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La migración de los sobrevivientes del Holocausto a la Argentina
a través del Paraguay

Ariel Raber

Introducción

En los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, muchos sobrevivientes judíos del Holocausto se dirigieron a la Argentina y lograron ingresar a pesar de las restricciones que se habían impuesto para ese colectivo. Entonces emergieron diferentes vías alternativas para llegar a la Argentina de manera irregular y para ello se construyeron redes que contaron con la asistencia de los familiares de los sobrevivientes y de las organizaciones judías de socorro que trabajaban en el plano internacional.

La migración de los sobrevivientes del Holocausto comenzó, en gran número, en la inmediata posguerra y se sostuvo incluso hasta los primeros años de la década de 1950. En 1948 el gobierno dictó una amnistía y concedió varias prórrogas hasta 1950 a través de las que alrededor de 200.000 inmigrantes, entre ellos los sobrevivientes, pudieron regularizar su situación en el país (Senkman, 1992). La Organización Israelita Argentina (OIA), de filiación peronista, se atribuyó como logro propio el haber influido sobre Perón para que otorgara estas amnistías (Senkman, 1992). En este sentido, Raanan Rein afirma que la OIA ofreció a Perón un canal para que enunciara su discurso pro judío y pro Israel (2015, p. 104).[1]

Durante el período de las amnistías la OIA articuló su trabajo con la Sociedad de Protección a los Inmigrantes Israelitas (Soprotimis), una de las organizaciones judías locales de socorro más importantes del período y a través de la que se tramitaron muchas de las legalizaciones. Dada a la alta demanda de legalizaciones, Soprotimis tuvo que emplear personal temporario, además la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA) y la Organización Central de Ayuda a las Víctimas de la Guerra (conocida en la calle judía como “Ayuda”) enviaron personal propio para colaborar con el procesamiento de los casos (Soprotimis, 14 de diciembre de 1945).

Al tomar los ingresos registrados por Simón Weill, Haim Avni concluye que entre 1945 y 1949 llegaron a la Argentina un total de 4.800 inmigrantes judíos, de los cuales 3.300 ingresaron irregularmente (Avni, 2005). Por otro lado, las estadísticas utilizadas por Mark Wischnitzer arrojan una cantidad de 8.470 ingresos para el mismo período (1956, pp. 228-229). El cuadro de Wischnitzer no consigna números ni para 1945 ni para 1947 y los obtenidos para los períodos de 1948 y 1949 suman un total de 8.270, siendo esta última cifra la que la oficina local de la Hebrew Immigration Aid Society (HIAS) aportó en función de las legalizaciones. Por tanto, es difícil obtener un cálculo aproximado de los judíos que ingresaron durante esos años a la Argentina, aunque ambas estadísticas coinciden en que la mayoría lo hizo a través de vías irregulares.

Yehuda Bauer, quien ha producido una de las series más completas sobre el rol de las agencias de asistencia y su ayuda a los sobrevivientes del Holocausto después de la Segunda Guerra construyó sus investigaciones utilizando los archivos del American Jewish Joint Distribution Committee (JDC) como fuente primaria, dado el exhaustivo trabajo de esa organización en el campo de socorro durante todo el período (Bauer, 1970, 1974, 1981, 1989). De todos modos, hay en estos trabajos, como en el resto de la literatura sobre el tema, escasas referencias a América Latina.

Este trabajo se servirá también de los archivos del JDC como una de las fuentes principales para comprender, por un lado, el modo en que Paraguay se constituyó como la vía de inmigración más importante para los sobrevivientes del Holocausto que intentaban llegar a la Argentina y, por el otro, la manera en que la comunidad judía local y las organizaciones de asistencia internacionales articularon sus esfuerzos y establecieron mecanismos para posibilitar estas migraciones de manera constante por varios años eludiendo las restricciones impuestas por el país.

Las organizaciones judías que actuaban en el campo del socorro

Ingresado el período posterior a la Segunda Guerra Mundial, dos grandes organismos internacionales judíos de socorro actuaban en la Argentina: el JDC -conocido popularmente como “Joint”- y la HIAS. Ambas organizaciones de origen norteamericano coordinaron a través de sus agencias y filiales locales e internacionales el trabajo migratorio para posibilitar el arribo de los sobrevivientes del Holocausto a Sudamérica.

Soprotimis, a pesar de haber sido una organización independiente, también operaba como filial de la HIAS, de quien dependía una buena parte de su presupuesto. Por tanto, el trabajo migratorio de Soprotimis para asistir a los sobrevivientes del Holocausto era coordinado con las oficinas centrales de la HIAS en Nueva York y también con las oficinas europeas.

La HIAS fue creada en la primera mitad del 1900 para responder a las necesidades rituales de entierro de acuerdo a la tradición judía, aunque pocos años después y tras su fusión con la Hebrew Sheltering House comenzó a expandir sus actividades de asistencia (Wischnitzer, 1956, p. 16). A partir de la Primera Guerra Mundial extendió su ayuda a las comunidades judías de Europa afectadas por el conflicto bélico y su lazo con Soprotimis se dio en 1927 tras la creación HICEM, un nuevo organismo que aglutinaba tres organizaciones de asistencia con proyección internacional: HIAS, Jewish Colonization Association (JCA) y el United Committe for Jewish Emigration (Emigdirect) (Avni, 2005, p. 270).

Desde sus inicios en la década de 1920 Soprotimis trabajó con la JCA, la empresa de colonización fundada por el Barón Hirsch que administraba varias colonias agrícolas en el interior de Argentina y a partir de la creación de HICEM pasó a articular sus actividades también con este organismo (Avni, 2005; Barh Shalom, 1971; Levin, 1988).[2] Una vez que la HICEM se disolvió, en 1945, HIAS se hizo cargo de todas las operaciones.

