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Larga carta a César Tiempo

Solana Schvartzman

César Tiempo, seudónimo principal de Israel Zeitlin, autor, editor, periodista y dramaturgo, le escribe a su amigo, el escritor y editor Samuel Glusberg el 4 de diciembre de 1935:

El 20 de noviembre, como verá por el volante adjunto, estrené una nueva pieza –ALFARDA– que fracasó clamorosamente. Para los de la grey resulté un albardán antisemita y para los ultramontanos un judío incurablemente chauvinista, semita para los frailes y fascista para los ortogrados. Claro que la cosa no me asusta y el año que viene volveré a probar fortuna con PAN CRIOLLO que me representarán en el Nacional Muiño-Alippi y a la que le tienen gran fe pues me han anticipado quinientos pesos.

Tiempo no se equivoca. Pan Criollo se estrena en 1937 y resulta un éxito rotundo, tanto de público como de críticas. Esta obra, alabada por nacionalistas y criticada en amplios sectores de la comunidad judía, presenta el mismo argumento que su obra anterior, Alfarda, de 1935, pero con un desenlace diferente, incluso opuesto.

A partir de un recorrido por una selección de cartas escritas y recibidas por César Tiempo, pertenecientes a la Biblioteca Nacional de la República Argentina, voy a detenerme en estas dos obras de teatro, Alfarda y Pan Criollo, como punto de partida para indagar en diversos vínculos y pertenencias del autor a lo largo de su recorrido literario, desde su breve participación en la Asociación de Intelectuales, Artistas, Periodistas y Escritores (AIAPE), de la que Tiempo es expulsado en 1938 bajo acusación de “preferir ser judío antes que hombre libre”, hasta los años en que Tiempo dirige el Suplemento Cultural del diario La Prensa durante el peronismo (1952-1955), y años posteriores.[1]

César Tiempo y Pan criollo (1937): entre judíos y nacionalistas

Pan criollo se estrena el 9 de abril de 1937 en el Teatro Nacional de Buenos Aires. La obra supera las cien representaciones consecutivas y le vale a Tiempo el Premio Nacional de Teatro[2]. Relata la historia de Don Salomón Lefonejo, honrado y de gran autoridad moral, cuya hija se escapa con el no-judío secretario del juzgado, dejando a Lafonejo y toda su familia desesperados y frente a la vergüenza de que su hija haya huido con un goy[3]. En el final, sin embargo, trasladados a una colonia israelita de Entre Ríos, Lefonejo termina por vencer sus prejuicios y acepta el amor mixto.

Dos años antes, el 20 de noviembre de 1935, Tiempo había estrenado la obra de teatro Alfarda en el Teatro Argentino. Esta obra, de la que Tiempo dice en su carta a Glusberg que “fracasó clamorosamente”, trata sobre el mismo conflicto y tiene el mismo protagonista que Pan criollo pero en esta historia Don Salomón Lefonejo no puede perdonar a su hija por huir con un hombre no-judío.

Al comienzo de Alfarda reaparece la protagonista de la primera obra de Tiempo, Myriam de El teatro soy yo (1933), y explica en el prólogo de la obra el sentido de la pieza. Dice: “alfarda era el nombre de la contribución que pagaban moros y judíos en los reinos cristianos”. “En el país donde se albergue, el judío entrega lo mejor de su vida y de su inteligencia (…) y sin embargo, su tributo, su alfarda, es más onerosa y dolorosa que la de cualquier otro pueblo de la tierra”. Y agrega:

Don Salomón Lefonejo fue un arquitecto de su propio destino y aquí en la pieza, aparece en el anochecer de su vida (…) La vida lo ha tallado rudamente, ha minado su corazón, ha despedazado sus sueños. El crisol lo ha calcinado y lo que fue recia columna, ahora son piedras ruinosas. El crisol es la alfarda. Y la alfarda… (Tiempo, 1938: 80).

En las críticas contemporáneas a Pan criollo se sugiere que fue el cambio de desenlace entre una y otra obra lo que determinó el éxito de Pan criollo y el fracaso de Alfarda. Por ejemplo, en el periódico socialista La Vanguardia se dice que en obras anteriores Tiempo permanecía “ceñido a especulaciones filosóficas que conciernen a la situación de la raza semita”, mientras que en Pan criollo “se abre a más amplias proyecciones, pues si bien está presente un conflicto de razas se encara desde un punto de vista más general, más de acuerdo al sentir de nuestro público”[4].

La adjudicación del Premio Nacional de Teatro en 1937 a Pan criollo, como señala Leonardo Senkman, tiene una doble significación: consagraba un premio nacional a un autor judío y, además, legitimaba la integración de los judíos a la cultura argentina premiando una temática muy cara al nacionalismo cultural que concedió el galardón: el crisol de razas (Senkman, 1983: 184). Se dice en Pan Criollo “Sangre judía y corazón argentino harán dulce la tierra que nos da el pan y el amor más alto que las parvas”.

