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El judío es nuestra desgracia

Variaciones del antisemitismo en las extremas derechas argentinas, 1983-1999

Boris Matías Grinchpun

Usted es judío. Y nada judío, sea de orden racial, histórico, tradicional o espiritual, integra la Identidad argentina. No existen judíos argentinos. Y nunca los habrá.

 

Gabriel Ruiz de los Llanos (2014)

Introducción. De integristas, neonazis y “metapolíticos”

Promediaba 2005 cuando la violencia antisemita reapareció en las columnas de los principales diarios argentinos (Di Nicola, 2005). Dos adolescentes fueron atacados en la vía pública por su condición de judíos, siendo uno de ellos insultado mientras que el otro recibió una dura golpiza. Ambos episodios ocurrieron­ –quizás no azarosamente– en el barrio de Belgrano, escenario en otras épocas de las actividades del Movimiento Nacionalista Tacuara (Padrón, 2016: 138) y el Partido Nuevo Orden Social Patriótico (Kollmann, 2001: 168). Los hechos no habrían respondido sólo a móviles religiosos y racistas, en tanto en ese mismo distrito porteño una banda de skinheads le dio trece puñaladas a Guido D’Elía, un “rollinga” de 17 años que se encontraba tomando cerveza con sus amigos. Peor suerte corrió Iván Kotelchuck, un joven “gótico” asesinado en un bar céntrico–crimen que condujo al procesamiento de cinco “cabezas rapadas”–. De esta manera, las agresiones contra enemigos tradicionales del nazismo se combinaron con la hostilidad hacia ciertas “culturas juveniles” percibidas como antagónicas.[1]

Más allá de la gravedad de los acontecimientos, los cronistas afirmaron que las organizaciones neonazis autóctonas se encontraban fragmentadas e irreconciliablemente enfrentadas. Sería entonces exagerado equiparar dichos episodios con lo ocurrido en períodos como los tempranos sesenta, cuando la campaña desplegada tras la captura de Adolf Eichmann habría hecho que la colectividad judía en Argentina atravesara los peores años desde la “Semana Trágica” (Rein, 2007: 250-68). Aún así, lo ocurrido podría ser ubicado junto a los pogroms de principios de 1919 y los casos Trilnik y Sirota dentro de la historia de larga duración del antisemitismo en el país, poniendo de manifiesto la persistencia y resiliencia de discursos construidos en torno de estereotipos peyorativos y denigratorios. Sea en la forma de graffitis anónimos, las primeras páginas web u organizaciones políticas y culturales, el anti-judaísmo de las extremas derechas habría continuado hallando expresión en la Argentina de los ochenta y canon, ateniéndose a un “Semana Trágica” largamente establecido pero innovando también de acuerdo a las circunstancias locales y las transformaciones globales.[2] Es el objetivo de este capítulo aproximarse al devenir de aquellos dispositivos (Agamben, 2011) a partir de algunos sectores representativos de esas derechas[3] que–por encima de sus innegables diferencias–hicieron del desprecio por “lo judío” un lugar común, pero también una forma de identidad y un mecanismo para interpretar la realidad.[4] Si la Argentina no había alcanzado el destino de grandeza que la Hispanidad, el Catolicismo o la propia Historia le habían asignado, se debía en no menor medida a que–como proclamara Heinrich von Treitschke para Alemania a fines del siglo XIX–“el judío es nuestra desgracia”.

Desde ya, ni el antisemitismo ni las extremas derechas han sido temáticas ignoradas por la historiografía. Respecto del primero, podrían mencionarse–sin ánimos de exhaustividad–estudios como el ya clásico de Leonardo Senkman (1986), así como los de Rein (2007; 2011), las compilaciones realizadas por Ignacio Klich (1997; 2002) y el más reciente análisis de Emmanuel Kahan (2014) sobre los años del “Proceso de Reorganización Nacional”. Otro tanto podría argumentarse sobre las segundas, ya que–subsumidas frecuentemente en el término un tanto genérico y difuso de “nacionalismo”–han dado lugar a un corpus vasto y variopinto que va desde los textos seminales de Marysa Navarro (1968) y Enrique Zuleta Álvarez (1975) hasta las monografías de Fernando Devoto (2005), Federico Finchelstein (2010) y Michael Goebel (2013). La centralidad del antisemitismo en los discursos, las auto-representaciones y las cosmovisiones de estos actores no pasó desapercibida, ameritando algunos estudios específicos como los de Allan Metz (1993), Graciela Ben-Dror (2003) y Daniel Lvovich (2002). No obstante, los desarrollos posteriores al final de la última dictadura militar han permanecido mayormente desatendidos, ameritando solamente descripciones preliminares por parte de académicos (McGee Deutsch, 2005: 405-9; Rock, 1993: 233-8; Saborido, 2004; Trajtenberg, 1990) e investigaciones periodísticas cuyos valiosos aportes se vieron empañados por exageraciones e imprecisiones (Kiernan, 2006; Kollmann, 2001; Maradeo, 2015).

Es por ello que este trabajo aspira a arrojar luz sobre un período relativamente inexplorado en la trayectoria de estos agrupamientos prestando atención a las variaciones de un elemento tan significativo de su ideario como el antisemitismo. Para rastrearlo se recurrirá a sus publicaciones periódicas, cuya abundancia en las décadas finales del siglo XX–testimonio de la vitalidad y perseverancia de estos círculos, pero también de su capacidad para obtener recursos, editores y, hasta cierto punto, lectores–obliga a realizar un recorte que resulte representativo y permita al mismo tiempo contrastar distintas vertientes de estas corrientes. Es así que la primera parte se acercará a los integristas católicos, en especial a aquellos reunidos en Cabildo. La segunda abordará a los neonazis–más o menos explícitos–de “Alerta Nacional” y “El Ataque”. Finalmente, la última sección tratará el caso de “Disenso”, hoja de “metapolítica” que se deshizo–al menos a primera vista–del bagaje antijudío (Dotti, 2000: 585). La conclusión retomará las observaciones de estos apartados para realizar una reflexión general sobre el caso argentino bajo el prisma de la larga historia del antisemitismo en Argentina, así como a la luz de lo ocurrido en otros países de la región.

