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3 Rescatados, encerrados, tratados[1]

Después de un tiempo de escuchar su nombre en historias y anécdotas, finalmente lo conocí a Gastón. Había hablado en reiteradas oportunidades con su mamá y una de sus hermanas. Pero su nombre cada tanto aparecía también en los relatos de otros jóvenes del barrio con los que me cruzaba. “Ves, acá está! Éste es Gastón”, me lo presentó Gladys, su mamá. De unos 23 años, Gastón era como me lo imaginaba, o como me lo habían descripto, un pibe “pintón”. “Ahora está más lindo porque está más gordito”, me decía Gladys. Claro, Gastón, acababa de obtener el alta de una Comunidad Terapéutica después de un año y ocho meses de internación. “Ahí los engordan, salen lindos!”.

Me presenté, y en seguida me dijo “uy, si habré dado entrevistas!, hace casi 5 años que vengo de instituto en instituto, lo máximo que estuve afuera fueron cinco meses… y cortados”. Y sin programarlo, mientras Gladys atendía en el comedor, Gastón empezó a contarme lo que fue de su vida en estos últimos años.

Gastón nació en el barrio, y hasta que “cayó” en el Instituto San Martín, vivía con Gladys, con su papá “que tiene 30 años de sobriedad gracias a Alcohólicos Anónimos”, con su dos hermanas, sus dos hermanos y tres hermanastros. “Ahora en casa somos poquitos, mis hermanas se casaron, las dos están re paradas, casa, auto, hasta mascotas tienen”, “mis hermanos en cambio uno está internado hace 2 años en una CT y el otro en Marcos Paz, los otros ya debés saber, uno murió de HIV y el otro de Cáncer, cuando yo estaba encerrado, y el otro no sé ni en qué anda”. Con una risa jocosa me dijo “como los Simpsons, viste?, parece que está en los genes, las “nenas” una pinturita y los “nenes” uno peor que otro!”. 

En el transcurso de la charla, Gastón me contó sobre su inicio en el consumo, sobre su paso por distintas internaciones y tratamientos ambulatorios; por sus detenciones en “el San Martín” y de más grande, en “Marcos Paz”; de sus intentos por “rescatarse” y sus logros de “vivir bien”; de sus “recaídas” y “frustraciones”, “de estar dos años internado, salir y “al toque” volver a consumir”; de la “vuelta al choreo” y volver a “caer preso”; “de sostener”, “controlar” y “de hacerlo por la vieja”; “de querer parar y no poder”…. y de que “ésta es la última”.

“Basta, ya no quiero saber más nada de estar encerrado, de internación en internación, de tratamientos y cárceles estoy zarpado”. Me contaba de sus “proyectos” para esta “etapa”: “me faltan unos años para terminar el secundario, cuando estuve afuera empecé en un bachillerato a la noche, pero era un cachivache, iba “re puesto”. Ahora en la internación hice un par de cursos, vamos a ver si puedo terminar la escuela o agarrar alguna changuita”. Había trabajado unos meses en un lavadero de autos entre internación e internación, “tal vez ahí tenga una chance de que me vuelvan a tomar”. Lo que tenía claro era que quería estar “entretenido”: “yo me conozco, en la primera de cambio me hago mierda enseguida y no quiero volver a caer ni en la droga ni en el choreo.

 

El relato de Gastón, daba cuenta de ciertos circuitos, trayectorias, preocupaciones, que atraviesan los relatos de muchos otros jóvenes usuarios de drogas del barrio. En su relato contaba de una trayectoria de consumo “intermitente”, con etapas de consumo compulsivo en las que “no podía parar”, pero etapas también en las que se “rescataba”, lograba “controlarlo”, pero que esas etapas “duraban poco”: “no como Lucho, ese sí que la tiene clara. No sé cómo hace pero cuando quiere parar, se va a la casa y listo. Toda la vida fue así, eh. Pero yo no puedo”, se lamentaba. Su consumo, según él, lo hizo “pasear” por varias instituciones y así me contó de sus trayectorias institucionales que entrecruzaban la lógica punitiva y terapéutica: el paso por las instituciones de encierro, donde “había que aprender los códigos, para que no te pasen”, “donde había que demostrar quién era más chorro que quién”, y donde seguro “no quería volver”; el paso por distintos tratamientos por su consumo, donde pasó por “ambulatorio, centro de día, narcóticos anónimos, y algunas internaciones en CTs”, “donde aprendí cómo comportarme, lo que tengo que hacer para “rescatarme”; trayectorias educativas y laborales, que no abundaban en su relato pero que también formaron parte de su circuito, de manera precaria e intermitente. Trayectorias que se enmarcan en condiciones materiales de vida,  también muy precarias e inciertas.

En una entrevista me decía Juan, un profesional que hacía 20 años trabajaba en el barrio:

Es muy jodido quedarse acá cagados de frío, de calor. Con hambre… no sólo de no comer, con hambre de otros recursos como para poder bancarse la vida!. Entonces lo peor es eso. Los pibes se drogan por que se quieren romper definitivamente la cabeza. Porque no se bancan más nada. No se bancan ellos, no se bancan la vida, no se bancan el día a día. Habría que encontrar razones por las cuales no drogarse (en estos contextos) ¿Por qué carajo no se va a romper la cabeza un pibe de estos? ¡Cómo no se va a romper la cabeza! ¿Por qué no? ¿Qué estamos pidiendo? ¡¿Qué no se droguen?! Si la opción de vida es sentarse la espalda contra una chapa, sobre la tierra, en una esquina en medio de zanjas con olor a mierda, y donde todo es una mierda. ¡Me rompo la cabeza! ¡Que por lo menos no huelo, que sé yo!

Esta referencia a consumir para “tapar” ciertos padecimientos y otros malestares aparecía con frecuencia en los relatos de los usuarios. Sobre todo entre aquellos que habían realizado algún tratamiento. En algunos relatos, se sostiene que el consumo por momentos les hacía “olvidar el frío”, el “hambre”, los “dolores”. En otros en cambio, les traía los peores recuerdos de sus etapas de consumo “comiendo de la basura”, “descalzo, ampollado”. Lo incuestionable, desde la perspectiva de los actores, era que resultaba muy difícil en esos contextos, poder “rescatarse” una vez que se tenía un consumo intensivo de drogas. 

Juan, en su relato daba cuenta también de algo que advertía en los jóvenes como Gastón, que aspiraban a “otra cosa” en sus vidas.  Me contaba, con cierta desazón que él percibía la “falta de proyectos sólidos” en los “pibes”. Es decir, lo que Juan percibía como “trágico” en los “pibes” que venían de largas trayectorias institucionales como Gastón, era la ausencia notoria de ciertos “recursos” para poder tener una vida “medianamente” satisfactoria en esos contextos.

De acuerdo a su perspectiva, aquello que los hacía “parar” (frenar el consumo, menguar la frecuencia), que los “rescataba”, la mayoría de las veces no era una “convicción”, un “cambio subjetivo” que redundara en la construcción de un “proyecto de vida”, sino que eran situaciones o salidas que él las calificaba como “muy endebles” (tener un hijo, conseguir una changa, enamorarse). Lo que Juan advertía era que hacían falta cambios estructurales en el barrio y políticas integrales que dotara a estos jóvenes de recursos para sostener un proyecto. Esta percepción no era solamente de Juan. Conociendo las historias de algunos jóvenes del barrio y por los relatos de las/os familiares y referentes comunitarios uno rápidamente podía advertir esta situación. De los jóvenes que durante mi trabajo de campo entrevisté o conocí, muy pocos estaban escolarizados. Tampoco tenían trabajos fijos y duraderos. La mayoría de ellos en períodos de no consumo conseguían con suerte, y en general a través del contacto de algún familiar o conocido un trabajo precario (una “changuita”) de corta duración, como por ejemplo “ayudante de pintor”, “albañil”, “venta callejera”, o de “operarios” o “maestranza” como colaboradores en lavaderos de autos, etc.; otros, sobrevivían a través de actividades ilegales (como robos, “trabajar para el transa”, etc.), y algunos intercalaban ambas actividades.

Durante las etapas de consumo intensivo, sus vidas transcurrían en los espacios públicos del barrio (“las esquinas”, “los pasillos”) o en espacios “tomados” (apropiados) como casas o locales abandonados, haciendo de ellos sus refugios para consumir o en términos de los usuarios de drogas “sus ranchadas”. En ocasiones, si el tipo de consumo y la frecuencia de consumo lo permitían, algunos jóvenes hasta mantenían algún trabajo de estas características –tanto “legal” como “ilegal” o ambos- durante el período de consumo.

Más allá de algunos planes sociales[2] -que en pocos casos alcanzaba a estos jóvenes- y talleres de oficio y actividades culturales que ofrecían distintas ONGs y/o Fundaciones que se habían “instalado” en el barrio, no había una política a largo plazo que diera cuenta de un cambio en este aspecto. Esto se sumaba al hecho de que en un contexto de alto desempleo, exclusión del sistema educativo y ruptura de la transmisión de saberes y trayectorias entre generaciones, se fue trazando un patrón de creciente dependencia de los jóvenes usuarios de drogas respecto de las actividades, vínculos y economías ilegales. Esta situación hacía que se redundara en un círculo de trayectorias recursivas signadas por la precariedad y vulnerabilidad que evidenciaba otra de las modalidades de encierro para esta población.

Así, mientras que algunos jóvenes usuarios como Lucho, lograban “controlar” y “regular” su consumo pudiendo mantener otras actividades cotidianas, incluso un trabajo diario, otros como Gastón y la mayoría de los jóvenes usuarios del barrio a los que tuve acceso, tenían trayectorias de consumo que solían ser “suspendidas”, “intercaladas”, por  “entradas” y “salidas” a instituciones terapéuticas y/o punitivas.

Estas trayectorias evidenciaban a su vez, cómo los modos de tratar los padecimientos asociados a los usos de drogas en contextos de marginación, en ocasiones implican, paradójicamente la utilización de variadas estrategias que, hacen del aislamiento y el encierro el modo de abordarlos (encerrarlos, internarlos, detenerlos, etc.). Es decir, si en el capítulo anterior se analizó cómo determinados procesos macro estructurales, políticos y sociales han configurado ciertas “encerronas” en esta población, en este capítulo se abordará cómo algunos de los padecimientos y prácticas que dichas encerronas habilitan, suelen ser abordadas tanto por los saberes expertos, institucionales, como por los saberes legos, a través de determinadas estrategias que en ocasiones implican y reproducen también otros encierros y aislamientos. 

Estas estrategias estrechamente asociadas a la lógica punitiva y/o terapéutica responden al modo en que, a partir de determinados procesos, se ha ido construyendo la figura del usuario de drogas y la “problemática de la droga”. Como se ha mencionado anteriormente, se ha ido produciendo regímenes de verdad en torno a la figura del consumidor y al “problema de la droga” que se han consolidado en una percepción social –a veces en correspondencia con  la realidad y otras no- que encadena conceptualmente a las drogas con el delito y con la inseguridad, permitiendo así legitimar el mecanismo punitivo-rehabilitador implementado desde el propio Estado, y otras estrategias –algunas de ellas también punitivas y rehabilitadoras- implementadas por las redes vinculares.

