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El trabajo de las mujeres
en el mercado y en la calle[1]

Desterro (Florianópolis), siglo XIX

Fabiane Popinigis

Introducción

En la isla de Santa Catarina, al sur de Brasil, esclavos y libertos fueron centrales en la producción y distribución de productos diversos durante una buena parte del siglo XIX. Las llamadas quitandeiras[2] que vendían comestibles en bandejas que exponían en las calles, y los pombeiros,[3] intermediarios comerciales, eran parte insoslayable del escenario comercial en el pueblo de Desterro, actualmente la ciudad de Florianópolis, de una forma similar a muchos otros centros urbanos de las Américas. Este artículo analiza la relevancia de las mujeres africanas y afrodescendientes que se dedicaron al comercio para el funcionamiento de una economía local que se conectaba con el mundo atlántico a través del puerto. Argumenta que las quitandeiras, esclavas o libertas, eran eslabones fundamentales en las negociaciones cotidianas entre la población consumidora, los comerciantes mayoristas y las autoridades municipales. Además, en un contexto de expansión del comercio callejero en el siglo XIX, acompaña la construcción de ámbitos de negociación, inserción económica y, algunas veces, incluso de maniobras políticas por parte de los hombres y mujeres comerciantes.

Las quitandeiras eran una presencia ubicua en la sociedad del Desterro decimonónico. Pueden ser rastreadas en sus relaciones con los poderes públicos, con los “hombres buenos” y con propietarias de esclavas. Los periódicos liberales y conservadores las consideraban en sus contiendas políticas, reforzando construcciones simbólicas sobre ellas. Ellas ganaron aún más visibilidad a medida que diversos procesos de reordenamiento urbano iniciados después de la independencia de Brasil (1822) y de la reglamentación de las cámaras municipales (1828) cambiaron los rasgos de varias ciudades. Al incluir la construcción de edificios de mercados, esas iniciativas incidieron en la organización del comercio en los espacios urbanos. A partir de mediados del siglo, la situación volvió a cambiar. Aquellas vendedoras de origen africano, cuya presencia era tan característica del comercio y de la ciudad, fueron poco a poco desplazadas de los espacios centrales, social y económicamente privilegiados, mientras se ampliaba la afluencia de inmigrantes europeos estimulada por la liberación de capitales tras la prohibición del tráfico atlántico en 1850 y por las políticas inmigratorias impulsadas por el gobierno.

La historia de este particular grupo de trabajadoras negras que vivió en el sur de Brasil en el siglo XIX nos invita a repensar una serie de supuestos sobre la historia del trabajo, sus sujetos y sus periodizaciones habituales. Consideradas a lo largo del siglo, las trayectorias de estas trabajadoras, entre la esclavitud y la libertad, indican cómo el proceso de construcción de un ideal de mercado de trabajo libre conllevó un proceso de jerarquización de la figura del trabajador a través de criterios raciales y de género. Al terminar reforzada por trabajos académicos en el siglo siguiente, esa construcción terminó por borrar de las narrativas históricas la experiencia de muchos sujetos, en particular, de esas trabajadoras negras. Por todo eso, este artículo se inscribe en las tendencias historiográficas recientes que buscan contemplar la historia de la esclavitud y de las expectativas de libertad como parte de la historia del trabajo.

La historia del trabajo de las mujeres en Brasil

En 1984, Maria Odila Leite da Silva Dias publicó Quotidiano e poder em São Paulo no século XIX, obra fundacional en la que analizó la diversidad de ocupaciones de las mujeres pobres en la ciudad de San Pablo, principalmente de las quitandeiras y negras de tabuleiro [bandejas].[4] Bajo la dirección de Sérgio Buarque de Hollanda e influenciada por los estudios de E. P. Thompson, Dias abordó el trabajo y las estrategias de supervivencia de mujeres de diferentes condiciones, incluyendo a esclavas y a blancas pobres, en una perspectiva de historia social. Para eso, recurrió al cruce de una diversidad de fuentes, entre inventarios, censos, anuncios y documentación municipal. De esa investigación, el comercio ambulante emergió como una de las actividades más rentables para las mujeres en el siglo XIX paulista, habiendo estado dominado ampliamente por mujeres negras.[5]

Frente a lo que denunció como una falta de sensibilidad de los historiadores para abordar la “participación de mujeres en el proceso de formación de la sociedad brasileña”,[6] Dias se dedicó a historiar y contextualizar las experiencias de las mujeres, en lugar de reproducir “juicios de valor” sobre ellas.[7] Para eso, consideraba fundamental superar la dimensión de las normas culturales, con toda su carga prescriptiva, para dar lugar a una perspectiva atenta a los “roles informales”, la historia, y los espacios conquistados por las mujeres en el pasado:

El proceso propiamente histórico de sus vidas en sociedad revela roles informales, el cambio, el devenir, y se opone al dominio de los mitos y de las normas culturales. Es el develarse de los espacios femeninos conquistados y no prescriptos, por eso en gran parte callados u omitidos en los documentos escritos.[8]

Dias encontró mujeres que habitualmente se desempeñaban como el sostén de sus familias en la primera mitad del siglo XIX. Tanto señoras viudas como solteras empobrecidas y también negras libertas asumían la responsabilidad de hogares que incluían hijos, esclavas y agregadas. En tanto proveedoras, esas mujeres desempeñaban oficios necesarios para el mantenimiento de la casa y a veces también vivían de lo que les aportaban sus esclavos y esclavas en el ejercicio de trabajos como lavanderas, parteras, amas de leche, criadas, cocineras y prostitutas, entre otros.[9] Algunas esclavas “vivían bajo sí mismas” (viviam sobre si), o sea, pagaban un valor fijo diario a sus dueñas, pero vivían lejos de ellas, constituyendo sus propias familias y amparando, a su vez, a otros dependientes. Así, los lazos sociales entre mujeres se tejían en complejas relaciones jerárquicas de solidaridad y dependencia.

Quotidiano e poder se transformó en un marco historiográfico al enfatizar la agencia histórica femenina a través de un análisis centrado en los trabajos desempeñados por mujeres libres y esclavas. Su ascendencia sobre estudios posteriores se observa también a través de otras dos dimensiones: por un lado, en su énfasis sobre una “condición femenina”, en los términos del feminismo de la década de 1970, que llevaba a Dias a reforzar las dimensiones compartidas de la experiencia social de las mujeres en lugar de todo lo que las separaba. Por otro, en su atribución de un sentido de “informalidad” y de “marginalidad” a las actividades y ocupaciones de las mujeres decimonónicas, enfatizando su exclusión y desinterés de la vida política.

Investigaciones más recientes retomaron y profundizaron el abordaje de los trabajos desempeñados por esclavas y libertas. Sheila de Castro Faria mostró que, en Minas Gerais del siglo XVIII, las negras libertas eran el grupo que más producía testamentos después de los hombres blancos.[10] Según Faria, se trataba de mujeres que conseguían acumular peculio y capital en el comercio. Sin embargo, no ascendían socialmente debido al estigma social que cargaban como excautivas. A diferencia de Dias, Faria cuestionó la clasificación de una propietaria de esclavos como “pobre”. A su vez, Richard Graham mostró que africanas y sus descendientes, además de dominar el comercio ambulante de alimentos en Salvador en el siglo XIX, tenían un rol fundamental en las redes de crédito de la ciudad. El autor también examinó cómo esas mujeres transitaban entre los poderosos e incidían en la vida política de la ciudad.[11] Más recientemente, Juliana Barreto Faria resaltó la prominencia de negras minas en el comercio callejero en Río de Janeiro y encontró incluso una huelga de quitandeiras de la plaza del mercado a fines del siglo XIX, en el marco de una intensa disputa por ese mercado de trabajo entre ellas y los portugueses recién llegados.[12]

En la ciudad de Desterro, como demostró Joana Pedro, las mujeres compartían con los hombres el trabajo en la labranza y en la producción de harina de yuca, importante producto de consumo interno y de venta a Río de Janeiro. Pedro también identificó mujeres pobres y viudas que vivían de la venda de quitandas por parte de sus “escravas de ganho”,[13] pagando impuestos que las habilitaban a tal actividad.[14] En conjunto, todos esos estudios convergen en mostrar que el trabajo de esclavas y libertas, africanas y sus descendientes no se encontraba al margen de la vida política y económica. Al contrario, era central para la organización de la economía y en las preocupaciones políticas de los poderes públicos, en particular el municipal. El concepto de “informalidad”, tal como fue utilizado por Dias, no parece apropiado para describir el grado de “formalización” de las actividades de esas mujeres en los términos del siglo XIX. En efecto, ordenanzas municipales, reglamentos del mercado, documentos fiscales y correspondencias oficiales registraban pago de impuestos, alquileres y registros diversos de este trabajo.

