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12 Ezequiel Martínez Estrada

El francotirador anacrónico

Su visión de la patria fue melancólica;

los hechos ulteriores la confirman.

Jorge Luis Borges

Al morir, Martínez Estrada se sabía denostado por muchos. Peor aún, le dolía la indiferencia, el vacío creciente en torno de sí. Sólo diez años atrás las lecturas de su obra propuesta por la izquierda intelectual de Contorno (1954) y por los más moderados de Ciudad (1955) habían establecido lo que David Viñas señala como el “apogeo” de su influencia. Era “no solo el centro de la escena intelectual sino el referente mayor e ineludible tanto para las devociones como rechazos (…) todo se definía por pro o su contra”. Fiel a sí mismo, don Ezequiel sin embargo rompe amarras, “puede gozar contemplando el humo de sus propias naves”.[1]

Se interna en un sendero en el que es único caminante. Exacerba su anatema ético, sus admoniciones de Casandra, su orgullosa convicción de profeta en el desierto.[2] Fustiga con voz airada al peronismo –en el que veía la consumación de la decadencia argentina– pero también lo que creyó demagogia concesiva de los gobiernos de la “libertad” y de Frondizi. En 1959 viaja a México, inicia así una  latinoamericanización que lo llevaría finalmente a Cuba y a la asunción del sueño utópico del Che Guevara y de un antiimperialismo no exento tampoco de tonos exasperados y apocalípticos.

La desmesura de su ira, la iracundia de su profetismo, la insobornable expresión de sus verdades, crispó en estos últimos años el malestar que desde 1933 sembraba el establishment de la ampulosa cultura oficial y entre sus enemigos de Sur (con los que romperá definitivamente en 1960 en una polémica sobre Cuba) y también creó zozobra en los partícipes de la izquierda gregaria –sus nuevos interlocutores– que sentían su inconformismo tout azimut como una recusación de sus ilusiones y como un reproche a sus silencios culpables. Desconcierto de tirios y troyanos. Definitivo deslizamiento de este heterodoxo, incorregible e incómodo disonante frente a la complacencia de cualquier signo, a un fuera de lugar previsible, topos necesario del intelectual en el que la crítica se ejerce como cuerda tensada por la utopía.[3] Luego, la melancolía del “exilio interior” definitivo y el exilio, en Bahía Blanca, en los confines sureños de la Trapalanda pampeana.

Sacrificio y paradoja

Hoy no podríamos suscribir que el tiempo transcurrido le haya acercado gloria –que decía no apetecer: “No espera nada, ni la gloria”, afirma en un corto escrito autobiográfico en tercera persona que precede a ¿Qué es esto?–, ni apenas indulgencia. Permanece suspendido entre el purgatorio del semiolvido y el limbo del retórico conocimiento. Si suscita alguna inquietud académica es poca cosa para su verdadera ambición. Su prosa buscaba otro destino: sacudir la conciencia adulterada de su pueblo, “introducir un fermento desorganizador en la masa inerte de la rutina del rebaño”.[4] Se podría apelar a una disculpa de época, a la radical ineptitud del pobre tiempo presente para confrontar la densidad de su obra. Quizás, esto es más desolador, su  fracaso se sitúe más allá del de la pura gestualidad con que lo signó Sebreli. Puede que su rebelión inútil –con dimensión sacrificial y dejo paradójico–, invite a constatar al fin lo certero de su tesis fundamental: los espectros de este país que los civilizadores –Sarmiento por antonomasia, él mismo– han querido conjurar, reaparecen: la realidad profunda se obstina en tomarnos reiteradamente por asalto y la apelación final de Radiografía… de “vivir unidos en salud” cede frente a la barbarie que todo lo corroe, erosiona y desvanece en un solo remolino de polvo y de miedos.

La sombra de Alberdi

Hay que subrayarlo: Radiografía de la pampa y el conjunto que articula –El mundo maravilloso de Guillermo Enrique Hudson (1951), pensado por Martínez Estrada como prólogo de su ensayo de 1933, y su Muerte y transfiguración de Martín Fierro (1948), trilogía que “es un estudio etnológico, histórico y antropológico de la República Argentina en su complexión institucional”, complementada por La Cabeza de Goliath (1940) y el Sarmiento (1947)– nos devuelve en su relectura la lucidez mayor alcanzada por el pensamiento sociológico argentino. Libro fundacional, Radiografía… sólo admite parangón con sus iguales: el Dogma Socialista, las Bases y, por sobre todo, Facundo. Como este último sustenta su eficacia no sobre la rigurosidad de saberes positivos sino en la hazaña de escritura que supuso, en su lenguaje, en fin, en su poder literario. Y también, en el contexto dilatado de una obra inmensa, como la de Sarmiento, cumple papel similar al desempeñado por Facundo en la del sanjuanino: el de áncora y brújula de todo el resto.