De esta manera, tanto desde el sistema jurídico como terapéutico se ha ido construyendo distintas políticas y abordajes de las problemáticas del uso de drogas, que han hecho de los tratamientos correctivos, rehabilitadores- y de las políticas punitivas –de castigo-, algunos de los modos de tratar que más se corresponden con las trayectorias institucionales de los jóvenes usuarios entrevistados.

3.1 “Carne de comunidad”: las trayectorias terapéuticas

Una de las características comunes en la extensa mayoría de los usuarios entrevistados es precisamente haber pasado por variadas modalidades de atención terapéutica por el uso de drogas. Así como Gastón, muchos jóvenes refieren haber realizado una “cadena” de “tratamientos” que incluyen distintas modalidades como ambulatorios, centros de día, grupos de “sostén”, así como también internaciones, algunas hasta obtener el alta y otras interrumpidas, abandonadas.

En las experiencias de internación los relatos incluyen hospitales de día, neuropsiquiátricos o hospitales monovalentes, y fundamentalmente la amplia diversidad de Comunidades Terapéuticas. Las CTs, como se adelantó en otros capítulos, se han constituido en una de las modalidades que mayor demanda tiene para la población con consumos problemáticos de drogas que requieren internación. Esta hipótesis se corrobora tanto a través de los relatos de los referentes y de los usuarios del barrio como por las estadísticas oficiales[3].

De las crónicas locales surge que en general, estos períodos de institucionalización, que en muchos casos duran largos meses e incluso años, son alternados con períodos de consumo o de abstinencia, y en algunos casos con tratamientos ambulatorios, como así también con el paso por otras instituciones de encierro, tal como relataba Gastón. En este sentido se evidencia, tanto en los relatos locales como en las estadísticas oficiales que es muy frecuente el tránsito por diversas instituciones y tratamientos: 7 de cada 10 pacientes en tratamiento declararon haber transitado por otros tratamientos (el 75% de los pacientes encuestados aducían haber realizado uno o dos tratamientos previos, mientras que el 70% de los pacientes de reinserción social transitaron hasta por 4 tratamientos antes del que les subsidió SEDRONAR) (OAD, 2010).

Es interesante destacar también que en general, cuando en las internaciones media la gestión de las Obras Sociales o de la vía judicial, los usuarios son derivados a neuropsiquiátricos hasta tanto se disponga de una vacante en las CTs conveniadas con la Obra Social o con el Estado, según sea el caso. Si bien dicho criterio en teoría responde a efectuar una evaluación y diagnóstico del “paciente”, y dependiendo del tiempo que transcurren a efectuar la desintoxicación, la duración de la estadía en los neuropsiquiátricos en general coincide con el tiempo requerido para el traslado a las instituciones donde efectivamente “comenzarán” con el tratamiento. Tal como se ha dicho, si bien en los neuropsiquiátricos en general comienza a intervenirse, ya sea a través del diagnóstico y/o de la desintoxicación, los usuarios entrevistados en su mayoría coinciden en calificar el “tránsito” por estas instituciones no sólo como un “tiempo muerto” –porque el “inicio” del tratamiento en las CTs donde finalmente eran derivados se cuenta a partir del momento que ingresan en ellas- sino como una experiencia “degradante” e “inapropiada”[4].

El relato de uno de los usuarios que estuvo internado en este tipo de dispositivos es muy gráfico al respecto: lo describía como un “asesino de espíritus”, “un depósito de personas”, en donde “lo estético te deprime, te aterroriza”, y, sumado a las características de los pacientes, se convierte en un ambiente “propenso a deprimirte”.

Otra de las características con la que más se asocia a este tipo de instituciones es la propensión a medicar a los pacientes indiscriminadamente, o lo que en términos nativos se describe como “empastillar”. En los relatos este “estado” se describe en términos de “babear constantemente”, “estar atontado, dopado”, “como si estuviera drogado”; y presenciar o, en el peor de los casos, participar de situaciones regidas por la violencia con otros pacientes.

Las trayectorias institucionales también incluyen el paso por otras CTs o instituciones como hospitales de día en donde en general, los usuarios llevan a cabo tratamientos prolongados. En los relatos se distinguían tratamientos más o menos “rígidos”, más o menos “disciplinarios”, más o menos “conductuales” que de acuerdo a los entrevistados enfatizaban en dar ciertas “pautas de comportamiento” a la hora de enfrentar situaciones de consumo.

Es interesante, sin embargo, advertir cómo a la hora de “evaluar” o darle un “sentido” a sus trayectorias institucionales, los usuarios refieren a la “autoculpabilización”. Es decir cuando se les consulta por qué creen que hicieron varios tratamientos, la extensa mayoría de los entrevistados aducen “no haber podido controlar situaciones que los “exponían” a volver a consumir”, o a “buscar inconscientemente volver a internarse”. Esta lectura no puede disociarse del hecho de que ese discurso está atravesado por los tratamientos, que como será analizado en otros capítulos, se basa en esas premisas.

Respecto a las reiteradas internaciones, un joven manifestaba lo siguiente:

Acá en el barrio hay miles, ¿eh? Hay un pibe que tiene ocho, nueve internaciones. “Carne de comunidad” le decimos nosotros… Son carne de comunidad… Se sienten tan protegidos en la comunidad que salen afuera y se mandan cagadas para volver a caer internados. O se mandan cagadas sabiendo que sus padres los van a volver a internar.

Llegar a constituirse en “carne de comunidad” es parte de todo un proceso político-social- económico, que va trazando en su camino nuevos encierros para la población más vulnerabilizada. Estos encierros se van delineando a través de los diversos modos de institucionalización -ya sea en instituciones de salud como de castigo, donde el recurso al encierro se vuelve más evidente-, pero también en el “afuera”. Estas se constituyen por ejemplo  a través de las condiciones laborales dispuestas para esta población (condiciones arbitrarias y de explotación); a través de las violencias en los barrios y en los ámbitos domésticos; a través de la vulneración de los derechos más básicos como la vivienda, la educación o la salud.

Se van  configurando así circuitos cuasi ineludibles para éstos, como refería Juan. Circuitos que sin lugar a dudas van generando diversas tragedias sociales y subjetivas, como la que me relataba Gastón esa mañana en el comedor:

 

Yo ayer le decía a un pibe acá que siento culpa, que siento bronca porque ésta vez siento que perdí muchísimo más de lo que había perdido en las otras internaciones. De mis hermanas, una sola era la que llamaba para ver cómo estaba, era la única que se ocupaba de llamarme y a medias ¿me entendés? Me llamaba un jueves y al otro jueves no me llamaba. Es como que ya no era lo mismo, como que la gente… se cansa. Qué sé yo, saber que ni siquiera preguntaban cómo estoy. Mis sobrinos no preguntaban cómo estaba, a dónde está el tío…o sea, ya no preguntaban nada. Y claro, después de tantos años de ni verme, se cansan, se olvidan. Y yo también me cansé.

3.2 “Siempre me tuvieron ganas”: las trayectorias punitivas

Así como de los relatos y las historias de los jóvenes se evidenciaba un fluido tránsito por instituciones terapéuticas, en algunas crónicas estas trayectorias se alternaban con el paso por otras instituciones de encierro, donde primaba la lógica punitiva.

Muchos de los jóvenes usuarios entrevistados, participaban o habían participado de actividades ilegales. En general estas actividades correspondían a delitos “menores”, como “hurtos”, “robos callejeros”, “menudeos”, y otras relacionadas con la venta o distribución de drogas en el barrio o en sus inmediaciones. Otros en cambio, no participaban de actividades ilegales: algunos de ellos obtenían recursos de algunas “changuitas” que lograban conseguir, y así mantenerse y mantener el consumo; otros en cambio, obtenían recursos de los que les “prestaban”, o les “proveían en sus casas” en general destinado a otras actividades (para comer, para viajar, etc.). No obstante, su condición de joven usuario de drogas los colocaba en una situación de “sospecha” frente a las fuerzas de seguridad.

A raíz de estas actividades, o de la participación en situaciones conflictivas (de violencia interpersonal o en el ámbito doméstico), o incluso por la tenencia de drogas, era muy frecuente la mención de haber transitado períodos de encierro en cárceles, institutos y/o comisarías.

En referencia a la Ley de Drogas, un alto porcentaje de jóvenes usuarios entrevistados habían sido detenidos por tenencia de drogas para consumo personal. En general, dichas detenciones se realizaban por un período corto y en las comisarías, sin llegar a cumplir la condena en prisión que la ley establece. Sin embargo, el paso por las comisarías tenía sus costos, y, sea por causa de la tenencia de drogas o por otras infracciones –o en operativos de “prevención policial”- constituía una parte importante de las trayectorias punitivas de estos jóvenes.

En los relatos se evidencia cómo estas detenciones alimentaban el crecimiento de esta población en las comisarías y cómo las expone a situaciones de violencia que se producen con frecuencia en éstos y otros espacios de detención.

Elías había sido detenido por “tenencia”, pero en realidad según él “se la tenían jurada, me tenían ganas de hacía rato”. En el relato de aquella detención, me cuenta de cómo en esa oportunidad, se había “salvado de la golpiza”:

El cana que me lleva me dice… “Vos sos tan ganador, tan chorro y falopero en la calle… vamos a ver si allá adentro sos tan gallina como sos acá afuera” Y yo lo miraba… Y después me dice… “Agradecé que está tu familia acá adelante -me dice- si no te llevo para allá, para el fondo… y salís sin huesos de acá”, me dice… Delante de mi familia, me acuerdo que mi mamá lloraba.

 

También Flavio, otro joven, da cuenta de otro de los tantos episodios relatados por los jóvenes entrevistados en donde se registran malos tratos en los espacios de detención por delitos o infracciones menores:

Siempre me tuvieron ganas porque viví muchas cosas con la policía. Capaz que me agarraban, me llevaban a la comisaría, me pegaban… sin tener nada y teniendo documentos… Me llevaban y me pegaban para que hable… Me amenazaban… qué sé yo… Ya cuando uno está en la calle… ya se vuelve una relación      con el policía del barrio. Te comés garrones… Me llevaban a la comisaría, me metían en la cocina y me cagaban a palazo,  me mojaban con agua fría en invierno. Así medio con resentimiento.

De esta manera, se observa cómo lo que comienza con una simple identificación –o aún con delitos o infracciones- puede derivar en una requisa violenta, en una causa penal por tenencia, en maltratos, amenazas o coacciones, en golpes, golpizas, apremios, torturas, o incluso en la muerte. Todas estas prácticas institucionales violatorias de los derechos humanos, son regulares y sistemáticas, y sus efectos reafirman dentro de estas instituciones punitivas del Estado, las condiciones cotidianas de la exclusión en el afuera: la violencia, el hambre, el frío, la enfermedad y la muerte.