Con motivos de preparar el escenario migratorio y organizar campañas de recaudación para su obra de socorro el JDC abrió su oficina en la Argentina en 1943, lo que provocó una disputa con los sectores de la comunidad que apoyaban el proyecto de su rival, el World Jewish Congress (WJC) (Raber, 2017). Para el período, el JDC era la agencia judía de socorro más importante a nivel internacional y contaba con la mitad del presupuesto de las campañas unificadas que se hacían en Estados Unidos para contribuir con la creación de un estado judío en Palestina y para ayudar a los sobrevivientes del Holocausto.

Creada en 1914 en Estados Unidos para recaudar fondos para asistir a los judíos de Europa y del Medio Oriente, en la primera posguerra el JDC había recaudado más de 33,4 millones de dólares para construir comedores en Polonia, reparar hospitales, crear orfanatos, entre otras cosas. Luego de una buena contribución al presupuesto de campaña del American Relief Administration (ARA), el JDC logró que sus trabajadores fueran enviados en misiones a Europa como oficiales reconocidos de ese organismo (Bauer, 1974, pp. 9-10).

En la segunda posguerra, tras los problemas surgidos con la administración de los campos de desplazados europeos que estaban bajo la tutela de la United Nations Relief and Rehabilitation Administration (UNRRA) y del ejército norteamericano, el JDC comenzó a operar en los campos. En muchos de estos campos regía una suerte de disciplina castrense, donde los desplazados eran tratados con brutalidad, a la vez que los judíos debían convivir con nazis y colaboracionistas que también habitaban allí. En 1945 más de mil personas que habían sido empleadas por la UNRRA para trabajar en los campos de desplazados fueron despedidas, ya sea por incompetencia o corrupción (Dinnerstein, 1982, p. 12). Otra práctica fue la contratación de alemanes para ciertas tareas como la supervisión en los campos de desplazados, tal es el caso de Rentzschmule presentado por Leonard Dinnerstein (1982, p. 14) donde un ex nazi estaba encargado de supervisar las actividades de los judíos.

Todo esto llevó a innumerables críticas, no solamente por parte de la comunidad judía norteamericana, por lo que en junio de 1945 Harry Truman solicitó al representante del Intergovernmental Comission on Refugees, Earl Harrison, que realizara un informe sobre la condición de los campos de desplazados en Europa. Una de las consecuencias de ese reporte fue el ingreso del JDC a los campos para trabajar con los desplazados judíos. Como señala Bauer (1989, p. 51), “estaba claro que para evitar próximas críticas, era mejor [obtener la cooperación] de una agencia judía de asistencia [que fuera] respetable, de indudable lealtad al gobierno y al ejército; el JDC encajaba idealmente para ‘interpretar’ ante los militares los deseos y actitudes de los desplazados judíos”.

Posteriormente la International Refugee Organization (IRO), la agencia que reemplazó a la UNRRA amplió los lazos con las organizaciones de asistencia originadas en Estados Unidos, como el JDC y la HIAS y como consecuencia la mitad de las 1.250 personas que fueron incorporadas a través de estas alianzas pertenecían a organizaciones judías (G. D. Cohen, 2012).

El financiamiento de la asistencia a los refugiados

Tras su llegada a Buenos Aires en 1943, el JDC creó su oficina para Sudamérica con dos objetivos principales: preparar el terreno para las migraciones de posguerra y realizar campañas de recaudación para las víctimas de la guerra. A raíz de esto último, ingresó en conflicto con el Comité Central de Ayuda a las Víctimas de la Guerra, que actuaba bajo la esfera de la DAIA organizando su propia colecta en favor del WJC, organismo al cual adscribía. El JDC no solamente vino a disputarle las campañas al WJC en Argentina, sino en toda América Latina, trasladando una rivalidad que ya era internacional al plano local (Raber, 2017). Por su parte, el JDC logró el apoyo de un grupo de disidentes de la DAIA nucleados en la Junta Judía de Ayuda a las Víctimas de la Guerra y liderados por el activista comunitario y empresario textil Simón Mirelman, que intentaron también disputar a la DAIA su liderazgo comunitario (Bell, 2002). En otro capítulo de este libro Adriana Brodsky expone la manera en la que la comunidad judía sefaradí desarrolló sus propias campañas, quienes si bien tenían más afinidad con el WJC, colaboraron con ambos organismos.

Las campañas provocaron grandes divisiones y enfrentamientos en la comunidad judía local, hasta que finalmente se dio la unificación en 1947 tras un acuerdo confidencial que involucró a las altas esferas del JDC y el WJC. Las campañas se unificaron bajo Ayuda, una organización controlada por miembros de la Junta y del Comité Central y en los años subsiguientes el JDC se volvió el mayor beneficiario de estas colectas. Más adelante las campañas de ayuda a los refugiados pasaron a estar incluidas dentro de los presupuestos de las campañas sionistas (Raber, 2017).

La oficina sudamericana del JDC estaba liderada por Jacob Ben Lightman, quien coordinó el trabajo migratorio de posguerra a través de comités de ayuda que operaban en toda la región. En Argentina la Asociación Filantrópica Israelita (AFI), que nucleaba a los judíos de habla alemana, abrió el Departamento de Migraciones en Cooperación con el Joint que se ocupó de los casos de inmigración hacia el país y articuló su trabajo con otros comités en Sudamérica y en Europa. El Departamento de Migraciones en Cooperación con el Joint comenzó sus trabajos en 1946 y era financiado por la AFI y parcialmente por el JDC (JDC, 4 de noviembre de 1946). La AFI contaba con su propio servicio de asistencia y desde su llegada a Sudamérica el JDC había mantenido estrechos lazos con esta organización.

