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2 Mi barrio, mi mundo: encierros territoriales, violencias y consumo

2.1 Vivir en este barrio solo cuesta vida

“Los cascotes que inventan caminos así el barro no te muerde los tobillos.
Pilones de basura por acá y por allá. Esqueletos de autos robados ya desmantelados, saqueados y prendidos fuego. El sonido de un disparo en una esquina, diez disparos de respuesta en otra.(…) La avenida y su frontera que divide a la villa del mundo. Rezos que ruegan exiliarse a la sociedad. (…) Es la villa, es otro mundo, es vivir apartado.”

Camilo Blajaquis

Esa mañana había llegado al barrio temprano, más temprano del horario en que había quedado con Víctor para encontrarnos. Como era una de las primeras veces que iba al barrio, y no me conocían todavía, los mismos vecinos me habían sugerido entrar con alguien “de adentro”. Con esa expresión, referían a alguien del barrio, claro. Yo era “de afuera”. El “adentro” estaba claramente delimitado. Una avenida hacía de divisoria entre “los de acá” y “los de allá”. “A los de acá los conocemos a todos”, me decían, “si venís sola, por ahí te molesten o te miren raro, por eso cuando vengas llamáme y alguno te va a buscar a la parada de allá”. Así había quedado con Víctor, y así hice esa mañana. Pero llegué más temprano, así que me quedé sentada esperando que se hiciera la hora acordada. La parada del colectivo en la que estaba, coincidía con la entrada a un puesto de salud, así que había mucho “transito” de personas. Hombres con bolsos colgados, que me daban la sensación de que iban o venían de trabajar. Y mujeres, las más, con hijos de las manos, algunas entraban a la “salita”; otras, por los guardapolvos parecían seguir rumbo al colegio que estaba a unas poquitas cuadras; algunos jóvenes que deambulaban y muy pocos que parecieran superar los 70 años. Entre la gente, vi llegar a Víctor. “Vamos?” me dijo con tono amable. En la recorrida hacia el comedor, me señalaba las “zonas” del barrio: “ves allá? Ahí están todos los paraguayos, la mayoría son buenos, pero viste como es… hay algunos que mejor no encontrarlos”. Más adelante, me volvió a señalar otra “zona”, la cual me la refirió como: “mejor esquivarla, sobre todo, si venís temprano, están todos amanecidos y a la caza[1]”. Durante ese recorrido, Víctor me habló de los “paraguayos”, de los “bolivianos”, de los “laburantes”, “los vagos”, “los transas”, “los pibes”, “las pibas”, “los viejos del barrio”, “los nuevos”, “las señoras”. En el “adentro”, pensé, hay “muchos adentros”, pero todos, sin ninguna duda, muy distintos del “afuera”.

Juntos, llegamos al comedor comunitario donde me esperaban para “charlar” sobre cómo era vivir en el barrio, qué pasaba con los jóvenes, las drogas, qué les pasaba a ellas, y otras cosas más cotidianas que iban surgiendo a medida que la confianza lo habilitaba. Iba todas las semanas y siempre que llegaba, me encontraba con un panorama similar: algunas mujeres preparando el almuerzo para los “pibes del barrio” –y algunos adultos que venían a buscar su “viandita”-, otras sentadas alrededor de una mesa de madera compartiendo unos mates dulces, y siempre algún que otro niño o niña -hijos/as y/o nietos/as de quienes estaban allí-, poniendo su cuota de “vida” a ese espacio, corriendo entre las mesas, riendo y a veces llorando por algún berrinche.

Ese día, la ronda de mates era más dulce que de costumbre. Me dieron uno apenas llegué. Mientras tomo el primer sorbo, me incorporo a la ronda saludando a las mujeres que habitualmente me encontraba en el comedor. Intuía en el “clima” algo distinto.

A la humedad que brotaba del piso debido a la larga semana de lluvia que había precedido, y los olores característicos de la tierra mojada que se fundía con el guiso que a unos metros se estaba cocinando, se sumaba algo que “olía” diferente. “Tuvimos un fin de semana movidito”, me adelanta Violeta. “Entre el viernes y el domingo, nos mataron a 6 pibes, todos jóvenes eh, no pasan de los veintipico!”. Así empecé ese día mi trabajo de campo, entendiendo el porqué de la cuota extra de azúcar en los mates de esa mañana.

 

La muerte, era un tema que desde que empecé a ir al barrio, aparecía todo el tiempo. Sobre todo la “muerte joven”. En los relatos, tanto de las mujeres que concurrían al comedor, como de los usuarios y/o de otros referentes del barrio a los que entrevisté durante mi trabajo de campo, la referencia a la muerte era un tema casi inevitable, tan inevitable, que por momentos sentía que estaba demasiado “asimilada”.

En muchos relatos me parecía que las muertes asumían cierta “naturalidad” que no dejaba de asombrarme. Formaba parte de la vida misma. Parecía como algo “normal” y “posible” (por no decir “esperable”) de que ocurriera, aún y sobre todo en los jóvenes. Ese día en el comedor, en cambio, eso no lo noté. Al contrario, ese “fin de semana de velorio” como ellas lo catalogaron, despertó un cierto interrogante entre ellas.

La charla que se mantuvo, mientras esperaban que se acercara la hora del almuerzo -en el que tenían que atender a quienes venían-, estuvo signada por “¿qué está pasando en el barrio?”. Las respuestas a esa pregunta, no obstante, yo ya la venía escuchando desde hacía unos cuantos meses atrás.

A través de Violeta, me contacté con diferentes actores claves del barrio, que fueron contándome, así como lo había hecho Víctor esa mañana y las mujeres en el comedor, cada uno/a desde sus perspectivas, cómo era para ellos el barrio. A través de entrevistas con los profesionales de la salud de la salita, con referentes de otros comedores, con los propios usuarios de drogas y ex usuarios, con los/as familiares y con mi regular presencia y diálogos informales con quien me cruzara del barrio, fui haciéndome un “mapa de la situación”. Lo que en la charla de esa mañana en el comedor se discutía, no fue un interrogante “aislado”. Siempre de una u otra manera, en todas las charlas y comentarios sobre temas cotidianos se esbozaba una respuesta a esa pregunta. “Lo que pasa en el barrio”, era una consigna cotidiana.

Sin embargo, esa mañana ese interrogante fue esbozado de otra manera. Las respuestas fueron suscitándose “encadenadamente”. Es decir, en esa discusión que se generó tras ese particular episodio, se desencadenó una especie de “análisis global” de la situación que acontecía. “Esto sin la pasta base no pasa”, decían convencidas. Ese convencimiento, no era privativo de ellas.

 

La “llegada de la pasta base/paco[2]” al barrio, que en general, suele ubicarse en el 2001, es descripto, me atrevo a decir en todas las entrevistas, como un quiebre. Un antes y un después. Ese punto de inflexión, casualmente coincide con un período económico-social del país, conocido como “la crisis del 2001”. Sería imposible analizar la “llegada de la pasta base/paco” y los cambios producido en los barrios y asentamientos bonaerenses, y en las prácticas de consumo, sin remitir al contexto en el cual ocurre.

La “crisis del 2001”, ha sido descripta como “el peor derrumbe social en la historia Argentina” (Aronskind, 2011). Si bien estos enclaves residenciales se caracterizan precisamente por la precariedad de las condiciones de vida, en esos años, la falta casi completa de trabajo, la desnutrición, el hambre, el deterioro de los servicios públicos, en un escenario que no parecía tener una salida en lo próximo, hizo estragos en la población[3]. Los consumos de marihuana, cocaína y psicofármacos, que “dominaban” estos escenarios hasta entonces, no parecieran ser recordados, en retrospectiva, como consumos “causantes” de los mayores problemas en el barrio. Más allá de la propagación del virus del VIH-SIDA y la cantidad de muertes relacionadas al consumo de cocaína inyectable en los `80[4] –que sí parece ser percibido como un problema por el que el barrio atravesó, en relación a los usos de drogas-, y la expansión y aumento del consumo de sustancias en jóvenes cada vez “más jóvenes” y su asociación con el aumento de la “inseguridad”, no se registran en sus relatos mayores problemas asociados a esas prácticas de consumo cuando se los pone en tensión o se los compara con la “pasta base/paco”. 