Tanto en los relatos de los jóvenes usuarios entrevistados cómo en diversos informes se evidencia que, en lo que refiere a la Ley de Drogas, gran parte de los esfuerzos se concentran en iniciar causas judiciales menores relacionadas con la tenencia para consumo personal, antes que en la investigación del comercio o el tráfico a gran escala. En uno de los informes del CELS se registra que en la Argentina, según datos de la Dirección Nacional de Gestión de la Información Criminal del Ministerio de Seguridad de la Nación de la Argentina, entre 2010 y 2012, las detenciones de la Policía Federal que se originaron en la infracción a la ley de estupefacientes oscilaron entre un 20 y un 25% del total. La mitad de los procedimientos por drogas (49%) se encuadraron en acciones de “prevención policial”, en las que el policía alegó que la detención fue realizada por la sospecha de que la persona estaba cometiendo un delito. El segundo gran grupo de detenciones (38%) involucró a personas que –siempre según la policía– fueron detenidas in fragranti en el acto de consumir, porcentaje que muestra la persecución a los consumidores y usuarios. Luego estuvieron las detenciones motivadas por denuncias o llamados al 911 (6%). Solo el 4% de las detenciones por drogas tuvieron lugar en el marco de allanamientos y solo el 2% se realizaron por una orden judicial (CELS, 2015:14). Lo que estos datos demuestran y las crónicas locales reafirman es que la mayoría de estas detenciones se producen en el marco de la “prevención policial”, sin una orden judicial, lo que torna evidente el amplio margen de discrecionalidad que tienen los integrantes de las fuerzas de seguridad. Pero también que, en muchos casos, la aplicación de la ley de drogas funciona como una forma de justificar procedimientos ya realizados y que configura una herramienta policial para concentrar la vigilancia sobre determinados grupos. Más aún si se tiene en cuenta que en los últimos años se ha incrementado la participación de los usuarios de drogas en contextos de vulnerabilidad en la economía ilegal.

De hecho, otro informe demuestra que la actividad de aplicación de la Ley 23.737 por parte de las agencias policiales ha alcanzado a los usuarios de drogas en aproximadamente un 70% de los casos (Corda, A., 2011). Las consecuencias de esta política no se agotan en ilegítimas o “desproporcionadas” privaciones de la libertad sino que repercute también en el hecho de encontrarse involucrado en un expediente penal.

Diversos autores han destacado, y en el barrio esto se corrobora, que la lógica securitaria que se viene instalando en los últimos años ha exacerbado y resignificado ciertas formas de intervención policial en el territorio urbano: por un lado, se reconoce una intensificación del hostigamiento sobre las poblaciones empobrecidas, en clave de control diferencial del riesgo y gobierno de la excedencia social; por otro lado, la creciente criminalización de desórdenes e incivilidades coloca al colectivo de jóvenes-pobres –y más aún si son “adictos”- como blanco predilecto del accionar policial, ubicándolos en una preocupante situación de sobrevulneración de derechos (Kessler, G. y Di Marco, S., 2013; Lopez, A. L., y otros, 2011). Las prácticas de persecución, captura y secuestro policial de jóvenes se inscriben en un proceso de sistematización y agravamiento del despliegue de la violencia institucional punitiva, qué sumado a la participación de algunos de ellos en actividades delictivas, constituyen un elemento clave en la tensión actual entre sistema penal y derechos humanos.

No obstante, el repertorio de encierros, privaciones de liberad y coacciones es amplio, heterogéneo, flexible. Como se adelantó en el capítulo anterior, estos repertorios se articulan -en muchas situaciones con anuencia explícita y en otras con consenso implícito- con tolerancias e impunidades. Estas “tolerancias” a su vez regulan la atención y desatención de la agencia judicial sobre estas capturas, que a veces son formalizadas y otras no pero que están inscriptas en el difuso campo de lo contravencional o lo “preventivo”.

Más allá de esta heterogeneidad en cuanto a las instituciones por las que pasan en sus trayectorias punitivas (comisarías, cárceles, alcaldías, institutos, etc.) y las condiciones de detención y el tiempo de permanencia en ellas, también heterogéneo, se vuelve notorio que para muchos jóvenes el tránsito por el espacio de encierro es una experiencia que repite experiencias. En los relatos de los jóvenes usuarios la recurrencia a una  gran variedad de instituciones de encierro por las que circulan es relativamente alta. Como ya mencioné anteriormente, estas “entradas” son alternadas por el paso por otras instituciones donde prima la lógica terapéutica por sobre la punitiva (o ambas a la vez) sean de encierro o no, o de “libertad”. Pero es notorio cómo en un tiempo relativamente breve estos jóvenes repiten la experiencia de circular por diversas instituciones. Una circulación, una trayectoria, que no puede escindirse de las consecuencias que este tránsito tiene.

Estas trayectorias pueden ser pensadas como cadenas punitivas (Daroqui, A. y López, A. L., 2012) entendida como una serie interconectada de prácticas y discursos que atraviesan, forjan y consolidan determinadas trayectorias penales.

Así, de acuerdo a esta noción, los procesos que constituyen y forjan trayectorias juveniles penalizadas implican la inserción en una trama relacional que produce marcas corporales, psíquicas y sociales. Si bien como se observa en las trayectorias punitivas de los jóvenes entrevistados no siempre éstas culminan en el encierro, lo que en los relatos se demuestra es que los jóvenes vivencian a lo largo del tiempo una acumulación de sujeciones punitivas, que produce marcas para el adentro, pero también marcas para el afuera. Se trata de un encadenamiento de sujeciones y entregas, donde los jóvenes circulan por tramas discursivas y prácticas institucionales diversas pero que se corresponden a un mismo proceso que los atraviesa y moldea.

De esta manera, se observa que el tránsito de estos jóvenes por las instituciones terapéuticas y punitivas se constituye en algunas de las estrategias, que, desde los saberes “expertos”, “institucionales”, y en su mayoría “estatales”, se ponen al servicio de estos jóvenes. Es decir, así como ciertos encierros y aislamientos operan transversalmente la vida de estas poblaciones –tal como se expuso en el capítulo anterior-, se llevan a cabo otras estrategias –tanto por los saberes expertos, institucionales, como por los saberes legos- que también desde una lógica punitiva y terapéutica, hacen del encierro y el aislamiento sus modos de abordarlos.

En los relatos de los actores locales y conociendo las historias y trayectorias de los jóvenes uno puede advertir que estos modos de tratar(se) también son reapropiados por los propios usuarios y las redes vinculares. Así, a través del trabajo de campo, puede observarse cómo paradójicamente, pero muy a menudo se llevan a cabo, por los propios usuarios y sus vínculos próximos –particularmente las familias- ciertas estrategias que, buscando “resolver”, “encauzar”, “gestionar” ciertos padecimientos y encerronas, reproducen directa o indirectamente otros encierros y aislamientos.

De ese modo, estas estrategias, construidas históricamente desde distintas cronologías y genealogías como modos de intervención sobre distintos padecimientos o problemáticas sociales (la lepra, locura, el delito, etc.) son reapropiadas tanto por los saberes expertos como por los saberes legos como “vía de escape” de otras encerronas.

Las internaciones y/o detenciones en instituciones de encierro, descriptas en el apartado anterior son algunas de las estrategias utilizadas por los saberes expertos, institucionales.  Basta con observar las propuestas legales y sociosanitarias frente al consumo de drogas para dar cuenta cómo el encierro, la internación y el aislamiento (vincular, y/o territorial) se constituyeron históricamente en respuestas ante esta problemática[5].

Veremos a continuación otras estrategias, que de acuerdo al relato de los usuarios y las redes vinculares próximos a éstos, son utilizadas por los saberes legos, como modo de tratar los padecimientos asociados al uso problemático de drogas. 

3.3 Las redes vinculares y el recurso al aislamiento y encierro como estrategia de “rescate”

Porque viste que matan muchos pibes…, le pegan… vienen golpeados y eso es lo que me da miedo. A la noche escucho los tiros y eso… y ya no puedo dormir… Así que cuando yo duermo tranquila… los días que están los dos acá adentro… Pero sino no puedo dormir. ¿Viste?, a veces estoy con unas ojeras que me dicen todos “Ya está, ellos tienen que decidir” Pero no… yo pienso que cuando tenés hijos… por más que te digan lo que te digan… hay que luchar hasta lo último… qué vas a hacer (Gladys, madre de dos hijos usuarios de PB)

Las redes vinculares más próximas a los usuarios de drogas, en particular aquellos que se constituyen en el “soporte” de éstos durante su período de consumo cumplen un papel muy particular en relación al vínculo del usuario y su consumo. Este “soporte” en general está dado por “la familia”, y en particular por “las madres”, como lo demuestra Gladys.

La “familia” en Occidente, tal y como la concebimos hoy día, es el resultado de un proceso de construcción jurídico-política que surge a finales del siglo XIX, en el cual la intervención del Estado produjo el desplazamiento de determinadas prácticas de cuidado del ámbito privado al ámbito público (Bourdieu, P., 1998; Elias, N., 2000; Donzelot, J., 1998). Así, se han configurado como las principales funciones de la familia la reproducción biológica y la crianza de los hijos (alimentación, atención de la salud, vestimenta, soporte emocional, entre otros).

Ahora bien, el modelo familiar presenta diferencias según se trate de clases medias o bajas.

Diversos estudios han mostrado que en las familias de clases populares, mientras el concubinato constituye una práctica consolidada, se presenta una mayor frecuencia de mujeres solas con hijos que mantienen el hogar (Di Marco, G. y Schmukler, B., 1997). Esto se corresponde con lo que sucedía en el barrio, en donde la mayoría de las mujeres además de realizar el trabajo doméstico que demanda el grupo familiar, decían vivir “solas” (es decir en una forma de organización familiar monoparental) y ser las únicas proveedoras del hogar. Otra de las “tareas” encomendadas a las “madres”, aun cuando se cuenta con la presencia del padre, refiere a las prácticas de cuidado y sostén emocional del hogar, “tareas” que son producto de una construcción histórica ligada a los roles de género (Jelin, E., 1998). En los relatos de las mujeres, se repiten frases como “yo lo tengo que cuidar”, “necesita mi ayuda”, “por salir a trabajar lo descuidé”, “tengo que estar más tiempo en casa”.

Esta presencia tan marcada de las “madres” en el marco de estas reestructuraciones familiares y en estos contextos, hace que se cobre tanta relevancia a su figura a la hora de analizar las transformaciones en las prácticas de consumo y en la salud de los jóvenes. Algunos estudios en antropología así lo demuestran (Castilla, M. V. y otros, 2013).

En general, la función de las redes vinculares y más en particular de las “madres[6]”, está asociada, durante el período de consumo de los usuarios, con el intento de lograr que dejen de consumir. Son reiteradas las crónicas que relatan las distintas prácticas que se llevan a cabo para “rescatarlos”[7] durante el consumo. “Luchar hasta lo último”, como me decía Gladys en la entrevista implicaba el despliegue de diversas prácticas que, en el marco de estas transformaciones en los modelos familiares y en contextos de vulnerabilidad, insumen un “plus” de energía, tiempo, dinero, pero a la vez angustia, conflictos, incertidumbre, desazón, peligros, etc.

Las estrategias de “rescate” llevadas a cabo por un tercero implican un desafío particular, en tanto y en cuento están destinadas, en la mayoría de los casos a hacer que un otro haga o deje de hacer algo que involucra al propio cuerpo y que le genera además de un deterioro, placer. Así como decía Gladys como portavoz de otros tantos relatos de madres que he escuchado durante mi investigación, estas estrategias entraban habitualmente en tensión con las de los propios usuarios: “ellos tienen que decidir”, entraba en conflicto con “hay que luchar hasta lo último”.

