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Introducción

Ir al barrio

Los relatos eran recurrentes. Sentadas en el comedor del barrio, entre mate dulce y mate dulce, las mujeres –referentes barriales, madres, colaboradoras del comedor- me contaban lo que pasaba en el barrio. Los relatos en general tenían un denominador común: referían a cómo había cambiado el barrio respecto a años atrás, sobre todo desde la “llegada” de la droga. “Consumen desde cada vez más chiquitos”, “se desesperan tanto que hasta les roban a los mismos vecinos para consumir”, “a la mañana los ves a todos “amanecidos” por los pasillos”, “no son pibes malos, pero esa porquería los arruina”.

 A mí me interesaba particularmente conocer qué pasaba con la droga en el barrio, me preguntaba y les preguntaba cuáles eran sus estrategias para, como ellas decían,  “rescatar” a  los pibes, si había alguna alternativa a la internación, qué pasaba con la policía, qué pasaba cuando los pibes volvían al barrio después de un tratamiento. Con esos interrogantes llegué a ese barrio.

Habiendo ya entrevistado a decenas de jóvenes usuarios en tratamiento y a otras decenas de profesionales de la salud que trabajaban en “adicciones”, me faltaba extender el trabajo de campo a los mismos barrios donde vivían,  para poder esclarecer algunos de los problemas que habían surgido en el curso de la investigación.  Los jóvenes hacían el  tratamiento, se “rehabilitaban” después de meses y meses de tratamiento pero volvían al barrio –al mismo barrio que durante todo el tratamiento aludían como “tóxico”.

 “Y sí, esto es una pecera” –me decía incrédula una madre que retiraba con el “alta” al hijo de la Comunidad Terapéutica- “los pingos se ven en la cancha, veremos qué pasa ahora en casa”. Mi paso por las Comunidades Terapéuticas tenía que ver con poder desentrañar en qué consistía un tratamiento allí: qué técnicas terapéuticas utilizaban los profesionales, qué “discursos” tenían; como era atravesar este tipo de tratamiento de acuerdo a los propios residentes[1]. También me interesaba saber desde la voz de los jóvenes usuarios de drogas, qué hacían durante el tratamiento; cuál había sido su historia previa a llegar a la institución; si habían tenido otras trayectorias institucionales y cómo habían sido; qué pensaban; qué soñaban. Recuerdo como algo habitual que me pasaba cada vez que terminaba mi jornada de entrevistas y observaciones participantes en las Comunidades Terapéuticas, que me quedaba una misma sensación: el consumo de drogas en general, se inscribía en historias de vida muy “maltratadas” lo cual hacía que los relatos sobre las trayectorias de consumo perdieran de a poco protagonismo y quedaran dibujadas como un elemento más de una trama de relatos sobre padecimientos, violencias, placeres, encierros, duelos. 

Estas sensaciones, me iban indicando que abordar el estudio de los usos de drogas en contextos de vulnerabilidad requería tomar en consideración aquellos procesos sociales, económicos y políticos a los que estas poblaciones se veían más crudamente afectadas. Entre estos por ejemplo, la fragilidad de las condiciones laborales y su precarización, el debilitamiento de los lazos familiares y de integración social, los procesos de fragmentación espacial, el acceso desigual a un sistema público de salud y educativo deteriorados, los procesos de criminalización y estigmatización, la represión policial, las condiciones de profunda vulnerabilidad y violación de los derechos básicos.

Consumir drogas en estos contextos sociales implica una dimensión de fragilidad corporal, emocional, social, política y de ejercicio de derechos que hace que los sujetos y grupos se vean más expuestos a las consecuencias de este conjunto de procesos. Así, a la luz de estos complejos procesos e historias los relatos iban adquiriendo otra entidad, cobraban otros sentidos. Progresivamente, fui entonces advirtiendo cómo los usos de drogas se me iban presentando como una trama compleja de representaciones y prácticas modelada por estos procesos.

Ir al barrio, y hacer de trabajo de campo allí, hizo posible documentar “el otro lado del tratamiento”, que hacía posible completar ese escenario. La cuestión de fondo entonces, se fue delimitando a través de un análisis retrospectivo: centrarme sólo en las Comunidades Terapéuticas limitaba el abordaje de una problemática tan compleja. Advertí en cambio, que era necesario dotar de contexto a los relatos caminando el barrio, entrevistando a los/as referentes barriales, a los “pibes” en los mismos “pasillos”, palpando el atravesamiento de estos procesos en la vida cotidiana. Ver entonces cómo estos contextos se tornaban “texto” en el barrio mismo, me permitió enriquecer el abordaje de lo que me interesaba estudiar.

A través de la segunda etapa del trabajo de campo –es decir, en el barrio- pude determinar lo que sería un punto central en el problema de la tesis: los tratamientos dados a esta población exceden los límites de las CTs. 

