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5 Nostromo / Conrad. La América cifrada

Paralelas en espiral (argumentos en torno a un nombre)[1]

La mente del hombre es capaz de cualquier cosa, porque está todo en ella, tanto el pasado como el futuro. ¿Qué había allí, después de todo?

Júbilo, temor, pesar, devoción, valor, ira –¿cómo saberlo? –,

pero había una verdad, la verdad despojada de su manto del tiempo.

Que el necio se asombre y se estremezca;

el hombre sabe y puede mirar sin parpadear.

Joseph Conrad, El corazón de las tinieblas.

Joseph Conrad. Aventura y destino en el mar y las letras

Hace casi puntualmente un siglo y medio, el 3 de diciembre de 1857, nació Jósef Teodor Konrad Korzeniowski en el incierto cobijo de una noble familia de terratenientes polacos asentada en Ucrania, entonces bajo el autocrático poder de los zares. Apollo, su padre, romántico, poeta y patriota, estuvo comprometido en la lucha clandestina contra el dominio zarista, lo que causó su arresto y exilio junto con su familia en Vologda, al norte de Rusia. Allí murió un hermano y la madre del joven Jósef, ambos de tuberculosis, a sus siete años. El padre, también enfermo de tisis y afligido por esas pérdidas, se deslizó a un misticismo con rasgos desesperados, mientras traducía a Shakespeare y a Hugo, y no lograba realizar una obra con sello personal. Jósef iniciaba sus primeras aproximaciones al inglés a través de algunas lecturas, y una infancia y primera adolescencia triste y solitaria se alimentó de Dickens, Fenimore Cooper, Walter Scott, Thackeray, en traducciones polacas y francesas. Luego del retorno a Polonia falleció su padre en 1869, y el joven fue protegido por su tío materno, el abogado Tadeus Bobrowski, un decisivo apoyo afectivo y material en momentos cruciales de su juventud, “el más sabio, fuerte e indulgente de los tutores” como lo asienta en sus memorias. Agradecido, Conrad dedicó a su recuerdo –Tadeus murió en 1894, al inicio de la carrera literaria de su sobrino– su inicial novela. En 1872 decidió, contra todas las admoniciones, dedicar su vida al mar, al año siguiente viajó a Suiza, y en 1874 comenzó su carrera de marino en Marsella.

Con el apoyo de Bobrowski, Jósef se alistó en un mercante francés y realizó varios viajes a las Indias Occidentales, fundamentales luego en la génesis de su gran novela Nostromo. Relacionado con la familia de Delestang, el comerciante francés que era su patrón, y con los círculos artísticos de Marsella, toda esta primera etapa de su juventud está inmersa en sombras y misterio. En 1878 hay indicios de intento de suicidio o de heridas en un duelo, deudas y crisis. ¿Un amor desdichado? De estos aprietos lo rescató Bobrowski. También participó en operaciones de contrabando de armas para las fuerzas carlistas españolas, operación que muy probablemente había practicado anteriormente en el Caribe. Estas experiencias fueron materia de varios de sus relatos en diversas etapas de su carrera como escritor. En el mismo año, se enroló como carbonero en un barco inglés, en viaje a Constantinopla, iniciando los dieciséis años de servicio en la marina británica, recaló por primera vez en Inglaterra, vagabundeó por Londres sin saber el idioma, trabajó en viajes de cabotaje y, en octubre, se reclutó como marinero en un clipper del trayecto entre Londres y Sydney.

En 1880 aprobó el examen de segundo contramaestre, y al año siguiente realizó en el Palestina su primer viaje al Extremo Oriente, experiencia central para su todavía futura obra literaria. Después de una accidentada navegación y un naufragio cerca de Java, llegó en un bote salvavidas a Sumatra, experiencias recogidas en su novela corta Juventud (1902), donde narra las vicisitudes del primer comando de un joven oficial. Regresó en un vapor a Londres y se reunió con su tío en Marienbad, famosa estación balnearia. En 1883, zarpó a la India como contramaestre, tocando Madras y Bombay, viaje del que extrajo el material para El negro del “Narcissus” (1898), la historia del deterioro y muerte a bordo de un ególatra marinero negro. En el invierno de 1884 estuvo en Londres estudiando para su certificado de primer contramaestre. Al año siguiente se embarcó para Singapur, y escribió sus primeras cartas en inglés a un amigo polaco emigrado de Cardiff, en las que se quejaba amargamente de la vida de marino y trazaba planes para convertirse en ballenero o comerciante.

Sin embargo, en 1886, al retornar a Londres se convirtió en súbdito británico y recibió su certificado de capitán de la marina. Sin esperar el comando de su primer barco, se embarcó en el Highland Forest como primer contramaestre, y de allí obtuvo el magnífico retrato del capitán John McWhirr, que con su nombre verdadero protagoniza al patrón del vapor Nan Shan en la formidable narración de Tifón (1902). Herido por un aparejo, debió hospitalizarse en Singapur; ya repuesto, navegó reiteradamente en los intrincados circuitos comerciales del archipiélago del sudeste asiático. Recorrió el mundo que recrearía magistralmente en sus primeras novelas: La locura de Almayer (1895), Un vagabundo en las islas (1896), Lord Jim (1900) y en otras narraciones cortas, y conoció algunos personajes como Almayer mismo, y Tom Lingard, un conocido comerciante de la región. Luego, inesperadamente, obtuvo su primer comando: el Otago, con destino a Bangkok y regreso a Singapur, otra notable aventura en las calmas totales del golfo de Siam narrada en la, sin duda, una de las obras maestras de la literatura moderna: La línea de sombra (1917). De Singapur el flamante capitán navegó a Sydney, a la isla Mauricio, de regreso a Melbourne y de allí, ahora como pasajero en un vapor, retornó a Inglaterra.

