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La relación texto-imagen en el problema epistémico de la representación

Paula Bustos Paz y Gustavo Gordillo Álvarez

Consideraciones preliminares

A partir del “giro lingüístico”, el lenguaje se puso en el centro de las discusiones y los problemas de la filosofía de la ciencia se convirtieron en cuestiones sobre el lenguaje y sus límites. La ciencia tiene una finalidad que es enunciar, entre otras cosas, afirmaciones, negaciones y condicionales sobre el mundo, los fenómenos o las cosas que son objeto de su investigación. Más allá de la profesionalización que la ciencia experimentó desde finales del siglo XIX, lo cierto es que la tarea enunciativa de la ciencia sobre las parcelas del mundo es un fenómeno lingüístico. Las cosas, o los objetos de estudio, se pueden “explicar” o “comprender” (von Wright, 1987), pero, tanto en un caso como en el otro, las teorías científicas se expresan en términos lingüísticos. Y esto quiere decir que, en la clásica relación gnoseológica entre sujeto y objeto de conocimiento, el lenguaje es identificado como la instancia mediadora en ese vínculo. La aproximación cognitiva entre uno y otro no está avalada por los mecanismos sensibles o por el entendimiento, sino por el lenguaje (Palma, 2008).

Dentro este espectro de problemas sobre el conocimiento científico, el “giro lingüístico” planteó que lo que es posible “decir” acerca de las cosas constituye el problema en torno a la representación de los objetos de estudio. La pregunta por la imagen cognitiva del mundo, en este contexto intelectual, encontró su respuesta en los fundamentos últimos del lenguaje. La estructura lingüística, por la que se enuncia toda teoría, consiste en una serie de condiciones lógicas que hacen posible una “representación especular” del mundo. Visto de este modo, las teorías científicas son construcciones lingüísticas que no agregan nada a lo que las cosas son en sí. Si se tuviera que apelar a la distinción kantiana entre “fenómeno” y “noúmeno” para explicar este enunciado, hay que decir que una teoría científica es el conocimiento de la “cosa en sí”. De esto se sigue que los objetos de estudio de las diversas ciencias no son “apariciones” de las cosas, esto es, el conocimiento no es lo que un sujeto “configura” mediante las condiciones de posibilidad de su estructura trascendental (Arias, 2016).

Las discusiones no se agotan en las explicaciones logicistas de la representación. Los aportes provenientes de las reflexiones sobre el estatuto de las ciencias sociales generaron tópicos que pusieron en entredicho la presunta imagen de la cosa en sí. Para Russell y el primer Wittgenstein, la representación de las cosas es posible de modo especular porque la estructura del lenguaje es idéntica a la estructura del mundo. La lógica matemática proporcionaba los medios para descomponer al lenguaje hasta sus componentes atómicos y observar cómo este proceso coincide con el análisis formal de los fenómenos. Del mismo modo que un enunciado general se reduce hasta sus elementos simples constitutivos, los fenómenos singulares y observables constituyen los fundamentos de una legalidad natural. No obstante, Foucault y los teóricos de la ideología se percataron del valor histórico y situado del lenguaje. El conjunto de signos que conforma lo lingüístico no es más que una institución social atravesada por sesgos, que van desde lo personal hasta lo institucional. El reconocimiento del valor epocal del lenguaje, como de la incidencia de la estructura valorativa de quien investiga y desde dónde se investiga, provocó un fuerte cuestionamiento al estatuto independiente y autosuficiente del lenguaje. Si el lenguaje es el mediador entre una parcela de realidad y el científico que la estudia, quiere que, desde la crítica social al lenguaje, la imagen que se monta de las cosas no puede ser una representación excelentísimamente especular.