Durante mi trabajo de campo en las CTs pude registrar y analizar cómo se utilizaban diversas estrategias de aislamientos y/o encierros como condición de posibilidad de una “cura” y como modos de tratar (Epele, M., 2013) determinados padecimientos, en este caso asociados al uso intensivo de drogas. Es decir, a pesar de que las bases mismas de la modalidad de tratamiento de estas instituciones se asientan sobre los supuestos de ser “voluntarios” –no coactivos- y de “puertas abiertas”, diversas modalidades de encierros y aislamientos formaban parte del “tratamiento” dado a los jóvenes que en ellas estaban internados. Durante mi trabajo de campo en el barrio, pude advertir cómo esos recursos –los encierros, los aislamientos- no se restringían a los modos de tratar a estos jóvenes en esas instituciones. Estas estrategias, en cambio, atravesaban de diferentes modos y con diferentes características a estas poblaciones, inclusive en sus vidas cotidianas y en sus distintas trayectorias institucionales.

Partiendo de la noción de trato y modos de tratar fue posible dar cuenta de aquel proceso vincular complejo que caracteriza y al mismo tiempo califica las acciones orientadas hacia otros y de los otros respecto de sí (Epele, M., 2013) y que dan forma a ciertos patrones atravesados y categorizados por valoraciones morales –maltrato, buen trato, destrato- (Ulloa, F., 2012). De esta manera, los tratos y modos de tratar incluyen tanto los “buenos” tratos (por ejemplo el cuidado, la solidaridad, la protección, el acompañamiento, entre otros) como los “malos” tratos (la culpabilización, el abandono, el abuso, etc.). En este sentido, a diferencia de la noción de “cuidado”–ampliamente estudiada en Ciencias Sociales[2]– como práctica que promueve el bienestar y la salud, la noción de “trato” permite visibilizar tanto las prácticas y saberes que intervienen en contextos de usos problemático de drogas promoviendo el bienestar como así también aquellas otras más sutiles que promueven y producen otros malestares. Permite además, poner en tensión la propia noción de cuidado junto con otras nociones tales como solidaridad, acompañamiento, responsabilización, engaño, castigo, encierros, que se expresan en las relaciones con otros, en actividades auto-referenciales e institucionales.

A través de la articulación de estos dos ámbitos de trabajo de campo fue posible documentar determinados modos de tratar, que basados en el encierro y el aislamiento, operan transversalmente en distintos órdenes de la vida de estas poblaciones en contexto de extrema vulnerabilidad. Así por ejemplo el hecho de estar expuestos a condiciones de vida muy precarias se constituye en un modo de tratar que genera entre otras cosas encierros y aislamientos muy diversos. Entre estas condiciones se encuentran aquellas referidas tanto a la disponibilidad de recursos materiales como sociales ligados a la protección y el cuidado-; a la criminalización, el acorralamiento policial y el encarcelamiento; a la debilidad, enfermedad y deterioro de la salud; a las tensiones y conflictos locales; a la calidad y efectos de las drogas accesibles “para pobres”; a la discriminación y estigma; al abandono, las traiciones y las venganzas; a la violencia doméstica, y las diferentes formas de abuso, entre otras. Basada en estos registros se hizo posible analizar los vínculos entre estos modos de tratar a los usuarios de drogas en las CTs y los procesos más amplios en donde estas estrategias -basadas en la clausura, retraimientos, quiebres en la comunicación y separaciones- atravesaban las vidas de estos sujetos generando diversos efectos sobre sus subjetividades.

El tema de esta investigación entonces es analizar desde una perspectiva crítica, los modos de tratar a los jóvenes usuarios de drogas en contextos de vulnerabilidad. Particularmente, el análisis se centraliza en las prácticas y saberes que hacen del encierro y el aislamiento los modos habituales de tratar a esta población, focalizando en la modalidad de tratamiento de las CTs.  La importancia de centrarse en estos dispositivos terapéuticos radica precisamente en que estas prácticas y saberes son constitutivos de estas instituciones. Es decir, de acuerdo a esta modalidad terapéutica, el aislamiento y el encierro de los usuarios de drogas en una institución de carácter internativo se constituyen en la condición de posibilidad para tratar el consumo de drogas. En este sentido, los modos “legos” y “expertos” de tratar los consumos de drogas basados en estas estrategias se convierten en el eje de tratamiento de estas instituciones.

Si bien enfatizo en estos dispositivos terapéuticos, enmarcar los tratamientos de estos jóvenes dentro de una lógica más amplia de gobierno de determinadas poblaciones, me permite visibilizar otros encierros, violencias, padecimientos que atraviesa a esta población en su vida cotidiana (algunos más estructurales y simbólicos que otros) que frecuentemente, en estos contextos, se gestionan a través de otros encierros como la internación en CTs o las detenciones punitivas en institutos penales (cárceles, comisarías).

