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Experiencia y testimonio de sobrevivientes del Holocausto en Argentina

El caso de Sara Rus y los marcos sociales de la memoria

Emmanuel Kahan

El arribo de refugiados del nazismo y sobrevivientes del Holocausto a Argentina presentó una serie de rasgos particulares. En primer lugar, su extensión temporal así como las condiciones de sus ingresos caracterizaron la experiencia de diversos modos: desde aquellos que lo hicieron a través de visados legales, con apoyo de organizaciones de socorro internacionales y quienes debieron sortear restricciones migratorias o recurrir a medios clandestinos. Estas experiencias, en segundo término, convergieron con los modos en que refugiados y sobrevivientes atravesaron su incorporación a la sociedad de acogida. Mientras algunas narrativas advierten las tensiones con los procesos políticos locales otras reparan en los rasgos socioculturales distintivos de unos parajes novedosos y desconocidos en el imaginario de los actores.

Estas narrativas y testimonios de los y las sobrevivientes del Holocausto que llegaron a Argentina son ilustrativas de cómo, a través de un período considerable de tiempo, configuraron una memoria no solo sobre lo que aconteció durante los años del nazismo europeo sino de las experiencias de integración al país receptor. En este sentido, el presente trabajo se propone abordar dos testimonios realizados por una misma sobreviviente, Sara Rus, en fechas distantes en más de 20 años y situadas en contextos específicos: el atentado a la mutual israelita argentina (1994) y las políticas de memoria del gobierno kirchnerista (2014). El análisis de una misma experiencia testimoniada sostenidamente en el tiempo nos permitirá apreciar cuáles son los “núcleos duros” del relato en torno al pasado que permanecen en el testimonio a la vez que identificar cuáles son las acentuaciones y cambios de las narrativas que se apoyan en los contextos específicos de enunciación de la experiencia de Sara.

En este sentido, el análisis en torno de la memoria del Holocausto y la dictadura militar- puesto que la experiencia de Sara Rus transita ambas dimensiones- nos permitirá comprender cómo, retomando uno de los estudios clásicos sobre el tema, el encuadramiento social de la memoria (Pollack, 2006) opera sobre los testimonios dando legitimidad a quién enuncia así como en la configuración el auditorio.

Los sobrevivientes del Holocausto en Argentina

Los trabajos sobre los sobrevivientes del Holocausto en Argentina se concentraron, mayormente, sobre dos tópicos. En primer lugar, la legislación restrictiva que operó imposibilitando el ingreso de refugiados al país desde fines de la década del 30 del siglo pasado (Senkman, 1991) y, en segundo término, el reconocimiento de la voz de los sobrevivientes desde la recuperación democrática, en 1983, acompañando un proceso global de legitimación de la memoria del Holocausto que, en el caso argentino, pudo dialogar con la experiencia concentracionaria perpetrada por el terrorismo de Estado (1976-1983) (Goldstein, 2014).

A diferencia de las olas migratorias de judíos que llegaron entre finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX, quienes arribaron durante e inmediatamente a posteriori de la Segunda Guerra Mundial tuvieron una inserción más desordenada: menos operativa y acompañada por organizaciones de recepción y por fuera de una legalidad normativa (Avni, 2005; Raber en este volumen). Esta dimensión- que, por otra parte, no fue excepcional a escala global- otorgó primacía a los estudios sobre la recepción de refugiados judíos que escapaban del nazismo o buscaban un lugar donde rehacer sus vidas tras el final de la experiencia aniquiladora del nazismo.

Como señala Wishnitzer ([1956] citado en Chinski, 2017), de acuerdo a los registros de Hebrew Inmigrant Aid Society (HIAS), Argentina fue el país de América Latina al que ingresó el mayor contingente de refugiados de la posguerra: de los 24.804 judíos llegados a latinoamérica entre 1946 y 1951, no menos de 10.400 se dirigieron a la Argentina- 8.270 de modo ilegal. Sin embargo, su inserción en la escena local presentó una serie de singularidades. En primer lugar, otorgó credibilidad a las acusaciones de antisemitismo que pesaron sobre el gobierno de Juan Domingo Perón por su política restrictiva en torno a los permisos de ingreso y reunificación de familias de origen judío. Si bien, como evidencian diversos trabajos (Rein, 2001, Lvovich, 2003), las restricciones se establecieron durante 1938- cuando el gobierno estaba en manos de dirigentes conservadores-, la Dirección de Migraciones, conducida desde la década del 40´ por Santiago Peralta, tuvo un profundo celo con los pedidos de ingreso tramitados por refugiados judíos. No obstante, éste fue removido hacia 1947- frente a las quejas presentadas por diversas organizaciones representativas de la vida judía en Argentina y el exterior- aunque, como señala Rein (2001: 86), esto no significó un cambio sustancial en la impronta del Departamento de Migraciones. Sin embargo, esta política prescriptiva se matizaría con la amnistía promulgada por el propio Perón, en 1948, que “normalizaba” la situación de aquellos que habían ingresado ilegalmente al país (Rein, op. cit.; Avni, op. cit.).

Ya sea de forma ilegal o a través de las diversas agencias que promovieron el socorro a judíos desplazados, los y las judías que arribaron a estas tierras durante el período debieron, a su vez, experimentar un conflictivo proceso de incorporación a las instituciones de la colectividad judía en Argentina. Como sostiene Senkman, al terminar la Segunda Guerra Mundial, las instituciones de la colectividad judía en Argentina centraron sus esfuerzos en dos grandes proyectos: cómo ayudar a la reconstrucción del judaísmo europeo y el apoyo a la acción sionista en favor de la creación de un hogar nacional judío en Palestina. Esta impronta convivió, sin embargo, con una incipiente política de memoria de algunas instituciones que promovieron el recuerdo de las comunidades desaparecidas en Europa a causa del exterminio perpetrado por los nazis (Senkman, 2009; Chinski, 2017, Goldstein, 2018). En este sentido, afirma Senkman, el tema de la movilización popular para el reasentamiento en la Argentina de sobrevivientes judíos no figuraba en el centro de la agenda comunitaria:

La próspera comunidad judía argentina de la inmediata posguerra tuvo un comportamiento casi esquizofrénico respecto de los sobrevivientes: duelo y un incipiente deber de memoria por la tragedia de la Shoá, pero casi una completa indiferencia hacia los sobrevivientes que pudieron entrar y se aclimataban en Argentina (Senkman, 2009: 76).

