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3 Linajes intelectuales y coyunturas políticas y culturales en la construcción del pensamiento latinoamericano del siglo XX

I

El leitmotiv de este ensayo es subrayar la relación existente entre una serie de acontecimientos históricos concluyentes para la construcción de “América Latina” en lo político, económico y social, y lo que podríamos llamar –parafraseando a don Pedro Henríquez Ureña–[1] “corrientes de pensamiento” que imprimieron su sello en el gran acervo teórico, ideológico, político y artístico que se reconoce convencionalmente como corpus del “pensamiento latinoamericano” expresado en sus diferentes formas y versiones.

La afirmación de la existencia y la demarcación de los contornos de ese corpus fue una tarea necesaria y preferente, y que produjo substanciales agregados conceptuales. En este asunto central fue fundacional la preparación por José Gaos de una cardinal antología de textos publicada en 1945.[2] También, por cierto, la visión de Pedro Henríquez Ureña, quien por pedido de Daniel Cosío Villegas proyectó la importante Biblioteca Americana para el Fondo de Cultura Económica en 1946, poco antes de su fallecimiento. Pensada con el sentido de un programa de construcción y ordenamiento de un corpus crítico, en ella se fueron publicando versiones, preparadas y cuidadas por renombrados especialistas, de clásicos de las culturas prehispánicas, crónicas, textos literarios de la época colonial y siglo XIX, memorias, biografías, libros de viajes y bibliografías de gran interés documental. El mismo Fondo de Cultura Económica publicó la colección Tierra Firme, concebida por Daniel Cosío Villegas en 1941, y la serie adjunta de Historia de las Ideas en América, que ha llegado a casi cuatrocientos títulos de literatura, historia, antropología, filosofía, crítica, artes y geografía, de autores y sobre temas de la región.[3]

La Secretaría de Educación Pública de México “recuperando la experiencia de las aventuras editoriales arielistas y ateneístas”, como afirma Adolfo Becerril, publicó entre 1942 y 1945 quince títulos con páginas antológicas de otros tantos grandes autores en la Serie Pensamiento de América, retomada entre 1964-1960 por la misma institución. Becerril también ha subrayado, con justa razón, la actividad editorial latinoamericanista de Rufino Blanco Fombona en tierra española a partir de 1915 –extensa, calificada y temprana en la materia–, sin duda un ilustrísimo precursor de la construcción del corpus latinoamericano.[4] Leopoldo Zea desarrolló una acertada y rigurosa selección de cien textos, la mayoría de autores clásicos, publicados sucesivamente en folletos y con amplísima circulación, en la colección Latinoamérica. Cuadernos de Cultura Latinoamericana.[5] Más recientemente debemos acreditar, entre otros muchos esfuerzos, a la Biblioteca Ayacucho, creada por António Cândido y Ángel Rama y a la Colección Archivos de la UNESCO, sobre la base de una iniciativa y donativo de Miguel Ángel Asturias. Ambos emprendimientos destacan por el alcance, la calidad y la densidad intelectual de su concepción y realización, difusión y repercusión.

Asimismo, el ejercicio de reconocimiento de las fronteras discernibles de un “pensamiento latinoamericano” por parte de cada generación,[6] y también por cada corriente literaria (en el sentido riguroso dado al término por Henríquez Ureña, anotado más arriba) al elaborar su genealogía, contribuyó decididamente a otorgar existencia y personalidad propia a este pensamiento, considerado no como una sustancia esencializada sino como resultado de diversas prácticas intelectuales y políticas, y reconocido en los contornos superpuestos y por cierto bastante inciertos de estas sucesivas operaciones de demarcación. La incorporación, por parte de José Gaos, en los tempranos años cuarenta, del historicismo y la hermenéutica en abierto desafío a las todavía muy presentes concepciones positivistas, y su influjo primordial en la obra de Edmundo O´Gorman y Leopoldo Zea entre otros, apuntó un dispositivo decisivo en ese proceso de constitución del corpus latinoamericanista.[7] El hito inicial lo constituyó la gran antología preparada por Gaos y publicada en 1945, ya mencionada. No podríamos disminuir aquí la trascendencia en este proceso de Ortega y Gasset, ya muy establecida, y el ascendiente menos estudiado pero también de mucha gravitación de Américo Castro.[8]

A su vez, este trabajo intenta un ejercicio de inteligibilidad que tome en cuenta las principales tendencias filosóficas, sociológicas y políticas actuantes en la construcción de la cultura latinoamericana del siglo XX. La relación nunca lineal existente entre acontecimientos, pensamientos y hechos de cultura se caracteriza por su complejidad y polisemia. Metodológicamente, la óptica de la nueva historia intelectual permite dilucidar desde estas relaciones heterogéneas, discontinuas y diacrónicas una historia más general de los procesos intelectuales, en los que autores, redes, instituciones, acontecimientos y prácticas diversas se entrecruzan constituyendo una dinámica de circularidades y correspondencias de varios sentidos.