Sin embargo, el comercio al por menor sólo existía en tanto escalón de ascenso social para los hombres blancos pobres, principalmente portugueses. Durante la segunda mitad del siglo XIX, las políticas higienistas y de reorganización del espacio urbano alejaron a mujeres y hombres negros del centro de Desterro. Esa intervención urbana definió calles y plazas, oficios y actividades específicas a partir de jerarquías étnico-raciales, nacionales y de género, viabilizando segregaciones espaciales de clase.

Servicio doméstico, costureras, criadas y jornaleras: ¿quiénes eran las trabajadoras de la ciudad?

El reordenamiento del espacio urbano se inserta en una narrativa más amplia sobre la historia de Santa Catarina. En ella, el fracaso de los inmigrantes azorianos en la labranza –Santa Catarina hizo la primera gran experiencia de colonización y poblamiento, cuando mediante subvención de la corona se trajeron 5.000 colonos azorianos– dio lugar al éxito de la producción de las colonias de inmigrantes alemanes que llegaron a lo largo del siglo XIX. Con eso, los alemanes pasaron a ocupar el lugar de motor del desarrollo económico local, mientras los portugueses, inicialmente más habituados a las actividades de pesca que a las de labranza, se dedicaron a los servicios administrativos y al empleo en la burocracia.[15] Las líneas generales de este relato indican cómo las disputas políticas alrededor de la construcción de la memoria de Santa Catarina excluyeron del relato la expresiva contribución africana. Sólo recientemente los africanos empezaron a ganar espacio en la producción historiográfica.[16]

Esa narrativa acerca del desarrollo de Santa Catarina corroboró un modelo explicativo generalizador sobre la formación del mercado de trabajo en Brasil, en el que el concepto de trabajo libre, ejercido por inmigrantes europeos, fue asociado a la modernización de las relaciones de producción e industrialización. A fines del siglo XIX, las políticas oficiales de inmigración, profundamente influenciadas por el racismo científico y definidas por la necesidad de mano de obra para la plantación, la civilización y la regeneración de la nación,[17] tenían su comprobación más cabal en el caso de Santa Catarina.

En esta línea, en 1959, el sociólogo Fernando Henrique Cardoso, en su Negros en Florianópolis, ensayó dos argumentos para las razones de la “desorganización económica” en Santa Catarina frente a los exitosos núcleos de alemanes e italianos del continente: 1. la falencia de la experiencia de la labranza azoriana, y 2. la forma peculiar como Santa Catarina se ajustaba al “estatuto colonial”. De acuerdo con él, la población pobre “no se había organizado económicamente […] hacia la producción colonial”. Desterro misma concentraba el 10% del contingente militar entre la población activa. Con sus fuertes y fortificaciones, su importancia estaba en la defensa del sistema colonial.[18]

Al fracaso del azoriano en la labranza, explicación sociológica basada en la obra de Oswaldo R. Cabral, miembro del Instituto Histórico y Geográfico de Santa Catarina, Cardoso opone el éxito de la producción de las colonias de inmigrantes alemanes de São José, responsables por el suministro de sus productos al mercado de la ciudad.[19] Ni esclavos ni libertos: el mundo rural en la isla habría sido pobre, plebeyo y azoriano.[20]

Cardoso reconoce que la principal actividad económica de Desterro era el comercio urbano en crecimiento continuo en el siglo XIX, propiciando el ascenso de una élite de negociantes (armadores, importadores). Incluso consideró la posibilidad del uso del trabajo cautivo en el comercio de géneros alimenticios:

Las fuentes no especifican en qué medida y en qué tipo de actividad en el comercio de géneros se utilizó la mano de obra esclava. Aclaran que [los esclavos] eran empleados en el transporte de mercancías, en las barcas que cruzaban el canal entre la isla y el continente, pero es probable, a ejemplo de lo que ocurría con el transporte de géneros, que los esclavos también fueran utilizados en los servicios brutos en general relacionados con la actividad comercial.[21]

Aunque encontró evidencia del trabajo de los esclavos en la circulación de mercancías, Cardoso no pudo concebir su protagonismo en actividades en el ámbito de circulación, justamente porque el esclavo no era considerado por él como agente histórico. Más bien, en su perspectiva teórica, la esclavitud era un obstáculo para el trabajo libre y, consecuentemente, para el proceso de desarrollo económico y social. Por eso, aunque subraya la coexistencia del trabajo de pequeños propietarios autónomos al lado de asalariados, y del trabajo libre al lado del esclavo, este último aparece como degradante del primero.[22]

Como se puede ver más abajo, en la tabla elaborada por Cardoso a partir del primer censo brasileño de 1872, los esclavos clasificados como domésticos en Desterro eran la mayoría. No hay ninguno clasificado como “labradores”. En las demás partes de la isla la relación se invierte:

Tabla 1: Actividades económicas de los esclavos en Desterro
y en la Isla de Santa Catarina (1872)

tabla 1 cap 2

Tabla elaborada por Fernando Henrique Cardoso con base en los datos del Censo General de 1872. Fernando Henrique Cardoso, Negros em Florianópolis relações sociais e econômicas. Florianópolis, Insular, 2000 [1959], p. 116.

En otras palabras: de los 1.076 hombres y mujeres en la categoría de “domésticos” en toda la isla de Santa Catarina, 554 (51%) estaban concentrados en Desterro, y entre estos 445 (80%) eran mujeres. Del total de esclavos en Desterro, casi la mitad (49%) fue clasificada como “servicio doméstico” y 21% como “sin profesión”. Como se puede ver en esta tabla, los esclavos clasificados como “domésticos” eran mayoría entre todos los oficios. En el resto de la isla, la situación se invierte a favor de los labradores. Para Cardoso, esos números comprobaban la predominancia del servicio doméstico en las atribuciones de los esclavos, lo cual explicaba el retraso de la región y su desajuste en relación con el sistema esclavista.

En los registros del Censo General del Imperio de Brasil de 1872, se observa que Desterro tenía 1.122 esclavos de un total de 8.608 habitantes.[23] La población esclava había disminuido a la mitad desde 1855, llegando a componer 13% del total de habitantes en 1872. Las mujeres seguían siendo mayoría entre los esclavos (54%), los negros libres (52%) y los pardos libres (59%). Se observa, por lo tanto, una mayoría de mujeres en todas las categorías, con excepción de la categoría “blancos libres” en la que los hombres eran 52%:

Tabla 2: Población de Desterro (1872)

tabla 2 cap 2

Tabla de elaboración propia con base en los datos del Censo General de 1872. Censo General de Brasil de 1872. Biblioteca del IBGE. Disponible en: https://bit.ly/2dEPSub. Consultado en: 30/06/2017.

Si se considera toda la isla de Santa Catarina, los esclavos estaban reducidos al 11% de la población, en su mayoría hombres (52%). Entre los libres, las mujeres eran mayoría con relación a los hombres de la misma condición en todas las categorías: pardas (53%), negras (51%) y caboclas (57%), con poca diferencia en el caso de las blancas libres (50,5% de mujeres para 49,5% de hombres):

Tabla 3: Población de la Isla de Santa Catarina (1872)

Condición social

Sexo

Totales in­di­vi­duos Blancos Pardos Negros Caboclos

Libres

Hombres

11177 9477 1005 645 50

Mujeres

11592 9698 1152 675 67

Total

22769 19175 2157 1320 117

Esclavos

Hombres

1529 0 472 1057 0

Mujeres

1411 0 445 966 0

Total

2940 0 917 2023 0

Total general

25709

Tabla de elaboración propia con base en los datos del Censo General de 1872. Censo General de Brasil de 1872. Biblioteca del IBGE. Disponible en: https://bit.ly/2dEPSub. Consultado en: 30/06/2017.