El entramado de discusiones teóricas sobre el lenguaje pone de manifiesto la necesidad de pensar otra vez el problema de la “imagen científica” del mundo. De aquí que el objetivo del presente ensayo es elaborar una caracterización de la representación o “imagen discursiva” del mundo en el actual terreno epistémico de las ciencias, a partir de poner en tensión los elementos texto-imagen, empleando como recurso la noción de metalepsis en el discurso de ficción, recurso que permite puntualizar la ruptura discursiva devenida de la aparente separación entre sujeto-objeto de conocimiento. Recapitular esta discusión no es una mera reiteración de lo ya dicho, sino que este pensar otra vez tiene la importancia de ser una reconsideración de un entramado discursivo que sigue poniendo entre paréntesis el valor “desinteresado” de lo que la ciencia enuncia como saber objetivo. Analizar estos tópicos es partir de los viejos problemas sobre la representación para abrir las puertas a nuevas discusiones, nuevas discusiones sobre un tema en el que, si bien hay mucha literatura escrita, no está del todo agotado.

La siguiente es la estructura expositiva de argumentos propuesta para analizar el tema y alcanzar el objetivo señalado. El objetivo sugiere separar el trabajo en dos partes: la primera parte se divide a su vez en dos momentos, el primero de los cuales consiste en una noticia histórica y conceptual del “giro lingüístico”; el segundo, corresponde a una exposición detallada del problema de la representación o “imagen científica” del mundo en el contexto intelectual de dicho giro, particularmente desde las posturas de Russell y el primer Wittgenstein. La segunda parte también se separa en dos instancias: la primera consiste en una crítica a la noción formal de representación, especialmente desde las posturas de Foucault y Wallerstein; la segunda, contiene una exposición minuciosa del sentido crítico de la noción de “imagen científica” del mundo, a partir de un análisis del cuento Continuidad de los parques de Cortázar como un símil entre el discurso de ficción y el discurso del quehacer científico.

La presente investigación sostiene la afirmación que las construcciones teóricas o las hipótesis científicas no son imágenes especulares del mundo, más bien se tratan de un entramado discursivo que, si bien es científico, en él participan diversos elementos que no son precisamente científicos. El conjunto de signos lingüísticos que median la relación sujeto-objeto es el resultado de un matrimonio entre prácticas objetivas y productos culturales arraigados epocalmente. La “imagen” que delinea una teoría científica sobre alguna parcela del mundo está distorsionada por los componentes ideológicos del investigador, por los de la institución en la que investiga y por los grupos de poder. Sin embargo, esto no quiere decir que el discurso científico, o que la imagen teórica que la ciencia produce sobre sus objetos de estudio, recaiga en un relativismo teórico del “todo vale”. Que el lenguaje sea histórico-cultural y que la práctica científica importe tanto como el producto de la ciencia, no significa que aquello que se dice de las cosas no tenga rigor objetivo.

1. La imagen discursiva del mundo como reflejo especular

1.1. El “giro lingüístico” de la filosofía analítica

Hacia finales del siglo XIX y principios del XX, pensadores de la tradición analítica como Frege, Russell y Wittgenstein consideraron que la solución a muchos de los problemas filosóficos se alcanzaría a través de un cuestionamiento a la naturaleza del lenguaje. La creación de la lógica simbólica fue determinante en el inicio de esta problematización que recibió el nombre de linguistic turn[1]. Este renovado interés por el lenguaje consistió en un tipo de tematización formal y se constituyó en uno de los temas principales de todo el siglo XX (Fabris, 2015)[2]. Estos filósofos del lenguaje pensaban que el análisis y la reflexión teórica sobre el “significado” lingüístico constituían las herramientas más importantes para esclarecer la semántica del lenguaje cognoscitivo. No obstante, a mediados de siglo, se levantaron algunas reacciones a esta tradición, reacciones que consistieron en una ampliación de la indagación filosófica sobre el lenguaje hacia todas las formas posibles de su “uso”. De aquí que el linguistic turn estuvo ligado, en sus comienzos, al objetivo metafilosófico de disolver los problemas tradicionales a partir de una comprensión más apropiada de la “lógica” subyacente del lenguaje, pero, con el tiempo, esta preocupación fue gradualmente sustituida por un interés más directo en los problemas que suscitan los aspectos comunicacionales del lenguaje.

