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4 “Hasta acá llegamos”

El aislamiento terapéutico-institucional como límite

Marta venía “luchándola” -como ella decía- con su hijo Darío, hacía unos meses. Darío era su “hijo del medio”, “un pibe bueno”, “pero desde que está en consumo está irreconocible”, me decía preocupada. Darío mantenía cierta regularidad en la escuela, hasta que empezó a consumir: “de a poco empezó dejando todo, y sólo se quedó con esa basura”, se quejaba Marta. Desde que ella pudo advertir que estaba consumiendo intentó varias cosas para “sacarlo”, pero como ella también decía “todo tiene un límite” y el límite para ella –y para Darío- había sido esa semana:

El jueves a la noche yo lloré mucho y lo reté mucho. Lo reté mucho porque me vendió un camperón de jean, que está caro. Que era lo único que tenía para abrigarse. Que era lo único que le quedó porque era mío. Y yo se lo dejé para él. Y él lo usaba. Y lo había vendido por treinta pesos. Bueno viste ese día le dije: “Bueno negri, andate adentro, andate adentro. Porque te mato”, “yo voy y te mato, te voy a matar” ¿Viste de la impotencia, de la bronca? Y lo que te puedo decir es que es lo más bueno que hay, porque jamás levantó la mirada y me contestó. Simplemente agachaba la cabeza y lloraba. Nada más, él lloraba. No fue agresivo. No, no fue agresivo para nada. Para nada. No fue agresivo, y yo le dije ahí que con toda mi bronca le dije, “yo mañana te interno, y vos te vas a ir conmigo mañana. Te vas a levantar, te vas a bañar, te vas a cambiar y vamos a ir. Y te vas a internar mañana” Le dije “Vos mañana te internás ¿me escuchaste?” le dije ¿Y gritándole viste, mal? Y entonces él me dijo que sí. Después le dije “Andá y acostate. Acostate. Andá. Acostate no te quiero ver, andá y acostate” Se fue y se acostó. Estaba para arriba. Después más o menos al rato, me fui, me tiré al lado de él y lo abracé. Y ahí le dije ¿Viste? Le digo: “¿Yo sabés por qué te quiero internar? Porque te quiero demasiado y todo esto me mata” “Yo no quiero ser una mamá más que esté llorando arriba de un cajón”, “Yo quiero que vos te cures” “Porque vos…” le digo “Tenés posibilidades de curarte” Le digo “Y valorá que tenés todavía la posibilidad de que te ayudemos. Y bueno dejate ayudar.

Analizar el proceso de internación implica indagar sobre la propia voluntad y la voluntad de un tercero, sobre el pedido de límite y la imposición, sobre los paradigmas y criterios de salud y bienestar, sobre los padecimientos propios y ajenos, sobre los modos de tratar, sobre las políticas públicas, entre otras tantas cuestiones.

Tal como relata Marta, la venta del último “camperón” que le quedaba a un precio ínfimo, con la finalidad de proveerse dinero para seguir consumiendo, operó como el suceso disruptivo de una serie de acontecimientos previos, que la alertó acerca de una situación de emergencia en la que estaba su hijo que, de acuerdo a su perspectiva, requería “hacer algo ya”. Este “hacer algo” en estos casos, implica a un otro, es decir, las acciones, decisiones, intervenciones que se llevan a cabo suponen siempre un vínculo social en el que se pone en juego voluntades a veces compartidas y a veces contrapuestas. Al manifestarle a su hijo “yo quiero que vos te cures” y “dejate ayudar”, Marta da cuenta de su propia voluntad para que ello ocurra, una voluntad que implica a otro, que lo exige, que interviene sobre otro.

Esta “voluntad” de cuidado hacia el otro y de cuidarse a uno mismo convirtiendo a la salud en un paradigma de la moral responde a un proceso complejo que Foucault desarrolló in extenso.

En el transcurso de sus obras, Foucault da cuenta cómo a través de distintas tecnologías de poder se ha ido avanzando históricamente en función de intervenir sobre la vida en general, tanto sobre la vida del individuo, interviniendo directamente sobre su cuerpo, como en otra escala, interviniendo sobre la masa, sobre la población (Foucault, 1996). Va a registrar cómo a partir del S XVII se desarrollaron técnicas de poder centradas en el cuerpo individual, cuidando a los cuerpos, procurando aumentar su fuerza útil a través del trabajo, el adiestramiento, etc.

Según esta teoría, esta técnica de poder disciplinario que inviste a los cuerpos individuales es ejercida por instituciones tales como la escuela, el ejército, el hospital, la cárcel, entre otras, con el propósito de producir sujetos útiles, económicamente, y dóciles políticamente (Foucault, 1996b). A ésta anatomía política del cuerpo se adicionará, a partir de la segunda mitad del S XVIII, otra tecnología de poder, que Foucault denominará la biopolítica de la especie (Foucault, 1996:196) y que, si bien también operará sobre el cuerpo, a diferencia de la primera en la que el cuerpo es “individualizado como organismo, dotado de capacidades”, en ésta los cuerpos son “ubicados en procesos biológicos de conjunto”. Es decir, mientras que en una opera sobre la individualización en la segunda, sobre la masificación, en una sobre el cuerpo-individuo, en otra sobre la población.

Foucault va a registrar entonces cómo a partir del  siglo XIX “el poder se apoderó de la vida”, “tomó a su cargo la vida” llegando a ocupar así toda la superficie que se extiende “de lo orgánico a lo biológico”, “del cuerpo a la población” a través del doble juego de las tecnologías de la disciplina y de las tecnologías de regulación (Foucault, 1996:204). En este hacerse cargo de la vida en su conjunto, el poder va a intervenir ejerciendo una nueva función: la búsqueda del bienestar de la población, el mejoramiento de la salud del pueblo: “se trata de optimizar un estado de vida”, de prevenir, estimar, regular. Se trata de intervenir para hacer vivir y dejar morir. De esta manera Foucault va a marcar una diferencia respecto al viejo derecho de soberanía en el que se ejercía el poder para dejar vivir y hacer morir. Si gracias al “poder de espada”, el soberano tenía derecho de vida y muerte sobre sus súbditos, a partir del nuevo poder, se invierte la ecuación puesto que lo que se busca es precisamente tomar en gestión la vida, los procesos biológicos del hombre-especie en pos de asegurar su regulación. El poder, va a decir, “es cada vez menos el derecho de hacer morir y cada vez más el derecho de intervenir para hacer vivir, sobre el cómo de la vida, de intervenir para mejorar la vida” (Foucault, 1996: 200).

No obstante, así como hace vivir, también deja morir. Foucault va a desarrollar cómo, a través del racismo, se establece qué debe vivir y qué debe morir, permite producir un desequilibrio entre los grupos que constituyen la población, permite subdividir, suprimir los peligros externos e internos respecto a la población. Dejar morir, es exponer a la muerte, multiplicar el riesgo de muerte de ciertos grupos en detrimento de la población.

Esta perspectiva permite pensar cómo el problema de la vida comienza a problematizarse en el campo del pensamiento político: intervenir sobre el bienestar, sobre la salud, gestionar la vida, ha sido y sigue siendo un objetivo con clara intencionalidad política. A través de estas tecnologías de poder se ha buscado controlar, disciplinar, pero también regular, normalizar. Y también interesa en la medida en que permite pensar en los efectos de poder en los propios sujetos. Es decir, cómo estas tecnologías intervienen en los procesos de producción de los sujetos.

Sobre este aspecto, Foucault resalta dos cuestiones que son fundamentales. Por un lado el rol de la medicina como un saber técnico de extrema relevancia que intervendrá tanto sobre la población como sobre el cuerpo individual, y el rol de las familias y de las prácticas autoreferenciales, o de cuidado de sí, como blanco de poder y al mismo tiempo instrumentos de poder.

En relación a la medicina, es interesante enfatizar en cómo ésta se ha construido en tanto poder-saber con enormes efectos disciplinarios y reguladores sobre la población, como una “técnica política de intervención con sus efectos específicos de poder” (Foucault, 1996: 204). Es así como se han establecido parámetros de salud-enfermedad, de lo normal-anormal, de bienestar-malestar y junto a ellos, modos de regular, controlar, cuidar, curar ya sea bajo fórmulas institucionales, vinculares y/o autoreferenciales. Si bien Foucault desarrolló en gran parte de su obra el rol de los dispositivos institucionales en este aspecto –hospitales, escuelas, ejército, etc.-, en este punto es interesante enfatizar en las prácticas vinculares y autoreferenciales para dar cuenta cómo a través de ellas también se delegó el desarrollo de actividades de control y normalización.

En El Poder Psiquiátrico Foucault, da cuenta cómo a partir del S XIX la familia estuvo en el seno de dos procesos importantes. Por un lado se produjo una familiarización del medio terapéutico, es decir, la curación se producía a través de la activación de “sentimientos de tipo canónicamente familiar” lo que significa que se adoptaba el modelo familiar para la cura –que como se verá en los próximos capítulos, es una de las características de los tratamientos en las Comunidades Terapéuticas. Por otro lado, se produjo una disciplinarización de la familia, es decir que se transferirá en el seno mismo de la familia las “formas”, los “esquemas disciplinarios” y las “técnicas de poder” que daban las disciplinas(Foucault, 2007:142). Por lo tanto así como el modelo familiar se transfiere al interior de los sistemas disciplinarios, hay técnicas disciplinarias que se insertan en la familia. Lo interesante de estos procesos tiene que ver con cómo a partir de entonces la familia es acreedora de una nueva función: la función psicológica de designación del individuo anormal, o, en términos de Foucault, se convertirá en la instancia de anomalización de los individuos[1][2].

Este breve recorrido por cierta parte de la obra de Foucault, permite interrogar  sobre lo modos en que estas tecnologías de poder-saber hacen carne en los sujetos, interviniendo sobre determinados parámetros en relación a la salud, el bienestar-malestar, lo normal-anormal, en fin sobre la vida tanto de otros como de sí mismos. De acuerdo a Epele (2013) esta delegación de actividades de control en el campo de las dolencias y padecimientos, trasmuta la salud en el nuevo paradigma moral, y hace responsables a los propios sujetos de sus estados –por ejemplo de su salud y enfermedad- normalizando y controlando las poblaciones al mismo tiempo que participando en los procesos de producción de los sujetos.