En 1889, en espera de un nuevo comando, comenzó a escribir la que sería su novela inicial. De pronto, se le ocurrió cumplir con un sueño de infancia: visitar el Congo, el misterioso centro de África, convertido desde 1889 en un terrible enclave colonialista en el que se produjo el genocidio más tremendo de los tiempos modernos –discretamente velado hoy por las conciencias bellas de Europa, absolutamente impermeables a todo lo que no sea denuncia del “totalitarismo” y criminalización del comunismo–, para satisfacer el cretinismo codicioso de un ser execrable: Leopoldo II, rey de los belgas. Viajó a Bruselas y consiguió un nombramiento para comandar un vapor en el río Congo. Sufrió una conmoción allí, espiritual y física. Estuvo en el Congo cuatro meses, regresó a Inglaterra en 1891, fue hospitalizado varias semanas, y luego hizo una cura de descanso. Las secuelas físicas de su viaje, gota y fiebres recurrentes, le duraron ya por el resto de su vida. Tan deprimido que no era posible su regreso al mar, se encargó de la gerencia de un almacén, lo que aumentó su postración. Finalmente, en noviembre de ese año se embarcó como primer contramaestre en un barco de la línea a Australia, haciendo el recorrido ida y vuelta por dos veces. Visitó luego a su tío en Ucrania, y prosiguió su labor con la escritura de La locura de Almayer, publicada en abril de 1895. Ese mismo año casó con Jessie George, con quien tuvo dos hijos.

En 1894 se asentó en Inglaterra, adentrándose definitivamente en su camino de escritor. Publicó su primera novela, como ya vimos, en 1895, seguida por El negro del Narcissus (1897) y Tifón (1902). En este último año publicó El corazón de las tinieblas, una novela corta de inmensa importancia en la alegoría y denuncia simbólica del azote imperialista, basada en su viaje de 1891 por el Congo, asolado entonces como dijimos por la bestial codicia genocida de Leopoldo II, rey de los belgas. Borges afirmó, sobre El corazón de las tinieblas: “acaso el más intenso de los relatos que la imaginación humana ha labrado”.[2] Radicó en el sur de Inglaterra, y vivió la vida estrecha de un autor poco conocido, de mala salud, con situación rayana en la pobreza, cercado por la angustia.

Después de un período de colaboración con Ford Maddox Ford, publicó una obra mayor, Nostromo, en 1904. El agente secreto (1907) y Bajo las miradas de Occidente (1911) son novelas con tema políticos vinculados a la violencia y la revolución. Conrad estuvo relacionado a un círculo de importantes escritores e intelectuales: Edward Garnett, Arnold Bennett, John Galsworthy, Henry James, Robert Cunninghame Graham, el gran William Henry Hudson –estos dos esenciales para sus conocimientos sudamericanos–, H. G. Wells, que amortiguaron las malas recepciones de sus obras tempranas por la crítica y el público, y también los graves problemas económicos que afrontó. Su novela Chance (1913), excéntrica en su obra, alcanzó finalmente el éxito hasta entonces tan esquivo. Otras obras: Juventud (1902), El espejo del mar (1906), Victoria (1915), Salvamento (1920), El pirata (1923).

Joseph Conrad murió el 3 de agosto de 1924, sin ganar el Nobel. Fue enterrado en Canterbury, con tres errores en la escritura de su apellido en la lápida de su tumba.

Nostromo en América

Conrad recaló en América sin ser todavía veinteañero. Pasajero en el Mont Blanc a la Martinica a fines de 1874, y como aprendiz a mediados del año siguiente en el mismo viejo velero, recorrió después de esa isla, Saint Thomas en las Indias Occidentales danesas y Cap Haïtien, y regresó a fines de 1875 de este segundo viaje. En 1876, tripulante del Saint Antoine, tuvo su primer encuentro con Dominic Cervoni, un contramaestre corso que deslumbró su imaginación, reconocible en el protagonista de Nostromo.[3] En esta última andanza, una fugaz visión de Puerto Cabello, La Guaira y Caracas a la distancia, un azaroso contrabando de armas con impreciso destino a algún disturbio centroamericano y poco más, cerraron en las latitudes del trópico americano las correrías del bisoño marino polaco que con el andar se convertiría en avezado capitán de barco y, también, en uno de los majestuosos maestros de la novela del siglo XX.

A partir de esa corta experiencia directa, y de una considerablemente mayor de la vida y de los hombres, Conrad fue el constructor de un relato cardinal fundado sobre una peculiar percepción de esta América que pensamos “nuestra”, a partir de una relación problematizada con Occidente y su acción en el mundo colonial cuyo paradigma es El corazón de las tinieblas. Esta novela, Nostromo, ha sido considerada por muchos su obra maestra, aunque otros discrepen y planteen una valoración más cauta, contradicción apreciativa que en sí misma bosqueja ya uno de los argumentos esgrimidos en este artículo acerca de esta obra en particular, y la empresa literaria de Conrad en general: la percepción de estar entrecruzada por tensiones derivadas de la ambigüedad, la incertidumbre y la deconstrucción de certezas que la constituyen, de las que emanan su fuerza y convicción artística y de las que se desprende el campo más fructífero de su hermenéutica. Un ejemplo ilustre: André Gide, traductor de Conrad, a quien leía con “la admiración más viva”,[4] sostenía una opinión adversa acerca de Nostromo, a la que “abandonó” por ser parte de un “estilo Garibaldi” que detestaba, aunque luego cita a Arnold Benett, según él “hombre muy al tanto”, que lo “consideraba lo mejor de Conrad”.[5] Un gran biógrafo del escritor, Frederick Karl, coincide en esta apreciación.[6]