La historia de la filosofía analítica del siglo XX puede identificarse por la rapidez con la que diferentes movimientos surgieron, alcanzaron su esplendor y fueron perdiendo su vigor, por ejemplo, el idealismo en sus variantes absolutista y subjetivista, la teoría de los datos sensoriales, el atomismo lógico y el positivismo lógico. La decadencia de estos enfoques se debe no sólo a las críticas que recibieron por parte de sus detractores, sino también al surgimiento de otras preocupaciones y problemas que, aunque diferentes, son sus congéneres, por ejemplo, la epistemología naturalizada, la filosofía del lenguaje ordinario y el pragmatismo (Meyer, 2010). Sin embargo, la decadencia de aquellas posturas filosóficas no fue absoluta, ya que ciertos vestigios conceptuales del enfoque formalista todavía pueden observarse en las tematizaciones de algunos teóricos del “giro pragmático”, como es el caso de la “lógica conversacional” de H. P. Grice. El deslizamiento de la pregunta por el lenguaje desde el aspecto “lógico-representacional” al “contexto de uso” abrió un abanico heterogéneo de problemas. Si bien los nuevos problemas nada tienen que ver con la tradición “analítica-semántica”, algunos autores sostienen que estos fueron abordados desde la estrategia metodológica analítica y sobre la base de algunos conceptos de esta tradición, por ejemplo, la idea de una “racionalidad” y “transparencia” conversacionales en algunos enfoques pragmáticos (Stroll, 2002; Meyer, 2010). De aquí que esta filosofía del lenguaje, la filosofía analítica, es menos una doctrina específica que una suerte de cohesión de la forma en que se abordan los problemas[3].

El linguistic turn es, entonces, el inicio de la tematización filosófica sobre el lenguaje cuyo enfoque analítico se extendió a lo largo del siglo XX. Dentro de la “tradición analítica” se destaca un grupo de filósofos cuyas contribuciones marcaron el inicio de determinadas doctrinas, estilos, enfoques o perspectivas que se convirtieron en modelos de análisis. Este grupo incluye a G. Frege (1848-1925), B. Russell (1872-1970), G. E. Moore (1873-1958), L. Wittgenstein (1889-1951), R. Carnap (1891-1970), G. Ryle (1900-1976), J. L. Austin (1911-1960), H. P. Grice (1913-1988), W. V. O. Quine (1908-2000) y J. Searle (1932). Según Stroll (2002), estos pensadores conforman el escenario de las principales ideas filosóficas del siglo XX, dado que, mientras algunos continuaron tradiciones teóricas en formas nuevas, estos filósofos desarrollaron enfoques singulares. Lo que Frege, Russell y el primer Wittgenstein ―el del Tractatus lógico-philosophicus (1922)― cuestionaban desde su óptica lógica atomista, el segundo Wittgenstein ―el de las Philosophical Investigations (1953)― junto Ryle, Austin, Grice y Searle, lo reconocen como un campo heterogéneo de problemas que a la filosofía del lenguaje no le debía pasar por alto.