En este sentido, conviene destacar el buen recibimiento que tuvo esta obra en los distintos sectores nacionalistas y, en cambio, las críticas recibidas dentro de ciertos sectores de la comunidad judía. El 22 de diciembre de 1937 el periódico nacionalista Bandera Argentina, dirigido por Juan E. Carulla, felicita a César Tiempo por el Premio Nacional de Teatro y señala:

Nuestros amigos se preguntarán: Pero ¿cómo? ¿No habían estos combatido a César Tiempo desde las mismas columnas en que ahora lo alaban? Así es, en efecto. Hemos combatido al hombre de izquierda, al polemista combatido del libelo contra Hugo Wast, el autor de Sábado y otros poemas y artículos de tendencia judaizante. Ahora alabamos al escritor y al artista. Son dos cosas distintas. En el campo de las ideas sociales y religiosas somos sus adversarios pero, ¿por qué habríamos de serlo en el de las puras abstracciones estéticas? Si el izquierdismo contencioso de César Tiempo no ofuscara tanto como para impedirnos apreciar la belleza de su obra literaria, no seríamos lo que tanto nos gusta ser: inteligencias libres en el ancho perímetro de la doctrina nacionalista.

Como se alude en esta reseña, Tiempo había publicado en 1935 La Campaña antisemita y el Director de la Biblioteca Nacional, en donde denunciaba el antisemitismo de las novelas El Kahal y Oro escritas por Hugo Wast, seudónimo de Gustavo Martínez Zuviría, entonces director de la Biblioteca Nacional, y uno de los escritores más populares entre los veinte y los cuarenta, cuando ocupa diversos cargos de gestión.[5] En las novelas de Zuviría se narra, siguiendo la trama de los Protocolos de los Sabios de Sión, el supuesto plan de los judíos para lograr la dominación del mundo.

La campaña antisemita y el director de la Biblioteca Nacional de César Tiempo se publica en 1935, primero en entregas semanales en el periódico Mundo Israelita, y después como libro, editado por la Delegación de Asociaciones Israelitas de la Argentina (DAIA), y la primera edición de veinte mil ejemplares se agota en una semana. Tiempo expone en su libro las diferencias entre una figura con importantes cargos como Zuviría y el lugar marginal que él mismo ocupa y desde donde hace su denuncia, describe la ausencia de valor literario de la obra de Wast, llama “novelón” y “brulote” a sus obras y señala “¿Cómo puede hablarse de una ‘Argentina exclusivamente para argentinos’?, aquí donde los fundadores de la nacionalidad, los que nos dieron lengua, civilización y libertad, fueron en su enorme mayoría extranjeros e hijos de extranjeros” (Tiempo, 1935: 39).

En este marco, llama la atención que el autor que en el 1935 se había ganado el odio de los grupos nacionalistas al denunciar el antisemitismo de las novelas de Wast, en 1937 sea galardonado con el Premio Nacional de Teatro por una Comisión Nacional de Cultura presidida por el senador Matías Sánchez Sorondo, político conservador, defensor del nacionalismo católico y de manifiestas ideas fascistas.

Pan criollo, bien recibida por la mayoría de los críticos contemporáneos e incluso alabada y premiada por nacionalistas, en cambio, fue fuertemente criticada por parte de la comunidad judía. Tales críticas se debían a las bromas y caricaturas en relación a características y hábitos judíos, por lo que llegaron a considerarla una afrenta contra la comunidad. A raíz del estreno de la obra, en agosto de 1937, Luis Karduner, periodista y activista del movimiento sionista, publica en la revista Judaica una “Carta abierta a César Tiempo” donde señala el uso de estereotipos del imaginario antisemita. Karduner apunta que los judíos se sentían ofendidos al verse expuestos al espectáculo sainetesco y le adjudica a Tiempo la responsabilidad de hacer gozar a los antisemitas en un momento en que los clichés antijudíos eran propalados por la prensa nacionalista.

En una línea similar a la de Karduner, el diario La República describe a César Tiempo como “un judío por todos los costados”, pero también como un autor “comprendido y estimulado en los sectores más cerrados de los cenáculos nacionalistas”, y en la misma crónica se dice que la intención del autor fue “fustigar el prejuicio de la moral judía”.

Estas opiniones son a su vez refutadas por otros críticos como Lázaro Liacho, quien en un artículo del 1 de junio de 1937, publicado en la revista Columna –dirigida por el propio Tiempo– titulado “Misión del escritor judío en la literatura argentina” señala: “(…) Los elogios y los ataques que le llegan de derecha e izquierda son el premio que impone la purificación que busca” (Liacho, 1937: 49-56).

