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Los sefaradíes argentinos y el Holocausto

Ayuda y memoria, años 1930-1960

Adriana M. Brodsky

Introducción

El 15 de septiembre y el 6 de octubre de 1944, las revistas La Luz e Israel respectivamente incluyeron una larga lista de nombres que pertenecían a refugiados del campo Fedalah cerca de Casablanca. “[Estas] personas procedentes de Salónica y Francia,” anunciaban los editores de Israel, “indudablemente tienen parientes en esta benemérita patria de libertad.” “Rogamos a nuestros lectores lean con atención los nombres de los mismos,” continuaron, “y dirijan para cualquier dato…a [las oficinas de SOPROTIMIS (Sociedad de Protección a los Inmigrantes Israelitas)].” Las páginas siguientes incluían alrededor de 150 renglones con individuos y familias de hasta cinco miembros, casi todos exclusivamente de origen Sefaradí, para que aquellos en Argentina y en el resto de Latinoamérica en donde se distribuían las revistas, supieran del destino de sus familiares y de su deseo de escapar de Europa.

“Se ha asumido que pocos Sefaradíes fueron afectados por el Holocausto,” argumenta el historiador Aron Rodrigue. Debido a que los sefaradíes no son considerados europeos, y se percibe al Holocausto “como un evento europeo,” Rodrigue agrega que “se cree que [el Holocausto] tuvo poco o casi ningún efecto en las comunidades sefaradíes” (Rodrigue, 2005). Salvo en contados ejemplos, esa invisibilidad también es evidente en la literatura que ha detallado los esfuerzos hechos por las comunidades ubicadas fuera de Europa de confrontar la llegada de Hitler al poder y de lidiar con las consecuencias del Holocausto (Naar, 2018). En esta historiografía, las víctimas y testigos Sefaradíes también estuvieron ausentes. Pero a pesar de esa ausencia en las discusiones académicas del Holocausto y sus repercusiones en la Argentina, las listas publicadas en Israel y en La Luz nos recuerdan, que de este lado del Atlántico, los Sefaradíes fueron directamente afectados por las dislocaciones, persecuciones y exterminio masivo al que fueron sometidos los judíos en Europa durante la segunda guerra mundial.

Este capítulo viene a visibilizar a los sefaradíes argentinos revelando cómo reaccionaron a la subida de Hitler al poder, y cómo se organizaron para ayudar a los necesitados. Su participación en los esfuerzos organizados por la comunidad judía Argentina les permitió reivindicar un espacio dentro del judaísmo mundial y del Argentino. Cuando la guerra se extendió a países con grandes comunidades sefaradíes, los sefaradíes argentinos fundaron instituciones para ayudar a los suyos, afirmando así, la responsabilidad que les cabía a los sefaradíes de ayudar a otros sefaradíes. Y cuando la comunidad judeo-Argentina creó prácticas conmemorativas alrededor de eventos que habían tenido a askenazíes como protagonistas, los sefaradíes instituyeron un propio calendario alternativo para recordar a “sus” víctimas.

Este trabajo viene a sumarse a una cuantiosa producción historiográfica sobre el impacto del Holocausto en la Argentina, ofreciendo un correctivo a las narrativas que mayoritariamente se han enfocado en la experiencia de los askenazíes. Para ello, se han consultado las revistas Israel y La Luz, los libros de actas de la congregación Chalom, y del Centro Sionista Sefaradí, así también como material del American Jewish Archives y del American Joint Distribution Committee. Este texto también ilumina la manera en que el Holocausto impactó a las comunidades judías fuera de Europa, y los procesos tempranos de conmemoración y recordación (Chinski, 2017). La reciente colección editada por Aomar Boum y Sarah Abrevaya Stein (Boum y Stein, 2018) da cuenta del impacto del Holocausto en las poblaciones del Norte de África, por ejemplo. Si bien Argentina no estuvo tan involucrada como lo estuvo el Norte de África, esta publicación ciertamente sugiere la necesidad de abrir la mirada a otras áreas del mundo fuera de Europa. También, cómo Hasia Diner demostró para los judíos ashkenazíes de América del Norte, los judíos sefaradíes de Argentina participaron en la creación de una cultura de conmemoración polifónica (Diner, 2009).

El ascenso del nazismo y del antisemitismo: los judíos y su lugar en la nación argentina

Las revistas Israel y La Luz dedicaron especial atención al auge del antisemitismo en las Américas, aunque siempre subrayando la condena que tal ideología despertaba. Esto sirvió para establecer una comparación con Europa que les permitía confirmar lo acertado de su decisión de alejarse del viejo mundo, así como también presentar a una América moderna enfrentada a una Europa en decadencia. Como otras publicaciones judeo-argentinas, las revistas sefaradíes también anunciaron el aumento de actos antisemitas en el país, pero siempre enfocados en resaltar que en la Argentina esas expresiones no tenían cabida. “El pueblo argentino, que supo luchar por su libertad, es un pueblo que ama las conquistas de la civilización y [al que] le repugnan los odios absurdos y los prejuicios ancestrales,” argumentaba Israel en 1932. Y en 1933, luego del acto de repudio a los “procedimientos vandálicos de Hitler” organizado por Poale Sión en el Luna Park el 27 de marzo, los editores de Israel volvieron a comentar que la protesta “fue un magnífico índice de la indignación [de aquellos que] vivimos en un país libre, progresista y civilizado.” Al equiparar al antisemitismo con “odios absurdos y prejuicios ancestrales,” la revista alababa a la Argentina, su libertad y sus instituciones republicanas.

Unos años más tarde, La Luz explicó las razones por las que el fascismo no tenía chances de arraigarse en la Argentina. Esta posición también les permitió destacar el rol que los judíos habían jugado en la creación de la República. Luego de comentar sobre una serie de incidentes antisemitas en varias ciudades argentinas en 1937, los editores notaron que:

La opinión pública argentina sabe valorar el aporte de los judíos. Conoce las chacras y colonias judías diseminadas por toda la República. Aprecia la labor de los artesanos y de los comerciantes judíos, quienes hicieron accesibles para las amplias capas de la población los productos y utensilios indispensable para la vida cotidiana. Justiprecia la obra de los industriales hebreos, que están dotando a un país eminentemente agrario de grandes centros industriales. Sabe que los judíos no perturban el orden público, no figuran en los archivos del crimen y la delincuencia (La Luz, abril 9, 1937).

