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6 La “cuestión del Plata” en la historiografía de la Guerra del Paraguay

La interpretación de Ramón J. Cárcano en la década de 1930

Este trabajo se inscribe en dos preocupaciones.[1] La primera es la de investigar la obra individual de historiadores latinoamericanos significativos, en este caso la de Ramón J. Cárcano. La segunda es el abordaje de un tema histórico fundamental para la América del Sur del siglo XIX, significativo también en esa obra.

Desde la perspectiva de la historiografía, la Guerra del Paraguay –que enfrentó a la Triple Alianza (también se designa el conflicto con ese nombre) de Brasil, Argentina y Uruguay con el Paraguay de Francisco Solano López entre 1864 y 1870 y terminó con el aniquilamiento de los derrotados– originó investigaciones apreciables y duras polémicas, y ha sido un punto nodal de fuertes controversias ideológicas y políticas. Es un terreno fértil para que una revisión crítica de esa producción historiográfica permita aclarar puntos históricos de fricción y también esclarecer los diferentes fundamentos de las percepciones de largo plazo desde las distintas ópticas nacionales –complejizadas además por las diferenciadas y a veces antagónicas configuraciones políticas en el interior de cada país involucrado– cuyo análisis y recuperación fuese de significación para el actual marco de integración regional en el MERCOSUR. La escasa capacidad de producir proyectos conjuntos en el terreno cultural, librados a la iniciativa más o menos espontánea de actores académicos o artísticos, ha sido señalada como uno de los flancos más vulnerables de ese proceso multinacional. En el campo historiográfico, la disposición de encontrar terrenos de indagación común y de crecimiento de estudios comparativos puede encontrar en la llamada “cuestión del Plata” –como la denominaron las cancillerías de las grandes potencias intervencionistas europeas en la primera mitad del siglo XIX– de la que la Guerra del Paraguay es parte y culminación, tal como lo planteó precisamente Ramón Cárcano, junto con la secular historia jesuítica, auténticos espacios de acciones posibles.

Desde la perspectiva argentina, la Guerra del Paraguay ocupa un lugar revelador porque ese tema fue central –sólo superado por la apreciación de la dictadura de Juan Manuel de Rosas (1835-1852)– en la confrontación polémica entre la escuela histórica liberal o “mitrista” y las distintas corrientes del revisionismo histórico de común cuño nacionalista. Inclusive, provocó una significativa fisura entre los historiadores afiliados al movimiento revisionista, ya que un autor acreditado entre ellos –Juan Pablo Oliver (1906-1985)– se manifestó a favor de la interpretación mitrista en lo específico de ese tema.[2] La construcción de un imaginario nacionalista en Argentina tuvo en la guerra del Paraguay un campo muy amplio de desarrollo, reflexión y polémica, tanto en su vertiente aristocratizante como en la “nacional-popular”.[3] Lo mismo en Uruguay, a través de la obra del dirigente blanco y amigo de Hipólito Yrigoyen, Luis Alberto de Herrera (1873-1959), quien elaboró una temprana y fuerte crítica a la interpretación liberal, desde una posición tradicionalista, nacionalista y opuesta tanto a Argentina como a Brasil, “solidaria” con Paraguay.[4]

Muchos de los enfoques historiográficos uruguayos y paraguayos coinciden en destacar en su explicación de las causas directas de la Guerra de la Triple Alianza las actitudes intervencionistas del gobierno de Mitre y del Imperio brasileño en los inicios de la década de 1860 respecto de la actualizada guerra civil uruguaya –de larga data– entre blancos y colorados. Dicha injerencia podía alterar el inestable equilibrio de poder en el Plata y en consecuencia preocupaba al muy susceptible régimen de López, que en la tradición creada por Gaspar Rodríguez de Francia y Carlos Antonio López se pensaba permanentemente amenazado o, al menos, sujeto a percepciones hostiles por parte de sus vecinos porteños y brasileños (en lo que no le faltaba razón). Otro factor explicativo considerable en los escritos de algunos historiadores paraguayos y orientales es el supuesto carácter violento y poco inclinado a la negociación del joven presidente paraguayo, que había asumido su cargo luego de la muerte de su padre en 1862. Esta cuestión de la personalidad de Francisco Solano López se convirtió en un tópico aún hoy socorrido de la bibliografía referida a la guerra, en particular de la hostil a su régimen.[5] En los casos de las historiografías paraguaya y brasileña se pondera una variable sumamente interesante para completar la complejidad de las relaciones rioplatenses: el rol jugado por los agentes orientales blancos y colorados para arrastrar a Francisco Solano López a una guerra contra Pedro II y el gobierno de Mitre. A la inversa cabe destacar también la influencia política belicista en los círculos de Buenos Aires de la comunidad de exiliados paraguayos, fervientes enemigos de López, quienes luego conformarían la Legión Paraguaya que participó en la guerra en el bando vencedor.

La Guerra del Paraguay fue el conflicto internacional más sangriento y extenso del siglo XIX en América del Sur después de las contiendas de la emancipación. Ocupa un lugar central en el ordenamiento estratégico definitivo del Cono Sur de América cerrando el largo ciclo posterior a la independencia. También constituye un momento decisivo en la construcción de Argentina como estado-nación culminada recién en 1880 –esta es la línea fundamental de interpretación de Tulio Halperín Donghi–,[6] garantizando la hegemonía de Buenos Aires sobre las provincias interiores y la subordinación del litoral a la gran ciudad del Plata. La ambigua actitud inicial del general Urquiza (sempiterno gobernador de Entre Ríos, vencedor de Rosas en 1852, organizador del régimen constitucional en 1853 y presidente de la Confederación Argentina entre 1854 y 1860), que el historiador antiliberal y revisionista García Mellid caracterizó abiertamente como “defección”, debilitó al partido federal a partir de 1861. Luego, su apoyo al mitrismo en la guerra con Paraguay que finalmente le costaría la vida en 1870 a manos de la rebelión dirigida por su antiguo e importante subordinado Ricardo López Jordán convertido después de Pavón y del acuerdo de Urquiza con Mitre en su más ardiente adversario,[7] fue la señal más significativa de la dirección que adoptaría ese proceso de construcción del estado argentino. El resultado decisivo fue, además de la hegemonía porteña, la paulatina institucionalización de un modelo liberal tanto en Argentina como en Uruguay que regiría la incorporación de la región a las nuevas dinámicas del comercio internacional y la articulación con la dominante economía de Gran Bretaña. Este orden subsistiría con algunas modificaciones y alteraciones importantes hasta la Segunda Guerra Mundial. A la vez, el Imperio brasileño construyó en torno a la guerra contra López el momento más exitoso de su perseverante búsqueda de la hegemonía en el Plata, período que transcurre entre 1851 y 1875 y a la vez, paradójicamente, “constituyó el punto de inflexión que dio comienzo a la marcha descendente de la monarquía brasileña”.[8]

La Guerra del Paraguay ha concitado la atención relativamente reciente de tres libros: de un académico argentino de filiación claramente mitrista;[9] de un autor brasileño, basada en investigación de archivo novedosa y en una copiosa revisión de memorias, así como de la tradición oral en Paraguay, que aporta elementos interesantes de la política exterior del Imperio, su presencia en el Plata y su actuación directa en la Guerra de la Triple Alianza desde una perspectiva liberal y marcadamente antilopista;[10] y también la contribución en una extensa obra colectiva acerca de la historia de la política internacional argentina que dedica buena parte de un amplio tomo a la génesis, desarrollo y consecuencias de la Triple Alianza, con una ponderada mirada acerca de las distintas posiciones historiográficas.[11]

Este renovado interés es un estímulo para volver a plantear la significación política de la confrontación historiográfica en torno a la Guerra, tal como se desarrolló prácticamente a partir de su finalización. El herrerismo uruguayo, como vimos, heredero directo de los blancos de Oribe, el yrigoyenismo argentino que sostuvo vínculos históricos con esa corriente política, y el peronismo (Perón mismo devolvió al Paraguay los trofeos de guerra conservados en Buenos Aires), fueron muy críticos del accionar de Mitre, del Imperio y de los colorados uruguayos en la Guerra. En lo que respecta a Paraguay, desde la década de 1930 la historiografía se autonomizó de las influencias de los países vencedores y se construyó en una creciente vía patriótica y nacionalista opuesta al liberalismo –alentada por los febreristas de la revolución de 1936 y al final, y sólo en parte, por la dictadura de Stroessner–, que revisó la valoración historiográfica del ciclo Gaspar Rodríguez de Francia (1811-1840) – Carlos Antonio López (1840-1862) – Francisco Solano López (1862-1870) y las posiciones respecto al balance y las consecuencias de la Guerra.[12]