Como destacan Bargman (2011) y Chinski (2017), los judíos que llegaron durante el período se agruparon en torno la experiencia concentracionaria que los había tenido como protagonistas. El criterio más habitual para los nucleamientos fue el uso idiomático común- ya sea por el idish, el polaco o el húngaro- y sus reuniones tenían lugar en asociaciones étnicas ya instaladas (landsmashaftn). Fue en el seno de estas organizaciones que tuvo origen Sherit Hapleitá, sustantivo cuyo referente colectivo es “el remanente de la huida” que, en el caso argentino, reunía en sus orígenes, tanto a ex prisioneros de campos de concentración y exterminio como a exiliados de la Unión Soviética (Chinski, op. cit.).

La incipiente organización no tuvo en el centro de sus actividades un horizonte conmemorativo- antes bien, realizaban bailes, cenas, etc.-; no obstante, se constituyó en la simiente de un grupo social diferenciado al interior de la vida judía en Argentina. Sin embargo, la precariedad de la asociación se materializó en su condición itinerante: los sobrevivientes no eran percibidos como seres consagrados sino, más bien, como gente normal y, potencialmente, “revoltosos” (Chinski, op. cit.). Su primera aparición pública- es decir, por fuera de los marcos institucionales de la colectividad judía- en la que se reivindican como “sobrevivientes del Holocausto” sería durante la Guerra de los Seis Días (1967) (Kahan, 2018).

La memoria del Holocausto en Argentina

El temor acerca del olvido del Holocausto tuvo un origen temprano. Como señala el trabajo de Françoise Azouvi en torno del caso francés, la idea de “un gran silencio” se extendió de tal modo que en 1945 podían leerse en las páginas de la prensa judeofrancesa- Notre Parole y Le Monde Juif- expresiones como “se hizo silencio en el drama judío” (Azouvi, 2012). Sin embargo, como muestra Azouvi, esos pasados no fueron totalmente olvidados por los contemporáneos. En todo caso, existieron diversos modos de tramitar sus secuelas: los posicionamientos de los actores en los albores del fin de la Segunda Guerra Mundial estuvieron ligados a la tramitación de la experiencia de la guerra y el exterminio.

En el mismo sentido se expresa el trabajo de Malena Chinski (2017) sobre la recordación del Holocausto en Buenos Aires entre las décadas del 40 y el 50 del pasado siglo. Si bien puede apreciarse una temprana recepción y reacción de la prensa y la opinión pública metropolitana frente a los crímenes del nazismo, tras el final de la Segunda Guerra Mundial, la dirigencia y algunos intelectuales de la comunidad judía cuestionaron el “olvido” de la tragedia judía frente a la ponderación de la victoria civilizatoria contra la “barbarie”.

Esta noción del “olvido” abreva en una narrativa que sostiene que la memoria del Holocausto emergió durante los avatares del “caso Eichmann” a comienzos de la década del 60 (Novick, 1999; Finkelstein, 2000). El proceso judicial desarrollado en Jerusalem contra uno de los funcionarios del régimen nazi habilitó la circulación y el reconocimiento de los testimonios de quienes fueron las víctimas de la experiencia concentracionaria. Sin embargo, los primeros relatos de sobrevivientes del Holocausto se produjeron, editaron y circularon cuando el exterminio recién había concluido. Como muestra Chinski (2011) y Dujovne (2014), desde 1946 hasta 1966 se publicó en nuestro país la colección Dos poylishe yidntum, bajo la dirección de Mark Turkow, con testimonios de judíos polacos describiendo la destrucción perpetrada por los nazis con el primer término que se usó para referir a aquella experiencia: khurbn. No obstante, esta memoria del exterminio se desarrolló en ámbitos institucionales de la comunidad judía (Chinski, 2017: 35).

Sin embargo, la idea del “caso Eichmann” como un catalizador de la memoria del Holocausto tiene sustento: hasta entonces (1960-1962) el exterminio de los judíos de Europa no era un acontecimiento que despertara interés público. Fue durante el desarrollo de este affaire, por ejemplo, que la comunidad judía argentina quedó en el centro de una ofensiva nacionalista y una ola de terror antisemita aunadas en un intento de cuestionar la lealtad de los judíos hacia la República Argentina. La punta de lanza fue el Movimiento Nacionalista Tacuara que convirtió a los judíos en chivo emisario al que le atribuía toda la responsabilidad por las miserias contemporáneas. Durante esos días se hicieron comunes las noticias periodísticas sobre altercados antisemitas (Senkman, 1989; Rein, 2001, Kahan, 2003).

Esta escalada antisemita solapaba la narrativa anti-judía programática de las organizaciones nacionalistas con el contexto de enjuiciamiento a Adolf Eichman. Resultaron significativas, en este sentido, las apreciaciones efectuadas por los líderes de Tacuara- Joe Baxter y Alberto Ezcurra Uriburu- en la entrevista realizada por Arie Zafran para Mundo Israelita:

A.Z.: ¿Qué opinión le merece Adolf Eichmann?
MNT: Como soldado que cumple su deber, aun venciendo la repugnancia que pudiera haber sentido, merece nuestro respeto. Cómo víctima expiatoria de atrocidades, de las cuales no fue responsable, merece nuestro sentimiento.
A.Z.: ¿Qué piensa de las matanzas de judíos a manos de los nazis?
MNT: Creemos que se ha exagerado mucho al respecto (Mundo Israelita, 5/5/1962: 7).

