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Protesta obrera, celebraciones públicas y política electoral en la Argentina

El caso de la gran huelga ferroviaria de 1917

Silvana Palermo

En Argentina, la ley electoral de 1912 que estableció la obligatoriedad del sufragio para los varones nativos o naturalizados, el voto secreto y la representación de la minoría en el parlamento suele considerarse un punto de inflexión en la historia del país, el hito inaugural de un sistema político competitivo. Esta idea, explícita o implícita en buena parte de las narrativas sobre la vida nacional, presupone una nítida distinción entre la política en tiempos de la denominada República Oligárquica (1880-1916) y la llamada República Democrática (1916-1930). En aquella primera etapa, el Partido Autonomista Nacional, una coalición integrada por notables y miembros de familias aristocráticas de diversas provincias del país, logró asegurarse el control del poder ejecutivo. Su hegemonía gubernamental, erosionada a partir del surgimiento de partidos políticos opositores –la Unión Cívica Radical (UCR) y el Partido Socialista (PS)– en la década de 1890, se vio finalmente puesta en cuestión al implementarse dicha ley electoral. El 2 de abril de 1916 se realizaron las primeras elecciones presidenciales bajo esta nueva normativa, resultando elegido H. Yrigoyen, candidato del radicalismo. Por quince años, la UCR se mantendría en el poder hasta que el golpe cívico-militar del 6 de septiembre de 1930 interrumpiera el segundo mandato de H. Yrigoyen.

Esta caracterización clásica de la vida política nacional ha sido sujeta a revisión en las últimas décadas. Por un lado, algunas investigaciones han insistido en el carácter dinámico de la política de fines del siglo XIX. Se argumenta que esto obedeció al activismo de las asociaciones, la fecundidad de la prensa, un diligente ejercicio de las libertades públicas e inclusive el peso de prácticas electorales, marcadas por un ajetreado calendario y una relativa incertidumbre en los resultados, que llegó a obligar a los partidos a contemplar estrategias para atraer a sus votantes. Por su parte, también los especialistas de la política de la República Democrática someten a reconsideración los alcances transformadores de la reforma electoral de 1912. En términos de prácticas electorales, modos de apelación a los electores, conceptualización de la representación y funcionamiento de los partidos algunos estudios destacan las continuidades existentes con el pasado más que poner de relieve las eventuales innovaciones que la vida política argentina experimentara al ingresar al siglo XX.[1]

Sea cual fuera la posición adoptada, lo cierto es que el significado e impacto de la ley electoral de 1912 ha dejado de presuponerse. Abandonadas las certezas, los interrogantes se multiplican. Como lo ilustra el capítulo de C. Batalha sobre la política en el Brasil de fines del Imperio y comienzos de la República en esta misma compilación, también la literatura sobre la Argentina moderna se encuentra abocada a reconsiderar en qué medida las normativas electorales afectan no sólo el control del poder gubernamental y las prácticas partidarias sino también el vínculo de la sociedad –en particular de los trabajadores– con la política formal. Es decir, se vuelve necesario ponderar las implicancias que el reconocimiento de la ciudadanía política tuvo para los trabajadores varones y las familias proletarias. Emergen, en consecuencia los siguientes interrogantes: ¿en qué medida la aprobación de la ley Sáenz Peña, con su consiguiente reconocimiento al voto universal masculino como obligación y derecho y su estímulo a la competencia electoral, modificó la vida de las familias obreras? O dicho en otros términos: ¿cómo se entrecruzaron la experiencia social de los hombres y mujeres trabajadoras con la naciente política de masas?

Al responder estas cuestiones, la historiografía sobre el caso argentino reafirma la existencia de un divorcio entre los trabajadores y la política electoral, un rasgo en teoría característico de una sociedad de inmigración. Importantes estudios sostienen que la presencia de una alta proporción de varones extranjeros –inmigrantes europeos– en la población Argentina de principios de siglo XX produjo una sociedad de espaldas a la política formal, en tanto un segmento significativo de habitantes no participaba en el proceso electoral. Suele afirmarse, además, que esta marginación de los inmigrantes del sistema electoral resultó difícil de revertir. Para ellos, el voto no representaba un instrumento de presión efectiva y la adquisición de la ciudadanía argentina los exponía a desvincularse de la red diplomática y étnica, juzgada más útil y eficaz a la hora de garantizar beneficios y protecciones.[2] Por otra parte, el supuestamente fuerte apoliticismo de los trabajadores, producto de la arraigada credibilidad del anarquismo y el sindicalismo en el movimiento obrero de principios de siglo XX, pareció contribuir a su distanciamiento de la política institucional. Para buena parte de literatura histórica, la implementación de la ley Sáenz Peña no alcanzó a transformar sustantivamente este panorama. Como evidencia se señala el magro incremento de votantes alcanzado en las elecciones nacionales.[3]

En tal sentido, la comparación entre el caso argentino y el brasileño resulta reveladora de lo arraigado de ciertos presupuestos historiográficos respecto a la relación entre trabajadores y política formal. Si la limitada participación de los trabajadores en la política del Brasil se atribuye a los requisitos restrictivos de la normativa electoral, debido a sus exigencias en materia de ingresos y educación, en el caso de la Argentina se insiste en que la sociedad permaneció indiferente a las contiendas electorales, pese al carácter inclusivo de la ley electoral. En suma, ya fuese a causa de la imposición de una legislación restrictiva o bien resultado de una sociedad desinteresada en el ejercicio de sus derechos cívicos, la imagen que emerge sobre la relación entre los trabajadores y la política formal es coincidente: estos no se involucraron ni se vieron afectados por la vida electoral de estos países entre fines del siglo XIX y principios del siglo XX.

Como señalara Juan Suriano, esta conceptualización arraigó pues estuvo “ausente de la historiografía el esfuerzo por estudiar el significado de la ciudadanía para los trabajadores de la etapa agro-exportadora”.[4] En los últimos años, sin embargo, esta problemática ha sido reexaminada a partir de diferentes estrategias de pesquisa. Por ejemplo, Aníbal Viguera ha analizado las opciones electorales de los trabajadores en las primeras décadas de implementación de la ley Sáenz Peña con el propósito de dar cuenta de sus lealtades partidarias. En su reciente libro, Joel Horowitz ha documentado la existencia de estrechos vínculos entre el movimiento obrero organizado y la UCR y ha procurado comprender la credibilidad de la prédica de este partido entre los trabajadores. También Matthew Karush ha explorado el modo en que ciertos dirigentes radicales, en particular Ricardo Caballero, integraron en su retórica demandas de clase y formas propias de la cultura popular a fin de interpelar con éxito al público trabajador. Para esto se concentró en la relación entre trabajadores y Radicalismo en episodios específicos del ciclo huelguístico acaecido durante la primera presidencia de H. Yrigoyen, considerando, en particular, la gran huelga ferroviaria de 1917.[5]

Tomando este mismo caso de estudio, este capítulo indaga las celebraciones realizadas en el marco de esta extraordinaria protesta laboral con el objeto de demostrar que estas pudieron convertirse, en ocasiones, en un espacio de interacción entre trabajadores y política electoral. El análisis se detendrá en los participantes, motivos, formas y geografía de los festejos. En la primera y segunda sección, se examina la diversidad de celebraciones organizadas en el curso de la huelga. El tercer apartado procura documentar cómo algunas de ellas devinieron ámbitos propicios para el intercambio entre trabajadores y dirigentes políticos, puntos de encuentro entre los trabajadores y la política electoral.