La edición de Pan criollo de 1938 publicada por Argentores incluye a Alfarda como epílogo. En otras palabras, Tiempo decide publicar su obra de teatro más celebrada con dos desenlaces llamativamente opuestos. De esta manera, Alfarda, a pesar de haber sido escrita antes de Pan Criollo, se lee después, como segundo final. Aparece el Lefonejo que promueve el matrimonio mixto y también el que padece las dificultades de la integración. Como muestran las pruebas de imprenta de esta publicación de 1938, y las correcciones y comentarios del autor, esta edición con ambos finales fue preparada en colaboración con el propio Tiempo[6].

Las cartas de César Tiempo permiten volver sobre estas dos obras teatrales. Los cambios entre una y otra obra revelan dos posiciones en un mismo autor: judío y crítico, escritor del valiente alegato antisemita y premiado por nacionalistas antisemitas. Sin embargo, a la luz de las cartas y los vínculos del autor, es posible pensar que estos dos finales de Alfarda y Pan criollo, lejos de ser una rectificación de su autor o un caso extraño, como han sido leídas en otras oportunidades, resultan un fiel reflejo de la figura de César Tiempo.

César Tiempo y la Asociación de Intelectuales, Artistas, Periodistas y Escritores: críticas y expulsión (1938)

La Asociación de Intelectuales, Artistas, Periodistas y Escritores (AIAPE) se crea el 28 de julio de 1935, motivada por el incremento del fascismo en la Argentina y siguiendo el modelo del Comité de Vigilance des Intellectuels Antifascistes de Paris (1934-1938). El primer presidente de la Asociación es Aníbal Ponce, a quien sucede el doctor Emilio Troise. Entre los intelectuales que integran la asociación se encuentran Alberto Gerchunoff, Álvaro Yunque, Liborio Justo, Nydia Lamarque, Enrique González Tuñón, Dardo Cúneo, Rodolfo Puiggrós, Deodoro Roca, Samuel Eichelbaum y César Tiempo, entre muchos otros.

La AIAPE estuvo atravesada por múltiples tensiones internas[7]. Entre estos conflictos, hacia finales de 1937, César Tiempo y Samuel Eichelbaum son expulsados de la Asociación por haberse manifestado públicamente por la fórmula presidencial Ortiz-Castillo para las elecciones de septiembre de 1937, quienes prometían retomar la política inmigratoria de la Argentina y asegurar la situación de la comunidad judía local. En este marco, Tiempo y Troise intercambian diversas cartas, algunas de ellas publicadas en la revista Claridad. El 18 de enero de 1938, Troise, entonces presidente de la AIAPE, le escribe una carta en donde, en relación al Premio Nacional de Teatro otorgado a Tiempo en 1937, le hace la siguiente acusación:

Siga usted en su tablero arlequinesco haciendo contorsiones y recibiendo premios de una comisión de cultura cuyo presidente admira a Hitler –verdugo de sus hermanos de raza– y propicia la vuelta al oscuro medioevo. En eso finca usted, seguramente, su pretendida dignidad de escritor.

En esta misma epístola Troise le dice a Tiempo tras su expulsión: “Usted no integraba la AIAPE en calidad de judío (…) Usted prefiere ser judío antes que hombre libre”. Y lo acusa de haberse manifestado “a favor de una fórmula reaccionaria y fascistizante”.

La pertenencia de Tiempo a la Asociación de Intelectuales, Artistas, Periodistas y Escritores que combatía el avance del fascismo local, así como las características de su expulsión permiten acercarnos a la posición del autor. A partir de 1943, la AIAPE, que ya en 1937 mostraba una clara hegemonía del grupo comunista liderado por Troise, identifica la figura de Juan Domingo Perón con el fascismo local y desde allí lo combate. En este sentido, el camino trazado por Tiempo es visiblemente diverso al de la Asociación, lo que le implicará nuevas críticas por parte de este grupo de intelectuales.

La Prensa: César Tiempo y el peronismo (1952-1955)

En 1951 Perón nacionaliza La Prensa, el diario conservador de los Gainza Paz, que pasa a ser administrado por la Confederación General del Trabajo (C.G.T) hasta el derrocamiento del gobierno peronista. Entre 1952 y 1955 César Tiempo es designado director del suplemento cultural del diario. Al leer las cartas escritas por César Tiempo durante estos años se percibe con nitidez de qué manera esta tarea, en gran parte por las dificultades que este trabajo le trae aparejadas en los años posteriores, resulta un punto de inflexión en el recorrido cultural del escritor.