Martínez Estrada fue un lector omnívoro y asistemático, una encarnación de la razón caníbal que devora la cultura de Occidente desde la marginalidad oblicua del adentro y del afuera, definida imaginativamente por Haroldo de Campos como la actitud basal de la gran ensayística latinoamericana. Es insoslayable señalar la desesperanzada influencia que ejerció sobre él Oswald Spengler y la complejidad de su biblioteca y su proteica combinatoria –que destila el orden y concierto de un auténtico autodidacta– resulta fascinante. Mencionemos algunas presencias: Nietzsche, Marx y Freud; Simmel y Scheler; Boas y Kroeber; Montaigne, Pestalozzi, el gran anarquista Eliseo Reclus, Ortega y Gasset, Waldo Frank y ese habitante de la picaresca intelectual que fue Hermann Keyserling. Ninguno de ellos estuvo ajeno a la conformación de sus iniciales ideas sobre el país; tampoco la imponente y definitoria figura de Lugones.

Inventario heterogéneo, pero con un Norte. La implacable recusación del positivismo es el verdadero leitmotiv de toda la obra de Martínez Estrada, estructurada sobre el desplazamiento de la concepción de progreso y su concurrente cuota de optimismo del lugar central que ocupaban en el pensamiento argentino para ser reemplazadas por la angustiosa búsqueda de identidad signada por el desarraigo del mestizaje y la inmigración y el implacable acoso de la soledad. Su reflexión sobre la Argentina se inscribe en el paradigma sarmientino de lucha entre civilización y barbarie y sobre el contrapunto fundacional de dos pensamientos, estilos y acción: Sarmiento y Alberdi. Ahí está el manto de Penélope que bordan en sucesivas generaciones los que se aquejan por este país.

La idea central de Martínez Estrada, planteada en el apartado final de Radiografía… es que Sarmiento –auténtico héroe intelectual– no sólo fracasó porque la tarea de civilizador de estas latitudes era un exceso; fracasó porque estaba profundamente equivocado, porque no comprendió que civilización y barbarie eran un sola cosa, imágenes articuladas de una única realidad, “fuerzas centrífugas y centrípetas de un sistema en equilibrio”. Urquiza usaba galera con la divisa punzó, “se llegó a hablar francés e inglés; a usar frac; pero el gaucho está debajo de la camisa de plancha”.[5]

Aquí, Martínez Estrada subraya su filiación con una idea capital de Alberdi, las formas de lo europeo, signos de civilización, sólo recubrían pobremente la sustancial barbarie subyacente, eran cosmética, apariencia, parodia. Con ella hay que convivir,  “aceptarla con valor para que deje de perturbarnos”.[6] Un pacto de convivencia fundado en la aceptación de lo que realmente somos, esa es la lección final de Radiografía… no muchas veces destacada y que contiene una saludable, elegante y resignada lección de criticismo, ironía y escepticismo histórico y vital.

Esta idea es contrastante con la del misántropo hipercrítico, gritón solitario, monje admonitorio que se fue elaborando sobre Martínez Estrada a veces con su complicidad no tan involuntaria. Él mismo trazó su perfil: “Me recluté en las filas de los francotiradores anacrónicos de Sarmiento, que de ese modo extraño vino a capitanearnos a los bárbaros”.[7] El exacto fuera de lugar del pensamiento crítico: doble exilio, del poder y sus tentaciones, del presente, al que se recusa para modificarlo o, más modestamente para testificarlo, manera más subrepticia de hacerlo. Un anacronismo estructural.

Bibliografía

CVITANOVIC, Dinko, “Radiografía de la pampa en la historia personal de Martínez Estrada”, en E. Martínez Estrada, Radiografía de la pampa, 1993, pp. 327-348.

EARLE, Peter G., Prophet in the Wilderness. The Works of Ezequiel Martínez Estrada, Austin, University of Texas Press, 1971.

MARTÍNEZ ESTRADA, Ezequiel, Radiografía de la pampa, Edición crítica, Leo Pollman coordinador, Colección Archivos 19, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 1993 [1a. ed. 1933].

MARTÍNEZ ESTRADA, Ezequiel, Muerte y transfiguración de Martín Fierro, México, Fondo de Cultura Económica, 1958, 2 vols. [1a. ed. 1948].

MARTÍNEZ ESTRADA, Ezequiel, Para una revisión de las letras argentinas, Buenos Aires, Editorial Losada, 1965.

MARTÍNEZ ESTRADA, Ezequiel, En torno a Kafka y otros ensayos, Barcelona, Seix Barral, 1967.

VIÑAS, David, “Martínez Estrada, de Radiografía de la pampa hacia el Caribe”, en E. Martínez Estrada,  Radiografía de la pampa, 1993, pp. 409-424.


  1. Viñas, David, “Martínez Estrada, de Radiografía de la pampa hacia el Caribe”, en Martínez Estrada, Ezequiel, 1993, pp. 411-412, 421.
  2. Calificación acuñada en Earle, Peter G., Prophet in the Wilderness. The Works of Ezequiel Martínez Estrada, 1971.
  3. Viñas, “Martínez Estrada”, p.422.
  4. Martínez Estrada, Ezequiel, En torno a Kafka y otros ensayos, 1967, p. 168.
  5. Martínez Estrada, Ezequiel, Muerte y transfiguración de Martín Fierro, 1958, II, p. 439.
  6. Martínez Estrada, Ezequiel, Radiografía de la pampa, p. 253.
  7. Martínez Estrada, Ezequiel, Para una revisión de las letras argentinas, 1965, p. 165. La cita y el subrayado pertenecen originalmente a Cvitanovic, Dinko, “Radiografía de la pampa en la historia personal de Martínez Estrada”, en Martínez Estrada, E., Radiografía de la pampa, p. 333.


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