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6 “Bienvenidos a La Casa”

El tratamiento en las comunidades terapéuticas

6.1 De esto se trata

“La Casa[1]” por fuera parece una típica casa de barrio del conurbano bonaerense. Para entrar es necesario tocar timbre en la vereda y esperar a que el Operador Terapéutico (OT) de  turno venga a abrir. Llegar a la mañana temprano implica encontrarse con “la casa levantada” –todos haciendo sus quehaceres- y una larga mesa debajo de alguna galería, patio o lugar de usos comunes, en donde aproximadamente 30 jóvenes –y algunos no tan jóvenes- toman su desayuno. Se huele el aroma del mate cocido, servido en grandes jarros de acero y el olorcito a pan horneado durante el amanecer por aquellos residentes que han sido designados por el staff[2] como “responsables del desayuno”.

Algunas de Las Casas alojan sólo a varones y otras sólo a mujeres, pero también existen las CTs que brindan tratamiento para ambos sexos (mixto)[3]. En todos los casos existe un único rasgo identificatorio de sus “residentes”: el haber consumido drogas.

Las personas “internadas” en La Casa suelen permanecer por un período que varía entre uno y dos años. Algunos fueron derivados por su Obra Social, otros por algún organismo estatal, otros por vía judicial y sólo unos pocos carecen de subvención y abonan en forma privada el tratamiento. La extensa mayoría pertenece a clase baja o media-baja del Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA). También es frecuente la presencia de personas oriundas de otras provincias del país que han sido derivados a La Casa para hacer el tratamiento. Si bien hay algunos jóvenes menores de edad (de 15 años en adelante) y adultos (de hasta 50 años), la mayoría de las personas que se encuentran realizando el tratamiento está en la franja etaria de los 18 a 25 años, quienes conforman la muestra de este trabajo. En La Casa, quienes hacen el tratamiento son llamados “residentes” y quienes están a cargo del tratamiento integran el “staff”. Se lo llama también el “equipo terapéutico” y está compuesto por: un/a director/a, que además y por disposición legal debe ser profesional; los operadores terapéuticos, quienes componen el staff “permanente” y siempre están en La Casa; un/a vicedirector/a, también profesional que tiene una presencia física algo menor en la institución pero un rol preponderante en el tratamiento; un/a terapeuta quien “atiende” con una frecuencia aproximada de tres veces por semana, en sesiones grupales, y en ocasiones individuales; y por último en orden de jerarquías y presencia en el tratamiento se ubican en general, un/a médico/a psiquiatra –quien lleva a cabo el control sanitario de los “residentes[4]”, visitando esporádicamente la institución-  y los/as talleristas: de teatro, literatura, educación física, etc.

Como toda institución de salud, en La Casa, la modalidad de tratamiento propuesta obedece a las concepciones que se tiene acerca del usuario de drogas y del uso de drogas. En este sentido, al analizar la mecánica del tratamiento, uno rápidamente advierte cómo la transformación subjetiva de los residentes, es decir, que éstos puedan cambiar sus formas de actuar, de sentir, de decir, entre otras cosas, se constituye en el objetivo que opera transversalmente en cada una de las “herramientas terapéuticas[5]”.

Tras la entrevista de admisión y el diagnóstico que realiza el profesional sobre la “personalidad” y la “patología” del residente, la mecánica del tratamiento reside en la incorporación por parte de los residentes de las normas, valores y actitudes propuestas por la institución.

De esta manera, el equipo tratante evalúa periódicamente la “evolución” de los residentes que se concreta en los “pases de fases”, hasta obtener el “alta”[6]. Si bien todos los residentes comparten las mismas actividades, cada uno atraviesa una fase diferente dependiendo del “avance” que haya logrado respecto al tratamiento.

Así, aquel que recién ingresa a la institución debe “aceptar los límites de La Casa, respetar las normas comunitarias, respetar la figura de la autoridad y adquirir los hábitos de higiene personal” como condición para pasar a la siguiente fase del tratamiento. Esta primera fase suele durar entre una y dos semanas, hasta tanto los residentes logren conocer en qué consiste el tratamiento y aceptar las normas, límites y valores promovidos por la institución.

Es una primera etapa de adaptación en donde los residentes comienzan a “entrar en contacto” con sus compañeros, con el staff, y con un estilo de vida propuesto diferente al que sostenían “bajo consumo”. Deben aprender por ejemplo que las tres reglas “inalterables” de La Casa son: “no drogas, no sexo, no violencia”; que deben asearse todos los días y mantener un orden y limpieza tanto en las habitaciones como en el espacio compartido; que sólo se puede fumar cuando así lo disponga el staff; que existe un orden de jerarquías a respetar, etc.

Cuando recién se incorporan a La Casa, y por lo tanto no manejan aún todas las herramientas promovidas por el tratamiento, los “residentes” son llamados “hermanos menores”. Cada “hermano menor” tiene destinado a su ingreso un “hermano mayor”, aquel otro residente que el staff considera tuvo una trayectoria de consumo análoga y que por esta condición tendrá la capacidad de guiarlo, ayudarlo, acompañarlo y por sobre todo “entrenarlo” durante las primeras semanas para su rápida adaptación al tratamiento. Una vez que el residente logra formar parte del engranaje, de la mecánica del tratamiento, se dice que “está en la estructura”, es decir en proceso de tratamiento, en cambio cuando comete algún acto de “indisciplina” o de “inadaptación” a las normas de la institución, ya sea en la primera fase o en la última, se lo aparta de la “estructura” y por lo tanto su tratamiento queda “en suspenso”.

Una vez que el equipo terapéutico considera que aquel “hermano menor” cumplió con los objetivos propuestos en la primera fase[7], lo pasan a la siguiente fase que consta en “hacer un buen uso y respetar las herramientas terapéuticas”.

Las herramientas terapéuticas constituyen la parte axial del tratamiento, puesto que son las técnicas[8] de las que se valen las CTs para incidir en la conducta de los residentes. Manejar las herramientas terapéuticas significa conocer los objetivos de cada técnica, hacer un “buen uso” de ellas y adaptarse a los grupos y actividades que lo componen.

También refiere en principio a adaptarse a “la estructura”, a través de la cual se regula el tiempo y el espacio. Con el objetivo de que los residentes logren introyectar y respetar un orden en su vida cotidiana -bajo el presupuesto de que durante sus trayectorias de consumo no respetaban los horarios convencionales de almuerzo, cena, descanso, actividades, etc.- cada día en el tratamiento está organizado bajo un rígido cronograma. De esta manera, cada día de la semana se hace a la misma hora las mismas actividades terapéuticas, se come la misma comida, se dispone del mismo tiempo de ocio. Y así día tras día[9]. Cada grupo y cada actividad propuesta tiene un objetivo específico acorde a los valores que la institución considera adecuados para la transformación subjetiva del “adicto”. Por eso, adaptarse a la estructura y saber hacer un buen uso de las herramientas terapéuticas implica reconocer los objetivos de cada técnica y en función de ello hacer productivo el propio tratamiento así como el del resto del grupo.

En esta fase los residentes deben ser capaces, además, de lograr los siguientes objetivos: “generar recursos a favor del compromiso con su grupo de pares”; “tener una buena participación en los grupos”; “lograr una implicación subjetiva en el tratamiento”; “tener capacidad para aprender las consecuencias de su conducta”; y como en todas las fases “sostener los objetivos de la fase anterior”. 

Una vez que el staff considera que el residente ha logrado cumplimentar con estos objetivos, puede pasar a la siguiente fase cuyos objetivos están fuertemente asociados a asumir un rol de “control de sí mismo y del entorno” respecto a aquellas “conductas”, “motivaciones” y “situaciones” que implicaron el consumo de drogas (tener “mayor conciencia de la enfermedad”, lograr un compromiso “responsable” con la libertad, reconocer aquellas situaciones que los implican en el consumo, entre otras). Durante todo el tratamiento y a través de diversas técnicas grupales se insta a los residentes a confrontar aquellas actitudes que los predisponen al consumo: la “soberbia”, la “mentira”, la “manipulación”, entre otras son consideradas como actitudes propias de una persona “adicta”, que necesariamente deben ser confrontadas durante el tratamiento con el propósito de movilizar al residente, penetrar en la “cápsula”[10] y lograr así modificar su conducta. En este sentido, y a través de distintas herramientas, se promueve que cada residente perciba y autocontrole sus propias actitudes, a la vez que pueda marcarlas cuando aparecen en algún compañero. Esta metodología basada en la reeducación y orientada a la modificación de actitudes conductuales se refuerza en las CTs con un sistema de premios y castigos impartidos desde las instituciones.