En 1953 Tiempo, entonces director del suplemento cultural de La Prensa, recibe la protesta de una mujer por el hecho de que en el Suplemento colaboran muchos escritores de origen judío. Tiempo responde con una carta dirigida al director del diario en donde señala:

En ningún momento se me ocurrió pensar que debían colaborar porque eran correligionarios de la madre de Cristo y de San Juan Bautista sino porque eran argentinos, como lo son, y porque saben escribir como los que más y porque sus colaboraciones eran verdaderamente valiosas.

Ese mismo año, ante la reciente disposición que establece que los redactores del diario no tienen derecho a cobrar las colaboraciones que se publican en el mismo, Tiempo escribe una carta pidiendo que se someta a consideración del Directorio tal disposición. Dice Tiempo:

Posiblemente haya habido razones atendibles que determinaran en un primer momento dicha disposición. Pero conviene señalar que contradice en primer término el principio justicialista de que todo trabajo debe ser retribuido (…) Y no es justo pretender que se pueda exigir determinada colaboración gratuitamente.

En las cartas de este período se advierte el esfuerzo de Tiempo por realizar un suplemento cultural que valore a cada uno de sus colaboradores así como su empeño por abrir las puertas del diario a escritores de diverso signo ideológico. Tiempo, que ya había fundado y dirigido la revista Columna por cinco años consecutivos (1937-1942), para el suplemento de La Prensa conforma un equipo editorial amplio (con el dibujante Bartolomé Mirabelli, cercano al comunismo, como diagramador, y el escritor y dramaturgo Arturo Cerretani, cercano al radicalismo, como secretario de redacción, entre otros) y con colaboradores de distintos orígenes ideológicos (desde Pablo Neruda, Ramón J. Sender, Cansinos Assens, a Elías Castelnuovo, Bernardo Ezequiel Koremblit, Leonardo Castellani o Leopoldo Marechal, por nombrar sólo algunos). En una conversación con Osvaldo Soriano publicada en La Opinión, César Tiempo señala:

(…) hice periodismo en varios diarios, hasta que en 1952 empecé a dirigir el suplemento de La Prensa que había sido absorbida por la CGT. Allí estuve hasta 1955. Me aguanté el resentimiento y el odio de todas las fuerzas liberales, pero me di el gusto de hacer un buen suplemento (Tiempo, 1972: 6-7).

Las cartas muestran diversas disputas al interior del diario para definir los artículos a publicar. En una carta del 27 abril de 1954, Tiempo le escribe a Máximo Yagupsky, escritor y fundador de la editorial Israel, sobre un artículo del escritor español Rafael Cansinos Assens:

le ofrezco para la revista un artículo inédito de Cansinos, se llama ‘Libros paralelos’ y coteja la Biblia con la Ilíada, la Odisea y la Eneida. Me preguntará por qué no lo publico en el Suplemento. Pues por una razón muy sencilla. Ahora no comentamos libros paralelos ni vidas paralelas. Nos limitados a publicar artículos para lelos y cuentos para lelas… Sic transit.

La presión que Tiempo recibía por parte del Directorio se intensifica en los meses anteriores a la caída de Perón. La carta dirigida a Eduardo Vuletich, titular de la Confederación General del Trabajo, en donde Tiempo se defiende tras una sanción disciplinaria, da cuenta de estos conflictos. Dice allí:

Acabo de recibir un telegrama colacionado firmado por la Epasa en la que se comunica una suspensión por el término de quince días por ‘negligencia de faltas graves en el desempeño del cargo’. No puedo menos de expresarle mi sorpresa ante los términos en que se funda una medida de esa gravedad. En más de un cuarto de siglo de actividad periodística, con un prestigio hondamente ganado y una foja de servicios prestados al peronismo que ha reconocido pública y cordialmente nuestro líder, el general Perón, es la primera vez que soy objeto de una sanción disciplinaria.

El historiador Ranaan Rein postula a la figura de César Tiempo como ejemplo de aquellos intelectuales judíos que brindaron su apoyo al peronismo y pusieron a su disposición prestigio y trayectoria disputando el campo de la cultura, donde el antiperonismo era la expresión dominante. Rein señala que la identificación de Tiempo con el peronismo no resulta nada sorprendente a la luz de su carrera intelectual antes y después de los años cincuenta: “Pareciera que la sensibilidad social y la vocación popular, que lo llevaron a alinearse con los de Boedo en la década del veinte, lo condujeron, en las décadas del cuarenta y del cincuenta a manifestarse a favor del peronismo” (Rein, 2013: 62).[8]

Sin embargo, las cartas escritas por César Tiempo muestran una figura de escritor que difiere de la descripta por Rein. Más allá de sus cercanías con el peronismo, Tiempo señala en sus cartas numerosas veces que nunca fue afiliado al partido y explica que las razones por las cuales fue convocado en esta tarea y por las cuales él aceptó esta propuesta no fueron políticas ni estuvieron relacionadas con ningún tipo de afiliación. En una carta a su amigo Carmelo Santiago, Tiempo dice sobre su trabajo en La Prensa de la C.G.T.: “Desempeñé allí funciones puramente. Me llamaron porque sabía armar un diario, corregir el vidrio en la imprenta y escribir inteligiblemente”. Y también: “No me exigieron afiliación ni batirle el parche al general. Tuve absoluta libertad de acción y no canté jamás loas a Perón ni a la señora”.

