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7 “Con profundo dolor…”

La campaña crítica de Juan Bautista Alberdi en la Guerra de la Triple Alianza contra el Paraguay

Entre los integrantes del nutrido grupo de impugnadores contemporáneos de la guerra de la Triple Alianza contra Paraguay, el más relevante, lúcido e incisivo fue Juan Bautista Alberdi. Este complejo aspecto de su obra ha sido atendido en menor medida que su trabajo como fundamental jurista de la construcción del estado argentino, en particular como inspirador de la trascendente Constitución sancionada en 1853. Sin duda, esto obedece a un innegable aunque velado estigma, a un cierto tufillo equívoco, que ha circundado a Alberdi desde aquella toma de posición que lo enfrentó irreconciliablemente con Mitre y ahondó, si cabía, su antagonismo con Sarmiento, reticencia cultivada sibilinamente durante décadas por los herederos políticos e ideológicos de ambos, que constituyeron el mainstream del dominante liberalismo de Buenos Aires.[1]

Contrario sensu, el revisionismo histórico argentino referido a ese desdichado evento bélico –que considerado con un criterio historiográfico estricto fue, por cierto, bastante tardío en relación a la revaloración de la dictadura de Rosas y de los caudillos de la primera mitad del siglo XIX, su eje inicial y constituyente, y aún más si lo comparamos con sus equivalentes en Uruguay y Paraguay– le es deudor de algunas de las grandes tesis que lo articulan, aunque esto tampoco le ha sido abiertamente reconocido. La influencia de varias de ellas se anticipó al revisionismo –por ejemplo, aquella decisiva de interpretar la guerra como culminación de una secular lucha entre España y Portugal, heredada por Argentina y Brasil, por el control del Plata, o al menos, de la Banda Oriental de ese curso fluvial– haciéndose presentes en la obra de Ramón J. Cárcano, participante sesgado de la llamada historiografía “mitrista”, pero con matices significativos respecto de ella, entre los cuales esa tesis es muy relevante ya que pone de manifiesto las falacias y ocultamientos políticos e historiográficos del “mitrismo” más contumaz.[2] Esto, en el caso argentino. Restaría investigar la presencia de Alberdi en autores fundamentales de la historiografía uruguaya, del “lopismo” paraguayo e, inclusive, en la historiografía brasileña hostil a la interpretación hegemónica justificadora de la política de los Braganza. La obra alberdiana –múltiple, polifacética y aún hoy de no fácil visibilidad al menos en sus aspectos más críticos y bajo sospecha, y en particular lo referido a su corrosiva polémica contra la Triple Alianza y su guerra– a pesar de ocultamientos y retaceos, y también a veces abierta hostilidad, ha ido logrando un reconocimiento más integral de su grandeza, lucidez y alcances cada vez menos circunscripto a ser el canónico autor de las Bases.[3]

Entre los grandes pensadores del siglo XIX constructores de la nacionalidad argentina, Alberdi ha estado situado en terreno incómodo: un buen tramo de su obra y la mayor parte de su vida puede contabilizarse entre los “francotiradores anacrónicos”, la falange heterodoxa bien nombrada por Sarmiento, por cierto su implacable antagonista. Sensibilidad romántica, lucidez racionalista y un exagerado sentido del decoro lo fueron arrinconando bajo el signo de la peculiaridad excéntrica a la que parecía destinado desde el dandismo periférico de sus años mozos, confirmada en las mesetas áridas de su nunca finalizado exilio y que cerró su círculo en los tremendos días de soledad, abandono e insomne delirio que precedieron a su muerte. Los ideólogos “nacionalistas” y antiliberales no pudieron soslayar que fue él quien dictó los fundamentos del edificio teórico-político del constitucionalismo de 1853, de secular continuidad en el país. Los usufructuarios de la construcción del Estado-Nación entre 1861 y 1880, en particular los herederos de las dos primeras de las llamadas presidencias “históricas” –las de Mitre y Sarmiento– no olvidaron, a pesar de la ficticia “reconciliación” con el segundo producida en el viaje de Alberdi a Buenos Aires en 1879, el intransigente cuestionamiento con el que las fustigó.

Como bien señala Tulio Halperín Donghi, en 1852 la batalla de Caseros –triunfo sobre el Buenos Aires de Rosas de una heterogénea coalición integrada por la provincia de Entre Ríos, la emigración argentina en Montevideo, los colorados uruguayos y el Imperio del Brasil, por cierto muy rápidamente disuelta– había puesto sobre el tapete la herencia del dictador derrocado y la hegemonía de Buenos Aires construida en las dos décadas de su dominante actuación, cuestionada por la Constitución ambiguamente federal del 53 y la siempre endeble empresa de la Confederación cuyo pilar era Urquiza y la milicia de su provincia de Entre Ríos.[4] La clave de bóveda de la feroz controversia alberdiana con Mitre y Sarmiento fue la crítica a la construcción de una nueva hegemonía de Buenos Aires sobre una ya bastante delimitada República Argentina, surgida después de Pavón (17 de septiembre de 1861, triunfo definitivo de Mitre y de la provincia de Buenos Aires sobre la Confederación) y los instrumentos de su arquitectura durante la presidencia unificadora del jefe porteño (1862-1868): destrucción del Partido federal, bárbara sujeción de las provincias del Interior, dominio liberal “colorado” impuesto también a sangre y fuego en Uruguay con la activa participación militar brasileña y la aquiescencia más que cómplice de Mitre y su canciller Rufino de Elizalde y, final y decisiva, la demolición de la singular autonomía paraguaya mediante la implacable guerra de la Triple Alianza.

Con esta última, el Imperio del Brasil alcanzó una momentánea hegemonía en el Plata –su objetivo secular, en continuidad con la política lusitana en la región, y su política específica desde 1851 con la coalición triunfante en Caseros– que sin embargo no logró consolidar en la década posterior al acontecimiento bélico y que se desgranó más o menos rápidamente, al menos en su versión más explícita, pero sin reemplazo alguno por parte de Buenos Aires a pesar de su portentoso crecimiento económico desde 1880. A partir de 1880 y el roquismo en Argentina, y 1889 y el fin de la monarquía en Brasil, las modificaciones de la situación en todos los planos fueron importantes –quizás el más sustancial y paradójicamente el menos estudiado fue el reequilibrio estratégico militar respecto de Chile y Brasil logrado por Argentina después de la ocupación definitiva de la Patagonia y el Chaco entre 1878 y 1917 por el estado nacional– y ya no son tan fácilmente discernibles las continuidades de larga duración de los siglos coloniales, reconocibles con facilidad en los dos primeros tercios del siglo XIX, tanto en el Brasil de los Braganza como en la disgregación del virreinato del Río de la Plata y el complejo periodo de construcción de los nuevos estados surgidos en su antiguo territorio. Inglaterra se consolidó aún más como incuestionable influencia ordenadora en el escenario del Plata, y tanto las realidades políticas, sociales y económicas como las percepciones de las mismas sufrieron cambios decisivos. Nuevos proyectos, nuevos actores. Desde esta perspectiva, la guerra del Paraguay, en la medida en que selló el diseño definitivo de los tres estados de la región herederos del virreinato del Plata y que también causó efectos decisivos en el mismo Imperio de los Braganza, es un acontecimiento fundamental en la cronología en la que se inscribe como punto terminal. Las prolongaciones en el siglo XX deben ser estudiadas explorando precisamente esas continuidades ya más disimuladas: la ocupación del Chaco Austral y Central por Argentina entre 1870 y 1917, la de Mato Grosso por Brasil y, finalmente, ese otro tremendo conflicto bélico, la guerra entre Paraguay y Bolivia (1932-1935) por el control del Chaco Boreal.

Entre 1862 y 1865 se modificó brutalmente el escenario político en el Plata, con la “pacificación” de las provincias del Interior por los procónsules mitristas, el crecimiento de las tensiones en el Estado oriental después de Pavón y la invasión “colorada” de Venancio Flores contra el gobierno “blanco” de Bernardo Berro auxiliada con la benevolencia primero y el franco concurso luego por parte del gobierno de Mitre, la intervención abierta de Brasil en Uruguay y el estallido de la guerra entre el Imperio y Paraguay, la ampliación de su escenario y la concreción del tratado de la Triple Alianza suscripto entre el gobierno de Pedro II, el de Mitre en Argentina y el de Venancio Flores en Uruguay. En este contexto y todo el posterior desarrollo bélico Alberdi desarrolló una “cruzada”, una “campaña”[5] –que le significó acusaciones, calumnias y la prolongación de su destierro– en la que escribió y publicó diversos folletos, además de mantener una importante correspondencia, de la que el corresponsal más notable fue su amigo Gregorio Benites, secretario y luego jefe de la Legación paraguaya en París y Londres.[6]

Precisamente, otra fuente de la elaboración de las posiciones de Alberdi respecto de la guerra fue su cuantiosa correspondencia con numerosos corresponsales, mucha de la cual fue utilizada por Jorge Mayer en la elaboración de su notable obra. En ella sigue el desarrollo del conflicto, los sucesos bélicos tanto como los políticos y diplomáticos. Fue eje central del intercambio epistolar tanto lo referente a la guerra misma como a los procesos internos de los países beligerantes, expresando siempre su postura crítica hacia los gobiernos de la Triple Alianza. Hacia fines de 1865, Alberdi hostigaba fuertemente a la presidencia de Mitre y su incursión en el Paraguay: “Mitre a la cabeza de sus ‘cruzados’ de civilización, se dirigió a destruir los ferrocarriles y telégrafos del Paraguay”.[7] Pero no sólo abundan sus constantes conceptos contra la guerra, Mitre y el Brasil, sino que explícitamente manifestó su afección a la causa paraguaya y al gobierno de Francisco Solano López, tal como lo expresó en diciembre de 1867, cuando expresó a su corresponsal Benites que “nunca ha sido más grande, como lo es hoy, mi adhesión a la bella causa común que defendemos, a la persona y carácter del mariscal López”.[8]

En todos estos materiales elaboró una postura política de perfiles muy nítidos y gran congruencia y continuidad, cuya línea principal fue el ataque al gobierno de Mitre y su acción contra las provincias federales después de Pavón, la denuncia de las pretensiones expansionistas y hegemónicas brasileñas en la cuenca del Plata y la dependencia de Mitre a esa hegemonía traicionando –según Alberdi– los intereses argentinos y, finalmente, la defensa estratégica desde esos intereses, y también de principios, de la soberanía del Paraguay, que sentía amenazada, y cuya pérdida alteraría el equilibrio en el Plata en beneficio de la política imperial. Además, hay una importante producción textual del ensayista tucumano dedicada a los problemas políticos vinculados con Mitre, el Brasil y la guerra del Paraguay no publicada en su momento escritural, pero recogida luego en el conjunto conocido como Escritos Póstumos.[9]