En Desterro se concentraban, entonces, el trabajo esclavo y las mujeres. El predominio de las mujeres en la categoría de pardos libres es destacable, quizás corroborando la tesis de que las esclavas nacidas en Brasil tenían más acceso a la manumisión. Como se puede observar en la Tabla 1, en Desterro las mujeres esclavas aparecen distribuidas en apenas 4 categorías: 21 en “costureras”, 23 en “sirvientes y jornaleros”, 445 en “servicio doméstico” y 121 en “sin profesión”. Llama la atención tanto esa concentración del trabajo esclavo en la ciudad portuaria de Desterro –prácticamente el doble de lo que había en la provincia de Santa Catarina– como la predominancia de mujeres entre los esclavos. Es notable también que, de toda la diversidad en las actividades del comercio, Cardoso haya encontrado apenas dos esclavos en la categoría “comercio”.

Bajo el término “comerciante” (Tabla 1), Cardoso pretendió condensar en una única categoría oficios diversos que incluían comerciantes, tenedores de libros y dependientes. Pero en el documento original del censo no consta ningún esclavo en la categoría “comerciantes”, ni en Desterro, ni en la provincia de Santa Catarina.[24] La ausencia de esclavos clasificados como “comerciantes”, sin embargo, está lejos de significar que no había esclavos en el comercio urbano. El término “comerciante” era, en general, reservado a los dueños de negocios, propietarios, fueran ellos del alto o del bajo comercio y no era utilizado para empleados, dependientes y vendedores callejeros.[25]

Las mujeres involucradas en esas actividades probablemente eran clasificadas como del “servicio doméstico” en el censo de 1872, y por eso pasaron desapercibidas en la tabla 1, producida por Cardoso. Ese tipo de interpretación es resultado de una lectura descontextualizada de los significados contemporáneos del “servicio doméstico”, que lo reduce a una actividad supuestamente referente a los servicios “de la casa”, apenas reproductora de la mano de obra y no productora de valor. La distorsión fundamental provocada por esa lectura es que no considera que en el siglo XIX “servicio doméstico” incluía trabajo de mujeres en actividades integradas a la producción y a la circulación de bienes, evidentemente fundamentales para el funcionamiento de la economía.

Si las diversas configuraciones existentes bajo la rúbrica del “trabajo doméstico” hubieran sido abordadas en su propia historicidad y como parte de la historia del trabajo, habría sido posible percibir que el término asumió distintos significados, entre los cuales son más conocidas su feminización y su restricción a la realización de los trabajos de la casa. Pero recién en 1988 surgió el trabajo pionero de Sandra Graham sobre las relaciones sociales entre patrones y mujeres empleadas en el servicio doméstico en la ciudad de Río de Janeiro.[26] Actualmente, cada vez más estudios indican la relevancia del tema, en especial en el caso de Brasil, donde el racismo fue fundamental en la construcción de un ideal discursivo de mercado de trabajo blanco y asalariado.[27]

Las mujeres en el mercado público

En las regiones abastecidas por el tráfico atlántico en las Américas había una mayor cantidad de hombres con relación a las mujeres entre la población africana,[28] pero muchas veces en las ciudades esa proporción se invertía, sobre todo en relación con la población liberta.[29] En el caso de Desterro había una gran cantidad de mujeres esclavas y libertas –en gran parte africanas– involucradas en el comercio de alimentos, sea como quitandeiras, sea como pombeiras que actuaban en la llamada “plaza del mercado”, donde estaba la sociabilidad alrededor del comercio de una variedad de productos provenientes del interior. Estas mujeres estaban plenamente integradas al mercado como vendedoras callejeras, quitandeiras, pombeiras, mascates.[30] Además, tenían acceso al crédito y a las redes comerciales.[31]

Consideramos, entonces, que la categoría de trabajadores esclavos más significativa en Desterro según el censo de 1872, clasificada como “servicio doméstico”, estaba compuesta mayormente por mujeres africanas y criollas que trabajaban como vendedoras ambulantes, pagando jornales a sus señoras y señores. Estaban en el centro de la parte más productiva y rentable de la economía, algo que la perspectiva centrada en el paradigma del trabajo libre, asalariado y masculino como el único capaz de producir valor, no permitió percibir.

Como en otras ciudades brasileñas, las mujeres africanas y criollas extendían sus panos da costa [paños de la costa de África] en las playas y plazas del mercado para vender frutas, verduras, comidas e incluso pescado. En la primera mitad del siglo XIX tuvieron bastante visibilidad, vendiendo quitanda por las calles en sus bandejas o trabajando como pombeiras. Algunas llegaron a tener “barraquinhas” [pequeños puestos] en la plaza central.[32] La visión de los “negros y negras quitandeiras” dominando la principal plaza de la ciudad, en frente a la Iglesia de la Matriz y a los edificios del gobierno motivó al presidente de la provincia a tomar una acción contra lo que consideraba un cuadro de “mal gusto”.[33]

La intensificación del control e higienización de esos espacios a través de iniciativas de la municipalidad y de las asambleas provinciales sucedió en varios centros urbanos en el Brasil decimonónico. En especial, la construcción de edificios de mercado provocó intensas transformaciones en la vida de las ciudades. El primer mercado público de Desterro, inaugurado en 1851, tuvo la intención de organizar el comercio de alimentos, y en consecuencia controlar a los trabajadores que deambulaban por las calles. Todo era parte de un plan para higienizar y embellecer el espacio central, pero ocasionó fuertes disputas políticas. El mercado contaba con once pequeñas casas con puertas y ventanas y división de paredes de estuco entre ellas, más dos puestos de carne, dos de pescado y un pozo en el patio central.[34] Los llamados “espacios de quitanda”, que podían ser alquilados para esclavos, eran casi todos ocupados por mujeres con nombres de origen africano como Maria Mina, Anna Mina, Zeferida Calabá, Josefa Caçange, Esperança Cabinda, entre otras.[35]

La figura 1 representa el primer mercado de Florianópolis, que se ubicaba en la línea del mar, en la plaza en donde estaban los edificios del gobierno (Cámara y Asamblea) y la Iglesia de la Matriz, justamente la plaza central de la ciudad, de donde el Presidente había querido retirar el comercio.[36]

Figura 1. Mercado do Desterro com algumas bancas (1851-1896), 1867

Joseph Brüggmann (autor); Schwarzer & Rohlacher (litografía). Acervo Ylmar Corrêa Neto. Apud Gerlach, Gilberto. Desterro, Ilha de Santa Catarina. Florianópolis: [S.I], 2010.

Se nota que el edificio estaba bien cerca del mar, hacia donde se arrojaban los deshechos de la limpieza de los pescados. En frente a la playa y a la vuelta del mercado se amontonaban, en determinados horarios, los productores que venían por mar o por tierra con sus productos, los pombeiros, las quitandeiras y otros compradores. En el centro, una señora blanca con su sombrilla pasa por la plaza, acompañada probablemente por un niño esclavo. Hacia el lado izquierdo, un hombre y una mujer conversan. La plaza del mercado era tanto un lugar de trabajo y negocios como también de sociabilidad. Claramente hay al menos dos quitandeiras: una con la bandeja en las manos y la otra llevándola sobre la cabeza.