Cabildo. Lo viejo y lo nuevo

Cabildo apareció a mediados de mayo de 1973, pocos días antes de que la “Revolución Argentina” cediera el poder al primer gobierno peronista en casi dos décadas.[5] La empresa estuvo encabezada por Ricardo Curutchet, colaborador de Marcelo Sánchez Sorondo en Azul y Blanco (Galván, 2013) y luego director de otras revistas nacionalistas como Tiempo Político y Vísperas. Las épocas iniciales fueron turbulentas, en tanto la administración de María Estela Martínez de Perón prohibió la revista por decreto en 1975. Esto forzó al director a alterar el nombre a El Fortín, el mismo que utilizara décadas antes Roberto de Laferrère (Ibarguren, 1969). El cambio no fue afortunado, ya que la publicación sucumbió meses después a una nueva interdicción estatal, dando lugar a la fundación de Restauración, la cual lanzaría siete números entre junio de 1975 y febrero de 1976. El golpe del 24 de marzo la interrumpió una vez más, aunque en julio de ese año Cabildo pudo iniciar su “segunda época”. El staff fue heterogéneo, reuniendo a veteranos redactores como Federico Ibarguren y Leonardo Castellani con jóvenes como los hermanos Antonio y Mario Caponnetto y Rubén Calderón Bouchet. Su cosmovisión, firmemente enraizada en el escolasticismo, el corporativismo y el catolicismo antimoderno, podría ser definida lato sensu como antidemocrática, antiliberal, anticomunista y anti-materialista. Según Jorge Saborido (2011: 188-201), sus “coordenadas ideológicas” habrían sido una concepción teológica de la política, la reivindicación del Medioevo europeo, el “hispanismo” y una visión conspirativa de la Historia.

El rol del antisemitismo no habría sido menor, en tanto se les imputaron a los judíos tanto los crímenes señalados durante siglos por el anti-judaísmo cristiano como aquellos atribuidos por narrativas más “modernas”, tales como el dominio global a través de las finanzas, el apoyo a ideologías revolucionarias, el negacionismo de la Shoá y el carácter ilegítimo del Estado de Israel. En este sentido, el discurso de los redactores no se habría distanciado de lo sostenido por antisemitas en otras latitudes. De hecho, las representaciones de los judíos reprodujeron rasgos largamente establecidos como barbas largas y ralas, kipot y sombreros, peiot y tefilim, ropas oscuras y narices ganchudas.

Dadas estas premisas, la connivencia hebrea con el “Mundo Uno” o la “sinarquía”—fuera a través del Estado de Israel o de fachadas como la Comisión Trilateral y la Fundación Rockefeller—fue algo ampliamente aceptado. En octubre de 1990, la portada de Cabildo incluyó una cruda caricatura en la que Carlos Menem y su canciller Domingo Cavallo tiraban del carro del “Nuevo Orden Internacional”, sobre el cual iban montados George H.W. Bush, Margaret Thatcher, Mijail Gorbachov y—apenas visibles en el fondo—tres judíos “modélicos”. El antisemitismo se vio acompañado de anti-sionismo, en tanto Israel se volvió uno de los focos de la inquina tradicionalista: dicho Estado fue acusado de implementar métodos tan ilegales como brutales para liquidar a sus adversarios (Cabildo, marzo de 1985: 10), así como de beneficiarse económicamente a costa del resto del mundo usufructuando “fraudes” como el Holocausto (Cabildo, noviembre de 1988: 16). La divulgación de literatura “revisionista” de la Segunda Guerra Mundial se produjo a través de reseñas elogiosas y la promoción de sellos editoriales como la “Ultima Thule”, mientras que referentes destacados de esta postura—como Mark Weber (1989), del Institute for Historical Review—enviaron artículos. Por otra parte, la complicidad y hasta incitación de la “subversión” a nivel cultural y político fue otro vetusto pero recurrente argumento, llegándose a sugerir que liberalismo, comunismo y progresismo habrían sido forjados por intelectuales judíos (Cabildo, enero-febrero de 1987: 16; Manfroni, 1983).

Esta fidelidad a los cánones del antisemitismo de las extremas derechas europeas y americanas del siglo XX coexistió con inflexiones surgidas de las especificidades del contexto argentino finisecular. Así, Cabildo alertó acerca de las ambiciones israelíes—al igual que las de británicos, chilenos y brasileños—sobre partes del territorio argentino, en particular de su comparativamente despoblado sur. En este punto, el Plan Andinia fue reflotado junto a los rumores de misteriosas adquisiciones de miles de hectáreas de tierra patagónica seguidas de movimientos migratorios masivos pero silenciosos (Baffi, 1985).[6] Por otra parte, la presencia de figuras de ascendencia judía cerca de Raúl Alfonsín (como Bernardo Grinspun, Mario Brodersohn y César Jaroslavsky) fue mostrada por Cabildo como una confirmación del carácter corrupto y “antinacional” de su gobierno.

El mismo retorno de la democracia habría sido auspiciado por el Comité Judío Internacional, cuyo plan consistiría en hacer del país una cuña para extender su influencia al resto de América Latina (Caponnetto, 1984). Si bien figuras de otra extracción como Dante Caputo, Raúl Borrás y Antonio Mucci también fueron fustigados, la etiqueta que predominó fue la de “sinagoga radical”, cuyo jefe máximo sería el abogado “erpiano” AlfonSión (Caponnetto, 1987). La revista embistió con especial ferocidad contra Marcos Aguinis, en quien convergerían la herencia hebraica, el prontuario “subversivo” y el firme propósito de pervertir hasta las tradiciones más arraigadas por medio de iniciativas “totalitarias” como el Programa Nacional de Democratización de la Cultura (Rótula, 1986). La influencia hebraica no terminaría en la UCR, tal cual lo mostraría un seminario realizado en Nueva York al que habrían asistido—además de Aguinis y Grinspun—los empresarios mediáticos Jacobo Timerman y Saúl Romay (Cabildo, noviembre de 1986: 13).

