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5 “El momento de Waldo”
y la filosofía política

Adriana Constanza Vera Díaz[1]

El hombre a lo largo de la historia ha demostrado una gran capacidad de adaptación a cualquiera de los ambientes en los que se desenvuelve, gracias a la ayuda de mecanismos que contribuyen a generar un “cierto estado de justicia”; uno de dichos mecanismos es lo que conocemos como política, la cual permite un orden donde impartir leyes, para lograr así satisfacer las necesidades e intereses y lograr un desarrollo social. Por ende, la democracia como sistema político prevalece ante los demás, pues permite la participación de todos los individuos de una comunidad, ya sea por medio del referendo, iniciativa popular, plebiscito, consulta popular, entre otros, pese a que hay quienes consideren como una idea reprochable que las decisiones se dejen a las masas, tal como lo señaló Platón en su momento. Sin embargo, con el paso de los años y la llegada de las nuevas tecnologías de la información, han quedado al descubierto varias problemáticas que distan de resolverse; lo anterior lo podemos evidenciar en el capítulo tercero de la segunda temporada de la serie Black Mirror, titulado “El momento de Waldo” (“The Waldo Moment”). Por tanto, en el presente escrito se plantea un análisis del capítulo antes mencionado desde la mirada de la filosofía política para, de esta manera, rastrear el efecto de las tecnologías en las transformaciones de la experiencia humana.

Si bien es cierto que un buen número de sociedades del pasado se regían bajo mecanismos no liberales, donde imperaba la censura y la represión –no muy lejos de la realidad en algunas comunidades de hoy en día–­, gran parte de la historia política, bajo la mirada de los académicos, ha sido entendida en dos sentidos, es decir, como un ejercicio de libertad, por un lado, y, por el otro, como un ejercicio de violencia; de este modo, “si entendemos por política todo aquello necesario para la convivencia de los hombres y para posibilitarles –como individuos o comunidad­– una libertad más allá de lo político y necesario” (Arendt, 2016: 85), se convierte la libertad misma en una finalidad, lo que lleva a creer que está por fuera del quehacer político, y se convierte, a su vez, a la violencia en el sentido que permite la búsqueda de un fin, por ejemplo, la anhelada paz; de ahí que la organización política pretenda ser una organización efectiva, aunque en determinados espacios se convierta en un caos absoluto, ya sea por las subjetividades de la clase política, la desigualdad de condiciones económicas, sociales, académicas, u otras razones.

Ahora bien, uno de los autores que ha ejercido gran influencia en el desarrollo de la filosofía política es Thomas Hobbes, lo anterior se debe a que su planteamiento se consideró fundamental en el quiebre del pensamiento de la Edad Media y el inicio de la Edad Moderna, por ello, una de sus obras se desarrolló en torno al hombre artificial –el Estado­, en donde en un primer momento se centra en el hombre como “la materia de que consta y el artífice” (Hobbes, 2014: 4) de ese gran monstruo, como señala Santos (2013) en su estudio sobre el pensamiento hobbesiano:

El ser humano, como un engranaje más dentro de esa maquinaria perfecta que es el cosmos, debe continuar, a su vez, el designio impreso en la sucesión universal de causas eficientes, y, de la misma manera que su ser como hombre es un producto artificial de la Naturaleza, él a su vez ha de construir otro hombre, mucho más perfecto: el Leviatán, o la persona moral del Estado (Santos, 2013: 95-123).

Es decir, es el hombre, el protagonista, quien conoce y se adapta al ambiente, a su entorno, y, a la vez, es capaz de crear un ser artificial cuyo fin sea satisfacer las pretensiones; así el Leviatán aparece como esa organización que se da para impartir leyes, para generar un equilibrio social; es así que “cambiamos y desnaturalizamos la naturaleza para nuestros propios fines mundanos, de modo que el mundo humano o artificio, por un lado, y la naturaleza, por el otro, siguen siendo dos entidades claramente separadas” (Arendt, 2012: 174). No obstante, si el hombre posee, como condición natural, a la guerra como una de sus entidades, en la cual la acción del sujeto es motivada por los apetitos, tales como el deseo, la ambición, la codicia, entre otros, su finalidad es la búsqueda permanente de poder, porque este representa al hombre un medio para obtener un bien que se ostente en el futuro.