Según Selma Pantoja, el término quitanda tiene sus raíces en el término mbundu “kitanda”. En Luanda, designaba las “ferias donde se vende de todo” en el siglo XVII.[37] En otras ciudades de África y de las Américas, incluso en Brasil, las mujeres, principalmente las africanas y descendientes, dominaban el comercio callejero y el “negocio de quitandas” en los centros urbanos hasta la mitad del siglo XIX, como han mostrado muchos investigadores. Para los autores de Cidades Negras – africanos, crioulos e espaços urbanos no Brasil escravista do século XIX, eso ocurría porque “su prestigio era facilitador de la relación con el mercado consumidor, formado por varios sectores sociales esclavos y libres. Los hombres no tenían esa aproximación. Las quitandeiras eran especialmente populares”.[38] Estos autores, como tantos otros, subrayan también la proeminencia de las negras mina[39] en ese comercio y describen la inconfundible figura de las quitandeiras en el Río de Janeiro decimonónico:

Con los turbantes grandes, los paños de la costa por encima del hombro, el indefectible canasto de paja, la falda ondulada, la camisa de encaje, ellas cruzaban la ciudad en todas las direcciones, y fueron eternizadas en los trazos de viajeros extranjeros como Thomas Ender, Jean Baptiste Debret y Johann Moritz Rugendas.[40]

Mucho se ha dicho sobre la presencia constante y activa de las quitandeiras en los centros urbanos y su capacidad para ahorrar, además de conectarla con la relevancia de la experiencia comercial en tierras africanas, donde las mujeres dominaban ese tipo de comercio.[41]

El extendido uso del término quitandeira en femenino, incluso en ordenanzas, indica claramente el predominio de mujeres en esa actividad, principalmente cuando se considera el uso del universal masculino para los otros oficios donde las mujeres también actuaban, como por ejemplo, el de pombeiro. Son abundantes las imágenes registradas por viajeros y fotógrafos de mujeres con canastos en la cabeza, o con sus bandejas o paños extendidos en el piso. Especialmente las quitandeiras mina fueron descritas como mujeres altivas por algunos viajeros del siglo XIX. Las mina eran reconocidas por las marcas peculiares que tenían en el rostro, por los paños de la costa con que se vestían y los turbantes que llevaban en la cabeza, sobre los cuales reposaban cestos con frutas y legumbres para la venta.[42]

El reglamento del mercado era bastante claro al definir que “las casas solo podrían ser alquiladas a personas libres”, buscando impedir que las barraquinhas [pequeños puestos] en la plaza fueran ocupadas por “personas inmorales y esclavos”. Los lugares de quitanda (espacios entre las columnas del mercado), a su vez, “podrán ser alquiladas a personas libres y a esclavos, con licencia por escrito de sus señores”.[43] Con eso se intentaba definir lugares específicos y bien delimitados para los esclavos. El reglamento también prohibía que “negros de ganho y pordioseros” anduvieran por la plaza y determinaba 24 horas de encarcelamiento a los que desobedecieran la advertencia del guardia del mercado público, que pasaría a ser figura central en ese microcosmos.[44]

Encargado de mantener el orden, este guardia, de carácter municipal, recibiría un sueldo de 200 mil réis anuales pagos con los rendimientos de la misma plaza, y tendría a su cargo la policía para hacer cumplir el reglamento.[45] Dicho guardia fue, durante muchos años, Eugênio Berrier[46] y en 1860 su presencia ya no parecía ser suficiente para mantener el orden en el lugar, si se considera el requerimiento de la Cámara Municipal de un agente policial en el mercado. El Presidente de la Provincia estuvo de acuerdo, “a fin de coadyuvar a mantener el buen orden que allí se hace necesario”, agregando, sin embargo, que dicho agente no estaría subordinado al fiscal de la Cámara, sino a las “autoridades policiales respectivas”.[47]

En mayo de 1862, el secretario de la cámara municipal llamó la atención de Berrier sobre la “perfecta observación de sus ordenanzas, y del reglamento de este mercado”. El guardia fue advertido por haber aflojado la fiscalización sobre la venta al por menor antes de las horas determinadas, además de haber consentido y tolerado que “panaderos y vendedores de pan y algunos otros alimentos atascaran o enredaran el tránsito público sobre los portones de entrada y salida de la plaza”.[48]

El mercado público de Desterro y sus alrededores concentraban las actividades comerciales de africanos y descendientes, hombres y mujeres, esclavos, libertos y libres. Entre 1863 y 1864 el mercado fue responsable del 31% de los ingresos totales de la municipalidad.[49] Las quitandeiras y los pombeiros que trabajaban en sus alrededores eran parte importante de esta cuenta.[50] Allí el tradicional comercio ambulante, desde hacía mucho dominado por esas personas, potenciaba las relaciones comerciales, los lazos de sociabilidad entre las capas pobres de la población, su circulación y el contacto con señores y señoras propietarias, comerciantes importantes y políticos. A partir de las relaciones posibilitadas por aquellos ambientes y de su capacidad como comerciantes, africanos como Maria Mina, Joana Prates y Francisco Pombeiro accedieron a redes de crédito, participaron de las hermandades, tejieron redes de producción y consumo de alimentos y negociaron su manumisión entre 1850 y 1860.[51]

Mujeres como Joana Prates, Maria Mina, Anna y Justina estaban inmersas en estos entramados de relaciones, y merecen ser seguidas de forma más detenida. Joana Prates era una “negra liberta” [“preta forra”] que participaba de la Irmandade do Rosário e São Benedito dos Homens Pretos. Fue la única mujer en alquilar una casita del mercado después de construido el edificio en 1855-1856. La africana Maria Mina trabajó como quitandeira en los espacios libres entre las columnas del mercado público y compró su libertad en la década de 1860, probablemente con el dinero que acumuló en su actividad de quitandeira. En el inicio de los años 1880, Mina compró un esclavo para libertarlo, pagándole mitad del valor a un comerciante y político de la ciudad. El comerciante después la acusó de estar lucrando con el trabajo del mismo esclavo.

Las niñas Anna y Justina fueron libertadas por la señora Rita de Cássia Poyção bajo el riesgo de que la libertad fuera revocada por ingratitud y con la condición de que cuidaran de ella y de su compañera hasta la muerte, que ocurrió en 1864. Al fallecer dejó una propiedad para los excautivos.[52] Al parecer, ella consideraba más importante asegurar la gratitud de las jóvenes en aquella pequeña ciudad que mantenerlas cautivas. Como mostró Robert Slenes, los pequeños propietarios eran más propicios a otorgarles la manumisión, bajo presión de la negociación.[53]

En todo caso, una vez libres, Anna y Justina mantuvieron los lazos entre sí, y siguieron viviendo de quitandas hasta por lo menos 1884, cuando debían tener alrededor de 70 y 57 años, respectivamente. En el mismo año, Maria Mina, Anna, Justina y otras 82 personas pagaron impuestos para vender quitandas por las calles.[54] Al participar de la red de distribución de alimentos en el centro urbano de la capital, esas diferentes mujeres encontraron formas de sobrevivir y garantizar la protección de su exseñora.

El trabajo de esos hombres y mujeres era fundamental no sólo en el mantenimiento del proceso productivo y comercial en la isla sino también como sostén de familias y de mujeres viudas o solteras. Un número significativo de mujeres propietarias en Desterro sobrevivían gracias al trabajo de esos esclavos y esclavas, con los cuales establecieron estrechas relaciones de dependencia mutua y lazos afectivos.[55] Es razonable pensar que en Desterro y en otros lugares, las mujeres tenían estrategias propias para establecer relaciones de dependencia en los términos de la ideología de dominación señorial, común en otras regiones de Brasil.[56] Algunas de esas esclavas y libertas llegaron a negociar con señores poderosos y propietarias viudas, y lo hicieron a partir de las relaciones desiguales que implicaban explotación laboral, pero también lazos de dependencia mutua.

El control sobre los trabajadores del mercado y de las calles

Pese a los márgenes de acción conquistados, las condiciones se volvieron progresivamente hostiles a esas trabajadoras, ya que ellas pasan a ser un gran inconveniente para la concreción de políticas públicas de embellecimiento e higiene del centro de la ciudad. Por un lado, mujeres de origen africano eran disputadas como “escravas ao ganho”, tal como demuestran los anuncios en los periódicos a lo largo del siglo XIX. Por otro, serán consideradas indeseables al no estar en los lugares designados por las autoridades para ellas, como queda claro en nota publicada en O Despertador, el 8 de abril de 1879: “Desaparecieron felizmente las quitandeiras de caramelos del vestíbulo del teatro; será medida permanente, ¿o será apenas este domingo? Veremos”.

En las décadas de 1860 y 1870, aumenta la preocupación de los poderes públicos sobre quiénes eran esas personas, y si eran esclavas o libres. En la base de esta preocupación estaba la intensificación del flujo de personas por el Desterro debido a la Guerra del Paraguay, combinada con el crecimiento de la producción y venta de productos para alimentar a la población de la provincia vecina, Río Grande do Sul, profundamente afectada por la guerra. En el caso del mercado público, hubo un creciente interés por el alquiler de las casitas del mercado, como demuestra el aumento desenfrenado en los precios de estos alquileres en la década de 1860, finalmente controlado por la intervención de la municipalidad, que fijó un precio máximo.