Volviendo al relato de Marta, era ella en su carácter de madre de un usuario intensivo de drogas quien pretendía desencadenar el proceso de internación de su hijo. “Te quiero internar”, “quiero que te cures”, “dejate ayudar”, da cuenta de su propia voluntad para gestionar el inicio de un tratamiento de “rehabilitación”. Así como Marta, muchas son las madres, vecinos, allegados que ante estas problemáticas acuden a la internación. No obstante, esta estrategia en estos contextos no adopta sólo el modelo de “curación”. Internarse en cierto lugar, supone generalmente la única salida disponible e imaginada para un hábitat cotidiano que se convirtió en peligroso.

Como ya se adelantó, las vías de internación son dos: o por voluntad del propio usuario, o por voluntad de un tercero. Dentro de esta última categoría, la internación puede ser promovida por un juez penal –cuando el usuario cometió un delito[3] por el cual se determina que debe cumplir con un tratamiento como instancia de su pena-; por un profesional de la salud; o por las redes vinculares, en general las madres, ya sea a través de la internación directa[4] en un centro de salud o a través de tramitar una causa civil por Protección de Persona ante un juzgado civil, con la correspondiente constatación de que corre riesgo para sí o para terceros, de acuerdo a los parámetros establecidos por la Ley de Salud Mental (26657).

Durante el trabajo de campo, tanto en el barrio como en las Comunidades Terapéuticas, una de las preguntas que acostumbraba a hacer cuando los entrevistados hacían referencia al proceso de internación –de sí mismo, en el caso de los usuarios, o de terceros, en el caso de los familiares o vecinos intervinientes- tenía que ver precisamente sobre quién había motivado el tratamiento, sobre cómo habían llegado a hacer el tratamiento. Esa pregunta que inicialmente fue pensada como una pregunta más, casi contextual, con el transcurrir de las entrevistas se volvió central. Esa centralidad se debe a que cuando se indaga acerca de quién motiva el tratamiento, se recibe no sólo la respuesta precisa sobre la persona, o sobre la vía de internación. Se recibe también la respuesta sobre otras tantas cuestiones que atañen a lo vincular, a los modos de tratar; a las significaciones respecto a la “enfermedad” y a quien/es la padecen; como así también acerca del sistema de atención en sí mismo. Es decir, esa pregunta se convertía en una pregunta “bisagra” que derivaba en diversos aspectos que hacen al proceso de internación.

4.1 “Estoy acá porque yo quise

En general cuando la internación se desencadena bajo el consentimiento del usuario, por pedido de éste o por prestar su voluntad para hacerlo, el procedimiento suele ser descripto como “más sencillo”, “más fácil”. Esta “facilidad” refiere no sólo a que les facilita, sobre todo a las redes vinculares, la búsqueda del centro de salud y el traslado al mismo -que en el caso de quienes lo hacen sin contar con la voluntad del usuario en general suele ser descripto en términos de una “odisea”- sino también porque facilita la predisposición para realizar el tratamiento. Así nos comentaba José, un operador terapéutico[5] o como el mismo se describe un “adicto rehabilitado”:

Un paciente que tiene tres hijos y que se interna por propia voluntad a una CT es totalmente distinto de aquél que lo traen desde un juzgado, que tiene diecisiete años que recién empezó a consumir, que recién salió de la calle, que recién empezó a conocer todo. A ese no lo parás con nada. Es totalmente distinta la predisposición que tiene el paciente. Y quizás consumen lo mismo pero recién empezó y el otro está cansado, éste bajó los brazos y ya se dio por vencido y basta, se dio cuenta que no la puede manejar. Y ahí tomó conciencia y pide ayuda.

En términos generales, los profesionales y OT advierten cómo iniciar el tratamiento por propia voluntad, coloca al “paciente” en un lugar muy diferente de aquel que es traído en forma coactiva y cuya voluntad debe ser generada durante el proceso del tratamiento. No obstante, en los relatos se advierte cómo llegar a manifestar ese acuerdo, admitir esa voluntad a realizar un tratamiento, no es una tarea sencilla.

Si bien el “pedido de ayuda”, como se sostuvo en el capítulo anterior puede desencadenarse por múltiples motivos, en la mayoría de los casos da cuenta de un proceso. Es decir, si bien es descripto como un momento puntual en el que surge esa necesidad de ayuda y ese consentimiento para iniciar un tratamiento, dicha “voluntad” es construida procesualmente, es decir forma parte de un proceso que involucra marchas y contramarchas. En este sentido los recursos con los que cuentan los usuarios, el apoyo de las redes vinculares, cuando lo hay, y la disposición de mayor o menor capital social, cultural y económico intervienen en ese proceso, facilitándolo u obstaculizándolo.

Pedir ser internado y arrepentirse en el mismo día, es un relato muy habitual en los usuarios que da cuenta de este proceso. Los usuarios, familiares y profesionales describen como a la voluntad de los usuarios como algo “endeble”, “frágil”, “efímera”.

Entre los usuarios, esto responde a varios factores.

Uno de ellos es que el pedido de internación pone en tensión una dupla muchas veces inseparable cuando están “bajo consumo” y que tiene que ver con el “goce” y el “padecimiento”: saber que les hace mal pero también que sienten placer al hacerlo.

A Maxi lo entrevisté cuando estaba haciendo su tercer tratamiento de internación, y aún distanciado de su etapa de consumo, recuerda esa tensión: 

Yo soy drogadicto a mí me tienta el consumo. Ver consumir al otro a mí me genera un montón de cosas. No me gusta sentir ese sentimiento, ¿entendés? Pero están fumando en pipa y yo paso por ahí y a mi me genera decir: “Uy, qué rico” Porque me gusta, siempre me gustó… Pero no quiero volver a estar así, ¿entendés?.

Además del goce, la “dependencia” juega un rol fundamental a tal punto que con ciertas sustancias, sobre todo con la Pasta Base, la “voluntad” de iniciar un tratamiento en ocasiones es descripta no ya en términos de “frágil”, “endeble” sino como “inalcanzable”.

A Gabi lo conocí un día en el que fui como todas las semanas al comedor del barrio. Entre mates, charlábamos sobre las novedades de la semana, mientras las mujeres preparaban la comida, otras limpiaban. Ese día mi intención era contactar a algún joven que estuviera durante la etapa de consumo. Era muy difícil programar con anticipación este tipo de entrevistas así que fui y les pregunté ahí mismo si existía esa posibilidad. Lamentablemente, en el barrio era muy fácil acceder a ese pedido: bastaba con atravesar la puerta del comedor y encarar hacia algún pasillo. Así fue. Marcos, uno de los jóvenes referentes del comedor, salió y en pocos minutos me presentó a Gabi, un chico de unos veinte años. Al verlo entrar ya percibí en él un gran pesar, caminaba como desanimado y tenía la mirada triste. Muy flaco, con jeans arremangados, buzo y zapatillas y algo sucio. Claro, después sabría que llevaba tres días de “gira” y cinco años de consumo de pasta base casi ininterrumpidos. No sé si quedarnos en el comedor era lo mejor, había mucho bullicio de niños jugando y gente que entraba y salía, pero ir al pasillo era, según Marcos una manera de “invitarlo” a seguir consumiendo. Le comenté cual era el propósito de la entrevista, llevamos a cabo el proceso del consentimiento informado y accedió. Hacía un gran esfuerzo para hablar y no se extendía demasiado en las respuestas, pero su testimonio me bastó para comprender algunas cuestiones, sobre todo acerca del consumo de pasta base, y las dificultades para “rescatarse”. Durante los 20 minutos que duró la entrevista, Gabi me contó entre otras cosas de sus 7 internaciones manifestando que “no le sirvieron para nada” porque “si uno deja tiene que ser por uno mismo, no por estar encerrado”. Le pesaba no poder sostenerlo, saber lo que tenía que hacer y no poder dar el primer paso “yo no puedo, me gana, ahora mismo yo quiero internarme pero no me dan esas ganas de irme ya porque quiero seguir fumando”, me decía con pesar. (Nota de campo, 26-05-10)

Tanto en la historia de Gabi como en otros relatos y crónicas locales se advierte cómo la Pasta Base/paco  al mismo tiempo que intensifica y acelera la necesidad de tratar los padecimientos asociados a su consumo, dificulta y retrasa la capacidad de poder enfrentarse con esa necesidad y finalmente pedir ayuda. Es decir, las características propias de esta sustancia genera, según la perspectiva de los actores, que mientras se hace más evidente la necesidad de ser tratado, se haga menos “alcanzable” el surgimiento de la voluntad por hacerlo en los propios usuarios.

Esta paradoja ya ha sido analizada por Epele (2010) quien ha advertido cómo el consumo de pasta base/paco ha generado que los jóvenes tengan más comprometido el hecho de rescatar(se) que en el consumo de otras sustancias. De acuerdo a la autora, las características y el consumo intensivo de dicha sustancia ha transformado el “rescatarse” en un proceso más complejo: mientras que con otras sustancias la “teoría del click”, del “darse cuenta” y “dejar de tomar” puede resultar como una operación por la cual, combinando experiencias, emociones y pensamientos los usuarios toman la decisión de dejar de consumir, con la pasta base, en cambio, esta decisión “se construye” durante la internación, es decir, requiere en general de cierto tratamiento psicológico y en ocasiones de medicación psiquiátrica para lograrlo. Esta situación sumado al “estado de emergencia permanente” al que subsume el consumo de dicha sustancia a los usuarios y a sus familiares genera que la vía habitual por la cual los usuarios llegan a los tratamientos sea mediante la voluntad de un tercero, en general por medio de las madres[6].

Por otro lado, otra de las cuestiones que surge en los relatos de los usuarios como “obstáculo” a la hora de consentir con una internación tiene que ver con “descreer de los tratamientos”, “sentir temor”, “no querer estar encerrados”. Es decir, por conocer -y descreer por no haber tenido una buena experiencia, o haber pasado por varias internaciones– o desconocer -y temer a lo desconocido-, acceder a una internación, que en general implica un período largo de tiempo, genera en los usuarios cierta resistencia más allá de “querer” o al menos “consentir” en hacer un tratamiento.