Las secuelas del “Proceso” también brindaron oportunidades para dar rienda suelta al antisemitismo: los pedidos de justicia para los desaparecidos judíos realizados por Marshall Meyer fueron considerados abusivos, sobre todo si se ponderaba que el perpetrador del “único holocausto válido en la historia” habría sido precisamente el “pueblo deicida” (Cabildo, noviembre de 1980: 14). Otro venenoso artículo contra el rabino añadió que si “uno de los caballitos de batalla de los organismos de solidaridad es el tema de los judíos desaparecidos”, éstos serían en su totalidad “desaparecidos en las acciones contra la subversión […] porque en la nómina de los caídos en Malvinas, no se los ve” (Cabildo, abril de 1984: 11). Al asegurar que este colectivo habría escapado al sacrificio común, Cabildo habría actualizado—junto a otras agrupaciones de las extremas derechas—la acusación de “doble lealtad”: los hebreos no tomaron las armas porque no sería fieles a Argentina, sino a Israel.[7] Aunque lo argentino y lo judío no pudieran jamás mezclarse, se le podía enrostrar a esta minoría que su actitud en 1982 habría estado signada por la duplicidad, la sedición y la traición.

De todas formas, si se realizara un balance entre los contenidos más “convencionales” y las novedades introducidas por Cabildo, el resultado favorecería por un margen considerable a los primeros. No deberían resultar entonces sorpresivos los homenajes a destacados antisemitas de las extremas derechas argentinas, tales como Gustavo Martínez Zuviría (Gigena Ibarguren, 1983) y Jordán Bruno Genta (Caponnetto, 1984). Aunque las causas para el predominio de las permanencias resulten demasiado numerosas como para detallar aquí, podría destacarse entre ellas el hecho de que la demonización de Israel y los judíos continuó funcionando como un código cultural para comprender la realidad, al igual que como un método para desentrañar sus secretos. El milenario anhelo de venganza de quienes habían crucificado a Cristo habría operado incluso como una de las principales explicaciones del decadente devenir argentino. Paradójicamente, este colectivo tan odiado se habría vuelto—como Quiroga y Rosas para Sarmiento—uno de los arcanos que permitía desentrañar el devenir de la nación argentina.

La “segunda época” de la revista llegó a su fin en septiembre de 1991, vapuleada por los vaivenes económicos de los primeros años menemistas. No fue este el final de Cabildo, la cual inició un tercer ciclo exactamente ocho años después de interrumpirse. Dado el fallecimiento de Curutchet en 1996, la dirección fue asumida por Antonio Caponnetto, quien no alejó a la publicación de las coordenadas antimodernas, antiliberales, antidemocráticas y antiprogresistas señaladas por Saborido (2011). Tampoco habría desaparecido el antisemitismo, en tanto la entrega de mayo de 2000 amonestó a Juan Pablo II por desvivirse en disculpas durante su visita a Israel, al tiempo que manifestó un frío desprecio hacia los líderes judíos por considerar el gesto insuficiente (Cabildo, abril de 2000: 28). Contra estos últimos el anónimo redactor recordó a los niños santos Simón de Trento y San Guillermo de Norwich, “dos de las no pocas víctimas católicas de los crímenes rituales ejecutados por los hebreos” (Cabildo, abril de 2000: 28).[8] En pocas palabras, la animadversión hacia “lo judío” habría continuado siendo a comienzos del siglo XXI un elemento troncal en el discurso de la revista en su lucha por la Nación y contra el Caos.

Alerta Nacional y El Ataque, o los neonazismos criollos

Alerta Nacional (AN) fue fundada en junio de 1983 por Alejandro Biondini, ex miembro de la Tendencia Revolucionaria posteriormente vinculado con la revista Línea de José María Rosa y con la agrupación “La Mazorca” (Kollmann, 2001; Trajtenberg, 1990: 108). La publicación apareció bimensualmente en una edición de dieciséis páginas hasta septiembre de 1984, resurgiendo en marzo de 1985 con un formato tabloide de ocho. Como sus contrapartes integristas, manifestó un profundo desprecio por la administración radical, los Estados Unidos, Inglaterra y todo lo que pudiera asociarse con las izquierdas. No obstante, por encima de todos esos enemigos—y en muchos casos manipulándolos—se encontrarían los judíos, anatemizados en todas las entregas de AN. De hecho, el antisemitismo se fue radicalizando durante el devenir de la revista, coincidiendo con una imitación cada vez más desembozada de la ideología, los discursos y hasta la estética del nacionalsocialismo. En este sentido, el emblema de la agrupación combinó el “Siete de San Cayetano”–“el símbolo que por su propia esencia es la antítesis de todo lo parasitario, de todo lo usurero, de todo lo improductivo, de todo lo anticatólico, en otras palabras, es lo diametralmente opuesto a todo lo judío” (Biondini, 1987a)–con la consigna “Argentina, ¡despierta!”, traducción literal del “Deutschland erwache!”.[9] Asimismo, el arresto de Biondini en abril de 1988 por hacer “apología de la violencia” en el centro porteño dio lugar a representaciones idealizadas y celebratorias del autoproclamado “líder del nacionalismo peronista” que imitaron las imágenes difundidas de Adolf Hitler durante su paso por la prisión de Landsberg. Desechando toda sutileza, Alerta Nacional aseveró que la de su jefe no sería una causa personal, sino “nuestra lucha”.

Apartando la parafernalia cripto-nazi, el antisemitismo de esta publicación no habría presentado grandes innovaciones ni diferencias significativas respecto del de Cabildo. De hecho, en ambos casos predominó una repetición de consignas que no temió caer en el cliché. Fue así que los colaboradores de Alerta Nacional reivindicaron los Protocolos de los Sabios de Sión como un libro profético que mostraría “quiénes son los verdaderos enemigos de la Humanidad” (AN, mayo-junio de 1984: 3).