A pesar de las providencias, veinte años después de la construcción e inauguración del mercado parecía aún más difícil mantener el orden, a juzgar por la cantidad de proyectos de ordenanzas y edictos expedidos. En 1871, seis ordenanzas propuestas por la Cámara Municipal y aprobadas por la Presidencia de la Provincia reiteraron la obligatoriedad de la licencia y del pago del impuesto para ejercer el oficio de pombeiro y mascate. La multa era alta: 30 mil réis para el infractor y el doble en caso de reincidencia.[57]

En 1873, una circular enviada por el secretario de la cámara municipal a los fiscales revelaba la desesperación de las autoridades municipales frente a “una gran disminución del número de contribuyentes de esta Cámara”.[58] Ese mismo año, una nota publicada en el diario O Conciliador, el 10 de julio, denunciaba el “abuso” de Eugênio Berrier, por “dar latigazos en los negros [crioulos] que están vendiendo pan en el Mercado, cuando sus señores o patrones pagan la competente licencia para aquel fin”. El administrador no estaba dispuesto a seguir siendo advertido por aflojar la disciplina. La utilización en público, en plena década de 1870, de uno de los símbolos más envilecedores de la esclavitud, el látigo, da una idea de la dificultad que enfrentaba el guarda municipal para mantener el orden y el control sobre aquellos vendedores “crioulos”. La referencia de la nota periodística a los descendientes de africanos nacidos en Brasil expresaba la disminución de los esclavos africanos en esa actividad. Si en 1861 Berrier había sido reprendido por su displicencia al dejar que aquellos esclavos vendedores de pan circulasen libremente dentro del mercado, más de diez años después el mismo guardia fue reprendido a través del diario no por la violencia, sino por el uso indebido del correctivo, ya que la debida licencia para venta del pan había sido abonada por los propietarios de dichos esclavos.

Las africanas y sus descendientes eran omnipresentes en el cotidiano de la ciudad: participaban de la economía, en las relaciones de esparcimiento y en la sociabilidad. Sin embargo, sus prácticas culturales y rituales, además de ser mal vistas –aun cuando eran compartidas por hombres y mujeres de diversas clases sociales– se volvían tema de disputa política:

El día 17 del corriente se convocó a la policía por el ordenanza del subcomisario Feliciano Marques Guimarães, a la negra liberta, quitandeira de nombre Faustina, y tan deprisa que no tuvo tiempo de dejar la quitanda a cargo de alguien, quedando la misma expuesta a hurtos. ¡Quien al ver el alboroto no diría grave el caso! Pues es lo siguiente: el Sr. Antônio de tal, en cuya familia han sido frecuentes los casos de tísica pulmonar, está con su señora gravemente enferma de esa molestia. Desengañado por médicos, buscó curanderos y estos naturalmente mancomunados con una mujer conocida por Maria Alemana que por ahí anda leyendo la Buena dicha, asegurando al crédulo marido que la mujer estaba embrujada por la negra Faustina y que esta podría curarla, a quien intimidó con la cárcel, ¡si dentro de tres días no diera la salud a la enferma! Con tales agentes está el sr. Dr. Tosta bien servido, y la tranquilidad y libertad públicas óptimamente garantizadas. Guerra de Muerte a las hechiceras, Sr. Feliciano Marques.[59]

El texto muestra los vínculos entre el señor Antônio, que tenía a la esposa enferma, unos curanderos “mancomunados” con una tal Maria Alemana, la negra Faustina, quitandeira y hechicera, y el mismo ordenanza del subcomisario. Los curanderos fueron llamados en un momento en que la actuación de los médicos producía mucha desconfianza. Quizás hayan tenido, así como Maria Alemana, alguna riña con Faustina, y aprovecharon la ocasión para ponerla en un aprieto. Queda clara la intención del autor del texto de desautorizar a Feliciano Marques, miembro del partido conservador y subcomisario de policía, acusándolo de connivencia con el curanderismo.[60] En ese momento, los métodos populares de cura –entre los cuales estaban aquellos ejercidos por Faustina– tenían amplia participación entre la población pobre, pero también entre personas de cierta posición social.[61] El señor Antônio, según el periódico, no vaciló en buscarlos para resolver el problema que lo afligía, y terminó yendo a pedir explicaciones a la “hechicera” Faustina. Feliciano Marques, a su vez, la habría obligado a abandonar su quitanda de apuro, corriendo el riesgo de que se la robaran, para resolver la cuestión bajo amenaza de prisión.

Mientras las prácticas, costumbres y la misma presencia de los trabajadores de origen africano en el centro de la ciudad se iban haciendo cada vez más incómodas, los debates sobre la sustitución de la mano de obra se intensificaban. Después de la aprobación de la ley de 1871 –que libertaba el vientre de las esclavas, establecía el derecho de peculio e instituía el fondo de emancipación–[62] las luchas por la libertad se acentuaron y los debates parlamentarios pasaron a expresar el dilema sobre los lugares que esas personas deberían ocupar en un nuevo orden.

En Desterro, tanto la prensa conservadora como la liberal cambió el tono: editores de A Regeneração y de O Despertador gastaron páginas y páginas en la publicación de leyes aprobadas en la Corte y en la discusión de resoluciones y estrategias provinciales y municipales sobre temas como la aplicación de los recursos del fondo de emancipación. Incluso antes de la ley de 1871, la Asamblea Provincial aprobó la ley 627 en 1869, cuyo artículo 5º determinaba la emancipación de “esclavas de 15 a 30 años, saludables, de constitución robusta y buen comportamiento” con un fondo provincial específico para eso.[63] El año siguiente, sin embargo, se revocó el artículo y se decidió trasladar esos fondos a la reforma de la iglesia de la Matriz.[64] Primero, el presidente de la asamblea legislativa afirmó que, a pesar de la “grandiosidad de aquella idea, sería más provechoso si se lo aplicase [el fondo] a mejoras materiales tan urgentes e incesantemente reclamadas”. Según él, había poco dinero para muchos señores interesados en la emancipación de sus esclavas. Su posición a favor de usar los recursos de otra manera era justificada así:

No dudo en decirles, Señores, que al tener que elegir entre un bien que resultara provechoso solamente a una media docena de esclavas, que entregadas a sí mismas, irían a engrosar las filas de la prostitución y los beneficios que a tantos resultaría de las mejoras materiales, yo no dudaría en la segunda opción, tanto más porque actualmente la dulzura con que son tratados los esclavos equivale a libertad, sin los inconvenientes que esta incontestablemente produciría.[65]

A la vez, los diputados intercambiaban acusaciones mutuas sobre la utilización indebida del trabajo de libertos contratados. En la década de 1880, se incrementaron los acalorados discursos abolicionistas y las presiones por la emancipación de los esclavos. La sociedad abolicionista desterrense, en una llamada para su primera reunión, invitaba a todos “sin distinción de partidos”.[66] Según sus fundadores, quedaban en Desterro y Trindade 463 esclavos por libertar.[67]

En este contexto, las menciones a las quitandeiras y a los pombeiros fueron ampliamente utilizadas entre los miembros de los dos partidos políticos en descalificaciones mutuas. En el inicio de la década de 1880, el periódico A Regeneração publicó un artículo de crítica a los conservadores en el que denunciaba que los debates de la Asamblea Provincial se habían transformado “en diálogos que huelen mal por la agrura de la frase y la aspereza de las palabras, solamente usados en las plazas del mercado por las quitandeiras”.[68] El mercado era el punto de encuentro y discusión para todos, incluso los comerciantes y políticos. Las resoluciones que buscaban limitar al máximo la permanencia de esclavos y esclavas en la plaza eran constantemente burladas, como demuestran sus reiteradas republicaciones y los reclamos contra la acción de los fiscales. Las quitandeiras del mercado se transformaban, entonces, en referencia de comportamiento negativo: los liberales eran comparados con mujeres, y de la “peor especie”, puesto que eran rudos y hablaban con aspereza. Se evidenciaba también que estaban fuera de lugar, puesto que el lugar de tal aspereza, por supuesto, era el mercado y no la asamblea. El lugar de la política, en la visión de esos hombres, no eran los ámbitos públicos, frecuentados por esclavos y libertos.