1.2. El problema del lenguaje en torno a la referencia: la identidad de forma entre lenguaje y mundo

A finales del siglo XIX y principios del siglo XX se produjeron importantes desarrollos en matemática y lógica de la mano de Cantor, Boole, Frege y Russell. La aceptación y expansión de lógica simbólica por los círculos académicos provocó la aparición de varios movimientos filosóficos importantes, a saber: la creación de lenguajes lógicamente perfectos, a finales del siglo XIX y principios del XX; el atomismo lógico de Russell y Wittgenstein, a comienzos de los años veinte; el positivismo lógico del Círculo de Viena, que tuvo su origen luego de la Primera Guerra Mundial y mantuvo su influencia hasta la década de 1960; y la epistemología naturalizada de Quine, que se inició durante los años de 1950. El surgimiento de la “lógica matemática” o “simbólica”, mucho más compleja respecto de los mecanismos de validación de la lógica clásica o aristotélica, trajo muchos beneficios en materia filosófica y científica. Durante la primera mitad del siglo XX, y debido a los beneficios de su aplicación, se produjo una fuerte aceptación de este nuevo instrumento en la comunidad académica. A partir de aquí, se configuró y se expandió una concepción analítica-formalista del lenguaje. La influencia de la nueva lógica estuvo arraigada en los criterios de claridad, rigor y precisión que proporcionaba la formalización en proposiciones lógicas del discurso filosófico. Según dichos autores, formalizar una teoría era el medio necesario para resolver los problemas tradicionales que incomodaban a la filosofía, por ejemplo, el argumento ontológico. Asimismo, sumado a esto, tales pensadores del lenguaje creyeron ver en dicha formalización la estructura del mundo, esto es, la construcción de proposiciones lógicas y sus formas de validación a través de las leyes de las conectivas y demás reglas formales ponían sobre el tapete los aspectos estructurales del mundo. De este modo, la lógica matemática no sólo resolvía los problemas filosóficos, sino también mostraba que la estructura del lenguaje era la estructura del mundo. La lógica fue pensada, entonces, como un modelo ideal para dar solución a conflictos teóricos y como fundamental para una teorización científica con pretensiones de generalización.

Las primeras reflexiones sistemáticas sobre el lenguaje las realizaron Frege, Russell y el primer Wittgenstein desde la mencionada óptica formalista. Esta corriente teórica, que recibe el nombre de tradición “analítica-semántica”, toma fuerza y reconocimiento a partir de la publicación de la obra Principia Mathematica (1910-1913) de Russell. Lo que Russell propuso en este libro –y con lo que Wittgenstein estuvo de acuerdo en parte– fue la construcción de un lenguaje ideal, la configuración de un lenguaje lógico que, en cuanto tal, sea capaz de identificar y disolver las ambigüedades conceptuales propias del lenguaje corriente. Dicha obra tenía dos objetivos importantes: el primero, siguiendo a Frege, era demostrar que la matemática es una rama de la lógica, en el sentido que la teoría de números ―la aritmética― puede reducirse a proposiciones que contienen solamente conceptos lógicos tales como constantes, variables, predicados, cuantificadores (Stroll, 2002); el segundo, era mostrar que

la lógica matemática era un lenguaje ideal que podía captar, en una notación puramente formal, la gran variedad de patrones de inferencia y modismos, incluyendo tipos diferentes de oraciones que se encuentran en el lenguaje corriente. Al hacer lo segundo también querían mostrar cómo las expresiones vagas pueden hacerse más precisas y cómo las oraciones susceptibles de una doble lectura podían plantearse sin ambigüedades, de una forma suficientemente clara, de forma que pusieran de manifiesto las bases del equívoco (Stroll, 2002: 13).

La propuesta teórica de Russell consistía, entonces, en la construcción de un lenguaje ideal, o sea, de un lenguaje lógico para el análisis y depuración conceptual del discurso ordinario. Este sistema simbólico, con el que el primer Wittgenstein estaba de acuerdo, permitía esclarecer y corregir las confusiones en el lenguaje corriente y también en el lenguaje común de los filósofos, en la medida que lo multívoco de este tipo de lenguaje es la causa de los pseudoproblemas filosóficos. El lenguaje lógico, según estos autores, tenía dos incidencias sobre el lenguaje corriente: la una, se encuentra estrechamente vinculado con el lenguaje natural, puesto que puede tomar todo el conglomerado de tipos diferentes de oraciones y someterlas a un conjunto de transformaciones lógicas; la dos, representa un perfeccionamiento del lenguaje corriente al diagnosticar ambigüedades sutiles pero filosóficamente profundas[4], lo que permite proceder a la eliminación de toda vaguedad[5], a la disolución de los problemas filosóficos tradicionales y persistentes. Si bien Wittgenstein coincidía en este propósito con Frege y Russell, Stroll sostiene que este último “consideraba que los Principia suministraban un lenguaje ideal para analizar dificultades filosóficas específicas, mientras que Wittgenstein creía que incorporaba las condiciones que debería satisfacer cualquier lenguaje, para ser efectivamente un lenguaje” (2002: 39).