Los judíos, a la vez gauchos -en referencia a los colonos judíos de la JCA- y comerciantes e industriales -muchos Sefaradíes pertenecían a esta categoría- son valorados por sus contribuciones al auge de una Argentina moderna. Argentina rechazaba al antisemitismo, explicaba La Luz, precisamente por su modernidad, que había sido construida gracias a la contribución de los judíos. La reacción ante el aumento del antisemitismo en la Argentina permitió a los sefaradíes inscribirse dentro de la nación argentina moderna junto a los askenazíes cuyo mayor número les proporcionaba una visibilidad indiscutida.

Sin indiferencia frente al destino de los judíos askenazíes europeos

Los sefaradíes argentinos participaron activamente en campañas para ayudar a las víctimas europeas de antisemitismo. Las revistas sefaradíes cubrieron extensivamente el trabajo de tres comités formados dentro de la comunidad judía en 1933, 1937, y 1938. Además de informar a sus lectores de las actividades organizadas por estos grupos, las revistas hacían hincapié en el rol que los sefaradíes jugaron en el éxito de las campañas. También, desde un principio, la cobertura sirvió para resaltar que los esfuerzos concretos para ayudar a las víctimas eran imaginados como parte del proyecto mayor de la construcción del estado judío. La participación de los sefaradíes en estas campañas, entonces, ayudaron a hacer evidente su pertenencia a la comunidad judeo-argentina, así cómo también su compromiso con el sionismo.

En 1933, la Agencia Judía hizo un llamado a los argentinos judíos a “responder a las imperiosas exigencias del actual momento” para “mantener dignamente la honrosa posición de integrantes del judaísmo.” Ese llamado se transformó en la creación del Comité contra las persecuciones antisemitas en Alemania (La Luz, junio 23, 1933). El comité de colecta organizó tres subcomités: askenazíes, sefaradíes y judeo-alemanes. Los sefaradíes organizaron actividades en la ciudad de Buenos Aires, y también sus delegados viajaron a las provincias. “Todos sin excepción…deben participar en esta obra de solidaridad nacional,” imploró La Luz (La Luz, julio 14, 1933). Los sefaradíes actuaron como un grupo unido sin distinción de origen ni lingüística. Se propusieron hacer su contribución visible y reclamar con ella un espacio dentro de la comunidad judeo-argentina que luchaba, junto al pueblo judío en el resto del mundo, contra la amenaza de Hitler.

La proclamación de la campaña de 1933 para ayudar a los judíos alemanes subrayó la necesidad de recolectar fondos no sólo para las víctimas en Alemania, sino también para “construir el hogar hebreo donde los errantes y perseguidos judíos de Alemania puedan asegurar su porvenir” (La Luz, junio 23, 1933). El objetivo no fue solo resolver el problema de la persecución a corto plazo, sino construir un estado judío en dónde los judíos pudieran vivir sin discriminación. Desde el comienzo de su participación, los sefaradíes también imaginaron que las consecuencias de la persecución y la lucha por el estado judío estaban unidas. El Centro Sionista Sefaradí (CSS de aquí en más), fundado en 1931, hizo campaña en nombre de este comité de ayuda a los judíos alemanes en muchos de los actos que organizaron (CSS, Libro de Actas, julio 25, 1933). También, utilizaron los eventos en Alemania para resaltar la necesidad de contribuir con el Fondo Nacional Judío (JNF de aquí en más) para comprar tierras en Palestina (Israel, octubre 20, 1933). Usando un lenguaje parecido al utilizado en la cita arriba presentada, el CSS escribió que “allá lejos en Palestina un pueblo joven y vigoroso está luchando denodadamente para resolver el problema que se plantea a nuestros hermanos en Alemania y en otros países.” El JNF “con sus alcancías es el portaestandarte de la cruzada liberadora,” sentenciaron (Israel, octubre 20, 1933).

La unión entre la persecución de los judíos y la esperanza de un estado judío fue reforzada visualmente con una imagen muy poderosa que apareció en la tapa de la revista La Luz del 25 de agosto de 1933. En ella se ve, en la parte inferior, una civilización en ruinas, en las que estanterías de libros, edificios y numerosos cuerpos yacen destrozados bajo el peso de una enorme esvástica sobre la que se ve una figura parecida a Hitler. En la parte superior de la imagen, sobre las ruinas, se ve una civilización. Al pie de la ilustración se lee: “De entre la catástrofe de la Alemania hitlerista surge el esplendor del renacimiento de Eretz Israel.”[1] Con el uso de la imagen, La Luz se hizo eco del discurso del nazismo como un ataque a la civilización que había permeado las discusiones de la prensa Argentina (Chinski, 2015). Mientras que la catástrofe nazi apuntaba su furia a los judíos, la ilustración eligió resaltar, en primer plano, la destrucción de bibliotecas. El esplendor de Eretz Israel fue representado por instituciones que contribuían al desarrollo de la humanidad, como fábricas y universidades; no se incluyó ningún símbolo abiertamente religioso. La imagen universalizó la destrucción, así como también la solución: Eretz Israel aparecía como una respuesta a un ataque contra la civilización. La Luz convirtió a la idea de un estado judío no sólo como reclamo judío, sino uno que beneficiaría a toda la civilización. Así como los judíos habían convertido a la Argentina en una nación moderna, el estado judío contribuiría a la modernidad de toda la humanidad.

La participación de los sefaradíes se hizo aún más visible en la campaña para ayudar a los judíos austríacos desplazados en 1938. Tras el Anchluss, se creó el Comité de colecta pro refugiados y reconstrucción de Eretz Israel coliderado por el filántropo alepino Ezra Teubal. Las revistas sefaradíes cubrieron las campañas realizadas entre los sefaradíes, notando, nuevamente, el rol jugado por el CSS y publicando las listas de donantes sefaradíes. En varios casos, La Luz hizo notar que las donaciones de sefaradíes fueron mayores que las de los askenazíes. Con esas comparaciones, la revista deseaba disipar la presunción de que los sefaradíes eran “elementos indiferentes a los intereses vitales de su pueblo,” y mostraba su compromiso “para salvar el honor nacional” (La Luz, septiembre 9, 1938).

Creando empatía

Además de participar en las campañas organizadas por la comunidad en calidad de judíos argentinos, los sefaradíes articularon otras razones que explicaban su contribución. El 3 de julio de 1939, la comunidad de judíos de Rodas, asociados al templo y club social Chalom, organizó un “Homenaje a las Víctimas del Antisemitismo” como parte de la campaña iniciada por el Comité de colecta pro-refugiados y reconstrucción de Eretz Israel. El evento tuvo amplia cobertura en las revistas sefaradíes, y los discursos pronunciados revelan las estrategias utilizadas para apelar a sus correligionarios. Mientras que los sefaradíes parecían, hasta ese momento, haberse salvado de la furia nazi, se le pidió a la audiencia que empatizara con aquellas víctimas europeas. Se les apeló como judíos con los medios económicos necesarios, como esposas, padres, receptores de ayuda en el pasado, y como víctimas de persecución. Sobre todo, resaltaron que la ‘seguridad’ de la que gozaban en Argentina había sido resultado de la suerte.