Algo similar sucederá con los pombeiros, grupo conformado por

… todo individuo que compre o haga la mediación, dentro de los límites del municipio, de géneros alimenticios para volver a vender, a uno o a muchos, sea en bandejas, cestos y por las calles, plazas, marinas u otros lugares públicos, sea en canoas o botes a bordo de embarcaciones o incluso en el mercado.[69]

Los “malditos pombeiros” eran intermediarios constantemente acusados de burlar la ley, “dignos del desprecio de los hombres de bien”.[70]

En la década de 1850, las mujeres africanas podían también ser pombeiras en Desterro. Treinta años después, en 1884, el impuesto de pombeiro se encareció y la actividad pasó a ser ejercida exclusivamente por hombres, mientras las quitandas permanecieron en terreno preferencialmente femenino.[71] El espacio interno del nuevo mercado público era menos accesible para aquellas mujeres, que, sin embargo, siguieron haciendo su comercio afuera, en la playa, incluso realizando reclamos a la Cámara Municipal contra las altas tasas que pagaban.[72]

La relevancia de las escravas ao ganho es reiterada por numerosos anuncios que buscaban esclavas para alquilar. Desde fines de la década de 1850, cuando se necesitaba “alquilar una negra quitandeira que sea fiel y sin vicios…”,[73] hasta 1880, cuando se buscaba “una esclava o negra libre, para vender quitanda en la calle…”,[74] la venta de quitandas era actividad para mujeres y “negras”. A su vez, la gestión de esas actividades podía estar en las manos de hombres o de mujeres que utilizaban sus esclavas, las alquilaban a otras personas o que empleaban libertas para realizar el trabajo.

Figura 2. Uma rua da cidade do Desterro

Victor Meirelles (1851). Museo Nacional de Bellas Artes, Río de Janeiro.

En el cuadro de Victor Meirelles (figura 2), se ve la principal calle de comercio, justamente en el año de inauguración del edificio del mercado. Meirelles registra algunas casas de dos pisos y hombres de frac hablando con mujeres negras con sus canastos de quitandas.

Si el problema de controlar a los escravos ao ganho hizo que los legisladores gastaran mucha tinta con sus ordenanzas, otra cuestión se volvía aún más complicada con la libertad. En el título 5, capítulo 2 del Código de ordenanzas de 1888, titulado: “Sobre las bullas, vocerías, obscenidades y ofensas morales, mendicidad”, el segundo artículo trataba la prohibición de “hacer sambas o batuques [toques de tambor], cualquiera que sea la denominación, en las calles de las ciudades o de los poblados”. El artículo 11, a su vez, prohibía “vivir sin ocupación lícita o mendigar no estando en condiciones de indigencia y sin permiso de la autoridad policial”. Finalmente, el artículo 12 prohibía “mendigar por las calles para cualquier hermandad religiosa, excepto los respectivos hermanos de la mesa [directora], en los meses que les corresponda ese servicio”. El vagabundeo, por lo tanto, como en otras regiones en las que se formaba un mercado de trabajo territorializado después de la abolición de la esclavitud, era una preocupación de las autoridades municipales.

El mercado de trabajo blanco y masculino

En el último cuarto del siglo XIX, los registros de impuestos pasaron a ser organizados a partir de las calles en las que se encontraban los establecimientos. Con eso, evidenciaban las transformaciones en la geografía social de la ciudad. Hubo un aumento significativo de nuevos tipos de casas de negocios, nuevos términos, y más nombres de origen alemán en determinados nichos del comercio. Los vendedores ambulantes, sin residencia fija, pasan a ser clasificados como tabuleiros. En 1894, el relevamiento para fines impositivos de las casas de negocio registró 51 tabuleiros, entre los cuales 11 eran hombres. Pasados pocos años de la abolición de la esclavitud, reencontramos a algunas de nuestras antiguas conocidas, que insistían en disputar ubicaciones centrales de la ciudad y en ocupar su lugar habitual en el mercado de trabajo, como las libertas Rita de Cássia y Anna Poyção, además de Jacintha Calabar (el único nombre africano entre ellas), que pagaban impuestos para “tabuleiros para vender dulces”.[75]

La presencia distintiva de mujeres en las actividades comerciales de Desterro creó dinámicas propias. Al terminar el siglo, esas mujeres fueron perdiendo su espacio como pombeiras y dueñas de tiendas de quitanda. Con la abolición de la esclavitud (1888), la legislación represiva y los debates parlamentarios indicaban una preocupación constante con la organización del trabajo. Se volvió cada vez más difícil mantener los espacios conquistados. La actuación de los poderes públicos expresaba las políticas de inmigración, los discursos higienistas y el creciente proceso de racialización, característicos de aquel fin de siglo.[76] Su impacto sobre la organización del espacio público y de las relaciones de trabajo se dio en un proceso orientado por criterios de raza y género.

Las trayectorias de las mujeres citadas, muchas de las cuales pasaron de la esclavitud a la libertad a lo largo del siglo XIX, traen elementos para una reflexión, en clave de género, sobre los procesos de racialización y exclusión social característicos del período posemancipación en varias partes de Brasil. Si el mercado de alimentos fue inicialmente un lugar privilegiado de movilidad y autonomía de africanos y sus descendientes, principalmente de las mujeres esclavas y libertas, luego su sentido cambió y pasó a concentrar los principios organizadores de las políticas de exclusión de espacios centrales de la ciudad –y también del propio mercado de trabajo–. Esta exclusión alcanzó a los análisis historiográficos: por un lado, prevaleció una mirada sobre el trabajo de las mujeres y la categoría de servicio doméstico que no consideró el género en el análisis de las relaciones sociales. Por otro, la persistencia de una narrativa historiográfica sobre una provincia que se definió como blanca se sostuvo en la idea de que la inmigración europea fue la única responsable por impulsar el crecimiento comercial e industrial. Ello contrasta con las pocas memorias sobre la participación de los africanos en la dinámica del pequeño comercio en Santa Catarina. En la década de 1890, también el “mercado viejo”, como pasó a ser llamado, terminó demolido. En su lugar se erigió la estatua de Fernando Machado, oficial veterano de la Guerra del Paraguay. Con el paso de los años, el mercado público pasó a ser un lugar de construcción de una memoria exclusivamente azoriana.[77]

Por eso, es precioso el registro del conocido escritor local Virgilio Várzea, alrededor de 1900, sobre la presencia de hombres y mujeres negros circulando por las calles en un día de fiesta religiosa (la Romería de la Trinidad). Várzea observa a las vendedoras y vendedores negros, como “hormigas cargadoras”, pasando con sus frutas y verduras por “varios puntos de la ciudad”, acompañados de los arrendatarios de los negocios del mercado, que armaban puestos para vender sus productos. Invisibles en muchos relatos posteriores, aquí aparecen buscando ubicarse en un espacio urbano reconfigurado, cuando la plaza central y el Mercado ganaban nuevos sentidos, que ya no los incluían.

La tardía abolición de la esclavitud en Brasil no fue acompañada de políticas públicas inclusivas para los libertos; más bien, dejó a los exesclavos desamparados al considerarlos libres. Incluso su participación política terminó restringida. Desde antes de 1888, en un proceso que se extendió por mucho tiempo después, se puso en marcha un proceso de apropiación de los medios de producción y de reducción de los márgenes de acción económica de esos hombres y mujeres. La interferencia de la municipalidad, en este caso, se tradujo en la reserva de un mercado de trabajo en el comercio para gente con más capital.