Esta actitud de Alberdi, hombre de la Confederación –entre 1855 y 1862 representó a los gobiernos de Urquiza y Derqui en Europa– y enconado adversario de la política porteña, fue compartida con algunos otras prominentes figuras intelectuales, entre otros Carlos Guido Spano –quien escribió El gobierno y la Alianza, y también fundó junto con Agustín de Vedia y con el apoyo de su padre, el general Tomás Guido, el periódico La América, con la finalidad de combatir al gobierno mitrista y hacer la paz con Paraguay–, Olegario V. Andrade, quien fustigó la guerra en las páginas de El Porvenir de Gualeguaychú, Miguel Navarro Viola, autor de Atrás el Imperio, en enero de 1865, después de la masacre de Paysandú por el ejército y la armada brasileños y, por cierto, también José Hernández.[10]

Las referencias a Paraguay anteriores a la década de 1860 son escasas en la obra de Alberdi. Se mostró crítico del aislacionismo impuesto por Rodríguez de Francia y su negativa respecto a la libre navegación de los ríos interiores, cuya reglamentación era uno de los puntos cruciales de un posible y necesario congreso continental, tal como lo señaló en su Memoria sobre la conveniencia y el objeto de un Congreso General Americano, en 1844.[11] En la misma época, y en un contexto de discusión de acciones sudamericanas contra Rosas, insistió en la crítica del aislacionismo y un tanto forzadamente señaló la necesidad de una guerra de Paraguay contra el dictador de Buenos Aires para lograr el reconocimiento de su independencia:

El Paraguay tiene una gran cuestión que debatir: la de su independencia. Él la ha proclamado. La América parece reconocerla tácitamente pero Buenos Aires parece negarla expresamente. El Paraguay tendrá que completar el acto de su congreso por la acción de sus ejércitos. Un país no se proclama nación para vivir como aldea, sino para hacer parte de la vida de las naciones, para figurar entre ellas, rozarse y tratar con ellas, como una de tantas. ¿Lo obtendrá el Paraguay? Sí, pero será por el poder de sus bayonetas.[12]

La presencia de Paraguay en Bases se concentra en la crítica de la Constitución paraguaya de 1844, y se construye más en la afirmación del credo general sostenido en la obra, que en un acucioso estudio de la realidad política, social y económica del país guaraní:

El poder fuerte es indispensable en América; pero el del Paraguay es la exageración de ese medio, llevada al ridículo ya la injusticia; desde luego que se aplica a una población célebre por su mansedumbre y su disciplina jesuítica de tradición remota. Nada sería la tiranía presente [1852, gobierno de Carlos Antonio López] si al menos diera garantías de libertades y progresos para tiempos venideros. Lo peor es que las puertas del progreso y del país continúan cerradas herméticamente por la constitución, no ya por el doctor Francia; de modo que la tiranía constitucional del Paraguay y el reposo inmóvil, que es su resultado, son estériles en beneficios futuros y sólo ceden en provecho del tirano, es decir, hablando respetuosamente, del presidente constitucional. El país era antes esclavo del doctor Francia; hoy lo es de su constitución. Peor es su estado actual que el anterior, si se reflexiona en que antes la tiranía era un accidente, era un hombre mortal; hoy es un hecho definitivo y permanente, es la constitución.[13]

Alberdi señaló la exclusión en la constitución paraguaya –sancionada en el período del presidente Carlos Antonio López, el 16 de marzo de 1844– de “todas las libertades”, haciendo hincapié en la religiosa, lo cual obstaculiza la llegada de inmigración europea:

[…] en su suelo desierto, [y] provee […] los medios de despoblar el Paraguay de sus habitantes extranjeros, llamados a desarrollar su progreso y bienestar. Este sistema garantiza al Paraguay la conservación de una población exclusivamente paraguaya, es decir, inepta para la industria y para la libertad […]. La constitución tiene especial cuidado en no nombrar una sola vez, en todo su texto, la palabra libertad, sin embargo de titularse Ley de la República. Es la primera vez que se ve una constitución republicana sin una sola libertad.[14]

Y culmina con una condena sin atenuantes, muy lejano al llamamiento a la guerra contra Rosas de 1844, pero también antitético de las ideas que sustentaría en la década de 1860, poco más de diez años después:

El régimen es egoísta, escandaloso, bárbaro, de funesto ejemplo y de ningún provecho a la causa del progreso y cultura de esta parte de la América del Sud. Lejos de imitación, merece la hostilidad de todos los gobiernos patriotas de Sud América.[15]

Para comprender mejor los ulteriores desarrollos políticos de Alberdi respecto de la guerra del Paraguay es pertinente indagar en su obra de juventud acerca de una segunda cuestión: la naturaleza del sistema político de América meridional y el lugar de Brasil en el concierto americano. En sus primeros artículos publicados al llegar a Chile, en abril de 1844, Alberdi se ocupa de este asunto, que retoma unos meses después, en octubre.[16] Los tres artículos de la primera serie y los siete de la segunda deben ser leídos de conjunto, con el trasfondo de sus reflexiones generales propositivas expresadas en la Memoria sobre la conveniencia y el objeto de un Congreso General Americano, redactada también en este período. Su punto de partida es la interrelación ineludible, aunque no necesariamente evidente, de todas las repúblicas integrantes del edificio político de la América meridional debida a la “unidad y solidaridad territorial”, pero también basado en su “modo de ser político” fundado en un pasado común colonial, un mismo derecho, una misma lengua, un mismo culto, y a pesar de las desmembración producida por la revolución de independencia y, a la vez, resultado de ella, un “mismo dogma de libertad política”.[17] Si respecto de Europa estas naciones son “absolutamente” independientes, más que por voluntad activa por “las dos mil leguas de abismo que Dios ha puesto entre los poderosos reinos de Europa y los humildes pueblos de nuestro continente”, en lo que hace a los engarces entre ellas tienen “relaciones de dependencia y subordinación mutuas”, comunicación de influencias múltiples en la que el Plata, y en particular Argentina, juega un papel de vehículo de comunicación privilegiado.[18]

La gloria de las repúblicas hispanoamericanas “es la de las armas”, producto de la guerra de Independencia, mientras que la del otro polo de América meridional, Brasil, es “la de la civilización”.[19] En el razonamiento de los artículos de Alberdi se introduce aquí una cuestión política que es en realidad el disparador y a la vez el objetivo último de toda la reflexión, en apariencia de carácter político-sociológico y no coyuntural, desplegada en el conjunto de los artículos: la cuestión del régimen de Rosas en el Plata, el alerta necesario acerca del peligro que éste supone para los gobiernos de progreso y estabilidad en Sudamérica en la medida en que es referencia y apoyo eventual de todos sus posibles adversarios internos y la necesidad de construir una coalición contra él desechando la idea de “neutralidad” indiferente, equivocada respecto a las intenciones y el riesgo que el rosismo implica para sus vecinos. El destinatario evidente de la exhortación presente en sus artículos es el gobierno chileno, pero también incluye en su admonición al gobierno imperial brasileño, con el que existe un creciente clima de enfrentamiento desde Buenos Aires.

Debe subrayarse aquí, entonces, la acertada intención de Alberdi al establecer la importancia estratégica que tiene Argentina como vehículo comunicador de influencias en toda la América meridional. Indica que existe la idea, en las repúblicas americanas de origen español, de que la revolución sudamericana no está acabada, y que para terminarla hay que “desmonarquizar” Brasil. De inmediato, se pregunta acerca de la legitimidad de esta postura y acerca de su factibilidad. La verdadera y única “causa americana” fue, para nuestro autor, la independencia, y no la elección entre el régimen político republicano o monárquico (acertadamente señala que opciones monárquicas fueron manejadas reiteradamente en las Provincias Unidas, por ejemplo); Brasil ya es independiente y un país de “hombres libres”. Aquí, Alberdi no vacila en saltar un escollo poderoso, el descargo de la esclavitud con un argumento, el de la “externidad” de sus sujetos, ciertamente deleznable para un liberal: “La esclavitud civil de una cierta casta traída de afuera no desmiente el hecho de su libertad política; pues el mismo fenómeno existe en Estados Unidos de Norte América, donde hay siete veces más esclavos civiles que en el Brasil.” Y la justificación prosigue aún más allá:

[…en Brasil] existe el gobierno de la ley y la bandera de San Martín se honraría en saludarla, porque la ley es la expresión de la justicia universal. El movimiento revolucionario buscaba el triunfo del derecho de propiedad, del derecho de escribir, de hablar públicamente, de elegir, de peticionar, de adquirir. Muy tarde iría, pues, a proclamar estas cosas en el Brasil, pues ya todas ellas están cansadas de existir allí. En una palabra, el símbolo de la revolución se decía serlo también del progreso y de las mejoras sociales. Pero quién ignora, pues, que allí tienen culto universal la civilización, el progreso, y las instituciones. Se buscaba un cambio político, los brasileños lo han llevado a cabo también. Al gobierno de la voluntad arbitraria ha substituido el régimen de la responsabilidad ante la ley de la nación. Se proclamaba la independencia: los brasileños la han proclamado también. Se arrojaba fuera los poderes extranjeros: los brasileños han realizado la misma expulsión. Se elevaban nuevas naciones: los brasileños han levantado una nueva y brillante asociación política. ¿No están, pues, ellos perfectamente iguales a este respecto con los hijos de los estados republicanos?[20]

A quienes proclaman una “causa americana” –transparente alusión a Rosas, sus enfrentamientos con Francia e Inglaterra desde 1838 y sus crecientes divergencias con Brasil–,[21] que fuese continuidad de la gesta guerrera de Bolívar y San Martín por la Independencia, causa en la que Brasil sería el gran objetivo a derrotar, Alberdi les señala una discontinuidad esencial. Después de la causa de la independencia, “producto de la marcha progresiva de la civilización europea; la Europa nos ha libertado debilitando al despotismo español y reconociéndonos pueblos independientes”, no hay otra causa americana “sino la de su riqueza y prosperidad, la de su libertad y ordenamiento interior, causa que en vez de ser exclusivamente de América es también de Europa, de Asia, del mundo”.[22] Y lanza una proposición, que advertimos fundamental, de su pensamiento sociológico-político:

La América necesita adelantos y progresos: he aquí los hechos que constituyen su gran causa. El patriotismo, el americanismo actual, consiste no ya en detestar al extranjero, sino en desear y trabajar por los progresos y engrandecimientos de América, sin detestar a nadie, y mucho menos a los extranjeros que nos traen sus luces, sus brazos, sus capitales, su industria. Los enemigos de la causa americana, es decir, los enemigos de nuestros progresos y adelantos, no son ya la España, que nos reconoce libres, ni la Europa, que nos envía su civilización, sus ideas, su industria, esto es, las bases de nuestra civilización y libertad. Los enemigos de la civilización americana son aquellos americanos mismos, de corazón viejo y cabeza tenebrosa, que trabajan por conservar y sostener las preocupaciones, hábitos, rutinas y miserias en que fuimos educados por 300 años de vasallaje, ellos son los verdaderos españoles actuales […] los verdaderos enemigos de la causa americana, los herederos y perpetuadores del coloniaje, los nuevos virreyes, los virreyes independientes, que no despotizan en nombre de la España, por despotizar en nombre propio: sofistas tenebrosos, por el de su Majestad el Pueblo, para en nombre del pueblo, sacrificar, explotar, destruir, embrutecer al pueblo.[23]

Si la confrontación con Brasil no es legítima en términos de patriotismo “americano”, es necesario también reflexionar acerca de si, en caso de producirse, tiene visos de éxito. El Imperio es el país más estable de Sudamérica, allí donde el comercio británico posee intereses iguales a la suma de todos los otros países americanos.[24] Rosas, él mismo una nulidad militar, parece amenazar con una guerra a Brasil y, sin embargo, el balance de fuerzas materiales y políticas favorece a Brasil, quien ahora debería desarrollar su potencial bélico. En realidad, el antagonismo con Rosas con Brasil es el del “patriotismo ignorante, atrasado, rutinario” contra “la América progresiva y liberal”.[25] La estrategia propuesta por Alberdi es la de generar condiciones para una coalición de esta América contra la dictadura porteña, sacudiendo para ello la equivocada “neutralidad” de Chile y de Brasil. En parte, en lo que hará finalmente el Imperio, al concretar en 1851 la gran coalición que derrotó a Rosas en Caseros.[26]

Todas estas formulaciones se modificarán en los trabajos de Alberdi de la década de 1860, en la valoración de los actores políticos, sus motivaciones y objetivos y la apreciación general de la coyuntura bélica en la región del Plata. Si nos atenemos a las manifestaciones expresadas en las Bases, no es de poca monta el cambio ocurrido en su valoración del régimen paraguayo, desde 1862 presidido por Francisco Solano López, que puede registrarse, expresada abiertamente y en correspondencia privada, a partir de 1864. Las razones del cambio, que Raúl Amaral sitúa en la relación amistosa con Benites y la influencia ejercido por su joven amigo paraguayo, en realidad va mucho más allá que la sola ecuación personal, aunque esto no implica desdeñar la importancia que la presencia del diplomático tendría en la evolución del pensamiento de Alberdi.[27] Esta evolución debe situarse precisamente en la nueva situación política generada por la crisis de las relaciones entre la Confederación y la provincia de Buenos Aires –Alberdi sostuvo reiteradamente la necesidad de federalizar Buenos Aires y nacionalizar las rentas de la Aduana, la solución impuesta por el presidente Avellaneda y el bloque roquista recién en 1880–[28] y las consecuencias del triunfo de las fuerzas porteñas sobre las de la Confederación federal en Pavón, en septiembre de 1861. El polémico triunfo de Mitre en esa batalla, uno de los hitos decisivos en la historia del Estado argentino, planteó una variación sustantiva en la correlación de poder entre las fuerzas políticas del país del Plata y sustentó un proyecto de construcción estatal diferente al sancionado en 1853 y practicado con vacilaciones y tropiezos en la Confederación Argentina, sin el autonomista Estado de Buenos Aires, durante la presidencia de Urquiza (1854-1860) y Derqui (1860-1861). Sobre este proyecto “nacionalista” liberal de Mitre finalmente se diseñaría en las dos décadas siguientes la fisonomía de Argentina como nación constituida.

La connivencia de Mitre con la invasión colorada de Venancio Flores contra el gobierno blanco en Uruguay, y la agresividad del expansionismo brasileño, o sea la coyuntura de conflicto regional, impulsó el interés político de Alberdi, que luego fue generando posiciones jurídicas y del derecho internacional público en torno a la soberanía del Paraguay amenazada hasta su extinción por el tratado de la Triple Alianza. A través de su correspondencia podemos apreciar la preocupación creciente de Alberdi por la situación en el Plata después de Pavón, y en particular por la de la Banda Oriental, nuevamente asolada por la guerra civil y las amenazas desembozadas de intervención brasileña. A inicios de marzo de 1865 publicó, anónimo, Las disensiones de las repúblicas del Plata y las maquinaciones de Brasil.[29] El propósito era dar mayor fuerza con visos de objetividad a sus argumentos y precaverse de ataques ruines, que de todos modos sobrevinieron de inmediato por parte de la prensa oficialista de Buenos Aires que lo acusó de ser agente venal de Solano López y poco después de “traidor a la patria”, un epíteto que tuvo largo alcance, particularmente en la pluma y las instigaciones de Sarmiento y al que Alberdi se mostró, con razón, particularmente sensible. En este extenso folleto indagaba acerca del peso histórico de larga duración de los intereses económicos y la gravitación secular de los componentes geográficos en cada uno de los protagonistas de la intrincada “cuestión” del Plata. Pedro II practicaba la secular política heredada de Lisboa y buscaba acceso a los puertos y territorios templados del gran estuario del sur. El Imperio codiciaba las tierras de la Banda Oriental para sus inmigrantes, ganados y cultivo de cereales, y el control político de toda la región para volcar en su favor las diferencias de límites con Paraguay y abrir la vía fluvial al Mato Grosso, de cuya capital Cuiabá, Alberdi señalaba en obsequio de sus lectores europeos, pero también como impactante dato geopolítico, que estaba tan distante de Río de Janeiro como Teherán de París; la comunicación por tierra desde San Pablo con toda la región era muy difícil y lenta.[30]

Debido a la evolución de los conflictos en la primera mitad del XIX, que bajo presión de Inglaterra había decidido la independencia de Uruguay con la garantía de sus vecinos, tanto Brasil como Argentina querían imponer regímenes prosélitos en Montevideo, mientras fuerzas autonómicas jugaban con esa oposición para ganar espacios. Para Buenos Aires, Montevideo era refugio alternado de disidentes y malquerido puerto competidor. El Paraguay pretendía preservar su autonomía, integridad y el control de sus ríos que el Imperio quería violentar; dependía del sutil equilibrio de una balanza de fuerzas cuyo fiel radicaba en la Banda Oriental. Si Brasil llegase a dominar en Montevideo, la fragilidad del régimen de Asunción aumentaría en grado insoportable y sucumbiría al embate imperial, en palabras de Alberdi “su propia independencia” estaría amenazada.

En el contexto de los prolegómenos de la guerra generalizada pero ya comenzada la lucha entre Paraguay y Brasil, la solicitud del mariscal López de libre paso de sus tropas por Corrientes para enfrentar al ejército imperial en Uruguay y la negativa de Mitre a permitirlo, el análisis de Mayer de las responsabilidades por el desencadenamiento del conflicto parece muy atendible:

En esta crisis, si las culpas de Mitre, entregado a Pedro II, son imperdonables, ni Solano ni el general Urquiza tuvieron la capacidad indispensable para soslayar los escollos. Solano pudo también destacar un representante fijo y capaz en Buenos Aires y reclamar garantías positivas. En la misma forma debió proceder el general Urquiza, que tenía suficiente peso para exigir una solución. Pero Solano se encerró retobado en la Asunción, y Urquiza, viejo e indeciso, se limitó a remitir algunas notas a Mitre; ofreció su mediación en vez de imponerla.[31]

Solano López pensaba en la alianza con Urquiza, quien apoyado en las provincias del interior depondría a Mitre y revertiría las consecuencias de Pavón. Certeramente, Mayer señala que fue ésta su gran equivocación: la invasión a Corrientes y la declaración de guerra fue una acción imprudente que esperaba con gran paciencia Mitre, quien ahora tenía las manos libres para actuar como defendiendo el honor nacional mancillado. Desde Buenos Aires el presidente ejecuta una jugada política fundamental: explicita la alianza con Brasil y, su as en la manga, acierta en su percepción de la posición de Urquiza. Se efectiviza, entonces, sobre la base de la defensa y unidad nacional en contra del agravio paraguayo el apoyo del gobernador de Entre Ríos a la política del gobierno nacional, la tan publicitada “traición” o “defección” de Urquiza a las expectativas de López y del partido federal que encabezaba, que se convertiría en un argumento fundamental de la tradición historiográfica revisionista argentina. El caudillo entrerriano y latifundista de saladero, en realidad no quería complicaciones, había regresado definitivamente a su papel de dirigente regional de una provincia del Litoral, subordinado estratégicamente a Buenos Aires con cuyos intereses una vez abierta la navegación de los ríos coincidía en buena medida. Posición madurada desde la inexplicable retirada de Pavón, que entregó un “triunfo” al jefe porteño, el primer sorprendido por la nueva situación. Urquiza no se sentía ya cómodo como jefe de un gran partido nacional y se aseguraba pingües negocios con la guerra y la venta de caballada a los brasileños.[32]

La posterior inútil resistencia argentina a la ocupación paraguaya de Corrientes fue una trampa astuta de Mitre para presentar toda la guerra como una ofuscación agresiva del “dictador” paraguayo: el presidente Solano López no tenía “pasta de estadista; altanero y mal estratega, se ofuscó y cayó en la trampa”, tal como lo analiza Alberdi.[33] La firma del Tratado de la Triple Alianza, con su diplomacia secreta y sus cláusulas completamente favorables al Imperio, fue el resultado de toda esta etapa inicial. El presidente Mitre, megalómano, aseguró que en tres meses estaría en Asunción: en realidad enfrentaría una guerra cruel, despiadada, y un genocidio en su dantesco final. La personalidad ególatra de Mitre, su disimulo permanente, la astucia para aprovechar los impulsos de sus enemigos, sus errores de cálculo en cuanto al desarrollo estratégico de la guerra, su incapacidad como estratega y conductor militar tantas veces comprobada, fueron elementos que han sido recurrentes en la crítica historiográfica posterior, que han tenido nacimiento en buena medida en el periodismo opositor con el tono franco y deslenguado de esa época, y en el círculo de corresponsales y la obra misma de Alberdi, cuya retórica polémica alcanza a veces niveles inusitados de violencia verbal.