Si bien, todavía hoy no se sabe precisar la composición de la “pasta base/paco” la descripción que se hace de esta sustancia la emparenta con “el desecho”, con la “basura”, con la “alta toxicidad” producto de la combinación del “residuo del proceso de elaboración de clorhidrato de cocaína” con un alto componente de cenizas y otros adulterantes. Y sus efectos son descriptos como “explosivos”: a la alta toxicidad de la sustancia –por su composición- se le adiciona su fuerte componente adictivo, cuyo corto efecto (“flash”) produce un momento de alta “satisfacción”, seguida de una necesidad compulsiva de seguir consumiendo.

Mientras reflexionaban sobre qué era lo que había pasado en el barrio, Mirta esbozó la primera respuesta: casi a modo de confesión, me miró y me dirigió a mí su primera impresión, que luego fue compartida por las otras mujeres.

Yo me crié acá, y te puedo asegurar que no es el mismo barrio que era antes. ¿Sabés porqué me dí cuenta? Porque antes estas cosas no se veían. Pero ahora sí… Me llevé  mucha impresión, mucho dolor como mamá… porque cuando vas caminando… en la madrugada… y ves… eh… a ellos como… se están matando en vida, porque… son… muertos vivos. Me di cuenta con mi otra hija la más grande, que es un “cementerio”. Se me pone la piel de gallina al contártelo. Ves que están en los pasillos, tirados, pero lo único que le ves es la pipa y el cenicero… el… encendedor… Deterioro total… sus bracitos así flaquitos, descalzos –porque vendieron las zapatillas- y todos ampollados. Y acá parece que a nadie le importa, porque la mayoría vende ¿viste? Las mismas familias, eh! Acá venden para sobrevivir o estar bien… digamos… porque esto deja mucha plata. Es como que pasaron sobre los límites de convivencia. Acá los códigos se perdieron.

Mientras Mirta “tiraba la primera piedra”, las demás asentían. Si bien el consumo de la pasta base/paco se suma a la disponibilidad y consumo de otras sustancias (especialmente cocaína, psicofármacos con alcohol y marihuana), en los relatos se evidencia que fue la aparición de esa sustancia la que había introducido modificaciones diversas en el barrio.

Sin embargo, en los relatos se iba evidenciando cómo tanto la venta como el consumo de la pasta base se había concentrado, en un primer momento, en las villas y barrios pobres cuando las consecuencias de las reformas estructurales de los noventa (pobreza, desocupación, hambre y desnutrición, aislamiento, expulsión del sistema educativo y de salud) ya habían desplegado sus efectos devastadores, especialmente en los jóvenes. Se hacía imposible entonces disociar la lectura de los efectos de determinada sustancia, en este caso de la pasta base/paco, de las consecuencias devastadoras que la pobreza, la desocupación, la desnutrición crónica, la falta de escolaridad y la desintegración familiar, las violencias asociadas a la falta de derechos, abusos y persecuciones, que han padecido y padecen diariamente los jóvenes de estos barrios.

Cuando Mirta habla de “muertos vivos”, de que el barrio por la noche parece un “cementerio”, de la fragilidad de los cuerpos, da cuenta también, sin mencionarlo explícitamente quizás, de las consecuencias de estos procesos.

Por eso, cuando hurgaba un poco en los relatos, ese “antes” y “después” no estaba asociado privativamente a la sustancia. Con el devenir de la discusión, se fueron articulando cuestiones como “la falta de códigos”, “las banditas del barrio”, el accionar de la “policía”, la asociación “droga-delito”, la diversidad de manifestaciones de violencias cotidianas, las fragmentaciones del barrio, etc. que daban cuenta cómo con la generalización del consumo de pasta base durante ese período quedaron en evidencia “nuevos” problemas sociales, vinculares y de salud que tenían un complejo y largo proceso de producción (OAD-Sedronar, 2007; Touzé, G., 2006; Epele, M., 2011).

Efectivamente había desde la perspectiva de los actores un “punto de inflexión” con la llegada de la pasta base/paco, pero no era sólo producto de esa sustancia. A través de los relatos y las crónicas locales, se manifestaban una serie de sucesos que en los últimos años evidenció un “cambio” en estos territorios. Sucesos y procesos que mostraban una evidente correlación entre los procesos económicos macro-estructurales, las prácticas de consumo de drogas y los modos de habitar estos territorios (Epele, M., 2003; Bourgois,  P., 2010; Rossi, D., 2004).

2.2 Un “adentro” y un “afuera”. Fragmentación espacial y encierros territoriales

Uno de estos procesos tenía que ver con las “zonas” que me describía Víctor esa mañana camino al comedor. Hablar de un “adentro” y un “afuera” del barrio, así como la frase de Mirta esbozando un “barrio distinto al que era antes, donde los códigos se perdieron”, algo decía de lo que había acontecido en la sociedad argentina en las últimas décadas y que se había manifestado más notoriamente en estos barrios. Poniéndolo en perspectiva, de lo que Víctor y las mujeres en el comedor hablaban esa mañana daba cuenta entre otras cosas de procesos de fragmentación social y territorial que han afectado principalmente a estos enclaves residenciales empobrecidos, y a sus poblaciones.

La tesis de que las transformaciones estructurales ocurridas desde mediados de la década de 1970 y profundizadas en los noventa producían una “fragmentación” de la estructura social y una destitución del lazo social fue ampliamente sostenida. La idea de una estructura social fragmentada y la tendencia a niveles incrementales de aislamiento social e individualismo constituyó una perspectiva muy extendida en los estudios sobre clases medias y populares en Argentina (Minujin, A. y otro, 1995). Al ritmo que los territorios y los espacios urbanos sufrieron una verdadera fragmentación en múltiples secciones o barrios, algunos de ellos, como el que Víctor me describía, se convirtieron en bolsones de pobreza cuya asociación con el uso intensivo de drogas y las economías ilegales, entre otras cosas, los dejó por fuera de los circuitos de integración y de visibilidad. Tal como me decía Víctor “los de afuera si no es acompañado por uno de acá, no entran”.

Sumado a los procesos de fragmentación espacial y a la vinculación de estos territorios con el consumo y venta de drogas, estimulada durante los últimos años por los discursos sobre la “inseguridad” y “violencia urbana”, se ha ido consolidando un proceso de estigmatización y discriminación sobre su población que ha redundado y profundizado los niveles de aislamiento y encierros territoriales[5]. En los relatos locales esto se evidencia cuando refieren tener que “fingir” el lugar de residencia a la hora de buscar trabajo; cuando se denuncia que las ambulancias difícilmente ingresen al barrio a partir de cierta hora; o cuando, entre otros tantos ejemplos, describen ciertas avenidas o calles lindantes al barrio como “fronteras” divisorias de un “adentro” y un “afuera”.

Del mismo modo que Kessler (2012) advirtió al analizar las consecuencias de la estigmatización territorial en un asentamiento del conurbano bonaerense, el “estigma barrial” también aquí erosiona el capital social de sus habitantes generando una cerrazón sobre los vínculos. Cuando Víctor me decía que si entraba sola me iban a “mirar raro” o a “molestar”, da cuenta de esta cerrazón. En general, “los de afuera” que entran al barrio, son los trabajadores sociales, psicólogos, u otros profesionales o voluntarios que trabajan en los comedores, en la escuela o en la salita. “A ellos los conocen, ya. Son de afuera pero “adoptados””, me decía Víctor. Sacando los vínculos con estos contactos, o con aquellos con los que se vinculan quienes salen a hacer alguna actividad fuera del barrio –a trabajar, estudiar, etc.-, los vínculos sociales se entrelazan entre los propios vecinos.