Este aserto tendría resonancias especiales en la Argentina, en tanto Biondini aseveró que los hebreos habrían “pagado nuestra hospitalidad comportándose como quintacolumnistas y sabandijas cuyo único dios es el oro, cuya única bandera es la de Israel y cuya única avocación es seguir crucificando a los humildes de nuestra tierra” (1987b: 4). Prueba de ello–como esgrimiera la hoja de Curutchet–habría sido su negativa a colaborar durante el conflicto del Atlántico Sur, con Luis Alberto Vera proclamando en una manifestación que “si ningún judío fue capaz de morir por Malvinas, entonces, ¿qué hacen aquí en mi Patria? ¡Qué se vayan!” (AN, febrero de 1988: 7). Para el ex combatiente, la consigna “Braden o Perón” se traduciría a los ochenta como “Argentina o Israel” (AN, febrero de 1988: 7). No fue esta la única consigna justicialista que se vio teñida de antisemitismo: la “tercera posición” sería en términos estrictos la segunda, ya que–en la línea de Tacuara y Patria Bárbara (Padrón, 2016: 204-12)–los EE.UU. y la URSS no serían más que dos caras de la estrategia “judeo-sionista”. Para el director de AN, “el capitalismo y el comunismo son internacionales como el judío, desarraigados como el judío, apátridas como el judío, enemigos de Cristo como el judío” (1987: 1). Por ello, “aplastar la cabeza de la víbora, oponerse con inteligencia y organización a la usura judeo-sionista” fuese “el único camino para la liberación de los Pueblos” (AN, mayo-junio de 1984: 3).

En el plano internacional, Israel fue definido como “un régimen genocida y racista” por sus políticas hacia los palestinos, objeto asiduo de la solidaridad de figuras como René Tulián (1984: 1989). Al igual que Cabildo, la revista de Biondini acusó a dicho país de querer “exprimir” a la Argentina a través del sistema financiero internacional, al tiempo que codiciaría franjas de la Patagonia para constituir un segundo Estado sionista en uno de los territorios señalados por Theodor Herzl (Figuerola, 1984: 7). La revista difundió relatos sobre el cauteloso arribo de miles de judíos, fundando colonias como uno de los primeros pasos en su plan de conquista (AN, julio-agosto de 1984: 8-10). Además de codiciar porciones del terruño argentino, los hebreos desearían reescribir la historia nacional a partir de “mitos” perniciosos y auto-flagelantes como el de los “30.000 desaparecidos”. Concordando una vez más con la publicación de Curutchet, se hostigó a Marshall Meyer en tanto presunto cabecilla de aquellos “sectores de ‘derechos humanos’” que habrían organizado una cacería para juzgar indiscriminadamente “a todos: superiores, oficiales y suboficiales” y quebrar la columna vertebral de las Fuerzas Armadas (AN, julio-agosto de 1984: 9). De hecho, este “activismo judicial”–acompañado por periodistas que habrían sacado a relucir “a una gama indiscriminada de insultos, difamaciones y agresiones contra el conjunto de nuestros hombres en armas”–sería sólo una parte de “un claro plan de acción conduciendo al desmembramiento de las instituciones centrales de nuestra comunidad”, entre las que también se contarían la Iglesia, los sindicatos y el movimiento justicialista (AN, mayo de 1987: 1).

La ejecución de ese plan no resultaría sorpresiva, en tanto AN vinculó al gobierno iniciado en 1983 con la “subversión” y los intereses “judeo-sionistas”. Para la publicación, un simple sondeo estadístico ponía en evidencia la existencia de la “sinagoga”: “nunca ha existido un gobierno como el que nos toca padecer en el que a quienes dicen que sólo son el 1% de la población (porque según la DAIA los judíos en Argentina no son más de 300.000) […] se le haya concedido el 85% de los cargos públicos claves como sucede con el régimen de Alfonsín” (Biondini, 1987b: 4). Mientras se tramitaba una “ley antidiscriminatoria” y se aseguraba que “el ‘Plan Andinia’ es un invento creado por el ‘nazi-fascismo’ para perjudicarlos a ellos, las ‘pobres’ víctimas, los eternos ‘llorones del muro’”, la UCR apuraría el traslado de la capital a Viedma y abriría las puertas al arribo de inmensos contingentes de judíos bielorrusos (Biondini, 1987b: 4). La asociación habría llegado al punto de representar al propio Alfonsín–cuyas raíces inglesas fueron remarcadas hasta el hartazgo–con una kippa en una caricatura donde un gigantesco Perón demolía literalmente sus sueños de fundar un “tercer movimiento histórico”.

La obsesión con la nación austral no habría sido accidental, ya que los “poderes mundiales ocultos” la habrían visto como el lugar de nacimiento una figura capaz de desafiarlos. Así, Biondini enfatizó que La sinarquía judía teme seriamente la aparición en el transcurso de esta década de un Líder Argentino cuyo estilo podría enmarcarse dentro de estas tres posibles alternativas: un “Kadafy” (sic) (si proviene del espacio militar), un “Khomeini” (si se acentúa el aspecto religioso), o lo que sería más preocupante, un “HITLER” (que en tal caso provendría del campo civil pero al frente de un movimiento de características “fanatizadas y marciales”) (1987: 2).

Tan cierta sería esta posibilidad que el Mossad habría recurrido a los métodos desesperados que también denunciaban los integristas católicos. Pero a diferencia de ellos, AN habría padecido la brutalidad del sionismo en carne propia, en tanto las muertes de Vera, Tulián y el secretario de Redacción Alfredo Guereño fueron catalogadas de ataques directos del Estado medio oriental (Echeverría, 1987; Ghio, 1987; Kollmann, 2001: 24).[10] Quizás este haya sido uno de los rasgos más distintivos de esta agrupación: un antisemitismo con similitudes conceptuales y argumentales con el de Cabildo, pero más omnipresente y pertinaz, superpoblando la revista y colonizando la subjetividad de sus colaboradores. En este sentido, la mímesis de los uniformes y los lemas de un movimiento antisemita por antonomasia habría retroalimentado el sentimiento de abyección que despertaba “lo judío”.