Después del enorme éxito de circulación del folleto inicial, en julio de 1865 Alberdi publicó un segundo trabajo, ya firmado por él, Los intereses argentinos en la guerra del Paraguay con el Brasil.[34] En primer lugar aceptaba que había atacado en Bases la constitución paraguaya, pero para él eso distaba muchísimo de haber agredido al pueblo paraguayo. Afirmaba, de manera un tanto forzada, haber denunciado desde hacía muchos años la política del Imperio brasileño en el Plata e, inmediatamente, se refería a la participación del Brasil en la caída de Rosas, que él compartió alborozadamente, un urticante tema, que podía colocarlo en una situación embarazosa. Su argumento se tejía en que si en 1852 había aceptado y defendido la alianza con la corte de los Braganza era porque tenía como objetivo un interés argentino: la caída de Rosas y la liberación del Interior del país –del que se erigía en vocero– de su tiranía y de la de Buenos Aires. Sin duda recordaba sin decirlo sus ahora inoportunos artículos de 1844, anticipándose a cualquier polemista que los exhumara para demostrar su posible incongruencia con las posiciones del día. A diferencia de 1852, en 1865 la alianza había invertido su sentido, era objetivamente anti-argentina ya que tenía como propósito el dominio del Imperio en el Plata, la expansión brasileña en Mato Grosso y la destrucción del Paraguay. Su actitud actual era, entonces, legítima, en cuanto defendía los intereses argentinos; no era “traición a la patria” como le imputaban los corifeos del gobierno de Buenos Aires. Y de inmediato, en un argumento ad hominem dirigido a Mitre, lo señala como falto de autoridad moral para dirigir imputaciones de traición a alguien, como es su caso, que solamente hace uso del derecho legítimo de criticar en sus escritos políticas gubernamentales –derecho civilizado de todos los países libres– a quien como el presidente Mitre había combatido contra ejércitos argentinos bajo otra bandera en Caseros. Para un antirrosista de 1852, aunque urquicista, como Alberdi, este argumento suena, cuanto menos, oportunista, y responde a las necesidades inmediatas de la retórica polémica y a la gravedad de las acusaciones esgrimidas en su contra desde la prensa mitrista.

En febrero de 1866 apareció anónimamente un nuevo folleto de Alberdi, La crisis de 1866 y los efectos de la guerra de los aliados en el orden económico y político de las repúblicas del Plata,[35] en el que centraba su análisis y denuncia en la política imperial respecto de los ríos navegables y en la política mitrista en el interior argentino. Asumía su posición como una defensa no sólo del Paraguay, sino de los verdaderos intereses de Argentina y Uruguay, respecto de los objetivos de ambos poderes coaligados: el dominio brasileño sobre el Plata, y el de Buenos Aires sobre el interior de su país. Todos los objetivos de la guerra esgrimidos públicamente por los gobiernos de la Alianza eran inconsistentes. La pretendida ambición adjudicada al mitrismo de restaurar el virreinato del Plata, que en su momento se atribuyó también a Rosas sin demasiada credibilidad, era aún menos admisible en la década de 1860 y Brasil, en todo caso, de ser cierta, lo impediría. El pretendido rescate del pueblo paraguayo de la tiranía de López tampoco era sostenible, su gobierno era “razonable” para la época y, por supuesto, en cuanto a tarea redentora hubiese sido preferible, en todo caso, libertar a los cuatro millones de esclavos existentes en el Brasil. Para Alberdi no era quehacer argentino, en todo caso, terminar con un tirano extranjero. Tampoco era una guerra por el honor nacional, como pretendía Mitre, ya que Corrientes había sido recuperada, y de la prosecución de la guerra Argentina solamente recogería deshonor de la lucha contra una república hermana. El resultado final, vaticinaba con acierto el tucumano, será el triunfo de Brasil y se habrá destruido Paraguay, un elemento protector para Argentina en la confrontación con su verdadero enemigo histórico: el gobierno dinástico de un Imperio esclavista. El tema de la supuesta traición, de su traición, vuelve a plantearse, y Alberdi señala que es traidor el gobernante que por ambiciones personales se aparta de los intereses de su país y dilapida sus recursos: Flores y Mitre, quienes eran ya los “virreyes de Pedro II, en los ‘grandes ducados del Sur’”, una sugerente fórmula polémica.[36] Mitre era para Alberdi un claro continuador de la política de Rosas, de la política del saladero, y el publicista reitera su propuesta de verdadera solución para la construcción de la república, que una década y media después será el objetivo de la coalición que dará base al roquismo en la crisis de 1880: la federalización de Buenos Aires y la nacionalización de las rentas de su aduana. Una completa impugnación a la política de Mitre después de Pavón.

A pesar de los esfuerzos hechos por los gobiernos signatarios para mantener en secreto las cláusulas concretas acerca de los objetivos de la guerra y los mecanismos de la coalición establecidos por el Tratado de la Triple Alianza, el encargado de negocios de Inglaterra en Montevideo lo obtuvo confidencialmente y en Londres, el primer ministro whig Lord John Russell, disgustado con Brasil por la permanencia del tráfico negrero, lo envió al Parlamento el 2 de marzo de 1866; en mayo, aprovechando esa versión, en Buenos Aires La América –periódico de oposición a Mitre dirigido por Vedia y Guido Spano– lo publicó íntegro. Irónicamente, la opinión argentina se enteraba por qué combatía el país gracias al gobierno de su Majestad Británica. Alberdi, consciente del efecto devastador que el conocimiento de las cláusulas mantenidas en secreto tendría para el mitrismo, especialmente en lo concerniente al objetivo final de derrocar al gobierno paraguayo y al compromiso de los aliados de no firmar una paz por separado –lo cual dejaba a Argentina supeditada al logro de las políticas del Imperio– lo publicó también de inmediato, con unos breves comentarios.[37]

El descrédito del gobierno fue mayúsculo, la oposición se fortaleció con el escándalo, pero no alcanzó para torcer la política presidencial. El desgaste de la guerra se hacía sentir en los beligerantes. Solano López, después de varias derrotas importantes pero no decisivas en Paso de la Patria, Estero Bellaco, Tuyutí, Yataytí Corá y Boquerón, inició intensas gestiones para una tregua, y finalmente se entrevistó el 12 de septiembre de 1866 con Mitre y Flores en Yataytí Corá, conferencia a la que no asistió ningún representante brasileño; el presidente argentino, prisionero de sus acuerdos con el Imperio, a la postre se negó a toda negociación y la guerra prosiguió con intensidad ya en territorio paraguayo. Reanudadas las operaciones, el 22 de septiembre de 1866 se produjo, por la tremenda incompetencia del almirante brasileño Tamandaré y del generalísimo Mitre, el desastre sangriento de los aliados en Curupaytí. La guerra estaba alcanzando un punto muerto.

Todos los intentos de tregua o paz fueron vetados por la corte de Río de Janeiro: un año después, el 1º de septiembre de 1867, Estados Unidos intentó la concertación de una tregua con su mediación, Mitre la consideró plausible por las crecientes dificultades interiores y en el escenario bélico pero, finalmente, fue rechazada por presiones del Imperio. A mediados de 1868 la legación británica en Asunción nuevamente inició tratativas para lograr la paz, pero Solano López se negó a renunciar, que era conditio sine qua non para los aliados. Otros intentos de terminar con las acciones bélicas después de la toma de Asunción también fracasaron por la negativa imperial a considerarlos.

Una complicación internacional hizo más complejo aún el escenario de conflictos en América del Sur, ahora por el Pacífico, y dio oportunidad a una nueva reflexión de Alberdi, en la que actualizó algunas añejas opiniones sobre el sistema político sudamericano, mostrando un pronunciado giro en sus puntos de vista, aunque siguió sosteniendo que la capacidad bélica es el fundamento del poder de las naciones. En 1865 y 1866 Chile y Perú mantuvieron una guerra con España, que había ocupado las islas peruanas del guano; después de algunos incidentes y un bombardeo al puerto de Valparaíso la escuadra española se retiró. Alberdi se mostró muy sensible respecto de este problema surgido en el Pacífico, y publicó un trabajo en el que reconocía básicamente la realidad de la fuerza en la política exterior. Es este un punto teórico controvertido en la obra alberdiana, ya que luego se encontrará cuestionado con empeño en los notables borradores editados póstumamente bajo el título de El crimen de la guerra;[38] un antecedente sustantivo lo encontramos en sus artículos acerca del sistema político sudamericanos y la cuestión del Plata, en octubre de 1844, que ya abordamos. Alberdi enunciaba allí el principio de que “la pacificación bajo la ley es la gran necesidad de nuestra América”, pero “sin olvidar que hay veces en que la guerra es el único y gran medio de obtener la pacificación”, y refiriéndose al Congreso continental cuya realización postuló en su Memoria, también escrita en esa época, afirmaba “He aquí el grave punto, llamado a encabezar el programa de trabajos del congreso continental: la paz, pero sin excluir la guerra como medio de obtenerla”, punto al menos tan notable como el desarrollo de los avances civilizatorios materiales y espirituales.[39] Sentenciaba: “[…] hay dos grandes medios de acción exterior […]: el uno es la diplomacia, el otro es la guerra. Un país negociador no puede ignorar que la espada es el alma de los buenos negocios: el débil nunca ajusta buenos pactos”.[40]

Entrando en el tema inmediato de su folleto de 1866,[41] vinculaba la guerra en el Pacífico con el conflicto en el Plata y denunciaba que Brasil era el “eje y resorte principal de esta reacción ultramarina contra Sudamérica” por su intensificado control del Plata y del “camino de Europa”. Hacía un fuerte llamamiento a la unión de Argentina, la Banda Oriental, Paraguay, Bolivia, Chile y Perú para contener esa agresión, lo que suponía precisamente el camino opuesto al seguido por Mitre y Flores. Alberdi denunciaba la expansión brasileña fundada en la inmigración infiltrada en las zonas fronterizas, especialmente en el norte de Uruguay y en el Mato Grosso, como base de futuros reclamos territoriales y competencia, para él, de posibles y deseables “inmigraciones blancas, cultas y desinteresadas de la Europa”.[42]