En parte, esta situación puede ser producto de la reducción de la movilidad urbana. Los relatos sobre las rutinas cotidianas, evidencian circuitos de movilidad muy acotada y en general, circunscripta a las manzanas que constituyen “el barrio”. Esto sucede sobre todo en los más jóvenes: quienes estudian, lo hacen en la escuela “de ahí a la vuelta”, y/o van al comedor “de la esquina” a hacer alguna actividad, o “paran en el pasillo” a tomar una cerveza, etc. Quienes trabajan, o hacen alguna “changuita”, son los que con mayor frecuencia relatan circuitos de movilidad más distantes al barrio: salen “al centro”, o a otros barrios, e incluso algunos a otras provincias.

Esta reducción en la movilidad urbana, redunda a su vez en una reducción de contactos sociales: confinando a esta población dentro de los límites de su propio barrio, se encuentran en una situación de aislamiento espacial y social que profundiza las condiciones de vulnerabilidad y el acceso a derechos.

En el caso de los usuarios de drogas en particular, estas situaciones se exacerban debido a la combinación estratégica entre criminalización generalizada (sobre el uso de drogas y la pobreza) y la represión policial frecuentemente abusiva, indiscriminada y caótica de las que son víctimas, profundizando los obstáculos para el acceso a ciertos mínimos servicios, como por ejemplo los de salud. Esta amenaza y persecución constante, los ubica en un lugar de doble aislamiento: no sólo traza la necesidad de ocultarse y refugiarse de los otros, sino también deposita a los usuarios en un espacio caracterizado por la falta de derechos, abusos, deterioro corporal, y numerosas dificultades en lograr las condiciones mínimas de supervivencia.

Estos procesos han impactado y modificado los modos de tratar y tratarse, de estar, relacionarse, vivir, vincularse. Tal como expresaban las mujeres esa mañana en el comedor, “el barrio había cambiado”. Desde las perspectivas de los actores, la pasta base/paco había evidenciado esos cambios. Pero, esos “nuevos” problemas sociales, vinculares y de salud tenían un complejo y largo proceso de producción que no pueden desentenderse a la hora de analizar las prácticas (en este caso de consumo de drogas) en estos contextos. Y los procesos de fragmentación social y espacial eran algunos de ellos. No obstante, y tal como era percibido por la población local, la “base” había profundizado las consecuencias de estos procesos en esta población. Veamos de qué se trata.

2.3 Consumir drogas y convivir en escenarios de consumo

El barrio está muy fragmentado ¡Pero subrayadamente fragmentado! Hay de todo, hay “cachivaches”, hay gente honesta, hay gente copada. Pero la mayoría muy gastada. Muy hecha pelota. Y a toda esta fragmentación que es terrible, que atraviesa a todo el barrio se suma “la base”, pero fragmenta desde otro lado (Juan, referente barrial).

Si bien, las prácticas de consumo de diversas drogas han pasado a ser parte del escenario cotidiano de estos barrios en las últimas décadas, tal como referían las mujeres en el comedor y confirmaba Juan y otros referentes durante el trabajo de campo, la “llegada” de la pasta base/paco y su rápida expansión ha sido calificada como un “quiebre” en muchos y diversos sentidos.

Durante el trabajo de campo, y a través de las observaciones, participaciones y las entrevistas realizadas a diferentes actores sociales, incluidos los usuarios, se han registrado innumerables narraciones que enfatizan en los daños del consumo de esta sustancia en comparación con otras. Respecto al deterioro de la salud, se suele referir: la alta toxicidad de la sustancia que rápidamente se expresa en un deterioro corporal acelerado manifestado en una delgadez extrema; quemaduras en los labios y manos producto de los utensilios utilizados como “pipa” (para fumar la sustancia), en general tubos de acero, latitas de gaseosas, que producen quemazón; ampollas en los pies debido a que realizan largas caminatas, descalzos por haber vendido o permutado los calzados por droga, en busca de cosas para vender, o “huyendo” de algo o alguien (una de las sensaciones-efectos de la sustancia); enfermedades pulmonares producto del consumo y/o de permanecer a la intemperie con poca ropa aun en bajas temperaturas; entre otras. 

En este sentido, a las consecuencias de los procesos de fragmentación social y territorial antes descriptos y a las condiciones de pobreza estructural, se suman otras vinculadas a las características propias a este tipo de sustancias que repercuten en la población en general y en los usuarios en particular, profundizando las condiciones de vulnerabilidad.

De acuerdo a las crónicas locales, una de las modificaciones que trajo aparejado el consumo de pasta base/paco ha sido los cambios en las microdinámicas locales y en las relaciones vinculares del barrio. En una entrevista con Manuel, un referente barrial, me decía lo siguiente respecto a estas modificaciones:

 

Todo el quilombo que genera la “pasta base”, ocurre en su gran mayoría dentro del barrio. Hasta que llega la pasta base, los pibes fumaban marihuana o tomaban cocaína. Cocaínas muy malas, marihuana muy mala y salían a robar afuera, al taxista, a los kioscos, que se yo. Notoriamente esos delitos han disminuido, porque ahora se roban entre ellos y roban adentro del mismo barrio. La “pasta base” los inhabilita de tal manera que no pueden salir, entonces como necesitan plata para comprar se roban a si mismos, venden todo lo que tienen ellos. Venden lo de su casa, lo de su mamá. Y cuando se le cierran las puertas de la casa, y se van a lo de los vecinos. Por lo tanto esto qué genera. Genera violencia ¿Viste? Acá las pertenencias se defienden a los tiros, Entonces es notable ver cómo cambio la fisonomía del barrio. Las rejas. Antes había algunas, pero ahora es notorio. Es bien claro. Todo el mundo se enrejó.

De acuerdo a diversos relatos, estas prácticas de consumo han ocasionado otras formas de relacionarse entre sí, y de habitar estos territorios. Las modificaciones introducidas por esta sustancia, además de evidenciar mayores manifestaciones de violencias interpersonales, también redundaron en mayor fragmentación social (debido a la erosión de los vínculos ocasionados por los hurtos intrafamiliares y entre usuarios-vecinos) y aislamiento. “Guardarse” en las casas a partir de ciertas horas, “enrejarse”, “salir acompañados” entre las 6 y las 9 de la mañana cuando pinta el “bajón”[6], “sospechar” y “cuidarse” de los otros (que hasta entonces eran “los nuestros”, “nuestros vecinos”, “el pibe de al lado”, “el hijo de tal”), “no entrar sola al barrio, si sos de afuera”, son algunas de las prácticas que han pasado a conformar el repertorio de estrategias implementadas en estos barrios.

En este sentido, a los procesos de fragmentación ya descriptos, la pasta base, tal como decía Juan, comienza a fragmentar desde otro lugar. Coincidentemente con lo que otras etnografías han observado, en barrios en los que estas prácticas de consumo han hecho anclaje (Castilla, M. V., y otros, 2012; Epele, M., 2010) estas prácticas de consumo han erosionado y fragilizado los vínculos locales y los modos de tratar y tratarse (entre usuarios y familiares; usuarios y vecinos; familiares y vecinos, etc.). Pero también, a partir de estas prácticas y los problemas y/o tensiones que han generado, se han ido configurando nuevas relaciones de solidaridad y/o cooperación y estableciendo otros vínculos, a veces más ocasionales y esporádicos que otras. Por ejemplo entre los mismos usuarios, durante los momentos de consumo; entre aquellos vecinos dispuestos a “hacer algo” con esta problemática; o, lo que ha sido más notorio e importante en términos políticos: el nucleamiento de familiares, en general de madres, en torno a la “lucha” contra la pasta base[7].

La expansión del uso de pasta base en estos contextos, además de haber promovido cambios en las microdinámicas locales, ha impactado principalmente en los propios usuarios. Como se ha venido sosteniendo, el tipo de sustancia y las prácticas de consumo asociadas a ella, ha comprometido en la mayoría de los casos las condiciones de salud de los usuarios con uso compulsivo de pasta base, pero también sus modos de estar y habitar el barrio, sus modos de exponerse a ciertos riesgos, sus modos de ser percibidos y tratados, entre otras cosas.

