosas. Entre ellas, aquellas que pregonan el modelo Doce Pasos, modelo que emerge en su origen como grupo de autoatención para resolver problemas vinculados al alcoholismo (Menéndez, E., 1990) y que, invocan doce pasos hacia la recuperación en donde lo espiritual y lo moral son sus ejes vectores[13].

Así, el volver a consumir se convierte en símbolo del fracaso: ante sí mismo, ante sus compañeros de tratamiento, ante el staff, ante su familia.

El miedo al fracaso, al rechazo… Creo que todo eso se juega… más cuando tus viejos te acompañaron todo el tratamiento… y esperando que el nene triunfe… que se deje de drogar de una vez por todas. Y vos te vas a fumar un porrito una vez… y piensan que está todo mal de vuelta, te dejan de creer. (Juan, usuario en tratamiento, 25 años)

La resignificación en términos de “culpabilidad” y “fracaso individual” contribuye a reforzar la noción de enfermedad incurable al tiempo que reestablece a la institucionalización, o en el mejor de los casos, los grupos de pares (narcóticos anónimos, dispositivos ambulatorios, entre otros) como las lógicas preventivas por excelencia.

8.6 Las “calesitas institucionales” como lógicas preventivas: de la internación a la prevención, del peligro al riesgo inminente

Como se ha venido sosteniendo, la escasa posibilidad de intervención que desde las CTs pueden hacer por sí mismas respecto a los procesos sociales, económicos, políticos, culturales que inciden en los consumos problemáticos de drogas, genera que los tratamientos limiten en general las “lógicas preventivas” a una dimensión individual (autocontrol) y a las redes sociales más próximas, y cuando éstas fracasan, a una vuelta a algún tipo de institucionalización.

Estas lógicas preventivas se ven claramente reflejadas en las trayectorias de consumo de los usuarios –con períodos de remisión y otros de vuelta al consumo- como así también en la intensa y frecuente trayectoria institucional de éstos. Así, cuando el autocontrol y las redes vinculares más próximas no logran prevenir el consumo, la institucionalización se convierte en una de las pocas alternativas posibles.

Uno de los relevamientos disponibles da cuenta precisamente del frecuente tránsito por distintos tratamientos. Sin embargo este fluido tránsito no es percibido como efecto de las limitaciones de los tratamientos en sí, o como parte de un proceso, sino como producto de considerarse una “enfermedad crónica”. Advierten así que:

Considerando a las adicciones como una enfermedad crónica, en la que un tratamiento no logra por sí mismo corregir el problema de forma permanente, se puede sostener que un porcentaje considerable de los pacientes que logran completar el suyo exitosamente han tenido alguna experiencia anterior. Efectivamente, tal como se evidencia en el estudio de eficacia, (…) casi el 75% de los que están finalizando tuvieron uno o dos tratamientos previos, mientras el 70% de los pacientes de reinserción social transitaron hasta por 4 tratamientos antes del que les subsidió SEDRONAR. (SEDRONAR, 2010)

En los términos nativos, este tránsito por distintos tratamientos y/o instituciones es denominado “calesitas institucionales”. Así como este estudio daba cuenta que la propia enfermedad crónica hace que deba realizarse el tratamiento una y otra vez, también la “eficacia” del tratamiento depende, según este estudio, de ese tránsito: cuanto más se circula por estas instituciones, más se aprende a cómo comportarse y a aprender las lógicas preventivas.

Aprender estas lógicas preventivas, implica también aprender que algún tipo de institucionalización es necesaria al menos en los primero meses post internación.

En general, en las CTs, una vez otorgada el alta de internación, se le exige al residente que continúe con un “ambulatorio”.

Existen casos en que las mismas CTs disponen de esta otra modalidad, por lo tanto, dependiendo del lugar de residencia se propone continuar en esa otra sede, con una frecuencia de una o dos veces por semana. Un tratamiento ambulatorio, en esos casos tiene como objetivo trabajar grupalmente sobre cuestiones que le “afligen a los residentes en su vuelta a la vida cotidiana”. Se espera que en un tiempo relativamente corto, estén en condiciones de prescindir de este tipo de contención. Sin embargo, es muy habitual también que se les recomiende seguir en contacto con alguna otra modalidad de contención, como por ejemplo los grupos apadrinados por “ex adictos”.