En marzo de 1953, cuando Tiempo discute para que los redactores del diario cobren por sus colaboraciones, dice al Administrador General del Rotograbado: “Pero conviene señalar que contradice en primer término el principio justicialista de que todo trabajo debe ser retribuido”. En septiembre de 1953, cuando se defiende ante la protesta de que en el suplemento colaboran demasiados escritores de origen judío, Tiempo vuelve a ampararse en la Constitución de Perón: “(…) el artículo 28 de la Constitución del 49 dice textualmente ‘La Nación Argentina no admite diferencias raciales, prerrogativas de sangre ni de nacimiento’. Esta disposición explícita de la Constitución de Perón que debió bastar para tapar la boca…”. Por último, cuando con el gobierno militar ya impuesto, en noviembre de 1955 a Tiempo se le informa que se lo aparta de sus funciones, el autor se defiende con argumentos similares a los utilizados durante el peronismo. Dice entonces en noviembre de este año:

La Revolución Libertadora se hizo para restablecer el imperio de la justicia, de la libertad y del derecho (…) Pienso temerariamente que tal vez lo de la poesía de Barreda sea un pretexto (…) Si es así (…) digo, desde el fondo del alma, que no se cumplen con los móviles puros de la Revolución que vino a corroborar la justicia y no a repartirse un botín (…) (el subrayado es mío).

Tiempo utiliza la misma estrategia tanto durante el peronismo como con posterioridad a la llamada Revolución Libertadora. Defiende su trabajo y el de sus colaboradores en uno y otro caso y se vale del discurso oficial para mostrar las contradicciones de aquello que se le impone.

Después de 1955, a Tiempo se le cierran muchas puertas en distintas instituciones culturales, en periódicos, editoriales, en el teatro y en el cine (para ese entonces ya había escrito siete obras teatrales y realizado los guiones de más de veinte películas). Las dificultades para desenvolverse en el país llevan a Tiempo a irse a Bélgica entre 1961 y 1966. Desde Bruselas, Tiempo ejerce un corto período como agregado cultural en la embajada argentina y trabaja como comerciante (importador de azúcar) y periodista. Tiempo recordará en años posteriores que “después del golpe de la libertadora, se habían hecho listas en las que figuraban todos aquellos que alguna vez habían colaborado en el suplemento de La Prensa, a quienes estaba prohibido publicar; lógicamente yo era uno de los que encabezaba la lista y me lo hicieron sentir” (Tiempo, 1971).

En las cartas escritas durante los años en que Tiempo se encuentra en Bruselas es llamativa la insistente necesidad de aclarar que él nunca fue un afiliado peronista. En este sentido, si bien la carta como género implica una particular influencia del receptor en el escrito, la insistencia de Tiempo de separarse del peronismo plantea, por lo menos, la dificultad de encasillarlo plenamente dentro del movimiento.

A su vez, tanto durante los años en que Tiempo está a cargo del suplemento cultural del diario La Prensa, durante el peronismo, como con posterioridad, el autor resulta marginado dentro del mundo institucional judío. El 19 de agosto de 1954 Tiempo le escribe a Máximo Yagupsky:

Aprovecho la coyuntura para agradecerle los juicios que me promete acerca de mis dos últimos libracos. Es saludable que los destrones del pueblo del Libro hagan saber qué hacemos en ese sentido los parias de la literatura. El señor Verbitzky, por ejemplo, se ha cuidado religiosamente de que en Davar -ni en Noticias Gráficas– se diga media palabra acerca de mis mamotretos; en la Hebraica se hace una fiesta del libro y mis libros no figuran ni siquiera como curiosidad estadística y, para completar el cuadro de la cultura del galut[9], le contaré que noches pasadas me invitaron a desovar una conferencia en la Macabi y los macabeos que vinieron a verme me preguntaron por qué había dejado de escribir pues a partir de la rapsodia aquella de 1927 firmada por Clara Beter, que ahora se convierte en un símbolo de la juventud de mamzéirem[10] que padecemos, no habían tenido oportunidad de ver nada mío escrito (…)

Tiempo es consciente del rechazo que en este período sus libros reciben por parte de la comunidad judía, y también la comunidad intelectual, pero si en esta carta de 1954 Tiempo se coloca entre “los parias de la literatura” y habla del “cuadro de la cultura del galut”, esta marginalidad se intensifica en los años posteriores.