El nuevo nacionalismo giraba en torno a un símbolo: el mariscal Francisco Solano López […] Durante la era liberal todos los libros de texto que se usaban en las escuelas calificaban a Solano López de déspota brutal cuya megalomanía había llevado al país al desastre. Ahondando más, los liberales argüían que semejante poder sin freno alguno era el resultado inevitable del socialismo de estado del régimen de Solano López y que los antídotos apropiados eran el individualismo y la libre empresa. Franco [el nuevo presidente elegido por los revolucionarios de febrero de 1936] cambió todo eso. “El Mariscal” fue ahora proclamado patriota, y se envió una comisión al escenario de su última batalla con el encargo de localizar su tumba, donde no había ninguna indicación. Sus restos fueron exhumados y trasladados a Asunción, donde fueron depositados en una capilla reconvertida y bautizada con el nombre de “Panteón de los Héroes”, junto con el cadáver de su padre, Carlos Antonio López, y recuerdos del doctor José Gaspar Rodríguez de Francia, el primer dictador de Paraguay. El nacionalismo popular tenía ahora su santuario.[13]

La extensa producción brasileña en torno a la diplomacia imperial y la Guerra del Paraguay también debería ser analizada en base a este tamiz crítico que permita visualizar las posiciones diversas como contribuciones a la construcción del imaginario histórico de distintos proyectos políticos tanto en el final del Imperio, como en la República Velha y el siglo XX, y como forma de analizar y relacionar la vida política del Imperio con la marcha de su política exterior.[14] Esta es una perspectiva poco frecuentada en las historiografías de los otros países involucrados, aunque fuera sostenida en forma coherente por el historiador revisionista argentino José María Rosa, quien siempre consideró relevante estudiar y dar cuenta prolija de los intereses brasileños en su propio contexto, siendo de mano maestra su interpretación de la participación de Brasil en la coalición que derrocó a Rosas en 1851-52 e inauguró el período de mayor poderío brasileño en el Plata, que se cerró después de la Guerra del Paraguay con el declinar del Imperio.[15]

En la medida en que el conflicto envolvió a los cuatro países socios del MERCOSUR, fue la coronación de un prolongado proceso histórico, arranque de ordenamientos nacionales consolidados y de nuevas correlaciones de fuerzas y, a la vez, testimonio de persistencias políticas notables, una revisión de este tipo podría resultar interesante como contribución a un nuevo marco de entendimientos más sólido que el que hoy existe, huérfano todavía de una cultura plural común a la que las visiones del pasado en su diversidad nacional y en su multiplicidad política-ideológica podrían ser uno de los sustentos positivos. Un lugar no para fáciles consensos –sobre la posibilidad de los cuales declaro mi escepticismo, y el renacimiento de una historiografía liberal, con una apología aggiornada del imperio de los Braganza y del régimen de Mitre no es el obstáculo menor– sino para superar la barrera todavía existente del casi completo desconocimiento y consolidar un diálogo difícil pero con posibles frutos entre tradiciones historiográficas y culturales todavía muy enconadas y susceptibles.

Noticia biográfica de Ramón J. Cárcano

Ramón José Cárcano nació en Córdoba el 18 de abril de 1860.[16] Su padre, Inocente B. Cárcano, descendiente de una tradicional familia lombarda, nacido en Maslianico en 1828 y luchador liberal, emigró a la Argentina por razones políticas en 1849. Después de una corta estadía en Buenos Aires pasó a Córdoba donde fue contratado como profesor de latín y música en el Colegio Monserrat. Casó con Honoria César, perteneciente a una arraigada familia cordobesa. Posteriormente fue nombrado Cónsul de Italia.

Ramón J. Cárcano cursó sus estudios secundarios en el Colegio Nacional de Monserrat y los de derecho en la Universidad de Córdoba, graduándose como abogado en 1879. Su tesis doctoral De los hijos naturales, adulterinos, incestuosos y sacrílegos, presentada en 1881 y apadrinada por Miguel Juárez Celman, defendía la igualdad entre los hijos legítimos y naturales todavía no reconocida en el Código Civil (lo fue recién en el primer gobierno de Perón), y provocó un debate público y los ataques del obispo de Córdoba.[17] Fue considerada un manifiesto modernizador muy contundente y juzgado como anticlerical. Posteriormente, el conflicto alcanzó dimensión nacional, se agravó y llevó a la ruptura del gobierno del general Julio A. Roca con el Vaticano.

Comenzó su carrera política como secretario privado de los gobernadores cordobeses Del Viso y Juárez Celman, como integrante de la corriente política juarista, el grupo liberal dirigente en la provincia de Córdoba que en alianza con el general Roca promovió a éste a la presidencia en 1880, y que alcanzó la primera magistratura nacional a través de Miguel Juárez Celman en 1886. Fue profesor de Derecho Comercial en la Universidad de Córdoba en 1882, cargo que dejó cuando en 1884 fue elegido diputado nacional por su provincia. Su diploma fue cuestionado infructuosamente por los elementos conservadores y católicos en la Cámara por no llenar los requisitos constitucionales de edad mínima –veinticinco años– para ser elegido. En 1886 fue designado Ministro de Justicia, Culto e Instrucción Pública de Córdoba por el gobernador Olmos. El Presidente Miguel Juárez Celman lo nombró Director General de Correos y Telégrafos de la Nación (1887-1890), y era considerado evidentemente como el delfín presidencial para la elección de 1892. El distanciamiento del presidente con el general Roca, verdadero pilar del régimen, su progresivo aislamiento y la formidable crisis económica de 1890 ocasionaron un movimiento cívico y una sublevación militar conocida como Revolución del Parque o Revolución del ’90, que tuvo grandes consecuencias políticas. Ocasionó la caída de Juárez Celman y la construcción de una oposición de vastos alcances a partir de la Unión Cívica, que articuló el movimiento, integrando a viejos autonomistas, federales, mitristas e, inclusive, las simpatías o al menos la aquiescencia del roquismo. En 1891, la discrepancia con el acuerdo entre el ala mitrista de esa agrupación con el roquismo y el presidente Pellegrini generó la creación de la Unión Cívica Radical, que en las siguientes décadas tendría una gran importancia en la política argentina y en la erosión del régimen oligárquico. Cárcano vio truncada su carrera política nacional por este episodio revolucionario, siendo desplazado por Pellegrini, Roca y Mitre.

Con la caída de Juárez Celman en 1890 se retiró de la vida política, realizando al año siguiente un largo viaje por Europa donde, entre otros, asistió a un curso sobre tuberculosis bovina dictado por el profesor Vallée en la conocida Escuela de Alford y se interiorizó de los diversos modelos de la educación universitaria. Al regresar al país se dedicó en pleno a su estancia Ana María, a orillas del Río Tercero, en Córdoba, en la localidad hoy llamada con su nombre: “Yo mismo conduzco los bueyes, abro el surco inicial y doy el primer golpe de pala para cavar los cimientos de la nueva vivienda”, recordó en sus memorias.[18] Implantó allí notables adelantos técnicos: introducción de una vacuna contra el carbunclo para el ganado bovino preparada especialmente en el Instituto Pasteur de París, importación de un arado a vapor Fowler e introducción de vacunos de raza Polled Durham; junto con un grupo de ganaderos gestionó la visita al país del eminente veterinario Profesor Lignières.