Señalemos aquí la importancia específica de la conceptualización y conocimientos adquiridos en el campo de la historia intelectual en la actividad del Programa de Historia Intelectual desarrollado en la Universidad de Quilmes, plasmado desde los años noventa en representativas obras de Carlos Altamirano, Oscar Terán y otros varios investigadores y también en los sucesivos números de la revista Prismas. Este tipo de acercamiento que ha dado en llamarse historia intelectual ha venido representando ya desde la década de los setenta una gran renovación por el hecho de descubrir nuevas perspectivas teóricas y desarrollos de la investigación en lo que había constituido el tradicional campo de historia de las ideas.[9]

Acerca de su fundamentación, nuestro trabajo gravita sobre una concepción de América Latina que fue elaborada en una indagación referida al posible y a la vez necesario soporte conceptual de la historiografía de América Latina:

América Latina no es sólo un ámbito geográfico sino un topos hermenéutico, una trama compartida de significados, un ethos cultural básico, una historia con posibilidad de enhebrarse en significantes comunes. Una vasta y polifacética construcción cultural e histórica, con vigorosa capacidad de producción de sentido identitario y valioso potencial de proyección política liberadora con contenidos y vías plurales. Es básicamente, asimismo, un corpus de textos y de íconos, y una fascinante exegética tejida sobre ellos: una intertextualidad constituyente. Es el Facundo y su dilatada interpretación, es una afortunada página de Vasconcelos, es una intuición de Mariátegui y lo pensado sobre ella, es la saga del poder desde Tirano Banderas hasta Yo, el Supremo, la invectiva de Canto general y el lirismo historizante de Alturas de Machu Pichu, el decir de Vallejo y el rigor prometeico de Huidobro. Es un mural de Rivera, un retablo potosino, un cuadro de Tarsila do Amaral. También los desvelos cepalinos y los ríos de tinta suscitados por esperanzas y espejismos revolucionarios, por tozudez conservadora y recelos reaccionarios. Es cierto que hay heterogeneidad, discontinuidad y diacronía entre los distintos agregados societarios que conforman el compuesto así constituido, pero esas determinaciones concretas no invalidan sino que refuerzan que la explicación y comprensión de las acciones y procesos sociales encuentren, en última instancia, también una [otra] referencia fundamental en la cultura y la temporalidad de lo latinoamericano.[10]

II

Este ejercicio de inteligibilidad nos permitió establecer cuatro coyunturas significativas en la historia latinoamericana del siglo XX, en las que se entrelazan acontecimientos políticos y sociales transformadores y “hechos de pensamiento” singulares, en el entendido que estos “hechos” son en sí mismos productos sociales, tienen valor performativo y se ligan como tales en el entramado de la acción colectiva.

La primera tiene como punto de partida la guerra hispano-norteamericana de 1898 y su inmediata repercusión intelectual a través de José Enrique Rodó, con la publicación de Ariel en 1900; la segunda, la inestabilidad política, social y económica generada por la Gran Guerra de 1914-1918 y la prolongación de sus efectos en la década de los veinte; la tercera, la crisis de 1929, la depresión mundial de los treinta y sus múltiples secuelas sobre toda la región hasta llegar a nueva conflagración general entre 1939 y 1945; la última aquí considerada, la posguerra, el proceso de modernización y desarrollo de las economías y sociedades latinoamericanas, y su prolongación en la década de los sesenta, incluyendo la Revolución Cubana, también componente heterodoxo de este paradigma en su expresión de los años sesenta.

Podríamos agregar que el agotamiento del modelo de modernización y desarrollo construido sobre la vía de la industrialización por sustitución de importaciones y la promoción protegida del crecimiento de los mercados internos para las industrias nacionales tuvo severas consecuencias en el plano social, económico y político a partir de los setenta. Esto coincidió con las transformaciones políticas internacionales del fin de la Guerra Fría y la disolución de la Unión Soviética, con notables cambios estructurales en la matriz de acumulación capitalista y con el surgimiento de una nueva y gran ofensiva del capitalismo a escala global, circunstancias todas que contribuyeron al diseño del momento contemporáneo en curso [este artículo se escribió en 2007, momento previo al estallido de la gran crisis del año siguiente, que caracteriza la coyuntura actual], presidido por el llamado paradigma “neoliberal”, por la “revolución conservadora” (la paradoja es la aparente contradicción de estas denominaciones, cuando ambos son elementos centrales del proceso) y el impetuoso desarrollo de la llamada “globalización”, un concepto a todas luces insuficiente, apologético y encubridor. El alcance de este período se escribe aún en las múltiples prácticas y proyectos de la región latinoamericana, aunque las tensiones crecientes auguran un paulatino incremento de la complejidad y conflictividad sin desenlace de fácil predicción.