La noción de “doble excluido” que Míguez (2006) define para caracterizar a los usuarios de pasta base/paco, da cuenta de esta situación. De acuerdo al autor, esta condición de “doble excluido” refiere por un lado, a su pertenencia a un grupo social que, por su condición de “adictos” viven situaciones de aislamiento social, pero además, por otro lado el uso de la pasta base lo convierte en alguien del que es necesario “aislarse”, del que la familia y vecinos deben asegurarse una “distancia protectora”. Esta “distancia protectora” radica básicamente en una de las prácticas asociadas al uso de esta sustancia: los robos intrafamiliares y/o a vecinos del propio barrio para ser cambiados por dinero y/o por dosis de pasta base, tal como nos comentaba Manuel.

A diferencia de lo que ocurre con otras sustancias, las crónicas locales dan cuenta de cómo uno de los efectos más notorios de la pasta base/paco es que los “inhabilita” para salir del barrio. En este sentido, no sólo ha incidido en las dinámicas vinculares expresadas en los modos de tratar y tratarse sino que también ha profundizado encierros y aislamientos –ya en curso- y configurado otros nuevos. Gabriel, un ex usuario de pasta base, me lo describió de una forma muy ilustrativa: “quedaba internado en el barrio”, me decía, “cerca de donde vendían”.

De acuerdo a los relatos locales, la compulsividad al consumo es tal, que no pueden irse del barrio, lejos de los lugares de donde proveerse “el consumo” (la sustancia). El flash –el efecto- que produce el uso intensivo de pasta base, descripto en términos de un miedo exacerbado por ciertos estados paranoides, y la sensación de mayor sensibilidad y amplificación de ruidos y estímulos, los lleva en ocasiones, a quedarse fumando “en un rincón”[8]. En las crónicas sobre las prácticas de consumo de la pasta base/paco, es muy habitual la referencia al uso del espacio público para fumar esta sustancia. Esto también da cuenta de los procesos de expulsión hacia esta población.

Gabriel, incluso, no era del barrio. Venía a comprar hasta que quedó, como él decía “internado” ahí, “refugiado” en el barrio, fumando en los pasillos. Pero esos pasillos o “rincones” libres que encontraban para fumar, también eran usados por usuarios del mismo barrio, que sí tenían sus casas allí pero que “salían de gira” –varios días seguidos a consumir- y eventualmente volvían a sus casas (cuando lograban entrar); o que el vínculo con la familia estaba en tal grado de deterioro que ya se les “había cerrado la puerta”.

Al aislamiento social producido por el encierro territorial/espacial propio de estos enclaves residenciales se adiciona, superpone, monta, otro tipo de aislamiento en la población usuaria de pasta base, producto de este particular efecto por el consumo de estas sustancias. Se da así, un modo de encierro territorial montado sobre otro modo de encierro: un encierro vinculado a su condición de habitante de estos enclaves residenciales atravesados por procesos de fragmentación social y espacial, y otro vinculado a su condición de habitante-usuario de pasta base/paco.

Estas prácticas de aislamiento y encierro territorial vinculadas al consumo intensivo de pasta base/paco, se contrasta con las prácticas de consumo de otras sustancias.

Epele (2007) en un artículo que indaga entre otras cuestiones, sobre la articulación entre las prácticas de consumo y los procesos de fragmentación social y territorial, ha reparado en los distintos modos de movilidad urbana entre los usuarios de cocaína y los usuarios de pasta base. La autora advierte cómo ubicados en un “lugar de aislamiento”, la extensa mayoría de los jóvenes del barrio han pasado su niñez y adolescencia sin salir prácticamente del barrio, conociendo otras realidades sociales a través, principalmente, de la televisión. Esta situación que ella también denomina como de “aislamiento”, se contrasta, según su investigación, con las experiencias de juventud, incluso en el mismo barrio, de décadas atrás. Los jóvenes de antaño, dirá “(tenían) experiencias vinculadas a una historia de movilidad urbana que contrastan con la de los más jóvenes, lo que modifica sus perspectivas acerca de las características de las prácticas de consumo en la actualidad y de los factores sociales que las han modelado” (Epele, 2007: 14).

Haciendo referencia específicamente a la inyección de cocaína como una de las prácticas dominantes de consumo de drogas de los ochenta, enfatizará en que ese modo de consumo:

“no limitaba la movilidad de los usuarios en los territorios urbanos y el desarrollo de una diversidad de estrategias de supervivencia. Es más los usuarios tenían un capital nutricional, social y educativo, que habla de un contexto social en que la pobreza en nuestro país tenía características diferentes que las que asumió principalmente a fines de los noventa y el comienzo del nuevo milenio, cuando la pasta base llegó para ponerlas en la más completa evidencia”. (Epele, 2007: 15). 

 

En este sentido, es interesante reparar en los procesos que vienen afectando a estos conjuntos sociales y que han ido aumentando progresivamente la brecha que los separa-vincula con el resto de la sociedad. A la fragmentación social y territorial, a la pobreza y exclusión del sistema educativo y de salud, se suman también otros procesos que afectan exponencialmente a los usuarios de drogas que habitan estos contextos precarizados. Entre ellos pueden registrarse la estigmatización y discriminación, la criminalización de la pobreza y del uso de drogas y la persecución y represión policial abusiva e indiscriminada.

Estos procesos no sólo han ido depositando a los usuarios en un territorio caracterizado por la pérdida de hasta los más mínimos derechos sociales, económicos y civiles sino que también han ido profundizando las brechas y fracturas sociales, el deterioro de los cuerpos sociales e individuales y finalmente las estrategias de encierros y aislamientos diversos.

2.4 Ser joven, “adicto”, “varón” y… residente de estos barrios

Las consecuencias de las condiciones estructurales, los procesos de fragmentación social y espacial, sumado al crecimiento de la economía informal y los cambios acontecidos en las dinámicas locales que profundizaron las brechas sociales y la vulnerabilidad de estas poblaciones, se vieron intensificadas en los usuarios de drogas en particular, sobre todo en los jóvenes y varones. Estos procesos, atravesados por la expansión del consumo de pasta base/paco se constituyeron, así, en modos de tratar a esta población generando aislamientos y encierros diversos (territoriales, vinculares, subjetivos, estructurales, etc.),

No sólo el “contexto” les es desfavorable: su condición de jóvenes, varones, de clases populares, también hace de ellos una combinación portadora de estigmas varios, que junto a otros factores, repercuten en sus vidas cotidianas.

La categorización de “juventud” ha sido definida desde sus inicios ligada a lo “carente”, lo “incompleto”, lo “amenazante” (Chaves, M., 2005). Carente, incompleta y amenazante en el sentido de que la juventud era concebida como una etapa en la que debía prepararse, ordenarse, encaminarse, para la vida adulta y la reproducción de la fuerza de trabajo.

Por supuesto, que esta posibilidad no era la misma para aquella “juventud” que –con la expansión de la sociedad de masas y la educación media y superior- disponía de los medios para formarse, desarrollarse y ascender socialmente. Mientras que para las clases medias y altas, esa “juventud” pudo convertirse en una etapa “floreciente”, para otros sectores, precisamente para los jóvenes de sectores populares, la juventud los confinaba a una posición “amenazante” por sus dificultades para realizar una transición “exitosa” hacia la adultez (Elizalde, S., 2010). Primer motivo, entonces, por el cual no es lo mismo hablar de “jóvenes” que de jóvenes, varones, de clases populares.

El subtítulo de este apartado, no es casual. La condición de joven no puede ser pensada sino es desde su heterogeneidad, por eso hablar de juventud implica pensarlo como un concepto relacional, construido social e históricamente (Reguillo, R., 2000, Nirenberg, O., 2006, Margulis, M., 2003, Saltalamacchia, H., 1990, Chaves, M., 2006, entre otros).

Ser joven y mujer no es lo mismo que ser joven y varón, y menos aún que ser trans (transexuales, travestis, transgéneros) gays, etc. Del mismo modo que ser joven de clase media o alta no es lo mismo que ser joven en estos barrios donde prevalecen las clases populares. Por eso, la etapa juvenil de las personas no es un compendio fijo de características homogéneas que se rigen por compartir el año de nacimiento, sino que es más bien flexible y se constituye y moldea en cada persona a partir de la interrelación de múltiples dimensiones y factores, entre las cuales la clase social en cruce con el género cobra una importancia considerable (Medán, M., 2010).