La alusión al “caso Eichmann” y a los crímenes del nazismo son ilustrativas de un incipiente discurso “negacionista” que circuló entre sectores católicos, nacionalistas y de derecha en Argentina. Frente a esta coyuntura la colectividad judía dio lugar a algunas iniciativas y reacciones que serían muy significativas. Por ejemplo, se conformaron grupos de autodefensa donde podía verse agrupaciones espontáneas de jóvenes judíos que comenzaban a entrenarse en artes marciales y diversas técnicas de defensa personal para contrarrestar las provocaciones antisemitas. A su vez, la DAIA promovió una huelga de comercio en todo el territorio nacional contra la agresión antisemita en Argentina que tuvo lugar el 28 de junio de 1962 como respuesta al atentado contra la joven estudiante Graciela Sirota (Senkman, 1989; Rein, 2001).

Este increscendo de la escalada antisemita permite reconocer el impacto que tuvo la recepción del “caso Eichmann” en el país. Sin embargo, y a diferencia de lo que ocurrirá en otras latitudes, el secuestro/captura del criminal nazi y su posterior juicio y condena en Israel, no precipitaron una mayor visibilidad de los testigos y sobrevivientes del nazismo en Argentina. Sería recién en 1967, durante la Guerra de los Seis Días, cuando Sherit Hapleitá lograría visibilidad pública. Durante el desarrollo de la contienda, la organización que nucleaba a los sobrevivientes se movilizó por las calles de Buenos Aires hacia la embajada de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas para protestar por el apoyo soviético a los países árabes y para proclamar la defensa e identificación de los sobrevivientes con el Estado de Israel (Moskovits, 2008; Kahan, 2018).

La movilización adquirió algunos rasgos singulares. En primer término, algunos de los asistentes se presentaron con distintivos que pudieran reconocerlos en el espacio público como sobrevivientes del Holocausto: estrellas de David amarillas en las solapas de los sacos y trajes a rayas como los que portaban quienes estuvieron en campos de concentración y exterminio. El uso de esta vestimenta cautivó a los cronistas quienes desconocían su origen:

Entre los manifestantes se destacaba notoriamente a un hombre adulto que sobre su traje de calle vestía un saco y pantalón a rayas blancas y negras que según nos informaron era el uniforme que los nazis obligaban a usar a los judíos en los campos de concentración (La Prensa, 6 de junio de 1967).

Estas puestas en escena de la condición de víctimas centraron las crónicas periodísticas en las que se destacaba el lugar de los sobrevivientes del Holocausto en la movilización de apoyo a la causa israelí durante la contienda. Sin embargo, la estrategia de visibilizar el reclamo a través de su aparición en el espacio público como “sobrevivientes” no produjo- como vemos en las crónicas citadas- una empatía con estas víctimas; antes bien, podían desconocer su experiencia, burlarse de sus composturas debido al paso del tiempo (Gente, 8 de junio de 1967) o descalificarlos, como lo hizo el cronista de La Nación, tratando a los sobrevivientes de “revoltosos” (6 de junio de 1967).

La presencia del Holocausto en el debate público tendría un lugar destacado durante la última dictadura militar. Diversos testimonios promovieron, tempranamente, una identificación de lo que sucedía con los judíos bajo el terrorismo de Estado con las persecuciones que los judíos europeos habían sufrido en la primera mitad de la década del 40 del siglo pasado (Kahan y Schenquer, 2016). Este horizonte de identificación cobraría resonancia como consecuencia del “caso Timerman”. La detención de Jacobo Timerman, director del periódico La Opinión, realizada por las fuerzas de seguridad el 15 de abril de 1977, fue el resultado de una crisis que maduró durante varios meses. El problema radicaba en las fuentes de financiamiento del periódico que dirigía: David Graiver era uno de los principales accionistas y las autoridades militares sostenían que éste era quien administraba los fondos de la organización política-militar Montoneros (Mochkofsky, 2003; Kahan, 2016).

El argumento principal del testimonio de Jacobo Timerman, materializado en su libro Preso sin nombre, celda sin número ([1981] 2000), enfatizaba el carácter antisemita de la maquinaria de represión dispuesta por el régimen militar argentino. Timerman afirmó que la represión hostigaba y victimizaba a los judíos habilitando sentidos de interpretación que pusieran en diálogo la experiencia argentina con el Holocausto. Sin embargo, el intento de Jacobo Timerman por establecer un consenso que aunaba la experiencia de los judíos en Argentina con la del martirologio de los judíos europeos debería esperar hasta el tramo final de la dictadura.

Hacia 1983 se sentarán las bases de interpretación de la propia experiencia dictatorial a la luz de la memoria del Holocausto. En los albores de la recuperación democrática (1984), la convocatoria del Movimiento Judío por los Derechos Humanos para recordar el 41º Aniversario del Levantamiento del Gueto de Varsovia pretendió darle al acto un cariz que sirviese para reflejar la situación represiva recientemente clausurada en Argentina. Sus miembros querían que el movimiento fuese el portador de un mensaje de comparación entre “ambos genocidios”. El acto fue realizado el 25 abril de 1984 al pie del Obelisco y el lema de la convocatoria mostraba la aceptación de la comparación entre ambas experiencias- “Ni olvido ni perdón. Nunca Más un Holocausto” (Nueva Presencia, 1/6/84: 2).

La apelación a la memoria del Holocausto como un modo de cifrar la propia experiencia argentina en torno al terrorismo de Estado se consagró en el espacio público- como veremos en el próximo apartado- desde la recuperación democrática. No obstante, este proceso presentó una serie de jalones que nos permiten advertir las resistencias y estrategias diferenciadas al interior de las instituciones de la comunidad judía en torno a vincular ambas experiencias. Por ejemplo, desde fines de la década del 80´ se promovió un Instituto de Estudios e Investigación sobre el Holocausto que fuera la génesis del Museo del Holocausto en Buenos Aires que, además de relevar los testimonios de los sobrevivientes en el país, desplegaron una serie de actividades que tendieron diálogos con los organismos de derechos humanos nacionales que bregaban, como los sobrevivientes, por el reconocimiento público de su experiencia (Wechsler, 2016).