La guerra con Paraguay era parte de ese plan, que Alberdi imaginaba y amplificaba con una cierta desmesura, proyectado luego hacia Chile y Bolivia. En este sentido, el ensayista también planteaba algo que en el futuro sería un lugar común de los análisis de las relaciones internacionales de América del Sur: la continuidad y constancia de la política brasileña, heredera de la lusitana, frente al desconcierto, improvisación y carencia de objetivos estratégicos de los restantes países. En ese sentido, Alberdi demandaba la construcción de un reequilibrio necesario, un dique a esta política expansiva brasileña, fundado en la solidaridad americana –la misma que había alentado la presencia de los ejércitos argentinos en Chile, Perú y Ecuador para el logro de la independencia– evidentemente puesta en cuestión por los ataques de los dos países dinásticos, la combinación de los Borbón en el Pacífico y los Braganza en el Plata. Todo esto constituía una curiosa inversión de sus anteriores argumentos de 1844, que ya expusimos, esgrimidos a tono con el enemigo puntual: Rosas dos décadas antes, el Imperio de Pedro II ahora. A pesar de estos acomodos contradictorios, el genio de Alberdi se muestra en plenitud en estos ejercicios compatibles con una moderna geopolítica, con muchas dotes para el planteamiento de grandes escenarios de larga duración. Ensaya una definición brillante de esa solidaridad entre los componentes del todo sudamericano que deseaba como elemento de contención al expansionismo brasileño:

El americanismo consiste en la relación de intereses mutuos, por la cual cada estado de Sudamérica es, sin perjuicio de su independencia, un elemento esencial del edificio común, levantado por la revolución americana, y subordinado a la ley suprema del equilibrio, que preside su existencia común y solidaria.[43]

Esta solidaridad sud-americana no suponía para el autor apartarse de Europa, fuente necesaria de recursos e inmigrantes para el progreso, ni tampoco adherir a la doctrina Monroe, dictada en beneficio propio por Estados Unidos. El concepto de equilibrio continental como principio rector de una solidaridad sudamericana había aparecido ya en los artículos de 1844.[44]

Seguidamente, Alberdi publicó un opúsculo acerca de un decreto dictado por Pedro II el 7 de diciembre de 1866 autorizando la libre navegación del Amazonas por barcos mercantes, no armados, lo que para él suponía la intención imperial de congraciarse con los poderes europeos abriéndoles el supuesto comercio con los territorios del Norte, territorios no aptos además para la inmigración blanca (opera aquí en nuestro autor el mito de esa época de los trópicos inhabitables para la “raza” blanca). A cambio, el gobierno imperial buscaba el apoyo por las cortes europeas a las demandas brasileñas respecto a la libre navegación de los ríos en el Sur del continente. Alberdi señalaba, además, que la exclusión de buques de guerra en el tránsito fluvial del Amazonas, en territorios habitados por “salvajes” que hacían impensable la circulación de buques desarmados, contrastaba con las pretensiones brasileñas en el Sur, donde exigía el libre paso de su flota de guerra por el río Paraná y el Paraguay. El tráfico fluvial en la zona amazónica, además, quedaba sujeto a reglamentaciones de policía, que lo hacía definitivamente quimérico.[45]

En mayo de 1867 Alberdi publicó otro trabajo: Las dos guerras del Plata y su filiación en 1867.[46] Ensaya en este trabajo su defensa frente a los constantes ataques por “traición a la patria” y de “odio por Buenos Aires” que recibía de la prensa pro-gubernamental argentina. Reivindicaba en este folleto su aprecio por la ciudad del Plata en todo lo que tenía de agencia de civilización y progreso. Pero desde su estancia en Europa a partir de 1855 Alberdi se había fijado la misión de combatir la política porteña, fervientemente antinacional, y la expansión del Imperio del Brasil en el Plata. Según afirmaba, después de Pavón se había fijado tres objetivos primordiales: sostener la independencia de Uruguay cada vez más amenazada, afianzar la libre navegación de los ríos, elemento central de su proyecto nacional, y preservar la soberanía paraguaya, sin tutelajes ni desmembramientos, como forma de mantener el equilibrio en el Plata. Se mostraba extremadamente sensible a los ataques personales que estaba sufriendo: negaba terminantemente haber recibido ninguna dádiva del Paraguay, e insistía que de haber buscado ese tipo de ventajas podría haber “vendido mis escritos o mi silencio” al gobierno imperial o al de Mitre. Sostenía altivamente su “patriotismo”, que le costaba el destierro y la estrechez de vida.

Las acusaciones de traición a Alberdi de parte de los mitristas por sus posiciones respecto de Paraguay, aún más, de haber alquilado su pluma para la defensa del régimen paraguayo fueron innumerables. La respuesta de Alberdi a esas vilezas produjo una contundente síntesis de los fundamentos de su enfoque:

He sido atacado esta vez, no por defender al Paraguay, sino por defensor de la República Argentina; no por aparaguayado, como dicen en Buenos Aires, sino por argentino; no por traidor sino por patriota. El crimen de mis escritos no es la traición, es el patriotismo argentino bien entendido […] ¿Con qué motivo he renovado esta vez mis antiguos ataques contra Buenos Aires y el Brasil? Con dos motivos muy simples y comprensibles; 1º porque lo han renovado ellos mismos contra los intereses argentinos que yo defendí antes de ahora; 2º porque nunca han sido más necesarios los esfuerzos defensivos que esta vez, en que esos dos antagonistas, antes aislados, se han hecho más fuertes aliándose entre sí para llevar a cabo su antiguo propósito de hostilidad contra el interés de la América interior (Paraguay, Provincias Argentinas y Bolivia), de comunicarse con el mundo directamente y sin la intervención forzosa y expoliatoria de Buenos Aires y el Brasil. Así mis escritos actuales no son otra cosa que mi vieja defensa de la causa de las provincias argentinas, hecha en nuevo terreno y más a propósito que nunca.[47]

 

Este argumento también está presente en una importante carta de Alberdi a Benites:

En esta república [Argentina] no solo hay dos partidos, sino más bien dos países, dos causas públicas, dos patrias y dos patriotismos por decirlo así. Un interés profundo los divide y hace antagonistas; y ese mismo interés, sin cambiarlo, es el que hace aliado nato del Paraguay el país argentino situado al norte de Martín García y aliado natural del Brasil a la otra porción del país, que como el Brasil, está situada a las puertas del Plata y en las costas del mar. Aquel interés es el tráfico directo con el mundo exterior, la renta pública procedente del tráfico y el poder y el influjo derivados de la renta, es decir, del tesoro del crédito público, y Río de Janeiro y Buenos Aires aspiran a dividírselo entre los dos, a expensas de todos los países interiores, de que quieren hacer verdaderas colonias tributarias más o menos disimuladamente […]. Por lo que se ve venir Buenos Aires busca desde ahora la alianza del Brasil. ¿Qué cosa más natural que las Provincias busquen por su parte la alianza del Paraguay?[48]

Otro testimonio más privado de Alberdi respecto a su posición en relación a la guerra y al mariscal López lo proporcionó a comienzos del siglo pasado el editor de la revista Atlántida, el ya citado David Peña, cuando se iniciaba la reivindicación del tucumano de las secuelas de las calumnias de Mitre y sus seguidores de los diarios La Nación Argentina y su sucesor La Nación. Entre varias cartas de Alberdi, Peña reprodujo la enviada a Benites, del 28 de junio de 1868, en la que le pide a su amigo le explique ampliamente al mariscal López sus opiniones y escritos respecto de la Triple Alianza, debido a que el presidente paraguayo al leer Las dos guerras del Plata –lo único que conocía del publicista argentino– le comentó acertadamente a Benites que “era una mera defensa” de la persona de Alberdi, y no del Paraguay. El tucumano señala a su corresponsal sus sospechas respecto de Cándido Bareiro –el enviado diplomático de Solano López en París y Londres, y superior de su amigo Benites, del que luego se comprobó cuanto menos su displicencia en el servicio–[49] en cuanto a su lealtad, ya que la responsabilidad de que el mariscal no conociera sus escritos era de Bareiro, quien no los había transmitido a Asunción a pesar de sus pedidos. Lo más importante de esta carta es lo siguiente:

Mi interés en esto, como mis escritos, no es personal ni privado. Se refiere en todo á la política venidera de nuestros países y á sus conveniencias mutuas y solidarias. Tenga usted [Gregorio Benites] la bondad de repetirle [a Solano López] lo que cien veces he dicho á usted y al señor Barreiro, á este respecto: yo no quiero ni espero del señor mariscal ni empleos, ni dinero, ni condecoraciones, ni subscripciones de mis libros. Todo lo que yo quiero me lo ha dado ya en parte: es hacer pedazos con su grande y heroica resistencia el orden de cosas que formara la ruina de mi propio país, y para lo venidero todo lo que quiero de él es una política tendiente a formar una liga estrecha , de mutuo apoyo con el gobierno argentino, que represente la verdadera causa de las provincias, para poner a raya las aspiraciones tradicionales de Brasil y de Buenos Aires, respecto de los países interiores en que hemos nacido él y yo.[50]

Entretanto, Alberdi también se preocupaba por algunas cuestiones que iban más allá de la difícil coyuntura en la que estaba empeñada su lucha política más inmediata y directamente comprometida, aunque obviamente la tocaban de alguna manera. Una materia de mayor aliento, la pregunta acerca de la forma de gobierno más conveniente para los países de Sudamérica, ¿monarquía o república?, ponía en cuestión el completo balance del desempeño de gobiernos y sociedades desde la independencia, era una meditación de Estado que se había hecho presente en algunas de las mentes más preclaras de Hispanoamérica desde la crisis de la monarquía española y los comienzos de la construcción de los Estado-nación. Republicano cabal, sus análisis están presididos por meditaciones que nos remiten al célebre dilema weberiano: ¿ética de las convicciones o ética de las responsabilidades? ¿Debemos gobernarnos como nos gusta o como nos conviene? se pregunta enfrentado a la experiencia de ya medio siglo de vida independiente. Sus trabajos quedaron inacabados, y Mayer conjetura que temió que sus argumentos proclives a la monarquía constitucional de darlos a la luz pública se viese favorecida la política imperial brasileña. De todos modos, más que monárquica la conclusión provisoria de Alberdi es favorable a la “República fuerte”, apoyada por las clases ilustradas y el ejército, y el modelo la experiencia chilena a partir de la constitución de 1833.[51]

Alberdi desvió luego aparentemente su atención, dedicándose a una cuestión más profesional de legislación y ordenamiento jurídico. Durante su presidencia, Mitre había encargado en octubre de 1864 al jurisconsulto Dalmacio Vélez Sársfield, un fervoroso rosista convertido al liberalismo, la elaboración del proyecto de Código Civil nacional, quien tomó como guía y modelo el trabajo de un jurista brasileño no demasiado prestigioso, Augusto Texeira de Freitas. El temor de Alberdi fue que “después de la infiltración financiera, diplomática y militar aparecía la infiltración jurídica”.[52]

A pesar de la aparente digresión jurídica, en realidad el compromiso de Alberdi con la lucha política se mantiene, habida cuenta que su preocupación no es la de los aspectos más bien técnicos de la legislación sino “que la sanción del Código proyectado por Vélez, bajo tan dudosos auspicios, llegara a ser un instrumento del dominio porteño en las provincias y del Imperio en el Plata”.[53] Alberdi es contundente: “El Código Civil argentino es la obra de la política del Brasil, más bien que de la política argentina, y si el padre de ese Código es el general Mitre, don Pedro II es el abuelo”.[54] Vélez Sársfield contestó desde las páginas de El Nacional acusando a Alberdi de haber utilizado la legislación colonial española como fuente y fundamentación de sus grandes propuestas jurídicas, y Alberdi, aunque preparó su réplica, finalmente no respondió. Vicente Fidel López se encargó del debate puntual en este asunto con el jurista cordobés.

