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7 Entre una visión ética y una ontológica

Dos interrogaciones sobre la tecnología

Manuel Fontenla[1]

En el principio fue la Fuerza

y con ella el Lado Oscuro

Escribir sobre temas con los cuales uno no está familiarizado es un ejercicio complicado y peligroso. Por eso conviene empezar por compartir la motivación de estas líneas: apuntar algunas preguntas, dudas, sensaciones que pueden habitar en el común de la gente en tiempos de nuevas tecnologías. En todas nuestras conversaciones, hay un momento para la tecnología, para la red, para algún invento llamativo, para un vídeo viralizado, todas nuestras conversaciones terminan, comienzan o discurren por el tópico de qué series estamos viendo. Frente a esta abrupta inserción de la tecnología en nuestra cotidianidad, me propongo ensayar, escribir y compartir algunas preguntas “existenciales”, de fondo, que pueden habitar en los sentidos y prácticas rápidamente naturalizadas en nuestros modos sociales del siglo XXI.

Quisiera empezar señalando dos maneras de abordar la inmensa complejidad de aristas que tienen hoy las discusiones sobre la tecnología (en su sentido más amplio). Propongo dos preguntas para señalar dos caminos. La primera, ¿qué hacemos nosotros con la tecnología?, apunta al campo de temas como la tecnodependencia, el consumo, la alienación, la adicción a internet y muchos de los aspectos negativos que son señalados constantemente sobre cómo nos relacionamos específicamente con los celulares y las redes sociales. Una segunda pregunta, que, por supuesto, no está desvinculada, pero que lleva a otro tipo de movilizaciones conceptuales, sería: ¿qué hace la tecnología con nosotros? En este caso, la pregunta apunta a pensar cómo es que las tecnologías están constituyendo nuestra subjetividad e intersubjetividad, cómo permea nuestra afectividad y empatía respecto de las relaciones que habitamos, cómo y de qué maneras afecta nuestras capacidades intelectuales y de comprensión teórico-formal, y cómo impacta en nuestra memoria y en nuestras facultades de imaginación y creación.

Insisto en que ambas preguntas y campos problemáticos se encuentran íntimamente relacionados; no obstante, me interesa la distinción no solo porque enriquece el análisis, sino también porque me permite incluir en la reflexión tanto el fenómeno Black Mirror como también, como el reverso de una misma moneda, el excelente documental Lo and Behold: Reveries of the Connected World (2016), dirigido y producido por el consagrado y mítico Werner Herzog. Si bien ambas producciones atraviesan las dos preguntas, me parece que Black Mirror se focaliza más en la primera, mientras que Lo and Behold se vuelca más a la segunda.

Respecto de la primera pregunta, pareciera ser que la cuestión se dirime en una ética del uso que nos llevaría a profundizar la alienación o a buscar una interacción mesurada y responsable. Así lo plantea, por ejemplo, Esteban Ierardo en su libro Sociedad Pantalla:

La reflexión a través de la amenaza de la tecnociencia indicada por Black Mirror puede situarnos, sí, ante dos paradigmas de decisión respecto a nuestra relación con el uso de la tecnología en la vida cotidiana (con su uso, no con la cuestión de la naturaleza de lo técnico). Dos posiciones respecto al uso de los dispositivos técnicos. Por un lado, entregarnos al encierro dentro de las pantallas que se multiplican en reflejos electrónicos sin fin; laberintos de lumínicas pantallas sin salida a lo natural predigital como ocurre en “15 millones de méritos”; la hiperconexión y el consumo desaforado del mundo online. O, segunda opción, una relación mesurada y meditada con internet, las redes sociales o los teléfonos móviles. Solo desde la ética del uso no adictivo de los aparatos entramos y salimos de las pantallas, conservando cierta autonomía ante los medios digitales. Entrar y salir en el mundo digitalizado del hombre del siglo XXI (Ierardo, 2018: 150)

En este caso, la serie Black Mirror apuntaría a que los espectadores realicen algún tipo de reflexión sobre estas dos posibilidades, sobre estos dos horizontes. A través del efecto de la distopía y el terror, las situaciones, la estética, los personajes, la forma en que está narrada la serie, se buscaría generar algún impacto en la conciencia de los espectadores para poner de relieve este posible futuro de uso adictivo y tecnodependencia. Sobre las intenciones de la serie y el problema de la ética, se pueden encontrar numerosos estudios, críticas, reflexiones, etc. A mi juicio, lo interesante es poder correrse de un plano moral sobre los usos para darle lugar a la segunda pregunta que apunta la cuestión ontológica, a la cuestión sobre el tipo de humanidad que se está constituyendo en relación con la tecnología.