Notables paralelos con el caso de AN mostró el Movimiento Nacionalista Social (MNS), creado a mediados de los ochenta por Federico Rivanera Carlés, pariente del fundador de la Liga Patriótica Argentina. Este personaje tenía una carrera nada desdeñable en las extremas derechas, habiéndose vinculado con El Caudillo de la Tercera Posición durante las presidencias de Perón y su esposa para fundar tras el golpe de Estado la Editorial Milicia.[11] El lanzamiento de títulos antisemitas y negacionistas habría molestado a los funcionarios del “Proceso”, en tanto dicho emprendimiento fue clausurado en septiembre de 1976.[12] Esto no impidió que Rivanera Carlés se mantuviera activo, reuniendo los recursos y construyendo las redes que se concretarían en el MNS. En su apogeo, éste reunía unos pocos centenares de miembros de orientación anti-judía, anti-masónica y filo-nazi que se auto-percibían como una falange proletaria y revolucionaria enfrentada al “Internacionalismo Sionista”.[13] El movimiento estuvo acompañado de iniciativas como el Instituto de Investigaciones sobre la Cuestión Judía, que organizó charlas y editó volúmenes sobre el judaísmo y la francmasonería (Rivanera Carlés, 1986; 2004). Asimismo, entre julio de 1985 y agosto de 1989 el MNS tuvo un mensuario titulado El Ataque, probablemente inspirado en Der Angriff de Joseph Goebbels.

Las referencias terminológicas y estéticas al Tercer Reich no terminaron allí, superando en copiosidad incluso a la revista de Biondini: consignas como “¡Bandera en alto!” y “¡Argentina sobre todo!”—traducciones directas de Die Fahne hoch (nombre popular de la canción oficial del NSDAP) y Deutschland uber Alles (el himno germano)—fueron así recurrentes. En otras instancias, se recurrió directamente al pastiche de elementos nazis con tópicos vernáculos, combinando por ejemplo una cruz de Malta y una calavera con puñales cruzados con la consigna facundiana “Soberanía o muerte”. La mixtura habría podido apreciarse también en los uniformes, los cuales fusionaron rasgos de los camisas negras y pardas–como las tiras de cueros–con aditivos “gauchescos” como bombachas y botas (Rivanera Carlés, 1988).

Al igual que Cabildo y AN, diferendos internos y problemas pecuniarios habrían hecho que El Ataque pasara por varias etapas: primero fue un tabloide de ocho páginas hasta que, en 1987, se redujo a cuatro con una tipografía mucho más apretada. También estuvo en sintonía con los otros órganos de las extremas derechas en su arremetida contra Alfonsín, agitando acusaciones de corrupción, inoperancia y sumisión al exterior (El Ataque, septiembre de 1985: 4-6). Pero a diferencia de la ecuanimidad mostrada por AN hacia el justicialismo, se aseveró que los tentáculos del “pulpo sionista” alcanzaban también a la oposición, como lo mostraría la preponderancia de José Luis Manzano en el “peronismo renovador” (El Ataque, abril de 1988: 1). En línea con lo postulado por Cabildo, Rivanera Carlés proclamó que el verdadero enemigo sería “el pérfido y criminal sistema demoliberal que nos deshonra y nos traiciona desde hace 130 años […] impuesto por nuestros enemigos en Caseros no para liberarnos sino para dominarnos y ¡a fe mía! Que lo han hecho satisfactoriamente” (1985b: 1). La corrupción se extendería también al sistema económico, condenándose al “capitalismo prestamista” y “financiero”, “basado en la esclavitud al interés del dinero, que explota igualmente a toda la comunidad de trabajo, especialmente a los trabajadores manuales, pero también a los empresarios” (El Ataque, septiembre de 1985: 7). De ahí que El Ataque abogara —como el nazismo y el fascismo, pero también a corrientes sumamente distintas como fracciones del peronismo y el radicalismo— por un capital “industrial y productivo” que creara empleos, modernizase la infraestructura y multiplicara las riquezas del país (El Ataque, septiembre de 1985: 7).

La cristalización de esta política que falseaba la soberanía popular y esta economía que expoliaba a las masas era la “plutocracia”, fenómeno que no sería “producto de la degeneración del sistema, sino la consecuencia fatal de su naturaleza” (El Ataque, septiembre de 1985: 7). Las posturas antidemocráticas, antiliberales y anticapitalistas propiciaron una retórica anti-burguesa, como podría observarse en unos versos que advertían que “si haces oídos sordos al llamado de auxilio de Argentina, si eres un sujeto bastardo incapaz de responder al imperativo de su sangre y de su tierra […] en el MNS no hay sitio para ti. Porque tú eres la deshonra de Argentina y de los argentinos verdaderos” (El Ataque, septiembre de 1985: 8). Igualmente lapidaria fue la opinión del marxismo, “engendrado por el pensamiento burgués” y última etapa del mismo, en tanto culminaría en “la negación de nuestra estirpe y de nuestro pasado y, por lo tanto, de nuestro porvenir” (El Ataque, septiembre de 1985: 7). Fue así que la agrupación capitaneada por Rivanera Carlés cayó—como AN—en una brumosa “tercera vía”, quizás menos nostálgica del justicialismo y el tercermundismo que de los fascismos: “¡Ni derechas ni izquierdas! ¡Ni capitalismo de Estado ni capitalismo individualista! Un régimen nacional: ¡EL RÉGIMEN NACIONALISTA SOCIAL!” (El Ataque, septiembre de 1985: 1). Postura que implicaría enfrentarse a múltiples enemigos: al imaginar al “criollo” que vendría a “mandar”, El Ataque representó a un gigante con el uniforme del MNS que espantaba con su simple presencia a Caputo, Alfonsín y Sourrouille, pero también a un comando inglés, un hippie fanático de U2 y al Tío Sam.