Estas iniciativas, sin embargo, ponían en tensión las consideraciones de las instituciones centrales de la comunidad judía argentina sobre la unicidad del Holocausto y la imposibilidad de vincular el exterminio de los judíos con las desapariciones forzadas durante la última dictadura militar (Kahan, 2010). No sin tensiones y con el trabajo de un equipo de profesionales, sería recién en los albores de la nueva centuria cuando la DAIA, a través del Centro de Estudios Sociales, publicaría un informe vinculando ambas experiencias. El Informe sobre la situación de los detenidos-desaparecidos judíos durante el genocidio perpetrado en Argentina (2007) materializaba en el discurso de la dirigencia judía una representación de uso extendido en torno a la dictadura militar y su relación con el Holocausto:

Resulta francamente sorprendente contrastar la metodología del genocidio desplegado por el nazismo con la metodología del genocidio en Argentina: en ambos casos, se buscó el ocultamiento de los cuerpos, la negación del nombre de las víctimas, la despersonalización durante el tiempo de la detención, la búsqueda de deshumanizar y degradar a las víctimas, el intento por “quebrar” sus últimas resistencias físicas, psíquicas y morales como requisito para su destrucción. Pero esta apropiación de las prácticas del nazismo no sólo se observa en las características implícitas de la operatoria sino en la explicitación verbal o simbólica de esta apropiación. Los numerosos testimonios sobre la presencia de svásticas en algunas salas de tortura o centros de detención, la autoadjudicación de identidad “nazi” por parte de muchos represores, la constante referencia a los campos de exterminio nazis por parte de quienes reproducían sus prácticas, no hacen más que reafirmar que esta apropiación fue absolutamente intencional y explícita (CES-DAIA, 2007: 316).

En suma, la memoria del Holocausto en Argentina ha tenido una larga y temprana trayectoria que, como veremos a través del análisis del testimonio de Sara Rus, fue resignificada en cada período según los temas y sensibilidades que ésta despertaba en contextos sociales, políticos e históricos específicos.

El testimonio, los testigos y la recepción en Argentina de una experiencia transnacional

Como se ha manifestado en numerosas oportunidades, Annette Wievorka (2002) caracterizó al siglo pasado como una “era del testimonio”. Sin embargo, su trabajo precisa que fue durante los años 80 cuando la imagen del sobreviviente y el relato de su experiencia ganó legitimidad en el espacio público a escala transnacional. Si bien la revalorización de estas experiencias y regresos al pasado fueron consecuencia de múltiples factores (Huyssen, 2002), Wiewiorka señala que la recepción de la serie televisiva Holocausto (Marvin Chomsky, 1978), que cautivó al público de numerosos países, incentivó a muchos sobrevivientes a contar su historia y propició la demanda social de los testimonios.[1] Fue en esos años, por ejemplo, que se desarrolló la recolección de testimonios en el marco del Programa Fortunoff Video Archive de la Universidad de Yale.

La recepción y lectura de la obra de Primo Levi en Argentina puede resultar ilustrativa de cómo se legitimó el testimonio Argentina. Como muestra el trabajo de Lvovich, Bohoslavsky y Rubinzal (2008) no se registran hasta la segunda mitad de la década de 1980 referencia alguna a la obra de Primo Levi en las principales revistas culturales nacionales ni en las más relevantes publicaciones de los intelectuales y organizaciones de la comunidad judía argentina. Si esto es un hombre se editó hacia 1988 y formó parte de la colección “Raíces” de la Editorial Milá, impulsada por la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA). El libro fue presentado en sociedad como parte de una colección de “cultura judía”. Al igual que los otros libros de esta colección, la tirada superó los diez mil ejemplares y se agotó rápidamente. La cantidad de ejemplares publicados– significativa para el mercado editorial argentino- y la rapidez con que la edición fue comprada por el público se debió más a la colección en que se insertó el libro de Levi que a la popularidad del autor en la Argentina.

Sin embargo, en la obra de Primo Levi hay referencias aisladas a la Argentina, formuladas en relación al horror de la dictadura militar. En una de ellas el autor turinés -en el contexto de una respuesta a las críticas que le había formulado Jean Améry- consideraba a la Argentina como uno de los países en los que se habían cometido crímenes que, por su dimensión y naturaleza, resultaban imposibles de olvidar o perdonar (Levi, 2005: 179). En otra referencia presente en la obra de Levi, los desaparecidos de la Argentina aparecen incluidos dentro de una enumeración de horrores del siglo XX (op. cit.: 23). La inclusión de la Argentina en este listado de círculos del infierno estaba plenamente justificada, dadas las características del terrorismo de Estado desplegado por la dictadura militar con su práctica sistemática de secuestro, tortura y asesinato de potenciales, reales e imaginados opositores políticos.

Desde fines de la década de 1980 y al calor de una verdadera explosión de los estudios y prácticas sobre la memoria en torno a la dictadura militar, los escritos de Levi se convirtieron en una fuente muchas veces transitada por militantes, profesionales e intelectuales vinculados a esa problemática (Lvovich, Boshoslavsky y Rubinzal, 2008). Así, historiadores, literatos, psicoanalistas, sociólogos y artistas accedieron en los esos años a la obra de Levi, en ocasiones a través de la mediación de otros autores que lo citan o interpretan, como Todorov o Agamben. En tal trayecto, las obras de Levi ingresaron en la última década del siglo XX a los programas de estudios universitarios vinculados a las distintas dimensiones del estudio de la memoria de los pasados traumáticos.