La tendencia más marcada de nuestra época es la separación del poder y la política: el verdadero poder, que es capaz de determinar el alcance de las elecciones prácticas, fluye; gracias a su movilidad –nunca tan irrestricta­, es virtualmente global… o más bien extraterritorial–” (Bauman, 2012: 83).

En cuanto a las pasiones, Bertrand Russell (2017) manifiesta en una de sus lúcidas críticas al poder ascendente de Estados Unidos que “esas […] pasiones[2] son, después de los instintos básicos, los principales motores de casi todo cuanto ocurre en la política” (Russell, 2017: 92).

De esta manera, la propuesta que establece Hobbes es que el Estado nace, entonces, de la exigencia de la razón, cuando esta calcula las posibilidades y las ventajas que tiene el salir de la condición natural y renunciar con ello a la libertad y poder que tiene cada sujeto, debido a que, en ese estado natural, todos los hombres son iguales. Y es precisamente esta igualdad en lo que se refiere a la libertad y al poder lo que hace nacer un enfrentamiento o guerra entre todos, porque, al encontrarse cada hombre en un esfuerzo por lograr la paz, en un punto debe utilizar las ventajas de la guerra, desarrollándose así la ley fundamental de la naturaleza.

De ahí la necesidad del Estado como un instrumento que, al asumir los derechos, garantiza la paz y la armonía entre los individuos; además, sin ese “contrato social” o “pacto” entre personas libres, estas terminarán matándose unas a otras, puesto que:

La condición del hombre […] es una condición de guerra de todos contra todos, en la cual cada uno está gobernado por su propia razón, no existiendo nada, de lo que pueda hacer uso, que no le sirva de instrumento para proteger su vida contra sus enemigos. De aquí se sigue que, en semejante condición, cada hombre tiene derecho a hacer cualquier cosa, incluso en el cuerpo de los demás (Hobbes, 2014: 106-107).

Es por ello que el interés que despierta el tercer capítulo de la segunda temporada de la serie Black Mirror es con respecto a la decaída de la maquinaria política y su completo accionar, lo que permite al mismo tiempo la flexibilidad para el ingreso a la vida política a cualquier individuo, sin importar cuán capacitado esté. Por consiguiente, en “El momento de Waldo” se manifiestan desde el inicio dos posturas: la primera, políticos totalmente corrompidos, pues el parlamentario Jason Gladwell debe renunciar al reconocer su “correspondencia inapropiada con una menor de edad”, y la segunda, una sociedad apática con el ejercicio político, donde cada quien cree sentirse gobernado por su propia razón, lo que así genera una postura antipolítica populista, que, vista desde el sistema en sí, resulta ser parte del mismo ejercicio político como cualquier otro movimiento o postura de este; quizás por esta razón, en el proceso de comprender la finalidad misma de este gran aparato y de mostrar un poco de interés, en la entrevista que le realiza Waldo al exministro de cultura y nuevo candidato Mr. Monroe, hace la pregunta “¿Qué es un político?”, a la cual este intenta responder afirmando que “un político es alguien que intenta hacer un mundo más justo”. Sin embargo, es clara la poca importancia que se le da a las respuestas, y que con el estilo “populachero” del Waldo, lo único que se busca es avergonzar al político, demostrando la poca preocupación del público en lo que suceda más allá de esa realidad; es por esto por lo que los productores, al ver la favorable recepción del personaje ante las masas, incursionan con Waldo en el proceso electoral, pese a su nula preparación y conocimiento de política, buscando solo el beneficio publicitario para sus agencias y aprovechando que, en este tipo de selecciones individuales, se limitan, por un lado, en las alternativas que se ofrecen, ya que en pocas ocasiones los votantes pueden decidir por el grupo que conformará las alternativas que se ofrecerán por cada partido, y, por otro lado, por un criterio de reglas que llegan a indicar al sujeto el porqué de elegir por una de las opciones ya dadas, omitiendo las demás, y adicionalmente tener la certeza de que su elección sea la acertada o conveniente o viceversa; es muy notorio el provecho que buscan, debido a que es claro que:

los políticos, personas que se supone operan profesionalmente dentro del espacio público (allí tienen sus cargos, o más bien denominan “público” el espacio donde tienen sus cargos), casi nunca están bien preparados para enfrentar esta invasión de intrusos[3]; y dentro del espacio público, cualquiera que no tenga el tipo de cargo adecuado, y que aparezca allí en una ocasión ni calculada ni preparada y sin invitación es, por definición, un intruso (Bauman, 2012: 19).