Las crónicas de quienes están habitualmente a cargo del cuidado de los usuarios de drogas, que en general son las madres, dan cuenta de un proceso marcado por la angustia, la fragilidad, el desconcierto y la desesperación que les genera los modos en que se expone a los usuarios de drogas a determinados circuitos locales de violencia y a múltiples riesgos tanto de salud como de sobrevivencia. Estos procesos, como se ha venido marcando no sólo obstaculizan el acceso a derechos sino que promueven la delegación de actividades y prácticas de cuidado que deberían ser llevadas a cabo por otras instituciones (trabajo, seguridad, educación) al dominio de la intimidad y de los vínculos próximos (Epele, M., 2008).

Paradójicamente estos desplazamientos se dan en los mismos sectores populares en los que la vulnerabilidad social y en salud hace necesarias la participación y asistencia estatales.

En lo relatos de los/as familiares y de los propios usuarios se advierte cómo estos procesos no sólo exponen a los usuarios a padecimientos de salud y sobrevivencia, sino que también exponen a quienes más habitualmente están al frente de su “cuidado”, a múltiples situaciones de riesgo, impotencia, de conflictos entre vecinos, de peligros, etc. Así, por ejemplo junto a las prácticas habituales de cuidado como llevarlos a la guardia cuando “se dejan llevar”; alimentarlos, nutrirlos cuando notan un progresivo deterioro en su aspecto físico; hablarles, interrogarlos, revisarlos, surgieron otras prácticas como ir a buscarlos a las “ranchadas”[8] y/o enfrentarse con los “transas”, con el peligro y la exposición que esto supone. En este sentido los relatos dan cuenta de la inclusión de una multiplicidad y heterogeneidad de prácticas y saberes desarrollados por las redes vinculares destinadas no sólo a resguardar a los usuarios sino también a sí mismas.

En estos contextos, las prácticas que hacen del “aislamiento” y/o del “encierro” las estrategia de “rescate” -que había sido desde antaño algunos de los recursos utilizado por las redes vinculares, como por ejemplo “retenerlos en sus casas”, “prohibirles salir con ciertas “juntas””, etc.-, comenzaron a intensificarse.

Aislar a esta población de todo aquello que expusiera a los usuarios no sólo al consumo, sino también a los riesgos asociados al uso intensivo de drogas -aislarlos de las “malas juntas”, aislarlos de los “transas”, de “las sustancias”, que en estos contextos se había vuelto sinónimo de “aislarlos del barrio”-, tenía como objetivo al mismo tiempo “descomprimir situaciones conflictivas” que pudieran haberse ocasionado dentro del barrio o en la propia familia; evitar la sustracción de pertenencias tanto de la familia como de los vecinos del barrio; etc.

El aislamiento, y el encierro –como expresión extrema, a través de la internación o en las propias casas-, se constituye así en los relatos como una especie de “respiro” para la propia familia, un “impasse” que pretende poner un “paño frío” sobre una situación de tensión. Estas estrategias, como se ha venido desarrollando, atraviesa a esta población de diversos modos, generándoles distintos efectos.

Así, a través de las crónicas locales y de las historias y trayectorias de los jóvenes usuarios que habitan en contextos de vulnerabilidad y marginación, se ha observado la exposición a ciertos procesos que operan transversalmente en la vida de estas poblaciones generando encierros y aislamientos muy diversos diversos (subjetivos, territoriales, vinculares, estructurales, simbólicos, etc.). Tal como se ha desarrollado en el capítulo anterior, algunos de estos procesos están signados por: la fragmentación social y espacial, procesos de criminalización y estigmatización, represión policial, condiciones de profunda vulnerabilidad y violación de los derechos básicos, violencias; a la debilidad, enfermedad y deterioro de la salud, la compulsión al consumo de ciertas sustancias, la calidad y efectos de las drogas accesibles “para pobres”, las tensiones entre el consumo como modo de “sentirse atrapado” o de “liberarse”, los padecimientos asociados a los consumos de sustancias y sus modos de regulación y/o asistencia; las afectaciones vinculares a partir del consumo–con familiares, vecinos, parejas-, etc.-; como así también las políticas y respuestas sociosanitarias y legales relacionadas con las prácticas de consumo que hacen de la intervención judicial, el encierro, la internación y la abstinencia los pilares centrales para abordar esta problemática.

Se advierte así una vez más cómo estar expuestos a estos procesos macro-estructurales y a condiciones de vida muy precarias, se constituyen en modos de tratar que generan entre otras cosas encierros y aislamientos muy diversos y que habitualmente se gestionan a través de otros encierros y aislamientos, ya sea desde los saberes expertos (como los que se desarrolló en el apartado anterior) como desde los saberes legos (que se analizará a continuación).

Estas estrategias, como se ha venido desarrollando han sido utilizadas desde hace muchos años para diversas situaciones y con finalidades disímiles y atraviesan la vida de estas poblaciones. Como en estos casos, paradójicamente estas prácticas habitualmente son reutilizadas para “encauzar” otras encerronas. Si bien estas prácticas pueden ser orientadas a la promoción del bienestar y la salud (reducir los daños, descomprimir situaciones conflictivas, proteger frente a los peligros de la supervivencia, cuidar, acompañar, etc.) también pueden –y suelen- producir otros malestares (culpabilizar, encerrar, responsabilizar, engañar, acusar, reprochar, castigar, etc.).

En este sentido, es que estas prácticas son analizadas a través de la noción de trato, pues en contraste con la noción de cuidado –como práctica que promueve el bienestar y la salud- pensarlas como modos de tratar nos permite visibilizarlas tanto como prácticas que pueden promover el alivio y el bienestar como producir otros malestares (Epele, 2013). Al mismo tiempo, estas prácticas se dirigen hacia un otro, que además consume drogas: una práctica sancionada socialmente y criminalizada. En este sentido, no puede dejar de analizarse estas prácticas sin dar cuenta también del proceso vincular –al caracterizar, calificar e intervenir sobre las acciones de otros- y de la orientación moral que lo atraviesa.

A continuación desarrollo las estrategias llevadas a cabo por las redes vinculares en pos de detener el consumo intensivo de los usuarios, que incluyen alguna modalidad de aislamiento o encierro. Aislarlos de las (“malas”) influencias del barrio, encerrarlos en sus propias casas o internarlos, son las prácticas que desde la perspectiva de las redes vinculares y de los usuarios aparecen como las más habituales. Estrategias que con frecuencia son promovidas por los saberes expertos y reapropiadas, como en los casos que se verá a continuación por los saberes legos.

3.3.1 “Cuanto más lejos, mejor”. Sacarlos del barrio

Tanto ante la “sospecha” de inicio de consumo, como y sobre todo, cuando el consumo ya en desarrollo está acompañado por situaciones conflictivas dentro del propio barrio, una de las estrategias a la que recurren quienes están al cuidado de los usuarios de drogas es aislarlos de su lugar de residencia. Esta práctica que en términos locales está caracterizada como “sacarlos del barrio” se compone de distintas modalidades: mudarse, enviarlos a vivir a la casa de algún familiar que resida lejos del barrio, o “internarse” en otra provincia, son algunas de ellas. En este último caso, es la “distancia” la que opera como estrategia de rescate:

Y yo, qué te puedo decir, anoche fue desesperante lo que pasó con mi esposo. Estaba continuamente fumando paco, en una piecita fumando paco, paco, paco y terminó dado vuelta. Yo lo veía de una hendija a él, quería socorrerlo pero me encontré sola. En esos momentos pasa el Padre Sergio y le pego el grito y le dije vení, Padre, ayudame, yo estoy sola en esto, tengo este problema, me podés ayudar?, qué hago?. Me dijo que él iba a tratar de entrar para hablarle y entró y habló, empujó la puerta y lo habló, lo habló, lo habló. Ahí fue que mi esposo le dijo al Padre que se quería matar, que lo ayuden que se vaya de este mundo lejos, que se vaya para olvidarse de todo. Le pidió que lo internen lejos, para no poder recordar nada. No quiere saber nada del paco, se siente, digamos, muy deprimido (…) Yo estuve hasta las 2 de la mañana despierta, y volvió, me pidió un cigarrillo y le dije, ¿estás dispuesto a seguir adelante? Sí, me dijo, ayudame negra, me dijo, ayudame, pero cuanto más lejos me puedan mandar mejor. El ahora está dispuesto a internarse pero no quiere estar cerca, quiere estar lejos. En Córdoba, Entre Ríos, Neuquén, qué sé yo, en cualquier lugar que no sea acá. Porque él mismo se conoce, se puede escapar, puede hacer mil cosas, pero en cambio si va lejos le va a costar más, le va a costar más. (Marta, esposa de usuario de pasta base/paco)

El relato de Marta, es un claro ejemplo de la fragilidad, vulnerabilidad y situaciones de angustia e impotencia que algunas escenas vinculadas a los usos intensivos de drogas generan tanto en los usuarios como en los que están a su alrededor. También da cuenta de que, en ocasiones, quienes se constituyen en las redes de sostén en estos momentos críticos son figuras extra familiares. Así como con el marido de Marta esta función fue desempeñada, en un primer momento por el cura[9] del barrio, otras veces puede ser algún referente comunitario o un vecino/a con quienes los usuarios sienten cierta empatía, o porque simplemente, se encuentran en el momento preciso.

“Cuanto más lejos, mejor” es una frase muy recursiva tanto en los relatos de los familiares como en los usuarios mismos. El “estar lejos” refiere no sólo a intensificar las barreras que posibiliten la “vuelta al barrio” sino sobre todo a un cambio de ámbito y con ello, a posibilitar un cambio de hábito. A pesar de que “sacarlos del barrio” sea considerado por las redes vinculares como un recurso estratégico, en contextos de marginación y más aún tras las transformaciones en la movilidad social y territorial que trajo aparejado las reformas neoliberales en Argentina, estuvo cada vez más imposibilitado la posibilidad de irse del barrio, de mudar a toda la familia. No obstante, y debido al hecho de que la mayoría de los residentes de estos barrios provienen del interior del país o de países vecinos, “enviar” a los usuarios de drogas a casa de familiares o conocidos que quedaron en sus lugares de origen se había establecido como un recurso más “a mano”, haciendo de esa práctica una práctica habitual en esos contextos.

A los 16 años lo mando a Tucumán para sacarlo de acá, porque me parecía que las influencias del barrio le estaban haciendo daño: había un cambio de conducta en él, no estaba en la casa, en los momentos claves de la familia que nos reunimos para comer y eso no estaba, cuando estaba estaba impaciente, se comportaba mal, dejó de ir al colegio, entonces lo saqué y lo llevé a Tucumán, con mi familia allá. En ese momento sospecho que el consumía… no consumía paco, sino marihuana y que por ahí alguna pastilla, alcohol, cigarrillos. Lo llevé a Tucumán y lo tuve un año y pico ahí y se vino haciéndome el verso que se iba a portar bien que se yo… y yo como madre blanda le dije que bueno, que está bien, que vuelva. Acá el primer problema mayor que tuvo fue que lo amenazaron de muerte. El ya estaba drogándose de vuelta y se metió en medio de una pelea de un vecino de acá muy conflictivo y me dijo que lo saque de ahí porque lo iba a encontrar en un zanjón, me lo iba a matar, porque el era un ex policía y lo iba a matar. Ahí lo mandé de vuelta a Tucumán, en Tucumán se portaba bien pero no lo pude retener, estuvo solo 7 meses y se vino (…) y después que vino lo perseguían los mismos de la otra vez, le tiraron tiros, tiene una marca de un tiro que lo rozó, le pegaron un culetazo y el se les enfrentaba…después tenía muchos conflictos en la calle (Marisa, madre de usuario).