Soprotimis prestaba ayuda material y legal sobre cuestiones migratorias, entre otras cosas, así como un fondo de pasajes en cuotas. Su boletín informativo de 1944 abría con un artículo titulado “Maremagnum Migratorio” donde explicaba que, si bien por la guerra la migración judía se había reducido, se encontraban inmigrantes de este colectivo en cada vapor que llegaba al país, puesto que Argentina también era un punto de enlace con otros países de Sudamérica (Soprotimis, agosto de 1944). El siguiente fragmento del artículo es representativo del trabajo que realizaba la organización, y estos casos se multiplicaron después de la guerra:

En el vapor ‘José Menéndez’, que entró al puerto de Buenos Aires el 15 de Julio de 1944, con procedencia Durban (Sudáfrica), llegaron J. K, de 42 años, médico polaco y su esposa B. de 41 años. Para estos viajeros, la HICEM, de Nueva York había remitido a la “Soprotimis” una orden de dos pasajes pagos por avión desde Buenos Aires a Miami (EE. UU. de NA.) con el pedido de reservarles asientos en el avión. La Panagra no quería reservar los pasajes antes de que el matrimonio llegara a esta, para cerciorarse si tenía sus documentos en orden para proseguir viaje (…) Al llegar los pasajeros, nos encontramos con la sorpresa de que sus visaciones para entrar a los Estados Unidos vencían el 31 de Julio de 1944.
Recurrimos al consulado norteamericano pidiendo la renovación de la visación y nos explicaron que era imposible concederlo sin autorización del gobierno de Washington; que con este fin habría que hacer el trámite por vía aérea; pedir la renovación telegráficamente (…) En vista de la situación tan apremiante, hemos pedido al cónsul que hablara con Panagra explicando el caso. El cónsul lo hizo, pero sin resultado favorable. Nos dirigimos entonces al gerente de Panagra exponiéndole la situación trágica del matrimonio K. y pidiendo cambiar sus pasajes que tenían reservados para una fecha posterior, lo que no pudo consentir.
En el mismo vapor ‘José Menéndez’ llegaron dos pasajeras D.B. y D.J.R. que tenían reservados sus pasajes en el avión para el 26 de Julio. Nos dirigimos a la agencia del vapor rogando que interviniera ante estas dos pasajeras, para que cediesen sus asientos en el avión al Dr. K y Sra. Esta mediación tuvo éxito, las buenas señoras sudafricanas accedieron a nuestro pedido.

Este tipo de situaciones se multiplicarían una vez terminada la guerra y comenzada la migración de los sobrevivientes del Holocausto hacia la Argentina. Este fenómeno es notorio al trabajar con el material de archivo de Soprotimis, donde se encuentra cómo cualquier trozo de papel era válido para escribir en tiempos de apremio.

Como la mayoría de los países del mundo, Argentina no abrió sus puertas al ingreso de los sobrevivientes del Holocausto. En este caso, la migración de los sobrevivientes del Holocausto retoma ciertas características de la migración en cadena previa a la guerra, valiéndose de la asistencia de los familiares para financiar, gestionar los viajes y obtener la documentación necesaria para emigrar, así como de los vínculos de grupo y redes de solidaridades para insertarse en el país de destino, dada la ausencia de un plan estructurado de recepción[3].

Distinto fue el caso de Estados Unidos, por ejemplo, que permitió el ingreso de refugiados judíos a cambio de que la comunidad pudiera hacerse cargo de su subsistencia. Consecuencia de esto, la comunidad judía creó nuevas estructuras de absorción y fortaleció otras ya existentes (Cohen, 2007).

A partir del primer Plan Quinquenal del gobierno de Juan Domingo Perón, quedaron establecidos los criterios sobre el tipo de migración que Argentina estaba dispuesta a recibir. Así, quienes no se ajustasen a estos criterios de selección étnica, religiosa e ideológica eran pasibles de ser rechazados (Senkman, 1992). Durante el período se crearon nuevos organismos estatales orientados a intervenir en el proceso migratorio como la Oficina Etnográfica, la Comisión de Recepción y Encausamiento de Inmigrantes (CREI) y la Delegación Argentina de Inmigración en Europa (DAIE). Durante el primer peronismo, el foco en cuanto a planificación y asistencia estuvo puesto sobre los grupos ya mayoritarios como los españoles e italianos, quienes eran considerados más asimilables (Biernat, 2007, p. 99).

La expulsión de varios ultranacionalistas del gobierno, coincidente con lo que Ignacio Klich (1992) define como un acercamiento a Estados Unidos, incluyó también la salida de Santiago Peralta de la Dirección de Inmigración (DI), quien ya había sido denunciado por la DAIA y la OIA por la discriminación contra los judíos. Sin embargo, aquí no terminarían los problemas para la migración judía, puesto que su ingreso seguiría estando restringido por mucho tiempo.

Un memorándum confeccionado por la oficina del JDC para Sudamérica a principios de 1947 informaba que, a pesar de que las regulaciones vigentes en Argentina permitían la reunificación familiar de padres e hijos, el país estaba prácticamente cerrado al ingreso de refugiados judíos (JDC, 12 de febrero de 1947). De todos modos, se reconocía que tras la salida de Santiago Peralta de la Dirección de Inmigración había sido posible conseguir permisos de llamada para padres de personas que residieran en Argentina, siempre que se probara el parentesco de primer grado. En la mayoría de los casos aprobados, los interesados indicaban que no eran judíos (JDC, 15 de octubre de 1947). Por ello, una inmigración judía por vías regulares era poco probable, sin embargo, surgieron otras rutas a través de las cuáles los sobrevivientes del Holocausto pudieron ingresar al país. Una de las vías más utilizadas durante el período de 1947 y 1948 fue el ingreso a la Argentina a través del Paraguay.

De Europa al Paraguay

Desde abril de 1946 el JDC estudiaba varias posibilidades para asentar refugiados judíos en Paraguay, como por ejemplo a través de la colonización agrícola, aunque también hablaba sobre la renuencia del gobierno paraguayo a recibir judíos y sobre la emisión de permisos en el pasado por los cuales los consulados recibían los nombres de los aspirantes a migrar acompañados de la leyenda “siempre que no pertenezca a la raza semita” (JDC, 11 de abril de 1946). No obstante, poco tiempo después, la inmigración judía al Paraguay cobraría impulso a través de la obtención de cédulas migratorias que podían obtenerse a través de lo que en ídish (idioma hablado por judíos de diversas zonas de Europa) era conocido como majer, refiriéndose a personas que realizan arreglos para otros, inclusive por fuera de la ley (Beinfeld & Bochner, 2002). De esta forma, los parientes de los sobrevivientes pagaban por estas cédulas a través de las cuales podían comenzar los trámites para luego ayudarlos a llegar a la Argentina. Esto último se hacía de manera irregular.