Nostromo, peripecia y parábola

Tal como el propio autor lo relata en la nota introductoria a la edición definitiva de Nostromo, hacia 1875 o 1876 escuchó en el Golfo de México la historia de un marinero del que decían que había robado él solo un cargamento de plata en algún lugar del litoral de Tierra Firme durante los disturbios de una revolución, uno más de los relatos que menciona como parte de los encantos de sus lances de esa época inicial de su carrera. Al joven le pareció una hazaña memorable, pero luego no consiguió enterarse de ningún otro detalle relevante sobre aquella anécdota y relegó la historia al semiolvido. Pasados veintiséis o veintisiete años, el ya escritor encontró en una librería de viejo las memorias de un marinero norteamericano, escritas con la ayuda de un periodista.[7] Con sorpresa, iba a descubrir mucho sobre el protagonista de aquel robo, puesto que en el transcurso de sus andanzas dicho marinero había trabajado a bordo de una goleta cuyo patrón y dueño era el personaje del relato de su juventud. Así supo Conrad que el ladrón se había apoderado de una barcaza colmada de plata y, conforme iba leyendo aquel texto, encontró a un hombre mezquino, inescrupuloso, un personaje muy discordante del que había conjeturado hacía tantos años. Sobre esta anécdota y la incongruencia entre las dos imágenes que había registrado construyó una memorable historia acerca de la fragilidad e inconsecuencia moral del hombre y los fallos y dobleces existentes en la percepción de los caracteres y la evaluación de las conductas humanas.

El relato de Nostromo, compuesto en tono de melodrama, se desarrolla en un país imaginario de Sud América, Costaguana. Allí, quien podría ser el personaje central de la novela, el nativo de origen inglés Charles Gould, dirige la concesión familiar de la mina de plata de Santo Tomé, en la provincia de Sulaco, principal fuente de riqueza de la región. Don Carlos encarna toda la historia reciente del país. Está casado con Emilia, una mujer encantadora e inteligente, cuya llegada e influencia ha sido de gran beneficio para la gente de la provincia. Nostromo, a su vez, es un marino italiano, capataz de cargadores en el puerto de Sulaco, buen mozo, valiente, fuerte, siempre dispuesto para cualquier trabajo necesario, objeto de pasiones encontradas: amado, temido, envidiado y admirado. A estos personajes se agregan el anciano y cáustico doctor Monygham, quien en un pasado tormentoso había sido torturado por el dictador Guzmán Bento y es apasionado admirador de Emilia; el capitán Mitchell, testigo de múltiples aventuras y protector de Nostromo; don José Avellanos, ilustre diplomático y principal amigo de la familia Gould; su hija Antonia y su amoroso aficionado Decaud, cínico y afrancesado periodista; el antiguo militar don Pepe; Viola, el garibaldino exiliado y sus hijas; el inicuo dictador Guzmán Bento, ya fallecido, y el actual dictador Ribiera; el general rebelde Montero y su hermano Pedrito el guerrillero, el traidor Sotillo, así como el enloquecido cura Corbelán, el aterrorizado judío Hirsch, el buen bandolero Hernández.

Tras una descripción de la geografía del país, la acción comienza con el derrocamiento del dictador Ribiera y su huida, con la ayuda de Nostromo. Seguidamente, en un flash back, se nos cuenta cómo han llegado las cosas a este punto y quiénes habitan Sulaco. Narra la historia de la familia Gould, y de la mina de plata, ligada al desarrollo del pueblo y su región, la desgracia del padre de Charles a manos del tirano, la entrada de las inversiones europeas, el ferrocarril, en fin, el progreso económico. También la trayectoria de cada uno de los personajes desde los tiempos del dictador Guzmán Bento, y cómo han llegado a situarse donde están.

La acción se monta en el transcurso de una de las frecuentes convulsiones políticas de Costaguana, que esta vez culmina con la secesión de Sulaco y la formación de una república independiente. Después de la fuga del dictador Ribiera las facciones opositoras luchan por el control del país. Cuando la plata de la mina parece correr riesgos de caer en manos de los rebeldes, Gould se ve dominado por la idea de salvarla. Recibe el consejo de sus amigos y todos deciden llamar a Nostromo para la tarea. Con gran osadía, Nostromo y Decoud se embarcan con el tesoro para ponerlo a resguardo. Su silenciosa travesía nocturna, su colisión con un buque enemigo y su arribada a una isla cercana donde entierran el tesoro, están vívidamente descriptas, en el tono de la épica de Salgari. Decoud es dejado de guardia, mientras Nostromo regresa a Sulaco por ayuda. Solo en la isla desierta, Decoud angustiado enloquece y se hiere de un disparo, ahogándose luego por el peso de la plata que cargaba en su cuerpo, en una escena plena de simbolismo. Entretanto, Nostromo se entera que una mujer a la que negó el auxilio de un sacerdote ha muerto, y en un presagio aciago es presa de un temor supersticioso de que esa ofensa haya puesto en riesgo su entera ventura y su futuro. Entretanto, todos coinciden en que la plata se ha perdido en el mar, y la tentación domina a Nostromo, que se decide a robarla. Aquí es donde muestra su dilema moral: el drama que conlleva su elección final, las dudas que le sobrevienen, la soledad ante la terrible verdad que solo él conoce. Su viejo amigo Viola, un ex garibaldino, ha quedado a cargo de un faro en la isla e, inadvertidamente, resulta guardián de la plata ocultada en ella. Nostromo juguetea amorosamente con sus dos envanecidas hijas para poder recuperar el tesoro sin sospechas, se enriquece disimuladamente a medida que va quedándose con el caudal y, finalmente, es herido de muerte por Viola –involuntario ejecutor de “justicia”– al ser confundido con un intruso. Agonizando, llama a Emilia y confiesa su crimen, pero no alcanza a revelar el lugar donde se oculta el tesoro. Emilia, conmovida por las desgracias aparejadas por la plata y por la obsesión de Nostromo con ese tesoro, afirma: “nadie lo extraña ya. Dejémoslo perdido para siempre”.