Delimitación del problema

El problema de la investigación, consiste en la confluencia de diferentes dimensiones. El análisis de las prácticas de consumo y sus efectos sobre los usuarios no puede desentenderse del atravesamiento de los procesos macro sociales, entendiendo a éstos no como mero “contexto” o por la manera en que “impactan” en estos sectores sociales sino considerando como estos procesos toman forma, fragilizan, modelan y son modelados, padecidos, resistidos, corporizados por estos conjuntos sociales.

El supuesto hipotético que guía esta investigación consiste en que los modos de tratar a estas poblaciones incluyen no sólo los tratamientos “expertos” en los lugares de “rehabilitación” -y en otros sistemas expertos (por ejemplo judiciales)-, sino también  en la vida cotidiana. En este sentido, los modos de tratar en las CTs representan un eslabón, una muestra de una lógica más amplia que incluye diversos modos de tratar a estas poblaciones. Los saberes “expertos”, así, tensionan, contradicen, expresan otros modos de tratar y ser tratado no sólo en la vida cotidiana sino también en otras instituciones (sistema penitenciario, salud, justicia, trabajo). A su vez, estos modos de tratar están signados por los procesos antes descriptos y por otros producto también de dicho modelo como la discriminación, estigmatización, criminalización, expulsión, entre otras, a las que han sido sometidas estas poblaciones en las últimas décadas, configurando modos de tratar que localmente son valorizados y denominados en términos de “maltratos” o “destratos”.

El problema central de esta investigación es analizar, desde una perspectiva crítica, las prácticas y saberes que hacen del encierro y del aislamiento los modos habituales de tratar a los jóvenes usuarios de drogas en contextos de vulnerabilidad. Particularmente centro el análisis en la modalidad de tratamiento de las CTs, que encuentran en la internación la expresión paradigmática de ese modo de tratar.

En Argentina, en el campo académico se ha abordado la modalidad terapéutica ambulatoria en su articulación con los procesos macro sociales (Candil, 2015) pero no existen en cambio, investigaciones que analicen estas instituciones ubicándolas dentro de una lógica más amplia de gobierno de estas poblaciones desde un abordaje etnográfico. Este se constituye entonces, en el aporte de esta tesis.

Las preguntas rectoras que guían esta investigación son:

¿Qué características adquieren los modos “legos” y “expertos” de tratar a los usuarios de drogas? ¿Cómo son esos tratos en el barrio? ¿Cómo son esos tratos en las instituciones terapéuticas? ¿Cómo inciden los procesos macro sociales, es decir las transformaciones políticas, económicas, sociales y culturales y las políticas vinculadas específicamente al uso de drogas en la configuración de estos modos de tratar? ¿Qué saberes y genealogías intervienen en los modos de tratar en estos ámbitos distintos? ¿Cuáles son las prácticas y saberes involucrados en esos modos de tratar? ¿Cuáles son los discursos, prácticas y herramientas terapéuticas involucradas en los tratamientos “expertos” de las Comunidades Terapéuticas? ¿Puede pensarse al encierro y al aislamiento como un modo de tratar? ¿Qué características adquieren estas prácticas en las CTs? ¿Cuáles son los supuestos que hicieron que estas prácticas se constituyeran en la condición de posibilidad para realizar el tratamiento en una CT contradiciendo y/o tensionando sus supuestos básicos que pregonaban la “propia voluntad” de sus “pacientes” y el tratamiento a “puertas abiertas”? ¿Existen otros modos de tratar basados en prácticas de encierro y aislamiento que excedan el marco de las instituciones? ¿Qué características adquieren? ¿Qué relación puede establecerse entre estos modos de tratar y los procesos de construcción de subjetividad de los usuarios de drogas?

A fin de responder estas preguntas, me planteo como objetivo general describir y analizar la heterogeneidad de modos de tratar el consumo problemático de drogas en general, y las tecnologías terapéuticas que incluyen las comunidades terapéuticas en relación con estos padecimientos. Específicamente, la meta es describir y analizar las prácticas de aislamiento y encierro involucradas en el tratamiento dado a los usuarios de drogas focalizando en el tipo de aislamiento terapéutico-institucional (la internación) en CTs.

 

Como objetivos específicos me propongo:

 

a) Identificar y analizar las características que adquieren los modos de tratar a los usuarios de drogas en los contextos barriales e institucionales

b) Analizar cómo inciden los procesos macro sociales -es decir las transformaciones políticas, económicas, sociales y culturales- y las políticas legales y sociosanitarias vinculadas específicamente al uso de drogas en la configuración de esos modos de tratar

c) Identificar y analizar los saberes y estrategias de las redes vinculares de los usuarios de drogas que involucran diversas modalidades de aislamiento y encierro;

d) Describir y analizar los discursos, prácticas y herramientas terapéuticas involucradas en los tratamientos de las CTs

e) Describir y analizar los saberes y estrategias desempeñadas por las redes vinculares y por los usuarios de drogas durante el proceso de internación, el tratamiento y el post tratamiento

 Notas metodológicas

Esta investigación se adecúa a los lineamientos de la investigación cualitativa, adoptando un enfoque etnográfico y una perspectiva analítica socio-antropológica.