Un informe confidencial enviado por el JDC local a la oficina central en Nueva York evaluaba la posibilidad de adquirir estas visas al por mayor. Les había llegado la información de que la HIAS estaba obteniéndolas a diario para familiares de personas que vivían en la Argentina y luego los animaba a ir a las oficinas del JDC para que les financiaran los pasajes. Lightman sabía que el JDC no debía intervenir en este tipo operaciones, pero argumentaba que no quería quedarse “de brazos cruzados” mientras que la HIAS se hacía propaganda por la obtención de los permisos cuando ellos eran quienes financiaban los pasajes. Además, debido a la apertura de una filial de la Junta en Paraguay, sería más fácil tramitar la obtención de los permisos y no sabían por cuánto tiempo estaría disponible esta posibilidad (JDC, 19 de noviembre de 1946).

También, se abría la posibilidad de conseguir visas a Venezuela por un costo de entre 3.000 y 5.000 francos. Conocían experiencias en las cuales judíos polacos habían utilizado estas visas, declarando que no eran judíos y no habían tenido ningún inconveniente. Mientras que los permisos de ingreso a Paraguay costaban, según Lightman, alrededor de 1.000 pesos argentinos, existía la posibilidad de conseguirlos a 400 pesos cada uno si obtenían algún acuerdo para comprarlos en cantidad (Ibid.).

Esto no fue bien recibido por parte de la oficina central, que contestó que el JDC nunca se involucró en el tráfico de visas, incluso cuando otras organizaciones estuvieran desarrollando esas prácticas. Quedaba a cargo de cada comité local si quería explicarle a quien necesitara una visa cómo obtenerla (JDC, 9 de diciembre de 1946).

Muchos de los refugiados que migraban hacia el Paraguay lo consideraban un país de tránsito hacia la Argentina, lo que generaba rispideces, puesto que demandaban ayuda al JDC para llegar a este país. A raíz de esto, F. B. Pollack, a cargo de la sección de migraciones de la oficina del JDC en Sudamérica, solicitaba que se aclarara en las oficinas europeas que se entendía que el destino final era el mismo que el de la visa (JDC, 15 de octubre de 1947). Es decir, si formalmente el viaje concluía en Paraguay, hasta allí se brindaba la asistencia.

El informe de Pollack establecía que ya para 1947, cuando Argentina comenzaba a recibir mayores corrientes de sobrevivientes del Holocausto, solamente el cinco por ciento de los refugiados que migraban al Paraguay se quedaban allí. Este número estaba compuesto por personas que no tenían parientes que financiaran el ingreso irregular hacia otros países. Una vez que los refugiados llegaban a Paraguay podían conseguir un certificado de nacimiento alegando que sus padres habían olvidado registrarlo, lo que costaba dos o tres guaraníes o cincuenta centavos de dólar. Con la cédula en mano, se podía solicitar a la Policía de Asunción una cédula de identificación paraguaya con la que una persona podía viajar a la Argentina sin necesidad de conseguir una visa. Otra alternativa era el cruce de la frontera por la noche a través del Río Paraná, disfrazados de gauchos o agricultores por un precio de entre 100 a 200 guaraníes. De todos modos, la manera más corriente de ingreso era vía Brasil. Es decir, los refugiados conseguían las cédulas de ingreso al Paraguay y nunca ingresaban a ese país, puesto que en el tránsito por Brasil cruzaban directamente a la Argentina (JDC, 15 de octubre de 1947).

En una entrevista realizada por Anita Weinstein a Zelig Weisfeld (Universidad Hebrea de Jerusalem, junio de 1983), quien había formado parte del comité creado en Resistencia, Chaco para recibir a los judíos que ingresaban a través de los países limítrofes en la segunda posguerra, contaba que estaban en contacto con Soprotimis y se alojaba a los inmigrantes en esa provincia por unos días hasta que emprendían viaje a Buenos Aires. Cuando los refugiados llegaban a Paraguay, se ponían en contacto con un hombre al que apodaban en ídish “el glotón”, al que describía como “acriollado, gordo, macanudo, sabía el punto débil de la gente nativa y además sabía cómo acomodarse y él nos los traía”. De acuerdo al entrevistado, se trataba de un judío de “Asunción, pero acostumbraba a cruzar a Corrientes, Resistencia y Buenos Aires, era muy conocido en todas esas zonas, él era el prototipo del transportador de gente.” La entrevista con Weisfeld, muestra el trabajo de este comité que operó durante esos años, con el objetivo de asistir a los sobrevivientes que cruzaban irregularmente al país desde Paraguay.

La creación del Comité Auxiliar del Joint en Paraguay

A principios del año 1947 se conformó en Paraguay el Comité de Protección a los Inmigrantes Israelitas, que recibía fondos de las campañas de ayuda unificada que se realizaban en Argentina para asistir a los sobrevivientes del Holocausto. Tras su disolución fue reemplazado por el Comité Auxiliar que estaba liderado por el activista comunitario Max Brudner, un judío oriundo de Polonia que se había establecido en la ciudad de Asunción (JDC, 15 de octubre de 1947).