  1. Traducción: Eleonora Frenkel.
  2. La palabra designa a la vendedora ambulante de productos alimenticios, tanto frutas como comidas preparadas, y también dueña o dependiente de comercio de comestibles.
  3. Se llamaban pombeiros a los intermediarios que compraban géneros alimenticios de los productores y los revendían a otros comerciantes o consumidores. Eran individuos de gran relevancia en las transacciones del comercio atlántico de esclavos, puesto que transitaban bien por los caminos más allá de la costa africana. Ingresaban en las regiones de las ferias de esclavos, estableciendo la conexión entre los grandes traficantes y los sobas centro-africanos, con quienes negociaban. Juliana Barreto Farias, “Pombeiros e o pequeno comércio no Rio de Janeiro do século XIX”, en Soares, Mariza C. y Rosa Bezerra, Nielson, Casa, trabalho e negócios: a escravidão africana no Recôncavo da Guanabara, Niteroi, EdUFF, 2012.
  4. Dias, Maria Odila Leite da Silva, Quotidiano e Poder em São Paulo no século XIX, 2a. ed. revisada, San Pablo, Brasiliense, 1995.
  5. Ibidem, p.127.
  6. Ibidem, p. 40.
  7. Ibidem, p. 51.
  8. Ibidem, p. 50.
  9. Ibidem, p. 53.
  10. De Castro Faria, Sheila, “Mulheres forras: riqueza e estigma social”, Tempo, n. 9, jul. 2000, pp. 62-92.
  11. Graham, Richard, Feeding the City – from street market to liberal reform in Salvador, Brazil, 1780-1860, Austin, University of Texas Press, 2000.
  12. Barreto Faria, Juliana, Mercados Minas: africanos ocidentais na praça do Mercado do Rio de Janeiro (1830-1890), Río de Janeiro, Arquivo Geral da Cidade, 2015.
  13. La expresión “escravos ao ganho” se refiere a los esclavos que realizaban trabajos remunerados y pagaban a su amo una suma diaria por el pago recibido. Soares, Luiz Carlos, “A escravidão de ganho”, en O ‘povo de cam’ na capital do Brasil: a escravidão urbana no Rio de Janeiro do século XIX, Río de Janeiro, Faperj – 7Letras, 2007, pp. 123-145.
  14. Pedro, Joana, Mulheres honestas e mulheres faladas – uma questão de classe, Florianópolis: Editora da UFSC, 1994.
  15. Para una crítica a ese abordaje, Duarte, Adriano, “Space, Culture and Labour in Santa Catarina, 1900-1960”, Journal of Social History and the History of Social Movements n. 49, 2013, pp. 53-74.
  16. Cardoso, Adalberto, Negros em Desterro: experiências das populações de origem africana em Florianópolis. Séc. XIX, 01, Itajaí: Casa Aberta, 2008; Mortari Malavota, Cláudia, Os Homens Pretos do Desterro. Um estudo sobre a Irmandade de Nossa Senhora do Rosário (1841 – 1860), Itajaí: Casa Aberta, 2011; Mamigonian, Beatriz y Zimmerman, Joseane, (ed.), História Diversa: africanos e afrodescendentes na Ilha de Santa Catarina, Florianópolis, Ed. de la UFSC, 2013.
  17. Marinho de Azevedo, Celia, Onda negra, medo branco: O negro no imaginário das elites – século XIX. Rio de Janeiro, Río de Janeiro: Paz e Terra. Moritz Schwarcz, Lilia, O espetáculo das raças. Cientistas, instituições e questão racial no Brasil, 1870-1930, San Pablo, Companhia das Letras, 1993.
  18. Cardoso, Fernando Henrique, Negros em Florianópolis – relações sociais e econômicas, Florianópolis, Insular, 2000 [1959], p. 77.
  19. Ibidem, p. 104.
  20. Ibidem, p. 10.
  21. Ibidem, p. 70.
  22. Ibidem, pp. 100-115.
  23. Censo General de Brasil de 1872. Biblioteca del IBGE. Disponible en: http://biblioteca.ibge.gov.br/biblioteca-catalogo?view=detalhes&id=225477. Consultado en: 30/06/2017.
  24. Censo General del Imperio de 1872.
  25. Popinigis, Fabiane, Proletários de Casaca – empregados no comércio carioca, Campinas, Ed. da Unicamp, 2007.
  26. Lauderdale Graham, Sandra, Proteção e obediência: criadas e seus patrões no Rio de Janeiro (1860-1910), San Pablo, Companhia das Letras, 1992.
  27. Carneiro da Silva, Maciel Henrique, “Domésticas e criadas entre textos e práticas sociais: Recife e Salvador (1870-1910)” (Tesis de Doctorado, Universidad Federal de Bahía, 2011)”; Fernandes de Souza, Flavia, “Para casa de família e mais serviços: o trabalho doméstico na cidade do Rio de Janeiro no final do século XIX” (Tesis de maestría, Universidad del Estado de Río de Janeiro, 2010); Sbravati, Daniela, “Senhoras de incerta condição: proprietárias de escravos em Desterro na segunda metade do século XIX” (Tesis de maestría, Universidad Federal de Santa Catarina, 2008); Batista Peçanha, Natália, “Regras de civilidade: tecendo a masculinidade do smart nas páginas d’O Rio Nu (1898-1916)” (Tesis de maestría, Universidad Federal Rural de Río de Janeiro, 2013); Feres da Silva Telles, Lorena, “Libertas entre sobrados: contratos de trabalho em São Paulo na derrocada da escravidão” (Tesis de maestría, Universidad de San Pablo, 2011); do Amaral Costa, Ana Paula, “Criados de servir: estratégias de sobrevivência na cidade do Rio Grande (1880-1894)” (Tesis de maestría, Universidad Federal de Pelotas, 2013). Gomes da Cunha, Olívia Maria, “Criadas para servir: domesticidade, intimidade e retribuição”, en Gomes, Flávio (Org.), Quase-cidadão: histórias e antropologias da pós emancipação no Brasil, Río de Janeiro, FGV, 2007; Xavier, Giovana; Barreto Farias, Juliana e Gomes, Flávio (Orgs.), Mulheres negras – no Brasil escravista do pós-emancipação, San Pablo, Selo Negro, 2012.
  28. Klein, Herbert, “Novas interpretações do tráfico de escravos do Atlântico”, Revista de História, San Pablo, 120, 1989, pp. 3-25.
  29. Según Marcus Carvalho, eso sucedía porque las mujeres migraban para trabajar en el servicio doméstico en las ciudades y porque el ambiente urbano era más atractivo para ellas. Carvalho, Marcus, “De portas adentro e de portas afora: trabalho doméstico e escravidão no Recife, 1822-1850”, Afro-Ásia, n. 29-30, Salvador, 2003 (pp. 41-78), pp. 42-45.
  30. Vendedores ambulantes, principalmente de telas.
  31. Popinigis, Fabiane, “Trabajo, libertad y esclavitud: estrategias y negociaciones en el sur de Brasil, siglo XIX”, Trashumante, Revista Americana de Historial Social 6, 2015, pp. 146-168.
  32. Sabemos que al menos algunas de ellas eran gestionadas por africanas, como por ejemplo, la negra Maria Calabá, la negra liberta Joanna Prates o Joaquim Ignácio da Silva, que pagaban impuesto de 5 mil réis para permanecer en la plaza del mercado. AHMF, Libro Caja: Ingreso y Egreso de la Cámara Municipal (1851-1852).
  33. El presidente intentó “limpiar” la plaza de los puestos. Popinigis, Fabiane, “Trabajo, libertad y esclavitud…”, op. cit.
  34. Arquivo Público do Estado de Santa Catarina (APESC), Artículo 24 del Reglamento del Mercado Viejo, en Oficios de la Cámara Municipal a la Presidencia de la Provincia 1850, Folios 120-126.
  35. Arquivo Histórico Municipal de Florianópolis (AHMF), livro caixa n.139 – Receita e despesa da Câmara Municipal, 1854-1855.
  36. No quedó nada del antiguo mercado. En el lugar donde antes se ubicaba –entre la calle Augusta y del Príncipe, hoy Conselheiro Mafra y João Pinto– está la estatua de un oficial de la Guerra contra Paraguay, Fernando Machado.
  37. Pantoja, Selma, “Conexões e identidades de gênero no caso Brasil e Angola, Sécs. XVIII-XIX”, p. 8. Disponible en: http://www.casadasafricas.org.br/ (acceso: 7/03/2011).
  38. Moreira de Araújo, Carlos; Barreto Farias, Juliana; Líbano Soares, Carlos Eugênio; dos Santos Gomes, Flávio, Cidades Negras – africanos, crioulos e espaços urbanos no Brasil escravista do século XIX, San Pablo, Alameda, 2006, p. 93.