Se ha adoptado el enfoque de la etnografía, ya que como concepción y práctica de conocimiento que busca comprender los fenómenos sociales desde la perspectiva de los propios actores sociales (Guber, R.2001) nos habilita un acceso particular a las realidades vividas, permitiendo trabajar en el nivel de la cotidianeidad y la particularidad.

Tomando en consideración el tipo de temática objeto de esta investigación, y la sensibilidad que genera el hecho de ser una práctica social y penalmente condenada, fue imprescindible para ambas etapas del trabajo de campo lograr la “confianza” de la población. Lograr que me hablaran de drogas, de las prácticas de consumo, de los modos de uso, de la exposición a riesgos y situaciones conflictivas, de sus trayectorias, requirió de un tiempo de “estar ahí”. Como toda condición para el abordaje de un método etnográfico, parte del trabajo de campo se constituyó en participar, compartir, o simplemente “estar” en la cotidianeidad del barrio y de las CTs por un tiempo prolongado. Ver y “hacerme ver”, se constituyó entonces en parte del trabajo.

Trabajar sobre esta temática, impone a su vez la inclusión y la resolución de ciertos obstáculos como la ilegalidad, la discriminación y las sanciones sociales, asociados al consumo de sustancias. En este sentido es que, he privilegiado el método etnográfico como modo de abordaje por sobre otros posibles. Diversos análisis han señalado que la etnografía es un método que tiene el potencial de resolver algunos de estos obstáculos y dificultades. Así por ejemplo, la observación participante hace posible confrontar y neutralizar los sesgos que implica el desarrollo de entrevistas en estas poblaciones y contextualizar en lógicas locales las características y consecuencias de determinadas prácticas de consumo de drogas (Agar, M., 1997; Bourgois, P., 1998).

El desarrollo de los estudios antropológicos que abordan desde una perspectiva crítica el uso de drogas y/o de poblaciones vulnerables, en que este consumo se convierte en un problema, fue simultáneo a la revisión teórica y metodológica de la etnografía como método (Epele, M., 2010). Sumado a las revisiones en cuanto al “quehacer” etnográfico, las condiciones de emergencia y urgencia de determinados problemas de salud –en el caso de Argentina por ejemplo con la epidemia del VIH/SIDA- y las cada vez más complejas realidades sociales, dieron forma a “nuevas etnografías”.

Este trabajo se nutre de aquellas investigaciones que desde la sociología pero más particularmente desde la antropología, comenzaron a evidenciar estos “nuevos problemas” que demandaban tomar en cuenta la importancia de articular las características, efectos y consecuencias del consumo de drogas con los procesos sociales (políticos-económicos, de salud pública, educacionales, laborales, entre otros) y los cambios en las dinámicas de la vida cotidiana de las poblaciones vulnerables (Waterson, A., 1993; Bourgois, P., 2010; Singer, M., 1993; Epele, M., 2003). De hecho, la extensa mayoría de estas investigaciones fueron adoptando la aproximación etnográfica como la más adecuada para la documentación de la perspectiva de los actores sobre las complejas relaciones entre prácticas de consumo y vida cotidiana. En lugar de responder a la búsqueda de legitimidad académica, la inclusión de estas dimensiones ha surgido, según Epele (2009) de los particulares desafíos interpretativos y la confrontación permanente con las experiencias de extrema pobreza, deterioro y fragilidad relacionado con el uso intensivo de drogas, violencia cotidiana y extrema vulnerabilidad que este tipo de estudios implica (Bourgois P., 2010). La fortaleza en la adopción del método etnográfico en este tipo de estudios ha radicado precisamente en que, en lugar de considerar que estas reformas estructurales y sus consecuencias “impactan” en determinados sectores sociales, busca determinar los modos en que los procesos macrosociales toman forma y fragilizan, modelan y son modelados, se hacen evidentes, se ocultan o naturalizan, son vividos, corporizados, padecidos, resistidos y simbolizados por estos conjuntos sociales (Epele, M., 2010).

El trabajo de campo

El trabajo de campo fue desarrollado durante dos años (2009 y 2010).

Durante el primer año y con el objetivo de analizar los modos de tratar los padecimientos asociados a los usos de drogas realicé un trabajo de campo intensivo en tres Comunidades Terapéuticas para varones, de la región metropolitana de la provincia de Buenos Aires (AMBA).