El estudio del lenguaje durante las primeras tres décadas del siglo XX no sólo consistió en disolver las ambigüedades del discurso corriente de los filósofos, sino también en ofrecer una solución a la problemática vinculada al conocimiento del mundo: ¿cuál es la relación entre lenguaje y mundo externo? (Lafont, 1993). Russell y Wittgenstein coincidían en la necesidad de distinguir dos planos cognoscitivos: el mundo objetivo de los hechos y la capacidad humana para describirlos y pensarlos. Tal separación de dominios es la clave de dicha cuestión. Si bien la respuesta de Wittgenstein discrepa en algunos aspectos con la de su maestro Russell[6], ambos coincidían en que la lógica formal es el mejor camino para comprender esa relación y que lo planteado en los Principia era el paradigma que se debía respetar. Para estos filósofos del lenguaje, el valor estrictamente analítico de la formalización del discurso brindaba, además de la purificación de las significaciones ambiguas, la estructura de los hechos que se afirmaban o se negaban en las proposiciones analizadas. Esto significa que el lenguaje lógico tiene la capacidad para decantar con precisión los rasgos estructurales básicos del mundo a través de un isomorfismo de esa clase. La transformación lógica de cualquier teoría referida al mundo mostraba los aspectos estructurales de este, lo que ponía de manifiesto –según creían– el carácter representacional del lenguaje y su significado.

Russell y Wittgenstein fundamentaron la presunta identidad de forma entre lengua y mundo a partir de la noción de “atomismo lógico”, una noción teórica que Russell desarrolló en las obras La filosofía del atomismo lógico (1918) y El atomismo lógico (1924), y que Wittgenstein expuso en el Tractatus lógico-philosophicus (1922). El “atomismo lógico” es una teoría analítica-semántica del lenguaje que parte de la distinción que hace Russell, y que Wittgenstein comparte, entre “hechos” y “particulares” o, lo que es igual, entre un fenómeno natural y la serie de elementos naturales que lo integran. Según estos autores, la formalización en la notación simbólica (“p”, “q”, “r”…) de un enunciado referido a un “hecho” es la puesta de manifiesto de la estructura compleja del mundo. El enunciado, al ser formalizado, queda dividido en sus componentes particulares “p”, “q”, “r”, cuyo comportamiento y relaciones dependerán de las reglas de inferencia que le corresponden a la proposición analizada. Algunos “particulares” son simples y estos son

los átomos últimos a los que se llega mediante el análisis lógico. Son las ‹‹piezas de construcción››, los ‹‹bloques›› para construir las estructuras complejas que son los hechos […] La conexión entre lenguaje y realidad tiene así una relación de doble sentido: en primer lugar, una relación entre proposiciones que se corresponden con los hechos y que, cuando en realidad se corresponden, producen la verdad; en segundo lugar, la relación entre los nombres y los particulares de manera que, si algo es realmente un nombre propio, debe haber una cosa individual correspondiente que el nombre denota (Stroll, 2002: 43-44).