Aún cuando las referencias a las víctimas hechas en estos discursos dan a entender que la audiencia entendía que eran alemanas o austríacas, y por ende no sefaradíes, los disertantes inscribieron a los sefaradíes dentro de la larga historia de persecución antisemítica, al mencionar la Inquisición. Salvador Tarica, miembro de la Congregación, recordó la trayectoria honrosa de los sefaradíes, “interrumpid[a] el año 92 del siglo XV.” Y prosiguió recordando que ese mensaje estaba

Escrito por las ánimas de las víctimas del clero en las aljamas de Gerona, de Estella, Tudela, Burgos, Alcalá, Zaragoza, Huesca, Pamplona y muchas otras más. Víctimas de las leyes contra los judíos de Palencia, Nájera, Miranda de Ebro, Toledo, etc. Víctimas de las inquisiciones en Aragón, Navarra, Cataluña, Soria, Sevilla, Castilla, Córdoba y Reinado de Jaen. Contiene el recuerdo del espantoso motín del 9 de Julio, de Valencia, de la destrucción de muchas juderías, de la muerte de tres mil sefaradím en un solo día del 6 de Julio en Sevilla (La Luz, julio 8, 1938).

Tarica terminó su discurso pidiendo a los sefaradíes y askenazíes “un[ir] en el recuerdo de hoy a las víctimas nuestras y vuestras de la Hispánica tierra, las del 1882 y 1905 por no citar otras…para que en su nombre vayamos en pos de nuestro ideal supremo: La Patria Sionista” (ídem). Los sefaradíes podían identificarse con la persecución y violencia que sufrían los judíos europeos en ese momento. Y precisamente porque ellos también habían sido víctimas en el pasado, comprendían la necesidad de aliviar el dolor. Los sefaradíes y askenazíes estaban unidos por y en el dolor.

Los oradores también recordaron a la audiencia que su presente era el resultado del azar, resaltando lo precario de la situación judía así como también la diferencia abismal entre Europa y América. “Nuestros hermanos del otro lado del océano,” destacó el dirigente rodeslí Mois Chami, “no tienen como nosotros la dicha de vivir en tierras de libertad como la Argentina” (La Luz, julio 8, 1938). Salvador Tarica también hizo hincapié en esa diferencia entre Europa y América, al pedirle a los presentes que no se olviden “que este régimen de libertad que para felicidad nuestra gozamos en este continente, es obra de la casualidad…del capricho de las corrientes migratorias: podrían ellos estar en América y nosotros en Europa, padeciendo los horrores que nosotros sufrimos nada más que por vía del afecto” (La Luz, julio 8, 1938). Esta estrategia discursiva sirvió para recordar a los sefaradíes argentinos que ellos habían sido simplemente más afortunados; su condición de judíos los hubiera convertido en víctimas si hubieran estado en Europa. Y el comprender esa vulnerabilidad compartida significaba que era posible la empatía y, por lo tanto, la ayuda económica.

Los discursos apelaron, también, a la audiencia como miembros de una creciente clase media con los medios con los que ayudar al necesitado. Ezra Teubal preguntó retóricamente a los presentes si era “posible que haya un pudiente sobre la tierra, que se niegue a contribuir con dignidad a esta campaña?” (La Luz, julio 8, 1938). Salvador Tarica, destacando la posición económica de los miembros de la audiencia, les recordó que muchos de ellos habían recibido ayuda en el pasado. “Muchos de nosotros, tal vez la mayoría,” rememoró, “debemos nuestra personalidad a la filantropía de un judío que supo cumplir con su deber en un momento estelar de su vida” (Idem). Los sefaradíes de la Argentina, Tarica y Teubal explicaron, se habían beneficiado de la ayuda otorgada por otros judíos con medios. Gracias a aquellos filántropos del pasado, ahora ellos podían asumir ese mismo rol. La Luz publicaba en lugares destacados la lista de aquellos que contribuían a las campañas, haciendo visible el estatus de clase media: los contribuyentes tenían los medios económicos para transformarse en los filántropos del presente. La participación en las campañas de ayuda les permitía, a los sefaradíes, demostrar su condición de judíos, de argentinos, y de miembros de una clase media en ascenso.

Los sefaradíes como víctimas de antisemitismo contemporáneo

Hasta poco antes del comienzo de la guerra en 1939, los sefaradíes eran sólo imaginados como víctimas del pasado. Sin embargo, la comunidad Chalom sabía del deterioro de las condiciones en las que vivían los judíos en Italia, Rodas y Salónica, sobre todo luego de las leyes antisemitas adoptadas en Rodas a finales del año 1938. Un año antes, a finales de 1937, y debido a la falta de poder de SOPROTIMIS (organización encargada de ayudar la llegada de inmigrantes judíos a la Argentina), los sefaradíes de Chalom crearon el Comité de ayuda al inmigrante sefaradí de habla española. Liderado por los filántropos Mois Chami y Elías Teubal, el comité consiguió la ayuda de un amigo del Ministro de Agricultura de la Nación para facilitar los permisos de entrada necesarios. “Nos llegaban nombres de personas necesitadas para emigrar y acá se preparaban contratos de trabajo y manifestaciones de parentesco para poder iniciar los trámites,” contó Isaac Chami, hijo de Mois (Isaac Chami, julio 1983). “De los negocios de mi padre o del Sr. Teubal,” continuó, “se extendían certificados de trabajo y pedidos por técnicos y otros especialistas, para poder gestionar [la visa].” De acuerdo a la información suministrada por el Sr. Chami, el comité ayudó a “unas 50 a 60 familias, unas 300 a 350 personas.” El comité permitió la entrada de mucha gente que no tenían familiares en la Argentina gracias a que las empresas de estos filántropos avalaban la entrada. El comité funcionó gracias a los contactos que tenían estas personalidades comunitarias, y la posibilidad de ofrecer trabajo a los recién llegados. “A algunos,” explica Chami, “se les instaló una fábrica o taller,” una vez que arribaron. En 1939, Mois Chami personalmente agradeció al Presidente Roberto M. Ortíz por haber intercedido a favor de esas familias de Rodas, explicándole que “ya están dedicadas al trabajo y dispuestos a adaptarse a este país generoso de tan honrosa tradición” (La Luz, junio 10, 1939). Este comité sefaradí, subrayaba La Luz, ayudó a otros sefaradíes para que ellos puedan seguir mejorando a la Argentina con el esfuerzo de su trabajo.