Ser joven y varón implica entonces, tomar en consideración los estereotipos de género.

Los géneros, suponen una construcción cultural y social de sentidos, que se define a partir de la diferencia sexual, pero que la excede ampliamente. En este sentido pueden corresponder a una asignación sexual normativa (varón/mujer) o a otro tipo de construcción social no normativa. Asimismo los géneros influyen en las prácticas y las ideas que tanto varones como mujeres tienen en una sociedad determinada (Lamas, M. 2002, Faur, E. 2004). En este sentido es que los géneros son constitutivos de las relaciones sociales y fuente primaria de relaciones de poder -tanto entre hombres y mujeres, como también al interior de cada género (Scott, J., 2000). Asimismo además de la diversidad en las identidades de género –es decir la vivencia interna e individual del genero tal como cada persona lo siente, independiente o no del sexo asignado al momento de nacer-, existen orientaciones de género que exceden la heterosexualidad. Es decir, la capacidad de sentir atracción emocional, afectiva y sexual por otras personas puede darse hacia un género diferente (heterosexualidad) o igual al propio (homosexualidad), o a ambos (bisexualidad).

De esta manera, la construcción que implica el género incluye una serie de mandatos sociales diferenciales para hombres y mujeres, que aunque pueden rechazarse, aceptarse o negociarse, influyen de forma profunda en la manera en la que las personas habitan sus cuerpos y se relacionan con los otros (Faur, E., 2004, Bonan, C. y Guzmán, V., 2005). Estos mandatos establecen, por ejemplo, qué es lo deseable para las mujeres y los varones, lo que va construyendo un universo que simboliza características más o menos “típicas” de la masculinidad y la feminidad.

En relación a las masculinidades juveniles especialmente, si bien no hay definiciones tajantes, tanto los estudios clásicos como los más recientes (Bourdieu, P., 2000, Connell, R., 1995, Mendes Diz, A. M., 1997, Marqués, J., 1997, Faur, E., 2004) sugieren que los estereotipos sobre lo “típicamente masculino” se relacionan con la fuerza, la virilidad, la predisposición al riesgo, la racionalidad, la función de proveer sustento económico a la familia, etc., todas atribuciones que se opondrían a lo que se considera como “femenino”.

Lo que se “espera” de los “varones”, muchas veces entra en contradicción o atenta las posibilidades reales de los jóvenes, sobre todo de las clases populares, de poder cumplir con esos mandatos[9].  En este sentido, si ser jóvenes de clases populares los coloca en esta posición de mayor vulnerabilidad, su condición de género, ser varones, se adiciona a esta situación haciéndola aún más compleja. Así, encontramos un contexto que conjuga una carga de asociaciones estigmatizantes del pasado, pero también, existe una realidad de índole material presente que les dificulta, a muchos de los jóvenes, situarse como aquellos jóvenes autónomos, capaces de disputar, apropiarse y transformar sentidos, objetos y prácticas de un modo en el que no comprometan sus vidas ni las de terceros (Medan, M., 2010).

De acuerdo a algunos autores (Connell, R., 1997, Bourdieu, P. 2000, Faur, E., 2004, Mendes Diz, A. M., 1997) este “desfasaje” implica entre otras cuestiones la tolerancia de dolores –físicos y psíquicos-, angustias y temores ante la posibilidad de no responder a lo esperado para su género, supresión de necesidades y prácticas, represión de sentimientos y afectividad, y la exposición a prácticas violentas y riesgosas.

Desde la perspectiva de los actores sociales, que se corresponde con lo que muestran ciertas estadísticas, en los últimos años se ha evidenciado un aumento en la proporción de mujeres y niños de sectores populares en la asunción de prácticas riesgosas –que incluyen consumo de drogas, y participación en la economía ilegal (OAD-, 2006 y 2011). Estas prácticas que a través de estos estereotipos de género, son “tolerables” en los jóvenes varones, no lo son en las mujeres. De acuerdo a las crónicas locales, existe un “rechazo” marcado por la asunción de estas prácticas por parte de las mujeres: “son denigrantes”, “se regalan”, “no se la aguantan”, son algunas de las expresiones registradas.

“Aguantársela”, en cambio, es percibido como un signo distintivo de la masculinidad. El “aguante”, como concepto nativo que relaciona prácticas violentas y masculinidad, ha sido estudiado por Garriga Zucal y Alabarces (2008). De acuerdo a estos autores, el “aguante” constituye una identidad de género que conjuga cuerpo, prácticas y experiencias: para “tener aguante” hay que “pararse”, “no correr”, “ir al frente”, “poner el cuerpo”. El que huye, el que “corre”, “el que para” no tiene aguante.

En los relatos de los usuarios de drogas del barrio, “poner el cuerpo”, “no parar”, e incluso “arriesgarse” –no sólo a través de prácticas compulsivas de consumo sino también en la asunción, de algunos de ellos en participaciones en actividades delictivas (robos, hurtos, menudeos, venta minorista de drogas, etc.)- se constituyen en modos cotidianos de comportarse. Aguantársela, requiere a su vez de un cuerpo fuerte, capaz de tolerar el dolor. Según Míguez (2003), en los jóvenes de clases populares esa estructura del cuerpo se ha formado desde que esos jóvenes nacieron, soportando hambre, frío, dolor, golpes, por eso “si se aprende a tolerar el dolor, no se piensa en evitarlo, o prevenirlo”.

Esto se relaciona con la hipótesis de que al seguir ciertos patrones de la masculinidad los jóvenes deben mostrarse valientes y desestimar el cuidado de ellos mismos y de otros incluso poniendo en riesgo sus vidas (Méndez Díz, 1997). Si bien se han registrado usuarios que mantienen prácticas de consumo “controladas”, “reguladas”, que saben “cuando parar”, sin hacer de su consumo un consumo “problemático”, no puede dejar de mencionarse que estas asunciones y mandatos sociales y de género en muchos casos repercuten negativamente en los usuarios profundizando las condiciones de vulnerabilidad a las que están expuestos.

2.4.1 “No te enganches conmigo, mañana puedo ser boleta”

Las historias y trayectorias de varios de los jóvenes del barrio, dan cuenta de cómo las condiciones de clase, atravesadas por el género se suman a los procesos antes mencionados, impactando en los modos de vivir las juventudes en estos contextos, y generando otros encierros y aislamientos.

La participación de muchos de ellos en actividades ilegales, los consumos intensivos de drogas, los acorralamientos y persecuciones policiales, pero también las barreras de acceso a la salud, la expulsión del sistema educativo, la mala alimentación, los abusos y violencias cotidianos, los encierros territoriales y vinculares, etc. son algunos de los factores que inciden en los modos de ser joven en estos barrios.

Coincidentemente con lo que muchos referentes adultos del barrio me decían, y que conociendo las historias y a las “personas” que protagonizan esas historias uno podía corroborar, José, un “viejo” vecino del barrio resumía en cuatro palabras cómo vivían los jóvenes del barrio: “viven en un presente continuo”. Con esa frase, José no sólo describía su sensación sobre el modo en que estos jóvenes (no) percibían un “futuro” en donde “proyectarse”, sino también sobre el modo en que viven sus muertes.

A diferencia de la clásica definición de las teorías psicológicas que asocian a la juventud –a diferencia de los adultos- con la “falta de conciencia de la finitud de la vida”, muchos de estos jóvenes en estos contextos, de acuerdo a los relatos locales viven la muerte de una manera muy particular: tienen plena conciencia de esa finitud, que puede ser mañana.

Así, lo que José notaba con preocupación, al igual que las mujeres en la charla de aquella mañana en el comedor, también refería a la “muerte joven” en el barrio. Cuando lo entrevisté, coincidentemente con lo que había sucedido el fin de semana previo a esa mañana en el comedor, también había precedido una seguidilla de muertes en jóvenes del barrio: mueren “a tiros, por historias entre “banditas” que no se sabe por qué empiezan”, “y la policía, es muy común que ejecuten a pibes a plena luz del día y a la vista de todos”. Mientras conversábamos, José recordaba los “pibes” con los que había trabajado, a los que había conocido y generado algún vínculo y “ya no están”.