Volvió a la actividad pública en 1907 como Presidente de la Comisión Asesora de Enseñanza Agrícola. Al incorporarse el Instituto Superior de Agronomía y Veterinaria a la Universidad de Buenos Aires como nueva Facultad en 1909, Cárcano fue designado Vicedecano de la misma, cargo que ocupó hasta el retiro del Dr. Arata como Decano en 1911. Junto con los restantes miembros del Consejo Directivo fue designado académico de número de la Academia Nacional de Agronomía y Veterinaria al ser fundada en 1909 por el ingeniero agrónomo Rodolfo G. Frank. En 1910, fue elegido nuevamente diputado nacional. Presidente de la Convención Constituyente de la provincia de Córdoba en 1912 e interventor nacional en la provincia de San Juan en 1913, fue electo ese año gobernador de la provincia de Córdoba, hasta 1916. Su gobierno se destacó por su acción progresista, especialmente por la política agropecuaria y las mejoras en los sistemas viales de la provincia. En 1921 fue elegido decano de la Facultad de Agronomía y Veterinaria de la Universidad de Buenos Aires. En 1924, al concluir su decanato, fue miembro del Consejo Superior de la Universidad como representante de la Facultad. En 1925 elegido nuevamente gobernador de Córdoba, ejerció su mandato hasta 1928. En 1932 fue nombrado Presidente del Consejo Nacional de Educación. Entre 1933 y 1938, en la residencia del general Agustín P. Justo, se desempeñó como embajador argentino en Río de Janeiro.

Cárcano fue autor de numerosas obras de carácter jurídico, técnico e histórico: El general Quiroga y la expedición al desierto (1882), Perfiles contemporáneos (1885), La Universidad de Córdoba (1892), Historia de los medios de comunicación y transporte en la Argentina (1893), Estudios coloniales (1895), La reforma universitaria (1901), La raza Polled Durham Shorthorn (1903), La misión Mitre en el Brasil (1913), De Caseros al 11 de Septiembre (1918), Del sitio de Buenos Aires al Campo de Cepeda (1921), Juan Facundo Quiroga (1931), La Guerra del Paraguay, sus orígenes y sus causas, entre otras. También sus memorias Mis primeros ochenta años, publicadas en 1943. Fue miembro de número elegido en 1901, todavía en vida de Mitre, de la Junta de Historia y Numismática Americana –desde 1938 Academia Nacional de la Historia–, siendo su presidente en dos períodos: de 1919 a 1923 y de 1931 a 1934. Casado con Ana Sáenz de Zumarán tuvo tres hijos, entre los cuales se destacó Miguel Ángel, quien fue canciller del presidente Arturo Frondizi e historiador. Ramón J. Cárcano murió en Córdoba el 2 de junio de 1946 a los 86 años de edad.

La obra de Cárcano sobre la guerra de la Triple Alianza

En su libro Cuestiones y juicios publicado en 1910, Cárcano anunciaba una Historia diplomática de la Triple Alianza que nunca apareció pero que resulta el antecedente más lejano de sus preocupaciones historiográficas acerca del tema, que finalmente plasmó en el libro que nos ocupa más directamente, Guerra del Paraguay. Orígenes y causas, aparecido casi tres décadas después, en 1939, continuado en los dos volúmenes de Guerra del Paraguay. Acción y reacción de la Triple Alianza, en los que analiza las consecuencias de la guerra, en particular las diplomáticas, en las relaciones entre los diversos actores.[19] En conjunto constituyen una referencia clásica de la historiografía argentina acerca del tema. Anteriormente, Cárcano publicó algunos trabajos más breves relacionados con el asunto, obviamente vinculados a su proyectada “historia diplomática” anticipada en 1910 y que incorporaría luego a su más ambicioso texto de 1939: La misión de Mitre en el Brasil (1913), Los tratados de Lamas (1917), Los tratados de Paraná. Derqui y Paranhos (1918). Su contribución respecto de la Guerra del Paraguay surgió de una larga meditación acerca del problema, madurada en el marco de lo que sería su mayor aportación a la historiografía argentina, las obras vinculadas al proceso de la llamada “organización nacional” a partir de Caseros y hasta la batalla de Cepeda en 1859, publicadas entre 1918 y 1921.[20] En Guerra del Paraguay. Orígenes y causas, la gran importancia concedida al texto acerca del período entre esta batalla y la de Pavón en 1861 –aparentemente de una extensión inusitada, pero profundamente articulado con el asunto principal del trabajo– y su reflexión general acerca de la incorporación de Buenos Aires a la Confederación, su ponderado juicio acerca de la crucial actuación histórica de Urquiza, autorizan a considerar este libro como una prolongación de esa cuestión central de su historiografía.[21] Se anticipa allí notablemente a la opinión de Tulio Halperín Donghi, en cuanto a que para Cárcano la Guerra del Paraguay se entrelaza inextricablemente con los problemas de la organización nacional argentina expresada a través de la lucha facciosa, especialmente en ambas orillas del Plata. Y sin duda, también expresa la idea de que el desarrollo del período temprano de la historia de la República Oriental del Uruguay es parte sustantiva de esa historia constitutiva de la Argentina.

A la vez, el Paraguay no podía quedar fuera de las tensiones de la evolución interna argentina, mucho más luego de que con Carlos Antonio López comenzara a aflojar el férreo aislacionismo impuesto por Gaspar Rodríguez de Francia hasta la década de 1840, y que su hijo Francisco Solano decidiera participar activamente en ese juego a finales de la década de 1850. Recordemos su mediación luego de Cepeda, en 1859, que condujo al pacto de San José de Flores entre la Confederación y el Estado de Buenos Aires, que mereció el siguiente párrafo por parte de Cárcano:

El general López redobla sus empeños. Debido a su tacto y eficacia admirables, la grande y complicada cuestión de la secesión, que amenaza dividir a la república [Argentina], se debate directamente entre los mismos combatientes, con la mediación de una nación vecina y noblemente inspirada, sin propósitos de anarquizar, mutilar o absorber […] Con pleno conocimiento del medio, contribuye a terminar la guerra civil más larga y ruinosa de Sudamérica. Es un esfuerzo magnífico de penetración psicológica y sentido político; un ejemplo de buen negociador y sabia negociación.[22]

Este juicio dista mucho del monstruo construido por la propaganda de guerra y la escuela de Mitre, recientemente actualizado por Doratioto, quien llega a comparar a López con Hitler, en su por otra parte muy importante contribución.[23] Es en este marco que Cárcano ubica las ambiciones del Imperio y los intereses de las potencias europeas (Gran Bretaña y Francia) y en menor medida Estados Unidos, vinculadas fundamentalmente a la crucial cuestión de la libre navegación de los ríos interiores, el Paraná, el Uruguay y el Paraguay.

En “Relaciones internacionales”, primer artículo de Cuestiones y juicios, su libro de 1910, el autor realiza una evaluación histórica de las grandes orientaciones seguidas por Argentina en sus relaciones exteriores que es importante subrayar, ya que estará presente en toda la composición de su trabajo acerca de la guerra del Paraguay, y refleja también una auto representación de la diplomacia argentina y un elemento ideológico nada despreciable en las percepciones que de sí mismos se hicieron durante un prolongado período tanto el personal diplomático como la corriente principal de la élite dirigente argentina, a la que Cárcano perteneció en grado prominente, aunque políticamente un tanto sesgada –al menos en la primera parte de su larga carrera– por su temprana adscripción al “juarismo”.

Quien reparó en esas reflexiones tempranas, vinculadas al estilo “balance” propio del Centenario de 1910 y cercanas al entonces reciente período de demarcación casi definitiva de los límites del país y a una sostenida práctica arbitral nada favorable para Argentina en sus contenciosos de deslinde con los vecinos, fue Enrique de Gandía, en el primer trabajo extenso dedicado a la labor historiográfica de Cárcano.[24] Según de Gandía, en la afirmación medular de principios Cárcano afirma que “la república ha defendido con inquebrantable firmeza sus derechos, pero nunca ha creado un hecho nuevo capaz de constituir un nuevo peligro internacional”. De esta sentencia desprende que Argentina ha seguido una línea inalterable de conducta:

[…] la justicia y el derecho han sido siempre sus guías. La Argentina nunca dominó por la fuerza, ni pretendió apropiarse de terrenos que no le correspondían, ni presionó de ninguna forma a las naciones limítrofes. […] Ningún argentino pensó agregar por la fuerza otra nación o provincia extranjera. Nuestro país siempre se ha regido por principios de derecho y de justicia y si en alguna oportunidad usó la fuerza fue para defender y mantener esos principios. [25]

Pone como ejemplos la independencia de Bolivia y de Uruguay. Obviamente, esta declaración tenía como principal destinatario implícito a Brasil, cuya política exterior habría sido la opuesta según la percepción argentina, y subsidiariamente también a Chile, país con el que la tensión había llegado al borde de la guerra en dos oportunidades, y que a partir de la Guerra del Pacífico era percibido como un potencial y peligroso expansionismo. Este nivel extremo de confrontación con el vecino trasandino se repetiría todavía en 1978.

