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8 El fomento hispano
de la cultura alemana[1]

Ortega y Gasset, Gaos y otros transterrados

Nikolaus Werz[2]

Para Ernesto Garzón Valdés

Consideración inicial

Los contactos culturales entre diferentes países se rigen, en parte, por las relaciones oficiales; sin embargo, en ocasiones tienen lugar desarrollos sorprendentes, no previstos. Tal parece ser el caso con el exilio español en América Latina, el cual fomenta una recepción de la cultura alemana (y española) no buscada de manera intencional por los regímenes políticos totalitarios o autoritarios que, en la década del 1940, gobernaban en Alemania y España. Para entender esta peculiar situación, hay que tener en cuenta el desarrollo específico de la política y las humanidades en la España de las primeras décadas del siglo XX.

En la primera sección trataré las razones de la recepción de la filosofía y la cultura alemanas en España a partir del siglo XIX, para pasar a referirme, en la segunda, a la figura dominante en el mundo filosófico iberoamericano de la primera parte del siglo XX: José Ortega y Gasset. En la tercera hablaré sobre José Gaos (1900-1969) y algunos otros transterrados españoles (sobre todo en México), quienes se convierten en los principales traductores y transmisores de la cultura alemana en América Latina. En el cierre del artículo presentaré algunas conclusiones.

La recepción de la filosofía y la cultura alemanas en España a partir del siglo XIX

El lema de la europeización surge en España a finales del siglo XVIII y más tarde en el krausismo español, una doctrina que Julián Sanz del Rio (1814-1869) trajo en el siglo XIX de Alemania. Estudiosos del tema destacan que el krausismo combina la identificación con Europa con una visión del mundo de cierta raigambre germánica y el intento de dirigir la cultura española hacia un racionalismo idealista. Más que una doctrina filosófica se presenta como una modalidad cultural (López Morillas, 1956) con una vertiente práctica. De España siguió su camino hacia América Latina, donde desarrolló en algunos países sobre todo en la Argentina una influencia considerable (Fundación, 1989).

En el campo de las humanidades españolas, pasar un tiempo en Alemania se convirtió casi en un deber. Un ejemplo: el ya mencionado Sanz del Río obtuvo en 1843 la primera cátedra de Historia de la Filosofía en Madrid gracias a la iniciativa de quien fuera ministro de Cultura, Pedro Gómez de la Serna. En el correspondiente decreto ponía como condición al candidato: “tendrá obligación de pasar a Alemania para perfeccionar en sus primeras escuelas sus conocimientos en esta ciencia, donde deberá permanecer por espacio de dos años” (citado en Palma Ruiz, 2004, p. 44). Hay muchos ejemplos en el siglo XX; ofrezco solo algunos: Manuel García Morente (1886-1942) estuvo en Marburgo en 1906 y luego asumió como catedrático en Madrid desde 1913; Lorenzo Luzuriaga (1889-1959) estudió en 1913 en la misma ciudad y también fue catedrático; Xavier Zubiri (1898-1983) estudió en Friburgo con Heidegger y pasó unos cuantos años en Berlín hasta 1936.

¿Por qué este interés por la filosofía y las humanidades alemanas y también francesas? Tenía que ver con el sentimiento de un supuesto atraso de España. Desde finales del siglo XVIII surgió la impresión de que el país, que en algún momento había constituido el imperio más importante del mundo, se había quedado atrás. Al mismo tiempo, en otras sociedades europeas se imponía una imagen negativa de España ‒la así llamada leyenda negra‒. Por ello no puede sorprender la orientación hacia un mundo intelectual supuestamente más avanzado. Esta impresión general se acentúa con la generación del 98, que surgió a raíz de la guerra perdida con Estados Unidos. “Más se perdió en Cuba”, es un dicho que se usa en España, hasta hoy en día, para señalar la gravedad de un hecho. 