Yo estaba haciendo un (tratamiento) ambulatorio y de repente un día el psicólogo me dice “Bueno, nosotros tomamos la decisión de internarte”. Me agarró mucho miedo, a pesar de que yo quería, pero me agarró un miedo. En esos tres meses no había consumido… y después de que me dijeron eso agarré el liviano[7]“.

¿pero vos querías?

Sí, pero yo tenía mucho miedo, ¿viste?, me agarró mucho miedo… Me asusté, a pesar de que yo quería, me asusté… Porque yo me había quedado con algo que me había contado un amigo que había estado internado, que te inyectaban, que te medicaban y esas cosas, ¿viste?.

Sin embargo, y más allá de estos “temores”, “descreimientos”, “resistencias”, en los relatos de los usuarios y de las redes vinculares se percibe cómo en ciertas circunstancias el encierro y el aislamiento que un tratamiento con internación implican, es considerada como la “única opción posible” si de “frenar” se trata –frenar no sólo el consumo, sino la violencia, los padecimientos, los conflictos barriales, el malestar, etc.-.

4.2 Voluntad, resignación y límite

En el relato de los usuarios entrevistados durante el transcurso de su tratamiento, se observa una notoria diferencia sobre lo que consideran tener voluntad. Con “voluntad” en general hacen referencia a “hacer un click”, pero más que a tener voluntad para, en su sentido positivo, es decir, como querer hacer algo, es descripta en términos de “no poder seguir así”. La voluntad “de cambio”, la voluntad de “hacer un tratamiento”, no pasa precisamente por querer hacerlo, por querer modificar ese estado inicial, sino que en esa primera instancia en la que se da finalmente el consentimiento o el acuerdo para realizar el tratamiento, pasa por no querer o no poder continuar en el estado en que se encontraban “bajo consumo”[8]

Sí, hay chicos que no están puesto por un juez, hay chicos que han venido por su voluntad pero porque no podía más, y porque necesitan otra vida, que se dan cuenta que no puede vivir así… y que mucho no dura así, que se muere. Y la mayoría llegan así porque están en la calle, ya viviendo en la calle, o que están muy mal, ¿entendés?…, muy zarpados y necesitan una vida diferente. Y está bueno, porque que a vos te nazca eso, esa voluntad… esta bueno, porque es como que va a ser más fácil, y lo vas a llevar más fácil que los que están obligados, ¿entendés? y la mayoría acá están obligados y eso… qué sé yo… es feo. (Marcos, usuario en tratamiento)

Este sentido “por la negativa” dado a la “voluntad” dota de otro sentido a la postura de los usuarios frente al tratamiento: “hacerlo por propia voluntad”, es resignificado como resignarse a hacer un tratamiento. Ante el tratamiento en estos casos no pareciera primar la voluntad sino la resignación.

Así lo define un usuario en tratamiento:

Yo creo nadie está por propia voluntad. En primer lugar porque una persona adicta ya no tiene decisiones. Yo sabía que la decisión tomada era la única. No había en realidad decisión que tomar. Yo me estaba muriendo, o sea, estaba buscando morirme y me salió mal una vez, me salió mal una segunda ¿Y la tercera cómo me iba a salir? No sé cuántas sobredosis iba a aguantar. Entonces si decís “vine acá porque yo mismo pedí internarme” yo le diría y sí… ¿qué otras cosas ibas a hacer? ¿Te ibas a morir? ¿Tenías opción? Le diría yo… No había otra opción… ¿Qué querías terminar preso? No, nadie viene por propia voluntad, se viene porque es lo único que se puede hacer. Además de que después de un tiempo que estás acá por más que hayas venido por propia voluntad, te querés matar de estar internado, nadie se queda por propia voluntad, uno se siente muy mal estando acá adentro.” (Mauricio, usuario en tratamiento).

El relato de Mauricio invita a interrogarse respecto a lo que realmente encierra la categoría de “propia voluntad”. A través de los relatos de los propios usuarios como de los profesionales se observa que en ocasiones esta categoría es “tramposa”. Cuando en las entrevistas preguntaba por las vías de internación, muchos de los jóvenes internados estaban “por propia voluntad”. Sin embargo, si repreguntaba o profundizaba en esa pregunta, detrás de esa categoría surgían “otras voluntades” que no eran precisamente las “propias”: entre ellas la voluntad de la familia; la “necesidad” de “guardarse” del barrio, de la policía; etc. En este sentido, vale cuestionarse sobre la “legítima” voluntad de los usuarios al momento de realizar un tratamiento con internación aun cuando de “propia voluntad” se trata.

Por otro lado, de acuerdo a los profesionales, en los usuarios que inician el tratamiento coactivamente, es decir sin prestar su “voluntad” para hacer el tratamiento, esta ecuación voluntad-resignación se desdibuja. Puede o no existir la voluntad de modificar una situación de padecimiento asociado al uso intensivo de drogas, pero en general y sobre todo en la primera etapa y según los relatos se advierte que no pueden o no quieren resignarse a hacer el tratamiento. En este sentido, tanto en los relatos de los profesionales como en especial, de las redes vinculares, la judicialización de los usuarios para iniciar un tratamiento viene a suplir esta falta.

Tal como se ha adelantado, hasta la promulgación de la Ley de Salud Mental 26657, se había instalado un discurso lego y experto en torno a la necesidad de iniciar una causa civil para aquellos usuarios que se rehusaban a ser internados[9]. Este discurso que había sido reapropiado sobre todo por las madres, había generado que ante la imposibilidad real o presumida de no poder contar con el aval de los usuarios para ser internados se tramite una causa ante el juzgado para que vehiculice, medie y/o avale la internación. Como ya se ha dicho, la judicialización en ocasiones venía a suplir la falta de resignación o de “voluntad” de los usuarios a ser internados. En este sentido, desde el relato de los profesionales y en especial de las madres que tramitaban las causas ante los juzgados, la figura del juez operaba como reaseguro y como límite externo para vehiculizar la internación[10].

En los relatos de los profesionales y OT se advierte, tal como hacía referencia José, que si bien iniciar el tratamiento por “propia voluntad” los predispone de mejor manera al tratamiento que si fuese coactivo, el hecho de no disponer de una causa judicial que opere como límite para continuar los tratamientos, se convierte en una dificultad. Por ese motivo, ciertos profesionales incluso la sugerían una vez empezado el tratamiento como modo de limitar la deserción –que abandonaran el tratamiento-.

De acuerdo a los relatos de los profesionales de las Comunidades Terapéuticas,  era muy frecuente el empleo de la misma frase para caracterizar a quienes ingresan por “propia voluntad”: “así como vienen se van”, sostenían. Es decir, de acuerdo a ciertos profesionales, la inexistencia de una restricción “externa”, en ocasiones “invita” a los usuarios o sus familias a decidir por sí mismos el fin del tratamiento: “a los dos o tres meses, cuando empiezan a verse gorditos, a sentirse más lindos, comienza el momento crítico del tratamiento porque creen que ya se recuperaron y quieren irse”, decía Marisa, la directora de una CT en una entrevista. 

Sin embargo, no se percibe una significación uniforme, homogénea respecto a cómo opera la judicialización en cada usuario. Mientras que, según los profesionales, para algunos usuarios efectivamente tener una causa civil los “retiene” en el tratamiento, para otros, no les implica un “límite”. De acuerdo a esta perspectiva ésto se debe principalmente al desconocimiento respecto a los alcances que tiene estar “judicializados” –lo que implica desconocer sus derechos y obligaciones respecto a ello.

Pero también a que ese “límite” en última instancia, debe ser “internalizado”. Por eso, en el relato de los profesionales se advierte cómo el límite debe estar en poder tener la capacidad de discernir el costo-beneficio de continuar con el tratamiento. En este sentido manifiestan que una de las principales tareas del abordaje terapéutico se constituye precisamente en generar esa capacidad. Es decir, tras la “voluntad” y/o la “resignación”, debe proseguir, como primer estadío del tratamiento, a generar lo que en las Comunidades Terapéuticas denominan “conciencia de enfermedad”: entender que “necesitan hacer el tratamiento para modificar su situación inicial”. Ese límite entonces, debe ser “internalizado”:

Porque hacerlo por otro no sirve… Hacerlo porque alguien te mandó, no sirve… Terminás saliendo y te pegás un palo, ¿entendés? Ya está, cumplí con lo que el otro me dijo… bueno, ya está, ya el otro no está más, lo borraste… y seguís en la tuya. O a no ser que tengas mucha conciencia o que hayas encontrado un significado, un valor importante a la vida como para no hacerlo más (Marcos, usuario en tratamiento).

Este “significado”, este “valor” que refiere Marcos es lo que en general –de acuerdo a esta perspectiva- adolece en quienes ingresan coactivamente. Aquella “voluntad” y “resignación” de quienes consienten hacer un tratamiento convive en general con el “amotinamiento”[11] de quienes no dieron ese consentimiento como modo de manifestar el sentimiento de “impotencia”, “bronca” y de “traición”. Como será analizado en los próximos capítulos, uno de los principales objetivos de los tratamientos refiere a que precisamente a través de diversos mecanismos y técnicas terapéuticas se logre reducir esa tensión y que finalmente los “residentes” den signos de haber internalizado la “conciencia de enfermedad” y presten voluntad para hacer el tratamiento. 

4.3 Redes vinculares y proceso de internación

Tal como se ha adelantado en el capítulo anterior, el proceso hacia la internación, o  aislamiento terapéutico-institucional en general involucra a un tercero, habitualmente a las madres. Como también se ha dicho, el proceso de internación insume tiempo, energía, dinero y genera desesperanza, fragilidad, desazón, incertidumbre. De acuerdo a las crónicas locales, como primera medida surge “entender de qué se trata”.