El mismo Ierardo, en Sociedad Pantalla, apunta a esta dirección:

Podemos temer que la tecnodependencia dentro de la sociedad pantalla derivara solo en situaciones de confusión, alienación, encierro y desorientación claustrofóbica a la manera de lo que emerge de la maldición Black Mirror. Pero detrás de la multiplicación de la sociedad pantalla, la mayor pregunta, de cara al futuro, es, tal vez, qué tipo de mente está construyendo la globalidad de la sociedad pantalla:

¿Una mente que pierde cada vez más una visión abarcadora de la realidad para quedar atrapada en la inmediatez de esperar recibir un nuevo me gusta, las últimas noticias, o de quedar succionado por pantallas como único lugar y tiempo de entretenimiento? O ¿una mente que aprende a ejercitar un punto medio aristotélico para entrar y salir del consumo de la información o del entretenimiento visual dentro de la sociedad pantalla total? (Ierardo, 2018: 154)

Esta pregunta, dirigida al tipo de mente que se construye en la relación, me parece también más productiva para ser enfocada desde una perspectiva pedagógica (algo fundamental para quienes nos desempeñamos como docentes). Ya que el desafío no es cómo enseñar en una época donde “los estudiantes ya no leen y están todo el día con las pantallas”, afirmación falsa y estigmatizadora, sino realizar el enorme esfuerzo que nos demanda la época histórica de preguntarnos cómo se aprende, se piensa y trabaja la mente con relación a las nuevas tecnologías, ¿son iguales los procesos de comprensión que se generan al leer un libro en papel, una fotocopia que al leer un PDF? ¿Qué tipo de aprendizaje y relaciones con el conocimiento permite cada una de estas tecnologías? Justamente, uno de los más valiosos testimonios que recoge Warner Herzog en su documental proviene de Leonard Kleinrock (pionero en la fundación de internet), quien nos advierte:

Lamento profundamente que el razonamiento analítico y el razonamiento imaginativo se hayan perdido. […] las computadoras y en cierto sentido internet son los peores enemigos del razonamiento analítico (crítico) profundo. La juventud de hoy está usando las máquinas para básicamente reemplazar su análisis de las cosas que están observando, no entienden qué están viendo o qué están escuchando, qué están aprendiendo. Dependen de internet para que les diga y lo descifre por ellos, miran números en vez de ideas, no logran comprender conceptos, y eso es un problema (Herzog, 2016).

Entre las reflexiones que suscita Black Mirror y lo que nos propone Lo and Behold, parece estar mediando justamente este problema, el internet (la tecnología en general) como una máquina que no entendemos y nos da soluciones o la tecnología como una herramienta para una reflexión crítica a partir de la cual seguir preguntándonos en busca de comprender los tiempos futuros-presentes.

En esta línea, podríamos tal vez ubicar otro tipo de reflexiones sobre la tecnología que en el cine y la literatura viene ocupando un lugar central desde hace décadas. La conciencia, por ejemplo, ha sido tema y obsesión del pensamiento desde tiempos inmemoriales, y la ciencia ficción, como visión-futuro de la tecnología, lo ha tomado en reiteradas oportunidades. Novelas como El hombre bicentenario, de Isaac Asimov (1976), películas como I.A (2001), La Isla (2005), Nunca me abandones (2005) –basada en la novela de Kazuo Ishiguro–, o, más recientemente, Ex Machina (2014) y Her (2013) son apenas un mínimo ejemplo de ello.