  39. El término “mina” estaba vinculado al tráfico atlántico de esclavos. Los traficantes clasificaban de esa manera a los esclavos embarcados en la Costa de la Mina, región situada al este del puerto de Elmina (factoría de São Jorge da Mina, construida por los portugueses para comerciar en 1492 en la Costa del Oro, actual Ghana), aunque las formas por las cuales se autodefinían los pueblos en esa zona y en regiones próximas fuesen distintas. En Brasil, esas identidades eran resignificadas y los mina eran considerados soberbios y rebeldes, pero eran también reconocidos por su fuerza y habilidad con las actividades comerciales.
  40. Araújo y otros, Cidades Negras, pp. 93 y 94.
  41. de Castro Faria, Sheila, “Mulheres forras: riqueza e estigma social”, Tempo, n. 9, jul. 2000, pp. 62-92; Graham, Richard, Feeding the City – from Street market to liberal reform in Salvador, Brazil, 1780-1860. Austin: University of Texas Press, 2000; Libby, Douglas y Paiva, Clotilde, “Manumission Practices in a Late Eighteenth-Century Brazilian Slave Parish: São José d’El Rey in 1795.” Slavery and Abolition, 2000, 21:1, 96-127.
  42. Karash, Mary, A vida dos escravos no Rio de Janeiro 1808 1850. Companhia das Letras, São Paulo, 2000 y De Castro Faria, Sheila, “Damas mercadoras: as pretas minas no Rio de Janeiro (sec.XVIII-1850)”, en De Carvalho Soares, Mariza (ed.), Rotas atlânticas da diáspora africana: da Baía do Benin ao Rio de Janeiro. Rio de Janeiro: EdUFF, 2007, pp.101-134.
  43. El Reglamento del Mercado, publicado en 1855, reitera y hace específicas para la plaza las determinaciones presentes en el Código de Ordenanzas. Esos documentos registran la preocupación de los poderes públicos con la recaudación de impuestos en relación a los servicios del pequeño comercio en general, y más específicamente al comercio ambulante, con la circulación de las personas involucradas en tales trabajos y con la calidad de los géneros alimenticios y su distribución. Las reediciones de ordenanzas y edictos también muestran que las determinaciones eran constantemente burladas.
  44. APESC, Florianópolis, Regulamento do Mercado, Ofícios da Câmara Municipal para a presidência da Província – 1850, ff. 120-126.
  45. APESC, Artículo 24º do Regulamento do Mercado Velho; Ofícios da Câmara Municipal a Presidência da Província 1850, Folios 120-126; “Praça do Mercado”, O Correio Catharinense, 2 de febrero de 1855, n. 12, p. 2.
  46. AHMF, Livro Caixa de Receita e Despesa da Câmara Municipal, 1857, folio 05. Diez años después, Berrier seguía en la misma función. Livro Caixa de Receita e Despesa da Câmara Municipal, 1867-1868.
  47. APESC, Ofícios do presidente de Província (1860-1874).
  48. Livro n. 153 de Registro de correspondência da Câmara Municipal a diversas autoridades; Relatório da Câmara Municipal; Registro da Receita e Despesa, 1858-1869, 198 hojas, caja 25, pp. 70-71.
  49. El total de impuestos recaudados por la municipalidad después de la construcción del mercado público aumentó en 275.74%. De ese total, 2:848$400 (dos contos, ochocientos cuarenta y ocho mil cuatrocientos réis) estaban compuestos por el rendimiento de la plaza del mercado. [Esta notación se refiere al padrón monetario mil-réis, vigente en Brasil hasta 1942. Un conto de réis (1:000$000) se refiere a mil mil-réis]. AHMF, Balanço da receita e despesa da Câmara Municipal da Cidade do Desterro do ano findo de 1º de julho de 1863 a junho de 1864, Folio 118, Livro 153, 1858-1869.
  50. En ese mismo período (entre julio de 1863 y junio de 1864) la Cámara recaudó 160.000 réis referentes a impuestos de pombeiro, 6.400 por cada uno, lo que significaba que había 25 personas ejerciendo esa función al día con los impuestos. Aunque el impuesto de mascate fuera más caro, el total pagado por los pombeiros era superior incluso al total del impuesto pagado por las pequeñas tabernas: 89$600 (ochenta y nueve mil seiscientos réis). AHMF, Balanço da receita e despesa da Câmara Municipal da Cidade do Desterro do ano findo de 1º de julho de 1863 a junho de 1864, Folio 118, Livro 153. Registro de correspondência da Câmara Municipal a diversas autoridades; Relatório da Câmara Municipal; Registro da Receita e despesa, 1858-1869.
  51. Popinigis, Fabiane, “Trabajo, libertad y esclavitud…”, op. cit.
  52. “Lançamento de Escrito de Liberdade da escrava Anna”, Libro 4 de notas del 2º Ofício do cartório de Desterro, 1831, folios. 118v y 199. Sbravati, Daniela, “Mulheres de (In)certa condição”, Revista Mundos do Trabalho, 1, 2, 2009, pp. 85-90.
  53. Slenes, Robert, “A ‘Great Arch’ Descending: Manumission Rates, Subaltern Social Mobility and Slave and Free(d) Black Identities in Southeastern Brazil, 1791–1888.” New Approaches to Resistance in Brazil and Mexico, Durham, Duke University Press, 2012. 
  54. AHMF, Livro auxiliar da receita e despesa da Câmara Municipal, 1883-1884, fólios 29 y 33.
  55. Pedro, Joana Maria, Mulheres honestas e mulheres faladas: uma questão de classe, Florianópolis, UFSC, 1998.
  56. Término utilizado por Sidney Chalhoub para describir las relaciones entre señores y esclavos en el siglo XIX. Chalhoub, Sidney, Machado de Assis: historiador, San Pablo, Companhia das Letras, 2003.
  57. “Ato de 15 de janeiro de 1874 approvando provisoriamente seis artigos de posturas propostas pela Câmara Municipal da capital”, en Barbosa de Souza, André Luis y otros, Edição semi diplomática, p. 174.
  58. No. 52. Circular para os Fiscais das Freguesias em Livro de registro n. 189 “137 BC”, Ano de 1869 – Registro Geral de Correspondências Diversas.
  59. A Regeneração, 22 de septiembre de 1870.
  60. El 9 de diciembre de 1870, Feliciano Marques fue electo para el Gremio Conservador. O Despertador, 9 de diciembre de 1870. El 30 de junio de 1871 fue demitido del cargo, O Despertador, 30 de junio de 1871.
  61. Dos Reis Sampaio, Gabriela, Juca Rosa: um pai-de-santo na corte imperial, Río de Janeiro, Arquivo Nacional, 2009.
  62. Mendonça, Joseli, Cenas da Abolição: escravos e senhores no Parlamento, San Pablo, Perseu Abramo, 2001.
  63. O Despertador, 3 de noviembre de 1869.
  64. Ibidem, 16 de agosto de 1870.
  65. Ibidem, 13 de septiembre de 1870.
  66. A Regeneração, 9 de junio de 1883.
  67. Ibidem, 8 de abril de 1884.
  68. Ibidem, 13 de octubre de 1882.
  69. Los pombeiros pagaban um impuesto de 6.400 réis. Artículo primero de la resolución de 3 de mayo de 1851, publicada en O Despertador de 12 de julio de 1864.
  70. O Despertador, 24 de febrero de 1871. A Regeneração, 25 de octubre de 1879. O Despertador, 31 de octubre de 1883.
  71. Eran 30 mil réis anuales, pagados en dos veces. En 1883-1884, el impuesto de pombeiro se pagó por 37 personas, proporcionando a la municipalidad la recaudación de más de un conto de réis. AHMF, Livro auxiliar da receita e despesa da Câmara Municipal, 1883-1884, fls. 35 y 39. Algunas mujeres hacían de eso una empresa, explotando el trabajo de otras, como Emília Soares, que en 1884 pagaba impuesto de quitanda para que nueve mujeres ejercieran aquella función. AHMF, Livro auxiliar da receita e despesa da Câmara Municipal, 1883-1884, fls. 33.
  72. Ata da sessão da Câmara Municipal de Desterro, 20 de abril de 1895.
  73. O Argos da província de Santa Catarina, 28 de abril de 1859.
  74. A Regeneração, 26 de febrero de 1880.
  75. AHMF, Registro dos impostos municipais, n. 289. “Tabuleiros para vender doces”, fls. 26-28.
  76. Mattos, Hebe, “Raça e cidadania no crepúsculo da modernidade escravista no Brasil”, en Grinberg, Keila y Salles, Ricardo (ed.), O Brasil Imperial Vol.III – 1870-1889, Río de Janeiro, Civilização Brasileira, 2009.
  77. Mesquita, Ricardo, Mercado. Do mané ao turista, Florianópolis, edición del autor, 2002.


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