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4 El erudito coleccionista y los orígenes del americanismo

Recientemente ha comenzado a interesar la constitución en Europa, a mediados del siglo XIX, del “americanismo” como campo científico novedoso dedicado principalmente, al menos en sus comienzos, al estudio de las antiguas culturas del Nuevo Mundo.[1] Nuestro trabajo está dirigido a explorar caminos de ese proceso en América Latina y a señalar –a través de algunos ejemplos– la presencia de un tipo particular de intelectual erudito que ocupó un espacio medular en ese montaje, así como en la fundación de la historiografía de los nuevos países iberoamericanos en el siglo XIX. Sus antecedentes se confunden con la propia “invención” de América, para utilizar la feliz fórmula de Edmundo O’Gorman, y sus prolongaciones recorren toda la pasada centuria, con su herencia presente en el reconocimiento, la valoración y la preservación del patrimonio documental y bibliográfico. Estos estudiosos hicieron de esa actividad uno de los ejes centrales de su trabajo, aunque la dimensión erudita y coleccionista que protagonizaron no los apartó en la mayoría de los casos de la participación política y el compromiso ideológico, tan característicos de los actores intelectuales decimonónicos.

Aquellos momentos iniciales de la actividad americanista se caracterizaron por un tono de marcada hibridez disciplinaria –se entrecruzaban conocimientos históricos, antropológicos, arqueológicos y filológicos–, por las metodologías heterodoxas y por temáticas cuyos asuntos y tratamientos llegaban a ser improcedentes o anacrónicos vistos desde las recientes perspectivas positivistas que sistematizaban las nuevas ciencias de la sociedad. La mayoría de los trabajos realizados no podía ocultar la falta de anclaje disciplinario específico de la “americanística”, como se la denominaba en el momento, lo cual constituía un problema creciente en la medida en que cada una de las ciencias sociales particulares lograba destacarse nítidamente y alcanzar plena legitimidad.

A la persistencia de antiguos temas, algunos de ellos acuñados en el debate ilustrado del siglo XVIII acerca de la naturaleza y del hombre americano,[2] se agregó la particularidad de ser formulados sin respetar las reglas básicas de rigor académico legitimadas por el nuevo paradigma científico. Así, en las primeras reuniones del Congreso Internacional de Americanistas se discutió sin inhibición alguna acerca tanto de las manifestaciones de budismo en América en el siglo V y las posibles comparaciones filológicas entre el chino y el otomí, como de la evangelización del Nuevo Mundo por Santo Tomás, la problemática existencia de la Atlántida, la presencia de fenicios, hebreos, fineses y etruscos en la América precolombina, o de pigmeos, africanos o sumerios, el Diluvio universal y su manifestación americana, el origen del hombre en las Américas y sus relaciones con otros continentes, los viajes precolombinos, y conjeturas diversas acerca del proyecto y las travesías de Colón, su personalidad, iconografía, procedencia y otros aspectos menudos. Heterogeneidad y tentación por “las tesis más arriesgadas”, como diría medio siglo después Paul Rivet, que sin embargo ocasionaron fuertes reacciones favorables a la delimitación del objeto, a la rigurosidad metodológica y a la aplicación de juicios científicos que más o menos lentamente se fueron abriendo paso, especialmente hacia la arqueología, la lingüística y la etnografía, y finalmente hacia las mayoría de las ciencias sociales y humanísticas.[3]

La comunidad científica que protagonizó estos primeros intentos –caracterizada por el ya citado Rivet en 1949 como una conjunción de “entusiasmo, juventud e inexperiencia”–  se fue paulatinamente consolidando mediante la formación de asociaciones profesionales e instituciones (algunas de ellas: Société Américaine de France, París, 1857; Societé d’ethnographie américaine et orientale, París, 1859; Société des Américanistes de Paris, 1895; Ibero-Amerikanisches Institut, Berlín, 1930; Escuela de Estudios Hispanoamericanos, Sevilla, 1944), la publicación de revistas especializadas (entre otras: Revue orientale et américaine; Archives de la Société Américaine de France, 1875; Archives du Comité d’archéologie américaine, 1893; Journal de la Société des Américanistes de Paris, 1896; Ibero-Amerikanisches Archiv, 1924; Anuario de Estudios Hispanoamericanos, 1944) y la realización de una reunión bianual, el Congreso Internacional de Americanistas, que sesionó por primera vez en Nancy en 1875 y que desde entonces ha mantenido su regularidad (en 2006 tuvo lugar en Sevilla la versión quincuagésima segunda). Sobre la base de antiguos intercambios, también comenzaron a anudarse redes intelectuales transatlánticas cada vez más sofisticadas entre Europa, Estados Unidos y los países de Iberoamérica, que sin embargo no estuvieron exentas de conflictos. Entre éstos, el más notable giró en torno de la realización de congresos de americanistas en el Nuevo Mundo, pretensión a la que se opusieron tenazmente muchos núcleos de estudiosos europeos, y que sólo se logró en 1895, con la celebración del congreso en México, y en 1900 con la aprobación de los nuevos estatutos.[4]

La revelación del Nuevo Mundo

La actividad en torno al estudio del Nuevo Mundo tiene antecedentes lejanos, cuyo examen orgánico hasta hoy apenas se ha esbozado. Atentos a las repercusiones inmediatas de la expedición colombina, diversos centros de saber convocaron a los primeros núcleos de estudiosos y, a partir de allí, poco a poco se fue aclarando la confusión cosmológica y los problemas humanísticos generados por las crecientes novedades que traían las sucesivas exploraciones. En primer lugar, el trabajo se organizó en torno a la identificación geográfica de los nuevos territorios y su representación cartográfica, lo que tuvo vitales consecuencias estratégicas y diplomáticas, cuyas repercusiones polémicas han llegado hasta el americanismo del siglo XX.[5]

Los cartógrafos de la corte portuguesa –usufructuando la tradición de los portulanos catalanes e italianos, confeccionados desde el siglo XIV sobre la base de la experiencia de reconocimientos y navegaciones, y no de creencias y fábulas, y la renovación cartográfica superadora de Ptolomeo realizada a partir de mediados del siglo XV especialmente en Alemania– fueron los primeros, basados en la evidente ventaja lusitana en la exploración atlántica, en dedicarse a la interpretación de datos velozmente cambiantes y audazmente renovados por los descubridores. Rodeados de secreto, intrigas y espionaje, su actividad formó parte de la “política del sigilo” inaugurada por Enrique el Navegante, tal como adecuadamente la definió el historiador Jaime Cortesão.[6] Luego, fueron emulados por los pilotos de Indias y de la Casa de Contratación de Sevilla.