Cabe recordar, antes de avanzar en el análisis, algunas de las características distintivas de esta protesta laboral. Se trata, en primer lugar, de la primera huelga general ferroviaria en la historia del país, en la que todos los trabajadores ferroviarios, sin distinción de oficios, se sumaron al conflicto. El 24 de septiembre de 1917, los tres gremios ferroviarios –La Fraternidad (LF, asociación de maquinistas y foguistas), la Federación Obrera Ferrocarrilera (FOF, sindicato del personal de talleres, tráfico y vía y obras) y la Asociación Argentina de Telegrafistas y Empleados Postales– declararon formalmente la huelga general. Más de dos tercios del personal empleado en los ferrocarriles –aproximadamente 70.000 trabajadores– se sumaron a la medida.[6] En segundo lugar, merece destacarse que la protesta se prolongó por un tiempo nada desdeñable. A pocos días de iniciado el invierno de 1917, la prensa nacional informaba sobre el creciente malestar laboral en algunas de las principales compañías ferroviarias; al llegar la primavera el conflicto se generalizó y alcanzó la primera plana de los diarios. Durante casi tres semanas consecutivas, a la par que la intransigencia de las compañías y la firmeza de los trabajadores condenaba al fracaso los intentos de conciliación, el servicio ferroviario quedó virtualmente paralizado en todo el país.

En tal sentido, esta huelga representó un difícil desafío político para el presidente H. Yrigoyen, cuyo partido, la UCR, había llegado al poder hacía apenas un año, tras imponerse en las primeras elecciones nacionales realizadas bajo la ley Sáenz Peña. El gobierno se enfrentó al dilema de mediar en un conflicto de intereses que involucraba, por un lado, a empresas poderosas, en su mayoría extranjeras y, por otro, a sectores sociales cuya adhesión, por razones electorales y económicas, no podía desestimar: los trabajadores y los productores agropecuarios.[7] Frente al reiterado fracaso de las negociaciones, el gobierno radical decidió intervenir de manera directa. El 11 de octubre de 1917 estableció un incremento salarial del diez por ciento en todos los salarios menores a $300, que sería financiado con un aumento de tarifas concedido a las empresas. A la par sancionó a través de varios decretos –del 11 y 13 de octubre– el primer reglamento de trabajo ferroviario. Fijó así una regulación uniforme de las condiciones de trabajo para todos los ferrocarriles públicos y privados del país, cuya supervisión correspondía al Ministerio de Obras Públicas. De esta manera, el gobierno radical reglamentó las relaciones laborales en los ferrocarriles, fortaleciendo el poder regulador del estado en los conflictos entre capital y trabajo.[8] Como contrapartida, el gobierno les exigió a las empresas que normalizaran de inmediato el servicio y a los trabajadores que retomaran sus labores. La intervención gubernamental no contentó a todos por igual, pero logró que los ferrocarriles regularizaran su funcionamiento hacia fines de octubre.

Tanto los estudios sobre los gremios ferroviarios como los dedicados al accionar del gobierno de la UCR ante este conflicto coinciden en sostener que la llegada de Yrigoyen a la presidencia representó, a los ojos de los dirigentes sindicales, una coyuntura propicia para presionar en favor de sus demandas. Sin desestimar la relevancia de la transformación política provocada por la implementación de la reforma electoral en términos de oportunidad para las organizaciones gremiales, aquí interesa ponderar sus implicancias en lo que respecta a las formas de la acción colectiva de estas comunidades obreras, como una temática de investigación sugerente para aproximarnos a la más vasta cuestión del significado de la ciudadanía para los trabajadores en la Argentina moderna.

Huelgas, picnics y fiestas campestres

El movimiento huelguístico ferroviario contó con numerosas oportunidades para el esparcimiento pese a tener que atravesar momentos trágicos, fruto de la represión estatal y las violencias acaecidas en tan prolongado y tenso conflicto. Con frecuencia, un picnic, asado o almuerzo campestre fueron las ocasiones elegidas por los ferroviarios para celebrar la decisión de llevar adelante un paro general. Aprovechando la suspensión de las actividades y el clima primaveral en que se sucedieron los días de huelga, los ferroviarios se reunían a disfrutar del día al aire libre. Se trataba de eventos distendidos, generalmente retratados en fotografías que solían publicarse en revistas de actualidad como Caras y Caretas (CyC) y Mundo Argentino (MA).

Estos magazines dedicaron varias páginas a cubrir el movimiento huelguístico, apelando a fotografías que, en términos generales, documentaban la falta de servicio, los descarrilamientos, destrozos o incendios producidos por los sabotajes, los heridos que resultaban de enfrentamientos e inclusive las manifestaciones públicas de duelo por la muerte de las víctimas producto de dichas confrontaciones. Entre estas imágenes también se contaban algunas dedicadas a los festejos, las cuales podían incluirse también en las secciones dedicadas a los acontecimientos sociales de ciudades y poblados de diferentes partes del país. Por ejemplo, CyC publicó una panorámica del picnic del personal huelguista del Central Argentino en San Martín. La pose de los trabajadores delataba un clima relajado y festivo, exhibiendo sus canastas con los alimentos y botellas de bebidas. En otros números, tanto esta revista como MA dieron lugar a fotografías de almuerzos campestres, algunos de ellos al inicio de la huelga y varios otros realizados al culminar el conflicto.[9]

Por cierto, este tipo de festejos no constituía una novedad de la gran huelga de 1917, un rasgo sin precedentes exclusivamente atribuible a este conflicto. Otros paros ferroviarios previos contaron con eventos de similares características. En su cobertura del paro de maquinistas y foguistas de enero de 1912, CyC tituló “Los picnics de los ferroviarios” a una nota de casi dos páginas dedicada a una reunión de maquinistas en una quinta de Floresta.[10] El acto de festejar la huelga, sobre todo su inicio, se transformó en un rasgo constitutivo de las protestas de principios de siglo XX en la Argentina. En el caso de estos dos paros ferroviarios de 1912 y 1917, al hecho de no tener que asistir al trabajo se sumaba un clima estival que, sin duda, favorecía la realización de actividades al aire libre.

A primera vista estos festejos no se diferenciaban demasiado de aquellos organizados por asociaciones civiles, cuyas fotografías también publicaban con asiduidad esos mismos magazines. Muchas eran las agrupaciones de diversos puntos del país que elegían organizar celebraciones en contacto con la naturaleza. Bien mirados, sin embargo, los festejos ferroviarios se distinguían por el perfil de sus asistentes. Mientras que los eventos de las organizaciones civiles constituían verdaderas atracciones familiares, en las que participaban mujeres y niños, los eventos ferroviarios contaban por lo general y mayormente con la presencia de hombres. Hasta cierto punto, estos picnics ferroviarios revelaban un estilo de sociabilidad propio de un mundo laboral masculino. En efecto, las celebraciones al aire libre formaban parte de las prácticas de sociabilidad promovidas por las propias gerencias de las compañías ferroviarias. Al revisar las páginas de una importante revista empresarial publicada a comienzos de siglo XX se observa que el personal jerárquico fomentaba este tipo de festejos con el objeto de fortalecer los vínculos y la afinidad entre las autoridades, los empleados y los trabajadores de distintas calificaciones.[11] Tanto porque, en muchas ocasiones, el trabajo ferroviario se realizaba al descampado como porque la prosperidad de estas grandes empresas les permitía contar con instalaciones recreativas, el hecho era que muchas de las celebraciones empresarias se hacían al aire libre. Almuerzos campestres o asados se organizaban con motivos diversos: despedir a quienes se jubilaban, celebrar promociones o augurar la mejor de las suertes a aquellos compañeros que eran trasladados a otras secciones. Estos eventos tenían lugar en un clima de distensión y algarabía, al que contribuía la presencia de bandas musicales.