En los relatos de las madres (o de quienes ocupen ese lugar), ese primer encuentro con lo que les pasa a sus hijos es descripto como “desesperante”, y con la angustia que genera “no saber cómo enfrentar la situación”. La extensa mayoría de las madres entrevistadas refiere haber encarado el problema sola, sin la compañía del padre. La figura del “padre” en general suele estar desdibujada en los relatos sobre las problemáticas asociadas al uso intensivo de drogas y más aún en el proceso de internación. Cuando participan, en general, lo hacen acompañando a la madre quien es la que habitualmente está “al frente” de la situación, y/o sosteniendo económicamente a la familia durante ese “transe”. Esta situación no puede sino leerse desde una perspectiva de género: el modelo patriarcal predominante de familia se sostiene en el supuesto de la complementariedad de los roles, por el cual las tareas instrumentales –por ejemplo, ganar dinero- corresponden a los hombres, y las tareas emocionales –como criar a los hijos y sostener las relaciones familiares- corresponden a las mujeres (Di Marco, G. y otra, 1997). Este supuesto que históricamente ha situado a las madres en el lugar de sostén emocional de la familia y sobre todo de los hijos, junto al crecimiento de “madres solas”, que deben cumplir este “rol asignado” pero además hacer de sostén económico de la familia, explica la preeminencia de las madres al frente de “la lucha”, como ellas mismas refieren, para internar a sus hijos. Madres que además, en general tienen otros hijos y trabajan en trabajos precarios largas horas por día. Este paradigma además, instala la culpabilización de las madres en el consumo intensivo de drogas de sus hijos. Es muy frecuente la referencia de las propias madres responsabilizándose por el inicio del consumo de sus hijos: frases como “tuve que salir a trabajar y los dejé solos”; “los descuidé”; “no pudieron soportar la separación con mi pareja”; “por atender a mis otros hijos, lo descuidé” abundan en las entrevistas.

Estos sentimientos de angustia y culpabilización conviven con el “no saber qué hacer”. Es por ello que “entender de qué se trata” es una de las primeras acciones que llevan adelante las madres para sobrellevar lo que están pasando. En esta etapa, se torna esencial la disponibilidad de ciertos recursos, sobre todo de capital social (Bourdieu, P., 1985) y capital cultural (Bourdieu, P., 1997) es decir, el conjunto de recursos que uno puede movilizar a través de sus conocidos, de sus redes de influencia (amigos, vecinos, allegados, familiares, etc.) –no solamente bienes materiales o financieros, sino también y sobre todo, información, contactos, protección, etc. – y los recursos asociados a la capacidad, habilidad, conocimiento que dotan a las personas de mejores condiciones para, por ejemplo, saber enfrentar estas situaciones.

Charo es enfermera. Trabaja muchas horas por día en un hospital, a veces días y noches cubriendo guardias, y también en un centro de jubilados “para ganarse unos manguitos más”.  Tiene una hija de 27 años “que no consume”, un hijo, Manuel de 25 años y dos nietos, uno de cada uno de los hijos. Si bien está separada del padre de sus hijos desde hace 20 años, convive con él “por falta de otros recursos”. A Charo la conocí durante el trabajo de campo en la CT, ella era una de las tantas madres que tenía a sus hijos internados allí. Hacía años que Charo convivía con la “adicción” de su hijo, como ella la describe, ya había empleado los distintos tipos de estrategias de aislamiento analizados en el capítulo anterior, ya había tenido que recurrir a denunciar a su hijo ante el juzgado para que lo internen, ya había acompañado a su hijo a tratamientos ambulatorios, ya había internado a Manuel tres veces. En uno de los tantos encuentros que tuve con ella, me manifestaba cómo a diferencia de su ex marido, su capital cultural, el hecho de tener una profesión, y trabajar en un hospital, fueron recursos muy valiosos a la hora de enfrentar el problema de “adicción” de Manuel:

El padre enojado decía “pero no puede ser…!!” yo le decía “reaccioná, está enfermo, lo que tenemos que hacer es que se cure, me entendés”, yo sabía que consumía… yo tengo más conocimiento que el padre por mi profesión, yo considero que desterrándolo de la casa no era la solución, el padre decía que había que desterrarlo de la casa, no dejar que entre más pero yo decía que había que ayudarlo pero… ¿cómo ayudarlo? Porque no sabíamos cómo ayudarlo… Y empecé a informarme sobre el conflicto de la droga sobre qué hacía la droga en el organismo, y fui a hacer un curso de padres en la Universidad del Salvador, hice un curso de tres meses de padres para adictos para saber cómo ayudarlo. Después hice un curso en la Universidad de la Matanza de “acompañante terapéutico” o “operador terapéutico” y bueno ahí conocí como era la problemática, de las vías que uno puede hacer para rehabilitarlo. Ahí aprendí que en el juzgado, si no podés internar a tu hijo por propia voluntad podés recurrir a un juez, hacer varios tipos de trámites.

Así como Charo, Rosi también se amparó en un “grupo de padres[12]” para “tener más herramientas para ayudarlo a Kevin”. A Rosi la conocí en el barrio, cuando estaba intentando tramitar una causa por protección de persona para Kevin, su hijo de 18 años, quien a causa de la intensidad con la que consumía “paco”, vivía en una plaza en Constitución. También Rosi trabajaba muchas horas por día, a las que se sumaban las horas de viaje hasta el trabajo que hacía que saliera a las 6 de la mañana y volviera a su casa a las 12 de la noche. No tenía un trabajo calificado, sino más bien precarizado. Y no tenía pareja o un sostén que la contuviera “estoy sola desde hace 11 años”. Rosi, al igual que Charo había atravesado por varias circunstancias y había empleado diversas estrategias durante la larga trayectoria de consumo de Kevin, quien con 18 años ya había estado detenido en un instituto de menores, había estado internado en psiquiátricos y en comunidades terapéuticas con tratamientos prolongados “estuvo 1 año y 3 meses, era un “referente en la casa”, al punto que en las fiestas fue él quien se puso al hombro a todos los chicos, compañeros de tratamiento, y supo cómo hacer para mantener estable la casa”, me contaba.  A pesar de la cantidad de horas que trabajaba, Rosi necesitaba concurrir al “grupo de padres” para que la orienten, la contengan, para escuchar que hay otras situaciones parecidas a la de ella, así que pedía permiso en el trabajo y religiosamente asistía al grupo. Allí le sugirieron que haga una denuncia en el Juzgado de Familia para lograr internar a Kevin, y allí fue Rosi unos días después.

4.3.1 “Denunciar” para internar

El proceso se acaba de iniciar y usted conocerá todo en el momento oportuno.

Me excedo en mis funciones cuando le hablo con tanta amabilidad.

(“El proceso”, Kafka)

Rosi, no quería volver a realizar el trámite para judicializar una vez más a Kevin, pero de acuerdo a lo que venía escuchando en el “grupo” sabía que viviendo en la calle y consumiendo “paco” con la intensidad con que lo hacía su hijo, alternado con “pastillas y alcohol” y “cuando tenía” también cocaína, no podía seguir. Por eso, como muchas otras madres, se encontraba en el dilema de tener que recurrir al sistema judicial para resolver o al menos encauzar un problema de salud de su hijo:

No quería tener que volver a denunciarlo, es muy feo y doloroso. Ya lo hice varias veces, me daban los papeles y después llamaba al 911 y lo esposaban y hasta llegaron a ponerle el chaleco para poder llevárselo a la fuerza a internar. Una vez hasta un psiquiatra de la obra social que vino en ambulancia a llevárselo le tuvo que pegar, me dijeron “o le pegamos o lo dejamos acá” y le tuve que decir que hiciera lo que tenía que hacer pero que se lo lleven porque estaba piel y hueso, tardaron 3 hs en subirlo a la ambulancia a la fuerza. Por eso, yo no quiero volver a encerrarlo, es feo ver que esposan a tu hijo, pero no sé qué hacer, me dicen que tengo que encerrarlo, que mejor que en la calle va a estar y que él puede estar bien de apariencia pero que por dentro puede estar arruinado, que no me lleve por cómo está físicamente, a mí me preocupa, no es fácil tenerlo en la calle.

El proceso de internación de una persona es en general un proceso angustiante pero a la vez, tal como relata Rosi, violento. Más aún cuando la internación se tramita a través de la justicia civil, es decir, cuando es necesario “denunciar” a esa persona para que sea internada. Y es violento en varios sentidos tanto para la persona que tramita la internación como para su destinatario, es decir, aquel usuario/a que es compelido a hacer un tratamiento coactivamente.

Como sostiene Rosi en su relato, la violencia se manifiesta en primera medida por lo que implica denunciar a un familiar y por lo que significa para alguien ser denunciado por un familiar[[13]. Es violento a su vez, como también relata Rosi, en la forma en que en general se procede una vez que se obtiene la orden de internación: en muchas ocasiones el traslado lo realiza la fuerza policial[14] sin informar hacia dónde y porqué están siendo trasladados, o profesionales de la salud que en determinados casos inyectan medicación a los pacientes que se resisten, o los mismos allegados a los usuarios que en forma coactiva deben hacer el traslado a los centros de salud asignados para realizar el tratamiento[15]. Pero a la vez, el propio sistema se torna violento por los obstáculos que interpone, por la manera en que en general se trata a quienes tramitan la denuncia y por la burocracia a la que los somete, entre otras cosas. De esta manera lo relataba Charo:

Para hacer el trámite hay que ser muy hábil para poder manejar esa situación, porque si no “te envuelven”. No es fácil hacer el trámite, hay mucho tramiterío, muchas promesas y no se cumplen…la única forma que lográs algo es haciendo escándalo, pateando puertas en tribunales, saliendo en televisión, porque si vas toda así… (sumisa) no lográs nada, yo hice todos los trámites y hasta mentí, porque te enseñan a hacer eso, a ser hipócrita, yo dije “en cualquier momento mi hijo me mata, o mata a fulano o mengano, en mi casa hace esto lo otro, se va a morir, no puede respirar, si desapareció una semana yo  decía que desapareció 10 días” y así… esa es la forma para que te digan “bueno, haga esto o lo otro”.

Charo, como ella misma sabía, tenía herramientas como para saber actuar en estos casos: “yo ahora estoy mejor parada, ya no soy tan ignorante, no me creo todo lo que me dicen, se de la Ley (de Salud Mental) y cómo manejarme pero sí me desespera la salud de mi hijo”, me decía en una entrevista. Y tal como refiere Charo y tantas otras madres, en medio de la burocracia, de los “tramiteríos” y del maltrato y/o destrato al que con frecuencia son sometidas las madres en estos ámbitos, está la salud de sus hijos.