Sin embargo, y como destaca Chinski (2017), a diferencia de los testimonios consagrados- Levi, Semprum, Wiesel o Bettelheim- los testimonios de sobrevivientes del Holocausto menos conocidos en el espacio público nos permiten acceder a las experiencias de “vidas corrientes” de personas que se salvaron del exterminio durante el Holocausto. Se tratan de relatos en primera persona que presentan “vidas reales” cuya garantía de “veracidad” está dada por su carácter testimonial.

Sara Laskier de Rus, nacida en Lodz (Polonia) en 1927, es sobreviviente de Auschwitz. En 1948, tras tramitar visas de ingreso a Paraguay, ingresó a la Argentina ilegalmente a través de la provincia de Formosa- zona limítrofe entre ambos países. En 1977 se incorporó a Madres de Plaza de Mayo: su hijo Daniel Rus había sido secuestrado por las fuerzas represivas el 15 de julio de 1977 en la puerta del Consejo Nacional de Energía Atómica, donde trabajaba. Esta trayectoria consagró la figura de Sara como portadora de una doble condición de víctima: como sobreviviente del Holocausto y madre de un detenido-desaparecido durante la última dictadura militar en Argentina (1976-1983).

Su testimonio constituye una pieza central del modo en que se entramaron ambas experiencias sensibles. El primer registro encontrado es en el marco del relevamiento de testimonios sobrevivientes del Holocausto efectuado por la Fundación Spielberg a mediados de la década del 90 del siglo pasado y que hoy forma parte del Visual History Archive de la Shoah Foundation (USC). Desde entonces, Sara ha brindado testimonio en innumerable cantidad de ocasiones- actos públicos, entrevistas escolares, medios periodísticos- y pueden encontrarse sus registros en diversos archivos orales y multimediáticos: Memoria Abierta[2] (2001), Canal Encuentro[3] (2014), el Museo del Holocausto de Buenos Aires (2016).

El testimonio de VHA a Sara fue tomado el 24 de junio de 1996 por Clara Hamer de Toker. En él cuenta que tras la guerra pensaban ir a Israel pero, a través de Cruz Roja, conectan con un tío en Argentina. Si bien el objetivo era venir al país, deben ir a Paraguay pues en Argentina no los dejaban ingresar. Si bien Sara no lo indica, en el país operaba una serie de restricciones para ingreso de judíos que eran considerados “indeseables” por la legislación sancionado durante la década del 30[4] (Senkman, 1991). Para poder hacerlo, prosigue Sara, debieron ir a Francia donde cuentan con ayuda del JOINT[5] que los ubica en hoteles y los asiste en comedores populares. Sara viajará con su esposo y su madre en un vuelo de la aerolínea KLM. La descripción del arribo a Paraguay es ilustrativa de la representación acerca de la vida en Sudamérica:

Bajamos de los aviones y vemos soldados descalzos. Nosotros venimos de un mundo diferente. Vemos- tose y se ríe- indios pintados en el aeropuerto. Dice mi esposo: ´Yo no bajo de acá. ¿Dónde nos trajeron?

Sin embargo, el relato cuenta que los llevan a hoteles muy lindos. El tío, hermano de su madre, se dirige a Asunción con indicaciones para facilitar el ingreso ilegal a la Argentina. Para hacerlo debían juntarse 10 personas que pudieran pagar el bote para cruzar el río Paraguay que separa al Paraguay de Clorinda, una localidad de la provincia de Formosa (Argentina). El relato sobre el día del cruce pone en evidencia los miedos y limitaciones del contingente de los sobrevivientes: tenían temor por no saber qué podía pasarles al ingresar al país y reconocían como dificultad el desconocimiento del idioma español. Cuando llegan a Clorinda, el botero se marcha sin mediar explicación y quedan solos. Llueve fuerte y a lo lejos divisan una “choza” a la que se acercan y unos niños advierten a la policía. El relato destaca que un policía a caballo sube a su madre y que le da a Sara su arma, una carabina, y los lleva a su casa donde los asiste dándoles ropa y comida. Luego serán llevados a la ciudad de Formosa donde son alojados en una cárcel:

Nos llevan a una cárcel pero esta cárcel era una cosa tan hermosa, mira, tener comida y poder acostarnos, separados, mi esposo en un lado y nosotros en otro.

A continuación, el relato introduce la intervención de la colectividad judía local:

Formosa tenía una colectividad judía extraordinaria que enseguida se organizaron- se ve que no éramos los primeros que llegamos- se organizaron y pagaron fianza y nos sacaron a todos de la cárcel ubicándonos a cada uno.

Sin embargo, el testimonio alterna la percepción de resguardo con el temor frente a las restricciones migratorias que imperaban en el país: la Policía les advierte que el gobierno no los aceptará y que van a tener que mandarlos nuevamente a Paraguay: “una desesperación terrible”. Frente a esta situación, el marido de Sara escribe una carta a Eva Perón, en un idioma que no era el castellano- sin aclarar en el testimonio-, pidiendo clemencia: “pasamos tanta guerra, sufrimos tanto, para llegar a Argentina hicimos tanto sacrificio, que tenga piedad con nosotros”. La carta se envió en nombre del grupo de sobrevivientes que eran casi 100. A los quince días vuelve una respuesta de Eva, escrita en castellano, que les indica “que se queden tranquilos porque ella hace todo lo posible para darles el permiso de ingresar al país”.

Si bien destaca que la experiencia en Formosa fue impresionante, el testimonio advierte que “llegamos a Argentina” cuando arriban a la ciudad de Buenos Aires. Allí los recibe su familia que les brinda asistencia pues ellos no tenían dinero ni oficio para poder desenvolverse solos. Ellos se dedicaban a la producción textil y le enseñan el oficio a su marido. Sara describe que este trabajó mucho, tenía un buen sueldo que les permitió, en poco tiempo, edificar una casa propia en Villa Lynch a través de un crédito hipotecario- no especifica fecha pero da a entender que fue entre los nacimientos de sus hijos (1950-1955). Se trata de un dato relevante pues, más allá de la situación de ilegalidad que envuelve su arribo al país, pone en evidencia el rápido proceso de incorporación y movilidad ascendente que tuvo vigencia durante los años del peronismo.