No obstante, las similitudes entre las celebraciones patrocinadas por las empresas y los picnics ferroviarios en tiempos de huelga no pueden exagerarse. En las primeras, el tono festivo no eximía de las imposiciones de etiqueta y deferencia propias de las jerarquías existentes en el mundo del trabajo. Allí eran los ingenieros o gerentes –no los trabajadores– quienes ocupaban el centro de la escena y se responsabilizaban por las palabras alusivas. Precisamente lo contrario ocurría en los encuentros organizados en el curso de la huelga. Al respecto, resultan reveladoras las fotografías sobre una celebración en la cual no sólo un maquinista sino inclusive un foguista ensayaron sus discursos. Seguramente, sus alocuciones discurrían sobre las causas del conflicto y el valor de la solidaridad de los trabajadores. Los huelguistas, sin dejar de disfrutar de un clima relajado, no desatendían la reflexión sobre la relevancia y significado de la acción colectiva. Comer, beber, distenderse era una parte importante del festejo. Pero también había tiempo para dar y escuchar discursos o sacarse fotos exhibiendo pancartas alusivas, en especial denunciando por su nombre a aquellos que no adherían al paro de actividades. En suma, estos festejos contribuían a la creación de una concepción de “familia ferroviaria” sustancialmente distinta a la auspiciada por las empresas. Estas celebraciones fortalecían vínculos horizontales en un universo de trabajadores que, más allá de sus diferencias de edad, nacionalidad o calificación, buscaba hermanarse, a partir de prácticas de sociabilidad concretas, en su protesta contra las empresas.

Estas eran fiestas en que la celebración de la solidaridad obrera era indisociable de la celebración del sindicato, en especial del protagonismo de las seccionales locales. No por casualidad dichas seccionales constituían la sede de reunión y buscaban ser retratadas en las fotografías. Y, precisamente, el motivo de festejo radicaba en haber llegado a la decisión consensuada de adherir al paro. La visibilidad de algunas seccionales en estos festejos documenta gráficamente su importancia en la organización gremial y el peso de sus decisiones a la hora de motorizar el conflicto. Dicho de otra manera, estas celebraciones revelan la singularidad de estas organizaciones sindicales, en las cuales el protagonismo de los trabajadores era aún relevante, de organizaciones poco burocratizadas y de una huelga que podría definirse casi como una huelga generalizada más que general. El entusiasmo de los festejos documenta también un momento particular de la huelga –sus inicios–, tiempos de optimismo para los trabajadores, que hacían posible un ánimo festivo cuando todavía reinaba la confianza en la unidad del movimiento y la convicción de una victoria.[12] Por último, testimonian la existencia de una sociabilidad masculina, que caracteriza el mundo sindical de esos trabajadores varones. Estas no eran, en efecto, fiestas familiares. Más bien estaban acotadas y restringidas al universo de varones que integraba el mundo laboral y sindical ferroviario.

Pocas dudas caben que una huelga general representa una experiencia extraordinaria, inusual. No obstante, esta logra a la vez transparentar la sociabilidad cotidiana de la población trabajadora a comienzos de siglo XX. Así como la organización de la protesta, las formas de acción política y las redes de solidaridad descansaron sobre los vínculos comunitarios construidos a diario, estas fiestas tradujeron también hábitos y costumbres que revelaban los rasgos específicos de la vida sindical de entonces así como los usos del tiempo libre, el ocio y los modos de esparcimiento de estos trabajadores varones. La gran huelga ferroviaria ofreció tiempo para la diversión y trajo a la luz los “modos de vivir” de esos trabajadores, sus deseos de regocijo y recreación, una dimensión que no puede ser desestimada.[13]

Celebrar la culminación de la huelga: festejos proletarios, festejos comunitarios

Al concluir los conflictos parciales del invierno de 1917 así como al finalizar las tres semanas de paro ferroviario nacional, múltiples festejos tuvieron lugar en casi todas las localidades o pueblos ferroviarios del país. Estos festejos se caracterizaron por su diversidad. Muchos de ellos fueron modestos y otros sobresalieron por su envergadura. Los organizaron las comunidades obreras y las agrupaciones gremiales, aunque también se contaron entre sus protagonistas los partidos políticos, funcionarios gubernamentales y miembros de la sociedad civil.

Indudablemente, estas fiestas les pertenecieron a los trabajadores o mejor dicho a las familias obreras. Mientras los varones ferroviarios celebraron en el seno de sus locales sindicales la decisión de ir a la huelga, la presencia de las familias fue notoria en los festejos realizados al finalizar la gran huelga. Por ejemplo, tras levantarse el paro parcial en los talleres ferroviarios de Tafí Viejo, pertenecientes al Ferrocarril del Estado y cercanos a la ciudad de San Miguel de Tucumán, un grupo de huelguistas partió caminando desde esa ciudad hasta Tafí Viejo, donde los esperaban en el camino los trabajadores del taller acompañados de sus mujeres y niños. El diario socialista La Vanguardia calificó este acontecimiento como un “espectáculo interesante y sentimental”. También informó que una vez que todos se encontraron, partieron juntos a congregarse en un mitin en la Plaza Alberdi, en el cual varios dirigentes hicieron uso de la palabra. De allí una “generosa columna” se dirigió a la jefatura de policía para pedir la libertad de los detenidos a fin de que pudieran retornar al trabajo.[14] De la misma manera, con motivo del levantamiento del paro general en el Central Argentino, a las seis de la mañana, una manifestación de mujeres recorrió varias cuadras de la ciudad de Rosario hasta llegar al cruce donde los obreros del taller Pérez tomaban el tren para poder despedirlos. Luego, se dirigieron a las puertas del taller de Rosario para saludar allí a quienes recomenzaban el trabajo.[15]

A la luz de la relevancia que la participación comunitaria adquirió para hacer efectiva las tres semanas de paro general, esta presencia familiar en los festejos no debería sorprendernos. De hecho, las mujeres fueron explícitamente reconocidas por su sostenido compromiso con el movimiento huelguístico. En una asamblea de la sección Victoria, una estación cercana a Tigre del Ferrocarril Central Argentino, el fin de la protesta de agosto se aclamó dando “vivas a Polizzi y Fernández [dos trabajadores injustamente despedidos], a La Fraternidad y a la Federación Obrera Ferrocarrilera, a las mujeres de Rosario, y a todos los compañeros de la sección Victoria”.[16] A propósito del triunfo obrero en la protesta de los principales talleres de los Ferrocarriles del Estado, el periódico de La Fraternidad resaltó la hombría de los trabajadores: “La huelga fue sostenida virilmente”. Aunque también señaló que

Los obreros de Tafí Viejo, sus mismas compañeras, sus hijos, el comercio, y todos los que sufrían las consecuencias de la arbitrariedad de ese jefecito enredador han logrado quitarse ese peso de encima. La unión ha vencido en esta emergencia, por sus cabales.[17]