La disolución del primer comité trajo aparejados varios problemas respecto de la recepción y el financiamiento para la asistencia de los sobrevivientes del Holocausto que llegaban al Paraguay. Sobre todo, se observa que no existió una planificación previa, sino que la estructuración del trabajo de ayuda se fue definiendo conforme la urgencia. Los sobrevivientes continuaban llegando y el presupuesto escaseaba, por lo que en julio de 1947 Max Brudner solicitaba en una carta dirigida a Lightman que el comité de Brasil dejara de enviar inmigrantes al Paraguay (JDC, 23 de julio de 1947):

Hemos sido notificados ayer por un telegrama de Brasil que viene un avión especial con 21 personas, debido a que no existe aquí nadie que quiera ocuparse de ellos, puesto que el comité que teníamos renunció a sus actividades, los inmigrantes que se encontraban a cargo de ellos han recurrido a nosotros, puesto que se encontraban desamparados y los nuevos inmigrantes no serán recibidos por nadie, nos vemos en la obligación moral de socorrer a esa gente y encargarnos de ellos. Por esta razón, ruegole avisar al Joint de Brazil (sic) que no mande inmigrantes sin previo aviso (…)
Los inmigrantes declaran que el Joint del Brazil les prometió que tendrían aquí, en el Paraguay las mismas condiciones de vida que el Joint del Brazil les habría facilitado allí, exigiendo de nosotros más de lo que podemos dar produciendo escándalos. Quiero advertirle a usted, que todos los gastos están corriendo de mi caja personal porque no tenemos fondos en el comité. La Unión Hebraica y la Alianza no toma(n) parte ninguna para ayudarnos (…)
Le ruego advertir al Joint de Brazil que cuando manden inmigrantes, que sean o todos del Joint o todos del HIAS, si son del Joint que nos avisen a nosotros, y si son del [HIAS], que se avisen a estos, de esta manera nos ahorramos confusiones y gastos, puesto que el [HIAS] no toma ninguna parte a pesar de 3 empleados que tiene.
En este momento hay 40 personas que viven a nuestra cuenta y estoy esperando en forma urgente el dinero prometido, por lo tanto pedimos a Brazil que no alimenten a esas gentes con tantas ilusiones con respecto al Paraguay.

En principio, la manutención asignada a los migrantes que llegaban al Paraguay fue de quince días y para obtener financiamiento sus directivos realizaron un viaje a Buenos Aires para solicitar a las organizaciones de asistencia que colaboraran con el presupuesto. A raíz de esto en junio de 1947 Ayuda, el organismo unificado de colectas de la comunidad judía en Argentina para ayudar a los sobrevivientes, concedió el primer cheque de 4.000 pesos que estaba destinado al programa del JDC en Paraguay para los primeros quince días de manutención, mientras que a la HIAS se le brindó la suma de 1.000 para las mismas tareas (JDC, 18 de junio de 1947; 30 de junio de 1947).

Sin embargo, como puede observarse en la carta, el dinero otorgado por Ayuda tardó en llegar debido a que el JDC en Buenos Aires debía contar primero con las autorizaciones correspondientes de su oficina central en Nueva York. A raíz de los comentarios del Comité Auxiliar en Paraguay el JDC solicitó a los comités de Brasil que hasta nuevo aviso trataran de retener a los inmigrantes que tenían tránsito en ese país y que no los enviaran de momento a Paraguay (JDC, 19 de agosto de 1947).

En principio el Comité Auxiliar de Paraguay funcionaba en la oficina o en la casa de Brudner, pero el JDC ofreció que se hicieran cargo de todo el trabajo migratorio de esta organización en Paraguay, con un presupuesto asignado (JDC, 15 de octubre de 1947). Para las organizaciones estaba claro que quienes llegaban a Paraguay, en su mayoría, tenían intenciones de continuar viaje hacia otros destinos, por lo que se consideraban transmigrantes. Para evitar que los transmigrantes quedaran desamparados al llegar al lugar de destino, el JDC asignó a comités como el de Paraguay o Brasil fondos rotativos para sostener la vida de los refugiados hasta quince días después de haber llegado (JDC, 4 de septiembre de 1947).

Pollack alertaba a la oficina central del JDC sobre la situación de que los recién llegados en esos países no disponían de otra ayuda que no fuera la de las agencias de socorro, mientras que solicitaba que se te tuviera en cuenta la posibilidad de pedir a las mismas personas que pagaban por los pasajes de sus familiares hacia Sudamérica que también costearan su manutención en Paraguay. Había casos en el que los parientes que costeaban el viaje para sus familiares refugiados se negaban a prestarles asistencia una vez que estos llegaban al lugar de destino, ya fuera Paraguay o Argentina. Pollack sugería que solamente en estos casos el JDC se hiciera cargo de la asistencia, pero para el resto, que los familiares de los migrantes tomaran a su cargo la manutención y que a la vez se avisara en las oficinas europeas del JDC antes de que los refugiados comenzaran el viaje, que la organización no se haría cargo una vez que estos llegaban a su destino final (JDC, 4 de septiembre de 1947).

En los casos de migrantes que viajaban al Paraguay a través del HIAS y cuyos familiares coordinaban el viaje en la oficina de Soprotimis en Buenos Aires, los ‘sponsors’ tenían que firmar un consentimiento que indicaba que se hacían cargo de la manutención de los refugiados una vez que llegaban a destino. Tal como indicaba Jacobo Fuerman, el presidente de Soprotimis, el “propósito al hacer firmar estos compromisos, ha sido con el solo objeto de evitar futuras reclamaciones de parte de los interesados y hacerles comprender que deben atender ellos mismos a sus parientes recién llegados y hacerse cargo del mantenimiento de los pasajeros que dependen exclusivamente de los familiares para su subsistencia” (Soprotimis, File personal #551).

Cuestión de “idiosincrasia”

Cuando un familiar se acercaba a la oficina de Soprotimis con el fin de obtener financiación en cuotas para el viaje de sus parientes, se solicitaba el respaldo de un garante y se generaba un informe sobre la situación de los ‘sponsors’ (así se denominaba al familiar que residía en Argentina, por ejemplo, y solicitaba el viaje de un familiar). Algunos de los casos en los que los parientes no querían o no podían absorber los costos de viajes, las sociedades de residentes intervenían ante Soprotimis por sus paisanos para solventar la inmigración de los refugiados (Senkman, 2011). Como establece Mariusz Kalczewiak (2017, p. 305), incluso antes de la guerra, para muchos recién llegados estas asociaciones formaban un espacio único de familiaridad e inclusión. En la posguerra eran estas mismas organizaciones las que muchas veces recaudaban dinero o se ofrecían como garantes para que sus coterráneos pudieran inmigrar e instalarse en Argentina.