Jorge Luis Borges, en una reseña que hace de la obra de Tiempo Libro para la pausa del sábado (1930), publicada en Argentina. Periódico de arte y crítica en agosto de 1931, señala: “una milagrosa incongruencia me acecha y me incomoda en este perseverado volumen”. Borges observa, por un lado, “un estilo hebreo, una como respiración natural de la poesía judaica” y por el otro, una “lugonería honesta, cuidada” que “es la definición de la mejor mitad de este libro”.

Esta “milagrosa incongruencia” puede observarse en las obras teatrales Pan Criollo y Alfarda de César Tiempo, dos piezas con una misma historia pero diverso final. Pero también en la diversidad de vínculos de César Tiempo. En su correspondencia conversa con figuras de la comunidad judía, del nacionalismo argentino, escritores de izquierda, radicales, peronistas y socialistas. Y también en los múltiples lugares y pertenencias en donde Tiempo circula a lo largo de su recorrido literario cultural, sin dejarse, sin embargo, identificar de manera unívoca (desde la AIAPE, el peronismo y también el mundo institucional judío).

“El viejo Tiempo que ya no volverá”

En 1973, con el presidente justicialista Héctor Cámpora, Tiempo es designado Director del Teatro Nacional Cervantes. Sin embargo, tampoco entonces vendrán años más tranquilos. El autor ejerce este cargo hasta la llegada del gobierno militar de 1976. Entonces se lo acusa de “escritor marxista” por haber traducido el ensayo “Carlos Marx en la intimidad” de Ernest Seilliere y también de “escritor pornográfico” por haber escrito Versos de una… firmado con el seudónimo de una prostituta rusa cincuenta años antes. Cuando en 1976 la dictadura militar lo echa del Cervantes, Tiempo le escribe al padre nacionalista Leonardo Castellani: “Soy mano de obra y debo producir sin descanso para afrontar necesidades perentorias”. Algo similar le escribe en una carta de 1971 sobre su desempeño en La Prensa:

A mí me pagaban 2000 pesos mensuales, y cobraba 1800, por el descuento para la jubilación y jamás obtuve ninguna ventaja: ni heladera, ni automóvil, ni viajes, ni extras. Todos los puritanos que ayudaron a mis zozobras, mis infartos y mi incorporación a las listas negras, ahora se declaran peronistas y esperan el regreso del fogoso fugitivo o de sus paniaguados para volver a acomodarse, porque para ellos lo mismo es Chana que Juana. Ahora es cuando yo no pienso acercarme a los que están ni a los que vendrán, pues si hay algo que me ha repugnado siempre es la hipocresía, la codicia y el servilismo. Vivo de mi trabajo desde hace cincuenta años y jamás he conseguido nada que no hubiese sido pagado con creces por mi pianito de escribir y mis pulmones.

Las cartas de este período se encuentran plagadas de nostalgia y en una ocasión en que el autor envía unas poesías de años anteriores aclara “corresponden al viejo Tiempo que lloro y que ya no volverá”. Castellani, amigo de Gustavo Martínez Zuviría en la década del treinta, le responde a Tiempo en 1976: “Estoy decidido a ayudarlo todo lo que pueda, incluso económicamente si fuera necesario”. El padre nacionalista hace hincapié en que una figura como Tiempo no tiene el reconocimiento que merece y le trasmite su deseo de contestar sus epístolas en una “larga carta a César Tiempo” que sea “el último y mejor de mis libros”.

La “larga carta a César Tiempo” no pudo ser escrita. Castellani nunca llegó a escribir tal libro. Sin embargo, quizás no hubiese resultado contradictorio que, finalmente, el reconocimiento, cultural y epistolar, a César Tiempo hubiese venido por parte de un padre nacionalista.

Cartas “que no merecen perderse”

Tiempo tenía una costumbre particular: según su propia confesión, después de leer una carta solía guardarla entre las páginas del libro que tenía en sus manos en ese momento. Como recuerdan sus hijos, Tiempo “(…) tenía una biblioteca enorme, con muchos miles de ejemplares y allí era donde estaba su escritorio y donde trabajaba, rodeado de montañas de papeles y sin que le molestasen los ruidos”[11]. En sus últimos años, Tiempo debe mudarse de su departamento en la calle Tinogasta y, como no tenía lugar para su enorme biblioteca, luego de dejarla en forma temporal en un depósito, decide guardar sus libros en el Centro de Estudios Nacionales (CEN). Años después, en 1996, el CEN realiza una donación a la Biblioteca Nacional y, entre otros materiales, llega la biblioteca de César Tiempo y con ella sus más de siete mil cartas, escritas, recibidas y guardadas por el autor, constituyendo así el Archivo César Tiempo de la Biblioteca Nacional.