Desde el inicio del tratamiento, y a través de las herramientas terapéuticas también se busca establecer límites, delimitar responsabilidades e instituir jerarquías: de acuerdo a su adaptación al tratamiento, se “premia” o “castiga” a los residentes a través de la adjudicación de diversos roles y/o posiciones de poder en la pirámide. Así, un residente puede constituirse en supervisor -el mayor cargo para un residente-, cargo que implica “manejar toda la casa”, ser el responsable de que cada escalafón en la pirámide de poder cumpla con sus roles en tiempo y forma.

El supervisor es el escalafón más próximo al staff. Lo siguen los coordinadores, quienes le reportan al supervisor y se encargan de controlar a un grupo de residentes previamente adjudicados. Otro orden de distinción remite a las responsabilidades: el abanico de responsabilidades comprende desde el que se responsabiliza de pedir los alimentos necesarios para luego cocinar a toda La Casa, hasta el que se ocupa de cuidar al perro o vaciar los ceniceros.  A medida que se avanza en el tratamiento, se espera que los residentes puedan asumir cada vez más y mayores responsabilidades, que puedan ejercer algún rol de jerarquía en relación a sus compañeros con menos tiempo de tratamiento, y que demuestren haber incorporado los valores propuestos por la institución. Es decir, que hayan logrado la transformación subjetiva necesaria para dejar de ser “adicto”.

La fase siguiente tienen que ver con lograr constituirse en un “referente positivo del tratamiento”, mediante el sostenimiento de los objetivos anteriores y con la asunción de nuevas y cada vez mayores responsabilidades dentro del tratamiento, pero también con sostener los cambios en sus subjetividades (“mayor participación en los espacios grupales”, “mayor compromiso subjetivo con el tratamiento”, “mayor responsabilidad para con el grupo”, lograr una conducta “responsable en los espacios abiertos”; “promoción de valores positivos en la convivencia”). En esta etapa, los residentes deben empezar a realizar el “trabajo terapéutico de la historia de vida”, a través de la cual, se pretende que puedan identificar aquellas situaciones y vivencias que desde niños pudieron haber “influenciado” en el consumo de drogas.  También es en esta fase que se pretende que comiencen a “revisar sus vínculos familiares” y a realizar las primeras “salidas terapéuticas” por la zona (ir a hacer algún mandado, por ejemplo, siempre acompañado por otros compañeros más avanzados en el tratamiento y/o con el OT de turno).

“Ser protagonista del amor responsable” constituye el objetivo primordial de la fase siguiente. De esta manera, se espera que durante esta nueva etapa, los residentes sean capaces de “incrementar el compromiso responsable”; “lograr un buen nivel de tolerancia a la frustración”; “lograr un buen nivel de honestidad”, y que vayan sosteniendo ciertas conductas que lo conduzcan al alta (por ejemplo “reforzar el aprendizaje de conductas de prevención” y “asumirse como agente de cambio”).

Las dos fases siguientes, y últimas en el tratamiento, están íntimamente asociadas a lo que en las CTs llaman la “reinserción”. Por eso se orientan a que el residente logre asumir un “compromiso con la libertad” y con “la salud de su futuro”, evaluando su relación con el exterior, es decir, sus “nuevas relaciones sociales” y por sobre todo, el “proyecto de reinserción social” que implican las áreas laboral, educativa y vincular.

A través de los objetivos de las fases y de la dinámica de tratamiento propuesta en La Casa, rápidamente se advierte, asimismo, la influencia de los tres modelos de CT desarrollados en el capítulo anterior.

Del modelo inglés puede identificarse la influencia de la participación activa de los residentes en el tratamiento; la dinámica de funcionamiento del equipo de trabajo; el énfasis en la asunción de responsabilidades; la preeminencia de lo grupal como dispositivo de trabajo.

Del modelo norteamericano retoma la estructura jerárquica y la distribución piramidal de poder que ubica en el vértice superior al staff y en la base a los residentes; la firme posición acerca de la abstinencia; el fuerte componente moral de las intervenciones y el empleo de la confrontación como técnica terapéutica.

La familia como factor clave en el proceso terapéutico de externación y la composición de un equipo mixto de trabajo (profesionalizado y no profesionalizado) son los principales componentes que remiten al modelo italiano de CT.

Asimismo, puede advertirse cómo los objetivos presentes en cada una de las fases parten de relacionar el uso de drogas con un tipo de personalidad. Esta personalidad, que se le atribuye a toda persona “adicta” está asociada a la falta de límites, responsabilidad, amor responsable, honestidad, tolerancia, etc. Por eso, en las CTs modificar el consumo de drogas significa modificar al sujeto haciendo que los residentes no sólo dejen de consumir sino que produzcan transformaciones subjetivas a través de la adopción de nuevas prácticas, actitudes, emociones, significaciones que les permitan adecuarse a la estructura de organización que imponen estas instituciones como condición necesaria para dejar el consumo.

6.1.1 “Como si fueras un niño viejo”: infantilización y familiarización como elementos terapéuticos.

Acá es como ser un nene grande, un niño viejo. Parece el jardín de infantes, pero con pibes de veinte, treinta y pico…tu mamá viene a las reuniones, te traen todo, zapatillas, cigarrillos… No quiere decir que salga, que cruce la puerta y no tenga más nada… Pero sí lo tengo que empezar a buscar yo por mis propios medios. Cuando salga me voy a tener que enfrentar a un montón de cosas que te chocan… Y no estando acá ¿viste? (Facundo, 21 años, usuario en tratamiento)

Tal como hace referencia Facundo, desde el relato de los usuarios como así también de algunos familiares, en ocasiones las CTs operan infantilizando a los usuarios en tratamiento. “Ser como un nene” implica, entre otras cuestiones por ejemplo no poder decidir sobre ciertas cosas, estar a la merced de las “autoridades” de la casa, que se transmita el avance o el retroceso del tratamiento en reuniones “de padres” a los adultos cuidadores/responsables, y por sobre todo, que tengan que aprender como cualquier niño en desarrollo a asearse, a tener buenos modales a la hora de las comidas, a respetar a la autoridad, a tener límites, a comportarse adecuadamente, a tener una estructura horaria y respetarla[11], etc. Cada una de las fases del tratamiento da cuenta de estos preceptos.

No obstante, al mismo tiempo que de acuerdo a estas perspectivas se los “infantiliza”, en estas instituciones también se espera que los usuarios se comporten como adultos, es decir que puedan “autocontrolar” su consumo, que se “responsabilicen” de sus acciones, etc. Por lo tanto los modos de tratar a los usuarios fluctúa entre la “infantilización” y la asunción de la “adultez” a través del tratamiento.

Hacer de la “infantilización” un elemento terapéutico es una técnica que proviene de otros dispositivos disciplinarios que entre otras finalidades, también se disponían a “curar”. En este sentido, por ejemplo Foucault, en El Poder Psiquiátrico, precisamente marca la infantilización, pero también la familiarización, otra de las características propias de las CTs, como elementos terapéuticos. Tomados de la “casas de salud”, estos “elementos terapéuticos” se incorporaron en los asilos como indicadores de cierto “desplazamiento” en el modo en que funcionaban estos dispositivos hasta 1850:

Hacia las décadas de 1850 y 1860 empezamos a ver formularse la idea, ante todo, de que el loco es como un niño[12]; en segundo lugar, que es preciso ponerlo en un medio análogo a la familia, aunque no se trate de ella, y tercero y último, que esos elementos cuasi familiares tienen en sí mismos un valor terapéutico. (Foucault, M. 2007: 133).

Además del valor terapéutico de tratar al loco como un niño, el modelo de familia también contenía una función en la cura, o más bien, en el tratamiento. El elemento terapéutico que aportaba el dispositivo familiar devenía según el análisis que realiza Foucault, a partir de pensarse como “el modelo concreto sobre el cuál y a partir del cual se puede construir una ortopedia psicológica y moral” (Foucault, M. 2007:134). Retomado de los escritos de Fournet, Pinel y Leuret, la familia debía asegurar “el tratamiento moral”, “el tratamiento modelo de todos los extravíos del corazón y del espíritu”: reencauzar al salvaje, al loco o al delincuente a partir de “la activación de sentimientos de tipo canónicamente familiar”. En este dispositivo que hasta entonces funcionaba en las casas de salud “para ricos”, las familias designaban a los “anormales”, los “locos” y pagaban por su tratamiento –es decir, operaban como una nueva fuente de lucro- y las casas de salud a cambio “fabricaban individuos refamiliarizados”, “adaptados al sistema de poder familiar”. La descripción que hace de las casas de salud de entonces retrata varios de los elementos que integran las CTs:

Se vive dentro de la misma casa; todos son hermanos; las comidas se hacen en común y cada uno debe experimentar por los demás los sentimientos propios de una familia. La reactivación el sentimiento familiar y la vigencia de todas las funciones familiares dentro de esa clínica van a ser en ese momento el operador mismo de la curación (Foucault, M. 2007: 140).