En este proceso de adquisición de conocimientos destacan Juan de la Cosa, con su carta del mundo confeccionada en Cádiz en 1500, Juan Vespucci, sobrino de Américo, los cartógrafos portugueses, genoveses, florentinos y venecianos, y la fundamental escuela de St. Dié, en el Gymnasium Vosagense, bajo la tutela del cardenal-duque Renato II de Lorena.[7] Esta célebre institución, cuyos integrantes seguían con gran interés las noticias de los descubrimientos de ultramar, contó con el concurso de Martin Waldseemüller, alemán de Friburgo (1474-1520), autor de los mapas más notables de la época: la serie llamada hoy por los eruditos Lusitana-Germánica e inaugurada por el Universales Cosmographiae Secundum Ptholomei Traditionem et Americi Vespucii Aliorumque Lustrationem, impreso en Estrasburgo en 1507, en el que se bautizó a América, un acto equívoco que lanzó una polémica de cinco siglos.[8] Deben también agregarse los centros cosmológicos de Nuremberg y Viena, e inclusive el interés que este asunto despertó en Estambul –el otro polo fundamental de poder en la época– donde se confeccionó el también célebre mapa de Piri Re’is, en 1513, aparentemente incorporando dibujos provenientes del mismo Colón.[9]

Estos estudiosos de gran nivel científico configuraron así la primera red de investigadores acerca de América, cuya síntesis puede verse proyectada en una primera etapa, entre otros, en los mapamundis de Pedro Apiano de 1520 (copia de Waldseemüller de 1507) y sus sucesivos trabajos a partir de esa década y en el del portugués Diego Ribero, piloto mayor de Indias, publicado en Sevilla en 1529. También se observa el avance del conocimiento del nuevo espacio global en el grabado de Ribero y Ramusio El Nuevo Mundo aparecido en Venecia en 1534, en el mapamundi de Abraham Ortellius de Amberes en 1564 y en la representación del célebre cartógrafo flamenco Gerardo Mercator (1512-1594) en 1569.[10] Por último, su hijo Miguel Mercator dibujó en 1596 el  mapa de América, “el más importante de la época moderna”, publicado en el Mercator-Hondius Atlas impreso en Amsterdam, en 1630 y con numerosas posteriores ediciones.[11] Cosmólogos, geógrafos, humanistas y ciertamente los mismos exploradores deben inscribirse entre los actores más interesantes de esta etapa inicial de acercamiento europeo a lo americano. Además, el ansia de conocimiento y el impacto de la novedad, desatados por la enorme circulación de crónicas y opiniones, junto a la cada vez más enconada disputa en torno a los habitantes, las tierras y los derechos a sojuzgarlos y a ocuparlas, atraparon a teólogos y juristas y motivaron tratados, pareceres y dictámenes. El cargo de cronista de Indias se asoció muy rápidamente a las preocupaciones por la historia y la etnografía del Nuevo Mundo.[12]

Todas estas elaboraciones que resultaron de las nacientes actividades del estudio de América pasaron luego a ser norte de afanosas búsquedas de coleccionistas y eruditos que dieron cuerpo a la tradición, fueron diseñando una disciplina científica e inauguraron en el siglo XIX la americanística moderna. La figura del erudito, coleccionista apasionado de libros y documentos, muy pronto se asoció a lo americano ya que el hijo del Almirante, Hernando Colón (Córdoba, 1488-Sevilla, 1539), fue uno de los mayores bibliófilos de su tiempo, al punto tal que en su testamento legó a su sobrino Luis, con claras indicaciones sobre su destino y conservación, 15 mil 370 libros, una cantidad enorme para la época. Su objetivo era reunir todas las obras editadas en cualquier lengua, y para ello realizó viajes, se conectó con mercaderes genoveses y estableció una red de agentes en Roma, Nuremberg, Venecia, Amberes, Lyon y París, además de hacer cuantiosas inversiones e, inclusive, lograr el apoyo de Carlos V. Ideó también un sistema de catalogación, referencia e información bibliográfica que anticipaba de manera notable los sistemas modernos. Pese a los descuidos, las pérdidas y el abandono, dos terceras partes de los importantes fondos de Hernando Colón aún se mantienen en Sevilla.[13]

Inaugurando una práctica extendida en el siglo XIX y en la que entre otros se inscribirían De Angelis, Barros Arana, el perito Moreno, Manuel Ricardo Trelles y Estanislao Zeballos, su saber fue utilizado en las contiendas diplomáticas de su época por cuestiones de límites. Así, junto con Sebastián Gaboto y Juan Vespucci, don Hernando asistió en 1524 a una conferencia lusitano-castellana, realizada en Badajoz y Yelves, en la que se discutieron las consecuencias del tratado de Tordesillas respecto de la jurisdicción de las islas Molucas. A causa de sus vastos conocimientos cosmográficos desde 1527 cooperó, por orden real, con la Casa de Contratación de Sevilla en el perfeccionamiento de las cartas de navegación hacia las Indias Occidentales y en la elaboración de un mapamundi en el que figurasen las tierras del Nuevo Mundo. Aunque la empresa no llegó a su término, Colón aprovechó la ocasión para recabar de la Casa gran cantidad de cartas de navegación, derroteros, relaciones y otros documentos que agregó a su biblioteca, y que fueron reclamados en 1569, muchos años después de su muerte, por Felipe II. También en esto fue un adelantado de las prácticas non sanctas de muchos de los coleccionistas que le sucedieron en sus afanes en el transcurso de las centurias siguientes. Su controvertida obra Vida del Almirante don Cristóbal Colón configuró luego un momento decisivo en la historia de la revelación americana al mundo occidental.[14]

Boturini y su museo americano

Dos siglos después, la Ilustración trajo consigo una larga y enconada polémica de múltiples actores que despertó nueva atención sobre América, su naturaleza, sus habitantes originales, su cultura. El exilio jesuítico, tras la expulsión de 1767, cumplió una función principalísima en esta etapa, esencial para la construcción de una identidad diferenciada, fundada en buena medida en la valoración de las antiguas culturas precolombinas. La preocupación científica y las nuevas grandes exploraciones y sus resultados –La Condamine (París, 1701-1774), Antonio de Ulloa (Sevilla, 1716 -León, 1795), José Celestino Mutis (Cádiz, 1732-Bogotá, 1808), Alejandro Malaspina (Palermo, 1754-Pontremoli, 1809), Humboldt (Berlín, 1769-1859), entre otros– fueron además un componente esencial de la nueva fisonomía positiva de América luego de las deprimentes elucubraciones de De Paw y sus seguidores.[15]

En los prolegómenos de este renovado marco de interés apareció una decisiva figura inaugural en la historia del coleccionismo americanista ilustrado y moderno: el caballero lombardo Lorenzo Boturini Benaduci (Sondrio, c.1695-Madrid-c.1755), autor de la Historia General de la América Septentrional.[16] Los azares de un destino desventurado asociado a fervores piadosos y científicos lo llevaron, en palabras de su biógrafo Ballesteros Gaibrois, desde “los salones imperiales de Viena a los calabozos de México, y de allí a la sentina de un buque o a una casa modesta madrileña”, donde lo alcanzó la muerte. José Imbelloni lo reconoce, con justicia, como “el infortunado fundador de la arqueología mexicana”. De origen lombardo, educado en Milán, eximio latinista, llegó a España en 1735, y de inmediato realizó una peregrinación a la Basílica del Pilar en Zaragoza. El conocimiento del canónigo novohispano Joaquín Codillos alimentó pronto en él una encendida devoción a la virgen de Guadalupe, y, comisionado por una dama de origen mexicano para cobrar rentas en su país, embarcó sin permiso y arribó ese mismo año a Veracruz. Sorprendido por la intensidad y la extensión del culto guadalupano en la Nueva España –elemento clave en el desarrollo secular de la identidad criolla–  Boturini concibió el proyecto de coronación de la Virgen, a la vez que abordó el estudio del náhuatl y de los saberes matemáticos y astronómicos de los antiguos mesoamericanos. Simultáneamente inició su gran colección de manuscritos, códices, copias de cantares, tradiciones y otros muchos objetos vinculados a las culturas indígenas que constituirían su célebre Museo, según Chavero, “el archivo más importante que ha existido sobre nuestras antigüedades”.[17]