Las opiniones de Cárcano en 1910 no parecen haber variado durante los siguientes treinta años, ya que figuran en forma medular en el libro que comentamos, aunque seguramente fueron enriquecidas y matizadas especialmente después de la experiencia del autor como embajador del presidente conservador Agustín Pedro Justo en el Brasil de Getulio Vargas, entre 1933 y 1938. Estos años fueron claves en la concreción de la obra acerca de la Guerra del Paraguay y de la coagulación de una marcada ambivalencia del autor, de la que el libro es buen testimonio: necesidad del acuerdo y temor al gran vecino.

Sin embargo, como una observación general para el trabajo de Cárcano y también para la mayor parte de la bibliografía pertinente, el autor resalta el contraste entre la exhaustiva y penetrante descripción de la evolución de la coyuntura política en los países del Plata y, aunque en menor medida, Paraguay, y la casi nula referencia a la política interior brasileña, si exceptuamos la mención de la sublevación separatista de Río Grande entre 1835 y 1844, seguida con mucha atención por Rosas, por una parte, y alentada también por el general Fructuoso Rivera. Una notable excepción es, como dijimos, el trabajo del historiador revisionista argentino José María Rosa.[26] Recientemente, como ya señalamos, Doratioto incorpora las consecuencias de la Guerra de la Triple Alianza a la dinámica general del Imperio brasileño en el largo plazo, lo cual resulta un aporte importante. En general, ésta debería ser una tarea inmediata: establecer una historia más comprensiva de los motivos y las percepciones de todos los actores, y no solamente de aquellos inmediatos de la región del Plata, ya que el Imperio aparece equivocadamente como una fuerza homogénea y distante, coherente y ajena a contradicciones, frente a las formas facciosas y ajenas a toda idea inclusiva y nacional de la política rioplatense, la característica reiterada y correctamente subrayada por Halperín. Y, por cierto, un análisis más pormenorizado de la presencia británica, francesa y estadounidense, siguiendo el camino trazado por Irazusta en su célebre biografía política de Rosas.[27]

Para Cárcano existen causas lejanas e intereses inmediatos que se conjugaron para ocasionar la guerra.[28] El desencadenante estratégico central habría sido que Paraguay buscaba la salida oceánica, y ni Brasil ni Argentina sospechaban, y mucho menos hubiesen aprobado, ese proyecto. La cuestión de las vías de navegación, el control de los grandes ríos y el acceso a los circuitos marítimos estuvo en el centro de todas las grandes disputas de la región en el siglo XIX, al menos hasta la consolidación del Estado nacional argentino en 1880 con la solución de la llamada “cuestión capital” mediante la nacionalización de Buenos Aires, aunque los problemas se prolongaron hasta la década de 1970 en la llamada cuestión de la “cuenca del Plata”, en particular la construcción de las grandes represas sobre el Paraná por parte de Brasil, e inclusive hasta hoy en el contencioso ecológico entre Uruguay y Argentina debido a la contaminación el río Uruguay por las fábricas papeleras construidas en la ribera oriental de ese curso fluvial sin las consultas y salvaguardas a las que obligaban los tratados regulatorios del uso de ese río.[29]

Cárcano organiza las causas de la conflagración en originarias, lejanas, intermedias y próximas. Logra así ordenar una visión de larga duración, en el marco de las tendencias del período posterior a la Independencia y finalmente, en el diseño de la coyuntura inmediata. El origen más lejano del proceso en el que se inserta la guerra es situado por el autor –y en esto radica uno de los mayores aciertos de su interpretación– en la disputa entre España y Portugal por descubrimientos y conquistas desde el viaje mismo de Colón.

Las luchas y rivalidades de Portugal y España, se concentran en América en la región del Río de la Plata. Persisten en todas las etapas del tiempo secular: el descubrimiento, la conquista, la colonia, el reino, el imperio, la república, la dictadura, hasta terminar por la sentencia respetada del arbitraje. La evolución del ambiente concluye por fundar en derecho la concordia definitiva.[30]

En este párrafo Cárcano consigue diseñar una idea política decisiva en su pensamiento: la concordia entre Brasil y Argentina es esencial para un desarrollo armonioso de América del Sur. Aún más: sostiene que el entendimiento entre Brasil y Argentina es la base “del equilibrio político de todo el continente americano”,[31] en una clara referencia a un posible contrapeso a Estados Unidos, lo que tiene su importancia por la fecha –finales de la década de 1930– de este planteamiento, coincidente con los intereses británicos ya en retirada pero todavía considerables en el Cono Sur, y sustentado por la cancillería argentina hasta entrada la década de 1940.

Esto se verá aún más concretado en su idea de que son las naciones más pequeñas las que en realidad han sembrado la discordia entre los dos gigantes regionales, quienes necesariamente deben entenderse y normar la marcha de los asuntos y las relaciones entre todos los países del área. Es una clara continuidad de la idea central de Mitre y su canciller Rufino de Elizalde del acuerdo a toda costa con Brasil, no bien recibida por sus contemporáneos autonomistas porteños, y que reconoce un antecedente en la política de Andrés Lamas en Uruguay inmediatamente después de la caída de Rosas.[32] Algunos reconocen en esta posición el antecedente más lejano de la política argentina hacia el MERCOSUR. Cárcano no está exento de contradicción al respecto: acepta la idea, pero permanentemente cuestiona la actitud “expansionista” y “solapada” de Brasil, lo que plantea algunas similitudes con los acuerdos y resistencias que en Argentina genera la actual estructura de las relaciones con su vecino y socio más importante.

Más allá de resultados concretos y de momentos específicos de las controversias, Cárcano señala que en el secular conflicto hispano-portugués corporizaron dos estilos de encarar las cuestiones políticas internacionales: “lealtad caballeresca y generosidad paternal” por parte de España; “conducta inquieta y persistente, de propósito decidido y fijo, engañosa y utilitaria” la de Portugal.[33] Con esto quiere trazar también una genealogía para conductas distintivas entre la diplomacia argentina y la brasileña, al menos la del Imperio, que habrían sido heredadas de las respectivas madres patrias. Este es un hilo conductor de todo el libro, consonante con las ya señaladas supuestas convicciones de desinterés e idealismo que habrían inspirado las decisiones de Buenos Aires. En algún momento, como dijimos, señala explícitamente que Brasil continúa la falaz política de Portugal, que aceptaba determinadas condiciones bajo presión o aplicación de la fuerza, pero continuaba bregando por sus intereses fijados de manera inalterable, en operaciones de muy largo plazo.[34]

La versión del historiador argentino se basa en algunos puntos fundamentales que paso a señalar:

  1. Los países que se independizaron de España y Portugal heredaron las tensiones provenientes de las disputas portuguesas y castellanas a partir del viaje colombino. Estas disputas recrudecieron fuertemente en el siglo XVIII, con una nueva fase del conflicto a partir del asentamiento portugués de la Colonia del Sacramento que implicaba el control de la margen oriental del Plata, la guerra por los pueblos jesuíticos afectados por el Tratado de 1750, la creación del virreinato del Río de la Plata en 1776 y el fortalecimiento de Buenos Aires como base militar en el momento inicial, junto con el despegue comercial al abrirse este puerto al comercio legal a partir de ese mismo año. Cabe señalar que aunque Cárcano no lo plantea, esta última decisión afectó todo el esquema anterior establecido desde el último tercio del siglo XVI. El centro de gravedad del imperio español en Sudamérica se deslizó desde Lima a Buenos Aires, siendo uno de los resultados más trascendentes de las reformas borbónicas. El Atlántico sur pasó de ser el ámbito de la artificial obturación de la salida natural de la producción minera de Potosí y el espacio natural del contrabando, a convertirse en el escenario del gran comercio generado por la plata y un punto nodal de los intentos de renovación de todo el circuito comercial del Imperio español en su finalmente fallido intento de renovación.
  2. A partir del estado de guerra con España, desde 1806 Inglaterra estableció una presencia naval continua en el Plata y, fracasados los intentos de apoderarse de Buenos Aires ese año y el siguiente, con el asentamiento de la corte de los Braganza en Brasil en 1808 el embajador inglés en Río de Janeiro se convirtió en una figura clave en la política de la región, sacudida por los movimientos de Independencia. El factor británico es central en todo el desarrollo posterior de la escena del Plata. A partir de la década de 1830 y hasta 1848 esta presencia se hace más compleja por la participación de Francia en la disputa por el control de la zona y su abierta alineación con los acérrimos enemigos de Rosas, organizados en el exilio de Montevideo.