Con las diferencias notorias por tratarse de otro tipo de dispositivo, de otra época y con otras funciones, es interesante rescatar la presencia de la familiarización del medio terapéutico en las CTs, esto es la inclusión de los “residentes” en un medio análogo a una familia como así también la asunción del modelo familiar como un elemento terapéutico. Algunos indicadores que dan cuenta de este modelo van desde la arquitectura –que en general son casas, con cuartos, baños, cocinas, salas de estar, patios, etc.; designar a un par como un “hermano menor o mayor”; la distribución de las tareas domésticas: cocinar para todos, lavar, limpiar, programar las compras, etc.; hasta bregar por el “amor responsable”, el respeto y el cuidado de los miembros de la casa. Todos ellos se configuran en elementos nodales de las CTs y son, sin lugar a dudas elementos centrales del modelo familiar tradicional[13].

El modelo familiar como elemento terapéutico, en las CTs, excede al tratamiento dentro de “la casa”. Como se analizará en los próximos capítulos, el “entrenamiento” de los referentes externos –cuidadores/responsables, en general familiares- responde a extender el modelo una vez obtenido el alta. En este sentido, y tal como advertía Foucault para describir el funcionamiento de las casas de salud de antaño, a la familiarización del medio terapéutico se le suma la disciplinarización de la familia.

Esta “disciplinarización” correspondía entre otras cosas a la transferencia de las formas, los esquemas disciplinarios y las técnicas de poder propios de estos dispositivos, al seno familiar. En las CTs por ejemplo, las “multifamiliares”, esto es, las reuniones que el staff sostiene mensualmente con las “familias”; las indicaciones sobre cómo proceder ante distintas situaciones que se generan en el seno familiar en relación al “residente”; las normas y procedimientos dispuestos por la institución que implican a las “familias” en el tratamiento, etc. forman parte de esta disciplinarización.

6.1.2 El discurso terapéutico sobre el uso y los usuarios de drogas

Analizar la modalidad de tratamiento propuesta en las CTs, implica en principio indagar acerca de la concepción que se tiene en torno al usuario de drogas y al uso de drogas. En este sentido es necesario preguntarse cuál es el discurso terapéutico en torno a la figura de “adicto” y en torno a la “adicción”.

En las instituciones de salud en general y en La Casa en particular prevalecen al menos dos tipos de discursos en torno al uso y a los usuarios de drogas. 

De acuerdo a los relatos de los profesionales y a partir de la “ideología” que sustenta estos tipos de tratamiento puede advertirse que el uso de drogas es entendido como síntoma de padecimientos preexistente y/o como una enfermedad en sí misma.

En tanto síntoma, en su mayoría tanto los profesionales como los operadores terapéuticos refieren a la existencia de problemas preexistentes al consumo. Estos “problemas” en su mayoría son asociados a vínculos relacionales problemáticos (abusos, abandonos, etc.) que no lograron trabajarse terapéuticamente a tiempo y que se manifiestan a través de ciertos indicadores, como el consumo abusivo de drogas. De acuerdo a esta perspectiva, a partir de entonces el consumo se vuelve un arma de doble filo: por un lado le permite al sujeto evadirse de sus problemas “reales”, ocultándose tras el consumo, pero al mismo tiempo lo expone ante la mirada del otro, y a través de ésta ante la impetuosa “necesidad” de tratar su adicción y junto a ella, los problemas de fondo que lo perturban. Así lo manifestaba un operador terapéutico:

Yo creo que tiene que ver con la estructura psíquica de la persona… Siempre el adicto es una persona muy vulnerable, muy frágil. Son como esas personas que se han masticado y comido el dolor y algunas cuestiones de familia. Que no han podido expresar las emociones ni llorando, ni contándolas… Y bueno… ahí está el muro de los misterios (Operador Terapéutico).

Junto a esta definición, los mismos profesionales entienden que una vez que se genera una “dependencia física y psíquica” con la sustancia, el consumo de drogas se constituye en una enfermedad en sí misma, que exige en la extensa mayoría de los casos y al menos en los primeros meses de tratamiento, medicación psiquiátrica. También refieren la existencia de casos de patología dual, es decir, pacientes con enfermedades mentales y consumo abusivo de sustancias. A estos últimos se los denomina pacientes duales, es decir con dos enfermedades, la “adicción” y la “enfermedad mental”.

En los tratamientos propuestos por las CTs, se interviene en general en ambos sentidos: operando sobre la “adicción” como síntoma y sobre la “adicción” como enfermedad.

Para el primero de los casos, se interviene desde una perspectiva terapéutica, que insiste sobre aquellos “factores que causaron la adicción”.

En general en primer lugar se trabaja sobre la historia de vida de los residentes.

Llegada a una determinada fase del tratamiento (aproximadamente a los dos meses) cada uno de los residentes deben escribir en un cuaderno relatos de sus vidas, que llaman “historia de vida[14]”. Se trata de relatar desde que nacieron hasta entonces, todo lo que se acuerden y que consideren significativo en sus vidas. Este repaso por su historia tiene el objetivo de rastrear en la vida de los residentes aquellos episodios que pudieron, desde esta perspectiva, afectar, intervenir, incidir en el consumo de drogas.  La “historia de vida”, así como otras tantas técnicas terapéuticas apuntan a que los usuarios busquen en sus pasados –y presentes- los “pecados” y/o aquellos problemas preexistentes generalmente asociados a problemas afectivos, relacionales, de abandono y abusos, que de acuerdo a esta perspectiva pudieron haber incidido en el consumo de drogas.

Las “herramientas terapéuticas” con las que se suele contar para “sacar a la luz” estos “problemas de fondo” son entre otras: los grupos de reflexión, los trabajos escritos individuales sobre temáticas específicas, las terapias grupales y vinculares.

Los “grupos de reflexión” son instancias en las que se propone discutir ciertos temas que en general son asociados con los problemas que condujeron al consumo. Por ejemplo, suele desarrollarse grupos en donde se discute sobre sexualidad, sobre valores, sobre formas de vinculación con el otro, etc. Generalmente estos grupos, por las temáticas que abordan, suelen ser movilizantes y de alguna forma “invitan” a los residentes a animarse a hablar, a abrir al grupo lo que les pasa o lo que les pasó. A pesar de ello, quienes coordinan estos espacios son los operadores terapéuticos, a veces de a dos, a veces uno solo ante alrededor de 30 personas. Cuando éstos entienden que un tema que surgió en el grupo debe ampliarse, desarrollarse, trabajarse “terapéuticamente”, se lo deriva al profesional, para que lo retome en las terapias grupales. 

Las “terapias grupales” se suelen llevar a cabo una vez a la semana, y ante la ausencia de terapias individuales, ésta es la única instancia en donde los residentes se encuentran enmarcados en una modalidad análoga a una “sesión terapéutica”.

La otra instancia de reflexión, está compuesta por los “trabajos”. Los trabajos son reflexiones escritas que profundizan sobre determinadas cuestiones ya trabajadas en otros espacios, que los residentes deben hacer y entregar al staff, que eventualmente lo comparten con el grupo o simplemente pasan a formar parte de la carpeta de éstos. Los temas propuestos generalmente rondan sobre la “culpa”, las “imágenes[15]”, las “recaídas”, el “significado del tratamiento”, entre otros. 

Las “terapias vinculares”, también coordinadas por profesionales, intervienen en los casos en los que se diagnosticó problemas relacionales, afectivos, que los residentes tienen o tuvieron con algún familiar. Se constituye en el espacio para poder trabajar aquellos conflictos que, de acuerdo a los profesionales, afectan la relación y perturban a los residentes.

Todas estas instancias operan sobre la perspectiva de entender el consumo de drogas como un “derivado”, un “efecto” de estos problemas de fondo que es necesario abordar durante el tratamiento. Vale aquí retomar la metáfora que la antropóloga Angela García (2010) utilizó para describir un tratamiento en “adicciones” en un centro de recuperación de “adictos” hispanos en un barrio de Estados Unidos. La autora utiliza el término de purgatorio para definir y describir el sentido del tratamiento en estas instituciones: 

Concibo la clínica como una especie de purgatorio- un lugar provisorio donde los pacientes esperan y reflexionan acerca de sus vidas antes, durante y más allá de su presente institucionalizado. Este término que utilizo proviene de la doctrina Católica Romana, donde el Purgatorio representa un lugar y una condición de sufrimiento habitada por las almas de los pecadores que debían borrar el pecado antes de ir al cielo. Esta idea de redención y salvación provee una poderosa metáfora para la vida en la clínica: los pacientes experimentan un angustioso estado de “espera” durante el cual son alentados a reflexionar acerca de su pasado. Este proceso de mirar para atrás no remite a una interpretación en un sentido psicoanalítico, sino más bien se lo utiliza para redimir y romper con ese pasado en pos de vivir un futuro  moralmente saludable (la traducción es mía) (García, A., 2010: 52)

La similitud con un purgatorio, bien puede advertirse también en las CTs, sobre todo en las religiosas. Romper con el pasado, buscar las “causas de la adicción”, o como advierte Angela García, “borrar el pecado para ir al cielo”, se convierten en algunos de los objetivos de estas técnicas terapéuticas.