Hace unos 6, 7 años, salí con unos 37 pibes a Gualeguaychú. Y es jodido contarlo pero de esos, la mitad están muertos. La otra mitad están o hechos mierda, o en “el paco”. Debe haber cuatro o cinco que están medianamente bien. Y en ese tiempo tenían entre 16 y 17 años. Es notable…

Si bien, en las crónicas locales, la “muerte joven” parece corresponderse con el “presente”, pueden registrarse otros ciclos de desapariciones y muertes que han tenido a los jóvenes como víctimas, en estos contextos. Entre ellos pueden registrarse los asesinatos y muertes durante la dictadura, y su continuidad en las muertes de jóvenes por represión policial, o por el desarrollo de actividades ilegales (robos, hurtos), por escaladas de violencia entre grupos locales y por la epidemia de HIV, entre otros. Es interesante advertir, tal como lo hiciera Epele, que morir en contextos de pobreza y marginalidad, y sobre todo asociado a “las drogas”, es “morir bajo sospecha” y “bajo un conjunto de rótulos” (VIH-sida, droga, ajuste de cuentas, etc.) que escondiendo los orígenes sociales de esa mortalidad diferencial, se convierten frecuentemente en condenatorios (Epele, 2010). Evadiendo entonces estos rótulos, se pueden advertir que en estas muertes han intervenido siempre los mismos procesos. Entre éstos se encuentran: la precariedad de las condiciones de vida referida tanto a la disponibilidad de las condiciones de vida referida tanto a la disponibilidad de recursos materiales como aquellos sociales ligados a la protección y el cuidado; la criminalización, el acorralamiento policial  el encarcelamiento; la debilidad, enfermedad y deterioro de la salud, las tensiones y conflictos locales, la calidad y efectos de las drogas accesibles “para pobres”, la discriminación y estigma, el abandono, las traiciones y las venganzas, las violencias, las diferentes formas de abuso (Epele, 2010). Esto da cuenta, que también en este caso la “normalización” de la muerte joven es indisociable de las transformaciones económicas, políticas y sociales vinculadas al neoliberalismo (Reguillo, R., 2000; Svampa, M., 2005).

Cuando le pedí a José que me detallara un poco más porqué creía que los jóvenes vivían en eso que él llamaba “presente continuo”, me lo resumió de una manera muy particular. Me contó la historia de Huguito, un joven con el que José había establecido un vínculo muy estrecho. Un día como cualquier otro, mientras conversaban en el centro comunitario Huguito le dijo con absoluto realismo “no te enganches conmigo, Josecito, mañana yo puedo ser boleta[10]”. Y sabés qué? Tenía razón, en pocos meses la policía se la puso[11]”.

2.5 Violencias y lógicas punitivas

“preso en mi ciudad,

Atrapado en mi libertad”

Fragmento de “Preso en mi ciudad”

Patricio Rey y Los Redonditos de Ricota

 

Huguito, era uno de los tantos jóvenes del barrio que con sus apenas 20 años, tenía una larga trayectoria de consumo. Era mirado con cierto respeto en el barrio, porque como tantos otros, participaba de actividades ilegales -principalmente robos-. Eso sí, él no se metía con la gente del barrio. “Mantenía ciertos códigos”, decían. Se lo veía por las inmediaciones del comedor, paraba en las esquinas “clásicas” del barrio, y participaba de algunas actividades que José promovía en su centro. Tenía cierto carisma, era “chamuyero” (muy extrovertido, y conversador) y así lograba captar la atención de los otros. Huguito sin hacer referencia al legado de las teorías criminológicas, intuía que por ser varón, joven, de clase baja, consumir drogas y participar en actividades ilegales, disponía de una combinación de atributos que lo colocaban en una situación muy desfavorable ante el accionar policial. Sabía que su destino próximo podía ser “el encierro en una cárcel” o, tal como le dijo a José “ser boleta”. Y de hecho, en un enfrentamiento con la policía, Huguito, tiempo después, perdió la vida.

En el barrio, hay muchos Huguitos. Las muertes que en la charla de esa mañana las mujeres mantenían en el comedor, habían sido en su mayoría producidas en esas circunstancias. Otras, en cambio por peleas entre vecinos, “venganzas”.

El accionar de las Fuerzas de Seguridad (principalmente policía y gendarmería) en los barrios es un tema muy complejo, y ha sido abordado por distintos autores y organizaciones (Tiscornia, S., 2000; CELS, 2014, Kessler, G. y Di Marco, S., 2013). Complejo porque se ha convertido en los últimos años en la institución del Estado con mayor presencia en los barrios más vulnerables, a veces en consonancia y a veces –la mayoría- contradiciendo los principios del Estado Social; porque ha sido blanco de denuncias por violación de derechos humanos vinculados a su accionar (violencia institucional, “gatillo fácil”, amedrantamiento y criminalización); porque se la ha vinculado a redes de corrupción de los barrios, tolerando e incluso participando de las mismas; pero al mismo tiempo porque, a pesar de ello, sigue siendo aún un organismo al que se recurre para intervenir ante determinados conflictos entre vecinos (discusiones, robos, violencias, etc.), para denunciar delitos –aún con la sospecha de coparticipación de la misma institución-; y/o para mediar ante situaciones conflictivas originadas por problemas sociales o de salud (como los casos de consumo de drogas). 

A diferencia de lo que ocurría en la década del ochenta, cuando las policías de alguna manera quedaban por fuera del escenario de estos barrios, durante el nuevo milenio, se ha registrado una modificación en la dinámica de esta institución (Epele, 2010). Esta modificación ha radicado precisamente en una mayor penetración policial causada por el aumento de conflictos y robos en los barrios y la progresiva participación de algunos policías o ex policías en actividades ilegales. Esta política ha redundado en una transformación en la apropiación y control de los territorios, y por consiguiente de su población. Existen diversos registros que dan cuenta del accionar policial en estos territorios descriptos en términos de hostigamiento, amedrentamiento y persecución en particular a los jóvenes como Huguito. Así, los jóvenes que pueblan los barrios pobres, quienes deberían ser los destinatarios privilegiados de acciones que vienen procurando el crecimiento con inclusión social, están sujetos a rutinas de abuso y violencia policial y penitenciaria que erosionan las políticas de carácter inclusivo que se deberían desarrollar en esos mismos barrios. Hay zonas del Estado en las que rigen prácticas que son verdaderos obstáculos para desplegar acciones desde otros sectores del mismo Estado en pos de promover condiciones dignas de vida.

Huguito, desconociendo probablemente los postulados de la criminología crítica, sabía o al menos intuía que por sus “atributos” se constituía en un “blanco fácil” del accionar policial. Esta asunción, tiene justificativos teóricos.