Otra de las vías ofrecidas para continuar en contacto con la institución y/o con los tratamientos es hacer el curso de OT. Cuando están atravesando la última etapa del tratamiento algunos residentes optan por hacer el curso de OT que también, en algunos casos es ofrecido y dictado por las propias CTs. Hacer el curso por un lado les posibilita a los residentes procurarse salidas para cursar durante el tratamiento, como así también “sumar puntos” para con el staff. También es considerado como una alternativa laboral para el momento del alta.

En algunos casos, los que los “staffs” denominan los más “riesgos”, por su condición de “vulnerabilidad” en el afuera –por ejemplo, aquellos que no tienen un “sostén”, que no tienen donde vivir o que vivían en la calle, etc.- se les “sugiere” continuar en una “casa de medio camino”. En estas modalidades, se espera que los usuarios tengan su trabajo, sus ocupaciones diarias, y que la institución sirva de “sostén”: que vuelvan a dormir allí, que tengan un lugar para comer, que cuenten con otros “ex usuarios” y OT para que los “guíen” y los “apoyen” en esa etapa. También algunas CTs cuentan con esta otra modalidad, en caso contrario se hace la articulación con otra institución para derivar a los usuarios. Si bien en el discurso, la opción de ir a una casa de medio camino es “optativo”, es decir, “se le sugiere” al residente ir allí, en la práctica en muchas ocasiones se plantea como una opción excluyente: “o la casa de medio camino o la vuelta al consumo”. Cuando el staff considera que la vuelta a su vida cotidiana –en su barrio, su contexto, su familia- está cargada de factores de riesgo que lo predispondría a la vuelta al consumo, esta opción no se constituye precisamente en una “opción”: en estos casos los residentes se encuentran ante un callejón sin salida[14].

Así es que, tanto al momento de otorgar el alta de internación como cuando ya en sus contextos cotidianos “pierden el control” o “corren peligro”, la institucionalización se convierte en la “alternativa segura”. Así, durante el tiempo que la persona persiste en el tratamiento, todas las variables quedan “bajo control”, al menos, por un tiempo.

Como ya se ha dicho, la institucionalización responde a varios objetivos. Como “perder el control”, “correr peligro”, “exponerse a riesgos” son cuestiones tan factibles –en cualquier contexto, no sólo en estos casos- la idea de volver a internarse se refuerza cuando estos “peligros” ocurren o “pueden ocurrir”. La internación así, se constituye en un lugar “seguro”, sobre todo por el aislamiento que ésta supone de aquellas “cosas” que lo “ponen en peligro”. Por ejemplo, en una conversación con una OT, me decía respecto a un usuario que después de habérsele otorgado el alta, volvió a internarse “para guardarse”[15]:    

A. está internado para guardarse un poco. En el barrio, si lo ven, lo meten preso. La familia, ya no sabía qué hacer. Por eso está acá, internado otra vez, durante este tiempo bajan un poco los decibeles y de paso refuerza su tratamiento.

Desde una de las posturas más críticas de los tratamientos y de la definición de las conductas adictivas como enfermedades, Stanton Peele (1989)advierte que la “industria del tratamiento” persiste y se acrecienta porque genera la “ilusión de progreso” durante el tratamiento, y la “seguridad de que allí encontrará una ayuda siempre disponible”. Lo más grave, resalta Peele, es que incorporando determinadas conductas dentro de la categoría de enfermedades, una multiplicidad de comportamientos –definidos según criterios morales- pasan a ser comprendidos desde la lógica médica, potenciando la aparición –creación- de nuevas enfermedades a las que se les ofrece tratamientos ilimitados y de por vida, como en el caso de las “adicciones”.