Las causas lejanas de la guerra del Paraguay son ubicadas por el autor en el período que transcurre entre 1800 y 1828, o sea la coyuntura europea de las guerras napoleónicas, la crisis dinástica de 1808, el carlotismo impulsado desde Río de Janeiro por el monarca lusitano y la invasión portuguesa de 1812 a la Banda Oriental, hasta la guerra argentina brasileña de 1827-28, el tratado de paz y el surgimiento de Uruguay como estado independiente. El motivo es la presencia y presión constante que hace Portugal y luego Pedro I, ya como emperador de Brasil, sobre la Banda Oriental, prosiguiendo claramente la anterior política lusitana en torno a las misiones orientales y la Colonia del Sacramento.

Las causas intermedias planteadas por Cárcano se extienden en el transcurso del primer decenio de la vida independiente de Uruguay, 1828-1838. Traza una visión sarmientina del panorama oriental desde el paradigma “civilización y barbarie”, fundada en la constatación de la vigencia ininterrumpida del caudillismo. El nuevo estado es visto por el autor cordobés como el resultado del enfrentamiento entre Argentina y Brasil –a la vez herencia colonial– y de la actividad británica. Sigue, sin decirlo, la tradición mitrista completamente hostil a Artigas y al autonomismo uruguayo de cuño federal, proclive a alianzas con los colorados por razones facciosas. En este punto Cárcano se aparta de la valoración de la herencia política de su provincia, Córdoba, que en los momentos iniciales del proceso de independencia se vinculó fuertemente con Artigas en su pugna con Buenos Aires. También reconoce positivamente una corriente de políticos orientales que buscaron conscientemente la intervención del Imperio a favor de su facción en las luchas civiles, el caso de Andrés Lamas el más notorio. Uruguay, a la postre, es para él un resultado inevitable de la política inglesa, y como tal debe ser considerado.

Cárcano hace un puntual análisis de la política uruguaya desde 1828 en adelante, lo que constituye, junto con el relato de la evolución Argentina de Cepeda a Pavón, el otro gran eje de su libro. La constitución de la República Oriental el 21 de septiembre de 1829 es fundamental, ya que fue aprobada por los comisionados argentinos y brasileños en Río de Janeiro el 18 de julio de 1830 instaurándose en garantes del nuevo estado, obligación que en la práctica significó una vía libre a la intervención permanente en el escenario oriental, tanto por parte de Buenos Aires como de la corte imperial.[35] Rondeau, vehículo de influencia argentina, fue electo primer presidente. En su período de mando, Fructuoso Rivera resistió a un Buenos Aires ya bajo influencia de Rosas y se apoyó en los brasileños, mientras Lavalleja ostentaba la protección federal porteña. En marzo de 1835 Oribe sucedió a Rivera, con lo que la influencia de Rosas quedó triunfante. En 1836 Rivera se sublevó, secundado por los unitarios argentinos desterrados (algunos en Montevideo desde 1829, luego de la caída de Lavalle) y por los revolucionarios republicanos de Río Grande, gran preocupación del Imperio. El 5 de octubre de 1838 la batalla de Palmar impuso la renuncia de Oribe, luego desconocida por Rosas, y el triunfo de Rivera. Referido a Uruguay, es el tiempo de la “república anárquica”.[36]

Montevideo, a su vez, fue constituyéndose en base de asilo de los emigrados argentinos antirrosistas a partir de mediados de la década de 1830, lo que determinó la enemistad permanente de Rosas respecto del gobierno colorado de Rivera y su alineamiento con los blancos. Oribe, el partido blanco y Rosas serán vencidos frente por una coalición poderosa que se integraba con el partido colorado, los revolucionarios de Río Grande, los emigrados argentinos y un nuevo y activo participante, la escuadra francesa de la estación naval de Montevideo. Rosas se niega a toda discusión de las exigencias e intimidaciones francesas. El almirante Le Blanc declara el bloqueo de Buenos Aires y el cónsul Roger envía un ultimátum a Rosas y se efectúa la toma de Martín García el 11 de octubre de 1838. Rosas solicita el arbitraje británico, y los franceses lo rechazan, al igual que el comodoro estadounidense Nicholson. La política francesa, a diferencia de la británica, se muestra en un marcado tono de arrogancia y sobreactuación. Francia ejerce una activa presión sobre Rosas, bajo el acicate de los emigrados y Rivera, y organiza también en buena medida el ejército que al mando de Lavalle incursionará en el litoral y amenazará Buenos Aires en 1840, para ser finalmente derrotado y aniquilado en 1841 por la fuerzas de Rosas al mando de Oribe, quien se había colocado al servicio “incondicional” del dictador de Buenos Aires, convirtiéndose en su general más importante en la destrucción de la gran coalición mencionada.

Síntesis de la opinión de Cárcano acerca de la intervención extranjera:

Las potencias mediadoras respetan en toda su integridad la independencia y soberanía de las repúblicas del Plata. Desean únicamente asegurar la libertad de comercio y navegación de los ríos, sin exigencias territoriales ni concesiones de excepción.[37]

La mediación a la que se refiere es un eufemismo para designar en realidad una abierta solicitud de intervención a Inglaterra y Francia, efectuada por el ministro de Relaciones Exteriores del régimen de Rivera luego de que éste fuera derrotado en India Muerta el 2 de diciembre de 1842 por Oribe, y significó evitar la caída de Montevideo en manos del general y presidente federal y rosista.

Cárcano se pregunta por qué Inglaterra y Francia, las naciones más poderosas de Europa “resultan ineficaces para suprimir la guerra, pacificar la región y abrir sus puertas y sus ríos al comercio universal”. La respuesta es la falta de unidad de la coalición: Inglaterra, Francia, Brasil, Montevideo y los emigrados. Rosas construyó en su partido esa unidad, y agrega:

…aunque el país continúa languideciendo […],[38] la intervención anglo-francesa [intermitente, de fines de la década de 1830 hasta 1849] sirve oportuna y noblemente a la causa de las libertades en el Río de la Plata. Evita la caída de la nueva Troya [el apelativo en clave épica que sirvió para designar por los antirrosistas al Montevideo sitiado entre 1842 y 1851, HC] y, por eso, aproxima la hora de Caseros.[39]

A la vez, señala: “Rosas interviene en los negocios internos del Uruguay violando su independencia”, con lo que evidencia las dos varas con las que mide las acciones de los actores enfrentados.[40]

Francia e Inglaterra no ejercitan un derecho de intervención. Producen un caso político a instancias y en defensa de la autonomía de un Estado, en amparo de sus súbditos y de las libertades de la civilización. Los hechos son, en todo momento, la comprobación de las declaraciones de sus cancilleres. No aparece en ellos la mentira criolla, ni el engaño gauchesco [Contextualmente, esto es atribuido a Rosas, HC]. Verificados los tratados de paz, salvan la independencia oriental y las garantías individuales, sin indemnizaciones ni compensaciones, sin privilegios ni reservas; todo generoso, alto y humano.[41]

El párrafo resulta muy revelador de las convicciones de Cárcano y del tipo de argumentación de la escuela liberal. Coincidente con esto, absuelve completamente de cualquier acusación dirigida a los emigrados unitarios y liberales de Montevideo de traición por colusión con los extranjeros, elemento clave en la historiografía nacionalista y revisionista contemporánea de Cárcano. Son defensores de la civilización, frente a la barbarie.