Salir del barrio, en los relatos es sinónimo de “esquivar” las malas influencias, descomprimir situaciones de violencia o conflicto con los vecinos, evitar el contacto directo con las drogas y los riesgos asociados a su consumo, entre otras cuestiones. Sin embargo, con la llegada de la pasta base y la crisis económica que atravesó el país durante los años 2001-2002, esta estrategia se vio restringida: si hasta entonces había sido descripta como una práctica habitual o al menos “disponible” para quienes contaban con redes familiares o conocidos en lugares alejados a su barrio de residencia, las características propias de la pasta base y los riesgos, padecimientos y situaciones asociadas a su consumo modificaron el escenario. Tal como refiere Epele (2012) además de la falta de recursos económicos para “deslocalizarlos”, el acelerado daño corporal, la mayor frecuencia de las agresiones en el ámbito doméstico, la costumbre de los jóvenes de “llevar” cosas de sus casas para cambiarlos por pasta base y la urgencia impuesta por diversos peligros en las economías locales tornaron más complicado el “mandarlos a otro lugar”. Esta situación generó que se recurriera a otras estrategias de “rescate” para esta población. Dentro de las prácticas de aislamiento, el encierro “puertas adentro” y la internación fueron las más recurridas por las redes vinculares.

3.3.2 “Meterlos adentro”. El encierro en las casas

“Encerrar” a los jóvenes dentro de las casas es otra de las estrategias a la que recurren con cierta frecuencia quienes están al cuidado de los usuarios de drogas.

Durante el período de consumo intensivo, son reiterados los registros que describen el paso de los usuarios por sus casas como “ocasional”: “entran y salen todo el tiempo”, “vienen a cualquier hora, de repente comen algo y se van, o se bañan”, “y pasan días y días y ves que no vienen”, “entran a la casa y vos los ves sucios y golpeados y ni siquiera saben qué les pasó”. Es así que, en general, el “retenerlos” dentro de las propias viviendas tiene como objetivo inmediato poder ejercer un control sobre esta población.

Si bien en las crónicas, el aislamiento “puertas adentro” es descripto como una estrategia utilizada en múltiples ocasiones y respondiendo a diferentes finalidades, pueden advertirse ciertas situaciones particulares en las trayectorias de consumo en donde esta estrategia es utilizada con mayor frecuencia.

Una de ellas es cuando las redes vinculares o los propios usuarios advierten que la situación se tornó problemática, o en términos nativos cuando “se fue de las manos”, es decir, cuando se pierde el control de sí mismo o cuando se incurre en prácticas de riesgo para sí mismo o para los demás bajo los efectos de una sustancia.

En los usuarios que consumen Pasta Base, como dijimos, el deterioro físico, que se evidencia en un lapso muy corto de tiempo, la delgadez extrema, los labios y dedos quemados, los pies ampollados, son algunas de las señales que advierten sobre un estado de emergencia entre los jóvenes consumidores. Ante estas situaciones “de alarma”, el retenerlos en las casas, se torna en la estrategia más “a mano” con la que cuentan las redes vinculares para poder al menos detener tal deterioro. En estos casos, el objetivo inmediato es no sólo frenar, o al menos disminuir la frecuencia e intensidad del consumo, sino también, alimentarlos, hacer que descansen, que duerman, que se bañen, controlar sus heridas.

Al mismo tiempo, este recurso es utilizado para poder poner un “paño frío” sobre las situaciones y padecimientos asociados al consumo, que implican no sólo a los usuarios sino a las propias redes vinculares.

En este sentido, el retenerlos en las casas, responde no sólo a salvaguardar la salud y sobrevivencia de esta población, sino también la de las propias redes vinculares: poder saber dónde están y cómo están ya es para las madres, un fin en sí mismo. Salir a buscar a sus hijos cuando éstos están “de gira”, es decir, cuando se quedan días y hasta semanas consumiendo “en los pasillos” del barrio, o en las “ranchadas” que es una práctica que además de exponer a las madres a situación muy violentas, las desespera y angustia ante la posibilidad de encontrar a sus hijos en condiciones de extrema vulnerabilidad; perder las pocas pertenencias que tienen ante los hurtos a los que son sometidas las familias para intercambiar por drogas; verse inmersos en situaciones conflictivas con otros vecinos del barrio; son algunas de las situaciones que hacen que “encerrarlos puertas adentro” se convierta en una alternativa provisoria para descomprimir tensiones, o en términos nativos, para “darse un respiro” mientras se busca otro recurso que pueda ser considerado como “más efectivo”. En este sentido esta estrategia se constituye en una práctica informal y provisoria, y en general es utilizada en paralelo con la búsqueda de algún otro recurso, en general de un saber experto que pueda intervenir de una forma más integral en dicha problemática.

Otra de las situaciones en las que esta estrategia es utilizada con frecuencia, es cuando es necesario “retener a los usuarios” para que sean evaluados por un profesional, para trasladarlos al juzgado, para internarlos, etc. Es muy habitual que en algún momento durante sus trayectorias de consumo, las redes vinculares requieran contar con la presencia física de los usuarios para poder llevarlos a un turno médico, para cumplimentar con alguna instancia requerida para internarlos o para proseguir con algún trámite iniciado. En estas circunstancias, recurrir a la estadía temporal de los jóvenes en las viviendas unos pocos días o incluso unas horas, es un recurso utilizado para asegurarse de su disposición.

Dos días antes de que venga el psiquiatra yo lo empecé a perseguir a mi hijo para que no se vaya de gira mucho tiempo y que lo pudiera ver el psiquiatra para que no esté tan drogado. Cuando llegaba a la mañana, después de trabajar toda la noche salía con un palo, con un perro con lo que fuera, y lo iba a buscar. Entonces empecé a ponerme en campaña, a perseguirlo, seguirlo a todos lados, a ir a buscarlo, siempre alguien me decía donde estaban porque ellos andan de gira, ellos lo llaman “de gira” cuando andan por todos lados, (…) le preguntaba al vecino “che, vos sabés donde está Marianito, lo viste a Marianito que hace 3 días que no viene a casa mi hijo?” “no, señora no lo ví, o lo ví allá en el fondo en el Cementerio, que se juntan unos 60 ó 70 personas todos tirados por ahí…” y así lo fui sacando y le dije “mirá que va a venir el psiquiatra, a verte acá en la casa, no te vas a mover de acá, eh!” “mirá que te voy a buscar por cielo y tierra, eh! Y te voy a traer” y el psiquiatra tardó un montón, llegó como a las 10 ó 11 de la noche y yo estaba que no daba más, pero logré retenerlo en casa… llegó al extremo, fijate cómo estaba que me dijo “mamá yo necesito fumarme un porro para quedarme tranquilo, vos no te preocupes que voy a fumarme un porro”, no me quedaba otra que dejarlo, mi hija me retó “pero cómo lo vas a dejar…!”, y yo le dije “mirá si es para que se deje internar y se deje ver con el psiquiatra todo vale, lamentablemente” (Mónica, madre de usuario)

“Retenerlos” en período de consumo intensivo, no es una tarea fácil. Desde la perspectiva de los actores, la abstinencia del consumo, sobre todo de la pasta base, muchas veces se vuelve “incontrolable”: los inquieta, les agarra ansiedad, los martiriza. Una de las frases más frecuentes para describir el período de abstinencia es que “el cuerpo te pide consumir más y más y a costa de cualquier cosa”. Ante estas circunstancias, en ocasiones los propios usuarios son los que, como estrategia extrema piden que los “aten a las camas” para evitar escaparse a consumir, o como lo relataba Mónica, consumir otra sustancia para tranquilizarse y calmar la ansiedad.

Pero en la mayoría de los casos, las redes vinculares recurren al aislamiento “puertas adentro”, por lo tanto es muy habitual también, que se quieran escapar para seguir consumiendo.

Una vez no, millones de veces, lo encerré. Le pongo la reja y lo encierro. Pero están todo el día, toda la noche queriéndose escapar. Parecen gatos, ¿viste?, que salta y se van, se quieren escapar por cualquier rinconcito. Muchas veces se me escaparon por arriba del techo.

Yo llegué… a encerrarlo tres y cuatro días… Yo me iba a trabajar y él se quedaba sin llaves. Pero mirá la puerta y te vas a dar cuenta… Le pegaba a los vidrios, rompía los vidrios… La puerta la rompió él… Las cerraduras… porque quiere salir, quiere salir, se quiere ir… (Clara, madre de usuarios de pasta base/paco)

Si bien la utilización de estas estrategias de encierro, son categorizadas como modos de “cuidar” a los usuarios, como decía Clara,  no puede dejar de generarles “malestar” a los usuarios, de considerarlas como un “destrato”, y generar tensiones entre éstos y quienes implementan estas estrategias. Sumado a esto, este tipo de estrategias también requiere de tiempo y disponibilidad, y en poblaciones marginalizadas que, de acuerdo a las crónicas locales están compuestas en general por familias monoparentales, donde la madre es la única proveedora del hogar, encerrarlos “puertas adentro” en ocasiones implica tener que dejar de trabajar, dejar de generar recursos para vivir. Esta complejidad también se advierte cuando en ocasiones los propios familiares refieren “no saber cómo manejarse”. Así como se recurre al encierro “puertas adentro”, también el “destierro”, el “cerrar las puertas de la casa” y dejarlos afuera, se constituye en otra de las prácticas a la que refieren los familiares. “Soltarles la mano”, como suelen nominarlo, es uno de los recursos provenientes del saber “experto”, que es reapropiado por los familiares destinado a “movilizar” a los usuarios. Así lo relataba la madre de un usuario:

Yo considero que desterrándolo de la casa no era la solución, el padre decía que había que desterrarlo de la casa, no dejar que entre más pero yo decía que había que ayudarlo pero… ¿cómo ayudarlo? Porque no sabíamos cómo ayudarlo…

Este no saber cómo ayudarlo, da cuenta de la complejidad que asume tratar, intervenir en los casos de uso intensivo de drogas, más aun cuando involucra a los propios familiares. Sin embargo, y aun diciendo “no saber cómo ayudarlo”, quienes se constituyen en las redes de sostén, emplean como hemos visto, una multiplicidad de estrategias, de saberes y experiencias propias y de otros (familiares, vecinos, como así también de profesionales, referentes y legos), orientadas tanto a promover la salud, aliviar el dolor y el sufrimiento, como otras que generan otro tipo de malestares, angustias, desconciertos. Salvo algunas excepciones ninguna de estas prácticas tienen una relación “natural/directa” con el problema que aparentemente procura abordar, sino que muchas de ellas ya pertenecían al conjunto de prácticas utilizadas hace algunos años para resolver problemas con los jóvenes de estos barrios, que han sido adaptadas, redefinidas.

La internación, en cambio, que es otra de las prácticas que, a través del encierro y el aislamiento, buscan intervenir en esta problemática, se ha ido construyendo a través de distintos discursos –tanto legos como expertos- y normativas, como uno de los modos dominantes de tratar los usos intensivos de drogas.