Es así que en las trayectorias institucionales de los residentes es muy frecuente escuchar cómo, de acuerdo a sus “necesidades” van pasando de una modalidad a otra, van circulando por las “calesitas institucionales” (de la CT a la casa de medio camino, de la Casa de medio camino a un ambulatorio, del ambulatorio a la CT, etc.). Así lo refleja la historia de Mauricio, un joven que estaba realizando su última fase en el tratamiento:

Acá (en la CT) te hacen ver las cosas, pero el problema está afuera en la sociedad. Vos tenés que chocarte con gente que consuma, y tratar de esquivarla o hacer otros vínculos… o tratar de salir del barrio. Para mí lo más peligroso que hay es mi barrio, no los problemas, ¿entendés?, sino el barrio que es muy tóxico. Porque como yo soy drogadicto a mí me tienta el consumo, ¿entendés? Ver consumir al otro a mí me genera un montón de cosas porque me gusta, siempre me gustó… Pero no quiero volver a estar así. De repente yo me tengo que hacer la idea de que tengo una nena, tengo que laburar y tratar de darle las cosas que necesita. Ahora mi proyecto es salir de acá y estar en La Casita[16] (una casa de medio camino) y… conseguir un laburo. Y… no terminar toda mi vida en “La Casita” tampoco, ¿entendés?, tratar de conseguirme algo, abrirme yo. (Mauricio, usuario en tratamiento, 25 años)

El relato de Mauricio, a su vez da cuenta de una suma de “factores de riesgo” que lo expondrían, según lo que aprendió durante el tratamiento, a una vuelta al consumo si es que vuelve a su barrio, un barrio “tóxico”, como él lo describe. Por eso, su opción era seguir “institucionalizado”, seguir en “La casita” por un tiempo.

Para la psiquiatría clásica, el “riesgo” se presentaba bajo la forma del peligro que encarnaba el enfermo mental susceptible de realizar un acto imprevisible y violento: ante esta imprevisibilidad, el encierro y la esterilización operaban como tecnologías preventivas. No obstante, esta propensión de hacer de la peligrosidad una cualidad inherente al sujeto limitaba técnicamente la intervención -además de los reparos morales y políticos ligados a la tecnología aplicada-.

Estos límites se vieron superados desde el momento que se autonomiza la noción de riesgo respecto a la de peligro: a partir de entonces, un riesgo no es el resultado de un peligro concreto del que es portador un individuo o incluso un grupo determinado sino que es un “efecto de la correlación de datos abstractos o factores que hacen más o menos probable la materialización de comportamientos indeseables”: la presencia de un conjunto o de determinados “factores de riesgo” desencadena automáticamente una seña. De ahora en más, para ser sospechoso ya no es necesario manifestar síntomas de peligrosidad o anomalía, basta con presentar algunas particularidades que los especialistas, responsables de la definición de una política preventiva, han instituido en factores de riesgo (Castel, R., 1983:119-127).

Mauricio llevaba más de dos años ininterrumpidos de institucionalización por su adicción a las drogas. Mauricio fue internado por considerarse que, en función de su consumo abusivo de drogas, era un peligro para sí y para terceros[17]. Primero estuvo en una clínica de desintoxicación, luego en una comunidad terapéutica. Luego de dos años de tratamiento obtuvo el alta, pero volvió al barrio y volvió a consumir porque es “adicto” y vive en un “barrio tóxico”. Lo volvieron a internar y hace ya cuatro meses que está haciendo otro tratamiento en otra CT. Debido a que su barrio es considerado como un factor de riesgo para su enfermedad pronto seguirá su vida en La Casita, una casa de medio camino, que lo ayude a sostener el no-consumo y un “proyecto de vida”.

Con el alta en mano, ya no será “peligroso”, pero puede serlo si los “factores de riesgo activan su enfermedad”. Por ese motivo, Mauricio no debe volver al barrio, un barrio “tóxico”, no debe “tentarse” al ver a sus compañeros de consumo. Por ese motivo, y desde esta perspectiva, Mauricio debe seguir ligado a una institución que le refuerce su “conciencia de enfermedad”, que lo prevenga de los riesgos a los que se expondría en su barrio: deberá seguir en La Casita.

Esta “posibilidad” de que la persona pueda volver a consumir drogas inscribe una lectura sobre el uso problemático de drogas como una enfermedad incurable. Más aún, al asociarlo con factores actitudinales, conductuales, emocionales, vinculares, entre otros, una multiplicidad de variables –tanto inherentes al sujeto como externas a él- se convierten en factores “susceptibles” de producir riesgo. Desde esta perspectiva entonces, la peligrosidad vuelve a ser una cualidad inherente a la persona, en función de ser portadora de una enfermedad incurable.