Como rezaba la memoria de Soprotimis de 1947, con “cada pedido debe ‘discutirse y regatearse’ la participación de los interesados que pretenden que sus familiares viajen por cuenta de la colectividad alegando que la Soprotimis ha sido creada con el objeto de facilitar pasajes gratuitos, etc” (Memoria Soprotimis, 1947). En algunos casos los informantes de Soprotimis veían que los interesados estaban en condiciones de pagar, aunque hay que tener en cuenta que estos informes no eran determinantes para el personal de la organización que otorgaba los pasajes. No obstante, estos regateos podían durar meses y aunque Soprotimis no solía cubrir el costo del pasaje, sí intentaban dar con familiares en Argentina que pudieran hacerlo.

Un pasaje desde Marcella a Brasil en tercera clase podía obtenerse por la suma de 155 dólares, tramitándose a través del JDC. Cuando comenzaban a sumarse gastos de traslados hacia Marsella de otras ciudades de Europa, visados, equipajes y tasas de abordaje, el precio ascendía considerablemente, multiplicando el precio del pasaje. Por lo cual llegar desde algunas ciudades de Europa al Paraguay podía terminar costando alrededor de 500 dólares (JDC, 11 de enero de 1946; 17 de noviembre de 1947).[4]

Una persona podía conseguir desde Argentina una cédula de ingreso al Paraguay para sus familiares en Europa a razón de 375 pesos (Soprotimis, Files personales #506, #521). Existían casos en los que los familiares no estaban en condiciones de pagar el viaje, por lo cual las organizaciones de socorro otorgaban los pasajes a cambio de que el refugiado se comprometiera a restituir el importe una vez que se encontrara en su país de migración, en una situación estable.

En uno de los casos administrados por Soprotimis, una persona había obtenido la llamada al Paraguay para su pariente en Europa, pero su situación económica no le permitía costear el resto del viaje, señalando a Soprotimis que además había tenido que contribuir con los costos de viajes de otros parientes. Soprotimis le contestó que en pocas ocasiones daban viajes gratuitos. La sobreviviente se había puesto en contacto con esta organización a través de la oficina de HIAS en Estocolmo, que fue la que finalmente resolvió costear una parte del pasaje, mientras que para el resto se consiguió un subsidio del gobierno sueco. La sobreviviente firmó un compromiso por el cual debía reembolsar el dinero a la HIAS en el país de destino. Sin embargo, a pesar de ingresar a la Argentina y luego de tramitar la ciudadanía a través de Soprotimis a partir de las ya mencionadas amnistías, no realizó el reembolso del dinero (Soprotimis, Files personales #506).

El JDC también financiaba los costos de viaje de la misma manera, pero en su formulario solicitaba que el importe fuera restituido a las organizaciones judías de beneficencia, sin especificar cuál. Por ello, Lightman se quejaba ya en 1949 de que a la dificultad por obtener los retornos por las financiaciones otorgadas a los refugiados, se sumaba el hecho de que cualquier contribución con una agencia benéfica judía pudiera ser tomada como un repago, sin que el dinero retornara al JDC (JDC, 11 de noviembre de 1949).

No obstante, como ya se ha mencionado anteriormente, en Argentina las medidas se iban tomando sobre el momento y cuando la situación apremiaba. La falta de una estructura visible y organizada de absorción de inmigrantes generó desconfianza por parte de Emanuel Rosen, el director de migraciones del JDC en Europa, sobre la posibilidad de asentar refugiados en Argentina a partir de la probabilidad de manejar el ingreso de 3000 sobrevivientes al Paraguay. A raíz de ello, Erico Schmoller, uno de los directivos de la AFI, le contestó que debía considerar cómo operaba “la mentalidad sudamericana” (JDC, 15 de octubre de 1947). Mientras que era difícil obtener por parte de los ‘sponsors’ el dinero para pagar los pasajes y el mantenimiento, una vez que llegaban a la Argentina sucedía lo contrario. Se encargaban de sus familiares proveyéndoles alojamiento y alimento hasta que pudieran comenzar a trabajar y mantenerse por sí solos. No obstante, las organizaciones locales de asistencia también estaban preparadas para brindar la ayuda necesaria. Ayuda, por ejemplo, había decidido dedicar cien mil pesos anuales para asistir a los recién llegados, por lo que no habría ningún peligro de que los nuevos inmigrantes se volvieran una carga para el JDC o el país, según Schmoller (Ibíd.).

En julio de ese año se había establecido un compromiso entre las organizaciones judías de beneficencias para asistir a los migrantes que llegaran al país y no tuvieran cómo solventarse. Luego de varias discusiones se determinó que Ayuda y AMIA aportarían la mayor parte del presupuesto para la asistencia de los recién llegados, mientras que Soprotimis y la AFI también contribuirían en una escala menor (Actas Soprotimis, 19 de junio de 1947; 31 de julio de 1947).

Schmoller señalaba que, dado este panorama, debía aprovecharse la posibilidad de ingreso al Paraguay para sacar a miles de sobrevivientes de Europa, ya que a raíz de la inestabilidad política de los gobiernos en Sudamérica la situación podía cambiar de un momento a otro. Finalmente, le recordaba que los ‘sponsors’ en Argentina se hacían cargo inmediatamente de los pedidos para traer a sus familiares, siendo que los permisos de ingreso no se conseguían gratuitamente (Ibíd.).