III

A finales del siglo XIX el imperio español se encontraba notablemente debilitado, su realidad se reducía al control precario de Cuba, Puerto Rico y Filipinas, junto con algunas trasnochadas veleidades africanas. En 1898, el presidente norteamericano William McKinley –presionado por las manipulaciones de la opinión realizadas por el magnate californiano de la prensa William Randolph Hearst y por los periódicos de Joseph Pulitzer, y luego de la controvertida explosión del acorazado Maine en la bahía de La Habana– declaró la guerra a España, que ya se encontraba acosada por la acción de las fuerzas independentistas cubanas. La derrota final española ese mismo año culminó con la formal independencia supervisada de Cuba en 1902 y el estatuto colonial disimulado con eufemismos de Puerto Rico y Filipinas respecto de Washington. La sujeción de estos países supuso el franco surgimiento de Estados Unidos como potencia marítima con intereses bioceánicos, solamente superada en sus alcances globales por Inglaterra. La secesión de Panamá en 1903, bajo el auspicio de Estados Unidos, y la construcción del canal finalizada en 1914 reafirmó este proceso, que suponía estratégico el control del mar Caribe y la presencia vigilante en México y el istmo centroamericano, el “patio trasero” según lo definía con realismo y sin elegancia la diplomacia del Departamento de Estado. La política intervencionista se acentuó, junto con la creciente expansión de los intereses de las grandes compañías estadounidenses en esa región, asomándose también en América del Sur, donde desafió crecientemente el tradicional predominio británico.

La Doctrina Monroe, declaración que expresaba los postulados de la política exterior de Estados Unidos respecto a limitar los supuestos “derechos” que justificasen actividades intervencionistas de las potencias europeas en el continente americano, fue expuesta por el presidente James Monroe en 1823. Sin embargo no fue sino hasta 1845 que se constituyó en un principio básico de la diplomacia estadounidense anticipando la guerra con México de 1847, ampliado por Theodore Roosevelt en su discurso sobre el estado de la Unión el 6 de diciembre de 1904 –el llamado “corolario Roosevelt”–, en el que sostuvo la legitimidad de la intervención abierta de Estados Unidos en cualquier asunto de “su interés” en el hemisferio occidental como la base de la política hacia América Latina. Así se construyó, desde mediados del siglo XIX, la fundamentación explícita o implícita de las numerosas operaciones armadas protagonizadas por Estados Unidos en distintos puntos de la región.

La guerra hispano-estadounidense fue el decantador de un proceso de creciente oposición entre la América Latina y la América sajona que se venía produciendo en el campo de la confrontación de ideas. Este acento o particularismo regional en torno a lo “latino” constituía un cuestionamiento más o menos abierto a la idea “americana” que se había generado en el siglo XVIII y afirmado en la generación de la Independencia,[11] idea que se vería relanzada en el “panamericanismo” orientado invariablemente desde Washington como un instrumento esencial de su política de hegemonía en el continente. El panamericanismo como solidaridad hemisférica occidental fue fortalecido institucionalmente desde la última década del siglo XIX y culminó en la constitución de la Organización de Estados Americanos (OEA) en 1948, heredera de la Unión Internacional de las Repúblicas Americanas instituida en 1890, luego Unión de las Repúblicas Americanas desde 1910. Esta asociación diplomática se articuló sucesivamente para su operación en la Oficina Comercial de las Repúblicas Americanas entre 1890 y 1902, sucedida por la Oficina Internacional de las Repúblicas Americanas hasta 1910 y a partir de ese año por la Unión Panamericana hasta la instauración de la OEA. Se crearon diversos organismos y fueron elaborados tratados de colaboración en materias específicas (salud, conflictos regionales, mujeres, geografía e historia, derechos y deberes de los estados, indigenismo, defensa, cooperación agrícola) que resultaron de las sucesivas diez Conferencias Panamericanas realizadas desde 1889 a 1954, y de tres Conferencias Interamericanas para tratar asuntos de paz y seguridad efectuadas en 1936 en Buenos Aires con asistencia del presidente Roosevelt, en Chapultepec en 1945 donde a pesar de la ausencia de Argentina y Canadá se trazaron las líneas que configurarían tres años después la OEA y en Río de Janeiro en 1947, donde se sancionó el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) oficializando la hegemonía militar de Estados Unidos en la región. Se realizaron, además, algunas reuniones de consulta de los cancilleres americanos, que desde la década de 1950 pasarían a ser la instancia utilizada para la toma de decisiones.

El antecedente de diferenciación respecto de Estados Unidos tímidamente esbozado en la década de 1860 en torno a la reivindicación de la “latinidad” como cualidad distintiva de las naciones anteriormente pertenecientes al imperio español y portugués, también elaborado en alguna medida como fundamento ideológico de las pretensiones expansionistas de Napoleón III concretadas en la invasión a México, se vio rápidamente opacado por la consagración del paradigma positivista en la década de 1880 como elemento dominante de las elaboraciones intelectuales del período.[12] Este paradigma se fundaba en condiciones culturales de heteronomía para la región, fundadas en la hegemonía del evolucionismo y la primacía de los caracteres anglosajones y también crecientemente de los germánicos en la concepción preponderante del progreso humano.

En 1900 el Ariel, de José Enrique Rodó, fue clara manifestación cultural del sentimiento de malestar, vaga resistencia e inquietud generado por la guerra hispano-americana expresado mediante una prosa cabalmente modernista. Ariel, un personaje conceptual, representa la espiritualidad de la cultura, la vivacidad y la gracia de la inteligencia. En él se personifica el imperio de la razón y el sentimiento espiritual sobre los bajos estímulos de la irracionalidad, en contraposición al personaje llamado Calibán, símbolo de sensualidad y de torpeza.[13] El paradigma arielista es una forma de pensar y definir América Latina a través de un manifiesto identitario que marcaba diferencias y afirmaba un linaje. En él se definió una diferenciación no-beligerante entre América Latina y los países sajones, particularmente Estados Unidos. A través del discurso modernista, caracterizado por la utilización discrecional de un dispositivo espiritualista, surgía una expresión de identificación en la que encarnó el hispanismo y la latinidad en sus componentes morales, raciales y lingüísticos, distanciándose así de las fórmulas utilitaristas emprendidas por Calibán, el emblema materialista del Norte.