Hay un elemento muy importante en el análisis de Cárcano en esta etapa de su narrativa histórica. No puede evitar un juicio admirativo respecto a la firmeza de Rosas frente a la intimidación francesa:

Admira la entereza y resistencia imperturbable de Rosas creando fuerzas, arrollando enemigos, venciendo enormes dificultades internas y externas. Permanece firme y soberbio, sostenido por su pueblo, irreductible en el aislamiento y el desamparo. Parece como un islote azotado por el tiempo tormentoso, insensible a los vientos y las olas.

Aunque como sorprendido por su audacia rápidamente corrige sus palabras y regresa a la tradición mitrista de abominar al tirano: “Él no sabe servir a la patria, pero sabe servir a sus pasiones”.[42] Debemos agregar que este juicio sobre Rosas lo efectúa cuando arrecia el embate del revisionismo histórico favorable al dictador de Buenos Aires.

Las causas próximas de la Guerra del Paraguay derivan para Cárcano de las luchas contra Rosas, del papel de Montevideo en ese conflicto, de la intervención anglo-francesa, de la Guerra Grande (1842-1851) y de las constantes intrigas imperiales para obtener mayor presencia en el Plata. A diferencia de Brasil y de Paraguay, los estados ribereños del Plata –Argentina y Uruguay– no se encontraban consolidados, y es difícil entender sus relaciones como “internacionales”. En este sentido resultan decisivas las elaboraciones de José Carlos Chiaramonte acerca de la dificultad de concebir la existencia de una nación argentina en los períodos tempranos posteriores a las guerras de independencia, y las diversas posibilidades de constitución de estados que subsistió precisamente hasta la década de 1860, e inclusive hasta el final de la Guerra del Paraguay. Es necesario eludir el patente anacronismo presente en la retroproyección de realidades institucionales e identitarias construidas muy lentamente en el transcurrir del siglo XIX e, incluso, del XX. Por ejemplo, Cárcano subraya adecuadamente las simpatías claras del autonomismo alsinista y del mitrismo nacionalista por el partido colorado, posición animada en buena medida por Rufino de Elizalde, amigo y canciller de Mitre y muy importante hombre en el diseño de la intriga a favor de Venancio Flores y ese partido a partir de 1860, que condujo finalmente a la guerra.

Pelham Horton Box subrayó, en un libro muy influyente, el entrelazamiento de las luchas facciosas entre ambos lados del Plata, unitarios y sus continuadores liberales porteños aliados al partido colorado, y el federalismo rosista y su herencia confederal (con el papel ambiguo de Urquiza, clarificado después de Pavón en 1861) vinculado al partido blanco.[43] A la vez, señaló la influencia de los blancos sobre Francisco Solano López para que interviniese en la crisis oriental y se desencadenase así la guerra. Nuevamente, hay que mencionar a Urquiza. Su acuerdo con Mitre en 1861, lentamente comprendido por los federales argentinos y por Francisco Solano López, fue un factor que también condujo a la guerra, ya que el presidente paraguayo contaba con una acción de Urquiza en contra de Mitre como resultado de su invasión a Corrientes en 1864, motivo directo del desencadenamiento de la guerra. El mal cálculo fue evidente: Urquiza siguió en su pasividad, y haciendo negocios millonarios de venta de caballos con los brasileños y suscribiendo acciones del Ferrocarril Central Argentino.[44] Cárcano celebra la posición de Urquiza después de Pavón como la culminación de su obra: la Constitución y la organización definitiva de la República, nueva manifestación de credo mitrista por parte del historiador cordobés, que en tono laudatorio resuelve uno de los enigmas y actos más trascendentes de la historia argentina, que diseñó un camino que necesariamente pasaba por el conflicto con el Paraguay de López.[45]

Política británica en el Plata

El resumen esencial de la política británica en la región:

Los estadistas ingleses estudiaron, desde la época colonial, la cuestión política y comercial del Río de la Plata, en lo íntimo de los misterios e intrigas de la corte de los Braganza. Arraigaron la opinión de que no convenía a la libertad de comercio el que algunas de las dos naciones más fuertes de América quedara de árbitro de la navegación del Río de la Plata o dueño de sus dos riberas. […]. No procede [Inglaterra] como árbitro de la paz, sino como potencia interesada en eliminar poderes exclusivos sobre las grandes vías del comercio marítimo.[46]

Cárcano analiza la política de Lord Ponsonby como mediador al final de la guerra argentino-brasileña de 1828, y utiliza mucho la frase del diplomático inglés: “Hemos puesto un algodón entre dos cristales” referido a la creación del Uruguay como estado independiente. Afirma: “Mal psicólogo y también pobre estadista Lord Ponsonby”. La historia demuestra, según nuestro autor, que en realidad Inglaterra fomentó el resentimiento regional, el nacionalismo de los estados menores, que es la causa de una cauda de guerras: Uruguay, Paraguay y la más reciente del Chaco (1932-1935).[47] Su diagnóstico asoma claramente: los estados menores involucrados –Bolivia, Paraguay y Uruguay– atizan las disputas de las grandes potencias regionales, cuyas relaciones deberían haber sido “tranquilas y cordiales” si hubieran gravitado sólo las fuerzas propias de cada una de ellas.

Para el autor, de todos modos y a pesar de la maniobra de Lord Ponsonby, con la independencia de Uruguay quedó pendiente, en situación precaria, la libre navegación de los ríos interiores, cuestión verdaderamente crucial y detonante de la guerra de Paraguay.

Los intereses se conjuntan:

Para el Imperio el acceso al alto Paraguay, única vía a la provincia de Matto Grosso, todavía en esa época incomunicada por tierra con San Pablo, lo que recién se lograría mucho después de la guerra con la construcción del ferrocarril de Corumbá.

Para Inglaterra, la libre circulación comercial. En su momento Estados Unidos también presiona por esto. Francia tiene un interés más limitado y una política permanente menos clara, y su intervención se refiere siempre a asuntos puntuales de defensa de súbditos franceses en Buenos Aires, hostigados por Rosas. En buena medida aparece más como una cuestión de puro prestigio y de fiscalización de la acción británica, que de verdaderas grandes ambiciones comerciales en la región.

Cárcano, acorde con su actuación como representante diplomático en Brasil del gobierno conservador argentino que firmó el acuerdo Roca-Runciman en 1933 (ingreso de Argentina al sistema de preferencias imperiales a cambio de grandes concesiones a las importaciones y empresas inglesas) y funcionario del servicio exterior de un canciller pro-británico como Saavedra Lamas (premio Nóbel de la Paz por su actuación en el final de la Guerra del Chaco), expresa opiniones muy específicas favorables a Inglaterra. En relación al tratado entre Inglaterra y Uruguay del 15 de julio de 1842 –con el gobierno de Fructuoso Rivera, lo que significaba una muy clara toma de posición en la contienda civil en curso– afirma:

El famoso sentido práctico de la nación británica no consiste en extorsionar ni aprovechar la desesperación de un pueblo débil, sino en dictar bases dignas de convivencia, de paz y de justicia. En esta conducta encuentra el mejor medio de satisfacer los intereses y elevar los sentimientos, sin despertar los recelos y críticas de los demás países.[48]

Ningún cuestionamiento al intervencionismo, sino un comentario en clave general, en el que es también reconocible un desiderátum para la política y la presencia argentina en la región de Plata: un ejercicio especular de afirmación.

La política exterior argentina

Resulta obvia la dificultad de Cárcano para definir la política exterior argentina a largo plazo en el transcurrir del siglo XIX hasta 1880 porque, a diferencia del Imperio, tal política no existió. Cada una de las facciones actuantes en las guerras y conflictos internos sostuvo una línea de acción exterior diferente, centrada en alcanzar el triunfo sobre el otro partido. Esta realidad siguió presente a partir de que el diseño liberal mitrista del estado argentino y la configuración de las representaciones simbólicas dominantes se hicieron después de Pavón sobre la base de la exclusión y criminalización del otro partido, o sea repitiendo el modelo de las anteriores cuatro décadas. El Cárcano maduro sucumbe con facilidad a analizar la política facciosa sumándose a uno de los bandos en pugna, o sea tiene una interpretación ideologizada sesgadamente liberal-mitrista, a pesar de su militancia política juvenil, que lo opuso a Mitre en 1890. Por lo tanto, resulta muy difícil para él identificar intereses argentinos permanentes, más allá de las opciones partidistas muy involucradas en el conflicto oriental previo a la Guerra del Paraguay.