Al mismo tiempo Lightman reforzaba la idea de Schmoller y sostenía que en este momento el Paraguay ofrecía las mejores perspectivas de inmigración que cualquier otro país de América Latina y que tenían que aprovechar esta situación mientras que la tuvieran disponible. Además, el mantenimiento de los inmigrantes en Paraguay ya no era una preocupación gracias a la formación del Comité Coordinador de Ayuda a las Víctimas Israelitas de la Guerra, que se encargaría de la situación de los migrantes una vez que el JDC y la HIAS descontinuaran su ayuda después de quince días de arribo (JDC, 24 de octubre de 1947).

El Comité Coordinador debía ocuparse de la situación de los migrantes hasta que decidieran dejar el Paraguay y también tenía por objeto proveer ayuda material a los inmigrantes, siempre y cuando no tuvieran familiares en Sudamérica. El director del JDC en Sudamérica, a pesar de haber sido siempre muy crítico de los manejos de la comunidad judía en Argentina, respaldó los dichos de Schmoller sobre que una vez que los refugiados llegaban al país su familia se hacía cargo de ellos y se ocupaban de su subsistencia hasta que podían mantenerse por sí mismos. Estando ya en Argentina, los casos de los inmigrantes que no tuvieran familiares debían recibir asistencia de AMIA, allí donde se determinara que no correspondiera ni a la AFI ni a Soprotimis. Ayuda colaboraba con la AMIA con un fondo que era, extraoficialmente, utilizado para este propósito. Por todo esto, sostenía que no convenía suspender la migración al Paraguay (Ibid.).

A fines de 1947, la autoridad consular de Argentina en Amsterdam había concedido la posibilidad de viajar en tránsito a Paraguay y Bolivia, no obstante, Pollack les solicitaba que no lo hicieran y que realizaran el tránsito a través de Brasil o Uruguay, incluso si era necesario que los migrantes tuvieran que zarpar de París. La oficina del JDC con base en Buenos Aires tenía miedo de sufrir rechazos en Argentina y que esto comprometiera toda la operación (JDC, 28 de octubre de 1947).

Dado que comenzaban a aumentar cada vez más las solicitudes de migración a Paraguay, Pollack le pidió a Brudner que solucionaran el problema del hospedaje, puesto que mantener a las personas en Brasil les estaba generando muchos costos que resultaban innecesarios. Por ello le insistía que encontrara la forma de aumentar la posibilidad de alojamiento para los migrantes que desembarcaban en Asunción (JDC, 20 de noviembre de 1947).

En una entrevista posterior realizada por Senkman (Universidad Hebrea de Jerusalén, 9 de septiembre de 1981), Brudner comentaba que como práctica se alojaba a los recién llegados en pensiones y en casas de personas que no eran judías para que pareciera que se integraban y además, en caso de problemas, estos salían en defensa de los refugiados. Según Brudner, las veces que hubo algún problema con las autoridades, se arregló todo con poco dinero.

La migración desde Europa a Paraguay se redujo por el tiempo que allí demoraban las oficinas del JDC en procesar los casos. A través del análisis de los archivos personales de Soprotimis se puede saber que el procesamiento de un caso no implicaba simplemente la compra de un pasaje, sino que las aprobaciones consulares llevaban su tiempo y, en muchos casos, por distintas cuestiones también se cancelaban las salidas de los puertos que estaban previamente destinados y debían conseguirse distintas alternativas. Había casos que tardaban más de un año en resolverse, por lo cual ante este tipo de dilaciones las visas de ingreso podían vencerse. Es por eso que Schmoller escribió a Rosen para solicitarle la posibilidad de acelerar el trámite de emigración al Paraguay, puesto que al ritmo de trabajo por parte de las oficinas europeas del JDC, los pedidos serían resueltos en un plazo de dos años, mientras que los permisos se vencían en doce meses. De seguir así, concluía, se verían forzados a detener o reducir la toma de nuevos casos de migración en Argentina (JDC, 17 de noviembre de 1947).

No se ha hallado respuesta de Rosen en el archivo, pero en marzo de 1948 el JDC amplió la manutención de los migrantes en Paraguay de quince días a un mes, con la intención de acelerar la emigración de judíos a ese país en los siguientes meses (JDC, 24 de marzo de 1948). En este sentido comenzó a pensarse también en la forma de crear nuevos proyectos para asentar a los judíos que llegaban al Paraguay. Ello motivó la visita de Brudner a Buenos Aires, que se reunió con representantes del JDC, la HIAS y la DAIA. Brudner sostenía que la mayor parte de la migración que llegaba a Paraguay se trasladaba rápidamente hacia otros países, mientras que la intención era que al menos el diez por ciento se quedara (JDC, 14 de mayo de 1948). Para esto Lightman también intentó obtener la cooperación de la oficina central del JDC en Nueva York; sin embargo, nada de ello prosperó y pronto las facilidades para ingresar a Paraguay se restringirían (JDC, 26 de mayo de 1948). En junio de 1948 el JDC registraba 2.141 refugiados judíos en Europa que tenían visas para ingresar a Paraguay, mientras que los espacios disponibles para viajar a Sudamérica hasta julio eran tan sólo 325 (JDC, 16 de junio de 1948).

En mayo Lightman había comenzado negociaciones con la empresa Panagra para financiar viajes con el dinero disponible que se recaudaba en la AFI a través del Departamento de Migración en Cooperación con el Joint. Uno de los puntos centrales del acuerdo era que el JDC ya no tendría que tramitar más permisos de tránsito, dado que la compañía aérea podía conseguir los certificados de tránsito hacia Asunción sin necesidad de emitir visas personales, algo que la empresa ya tenía pactado con las autoridades migratorias brasileñas. Además, Panagra sería capaz de organizar vuelos directos a Asunción, lo que les ahorraría el costo de manutención de los tránsitos en Brasil. Los vuelos además podían hacerse no solamente con Panamerican Airlines, sino con empresas como Air France, KLM y otras. Por esto el JDC obtenía el 7,5% de comisión, tal como si fuera otro operador de viajes (JDC, 5 de mayo de 1948).