En su empeño guadalupano y ayudado por sacerdotes jesuitas en Roma consiguió un breve pontificio que autorizaba su proyecto y –sin el visto bueno del Consejo de Indias exigido por el Real Patronato español– comenzó a recibir donativos para la realización de la corona virginal. En conocimiento de estos hechos, el conde de Fuenclara, nuevo virrey de México, ordenó su aprehensión en 1743 y aquí comenzaron las penurias sin cuento de Boturini. Su llamado “Museo”, o sea la excepcional colección de antigüedades, fue secuestrado. La preocupación por sus papeles –nunca ya recuperados– pasó a convertirse en “obsesión”, como lo dice su biógrafo Ballesteros. Después de un penoso encarcelamiento se lo envió a España, pero en el viaje fue capturado por ingleses y confinado en Gibraltar. Finalmente llegado a Madrid, publicó en 1746 su Idea de una nueva Historia General de la América Septentrional. Reivindicado y nombrado cronista de Indias, en el mismo año, para redactar su proyectada Historia General de la que elaboró el tomo primero, la cronología, que se imprimió recién en 1949. A pesar de sus intentos, no logró regresar a América y recuperar sus tesoros, y murió pobre y endeudado en Madrid, probablemente en 1755.

La obra científica de Boturini se desglosa en dos tipos de actividades relacionadas pero específicas: coleccionista e historiador, y en esto se muestra como un claro precursor de los americanistas del siglo XIX. Él mismo comentó su esfuerzo a Fernando VI: “tantos desvelos, tantas peregrinaciones, tantos gastos empleados en juntar un Archivo prodigioso de Monumentos celebérrimos”.[18] Presidida por la arquitectura filosófica de Vico, su historia, aunque inconclusa y afectada por algunas elucubraciones caprichosas es valiosa por el riguroso método comparativo de fuentes empleado, por la valoración de testimonios mesoamericanos y el uso crítico de fuentes coloniales indígenas e hispánicas, y por la erudición clásica que exhibe. Boturini ignoró la excepcional obra de Fray Bernardino de Sahagún (Sahagún, León, c.1499-México, 1590), cuyos primeros manuscritos fueron encontrados a fines del siglo XVIII por Juan Bautista Muñoz (Valencia, 1745-Madrid, 1799) y sólo fueron editados en Madrid en 1906 por Francisco del Paso y Troncoso (Veracruz, 1842-Florencia, 1916), gran protagonista del americanismo moderno, maestro de la recuperación científica de fuentes documentales, y equivalente mexicano de José Toribio Medina (Santiago, 1852-1930) y de José Torre Revello (Buenos Aires, 1893-1964). Sin embargo, Boturini sí supo utilizar, y a menudo con un claro sentido crítico, las obras de Fray Juan de Torquemada (Castilla la Vieja, 1557?-México, 1624), Domingo Francisco de San Antón Muñón Chimalpahin, (Amecameca/Chalco?, 1579-México, 1660), Fernando de Alva Cortés Ixtlilxóchitl (Texcoco, 1568?-Ciudad de México, 1648) y Carlos de Sigüenza y Góngora (Ciudad de México, 1645-1700).

La colección del caballero Boturini finalmente nunca regresó a sus manos. Confiscada por el virrey Pedro Cebrián y Agustín, conde de Fuenclara, en el momento de su arresto en 1743, fue depositada en la oficina de la secretaría del virreinato. Los documentos quedaron abandonados por años y fueron objeto de robos y pérdidas. Aunque en 1747 fue autorizado a recogerla, las dificultades pecuniarias le impidieron regresar a América a recuperar su archivo. El virrey siguiente, Juan Francisco de Güemes y Horcasitas, cedió al anticuario Fernández de Echeverría y Veytia (el amigo de Boturini que lo asistió en Madrid) los documentos que había solicitado para sus propios estudios. A su muerte, los papeles pasaron a manos de Antonio de León y Gama quien, a su vez, al fallecer en 1802 los transmitió a sus herederos. Poco antes de ese episodio, Alejandro de Humboldt había adquirido dieciséis documentos durante su visita a México entre 1802 y 1803. Humboldt, cuyo interés se había despertado a partir de informaciones de Clavijero, encontró algunos materiales supervivientes en muy malas condiciones en el palacio virreinal y, más tarde, los publicó en Vues des cordillères et monuments des peuples indigènes d’Amérique. Los originales de estas piezas se encuentran en la actualidad en la Biblioteca Nacional de Alemania, en Berlín. Otra parte de la colección pasó luego a manos del padre José Pichardo, un anticuario aficionado. Poco antes de la independencia, el resto de la colección fue transferido a la Universidad de México, y desde entonces hasta 1823 pasaron al Conservatorio de Antigüedades.

Aún en relación con la colección Boturini, otro personaje relevante entraría en escena un par de décadas más tarde: Joseph Marius Alexis Aubin (Tourettes-les-Faïences, 1802-París, 1891). Aubin estudió matemáticas y dibujo, y en 1830 participó activamente en las luchas revolucionarias parisinas. Ese mismo año, tomando distancia de los acontecimientos políticos, desembarcó en México con el propósito de emprender investigaciones físicas y astronómicas por cuenta de la secretaría francesa de instrucción pública. Apasionado él también –como el caballero italiano– por las antigüedades mesoamericanas, empezó por aprender el náhuatl. Luego, abrió un colegio en México siguiendo el modelo del liceo francés, comenzó a reunir todos los documentos pictográficos y fuentes originales posibles sobre la historia del México antiguo y, sobre todo, adquirió poco a poco buena parte de los remanentes de la enorme colección Boturini. En 1840, tras eludir a la aduana mexicana, regresó a Francia con su valioso conjunto. Aunque criticado por su excesiva reserva y su celo respecto de sus materiales y por las pocas publicaciones que realizó, Aubin estudió progresivamente el acervo que había reunido y fue un precursor de los estudios de escritura prehispánica. Su obra –Mémoires sur la peinture didactique et l’écriture figurative des Anciens Mexicains, publicada parcialmente en París entre 1849 y 1851, y por entero en 1884- fue la primera investigación sólida sobre pictografía mexicana.[19] La colección de Aubin fue vendida a Eugène Goupil, personaje de ascendencia franco-mexicana, quien la donó a la Biblioteca Nacional de Francia, en París; bajo el nombre de Colección Aubin-Goupil constituye hoy uno de los mayores acervos de códices mexicanos prehispánicos y coloniales que se conservan.[20]

El año de la llegada de Aubin a México se corresponde con el inicio del proyecto de Lord Kingsborough (1795-1837), quien por su propia cuenta iba a dar a conocer, en Londres, nueve volúmenes de facsímiles de códices. Por cierto, este noble irlandés reúne en su persona los atributos más destacados del curioso tipo de intelectual americanista de la época: excentricidad temática y pasión coleccionista. Convencido de que los antiguos mexicanos descendían de una de las tribus perdidas de Israel, adquirió importantes manuscritos y códices para lograr demostrar su hipótesis, y los editó eruditamente en una colección fastuosa de nueve volúmenes –dos de ellos póstumos–, Antiquities of Mexico. La edición fue tan costosa que sus proveedores de papel lo denunciaron por deudas impagas, y Kingsborough finalmente fue a dar a la cárcel, donde murió a la temprana edad de 42 años. Gracias a él, por primera vez se reprodujeron y se dieron a conocer joyas tan importantes como el Códice Dresde.