No obstante, ubicado en el centro de esta “escoria” podía verse a un judío con kipá, túnica negra y una larga barba. La estereotípica nariz ganchuda completaba la imagen, pero no era un patrimonio exclusivo del hebreo: tanto el seguidor de Bono como el estadounidense la tenían, señal quizás de su connivencia con la “internacional sionista”. Entre todas las marcas de identidad que El Ataque utilizó, ninguna habría sido tan persistente e intensa como el antisemitismo. Así podría entenderse que Félix Ruiz (1988) describiera al MNS como “un pequeño movimiento, compuesto por trabajadores y estudiantes, carente por completo de recursos” que había no obstante causado “preocupación a los todopoderosos hebreos, poseedores de los medios de difusión, amos de las finanzas, dueños del gobierno y predominantes en todos los partidos, tanto democráticos como marxistas”. Esta entidad multiforme y ubicua que serían los “judíos” no sólo le permitía a los nacionalistas sociales autodefinirse, sino también comprender su entorno: detrás de cada evento, una mano semita movería los hilos (El Ataque, abril de 1988: 1). Como las otras revistas, El Ataque afirmó que la opresión sería especialmente brutal en la Argentina, con sus planes económicos siendo digitados por “hombres del Banco Mundial” como el “hebreo” Stanley Fisher y cuyo territorio estaría siendo despedazado según el Plan Andinia (El Ataque, abril de 1988: 1).

Por cierto, tampoco la publicación de Rivanera Carlés innovó en los tópicos y narrativas desplegados. Así, su concepto de “judeidad” reprodujo—a veces verbatim—lo aseverado por los manuales nazis, advirtiendo por ejemplo que “es indispensable para comprender el problema judío advertir que el judaísmo no es una religión sino una raza. La religión judía no ha creado al judío sino viceversa y su papel ha consistido en reforzar los caracteres innatos del mismo” (Rivanera Carlés, 1985a: 13). También recurrieron a trillados mecanismos como invertir la carga de culpa, reaccionando a la “Ley Antidiscriminatoria” con una acusación:

Los judíos no sufren discriminaciones: SON LOS VERDADEROS DISCRIMINADORES. Son ellos los que no quieren mezclarse con nosotros, los “impuros” […] SOMOS LOS ARGENTINOS QUIENES NECESITAMOS UNA VERDADERA LEY CONTRA LA DISCRIMINACIÓN POR PARTE DE LOS JUDÍOS. Tampoco los judíos son las víctimas: SON LOS VICTIMARIOS DEL PUEBLO ARGENTINO (Ruiz, 1988: 4).
El desprecio por el “régimen demo-liberal” no obturó que El Ataque expresara su preocupación por una “ley anticonstitucional” que consagraría como “delito de opinión” toda idea que molestara a los hebreos:
quien denuncia al judío como el verdugo de nuestro pueblo, apoyándose en pruebas aplastantes que están a la vista de cualquiera, IRÁ PRESO. En cambio, gozan de plena libertad todos los alcahuetes de Judá, quienes ataquen los valores esenciales de la argentinidad, los profanadores de la Santa Cruz, los que afrenten a la religión y a los símbolos patrios, los difusores del comunismo, los que piden la destrucción del ejército cuando el invasor inglés se expande en nuestro suelo, quienes fomenten la pornografía, la homosexualidad, la droga (Ruiz, 1988: 2).

En suma, los usos del antisemitismo en El Ataque no habrían mostrado divergencias significativas con aquellos presentes en Cabildo y AN. Quizás podría apuntarse que el carácter precario e incendiario de la publicación—junto a la obsesiva evocación de la imaginería y los rituales nazis—estaba más próximo de los seguidores de la publicación justicialista que de la tradicionalista. No obstante, mientras Biondini se habría limitado a reproducir estereotipos anti-judíos, Rivanera Carlés habría ido más allá al erigir en torno del “hebreo” un campo de estudios. Tras la desaparición en 1988 de su publicación, su Instituto continuó organizando cursos, eventos y seminarios donde el antisemitismo y el antisionismo fueron centrales. Actividades que, a la manera de un arca de Noé, habrían posibilitado que este tipo de contenidos y discursos atravesara los años finales del siglo XX y los iniciales del XXI.

Disenso, ¿la otra campana?

Disenso irrumpió a mediados de 1994, con una sobria portada que detallaba prolijamente los títulos de los artículos y los nombres de sus autores. A diferencia de los tabloides arriba tratados, la calidad del papel, la tipografía clara y la profusión de ilustraciones sugerirían que los responsables quisieron presentar un artefacto cultural con marcas paratextuales de prestigio. De hecho, los artículos tuvieron en promedio una extensión y una complejidad mayores que en las otras revistas, eludiendo asimismo los temas coyunturales. La cuidada presentación indicaría también que los fondos no escasearon: en efecto, la iniciativa habría sido posible gracias a contactos con empresas como Sistemas Argentinos de Seguridad y el Banco de la Provincia de Buenos Aires, además de gremios como el Sindicato de Mecánicos y Afines del Transporte Automotor (SMATA). Este financiamiento—suficiente pero nunca holgado—le habría permitido a Disenso medrar por un tiempo, alcanzando una tirada promedio de dos mil ejemplares y organizando conferencias de alcance internacional. Las ambiciones también se vieron reflejadas en la nómina de colaboradores, la cual incluyó a representantes de la “Nueva Derecha” (Andriola, 2014; Taguieff, 1994) como Alain de Benoist, Marco Tarchi y Robert Steuckers, además de figuras locales tan variadas como Abel Posse, Mario Bunge y Vicente Massot. Al frente estuvo Alberto Buela, licenciado en filosofía por la Universidad de Buenos Aires que se había vinculado en los sesenta con el Movimiento Nueva Argentina para luego aproximarse al padre Julio Meinvielle. Su familia tenía fuertes lazos con las extremas derechas, en tanto su hermano Carlos era un sacerdote que había participado asiduamente en Mikael y Verbo para luego fundar el Instituto del Verbo Encarnado (IVE) mientras que sus primos Héctor y Hugo se aproximaron a Jacques-Marie de Mahieu e integraron en los ochenta el capítulo local del Circulo Español de Amigos de Europa (CEDADE).