El tema moral desarrollado en Nostromo es que el hombre que se enriquece puede ser víctima de la plata adquirida, no su conquistador, si la riqueza no es el resultado de un esfuerzo sostenido y ganado, sino una trampa para aquellos que abandonan, aunque sea momentáneamente, el control sobre sí mismos. Es precisamente en este punto en el que la temática de la novela se engarza en la principal preocupación de Conrad: la vulnerabilidad del hombre a través de su corruptibilidad, que se ilustra a través del carismático personaje –ese supuestamente honesto e inteligente trabajador italiano, sobre el que sin embargo Conrad siempre insinúa una sutil sombra– que da su nombre a la novela. La complejidad de aspectos inadvertidos en la toma de decisiones, las pulsiones desconocidas por los propios actores hasta el momento de la acción, lo intrincado de sus derivaciones y la responsabilidad irrenunciable del libre albedrío son aspectos notables de las imbricaciones espirituales y éticas de los planteos conradianos.

Traslaciones y ambigüedades

Nostromo, novela escrita en inglés por un autor cuya lengua materna era el polaco, con una infancia transcurrida en el contexto idiomático ruso y para quien el segundo idioma era el francés, a su vez resultó inicialmente conocida en el mundo latinoamericano a través de traducción española, la ya vieja edición de Montaner y Simón, seductora hoy para bibliófilos. Luego, se dispuso de la fina y también codiciada impresión en La Puerta de Marfil, la selecta colección de novelas de Emecé concebida y dirigida por Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, donde se publicaron la mayoría de las obras de Conrad, hasta no hace mucho aún disponibles en los estantes de viejas librerías, y hoy también codiciadas por los coleccionistas.[8] Más cercano a nosotros, se multiplicaron las impresiones, con base en traducciones que eran copias autorizadas o piratas, o refritos de esa anterior, y alguna que otra íntegramente rehecha.[9] Sus lectores de este lado del Atlántico –esos bárbaros bizantinos que nombra Haroldo de Campos y que somos nosotros–, cuya lengua materna es ya, a su vez, un castellano desplazado, innovado, intervenido por americanismos y otros ismos sin cuenta, ejercieron su goce sobre textos trasladados, reinventados, sujetos de la necesaria operación en que se fundamenta la traducción. Circulación idiomática compleja, paroxística.

El personaje que da su apelativo a la novela, que se suma a la magnífica galería de obscuros caracteres creada por Conrad en el transcurrir de su obra –Almayer, Lord Jim, Kurtz, el capitán Lingard, entre otros muy notables– tiene una lejana pero cierta inspiración en la figura real de Dominic Cervoni, como ya dijimos. Nostromo, en italiano, significa en el código marino oficial o contramaestre, el oficio de Cervoni, y también el del “héroe” de la novela en su pasado, grado por el cual se lo llama. Conrad mismo lo ejerció muchos años. Pero Nostromo también remite a la deformación del italiano al español hablado en Costaguana –nostro uomo, “nuestro hombre”, “el hombre indicado”, lo que extrema la ironía teniendo en cuenta el desarrollo de la historia y la felonía del protagonista– que produce todavía un efecto de mayor extrañeza en el original en inglés, y evidencia la tirantez lingüística que atraviesa toda la literatura de Conrad, a partir de su inicial definición del idioma escriturario que utilizaría. La ironía que encarna el apelativo se refuerza aún más cuando los lectores nos enteramos, como al pasar, que el nombre y apellido original del capataz de cargadores portuarios y antiguo contramaestre era Giovanni Battista Fidanza. El apellido, en italiano arcaico significa confianza, el atributo fundamental que distingue al personaje en el medio de los poderosos de Sulaco, lo que lo hace reconocible y depositario de graves encomiendas, y singularmente la condición que traiciona en el momento capital de su vida y de la historia narrada en la novela.

Dos citas precisas acerca de la complejidad idiomática que supone el arte de Conrad nos ayudarán a tener una más fina comprensión del asunto. Emir Rodríguez Monegal, biógrafo de Borges y sutil crítico e historiador literario, fundamental iniciador de la noción de parricidio cultural en Latinoamérica en la ya lejana fecha de 1956,[10] en una de las inaugurales aproximaciones al autor de Lord Jim en el ámbito hispanoamericano con motivo de la aparición de las ediciones en La Puerta de Marfil, destacó:

En efecto, bajo la inocente apariencia de novelas de aventuras, Conrad atacó en sus obras algunos problemas fundamentales de la conducta humana y evocó algunos conflictos imperecederos. (De él son estas palabras: ‘Mis lectores conocen mi convicción de que el mundo, el mundo temporal, descansa en unas pocas y simples ideas; tan simples como las colinas. Descansa, especialmente, en la idea de Fidelidad’). Pero no es sólo esto lo que da permanente vigencia a la obra de Conrad. Un agudo sentido del estilo y la natural precaución del que se mueve en un idioma ajeno, le obligaron a preparar cuidadosamente cada página. La amistad de Henry James favoreció sus inclinaciones naturales. El resultado fue magnífico.[11]

El novelista español Javier Marías, traductor de la colección de ensayos El espejo del mar, señala:

Quisiera añadir unas palabras sobre el inglés de Conrad y su traducción. No cabe duda de que la prosa de este polaco de origen –que no aprendió la lengua en que escribía hasta los veinte años– es una de las más precisas, elaboradas y perfectas de la literatura inglesa. Sin embargo, al mismo tiempo, es de lo menos inglés que conozco. Su serpenteante sintaxis no tiene apenas precedentes en ese idioma, y, unida a la meticulosa elección de los términos –en muchos casos arcaísmos, palabras o expresiones en desuso, variaciones dialectales, y a veces acuñaciones propias–, convierte el inglés de Conrad en una lengua extraña, densa y transparente a la vez, impostada y fantasmal. Uno de sus rasgos más característicos consiste en utilizar las palabras en la acepción que les es más tangencial y, por consiguiente, en su sentido más ambiguo.[12]