El interés por las ciencias y el desarrollo alemanes en algunos grupos sociales también se debía al hecho de que Alemania aparecía como un país que había superado el absolutismo sin haber experimentado una revolución. A principios del siglo XX, la economía alemana se encontraba en pleno auge; en corto tiempo la Alemania fundada desde arriba recién en 1871 había superado a Inglaterra; muchos premios Nobel provenían de las universidades alemanas que se basaban en el concepto humboldtiano, que enfatizaba el valor de la investigación. La muy peculiar recepción del filósofo Karl Christian Friedrich Krause (1781-1832), a quien por ejemplo el escritor Juan Goytisolo considera como una figura más bien mediocre, tenía que ver con la singular lectura que se dio a sus textos y la muy específica concepción del Estado y su relación con la religión del krausismo en España. El krausismo parecía garantizar una solución para el conflicto entre ilustración y religión. Al mismo tiempo, sin negar la existencia de Dios, promovía el rol del individuo.

La admiración por Alemania no era unánime. Miguel de Unamuno (1864-1936) elogiaba algunos aspectos al referirse a la Universal Bibliothek de Philipp Reclam, de Berlín –“qué obra tan meritoria sería ensanchar y dirigir con acierto la Biblioteca universal, ¡a dos reales el tomo!”–, manifestando, a la vez, ciertas reservas:

Y cuando me pongo a escudriñar lo que llaman Europa nuestros europeizantes, paréceme a las veces que queda fuera de ello mucho de lo periférico –España desde luego, Inglaterra, Italia, Escandinavia, Rusia…– y que se reduce a lo central a Franco-Alemania con sus anejos y dependencias. (Unamuno, 1958, p. 286)

José Ortega y Gasset (1883-1955)

Ortega defendió su tesis en 1904. A partir de entonces piensa en una estadía en el exterior.  Las expectativas de realizar estudios en Alemania eran, de su parte, altas. En una carta enviada a Madrid desde Leipzig, fechada en 1905, escribe: “…año o año y medio que pase aquí valdrán por toda una vida de trabajo torpe y cuesta arriba cual es el que ahí se hace en asuntos filosóficos. Creo que en España hoy no existen más que dos o tres hombres que sepan media filosofía. Yo aspiro a saber toda” (cit. en Pallotini, 2005, p. 27). En un artículo para El Imparcial postula: “Alemania es precisamente la nación cuya influencia en la dirección moral e intelectual nuestra habrá de sernos más fecunda.” En otra ocasión añade una anécdota:

…los ingleses son ingleses; los franceses son, como decía Cánovas, “españoles con dinero”; los alemanes no son alemanes, se han hecho alemanes en cincuenta años… lo que nosotros tenemos que aprender en Alemania, solo lo aprenderemos en ella: el modo de hacernos españoles en poco tiempo, el gran secreto alemán: el método. (cit. en Pallotini, 2005, p. 112)

Quiere compensar entonces la carencia española de teoría y de alguna forma encontrar una cultura salvadora basada en la ciencia. Su impresión de Leipzig, la primera ciudad a la cual llega, no fue muy positiva; tampoco la de Berlín, donde tuvo incluso dificultades para acceder a los seminarios de algunos profesores. Es en la pequeña ciudad universitaria de Marburgo donde obtiene sus experiencias más significativas. Durante los años 1906/07, estudia en la bucólica ciudad a orillas del Lahn, considerada en aquel entonces como una especie de centro de la filosofía y las humanidades.

En el semestre de invierno 1906/07 participa en la clase magistral de Hermann Cohen Kants System (Erfahrungslehre, Ethik und Ästhetik). En las clases participaban alrededor de un centenar de estudiantes; en aquel entonces había que pagar por la asistencia. Para el bicentenario de Immanuel Kant (1924) formula en un artículo: “Durante diez años he vivido dentro del pensamiento kantiano: lo he respirado como una atmósfera y ha sido a la vez mi casa y mi prisión” (cit. en Brandt, 1986, p. 31). Su famoso circunstancialismo puede ser considerado como una reacción al neokantismo.

En 1923, funda la Revista de Occidente cuyo director es hasta 1936. La tirada de la revista fue de 3000 ejemplares, de los cuales casi la mitad iba a América Latina, no pocos se vendían en la Argentina y también en México. En un análisis de Cayetano Betangur leemos:

De un catálogo de los autores que cita, tomando en cuenta solamente a los escritores y pensadores de un siglo para acá, cuya vigencia Ortega reconocía o imponía, podemos discernir, mal contados, unos 60 españoles, 80 franceses, 35 ingleses, contra 150 alemanes. Y la biblioteca de la Revista de Occidente, hasta la fecha en que Ortega deja de inspirarla realmente, muestra una proporción de escritores germánicos todavía aún más crecida. (cit. en Palma Ruiz, 2004, p. 131)

Él mismo impulsa muchas traducciones. En sus memorias, tituladas La vida en claro, José Moreno Villa, quien estudió en Friburgo, escribe que en 1921 tradujo los Conceptos fundamentales en la Historia del Arte, la sugestiva obra de Heinrich Wölfflin, por encargo de Ortega (Moreno Villa, 2011, p. 115).