En estos festejos, los ferroviarios y sus familias no estaban solos. Por lo general y, especialmente en los pueblos chicos, buena parte de la población participaba de las celebraciones. Según se informó, en Mercedes, provincia de Buenos Aires, al enterarse de la culminación del conflicto, “los obreros lanzaron bombas” y lo mismo hizo el vecindario de Pilar, también ubicado en dicha provincia, para recibir la llegada de los primeros trenes de pasajeros y carga, tras varias semanas sin comunicaciones.[18] En 25 de mayo, otro pueblo rural de la provincia de Buenos Aires servido por el FFCC Sud, la noticia fue celebrada, según se destacó, por casi todo el vecindario, en especial porque no había habido episodios de violencia y no llegaron a faltar productos básicos para la población a lo largo del conflicto. Por su parte, los trabajadores realizaron una “manifestación pública” encabezada con una “banda de música” que recorrió las principales calles de la ciudad.[19] De igual manera, en La Banda, Santiago del Estero, la terminación de la huelga se festejó con una demostración pública coronada por un mitin. Durante su recorrido también los manifestantes gozaron del acompañamiento de una banda de música. Para expresar su apoyo, el comercio cerró sus puertas. En el marco de estas expresiones de fraternidad y solidaridad, con su cooperación y de buena parte del pueblo se organizó una comida para más de doscientos pobres.[20] Al parecer, empezar o concluir los festejos con un almuerzo no fue excepcional. En Rufino, Santa Fe, los huelguistas organizaron una demostración a la que adhirió el comercio. La columna desfiló un largo recorrido, encabezada por “numerosos niños” hasta llegar a la plaza central. Allí se pronunciaron discursos que merecieron encendidos aplausos, tras lo cual se sirvió una “comida campestre” en el local de La Fraternidad.[21]

Estas celebraciones eran exhibiciones de la fortaleza y unidad de los trabajadores. Y de hecho, las familias obreras celebraron el fin de la huelga, coincidieran o no con las medidas tomadas por el Poder Ejecutivo. Que todos estuvieran bien dispuestos a celebrar lo prueba la actitud del anarquismo. Una carta publicada en el periódico La Protesta contribuye a iluminar la posición de los libertarios frente a los festejos del fin de la huelga. La misiva del ferroviario Ángel Núñez fue publicada en La Protesta el 27 de octubre de 1917 y se refirió a las celebraciones que habían tenido lugar en Trenque Lauquen entre el 18 y 19 de octubre al anunciarse el fin del conflicto.[22]

Hasta cierto punto, los festejos anarquistas desorientan al investigador pues el anarquismo estimó que la huelga había sido derrotada. En efecto, si bien los libertarios habían acompañado todo el desarrollo del conflicto y elogiado las múltiples acciones de resistencia de las comunidades ferroviarias durante los 24 días de paro, el hecho de que los dirigentes sindicales terminaran aceptando la mediación y decreto del gobierno radical frustró sus expectativas. Al respecto, A. Núñez reafirma esta interpretación, explicando al inicio de su carta:

Al tener noticias de la terminación de la huelga, con un triunfo que se dijo de acuerdo a las aspiraciones, un clamor de júbilo llenó el local social, vivando a la huelga, a la Federación y a la Fraternidad y acto seguido acordóse festejar el triunfo creído, y de acuerdo con ello, sin pensar nadie en un ardit (sic) que tramabo (sic) en la sombra de bajos egoísmos o conveniencias individuales, vendiera a los obreros en tan hermoso movimiento que ha de perdurar en el recuerdo de las clases productoras.

¿Si la huelga había sido traicionada, qué motivos esgrimían los anarquistas para celebrar? ¿Por qué este hombre participaba y elogiaba unos festejos realizados bajo una creencia errada? Una respuesta posible a estos interrogantes puede elaborarse a partir de las reflexiones de J. Von Geldern en la introducción de su libro sobre los festivales bolcheviques.[23] Según este autor, el carácter festivo de una celebración no radica en su política o en su causa, sino en el hecho de que ésta se aparte y distinga de la existencia cotidiana. Las fiestas pueden ser celebradas por creyentes o ateos, conservadores o revolucionarios, ricos o pobres, pero ellos deben, por sobre todo, sentirse diferentes. Como se observa, fue esta sensación de participar de una vivencia extraordinaria lo que motivó a A. Núñez a compartir la celebración en el local social y la manifestación callejera del día siguiente. Así lo sugiere su descripción de la reunión que tuvo lugar desde las 4 de la tarde –cuando se recibieron las noticias de la terminación de la huelga– hasta las doce de la noche. En palabras de Núñez,

Hallábanse todas las familias de los ferroviarios reunidas en un solo haz, en el casto y estrecho abrazo inspirado en el transcurso de la lucha que encarna en todos una sola aspiración en el único anhelo de emancipación. Diríase que aquellas mil personas eran una sola familia, nacidas todas de una misma madre y criados bajo un mismo lecho (sic). […] todos nos conocíamos, no obstante a algunos no haberlos visto nunca.

Núñez reiteró esta imagen solidaria y fraternal para referirse al carácter de la manifestación realizada al día siguiente, una demostración que protagonizaron las familias ferroviarias pero que contó con una “infinidad de simpatizantes” del pueblo. Seguramente, en el propio seno de la comunidad ferroviaria así como entre esta y el resto de los habitantes de Trenque Lauquen se vivían a diario tensiones, disensos y conflictos. Sin embargo, la fiesta parecía acortar distancias despertando un sentimiento de hermandad, de familiaridad, sin duda, extraordinario.

El hecho de que las familias obreras tomaran control de la palabra y del espacio en el pueblo –aunque fuera tan sólo por un par de días– constituyó otra de las vivencias excepcionales que posibilitó la celebración. Los festejos en el local social fueron ruidosos a punto tal que según relató Núñez: “mandaba decir el comisario que no gritaran tantos vivas. Pero esa orden se quedó sofocada por un grito unánime: –¡Viva la Huelga!– y todo siguió como hasta entonces”. De la misma manera, en su carta aclaró que, al día siguiente, se llevó a cabo una manifestación pública, pese a los intentos por impedirla. Las columnas de familias trabajadoras recorrieron buena parte del pueblo, partiendo del local social con una banda de música al frente de la columna, desfilando por el boulevard principal en dirección a la plaza central. Allí se alzó “la tribuna del pueblo”, un escenario desde el cual “todo el que quiso hacerlo” dirigió la palabra a la multitud, entre quienes se encontraron varios “compañeros, compañeras y niñas”. Ni las órdenes de las autoridades, ni las voces de líderes políticos o aun dirigentes gremiales parecían tener cabida en esta fiesta libertaria. Más bien eran las familias obreras las autoras de las consignas, discursos y cánticos. El retorno al local social estuvo plagado de vítores a “la revolución social y a la anarquía” y también se entonó el “himno a los trabajadores”. De igual manera, la geografía de los festejos revelaba tonos plebeyos. Los puntos de referencia comprendieron la sede de los locales sindicales, la plaza principal y la casa del corresponsal de La Protesta, donde la manifestación se detuvo para lanzar una “verdadera lluvia de flores”. Así, estos festejos daban centralidad a las voces y espacios familiares de las comunidades obreras de manera inusitada.

Por último, en los festejos –como también había ocurrido durante la huelga– las mujeres adquirieron un evidente protagonismo, que resultaba doblemente paradójico tanto porque de acuerdo a la ideología de género dominante la función de la mujer se restringía al espacio doméstico, como por el hecho de que se trataba de una huelga en una actividad en donde se empleaban primordialmente hombres.[24] No obstante, la visibilidad de las mujeres fue notoria. Las “compañeras” encabezaron el desfile y a lo largo del recorrido niñas y mujeres del pueblo distribuyeron flores a los manifestantes. Como se anticipó, también muchas de ellas dirigieron la palabra en el palco de la plaza central. Si tanto la ley como la costumbre restringían la participación de las mujeres en el ámbito público, lo cierto es que estas celebraciones obreras posibilitaban el protagonismo femenino.