(Cuando) se habla de enfermedad se habla de un montón de actitudes también, de defectos de carácter, ¿viste?, la soberbia, la omnipotencia. Es una enfermedad de la cual nunca dejás de ser enfermo, porque las actitudes las tenés siempre toda tu vida. Que las disminuyas o que las puedas reprimir un poquito para que no te afecten no quiere decir que te hayas curado (Juan, usuario en tratamiento, 25 años).

Al igual que sucede mediante la operación psiquiátrica de clasificación del riesgo en pacientes con padecimientos mentales, las dimensiones morales de la vida de los pacientes por uso problemático de drogas se reconstituyen médicamente: mientras que en el primer caso el paciente es juzgado en sus conductas traducidas en síntomas de una enfermedad mental (Mantilla, J., 2008), en el segundo son traducidas en tanto síntomas de una enfermedad incurable: la adicción. Así es que, una vez que se logra instituir la categoría de enfermo, es decir, instituir que se es adicto[18] independientemente de mantener el no-consumo, su vida debe necesariamente estar ligada a estas lógicas preventivas. Por eso, mientras los factores de riesgo logren ser controlados (a través del refuerzo de la “conciencia de enfermedad”, del “autocontrol” y/o la “voluntad”), el peligro se disipa. Cuando no logran ser controlados, la lógica preventiva vuelve a manifestarse a través de la institucionalización (ya sea ambulatoria o de internación). Es necesario recalcar que estas lógicas preventivas se basan, en la mayoría de los casos, en la presunción de riesgo. La multiplicidad de variables consideradas como factores de riesgo –“el barrio”, “la junta”, “la familia”, “la personalidad adictiva”, etc.- sumado a la  imposibilidad de establecer qué de todo esto podría devenir en un riesgo cierto, genera que en ocasiones se acuda a la institucionalización para prevenir un riesgo que hasta el momento es abstracto.

En este sentido, estos modos de tratar la “adicción” como así también estos modos de entender y definir a la “personalidad adictiva” terminan de alguna manera contribuyendo a perpetuar las “calesitas institucionales”. Esto requiere volver a poner en cuestión la ya tan interrogada noción de “reinserción”. Si pocas son las posibilidades de intervención de las CTs respecto a lo “contextual”, vale decir, a los procesos sociales, económicos, políticos, culturales que inciden en los consumos problemáticos de drogas; y si las “lógicas preventivas” promovidas en los tratamientos se limitan a una dimensión individual y/o a una vuelta a algún tipo de institucionalización ¿qué y para qué se “rehabilita”? ¿dónde se “reinserta”?. Estas y otras tensiones serán retomadas en la conclusión.