3.3.3 “Internarlos”. El aislamiento terapéutico-institucional

Hay un chico que lo apuñalaron, lo balearon. Robaba en todas las casas de los vecinos. Pobrecito estaba hecho mierda… La madre cobra quinientos pesos por mes, se mata laburando. ¿Viste? Tiene dos chicos en consumo, y un chico enfermo psiquiátrico. Vive en un rancho que se le inunda, que le gotea, que no tiene canillas para lavar la ropa ni nada en su casa. Entonces el pibe ya no vivía con la madre, porque aparte tiene un hijo de nueve años. Bueno, esta mamá, lloraba tanto, la vi sufrir tanto por sus hijos que le digo: “bueno vamos a tratar de hacer algo” ¿Pero cómo? –me decía- si él no tiene voluntad de internarse… Ya habíamos tenido la protección de persona y todo pero no lográbamos internarlo porque se iba. El padre no lo quería recibir (en su casa) pero sí sabíamos que le había dado un auto, y él dormía en el auto. Así que ya sabíamos que estaba en el auto. Estaba en riesgo, entonces una desesperación…yo le digo: “Bueno, vamos, aprovechemos que sabemos donde está y llevemosló a la primera entrevista para internarlo!. Fuimos hasta allá, que encima de acá todo nos queda lejos, decí que el padre tenia auto. Estaba tan flaco, vos le veías los huesitos, las piernas flaquitas ¿Viste? Lo llevamos, lo subimos arriba por la escalera porque en el ascensor no se podía subir así que lo llevábamos ahí a upa, la madre y yo. Cuando lo ve el psiquiatra le preguntó: -“¿Cómo te llamás?” “¿En qué años estás?” “¿Qué año es este?” “¿Quién es el presidente?”. Claro el pibe estaba mal pobrecito, además tenía una puñalada, una infección, abría los ojitos y no registraba una y le dijo mal las fechas ¿Viste?, entonces (el psiquiatra) puso: “No colabora en nada”: que no quería hablar. Estábamos en el psiquiatra y ya nos patearon! Entonces yo como me conocen de todo lo que he ido, hablé con el médico clínico. Y me dijo: “Tiene que ir a un hospital público para que le den el alta de la infección porque la comunidad terapéutica no te lo quiere recibir con infección” Y bueno, estábamos desde la mañana y cuando llegamos al hospital ya era como las seis de la tarde, y el pibe con hambre y nosotros también y se escapó del hospital. Intentamos una segunda vuelta, no pudimos. Hasta que la tercera fue la vencida” (Violeta, referente barrial, madre de usuario de drogas)

El relato de Violeta junto a otras experiencias e historias que fui conociendo durante mi investigación, evidencian los encierros y aislamientos que operan transversalmente en la vida de estas poblaciones y otros encierros que vienen a suplir o a dar respuesta a aquellos. La vida de este joven que Violeta me describía con tanto detalle durante la entrevista, daba cuenta de una multiplicidad de factores –estructurales, vinculares, subjetivos, de salud, entre otros tantos- que les indicaba que su situación era una “situación de riesgo” que exigía “hacer algo ya”.

Las condiciones materiales de vida, sumado a los problemas de salud asociados y no asociados a su situación de consumo, delineaban un escenario signado por la fragilidad, vulnerabilidad y la restricción de los derechos más básicos –vivienda, salud, alimentación-, que de acuerdo al relato de Violeta podían resolverse, al menos temporariamente, por medio de una internación. Así, la internación de alguna manera daba respuesta a otros encierros generados no solo por el uso de drogas sino también por las condiciones de vida que este joven tenía producto de los procesos macro sociales, que afectan particularmente a poblaciones en contexto de marginalidad.

No era el único caso que había escuchado o conocido en el que se hacía de la internación uno de los modos de intervenir sobre esta variedad de problemas que incluía, pero excedía, el uso intensivo de drogas. Tampoco fue el único relato que daba cuenta de las dificultades asociadas al proceso de internación (ya sea por las barreras de accesibilidad a los centros de atención -“con la herida no lo podemos recibir en la CT”, “no colabora”, “tiene que ir a un hospital público”, o bien por no contar con recursos económicos o materiales para trasladarlo- o por otras tensiones que se generan en el proceso de internación). Con el devenir de mi investigación, estos relatos se fueron haciendo cada vez más frecuentes.

La internación de un usuario de drogas se lleva a cabo a través de diferentes vías. Además de tramitarla a través de la Obra Social –quienes tienen- o en forma particular –quienes pueden-, era muy habitual –hasta que se sancionó la Ley de Salud Mental- que se recurriera al Juzgado Civil para que mediante una denuncia civil por “protección de persona”[10], un tercero pudiese solicitar la internación de una persona usuaria de drogas. Si bien en teoría la “judicialización” –es decir, el uso de la herramienta judicial para acceder a la internación- se debía aplicar en los casos de “riesgo cierto” o “inminente”, en la práctica, hasta entonces, se había utilizado como “la” herramienta para intervenir (aun en los casos en que ya se encontraban internados y el riesgo estaba “controlado”[11]). De acuerdo a las perspectivas de los referentes barriales y los familiares de los usuarios que han recurrido a esta estrategia, al ser “poco probable” que sean los propios usuarios quienes pidan o presenten su consentimiento para hacer un tratamiento, y a falta de una política territorial y más “amigable” con esta población, recurrir a la denuncia por “protección de persona” solía ser la vía “más práctica” con que contaban para exigirle al Estado su intervención en esta problemática y para vehiculizar las internaciones cuando los usuarios se resistían a internarse. En este sentido, son frecuentes las referencias a utilizar esta herramienta para “acelerar la internación”, para que la “fuerza pública se encargue de ir a buscarlos” para internarlos, y para que “la presencia de un juez otorgue legitimidad a sus demandas y opere como límite externo”. No obstante, a través de la “judicialización” solo se vehiculizaba la internación de las personas con consumo problemático de drogas. Es decir, se la utilizaba como una herramienta para que el Estado opere como “garante” de la internación. Sin embargo, los tratamientos quedaban, en general, en manos de instituciones conveniadas con el Estado, pero con un muy escaso y deficiente control y seguimiento por parte de este último.

A partir de la nueva Ley de Salud Mental (26.657) esta estrategia se vio modificada, ya que determinadas exigencias establecidas en la Ley (exigencias que otorgan un marco de “legitimidad” a la internación, a través por ejemplo de la necesidad de contar con certificados de diferentes profesionales que justifiquen dicha internación) han dificultado / establecido barreras para tramitar la rápida internación.

De acuerdo a las perspectivas de los propios actores sociales esta modificación por un lado si bien pudo haber limitado la posibilidad de tramitar internaciones “injustificadas”, al mismo tiempo ha obstaculizado, según estas perspectivas el acceso a internaciones que sí se manifestaban como “necesarias”.

Una de las razones de ello, la fundamentan en el hecho de que de acuerdo a la legislación actual, para poder internar a una persona, dicha persona tuvo que haber sido atendida por diversos profesionales. Esta condición, de acuerdo a los relatos de quienes habitualmente gestionaban las internaciones, era percibida como una condición “imposible” de cumplir en los casos de uso intensivo de drogas. Así lo advertía Rosa, “¿cómo hacés que una persona que consume drogas y se niega a hacer tratamiento –ni decirte a internarse- acceda a no uno, sino varios turnos programados con distintos profesionales?. Imposible”. De acuerdo a la perspectiva de los propios actores sociales la condición de certificar la internación por medio de diferentes profesionales se contradecía con las posibilidades reales que ellos veían de acceder a dicha certificación. Es decir, los modos de cumplir dicha condición, es decir acceder a estos profesionales (y a los certificados exigidos para la internación) se había constituido según los diferentes relatos en un obstáculo, una barrera, que terminaba dificultando el acceso al sistema de salud de la población más afectada.

A pesar de las dificultades vinculadas al proceso de internación –que serán analizadas con mayor detalle en otros capítulos- “internar” a los jóvenes –y no tan jóvenes- sobre todo antes de la sanción de la Ley de Salud Mental, se había vuelto uno de los modos hegemónicos de tratar los usos intensivos de drogas en estos –y otros- contextos. Y había una razón para ello.

A partir de la década del ´90 y junto al abrupto crecimiento de la cantidad de CTs disponibles en el país, la internación por consumo intensivo de drogas emergió y se generalizó como demanda y expectativa de los familiares frente a la necesidad de que algún saber experto pudiese atender su padecimiento. Esta demanda se da, aun cuando las estrategias de institucionalización –es decir, de internación prolongada- suelen ser cuestionadas por los familiares y usuarios con vastas experiencias de consumo e internación. Estos cuestionamientos responden en general a las barreras de acceso a los centros de  tratamiento, al tipo de reglas y malos tratos a los que son sometidos los usuarios en algunos centros de tratamiento, pero por sobre todo al cuestionamiento de su efectividad respecto a la resolución de los problemas asociados al uso de drogas debido a la frecuencia de las “recaídas” post tratamiento. Aun así, el recurso a la internación sigue siendo uno de los recursos más habituales. 

¿A qué se debe entonces que la internación continúe siendo una de las “estrategias dominantes” para resolver los problemas relacionados directa o indirectamente con el consumo de drogas?

Por un lado, desde hace décadas y de la mano de las consecuentes legislaciones que han prohibido la tenencia de drogas para consumo personal en Argentina, como se ha desarrollado en el capítulo 1, se ha ido construyendo una asociación casi indisoluble entre consumo de drogas-delito-internación. A partir de entonces, el montaje del dispositivo policial-judicial-sanitario (Epele, M., 2010) que se instaló en el país e hizo anclaje en los barrios más vulnerables, junto a la proliferación de servicios estatales de atención terapéutica, organizaciones no gubernamentales para la tratamiento de las “adicciones”, clínicas privadas, y un sistema de subvención estatal de becas para el tratamiento hicieron de la abstinencia, el encierro y la internación los modos habituales de tratar el consumo de drogas. Tal como refiere Epele (2010) en la dinámica de funcionamiento de este dispositivo, los tratamientos de rehabilitación se transformaron en componentes de un engranaje que producía jóvenes “pobres, adictos, institucionalizados”, que excede a la internación, y que se vincula con la extensión rápida del consumo, el crecimiento de las economías ilegales de anclaje local, el encierro territorial y las diferentes estrategias que los convierten en objeto de su accionar.