Joseph Conrad logró la inigualada hazaña literaria de convertirse en un novelista capital en su adquirida lengua inglesa, que nunca dejó de hablar con fuerte acento extranjero, aunque en ocasiones se permitía criticar con involuntario humorismo la descuidada dicción de los ingleses. Borges, un gran admirador de su obra, no dejó de reparar en este equívoco con su agudeza habitual: “Según el testimonio de H. G. Wells, el inglés oral de Conrad era muy torpe. El escrito, que es el que importa, es admirable y fluye con delicada maestría”.[13]

Costaguana, un modelo para armar

El dominicano Max Henríquez Ureña, hace ya más de medio siglo, se detuvo a considerar la América tal como se presenta en las páginas de Conrad, más específicamente en Nostromo: la imaginada república de Costaguana, Costa del Guano, nombrada a partir de la regla de formación del genitivo polaco.[14] El guano, producto singular, excrementicio, germinal. Alude a islas exóticas, a milenarias y caprichosas canteras de estiércol de cormoranes y albatros, a fortunas amasadas sobre ese extravagante fundamento. Se inscribe en la nomenclatura de la aventura colonial europea, son las costas que marcan hitos de expansión de su mapa de factorías: de marfil, de oro, de perlas, de pimienta…, expansión sin límites de la codicia imperial, de la que Conrad dejará un alucinante testimonio literario en El corazón de las tinieblas, actualizado sin desmedro alguno en el fascinante film de Coppola Apocalipsis now.[15] Es la nomenclatura de la expansión colonial, del mundo visto a través de los codiciosos ojos del traficante. Es el ámbito de Almayer y de Lingard, de la red de comerciantes y aventureros holandeses, portugueses, franceses, ingleses, de Batavia y Singapur, el mundo de los mares del Sur de Stevenson y Somerset Maugham, la contraparte disolvente de la utopía de Gauguin, el imán del Caribe azucarero, de las perlas y la especiería, los metales, las mercancías múltiples de la red capitalista del siglo XIX. El universo del exotismo del que Edward Said nos habla con rigor y sin concesiones. El mundo de Yáñez, el portugués amigo y consigliero de Sandokan, en el apasionante universo novelístico de Salgari.

El texto del ensayista dominicano es revelador. Una mirada ambigua, sin límites precisos, imaginaria, una construcción en segundo grado, asumiendo los rasgos oníricos de la cadena freudiana de condensaciones y desplazamientos. El “trabajo del sueño” ejercido a través de los procedimientos de la escritura. ¿Acaso no es la operación necesaria para plantearnos América Latina como un modelo para armar, una operación analítica y sintética a partir de las realidades básicas, los conocimientos y materiales empíricos de un primer piso que serían las realidades nacionales singulares, asentadas? Multiplicidad de niveles, metáfora de los protocolos del saber latinoamericanístico, siempre sospechoso a los ojos del positivismo fundante de las disciplinas consolidadas. Procedimiento de mosaico, lo llama Henríquez Ureña:

Con datos de toda América construyó un país nuevo: la República de Costaguana. Dijérase una nación bolivariana que se fugó de la historia. Este país imaginario tiene puntos de contacto evidentes, ya con Venezuela, ya con Panamá, pero concurren a formarlo elementos diversos tomados de toda la América española. En punto de nomenclatura, Conrad adoptó dos procedimientos. En unos casos bautizó imaginarias provincias con nombres de lugares conocidos: de Colombia tomó el nombre de Santa Marta; de Costa Rica, el de Nicoya; de Argentina, los de río Seco y Córdoba […]; pero las más de las veces alteró un nombre real para formar otro convencional: de Costa Rica proviene Costaguana; del Golfo Dulce costarricense, el Golfo Plácido; de la ciudad hondureña de San Pedro Sula, Sulaco; de la península panameña de Azuero, Azuera, que también es en la novela una península; de la provincia argentina de Entre Ríos, Entre Montes; de la provincia peruana de Payta, Cayta; de la provincia ecuatoriana de Esmeraldas, Esmeralda; de la isla, entonces danesa, de Saint Thomas que visitó, San Tomé, a menos que hubiera tenido presente el departamento de Santo Tomé, de la Provincia de Corrientes, en la República Argentina; de la ciudad colombiana de Miraflores, Mirliflores; y en la antigua Isabela de la Isla Española, primera ciudad edificada en América, se inspira el nombre de dos islas: la Gran Isabel y la Pequeña Isabel.[16]

El método se extiende en rizomas sobre deformaciones/adaptaciones lingüísticas, barbarismos, alusiones históricas y topográficas:

[…] en Sulaco hay una Alameda y una estatua de Carlos IV, como la que se conserva en la ciudad de México en atención a su mérito artístico; hay también un Club Amarilla, que recuerda a los amarillos o antiguos liberales de Venezuela, contrarios a los azules o conservadores; las antiguas luchas de federales y unitarios en Costaguana evocan el proceso de las ideas políticas en las Provincias Unidas del Río de la Plata; en vez de alcalde hay en Costaguana el cargo de Intendente Municipal, como en algunas repúblicas sudamericanas, pero también hay el de Jefe Político, como en otras del continente; el vocablo gringo se aplica, como en muchos países de la América española, a los extranjeros blancos que hablan distinto idioma. La banda militar de Sulaco toca la Marcha de Bolívar, el Libertador, y Páez es mencionado como héroe de la independencia de Costaguana, cuyos llanos se asemejan a los de Venezuela, así como su cordillera, donde se destaca el alto pico de Higuerota […], no es otra que la cordillera andina.[17]

Desplazamientos, condensaciones, material de los sueños, universos imaginarios que anticipan a la Santa María de Onetti, a Macondo, a Comala, a la Antares de Erico Verissimo.