Los vínculos entre la congregación Chalom, creada en 1925 y a la cual pertenecían la mayoría de los miembros de este comité, y la comunidad judía de Rodas eran fuertes: muchas familias instaladas en la Argentina todavía tenían familiares en la isla, y las conexiones culturales y económicas entre ambos habían sido preservadas por muchas décadas. Que judíos de Rodas viviendo en la Argentina se hayan organizado para ayudar a aquellos que todavía vivían en la isla y en otras partes de Grecia fue una manera más por la cual esos lazos se manifestaron. Estos sefaradíes argentinos utilizaron los contactos que habían establecido con oficiales argentinos, y produjeron la información necesaria para lograr lo que otras instituciones no podían: estos eran “sus propios” hermanos.

Organizaciones rivales y objetivos encontrados

El comienzo de la guerra en 1939 renovó la urgencia para solucionar los problemas de las víctimas y los refugiados. Mientras las campañas anteriores se habían caracterizado por mantener unidos los objetivos de ayuda a las víctimas y los de la creación de un estado judío, la guerra marcó el comienzo de un conflicto entre grupos sionistas y no-sionistas. Los judíos no sionistas sostenían que el dinero recaudado en las campañas debía ser usado exclusivamente para ayudar a los judíos europeos y no para cubrir gastos de estructuras sionistas educativas y administrativas (Bell, 2002). Para complicar aún más las cosas, el conflicto sobre el destino de lo recaudado coincidió con el proceso de creación de una organización judía central que representaría a todas las instituciones judías del país. La consolidación de lo que luego se llamó la Delegación de Asociaciones Israelitas Argentinas fue lenta y conflictiva, y el poder de esta institución fue desafiado por muchos. Durante los años 40, tres organizaciones compitieron por representar a los judíos argentinos; los judíos no sionistas de izquierda se mantuvieron algo alejados, ya que fue claro desde un principio que la organización deseada sería sionista, hasta 1952, cuando la separación de los grupos fue completa.

Este proceso fue también complicado por la presencia de dos organizaciones transnacionales que formaron alianzas con facciones locales: El World Jewish Congress (Congreso Judío Mundial, CJM de aquí en más), y el Joint Distribution Committee (Comité Unido de Distribución, JDC de aquí en más) (Segev, 2014; Bauer, 1981; Raber, 2017). Mientras que el WJC buscaba defender los derechos de los judíos de la diáspora así como también mejorar la condición de aquellos que vivían en Europa, también apoyaba la construcción de un estado judío en Palestina. El JDC (o Joint, como se lo denominaba en la calle judía), por otro lado, se había fundado en 1914 para distribuir ayuda a los judíos del medio oriente, e intentaba no usar fondos para la construcción del estado. La presencia de estas organizaciones en la Argentina tuvo su origen en la reconfiguración de los centros del judaísmo mundial como resultado de la guerra. Mientras en el pasado las comunidades europeas habían jugado un papel preponderante en el desarrollo del movimiento sionista, en términos de líderes y de ayuda financiera, una vez que Europa cayó en manos de fuerzas Nazis, hubo la necesidad de buscar en el continente americano para responder a esas nuevas realidades. Luego de este “descubrimiento de América,” la Organización Sionista Mundial (OSM) creó Departamentos Latinoamericanos del Keren Kayemet y del Keren Hayesod en Buenos Aires (1941 y 1943), entidades que juntaban dinero para comprar tierras en Palestina -Keren Kayemet- y para ayudar el crecimiento de la comunidad judía -Keren Hayesod. La Agencia Judía creó un Departamento de Latinoamérica en la ciudad de Nueva York. Dentro de los departamentos creados por la OSM, los sefaradíes crearon sus propios departamentos para ser más eficientes en sus campañas.

Estas divisiones institucionales, así como también el conflictivo contexto político, llevó a resaltar diferencias entre los sefaradíes y los askenazíes. Esta división fue aceptada por los sefaradíes, ya que creían, con razón, que los askenazíes consideraban que no participaban en las campañas debido a sus deseos de mantenerse alejados de tanto conflicto político. Mientras anteriormente los sefaradíes habían actuado dentro de las estructuras existentes, y sus contribuciones no se habían dado mucho a conocer (salvo dentro de círculos sefaradíes como expliqué arriba), luego de estos cambios se podía demostrar más fácilmente su compromiso con la causa y podían ejercer un poco más de control sobre las sumas recaudadas. Y aunque comprendieron las implicancias políticas de sus elecciones, también desearon, tal vez inocentemente, mantenerse alejados de los conflictos que asediaron a la comunidad judeo-argentina durante esos años.

Atrapados en el medio

El Comité pro-ayuda a las víctimas judías de la guerra, fundado en 1939, proclamó una campaña en la que los sefaradíes participaron activamente con líderes y creando grupos específicos para obtener donativos dentro de sus comunidades. Dentro del comité, Ezra Teubal fue nombrado Presidente del Comité Ejecutivo, David Elnecavé (director de la revista La Luz) y Salvador Tarica (presidente de la Congregación Chalom) fueron elegidos miembros del Comité Plenario, y José Camji y Alberto Hazán (ambos miembros del CSS) fueron seleccionados como vocales. La campaña entre sefaradíes fue supervisada, nuevamente, por el CSS, y las revistas sefaradíes publicaron las actividades realizadas en pro de esta ayuda. Los conflictos entre las diversas organizaciones judías y el rol de la nueva DAIA contribuyeron, según la revista La Luz, a que la campaña general fuera un fracaso (La Luz, febrero 1941). Esta sería la última campaña en la que los sefaradíes jugaron un papel tal visible y central.

Luego de esta fallida campaña, la ayuda para víctimas fue realizada por dos organizaciones diferentes: el Comité central unido pro-socorro a las víctimas israelitas de la guerra (al que luego se le agregó la palabra refugiados, y al que se refería como Comité Central), y la Junta de ayuda judía a las víctimas de la guerra. El Comité Central estaba apoyado por la DAIA, y trabajaba en colaboración con el CJM. La Junta de Ayuda fue creada en 1943 con el apoyo del Joint. Dentro de esta realidad institucional, los sefaradíes dieron preferencia al CJM y al Comité Central, aunque también contribuyeron a todos los grupos. Esta preferencia se explica por el deseo de los sefaradíes de trabajar no sólo para aliviar el sufrimiento de las víctimas, sino también por la creación del estado de Israel. El Comité Central y el CJM cumplían con esos objetivos.