Por otro lado, y a pesar de la emergencia de posiciones críticas respecto a las internaciones prolongadas, y a la difusión e instalación de programas de asistencia alternativos en los barrios (como los programas de Reducción de Daño, los tratamientos ambulatorios, los abordajes comunitarios, entre otros), en ciertos contextos y sobre todo a partir de la expansión del uso de la Pasta Base/paco, la internación seguía visibilizándose como una de las pocas alternativas para estas poblaciones. En uno de los encuentros que mantuve en un comedor del barrio, las referentes barriales y familiares de usuarios de drogas, coincidían en que en la mayoría de los casos, en contextos de marginación como los de ese barrio, la estrategia de la internación para afrontar los padecimientos asociados a los usos de drogas que acontecían en la vida cotidiana del barrio, era indiscutido:

Porque hay quienes piensan que no les hace bien la internación. Pero ellos no viven lo que vivimos nosotras. ¿Vos viste lo que contaba Rosa? Como le roban. Ella es una mujer que trabaja, tiene un sueldo, vende sanguches de milanesa. Ella también cartonea, o va y vende empanadas, a las dos o tres de la mañana lo llevaba al hijo, duerme cuatro o cinco horas, ¿entendés cómo es todo? Y uno hace todo esto porque son los hijos. Son el ser que uno más quiere en la vida. Pero una ya no sabe qué hacer con ellos. Se violentan, y no los podes controlar. Y que te digan: “Es para terapia de día, tiene que ir al hospital de día” ¡Si no tienen voluntad de respirar! ¿A vos te parece? ¿Cómo los convencés? Son personas, ya chicos grandes. No tienen cinco o seis años que vos los metés en un coche… Todo esto que aguantamos las madres. Todo el mundo se lava las manos con esto. Pero bueno hay algunos que les sirve (la internación/el tratamiento) y a otros no. Porque como te digo, cada chico es un mundo. (Beatriz, referente barrial y madre de usuario de drogas)

El relato de Beatriz se enmarcaba en un contexto particular. Por un lado se había promulgado la Ley Nacional de Salud Mental Nro 26.657, que privilegia caminos alternativos a la internación, reservando ésta únicamente a aquellos casos en los que “no haya otra alternativa menos restrictiva de la libertad que pueda ser utilizada”. Por otro lado, se había difundido un documento elaborado por una comisión interdisciplinaria de expertos en adicciones en el que también, desde una perspectiva crítica, se establecía criterios de atención a los usuarios de drogas. En este documento, se enfatizaba en la necesidad de promover tratamientos ambulatorios, centros de día y alternativas de medio camino, y se sugería la internación sólo en los casos cuyos pacientes se encontraran en “estado de crisis” y/o en aquellos que “atento el estado de salud y severidad de consumo que presentaran, todo intento de tratamiento ambulatorio pudiera o hubiese resultado infructuoso” (Guía de orientación a la magistratura para la adecuada atención de personas consumidoras de sustancias psicoactivas, 2010:20). Estos intentos de poner coto a las internaciones compulsivas y de comenzar a visibilizar otras estrategias de atención en los casos de uso de drogas que contrarestaran la naturalización de las internaciones como la única alternativa posible, si bien pueden ser efectivos en otros contextos, no se correspondía, de acuerdo a lo que percibían las/os entrevistados como Beatriz, con lo que sucedía en barrios de extrema marginación y vulnerabilidad donde se había incrementado críticamente el uso de sustancias, sobre todo de Pasta Base/paco.

A pesar de que en el barrio se había implementado desde el centro de salud local (“la salita”) un dispositivo que apuntaba a generar un abordaje más comunitario y territorial en materia de uso intensivo de drogas, (por ejemplo a través de las constantes visitas a las casas de usuarios manteniendo charlas con los familiares y los propios usuarios; recorriendo los pasillos; haciendo seguimiento de las trayectorias de consumo; ofreciendo charlas a grupos de usuarios; ofreciendo terapia ambulatoria, etc.) la demanda de internaciones no cedía, y hasta incluso se había incrementado. Aquel dispositivo de alguna manera permitía hacer de vínculo con el sistema de salud público de mayor complejidad, daba información sobre prevención de enfermedades vinculadas a los usos de drogas, hacía de “sostén” en la etapa de “reinserción” cuando los usuarios volvían al barrio luego de haber estado internados, como así también hacían la admisión y derivación a centros de tratamiento con modalidad de internación para aquellos usuarios de drogas o familiares que así lo demandaban, o para quienes los profesionales mismos consideraban que debían internarse –previo consentimiento de aquellos-.

Sin embargo, la amplia mayoría de derivaciones para internación se tramitaban a través de una organización de madres cuyo objetivo fundante rondaba en “luchar contra las drogas”. Esta lucha comprendía distintas acciones como “acompañarse unas a otras”, “brindarse ayuda”, “escucharse”, pero también “exigir al Estado su cuota de responsabilización” por la situación en la que se vieron sumergidos en los barrios a partir del incremento del uso de drogas y la falta de contención y atención a esta demanda.

El pedido de internación de los jóvenes del barrio, fue uno de los reclamos que quedó asociado a las organizaciones de madres desde la primera aparición pública de una madre en el 2003. Cuando aún se desconocía el crecimiento del microtráfico de la pasta base o “paco” en los barrios y la desesperación por la que atravesaban las madres por las situaciones en las que veían inmerso a estos jóvenes, una madre en su empeño por lograr respaldo para la internación de su hijo de 17 años, comenzó a visibilizar en la agenda pública un problema que se manifestaba dramáticamente en los barrios.

Tal como relataban tanto Beatriz como Violeta, así como evidentemente sucedía en otros lugares, la situación en el barrio se había vuelto tan hostil que en la mayoría de los casos, según el criterio de las propias madres “sólo la internación podía dar respuesta”. Pero mientras en los barrios crecía la demanda de cupos de internación, no era una tarea sencilla acceder a los tratamientos. Así fue que una de los “logros” descriptos por los distintos colectivos de madres fue precisamente poder “aceitar” el engranaje de acceso a los tratamientos:

– ¿Y cómo funciona todo este tema del grupo de madres?

Mirá, por ejemplo acá se abrió una red, ¿no?, una red donde llaman por teléfono, ¿me entendés? Donde nos piden ayuda, a veces nos piden un consejo, ofrecemos cursos, buscamos cita para que vayan los chicos que quieren…para derivación, para… internación…Internamos chicos también. Tenemos internados más de veinte chicos, un poco más creo. Tenemos una base de datos a dónde fueron derivados, todo…

Acudir al grupo de madres para hacer frente a los problemas con los que se enfrentaban en el barrio, es un recurso que se refleja fielmente en las entrevistas. Es muy frecuente la referencia a recurrir a estos grupos tanto en su función de “sostén emocional” como de recurso a la hora de querer internar a un joven del barrio. A partir de experiencias acumuladas de gestionar internaciones de sus propios familiares u otros jóvenes del barrio y de compartir y poner a disposición esas experiencias y recursos, estos grupos de madre lograron, aun con ciertas dificultades, “vehiculizar” los pedidos de internación.  De esta manera, la fluidez para conseguir cupos en los centros de tratamiento se constituyó entonces en otro de los procesos que hicieron que las internaciones, continuara siendo una de las estrategias más recurrentes a la hora de enfrentar los padecimientos asociados directa o indirectamente por el consumo intensivo de drogas en estas poblaciones.

Cuando se indaga acerca de los motivos que llevaron a la decisión de pedir ser internado o de tramitar la internación para un familiar o conocido, las respuestas en general son descriptas en términos de encontrarse ante una “situación límite”. Las situaciones límites son consideradas por los propios actores como aquellos momentos en las trayectorias de consumo que dan la pauta que se “ha perdido el control”, que de no “hacer algo” la situación actual en el mejor de los casos seguirá igual o empeorará. Si bien la percepción de una situación límite es subjetiva, es decir puede o no ser efectivamente una situación límite, los propios actores a la hora de recurrir a la internación perciben dicha situación como tal. Por el mismo hecho de ser subjetivas, son descriptas dentro de esta categoría distintas situaciones que dan cuenta no sólo de episodios de mayor o menor “gravedad” sino también de desconcierto, angustia, fragilidad, desesperanza.

En general, el recurso a la internación, procede a una serie de estrategias previas tanto en el ámbito doméstico –algunas de las cuales ya se han descripto- como en el ámbito público, a través del paso por diversos centros de salud –realizando tratamientos ambulatorios, participando de grupos, etc.- destinadas a regular y/o detener el consumo de drogas y los padecimientos asociados a éste.

Como se ha venido sosteniendo, el recurso al aislamiento terapéutico-institucional hace décadas ha sido instalado como la modalidad más estratégica para “resolver” el estado de estas situaciones más allá de que para ciertos patrones de consumo otra modalidad que no requiera el encierro también pudiera ser contemplada. De acuerdo a las crónicas locales, percibir una situación como “límite” hace suponer que una modalidad de tratamiento ambulatorio no podrá tener el mismo impacto: “no lo pueden sostener”, “no tienen voluntad”. La particularidad de los dispositivos de internación en cambio, reside precisamente en que permite conjugar en un mismo dispositivo dos cuestiones que son consideradas fundamentales por los propios actores a la hora de tratar determinados padecimientos y tipos de consumo: una de ellas es el “aislamiento” y la otra es la “terapéutica”. Mientras que a través del aislamiento –es decir, estar aislado del barrio, de las “juntas”, “de las sustancias” y en algunos casos bajo condiciones de encierro prolongado- se busca poner un “paño frío” sobre las situaciones y los padecimientos generados directa o indirectamente por el consumo, al mismo tiempo que “retener” a los usuarios y “aislarlos de su contexto”, a través de la “terapéutica” se busca tratar, contener, y en términos locales y de ciertos saberes expertos “curar” la “enfermedad” de base.

En los relatos, lo que en primera instancia se espera de los tratamientos con modalidad residencial es la capacidad de retener, contener y “facilitar” la continuidad de un tratamiento, de ahí que en general y sobre todo en los casos en los que se interna sin consentimiento del usuario, se recurra a una institución a “puertas cerradas”.

Estamos luchando para que haya lugares cerrados por lo menos para la primera etapa. La primera etapa que sería la desintoxicación, la abstinencia. Porque hasta ahora en general por los primeros dos meses te lo mandan a un neuropsiquiátrico, después de ahí lo evalúan y te lo devuelven a vos empastillado, o con suerte te lo derivan a una comunidad terapéutica, pero generalmente abierta, que por ahí el pibe termina escapándose y no termina el tratamiento (Violeta, referente barrial y madre de usuario de drogas).

En general los chicos no se quieren internar por eso se necesita primero la internación y después que pase a comunidad abierta y ambulatorio pero antes de ambulatorio por lo menos 6 meses de internación. Un adicto en potencia no se rehabilita con ambulatorio porque ellos no tienen conciencia de enfermedad, ellos no hacen el tratamiento o no les parece, hacen el tratamiento de forma parcial y hay que ponerles nuevas normas, patrones, volverlos a encaminar, pierden todo lo que es el patrón de la vida entonces tienen que volver a empezar de nuevo como un chico, empezar a respetar, a quererse a ellos mismos, reubicarlos de nuevo. (Marta, madre de usuario)

 

Tal como relata Marta, a través de la internación se busca aislar a los usuarios de su contexto de consumo y “reubicarlos de nuevo” en un contexto en el que se aprendan nuevos patrones de vida. Como se profundizará en los capítulos siguientes, el control, la disciplina y la normalización en términos foucoultianos se constituyen en los ejes de abordaje de la mayoría de los centros de rehabilitación, en especial de las CTs.