El parricidio de Conrad

Conrad siempre cultivó distancia y discreción. A esto se suma que los veneros de la imaginación son vastos e irrepetibles, con lo que todo lo que se plantee relativo a la llamada “inspiración” es conjetural. Esto no impide que hablemos de ello, que su discusión no produzca un plus de significación de la obra considerada. Según uno de sus más destacados biógrafos, se ha hablado demasiado poco de los largos años de Conrad en el mar, saturados de tedios y fastidios, de horas absorbidas por el divagar del espíritu tras una mirada fija en el horizonte sin fin del océano. Años consumidos en ese lento meditar, el caldero de fuego lento de la conformación del novelista. Este paso decisivo por el mar, que permitió a Conrad preguntarse acerca de sí mismo después de los difíciles primeros años en Polonia.[18]

Entre 1899 y 1904, el período en que Conrad puede alejarse del mar sin perder los elementos consolidados por esas dos largas décadas de marino, es el momento en que esa lenta maduración coagula en la integración de la experiencia e instrumentos adquiridos y comienza su producción como escritor, cerrándose con el extenuante proceso de composición de Nostromo que se inició con la idea de un volumen corto, una nouvelle, género en el que Conrad mostró una maestría inigualable, y se prosiguió con un impresionante esfuerzo de dos años y medio, “el mayor logro” del novelista, según lo califica el mismo Karl.[19] Período también de dificultades considerables, en una vida que fue pródiga en ellas. Acumulación de ansiedades, penas, temores y culpas, evidentemente conectadas con el desarrollo de su trabajo novelístico y al despliegue de su imaginación creadora, el período estuvo atravesado por desórdenes psíquicos y enfermedades –gota, gastritis, fiebres delirantes, neuralgias, influenza– que luego prosiguieron, hasta el derrumbe psíquico de 1910.[20] La sugestión más interesante de su biógrafo es que Conrad dirime en este proceso, y a través del procedimiento imaginativo puesto en juego precisamente en la novela que nos ocupa, el severo antagonismo con su padre. El mar expresó durante un largo tiempo este conflicto, en el océano Conrad lograba una comunión simbólica con su madre –muerta a sus tempranos siete años–, el deseo de ser abrazado, ceñido, aún ahogado. Su carrera de marino servía a varios imperativos, el fundamental el crear una alternativa a la carrera paterna de patriota polaco y hombre de letras, pero también el lograr el espacio temporal de maduración de su real futura carrera, la de escritor.

Según el análisis de Karl, al abandonar Conrad el mar como escenario de sus actividades se desplaza este tratamiento simbólico al plano imaginativo, se integra plenamente en su proceso creativo. En Nostromo se construye una prototípica relación padre-hijo en la figura central de Gould, el “rey” de Sulaco, con un tratamiento pleno de distancia irónica. El potentado minero ocupa una centralidad de poder, una figura casi de rey sagrado, ritualizada y ajena a las tensiones de los comunes humanos. Gould, al igual que Conrad, había visto a su propio padre hundirse cada vez más profundamente debido al compromiso con un idealismo al que su hijo no deseaba exponerse. Empleando ese idealismo como su tesoro oculto, Gould encuentra que su pragmatismo es la posible vía de sobrevivencia en una situación mutiladora de existencias. Obviamente, el rechazo al inconducente idealismo paterno por parte de Gould es un reflejo del propio rechazo al idealismo paterno por parte del novelista. Ruptura con el padre para poder ejercer la propia existencia sobre las reglas fijadas por sí mismos, tanto en la criatura novelística como en la práctica de su creador. La violencia simbólica de la operación remite de inmediato al tema del parricidio cultural y existencial, como condición de un existir autónomo y una creación sin ataduras. Conrad transmite plenamente a través de su figura novelística la percepción de que el idealismo podía fácilmente enmascarar formas de gratificación basadas en necesidades egoístas, deseos de poder o manipulación de personas.[21] A la vez, el escritor transmite inequívocamente la devoción y las reticencias que la figura de su padre produce en él –“un hombre mortalmente hastiado, un hombre vencido”, con el peso que esta última palabra tiene para el escritor–, en las magníficas páginas que dedica al tema en 1919, en la introducción de sus memorias.[22]

Karl había planteado el tema del padre de Conrad antes de concretar su análisis de Nostromo.[23] Sugestivamente comparó la relación de Conrad con su padre con la de John Stuart Mill con el suyo, James Mill, y afirmó que es el anverso: Mill necesitaba desatar los apretados lazos tejidos por su padre, Conrad necesitaba lograr un sustituto que proveyera estables y balanceados nexos. A la vez, los vínculos admirativos eran muy fuertes, y debían ser rotos; ambos jóvenes hubieron de “rehacerse” a sí mismos, más allá de la imagen construida de sus padres, en la educación y en la política. Citando a Bruce Mazlish y su teoría del “padre intrusivo” en el siglo XIX, que no ignoraba a su hijo sino que lo pensaba como el realizador de una segunda vida de sí mismo, el biógrafo señala que estos niños portan una doble carga, de la que pueden escapar a costa de una pesada carga de culpa y a través de una ruptura sumamente complicada. El adolescente Conrad pudo haber avizorado este camino al inclinarse por la carrera del mar, y precisamente en este punto el contramaestre Cervoni bien pudo significar la imagen de otra vida posible para el hijo del romántico patriota polaco, atenazado por ese ejemplo y por los sufrimientos que aparejó a su familia. El poder simbólico parricida y la carga de culpa implícita en la decisión pueden haber estado en el dispositivo inspirador de la complejidad de significado de Nostromo y su personaje.[24]

Nostromo como significante

La revista Nostromo se asume como intelectual colectivo, y aquí intelectual incluye por definición –al menos aquélla que adoptamos, la de la tradición del J’acusse de Zola y del compromiso sartreano– la inexcusable articulación de política y ética como campo privilegiado de asertos actuales y proyecciones de futuro. El nombre elegido para identificarnos grupalmente apela a Nostromo como un significante sobre el que pueden anudarse dispositivos densos de sentido referidos a un posicionamiento respecto de nuestra América, su gente, su cultura, su historia, su porvenir. Remite a la política y quiere situarse allí, pero en la intemperie que signa el tiempo actual, el de la pérdida de la inocencia ideológica pasadas las grandes batallas del siglo XX, el del crepúsculo del marxismo que quizás –lo espero– incluya en su seno otra alborada.