Estas instituciones también ayudaban a comunidades sefaradíes en Europa y daban a conocer esos objetivos a través de la prensa. El Comité Central en 1941 había comprometido públicamente fondos para ayudar a las comunidades de Grecia, específicamente a los judíos de Salónica, por entonces asediados por ataques aéreos debido a la invasión de Grecia. En 1941, el representante del CJM en Sudamérica, Dr. Jacobo Hellman, describió el trabajo de la institución para ayudar a “los Balcanes” y a Turquía. Luego de liberada Europa, un grupo de sefaradíes se acercó al Comité Central para pedir ayuda para los judíos de Salónica cuya condición describieron como “desesperante” (La Luz, abril 27, 1945). Salieron de esa reunión expresando “su satisfacción por la obra que [se] realiza” y prometiendo “la colaboración eficaz” de todos los sefaradíes (ídem).

Los sefaradíes navegaron este contexto pensando siempre en los objetivos que querían alcanzar: ayudar a otros sefaradíes. En una reunión con líderes del JDC en 1946, por ejemplo, Mois Teubal se quejó abiertamente de la división que existía entre el Comité Central y la Junta de ayuda. Teubal explicó que eso motivó al comité sefaradí a “comprar víveres por nuestra cuenta” y enviarlos a las comunidades del otro lado del Atlántico” (AJDC, AR 45/54, Carpeta #888). Para ellos, sin embargo, todas las instituciones ofrecían algo positivo. Aún cuando los comités sefaradíes dieron prioridad al CJM, los libros de actas de Chalom demuestran que esta organización donaba dinero tanto al CJM como al JDC. Y las revistas La Luz e Israel ambas publicaban abiertamente información sobre el trabajo de las dos organizaciones, muchas veces solo separadas por una página.

Apoyo al futuro estado judío: nuevos comités sefaradíes

El apoyo que existió desde el comienzo a la construcción del estado judío se hizo más efectivo con la creación de departamentos sefaradíes del Fondo Nacional y del Keren Kayemet. Este proceso de consolidación fue largo; en 1935, los sefaradíes habían creado el Comité pro-gueulat Haaretz -en pro de la redención de la tierra- para comprar tierras en Palestina en nombre de los sefaradíes argentinos, además de continuar apoyando al Fondo Nacional a través del CSS. Luego del comienzo de la guerra, el CSS reclutó a jóvenes a trabajar en nombre del Keren Kayemet, iniciando así un período de activa participación en la compra de terrenos. Y en 1942, la Primera Convención Regional Sefaradí creó el Comité Ejecutivo Sefaradí pro Keren Hayesod (Brodsky, 2016).

Este proceso de centralización del trabajo en pro del estado continuó con renovada energía con la aparición de víctimas sefaradíes: el futuro hogar judío serviría a aquellos sefaradíes que escapaban de Europa. Nissim Teubal, presidente honorario del nuevo comité comentaba que “hasta hace poco, oímos hablar de los crímenes e inhumanidades que se cometían contra nuestros hermanos askenazíes.” Sin embargo, continuaba, “ahora la ola toca a nosotros mismos, a nuestros parientes, a nuestros hermanos y padres, a nosotros, los sefaradíes” (La Luz, April 17, 1942). La solución residía, como siempre, en construir “Eretz Israel….[para que las víctimas puedan] reconstruir su vida maltrecha.” El rol de los sefaradíes (en la Argentina) era “demostrar que somos capaces de reconstruir el hogar a miles de sefaradíes que han entrado en Jerusalem y otros que están por llegar” (ídem). “Eretz Israel,” entonces, no era más solo imaginado como un refugio para los judíos alemanes o polacos perseguidos, sino que se había transformado en una necesidad apremiante para los sefaradíes que buscaban huir de la Europa en guerra.

La existencia de víctimas sefaradíes llevó a la Primera Convención Regional Sefaradí, en 1942, a resolver “hacer llegar un pedido urgente al Gran Comité Pro-Ayuda a las Víctimas Judías de la Guerra y Reconstrucción de Eretz Israel” para recaudar información sobre “la actual situación de las comunidades sefaradíes en el Viejo Mundo,” y hacer llegar “el socorro necesario con la mayor urgencia” (La Luz, abril 17, 1942). Otras organizaciones también usaron esta realidad para hacer más concreto el pedido de ayuda. El rabino sefaradí de Yugoslavia Isaac Alcalay vino a la Argentina en septiembre de 1942 como emisario del CJM. Durante su estadía resaltó “que Holanda, Grecia, Yugoslavia, Rumania están invadidas, y sus colectividades judías agonizan.” Pidió también que “el judaísmo americano, con pleno sentimiento de solidaridad, tom[e] a su cargo después de la guerra, la restauración y reconstrucción de todas esas grandes colectividades hermanas” (La Luz, septiembre 11, 1942). Los sefaradíes buscaron información sobre las comunidades sefaradíes de Europa, y comenzaron a pensar en la mejor manera de enviar el apoyo necesitado. El CJM también apeló a los sefaradíes como sefaradíes para resaltar la responsabilidad que les cabía en ayudar a “sus hermanos.” El rabino Alcalay, representante del Keren Hayesod y sefaradí, combinaba los dos objetivos sefaradíes en su pedido: construir el estado judío y ayudar a otros sefaradíes.

Diásporas superpuestas: Comité Sefaradí pro-Keren Hayesod, KKL, Víctimas y Refugiados y la congregación Chalom

Para responder a la necesidad de ayudar a las víctimas, los sefaradíes ampliaron el alcance del reciente formado Comité sefaradí pro-Keren Hayesod en 1943, transformándolo en el Comité Sefaradí pro-Keren Hayesod, KKL, Víctimas y Refugiados. Esta organización central buscaba maximizar las donaciones y mantener el control sobre lo recaudado. Fueron representantes de esta organización los que se reunieron, como relaté más arriba, con el JDC, y el Comité Central.

Este proceso de centralización de la ayuda a víctimas y a instituciones sionistas dentro de la comunidad sefaradí fue muy similar al proceso de centralización de la comunidad judeo-argentina. Sin embargo, la creación de una rama sefaradí los ubicó fuera de las instituciones centrales. Sus propios departamentos les permitieron cierta autonomía sobre los objetivos a seguir, y con la posibilidad de demostrar públicamente su compromiso y participación. Pero, en ese proceso, comenzaron a ser vistos, y se imaginaron ellos mismos, actuando en nombre de su identidad transnacional: la sefaradí.