César Tiempo, nacido en Ucrania en 1906 y llegado a la Argentina con apenas nueve meses de edad para instalarse junto a su familia en la ciudad de Buenos Aires, presenta en su literatura, como señala Rafael Cansinos Assens, continuamente la presencia de “temas judaicos recamados sobre un fondo de paisaje argentino”. El propio Tiempo dice de sí mismo: “Desciendo de profetas, de meturguemanes (vayan al diccionario) y de cuéntenikes. Soy judío por todos los costados sensibles de mi ser y no pienso desertar de mi judeidad (…)”[12].

Esta“judeidad” de Tiempo, sin embargo, como hemos visto, no recae en una relación ni pacífica, ni lineal, si no más bien conflictiva y tumultuosa, con el mundo institucional judío. Si en 1937 su obra Pan Criollo es alabada por nacionalistas pero criticada dentro de la comunidad judía, durante su desempeño en La Prensa, los libros de Tiempo resultan, como le cuenta a Yagupsky en 1954, cuidadosamente postergados. Tiempo se coloca entre los “parias de la literatura” y explica que en revistas como Davar o Noticias Gráficas se ocupan “religiosamente” de no mencionar sus volúmenes; cuenta que en el club Macabi se desconocen por completo sus últimas obras y apunta: “En la Hebraica se hace una fiesta del libro y mis libros no figuran ni siquiera como curiosidad estadística”.

Tiempo trasmite esta postergación, así como su nostalgia por tiempos pasados, a sus amigos y colegas. Sus variados y múltiples corresponsales lo alientan, halagan y señalan el valor de su figura, y, también, de sus cartas. Diversos escritores sugieren que estos diálogos epistolares no merecen perderse. Desde Castellani, el cura nacionalista, hasta el dibujante Julio Vanzo, quien señala “Tus cartas las guardo celosamente porque algún día publicaré un libro titulado ‘Epistolario del mejor poeta y humorista argentino’. Otros escritores, a su vez, agradecen con entusiasmo cada llegada de una palabra de Tiempo, celebrando el valor del intercambio epistolar. El poeta y periodista Enrique González Tuñón apunta en un diálogo personal con Tiempo: “Me has dado una gran alegría abriéndome la vieja puerta de un recuerdo que se hacía cada vez más borroso (…) Tus palabras hicieron el milagro”.

Hoy las cartas de César Tiempo, primero guardadas entre las páginas de sus libros, luego estacionadas en un depósito y finalmente en el Archivo de la Biblioteca Nacional, traen de nuevo este autor. César Tiempo, de múltiples facetas y seudónimos, de variados vínculos, pertenencias e identidades oscilantes, “paria de la literatura”, como se describe él, y parte de la “cultura del galut” (‘exilio’ en hebreo).

Fuente primaria

Fondo César Tiempo. Departamentos de Archivos. Biblioteca Nacional de la República Argentina.

Bibliografía

Liacho, Lázaro (1937) “Misión del escritor judío en la literatura argentina”, Columna, Buenos Aires, Año 1, pp. 49-56.

Karduner, Luis (1937), “Carta abierta a César Tiempo”, Judaica, N.º 50, agosto.

Korn, Guillermo (2017) Hijos del Pueblo. Intelectuales peronistas: de la Internacional a la Marcha, Buenos Aires, Las cuarenta.

Pasolini, Ricardo (2004) “Intelectuales antifascistas y comunismo durante la década de 1930. Un recorrido posible: entre Buenos Aires y Tandil”, Estudios Sociales. Revista Universitaria Semestral, Santa Fe.

Rein, Raanan (2013) “Doblemente incorrectos: César Tiempo y el equipo editorial del Supemento Cultural”, en Cultura para todos (Raanan Rein y Claudio Panella compiladores), Buenos Aires, Ediciones Biblioteca Nacional.

—- (2015) Los muchachos peronista judíos, Buenos Aires, Sudamericana.

Schvartzman Solana (ed.), Querido Zeitlin. Correspondencia de César Tiempo (1930-1976), EUDEBA, (en prensa).

Senkman, Leonardo (1983) “César Tiempo: la integración judeo-argentina”, La identidad judía en la literatura argentina, Buenos Aires, Pardes.

Tiempo, César (1935) La Campaña antisemita y el Director de la Biblioteca Nacional, Buenos Aires, D.A.I.A., 1935.

—- (1978) Nueva Presencia, nº 72, 17 de noviembre.

—- (1938) Pan Criollo, Alfarda, Buenos Aires, Argentores.

—- (1972) “Paseo alrededor de los demás”, La Opinión, Buenos Aires, pp. 6-7.

—- (1971) “Un trozo de carbón no es obsecuencia”, Las Bases, N.º 2, Buenos Aires.