A través de todas ellas, se podría trazar una pregunta común, intempestiva, que en cada caso toma sus matices, pero que podríamos resumir de esta manera: ¿Cómo se ha imaginado y pensado la relación tecnología-conciencia-libertad? Una de las formas de este interrogante, que he podido constatar en mi limitada videoteca y no tan limitada biblioteca, ha tomado la forma de la pregunta por la conciencia de las máquinas. En torno a este problema, se traman historias y preguntas; ¿qué pasa con la libertad, con la conciencia de sí mismo, con el amor, con los sueños en robots, clones y humanoides? Si la conciencia nos define como humanos, ¿qué define a un clon?; ¿qué define a un robot? A mi juicio, en el imaginario cinematográfico y literario de nuestra época las respuestas a estos interrogantes han sido extremadamente humanas: una mera proyección de nuestras propias formas de comprensión del mundo y las relaciones sociales, puestas en otros biotipos, robots, androides, etc. En otras palabras, nuestro horizonte de imaginación no ha pasado la barrera de imaginar algo superior al sapiens-sapiens, a ese humano definido por la conciencia. En este punto es donde Black Mirror sí ha logrado un gran acierto. Si sobre el campo de las preguntas ontológicas-existenciales poco hemos avanzado, en el campo de la ética, el terror y la tecnodependencia, la serie de Netflix sí ha logrado saltar la barrera de la imaginación y mostrarnos un futuro distópico pero imaginable, abyecto pero posible, terrorífico pero a la vez tan familiar. En Lo and Behold encontramos un valioso intento por romper la barrera de la imaginación y habilitar otras preguntas respecto de cómo será la constitución de nuevas subjetividades y capacidades humanas en un futuro no tan lejano. No obstante, las preguntas siguen abiertas. ¿Podrá la cultura occidental, mayor productora de estos imaginarios futurísticos, romper con su antropocentrismo? ¿Puede la revolución tecnológica revolucionar nuestra más específica cualidad: la conciencia de nosotros mismos? Y si puede, ¿qué transformaciones operará la tecnología sobre nuestra conciencia? ¿El internet como realidad específica habitada por todos puede transformar nuestra percepción de nosotros mismos al punto de transformar nuestro entendimiento de la conciencia? ¿Con qué materiales podemos imaginar un ser humano cuya cualidad primordial no sea la conciencia de sí mismo? Parafraseando a Darwin y su célebre “La evolución es la adaptación al medioambiente”, si nuestro medioambiente es hoy más tecnológico que natural, ¿tendremos que pensar la evolución de la especie como adaptación al medio socio-tecnológico? La división naturaleza-cultura, ¿es replicable en términos de naturaleza-tecnología?

A su manera, el documental y la serie, sobre todo esta última, se focalizan en aspectos negativos que tendría la tecnología sobre nuestro comportamiento, es decir, se inscriben en la narrativa de una distopía. Pero, con una notable diferencia, en Black Mirror es la tecnología la que define, induce, determina, condiciona, sugestiona y orienta los comportamientos que, a medida que avanza cada capítulo, nos va mostrando una versión de terror de nosotros mismos. En el documental, en cambio, las perspectivas giran en torno a lo que los humanos podemos hacer o no para condicionar el futuro de la tecnología y su inserción en nuestra sociedad. Si bien, a su manera, cada una intenta interpelar al espectador a reflexionar sobre la tecnología, tal vez el espejo negro nos muestre solo un reflejo, posible o no, donde mirarnos, pero no una herramienta con la cual interrogarnos.

Otro aspecto, que ameritaría una discusión propia, pero que no quiero dejar de lado y por tanto mencionaré brevemente, refiere a la aceptación del imaginario social de la tecnología como un imaginario hegemónico de nuestra época. Y pienso principalmente en los aspectos materiales de ese imaginario, es decir, en la forma en que la accesibilidad material a internet, TV por cable, señal de telefonía móvil, etc., está distribuida geopolíticamente y estratificada socialmente en clases. No podemos dejar de lado que las realidades tecnológicas (materiales y simbólicas, pero sobre todo los materiales) de Estados Unidos/Europa (desde donde se producen y exportan estos contenidos) no están ni cerca de las posibilidades técnicas de países del segundo, tercer y cuarto mundo. Pero mucho más grave aún es dar por sentado, sin ninguna reflexión crítica, que los problemas y preocupaciones que organizan el “mundo Black Mirror” representan también las preocupaciones y problemas de otros países y sociedades fuera de Estados Unidos y Europa (es decir, caer en la vieja y consabida vocación universalista y etnocéntrica de la cultura occidental hegemónica de querer imponer hasta la agenda de problemáticas sociales). En la agenda latinoamericana, por ejemplo, los problemas sociales que demandan urgencia y mayor preocupación son el neoextractivismo, el capitalismo salvaje por desposesión territorial, la pobreza estructural, la violencia represiva del Estado, la pérdida de derechos humanos y la militarización extranjera de zonas estratégicas de recursos naturales, para mencionar algunos. Por supuesto que la tecnología atraviesa todos y cada uno de esos problemas, pero, sin embargo, no debemos perder de vista que ellos se inscriben en otra dimensión que la que hemos señalado en estas reflexiones. Es decir, a las preguntas “¿Qué hacemos con la tecnología?” y “¿Qué hace la tecnología con nosotros?”, es fundamental sumar estas otras: ¿quién detenta el poder simbólico y material de la tecnología?; ¿cómo se distribuye el acceso y la producción tecnológica?; ¿vivimos épocas de descentralización o centralización y monopolio de los recursos técnicos?; ¿cómo se ven afectados los regímenes políticos en relación con las capacidades técnicas de los grandes medios de comunicación? Esta lista de preguntas podría ampliarse extensamente. Basta señalar la importancia que tiene esta dimensión para el conjunto de las reflexiones sobre los imaginarios sociales y la tecnología. En esta dirección se inscribe el trabajo “El imaginario social del control mediático y tecnológico: la distópica Black Mirror” de Javier Barraycoa Martínez. Este autor señala un punto interesante sobre los imaginarios:

Siguiendo a Ledrut, podemos descubrir otra perspectiva de lo imaginario: su posibilidad de hacerse real. Es decir, el imaginario, en cuanto una dimensión utópica que posteriormente analizaremos, puede realizarse en algún momento si las condiciones sociales lo favorecen: “¡Ni lo real ni lo imaginario tienen estatuto estable y definitivo! […] son movientes y transitorios. Lo que es real puede en el momento […] siguiente volverse imaginario. Recíprocamente, lo imaginario puede convertirse en real, puede realizarse. Todo se realiza o se desrealiza, según las condiciones y el momento, según el Tiempo” (Ledrut, 1987). Debemos plantearnos en qué medida el imaginario se comporta como la “profecía que se cumple a sí misma” (Barraycoa Martínez, 2012: 4)

Si lo real y lo imaginario pueden, sobre todo en estos tiempos de velocidades históricas aceleradas, convertirse uno en otro, es de fundamental importancia poder tener herramientas críticas para analizar tanto lo real como lo imaginario. Es por eso por lo que al imaginario Black Mirror es importante complementarlo con el imaginario Lo and Behold, y atravesar ambos por una perspectiva que puede dar cuenta de las distintas dimensiones del problema, las éticas, las ontológicas, las de la subjetividad, las geopolíticas, las socioeconómicas, etc.

Finalmente, traigo una reflexión proveniente de otro campo, pero que suma para lo esencial de estas líneas, que ha sido abrir preguntas más que dar respuestas. El intelectual indígena Fausto Reinaga, en su maravilloso texto “El pensamiento amáutico” de 1981, explicaba cómo la historia de la Biblia, de Occidente y de su filosofía, es la historia “del miedo terrible de Dios a la ciencia”. “No comerás el fruto del árbol de la ciencia”, he ahí el mayor pecado, el pecado original. El concepto de culpa y castigo, todo el “orden moral”, fue inventado para combatir la ciencia, para combatir la emancipación de los hombres del sacerdote. Toda la cultura de Occidente se nutre de estas bases, incluso en Einstein hay lugar para el orden de Dios: “Dios no juega a los dados con el universo”, eternizó el científico. Pero ni Einstein ni Reinaga vivieron lo suficiente para ver este extraño momento donde la tecnología ha devenido Dios, y, por tanto, no podrían preguntarse (aunque nosotros sí) si la tecnología puede convertirse en esa historia, en ese discurso, en esa forma de vida contra la emancipación del hombre.

Conciencia e inteligencia artificial, ciencia y Dios, emancipadores y religiones, culpas y castigos, likes y selfies, nuevos órdenes sociales se construyen a velocidades donde queda poco lugar para hacernos preguntas importantes. Será tarea para los lectores seguir reescribiendo estas preguntas para, entre la oscuridad y la contemplación, atinar a descifrar cómo afecta el futuro que imaginamos al presente que habitamos.

Bibliografía

Barraycoa Martínez, J. (2012). “El imaginario social del control mediático y tecnológico: la distópica Black Mirror”. Actas – IV Congreso Internacional Latina de Comunicación Social. Disponible en https://bit.ly/2hr03lE.

Ierardo, E. (2018). Sociedad Pantalla. Black Mirror y la tecnodependencia. Ediciones Continente: Buenos Aires.


  1. Licenciado en Filosofía. Profesor adjunto de la cátedra de pensamiento indígena y latinoamericano. Departamento de Filosofía. Facultad de Humanidades. UNCA.


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