El “arielismo” constituye un prolongado momento de pasaje intelectual, a través del cual se cuestionó activamente el dominante positivismo y se fue construyendo un camino alternativo a las tendencias del período anterior, sujetas a la creencia en las virtudes irrestrictas de la ciencia y del camino del progreso. Su importancia es muy grande en términos de la constitución de una intelectualidad que ya no perseguía la realización del ideal y los modelos del occidente “civilizado”, sino que se planteaba la búsqueda de la expresión original americana y del curso intelectual autonómico en relación a los paradigmas europeos. Se anudaba así una genealogía que se reconocía en la generación romántica y se distanciaba explícitamente del positivismo. La generación siguiente haría, sin embargo, una explícita operación de parricidio cultural al señalar como limitaciones graves del arielismo su falta de compromiso político y su connivencia conciliatoria con los regímenes oligárquicos.[14]

IV

Una segunda coyuntura se refiere a la guerra europea de 1914, entendida como el derrumbe de la llamada “civilización occidental” tal como se la entendió durante el prolongado período de hegemonía intelectual del positivismo. Ante esta irrupción, sabemos de numerosas creaciones intelectuales y culturales especialmente juveniles que promovieron la expresión de nuevos horizontes de impugnación. En la construcción de un posible porvenir americano como respuesta a la crisis axiológica provocada por la guerra –núcleo de la Reforma Universitaria de Córdoba de 1918– inscribimos Reflexiones sobre el ideal político de América, temprano texto del dirigente de ese movimiento Saúl Alejandro Taborda, como una obra de radical importancia y silenciosa influencia.[15]

En el contexto internacional, la Primera Guerra Mundial representó, como dijimos, el derrumbe del modelo de civilización occidental y, con ello, el de todo un sistema de valores. La mirada dirigida sobre la Revolución Mexicana (desde 1910) y la Revolución Rusa (entendida como un proceso que se inicia desde finales del siglo XIX y culmina con la revolución bolchevique de 1917) contribuyó decisivamente a alimentar diseños de esperanzas de “redención social” –tal como se expresaba en el lenguaje de la época– así como a la concreción de proyectos alternativos.

Una lectura atenta de Reflexiones sobre el ideal político de América (1918) pone en evidencia una propuesta anarquista y anticapitalista, desde la que Taborda encaró la evidente crisis del modelo de civilización occidental provocada por la Primera Guerra Mundial, muy significativa para la sensibilidad intelectual en Argentina y América Latina. Taborda propuso desde el humanismo, corriente reactualizada en esos tiempos de renovación frente al positivismo cientificista constituido en paradigma dominante, una fórmula histórica basada en lo que él denominó democracia americana. Las Reflexiones… constituyen en su conjunto un ideario de inspiración anarquista y humanista, en el que encontramos formulado un enérgico anticapitalismo y un radical rechazo al liberalismo, pero sobre todo la cimentación de una propuesta construida sobre un modelo de ideal ético y social presentado a la voluntad libre de los hombres bajo la fórmula histórica de la democracia americana. Todo esto sitúa al autor en la gran corriente del antipositivismo que pasó a ser el elemento dominante del pensamiento latinoamericano en las siguientes dos décadas y extendió su influencia explícita o soterrada a través de un prolongado período. La construcción intelectual de Taborda recurre a un anarquismo atemperado como base de su ideología política, corriente filosófica y movimiento social, esto es, como la metodología para la consolidación de un humanismo militante que sustentara su ideal político de América. En años posteriores, en la década de 1930, el hispanismo americano y el comunalismo federalista enraizado en Las nacionalidades de Pi y Margall y la Primera República Española y en específicos desarrollos del anarquismo español –aunque esta filiación fundamental todavía no está estudiada con el detenimiento que merece– constituyó una nueva vertiente de la radicalísima y original postulación política y de reordenamiento social de Taborda.[16]

V

La tercera coyuntura está demarcada por la gran depresión capitalista de los años treinta, el surgimiento de los fenómenos políticos nacional-populares hasta la Segunda Guerra Mundial y la extendida demanda de modernización de los países latinoamericanos que caracteriza todo este período, por cierto de grandes transformaciones económicas, sociales y políticas. Puede extenderse, sin duda, a los procesos desarrollistas de la década de 1950 e, incluso, parte de la de 1960, incluido el debate originado por la Revolución Cubana y la respuesta enhebrada por Estados Unidos y sectores intelectuales y burgueses progresistas de América Latina a través de la Alianza para el Progreso.[17] Algunos postulados del pensamiento de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) animaron precisamente esta transformación, especialmente a través de la propuesta de industrialización por sustitución de importaciones.