Además te pasean de un Tribunal a otro, un día creo que pasé por 9 Tribunales, pasé por el 2, por el 3, por el 4, “que no, que acá no es, que no se cuánto…” “vaya este, vaya aquel” terminé en el 9, entré a las 7 de la mañana y a las 2 de la tarde cerraba el Tribunal, tuve que volver al otro día “que haga este trámite que el otro y cuando se hizo la hora me fui a casa porque ya había cerrado el otro tribunal, de vuelta al otro día, “que traigame de la Obra Social los lugares que tiene para internar, y el psiquiátrico que tiene para desintoxicación, que esto que lo otro” y así estuve tres días.

Esta misma situación que Charo me describía en una entrevista, la había padecido Rosi el día anterior a que yo la entrevistara cuando había ido por segunda vez al Juzgado en busca de que alguien la asesore sobre cómo iniciar el trámite para solicitar una “protección de persona” para Kevin.

Yo ya tenía algunos relatos de las entrevistas que describían este proceso, pero el relato de Rosi me dejó en claro qué cosas sucedían allí. Charo, en una oportunidad me había dicho “de 1000 personas que ves en los Juzgados, 900 son por droga, que van para internar a sus hijos, y te mandan de acá para allá y en cada lado que vas ¡¿sabés cuantas madres hay por ese motivo?!”. Y efectivamente, de acuerdo a lo que Rosi me relataba, abundaban mujeres que como ella estaban ese día allí solicitando iniciar un oficio por “protección de persona”.

De contextura delgada, bajita y con una mirada triste y un rostro cansado, Rosi me contaba lo que pasó el día anterior en la Defensoría de Turno.

Me cuenta que la primera situación “tensa” que pasó fue ni bien la atendieron. Luego de esperar una hora y media a que la atendiesen, Rosi le cuenta a la empleada que se encontraba detrás del mostrador “su problema”. Me cuenta Rosi que lo primero que ella pensó era “qué bueno, esta misma persona me había atendido la semana pasada, sabe de mi problema”. Sin embargo, me dice que cuando ella le recuerda que tenía un hijo de 18 años, que hacía 6 años que consumía, que estaba viviendo en una plaza en Constitución y que “necesitaba internarlo urgente”, la empleada la interrumpe diciéndole en un tono que combinaba el enojo y el reto: “pero ud. ya vino la semana pasada, y yo que le dije?!”. Rosi me cuenta la sensación que le causó esa primera interpelación: me cuenta que le “dio bronca” porque ella había hecho lo que le había indicado, pero a la vez “no quería ponérsela en contra”. Entonces, me cuenta que, en un tono sumiso –aquel que la propia Charo había entendido que no había que demostrar en estos ambientes- justificó su retorno diciéndole que tal como ella le había sugerido, había ido a ver a un abogado para que iniciara el oficio pero que tenía un problema de “jurisdicción”, “o algo así”, porque ella era de provincia y Kevin residía en Capital Federal, y además que no sabía cómo hacer para acceder a los dos certificados emitidos por dos profesionales como exigía la Ley de Salud Mental, porque su hijo no tenía un domicilio fijo (vivía en una plaza) y si llamaba al SAME o al servicio de emergencias de su obra social no tenían donde ubicarla. También le dijo que había ido a la Coordinación de Políticas Sociales, donde la empleada le habría indicado ir, pero que “no podían hacerse cargo porque Kevin tenía Obra Social” y que nuevamente le habrían indicado que volviese a esa Defensoría “porque allí debe hacerse el trámite”. La empleada, insistía en cambio en que lo que ella le había indicado que hiciera era lo correcto, que vuelva a intentarlo.

Lo primero que pensé mientras Rosi me contaba esa primera situación por la que había atravesado era cómo en lugar de asombrarse y preocuparse porque hacía una semana ya la había atendido y Rosi y Kevin continuaban en la misma situación, le molestaba tener que encontrarse nuevamente con ella. También pensé en el uso y abuso del poder, en cómo un “título” y/o un “cargo” pareciera habilitar o legitimar –al menos en esa empleada- un destrato a una persona cuyo título, en ese intercambio, se circunscribe al de “madre de un adicto”. Con el correr del relato de Rosi, y de otras madres y con mis observaciones advertí que ese maltrato o destrato es parte inherente al sistema. Puede “tocarte” un empleado más o menos “servicial”, “atento”, “colaborador” pero no se trata de voluntades individuales sino de una política. Rosi, estaba ahí ante una “encerrona trágica” (Ulloa, 1995), la violencia institucional ejercida en estos recintos genera tener que depender de otro que te maltrata o destrata para lograr un objetivo, que también se configuraba como violento. Los diferentes malos tratos existentes en las medidas técnico administrativas de la burocracia estatal, se suman a los encierros que ya vienen padeciendo estas poblaciones al mismo tiempo que evidencian diversas tragedias sociales y subjetivas, no sólo para los usuarios sino también para quienes tramitan estas denuncias.

Desorientada, Rosi había atravesado otro día sin poder obtener una respuesta sobre cómo proceder con la situación que se le presentaba. Ya de vuelta en su casa, Rosi me manifestaba su malestar e indignación “tengo ganas de gritar de la bronca, después dicen ¿Dónde están las madres de estos chicos? Si supieran todo lo que una hace para que los atiendan y siempre estamos en el mismo lugar. Hace dos semanas que me mandan de juzgado en juzgado, de Lomas a Capital, de acá para allá y nada. Pasan los días y las semanas y yo me desespero, porque lo que para cualquiera de nosotros es un día para ellos son dos días, viven acelerados y en riesgo permanente. Ahora voy a tener que volver el lunes y seguramente todo siga igual”. Probablemente el lunes iba a seguir todo igual, pero Rosi no pudo levantarse de su cama. Después de haber pasado un fin de semana “en crisis”, el lunes no pudo volver al Juzgado. “Voy mañana”, me dijo. Pero el martes, ya no valía la pena: Kevin estaba detenido por un intento de robo.

Mientras que uno podría lamentarse por este desenlace, Rosi manifestaba sentirse “más tranquila” tras la detención de su hijo: “me permite respirar y sentir que va a estar más contenido”. De acuerdo a Rosi, también Kevin decía que su detención “era lo mejor que le pudo pasar” ya que no podía “controlar su consumo” estando en la calle. Una vez más se advierte determinadas trayectorias por las que circulan estas poblaciones, como así también diversas encerronas trágicas que se desencadenan –o encadenan- en/a otros encierros signadas por lo terapéutico y lo punitivo: la detención o la internación se manifiestan así como los modos de tratar –o destratar- estos padecimientos sociales y de salud.

Charo también había atravesado con Manuel por la misma situación que Rosi con Kevin, con la diferencia que Manuel había sido detenido por una “tentativa de robo” cuando Charo ya había podido gestionar el pedido de “protección de persona”. Charo había sorteado con “éxito” las dificultades que se les presentan a muchas madres para poder efectivizar la denuncia. Sin embargo, para finalmente obtener la orden de internación, debía sortear otro obstáculo, uno de los más descriptos por las madres y que será analizado con más detalle más adelante: el traslado.

El sistema es malo, porque si vos hacés un trámite para internar a un hijo es porque tu hijo no tiene voluntad para internarse, entonces ¿cómo lo llevás si no se quiere internar? No es fácil. Cuando vos le decís a tu hijo que ya hiciste los trámites y que lo vas a internar, ahí nomás se te escapa, ahí nomás se va, no lo va a encontrar al otro día, porque el mío me hizo sacar miles de turno y cuando teníamos que ir al psicólogo no estaba, desaparecía por 3 ó 4 días y aparecía hecho una piltrafa humana. Cuando aparecía yo ya había perdido el turno, y otra vez sacar el turno, con lo que cuesta que te den un turno!. Por eso recurría yo al Estado para que me ayude, por eso pido una “protección de persona” porque mi hijo corre riesgo de vida… porque se va y viene después de una semana que parece un muerto vivo, un abandono total, mal, cuando viene se acuesta a dormir y le cuesta respirar que parece que en cualquier momento se va a morir, entonces qué hago? Desesperada voy y pido una “protección de persona”, y ¿qué hacen? Te dan un papel que tiene que llevar a la policía y otra al juez, que la policía tiene que venir a tu casa con un móvil para que lo lleven al psiquiatra y que el psiquiatra determine recién si es para internar… pero qué pasa? Porque esto no me ha pasado solo a mí, a muchas madres les pasó lo mismo, vos va a la policía y la policía te dice “ud quedese tranquila, vaya a su casa que cuando su hijo está en su casa, ud lo pone en un remís y me lo trae acá a la comisaría y nosotros lo llevamos al psiquiatra” pero para eso lo llevo yo al psiquiatra! para que lo voy a llevar primero a la comisaría y después de ahí al psiquiatra?! Si fuera tan fácil no me hubiera pasado 8 hs tres días en el juzgado para que ellos me digan que lo lleve en un remís…! En definitiva, nunca lo pude llevar a la comisaría ni ellos se presentaron en mi casa para llevar a mi hijo al psiquiatra. El problema seguía porque yo no podía internar a mi hijo entonces la cosa cada vez empeoraba más porque después consumía paco. En ese lapso que yo hago la “protección de persona” mi hijo cae preso por tentativa de robo porque se metieron en una casa que estaba vacía, no estaba habitada y los vecinos lo denunciaron y cayó preso… entonces la Justicia no está hecha como corresponde porque si la justicia hubiera hecho lo que tenía que hacer mi hijo tendría que haber estado internado en ese momento y el cayó preso.