La diversidad no impidió el surgimiento de un discurso ideológica y temáticamente homogéneo, dentro del cual sobresalieron tópicos como la suspicacia frente a la democracia formal, las denuncias del “Nuevo Orden Mundial” impuesto por la “plutocracia internacional”, la degeneración motivada por la “subcultura” materialista impuesta desde los Estados Unidos y la necesidad de una “unidad hispanoamericana” frente a estos desafíos. Ciertamente, una genealogía del “antimperialismo de los nacionalistas” podría remontarse al modernismo del cambio de siglo, hallando exponentes en Manuel Gálvez y Ricardo Rojas (Altamirano y Sarlo, 1983). La novedad de los noventa habría residido en la ausencia de obstáculos y alternativas a la Pax Americana, la cual avasallaría–de ser necesario manu militari–toda resistencia a sus intereses y way of life (Buela, 1995). Europa fue percibida como un simple apéndice de EE.UU., y por ello aquejada de los mismos males (Posse, 1994). El marxismo fue visto con más nostalgia que odio, mientras que la evaluación de las transformaciones ocurridas en el antiguo bloque socialista fue escéptica (Posse, 1996). Por su parte, Iberoamérica—como la revista insistió en denominarla—aparecía dividida y empobrecida, pero de su despertar podría surgir una réplica contra la nueva hegemonía (Fernández de la Mora, 1994). Un proyecto que no sería una mera utopía, sino que muchos veían concretado–al menos en principio–en el Mercosur (Cagni, 1995).

Ahora bien, en sus ataques al “Mundo Uno”, en sus críticas del “pos-capitalismo”, en sus ensayos sobre la degeneración de las juventudes, los colaboradores de Disenso no mencionaron a los judíos. Así como, en sus especulaciones sobre la arena global, no hicieron referencia al Estado de Israel. Si los problemas diagnosticados eran similares a los señalados años antes por Cabildo, El Ataque y AN—la banalidad cultural y la mediocridad artística, el marxismo y las miserias de la clase política—, las explicaciones propuestas y las soluciones propugnadas variaron sustantivamente. En este punto, resulta difícil resistir la tentación de plantear que un “giro copernicano” habría tenido lugar, en tanto algunas franjas de las extremas derechas habrían abandonado el antisemitismo sin desprenderse de otras tramas perdurables como el anti-materialismo y el antinorteamericanismo. Podría así sugerirse que un contexto histórico signado por el despliegue del poderío estadounidense tras la caída del Muro de Berlín y el final de la Guerra Fría habría hecho que viejos adversarios como el comunismo y el sionismo parecieran menos peligrosos que el coloso del Norte.

Por atractiva que resulte, esta interpretación debería ser matizada. Por empezar, el de Disenso sería un caso aislado, ya que las investigaciones de Rivanera Carlés sobre el “problema judío” habrían proseguido sin pausa mientras que en su “tercera época” Cabildo no tardó en reflotar los topoi antisemitas y antisionistas. A esto podría agregarse la matriz antijudía de las iniciativas contemporáneas de Biondini, desde el PNT—descendiente de Alerta Nacional a través del Partido Nacionalista de los Trabajadores—hasta la red informativa Kalki y el portal web Ciudad Libre Opinión (Kollmann, 2001: 187-8). A lo cual podría agregarse la emergencia de agrupaciones aquí no tratadas, como el Partido Nuevo Orden Social Patriótico de Alejandro Franze (Kollmann, 2001). Y si bien las diferencias entre el grupo liderado por Buela y los demás no fueron menores–tal cual lo atestiguan la desconfianza mutua y los esporádicos altercados–, unos y otros habrían coincidiendo también en actos públicos, reuniones y periódicos. De hecho, Disenso fue parte de una red trasnacional que reunía a personajes heerogéneos, entre los cuales podían contarse antisemitas, antisionistas y neo-nazis. Fue el caso de Erwin Robertson, director de la revista chilena Ciudad de los Césares; del español José Javier Esparza, con su publicación Hespérides; del ensayista croata Tomislav Sunic (1995); de Steuckers (1995), quien envió un artículo y promocionó su hoja Vouloir; y también De Benoist, quien hizo lo suyo con Krisis y Éléments. Asimismo, Marcello Veneziani hizo una defensa apenas velada de los fascismos y el nazismo al aseverar que sería hipócrita continuar pensando que en 1945 sólo se derrumbó un régimen despótico, totalitario o una constelación de tiránicos y sanguinarios poderes. En el 45 concluyó una gran esperanza que había contado con el consenso del pueblo y de los intelectuales que sería explicable si en lugar de demonología se hiciese sólo historia (1996: 56-7).

Podría sugerirse entonces que en Disenso no había antisemitismo, pero sí antisemitas. Difícilmente este desarrollo haya sido aleatorio, pero solamente puede especularse sobre los motivos. Quizás se trató de una decisión editorial orientada a evitar problemas legales como los que afrontó El Fortín de Marcos Ghio, incautado en un allanamiento de Huemul. Podría haberse tratado asimismo de una condicionamiento—implícito o explícito—para mantener el financiamiento que recibía la revista. O bien, podría ser el indicio de la búsqueda de nuevos auditorios, abiertos al discurso anti-globalización y antinorteamericano, pero no al anti-judaísmo.

A modo de cierre. Semper idem?

La exploración aquí propuesta de la prensa de las extremas derechas permite sostener que la preponderancia del antisemitismo y el antisionismo durante buena parte del siglo XX se habría mantenido tras el final del “Proceso de Reorganización Nacional”. Cabildo, Alerta Nacional y El Ataque coincidieron en denunciar la omnipresencia del “influjo judaico”, el cual corroería a la Cristiandad a través de la economía, la democracia y la cultura “pornográfica”. Materialización de esa nefasta fuerza histórica sería Israel, el cual operaría al margen del derecho internacional asesinando a sus enemigos y ocupando territorios ilegalmente. Víctima predilecta de “la judería” sería Argentina cuyo declive–medido en décadas o siglos–se debería a unos hebreos que detentarían un poder desproporcionado respecto de su cantidad. Auto-segregados a causa del mismo racismo que aborrecían en otros, medrarían a costa del resto como parásitos. Paradójicamente, la decadencia habría operado también como una confirmación del glorioso porvenir del país: así como Joseph de Maistre podía afirmar que Dios amaba a Francia porque la castigaba, las extremas derechas veían en los reveses anuncios del resurgimiento nacional.