En cierta medida, esta celebración en Trenque Lauquen revela un festejo pueblerino, modesto y acotado. Sin embargo, al menos para A. Núñez y quizás para muchos otros participantes del evento, se trató de una vivencia extraordinaria. Así, lo manifestó este ferroviario al resumir una de estas jornadas, diciendo:

La sociedad futura podemos decir que la hemos vivido en aquellos momentos en que todo fue concordia. […] A quien quiso cantar cantó; bailó quien tuvo voluntad y todos juntos gozamos los caracteres con un mismo deseo de amor y libertad.

Para los anarquistas, las celebraciones del fin de la huelga cumplían una función central. Como lo ilustra este testimonio, es precisamente en el marco de la experiencia de los festejos cuando la utopía libertaria parecía adquirir visos de realidad. Para A. Núñez, la experiencia de la fiesta valía la pena y resultaba trascendental, aun cuando creyera que no existía motivo real de celebración, dado que los anarquistas consideraban que la huelga había sido derrotada. La fiesta adquiría visos de resistencia y contestación, proveía un ámbito para la construcción de una cultura autónoma y alternativa, basada en una práctica concreta y en una forma de sociabilidad idealizada.

Como se ha visto, muchos de estos festejos incluían un desfile, una manifestación que exhibiera la fuerza de la unidad proletaria que había sostenido la protesta. En las grandes ciudades, la mayoría capitales de provincia como San Miguel de Tucumán por ejemplo, se organizaron grandes asambleas en la sede de LF y de la FOF y, tras solicitar permiso a las autoridades policiales, se manifestaba por las calles de la ciudad.[25] Tamañas celebraciones podían parecer amenazantes. En Rosario, por ejemplo, la multiplicidad de festejos y la presencia de las manifestaciones obreras fue tal, que el jefe de policía ordenó a todas las comisarías de la ciudad que denegaran el permiso a los trabajadores para la realización de asambleas públicas si no se hacía el pedido con las debidas 48 horas de antelación.[26] Por lo general, en varias localidades, también se realizaron pequeñas celebración antes de reanudar el trabajo. En Tolosa, una localidad de la provincia de Buenos Aires cercana a La Plata, una manifestación de casi ochocientos hombres recorrió las principales calles y se reunió para escuchar a los delegados gremiales antes reiniciar las actividades.[27]

Pese al tono de algarabía e inclusive distensión, las celebraciones por la culminación de la huelga no estaban exentas de tensiones. En ocasiones, el clima festivo fue de la mano de expresiones de antagonismo, en particular contra las empresas. En Cruz del Eje, Córdoba, los huelguistas festejaron circulando en autos durante todo un día y, según se describió, “con el pretexto de celebrar el triunfo de la huelga dirigieron insultos al personal del ferrocarril”.[28] Aun cuando la presencia de tropas había generado fuertes tensiones y los huelguistas reclamaron sistemáticamente su retiro de los lugares de trabajo para reanudar sus tareas, en algunos casos, los festejos dieron lugar a muestras de reconocimiento a la actitud cauta de las fuerzas de seguridad. En Temperley, Buenos Aires, alrededor de doscientos obreros manifestaron por las calles vitoreando a la Federación y “quemando bombas de estruendo”. Se informó que “al pasar frente a la estación saludaron y vitorearon al teniente Alberdi, jefe de las fuerzas destacadas en este pueblo, por su correcto proceder en el desempeño de su misión”.[29]

Festejos proletarios, festejos comunitarios, distendidos y a la vez amenazantes, estas celebraciones permitían construir espacios de sociabilidad propios, relativamente autónomos de las autoridades empresarias y políticas. Sin embargo, como demuestras las páginas que siguen, otros festejos brindaron la ocasión para que los trabajadores establecieran vínculos concretos con la política partidaria.

Fiestas de fin de huelga: ¿festejos proletarios, festejos partidarios?

Los eventos para celebrar el fin de las protestas ferroviarias tuvieron lugar a poco más de un año de efectuarse la primera contienda electoral presidencial realizada bajo la ley Sáenz Peña a principios de abril de 1916 y a menos de un año de haber asumido como presidente H. Yrigoyen. En esa campaña, tanto la UCR como el PS habían emprendido significativos esfuerzos de propaganda para hacer escuchar su prédica en todo el país.[30] En cierto sentido era lógico que a dirigentes políticos que comenzaban a entrenarse en las lides de las luchas electorales, los festejos proletarios no les pasaran inadvertidos. En efecto, como se verá, en algunas de esas celebraciones los representantes de distintos partidos políticos adquirieron un protagonismo indiscutido y difundieron sin ambages su credo entre trabajadores, a quienes la ley electoral aprobada en 1912 había transformado en ciudadanos de pleno derecho.

En primer lugar, destaquemos la acción del partido de gobierno, la UCR. Este aprovechó los festejos para asociar la resolución de la huelga a lo que publicitaba como la acción eficaz y ecuánime del presidente, o tomando las palabras del diario La Época al “patriotismo y carácter del Ejecutivo Nacional”.[31] Como se mencionara inicialmente, al estancarse las negociaciones entre los sindicatos y las empresas, el Presidente optó por decretar un reglamento de trabajo y ordenar un aumento salarial a la par que estableció un aumento de tarifas ferroviarias. Sus medidas no gozaron de un consenso extendido. En consecuencia, los representantes del oficialismo debieron predicar con empeño las bondades de la decisión presidencial. Para cumplir con ese propósito, los festejos del fin del conflicto les proveyeron una oportunidad excelente. Así lo ilustra, por ejemplo, el mitin de alrededor de cinco mil trabajadores –en su mayoría ferroviarios pero también de otros gremios– realizado en la ciudad de Córdoba el 19 de octubre. También hubo un desfile que se desplegó, en absoluto orden y en el cual los manifestantes entonaron el himno de los trabajadores y la Marsellesa. A la vez, según el diario de orientación oficialista La Época, en el acto también se escucharon aclamaciones al Presidente de la república, el gobernador de la Provincia y sus ministros. Inclusive, se destacó que cuando el desfile alcanzó la sede gubernamental, el gobernador aprovechó para dirigir, desde el balcón de la casa gubernativa, su palabra a los trabajadores. En su discurso recalcó que “veía complacido el triunfo de la justicia que tanto favorecía a los obreros como a los patrones, ya que no había vencedores ni vencidos, porque el timón del país estaba empuñado por mano firme”.[32] Otros diarios disputaron este racconto. El diario La Prensa indicó que habían asistido sólo 3500 trabajadores, un número bastante menor que el brindado por La Época. De todos modos, no difirió en la narrativa general del evento, ni impugnó la adhesión expresada públicamente de un segmento de trabajadores al oficialismo. En suma, una fiesta de fin de huelga podía convertirse en una suerte de acto oficial, donde las autoridades tomaban la palabra para reiterarle al público lo que estimaban era la eficacia de la acción presidencial orientada a fortalecer la armonía social.