Como se ha anticipado líneas más arriba, el consumo de drogas también es percibido como una enfermedad en sí misma. Se habla de la “enfermedad de la adicción”. En el discurso de los profesionales y operadores terapéuticos pero también en los usuarios en tratamiento, es la adicción misma la que genera en el sujeto la necesidad compulsiva de consumir; es la adicción la que despierta en el sujeto ciertas actitudes como la “manipulación hacia el otro”, el “egoísmo”, la “soberbia”; es la adicción la que hace que hoy el objeto sea las drogas pero que mañana puede ser el juego, el sexo o la comida. Pensada en estos términos, la adicción pareciera materializarse, cobrar vida y tener capacidad de manejo sobre el cuerpo en donde “se aloja”. Son reiterados los registros tanto en las notas de campo como en las entrevistas realizadas sobre frases tales como “es una enfermedad que te atrapa, te tienta, te traslada[16], te ciega, no te larga”.

Yo creo que adicto no se deja de ser nunca. Creo que… el ex adicto no existe (en todo caso) “adicto recuperado” o “adicto en recuperación”. Yo creo que el ex adicto no existe porque podés estar veinte años sin consumir… y un día no pudiste superar la situación… y consumís. Es como el SIDA por ahí o como el cáncer, es una enfermedad que te va a acompañar hasta el día que te mueras. Eh… digamos, que el síntoma de la enfermedad es el consumo ¿está?, la enfermedad es todo lo que pasa adentro de una de esas personas que consumen. Las incapacidades que tienen de no poder decir lo que siento, de no poder animar a sentir, de sentir vergüenza de lo que me pasa y entonces por eso no poder trasmitirlo. Cualquier sentimiento que se nos pasa por el corazón… “me lo fumo, me lo tomo… me lo meto en el ojo, me lo meto por la nariz”… ¿Me explico? (Juan, usuario en tratamiento, 25 años).

 

Concebir el uso de drogas como una enfermedad remite al discurso médico-sanitario (Helen Nowlis, 1975) que se consolidó en la segunda posguerra. Este discurso, tal como fue descripto en el capítulo 1 remite a la tríada agente-huésped-contexto en donde el usuario es señalado como “enfermo”, y la droga como “virus”, “epidemia” o “plaga”. Es decir, la sustancia es el agente activo que se introduce en la persona (huésped), infectándola si el contexto la torna vulnerable. Entender el uso de drogas como una enfermedad permite habilitar la noción de tratamiento destinado a eliminar el agente activo (droga) mediante la desintoxicación o deshabituación. Por eso en las CTs, uno de los principales objetivos para progresar en el tratamiento es la adquisición de mayor conciencia de enfermedad:

Que es entender que lo que les pasa a ellos es un problema…  y que no le hace bien. Que puedan entender que el consumo de drogas es un problema para ellos, que es una enfermedad que les problematiza la vida. (Psicólogo de CT)

El acto de reconocimiento de su enfermedad apunta a una toma de conciencia sobre la pérdida de controles a la que lo ha llevado el uso de drogas. Por lo tanto es una manera de apelar a su voluntad para que reaccione sobre su estado, y que en consecuencia, esté dispuesto a modificarlo. Para ello, las técnicas dispensadas en los tratamientos tienen como objetivo recurrir a la reflexividad de los residentes en busca de reforzar su “conciencia de enfermedad”.

Como puede verse, en  ambas concepciones, ya sea entendido como un síntoma o como enfermedad en sí misma, estas prácticas y/o comportamientos que se clasifican como “adicción”, en este caso a las drogas, no pueden ser disociados, según el saber experto en las CTs, de la “personalidad”, “los hábitos”, “la “conducta”, o la subjetividad previa de los residentes. El “adicto” es considerado así como una “clase” de persona con ciertas “actitudes” propias de su condición de adicto. Así los definía un integrante del staff:

Ellos te van a intentar mentir, manipular, o sea, todas estas actitudes que tiene un adicto (…) El adicto en general le cuesta muchísimo lograr su estructura y cumplir con una estructura, con normas, siempre van a tratar de transgredir, aunque sea una mínima cosa… de tirar un cigarrillo al piso o hacer alguna trasgresión por el solo hecho de transgredir (…) Una de las características del adicto es esta confusión de me gusta las mujeres, me gusta los hombres… Suele pasar esto… es normal dentro de todo (directora CT)

En lugar de incorporar la diversidad y la diferencia, esta asunción del sentido común es producida o gana un estatus experto al entrar en diálogo con diagnósticos de los saberes psicológicos/psiquiátricos, los que a su vez, al categorizar las conductas como síntomas, promueven una normalización y tipificación de los sujetos. Desde este lugar, es que se puede entender los múltiples lugares, saberes y poderes que intervienen en la producción del adicto como sujeto homogéneo. Esta homogeneidad y tipificación se han convertido entonces en condiciones básicas para que los tratamientos de rehabilitación se lleven a cabo. A su vez, las categorizaciones y diagnósticos que circulan en las instituciones son reapropiadas por los “residentes”, retroalimentando así la tipificación:

Y ahora… yo con algunas cosas estoy de acuerdo… como que entiendo que es una enfermedad la drogadependencia… es una enfermedad… eh… Sí, que uno se obsesiona y tengo un pensamiento recurrente que viene a mi cabeza y después ya paso a actuar por compulsión, a conseguir lo que quiero por cualquier medio y a toda costa. Y es una enfermedad obsesiva-compulsiva. Ahora entiendo y estoy de acuerdo con eso, y que sí, que yo usaba las drogas para tapar todos mis vacíos sentimentales, y que usaba las drogas para calmar mis angustias. Yo con eso estoy de acuerdo, y sí, es verdad, yo ahora me doy cuenta de eso, antes no sabía (Marcos, usuario en tratamiento)

Los modos dominantes de tratamiento para la “adicción” en estas instituciones suponen, en la mayoría de los casos, estos mecanismos de reducción de la diversidad a la homogeneidad del sujeto adicto, cuyas características definitorias se entrelazan y fundamentan mutuamente con aquellas características que tienen los tratamientos. Este ensamblaje no solo otorga inteligibilidad y legitimidad mutua a la constitución simultánea del sujeto “adicto” y de su tratamiento, sino también a la producción de normativas institucionales y prácticas terapéuticas. Uno de los mecanismos para homogeneizar las diferencias es por ejemplo anular en relación al consumo los atravesamientos barriales, culturales, económicos, sociales, entre otros. Así lo refleja el siguiente fragmento de una entrevista realizada a una operadora terapéutica:

Hay residentes que consideran que no pueden identificarse con otro compañero del tratamiento. Dicen por ejemplo ¿en qué me voy a identificar yo con éste pibe? Y en realidad tienen un montón de cosas en común (…), yo siempre les digo “vos estás acá porque sos adicto igual que él, y no lo pudiste manejar igual que él… Y te trajo un montón de problemas a nivel de relacionarte socialmente con la gente… igual que él…” O sea, por ahí con diferente concepto… o de diferente manera, pero en realidad la base del conflicto es la misma. (Vanesa, operadora terapéutica)

Otro de los mecanismos de homogeneizar las diferencias es considerar que todo consumo es abusivo, problemático, anulando otras modalidades de consumo como puede ser el uso recreativo, social, o no problemático:

Acá te dicen que la ilusión de control[17] no existe… es una pura excusa que hace tu cabeza, y que vos no podés consumir con éxito[18] y que nunca más vas a poder salir a ir a bailar. ¿Entendés? (…) Dicen: “Yo no conozco a nadie que consuma con éxito” Yo sí. y dentro de mi familia hay una hermana que consume con éxito, consume hace muchos años… Estudió la carrera de psicología en la UBA, se recibió, trabaja en lo que le gusta (…) Y consumió toda su vida. Qué sé yo, capaz que ella la pueda manejar y yo no. No sé… pero hay gente, consumidores sociales (…) Acá como que… lo que te dicen ellos es como la verdad absoluta (Marcos, usuario en tratamiento).

Desde esta perspectiva, y bajo estas circunstancias se pronostica un final que siempre está vinculado a lo “trágico”. Es muy frecuente por ejemplo que los profesionales hablen de “carrera de consumo”, haciendo referencia a que empiezan consumiendo esporádicamente alguna sustancia “liviana” como es considerada la marihuana y terminan consumiendo intensivamente cocaína o pasta base/paco.