Un tiempo en el que la práctica de la resistencia anudada a las búsquedas desveladas de la conciencia crítica posibiliten la esperanza entre tanta desolación y, por qué no, angustia que produce el desbocado andar productivista de esta nueva etapa de un capitalismo sin freno ni norte, salvo el de la desmesurada maximización de la ganancia y el de una reproducción ampliada que pone en duda la propia viabilidad del planeta como morada satisfactoriamente habitable para el hombre y un sinnúmero de especies hoy terriblemente amenazadas. Una “civilización” caracterizada por la agresión devastadora respecto de la naturaleza y por el desinterés esencial en la conservación del medio ambiente y la crueldad infinita ejercida sobre los otros seres vivos; el ocaso de los valores; el desprestigio creciente de un humanismo hipócrita y de vaciamiento de las palabras, en nombre del cual se consuman las mayores iniquidades; el juego de máscaras de la “democracia” electoral, la manipulación de la opinión, la denegación de justicia en sus múltiples expresiones; la desigualdad inusitada y la pobreza extrema de miles de millones de seres. Este catálogo de plagas que emula al bíblico y remite a los imaginarios apocalípticos, tiene exiguas contrapartidas fácticas y, sin embargo, un sustantivo contrapeso moral: el hombre sabe y puede mirar sin parpadear, como sentencia Conrad, y encontrar en ello el disparador de la práctica que permita la transformación de las coyunturas más adversas. Con los ojos abiertos, animaba Marguerite Yourcenar. En el modesto registro de nuestras posibilidades y en el campo limitado del terreno escogido, el campo de los estudios latinoamericanos, deseamos no ser indignos de este aserto. En el decir está la llave del hacer.

Nostromo, en el montaje novelístico de Conrad, nos sitúa en la deconstrucción de las certezas aparentes y en la revelación de las ambigüedades del corazón del hombre, en la lucha intensa y terrible que desencadena la caída y la posibilidad de redención. El ámbito no es metafísico, está en la práctica del debate interior y en la confrontación con los actos de los otros, en el abandono de la linealidad moral convencional de las grandes palabras e ideales y el abocamiento a las complejidades del espíritu que está en el centro de la visión vital de nuestro autor. Complejidad, signo epistemológico de nuestro tiempo.

En una segunda instancia, actualizamos los deslizamientos de sentido propios en esa encrucijada de las adquisiciones lingüísticas en la que se mueve la novela de Conrad y toda su práctica de la escritura, en un movimiento de paralelismo inverso al que efectuó Mariátegui al colocar su revista bajo el signo de Amauta. El signo quechua proporcionaba anclaje y direccionalidad, en la cultura y en la política, y esos eran los elementos originales y decisivos para el momento revolucionario del Perú en las décadas de 1920 y 1930. Es unívoco tanto en su apelación como en su significado. Hoy, la apertura hacia la incertidumbre que señala el significante Nostromo puede indicar precisamente la pluralidad babélica de las culturas en fusión en América Latina, la interacción creciente con los “otros” del mundo, la reconocible mixtura como problemática aunque discernible señal de identidad crítica, adversativa de cualquier residuo esencialista. Qué llegue a significar realmente este significante dependerá del cumplimiento de este programa de trabajo, y significará lo que en él se vaya inscribiendo. La dialéctica de la práctica de escritura, de comunicación y de debate que emprendemos será finalmente el sentido que adquiera este nombre.

La elección de un nombre es siempre un hecho que encierra en su acto una densa carga de arbitrario, de discrecionalidad. Aquí, en el acto de nombrar ejercido por nosotros, se ha reunido desde la rotundidad de las letras “o” que cierran circularmente las tres sílabas de la palabra Nostromo, a la posibilidad de que por analogía –un dispositivo de conocimiento de fecundidad inadvertida por los seguidores del paradigma positivista– la complejidad y la incertidumbre reveladas en la obra de Conrad, esos dos elementos en paralelo, recorran en el trabajo propuesto para nuestra revista un camino en espiral que es la forma de la estructura de la historia: problemáticas que se repiten en representación y proposiciones absolutamente novedosas. La dialéctica: pasar y no pasar por el mismo sitio, el devenir que recupera el pasado, lo reinventa incesantemente.