Arendt no estaba muy distante de esta situación cuando planteó que, “si es verdad que la política es algo necesario para la subsistencia de la humanidad, entonces ha empezado de hecho a autoliquidarse, ya que su sentido se ha vuelto bruscamente falto de sentido[4] ” (Arendt, 2016: 63); esa falta de sentido es la transformación de la política en un espectáculo que solo enriquece a los medios y a quienes ostentan el poder, y la pérdida del compromiso de hacer algo para la trascendencia del sujeto y la sociedad, porque:

La meta del proyecto tecnocientífico no consiste en mejorar las miserables condiciones de vida de la mayoría de los hombres, ni siquiera en la más pulcra declaración de intenciones. En cambio, aparece atravesado por un impulso insaciable e infinitista, que ignora explícitamente las barreras que solían delimitar el proyecto científico prometeico y posee lazos ostensibles con los intereses del mercado[5] (Sibilia, 2010: 42).

Lo anterior no está muy distante de lo que aquí nos concierne y de su ejecución práctica, dado que hoy en día el ejercicio político se ha convertido en una competencia de popularidad, donde gana quien se “involucra” y llama más la atención de las masas, sin importar los recursos que utilice, y sin enfocarse en las propuestas e ideas de desarrollo social. Esto es algo que la serie Black Mirror deja entrever en el instante en que Jack Napier[6] consideró como buena la estrategia de incursionar y explotar las contiendas electorales, aunque no presentaran ningún tipo de propuestas, aprovechándose así solo del activismo, que se representa por el capital humano y que permite la difusión en las herramientas digitales y, al mismo tiempo, lograr abrir paso a la ciberpolítica; “un problema de fondo aquí es el de si nuestra tecnociencia es o no capaz de modificar la condición humana hasta el punto de convertirla en algo radicalmente plástico y abierto a cualquier proyecto histórico de convivencia” (Quintanilla, 2004: 27).

Actualmente es claro cómo el marketing político es el principal accionar en las campañas políticas, porque en él se integran tres elementos básicos: el mensaje, el dinero y lo humano, que permiten el trabajo multidisciplinar; esta disciplina tuvo su mayor influencia en la campaña presidencial para las elecciones del 2008 en Estados Unidos[7], principalmente con el candidato demócrata Barack Obama, quien se impuso a sus contrincantes cuando llevó su “Yes we can” a las redes sociales, diversos medios y plataformas de comunicación, luego de lo cual repitió esta estrategia para las elecciones del 2012 y llegó de esta manera a la apetecida Casa Blanca[8], entendiendo de esta manera que “tanto la definición como el uso de los espacios sufren alteraciones en función de ese procesamiento digital, que diluye la clásica oposición entre las esferas pública y privada” (Sibilia, 2010: 55).

Así, la red pasa a ser el punto de encuentro de individuos que pueden sentirse representados y escuchados, pero que al mismo tiempo pasan a representar y escuchar; “según las ideas relativistas dominantes hoy en gran parte del mundo académico, la realidad se construye socialmente mediante el uso del lenguaje, los estereotipos y las imágenes de los medios de comunicación” (Pinker, 2018: 300), lo que conlleva el uso de las plataformas y demás mecanismos ahora inventados para permitir la interconectividad, lo cual genera, a su vez, una comprensión más abierta al interrogante de la técnica, pues pasó de ser un debate académico a cuestiones específicas de supervivencia tanto física como moral e intelectual (Cfr. Quintanilla, 2004: 13).