Además de la “carrera de consumo” que se la suele mencionar como algo cuasi inevitable, también se hace referencia habitualmente a que la adicción es una “enfermedad” crónica y que, de no ser tratada a tiempo y de no seguir un “régimen” de conducta, puede incluso terminar en la muerte. Así lo definía un operador terapéutico, quien además se definía como “ex adicto / adicto en recuperación”:

(la adicción) es incurable, progresiva y mortal. (…) todos empiezan probando y terminan… con diez gramos de  cocaína… terminan hechos mierdas o en el cementerio, en la cárcel o postrado en una silla de ruedas. Otro final no tiene la adicción. Y hay una cuarta opción que es la rehabilitación (José, operador terapéutico).

Así, si bien la “rehabilitación” es entendida como una opción “de escape” de esa tragedia, como se ha planteado esa “rehabilitación” debe ser necesariamente continua y crónica. Y, de acuerdo a esta perspectiva aun cuando se haya obtenido el “alta de internación” debe internalizarse las conductas aprendidas a fin de no “recaer”.

6.2 La Comunidad Terapéutica como dispositivo de producción de subjetividad

De acuerdo a la propia normativa y a los objetivos explícitos de los profesionales, los “residentes” de las CTs, no sólo deben abandonar el consumo de sustancias (lograr la abstinencia) sino que para llegar a este fin deben adoptar, a través de la utilización de las técnicas y tácticas terapéuticas, nuevas prácticas, actitudes, emociones, significaciones, que les permita adecuarse a la estructura de organización de las CTs. En este sentido, desde el momento en que se ingresa a la estructura del tratamiento, se opera sobre la producción de subjetividad, con la convicción de que modificar el consumo supone modificar al sujeto.

Por ello, que puedan reconocer las actitudes propias de su condición de adicto y que puedan revertirlas se convierte en uno de los objetivos más importantes del tratamiento que atraviesa a todas las herramientas terapéuticas que lo componen. De esta manera la modalidad de tratamiento dispensado en las CTs se constituye en una estrategia a partir de la cual poder y saber se implican mutuamente en la producción de subjetividad.

Una de las técnicas empleadas en estas instituciones -que se constituye en la técnica de subjetivación por excelencia- es la denominada “confronto”. La importancia del análisis de esta técnica, que atraviesa a cada una de las herramientas terapéuticas, refiere por un lado, a que permite develar las dimensiones epistemológicas, económicas, políticas y éticas en el proceso de des-subjetivación de los residentes. Por otro lado también permite entender que en cuanto técnica, no sólo modela cuerpos, define moralidades y diferencia sujetos[19] sino que se constituye como táctica privilegiada y omnipresente de subjetivación en estos contextos terapéuticos. 

6.2.1 El “confronto” [20]

Que fácil es señalarme con el dedo 
y yo sin poderte mirar, sin poderte mirar. 
Yo quiero estar a la izquierda del cero 
no me analices, no voy a cambiar. 

 Yo sé que no siempre gana el que pega primero 
tampoco sirve dejarse pegar

(Fragmento de “A la izquierda del cero”, NTVG)

 

La técnica del confronto, en tanto técnica de subjetivación, se corresponde con la concepción que desde principio de siglo comenzó a imponerse respecto al “sujeto adicto” y a la “adicción”.

Entre los años 20 y 50, las teorías acerca de la adicción y sus causas fueron virando desde los modelos que asociaban la “causa” de la “enfermedad” a factores biológicos, a los modelos que asociaban la “adicción” a un tipo de personalidad “defectuosa”. Fue Lawrence Kolb, un psiquiatra norteamericano y director del Hospital Federal de Narcóticos de Lexington, Kentucky quien tuvo un importante rol en este cambio de perspectiva. De acuerdo a su teoría, el adicto no era aquella persona “inocente” que se había convertido en adicto a las drogas como un efecto colateral de un tratamiento médico sino como un “vicioso” que buscaba en las drogas la fuente de placer y excitación (White, W.; Miller, W.: 2007). Este viraje, que asociaba a los usuarios de drogas con historias prolongada de “inadaptación social” y atrapados en subculturas “desviadas” (Acker, C., 2002) facilitó la emergencia de nuevos dispositivos de tratamientos orientados a mejorar la “maduración personal y los valores pro-sociales” de los pacientes. De acuerdo a Kolb, sólo bastaba un “ajuste social libre de drogas” en la institución para lograr la adaptación del “adicto” a los cánones considerados socialmente aceptables. El fracaso de esta hipótesis, confirmada por los informes de las tasas de recidivas muy elevadas después del alta, creó un clima de frustración que fomentó la búsqueda de tratamientos alternativos que incluyeron terapias de confrontación (White, W.; Miller, W.: 2007).

Tomando como referencia la perspectiva teórica de Kolb en el campo de las adicciones a las drogas, Harry Tiebout, un psicólogo norteamericano, fue quien sentó las bases de la terapia de la confrontación. Lo hizo a través de su observación entre la década del ´40 y ´50 de los procesos de recuperación de alcohólicos. De acuerdo a su perspectiva, los alcohólicos debían su adicción a una “malformación de carácter”: en su opinión, el alcohólico era incapaz de una “autopercepción” de sí mismo y de los demás, debido a un complejo sistema de mecanismos de defensa (por ejemplo, negación, proyección de la culpa) mediante el cual reforzaba su autoestima al tiempo que justificaba su necesidad de beber. Por lo tanto, de acuerdo a su perspectiva sólo a través de las técnicas de confrontación estos podrían embarcarse en un proceso de rendición de estas actitudes, al tiempo que podrían reconstruir su personalidad y desarrollar una forma disciplinada de vida.

El método a través del cual el paciente podía avanzar en su recuperación era descrito en términos de “entrega”, “aceptación de la indefensión” y “reducción del ego”. Estos conceptos se basaban en la idea de alcohólicos anónimos (AA) de que un alcohólico llega a “tocar fondo” de forma natural en la evolución de su proceso y que era posible acelerar en el tiempo este objetivo mediante estrategias terapéuticas de confrontación, como el uso de gritos para la descarga emocional (Carreras Alabau, A., 2011).

Estas concepciones fueron ampliamente aceptadas e incorporadas primero por los grupos de AA y luego por las primeras CTs[21] (White, W.; Miller, W., 2007). Fue así como a partir de los años 60 las terapias de confrontación se difundieron en el tratamiento para las adicciones a las drogas, en una época caracterizada por los enfrentamientos y desafíos sociales a los valores y tradiciones pre-existentes (Forrest, G.: 1982).

En su relación específica con las CTs, la confrontación ha sido definida como un proceso por el cual alguien, un par o un terapeuta, da una devolución a otro, un residente, orientada a que esta persona enfrente la realidad de los sentimientos, pensamientos o comportamientos (Forrest, G., 1982).

Autores afines a la modalidad de CT caracterizaron la técnica como “una forma distinta y específica de ayuda hallada en la comunidad terapéutica”; “un tipo especial de feed back social”; “el espejo que me devuelve la imagen de quién soy, de cómo estoy, de cuál es la consecuencia de lo que hago” (Goti, M.E., 1990: 35).

En tanto los residentes son implacablemente confrontados por sus pares a cada instante “enfrentando la mentira, la proyección de la culpa y la justificación”, esta técnica es considerada como una “herramienta axial” de la comunidad (Danza, C., 2009). La particularidad de esta técnica tiene que ver con considerarla como la vía más directa de “ruptura de las defensas” entendiendo que “nadie puede engañarse a sí mismo y a todo un entorno vigilante y alerta que está viviendo o que ha vivido lo mismo”. Por ello se considera que es a través de la confrontación que se logra “eliminar la (auto) imagen de la calle”, que se logra la conexión con los “propios sentimientos” y, que es la vía más estratégica para que los residentes acepten las normas de estas instituciones, “porque acepta lo que se le dice y cambia o se va de  la comunidad” (Goti, M. E., 1990).

De acuerdo a estas perspectivas, la confrontación sirve además para “tomar conciencia de la enfermedad”, y para saber que las acciones y/u omisiones afectan a uno mismo y a los demás (Sedronar, 2005). En este orden de ideas, la confrontación se constituye en la técnica por excelencia en la producción de subjetividad de los residentes.