Muchos otros estudiosos fueron articulando el mundo de objetos y manuscritos, de códices y formas artísticas exhumadas por la incipiente arqueología para enriquecer los nuevos repositorios que el racionalismo unido al experimentalismo diseñaba en un americanismo naciente. Aun cuando el americanismo español, tan importante y todavía poco explorado en su desarrollo, excede los límites de este trabajo, debemos señalar que la obra histórica y la colección de Boturini pusieron sobre el tapete la necesidad de estudiar la historia antigua de México. Así, en 1784 el rey ordenó el envío de esos materiales históricos a España justamente en el momento en que el último cronista de Indias, Juan Bautista Muñoz, recibía la encomienda de redactar una historia de América, se dice que para rebatir los ataques del ilustrado escocés William Robertson. El legado fundamental de Muñoz fue la enorme colección de materiales etnográficos e históricos americanos que lleva su nombre, junto con la fundación del Archivo de Indias de Sevilla en 1785. Cada uno de los importantes repositorios españoles concita en sí mismo una cargada relación de colecciones e investigadores que deberían ser objeto de estudios particulares.

Pedro de Ángelis y el coleccionismo en el Plata

Acorde con la importancia adquirida por Buenos Aires en el último tercio del siglo XVIII, traducida en términos culturales en la instalación de una imprenta en 1780 y en la fundación del Real Colegio de San Carlos en 1783, comenzaron a reunirse algunas buenas bibliotecas cuya descripción e historia realizó Torre Revello en un trabajo imprescindible.[21] La más apreciable fue la de Juan Baltasar Maziel (Santa Fe, 1727-Montevideo, 1788), de quien dice Buonocore que su pasión por los libros “era tal que, no obstante el elevado precio de los mismos y las dificultades para las compras, muchas veces arriesgó todo su crédito y no titubeó a recurrir a préstamos para pagar las cuentas de libreros españoles”.[22] También aparecen, según este último erudito citado, incipientes anticuarios dedicados a agenciarse “antiguallas” tales como papeles, objetos y libros, que formaron las primeras colecciones del género en la región. Julián de Leyva (1749-1818) no sólo obtuvo algunos documentos esenciales como los manuscritos de la Historia de la Compañía de Jesús en la Provincia del Paraguay de Lozano y de La Argentina de Ruy Díaz, sino que también realizó anotaciones a este último. Prestó libros a Félix de Azara y al Deán Gregorio Funes para sus respectivos trabajos y facilitó algunas fuentes para las ediciones realizadas por De Angelis. José Joaquín de Araujo (Buenos Aires, 1762-1834) reunió papeles originales, copias de documentos, códices, piezas de historia natural y monedas americanas. Gaspar de Santa Coloma (Álava, 1742-Buenos Aires, 1815) inició también una valiosa colección documental acerca de la historia marítima, comercial, religiosa, social y política del Plata. Pero de todos ellos, el más importante fue el canónigo Saturnino Segurola (Buenos Aires, 1776-1854), célebre introductor de la vacuna contra la viruela. Según Buonocore, su archivo y su museo fueron los más notables de su época, provenientes en buena medida de las colecciones jesuíticas, y en sus fondos investigaron el Deán Gregorio Funes, Pedro de Angelis y Bartolomé Mitre. Tras su muerte, los documentos se donaron a la Biblioteca Nacional, y los libros se remataron en 1854, muchos de los cuales fueron comprados por Andrés Lamas (Montevideo, 1817-Buenos Aires, 1891) y por Manuel Ricardo Trelles (Buenos Aires, 1821-1893) –de quien se dice que “su gran amor, casi fetichismo, era el de los documentos”, “apasionado coleccionista de papeles, libros, cuadros, reliquias históricas, medallas, monedas, grabados, muebles” –, dos bibliófilos fundamentales, junto con Mitre, de la siguiente generación.[23]

De inmediato aparece en el Plata la figura más importante de la época temprana del americanismo en el sur del continente: Pedro de Ángelis (Nápoles, 1784-Buenos Aires, 1859), coleccionista, anticuario, bibliógrafo, historiador y periodista, cuya actuación sigue envuelta en la polémica y su valoración continúa siendo, por lo menos, cuestionada, en buena medida por las pasiones políticas en las que se vio envuelto, a menudo a su pesar. Perteneció a una familia liberal, masónica y bonapartista y él mismo lo fue. Republicano, se vio forzado al exilio a causa de la restauración borbónica a partir de 1814 y vivió en esa condición en Ginebra y París, y luego todos su años restantes en el –para un europeo ilustrado– lejano e ignoto Río de la Plata. Hizo sus primeros ensayos de erudición en París en algunos de los diccionarios biográficos monumentales tan de moda en la época, lo que le valdría luego un hiriente escarnio de Esteban Echeverría, uno de sus enconados enemigos ideológicos.

Contratado por orden de Rivadavia como redactor del periódico oficial de su presidencia, Crónica Política y Literaria del Plata, al llegar a Buenos Aires en 1827 se encontró rápidamente sin trabajo como consecuencia de la desaparición del poder central. Las circunstancias lo empujaron a dedicarse a tareas periodísticas diversas, en El Lucero, El Monitor y La Gaceta Mercantil, en las que defendió con pluma fácil y polémica –pane lucrando– distintos proyectos políticos del momento, lo que le ha acarreado hasta hoy fama de oportunista. Fue administrador y propietario de la Imprenta de la Independencia y desde 1832 arrendó la Imprenta del Estado. De Ángelis lamentaría amargamente durante el aún largo resto de sus días la decisión de viajar a Buenos Aires. En esto se asemeja a Paul Groussac (Toulouse, 1848-Buenos Aires, 1929) –agresivo, como muchos, con De Angelis–, otro intelectual europeo afincado agridulcemente, y muy a su pesar, en el Plata. Pero a diferencia del caso del napolitano, el traslado a los confines sudamericanos del francés –que llegó a ser perenne director de la Biblioteca Nacional y en su momento una autoridad intelectual indiscutible, y finalmente figura icónica para Borges– se produjo sin que mediara persecución alguna en su país, lo que impregna a sus jeremiadas y hostilidades contra el medio de adopción un dejo paradojal y ambiguo.