Con la excepción de Cabildo, estas revistas no sobrevivieron a los noventa, aunque el anti-judaísmo se mantuvo presente en las iniciativas de Rivanera Carlés y Biondini. La publicación de Disenso entre 1994 y 1999 podría ser vista como una excepción que justificaría la regla, pero un recorrido sucinto de la nómina de colaboradores revela que muchos pasaron por espacios de corte antisemita, si es que ellos mismos no habían expresado opiniones de este tenor. De todas maneras, esta hoja exhibiría la capacidad de franjas de las extremas derechas finiseculares para deshacerse de parte del vetusto bagaje del nacionalismo vernáculo y articular una crítica que pudo prescindir del antisemitismo rabioso y el conspiracionismo antisionista.

La permanencia de este tipo de discursos se habría visto acompañada por su difusión, propiciando así esporádicas explosiones de violencia como las relatadas al comienzo. Una concatenación de fenómenos que, lejos de ser excepcional, encuentra parangones en otras partes de América Latina. Chile muestra en este sentido paralelos insoslayables, con Miguel Serrano editando escritos en los que no sólo reprodujo estereotipos anti-judíos y se hizo eco del Plan Andinia, sino que catalogó al Holocausto de invención pergeñada por los judíos para beneficiarse a costa del resto del mundo. Estos planteos no habrían pasado desapercibidos, alcanzando cierta resonancia en medios masivos e inspirando a organizaciones neonazis en los ochenta (Guzmán, 2010). Otro tanto podría decirse sobre México, en donde Salvador Borrego actuó como decano del “revisionismo” mediante la publicación de decenas de libros y la dirección de varias revistas. No obstante, uno de los fenómenos más notables de las últimas décadas según Olivia Gall (2016) ha sido la diseminación de este tipo de discursos entre las izquierdas, creando una ambigüedad entre antisemitisimo y antisionismo que excede por mucho al escenario latinoamericano. Finalmente, Brasil fue el escenario de importantes iniciativas editoriales negacionistas–como Revisão, de Siegried Ellwanger–junto a una multiplicación de organizaciones neonazis y skinhead. Desarrollos que se habrían visto acompañados por un desembarco y rápida expansión en Internet, con una multiplicación de páginas web dedicados a la difusión y discusión de estas temáticas, a lo que podrían sumarse threads en sitios como Reddit y 4chan, perfiles en Twitter, Instagram y Facebook, entre otras alternativas posibles (Caldeira Neto, 2010; Pastor de Carvalho, 2016). En este sentido, el devenir del antisemitismo en la Argentina reciente no sólo revela notables parecidos con los desarrollos en otros países de la región, sino que difícilmente pueda ser entendido si no es pensado junto a ellos.

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  1. Una aproximación a este concepto, así como a las “tribus urbanas” argentinas en los años 2000, puede hallarse en Caffarellio (2008).
  2. Un abordaje general del antisemitismo puede hallarse en Kushner (2002: 64-72) y Levy (2010).
  3. El concepto de “derechas” dista de ser auto-explicable. Siguiendo a Bobbio (2014: 55-67), se adopta aquí una visión topográfica en vez de esencialista, considerando que las “derechas” se definen de manera relacional con las “izquierdas” y otras fuerzas, así como con el contexto sociohistórico en el que se insertan. Las derechas aquí estudiadas serían “extremas” (Eatwell y O’Sullivan, 1989: 147-9) por combinar su oposición feroz a la democracia, el liberalismo y el socialismo con chauvinismo, homofobia y tradicionalismo.
  4. Sin adscribir a un enfoque textualista o formalista, este abordaje parte del supuesto que “lo judío”–tal cual lo describen los autores estudiados–sería ante todo una construcción cimentada en el entorno simbólico o Umwelt producido por el propio discurso (Palti, 2009: 15).
  5. Sobre esta publicación, ver Cersósimo (2015) y Saborido (2011).
  6. Sobre el “Plan Andinia” y los temores sobre la pérdida de la Patagonia, ver Bohoslavsky (2009).
  7. Sobre el devenir de este argumento desde los sesenta, ver Rein (2007: 239-43 y 278-81).
  8. Cabe señalar que el culto del primero fue suprimido por el Concilio Vaticano II, mientras que la responsabilidad judía en el crimen del segundo fue descartada ya a fines del siglo XIX (Rose, 2015).
  9. Aunque Kollmann (2001: 21) sostuvo que el “Siete de San Cayetano” habría sustituido a la esvástica tras los problemas legales afrontados por el Partido Nacionalista de los Trabajadores (PNT), la exploración de Alerta Nacional revela que este símbolo circulaba en la organización mucho antes del comienzo de ese pleito.
  10. Según Kollmann (2001: 94-107), Guereño murió en julio de 1987 al caer por el hueco de un ascensor, encontrándose posiblemente en estado de ebriedad; Vera perdió la vida en abril de 1988 tras un tiroteo en Sarandí con la policía bonaerense, la cual habría encontrado una granada entre sus pertenencias; y Tulián fue atropellado en abril de 1991 por una camioneta en el centro porteño.
  11. Sobre El Caudillo, ver Besoky (2010).
  12. Aunque se ha remarcado la gravitación del nacionalismo católico entre los “duros” de las Fuerzas Armadas (Bilbao y Lede, 2016; Finchelstein, 2016), otros sectores se habrían mostrado refractarios a dicho ideario. Como ha mostrado Paula Canelo, la Secretaría General de la Presidencia criticó proyectos de reorganización a partir de sus similitudes con La Nueva República (2016: 89-90), mientras que en 1981 la Junta Militar sostuvo en un documento secreto que los “partidos de ultraderecha” debían ser excluidos del futuro orden político (2016: 192).
  13. Según Trajtenberg (1990: 108), la comunidad alemana local habría cumplido un rol fundamental.


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