Si bien esta técnica incluye un amplio espectro de comunicaciones, diálogos e intervenciones, es decir, van desde la compasión y el más simple interés hasta gritos, denuncias, acusaciones, desafíos, humillación, denigración e insultos, cuando se habla del uso de la confrontación en los tratamientos de adicciones en general y de drogas en particular, se hace referencia específicamente a aquella clase de intervenciones y devoluciones vinculadas con las sanciones, denuncias y humillaciones. En este sentido autores como Lieberman, Yalom y Miles (1973) afirman que la terapia de grupo basada en la confrontación acarrea resultados más contraproducentes y adversos que otros enfoques alternativos; y éstos pueden ser especialmente perjudiciales para personas que presentan una baja autoestima (Annis y Chan, 1983).

Algunos autores señalan que la aparición de técnicas de confronto en lugar de haber sido consideradas como una “contratransferencia fuera de control”, y/o de “violación de la ética profesional” han sido, y continúan siendo consideradas sin embargo, no sólo como un enfoque “necesario” para el tratamiento sino “como el único idioma que puedan entender” (White, W.; Miller, W., 2007).

6.2.1.1 Bases epistemológicas del confronto como técnica de des-subjetivación

Interrogar el conjunto de técnicas terapéuticas que se denominan “confronto” es ingresar a un universo complejo y diverso donde convergen diferentes perspectivas teóricas e ideológicas, prácticas terapéuticas, moralidades, normativas y modalidades de subjetivación orientadas a modificar el consumo de drogas. Aún reconociendo esta diversidad, la mayoría de estas perspectivas considera que el problema de la adicción no se puede abordar de forma puntual ni aislada. Como se ha venido sosteniendo, en las CTs estas prácticas y/o comportamientos que se clasifican como “adicción”, en este caso a las drogas, no pueden ser disociados de la “personalidad”, “los hábitos”, “la “conducta”, o la subjetividad previa. Por esta razón, para modificar el consumo se vuelve necesario desde esta perspectiva, des-subjetivar en pos de modificar al sujeto adicto. La des-subjetivación, en estas instituciones comienza, como se ha anticipado líneas más arriba, por “quitar las imágenes”. Así lo expresaba una operadora terapéutica:

La “imagen” es la ropa, la forma de caminar, el vocabulario, las miradas… Todo lo que los lleva a situaciones de consumo en la calle. Cuestiones que tratamos… lo mejor posible de… quitarles, ¿no? (…) Por ejemplo C. tiene escrito en el brazo “100% Negro[22]” ¿Entendés? Es muy complicado sacárselo” (Vanesa, Operadora Terapéutica)

Y así lo aprendió un “residente”:

Porque… el adicto que tenemos nosotros es como una segunda persona, ¿entendés? Y es lo que nos remarcan siempre los operadores terapéuticos ¿viste?. El adicto que éramos en la calle… llevamos una segunda persona… no éramos nosotros en esencia. Sino que éramos un ser que habíamos creado, una imagen (Mariano)

Del mismo modo, durante el tratamiento no se permite escuchar “cumbia villera”, ni canciones que aludan al consumo de drogas, como así tampoco usar visera o cortarse el pelo de una determinada manera. En una oportunidad por ejemplo, el permiso de “salida”[23] de un residente fue condicionado a que se “corte el pelo más prolijo”, ya que con el corte de pelo rapado a los costados y con una cresta central, como M. tenía, era sinónimo –de acuerdo al operador terapéutico- de querer mostrar una “imagen de pibe chorro”, imagen que de acuerdo al operador, lo “trasladaría” a su condición de “adicto”. (nota de campo 6-11-09)

Las técnicas y tácticas terapéuticas, entre ellas el “confronto” son herramientas en esta transformación, con las que de modo variable y de acuerdo a las orientaciones, se debe des-subjetivar. Bajo este objetivo, el tratamiento en sí se constituye en una estrategia a partir de la cual poder y saber se implican mutuamente en la producción de subjetividad. Así lo definía un usuario en tratamiento:

Y, yo ya sé de qué se trata el tratamiento. (…) durante un año vos vas a escuchar la misma voz que te dice siempre lo mismo ¿entendés? Y en algún momento como que te lavan la cabeza también, porque son cinco operadores, pero que te dicen los cinco lo mismo (…) sin la posibilidad de escuchar otras voces… Y esa voz… es la que te queda en la cabeza, porque escucharla durante un año… ya como que es un disco que tenés en la cabeza, ¿entendés? una voz que dice lo que te dicen acá… qué sé yo… que… está mal, que no existe otra cosa, que es todo malo eso, que vos no vas a poder nunca más tomar una cerveza… Todas esas cosas.

Para lograr la transformación subjetiva, la técnica del confronto involucra diferentes dimensiones de la realidad y vida cotidiana: epistemológicas, económicas, políticas y éticas. En primer lugar, en el confronto se asume cuestiones acerca de la “realidad”, la “negación”, la “verdad”, el “saber”, el “conocer y reconocer” por parte de los usuarios de drogas, es decir, se juega una dimensión epistemológica.

En epistemología o también llamada filosofía de la Ciencia, la confrontación involucra complejas relaciones entre el “saber” y la “realidad” que hacen que el conocimiento científico tenga un estatuto diferente de la metafísica y del sentido común. Para que el confronto sea terapéutico debe modificar las relaciones previas que el sujeto tiene con la realidad, modificar los “viejos esquemas”, y adquirir una nueva “realidad” que es aportada por otros (residentes, terapeutas).

Los tratamientos que involucran el confronto -o por involucrar al confronto en los tratamientos-, tienen ciertas asunciones sobre las relaciones entre el sujeto, la realidad y la verdad. Más precisamente, asumen que la adicción supone una torsión de estos vínculos, o que la distorsión de estos vínculos promueve la adicción.

“Evasión”, “distorsión”, “negación”, “deshonestidad”, “mentira”, son algunos de los calificativos para dar cuenta de las relaciones entre el “adicto” y la “realidad”, vínculos en que la “verdad” se ve comprometida. Poco importa las direcciones y orientaciones de causas y efectos. La técnica debe actuar sobre esta dimensión, transformarla, para que el sujeto asuma la verdad, se confronte con la realidad, modifique sus actitudes a través del claro conocimiento de sí, aportado por otros.

Es decir, el confronto, involucra a otros que intervienen en el conocimiento y el reconocimiento de la verdad por parte del “adicto”. Estos otros generalmente tienen que buscar diferentes medios para que conozcan y reconozcan. El conocimiento sobre el que se habla, en general, no es neutro ni inocuo. Generalmente el confronto involucra aquellos rasgos o características morales “negativas”, “ilegales”, “deshonestas” y “estigmatizadas”, las que a su vez se incluyen en la categorización de los sujetos como “adictos”[24].

Por esta particular combinación, el confronto tiene propiedades paradojales que generan una suerte de profecía auto-cumplida. Partiendo de la perspectiva que sostiene que el “adicto”, como constructo homogéneo, tiene aquellas relaciones –mencionadas anteriormente- con la realidad y la verdad, este conjunto de técnicas y tácticas confrontacionales termina produciendo, en su mismo desarrollo, el tipo de sujetos que busca erradicar.  Asumiendo por principio que los adictos “mienten”, son “deshonestos” o “vagos”, con frecuencia se busca o se fuerza que los adictos reconozcan que están “mintiendo”, son “vagos” o no asimilan la “realidad” como parte inherente de las prácticas cotidianas y terapéuticas.

Un ejemplo de ello puede encontrarse en una de las actividades terapéuticas que se suele llevar a cabo en las CTs, -en un día y horario preestablecido tal como indica la estructura- que se denomina el “grupo dinámico”.

De acuerdo a los profesionales, esta herramienta terapéutica se utiliza para canalizar los sentimientos de bronca, angustia, malestar que le pudieron haber generado ciertas actitudes de algún compañero de tratamiento en algún momento de la semana. El objetivo es entonces, contenerse en el momento en que se siente ese malestar hacia la otra persona y darle a conocer su sentimiento unos días después, en ocasión del grupo dinámico, cuando la situación ya pasó y el sentimiento se “enfrió”.