Al muy poco tiempo, tanto Manuel como Kevin fueron excarcelados y ambos continuaron consumiendo mientras sus madres también continuaron en la búsqueda de poder internarlos. Tanto el relato de Rosi como el de Charo, son sólo dos ejemplos de lo que, de acuerdo a las crónicas locales sucede habitualmente en estos contextos. Sus relatos, como el del resto de los entrevistados dan cuenta de la presencia de una serie de barreras comunes a la hora de gestionar el trámite de internación por vía judicial:

Barreras comunicacionales: no entender el “discurso jurídico” en ocasiones se constituye en una barrera para que quienes están gestionando el trámite de internación. La “distancia social” que media entre un miembro escolarizado y poseedor de un saber particular y quienes gestionan habitualmente los trámites de internación, que en su gran mayoría provienen de las clases populares y que se encuentran en una situación de poder muy inferior a aquel, abona la barrera comunicacional. En el mismo sentido, pero respecto a la relación médico-paciente, Boltansky (1971) utiliza el concepto de “distancia social” para referirse a cómo esta relación se ve influenciada por la mayor o menor distancia social que hay entre éstos. En este sentido considera por ejemplo, que a medida que aumenta la distancia social –es decir cuanto menos análogas sean sus pertenencias de clase- se genera mayores dificultades de comunicación entre médico-paciente que afecta en la intensidad y la calidad de la relación entre ambos.  Tal como en estos casos, la distancia social se ve duplicada por la desigualdad de poder y la barrera comunicacional que en ocasiones, por ejemplo, debilita la capacidad de repreguntar cuando una indicación no se entendió.

Barreras culturales: dentro de esta categoría pueden listarse aquellas dificultades originadas por ciertos tipos de creencias, hábitos, prácticas y actitudes que obstaculizan el logro de un objetivo. En este sentido los entrevistados dan cuenta, por ejemplo, que desenvolverse en un ámbito “desconocido” implicaba saber cómo generar estrategias para sortear con éxito las dificultades con las que se encontraban.

Barreras sociales: abonadas por la “sospecha”, la “culpabilización”, la “estigmatización” que en general recae sobre quien realiza un trámite para internar a un “adicto”. Así como el análisis de las barreras de accesibilidad al sistema de salud para usuarios intensivos de drogas no puede llevarse a cabo desatendiendo al proceso de criminalización del consumo y la “lógica de la sospecha” (Epele, M., 2010) que estos conjuntos sociales padecen rutinariamente en su vida cotidiana, el análisis de las barreras de accesibilidad al sistema judicial de quienes tramitan la internación, y más específicamente de las madres, no puede llevarse a cabo sin tener en cuenta el rol asignado a las madres históricamente respecto al cuidado hacia el otro, en especial hacia sus propios hijos. Si bien una serie de factores contextuales posibilitaron la emergencia de un discurso que pregona por una redefinición de la maternidad y por la adopción de una postura crítica respecto a la unificación de las categorías de mujer-madre-cuidadora, la concepción hegemónica continúa perpetuando la “ética maternalista” y la “ética del cuidado” como actitudes de protección, asistencia, contención emocional y acompañamiento asignadas históricamente a las mujeres apelando a su “esencia sensible” y afectuosa (Schwarz, P., 2007). Es interesante señalar cómo, a la “ética maternalista” y de “cuidado” se le adiciona el “criterio de la responsabilidad”, con un alto contenido simbólico y moral: en tanto dadora de cuidado y afecto, la condición femenina se constituye también en responsable del otro, más aún de sus propios hijos. Esta asunción no puede sino poner en evidencia el carácter de vulnerabilidad, de re-victimización, de culpabilización con el que se enfrentan sobre todo las madres –en ocasiones ante la “mirada del otro” y en ocasiones también, ante la “autovaloración”- durante el proceso de internación de sus hijos. Por tal motivo, tanto la barrera social como las demás señaladas no pueden considerarse como “factores externos” sino como propiedades de los vínculos sociales mismos.

Barreras burocráticas: como los relatos de Rosi y Charo describían, se les presentan una serie de dificultades, obstáculos, relacionados a los procedimientos inherentes al trámite de internación. En este sentido, se relata por ejemplo la falta de articulación entre las dependencias estatales; la falta de coherencia en el discurso; la inadecuada atención horaria; la “lentitud” del trámite en relación a la “premura/urgencia” dada por la problemática en cuestión, entre otros. Dentro de esta categoría puede mencionarse la necesidad de que, para lograr la internación a través del artículo conocido habitualmente como “protección de persona”, luego de las modificaciones realizadas en la Ley de Salud Mental, se debe necesariamente contar con la evaluación de un equipo interdisciplinario de profesionales que certifique que dicho paciente requiere de internación. Si bien el criterio de la modificación del artículo –que hasta entonces otorgaba mayor poder a las autoridades policiales y judiciales para “disponer de la internación”- supone velar por los derechos del paciente limitando las internaciones involuntarias innecesarias, el cumplimiento de dicho requisito se traduce para las madres en una “barrera” a la hora de tramitar la internación por las dificultades que se les presenta a la hora de, por ejemplo, asistir a diversos turnos médicos con los usuarios para poder ser evaluados.

4.3.2 Las organizaciones de madres como lucha colectiva

Como se adelantó en el capítulo anterior, en parte a raíz de estas dificultades con las que se encontraban quienes buscaban internar a los usuarios, se fue conformando en los barrios más marginalizados agrupaciones de madres que padecían un mismo problema: tener un hijo/a “con problemas de adicciones”. Con variadas perspectivas ideológicas, algunas más afines a la propuesta de despenalización de la tenencia de drogas para consumo personal y otras acérrimas opositoras, algunas con abordajes más territoriales y comunitarios que otras, algunas llevando adelante acciones más combativas que negociadoras, algunas conformadas con un componente más ligado a los grupos de autoayuda y otras con acciones más políticas, podría decirse que todas ellas, a pesar de esta diversidad de características en su conformación, en sus objetivos, en su lucha, en su ideología, comparten un objetivo base que es el de contenerse, asesorarse y sobrellevar los padecimientos muchos de ellos “compartidos”.

En lo que respecta directamente a las dificultades de tramitar la internación, que es lo que se analiza en este capítulo, de acuerdo a los relatos locales algunas agrupaciones de madres se vieron en la necesidad de comenzar a desplegar estrategias, a informarse, a vincularse con las dependencias estatales del área de adicciones, a articular acciones con las instituciones de salud, entre otras tantas tareas, como forma de poder sortear estas barreras comunes a muchas madres y que obstaculizaban la internación de tantos jóvenes del barrio. Como se ha detallado en el capítulo anterior, uno de los “logros” de algunas de estas organizaciones había sido precisamente “aceitar” el engranaje de acceso a los tratamientos. El hecho de poder ser asesoradas, informadas sobre cómo hacer el trámite de internación por ejemplo, permitía sortear algunas de estas barreras o al menos dotarlas de mejores herramientas a la hora de enfrentarlas. Además del asesoramiento y el acompañamiento entre sí en el transcurso de la lucha, las agrupaciones de madres fueron adquiriendo recursos o poderes que, en buena medida, representaba una ganancia simbólica lograda a través de su reconocimiento como una fuente de conocimiento y saber popular sobre la problemática de las adicciones. Sin embargo, debido al privilegio de la internación, han recibido otros asesoramientos sobre tratamientos ambulatorios, y sobre todo, diversas críticas sobre su accionar.

Con distintos grados de relevancia e incidencia en la problemática que las aqueja, entre estos recursos, por ejemplo, algunas organizaciones lograron trabajar en red con las instituciones estatales del área de adicciones, de justicia y con centros de salud locales o comunidades terapéuticas conveniadas con el Estado, lo cual facilitaba el acceso a los tratamientos; otras lograron por ejemplo negociar ciertos requerimientos considerados inadecuados o que no se ajustaban con sus “realidades”, como el que relata Violeta: 

(llamabas para pedir un turno médico) y en eso te decían: “Ah tiene que estar sin consumir tres días antes de la evaluación”. Te cuento, para que vos te des una idea!! “tres días sin consumir antes de la evaluación!” Ahora a nosotras ya no nos dicen eso, porque esto lo planteamos y lo charlamos, y nos peleamos ¿Viste?.

O advertir sobre las distintas percepciones en relación a lo que es una “urgencia” en el barrio a la hora de otorgar un turno, como me relataba Griselda:

Yo le decía a una de las chicas que te da turnos para internarlos: “Cómo me gustaría que vengas un día a la madrugada -le digo- y vos vieras lo que es”. Porque yo me desespero tanto! Cuando te digo: “necesito el turno ya” es porque necesito el turno ya, porque no sé si mañana va a querer… Cuando ellos dicen que sí, que se quieren internar, ahí actuamos para no perder a ese chico, porque ya después mañana… es tarde… Aparte decís… “se está muriendo, se va a morir” y… uno te escucha como que no es tan grave el problema, pero si vos lo venís a ver… podés entender lo que pasa.

También organizaciones que lograron “alzar la voz” como relata Marta, e incidir en la atención de los usuarios de drogas en ciertos Hospitales Generales:

Todas teníamos algo en común, un hijo/a que necesitaba de nuestra ayuda, eso nos unió y decidimos hacer algo más que tener un problema, sino sostenernos y salir a buscar soluciones. En esa búsqueda, golpeando puertas, gestionando, reclamando políticas públicas, solicitando a los funcionarios que tomen responsabilidades ante nuestros pedidos, de atención sanitaria, prevención entre otras cosas. En una palabra: ‘Alzar la voz’. Una compañera pudo conseguir, presentándose en los medios de comunicación, que los Hospitales Fernández, Santollani, y próximamente el Penna tengan en cuenta, de atender a los chicos que llegan intoxicados debido a las drogas.

Otras agrupaciones por ejemplo, participaron del grupo de expertos que formularon la “Guía de orientación a la magistratura para la adecuada atención de personas consumidoras de sustancias psicoactivas” en el año 2010, incidiendo en los procedimientos para con los usuarios de drogas; y otras, siguen “en la lucha” sobre distintos temas pendientes de resolución como lo relata Violeta:

También estamos luchando para que no sea tan engorroso (el trámite de internación), que los juzgados nos den la protección de persona, estamos luchando para que haya lugares cerrados por lo menos para la primera etapa que sería la desintoxicación, la abstinencia (que puedan) levantarlo clínicamente en caso de deterioro físico (que cuenten con) un buen tratamiento psiquiátrico y  psicológico de ser necesario y que lo evalúe un equipo multidisciplinario (durante) los primeros tres a seis meses, según como evolucione el pibe, porque cada pibe es una persona… ¿entendés? Bueno estamos luchando pero no hay, hasta ahora no se creó.  Pedimos centros de emergencia también, donde se trate la urgencia y la emergencia, donde esté el equipo multidisciplinario, y evalúe al pibe, si es para un neuropsiquiátrico o es por una comunidad terapéutica porque generalmente, los derivan a neuropsiquiátricos y por ahí el pibe no es para neuropsiquiátrico, por ahí es para una comunidad terapéutica.