A partir de 1834, liberado en parte de sus trabajos periodísticos de tema político, De Ángelis dedicó más tiempo a sus propias tareas de investigador y todo su interés y actividad se centraron en lo que será su principal obra y la de mayor trascendencia de su vida intelectual: la Colección de obras y documentos relativos a la historia antigua y moderna de las provincias del Río de la Plata, publicada en 1836-1837 en fascículos reunidos en seis volúmenes y un séptimo no concluido, para la que había comenzado a compilar materiales desde 1829. La recopilación consta de setenta libros y documentos, de los cuales cincuenta y siete inéditos, a los que debe agregarse un conjunto de proemios, discursos preliminares y advertencias introductorias, noticias biográficas, relaciones geográficas e históricas, vocabularios, bibliografías, tablas corográficas, además de prolijos índices y materiales auxiliares, todos de su autoría. La calidad tipográfica y de diagramación es excelente, lo que ha llevado a señalarlo como el verdadero artífice inicial del arte tipográfico rioplatense. De Ángelis recurrió para integrar su material a las colecciones de Segurola, Tomás Manuel de Anchorena, Baldomero García y Luis de la Cruz, la Biblioteca Pública, así como a los archivos del Fuerte de Buenos Aires (residencia oficial de gobernadores y virreyes, de los poderes nacionales cuando los hubo, y del gobernador de Buenos Aires), el archivo general de la Provincia de Buenos Aires y el del Departamento Topográfico. Pero básicamente utilizó los materiales de su propia biblioteca, basada en adquisiciones a las familias de Pedro Cerviño (Pontevedra, 1742-Buenos Aires, 1816), José María Cabrer (Barcelona, 1761-Buenos Aires, 1836) y Pablo Zizur (Pamplona, 1743-Buenos Aires, 1809?), prominentes exploradores de la pampa y el Chaco, cartógrafos y demarcadores de límites con los dominios portugueses en los últimos años de la dominación hispánica.

La índole del trabajo de De Ángelis está perfectamente descrita por él mismo a su corresponsal y amigo uruguayo Floro Castellanos:

Ud. debe creer que no he tenido un solo instante á mi disposición para contestarle hasta ahora. Hay condiciones en la vida muy desgraciadas, y las que me han cabido en suerte no son de las peores, pero tampoco muy holgadas. La obra que he emprendido [la Colección…] me tiene ocupado incesantemente, porque, á mas de mi intervención como editor, o impresor, tengo que decir algo por mi cuenta, y hacer mis recherches, para acertar con lo que tengo que decir. Agregue Ud. la escasez de obras de consultas, de hombres versados en esta clase de disquisiciones; y por fin la brega que tengo con los amanuenses, los impresores, los lenguaraces, los vocabularios imperfectísimos de idiomas indios, y decida Ud. si sobran motivos para enloquecer a un viviente.

Por fin, ya no hay más que hacer que ir adelante. Lo que me anima es la protección del público, que esta vez se ha mostrado generoso conmigo. Es verdad que, sin atribuirme otro mérito, puedo creerme con el de sacar del olvido, y preservar de la destrucción a una porción de documentos importantes que yacían sepultados, hace siglos, en los rincones más retirados del mundo. Su publicación derramará una gran luz sobre la historia del país, y los que quieran ocuparse de ella, no sentirán la falta de materiales y noticias, como ha sucedido hasta ahora.

Mis únicos deseos son conservar mi salud y mis suscriptores; porque cualquiera de los dos que me abandonase, ya estaría del otro lado. Los gastos y los trabajos son inmensos, y si no me ayudan con eficacia, perezco de necesidades.

De Montevideo y su gobierno tengo infinitos motivos de gratitud y agradecimiento. Amigos y desconocidos han acogido con bondad mis súplicas, y, en proporción de la población, los suscriptores de Montevideo son más que los de aquí. Sin embargo, procure Ud., entre sus relaciones, de hacer reclutas para ponerme en estado de agregar a mi colección los planos y mapas, que por falta de recursos, no me es posible costear por ahora. Lo que haga en este ramo, es un ataque a mi propia bolsa, y no es justo que trabaje y que se gaste.[24]

Junto con este trabajo de investigación y reunión de materiales, el laborioso napolitano inauguró todo un campo de estudios, que luego ocupará un lugar importante en el desarrollo del americanismo: la lexicografía indígena y el estudio de sus lenguas. El trabajo de De Ángelis en este rubro se concreta en fichas sobre el vocabulario abipón y toba, el arte y el vocabulario de la lengua toba, el vocabulario pampa, las lenguas tamanaca, quichua y aymara, así como las lenguas del Orinoco: mapipure y saliva. Todos estos originales se encuentran en la Colección Juan Ángel Farini en el Archivo General de la Nación, en Buenos Aires. También redactó un Diccionario español-guaraní, que se ha perdido.[25] Hasta esa fecha nadie se había interesado en el país por esos temas, y es por ello que Luis María Torres dice en el Prólogo (1909) al Catálogo de lenguas indígenas de Bartolomé Mitre: “Se continuará, pues, la obra iniciada por Pedro de Ángelis en nuestro país hace dos tercios de siglo”.[26]

De Ángelis es autor, además, de una Bibliografía del Río de la Plata, un manuscrito inédito también conservado en el Archivo General de la Nación en la capital argentina. En este trabajo intentó reunir la referencia de todo lo publicado sobre el territorio del antiguo virreinato, lográndolo especialmente en relación con la Argentina y el Uruguay, y en menor grado en cuanto a Bolivia y el Paraguay.

La biblioteca de De Ángelis –“sueño y orgullo de su propietario”, “pasión, colección y pérdida” como deseo y trayectoria de su vida intelectual–[27] fue la más importante colección de obras y documentos reunida en el Plata, destacada por su valor respecto de cuestiones de límites y de la historia de las misiones jesuíticas, y dadas sus características, imposible de volver a reunir. Derrocado Rosas, el bibliófilo se vio acosado por dificultades económicas y debió venderla, lo que logró finalmente hacer a la Biblioteca de Río de Janeiro, no sin largas tratativas anteriores con el general Urquiza para que las adquiriera el Colegio de Concepción del Uruguay, en las que se interpuso infelizmente Vicente López y Planes hasta frustrarlas. Un historiador brasileño, Jaime Cortesão, especialista en la colección de Ángelis, comenta que la obtención de la biblioteca de De Ángelis por parte del Brasil fue

[…] un magnífico trofeo de la batalla de Caseros. Basta lanzar una mirada sobre la lista de obras, redactada por de Ángelis, para comprender su enorme importancia. Hasta causa cierto espanto que un archivo como aquél, que en su mayor parte perteneció a la Provincia Jesuítica del Paraguay, pudiera haber sido adquirido por un particular, hubiera salido del territorio argentino y fuese vendido tan fácilmente a un país extranjero.[28]