La actividad se lleva a cabo en presencia de todo el grupo y el que confronta comienza diciendo cuál fue su sentimiento en el momento que observó la actitud de la otra persona que hoy está confrontando: suele indicarse por ejemplo “te confronto porque tengo bronca” o “porque me das lástima”, y continúa remarcándole las actitudes que considera impropias para el tratamiento: “porque sos un cómodo”, “tenés una actitud desganada”, “porque no ‘blanqueás’[25] lo que hacés el fin de semana”, “no te hacés cargo de lo que te está pasando”. Aquél que es confrontado, sólo debe mirarlo a los ojos, sin posibilidad de réplica[26]. Dependiendo el “grado de sentimiento” que tenga la persona que la hace, su “exposición” incluye más o menos tensión, o un tono más o menos agresivo que puede llegar hasta los gritos. Cuando termina la exposición de actitudes remarcadas, la persona confrontada sólo puede pedir autorización -que puede ser permitida o denegada- para “responder” sobre lo que se lo acusa. No obstante ello,  en todos los casos debe asumir la responsabilidad de todo lo que se le ha dicho y decir cómo lo revertirá. Cuestionar lo que se le dice, es sinónimo de “no hacerse cargo del tratamiento”, con la consecuencia de ser considerado un “trucho” por no aceptar lo que se le dice:

Lo que tiene el dinámico es que vos le gritás a la persona lo que te parece, son varias actitudes que vos le decís, no?. Entonces capáz que yo te digo “te pongo este papel de bronca porque sos trucho, soberbio, sumás porotos[27], sos complaciente con los operadores”, que se yo, y por ahí hay una o dos de esas actitudes que nada que ver. Pero acá te dicen que si una es verdad, vos te tenés que hacer cargo de todas, ¿entendés? y capaz que nada que ver, y como te dijeron una que era verdad, vos tenés que decir todas que sí. Y es horrible porque si decís que no, como que se pudre todo… Como que te tenés que hacer cargo, sino por ahí sacan a todos a baldear la casa (usuario en tratamiento).

De esta manera, y de acuerdo a los relatos de los propios usuarios, se fuerza a mentir y a ser deshonesto (es decir, asumir las mismas actitudes que el tratamiento pretende modificar) haciéndose cargo de actitudes que no consideran tener sin la posibilidad de defenderse o excusarse. Al no dar lugar a la réplica, el confrontado debe asumir sin más todo lo malo que se dice de él, pero además debe necesariamente modificar la actitud confrontada –o al menos fingir[28] haberla modificado- si no tanto los pares como los terapeutas volverán a confrontarlo las veces que sea necesario y empleando técnicas más crueles de confrontación hasta que logre esa modificación.

En una oportunidad, y con el objetivo de confrontar a un residente para “ayudarlo” -porque en términos de los OTs de turno “vemos que no está haciendo nada por él”- el staff había convocado a los “coordinadores” para informarles que se haría el “grupo de la silla”. A esta herramienta, que podría ser definida como una “versión” del confronto, se suele recurrir cuando no basta con las actividades y grupos terapéuticos habituales para movilizar a un residente, y es entonces que se vuelve necesario sentarlo frente a todos. También sentados en círculo, todos mirando al “confrontado”, se espera la orden de quien esté coordinando la dinámica –en general un OT- para que cada residente comience a confrontarlo desplegando un listado de actitudes negativas, en tono firme y enojado, una tras otras sin respiro y sin la espera de una respuesta, por el tiempo que demande (que puede llegar a una hora).

Depende de lo que sepamos de él le damos con un caño: ‘por qué no aprovechás el tratamiento?; ¿por qué sos tan irónico?; ¿por qué sobrás a la gente?; ¿Por qué te das pemiso? y también cosas de su vida ‘¿por qué no te hacés cargo de tu papá?; ¿por qué hacías prostituir a tu mujer?’ Y así pim, pam, pum pero sin dejar que responda para que se confunda y reaccione ¿entendés? (usuario en tratamiento)

Este tipo de confrontaciones lleva a confundir, a desestructurar al sujeto. Así lo confirmaba un “residente” cuando nos explicaba el sentido de confrontar una actitud:

Cambialo, cambialo… y así hasta que no lo cambiás no te vas a dejar de sentar en esa silla… Que es un garrón… sentarte en esa silla y que te caguen a gritos.

Restringida en un principio a relaciones entre pares, el uso del confronto fue integrado  también en relaciones asimétricas, específicamente operadores y terapeutas. Si bien potenciada en las relaciones asimétricas, la dinámica de poder del que hablamos excede la asimetría. Para que pueda promover la transformación subjetiva, el confronto atraviesa todo el espectro de vínculos y áreas de la vida cotidiana. Por esta razón, las técnicas confrontacionales obligan y hasta en algunos casos buscan doblegar, quebrar a las personas, como condición necesaria para que conozcan y reconozcan estas realidades y verdades.

Como se ha sostenido líneas más arriba, esta búsqueda de quebrar a la otra persona está vinculada con la premisa teórica de estas terapias catárticas que entienden que un amplio espectro del sufrimiento humano tiene sus raíces en los sentimientos reprimidos y que éstos pueden ser aliviados mediante técnicas que faciliten la liberación emocional. La confrontación verbal resultó para estas terapias el medio más eficaz de la participación y el cambio de conducta adictiva (White, W.; Miller, W., 2007).

Es agarrarte a vos, encerrarte en una pieza y cagarte a gritos. Hacerte llorar, pero hasta que no puedas más. Hasta que yo no veo que llores con sentimiento no dejar de gritarte, ni de pincharte, como decimos nosotros (…)  que te encierren en un cuarto y te caguen a gritos por una hora, y que vos salgas sin aliento de tanto llorar” (usuario en tratamiento)

Capaz que al otro vos le hablás, le hablás y sigue igual… bueno, ya fue… Lo agarrábamos entre tres, le gritábamos, nos descargábamos así todo lo que pensábamos y lo que sentíamos… y me metía en la familia y me metía en los sentimientos de él, del padre, del hermano, lo que fuere, hasta que lo hacía quebrar, ¿entendés?

– ¿Ese era el límite?

– Claro, esos eran  como los métodos que utilizábamos para poder ayudar y para ayudarse uno mismo, ¿entendés? Eh… a mí me hacía bien” (usuario en tratamiento)

En este doblegar, quebrar al otro, desestabilizarlo es donde la dimensión de poder que se  juega en el confronto se hace visible y evidente. Es decir, donde la técnica se convierte en una “táctica de poder”.

Remarcando las actitudes, que son siempre negativas y asociadas a la personalidad adictiva preestablecida por la institución y transmitida a diario a los residentes, las CTs mediante esta técnica instituyen una identidad[29], la identidad del adicto.

De acuerdo a Bourdieu (2008) la institución de una identidad (que puede ser un título de nobleza o un estigma como eneste caso) consiste en la imposición de un nombre, de una esencia social. De acuerdo a esta perspectiva “instituir” es asignar una esencia, una competencia, es imponer un derecho de ser que es un deber ser (o de ser). Es notificar a alguien lo que “es” e instarle a que actúe en consecuencia. Se trata entonces de “hacer lo que está en su esencia hacer y no otra cosa”, de ahí que el indicativo en este caso se vuelve en un imperativo.

A su vez, el acto de institución es un acto de comunicación: notifica a alguien su identidad -se le expresa y se le impone ante todos, notificándole de ese modo con autoridad lo que es y lo que tiene que ser-. El que es instituido (en este caso, el “confrontado”) se siente conminado a conformarse a su definición, a estar a la altura de su función. Así como los usuarios expresaban cuando describían estas dinámicas, una de las principales funciones del acto de institución consiste en desalentar de forma permanente la tentación de transgredir, desertar o dimitir.

Por eso, es que esta técnica se constituye en la técnica de subjetivación por excelencia. Y por ello también es que estas instituciones, a través del empleo de estas dinámicas y herramientas terapéuticas pueden ser pensadas como dispositivos de producción de subjetividad.

Además del confronto y de las demás herramientas terapéuticas analizadas en este capítulo, existen otras técnicas que enfatizando en la disciplina y el control, también están destinadas a la producción de subjetividad. El análisis de estas técnicas se constituye en el objetivo del próximo capítulo.