Además de haber logrado incidir sobre cuestiones concretas como las que se han descripto (como modificar ciertos requerimientos inadecuados, articular directamente con las instituciones, etc.), se les adjudica otros logros a las agrupaciones de madres, tal vez más subjetivos, pero que también han contribuido a sortear ciertas barreras –sobre todo las sociales y culturales-. En este sentido, tanto la posibilidad de “generar empatía” con el otro/a como el valor de lo “colectivo” por sobre lo individual, son los aspectos más valorados y que con mayor frecuencia surgen en los relatos de quienes participan de estas organizaciones. Estos logros que estas organizaciones generaron fueron difundidos en diversos medios de comunicación. Así lo manifestaba una madre en la Revista “Otramérica” (2012):

Tras involucrarme en la lucha contra el “paco”, el primer y fundamental cambio fue entender que una sola no puede salir del problema, individualmente, si lo volcás en un colectivo es más fácil porque te apoyas de otras personas para hacer tu dolor menos doloroso, y entender que apoyándote en el otro -que es tu vecina, tu amiga, tu compañera, de la organización o un familiar- te puede ayudar a salir. Y el construir una herramienta y no quedarnos en el dolor, en el llanto, en la espera de que lo resuelva otro por vos, sino agarrar la posta y de esta circunstancia hacer una herramienta y ponernos a trabajar. Tenemos un saber empírico desde el cual no somos ni médicos ni profesionales, lo que tenés y lo que ofrecés es la experiencia, entonces vas construyendo saberes.

Al mismo tiempo que las organizaciones a través de su componente “colectivo” posibilitan “sobrellevar mejor el dolor”, y a la vez “dotarlas de herramientas para construir algo” y para “ayudarse entre sí y ayudar a otros”, es sumamente interesante reparar en cómo, la participación en estos espacios públicos, generalmente con alto contenido comunitario y político, puede repercutir por ejemplo en la resignificación de la experiencia femenina y de la maternidad. En esta clave, Schmukler y Di Marco (1997) analizaron precisamente cómo la participación de las mujeres de sectores populares en organizaciones sociales y comunitarias incidía en la resignificación de la maternidad y las identidades de género y consecuentemente en la transformación de los modelos de género y la democratización de las familias. Es decir, las autoras analizaron específicamente aquellas organizaciones –específicamente los “comedores”- que surgieron en los barrios de Buenos Aires como forma de paliar la crisis económica de la década de los `80, en un contexto facilitado por la democratización en todas las áreas. De acuerdo a las autoras estas organizaciones en general eran horizontales, promovían la solidaridad y la cooperación, dotaban de poder a las mujeres en su comunidad, promovían su participación y las incluía en las toma de decisiones, posibilitaban ampliar su red social, las convertía en una voz legítima para hablar de asuntos del barrio y para discutir sobre política, etc. Todas estas prácticas a su vez repercutían en la subjetividad de las mujeres y en su práctica cotidiana permitiéndoles reelaborar el rol de las mujeres y la identidad femenina al interior de sus propias familias, resignificando las tareas domésticas, cuestionando los modelos de género, “democratizando las familias”. En este sentido, por ejemplo a una maternidad tradicional, privada, que las autoras la caracterizan como de “entrega personal aislada”, en donde el cuidado al otro se reduce al cuidado al propio hijo, puertas adentro, se redefine en términos de una maternidad social:

Algo había en común en estos movimientos de mujeres. Ocuparse de la sobrevivencia cotidiana en el trabajo colectivo de la comunidad era una manera de redefinir la maternidad, hacerla pública, transformarla en un problema común, comprometer la solidaridad y apelar al Estado de igual a igual. A esta nueva modalidad la llamamos maternidad social porque incorporó los elementos del cuidado del otro que caracterizan a la maternidad tradicional pero con un sordo desprecio hacia el aislamiento y la devaluación de la mujer madre. (Schmukler, B. 1997:19)   

Así como sucedió en estos movimientos de mujeres, se puede intuir que en las organizaciones de mujeres que se conformaron en torno a la “lucha contra las adicciones”, también se registra cierta incidencia en lo subjetivo por su participación en un colectivo, sobre todo, en lo que respecta al concepto de maternidad social. En las entrevistas a las mujeres-madres que participan de estas organizaciones se hace alusión con cierta frecuencia la caracterización de la lucha en términos colectivos, de solidaridad, cooperación, de una lucha altruista. Así lo expresaba Mirta:

Pocos son los funcionarios que nos han atendido, pero seguiremos firmes en esta lucha, porque ya no son nuestros hijos, son los hijos de todas.

También en estas organizaciones entonces, la “maternidad social”, la acción conjunta, les permitió a las mujeres “recrear la actividad individual en tarea política, creativa y de afirmación personal” y sortear ciertas dificultades, ciertas barreras y padecimientos.

4.3.3 El traslado

El traslado a las instituciones de salud, para ser evaluados o por disponer de turnos médicos, pero sobre todo cuando de internar contra la voluntad del usuario se trata, la mayoría de las veces se convierte, de acuerdo a las crónicas locales, en una “odisea”. En la extensa mayoría de las entrevistas, tanto de los/as familiares, como de los/s referentes o de los propios usuarios, el relato sobre los traslados involucra una serie de estrategias para llevarlos a cabo teñida de engaños y persuasión. Tal es la complicación de poder trasladar a una persona contra su voluntad que la propia legislación estipulaba, para los casos en los que se interponía una causa por protección de persona, que sea la fuerza pública la que se haga cargo del traslado.

Sin embargo, el hecho de tener que recurrir a la institución policial para realizar el traslado, una institución que como se ha venido relatando entra permanentemente en conflicto con las poblaciones de estos barrios, sobre todo con jóvenes de sectores populares, da cuenta de la dificultad que se les presenta a quienes deben efectivizar el traslado. Es decir, ante estas situaciones se presenta una relación paradójica –o podría decirse otra “encerrona” respecto a la policía en estos barrios: mientras por un lado la práctica policial se caracteriza, como se ha analizado en otros capítulos, por llevar a cabo una política de control y disciplinamiento social basada en criterios de selectividad que hacen del “joven”, “perteneciente a sectores populares” y más aún “adicto” su estereotipo de presa –lo que genera que los usuarios de drogas entren en constante conflicto y tensión con esta institución- se suele recurrir a esta institución ya sea ante situaciones de emergencia o para viabilizar el traslado,.

Advirtiendo estas dificultades, algunos centros de internación “ofrecen” dentro del paquete de servicios el traslado a la institución. Charo, por ejemplo, se inclinó por solicitar una entrevista en una institución precisamente porque, por lo que leía en su página web, le resolvía uno de los tantos problemas que le generaba internar a su hijo: se “especializaban” en retirar al “adicto” de su domicilio y hacer el traslado “con o sin orden judicial de internación, con o sin personal policial, con o sin ambulancia o patrullero, con o sin personal médico, con o sin violencia o forcejeo”. Más allá de encontrarse en el dilema de someterse a una situación que de cualquier modo en que se lleve a cabo implicaría mayor o menor grado de violencia y maltrato, Charo luego de pagar lo convenido por la entrevista de admisión, se entera que el traslado es un servicio “aparte” y que el presupuesto variaba dependiendo de cuantas personas era necesario que fueran a buscarlo. Charo recuerda que quien la entrevistó le dijo “calcúlele que van 4 personas, un psicólogo, un médico, un ex adicto y un policía y le cobran entre $2000 y $3000”. En su caso, como en el de la mayoría de las madres que entrevisté, ese servicio no estaba a su alcance. No obstante la restricción monetaria (poder o no acceder a contratar este servicio), estos servicios y tener (y querer) recurrir a ellos da cuenta de las encerronas y de los modos de tratar esos encierros.

Otra estrategia de traslado que se repite una y otra vez en las entrevistas con los familiares es decirles que los trasladan a un centro médico sólo para “hacerse unos análisis”, cuando en verdad los llevaban a los centros donde quedarían internados.

De acuerdo a los relatos de los familiares e incluso de los profesionales estos “engaños” eran resignificados por los propios usuarios como una “traición”, el mismo sentimiento que Goffman describe en Internados (1961) sobre la experiencia moral de los enfermos mentales de ser traicionados por sus allegados para lograr su “hospitalización”. Sin embargo, también se repara en cómo –tratamiento mediante- ese sentimiento primitivo de “traición” es resignificado por los propios usuarios en términos de “ayuda”. Algunas de las frases de los familiares dan cuenta de esto: “Estuvo un tiempo enojado conmigo, pero ahora entendió por qué lo interné y me agradece”; “ahora sabe que fue por su bien”; “se dio cuenta que era la única alternativa que me quedaba para ayudarlo”.

 

De acuerdo a todo lo antes desarrollado, las diversas estrategias que se llevan a cabo para efectivizar los traslados, hablan a las claras de otros modos de encierros a los que se ven sometidos tanto las redes vinculares como los propios usuarios, encierros que una vez más se expresan en modos de tratar que incluyen diversos grados de violencia, malos tratos y destratos hacia estas poblaciones.

4.4 Sobre tratos y destratos

Tal como se ha venido desarrollando en los capítulos precedentes diversas prácticas de asilamiento y encierros se constituyen en una “lógica” que atraviesa los modos de tratar a estas poblaciones. Se ha advertido así que los saberes y prácticas de las redes vinculares, de las respuestas legales y sociosanitarias y de algunas modalidades de tratamiento “experto” tendientes a “detener” y/o regular las prácticas de consumo intensivo de drogas, como así también de otras instituciones a las que han sido objeto estas poblaciones durante décadas (judiciales, policiales, no gubernamentales, etc.) están atravesados e incluyen también, distintas modalidades de aislamiento y encierros.