Sara advierte que su sueño era tener un hijo y que tras un accidente que había tenido- no lo describe en detalle en ningún momento de su testimonio- los médicos le indicaron que no podría. No obstante, en 1950 nació su primer hijo, Daniel, y en 1955, su hija- no indica el nombre. Respecto de Daniel afirma que su nacimiento le generó una satisfacción increíble: “después de todo el sufrimiento fue volver a tener algo mío”. La descripción sobre Daniel suscribe algunos tópicos destacables: “era el mejor alumno del colegio. Siempre con distinción: mejor alumno, mejor compañero. (…) ¿Qué más podía esperar una madre? No hubo tristeza en mi cara porque se borraron como todo…. Lo que yo sufrí no se puede borrar porque adentro queda este dolor horrible, pero lograr lo que yo he logrado me parecía demasiado”.

Esta sensación de felicidad plena introduce en el testimonio de Sara una nueva dimensión trágica: la narración sobre la detención-desaparición de su hijo en el contexto dictatorial. Daniel se recibe de físico nuclear e ingresa a la Comisión Nacional de Energía Atómica (CoNEA) durante la década de 1970. “Un lindo día, viernes”- no se indica fecha precisa- están esperando que el hijo regrese y no llega a la casa. Desde ese día comienzan la búsqueda. El relato, sin embargo, da lugar a dos expresiones que resultan relevantes en el contexto testimonial en el que se encuentra Sara. En primer término, advierte a la entrevistadora, como a los posibles oyentes, que este hecho tiene lugar durante el régimen dictatorial- “Ya estamos con el gobierno de facto, estamos en el año 77”. En segundo lugar, advierte que “Hago el resumen rápido porque no quiero hacer pasar el tiempo con cosas…”. Toma aire y mira para arriba y, acto seguido detalla las acciones que ella y su esposo desplegaron para averiguar el paradero de Daniel.

Un día me lo desaparecen, como tantos otros de la CoNEA, y comienza la terrible búsqueda. Ya podíamos hacernos una casa, una casa linda. Ya mi esposo trabajó por sus propios medios. Ya era un fabricante en esa época. La vida de él había cambiado, éramos gentes normales (…) Podíamos seguir viviendo siendo felices. Nos truncaron la vida en el año 77. Desde ese momento mi vida quedó bastante truncada. (…) ¿Pero qué podíamos hacer? Viajar por todo el mundo, viajamos con mi esposo buscando ayuda, pidiendo por favor, llegamos hasta la Casa Blanca de EEUU, al Congreso, gente de altos cargos mandaban carta a la Embajada (norteamericana) en Buenos Aires pidiendo que averigüen qué pasó con este chico.

Tras la descripción de las estrategias desplegadas para saber el paradero de su hijo, Sara describe el penar familiar que causó la desaparición de Daniel. Su testimonio concluye con el fallecimiento de su marido y el nacimiento de su nieta en 1984: “después de la desaparición de su hijo y la muerte de su esposo, no perdió las ganas de vivir”. Sin hacer referencias a su filiación en organismos de derechos humanos ni menciones específicas concluye: “pretendo un mundo mejor”. Finalmente, el testimonio de VHA repone algunos documentos que evidencian la condición de sobreviviente de Sara, los trámites para llegar al país y fotos con su familia.

El testimonio registrado para el Canal Encuentro del Ministerio de Educación de la Nación pondera, desde el inicio, la figura de Sara en su doble condición de víctima: “Soy Sara Rus, sobreviviente del Holocausto y, además, soy madre de un hijo desaparecido”. Realizado en 2014 por Eduardo Feller y Guillermo Lipis, la serie de 4 capítulos se sostiene sobre un entramado temporal como el que componía los relevamientos de testimonios de la Fundación Spielberg: mientras el capítulo primero está dedicado a su infancia en Polonia, el segundo describe su experiencia durante el Holocausto; el tercero su salida de Europa y su inserción en Argentina para finalmente, en el cuarto capítulo, compartir la experiencia en torno a la desaparición de su hijo y su activismo en Madres de Plaza de Mayo.

En la tercera parte de la emisión Sara repone, en gran medida, la misma información que en el testimonio anteriormente analizado. Sin embargo, la edición del video permite introducir algunas dimensiones interesantes: por ejemplo, señala que no podían ingresar legalmente al país porque “lamentablemente entraban los nazis”, reponiendo un imaginario construido tempranamente asociando el régimen peronista al nazismo. Sin embargo, las imágenes que acompañan la voz en off de Sara son las del traslado policial de Erich Priebke cuando está siendo deportado para su juzgamiento en Italia (1995).

La descripción sobre las peripecias para la salida de Europa y arribo a Paraguay y Argentina repone los sucesos anteriormente narrados: consiguen visa de ingreso a Paraguay y salen desde París; llegan a Paraguay y ven soldados descalzos, las caras pintadas (como indios) con carabinas; llegan a Clorinda (Formosa) tras cruzar en bote y este los abandona; los habitantes se dieron cuenta y dieron aviso a la Policía que los busca y los reciben de buena manera; sin embargo, se les advierte que cruzaron ilegalmente y los llevan a la cárcel- “Pero los policías eran gente amable, les dieron de comer, los atienden de buena manera”. A su vez, caracteriza del mismo modo el trato dispensado por la colectividad judía de Formosa.