Su punto de partida es reconocer que la Revolución de Mayo fracasó en mantener la unidad del virreinato del Plata, aunque fue la política inicial de Buenos Aires. Este fracaso fue temprano: 1811 en Paraguay, 1811-15 en la Banda Oriental y 1815 en el Alto Perú. Sin embargo, y esta percepción resulta importante, la idea de unidad persiste en el espíritu de muchos de sus hombres de Estado. Cárcano practica el realismo cuando acepta estos hechos, y nuevamente se sitúa en el orden propuesto por Mitre. Por carriles ideológicos muy distintos, la izquierda que se construyó sobre temas “nacional-populares” desarrolló esa misma nostalgia por la unidad y el rechazo a la balcanización del virreinato como expresión de la política imperialista, particularmente la británica, tras la idea-consigna de “la Patria Grande”. La actitud del Imperio brasileño fue siempre leída por esta corriente con referencia a intereses británicos, lo que con acierto no es parte de la concepción de Cárcano, para quien el Imperio sostuvo una política propia y ajena al interés británico, o coincidiendo sólo coyunturalmente con él, tal como lo plantea actualmente Doratioto.

Cárcano polemiza con el revisionismo rosista, que se alza sobre una concepción de permanencia y largo plazo de la política exterior de Rosas, siendo su expresión más acabada la obra de Julio Irazusta.

La reconstrucción del virreinato, como pensamiento de la política argentina, nunca se tradujo en actos de gobierno. La proposición de Rosas es un accidente circunstancial, sin plan deliberado y continuo. Resulta simplemente una expresión individual y un recurso transitorio.[49] […] Sus apologistas [de Rosas, HC] le atribuyen el pensamiento trascendental de reconstituir el antiguo virreinato del Plata. Los hombres del Brasil lo acusan del mismo propósito. Nunca, sin embargo, abriga lealmente esta idea, que hubiera explicado en un movimiento de alta ambición, sus extravíos en las relaciones internacionales.[50]

Colofón: Política brasileña en el Plata

El libro de Cárcano se articula en torno de un estribillo que se repite incesantemente a lo largo de muchos capítulos: ¿cuál es la actitud de Brasil? ¿dónde está Brasil?, lo que resulta altamente revelador del contexto en el que está escribiendo: la tácita supremacía argentina desde 1880 en adelante está siendo puesta en cuestión en la década de 1930, la insistente pregunta es síntoma de ansiedades de larga data, cada vez más acuciantes,[51] no expresadas abiertamente pero que sutilmente tejen la trama en la que se dibuja la narración histórica y revelan las más profundas preocupaciones del autor.

Para Cárcano el núcleo de la política histórica de Brasil fue el anexionismo respecto a la Banda Oriental; cuando no es anexionismo puro y simple, será el protectorado. Y se reconoce en esta clave de la política imperial el eco de las antiguas ambiciones portuguesas expresadas desde la disputa por la Colonia del Sacramento a partir de 1680 y, aún antes, en las difíciles negociaciones por la traza de la línea de Tordesillas. El punto más subrayado por Cárcano son las instrucciones de Pedro I a su embajador ante las cortes europeas, el marqués de Abrantes, luego marqués de Santo Amaro:

No se equivoca el Imperio en la oportunidad ni en los procedimientos. Su diplomacia no descansa. Su flota y sus ejércitos desarrollan sus movimientos en estas tres zonas de interés: suscitar la rivalidad entre las repúblicas limítrofes; fomentar la anarquía interior; evitar la expansión territorial. En la corte de Río se piensa siempre que la Argentina mantiene militante el anhelo de reconstruir el virreinato.[52]

Una percepción errónea, esta última, una “fantasía”, de acuerdo al análisis de Cárcano, como señalamos arriba. La política de Brasil entre 1828 y 1848 es planteada de la siguiente manera: “El Imperio limítase a mantener una neutralidad aparente, incompleta y vacilante, a veces contradictoria, sin pensamiento continuo y actitud decidida.”[53]

Enfrenta en esta coyuntura la situación de minoridad de Pedro II y la rebelión de Río Grande, que plantea la amenaza republicana. La política es, insiste Cárcano, detallándola:

[…] cuidar y sostener la independencia de Uruguay y del Paraguay; procurar establecer el protectorado, siendo ya imposible la anexión; y en todo caso, conservar una intervención preponderante en los dos países. Debilitar la influencia argentina, por la presión de la fuerza y la penetración simpática de la amistad y los intereses. Pensar siempre en las fronteras naturales y la desintegración definitiva del viejo virreinato.[54]

Para nuestro autor, la percepción de Brasil es que con la Guerra Grande (1842-1851) Argentina no renuncia a incorporar a Paraguay y la Banda Oriental, y que logrado esto iría a la guerra con el Imperio para consolidar la reconquista.[55] Insiste, en una afirmación sustantiva, que en buena medida se ha corroborado en el último siglo y medio:

La convicción tradicional [de Brasil] de que la desmembración del antiguo virreinato es una necesidad vital para conservar en Sudamérica la seguridad y la hegemonía del Imperio.[56]

 

Llegado al ápice de su influencia después de Caseros, el Imperio aprovecha las disensiones argentinas para acrecentar su presencia en Uruguay. Política muy resistida, y que a la postre constituirá el detonante del casus belli con Paraguay. La política conciliadora de Mitre hacia las pretensiones brasileñas muestra el doble aspecto de los intereses más permanentes de Buenos Aires: la política liberal que asegure la abierta circulación mercantil en los grandes ríos y un desgano evidente en plantear reivindicaciones territoriales enojosas más allá de los “confines” históricos de los intereses de los liberales porteños, su propio hinterland comercial. A pesar de su pretensión “nacionalista”, la política de Mitre y Elizalde se detenía en una muy reducida visión regional de la presencia dominante del puerto como llave del libre comercio.

El libro de Cárcano manifiesta con claridad el acuerdo que finalmente se alcanzó en la élite argentina posterior al arreglo de 1880. Una entente de largo plazo con Brasil, sin disputas territoriales visibles, y un discreto forcejeo para definir cuotas y áreas de influencia en la región. Es un prolijo balance histórico en el que asoman por momentos las incertidumbres crecientes acerca de la estabilidad del escenario construido, y por el que los otros países de la región, en particular Paraguay, habían pagado un precio tan elevado. Hoy, la construcción historiográfica de Cárcano constituye un importante documento para la construcción de la genealogía de una política argentina en plena vigencia: el acuerdo a toda costa con Brasil, aceptando inclusive su total hegemonía regional.