  1. Esto no quita, de todos modos que no existan situaciones de violencia y malos tratos en los pabellones evangelistas. De hecho, se ha documentado la existencia tanto de diferencias como confluencias entre la violencia puramente penitenciaria (aquella ejercida directa y tradicionalmente por el personal del Servicio Penitenciario sobre los presos) y aquella que protagonizan los miembros de la iglesia evangelista dentro de la cárcel. Entre las particularidades de la “violencia evangélica” se pueden contar el diezmo, la oración obligatoria, las prohibiciones minuciosas de ciertas conductas y voluntades y sus controles también minuciosos. Entre los aspectos en común se puede destacar el hecho de la aplicación de sanciones, la violencia física directa (que en el caso del poder evangélico se aplica como último recurso), y las requisas y sus modalidades. Para mayor detalle sobre este tema, véase: Daroqui et al (2009)
  2. Estas reglas en general son las siguientes: 1. Mantener el orden y la limpieza; 2. No emplear el lenguaje “tumbero”; 3. No drogas, cigarrillo, “pajarito”; 4. No “fierros”, no pelearse; 5. Cumplir con los cultos, los estudios bíblicos y la oración; 6. Sujetarse a los siervos de la iglesia; 7. No sexo entre pares, no masturbación. (Extraído de Andersen, M. J. y Suarez, A. (2009))
  3. Profesar la religión evangélica no es una condición excluyente de ingreso a estos pabellones, sin embargo, algunos presos utilizan esa estrategia para tal fin.
  4. Manual de asistencia y tratamiento del SPB”, pp. 12- 13. Disponible en: http://www.spb.gba.gov.ar/index.php?option=com_remository&Itemid=27&func=select&id=11
  5. Algunos motivos registrados fueron: presentar problemas psiquiátricos impidiendo realizar el tratamiento adecuándose a la estructura tal como el staff considera conveniente; no contar con redes vinculares capaces de acompañar al residente en el postratamiento; no contar con un lugar “adecuado” para llevar a cabo y sostener un plan de vida alejado de las drogas.
  6. En el caso de los residentes que viven en el interior del país y vienen a Bs As a hacer el tratamiento, el trabajo de la reinserción suele ser más complicado, puesto que en contadas situaciones tienen la posibilidad de recibir visitas o hacer una visita domiciliaria a su lugar de residencia, ya que implica un costo y un tiempo extra. Además deben contar con el acompañamiento de un OT durante el viaje y la estadía. Cuando estas condiciones imposibilitan la visita a los lugares de residencia (en la mayoría de los casos), se la reemplaza con la salida terapéutica a la casa de algún compañero del tratamiento. Sin embargo, esto lejos está de suplir el trabajo de revinculación tanto con su lugar de residencia como con sus redes vinculares.
  7. “Todo” incluye por ejemplo algo tan íntimo y privado como debiera ser tener relaciones sexuales. En una entrevista, uno de los profesionales de una institución, me decía “si quieren estar con una persona, (tener sexo) tienen que pedir una autorización al equipo terapéutico, y lo trabajamos en conjunto…, que venga la persona, la tenemos que conocer y… Entonces tratamos de hacerle la cabeza a ambas partes, para que bueno… justamente tengan cuidado y… que no pase esto (que queden embarazadas)”.
  8. La abstinencia se extiende también al alcohol, pues se entiende que consumir alcohol, aunque sea regulado, puede ser el puntapié para el consumo de otras sustancias. En cambio sí se permite el consumo de tabaco, incluso dentro de las CTs, el cual suele registrar un alto crecimiento de su consumo durante la institucionalización.
  9. Refiere a un término nativo de mantener su no-consumo. Cuando los usuarios llegan a La Casa, el consumo se interrumpe y comienza un conteo que se torna cotidiano: el de los días que cada uno lleva “limpio”, mantenerse limpio entonces, es sinónimo de progreso en el tratamiento y por lo tanto, estar “ganándole la batalla” a la enfermedad.
  10. “Darse permisos” refiere a ir adoptando progresivamente conductas no permitidas (por ejemplo, tomar un vaso de cerveza, saludar a un compañero de consumo, exponerse a situaciones festivas)
  11. Como su hijo leía con frecuencia cuentos de terror “muy oscuros”, el staff consideraba que la lectura de este tipo de género literario podía perturbarlo e incidir negativamente en su tratamiento. Por el mismo motivo, tampoco le permitían continuar en relación con un taller de escritura al cual M. asistía antes de ingresar al tratamiento, porque según me decía M. en una entrevista “un integrante del equipo terapéutico considera que me “quema la cabeza”.
  12. Quienes no cuentan con referentes externos “comprometidos” –en términos de las CTs- con el tratamiento, o quienes por residir en otras provincias del país no pudieron hacer la revinculación tal como las CTs lo consideran necesario (situaciones que son muy frecuentes y que sucede en una alta proporción de los casos), existe de acuerdo a los relatos de los profesionales mayor propensión a volver a consumir o a exponerse a “riesgos”. Esto será analizado en mayor detalle más adelante.