En la notación simbólica o formal queda expresado tanto el “hecho” y los “particulares” –o fenómenos que lo componen– como las relaciones que existen entre estos, lo que significa, por un lado, que la estructura y el funcionamiento del universo natural son la estructura y funcionamiento del lenguaje y, por el otro, que la verdad es evidente. Las proposiciones son verdaderas cuando se da una relación biunívoca entre la manera en que se organizan sus componentes lingüísticos y los particulares que se enlazan en el mundo y constituyen el hecho. Si ambos elementos conforman una relación especular, esto es, si las proposiciones simples de un enunciado coinciden con los particulares y, en su totalidad, con el hecho natural, quiere decir que hay representación especular del fenómeno a partir de un isomorfismo entre lengua y mundo. Esto significa que lenguaje y mundo tienen en común la estructura lógica: las proposiciones lógicas describen la armazón del mundo y, por lo tanto, lenguaje y mundo se mantienen en una relación especular en el que la representación que hace el primero del segundo se ofrece en una suerte de mapa a escala 1 – 1 (Tarragona, 2015). El lenguaje duplica fotográficamente el mundo y, sobre la base del presupuesto de que la verdad está en él, los elementos del lenguaje adquieren su significado en una necesaria correlación con los elementos de la realidad, elementos que son su significado (Tarragona, 2015).[7] Como afirma el propio Wittgenstein (2009), en su anotación 4.0311, “un nombre está en lugar de otra cosa, y otro en lugar de otra, y están conectados entre sí. Y todo el conjunto, como una figura viva, presenta el hecho atómico”.[8] El lenguaje está pensado en términos de un cálculo lógico cuyas fórmulas básicas –proposiciones elementales– se encuentran en una relación isomórfica con los hechos del mundo. En consecuencia, y partiendo de las afirmaciones de sus predecesores, Wittgenstein pensaba que, para efectuar una representación atinada de la realidad, había que emplear una lógica simbólica como la de los Principia, una lógica que elimine los defectos que se encuentran en el lenguaje corriente y represente los aspectos estructurales del mundo. El lenguaje es, para la tradición analítica-semántica, una estructura que no sólo denomina objetos existentes, sino que también figura las relaciones existentes que estos mantienen entre sí.

2. La imagen discursiva del mundo desde una perspectiva crítica

2.1. La representación o imagen discursiva del mundo en las ciencias sociales: una crítica desde el problema de la objetividad

Las propuestas filosóficas de Russell y del primer Wittgenstein en torno al lenguaje delinean un tipo de conocimiento especular y, por lo tanto, absolutamente verdadero y objetivo. Ambos pensadores del “giro lingüístico” responden a una lógica aristotélica de la verdad, esto es, que un enunciado es verdadero en la medida que aquello que nombra o caracteriza tiene su correlato en lo empírico (Llamazares, 2011). Si bien es cierto que esta idea es un reduccionismo del concepto de “verdad”, reduccionismo que se replicó fuertemente en el Círculo de Viena con el positivismo lógico, no es ilegítimo para las ciencias empíricas. El problema entonces no radica en esto, sino en que este correlato entre las palabras y las cosas se pensó en términos de identidad lógica y se trasladó como conditio sine qua non para las ciencias sociales. Como indica Tarragona (2014), si lenguaje y mundo tienen una identidad de forma, la representación del segundo por el primero se da a una escala I – I. Desde esta lógica del lenguaje, las construcciones teóricas del mundo plantean un tipo de “verdad objetiva”, en el sentido que refleja fielmente la estructura, características y condiciones de los objetos estudiados. El conocimiento científico no sólo es verdadero de manera absoluta, ya que “lo que se dice” es exactamente lo mismo que la “cosa” nombrada, sino que, debido a esto, es “objetivo”.

La identidad de forma entre lenguaje y mundo permite que la representación no dependa de aspectos culturales, sociales, políticos y psicológicos. El lenguaje, al tener la misma estructura que el mundo, recibe la información proveniente de éste, la que se acomoda en términos de verdad y validez, porque, además de dicha identidad de forma, los significantes o las palabras son vacíos de sentido. En esta relación gnoseológica existe una separación ontológica radical entre quien representa y lo que es representado. El sujeto cognoscente —el científico— no está vinculado de manera cultural o psicológica con el objeto de conocimiento —el mundo—, sino que mantiene con él una distancia “insalvable”. El lenguaje recepta o hace “encajar” la información y, con esto, hace posible un saber especular y desinteresado. El conocimiento no es, entonces, el proceso de una construcción mediante una interacción significativa entre ambos elementos de la relación gnoseológica, sino el reflejo exacto de los objetos gracias al receptáculo incólume del lenguaje, o sea, de la sintaxis y del vacío de significado de las palabras.