De acuerdo a las teorías de la criminología crítica, lo que caracteriza al sistema penal es su selectividad. Es decir, no persigue a todos por igual sino que los que “menos esfuerzo” tienen que hacer para caer en sus redes. Zaffaroni va a desarrollar la noción de “culpabilidad por la vulnerabilidad”, idea que presentó junto a Alejandro Alagia y a Alejandro Slokar (2000) para referirse a que la sociedad da al individuo ciertas oportunidades, ofrece ciertos contactos mientras que bloquea otros, y sólo puede exigir en proporción a esto. Los autores parten de que el sistema penal es selectivo (avanza sobre algunas personas y no sobre otras, avanza en ciertos ámbitos delictivos, y no en otros, etc.) y que hay personas que están más expuestas a ser captadas por el sistema penal que otras. Según criterios como los de color, ingreso económico, sexo, edad, situación laboral, aspecto físico, etc. una persona estará más o menos expuesta a ser captada por el sistema penal, es decir, se encontrará en un mayor o menor estado de vulnerabilidad frente al sistema penal[12]. A fin de reducir los efectos de esta selección la propuesta de los autores es que luego de realizarse el “tradicional” control de culpabilidad (en caso que además se hubiese confirmado la comisión de un hecho, que este hecho estuviese previsto como delito en el código penal, y que no estuviese penalmente justificada su comisión) se evalúe el grado de reproche que puede hacerse al sujeto teniendo en cuenta el “esfuerzo” individual que realizó para terminar en una situación concreta de vulnerabilidad, o sea, para terminar siendo captado por el sistema penal. Así, dirán que el grado de “esfuerzo individual” para colocarse en la situación concreta de vulnerabilidad es inversamente proporcional al “estado de vulnerabilidad”. Por ejemplo: frente a un estado de vulnerabilidad elevado (morocho, desaliñado, indocumentado) bastará un mínimo esfuerzo personal (estar junto a un auto con una alarma encendida) para llamar la atención del sistema penal. Si el estado de vulnerabilidad, por el contrario, es muy bajo (profesional, vestido de traje, “buena familia”) habrá que hacer un esfuerzo personal enorme, para que el sistema se ocupe de uno: tráfico de armas, comercio con leche en mal estado, desfalco estatal, etc., e incluso en estos casos, el sistema deberá sortear barreras propias de la baja vulnerabilidad para poder actuar: ganarle a la corrupción de los funcionarios, a las extorsiones del acusado, a los contactos interesados en que no salga a la luz el caso, etc. (Böhm, M. L., 2009)

De esta manera, el poder punitivo criminaliza, captando sólo a las personas que encuadran en los estereotipos criminales: “criminalización conforme a estereotipo” y por ello su alto grado de vulnerabilidad. De acuerdo a esta perspectiva, por tratarse de sujetos “desvalorizados”, se les aplican todas las cargas negativas existentes en la sociedad, conformando con ello un prejuicio lo que termina fijando una imagen pública del delincuente, con componentes clasistas, racistas, etarios, de género y estéticos, etc. 

Esta hipótesis fue corroborada en una investigación en la que participé a través de mi pertenencia institucional en el Centro de Estudios en Política Criminal y Derechos Humanos (CEPOC) que realizamos durante los meses de noviembre y diciembre de 2005, en la que hicimos una encuesta entre 212 estudiantes de la Universidad Nacional de Lanús, aspirantes a ingresar en la Policía Buenos Aires II (CEPOC, 2005). Uno de los resultados más alarmantes de esa encuesta fue la “representación” que los aspirantes a policía tenían del “prototipo de delincuente”. Los estudiantes delinearon una serie de características físicas y socioeconómicas que permitirían distinguir a priori quién estaría el margen de la ley penal. Según la opinión de los aspirantes a ingresar en la policía, ser de “tez oscura”, “joven”, del “sur del conurbano bonaerense, “desocupado” y poseer “escasos recursos materiales” eran atributos factibles de un delincuente. De acuerdo a los análisis que oportunamente realizamos de esa investigación, esas representaciones reproducían (y reproducen actualmente también) la lógica de un sistema penal que sanciona siempre al más débil. De hecho, el 50% de la población carcelaria tiene menos de 32 años; la mayoría de los presos pertenece a las clases más postergadas, y poseen escasa capacitación laboral y bajo nivel educativo (80% de la población cuenta con estudios medios no terminados y cerca del 25% no terminó siquiera los estudios primarios). Desde la perspectiva de la criminología crítica, esta situación no sería entonces la consecuencia de que los grupos sociales que presentan estas características constituyan una usina innata de conductas delictivas sino que, por el contrario, es la resultante de un sistema penal injusto que enfoca la punición sobre los grupos sociales más débiles y deja impunes a quienes se apropian de los recursos que le pertenecen a toda la sociedad.

En relación a la persecución por casos relacionados a drogas, y en los barrios bonaerenses, y tal como se ha desarrollado en el capítulo precedente, otras investigaciones dan cuenta de estos procesos de criminalización por parte de las agencias policiales (Azzi, P. y Castro, N., 2007) y de sus consecuencias en las poblaciones criminalizadas (CELS, 2015; Corda, A., 2011). Aun cuando el consumo no se constituye en “blanco” de las estrategias represivas, en muchos casos sirve de justificación para llevar a cabo otras formas de accionar policial. De hecho, en las entrevistas con los usuarios, surge con frecuencia cómo el hecho de consumir drogas los convertía en vulnerables a acusaciones de delitos mayores, aun cuando ellos decían que no los habían cometido, al menos en esas oportunidades. Asimismo, el encierro barrial y la reducción de la movilidad urbana, en la que poblaciones de los barrios más vulnerables, cada vez salen menos- también profundizó las estrategias de señalamiento y represión de ciertas poblaciones, como los usuarios de drogas.

Es interesante reparar también, que no sólo existe una represión y neutralización de ciertos sectores, sino que, también existe una tolerancia selectiva (Daroqui, A., 2008) relacionada a las drogas, por medio de la cual, las agencias policiales (y judiciales) en ocasiones encubren, son cómplices y participan de actividades ilegales.

De acuerdo a Daroqui, la tolerancia, en relación a las drogas y en relación a los jóvenes pobres, tiene la misma raíz de selectividad del sistema penal: siendo la policía la que inicialmente toma contacto con el joven pobre en forma cotidiana, va a garantizar, por ejemplo, el acceso fácil a la droga y/o la reventa a pequeña escala. En este sentido, dirá se vuelven en “indispensables para las barriadas pobres” puesto que no sólo se constituyen en una agencia de control sino también de “garantía de la acumulación capitalista”.

La tolerancia a la que Daroqui refiere, implica también otra cuestión analizada por Alarcón (2008): el sostenimiento de las empresas globales del narcotráfico no podría darse sin una base local de consumo ampliado y masivo con anclaje en estos sectores de exclusión. Por lo tanto, el accionar policial, y la estrategia de tolerancia selectiva en los casos de drogas y en la persecución de la población también ha impactado en la reconfiguración de los barrios. No sólo porque han venido a reforzar relaciones de poder que ya existían en los barrios (por ejemplo, a través de la participación, encubrimiento y “negociados” con las “banditas” del barrio) sino también porque ha modificado incluso las estrategias locales de supervivencia. En las entrevistas surge, tal como Mirta sostenía esa mañana en el comedor que ya no basta con la figura tradicional del dealer –profesionalizado o no, del territorio o no- sino que son “las propias familias las que venden (drogas) para sobrevivir”, “pasando todos los límites de convivencia”. Una antropóloga mexicana, ha analizado esta situación en términos de reconversión familiar, en donde toda la familia, como sucedía en la época medieval se convierte en la unidad empresarial de producción de subsistencia (Reguillo, R., 2005).

Las economías informales e ilegales que se han ido produciendo en los barrios en torno a las drogas, no es un dato menor a la hora de analizar las reconfiguraciones de estos territorios y los múltiples efectos que producen. Esto ha sido analizado por distintos autores.

Particularmente en lo que al mercado de drogas se refiere, Bourgois  (1995) y Epele (2010) analizaron a través de trabajos etnográficos con usuarios de drogas las lógicas que regulan los intercambios en las economías marginales como es el caso de la venta de crack en San Francisco, y los intercambios de distintas sustancias en el contexto local, respectivamente. En las entrevistas y durante el trabajo de campo en territorio, pude percibir cómo estas economías informales además, estaban muy vinculadas con las manifestaciones de violencias. En este sentido, se sumaban o más bien, profundizaban las disputas de poder por los territorios, que muy frecuentemente se resolvían mediante las venganzas, las represalias.