La historia de la formación de la biblioteca de De Ángelis es tan compleja y oscura como la de la mayor parte de los grandes fondos y colecciones particulares, aunque se ventiló mucho más debido a la pasión política desatada en el Plata en los años de la actuación del napolitano y a su papel sobresaliente como “el más importante de los escritores del rosismo”, “el propagandista culto más eficaz con el que podía contar el régimen”.[29] Aun cuando el propio De Angelis argumentó abundantemente para defenderse de las múltiples acusaciones de dolo que había recibido, existen indagaciones muy documentadas acerca del proceso de adquisiciones que muestran a las claras los variados métodos utilizados para conseguir las obras deseadas: compra a libreros –el inglés John Russell Smith era su proveedor mayor, aunque no el único– y a particulares, encargos a corresponsales europeos, trueques con instituciones oficiales, copias de documentos, regalos recibidos, transacciones dudosas y sustracciones a los archivos públicos, en particular respecto del tesoro de manuscritos reunidos. Por esto recibió muchas acusaciones de parte de los exiliados en Montevideo: “bribón”, “mal italiano” “ladrón”, son algunos de los epítetos referidos a él en pluma de Florencio Varela y de Rivera Indarte, sus acérrimos enemigos políticos. Pese a ello, Varela no se privó de utilizar hasta el hartazgo sus trabajos sin citarlo, algo que luego se volvió casi costumbre entre los eruditos e historiadores liberales, que constantemente lo descalificaron intelectual y éticamente.[30] Mitre, con un comportamiento diferenciado de otros miembros del exilio antirrosista, llegó a considerarlo respetuosamente luego de Caseros, y la Junta de Historia y Numismática Americana fundada por él y convertida en 1938 en Academia Nacional de la Historia acuñó una medalla con la efigie de De Ángelis al cumplirse el centenario del inicio de la publicación de la Colección… en 1936.

Sin embargo, los defensores del bibliómano no llegan a ser lo suficientemente convincentes y es, por tanto, completamente fundada la opinión final de Sabor en cuanto a que el proceso de reunión de su biblioteca no es claro y a que en muchas ocasiones es evidente la apropiación indebida de materiales valiosos. Incluso Rosas manifestó su desconfianza acerca de la honestidad de su publicista preferido respecto del manejo de las obras y los documentos que le prestaban en los repositorios oficiales.

José Fernando Ramírez

El erudito mexicano Joaquín García Icazbalceta (México, 1825-1894) escribía en 1850 a su no menos calificado corresponsal José Fernando Ramírez (Parral, 1804-Bonn, 1871):

Hace ya algunos años que comencé a mirar con interés todo lo que tocaba a nuestra historia, antigua o moderna, y a recoger todos los documentos relativos a ella que podía haber a las manos, fuesen impresos o manuscritos. El transcurso del tiempo en vez de disminuirla fue aumentando esta afición que ha llegado a ser en mí casi una manía. Mas como estoy persuadido que la mayor desgracia que puede sucederle a un hombre es errar su vocación, procuré acertar con la mía, y hallé que no era escribir nada nuevo, sino acopiar materiales para que otros lo hicieran; es decir allanar el camino para que marche con más rapidez y con menos estorbo el ingenio a quien esté reservada la gloria de escribir la historia de nuestro país.[31]

Tanto García Icazbalceta como Ramírez llegaron a ser grandes coleccionistas de libros y manuscritos. Ahora bien, el programa de trabajo descrito por García Icazbalceta reposa sobre la idea de la historia como una construcción progresiva, acumulativa, cuya función primordial en aquel momento era reunir la infraestructura documental. Su aseveración resulta sugerente porque, más allá de las importantes obras históricas que tanto él como Ramírez realizaron, refiere a una pasión –el espíritu del bibliófilo coleccionista– y a una forma de relacionarla con la tarea historiográfica específica, modelo que con matices aparece en muchos de los mayores historiadores americanistas decimonónicos. Recordemos aquí, por ejemplo, a Mitre, a Vicuña Mackenna y a Barros Arana, en el extremo sur del continente.

Me detendré en el corresponsal de don Joaquín, teniendo en cuenta que representa a muchos de sus colegas mexicanos en el paradigma definido por García Icazbalceta: José María Lafragua (Puebla, 1813-México, 1875), quien reunió la más importante colección de folletería del siglo XIX, hoy en la Biblioteca Nacional y en Puebla; Manuel Orozco y Berra (México, 1818-1881), su aportación fundamental fue la colección de mapas; Juan Evaristo Hernández y Dávalos (Aguascalientes, 1827-México, 1893), que recopiló documentación acerca de la Independencia mexicana; Alfredo Chavero (México, 1841-1906), entre otros, y en buena medida al coleccionista por antonomasia: el librero, historiador y bibliómano estadounidense Hubert Howe Bancroft (Granville, Oh., 1832-Walnut Creek, Cal., 1918), cuya biblioteca llegó a la cifra de un cuarto de millón de volúmenes y fue vendida a la Universidad de California en 1905, dando origen a la Bancroft Library. Una cita de su Autobiografía compendia su deseo: “El apetito era voraz, combinado por el gusto del alimento. ¡Libros! ¡Libros! Me intoxicaba con los libros. Después de comprarlos y venderlos, después de haberlos surtido a otros durante toda mi vida, ahora los gozaba”.[32]

José Fernando Ramírez nació en Parral, Chihuahua,  en 1804 y se radicó desde niño en Durango, donde se graduó de abogado y se dedicó a la política y los negocios. Dueño de fortuna y de índole ciertamente aristocrática y tendencias liberales moderadas, periodista, jurista, preocupado por cuestiones de educación, hizo una nutrida carrera como funcionario: secretario de Gobierno de Durango (1835), presidente del Tribunal Mercantil en su ciudad (1841), director del Periódico Oficial de Durango (1844), diputado en el Congreso Federal (1833 y 1842), rector del Colegio de Abogados de Durango (1837 y 1849), miembro de la Junta de Notables (1843), senador de la República (1845 y 1847), presidente de la Junta de Industria, consejero de Estado (1846), ministro de Relaciones Exteriores en dos ocasiones (1846-1847 y 1851-1852), ministro de la Suprema Corte de Justicia (1851), ministro de Relaciones y presidente del Consejo bajo el Imperio (1864-1866). Su cursus honorum se completó con cargos académicos importantes: presidente de la Junta de Instrucción Pública (1842), conservador y director del Museo Nacional de Antigüedades (1852), director de la Biblioteca Nacional (1857-1862). En su ciudad, formó una importante biblioteca que sirvió de base a la que después sería la Biblioteca Pública del Estado. Su interés por la historia y la arqueología fue cada vez mayor, y publicó importantes estudios sobre el calendario azteca y sobre el cronista Motolinía. Durante el gobierno del presidente Mariano Arista, fue nuevamente secretario de Relaciones y, como liberal moderado, se unió al Plan de Ayutla. Entre 1857 y 1862 fue director de la Biblioteca Nacional, y se preocupó por diseñar un proyecto institucional que reuniese los fondos de los antiguos colegios y conventos desamortizados, muchos de los cuales conocía bien pues en ellos había obtenido copias de materiales importantes o logrado adquirir buena parte de su propio acervo bibliográfico en el momento de su disolución y dispersión.

Ramírez se vio conmocionado por el crecimiento de la anarquía y la ingobernabilidad. Por ello, a pesar de sus convicciones republicanas expresadas claramente en 1846 y 1847, y liberales, manifiestas en su apoyo al plan de Ayutla en 1854 que motivó su primer exilio al ser desterrado por Santa Anna en 1855, aceptó la presencia del emperador Maximiliano con la idea de que lograría una administración ordenada y un futuro estable para México. Presa de la adulación y tentado por el oropel del imperio accedió a ser ministro de Relaciones Exteriores del archiduque austríaco. Sin embargo, anticipando el desastre, en 1867 aconsejó a Maximiliano que abdicara y marchase al extranjero, lo que él mismo hizo. Tras un breve viaje a Francia y a España, se radicó en Bonn, donde falleció en 1871. A su muerte, su magnífica biblioteca fue rematada en Londres.