El partido de gobierno no se hizo presente sólo a través de sus funcionarios o miembros del gobierno nacional o provincial. Cabe mencionar que también las autoridades partidarias se mostraron atentas al devenir del conflicto. De hecho, el Comité de la UCR de la capital federal aprobó, en una reunión extraordinaria, una resolución estableciendo una comisión especial para interponer sus buenos oficios. Esta debía trabajar conjuntamente con el Comité Nacional y el grupo parlamentario radical en la prosecución de una solución.[33] De igual manera, al finalizar la gran huelga, la militancia y simpatizantes del Partido Radical tomaron cartas en el asunto, con el propósito de publicitar el buen nombre y la capacidad de resolución del Presidente. En Nueve de Julio, provincia de Buenos Aires, la finalización del paro general se celebró con una manifestación popular en homenaje al triunfo de los huelguistas. En adhesión, el comercio local cerró sus puertas. El diario LP destacó la masividad del acto y las expresiones públicas de apoyo al oficialismo, afirmando: “concurrieron gran número de familias y se vitoreó al Presidente de la República”.[34] En Luján, de acuerdo a LE, un comerciante anunció la culminación del conflicto con un toque de sirena de su negocio, tras el cual se congregaron más de cien personas en las calles para vitorear al Presidente.[35] En Tandil, provincia de Buenos Aires, los huelguistas realizaron una manifestación que reunió alrededor de quinientas personas. Iniciaron el desfile a las nueve de la noche y marcharon, portando antorchas, encolumnados tras una banda de música. Al recorrer el trayecto de la estación ferroviaria al centro de la ciudad, se detuvieron en las esquinas a prender bombas de estruendo. Finalmente, en una de las esquinas más importante, se detuvieron a escuchar a varios oradores. Una vez más, LP informó que en su recorrido los manifestantes “vivaron al presidente de la República”.[36] En otra localidad de la provincia de Buenos Aires, Nueve de Julio, el viernes 19 de octubre los ferroviarios celebraron el fin del conflicto con un almuerzo y luego recorrieron las calles “con una bandera argentina y un retrato del doctor Além, dando vivas al Presidente de la República, al Ministro de Obras Públicas y a la policía”.[37]

La presencia de la UCR en estas celebraciones fue incontrastable, aun reconociendo que la prensa oficialista se esmerara en exagerarla. Prueba de ello fue la preocupación que el PS –su principal contrincante electoral– demostrara ante el creciente papel del oficialismo en las celebraciones obreras. El PS asumía esos ámbitos como propios, en tanto se reclamaba como verdadero representante de intereses de los trabajadores y, en consecuencia, no permaneció ajeno a los festejos de los ferroviarios. Y, por supuesto, no pudo disimular su perturbación ante la evidencia de adhesiones al partido gobernante. Por eso, ante algunas de estas celebraciones, el socialismo expresó sentimientos encontrados, palabras de reprobación y esperanza a la vez. Así lo documentan las advertencias del diario LV a propósito del festejo organizado en San Miguel de Tucumán una vez concluido el conflicto laboral en el Ferrocarril Central Argentino. LV informó que en la noche una “manifestación numerosa de ferroviarios” había recorrido las principales calles de la ciudad “festejando la victoria obrera”. No obstante, con desilusión recalcó que ese triunfo “no puede afirmarse que haya influido aquí como una conquista completa de la conciencia obrera”. Basaba esta conclusión pesimista en el hecho de que algunos trabajadores habían homenajeado al diputado Radical de Tafí Viejo, a quien LV acusó por “sus ataques a los intereses obreros” durante el conflicto. Con un tono peyorativo que no ocultaba su desazón, indicó además que la manifestación había desfilado frente a los balcones del edificio del diario La Época, desde el cual varios líderes radicales, “ubicados –según LV– en el presupuesto”, aprovecharon para dirigir la palabra a los trabajadores.[38]

Lejos de limitarse a la simple denuncia ante la avanzada propagandística del Partido Radical, el PS aprovechó todas las ocasiones posibles para difundir su prédica. Precisamente fue al registrar la acción de los socialistas cuando las noticias de LV adquirieron tonos esperanzadores. Para ese mismo caso de los festejos en Tucumán, este diario afirmó con satisfacción que la manifestación si bien se había detenido frente al diario oficial, también se dirigió hacia el diario La Gaceta de Tucumán, al que LV calificaba como imparcial. Una vez allí, se destacó que “a pedido del público” habló “un compañero socialista”, quien se encargó de recalcar que “el triunfo no era una limosna de la Casa Rosada” sino, por el contrario, una consecuencia de la “solidaridad de los ferroviarios”. LV debió reconocer que en la manifestación no habían faltado “vivas a Yrigoyen”, pero insistió en destacar que ellos habían sido “pocos y sin eco”. También se informó que la manifestación continuó hasta la plaza Alberdi y allí tomó la palabra un representante de la Federación Obrera Ferrocarrilera de Tafí Viejo, quién también manifestó su disconformidad con el diario Radical por haber “injuriado a los trabajadores”. Al día siguiente –domingo– los trabajadores nuevamente se reunieron en la plaza de Tafí Viejo. En esa ocasión dos dirigentes socialistas tomaron la palabra para “llamar a la concordia a los obreros del riel” e instarlos a dejar de lado “las cuestiones ideológicas”.[39]

Cabe aclarar que el PS no limitó su participación a los festejos. Su presencia en estos representaba más bien el corolario de su accionar intenso y sostenido a lo largo de casi cuatro meses de malestar laboral. Desde el inicio de los paros del invierno de 1917 hasta culminar la huelga general en octubre de ese año, trabajadores y representantes sindicales se mantuvieron en contacto con la diputación socialista para informarla sobre los avatares de las negociaciones, las movilizaciones, o los actos represivos. Respecto a esto último, el consejo nacional del partido condenó la violencia ejercida contra los huelguistas e hizo votos para que la protesta se desarrollara pacíficamente. Dirigentes y líderes del partido se hicieron presentes para interiorizarse sobre la represión policial y militar y averiguar sobre la situación de los detenidos. También se hicieron presentes en los sepelios públicos celebrados a raíz de la muerte de huelguistas en enfrentamientos con las fuerzas de seguridad y tuvieron a su cargo, en varias oportunidades, las palabras de despedida o responsos.

Más aún vale reconocer que este vínculo entre los dirigentes del PS y los ferroviarios no se limitó a las coyunturas de conflicto laboral. Por el contrario, este se construyó sobre la base de la cooperación e intercambios cotidianos. De hecho, en muchas ocasiones, los socialistas asistieron a las celebraciones de los aniversarios de fundación de los gremios ferroviarios, organizados por las seccionales. Así por ejemplo, cuando los ferroviarios de Ayacucho, provincia de Buenos Aires, celebraron el aniversario de la FOF con un encuentro del que participaron todos sus afiliados, los agremiados en LF y sus familias, contaron entre los oradores del evento con el secretario del centro socialista local. De la misma manera, en Ingeniero White, provincia de Buenos Aires, el festival conmemorando el quinto aniversario de la FOF contó con la presentación de dramas teatrales de tono social pero también cómicos, a los que siguió una serie de conferencias a cargo de dirigentes sindicales y del diputado provincial, Domingo Besasso del PS, quien acudió especialmente para ese acto.[40] Es bien sabido que el PS priorizó las cuestiones obreras en su labor legislativa, como lo era, por ejemplo, la ley de jubilaciones ferroviarias. Esta fue intensamente discutida en el año 1917. En tal sentido, el periódico de la FOF informó que el diputado nacional socialista Antonio Zaccagnini, integrante de la comisión de legislación ferroviaria, había disertado precisamente sobre dicho tema ante una numerosa concurrencia de obreros y empleados ferroviarios reunida en la Sociedad Unione e Benevolenza.[41]

Es verdad que ciertos aspectos de ese encuentro entre los dirigentes políticos y los trabajadores en las celebraciones son difíciles de reconstruir. La información de la prensa gremial y partidaria no siempre trasunta quiénes promovieron y cómo se pergeñó la presencia de funcionarios o representantes políticos en las celebraciones de cierre de la gran huelga. No obstante, puede concluirse que la presencia de los políticos en los festejos proletarios no era excepcional y se inscribía –especialmente en el caso del PS– en una serie de intercambios regulares con motivo de ocasiones diversas: celebraciones de aniversarios gremiales, festejos por el día del trabajo, organización conjunta de conferencias sobre la cuestión social, entre otras. Y por cierto, también obedeció al redoblamiento de la actividad política militante que la ley electoral de 1912 estimuló.