Como el filósofo más importante en España en las primeras décadas del siglo XX, Ortega tuvo mucha influencia sobre el mundo académico en su propio país. Desarrolló una extraordinaria posición; en términos sociales, incluso llegó a hablarse de la Galaxia Ortega o de “Dios, Ortega y compañía”; en lo académico, en los años treinta se formó una Escuela de Madrid orientada por él en la universidad.

Algunos de sus alumnos y asistentes tuvieron que huir a América Latina al cabo de la Guerra Civil española, y ahí siguieron su carrera basándose en gran parte en los textos alemanes que él recomendaba. No es casual entonces que en sus escritos haya muchas referencias al tema de la traducción. A una de sus publicaciones le pone como lema la frase de Goethe Ohne Hast und Rast, bellamente traducida: “Sin prisa y sin pausa”. En otro de sus textos, titulado Miseria y esplendor de la traducción, leemos:

De aquí la enorme dificultad de la traducción: en ella se trata de decir en un idioma precisamente lo que este idioma tiende a silenciar. Pero, a la vez, se entrevé lo que traducir puede tener de magnifica empresa: la revelación de los secretos mutuos que pueblos y épocas se guardan recíprocamente y tanto contribuyen a su dispersión y hostilidad; en suma, una audaz integración de la Humanidad. Porque, como Goethe decía: “Solo entre todos los hombres es vivido por completo lo humano”. (Ortega y Gasset, 1956, p. 54)

Importante es el contacto con la escritora y traductora Helene Weyl (1893-1948). No solo fue una excelente traductora, sino que también debatía en sus cartas con Ortega, hasta tal punto que el contacto se interrumpió en algún momento en 1930 para ser reiniciado más tarde.

Su recepción en Alemania tiende a ser desigual. Mientras es la figura dominante en España y América Latina en la primera parte del siglo XX, en la República Federal Alemana su auge empieza recién después de la Segunda Guerra Mundial, aunque El tema de nuestro tiempo ya había sido traducido en 1928 (por Weyl) y La rebelión de las masas en 1930. La tirada llega a 20.000 volúmenes en el año 1940, pero es muy baja en comparación con lo que ocurre después de 1945, cuando supera los 300.000 ejemplares.

En 1951 obtiene el doctorado Honoris Causa en Marburgo, durante su última visita a dicha universidad. Hay una edición de sus obras en alemán en seis tomos, poco común en la RFA para un filósofo de habla hispánica, y bastante vendida en su momento, como así también todos sus libros y ensayos. Especialmente La rebelión de las masas encontró muchos lectores dentro de la clase media culta. No se trataba de una lectura completamente desinteresada. Siguiendo la interpretación de Ortega, podía concluirse que los responsables del nacionalsocialismo no habían sido los nobles y burgueses sino las masas.

Ortega se convirtió en una especie de referencia para el Bildungsbürgertum (burguesía cultural) en lo que a cuestiones de cultura se refiere. Esta actitud fue retomada a su vez por los visitantes españoles. En un coloquio realizado en Marburgo en 1983, en el cual se conmemoró el centenario del nacimiento de Ortega, el entonces alcalde de Madrid, Enrique Tierno Galván, expuso:

Imagínome a Ortega, profundamente decepcionado ante la invasión del mediocre pragmatismo actual, invocando en esta universidad, al espíritu de Europa y convocando especialmente a los alemanes cultos de hoy para decirles que cuiden y se esfuercen para que no se extinga el pensamiento creador… Germani, anima filosofandi non extingatur. (Tierno Galván, 1986, p. 63)