Si nos alejamos de las organizaciones centrales (en este caso la sefaradí) también encontramos evidencia del movimiento de fondos y esfuerzos hechos al nivel de la congregación. En este caso, el pedido se hizo a miembros de una diáspora en particular. Chalom participó en dos eventos que confirman sus deseos de ayudar las víctimas de la isla de Rodas. En su reunión de diciembre 1946, un miembro del comité ejecutivo leyó una carta enviada al Comité pro-Ayuda a las victimas de Rodas por el Colegio Rabínico Italiano que solicitaba ayuda para mantener el instituto “donde se educan varios jóvenes sefaradíes salvados de la guerra a fin de poder dispensar a los mismos las atenciones y cuidados indispensables para su estudio” (Libro de Actas de Chalom, diciembre 16, 1946). La mención de este comité sugiere que los miembros de esta asociación se habían organizado para ayudar a los sobrevivientes. Es probable que, luego de juntar dinero entre ellos, todavía debieran utilizar las redes existentes para la distribución del donativo a cargo de las organizaciones como el Comité Central o la Junta de Ayuda; tal vez, una vez que lograron la ayuda de los correligionarios miembros de Chalom, pidieron la intervención del Comité Sefaradí para mas ayuda; tal vez resolvieron ellos mismo el pedido haciendo un giro postal. Pero la existencia misma del comité dentro de Chalom nos recuerda que existía otra capa en esta elaborada red de ayuda: la de la organización que reunía a aquellos que venían del pueblo/región de origen, resaltando otra diáspora que conectaba a un pueblo/ciudad con aquellos miembros que aún mantenían lazos afectivos y materiales con ella.

El otro ejemplo es una carta de la congregación judeo-otomana en Buenos Aires (generalmente conocida como Camargo por la calle en la que se encuentra) enviada a Chalom en enero de 1947. La carta hacía referencia el arribo de varios refugiados, “la mayoría de Grecia e Italia,” que necesitaban hospedaje, y sabiendo que Chalom poseía un inmueble sin usar, les solicitaban si los podría acomodar. Chalom rápidamente aceptó el pedido, aún cuando la mayoría de los miembros del comité ejecutivo se encontraban de vacaciones. Con la ayuda del Comité Sefaradí Argentino pro Keren Hayesod, KKL, y Refugiados que facilitaron muebles y ropa, Chalom dio refugio a estos refugiados por casi diez meses. Chalom se involucró como participante de estas diásporas que creaban responsabilidades de ayuda.

Los sefaradíes crearon grandes comités para ayudar a las comunidades sefaradíes en Europa. Sin embargo, vemos que la ayuda no estaba limitada a esas instituciones. Chalom actuó como una organización de rodeslíes para ayudar a sus coterráneos rodeslíes, tal como hacían otras sociedades de residentes de judíos askenazíes comúnmente conocidas como landsmanshaftn, por su denominación en idish, algunas veces solo, y algunas veces como parte de una red más compleja que incluía otras organizaciones sefaradíes. Al enfocarnos solamente en el trabajo de las grandes organizaciones (en este caso, no se han encontrado fuentes primarias sobre el trabajo desarrollado dentro de estas organizaciones más pequeñas, y solo es posible re-construir su trabajo a partir de la cobertura periodística) invisibiliza la energía puesta por varios grupos más pequeños, y la existencia de varias diásporas superpuestas que buscaron ayudar cuando fue necesario.

Celebración, conmemoración y recuerdo

La comunidad judeo-argentina organizó varios eventos en honor de las víctimas y de sus intentos de resistir la persecución. En su trabajo, Hasia Diner describió ampliamente el esfuerzo realizado por la comunidad judía en los Estados Unidos para conmemorar a los caídos. Malena Chinski reconstruyó los esfuerzos de la comunidad judeo-argentina, sobre todo los de los askenazíes. Y aunque los sefaradíes participaron en varios de estos eventos, luego crearon ceremonias propias en los cuales conmemoraron a las víctimas sefaradíes (Chinski, 2017). De la misma manera que había pasado con la ayuda para los sobrevivientes, la memoria de aquellos muertos terminó como responsabilidad de los sefaradíes.

Los sefaradíes participaron en el “Día de Duelo” organizado en diciembre de 1942 por la DAIA. Aunque no fue este el primer “Día de Duelo” en el tiempo, sí fue el primero en hacer referencia al “plan nazi de ejecución total de los judíos en su poder” (La Luz, diciembre 4, 1942). El cierre de negocios judíos dio “la sensación de un nuevo Yom Kippur [Día del Perdón],” informó Israel (diciembre 11, 1942). Incluso la prensa en yiddish comentó la participación de judíos-árabes al comentar que sus templos se habían llenado por esta ocasión (Chinski, 2017). Por un instante, los askenazíes reconocieron a los sefaradíes como participantes en los esfuerzos comunales de recordación. En similares actos recordatorios organizados por la DAIA en septiembre de 1944 y en marzo de 1945, la prensa sefaradí no comentó la presencia de oradores sefaradíes en los eventos, ni de eventos realizados en templos sefaradíes en los días en cuestión.

Al igual que los askenazíes, los sefaradíes celebraron el fin de la guerra en mayo de 1945, y las revistas La Luz e Israel cubrieron esos eventos. Chalom, junto con miembros de la congregación de la calle Camargo, ofreció un “acto….de carácter imponente,” que incluyó la participación de figuras religiosas y laicas. Se recitaron “salmos de circunstancia y…una oración principal,” y luego se abrieron “las puertas del Arca Santa, procediéndose a la procesión de los rollos de la Tora con cánticos y salmos de regocijo y alegría” (La Luz, mayo 25, 1945). En junio del mismo año “un grupo de residentes de Constantinopla se reunió “con el objeto de celebrar el dichoso acontecimiento de la victoria aliada.” La reunión “familiar al estilo oriental,” incluyó “un grupo de músicos [que] interpretaba[n] aires turcos,” baile y canciones en coro (La Luz, junio 15, 1945). Presente estaba también el “señor comisario de policía de la sección…[que] pronunció breves palabras para agradecer las manifestaciones patrióticas que se efectuaron.” Mientras que el primer evento recordó a las víctimas judías desaparecidas, el segundo mostró argentinos (judíos y no judíos) celebrando juntos el fin de las hostilidades: una comunidad que hizo público su origen étnico junto a oficiales argentinos. El fin de la guerra meritaba una celebración de proporciones nacionales y sin distinciones.

Mientras que el día de duelo y la victoria aliada juntó a sefaradíes y askenazíes (aún cuando no compartieran espacio), el levantamiento del gueto de Varsovia, que la comunidad judeo-Argentina había comenzado a conmemorar en 1944, falló como símbolo para unir a estos grupos. Como ocurrió en otros países que habían experimentado el holocausto desde la distancia, el levantamiento del gueto de Varsovia se transformó en un controvertido símbolo del Holocausto sobre el cual peleaban sionistas y comunistas (Chinski, 2017; Diner, 2009). La Luz e Israel publicaban los anuncios de esas conmemoraciones, pero no las cubrían en detalle. El rol central del idish, así como también el contenido mismo del evento, lo transformaban en algo foráneo para los sefaradíes. Solo recién en los años 60, los jóvenes sefaradíes comenzarían a celebrar la naturaleza heroica de esos combatientes del gueto para lograr cambiar la imagen del judío débil en su campaña para elevar al pionero: jóvenes judíos fuertes, luchando por su destino.