Un punto sustancial derivado de este proceso es establecer la originalidad del pensamiento latinoamericano en torno a los problemas del desarrollo y el crecimiento, tal como se planteó en el medio siglo transcurrido entre finales de la década de 1940 y el momento actual, y la especificidad del marco institucional en el que se construyó. Tal pensamiento tuvo a la CEPAL como principal centro de elaboración e irradiación, y a Raúl Prebisch como su fundamental protagonista. En torno a este núcleo institucional y a este liderazgo intelectual se agrupó en diferentes etapas un muy importante conjunto de economistas, sociólogos, politólogos, historiadores y otros científicos sociales, con diferencias notables en sus respectivas formaciones teóricas e inquietudes profesionales y con diversas y sucesivas adscripciones institucionales, pero de una homogeneidad reconocible en el marco común de preguntas y preocupaciones en torno a la situación estructural de la región en la matriz centro/periferia y las particulares y problemáticas condiciones que establecía para el cambio económico, social, político y cultural de América Latina, y al papel del Estado en el mismo. De esta manera se ha hecho reconocible un paradigma cepalino o paradigma desarrollista latinoamericano, cuyo conocimiento y análisis constituye una articulación central del latinoamericanismo en sus pretensiones de originalidad.

La referencia de nuestro enfoque acerca de este asunto se encuentra en la proposición que Fernando Henrique Cardoso efectuó en 1977 referida a la originalidad teórica de las elaboraciones de CEPAL (básicamente de Prebisch) relativas a los problemas de la industrialización de la periferia y los obstáculos que la teoría vigente del comercio internacional imponían a ella, tanto frente a las teorías neoclásicas y marginalistas como a la de los críticos marxistas.[18] Cardoso subraya que:

…los planteamientos cepalinos tienen obvias raíces en el pensamiento económico clásico y en el marxismo y están empapados en un lenguaje keynesiano, [y que] en los análisis de la cepal coexisten simultáneamente, sin integrarse, explicaciones clásicas, marxistas, keynesianas, neoclásicas y propiamente marxistas, sobre los mecanismos de los precios de mercado y del crecimiento económico.[19]

El argumento central de Cardoso es que, lejos de constituir un censurable eclecticismo, en esta compleja amalgama conceptual reside la originalidad y la riqueza básica de este pensamiento, en consonancia con las mejores realizaciones de la cultura y la ciencia de la región. A modo de balance sigue afirmando el autor citado: “La CEPAL produjo ideas que, en su época, ayudaron a comprender algunos de los problemas centrales de la acumulación capitalista de la periferia y algunos de los obstáculos que se le anteponen.”

La apropiación crítica de ese importante legado sigue siendo un desafío actual para las ciencias sociales y la política latinoamericana:

No hay que presentar lápidas para sus ideas. Ellas se transformaron y, al cambiar de plumaje, como a menudo ocurre con las ideas seminales, siguieron vivas, a veces dentro de otras instituciones o con otros colores, dejando en el camino las partes muertas, como suele suceder con todas las interpretaciones científicas.[20]

Un aspecto singular de esta corriente de pensamiento es el carácter no académico de sus elaboraciones. La CEPAL tuvo como objetivo preparar fundamentos teóricos y proveer de materiales empíricos para sustentar la formulación de políticas económicas y sociales en los países de América Latina y el Caribe. Por consiguiente, puede ser considerada una “agencia para el desarrollo” regional, y estudiada en el conjunto del marco institucional construido para ese propósito. La compleja relación entre teoría e investigación empírica, y entre diagnóstico, diseño de políticas y evaluación de resultados, así como el análisis de las contribuciones y limitaciones institucionales en este campo, encuentra un terreno extremadamente fértil en estos cincuenta años de despliegue del pensamiento y acción en el horizonte económico y social latinoamericano.

Conceptualmente, para comprender la problemática del “desarrollo” se hace necesaria la revisión del “subdesarrollo”. Este último no puede ser considerado como un momento de una evolución continua, tal como lo consideró el enfoque del desarrollo como crecimiento o como una etapa de una sociedad considerada en forma aislada (teoría del take off, modelo de Rostow), sino como componente necesario de un mismo transcurso, como la otra cara del proceso histórico que efectiviza precisamente al desarrollo. Esta concepción definida como estructural involucra la consideración de procesos que regulan las relaciones económicas entre los países centrales y los periféricos de acuerdo a la tipología definida en el paradigma de referencia.

La CEPAL planteó la interrelación de estos dos tipos de países en la economía mundial y la creciente desigualdad que caracteriza las relaciones entre ellos. Por un lado, los países del centro se muestran como economías integradas, diversificadas y complejas, en la que el progreso técnico difunde rápidamente sus beneficios con incremento en los niveles de productividad y los niveles de vida de la población. En contraste, los países periféricos manifiestan economías heterogéneas, desmembradas, con distintos grados de desarrollo tecnológico en sus diversos sectores y altamente especializadas en productos primarios para la exportación. La incorporación del progreso tecnológico exhibe obstáculos profundos y sus frutos solamente se derraman, en todo caso, en sectores minoritarios y privilegiados.