El 5 de enero de 1869 entró en ejército brasileño a Asunción y la sometió a un bárbaro saqueo. La guerra se volvió una persecución de exterminio a los sobrevivientes del ejército de López:

En el año 1869, los restos del ejército paraguayo pelearon desde Cerro León a Cerro Corá a los largo de 700 kilómetros. No quedaban caballos, municiones ni alimentos; el tifus y la disentería causaban más bajas que las tropas enemigas; era un desfile de espectros. Una y otra vez pudo Solano capitular o, custodiado por una escolta segura, refugiarse en Bolivia y retirarse a vivir lujosamente en Europa como Rosas o el mariscal Santa Cruz; pero por muchos y graves que fueran sus defectos, había resuelto morir con su pueblo.[55]

Más de un año después, el 1º de marzo de 1870, el mariscal Francisco Solano López fue muerto en combate; la Revue des Deux Mondes afirmaba: “si es que era un bandido, ha encontrado la forma de morir como un héroe”.[56] Epilogaba así una guerra fratricida, sombría, que prolonga su desdicha en la memoria latino-americana hasta casi un siglo y medio de concluida. Como melancólico final de toda su ardua polémica Alberdi reunió sus folletos publicados en relación a la guerra en un libro: El Imperio del Brasil ante las democracias de América.[57]

El epílogo de la política de Mitre en Paraguay confirmó plenamente los peores temores y vaticinios de Alberdi. A la rotunda retórica del ministro de Relaciones Exteriores de Sarmiento, Mariano Varela, “La victoria no da derechos”, la corte de San Cristóbal respondió enviando a Asunción a Juan Mauricio Wanderly, barón de Cotegipe, quien firmó en enero de 1872 tres tratados, dedicados a límites, extradición y amistad, comercio y navegación, que consagraban las exigencias del Imperio antes de la guerra, junto con la apertura de los ríos, y ofrecía al Paraguay posterior a López el auxilio de la fuerza contra cualquier pretensión territorial argentina. Como afirma Mayer, haciéndose eco de las expresiones en Buenos Aires: “La maniobra [del Imperio, con los tratados de Cotegipe] era técnicamente perfecta; después de haber hecho pelear a la Argentina contra el Paraguay en su beneficio, se aprestaba a hacer pelear al Paraguay contra al Argentina y así aumentar el botín.”[58]

Agobiado, entristecido, en anotaciones recogidas en sus escritos póstumos Alberdi reflexionaba:

Si mis escritos hubieran obtenido todo lo que buscaban, que hubiera sucedido? Que hoy vivirían treinta mil argentinos enterrados en esta guerra que nunca debió tener lugar. Hoy contendría el tesoro cincuenta millones aplicables a mil útiles empresas de mejoramiento material. El país no conocería el cólera ni el vómito negro; vivirían las víctimas que han hecho esas dos epidemias traídas por la guerra; el Paraguay sería paraguayo, en vez de ser brasilero; la República Argentina tendría un aliado de su raza; los archivos públicos no habrían necesitado quemarse; ni los trofeos de la gloria argentina reemplazados por los del Paraguay.[59]

En enero de 1873 Alberdi concluyó su folleto Palabras de un ausente,[60] del que dirá después “Para explicar el sentido argentino de mi actitud en la guerra del Paraguay, el mejor escrito era el de Palabras de un ausente”.[61] Es un formidable alegato en que retoma su defensa respecto a la sinceridad de su dedicación al servicio del país, y también en un intento de que se desechase la oprobiosa imputación de traición a la patria que le impedía el retorno a Buenos Aires. Traición, reclamaba, es arrogarse la suma del poder público a través de facultades extraordinarias –tal como lo tipificaba la Constitución que él inspiró–, y éste era el cargo que podría levantarse contra los sucesores del poder de Rosas –sus adversarios Mitre y Sarmiento–, en recuerdo del cual se había redactado la cláusula constitucional.

Alberdi ensaya su balance contundente. Sus enemigos no le perdonaban tres grandes “crímenes”: consagrar su vida al estudio de la libertad y la organización del gobierno de su país, haber logrado como diplomático el tratado por el que España reconoció la Independencia argentina y haber luchado contra la alianza y al guerra que subordinó la república al Imperio brasileño.[62] Acuña, entonces, una sentencia que muestra su elevada filosofía política:

He vivido veinte años en el corazón del mundo más civilizado, y no he visto que la civilización significa otra cosa que la seguridad de la vida, de la persona, del honor, de los bienes […] la civilización no es el gas, no es el vapor, no es la electricidad, como piensan los que ven sino su epidermis. La civilización no es tampoco el gran rendimiento de las aduanas, ni se mide por las tarifas […] la civilización política de un país está representada por la seguridad de que disfrutan sus habitantes, su barbarie consiste en la inseguridad, o lo que es igual, en la ausencia de la libertad de ser desagradable al que gobierna, sin riesgo de perder por eso su vida, su honor o sus bienes como culpable de traición al país.[63]

Ya casi al final de su vida, cuando preparaba su retorno al Plata, en cartas dirigidas a su sobrino Guillermo Aráoz entre 1875 y 1878, Alberdi regresa a sus pasos del período de la guerra del Paraguay. Especialmente en 1877 y 1878 se muestra entusiasmado con su vuelta a Buenos Aires, ya como diputado nacional electo por los ciudadanos de Tucumán, y también como simpatizante del proyecto político de su comprovinciano, el general Roca. Sin duda por la conmoción del regreso tan postergado, se muestra muy sensible a las acusaciones de “traidor a la patria” que ha impulsado constantemente Sarmiento, a quien elige en ese momento como su mayor antagonista –muestra aquí nuevamente su extrema sensibilidad política, ya que el sanjuanino es influyente en el círculo del presidente Avellaneda, y por ende puede dañarlo efectivamente en su proyecto de regreso, mientras que Mitre, opositor desde 1874, no es coyunturalmente un enemigo de cuidado– y argumenta con ahínco en torno de su acendrado patriotismo, de su defensa permanente de los intereses argentinos. De Sarmiento ya había dicho, años atrás, “[…] cómplice de Mitre y más responsable que él en los males de la guerra del Paraguay”;[64] en 1878 Alberdi comenta a su sobrino la reedición del folleto de 1867 Las dos guerras del Plata,[65] y se lamenta de que la sección reproducida tomada de su recopilación El imperio del Brasil ante la democracia de América sea la que se refiere a Mitre y no a Sarmiento “mucho más responsable de la guerra del Paraguay y de sus consecuencias –dice a su pariente– que Mitre”. Esto constituye una distorsión evidente en virtud de su visceral conflicto con el sanjuanino, de quien en la misma carta afirma, en razón de la influencia que supone que tiene sobre Avellaneda, es “presidente oculto y latente […] Ha de costar mucho á nuestro país librarse de ese pólipo”.[66] En esta misma carta de marzo de 1878 a Guillermo Aráoz, Alberdi se refiere a la reedición mencionada efectuada por “nuestros jóvenes amigos” Córdoba y Benjamín Aráoz, otro de sus sobrinos, quienes fueron manipulados por “una intriga de Sarmiento”, una “treta de Sarmiento, manejada por un intrigante que se mezcla á los jóvenes y explota su inexperiencia en intrigas”[67] para reavivar las acusaciones a Alberdi como “traidor a la patria” en momento de su candidatura como diputado nacional por Tucumán.

Alberdi vuelve a referirse a estas circunstancias de la reedición, para poder expresarse largamente acerca de la acusación formulada y desahogarse íntimamente, a la vez que reafirmar sus convicciones respecto a la guerra del Paraguay. Hacemos la transcripción por lo ignorado del texto y su importancia, además de constituirse en un adecuado epílogo, de la pluma del propio Alberdi, para este trabajo:

El libro Imperio del Brasil, de que nuestros jóvenes amigos [los tucumanos mencionados anteriormente] han sentido la necesidad de reproducir algunos trozos, es poco conocido en el Plata, por el cuidado que tomaron los promotores de la guerra del Paraguay en suprimirlo. Fueron comprados de un golpe y destruidos todos los ejemplares que estaban en venta en Buenos Aires. ¿Qué dirían los que por él me llaman traidor, si supieran que es el escrito que ha trabajado con más convicción y más desinterés, con más amor á mi país y á la verdad, y que estoy lejos de abandonar la idea de reimprimirlo, en servicio de los mismos propósitos argentinos con que lo escribí y lo publiqué por primera vez, porque los peligros que quise combatir no ha hecho sinó crecer y agravarse, como el tiempo irá mostrándolo? […] ¿Qué pueden hacer los autores y promotores de la guerra del Paraguay (calificada como un crimen de lesa humanidad, por todo el mundo civilizado) sinó justificarla en su propia defensa, y acriminar a sus acusadores y fiscales? ¡Pobre Mitre! Toda el agua del Paraná convertida en tinta, no le bastaría para convencer y probar que la guerra del Paraguay tuvo la menor razón de ser argentina y nacional. Otro tanto digo de la revolución del 11 de septiembre [de 1852], que inauguró la reacción localista, que nos ha traído en quince años á la ruina general en que nuestra sociedad se encuentra. […] No entra en esta divergencia ni sombra de prevención personal á Mitre. Hemos sido amigos, y toda la amistad de otra época vive en mi memoria. Si muchos puntos de la política de nuestro país nos dividen, cien otros nos acercan y aproximan como hijos de una misma patria y secuaces convencidos de los mismos principios de la revolución en América. Es una estúpida invención el decir que yo he jurado no volver al país mientras él tenga un cargo público […] Sarmiento es otra cosa. Él ha elegido para conmigo el terreno del crimen. Es decir, de la calumnia. Dice que tiene pruebas de que yo comunique con López del Paraguay y que serví su causa por interés pecuniario. Yo le juro a usted que tiene pruebas de lo contrario, pues sabe á ese respecto todo lo que sabe su digno amigo el señor Barreyro (el Coë de Paraguay), que representó a López en París, cuando la guerra, y lo entregó entero á los aliados contra su jefe y protector. Por conducto de ese felón, cambiamos una vez con López dos cumplimientos banales. Ni él me escribió, ni yo a él jamás. Ha muerto sin leer ni conocer los escritos míos sobre la guerra, porque el mismo Barreyro cuidaba de que no le llegasen. Yo lo he sabido por madame Lynch. ¿Qué motivo tendría yo de negar una carta de López? Sarmiento podría creer en mi sinceridad si le dijera que por tener una carta de López, yo daría en cambio cincuenta cartas de Sarmiento que poseo y muchas de ellas bien lisonjeras. La historia de López en Paraguay está por escribirse. Su prefacio está hecho, sin embargo, en un orden numérico de artículos del Times, el papel más libre y culto del mundo civilizado, que dijo toda la verdad respecto de ese hombre extraordinario y superior, y de la guerra de que fue víctima.[68]