Pero en vez de participar en estos eventos de la comunidad judía organizada, los sefaradíes crearon su propia conmemoración, no alrededor de un símbolo de resistencia, sino alrededor de la memoria de los caídos. En 1946, el Departamento Sefaradí del KKL organizó un acto en “memoria de los hermanos desaparecidos en Europa” en el salón de la AMIA (Israel, julio 12, 1946). El evento, que “transcurrió en medio de una profunda atmósfera de emoción, incluyó la presencia de dos rabinos; Dr. Panigel dirigió una “oración litúrgica, recitó unos salmos, recordó a los caídos y pronunció kaddish (oración que se recita por los muertos). El rabino Sabetai Djaen “dio una reseña de las diversas comunidades judías sefaradíes de Europa” (Idem). Se lloró por víctimas y comunidades. Como en otras oportunidades, el evento incluyó el pedido de donaciones para el KKL y la construcción del futuro estado. Pero este no fue un evento “privado” realizado detrás de las puertas cerradas de una congregación sefaradí, sino que se organizó en el hall de la AMIA: los sefaradíes hicieron pública su conmemoración, así como también su compromiso para luchar por “Eretz Israel como la única solución del problema judío” (La Luz, junio 21, 1946). Por qué este acto se organizó en la fecha en que se organizó no es claro, aunque tal vez fue por el comienzo de una campaña que juntaba dinero para la creación del “Bosque de los Mártires” en Jerusalém.

Esta conmemoración religiosa, sin embargo, no se repitió en los años siguientes. La evidencia nos muestra que estos eventos se alejaron del ojo público (judío) para entrar en el círculo privado (sefaradí) de la organización Chalom; a partir de 1949, Chalom organizó servicios religiosos para recordar a los caídos en Rodas, luego agregando aquellas victimas de Salónica, Yugoslavia, e Italia. El primero de setiembre de 1949, un miembro de la congregación informó al resto de comisión directiva que se acercaba el aniversario “de los pogromos de Rodas” solicitando se organice algo para su recordación. Eventualmente, la congregación eligió el día 27 del mes de Av (del calendario hebreo) como la fecha en que organizarían un servicio para honrar la memoria de los muertos, citando que ese día marcaba “la desaparición de la comunidad judía de Rodas” (Chalom, libro de actas, agosto 25, 1949).

No se ha encontrado evidencia de la naturaleza exacta de estos actos, pero se puede inferir que estas ceremonias tuvieron lugar primero durante las plegarias diarias; luego, durante los años 50 y 60, se transformaron en servicios separados. Comenzando en 1955, se organizó una “oración en recuerdo de las victimas de la Isla de Rodas” y se enviaron invitaciones a los socios de Chalom. En 1960, las invitaciones enviadas incluyeron una descripción del programa del evento, en el que participó un coro que entonó salmos específicos (uno que generalmente se canta en Yom Kippur) y en el que el rabino hizo una “alocución alusiva” (Invitación impresa, Chalom, 1960). La transición de una dedicación a la memoria de las víctimas durante las plegarias diarias a un evento más elaborado al que se invitaba a toda la comunidad expresa un deseo de involucrar a todos los miembros de Chalom en el proceso de recordación de las víctimas. Dejó de ser un evento para las familias que decían kaddish durante los servicios regulares y pasó a ser un evento en el que la comunidad toda recordaba a sus muertos.

Este cambio también se hizo evidente con la colocación de placas en las paredes de la sinagoga en memoria a las víctimas. En 1951, la comisión directiva recibió un pedido para que “se coloque en el templo una inscripción que perpetúe [el] recuerdo [de las víctimas de Rodas]” (Chalom, Libro de Actas, septiembre 3, 1951). La placa de bronce, en la que se lee “Eterno homenaje a los mártires de la antigua comunidad de Rodas desaparecida el 27 de Av de 5704 (16 de agosto, 1944) y fue inaugurada con una ceremonia especial en 1952, esta acompañada de una “llama eterna.” El uso del adjetivo “desaparecida” es sugerente; lo que desaparecieron fueron los mártires así como también la comunidad de esa ciudad, y por ende, la ciudad misma en la memoria de aquellos que seguían ligados al lugar. El recuerdo era para los dos.

Los judíos de Salónica quisieron también recordar a sus propias víctimas. En 1954, varios judíos de esa ciudad ahora viviendo en Buenos Aires se acercaron a la comisión directiva de Chalom para pedir que se instale una placa similar “en recuerdo de fallecidos de origen de Salónica en razón de que esa colectividad no cuentan con un Templo” (Chalom, Libro de Actas, agosto 4, 1954). La placa, en la que se lee “En memoria de las 50,000 víctimas exterminadas en Salónica en 1943,” fue inaugurada en 1955. A partir de 1958, las invitaciones al evento anual que conmemoraba a los caídos en Rodas, incluirá el texto “en memoria de las víctimas de Rodas y Salónica” (énfasis mío). A partir de 1960, se le agregará “Yugoslavia e Italia,” aunque no se crearon nuevas placas para las paredes de la sinagoga. A través de la negociación entre sefaradíes de estas regiones, Chalom se transformó en la institución religiosa a cargo de salvaguardar la memoria de los judíos del Mediterráneo caídos durante el Holocausto. No se ha encontrado evidencia de otra institución religiosa sefaradí que organizara eventos similares para conmemorar a las víctimas sefaradíes. Estas discusiones nos recuerdan que estos eventos eran interpretados como actos religiosos de recordación a cargo de la comunidad a la que los muertos, así como los vivos, habían pertenecido. Chalom se transformó en la congregación de los judíos de Salónica, y otras partes de Grecia, de Italia y Yugoslavia, y por ende, su responsabilidad incluía recordar a todos esos muertos. Pero también, era primordialmente la congregación de los judíos de Rodas; mantuvo, por ende, la fecha de Av 27 para la conmemoración.