Así como evidenciara Alarcón (2010) en sus crónicas sobre las manifestaciones de violencia en los barrios en los que los negociados de las drogas hacen anclaje, en general, no existen mecanismos de mediación de los conflictos y de las luchas de poder en estos barrios. “Las cosas acá se defienden a los tiros”, me decía Julio, uno de los “viejos” del barrio. “Estamos acostumbrados a las balaceras. Antes era a la noche, entre bandas, pero ahora a plena luz del día se agarran a escopetazos entre vecinos de distintas zonas del barrio. Hace poco salieron heridos nenes, nenas, mujeres… hombres que no tenían nada que ver. Como diez personas heridas. Entonces no miden nada…  ¿Y a quién le podés reclamar?”. El interrogante de Julio, da cuenta lo que lúcidamente Auyero (2013) advirtiera sobre las violencias en los barrios: en un contexto de una presencia muy intermitente, segmentada y muy contradictoria del Estado, sumado a la alta informalización y venta de drogas, la violencia –la venganza, la represalia, el “ojo por ojo”- aparece como una manera de resolver los conflictos.

Esto da cuenta de cómo se van configurando así otros modos de encierro para esta población: “no poder reclamar”, o bien, reclamar –como en muchas ocasiones se hace- a una institución –como la policial- a la cual se la percibe (por acción u omisión) involucrada en esta misma producción de violencia, se constituye en una encerrona, en términos de Ulloa. Una encerrona, en la que la población se somete al poder (perverso) del otro. Y en encierros, propiamente dichos, al fragmentar, generar miedos. “Ni adentro podés estar. En mi casa vamos corriéndonos de una habitación a otra o nos ponemos debajo de la cama. No es normal eso.”, me decía Julio.

 

En este capítulo se ha dado cuenta de los distintos modos en los que, en el marco de determinadas condiciones materiales de vida signadas por la marginación, la fragmentación social y territorial, la persecución policial y altos niveles de consumo de drogas se configuran “cerrazones”, “encierros”, “clausuras”, “aislamientos” (territoriales, vinculares, subjetivos) que en ocasiones posibilita otra aperturas, fugas, libertades, sociabilidades (configuraciones de redes comunitarias, organizaciones sociales), pero que al mismo tiempo redunda en otros encierros. Por ejemplo, la discriminación, estigmatización, la falta de recursos tanto materiales como culturales, entre otras cuestiones, van configurando ciertos encierros cuando por ejemplo, estas poblaciones aducen no poder obtener determinados empleos por su condición de residentes de estos barrios; o cuando esto genera que las ambulancias no ingresen allí “por seguridad”, privándolos de un derecho básico como la atención a la salud; cuando pueden acceder –cuando pueden- a una educación “para pobres”; cuando los jóvenes manifiestan tener perspectivas de futuro “muy endebles” o vivir en un “presente continuo”, etc.

Asimismo, otras dimensiones propias de estos barrios, también van sumando otros encierros y aislamientos en estas poblaciones, como por ejemplo el accionar de ciertos grupos (las “bandas”) en las disputas de poder por el territorio; las manifestaciones de violencias como un elemento cotidiano en la vida de estas poblaciones; el accionar policial y el hostigamiento y persecución de determinada población; la fragmentación espacial  y vincular; etc. que, de distintos modos reproducen y profundizan otras estrategias de encierros y aislamientos (“enrejarse”; “no salir”; “pelearse entre vecinos”; “sospechar del otro”; “replegarse”, etc.).

En algunos usuarios intensivos de drogas en particular, a su vez, se suman en ocasiones, otros encierros signados por la propia situación de consumo (“no poder dejar de consumir”; “estar marcados” por la policía; “señalados y sospechados” por algunos vecinos; problemas severos de salud asociados al consumo sin ser tratados; problemas vinculares, etc.).

Estas situaciones de encierros así como en ocasiones han posibilitado nuevas fugas, aperturas, nuevas sociabilidades, etc. han desplegado también una variedad de prácticas que adoptan la modalidad de encierros y/o aislamientos diversos. Será el objetivo del próximo capítulo, advertir cómo los modos de tratar los padecimientos asociados a estos procesos, en ocasiones implican, paradójicamente la utilización de variadas estrategias –tanto por los saberes expertos como por los saberes legos- que también hacen del aislamiento y el encierro el modo de abordarlos.


  1. “amanecidos” es un término nativo que refiere a que pasaron toda la noche consumiendo drogas o alcohol, y continúan al amanecer “a la caza” de dinero para seguir haciéndolo.
  2. En términos locales se suele referir a la sustancia indistintamente como “pasta base” o “paco”
  3. Ciertos datos expresan la crudeza del proceso de empobrecimiento: durante ese proceso de crisis el PIB se redujo en más del 11%, el desempleo trepó al 21,5%; el 55% de la población vivía en hogares con ingresos por debajo de la línea de pobreza, y la indigencia se duplicó en una década (1991-2001). (Anguita y Minujín, 2005)
  4. Durante la década del noventa los usuarios de drogas inyectables constituyeron casi la mitad de los casos del VIH-sida y fueron la vía principal de transmisión. Argentina ha ocupado el tercer lugar más alto en América Latina en las estadísticas del virus.
  5. La proliferación de countries y barrios cerrados que surgieron sobre todo a partir de los noventa, también forman parte de la expresión visible de una fractura social y el correlato espacial de ciertas transformaciones en la estructura social. En este sentido, también la proliferación de las urbanizaciones cerradas se correspondieron con las transformaciones sociales y económicas y el aumento de las desigualdades y la polarización social. Sin embargo, estos enclaves residenciales dan cuenta de otro tipo de aislamiento y encierros territoriales que atraviesa a las clases sociales acomodadas, y que a diferencia de lo que sucede en los barrios y con la población de sectores populares, se constituyen en un signo de distinción de clase: uno elige aislarse del otro. En la investigación que realiza Svampa (2001) sobre estos enclaves residenciales se observan algunas de las consecuencias buscadas y no buscadas de estos “estilos de vida”. Así, dirá por ejemplo que ubicados a cada vez mayor distancia de la ciudad, countries y barrios privados aparecen como “islas” en municipios señaladamente pobres, lo que complejiza las relaciones entre vecinos de capacidad de pago y status muy disímiles. Elegir aislarse del otro, viviendo entre iguales, redundaba en ciertos beneficios u oportunidades como la obtención de mayor libertad “puertas adentro” y mayor “seguridad” respecto a los otros aunque también en otras consecuencias “negativas” ligadas sobre todo al tipo de socialización.
  6. Este horario –aunque no exclusivamente- es descripto en los relatos locales como la hora en la que “pinta el bajón más jodido” (cuando los usuarios se quedan sin sustancias o sin plata u objetos para permutar y están en la búsqueda desesperada por conseguir algo para cambiar). Coincidentemente es la hora en la que generalmente quienes trabajan fuera del barrio, salen a trabajar, y se produce el “temido encuentro” con los “amanecidos” (los usuarios que estuvieron toda la noche consumiendo).
  7. ] La organización de madres en “lucha” contra el “paco” será analizado con más detalle en otros capítulos
  8. No obstante, y sin menoscabar los efectos ya descriptos de los procesos que profundizaron las estrategias de aislamiento y encierros de estas poblaciones, puede advertirse que a su vez algunos de estos encierros y aislamientos han posibilitado también otras “aperturas”, “fugas”, “liberaciones”, “vínculos”. En este sentido por ejemplo a las habituales descripciones de los consumos de drogas en términos de “te encadena”, “no podés salir”, “te aisla”, “te margina”, se yuxtapone, sin por eso contradecirlo, con otras “fugas” descriptas por los mismos usuarios y relacionadas con esas mismas prácticas “me permite escapar”, “me evadía”, “volaba”, “soñaba”, “imaginaba cosas”.
  9. Esto no implica por supuesto que no pueda darse situaciones o posibilidades de ascenso social entre estas poblaciones ni que estén “destinados” a ser “amenazantes” por su condición de clase. Lo que queremos resaltar es que los modos de ser joven varón están atravesados por la condición de clase, de género, de etnia, como así también por los procesos culturales, históricos, sociales, políticos, etc.
  10. “ser boleta” refiere a ser matado.
  11. En términos locales refiere a que la policía a través de un disparo lo mató.
  12. No se trata solo de cuestiones económicas, y eso –entre otros puntos – diferencia la idea de la culpabilidad por la vulnerabilidad de una idea muy anterior de co-responsabilidad social, ligada al socialismo y rechazada por Zaffaroni


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