Ramírez perteneció a numerosas sociedades científicas extranjeras. En 1852 fue nombrado integrante honorario de la Academia de la Historia de Madrid, dos años después The New York Historical Society lo hizo miembro correspondiente, en 1856 la Academia Romana de Arqueología lo eligió también como correspondiente y lo mismo procedió en 1860 la American Ethnological Society; en 1862 la Sociedad Humboldt lo sumó a sus titulares. Todos estas distinciones muestran la variedad de contactos de Ramírez y la difusión de sus trabajos historiográficos entre una extensa red de corresponsales. Culminando esta carrera de distinciones académicas, en 1863 fue nombrado conservador del Museo y director de la Biblioteca Nacional.

Alfredo Chavero, destacado historiador, que adquirió buena parte de la biblioteca de Ramírez cuando éste marchó a su segundo y definitivo exilio, escribió que Ramírez fue, junto con Orozco y Berra, el responsable de la renovación de la historiografía mexicana. En efecto, luego de la generación de los grandes historiadores políticos de la ruptura colonial y el surgimiento de la vida nacional –Mier, Alamán, Zavala, Mora y Bustamante–, la nueva historiografía se dirigió básicamente a apoyar la investigación y la exposición del pasado sobre fuentes documentales. Y Ramírez, como afirma su biógrafo Ernesto de la Torre Villar, fue presa de un “insaciable deseo de encontrar documentos y libros”.[33] Véase al respecto el testimonio inmediato de Chavero:

Dedicóse desde luego el señor Ramírez a acopiar cuanto libro se refiriese a nuestra historia, a juntar cuanto manuscrito importante hubiese sobre ella y a estudiarlos todos; al grado que a pesar de las graves ocupaciones que lo agobiaron en los altos puestos que constantemente desempeñó, en su biblioteca que después fue nuestra, no encontramos un libro interesante que no estuviese anotado de su mano, y muchos manuscritos estaban copiados de su puño y letra.[34]

En el transcurso de su vida Ramírez formó dos importantes bibliotecas. Entre 1830 y 1850, en Durango, con compras casi simbólicas logró adquirir parte muy selecta de los fondos del antiguo colegio de la Compañía de Jesús de esa ciudad –cerrado desde 1767–, que habían sido alojados en bodegas insalubres. Ramírez salvó así de una destrucción casi segura joyas bibliográficas acerca de religión y teología, derecho público, legislación y economía, derecho romano, civil y canónico, historia universal, cronología, geografía y viajes, historia y documentos americanos, historia eclesiástica, logrando reunir cerca de ocho mil volúmenes, entre ellos un par de valiosos incunables. Vendida al gobierno del estado de Durango cuando Ramírez se trasladó a la capital del país en 1851, aún permanece reunida, cuidada y muy bien catalogada.

Ramírez conservó una buena cantidad de libros sobre historia de México y los manuscritos, y sobre esta base fue reuniendo su segunda gran biblioteca. Para 1858, poseía nueve mil obras especializadas, crónicas religiosas, folletos rarísimos, códices mexicanos, incunables y numerosos manuscritos; “la biblioteca se había transformado en la mejor biblioteca histórica de México, equiparable a la de su amigo García Icazbalceta”.[35] Ramírez, como vimos, se comprometió gravemente con el gobierno de Maximiliano, marchó a su segundo exilio antes de ser arrastrado en la caída de la aventura imperial, y su biblioteca terminó dividida entre lo que logró llevar consigo y lo que quedó en la capital mexicana. Libros, manuscritos, documentos copiados, catálogos y apuntes sobre numerosas obras se distribuyeron entre Alfredo Chavero, José María Andrade, José María de Ágreda y Sánchez, Manuel Orozco y Berra y el gabinete de manuscritos del Museo Nacional. El primero de los mencionados adquirió la mayor parte, y utilizó algunas de las notas de Ramírez en sus propios trabajos. Finalmente vendió la biblioteca a un bibliófilo, Manuel Fernández del Castillo, quien no cumplió con la cláusula estipulada de no traspasarla al extranjero, y aconsejado por un ex imperialista, el padre Agustín Fisher, llevó una buena parte a Londres, donde fue subastada por la casa Puttick & Simpson en Julio de 1880. La oportunidad de la venta fue aprovechada, como ya dijimos, por algunos coleccionistas e instituciones relevantes, tales como Bancroft, la Biblioteca del Museo Británico, los libreros Quaritch de Londres  (que inmediatamente procedieron, a su vez, a subastar su compra) y Nicolás Trübner de Estraburgo, el conde de Heredia y unos pocos más.[36] La casa subastadora publicó un catálogo detallado, al que se agregó otro elaborado por el librero Bernard Quaritch (Worbis, Alemania, 1819-Londres, 1899) de 524 valiosos títulos, el verdadero núcleo de la colección de Ramírez.[37]

Colecciones, bibliotecas e historiografía en América Latina en el siglo XIX

La mayor parte de los historiadores latinoamericanos del siglo XIX fueron eruditos que reconocieron, en consonancia con las corrientes historiográficas europeas más novedosas, la importancia de la documentación y la crítica de fuentes para construir sus obras. Sin embargo, la dificultad para cumplir con este mandato del oficio fue grande, ya que las condiciones en que surgieron las nuevas repúblicas no permitían a sus gobiernos prestar atención alguna a los repositorios documentales. La asignación de recursos a archivos y bibliotecas públicas, donde los hubo, fue escasa. La mayor parte de la documentación seguía en manos privadas o de conventos y colegios bajo tutela eclesiástica. Las reformas liberales que afectaron a las órdenes religiosas en varios países ocasionaron a veces una importante dispersión y pérdida de materiales, aunque también fue una oportunidad para la adquisición de libros y otros materiales de gran valor por parte de particulares interesados en la historia o en la cultura antigua de América.

A su vez, los avatares biográficos –generalmente exilios u otras desventuras políticas–, golpes adversos de fortuna, o simplemente la muerte, hicieron que muchas de estas grandes colecciones bibliográficas y archivos se dispersaran, y en numerosos casos fueran adquiridas por extranjeros, especialmente europeos, aunque con el correr de las décadas también se hicieron presentes cada vez más los coleccionistas y bibliófilos estadounidenses.[38] De esta manera, y en una historia compleja que aún debe ser conocida con mayor amplitud, se fueron también construyendo las grandes instituciones externas a América Latina  en París, Londres, Berlín, Austin, Nueva York, Berkeley y otros grandes centros culturales y universitarios públicos y privados, colectoras del inapreciable material documental del americanismo, que junto con las bibliotecas y los archivos españoles y portugueses –Archivo de Indias, de Simancas, Biblioteca del Palacio Real, Depósito Hidrográfico de Madrid, Real Academia de la Historia, Torre de Tombo en Lisboa, entre los más importantes– son insustituibles para la historiografía, la etnografía, la geografía, la arqueología y las ciencias naturales americanas.