José Gaos (1900-1969) y los transterrados españoles en México

José Gaos fue uno de los pocos profesores de su generación en no haber estudiado en el exterior. Había ocupado un cargo de lector en la Universidad de Montpellier. Tradujo sobre todo del alemán y del inglés, pero sus conferencias las dictaba en francés o en castellano con traductor.  Desde 1931 era miembro del PSOE. Durante la Guerra Civil asumió el puesto de rector de la Universidad Central de Madrid. Como rector tuvo que evacuar la Ciudad Universitaria hacia Valencia, donde permaneció corto tiempo, pues fue nombrado presidente de la Junta de Relaciones Culturales de España en París, adonde se trasladó con su esposa y las dos hijas. De ahí sale primero hacia Cuba y después a México, convirtiéndose en 1938 en uno de los “diecisiete sabios españoles ilustres”, como informaron los diarios capitalinos de aquel país, en arribar a tal destino. La cercanía con Ortega era una llave de entrada al mundo intelectual. En 1941 envió una solicitud para obtener la ciudadanía mexicana. Su fin se produjo en las circunstancias en que había escogido transitar su vida: “En Plena Aula Murió el Maestro José Gaos,” titulaba el Excelsior, el 11 de junio de 1969. Al concluir el examen de grado del estudiante José María Muriá, y después de haber firmado el acta, falleció Gaos.

Como se indicó, no fue el único en llegar al país azteca. Después de la Guerra Civil española se tuvieron que exiliar más de medio millón de personas, entre ellos 5000 académicos e intelectuales. Fue la primera vez que se dio un exilio masivo hacia países iberoamericanos; alrededor de 20.000 españoles se embarcaron para México. Las primeras iniciativas fueron realizadas por Genaro Estrada, durante su estadía como embajador mexicano en Madrid durante los años 1932-34. Junto con Gabriela Mistral y Alfonso Reyes querían facilitar la llegada de intelectuales renombrados también a la Argentina (Valender, 2018, p.18). Mas éxito tuvo Daniel Cosío Villegas (1898-1976), quién aprovechó su tiempo como embajador mexicano en Lisboa para desplegar iniciativas a favor de colegas españoles. En una carta, escribe: “estos hombres, que normalmente irían a Argentina, país rico y que ha sabido gastar en su educación, quizás encuentren las puertas cerradas ahora, así de reaccionario es todo el cono sudamericano” (cit. en Krauze, 1980, p. 95).

Sobre todo, el gobierno de Lázaro Cárdenas (1934-1940) puso mucho empeño en lo que en México se llamó la “Operación Inteligencia”. La invitación se extendió para participar en La Casa de España, una institución de estudios, cuyo presidente desde 1939 fue el famoso poeta y diplomático Alfonso Reyes (1889-1959), la cual se convirtió poco después en El Colegio de México. En su biografía intelectual de Cosío Villegas, Krauze destaca la organización del Fondo de Cultura Económica, así como la consecución de una mezcla fructífera de diferentes estilos académicos. En efecto, debido a la capacidad de Reyes y Cosío, una feliz amalgama de métodos pedagógicos y actitudes culturales impulsó toda esa primera etapa de El Colegio de México. De esta manera, pronto se impartían para un grupo de alumnos selectos “seminarios al estilo alemán, instituidos por los experimentados españoles” (Krauze, 1980, p. 103).

Según observadores, los exiliados realizaron un segundo descubrimiento de América, el cual a su vez los llevó a un nuevo descubrimiento de España (Abellán, 2001, p. 78). México se convirtió en una especie de capital del exilio español. Esto fue consecuencia de una identidad entre la Revolución mexicana y la República española. No fue una casualidad que el gobierno republicano en el exilio se encontrara en México. Gaos incluso desarrolló una teoría de las dos patrias. “Al cabo de los quince años de la arribada, veo con toda seguridad que México es mi patria de destino, de destino en el doble sentido de lo fatal y de lo final (Gaos, 2015, p. 192). “Nos acogieron a los españoles”, escribe en sus Confesiones profesionales, “en perfecto plan de igualdad; más aún: nos dieron la posibilidad de ser, por excepción, profesores de estudiantes encomendados a nosotros poco menos que exclusivamente, o lo más adecuadamente para que haya verdadera formación de un discípulo por un maestro. Tal fue el caso de Zea conmigo” (Gaos 2015, p. 77). Sobre Leopoldo Zea, a quién considera como “el mayor éxito de mi vida como profesor”, solo tiene buenas palabras, elogia su “espantosa puntualidad… no la ha habido, a buen seguro, nunca, ni en Alemania, país de trabajadores intelectuales espantosamente regulares” (Gaos 2015, p. 78).