En los usuarios de drogas en particular, la internación en “centros de rehabilitación” ha sido y es una de las prácticas más habituales cuando de “frenar” el consumo se trata. Desde los discursos de distintos actores legos y expertos, e incluso de los propios usuarios se advierte cómo la internación –en especial en las llamadas Comunidades Terapéuticas- continúa siendo una de las estrategias hegemónicas en los tratamientos por uso de drogas. Aun cuando a través de diversas políticas y reglamentaciones se ha  tendido a su “limitación”, y a la promoción en cambio de tratamientos ambulatorios, desde la perspectiva de los propios actores se advierte cómo la internación continúa siendo una de las estrategias más demandadas.

Además de mostrar, como se ha venido haciendo en otros capítulos, cómo a través de la internación, se busca “resolver” a través del encierro y el aislamiento otras encerronas que atañen a estas poblaciones, en este capítulo se ha mostrado también, cómo el proceso de internación está atravesado asimismo por otros modos de tratar –tanto a las redes vinculares como a los propios usuarios- signados por violencias, destratos, encierros, obstáculos, culpabilizaciones, responsabilizaciones, etc.

En este sentido, a través de las crónicas locales, de los relatos de los propios usuarios y de las redes vinculares se han puesto en evidencia diversos modos de tratar –del sistema jurídico, de salud, del sistema burocrático, etc. hacia las redes vinculares y hacia los usuarios; como así también de las redes vinculares a los usuarios- que, en la búsqueda de “resolver” ciertos padecimientos, generan otros malestares, destratos, malos tratos y encierros.

Es decir, sea concebido como una forma de buscar la promoción del bienestar y de la salud, o como una “encerrona” –no buscada, ni querida, pero “necesitada”- el proceso de internación a su vez incluye una serie de encierros, violencias, malos tratos y destratos. Las diversas barreras al acceso a los sistemas de salud descriptos en este capítulo, las medidas técnico-administrativas de la burocracia estatal, tener que “contratar” ciertos servicios de las CTs o recurrir a la fuerza pública para realizar el traslado a los centros de atención, son algunos de los modos violentos en los que las redes vinculares se ven expuestas en los procesos de internación.

Asimismo bajo la (en general, sincera) intención de ser “cuidados”, y “ayudados”, los usuarios son expuestos habitualmente a persuasiones, engaños, culpabilizaciones, y finalmente encerrados y tratados –con o sin consentimiento-.

Así, en este capítulo se ha evidenciado un proceso vincular complejo que atañe al proceso de internación que da forma a ciertos patrones atravesados y categorizados por valoraciones morales (Ulloa, 2012). En este sentido se ha privilegiado la noción de “trato” por sobre la de “cuidado”: a diferencia de la noción de cuidado, como práctica que promueve el bienestar y la salud, la noción de trato permite visibilizar tanto las prácticas y saberes que intervienen en los contextos de uso problemático de drogas promoviendo el alivio y el bienestar como así también aquellas otras más sutiles que promueven y producen otros malestares (Epele, 2013). En este sentido, se ha analizado la articulación entre las prácticas de consumo, el complejo proceso vincular y los sentidos dados al aislamiento y encierro, particularmente a la internación como un modo de tratar los padecimientos asociados al uso problemático de drogas poniendo en tensión nociones tales como cuidado, solidaridad, acompañamiento, responsabilización, engaño, castigo, encierros, etc. Desde esta perspectiva entonces, el cuidado queda incluido en los modos en que el poder normaliza y controla a las poblaciones y participa también en los procesos de producción de los sujetos ya sea bajo fórmulas institucionales, vinculares y/o auto-referenciales.

El proceso de internación entonces se constituye, en otra “encerrona” que incluye y afecta no sólo a los propios usuarios de drogas sino también a las redes vinculares que están a cargo de dicho proceso.

Habiendo ya analizado los modos de tratar –en general los destratos, malos tratos-  promovidos por los procesos macroestructurales, las instituciones de control –fuerza pública, instituciones punitivas-, y las burocracias estatales que afectan a estas poblaciones en sus contextos barriales, como así también los modos de tratar que atañen a las relaciones vinculares, será objetivo de los próximos capítulos mostrar los modos de tratar y los tratamientos específicamente en las CTs. En este sentido se caracterizará y analizará, desde una perspectiva crítica, los modos de tratar involucrados en estos dispositivos, focalizando en el discurso terapéutico sobre los usos y usuarios de drogas, las herramientas terapéuticas que componen el tratamiento, los modelos de sujetos que subyacen a estas herramientas, las consecuencias que producen y su participación  en los procesos de  producción de subjetividad.


  1. En este punto Foucault no sólo se refiere a la función de la familia como una “micro casa de salud” sino también como una “pequeña escuela”, como un “cuartel en pequeño”, etc. Es decir, si bien aquí se hace explícita referencia a su función en tanto designación de lo normal-anormal, la incorporación de las técnicas disciplinarias producen efectos de poder en múltiples dimensiones.
  2. En Seguridad, territorio, población (2006) Foucault da cuenta de un desplazamiento fundamental de la familia, que deja de ser un modelo de gestión para volverse un instrumento, un relevo privilegiado para el gobierno de las poblaciones: será a ella por ejemplo, a quien se recurra cuando se desea obtener algún resultado de la población en materia de conducta sexual, demografía, cantidad de hijos, consumos, etc.
  3. En general quienes cumplimentan un tratamiento por este motivo lo hacen por medio de la llamada “ley de drogas”, más precisamente por el artículo 14 de la Ley 23737 ya comentada, o en menor medida, por algún otro delito, en general contra la propiedad privada, en donde el juez determine que lo que motivó la comisión del delito fue su estado de dependencia a las drogas, y considere que el tratamiento a las adicciones fuera de la institución carcelaria es su mejor opción.
  4. Sólo en el caso de los menores de edad.
  5. Los OT constituyen el componente “no profesionalizado” del equipo terapéutico (staff) de las Comunidades Terapéuticas. Son los que están “a cargo” de quienes están realizando el tratamiento durante toda la jornada encargándose de una diversidad de tareas que incluyen desde hacer respetar los tiempos programados para las actividades grupales, la comida, la limpieza y coordinar las actividades y hasta distribuir la medicación entre los residentes. Los OT son en general, aunque no necesariamente, personas que han atravesado por situaciones problemáticas asociadas al uso de drogas y que en función de haber pasado satisfactoriamente por diversos tratamientos están en condiciones de trabajar en una institución terapéutica, para a través de la analogía con las situaciones por las que atraviesan quienes están haciendo el tratamiento poder brindarles su “ayuda” y “comprensión”.
  6. Aun cuando en forma coactiva o voluntaria se lograba gestionar la internación de usuarios de Pasta Base, hasta 2006 no existían parámetros ni centros especializados para el tratamiento de las personas consumidoras de este tipo de sustancias. Fue en 2006 que el titular de la Asesoría Tutelar Nº 1 del Ministerio Público de la Ciudad, presentó un amparo judicial para exigirle al Gobierno de la Ciudad la “urgente presentación y ejecución de un programa específico”, lo que implicaba establecer lugares para el tratamiento -voluntario o coactivo- cerca o dentro de los barrios más precarizados. En consecuencia, el Jefe de Gobierno de entonces, Jorge Telerman en diciembre de 2006 impulsó el Plan de Atención Integral sobre Consumo y Dependencia de PBC. Al año siguiente, se abrieron Centros de Asistencia Social en Adicciones (CASAS) para la atención gratuita a niños, niñas y adolescentes afectados: Casa Puerto actuó como centro ambulatorio y Casa Flores funcionó como una casa de día con consultorios externos dirigida a mayores de 18 años. En seguida, en 2008, se integró al plan la Casa Faro para situaciones de alta vulnerabilidad. Para 2010, la Legislatura de Buenos Aires editó la “Guía de Orientación a la Magistratura para la adecuada atención de personas consumidoras de sustancias psicoadictivas”, en dicha publicación se dejó asentada la significativa participación de diversos actores sociales, entre ellos de los grupos de madres.
  7. Se refiere a la marihuana. La entrevista fue realizada en una Comunidad Terapéutica que establece como parte del tratamiento no llamar a las sustancias por el nombre habitual con el que se referían cuando consumían sino por “sustitutos” acordados por la propia institución. Esto será analizado con mayor profundidad en otro capítulo.
  8. Este no querer continuar en ese estado, puede abarcar varias situaciones posibles, desde querer efectivamente dejar de consumir, hasta simplemente “parar la bronca” en el barrio, la familia, con la policía, etc.
  9. La promulgación de la Ley de Salud Mental, como ya se ha desarrollado, implicó la modificación del artículo 482 del código civil y el establecimiento de determinados parámetros –que en términos nativos son resignificados en términos de “obstáculos”- para poder tramitar una internación de forma coactiva lo que ha reducido la cantidad de internaciones por esta vía.
  10. Si bien se analizará lo concerniente a la judicialización en otro apartado de este capítulo, interesa reflexionar aquí sobre el lugar que viene a ocupar en relación a la ecuación voluntad-resignación en los usuarios.
  11. Amotinarse, en términos nativos, refiere a resistirse a participar e involucrarse en el tratamiento. Es muy habitual que quienes ingresan coactivamente se “amotinen” en el primer tramo del tratamiento, sin embargo también ocurre con cierta frecuencia que en algún tramo del tratamiento los usuarios -tanto quienes ingresaron coactivamente como quienes dieron su consentimiento para hacerlo- se “amotinen”, se “rebelen”.
  12. Integrado casi en su totalidad por madres.
  13. No se pretende aquí valorizar si está bien o mal tramitar una protección de persona por uso intensivo de drogas, sino simplemente poner en evidencia en qué sentido consideramos violento el proceso de internación.
  14. De hecho cuando existe la presunción de que el usuario de drogas se va a resistir a ser trasladado al centro de salud designado para iniciar el tratamiento se sugiere dejar constancia en el oficio de que sea “trasladado por la fuerza pública”. Como en la mayoría de los casos existe esta presunción, es casi un hecho que cuando se interpone una denuncia por “protección de persona” se solicite que intervenga la fuerza pública en el traslado -más allá de que luego efectivamente intervenga o no-.
  15. El traslado coactivo de los usuarios a los centros de salud será analizado con más detalle en otro apartado dentro de este capítulo.


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