En junio Rosen mismo tomó un vuelo de KLM directo de Europa a Paraguay a modo experimental (JDC, 6 de junio de 1948). Durante su estadía también recorrió varios países y dedicó varias críticas a la mayoría de los comités sudamericanos, sobre los que decía que contaban con personal poco experimentado. Surgieron también algunos incidentes con Panair, ya que había enviado en los vuelos menos pasajeros de los que el JDC le había indicado, aparentemente para evitar tener que dar explicaciones a las autoridades sobre lo que estaba sucediendo (JDC, 22 de julio de 1948).

Tras una reunión con las autoridades migratorias de Montevideo, también se comprometieron a que el comité del JDC se comenzaría a encargar de que los tránsitos a Asunción se concretaran en un futuro, algo que aparentemente no estaba ocurriendo ya que una vez que los refugiados llegaban a Uruguay no continuaban con su viaje a Paraguay. Por otro lado, Rosen destacaba que en Paraguay, mientras que la mayoría de los grupos de migrantes eran enviados por las autoridades del país al interior, puesto que la mayoría de los permisos de ingreso se emitían para agricultores (los de los judíos también), Brudner había logrado que una vez llegaran a Asunción quedaran alojados en pensiones en esa ciudad. Esto, decía Rosen, no era tan favorable cuando se veía que se aglutinaban durante el día en la única plaza de la ciudad (JDC, 22 de julio de 1948).

El Comité Auxiliar de Paraguay seguía solicitando al de Brasil la dilación de los tránsitos por no tener dónde alojar a los pasajeros o porque no disponían de presupuesto, y en varias circunstancias el mismo cónsul de Paraguay rechazaba las visas que habían sido otorgadas a los judíos.

En este mismo libro, el artículo de Emmanuel Kahan analiza a través de los testimonios de la sobreviviente Sara Rus en diferentes períodos, el derrotero de la memoria del Holocausto en Argentina. Sara ingresa a la Argentina con su familia desde Francia y lo hace a través del Paraguay, con la ayuda del JDC. Una vez en Paraguay, Sara y su familia son alojados en los que describe como “lindos hoteles”, donde se encontraron con un tío que viajaba desde Argentina para facilitar la logística de ingreso al país. Así, cruzaron el río Paraguay sin ser detectados por los controles argentinos e ingresan por vía irregular. La presencia de actores como el JDC y la HIAS para asistir a sobrevivientes también está presente en los relatos que utiliza Malena Chinski (2017) para analizar la recepción de los sobrevivientes.

A partir de septiembre Paraguay dejaría de recibir abiertamente a inmigrantes judíos (JDC, 16 de septiembre de 1948). El acuerdo con Panair había sido formalizado, pero de todos modos no pudo ser utilizado por mucho tiempo más, ya que en octubre la misma compañía enviaba un mensaje indicando que el ingreso de judíos al Paraguay había sido suspendido (JDC, 1 de octubre de 1948).

Ese fue el fin de la vía de acceso más utilizada para que los sobrevivientes del Holocausto tuvieran una segunda oportunidad en Sudamérica. A partir de allí, comenzarían a probarse nuevas rutas de ingreso, ninguna tan efectiva como la vía paraguaya.

A modo de conclusión

Al terminar de escribir este artículo se abren muchos interrogantes, algunos de los que se espera puedan contestarse en próximos trabajos. El texto muestra a través del estudio de fuentes hasta aquí nunca utilizadas la relevancia de los actores locales en la asistencia a los sobrevivientes del Holocausto. Las campañas de socorro organizadas por la comunidad judía financiaron una buena parte de las actividades de los organismos de ayuda locales y del Paraguay. A partir de 1948, el JDC solicitó que las contribuciones a la campaña se hicieran en efectivo y no a través de víveres y otras mercaderías, para aumentar el presupuesto de los organismos encargados de la asistencia migratoria (Raber, 2017).

Además, organizaciones como AMIA se sumaron a la tarea de asistencia, aunque no pudieran anunciarlo abiertamente, puesto que se trataba de una ayuda destinada a una población que ingresaba por vías irregulares y cuya entrada al país estaba restringida.

Las fuentes también permiten dilucidar algo desconocido hasta ahora, la conformación de un complejo entramado de mecanismos para lograr las migraciones de los sobrevivientes del Holocausto hacia la región. Se sostienen ciertas características anteriores de la migración en cadena, sobre todo en el proceso de absorción, donde son las familias y en algunos casos organizaciones como sociedades de residentes las que se encargan de la manutención de los migrantes durante el primer período. Pero se suma la intervención de nuevos actores, tanto en el plano local como en el internacional, que permitieron que la migración hacia el continente se desarrolle de manera más fluida y de forma sostenida, a pesar de las restricciones de ingreso.

Luego de 1948, cuando la migración de judíos al Paraguay se restringió nuevamente, se retomaron recursos previamente utilizados como viajes en condición de turistas hacia el Uruguay y otros destinos.

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Entrevistas

Entrevista a Zelig Weisfeld, (1983), Oral History Division of the Avraham Harman Institute of Contemporary Jewry at the Hebrew University.

Entrevista a Max Brudner (1981), Oral History Division of the Avraham Harman Institute of Contemporary Jewry at the Hebrew University.


  1. Una de las discusiones más nutridas sobre el período se ubica en el rol de la Organización Israelita Argentina (OIA) y sus relaciones con el peronismo y la comunidad judía. Lawrence Bell (2002) sostiene que la OIA presentó una amenaza para la Delegación de Asociaciones Israelitas Argentinas (DAIA), que desde la década de 1930 había encarnado la representación política de la comunidad judía. La tesis de Bell discute con parte de la historiografía del campo. Véanse Senkman (1993), Marder (1995), Rein (2001), Rein (2015).
  2. Avni (2005). Véase también Barh Shalom (1971). Sobre la colonización judía en Argentina véase también el trabajo de Iván Cherjovsky (2017).
  3. Sobre el concepto de cadena migratoria, véase MacDonald (1964).
  4. La relación de precio entre el dólar y el peso era de aproximadamente 4 a 1.


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