El éxito de Gaos y de su alumno preferido Zea se basaba inicialmente en parte en el desarrollo de una idea de Ortega. Siguiendo la frase orteguiana “Yo soy yo y mi circunstancia” esta situación se aplica a la realidad mexicana y latinoamericana. Así fue el caso de Samuel Ramos en su famoso libro Perfil del hombre y la cultura en México. Ramos y otros encontraban en el circunstancialismo la justificación epistemológica de una filosofía nacional. Gaos y sobre todo Zea retoman esta idea partiendo de dos premisas. Primero: es más que lícito y posible filosofar en el mundo iberoamericano. Segundo: es necesario escribir una especie de filosofía nacional; esta fue una de las conclusiones que los jóvenes estudiosos de las ideas en México sacaron de la lectura de los textos orteguianos y de las clases de Gaos. Trataron de aplicar estas ideas a su propio país y luego –en un proyecto adelantado por Zea– a varios países de América Latina (Cacciatore, 2008; Kozel, 2012).

El profesor desarrolla la idea de una filosofía hispánica inicialmente de la siguiente manera: Filosofía no es solo la Metafísica de Aristóteles, la Lógica de Hegel, sino también Del sentimiento trágico de la vida de Unamuno, los Motivos de Proteo de Rodó, etc. Estos y otros textos los reúne en antologías del pensamiento hispanoamericano publicadas en México. Gaos ve la diferencia entre la voluntad sistemática del tratado en los textos griegos y alemanes y la decisión más libre del ensayo en los hispánicos, pero según él no es una diferencia cualitativa.

Gaos fomenta muchas iniciativas. En 1943 lanza un llamado para un “Seminario para el estudio del pensamiento en los países de lengua española” en El Colegio de México, el cual en 1955 se prosigue en la Universidad Nacional Autónoma (UNAM). El interés se debía en parte al éxito de la disertación de Zea El positivismo en México en el mismo año. Siguiendo instrucciones de Gaos, Zea emprendió en 1945 un recorrido a través del Cono Sur, con la finalidad de extender sus investigaciones hacia toda Latinoamérica. Querían estudiar, y con un financiamiento adicional de la Fundación Rockefeller lo lograron en parte, las principales obras en los respectivos países y la idea de América forjada desde la llegada de españoles y portugueses.

La nueva y creciente apreciación de América Latina tenía que ver también con la Segunda Guerra mundial y una visión pesimista de Gaos y otros sobre el futuro europeo. El centro de gravedad parecía abandonar a Europa, convirtiendo a América de esta manera en el futuro del devenir humano. Empalmando con facetas del discurso utópico latinoamericano, América Latina parecía volverse “el continente del futuro”: un famoso ejemplo fue el libro Brasil: país del futuro, de Stefan Zweig o la idea del Continente de la Esperanza fomentada también por la Iglesia Católica.

La importancia de Gaos se debe en gran parte a su labor de editor y traductor. Las circunstancias en el ámbito mexicano eran favorables a estas iniciativas, ya que en 1944 la Secretaria de Educación Pública resolvió la publicación de pequeños volúmenes y antologías en una Biblioteca Enciclopédica Popular. Cuando llega a México se dedica a la traducción y estudio de los escritos juveniles de Karl Marx. Durante varios semestres ‒se habla incluso de cinco años heideggerianos‒, comenta con sus estudiantes “línea por línea” El Ser y el Tiempo, la principal obra de Heidegger, de cuya traducción se encarga para la editorial Fondo de Cultura Económica. Su Introducción a El ser y el tiempo de Martin Heidegger (1951) contiene también proposiciones y formulaciones para la traducción.

Gaos tradujo asimismo a Edmund Husserl al español. Su nombre aparece además al frente de traducciones como la de Lecciones sobre la filosofía de la historia universal de G.W.F. Hegel o la de El puesto del hombre en el cosmos de Max Scheler, ambas publicadas por la Revista de Occidente. Cuando termina los cinco tomos de Nicolai Hartmann le escribe a una alumna que quisiera que esta fuera la última traducción suya para dedicarse a sus propios libros. Su biógrafa calcula que tradujo en su vida unas 16.000 páginas (Valero Pie, 2015, p. 339). En una “Nota personal”, Gaos escribió que había publicado la traducción de cerca de treinta obras de filosofía alemana (Gaos, 2015, p. 196); sin embargo, en un Homenaje realizado en El Colegio de México en 2019, a 50 años de su muerte, se mencionan 73 traducciones en total.