El enfoque histórico-funcionalista del pensamiento cepalino tenía como objetivo dar cuenta de la manera en que las economías de los países latinoamericanos ejercían la “transición hacia adentro” frente a la crisis del modelo de “crecimiento hacia fuera” ligado a la producción de materias primas del medio siglo anterior a 1930, interrumpido por la Gran Depresión y el desatado proteccionismo de los países centrales que generó. Lo que supuso la búsqueda de relaciones históricas y el ejercicio de una reflexión acerca del comportamiento de los actores sociales y la singularidad de las instituciones. En términos metodológicos esto resultó en una apuesta a ejercer el análisis histórico comparativo e inductivo que recusa la posibilidad de establecer leyes universalmente válidas de desarrollo.[21] El esquema centro-periferia es medular en la definición, ya que de ese modo

…la estructura mencionada determinaba un patrón específico de inserción en la economía mundial como periferia, productora de bienes y servicios con una demanda internacional poco dinámica, importadora de bienes y servicios con una demanda interna en rápida expansión y asimiladora de patrones de consumo y tecnologías adecuadas para el centro pero con frecuencia inadecuadas para la disponibilidad de recursos y el nivel de ingreso de la periferia.[22]

Así también, dice Bielschowsky, esta dicotomía conceptual designaba un patrón de industrialización particular de la periferia, con respecto a la capacidad de beneficiarse del adelanto tecnológico, mano de obra y distribución de la riqueza.

Prebisch introdujo el concepto de “heterogeneidad estructural”, que puede definirse como:

La convivencia de actividades o ramas de producción generadoras de empleo, donde la productividad del trabajo es equiparable con la productividad de las economías centrales, con ramas o actividades cuyo desempeño es muy inferior al normal y están ligadas a la generación de subempleo.[23]

Respecto de la especialización productiva, señala:

El patrón de desenvolvimiento industrial peculiar de la periferia implica que el carácter especializado de su estructura productiva se mantiene. En efecto, dada la especialización en bienes primarios del sector exportador de la cual se parte y la necesidad de ir de lo simple a lo complejo que caracteriza dicho patrón, los grados de complementariedad intersectorial y de integración vertical de la producción que va alcanzando la periferia resultan exiguos o incipientes.[24]

El deterioro de los términos de intercambio y el hecho de que el progreso técnico aparezca como variable exógena son entonces consecuencias de esta singular división del trabajo a nivel internacional entre países centrales y periféricos. Señala Bielschowsky que a partir de este diagnóstico la defensa del proteccionismo y de las ventajas de la industria frente a la actividad agraria es clara. Subraya asimismo que Prebisch no ignoraba que en el proceso de industrialización en curso la tendencia al desequilibrio estructural de la balanza de pagos no desaparecería en tanto no se eliminara el problema de escasez de divisas ligado a los límites estructurales del crecimiento económico que mencionamos más arriba (herencia de estructura económica de crecimiento hacia afuera –modelo agroexportador– y de la heterogeneidad estructural). Asimismo, agrega que dadas estas características, los problemas que enfrentaría el proceso de sustitución de importaciones podía resumirse en: desequilibrio de balance de pagos, inflación y desempleo.[25]

En la visión de Prebisch y la CEPAL, el Estado se transforma en un actor clave en la promoción del desarrollo económico. Rodríguez señala que esta “idea fuerza de la planificación […] se traduce en la elaboración de elementos destinados a facilitar al Estado el diseño y la puesta en práctica de políticas de desarrollo al largo plazo”.[26] Si bien la intervención estatal es la herramienta fundamental para la industrialización y el desarrollo, Prebisch está lejos de sostener la gestión de los medios productivos por parte del Estado; la siguiente cita es definitoria en este punto: “creo que hay que llegar a una síntesis entre socialismo y liberalismo que nos asegure el vigor del desarrollo, la equidad distributiva y la progresiva democratización”.[27]

VI

Después de las referencias efectuadas acerca de las coyunturas de la guerra hispanoamericana de 1898, la Primera Guerra Mundial y la década de 1920 y del proceso 1930-1970, con sus transformaciones estructurales y el pensamiento cepalino y su réplica en la teoría de la dependencia, quisiera indicar como cierre de este ensayo la síntesis de las coyunturas y procesos intelectuales a lo largo del siglo XX, y su génesis desde el XIX, a manera de guía temática para la posible elaboración futura de una historia crítica del pensamiento latinoamericano.