Con marcadas diferencias, reconocemos el coleccionismo como una actitud que podemos encontrar en casi todos los eruditos americanos del siglo XIX. Mitre y Barros Arana fueron, entre muchos otros ejemplos, no sólo los autores de sendos monumentos historiográficos, sino también eminentes bibliófilos, lo que pone de manifiesto la estrecha vinculación existente entre el oficio del historiador y la pasión del coleccionista. Inclusive, al analizar la obra y la trayectoria de este sector de intelectuales latinoamericanos, el acento debe ponerse en el deseo, como disparador de la obra intelectual e historiográfica, algo que muy atinadamente observó Georges Duby. Y este deseo no fue otro –como lo dice en su carta citada el sabio mexicano García Icazbalceta– que el del coleccionista de papeles viejos. Así definieron muchos de ellos mismos al objeto de sus desvelos, que, en la competencia por la adquisición de los documentos o impresos, los llevaría a la intriga, a difíciles estrategias y aun a gastos desmedidos que en algunos casos, como el de Estanislao S. Zeballos, contribuyeron a arruinarlos económicamente. García Icazbalceta vuelve a proporcionarnos un ejemplo interesante: el ansia de acercamiento, o lo que hoy podríamos llamar el ansia de participar en una red intelectual, que le permitiese el acceso a colecciones documentales consideradas decisivas en la conformación de la propia, lo llevó a traducir la Historia de la conquista del Perú de Prescott con la única finalidad de tener un pretexto para acercarse al escritor estadounidense, trabar conocimiento y lograr la oportunidad de copiar algunos de los documentos en su poder.

De allí que una de las principales tareas que se fijaron fuese la formación de catálogos, repertorios, descripciones de fuentes, puntillosas versiones críticas, bibliografías. Y por supuesto, la formación de enormes bibliotecas y colecciones de documentos inéditos, en originales o copias, que están aún hoy entre los fundamentales repositorios para la investigación, como instituciones singulares o integrados a las bibliotecas más importantes. La historia de estos intelectuales coleccionistas, todavía por hacerse en el sentido esbozado en este texto, contribuirá a conocer mejor no sólo esta curiosa y exquisita práctica erudita, sino también la construcción del americanismo como disciplina científica y sus grandes resultados institucionales en museos, bibliotecas y archivos que contribuyeron a dar cuerpo a las nacientes identidades culturales de los países latinoamericanos.

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  12. Barros Arana, Diego, “Cronistas de Indias, o los historiadores oficiales del descubrimiento de América”, 1910; Gerbi, Antonello, La naturaleza de las Indias Nuevas. De Cristóbal Colón a Gonzalo Fernández de Oviedo, 1978.
  13. Torre Revello, José, “Don Hernando Colón. Su vida, su biblioteca, sus obras”, 1945, pp. 19-34.
  14. Ibídem, pp. 35-51; O’Gorman, La idea, 1951, pp. 93-127; Colón, Hernando, Vida del almirante don Cristóbal Colón, escrita por su hijo, 1947.
  15. Gerbi, La disputa, 1960.
  16. Torre Revello, José, “Lorenzo Boturini Benaduci y el cargo de cronista en las Indias”, 1926; Torre Revello, José, “El caballero Lorenzo Boturini Benaduci y el manuscrito del tomo primero de su inédita Historia General de la América Septentrional”, 1933; Ballesteros Gaibrois, Manuel, “Estudio preliminar”, 1990.
  17. Chavero, Alfredo, “Introducción”, 1981, Tomo I, p. LIV.
  18. Citado por Ballesteros Gaibrois, “Estudio”, 1990, p. LIII.
  19. Giasson, Patrice, “Introducción”, 2002, pp. VII-XIV.
  20. Cohen, Monique, “Eugène Goupil, un collectionneur et un mécène”, 1998. Para los estudios acerca de la colección, cf. Nicholson, Henry B., “The Native Tradition Pictorialsin the Aubin-Goupil Collection of Mesoamerican Ethnohistorical Documents in the Bibliothèque Nationale de France: Major Reproductions and Studies”, 1998.
  21. Torre Revello, José, “Bibliotecas en el Buenos Aires antiguo desde 1729 hasta la inauguración de la Biblioteca Pública en 1812”, 1965.
  22. Buonocore, Domingo, “El libro y los bibliógrafos”, 1960, p. 285.
  23. Ibídem, pp. 286-287, 298-299, 328-329.
  24. De Angelis a Floro Castellanos, carta sin fecha, de fines de 1835, citada en Becú, Teodoro y José Torre Revello, La colección de documentos de Pedro de Angelis y el Diario de Diego de Alvear, 1941, pp. XLIV-XLV.
  25. Sabor, Josefa Emilia, Pedro de Ángelis y los orígenes de la bibliografía argentina. Ensayo bio-bibliográfico, 1995, p. 57, nota 55.
  26. Torres, José Luis, “Introducción”, 1909, Vol. 1, p. VII.
  27. Sabor, Pedro de Angelis, p. [159].
  28. Citado en ibídem, p. 160.
  29. Myers, Jorge, Orden y virtud. El discurso republicano en el régimen rosista, 1995, pp. 37-38.
  30. Sabor, Pedro de Angelis; Becú y Torre Revello, La colección.
  31. Joaquín García Icazbalceta, carta a José Fernando Ramírez, 22/Enero/1850, citada en Martínez, Manuel Guillermo, Don Joaquín García Icazbalceta. Su lugar en la historiografía mexicana, 1950, p. 35.
  32. Bancroft, Hubert Howe, Literary industries, en The works of Hubert Howe Bancroft, 1890, vol. XXXIX, p. 172.
  33. De la Torre Villar, Ernesto, “Vida y obra de José Fernando Ramírez”, 2001, p. 15.
  34. Chavero, “Introducción”, p. LIX.
  35. De la Torre Villar, Ernesto, “Las bibliotecas de José Fernando Ramírez”, 2002, p. 19.
  36. Los detalles de la liquidación de la biblioteca de Ramírez en: De la Torre Villar, “Las bibliotecas”, p. 21 y el detallado artículo Sáenz Carrete, Erasmo, “José Fernando Ramírez: su último exilio europeo y la suerte de su última biblioteca”, 2011.
  37. El catálogo de la primer subasta: Biblioteca mexicana or a catalogue of the library of rare books and important manuscripts relating to Mexico and other parts of Spanish America, Puttick & Simpson, London, 1880, lote 251, cit. por Sáenz Carrete, “José Fernando Ramírez”, p. 16. La lista de Quaritch: A rough list of rare woks to North & South America, chiefly from the Library of the late Emperor Maximialian’s First Ministry, Mexico, offered for sale by Bernartd Quaritch, 15 Picadilly, W. London, July 26, 1880, cit. por De la Torre Villar, “Las bibliotecas”, p. 21. Sobre Quaritch, citado por Borges en Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, cf. Bernard Quaritch Ltd., “Bernard Quaritch Ltd. About us. Our History” y “Bernard Quaritch Ltd. About us. Our Archive”, http://www.quaritch.com/about/our-history/ y http://www.quaritch.com/about/our-archive/, consulta 6 de Octubre de 2016.
  38. Thomas, Jack, “The role of private libraries and public archives in nineteenth century Spanish American historiography”, 1974.


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