Detrás de este empeño se escondían entre otros motivos necesidades económicas. Tanto él como muchos de los exiliados necesitaban ingresos adicionales. Él mismo adelantaba en algún momento la idea de formar una especie de escuela de traductores que dirigiría.

El desarrollo político después de la Segunda Guerra mundial y durante la Guerra Fría no favorecía el pensamiento de Gaos. Como Ortega, él esperaba poco de los Estados Unidos y de la Unión Soviética. El tiempo de la metafísica llegaba a ciertos límites; al mismo tiempo empezaba el auge de las filosofías marxista y neopositivista, ahora llamada analítica. La política estudiantil con miras a 1968 tampoco era del agrado de Gaos.

No le faltaban las críticas ni los críticos. Valero Pie, en la excelente biografía de su vida intelectual, ha reunido testimonios críticos con base en un exhaustivo estudio de cartas y diarios. Mucho de esto no se supo durante su vida. Alfonso Reyes sentenció en una carta: “Gaos es una extraordinaria cabeza filosófica, un gran catedrático e improvisador. Pero con la pluma en la mano es lamentable” (cit. en Valero Pie, 2015, p. 142). La filosofía de lo mexicano igualmente fue objeto de crítica. Octavio Paz articuló en 1949 el temor de “que para algunos ser mexicano consiste en algo tan exclusivo que nos niega la posibilidad de ser hombres, a secas”, y el sociólogo y futuro rector de la UNAM Pablo González Casanova publicó un artículo con el título El mirlo blanco. Ensayos de filosofía provinciana (Valero Pie, 2015, p. 381).

Por razones de espacio apenas puedo mencionar aquí a algunos de los otros transterrados. José Medina Echavarría (1903-1977) fue catedrático de Filosofía del Derecho en España, después de haber estudiado en París y Hamburgo, para pasar luego a ser encargado de negocios de la legación de la República Española en Varsovia. Fue considerado como un weberiano por haber traducido (junto a otros) Economía y sociedad, que apareció en una versión completa en castellano en 1944, es decir, con anterioridad a la traducción al inglés. También vertió al español Diagnóstico de nuestro tiempo, de Karl Mannheim. En América Latina fue profesor en México (1939-1944), Colombia y Puerto Rico (1946-1952); sin embargo, se hizo famoso por su trabajo en CLACSO y en la CEPAL en Santiago de Chile a partir de 1957. Es considerado como uno de los padres de la sociología latinoamericana. Como México, también Venezuela recibió a muchos intelectuales españoles orteguianos: Juan David García Bacca, Manuel Granell, Lorenzo Luzuriaga, Pedro Díaz Seijas.

En los años anteriores a su muerte Gaos pasó por momentos difíciles. La situación universitaria se complicó. El filósofo se solidarizó con un rector que tuvo que renunciar tras un conflicto. Al mismo tiempo crecieron sus dudas personales sobre si realmente había podido desarrollar una filosofía propia. Las interpretaciones críticas no están entonces tan lejos de la apreciación del propio Gaos, quién en más de una ocasión reconoció que “uno no es lo que pudo pensar ser, sino lo que resultó ser. Así, yo no soy ni filosofo ni escritor, sino profesor y traductor” (cit. en Valero Pie, 2015, p. 447). Sin embargo, el proyecto de sus Obras Completas ya integra diecinueve tomos.

A manera de conclusión

Una conclusión en las discusiones con motivo de los aniversarios de Ortega apunta regularmente a que él mostró que se puede pensar en español. Esta apreciación también es válida de igual manera para sus alumnos transterrados. El grupo que se nucleó alrededor de Gaos y Zea empezó a filosofar desde América Latina y sus integrantes aplicaron la Seinsphilosophie primero a España y después –e incluso con más éxito– a México y a otros países latinoamericanos. Intentaron una comprensión efectiva de la circunstancia propia con la recepción y reinterpretación de filosofías realizadas en países europeos.