  • La construcción de la idea de latinidad en la coyuntura de la segunda mitad del siglo XIX y su aplicación a Iberoamérica por Torres Caicedo, en contrapartida a la latinidad como expresión de la voluntad expansionista del II Imperio francés.
  • La guerra hispano-americana del 1898 como elemento decantador de una oposición entre la América Latina y la América sajona, sobre la base de la espiritualidad arielista.
  • La recuperación del linaje español a partir de la generación del desastre o del 98, en su doble vertiente: desde el criticismo laico y modernizador y desde la hispanidad católica: Ortega y Gasset y Ramiro de Maeztu como figuras emblemáticas y altamente influyentes en las respectivas corrientes de recuperación hispánica.
  • La eclosión del antipositivismo: arielismo, modernismo, novecentismo. El surgimiento del vasto proceso del arielismo, incluida su crítica en la década de los veinte y treinta.
  • El Ateneo de la Juventud y la Revolución Mexicana: su impacto en los años veinte y treinta.
  • Vanguardia artística y renovación política. Vasconcelos y el muralismo mexicano, las vanguardias brasileñas desde 1922, las vanguardias argentinas con la revista Martín Fierro, las vanguardias cubanas hasta la revista Orígenes.
  • La Reforma Universitaria y sus bifurcaciones: líneas de crítica al liberalismo, la construcción del “progresismo” político, el antiimperialismo en los veinte y los treinta.
  • Los procesos “nacional-populares” como síntesis de un nacionalismo radical. Su originalidad respecto a los modelos europeos.
  • Indigenismo e identidad político-cultural: desde Mariátegui al APRA de Haya de la Torre. Antropología e integración: los programas institucionales, Manuel Gamio y Gonzalo Aguirre Beltrán.
  • Catolicismo, tradicionalismo y nacionalismo en la proyección cultural de las derechas políticas.
  • La eclosión del Concilio Vaticano II y la radicalización católica, la teología de la liberación.
  • La pluralidad de la cultura política de las izquierdas latinoamericanas: anarquismo, socialismo, comunismo, sindicalismo.
  • Modernización y desarrollismo: Prebisch y la CEPAL. Las ciencias sociales latinoamericanas y su proceso de institucionalización. Universidad, ciencia y desarrollo.
  • El acontecimiento singular: la Revolución Cubana en los años sesenta. La “nueva izquierda” y el antiimperialismo radical.
  • Vigencia del paradigma neoliberal y posible renovación problemática de un nuevo latinoamericanismo.