La selección de las CTs objeto de estudio se ha debido a que las mismas representaban, dentro de las CTs conveniadas con el Estado, la que mayor cantidad de jóvenes albergaban. El criterio de selección de CTs con convenio estatal se debe a que, debido a que admiten a poblaciones que ingresan por medio de becas, obras sociales y el sistema judicial, incluyen en su población principalmente a poblaciones en contextos de vulnerabilidad. Se ha optado por CTs para varones debido a que, de acuerdo a las estadísticas, el género masculino –y sobre todo jóvenes- representa un mayor porcentaje respecto al consumo de drogas en relación a la población en general. A su vez, en el caso de los varones se hace más visible los modos en que diversas formas de institucionalización (judicial, punitiva) atraviesan estas poblaciones.

Se han seleccionado aquellas CTs cuyos programas más se asemajaban a las CTs “clásicas”, es por ello que no han constituido parte de la muestra CTs religiosas.

La inclusión de más de una CT hizo posible documentar las diferentes herramientas terapéuticas que componen los tratamientos, como así también reconocer los supuestos que forman parte de estas instituciones terapéuticas. Asimismo, y si bien los nombres de los participantes fueron modificados, la documentación en más de una CT posibilitó un reaseguro “extra” respecto de las condiciones de protección de la identidad de los participantes de la investigación y de las instituciones.

En esta primera etapa utilicé como técnica de investigación la herramienta de observación participante, registradas en notas de campo, que me ha permitido acceder a la cotidianeidad de un “tratamiento de adicciones” en las CTs y en este sentido, poder caracterizar y desentrañar, entre otras, a las significaciones dadas a cada una de las técnicas terapéuticas empleadas en los tratamientos. Las observaciones comprendieron distintos ámbitos como reuniones de equipo terapéutico, distintas actividades grupales, eventos particulares (reuniones “multifamiliares”, celebraciones por “altas terapéuticas”), admisiones, terapias, entre otras.

Asimismo realicé entrevistas en profundidad, que me ha permitido complementar los datos obtenidos en las notas de campo, entrevistando a 25 usuarios que estaban realizando el tratamiento “por propia voluntad” y a 15 profesionales de distintas disciplinas (psicólogos, psiquiatras, sociólogos, operadores terapéuticos, directores de comunidades terapéuticas) de diversas instituciones nacionales, municipales y asociaciones civiles relacionadas directa o indirectamente al área de “adicciones”.

La investigación fue realizada siguiendo las normativas del Comité de Ética. Es decir, la misma fue llevada a cabo aplicando el formato del consentimiento informado a los participantes, y el mantenimiento de las normas de confidencialidad, y privacidad de las instituciones.

Se ha entrevistado sólo a usuarios que habían accedido a realizar el tratamiento “por propia voluntad”, a fin de desentrañar aquellas acepciones que dicha categoría incluía. En cambio, el proceso de judicialización para internar a un usuario se lo ha analizado desde los relatos de las redes vinculares y los profesionales intervinientes.

El extenso trabajo de campo ha posibilitado también acceder a datos y/o a complementar la escasa información estadística con la que se cuenta en relación a los programas asistenciales sobre drogas. El hecho de que en Argentina no se cuente con información debidamente centralizada sobre los tratamientos, y que haya una vacancia sobre la sistematización de los datos hace que se desconozca por ejemplo cuántas CTs hay en el país, qué modalidades tienen, cuántos usuarios de drogas decidieron o les impusieron hacer un tratamiento en estas instituciones, cuántos concluyeron el tratamiento. Sobre estos aspectos sólo se cuenta con la información que brinda la SEDRONAR, que desde 2005 comenzó a llevar a cabo un registro de los pacientes que realizan tratamiento a causa del consumo de drogas. Sin embargo, como las respuestas sociosanitarias que se brindan no son sólo estatales, la falta de regulación estatal y del acceso de los organismos de investigación estadística sobre la temática a instituciones privadas hace que la información que se registra sea parcial. Si bien en esta tesis no se lleva a cabo un análisis estadístico, la información recabada permite ampliar la mirada sobre estas modalidades terapéuticas.

En el análisis de las CTs he utilizado indistintamente la expresión de “usuario en tratamiento” y/o la categoría nativa “residente” para referirnos a las personas que estaban en ese momento haciendo tratamiento en las Instituciones. Y para aquellas personas que consumían drogas pero que no estaban realizando tratamiento en ese momento, se ha utilizado la expresión “usuarios de drogas” o “usuarios”.