Bibliografía

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  1. Este artículo estuvo dirigido a presentar el nombre de la revista Nostromo en su primer número, Invierno de 2007.
  2. Borges, Jorge Luis, “Prólogo”, en Conrad, Joseph, El corazón de las tinieblas, 1986, p. 9.
  3. Karl, Frederick R., Joseph Conrad: the three lives. A Biography, 1979, p. 541.
  4. Gide, André, Diario [1889-1949], Losada, Buenos Aires, 1963, [1915], p. 442. Gide se acompañó de Conrad a lo largo de su vida, y recordemos que dedicó a su memoria Viaje al Congo y retorno de Tchad, un explícito reconocimiento al valor de El corazón de las tinieblas. Algunas opiniones de este impar lector resultarán muy sugerentes en la dirección marcada por nuestro argumento. Después de varios comentarios sobre la traducción de Isabelle Rivière a Victoria de Conrad y la revisión cuidadosa que efectúa sobre ella, afirma: “Jamás el mismo Conrad [quien aún vivía] sabrá, ni sospechará tan siquiera, lo mucho que me esfuerzo sin más razón que el amor que siento por él y su libro y la necesidad de la ‘tarea bien hecha’”, ibídem [1917], p. 531; en el mismo año finalizó su traducción de Tifón; luego confiesa que no pudo terminar El agente secreto, ibídem [1925], p. 702, posiblemente por las mismas razones que esgrimió para justificar el abandono de Nostromo; Gide habla de la extrema tensión que introduce Conrad en su texto, a propósito de Bajo la mirada de Occidente, “libro magistral”, para luego señalar un tema esencial de Conrad: “la inconsecuencia del héroe […] las inconsecuencias de una vida”, que cree percibir tanto en este libro como en Lord Jim, ibídem [1930], p. 849. El tema siguió preocupándolo: “Señalemos que las fatales inconsecuencias de los héroes de Conrad (pienso especialmente en Lord Jim y en Under Western Eyes) son involuntarias y perjudican mucho al ser que las comete. Luego, toda la vida no basta para desmentirlas y borrar sus huellas”, ibídem [1930], p. 877. Finalmente: “Avanzo penosamente en Chance; el menos bueno de los libros de Conrad que conozco (y conozco bastantes)”, remarcando que padece de una “Lentitud minuciosa […] agobiante”, ibídem [1943], p. 1344. Me pregunto: ¿sedimentos de la metabolización de Henry James por parte del autor de Salvamento? Disiento con el maestro. Esa lentitud que disgustaba a Gide es, sin embargo, uno de los rasgos más espléndidos de la literatura del Conrad maduro.
  5. Gide, Diario, [1943], p. 1340.
  6. Karl, Joseph, p. 528.
  7. La fuente señalada por Conrad en su prefacio de 1917 es el libro de Frederick Benton Williams (seudónimo de Herbert Elliot Hamblen), On Many Seas: the Life and Exploits of a Yankee Sailor, editado por William Stone Booth en 1897, cf. Halverston, John and Ian Watt, “The Original Nostromo: Conrad’s Source”, 1959.
  8. La edición de Montaner y Simón de Barcelona: Conrad, Joseph, Nostromo: relato de un litoral, 1926, 2 vols., 295 y 244 pp. El traductor fue Juan Mateos de Diego, autor junto con Ramón D. Perés de Geografía pintoresca, cuya lujosa edición fue hecha por Ramón Sopena en 1930 y reeditada en 1933. La de Emecé, en Buenos Aires: Conrad, Joseph, Nostromo: relato de un litoral, 1947, 2 vols., reproduce esta traducción, aceptada obviamente por Borges y Bioy.
  9. Ver algunas de ellas en la bibliografía.
  10. Rodríguez Monegal, Emir, El juicio de los parricidas. La nueva generación argentina y sus maestros, 1956. Debo recordar al lector este trabajo se insertó en el primer número de la revista Nostromo, publicado en 2007, dedicado al parricidio cultural. De allí también la insistencia en ese tema referido a Conrad en este ensayo.
  11. Rodríguez Monegal, Emir, “Panorama bibliográfico de 1946”, 1947, pp. 14-15.
  12. Marías, Javier, “Nota sobre el texto”, en Conrad, Joseph, El espejo del mar. Recuerdos e impresiones, 2005, pp. 24-25.
  13. Borges, “Prólogo”, en Conrad, Joseph, El corazón de las tinieblas, 1986, p. 9.
  14. Henríquez Ureña, Max, “La América de Conrad”, 1942, pp. [197]-212.
  15. Por cierto que cabe subrayar la estupenda actuación de Marlon Brando como Kurtz, que nos dejó irremisiblemente nostalgiosos de la frustrada posible encarnación del mismo Kurtz por Orson Welles, en la versión no realizada de 1939, pero de cuya caracterización magistral queda un notable testimonio fotográfico, reproducido en el bello apéndice I, “Imágenes conradianas”, de la edición citada de El espejo del mar de Reino de Redonda. Welles realizó una adaptación radiofónica en 1945. Hubo un proyecto frustrado de David Lean de filmar Nostromo a finales de la década de 1980, con la posible participación de Brando y O’Toole, frustrado por dificultades financieras y finalmente clausurado por la muerte del director en 1991. No podemos dejar de señalar la magistral interpretación de otro gran personaje conradiano: el Lord Jim de Peter O’Toole, en la película homónima de 1965, dirigida por Richard Brooks. Y en la relación de la obra de Conrad con el cine, se debe anotar también la magnífica adaptación de Los duelistas, de 1977, dirigida por Ridley Scott y actuada por Harvey Keitel, Keith Carradine y Albert Finney.
  16. Henríquez Ureña, “La América”, p. 198.
  17. Ibídem, p. 199.
  18. Karl, Joseph, 1979, pp. 446-447.
  19. Ibídem, pp. 528; 540-541.
  20. Ibídem, p. 527.
  21. Ibídem, pp. 446-447.
  22. Conrad, Joseph, Crónica personal, 1998, pp. 14-18.
  23. Karl, Joseph, pp. 142.
  24. También habría que señalar que quizás el distanciamiento “parricida” respecto de un abierto compromiso político puede haber estado en la compleja relación tejida por Conrad con Sir Roger Casement (1864-1916) en torno al Congo y los horrores genocidas de la explotación de Leopoldo II. Esta gran figura del patriota irlandés sacrificado en la horca en 1916 por los ingleses –después de un juicio miserable que mezcló chauvinismo con homofobia– se vincula por su trabajo en el Putumayo con la épica de denuncia social en América Latina. Es tema de la novela El sueño del celta, de Mario Vargas Llosa, publicada en 2010.


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