Volviendo al capítulo “El momento de Waldo”, el equipo de Waldo deja latente, en las diferentes aplicaciones que lanzan para uso de la telefonía móvil, la estrategia de permitir involucrar a las masas en las contiendas electorales, además del hecho de recorrer las calles usando la pantalla como un contacto directo con los transeúntes y posibles votantes, no con un discurso argumentativo sino con una serie de ofensas y burlas, particularmente a su homólogo Mr. Monroe[9]. Este, en su postura conservadora, deja claro su descontento por la participación de ese ser “no real” en el ejercicio democrático, dado que, según él, “incluir en este evento a ese títere envilece el proceso del debate y sofoca cualquier discusión seria de los problemas”, además de que, como añade más adelante en su discurso, “no tiene nada que ofrecer ni nada que decir”, encimando a su insatisfacción que quien está detrás de la animación es Jamie, un cómico que no ha tenido grandes logros ni propósitos en la vida. Si quisiéramos justificar el ejercicio de Jamie, sería adecuado recurrir a Bauman, pues le da un significado a la comedia, especialmente a la risa, para el uso político, afirmando que

la risa ya no es signo de rebeldía, sino que es más bien signo de reconciliación con el miedo, sumisión al miedo y aceptación de la imposibilidad de vencerlo, decisión de tomárselo a la ligera, intención de domesticarlo y usarlo en beneficio propio; una intención que, por los ardides de la vida privatizada, se transforma en una póliza de seguros de miedo existencial (Bauman, 2002: 71).

Aunque a lo largo del capítulo no se escuchan las propuestas de los candidatos, sino solo las intenciones personales de algunos de ellos, lo que trivializa la maquinaria electoral es esencialmente el mecanismo de la comedia, lo cual determina que la libertad de expresión, determinante en la antigüedad para el desarrollo de la polis, tiene en esta era interconectada una nueva connotación; esta busca establecer un nuevo comienzo que requiere de la presencia de los otros, sin importar su condición académica y estatus social; por ende, cuando se busca cambiar una organización, sistema, institución o una corporación pública, se debe pensar primero en reorganizar sus estatutos y leyes. En otras palabras, se debe renovar su constitución y aguardar que lo demás se dé per se (Cfr. Arendt, 2016: 37), puesto que si se recurre en la búsqueda de un solo público, este:

solamente puede vitorear o abuchear, encomiar o condenar, admirar o despreciar, instar o disuadir, guiñar con complicidad o reprender con aspereza; nunca prometerá nada que el individuo no pueda hacer por sí mismo, ni resolverá los problemas por el individuo que los sufre (ya que el público de espectadores-comentadores es una suma de entes individuales que no conforman una agencia por derecho propio), ni tomará en sus manos la responsabilidad de esos problemas (Bauman, 2002: 74).

El público o las masas no asumen el compromiso de actuar por el cambio, se sienten conformes con solo elegir una posición apática a cualquier discurso, creyendo que eso cambiará de alguna manera el pensamiento de los políticos, particularmente de aquellos que traen los “valores” de la tradición. Esto se hace latente debido a que la sociedad y aquellos marginados no han visto un verdadero trabajo por el pueblo; al contrario, solo son visibles los escándalos personales de los políticos, la corrupción a la que han caído y los actos tiránicos que se evidencian cada vez más. No olvidemos que hoy en día en la filosofía de vida “todo lo que aparece en público puede verlo y oírlo todo el mundo y tiene la más amplia publicidad posible. Para nosotros, la apariencia –algo que ven y oyen otros al igual que nosotros–­ constituye la realidad” (Arendt, 2012: 71), regresando de cierta forma al estado natural del sujeto que describió Hobbes en su Leviatán.

Si bien es cierto que en la serie Black Mirror gran parte de sus capítulos se perfilan en presentarnos una realidad donde la dependencia del individuo ante las tecnologías es cada día más coaccionaría y degradante, “El momento de Waldo” no es ajeno a ello, y ello tampoco puede pasar desapercibido, pues es claro cómo, por el cambio tecnológico, los utópicos han imaginado y creído que esta dependencia es la forma más eficiente de supeditar el comportamiento social y someter la conducta humana, pero, cuando la propaganda que emerge en la cotidianidad del individuo no genera el accionar que esperaban, intentan de nuevo con estrategias y formas más empáticas, y así consiguen la atención de los individuos, quedando claro el rol de marionetas que tienen los individuos en cada una de las comunidades a las que pertenecen.