Respecto al análisis de las CTs, se ha utilizado los tres elementos centrales que Foucault (1991) establece para el análisis de una institución: 1) Su racionalidad o finalidad (los objetivos que propone y los medios de que dispone para conseguirlos: el programa formal de la institución). 2) Los efectos (que pocas veces coinciden con la finalidad). 3) El uso (no previsto pero producto del efecto, aunque comporta un sentido y una utilidad a la institución). A partir de estas categorías, las instituciones han sido abordadas en términos de “dispositivos”, entendiendo por tales a un conjunto heterogéneo de discursos, prácticas, leyes, reglamentaciones, procedimientos, medidas administrativas, instalaciones arquitectónicas y diseños institucionales que conforman una “red” entre “lo dicho” y lo “no dicho”, en función de relaciones de fuerza que soportan y son soportadas por un tipo específico de saber. Esta gobernabilidad se ejerce a través de un “programa” institucional, resultado de discursos y prácticas que configuran un espacio practicado (De Certeau, M., 1996) por tecnologías de poder.

Como toda investigación cualitativa, el diseño de investigación pretendió ser flexible y elástico, permitiendo de esta manera captar los “emergentes” que pudieran suscitarse sobre la marcha de la investigación, a través del relato de los usuarios en tratamiento y de las entrevistas realizadas a los profesionales, surgió la necesidad de realizar una segunda etapa de trabajo de campo en un barrio vulnerable del AMBA. La elección del barrio donde fue llevado a cabo esta segunda etapa de trabajo de campo responde a que por un lado, era uno de los barrios con una historia prolongada de consumo de drogas y por otro lado, que era el barrio de donde provenían la mayoría de los usuarios entrevistados en las CTs.

La incorporación del análisis del contexto barrial me permitió enriquecer la aproximación etnográfica realizada en las CTs, accediendo a datos, perspectivas, condiciones y modos de vida que era imposible acceder sólo a través del relato de los usuarios en tratamiento. Así, la inclusión del trabajo de campo en el barrio me posibilitó reconocer la influencia de los procesos macro sociales en las trayectorias de consumo, en los modos de uso, en la disponsibilidad y acceso a las sustancias, entre otras cosas. Debido a la escasez de datos primarios en contextos sociales de uso de droga en nuestro país, la incorporación del trabajo etnográfico en el barrio permitió asimismo documentar los diferentes tipos de sustancias, sus modos de uso y sus variaciones en el tiempo; sus afectaciones en las relaciones vinculares y los modos de tratar(se); las prácticas y saberes locales en torno al uso de sustancias y a sus estrategias de supervivencia; y a corroborar ciertos procesos y trayectorias generales de los usuarios de drogas.

También en esta etapa se utilizaron como técnicas de investigación herramientas “clásicas” de la investigación etnográfica como la observación con y sin participación, a partir de una guía de observación y la elaboración de un registro de campo, y entrevistas en profundidad. Las observaciones tomaron lugar en distintos espacios de interacción social de la vida cotidiana en el barrio, entre ellos en comedores comunitarios, el centro de salud (la “salita”), viviendas particulares, los “pasillos”, entre otros. Para ello fue imprescindible contar con ciertos referentes barriales, que se constituyeron en mis “ayudantes” y “facilitadores” para los inicios de la investigación. Gracias a ellos/as pude ingresar al barrio, conocer la dinámica barrial, los “códigos”, la cotidianeidad, y hacerme de una red de contactos para, a través de la técnica de “bola de nieve” acceder a distintas personas para entrevistar.

De esta manera he complementado las observaciones, participaciones y notas de campo con 20 entrevistas en profundidad a redes vinculares de usuarios de drogas (madres, padres, hermanos, vecinos, parejas) y 17 entrevistas a usuarios de drogas y ex usuarios, permitiéndome registrar los modos en que se manifiestan los padecimientos asociados al uso de drogas y las prácticas y estrategias implementadas por las redes vinculares y los propios usuarios en la vida diaria.También en esta etapa, las entrevistas se realizaron previa lectura de un consentimiento informado donde se anunció el propósito y los objetivos en que se inscribe la investigación y las condiciones de la participación.

Estructura de la investigación

En el capítulo 1 “Discursos, políticas y modos de tratar los usos de drogas” se despliegan las dimensiones teóricas de la tesis. Comienza describiendo y analizando los recorridos históricos, políticos e ideológicos en la construcción del consumo de drogas como “problema social”. Se describen también los diferentes discursos que se utilizan desde las distintas disciplinas y políticas para explicar y abordar el consumo de drogas, con el fin de develar aquellos paradigmas, discursos y dispositivos que han ido surgiendo en torno a los usuarios y los usos de drogas. En este sentido, durante este capítulo se aborda cómo pese a que desde hace unos años se avizoran algunas modificaciones y apuestas por un cambio de paradigma en la atención a los usos de drogas, (como por ejemplo a través de la sanción de la Ley de Salud Mental) el modo dominante de tratar esta problemática ha sido y continúa siendo las políticas terapéuticas y/o punitivas centradas en el disciplinamiento social y la normalización de las personas que llevan a cabo dichas prácticas. Estos modos de tratar –mediante lo “terapéutico” y lo “custodial”, y estos objetivos –el disciplinamiento y la normalización- a su vez, se analizan como una forma de gobierno de determinada población (“los desviados”) y degestión de la pobreza (“los desafiliados”) (Dallorso, N. y otros, 2015). En este sentido, uno de los objetivos de este capítulo es poner en evidencia cómo los mecanismos y tácticas de gobierno sobre determinadas poblaciones –las poblaciones vulnerables- deben leerse en correspondencia con un marco más general del ejercicio del poder sobre la vida.