Las ideas de Alberdi acerca de la guerra del Paraguay han sido una piedra angular de la reinterpretación historiográfica y política de ese acontecimiento, pero también de la revisión de la versión hegemónica de la construcción del Estado-nación argentino. Una muy ancha corriente de trabajos histórico-políticos se fue elaborando a partir de él, a veces con explícito reconocimiento, las más sin él, en el transcurso de casi un siglo y medio, para construir esa historia que “está por escribirse” como decía en 1878. Pero, además de esa lección historiográfica, hay en el Alberdi de la campaña contra la Guerra del Paraguay una docencia ética de un valor incalculable: la insobornable lealtad del intelectual con sus propias ideas, el enorme valor civil y moral de colocarse contra la corriente en la defensa de las causas en las que se cree, y la disposición a pagar el precio necesario, por elevado que sea, por sostener irreductiblemente las convicciones que se aprecian justas. Este Alberdi es modelo insuperado de intelectual moderno, heraldo de esa modernidad en América por la que libró sus mejores batallas y elaboró su imponente obra jurídica y política.

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  1. Sin embargo, varios trabajos recientes están dirigidos a corregir esa desatención: Ramírez Braschi, Dardo, “La Guerra de la Triple Alianza como tema político e ideológico en Juan Bautista Alberdi”, 2011; Pagliai, Lucila, “Alberdi y el Brasil en los escritos del Ciclo de la Guerra del Paraguay: las funciones de una visión en bloque”, 2009; Cavieres, Eduardo, “En el contexto de Alberdi y la guerra del Paraguay: Estado, capitalismo y sociedad en los conflictos del Cono Sur, 1860-1880”, 2009; Arnoux, Magdalena, “Una corresponsal de guerra en Buenos Aires. Acerca de las cartas inéditas de Ignacia Gómez de Cáneva a Juan Bautista Alberdi”, 2009.
  2. Cárcano, Ramón J., Guerra del Paraguay. Orígenes y causas, 1939; Cárcano, Ramón J., Guerra del Paraguay. Acción y reacción de la Triple Alianza, 1941, esencial para conocer la diplomacia argentina y brasileña respecto de Paraguay posterior a la finalización de la guerra. Para la obra de Cárcano respecto a Paraguay, cf. Crespo, Horacio, “La Guerra del Paraguay como problema historiográfico. La interpretación de Ramón J. Cárcano”, 2008. Para el estudio de la política de Mitre respecto de la coyuntura en Uruguay previa a la guerra, la Triple Alianza y el desarrollo del conflicto bélico existe una fuente esencial poco aprovechada, el archivo de su canciller y pieza clave en la relación de alianza con Brasil: El doctor Rufino de Elizalde y su época vista a través de su archivo, 1967-1974.
  3. Un estudio importante: Terán, Oscar, Las palabras ausentes: Para leer los Escritos póstumos de Alberdi, 2004.
  4. Halperín Donghi, Tulio, “Una nación para el desierto argentino”, 1980.
  5. Estas acertadas designaciones, en cuanto señala el grado de compromiso intelectual y político y la pasión presente en la acción de Alberdi, pertenecen a Mayer, Jorge, Alberdi y su tiempo, 1963, pp. 687 y 702. Debo señalar aquí la deuda contraída con el monumental libro de Mayer –la referencia fundamental para el conocimiento de la vida y la obra de Alberdi– en la elaboración de este trabajo y señalar también que su capítulo XIII, “La guerra fratricida” (pp. [675]-764) es una contribución mayor a la historiografía revisionista argentina acerca de la guerra del Paraguay. Por la fecha de elaboración del libro, escrito a partir de 1944, este capítulo de Mayer se inscribe entre los trabajos revisionistas argentinos críticos de Mitre más tempranos de esa temática.
  6. Gregorio Benites (1834-1910), amigo íntimo de Alberdi, se inició como militar, acompañó a Solano López en su viaje de mediación a Buenos Aires en 1859, secretario de Legación en Londres, luego pasó a Berlín y después a París, donde residió durante la guerra. Fue años después ministro de Relaciones Exteriores y miembro del Superior Tribunal de Justicia, Mayer, Alberdi, p. 686; Alberdi, Juan Bautista – Gregorio Benites, Epistolario inédito (1864-1883), 2006.
  7. Ibídem, I, p. 114.
  8. Ibídem, I, p. 203.
  9. Las obras de Alberdi publicadas durante la guerra y relacionadas con ella serán analizadas más adelante. Las ediciones clásicas de sus trabajos son: Alberdi, Juan Bautista, Obras Completas1886-1887, 8 vols.; Alberdi, Juan Bautista, Escritos Póstumos, 1898-1902, 16 vols.; Alberdi, Juan Bautista, Obras Selectas, 1920, 18 vols; Alberdi, Juan Bautista, Obras Escogidas, 1952-1957, 11 vols. Para la bibliografía activa y pasiva de Alberdi cf. Córdoba, Alberto Octavio, Bibliografía de Juan Bautista Alberdi, 1968; también Mayer, Alberdi, “Las fuentes”, pp. 931-972.
  10. Mayer, Alberdi, p. 712. Ramírez Braschi, “La Guerra”, transcribe la siguiente cita de José Hernández: “Mitre ha sido la entidad más funesta que han conocido estos países […] él pobló de cadáveres nuestras campañas con sangrientas intervenciones armadas; holló la soberanía de las provincias con atentatorias y farisaicas intervenciones pacíficas; consintió la barbarie, de que ha sido objeto el partido federal; hizo enmudecer la prensa libre, desterrando a los que levantaban su voz para pedir justicia contra los atentados; sancionó el Tratado de la Triple Alianza, contra las conveniencias y contra el sentimiento nacional; precipitó al país a la guerra con el Paraguay, y ha permanecido tres años al frente del ejército para hacer conocer su impericia e incapacidad militar […]”, Hernández, José, Prosas y oratoria parlamentarias, 1974, p. 83. En los últimos años de su vida, Hernández cambió de parecer sobre este proceso.
  11. Alberdi, Juan Bautista, Memoria sobre la conveniencia y el objeto de un Congreso General Americano, leída ante la Facultad de Leyes de la Universidad de Chile por […], abogado de la República del Uruguay, 1844. Este trabajo fue su presentación en el examen de reválida en Chile de su diploma de abogado, el 14 de noviembre de 1844, cf. Mayer, Alberdi, p. 315. Alberdi se encargó de señalar posteriormente que este propuesto Congreso americano debía tener contenidos opuestos al reunido por Bolívar en Panamá en 1826, al que “para honor de Rivadavia y de Buenos Aires” éste se opuso, ya que “aniquilaba desde el oríjen sus miras de inmigración europea y de estrechamiento de este continente con el antiguo, que había sido y debía ser el manantial de nuestra civilización y progreso”, Alberdi, Juan Bautista, Las Bases, edición de Ricardo Rojas [efectuada sobre la 1ª ed.: Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentinaderivadas de la ley que preside el desarrollo de la civilización de la América del Sur y del tratado del litoral del 4 de enero de 1831, mayo 1852 y las importantes variantes de la segunda, julio de 1852, y de la tercera, 1858], 1915, p. 59. Hay una alusión muy negativa al aislamiento de Paraguay, afirmando que fue el tratado con Gran Bretaña lo que impidió “que Rosas hiciera de Buenos-Aires otro Paraguai”, en ibídem, p. 84.
  12. Alberdi, Juan Bautista, “Política continental: altas conexiones de las cuestiones del Plata”, en El Siglo, 12/Octubre/1844, último artículo de una serie de siete, 4, 5, 7, 8, 9, 11 y 12/Octubre/1844; reeditado en Barros, Carolina (comp.), Alberdi. Periodista en Chile, 1997, p. 90.
  13. Alberdi, Las Bases, p. 224.
  14. Ibídem.
  15. Ibídem, p. 225. El apartado X de la 2ª ed. de Bases, titulado “Constitución del Paraguay. Defectos que hacen aborrecible su ejemplo”, al igual que el IX (XII en la edición de Besanzon de 1858) dedicado a la constitución de California, de la que dice ser “confirmación de nuestras bases constitucionales”, no figuran en la primera edición de mayo de 1852, y fueron adicionados por el autor a la segunda, de agosto de 1852, y por supuesto también en la tercera y definitiva, Besanzón, 1858, en la que cambia la numeración de los parágrafos, ibídem, pp. 219-229.
  16. Alberdi, Juan Bautista, “El Imperio del Brasil y las repúblicas hispanoamericanas”, en El Mercurio, Valparaíso, 21, 23 y 24/Abril/1844, reeditado en Barros, Alberdi, pp. 53-63; Alberdi, “Política”, reeditado en Barros, Alberdi, 1997, pp. 68-90.
  17. Alberdi, “Política”, en Barros, Alberdi, p. 68.
  18. Ibídem, p. 69.
  19. Alberdi, “El Imperio”, en Barros, Alberdi, p. 53.
  20. Ibídem, p. 55. Esta opinión contrasta significativamente con el calificativo de tono burlón y peyorativo de Brasil como “monarquía negra o mulata” y de Mitre como su “instrumento flaco” que propone en 1863; Alberdi, carta a Terrero, 25/Octubre/1863, cit. por Mayer, Alberdi, 1963, p. 677, n. 10.
  21. Este “americanismo” fue razón del apoyo de San Martín a Rosas desde su exilio, y de la distancia entre el prócer de la Independencia y Alberdi, que ha dado lugar a muchas interpretaciones posteriores, en general suspicaces hacia el tucumano. Estos artículos de Chile me parece que aclaran mejor el fundamento del distanciamiento por parte de Alberdi, y sus reiterados argumentos acerca del “americanismo” anacrónico, en los que figura San Martín.
  22. Alberdi, “Política”, en Barros, Alberdi, pp. 73-74.
  23. Ibídem, p. 74.
  24. Alberdi, “El Imperio”, en Barros, Alberdi, p. 58.
  25. Alberdi, “Política”, en Barros, Alberdi, p. 77.