Toker, Eliahu (1997) Buenos Aires esquina sábado. Antología de César Tiempo, Buenos Aires, Archivo General de la Nación.


  1. Una versión más amplia y detenida de este artículo, fruto de la investigación realizada en el marco de la Dirección de Investigaciones de la Biblioteca Nacional de la República Argentina, puede encontrarse en el estudio y edición de la correspondencia de César Tiempo: Schvartzman Solana (estudio y edición), Querido Zeitlin. Correspondencia de César Tiempo (1930-1976), EUDEBA, (en prensa).
    Todas las cartas citadas en este artículo pertenecen al fondo César Tiempo del Departamento de Archivos de la Biblioteca Nacional y así mismo pueden leerse recopiladas en: Querido Zeitlin. Correspondencia de César Tiempo (1930-1976). En el volumen Querido Zeitlin complementé el material de la Biblioteca Nacional con cartas de otros Archivos e Instituciones. Las cartas a Máximo Yagupsky citadas en este trabajo pertenecen Archivo Máximo Yagupsky de la Fundación IWO (Instituto Judío de Investigaciones). A su vez, parte del diálogo epistolar entre Tiempo y Samuel Glusberg, con el que hemos comenzado este artículo, pudo reconstruirse gracias a los materiales del Archivo Samuel Glusberg del Centro de Documentación e Investigación de la Cultura de Izquierdas en Argentina (CeDInCI).
  2. La obra se estrena a su vez el 2 de octubre del mismo año en el teatro Solís de Montevideo y el 20 de octubre se realiza una función en el Teatro Fénix, en el barrio de Flores. Pan Criollo fue representada luego por la Compañía de Blanca Podestá en los principales teatros de Enter Ríos, Santa Fé, Corrientes, Formosa, Chaco, Misiones, Tucumán, Santiago del Estero, Córdoba y en el Nacional de Asunción del Paraguay.
  3. Del ídish: ‘no-judío’.
  4. La edición de Pan Criollo publicada por Argentores en 1938 incluye las críticas contemporáneas a la obra. Todas las citas de críticas periodísticas pertenecen a esta edición de 1938.
  5. Martínez Zuviría fue a su vez Diputado Nacional por la Provincia de Santa Fe entre los años 1916 y 1920 y recibió en 1925 el Premio Nacional de Literatura por su novela Desierto de piedra. Militante católico y nacionalista y simpatizante del franquismo, en 1937 ocupó la presidencia de la Comisión Nacional de Cultura y en 1943 llegó a desempeñar el cargo de Ministro de Justicia e Instrucción Pública de la Nación.
  6. Las pruebas de imprenta de esta publicación de 1938 pueden consultarse en el fondo César Tiempo del Departamento de Archivos de la Biblioteca Nacional.
  7. En mayo de 1937, por ejemplo, Alberto Gerchunoff renuncia manifestando diferencias con su conducción, el sector comunista liderado por Emilio Troise. Sobre este y otros conflictos de la AIAPE puede verse el trabajo de Ricardo Pasolini “Intelectuales antifascistas y comunismo durante la década de 1930. Un recorrido posible: entre Buenos Aires y Tandil” (Pasolini, 2004: 81-116).
  8. La tesis de Rein sigue a su vez la línea de lectura de Norberto Galasso en Los malditos. Hombres y mujeres de la historia oficial de los argentinos. Guillermo Korn, en Hijos del Pueblo. Intelectuales peronistas: de la Internacional a la Marcha, sigue en parte esta línea de lectura, aunque centrándose, con un minucioso trabajo de fuentes, en los vínculos entre la izquierda y el peronismo de un grupo de intelectuales, entre los que incluye a César Tiempo.
  9. Galut es ‘exilio’ en hebreo. El término suele usarse para aludir a la diáspora del pueblo de Israel. En la enseñanza jasídica el galut tiene a su vez un significado más profundo que el exilio físico, relacionado con el desequilibrio y la anormalidad. Tiempo juega en esta carta con estos significados del término, dándole un sentido irónico y expresando su sentimiento de “exiliado” dentro de ciertos lugares de la comunidad judía.
  10. Mamzéirem del ídish: ‘bastardos’, con el sentido de hijo no reconocido o hijo ilegítimo.
  11. Testimonio de su hija Blanca dado a Eliahu Toker e incluído en su libro Buenos Aires esquina sábado. Antología de César Tiempo (Toker, 1997: 21).
  12. Y continúa: “(…) En cuanto a mi condición de porteño, te cuento que está amasada en el barro de la calle y de la noche. No se ven ni se viven ciertas cosas si no se llevan dentro, decía mi hermano sideral Julián Centeya. Y yo llevo adentro junto al ‘alef-beis’ [del ídish, nombre del alfabeto hebreo] los compases de un tango” (César Tiempo, 1978).


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