Por último, este capítulo se propone enmarcar estos modos de tratar dentro de un particular contexto socio-político. En este sentido, los usos de drogas serán puestos en contexto, poniendo en evidencia los modos de tratar estas prácticas en contexto de vulnerabilidad.

El capítulo 2 se titula “Mi barrio, mi mundo: encierros territoriales, violencias y consumo” y trata sobre cómo es vivir en contextos de vulnerabilidad y consumir drogas. El objetivo de este capítulo es mostrar la correlación entre los procesos económicos macro-estructurales, las prácticas de consumo de drogas y los modos de habitar estos territorios. Se busca así mostrar cómo los encierros y aislamientos exceden lo propiamente “institucional” y son modos de tratar a estas poblaciones -ligados a procesos macro-sociales- que se perpetúan en sus propios contextos cotidianos. En este sentido, se analizan diversos sucesos y procesos como la fragmentación espacial y los encierros territoriales que implican; los cambios en las microdinámicas locales y en las relaciones vinculares del barrio a partir de la “aparición” de la pasta base/paco en escenarios de policonsumos; las repercusiones que las prácticas de consumo intensivo generan en los usuarios respecto a su salud, y a los modos de vincularse-aislarse de la comunidad; las consecuencias que los procesos de estigmatización y criminalización acarrea en los usuarios; los estereotipos de género y clase; el rol de las fuerzas de seguridad en los enclaves residenciales precarizados y respecto a los usuarios de drogas en particular; entre otros. Se enfatiza así, en cómo estos procesos han impactado y modificado los modos de tratar y tratarse, de estar, relacionarse, vivir, vincularse, y cómo han afectado particularmente a los usuarios de drogas que residen en estos contextos.

Analizar cómo los modos de tratar los padecimientos asociados a estos procesos, en ocasiones implican, paradójicamente la utilización de variadas estrategias que también hacen del aislamiento y el encierro el modo de abordarlos, es el objetivo del capítulo 3. Este capítulo, titulado “Rescatados, encerrados, tratados” analiza por un lado las estrategias utilizadas por los saberes expertos e institucionales, a través del relato sobre las trayectorias terapéuticas y punitivas de los usuarios de drogas. Se focaliza en el fluido tránsito que los usuarios tienen por diversas instituciones de encierro, ya sea desde una lógica terapéutica –de “cura”- y/o punitiva –de “castigo”- como institutos, cárceles o comisarías. Se señala que el encierro, la internación y el aislamiento (vincular, y/o territorial) se constituyeron históricamente en respuestas ante diversas problemáticas que atañen a esta población, y continúan estando vigentes en las propuestas legales y sociosanitarias frente al consumo de drogas. Por otro lado, es objetivo de este capítulo registrar cómo estas estrategias también son reapropiadas por los propios usuarios y las redes vinculares -particularmente las familias-. En este sentido, se analizan tres estrategias, que de acuerdo a las crónicas locales se utilizan habitualmente para “rescatar” a los usuarios –es decir, para “interrumpir el consumo intensivo”. Estas son: “sacarlos del barrio”; “meterlos adentro” (el encierro en sus casas) e “internarlos”, estrategias todas ellas que, buscando “resolver”, “encauzar”, “gestionar” ciertos padecimientos y encerronas, reproducen directa o indirectamente otros encierros y aislamientos.

El proceso de internación, o de “aislamiento terapéutico-institucional” tal como fue categorizado en esta tesis, forma parte del capítulo 4. Titulado “Hasta acá llegamos. El aislamiento terapéutico institucional como límite” este capítulo aborda las diferentes instancias e implicaciones presentes durante el proceso de internación, poniendo en tensión cuestiones inherentes a la “propia voluntad” de internación versus “la voluntad de un tercero”, la internación como “resignación” o “límite”, los paradigmas y criterios de salud y bienestar, los padecimientos propios y ajenos, los modos de tratar. Asimismo se describe y analiza dos instancias inherentes a este proceso: la tramitación de la internación, particularmente a través de la “denuncia judicial” y el traslado a los centros de internación, poniendo de manifiesto los obstáculos, dificultades y contradicciones propias del sistema de atención a las “adicciones” y las estrategias de las redes vinculares para llevarlas a cabo. En este sentido, se enfatiza en el análisis de las relaciones vinculares y más específicamente en el rol desempeñado por las “madres” durante el proceso de internación.