Frente a la posibilidad de ser deportados a Paraguay, Sara repone la iniciativa de su marido de escribirle una carta a Eva Perón. La misiva, esta vez se indica que fue escrita en polaco, es respondida por Eva a la brevedad con la entrega de “pases” para llegar a Buenos Aires. Inmediatamente el video muestra una moderna y ajetreada ciudad de Buenos Aires con un tango de fondo junto a la voz de Sara: “La llegada a Buenos Aires era una llegada de tanta alegría. Encontrarse en un país libre. Encontrarse con una ciudad de luz, de negocios, de cosas que no podías creer. Estábamos tocando el cielo con la mano”.

El relato repone la recepción y ayuda de la familia en Buenos Aires que colaboró con la estadía en Buenos Aires y dio trabajo a su marido en el ámbito textil. Eso se completó con su embarazo en 1950. La idea de la realización de una familia introduce la dimensión trágica sobre la historia de Daniel. A diferencia del registro anterior, el relato repara también en el nacimiento de Natalia, su segunda hija: “Éramos una familia totalmente completa, una familia que comenzaba a desarrollar sus actividades, a vivir una vida normal, y a luchar para mejorar la vida. [El testimonio hace una pausa con imágenes de la vida familiar] Pero desgraciadamente mi felicidad no fue tan, tan completa. Yo vivo con estos recuerdos, con mi Daniel que lo perdí el 15 de julio de 1977 con el gobierno de facto de los militares”.

Tras el relato de Sara unas imágenes la muestran en una movilización, junto a su nieta Paula, con el pañuelo identificatorio de las Madres de Plaza de Mayo. De fondo se escucha un cántico que se consagró desde la recuperación democrática: “como a los nazis les va a pasar// a dónde vayan los iremos a buscar”. Sara afirma “En el tiempo de buscar a mi hijo, las rondas de las Madres se volvieron una religión. Me sentía más segura”. Finalmente, en la misma secuencia indica que “actualmente” los responsables de los crímenes cometidos durante la dictadura están siendo juzgados y que estos utilizaban “el mismo sistema de matar y de torturas como lo tenían los nazis”- esta idea sería reforzada en la cuarta emisión del documental.

La última parte del documental se centra en la figura de Daniel y la militancia de Sara en Madres de Plaza de Mayo. La descripción sobre la biografía de su hijo se mezcla con imágenes de la dictadura militar, documentos que muestran la búsqueda desarrollada por Sara y su esposo y reflexiones de Sara sobre la memoria. Con esto concluye su testimonio:

Nunca escondí la historia de mi vida, contamos siempre a nuestros hijos lo que nos pasó en la guerra, lo que nos pasó en Auschwitz, lo que nos pasó después de la guerra, cómo empezamos a luchar. Pero al desaparecer mi hijo, creo que esto ya me impulsó totalmente a no olvidar, a no olvidar mi historia y seguir recordando lo que pasó con mi vida y con mi hijo. Porque fue un golpe tan terrible, después de sufrir una guerra, sobrevivirla, en situaciones inexplicables que no se puede hablar de ellos porque son demasiado dramáticas y terribles y tener que perder un hijo creyendo que estoy viviendo en un mundo libre, un mundo mejor, y viene a ocupar una vida tan terrible de militares que empezaron a saquear, a matar y a torturar de la misma manera que los nazis. Esto no se podía olvidar más…[Habla de la composición familiar actual- hija, yerno, nietas y bisnieta- manifestando que son lo que más felicidad le da en la vida y que la impulsan a seguir luchando] Así que voy a seguir hablando, voy a seguir contando, voy a seguir manteniendo la memoria. Mientras viva, lo voy a hacer. [Se la muestra colocándose el pañuelo de Madres de Plaza de Mayo] Estoy con ganas de vivir, y ganas de luchar, para que jamás se olvide y nunca se repitan las situaciones que hemos vivido.

El video termina con el acto en el que Sara es premiada con el premio Azucena Villaflor[6] a los Derechos Humanos (2008) otorgado por el Estado Nacional de manos del ex-presidente de la nación Néstor Kirchner.

El encuadramiento social de la memoria: testimonio, transmisión y contexto (a modo de cierre)

Tras la recuperación democrática en Argentina, hacia fines de 1983, la memoria del Holocausto constituyó un horizonte de identificación de la propia experiencia nacional en relación a los crímenes de la dictadura. Como se advirtió en el tercer apartado de este trabajo, esa narrativa sirvió para acompañar las demandas de las organizaciones de defensa de los derechos humanos y, como advierte el trabajo de Matías Grinschpun en este volumen, para “denunciar el poder de fuego de los judíos” como operadores en la persecución a militares y policías que estaban siendo denunciados por sus implicancias en las torturas, violaciones y desapariciones forzadas de personas.

Sin embargo, ese vínculo no se materializó en una relación mecánica entre sobrevivientes del Holocausto y afectados por la dictadura militar. Antes bien, y como señala el trabajo de Lvovich, Bohoslavsky y Rubinzal (2008) sobre la recepción del testimonio de Primo Levi, la ligazón se fundó en la disposición de una serie de referencias literarias, testimoniales, fílmicas y teóricas que sirvieron como matriz interpretativa y articuladoras de la acción colectiva de las organizaciones defensoras de los derechos humanos. En este sentido, la legitimidad extendida de los sobrevivientes del Holocausto en el espacio público como actores con capacidad para transmitir una experiencia significativa, como señala Wechsler (2016), será posterior: el atentado a la AMIA, sucedido en 1994, propiciará un reconocimiento de la figura del judío como víctima que daría centralidad a una serie de iniciativas que se estaban desarrollando con antelación.