  26. En este punto disentimos completamente de la interpretación de estos artículos propuesta por Mayer, quien dice: “En el mes de abril [de 1844] publicó un estudio sobre ‘El Imperio del Brasil y las Repúblicas Hispano-Americanas’, en que aconsejaba la alianza de estos pueblos frente a la política absorbente del Imperio, y fue germen de las ideas que desarrollaría luego, en plena vorágine, con más profundidad y dolor”, Mayer, Alberdi, p. 307. La mala lectura de Mayer de los contenidos evidentes de estos artículos de Alberdi responde a la dificultad en asumir y explicar los giros e “incongruencias” de un pensamiento y una obra, en diseñar y asumir una ficticia línea de continuidad como un valor intelectual necesario, frente a las dificultades de interpretación que proponen los pliegues y fracturas realmente existentes, su verdadero relieve.
  27. “Su amistad [de Alberdi] con Gregorio Benítes, en París, y la posterior condición de ‘compadre’ por su padrinazgo de la hija mayor de aquél (Susana Pía Benítes Aramburú) marcaron un nuevo y distinto derrotero en la estimación del tema paraguayo”, Amaral, Raúl, “Alberdi, el prócer maldito”, 2012.
  28. Mayer, Alberdi, pp. 636. La culminación de esta posición y la celebración de su triunfo en Alberdi, Juan Bautista, La República Argentina consolidada en 1880 con la ciudad de Buenos Aires por capital, 1881, que suscitaría una nueva controversia muy agria con Mitre y el fracaso de la postulación del tucumano como embajador en Francia por las intrigas del jefe porteño en el Senado nacional, que impidieron la ratificación del nombramiento hecho por el presidente Roca. Comenzó así la última etapa, muy triste, del prolongado exilio de Alberdi.
  29. [Alberdi, Juan Bautista], Las disensiones de las repúblicas del Plata y las maquinaciones del Brasil, 1865, sin indicación de autor; Mayer, Alberdi, pp. 687-688.
  30. La vía fluvial por el río Paraguay recorre alrededor de tres mil kilómetros desde las bocas del Plata hasta Corumbá para barcos de calado importante. El ferrocarril desde São Paulo y el puerto de Santos a Corumbá recién se inauguró en 1914.
  31. Mayer, Alberdi, p. 691.
  32. Ibídem, pp. 693 y ss.; Rosa, José María, La guerra del Paraguay y las montoneras argentinas, 1985, cap. 25, “La defección de Urquiza”, pp. 163-168.
  33. Mayer, Alberdi, p. 697; Rosa, La guerra, cap. 27, “Cómo se fabrica una agresión”, pp. 177-181.
  34. Alberdi, Juan Bautista, Los intereses argentinos en la guerra del Paraguay con el Brasil. Carta dirigida por […] a sus amigos y compatriotas, 1865; Mayer, Alberdi, p. 705.
  35. [Alberdi, Juan Bautista], La crisis de 1866 y los efectos de la guerra de los aliados en el orden económico y político de las repúblicas del Plata, 1866; Mayer, Alberdi, pp. 710-711.
  36. Alberdi, Obras Completas, VI, p. 412; Mayer, Alberdi, p. 711.
  37. [Alberdi, Juan Bautista], Tratado de la Alianza contra el Paraguay, firmado el 1º de Mayo de 1865, por los plenipotenciarios de la República Oriental del Uruguay, del Imperio del Brasil y de la República ArgentinaTraducción literal del texto publicado por el gobierno británico, 1866, 23 pp.; también reproducido en Buenos Aires, como dijimos, en La América, 14/Junio/1866.
  38. Alberdi, Juan Bautista, El crimen de la guerra, en Alberdi, Escritos Póstumos, tomo II; Alberdi, Juan Bautista, El crimen de la guerra, 2007.
  39. El artículo de 1844: Alberdi, “Política”, en Barros, Alberdi, p. 69.
  40. Ibídem, p. 85.
  41. [Alberdi, Juan Bautista] Intereses, peligros y garantías de los Estados del Pacífico en las regiones orientales de América del Sud, 1866, publicado sin nombre de autor; en francés Antagonisme et solidarité des états orientaux et des états occidentaux de l’Amérique du Sud.
  42. Alberdi, Intereses, en Alberdi, Obras Completas, VI, p. 457.
  43. Ibídem, p. 486; Mayer, Alberdi, p. 724.
  44. Alberdi, “Política”, en Barros, Alberdi, p. 68.
  45. Alberdi, Juan Bautista, La apertura del Amazonas y la clausura de sus afluentes, 1867; incluido en Alberdi, Obras Completas, Tomo VII, pp. 5-27; edición en francés: Alberdi, Juan Bautista, La politique du Brésil ou la fermeture des fleuves sous prétexte de l’ouverture de l’Amazone. Avec une carte coloriée, 1867.
  46. Alberdi, Juan Bautista, Las dos guerras del Plata y su filiación en 1867, carta dirigida por J. B. Alberdi a sus amigos y compatriotas, 1867; en Alberdi, Obras Completas, Tomo VII, pp. 28-46. Fue editada también en Buenos Aires, 1878.
  47. Ibídem.
  48. La carta fue publicada primeramente en Peña, David, “’Basta de Alberdi!’, ‘Nada benéfico ha dado al país’, Refutación”, 1894, un folleto que reunió artículos publicados originalmente en La capital de Rosario; fue reimpreso en un libro que reedita trabajos de 1894, 1911 y 1919 del hoy poco leído o consultado pero sugerente autor de los inicios del revisionismo histórico: Peña, David, Alberdi, los mitristas y la guerra de la Triple Alianza, 1965, la carta citada en p. 22 de esta edición.
  49. Cándido Bareiro (1833-1880) fue nombrado por Solano López como ministro acreditado en la Legación paraguaya en París y Londres en 1864, y en tal carácter fue jefe de Benites. Encargado de comprar armamento e inclinar a Estados Unidos a favor de Paraguay, no mostró ninguna diligencia en el cumplimiento de su misión, a punto de que se le ha señalado como uno de los causantes de la derrota paraguaya, bajo sospecha de ser un enemigo de López que deseaba su caída. Presidente de Paraguay entre 1878 y su fallecimiento dos años después, recibió Villa Occidental y una sección del Chaco de parte de Argentina en virtud del laudo arbitral del presidente estadounidense Rutherford Hayes. Alberdi lo acusa de traición, cf. infra, nota 68.
  50. Esta carta cayó en poder de Sarmiento cuando era presidente de la República. Al saber esto, temeroso de un uso tendencioso de la misma por parte del mandatario argentino, Alberdi retransmitió una copia a Manuel Bilbao, en una misiva del 22 de mayo de 1870, para que la reproduzca en La República, “en el caso de que se hayan puesto a circular reticencias maliciosas sobre el valor de mi carta”, ya que había sido tomada a un emisario de la Legación paraguaya en París, y celebra que ésta haya sido autógrafa y así “no podrán alterarla, porque mi letra no se parece á otra”, ¡la célebre letra de Alberdi!, terror de sus lectores y de los editores. Fue editada por Peña, David (ed.), “Cartas familiares del Dr. Juan Bautista Alberdi”, 1912, pp. 401-403.
  51. Alberdi, Juan Bautista, Del gobierno en Sud-América, según las miras de su revolución fundamental, en Alberdi, Escritos Póstumos, Tomo IV; Mayer, Alberdi, p. 735.
  52. Alberdi, Juan Bautista, El proyecto de Código Civil para la República Argentina y las conquistas sociales del Brasil. Carta dirijida a sus compatriotas y amigos por […], abogado, antiguo ministro en París y Londres, 1868; en Alberdi, Obras Completas, VII, pp. 80-135; Mayer, Alberdi, p. 738.
  53. Ibídem, p. 739; el Código Civil argentino fue sancionado como ley por el Congreso el 29 de septiembre de 1869, ya en la presidencia de Sarmiento.
  54. Alberdi, Obras completas, Tomo VII, pp. 124, 127, cit. por Mayer, Alberdi, p. 740.
  55. Mayer, Alberdi, p. 763.
  56. Revue de Deux Mondes, 1870, iii, p. 276, cit. por Mayer, Alberdi, p. 764.
  57. Alberdi, Juan Bautista, El Imperio del Brasil ante las democracias de América. Colección de los últimos escritos dados a luz por D. J. B. Alberdi, ex–ministro de la República Argentina en París y Londres, 1869; el prefacio, fechado en París en junio de 1869, fue reditado en Alberdi, Obras Completas, Tomo VI, pp. [267]-308.
  58. Mayer, Alberdi, p. 788.
  59. Citado en ibídem, p. 790.
  60. Alberdi, Juan Bautista, Palabras de un ausente en que explica a sus amigos del Plata los motivos de su alejamiento, 1874, 71 pp.; en Alberdi, Obras Completas, Tomo VII, pp. 136-175.
  61. Carta de Alberdi a Guillermo Aráoz, 14/3/1878, en Peña, “Cartas”, 1911, pp. 171.
  62. Alberdi, Escritos póstumos, X, p. 297, cit. en Mayer, Alberdi, p. 805.
  63. Texto de Alberdi, citado en ibídem.
  64. Carta de Alberdi a Guillermo Aráoz, 12/3/1875, en Peña, “Cartas”, 1911, p. 162.
  65. La reedición: Buenos Aires, Imprenta Moreno, 1878.
  66. Carta de Alberdi a Guillermo Aráoz, 14/3/1878, en Peña, “Cartas”, 1911, p. 169.
  67. Ibídem, pp. 170-171.
  68. Carta de Alberdi a Guillermo Aráoz, 17/6/1878, en Peña, “Cartas”, 1911, pp. 176-178. En una carta muy anterior, menciona que Mitre ha roto su amistad con él por razones políticas, en la época de la lucha entre la Confederación y el Estado de Buenos Aires, Carta de Alberdi a Mariano A. de Sarratea, 15/Julio/1860, en Peña, “Cartas”, 1912, p. 403. En cuanto a Barreiro, asumiría la presidencia de Paraguay el 25 de noviembre, apenas unos meses después de la carta a Aráoz aquí citada. La referencia como “el Coe de Paraguay” que hace Alberdi respecto de él es inequívoca: lo acusa de traición, como la del comodoro estadounidense John Halsted Coe (1806-1864) que en 1853 vendió al rebelde gobierno de Buenos Aires por un soborno de 22 mil onzas de oro la flota de la Confederación Argentina que comandaba.


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