La llegada del sobreviviente Michael Molho de Salónica en 1950, y su rol como rabino de Chalom por un corto tiempo, contribuyó al deseo, pre-existente, de conmemorar y recordar a aquellos desaparecidos en esa ciudad. Michael Molho llegó a la Argentina ya habiendo publicado dos volúmenes de su proyecto de recordación a la ciudad de Salónica; el tercer libro sería publicado en Buenos Aires con financiación local. Estos libros se parecían mucho a los libros de Yitzkor publicados por organizaciones (ashkenazíes) de antiguos residentes de una ciudad o pueblo. Estos libros reconstruían la memoria a sus pueblos antes de la segunda guerra mundial y listaban a los muertos del horror Nazi. Molho narró la historia de la Salónica judía (volumen 1), de los judíos en Grecia (volumen 2), y de su destino durante la ocupación Nazi. El volumen publicado en Argentina, con casi 71 fotos y un mapa, se centraba en el cementerio judío de Salónica y en su destrucción anterior a 1943. “Antes de marchar a su exterminio,” concluye este último libro, “los judíos de Salónica vieron que desaparecía la memoria de sus propios muertos.” Con esta publicación los judíos de Salónica facilitaron visibilizar las contribuciones a la “arqueología, [y el] simbolismo funerario y semántico,” dentro de otras cosas, que la publicación hacía posible. La destrucción del cementerio por parte de los Nazis, había intentado borrar la presencia de los judíos y sus contribuciones. El volumen permitía continuar la memoria de aquellos en las ruinas del cementerio y bajo los edificios que se habían construido arriba, así como también la de aquellos que habían fallecido luego de 1943. Con la publicación del libro, los judíos de Salónica en la Argentina recordaban aquellos muertos que habían sido ‘desaparecidos’ del cementerio; con la placa recordatoria, aquellos asesinados en los campos de concentración.

Los monumentos en cementerios también fueron parte del repertorio disponible para recordar a las víctimas del Holocausto; la comunidad askenazí comenzó la construcción de uno en el cementerio askenazí más importante (La Tablada) en 1945, completándolo en 1947 (Chinski, 2017; Diner, 2009). Sin embargo, este memorial claramente no representaba a los sefaradíes ni a sus memorias ni recuerdos. Cada comunidad sefaradí de Buenos Aires había construido su propio cementerio, y por ende no frecuentaban La Tablada. Los sefaradíes de Rodas, en particular, intentaron construir un monumento de recordación en el cementerio que compartían con la comunidad Otomana (Chalom, Libro de Actas, noviembre 30, 1947). Pero no llama la atención que no exista un único monumento para conmemorar a las víctimas (sefaradíes y askenazíes) del Holocausto en la Argentina. Así como terminaron ayudando a las víctimas separadamente luego del comienzo de la guerra, también separadamente las lloraron y recordaron.

Conclusiones

Los Sefaradíes siguieron de cerca los eventos europeos a través de su prensa, y unieron sus voces de protesta a las de los judíos askenazíes para denunciar la amenaza del antisemitismo en Latinoamérica y en Argentina, y para participar en campañas para recolectar fondos -creando comités sefaradíes y liderando algunas campañas. A través de estos actos, reclamaron su lugar dentro del judaísmo mundial como judíos argentinos, y demostraron su pertenencia a la clase media al participar en actos filantrópicos. También, los sefaradíes, como muchos askenazíes, creyeron que la solución a la persecución de los judíos europeos era la fundación de un hogar judío en Palestina. Y aunque los sefaradíes no se vieron como víctimas en un principio, se inscribieron en la larga trayectoria de persecuciones antisemitas.

El comienzo de la guerra cambiaría algunos aspectos de la participación sefaradí. La prensa sefaradí dio cuenta de la llegada de persecución y muerte a las regiones en donde sus amigos y familias continuaban residiendo. Cuando fue posible, comentaron su destino, aunque no informaron sobre la desaparición completa de varias comunidades sefaradíes hasta 1945. La llegada de la guerra, y varios cambios en la estructura del movimiento sionista, dio un renovado impulso para recaudar fondos en las Américas. Dentro de este contexto, se les pidió a los sefaradíes que participaran para ayudar a otros sefaradíes. Esto resultó en la creación de un comité sefaradí para ayudar a Eretz Israel, a las víctimas y a los refugiados. Este comité realizó su trabajo en un medio conflictivo para hacer llegar su ayuda a aquellos judíos aún en Europa y a aquellos que llegaban a Israel. Los sefaradíes actuaron, entonces, no solo como hermanos judíos, sino como víctimas a cargo de ayudar a los suyos.

Los judíos sefaradíes en la Argentina habían comenzado, en 1930, a inscribirse dentro de la comunidad judeo-argentina, transformándose en una parte integral (aunque pequeña) de los esfuerzos de denuncia y de lucha contra el antisemitismo, ayudando a todas las víctimas del incipiente nazismo. Aunque las colectas se realizaban por sefaradíes en congregaciones e instituciones sefaradíes, participaban en nombre de toda la comunidad judía de Argentina, a favor de proyectos creados por toda la comunidad. Respondieron a esos llamados como miembros de la comunidad judeo-argentina, demostrando con su participación misma, la pertenencia a la clase media.

La guerra y los cambios institucionales resultantes los volvió nuevamente sefaradíes encargados de ayudar a otros sefaradíes. La eficiencia que se buscó con los cambios, y la existencia de una organización central que quiso ejercer control sobre los fondos recaudados, dio como resultado que los sefaradíes actuaran dentro de comités e instituciones sefaradíes solo para ayudar a sefaradíes. Y aunque lograron poder controlar el destino de lo recaudado, volvieron a ser imaginados como un grupo distinto y separado.

De espectadores preocupados por una violencia que los sefaradíes solo habían experimentado durante la inquisición, a víctimas actuales de las fuerzas nazis, los sefaradíes navegaron estos tiempos complicados forjando lazos fuertes con askenazíes como miembros de una comunidad judeo-argentina que se unió para enfrentar a los desafíos que el fascismo trajo aparejado. Durante esos tiempos, re-afirmaron su contribución a la modernidad y al liberalismo, y también insistieron sobre la existencia de esos ideales en su país de elección. Mientras se arraizaron en la nación argentina, confirmaron simultáneamente que el futuro de los judíos se encontraba fuera de Europa.

Pero los sefaradíes también se dieron cuenta que si las revistas sefaradíes no publicaban los nombres de refugiados sefaradíes que buscaban a sus parientes en este lado del Atlántico, no se enterarían de su destino a través de otras publicaciones. Y al cuidar a los suyos, esa separación de las instituciones judeo-argentinas se hizo más pronunciada y los empujó, en el mejor de los casos, a los márgenes, y en el peor, a la invisibilidad dentro de la comunidad judeo-Argentina.

Referencias

La Luz

Israel

Archivos del American Joint Distribution Committee

Centro Sionista Sefaradí, Libros de Actas

Chalom, Libro de Actas

Oral History Division, Universidad Hebrea de Jerusalem

Bibliografía

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  1. Eretz Israel: término sionista que se usaba para hablar de una nación judía en el territorio de la Israel bíblica.


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