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  1. Henríquez Ureña, Pedro, Literary Currents in Hispanic America, 1945. Edición en castellano, Las corrientes literarias en la América hispánica, 1949.
  2. Gaos, José, Antología del pensamiento de lengua española en la edad contemporánea, 1945, dedicada a Alfonso Reyes y reproducida en Gaos, José, El pensamiento hispanoamericano. Antología del pensamiento de lengua española en la Edad Contemporánea, en Obras Completas, V, 1993.
  3. Para los títulos de la Biblioteca Americana y de la colección Tierra Firme cf. Fondo de Cultura Económica, Catálogo histórico 1934-2004, 2004, pp. 679-688 y 1525-1596, respectivamente. Para el papel de Cosío Villegas en Tierra Firme, cf. Fondo de Cultura Económica, Catálogo histórico 1934-1994, 1994, p. 542.
  4. Becerril, Adolfo, “El inmenso programa. La aventura editorial en el estudio de América Latina”, 2010.
  5. Latinoamérica. Cuadernos de Cultura Latinoamericana, 1977-1980. Los textos fueron luego reunidos en Ideas en torno de Latinoamérica, 1986.
  6. Uso el concepto con un sentido pragmático, consciente de sus limitaciones y de los problemas epistemológicos y metodológicos que comporta, aunque no desconozco las grandes potencialidades que también supone desde su acuñación por Ortega y Gasset a la sofisticación de su delimitación, contenidos y alcances en la obra de Karl Mannheim. Como introducción cf. Monner Sans, José María, El problema de las generaciones, 1970.
  7. Son substanciales los ensayos de Gaos: “Localización histórica del pensamiento hispanoamericano” 1942; “Caracterización formal y material del pensamiento hispanoamericano”, 1942 y “Significación filosófica del pensamiento hispanoamericano”, 1943; “El pensamiento hispano-americano. Notas para su interpretación histórico-filosófica”, incorporados en Gaos, José, Pensamiento de lengua española. Pensamiento español, Obras Completas, VI, 1990; una última edición: Gaos, José, Las ideas y las letras, 1995, pp. 101-228. También es cardinal: Gaos, José, El pensamiento hispanoamericano (seminario sobre “La América Latina”), 1944, incorporado en Gaos, José, El pensamiento hispanoamericano. Antología del pensamiento de lengua española en la Edad Contemporánea, en Obras Completas, V, 1993.
  8. Cf. Medin, Tzvi, Ortega y Gasset en la cultura hispanoamericana, 1994; Abellán, José Luis y Antonio Monclús (coords.), El pensamiento español contemporáneo y la idea de América, I, El pensamiento en España desde 1939; II, El pensamiento en el exilio, 1989; un temprano señalamiento acerca de Américo Castro: Enguídanos, Miguel, “El documento, ventana del pasado”, 1959.
  9. Hilda Sábato recoge como antecedentes de esta corriente historiográfica, además de Metahistoria de Hayden White y La gran matanza de gatos de Robert Darnton, el volumen de ensayos que en 1982 compilaron Dominick LaCapra y Steven Kaplan, Modern European Intellectual History: Reappraisal and New Perspectives, con el planteamiento de una diversidad de propuestas, estudios y orientaciones que bien podían se reagrupadas bajo el signo de la nueva historia intelectual; cf. Altamirano, Carlos, Para un programa de historia intelectual y otros ensayos, 2005. Otra vía de renovación en el campo de los estudios culturales fue la revista Punto de vista y los trabajos de Beatriz Sarlo. Las obras de José Aricó Marx y América Latina (1980) y La cola del diablo (1988) fueron también un precedente de renovación muy importante en lo que él nombraba “historia contextual”.
  10. Crespo, Horacio, “En torno a la fundamentación de la historiografía latinoamericana”, 2006, p. 132.
  11. Cabe señalar aquí la obra fundacional de Antonello Gerbi respecto a la importancia del rechazo, tanto por americanos de las colonias españolas como por estadounidenses, de los infundios de la Ilustración europea respecto a la inferioridad y debilidad intrínseca de la naturaleza y los hombres americanos y el sentido de identidad americana que esta actitud generó, cf. Gerbi, Antonello, La disputa del Nuevo Mundo. Historia de una polémica, 1750-1900, 1960. La primera versión: Gerbi, Antonello, Viejas polémicas sobre el Nuevo Mundo, 1946.
  12. Phelan, John Leddy, “Pan-Latinism, French Intervention in México (1861-1867) and the Genesis of the Idea of Latin America”, en Ortega y Medina, Juan Antonio (ed.), Conciencia y autenticidad históricas. Escritos en homenaje a Edmundo O’Gorman, 1968; reedición: Phelan, John Leddy, “El origen de la idea de Latinoamérica”, 1986; Roig, Arturo Andrés, Teoría y crítica del pensamiento latinoamericanos, 1981; Quijada, Mónica, “Sobre el origen y difusión del nombre ‘América Latina’ (o una variación heterodoxa en torno al tema de la construcción social de la verdad)”, 1998.
  13. Rubén Darío y Paul Groussac propusieron en la década de 1890 el personaje conceptual de Calibán. Darío, en la semblanza de Augusto de Armas (La Nación, 4 de septiembre de 1893) y de Edgar Allan Poe (Revista Nacional, enero de 1894), incluidas ambas en Los raros (1896), y luego en el ensayo El triunfo de Calibán (El Tiempo, Buenos Aires, 20 de mayo de 1898). Groussac, por su parte, usó el tropo de Calibán para hablar de los Estados Unidos en Del Plata al Niágara (1897) y posteriormente, en un discurso el 2 de mayo de 1898 en el teatro La Victoria, cf. Jáuregui, Carlos, “Calibán: icono del 98. A propósito de un artículo de Rubén Darío”, 1998.
  14. El rechazo al “arielismo”: Sánchez, Luis Alberto, Balance y liquidación del 900, 1941; reeditado como ¿Tuvimos maestros en nuestra América?, 1956, “Más condensado y doctrinario” como afirma el autor en el prólogo de esta edición. En este tema cf. Melgar Bao, Ricardo, “Notas para leer un proceso a la intelectualidad oligárquica: Balance y liquidación del Novecientos de Luis Alberto Sánchez”, 2007.
  15. Taborda, Saúl A., Reflexiones sobre el ideal político de América, 1918. Sobre Taborda y la Reforma Universitaria de Córdoba: Navarro, Mina Alejandra, La generación de 1914 y la reforma universitaria de Córdoba en 1918. Una mirada desde la historia intelectual, 2007; Navarro, Mina Alejandra, Los jóvenes de la “Córdoba libre”! Un proyecto de regeneración moral y cultural, 2009; Navarro, Mina Alejandra, La heterodoxia de Saúl Taborda. Contribución a la discusión de pensadores de “frontera” y de procesos de heterodoxia intelectual en América Latina, 2013.
  16. Pi y Margall, F. Las nacionalidades, 1911.
  17. Debe señalarse que la renovación de la política estadounidense para América Latina en los años de Kennedy tuvo evidente inspiración en la estrategia del “buen vecino” generada a comienzos de los treinta y consolidada a mediados de esa década por la administración de Franklin D. Roosevelt. Fue diseñada para reemplazar las prácticas intervencionistas de las administraciones Truman y Eisenhower y la política de “contención” al comunismo de John Foster Dulles desde la secretaría de Estado, de la que los ejemplos mayores fueron el derrocamiento de Arbenz en Guatemala en 1954 y la hostilidad contra la Revolución Cubana que culminó en la invasión de 1961, practicada ya en la Administración Kennedy, cuyo fracaso aceleró la revisión de la política latinoamericana del nuevo presidente. Cf. Wood, Bryce, La política del buen vecino, 1967 [1ª ed. 1961]; Ferrell, Robert H., American Diplomacy in the Great Depresión. Hoover-Stimson Foreign Policy, 1929-1933, 1957, cap. 13; Schlesinger, Arthur M., A Thousand Days: John F. Kennedy in the White House, 1965.
  18. Cardoso, Fernando Enrique, “La originalidad de la copia: la CEPAL y la idea del desarrollo”, 1977.
  19. Ibídempp. 38-39.
  20. Ibídem, p. 40.
  21. Bielschowsky, “Evolución de las ideas de la CEPAL”, 1998, p. 3.
  22. Ibídem.
  23. Rodríguez, Octavio, “Prebisch: actualidad de sus ideas básicas”, 2001.
  24. Ibídem, p. 43.
  25. Bielschowsky, “Evolución”, p. 8.
  26. Rodríguez, Octavio, “Prebisch: actualidad de sus ideas básicas”, p. 43.
  27. Prebisch, Raúl, Capitalismo periférico. Crisis y transformación, 1981, p. 287.


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