Con el capítulo 5 se da inicio a una segunda instancia en el desarrollo de esta tesis centrada en la modalidad de tratamiento de las CTs. Por eso se titula “Sobre las Comunidades Terapéuticas”. Se reconstruye por un lado los antecedentes locales en la conformación de las CTs analizando las características del modelo de atención desde su origen hasta la actualidad a través de fuentes secundarias y desde la perspectiva de los directivos, profesionales y operadores que trabajan en dichas instituciones; y por otro lado se describen los modelos pioneros de CT: el modelo inglés, norteamericano e italiano, enfatizando en sus características y su influencia en Argentina. Finalmente se ponen en tensión los cambios, diputas y desafíos que estas instituciones tienen en el contexto contemporáneo.

El capítulo 6, ““Bienvenidos a La Casa”. El tratamiento en las CTs” se centra, como su título lo indica en describir, caracterizar y analizar el tratamiento en una CT. Se delinean las principales características de este tipo de modalidad de tratamiento. Se define a la CT como un dispositivo de producción de subjetividad y se analiza el “confronto”, la técnica terapéutica por excelencia en estos contextos terapéuticos, como una técnica de des-subjetivación. Por último se reconstruye las categorías utilizadas para definir y caracterizar a los usuarios de drogas y al uso de drogas a partir del discurso terapéutico y de los propios usuarios en tratamiento.

El análisis de la dimensión disciplinaria de la modalidad de tratamiento de las CTs se constituye en el eje del capítulo 7 “Disciplinar”. En este capítulo se advierte sobre cómo, a partir del ejercicio de la disciplina, las CTs buscan la transformación subjetiva de los “residentes”. Específicamente, indaga acerca de la mecánica de las disciplinas que se ejerce en estas instituciones sobre el empleo del lenguaje a través de “la administración de la palabra” operando sobre qué hablar, cómo hablar, cuándo hablar y cuándo no hablar. Asimismo se describe y analiza las técnicas de control “formal” e “informal” dispensadas en estos tratamientos para que los “residentes” no sólo dejen de consumir sino que produzcan transformaciones en su subjetividad a través de la adopción de nuevas prácticas, actitudes, emociones, significaciones. Por último, describe las semejanzas que la modalidad de tratamiento de las CTs tiene respecto a la Metodología Pedagógica Socializadora llevada a cabo en las instituciones penitenciarias destinadas a Jóvenes adultos.

El último capítulo se titula “Sostener” y analiza críticamente el último tramo del tratamiento propuesto en las CTs, período denominado “reinserción”. Comienza problematizando la realización del tratamiento como una “obediencia fingida” (Hurtado, 1997). En este sentido, se distinguen y analizan aquellas performances actuadas y/o simuladas por los “residentes”, es decir aquellas “estrategias adaptativas” empleadas para atravesar con “éxito” el tratamiento y/o obtener algún beneficio en la institución (obtener ciertos permisos; avanzar en el tratamiento; obtener el alta, etc.). Asimismo se analiza críticamente aquellas “herramientas” promovidas en los tratamientos durante la “fase de reinserción” y propongo el concepto de “lógicas preventivas” para describir el modo en que, desde las instituciones y a partir de las representaciones respecto a la “adicción” como una “enfermedad incurable” se sujeta a los usuarios de drogas a ciertos circuitos institucionales cuasi ineludibles. Por último se problematiza el rol de las redes vinculares y el “entrenamiento institucional” para este proceso.

Finalmente en la conclusión se recapitulan las principales ideas, hallazgos y conceptos trabajados, poniendo en tensión las distintas dimensiones que atraviesan el escenario de la temática trabajada, al mismo tiempo que se plantean nuevos interrogantes.


  1. En las CTs se denomina así a quienes momentáneamente “residen” en la institución, es decir a los usuarios que están realizando el tratamiento.
  2. Puede encontrarse un desarrollo de esta noción en Ayres, J. de Carvallo Mesquita (2000) “Cuidado. Tecnología ou Sabedoria Práctica”. Interface, Cumunic. Saúde, Educ, 6 117:120; Ayres, J. de Carvallo Mesquita (2004) “Cuidado e roconstrucao das prácticas de Saude”. Interface, Cumunic. Saúde, Educ, 8 73:92; Bonnet, O. y omes Tavares, F. (2007) “O cuidado como metáfora nas redes das práticas terpéuticas” In: Pinheiro, R. y R. Araujo de Matos (org.) Razaos Publicas para a integralidade em saude: o cuidado como valor. Rio de Janeiro Editorial do Centro de Estudios e Pesquisa em Saude Colectiva. Pp. 262-276


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