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  1. Agradezco a los integrantes del Seminario sobre Relaciones Interamericanas de El Colegio de México que dirige el Dr. Guillermo Palacios los valiosos comentarios y sugerencias que efectuaron a una versión preliminar de este trabajo
  2. Aplico aquí deliberadamente el término mitrista tal como lo hacen los historiadores revisionistas, para los cuales tiene una fuerte carga valorativa, de carácter crítico y peyorativo. Oliver, Juan Pablo, “Rosismo, comunismo y lopismo”, 1969; Oliver, Juan Pablo, El verdadero Alberdi, génesis del liberalismo económico argentino, 1977; una temprana posición crítica a Oliver desde otro lugar del revisionismo histórico en Ortega Peña, Rodolfo y Eduardo L. Duhalde, “La guerra de la Triple Alianza y el revisionismo mitrista”, 1969. Un libro apreciable y relativamente reciente acerca del revisionismo histórico se centra en el tema de Rosas, pero no trata el de la Guerra del Paraguay, que está pendiente de una consideración más integral ya que además pone en juego la confrontación por la figura política de José Hernández y la interpretación de Martín Fierro, cf. Quatrocchi-Wasson, Los males de la memoriaHistoria y política en la Argentina, 1995.
  3. Algunas referencias: García Mellid, Atilio, Proceso a los falsificadores de la historia del Paraguay, 1963-1964; Rosa, José María, La Guerra del Paraguay y las montoneras argentinas, 1964; Rosa, José María, “El coronel Felipe Varela y Paraguay”, 1974; Pomer, León, La Guerra del Paraguay ¡gran negocio!, 1968; De Paoli, Pedro y Manuel G. Mercado, Proceso a los montoneros y Guerra del Paraguay, 1973.
  4. Herrera, Luis Alberto de, La diplomacia oriental en el Paraguay, 1908 y 1911; otros títulos de Herrera en relación a la guerra: Buenos Aires, Urquiza y el Uruguay (1919); La clausura de los ríos (1920); El drama del 65: la culpa mitrista (1926); Antes y después de la Triple Alianza (1951); cf. Reali, Laura, “Entre historia y memoria: la producción de Luis A. de Herrera en los orígenes de un relato revisionista sobre la guerra del Paraguay”, 2006.
  5. Debemos insertar aquí también la referencia a la bibliografía dedicada a su compañera Madame Elisa Lynch (1835-1886), absolutamente polémica y muchas veces novelesca y denigratoria.
  6. Halperín Donghi, Tulio, “Una nación para el desierto argentino”en Proyecto y construcción de una nación (Argentina 1846-1880), 1980, pp. LIV y ss.
  7. Respecto a la guerra del Paraguay, en la que Urquiza apoyó a Mitre, López Jordán contestó al gobernador entrerriano: “Usted nos llama para combatir al Paraguay. Nunca, general, ese pueblo es nuestro amigo. Llámenos para pelear a porteños y brasileños. Estamos prontos. Éstos son nuestros enemigos”.
  8. Doratioto, Francisco, Maldita guerra. Nueva historia de la guerra del Paraguay, 2004, p. 463.
  9. De Marco, Miguel Ángel, La Guerra del Paraguay, 2007, 1ª ed. 1995. El autor es el biógrafo más reciente de Bartolomé Mitre (1998); fue presidente (2000-2005) de la Academia Nacional de la Historia, institución fundada por el mismo historiador y prócer liberal porteño en 1893 y celosa guardiana de la tradición historiográfica fundada en su obra.
  10. Doratioto, Maldita. La primera edición brasileña: Maldita guerraNova história da Guerra do Paraguai, 2002. El autor, además, exonera a Inglaterra de cualquier participación. Una fuerte crítica: Maestri, Mário, “Guerra contra o Paraguai: Da Instauração à Restauração Historiográfica”, 2003. Consulta 28/Octubre/2007.
  11. Corbacho, Alejandro, Francisco Corigliano, Leonor Machinandiarena de Devoto y Constanza González Navarro en Cisneros, Andrés y Carlos Escudé (directores), Historia general de las relaciones exteriores de la República Argentina, Parte I, Las relaciones exteriores de la Argentina embrionaria, Tomo VI, Desde la incorporación de Buenos Aires a la Unión hasta el tratado de límites con Chile, 1998, capítulos 29-32.
  12. Báez, Cecilio, Resumen de la historia del Paraguay desde la época de la conquista hasta el año 1880, 1910, todavía representa la tendencia anterior, liberal, que culpabilizó a López por la Guerra. La reivindicación del mariscal López comenzó con la obra de su hijo Enrique Solano López en torno a 1900, y fue continuada por Juan Emiliano O’Leary (1879-1969) y Juan Natalicio González (1897-1966). Cf. González y Contreras, Gilberto, J. Natalicio González. Descubridor del Paraguay, 1951 (el libro fue impreso en Buenos Aires); Cardozo, Efraím, El Imperio del Brasil y el Río de la Plata. Antecedentes y estallido de la Guerra del Paraguay, 1961.
  13. Lewis, Paul H., “Paraguay, 1930-c. 1990”, en Bethell, Historia de América Latina, 15, El Cono sur desde 1930, 2002, p. 190.
  14. Un importante libro revisionista brasileño: Chiavenato, Júlio José, Genocidio Americano: a Guerra do Paraguay, 1979, traducido en Paraguay: Chiavenato, Julio José, Genocidio Americano. La guerra del Paraguay, 1989.
  15. Rosa, José María, La caída de Rosas¸ 1958, que originó en los años sesenta una áspera polémica con el historiador brasileño José Antonio Soares de Souza.
  16. Existe una biografía importante: Sáenz Hayes, Ricardo, Ramón J. Cárcano, en las letras, el gobierno y la diplomacia. (1860-1946), 1960. Otras referencias: Bustillo, José M., Homenaje al Dr. Ramón J. Cárcano, 1957; Quién es quién en Argentina; biografías contemporáneas, 1939, pp. 91 y ss.; Frank, Rodolfo G., Ramón J. Cárcano. Consulta 27/Octubre/2007.
  17. Cárcano, Ramón J., De los hijos adulterinos, incestuosos y sacrílegos, 1993.
  18. Cárcano, Ramón J., Mis primeros ochenta años, 1965 [1945], p. 123.
  19. Cárcano, Ramón J., Guerra del Paraguay. Orígenes y causas, 1939. Cárcano, Ramón J., Guerra del Paraguay. Acción y reacción de la Triple Alianza, 1941. El análisis de la segunda parte de la obra de Cárcano excede los límites de este artículo.
  20. Cárcano, Ramón J., De Caseros al 11 de Septiembre, 1918; Cárcano, Ramón J., Del sitio de Buenos Aires al Campo de Cepeda, 1921. La contribución de Cárcano a la monumental Historia de la Nación Argentina (desde los orígenes hasta la organización definitiva en 1862) dirigida por Ricardo Levene y editada por la Academia Nacional de la Historia (1936-1950) y coronación de la llamada historiografía mitrista estuvo relacionada con ese tema central y también con la “historia diplomática” del período: en el volumen 8 redactó el capítulo inicial: “La organización del poder después de Caseros” y “La política internacional en el Plata durante el gobierno de la Confederación. Tratados y alianzas, 1858-1859”.
  21. Cárcano, Guerra, Capítulos XXXIII a XLV, pp. 315-462, casi un tercio de la obra.
  22. Ibídem, pp. 300-301.
  23. Doratioto cita aprobatoriamente a Guido Rodríguez Alcalá, “uno de los más importantes intelectuales paraguayos contemporáneos” según el autor brasileño, quien utiliza el desacreditado paradigma del totalitarismo para sostener el ridículo símil, cf. Doratioto, F., Maldita, pp. 433-434.
  24. De Gandía, Enrique, Los estudios históricos en la Argentina. La obra histórica de Lucas Ayarragaray y Ramón J. Cárcano, 1942, pp. [67]-170.
  25. Citado en ibídempp. 97-98.
  26. Cárcano, Guerra, capítulo X, pp. 121-128; Rosa, José María, “Rosas y la república independiente de Río Grande (1836-1845)”,1958.
  27. Irazusta, Julio, Vida política de Juan Manuel de Rosas a través de su correspondencia, 1941-1961, 6 vols. Edición definitiva, 1970, 8 vols.
  28. Cárcano, Guerra, p. 17.
  29. Kroeber, Clifton B., La navegación de los ríos en la historia argentina, 1967.
  30. Cárcano, Guerra, p. 18.
  31. Ibídem, p. 139.
  32. Ibídem, pp. 168-178.
  33. Ibídem, p. 28.
  34. Ibídem, p. 59.
  35. Ibídem, p. 69.
  36. Ibídem, p. 70.
  37. Ibídem, p. 92.
  38. Ibídem, p. 97.
  39. Ibídem, p. 118.
  40. Ibídem, p. 115.
  41. Ibídem, p. 115.
  42. Ibídem, p. 77.
  43. Box, Pelham Horton, The Origins of the Paraguayan War, 1929.
  44. Corbacho, Historia, pp. 86-89.
  45. Cárcano, Guerra, pp. 425-428.
  46. Ibídem, p. 55.
  47. Ibídem, p. 57.
  48. Ibídem, p. 88.
  49. Ibídem, p. 65.
  50. Ibídem, p. 110.
  51. Halperín señaló las inseguridades de la élite argentina ya para la década de 1900-1910 en un revelador artículo: Halperín Donghi, Tulio, “Canción de otoño en primavera: previsiones sobre la crisis de la agricultura cerealera argentina (1894-1930)”, 1984.
  52. Cárcano, Guerra, pp. 65-66.
  53. Ibídem, p. 121.
  54. Ibídem.
  55. Ibídem, p. 122.
  56. Ibídem, p. 138.


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