La imagen del público alemán sobre Ortega fue muy positiva pero no completamente desinteresada. Parte de las clases ilustradas le daban una lectura muy especial a La rebelión de las masas y la leyeron como una forma de otorgarse una absolución sobre el papel desempeñado durante el Tercer Reich.

La imagen sobre Alemania que tuvieron tanto Ortega como Gaos es muy favorable, al menos en lo que respecta a su sistema universitario. Leyendo las voluminosas obras sobre Ortega y Gaos produce un impacto la apreciación que ambos tuvieron del desarrollo intelectual en alemán. Cuesta encontrar libros en la propia RFA después de 1945 para obtener una visión tan positiva, la que más bien proviene de observadores extranjeros (por ejemplo Watson, 2010). En lo que a los dos países se refiere, tenemos imágenes antagónicas y algo estereotipadas. Ortega quería aplicar la modernización forzada de Alemania a España, en la cual no pocos historiadores ven una causa para el surgimiento del nacionalsocialismo, a fin de alcanzar la modernidad. Algunos han anotado que él retoma y modifica términos introducidos por otros en el pensamiento filosófico, cuando habla, en vez de una razón pura o razón crítica, o de una razón vital.

Su influencia fue un caso bastante especial, que además dependía de su personalidad carismática. Lo que se ha dicho sobre Ortega también es válido en gran parte para Gaos. Las ponencias y tertulias quizás fueron más importantes que los escritos para considerar sus producciones. En ambos parece faltar la gran obra académica. Durante su etapa mexicana Gaos fue muy exitoso en el inicio de proyectos que después siguieron con alumnos como el ya mencionado Leopoldo Zea, en ocasiones implicando asimilaciones y reelaboraciones peculiares (Kozel, 2012).

En 1951, después de unas conferencias en Ginebra, Octavio Paz tuvo dos encuentros personales con Ortega. Al recordarlos, escribió:

Me dijo que la única actividad posible en el mundo moderno era la del pensamiento (“la literatura ha muerto, es una tienda cerrada, aunque todavía no se enteren en París”), y que, para pensar, había que saber griego o, al menos, alemán. Se detuvo un instante e interrumpió su monólogo, me tomó del brazo y, con una mirada intensa que todavía me conmueve, me dijo: “Aprenda el alemán y póngase a pensar. Olvide lo demás”. Prometí obedecerle y le acompañé hasta la puerta de su hotel. Al día siguiente tomé el tren de regreso a París. No aprendí el alemán. Tampoco olvidé lo demás. (Paz, 1980)

Sin embargo, no hubo un interés manifiesto de Ortega por fomentar editoriales en América Latina. Daniel Cosío Villegas incluso menciona en sus Memorias que cuando él propuso esta idea durante una visita a España, Ortega y Gasset pidió la palabra en el Consejo de Administración de Espasa-Calpe para oponerse, alegando como única razón que el día en que los latinoamericanos tuvieran que ver algo en la actividad editorial de España y la de todos los países de habla española “se volvería una cena de negros”. (Cosío Villegas 1976, p. 146).

Otra conclusión relevante, no referida directamente a Ortega, tiene que ver con las traducciones y las respectivas recepciones. El caso de Krause y el krausismo demuestra que, como resultado de una traducción bastante libre, se puede dar una corriente de pensamiento en otro contexto que poco tiene que ver con el original. Una versión actual de este fenómeno seria la lectura peculiar que Ernesto Laclau y Chantal Mouffe les han dado a textos de Martin Heidegger y Carl Schmitt, convirtiendo por lo menos al segundo en una especie de pensador de izquierda. Sin embargo, hubo y hay otros usos de Schmitt en la Argentina (ver Dotti, 2000).

Para terminar: la influencia de Ortega y la labor desinteresada Gaos y otros en el fomento y la traducción de obras de filosofía y sociología publicadas originalmente en Alemania fue sumamente exitosa, aunque quizás no intencionada. Ya es tiempo de que reciba dentro del ambiente académico alemán el reconocimiento que merece.

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  1. Versión revisada del artículo publicado en Wirapuru, revista latinoamericana de estudios de las ideas, núm. 2, 2020.
  2. Universität Rostock (Alemania).


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