No obstante, si bien en principio el aislamiento terapéutico institucional se constituye en una estrategia para tratar los padecimientos del propio usuario de drogas, en los relatos, surge con frecuencia la sensación de “alivio” y “esperanza” que este recurso genera en las propias redes vinculares. Esto sucede a pesar del cuestionamiento de su “efectividad” respecto a la resolución de los problemas asociados al uso de drogas debido a la frecuencia de las “recaídas” post tratamiento. Esta sensación de “alivio” y “esperanza”, está asociado sobre todo en la necesidad de poder delegar, transferir o mejor compartir el cuidado con un tercero que “sabe”. También el alivio, se relaciona con la prolongación de la vida de los usuarios al postergar, disminuir las amenazas que afectan a los mismos en los contextos locales. De esta manera, liberar tensiones y aliviar los padecimientos de las redes vinculares también motivan indirectamente el recurso a las internaciones.

No hay una receta única…no es lo único que se puede hacer… pero, digamos que es una de las mejores cosas que se puede hacer porque sabés que ahí adentro está contenido, están los terapeutas, las psicólogas, psiquiatras

No sé si sirven las internaciones, eso también depende de ellos mismos. Pero eso sí, te ayuda un poco más a uno mismo en la familia, quedás un poco más tranquilo, también le sirve a uno como familiar.

En el caso de los usuarios, como decíamos el “pedido de ayuda”, también está asociado a la percepción de haber llegado a una “situación límite”, de “haber tocado fondo”. En el relato de los usuarios se deja entrever cómo este pedido de ayuda se desencadena a partir de la articulación de ciertas condiciones subjetivas que le dan la pauta de que “así no pueden seguir”:

Cuando sentía que había perdido todo de vuelta, cuando sentía que había perdido la confianza de mis viejos, cuando vendía las cosas de vuelta… y me sacaba las zapatillas y las vendía y me quedaba en ojotas. ¿Entendés? Que me quedaba solo… que eran las diez de la mañana y yo estaba solo en la plaza. Eso era lo que a mí me hacía sentir… que tenía que pedir ayuda” (Gastón, usuario de drogas)

 

Había meses que yo no vivía en mi casa, vivía en la calle, vivía en cualquier lado… Y llegó un día que llegué tan hecho mierda a mi casa, todo roto… No tenía  ropa o tenía ropa, pero toda sucia,… y… de repente, nada, llegué a mi casa, me bañé, todo… y hablé con mi mamá, y le pedí ayuda… llegó un momento que le pedí ayuda. Esa fue la primera vez que me interné” (Mariano, usuario de drogas) 

 

Junto a esa sensación de desasosiego que describen Mariano y Gastón, se destacan otras situaciones que también surgen en los relatos de usuarios como las que con mayor frecuencia desencadenan el pedido de ayuda[12]. Entre ellas podemos resaltar las siguientes: el desencadenamiento de algún problema de salud asociado al consumo de sustancias (tuberculosis, hepatitis, neumonía, etc.); el notorio deterioro físico (verse muy flaco; ampollados; con quemaduras en los labios; encorvados); la nostalgia por recuperar vínculos (con hijos, parejas, padres, hermanos, etc.), hábitos y formas de vida que tenían cuando no consumían; la creciente persecución policial y/o los problemas con la ley, etc. Como decíamos estos “pedidos de ayuda”, mayormente se traducen en la búsqueda de un tratamiento que contemple la internación. Cuando son los propios usuarios los que demandan el tratamiento, en general ellos mismos piden que sea residencial, para poder “sostenerlo”. A pesar de que la extensa mayoría de los jóvenes entrevistados tenían largas trayectorias institucionales, que se traducen en años de institucionalización, la demanda de internación en “situaciones límites” sigue predominando. Si bien este punto será analizado con mayor profundidad en otro capítulo, es necesario señalar cómo la falta de otros recursos, sumado a la fragilidad y hasta carencia de capital social, cultural y económico, la precariedad de perspectivas a futuro y la dinámica propia de las políticas y su apropiación en estos contextos, entre otros tantos factores, somete a determinada población a ciertos circuitos institucionales cuasi ineludibles.

 

Resumiendo, “encerrar” a los jóvenes en sus casas, o “sacarlos del barrio”, son estrategias que, si bien en este contexto son utilizadas por las redes vinculares para intervenir –frenando y/o regulando- en el consumo intensivo de droga de los usuarios, eran estrategias que ya formaban parte del conjunto de prácticas utilizadas localmente para resolver problemas de otros ordenes sociales vinculados a estos jóvenes en estos barrios –problemas con la policía, conflictos interpersonales con otros jóvenes del barrio, problemas vinculado con delitos intrabarriales, etc.-, y que en estos contextos fueron reutilizadas, modificadas, adaptadas a este tipo de problemática. La internación, en cambio, es una estrategia, vinculada históricamente a resolver problemas de salud. Sin embargo en estos contextos, como las crónicas locales lo han demostrado, a través de la internación se busca no sólo “tratar” terapéuticamente el problema del consumo a través de tratamientos expertos, sino que también a través del encierro y del aislamiento (que mantiene alejados a los jóvenes del “contexto de consumo” –sustancias, “juntas”, vínculos conflictivos, etc.-) “resuelve” otros problemas asociados (o no) al consumo (“resguardarse” de situaciones conflictivas con vecinos o compañeros de consumo, de la policía, poner un “paño frío” a las situaciones familiares, etc.). Esto, sumado a ciertas normativas y discursos expertos han instalado a esta estrategia como una de los modos predominantes de tratar los usos intensivos de drogas.

La heterogeneidad de estas prácticas da cuenta de los distintos saberes que intervienen en su formación. Como decíamos mientras algunas prácticas provienen de los saberes tradicionales de cuidado de estas poblaciones adaptadas a estos “nuevos” problemas, otras en cambio, prestan similitudes con prácticas, saberes y modos de tratar adoptados por diversos organismos de los que han sido –y son- objeto estas poblaciones –institutos de menores, comisarías, organismos judiciales y terapéuticos, entre otros.-. La normalización y reapropiación de algunas de estas prácticas y técnicas de encierro y aislamiento por parte de estas poblaciones da cuenta de la manera en que los macro procesos políticos, económicos e institucionales –como la criminalización, marginalización, institucionalización y puniciones sociales y terapéuticas- se traducen en microdinámicas sociales y locales; al mismo tiempo que, sin minimizar la complejidad que el cuidado de otros asume en una práctica como el uso intensivo de drogas, reclama el cuestionamiento de los modos de tratar a esta población en estos contextos –en ciertos casos con diversas formas de malos tratos como la culpabilización, responsabilización, encierros y castigos punitivos, etc. con sus correspondientes efectos e impactos en los procesos de producción de subjetividad de los usuarios.


  1. Una versión de este capítulo fue publicado en el libro “Tecnologías y técnicas en Investigaciones socio-antropológicas de la salud”, compiladora Romina Del Monaco; María Epele. Editorial CIES EDITORA.
  2. Por entonces, los dos programas que tenían algún tipo de incidencia en la población de estos contextos era la Asignación Universal por Hijo (AUH) y el Programa “Ingreso Social con Trabajo” (también llamado Argentina Trabaja). El primero, que entró en vigencia en 2009, es un seguro social que otorga a personas desocupadas, que trabajan en el mercado informal o que ganan menos del salario mínimo, vital y móvil representa un beneficio por cada hijo menor de 18 años o hijo discapacitado. A partir de mayo de 2011, las prestaciones se complementaron con el lanzamiento de la «asignación universal por embarazo (AUE) para protección social». El alcance de esta política fue importante: en cuatro años, más de 3,5 millones de niños y adolescentes se encontraban cubiertos por esa asignación. El segundo plan, que también entró en vigencia en 2009 implicaba el cobro de un ingreso mensual por persona por tareas en obras y mantenimiento del espacio público. Estaba dirigido a personas desocupadas que no percibían ningún tipo de subsidio social, excepto la asignación universal por hijo. Si bien el objetivo inicial y cuantitativo del programa, en cuanto a la creación de puestos de trabajo se cumplió, el programa cualitativamente no satisfacía, ya que, no se había logrado que los beneficiarios salieran de la informalidad para entrar al mercado formal.
  3. De acuerdo al último estudio del Observatorio Argentino de Drogas (OAD-SEDRONAR, 2010) “la mayor parte de los pacientes están en tratamiento en centros especializados (un 42,8%) y en comunidades terapéuticas (un 33,8%)”.
  4. Si bien existen usuarios con “patología dual” es decir usuarios que, de acuerdo a los/las psiquiatras además de su afección por el consumo intensivo de drogas presentan trastornos psiquiátricos, el paso por las instituciones psiquiátricas excede extensamente a esta población, y como decíamos responde a otro criterio.
  5. Si bien en los últimos años, como se ha anticipado tanto en la introducción como en el capítulo 1, paralelamente a la sanción de la Ley de Salud Mental 26657 se iniciaron modificaciones y propuestas tendientes a la construcción de políticas territoriales y a reducir las demandas de internación –que aun, de acuerdo a las estimaciones estadísticas siguen siendo elevadas- podría pensarse si esas políticas de base territorial (los dispositivos asistenciales en los barrios por ejemplo) no serían consecuencia de esos encierros territoriales y a la vez no terminarían reproduciéndolos.
  6. Se hace referencia a las “madres”, porque habitualmente son quienes cumplen esta función con sus hijos/as, pero también se ha advertido situaciones análogas respecto a sus parejas, hermanos/as, o al revés, de éstos hacia ellas.
  7. En términos locales, el rescate refiere a las prácticas informales llevadas a cabo por las redes vinculares y por los propios usuarios para regular y/o frenar el consumo intensivo de drogas cuando el mismo se vuelve un componente básico de la vida cotidiana.
  8. Las “ranchadas” son los lugares en donde se juntan los usuarios a consumir. Suelen estar días y hasta semanas reunidos en una casa abandonada, una esquina, un pasillo, consumiendo.
  9. La figura de los curas, en los barrios suele ser clave. Además de su función ligada estrictamente a lo religioso (dar la misa, atender la capilla, etc.), en general ofician de muchas otras cuestiones ligadas a las problemáticas sociales de cada barrio. A partir del aumento de venta y consumo de drogas en los barrios, y de su posterior construcción como una de las problemática más acuciantes y urgentes de encauzar, la figura de los curas en los barrios más marginalizados (sobre todo de los llamados “curas villeros”) tomó relevancia. Uno de los curas que devino en emblema de la lucha contra las drogas en estos barrios fue el “padre Pepe”, quien a raíz de sus intervenciones en la villa 21 (Barracas, Buenos Aires) y tras difundir un documento para denunciar a los narcotraficantes que “inundaron las villas con el paco”, debió autoexiliarse por amenazas de muerte. Actualmente retomó sus funciones en la Capilla de Nuestra Señora del Milagro, en Villa La Cárcova, Municipio de San Martín y dirige un centro de rehabilitación barrial.
  10. Por entonces, el artículo 482 del Código Civil. A partir de la Ley de Salud Mental, este artículo fue modificado, limitándose la posibilidad de “judicializar” las internaciones, como se desarrollará a continuación.
  11. En estos casos, desde algunos centros de tratamiento se “sugería” a los familiares, hacer la denuncia a posteriori, es decir una vez internados, para contar con un antecedente legal y enmarcar los tratamientos en esos términos.
  12. Sin embargo, así como en algunos usuarios estas situaciones desencadenan el pedido de ayuda, o en términos locales el “rescate”, en otros usuarios –o en los mismos usuarios, en otros momentos- estas mismas situaciones pueden desencadenar el efecto contrario: incrementar el ritmo de consumo.


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