  1. A fin de preservar el anonimato de las CTs que formaron parte del trabajo de campo, llamaremos “La Casa” a un lugar ficticio, pero que se propone representar a través de la combinación de sus características, a estas instituciones. Denominaremos así entonces a la CT
  2. Como “staff” se denomina a quienes pertenecen al plantel “terapéutico” y/o “profesional” (que incluye psicólogos/as, director/a, vicedirector/a, médicos/as, talleristas, operadores terapéuticos, entre otros)
  3. Las CTs objeto de esta investigación albergan sólo a varones tal como se ha advertido y justificado metodológicamente en la introducción.
  4. Los términos puestos entre comillas refieren a terminología nativa de las CTs
  5. Las herramientas terapéuticas constituyen la parte axial del tratamiento, puesto que son las técnicas de las que se vale la CT para incidir en la conducta de los residentes. Las mismas serán desarrolladas más adelante en este mismo apartado.
  6. Si bien los objetivos de las fases pueden variar de institución en institución, en general responden a los criterios aquí descriptos. En este sentido, me interesa marcar acá a qué responde la evolución de los residentes, cuáles son aquellos criterios o indicadores tomados en cuenta por los equipos terapéuticos. Para este análisis hemos complementado los datos primarios con otras fuentes escritas secundarias provistas por las instituciones (reglamentos, etc.).
  7. En una de mis notas de campo, advertí cómo en una de las actividades que presencié un joven que en ese momento era considerado un “hermano menor” dijo que él “veía que había ciertas preferencias respecto a otros residentes”, que se “dejaban pasar cosas a algunos”, tras lo cual la vicedirectora que era quién coordinaba ese grupo lo felicitó porque a pesar de que era nuevo “ya estaba aprendiendo las reglas de la casa”: “está muy bien que adviertas eso y que lo hagas saber, hay que pasarlo de fase, felicitaciones a tu hermano mayor” (nota de campo 28-10-09)
  8. Puede pensarse a las herramientas terapéuticas en tanto técnicas a partir de pensar cómo a través de ellas se condensan las prácticas y normativas institucionales y sociales modelando personas y subjetividades (Mauss, 1971; Bourdieu, 2007, Foucault, 2007).
  9. En este sentido, las CTs pueden ser pensadas en términos de lo que Erving Goffman (1961) definió como institución total, es decir: a diferencia del ordenamiento social básico, donde el individuo tiende a dormir, jugar y trabajar en distintos lugares, con diferentes coparticipantes, bajo autoridades diferentes y sin un plan racional amplio, las instituciones totales se presentan como una ruptura ante estas situaciones: todos los aspectos de la vida se desarrollan en el mismo lugar y bajo la misma autoridad única; cada etapa de la actividad diaria del miembro se lleva a cabo en la compañía inmediata de un gran número de otros; todas las etapas de las actividades diarias están estrictamente programadas; finalmente, las diversas actividades obligatorias se integran en un solo plan racional, deliberadamente concebido para el logro de los objetivos propios de la institución.
  10. De acuerdo a la bibliografía y a través de los relatos de los profesionales se advierte cómo en las CTs conciben a la personalidad adicta como alguien que vive en una cápsula, encerrado y a salvo de los sentimientos, por eso una y otra vez debe reforzar la cápsula, mediante el consumo, frente a cualquier malestar (Goti, 1990). Se entiende entonces que sólo a través del “colchón afectivo” que representa la comunidad (esto es, la contención de sus compañeros de tratamiento) se puede penetrar esa cápsula sin incrementar el consumo. Esta concepción fenoménica del problema lleva a plantear que toda intervención terapéutica clásica, sin el respaldo de la comunidad y sin la condición inexorable de la abstinencia durante el tratamiento, movería de tal manera al sujeto que le resultaría insoportable tolerarlo y recurriría nuevamente al consumo.
  11. En una entrevista a un directivo de una CT, al describir la estructura de la institución nos decía lo siguiente “… Y tienen una estructura diaria, que hace que empiecen a organizar su ritmo personal. Hay un horario de despertarse, un horario para levantarse, un horario de acostarse, un horario para comer, como los bebés”.
  12. Pocas líneas más adelante dice “que el loco debe ser tratado como un niño”
  13. No obstante es importante reparar en que se continúa bregando por el modelo familiar de tipo tradicional en una época signada por la crisis de dicho modelo. Cuando en la entrevista Facundo daba cuenta del temor que le generaba el tener que enfrentarse con el “afuera” al momento de tener el alta, en parte tiene que ver con las distancias entre los modelos que recrean en las CTs y los que efectivamente disponen los jóvenes en sus vidas cotidianas, en sus barrios, en sus propias familias. Esto será retomado en los próximos capítulos.
  14. Ya en El Poder Psiquiátrico, Foucault (2007) daba cuenta de la importancia de relato biográfico como “maniobra de enunciado de la verdad” y de su eficacia terapéutica. Ver en particular Clase del 19 de diciembre de 1973 y del 9 de enero de 1973, del mencionado libro.
  15. Las “imágenes” refiere a un término empleado por el staff para referirse a aquellas “formas de vestirse”, “cortarse el pelo”, “de ser”, “de comportarse”, que de acuerdo al staff “hacen al adicto”. Como veremos en este capítulo, más adelante, durante el tratamiento se busca “quitar esas imágenes” con el supuesto de que promueven situaciones de consumo. En los “trabajos” entonces, reflexionar sobre la necesidad de dejar de sostener ciertas “imágenes” (imágenes de “pibe chorro”, de “fumanchero”, etc.) forma parte de lograr la transformación subjetiva
  16. Este término es muy utilizado durante los tratamientos y remite a trasladarse mentalmente, por ejemplo a través de una canción o de la forma de referirse a las sustancias, a situaciones vividas “bajo consumo”. Desde esta perspectiva, el rememorar estas situaciones genera que se “active” la enfermedad, deseando el consumo.
  17. “ilusión de control” refiere, de acuerdo al staff, a que los usuarios al poco tiempo de transcurrir el tratamiento creen tener las herramientas necesarias como para consumir drogas “recreativamente”, sin que ese consumo se vuelva problemático. De acuerdo a los profesionales, lo que se genera en verdad es una “ilusión” de control, pero que en realidad no existe ese control como tal.
  18. “consumir con éxito” es una categoría nativa que hace referencia a consumir de manera controlada, sin efectos problemáticos sobre otros aspectos de la vida cotidiana.
  19. Cuando hago referencia a las técnicas, me ubico en una tradición de pensamiento que arroja luz en los modos en que ciertas prácticas y normativas sociales se corporizan, constituyen y modelan personas y subjetividades (Mauss, M., 1971; Bourdieu, P., 2007, Foucault, M., 2007). En su análisis sobre la inquietud de sí en la Grecia antigua, Foucault examina y analiza las prácticas sobre el cuerpo y sobre sí en términos de técnicas de subjetivación. En este sentido, la atención, el cuidado y las prácticas -por ejemplo- en la dieta, el sueño, las acciones, el pensamiento y las emociones, son susceptibles de ser entendidas como técnicas productoras de sujetos en contextos histórico-políticos determinados. En su análisis, Foucault hace del tradicional ‘conócete a ti mismo’, una fórmula subsidiaria a la inquietud de sí, que incluye un conjunto heterogéneo de prácticas y normativas sobre la relación del sujeto consigo mismo y con otros. Específicamente involucra normativas y prácticas acerca de los modos en que el poder se relaciona con el saber, entre el gobierno de sí y el gobierno de y por parte de otros, entre conocimiento y dominación.
  20. Una versión preliminar de este apartado fue publicado en la Revista Ciência & saúde coletiva vol.17 no.7 Rio de Janeiro July 2012.
  21. El rol de Synanon en la historia del uso de la confrontación fue crucial ya que gracias a su popularidad y a los cientos de profesionales que se entrenaron en ella, el uso de esta técnica se diseminó por otras CTs.
  22. Ser “negro” en Argentina, a diferencia de otros países, no hace referencia al color de piel sino que remite a la pertenencia a una determinada cultura ligada a la “cumbia villera”. Tatuarse “100% negro” se convierte entonces en una fuerte marca simbólica que tiende a reafirmar, realzar un rasgo de la identidad y una pertenencia cultural que se construye también en oposición a “otros” (los “chetos”, “caretas”). El disco de Damas Gratis, uno de los grupos de cumbia villera más conocido del país, tituló uno de sus discos “100% negro cumbiero” reafirmando el sentido dado a esta frase.
  23. El permiso de “salida” refiere a que, llegado un determinado momento del tratamiento, se espera que los residentes comiencen a “salir” por unas horas o por días –dependiendo cada caso y el avance que se haya logrado en el tratamiento- a sus casas o a otros lugares dispuestos por el staff. Esto será analizado con mayor profundidad en otros capítulos.
  24. Entre otras actitudes, las CTs en general establecen confrontar las siguientes: ‘actitud cómoda’; ‘actitud antihigiénica’; ‘falta de amor responsable’; ‘alianzar con un compañero’; ‘falta de alerta’; ‘incumplir tu responsabilidad’; ‘usar el léxico de la calle’; ‘cuestionar los límites’; “ser soberbio”. (nota de campo del 15-12-2009)
  25. Refiere a no dar a conocer, a no sincerarse ante los demás
  26. Es interesante resaltar también las técnicas corporales que se involucran en el hablar. En esta herramienta terapéutica por ejemplo, los implicados se sientan enfrentados, el “confrontado” debe sentarse con los brazos cruzados hacia atrás, las piernas descruzadas, y debe guardar silencio y no retirarle la mirada a los ojos a quien lo confronta. Cuando de acuerdo a las actitudes remarcadas y al sentimiento recreado se genera mayor tensión, los coordinadores se paran detrás del “confrontado” para evitar que se “vayan de manos”.
  27. “Sumar porotos” es un término nativo que expresa hacer algo para complacer a otro de mayor jerarquía (en este caso sería hacer algo para complacer al staff)
  28. El fingimiento de ciertas conductas, será analizado en otro capítulo.
  29. Si bien la institución de identidad y la transformación subjetiva atraviesan transversalmente a cada una de las herramientas terapéuticas, es en esta técnica donde se hacen más evidentes


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