En este contexto debe comprenderse el testimonio de Sara Rus dado en 1994: tras el atentado sucedido en Argentina y el impulso del proyecto de la Fundación Spielberg para relevar los testimonios de sobrevivientes del Holocausto a escala global (Baer, 2005). Si bien la estructura fáctica del testimonio de Sara se reproduce a lo largo de esta veintena de años, algunas modificaciones en cada uno de ellos- algunos silencios como acentuaciones de sus experiencias- pueden resultar ilustrativas de cómo operaron los contextos específicos en los que el testimonio de Sara fue relevado. Retomando a Paul Ricouer (2003) y Pollack (2006) podemos afirmar que los testimonios de sobrevivientes del Holocausto establecen un caso límite puesto que es difícil contrastarlos con el archivo: resulta complicado – y quizás impropio – ejercer sobre ellos el método historiográfico, dado el carácter extraordinario de las experiencias que los suscitaron.

No obstante, la identificación de algunos de esos movimientos enunciativos permite identificar, tanto en la voz de la testimoniante así como en la preguntas de quien conduce la entrevista, los alcances, posibilidades y límites de la memoria en contextos específicos. Por ejemplo, en el testimonio de 1994 Sara no hace ninguna alusión a su participación en Madres de Plaza de Mayo y cuando comienza a narrar la configuración de la vida familiar en Argentina advierte que no sabe si contar lo de su hijo porque “no quiero hacer pasar el tiempo con cosas…”. La centralidad que tenía entonces la condición de sobreviviente del Holocausto en el relevamiento testimonial del Proyecto Spielberg junto a la representación del judío como víctima tras el atentado a la mutual judía en Buenos Aires dejan de lado su activismo en los organismos de derechos nacionales e, incluso, pueden hacer potencialmente “inoportuna” la referencia a la desaparición forzada de Daniel, su hijo. Cuando Sara advierte esto a su entrevistadora, la respuesta es el silencio; no obstante, Sara prosigue con la narrativa.

Por el contrario, en 2014, la legitimidad pública que tienen las organizaciones defensoras de derechos humanos y la figura del detenido-desaparecido constituyen la trama central del dispositivo narrativo que cuenta la vida de Sara para un Canal de televisión público y dependiente del Ministerio de Educación de la Nación. En este no solo Sara describe con mayor detalle su participación en Madres de Plaza de Mayo, la historia de Daniel y cómo fue su lucha personal- que incluye el acompañamiento de su hija, Natalia, y su nieta, Paula- sino que los propios realizadores del documental acompañan la construcción de sentidos en torno de la experiencia de Sara con símbolos, imágenes y sonidos que consagran una representación de la víctima por antonomasia: sobreviviente de Auschwitz y madre de un desaparecido durante la dictadura militar argentina.

En este sentido, retomando a Pollack (2006) podríamos advertir dos aspectos centrales que nos permite el trabajo con un mismo testimonio a lo largo de un período significativo de tiempo. En primer lugar, que las condiciones de enunciación de un testimonio atravesado por una experiencia de carácter sensible- el Holocausto, la dictadura militar- depende del contexto social y la legitimidad no solo con la que cuentan los afectados sino la que brindan los auditorios. En este sentido, el caso de Sara Rus es muestra que la transmisión de la experiencia del Holocausto puede silenciar, incorporar y/o resaltar diversos aspectos dependiendo los contextos sociales, políticos e históricos en los que se efectúa. En segundo término, que ese testimonio está mediado por las condiciones materiales de su enunciación: tanto el proyecto en el que se inscribe- el de Spielberg, el de Canal Encuentro-, las y los entrevistadores que realizan la toma del testimonio y dan sentido- o quitan- al relato de la víctima y, además, el propio formato que toma el soporte audiovisual para la transmisión permite incorporar herramientas que acompañan y resignifican la propia voz del testimoniante.

Finalmente, una mirada global sobre el derrotero de la memoria del Holocausto- incluido el de la propia suerte del testimonio de Sara Rus- nos permitirían advertir que uno de los rasgos característicos de la memoria del Holocausto, al menos en Argentina, es su sentido cambiante de acuerdo a su reinterpretación en contextos nacionales específicos. Quiero decir, se trata de una experiencia, la del exterminio de los judíos de Europa, que tiene un impacto temprano en el espacio público pero que, a su vez, ha servido a diversos actores para enunciar, denunciar y movilizar una mirada sobre problemáticas precisas: el cuestionamiento al peronismo en los 50, el antisemitismo de las derechas en los 60, los crímenes de la dictadura entre los 70 y 80, el antisemitismo global durante los 90 y el reconocimiento de una política pública en torno a la memoria y los derechos humanos desde 2003 y, al menos, hasta 2015. En este sentido, y retomando a Pollack (2006), deberíamos estar advertidos acerca de la imposibilidad de darle un cierre definitivo a la memoria del Holocausto y, claro que también, de la dictadura militar en Argentina: los mismos tienen lugar en contextos y frente a actores que están situados en contextos cambiantes. Quizás sea este estudio de largo aliento sobre la memoria de un mismo acontecimiento el que mejor permite entender el sentido de lo que Elizabeth Jelin denomina como “luchas por (la interpretación) del pasado” (Jelin, 2017).

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  1. Para ver el impacto que tuvo la emisión de la serie en Argentina ver Kahan y Schenquer, 2016.
  2. Una organización que reúne los archivos de los organismos de derechos humanos de Argentina y que desarrolló y contiene el mayor archivo de historia oral sobre la dictadura militar en el país.
  3. Se trata del Canal, originalmente, creado bajo la órbita del Ministerio de Educación de la Nación durante la gestión de gobierno de Cristina Fernández de Kirchner.
  4. No era una legislación dispuesta solo en el país sino una restricción impuesta casi a nivel continental. Ver Gleizer (2013) para el caso de México, por ejemplo.
  5. Una organización judía americana que ayudaba al escape y refugio de judíos que sobrevivieron al nazizmo.
  6. Azucena Villaflor fue una de las mujeres que fundó el movimiento de Madres de Plaza de Mayo y que fue desaparecida por un comando de la Marina en diciembre de 1977. El premio Azucena Villaflor fue instaurado en 2003, por el gobierno de Néstor Kirchner, como un reconocimiento a quienes son considerados activistas por la defensa de los derechos humanos.


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