En efecto, como lo sugieren los ejemplos aquí presentados, la institucionalización de un sistema electoral competitivo, basado en el voto masculino, universal, secreto y obligatorio, contribuyó a que los partidos políticos se dirigieran a los trabajadores. Y, en tal sentido, no sólo los obligó a no desatender sus causas y conflictos sino tampoco sus celebraciones. De múltiples maneras, funcionarios oficiales, representantes políticos, militantes y simpatizantes se hicieron presente en los festejos proletarios a punto tal de convertirlos en escenario de sus disputas electorales. Su influencia afectó, como se ha visto, la geografía, coreografía e inclusive los participantes de los festejos. Las instituciones de gobierno y los locales partidarios comenzaron a formar parte de los recorridos de las demostraciones y también las sedes de la prensa partidaria devinieron en puntos de referencia. Entre los oradores no faltaron dirigentes políticos de distinto rango y los cánticos –además de los tradicionales repertorios proletarios– incluyeron aclamaciones y vítores alusivos a las identidades partidarias. Por cierto, radicales y socialistas coincidían en que la huelga había concluido con un triunfo obrero. No obstante, discrepaban en el significado de ese triunfo y, fundamentalmente, en quienes debían atribuirse el mérito de dicho logro, una disputa que se explicitó precisamente en las celebraciones.

Pocas dudas caben que la nueva ley electoral implicó un cambio en las prácticas políticas de los partidos. Claro que la magnitud y el sentido de ese cambio no pueden deducirse sólo en función de los alcances normativos de las legislaciones electorales sino que exigen explorar los usos que la sociedad hizo de ellas. Para los líderes partidarios constituyó, como se ha visto, un redoblamiento de la actividad, para los trabajadores, por su parte, supuso una mayor exposición al mensaje partidario, ejercieran o no sus derechos cívicos. Y significó también, como lo ilustra el caso de la huelga ferroviaria aquí analizado, que sus formas de protesta y el significado de sus luchas pasaran a quedar permeados por las contiendas partidarias.

Esta intensa actividad partidaria, propia de un sistema que favorecía la contienda electoral y en el cual los hombres trabajadores contaban con la obligación y derecho de votar representó un desafío de magnitud para el anarquismo. Los anarquistas hicieron sostenidos esfuerzos para cuestionar la utilidad de la acción gubernamental e insistieron en asemejarla a la de los gobiernos del Partido Autonomista Nacional. Desde el periódico libertario La Protesta, se afirmaba que el gobierno radical quería “quedar bien con dios y con el diablo” y que usaba la violencia como la “pasada oligarquía”. Lo definía como

… un partido de barricada que hizo en sus luchas políticas alarde de demagogia ofreciendo al pueblo, siempre crédulo, siempre dispuesto a seguir al primer charlatán de feria, una regeneración tan imposible como absurda, puesto que el radicalismo como partido de gobierno está obligado a defender la propiedad privada y mantener en pie todos los privilegios que detenta la casta parasitaria.

Advertía a los “ingenuos votantes que se dejan ganar por los revolucionarios del parque” quienes resultaban, en su opinión, la “fiel encarnación de aquel Figueroa Alcorta prevaricador de los principios republicanos” sobre “los crímenes perpetrados”. A juicio de los libertarios, estos ilustraban que “el radicalismo perpetúa los males del régimen” y que los problemas no se curaban “cambiando de gobierno sino destruyendo todo gobierno que es la causa del mal social”. E insistía en advertir: “¡qué amarga decepción para los que al igual que los cristianos creían en la regeneración de esta sociedad corrompida mediante el advenimiento a la silla presidencial del Mesías Radical!”.

Palabras finales

Narrar la historia de la gran huelga ferroviaria es narrar la historia de una protesta prolongada, tensa e inclusive sangrienta. Sin embargo, en el curso de este clima conflictivo, los trabajadores, sus familias y vecinos ocuparon, en ocasiones, las calles y plazas para celebrar. Estos festejos públicos atrajeron la atención de autoridades, partidos políticos, dirigentes sindicales y contaron con la activa participación tanto de quienes creían haber obtenido un triunfo como de aquellos que se hallaban desilusionados con la resolución del conflicto. Independientemente de sus posiciones, ideas o roles preestablecidos, hombres y mujeres, adultos, jóvenes y niños participaron de los festejos.

En términos generales puede afirmarse que las celebraciones públicas reforzaron tanto el sentimiento de pertenencia a la comunidad ferroviaria como la identidad de clase. Muchos de los festejos realizados durante el conflicto y al concluir el paro general apelaron al menú de símbolos que distinguieron las fiestas del primero de mayo: la bandera y flores rojas, las piezas oratorias, las pancartas y slogan proletarios, el desfile de todos los trabajadores, independientemente de sus diferencias de oficio, ocupacionales o de nacionalidad, la asociación con un tiempo de lucha y a la vez de renovación y esperanza que convirtió a esos eventos en “la” fiesta de la clase obrera industrial y en una afirmación pública de su identidad.[42] Estos festejos testimoniaron la centralidad que la vida de las familias trabajadoras adquiría en la República Democrática. En buena medida, ellos contribuían a ubicar a los trabajadores en el centro de la escena de la nación, aun cuando sus lenguajes políticos y simbología, en ocasiones, permanecieran marcadamente internacionalistas. Bien miradas, en suma, las fiestas constituyen acontecimientos ricos, multifacéticos, constitutivos de las acciones colectivas y capaces de revelarnos aspectos aún poco conocidos sobre la sociabilidad y cultura de los trabajadores en la Argentina de principios del siglo XX.

Por otra parte, el análisis de los festejos organizados al finalizar los paros parciales y la huelga general resultan reveladores de los vínculos y mixturas que se establecían entre las formas de la protesta de los trabajadores y los modos en que funcionarios gubernamentales, dirigentes y militantes partidarios hacían política en un sistema electoral competitivo. En efecto, en el marco del régimen inaugurado por la ley Sáenz Peña, los numerosos festejos públicos organizados por los trabajadores podían devenir en un espacio tentador para la propaganda partidaria. Y esas fiestas, como lo ilustran las celebraciones obreras al culminar el conflicto ferroviario sacaban a la superficie las disputas sobre el significado último de los eventos. El clima de distensión lejos estuvo de inhibir la batalla discursiva y simbólica en torno a los responsables y beneficiarios de la resolución del conflicto. Anarquistas, socialistas, las diversas organizaciones sindicales, el gobierno radical y los mismos trabajadores ferroviarios difirieron en sus diagnósticos sobre las causas y consecuencias de la gran huelga. Los festejos pusieron en escena la renovada centralidad de las luchas obreras en la vida pública de la República Democrática y, con ello, las luchas de los partidos políticos por la apropiación de su significado. Pusieron también en escena la relevancia de estos festejos para estimular la construcción de lealtades partidarias, expresarlas o fortalecerlas.

He aquí donde el historiador interesado en la experiencia y cultura de los trabajadores se topa con la historia política, al verse impelido a reflexionar sobre las maneras en que la vida electoral alcanzó a esos hombres y mujeres trabajadoras. Los modos de festejar de los trabajadores y sus identidades no fueron impermeables a las transformaciones del sistema político inaugurado por la reforma electoral de 1912. Si esto es así, no es menos cierto que los modos de hacer política de los partidos no pudieron permanecer inmunes a las prácticas y tradiciones de estas comunidades obreras. Es en este punto, para comprender el surgimiento y singularidades de la política de las masas, donde el diálogo entre la historia política y la historia social de los trabajadores se torna indispensable.