  13. En un sentido progresivo y ascendente hacia la “rehabilitación”, los doce pasos que se invocan como principio de recuperación son: “1) Admitimos que éramos impotentes ante nuestra adicción, que nuestra vida se había vuelto ingobernable; 2) Llegamos a creer que un poder superior a nosotros mismos podía devolvernos el sano juicio; 3) Decidimos poner nuestra voluntad y nuestra vida al cuidado de Dios, tal y como lo concebimos; 4) Sin miedo hicimos un detallado inventario moral de nosotros mismos; 5) Admitimos ante Dios, ante nosotros mismos y ante otro ser humano la naturaleza exacta de nuestras faltas; 6) Estuvimos enteramente dispuestos a dejar que Dios eliminase todos estos defectos de carácter; 7) Humildemente le pedimos que nos quitase nuestros defectos; 8) Hicimos una lista de todas aquellas personas a quienes habíamos hecho daño y estuvimos dispuestos a enmendarlo; 9) Enmendamos directamente el daño causado a aquellas personas siempre que nos fuera posible, excepto cuando ello perjudicaría a ellos o a otros; 10) Continuamos haciendo nuestro inventario personal y cuando nos equivocábamos lo admitíamos rápidamente; 11) Buscamos a través de la oración y la meditación mejorar nuestro contacto consciente con Dios, tal como lo concebimos, pidiéndole solamente conocer su voluntad para con nosotros y la fortaleza para cumplirla; 12) Habiendo obtenido un despertar espiritual como resultado de estos pasos, tratamos de llevar el mensaje a los adictos y de practicar estos principios en todos los aspectos de la vida” (Libro Azul N. A, 1991).
  14. Recuerdo dos situaciones registradas en notas de campo, que reflejan esta cuestión. En uno de los casos, se trataba de un residente que vivía en Mar del Plata junto a su familia. En vísperas de su proyecto de reinserción, se le propuso hacer una salida domiciliaria acompañado por un OT, como es común en estos casos. Al regresar el OT comentó estar maravillado por el amor y la unión de esa familia pero que consideraba que su barrio era un “barrio tóxico”. Ante esta situación se citó a la familia quienes viajaron a Buenos Aires, para notificarles que si el joven volvía a su barrio iba a volver a consumir. En dicha reunión el OT le dijo a la madre y al abuelo presentes: “mi opinión es que no le tienen que dar opción a N., él no puede volver a ese barrio, yo pasé por lo mismo consumí muchos años y aún sigo en tratamiento porque no tuve el límite de mis padres o alguien que se haya puesto firme en el momento indicado. Para mí no hay opción “es ir a la casa de medio camino, o nada”. Mientras que el abuelo se oponía a tal decisión diciendo que entre toda la familia lo iban a “sacar adelante” y que él ya había hablado con un amigo para que le diera un trabajo “al menos unos pesitos”, la madre muy angustiada trataba de convencerse de que lo mejor para su hijo era que no volviese a su barrio. La otra situación registrada tenía que ver con que un residente se oponía a ir a la casa de medio camino porque allí se encontraba un ex compañero de tratamiento con el que no se llevaba bien y no quería volver a verlo. Sin embargo también en este caso la respuesta del staff fue “es eso o volver al consumo” (Nota de campo 4-06-10).
  15. Esto si bien sucede en la práctica, contradice los lineamientos de la Ley de Salud Mental que establece que la internación no puede tener como causa una problemática social.
  16. La Casita, es un centro de salud dependiente de la CT donde realizó su tratamiento, que es sugerida por el staff para aquellos residentes que no disponen de un lugar adecuado para regresar una vez que obtienen el alta del tratamiento. Los principales criterios para sugerir la residencia en La Casita suelen asociarse a relaciones conflictivas con las redes vinculares más próximas y/o con la caracterización del barrio/lugar de residencia (“familia/barrio tóxico”). En La Casita, los residentes tienen como condición estudiar y trabajar, y por supuesto no consumir. Si bien cuentan con un staff similar al de la CT, en esta otra modalidad, se pretende que los residentes puedan sostener su “reinserción”, y en caso de encontrarse con alguna dificultad para enfrentar el “afuera” puedan tener una contención.
  17. En función del artículo 482 del Código Civil podían ser privadas de libertad aquellas personas que por “padecer enfermedades mentales, o ser alcoholistas crónicos o toxicómanos pudieren dañar su salud o la de terceros o afectaren la tranquilidad pública”. La reciente sanción de la Ley Nacional en Salud Mental (N° 26.657/10), modifica el artículo 482 estableciendo que sólo podrán ser privados de libertad “en los casos de riesgo cierto e inminente para sí o para terceros”. Si bien no es objeto de esta tesis, vale cuestionar la adecuación del paradigma de peligrosidad y/o de riesgo como la principal herramienta jurídica- médica para decidir las internaciones, en vista a que inevitablemente siempre existe un coeficiente de incertidumbre entre el diagnostico de peligrosidad y la realidad del paso al acto.
  18. En tanto acto de comunicación un acto de institución “notifica a alguien su identidad, pero a la vez que expresa esa identidad y se la impone, la expresa ante todos” y “le notifica con autoridad lo que es y lo que tiene que ser” (Bourdieu, P., 2008: 113, 117)


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