Bibliografía

Arendt, H. (2016). ¿Qué es la política? Paidós: España.

Arendt, H. (2012). La condición humana. Paidós: Barcelona.

Castro Martínez, L. (2012). “El marketing político en Estados Unidos: el caso Obama”. Norteamérica, 7(1), pp. 209-222.

Hobbes, T. (2014). Leviatán. O de la materia, forma y poder de una república eclesiástica y civil. Fondo de Cultura Económica: Buenos Aires.

Mauman, Z. (2002). En busca de la política. Fondo de Cultura Económica: México.

Pinker, S. (2018). La tabla rasa. La negación moderna de la naturaleza humana. Paidós: Barcelona.

Quintanilla Navarro, I. (2004) Estudio preliminar. Algoritmo y revelación: La técnica en la filosofía del siglo XX. Mitcham, C. y Mackey, R. (Eds.). Filosofía y Tecnología. Ediciones Encuentro: Madrid.

Russell, B. (2017). Viaje a la revolución. Práctica y teoría del bolchevismo y otros escritos. Editorial Ariel: Barcelona.

Santos, J. (2013). “Acerca del concepto de naturaleza en Thomas Hobbes: derecho natural y ley natural en El Leviatán. En Espíritu: cuadernos del Instituto Filosófico de Balmesiana. Año 62, Nº. 145 (Enero-Junio).

Sibilia, P. (2010). El hombre postorgánico. El cuerpo, subjetividad y tecnologías digitales. Fondo de Cultura Económica: Buenos Aires.

Videografía

Brooker, C. (productor) y Higgins, B. (2013). Black Mirror. T02E01: “The Waldo Moment”. Endemol Shine UK: Reino Unido.


  1. Docente del Departamento de Filosofía, Universidad de Pamplona. Miembro activo del grupo de investigación CONQUIRO.
  2. Para el filósofo británico, “los acontecimientos de la vida política del mundo están determinados por la interacción de las condiciones materiales y las pasiones humanas. […] Las pasiones mismas pueden ser modificadas por una inteligencia ajena, guiada por pasiones ajenas*. […] La clasificación de las pasiones que resulta más conveniente en la teoría política es algo distinta de la que adoptaríamos en psicología” (Russell, 2017: 91). Dicha clasificación corresponde a cuatro pasiones, a saber: la codicia, la vanidad, la rivalidad y el apego al poder, pero solo la primera hace una referencia directa a las relaciones del hombre con sus condiciones materiales, las demás hacen alusión a las relaciones sociales.
    * Esta línea puede relacionarse con el soberano que plantea Hobbes, es decir que, para establecer el Estado, los hombres pactan y convienen entre sí por mayoría a cierto hombre o asamblea de hombres el derecho a representar a la persona de todos. Cfr. (Hobbes, 2014: 142).
  3. En este caso particular, el intruso no es un sujeto interpretando a un héroe u otro personaje, sino que es una animación, que deja clara su independencia con quien esté detrás de los controles.
  4. La cursiva es nuestra.
  5. La cursiva es nuestra.
  6. Dueño de la compañía y de los derechos Waldo.
  7. Cabe señalar que, no son las únicas elecciones a nivel mundial donde se ven la interacción “directa” con los individuos que conforman la sociedad y las influencias de las plataformas virtuales y nuevas tecnologías, sin embargo, por el impacto que éstas obtuvieron en las cifras de participación es lo que las convierte en un buen ejemplo.
  8. Cfr. Castro Martínez, L. (2012). “El marketing político en Estados Unidos: el caso Obama”. Norteamérica7(1), pp. 209-222.
  9. Una interpretación algo atrevida podría ser que se ensaña con este sujeto por ser el representante conservador, además de dejar claro en sus encuentros su incomodidad frente a Waldo.


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