  1. Ver Hilda Sábato, La política en las calles entre el voto y la movilización. Buenos Aires, 1862-1880, Buenos Aires, Sudamericana, 1998; Paula Alonso, Entre la Revolución y las urnas. Los orígenes de la Unión Cívica Radical y la política argentina en los años ’90, Buenos Aires, Sudamericana, 2000; Persello, A. V., El Partido Radical. Gobierno y oposición, 1916-1943, Buenos Aires, Siglo XXI, 2004; de Privitellio, Luciano, “Las elecciones entre dos reformas, 1900-1955,” en Hilda Sábato, Marcela Ternavasio, Luciano de Privitellio, y Ana Virginia Persello (eds.), Historia de las elecciones en la Argentina, 1805-2011, Buenos Aires, El Ateneo, 2011.
  2. Devoto, Fernando, Historia de la inmigración en la Argentina, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 2002, pp. 323-327.
  3. Devoto, Fernando y Fausto, Boris, Argentina Brasil 1850-2000. Un ensayo de historia comparada, Buenos Aires, Sudamericana, 2008, pp. 169-183.
  4. Suriano, Juan, “¿Cuál es hoy la historia de los trabajadores en la Argentina?”, Revista Mundos do Trabalho, vol. 1, n. 1, Enero-Junio de 2009, p. 31.
  5. Viguera, Aníbal, “Participación electoral y prácticas políticas en los sectores populares en Buenos Aires, 1912-1922”, Entrepasados, n. 1, comienzos de 1991; Horowitz, Joel, El radicalismo y el movimiento popular (1916-1930), Buenos Aires, Edhasa, 2015; Karush, Matthew B., Workers or Citizens: Democracy and Identity in Rosario, Argentina, 1912-1930, Albuquerque, University of New Mexico Press, 2002.
  6. Sobre el total de huelguistas, cf. La Fraternidad [LF] n. 188, diciembre 1918-enero 1919. El Departamento Nacional de Trabajo brindó una estimación levemente menor (65.026 huelguistas) al no contabilizar los obreros de las compañías provinciales y de los territorios nacionales. Sin embargo, estimó que durante 1917, los paros ferroviarios involucraron a 78.720 huelguistas. Ver “Las huelgas en 1917”, Crónica Mensual de Departamento Nacional del Trabajo [CMDNT], año I, Octubre 1918, n. 10, pp. 159-160. Las historias oficiales de los gremios ferroviarios, publicadas a mediados de 1930 y 1940, ofrecen un total mucho más abultado.
  7. Respecto a la postura del gobierno radical ante el conflicto, véase Goodwin, Paul, Los Ferrocarriles Británicos y la UCR (1916-1930), Buenos Aires, Ediciones La Bastilla, 1974; Rock, David, El Radicalismo argentino, 1890-1930, Buenos Aires, Amorrortu eds., 1977; Falcón, Ricardo y Monserrat, Alejandra, “Estado, empresas, trabajadores y sindicatos”, en Falcón, R. (comp.), Nueva Historia Argentina. Tomo VI: Democracia, conflicto social y renovación de ideas (1916-1930), Buenos Aires, Sudamericana, 2000, pp. 151-194; Karush, Mattew, op. cit.
  8. El 21 de noviembre de 1917 el presidente Yrigoyen dictó un nuevo decreto aclaratorio de ciertas cuestiones que permanecían irresueltas en los sancionados en octubre, CMDNT año I, febrero 1918, n. 2, p. 17-18. Ver también Falcón, Ricardo y Monserrat, Alejandra, op. cit., pp. 151-194.
  9. Mundo Argentino, “Maquinistas y foguistas en huelga reunidos en el local de LF. Seccional San Martín”, 15 de agosto 1917.
  10. Caras y Caretas, “El movimiento huelguista. Los picnics de los ferroviarios”, n. 691, 20 de enero de 1912. Ver también CyC, “Festejando el primer día de la huelga con un asado, en el local Laprida, 2558, el último domingo”, n. 693, 13 de enero de 1912.
  11. Véase, por ejemplo, la Revista Ferroviaria, publicación mensual. He relevado desde la n. 1 (Julio 1906) hasta la N. 59 (Abril de 1911).
  12. CyC, “Sunchales (FCA) Personal del ferrocarril, celebrando con un pic-nic el acuerdo de haber ido a la huelga”, 27 de octubre de 1917, n. 995.
  13. Al respecto, cf. Lüdtke, Alf,  “Sobre los conceptos de vida cotidiana, articulación de las necesidades y ‘conciencia proletaria’”, Historia Social n. 10, primavera-verano 1991, pp. 41-61. Sobre la huelga como fiesta, ver Perrot, Michelle, Workers on strike, New Haven, Yale University Press, 1987.
  14. La Vanguardia (LV), 3 de septiembre de 1917.
  15. La Prensa (LP), 19/08/1917; LN, 19/08/1917.
  16. LV, 19/08/1917.
  17. LF, 15/07/1917. El subrayado es mío.
  18. La Razón (LR) y LP, 19 de octubre de 1917.
  19. LR, 22/10/ 1917.
  20. LP, 19/10/1917.
  21. Mundo Argentino, “Rufino: Manifestación de los obreros ferroviarios festejando la terminación de la huelga”, 31 de octubre de 1917.
  22. La Protesta (LPro), 27/10/1917.
  23. Von Geldern, James, Bolshevik Festivals, 1917-1920, Berkeley, University of California Press, c1993, 1993. Disponible en: https://bit.ly/2FnjD31.
  24. He analizado en detalle la participación de las mujeres en la gran huelga en “¿Trabajo Masculino, Protesta Femenina? La participación de la mujer en la gran huelga ferroviaria de 1917”, en Bravo, María Celia; Gil Lozano, Fernanda y Pita, Valeria (comps.), Historia de luchas, resistencias y representaciones. Mujeres en la Argentina, siglos XIX y XX, Tucumán, Editorial de la Universidad Nacional de Tucumán, 2007, pp. 91-121 y en “Peligrosas, libertarias o nobles ciudadanas: representaciones de la militancia femenina en la gran huelga ferroviaria de 1917”, Revista Mora n. 12, diciembre 2006, pp. 102-121.
  25. El Orden (EO), 18/10/1917.
  26. EO, 20/10/1917.
  27. LR, 17/10/1917.
  28. LP, 19/10/1917.
  29. LP, 20/10/1917.
  30. Valdez, M. J., “El Plebiscito de Hipólito Yrigoyen: La campaña electoral de 1928 en la ciudad de Buenos Aires vista desde La Época”, Población y Sociedad, Vol. 19, n. 2002, pp. 75-103 y Alemann, Marianne González, “Ciudadanos en la calle. Violencia, virilidad y civilidad política en la campaña presidencial porteña de 1928”, Hispanic American Historical Review 94.3, 2014, pp. 421-453.
  31. LÉ, 18/10/1917.
  32. , 19/10/1917 y LP, 19/10/1917.
  33. LP, 22/9/1917.
  34. LP, 19/10/1917.
  35. , 18/10/1917.
  36. LP, 20/10/1917.
  37. LP, 20/10/1917.
  38. LV, 26/8/1917.
  39. LV, 27/8/1917.
  40. El Obrero Ferroviario (EOF), n. 45, febrero de 1917, p. 3.
  41. EOF, n. 47, abril de 1917, p. 4.
  42. Hobsbawm, Eric, “Mass-Producing Traditions: Europe, 1870-1914”, en Eric Hobsbawm y Terence Ranger, The Invention of Tradition, Cambridge, Cambridge University Press, 1984, pp. 263-307.


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