Un ejemplo literario, y no por esto menos verdadero, es el cuento de Jorge Luis Borges titulado “Del rigor de la ciencia”. En esta narración, Borges grafica y cuestiona la propuesta de Russell y del primer Wittgenstein en torno al lenguaje y a la relación de éste con el mundo. El autor argentino cuenta lo siguiente:

En aquel Imperio, el Arte de la Cartografía logró tal Perfección que el mapa de una sola Provincia ocupaba toda una Ciudad, y el mapa del Imperio, toda una Provincia. Con el tiempo, estos Mapas Desmesurados no satisficieron y los Colegios de Cartógrafos levantaron un Mapa del Imperio, que tenía el tamaño del Imperio y coincidía puntualmente con él. Menos Adictas al Estudio de la Cartografía, las Generaciones Siguientes entendieron que ese dilatado Mapa era Inútil y no sin Impiedad lo entregaron a las Inclemencias del Sol y los Inviernos. En los desiertos del Oeste perduran despedazadas Ruinas del Mapa, habitadas por Animales y por Mendigos; en todo el País no hay otra reliquia de las Disciplinas Geográficas (Borges, 1996: 225).

Como puede apreciarse aquí, el lenguaje representa de manera especular o fotográfica el mundo, que en este caso es el Imperio. Lo que las palabras dicen, que aquí es el mapa, reflejan el objeto de manera exacta, lo que provoca un deslizamiento de quien pone en marcha la actividad de representar. Si el sujeto que representa no es partícipe de esta actividad, el conocimiento que se produce no está atravesado por la condición humana, o sea, por el contexto cultural, histórico y valorativo que configura la subjetividad. El mapa del Imperio es exacto respecto de cada vericueto del Imperio en tanto que en su elaboración no participan aspectos valorativos, culturales e históricos, lo que significa que nada condiciona su confección o que nada plantea sesgos en el conocimiento geográfico.

En el caso del escenario natural, existe una cierta independencia de los hechos respecto del investigador, lo que permite objetivarlos. Sin embargo, también es cierto que en las ciencias sociales el objeto de estudio es una racionalidad que puede interpelar a su investigador y, por consiguiente, no hay independencia entre sujeto y objeto. Como indican Schuster y Pecheny, la racionalidad que ordena, clasifica y expresa el conocimiento

no es tan solo una propiedad del científico, sino también potencialmente de su “objeto”, el que, como sabemos a esta altura de los acontecimientos es, en tanto sujeto, peculiar respecto del de las ciencias naturales. La relación entre investigadores e investigados no es entonces en las ciencias sociales una relación de sujeto a objeto clásica; se trata más bien de una relación de interacción significativa […] una interacción de pares, caracterizada por su dimensión dialógica y plena de significación (2002: 238).

En general, la ciencia es una de las tantas prácticas sociales existentes, lo que significa que la actividad científica es un producto sociocultural específico, cuyas propiedades son similares a las de la sociedad que estudia (Schuster & Pecheny, 2002; Wallerstein, 2006). Las ciencias sociales, entonces, se encuentran comprometidas con las prácticas de la vida cultural y política, en la medida que, por un lado, el científico es parte de las formas del orden social y, por el otro, produce “reinterpretaciones con efectos potencialmente activos sobre la realidad y las formas de la organización social y sus procesos” (Schuster & Pecheny, 2002: 238). De aquí se sigue que las ciencias sociales producen conocimiento a partir de una interrelación significativa con otras racionalidades, dentro de un marco ideológico y valorativo propio del contexto de práctica, que penetra en las estructuras de las ciencias, en las metodologías y en técnicas de investigación.

El insorteable arraigo sociocultural de las ciencias sociales involucra una crítica muy fuerte al valor cognitivo más recurrente y exigido en la práctica científica del último siglo y medio: la “objetividad”. La “objetividad” parte del supuesto distanciamiento entre sujeto y objeto de conocimiento, es decir, un principio que, en el contexto de las nacientes ciencias sociales –finales del siglo XIX y principios del XX–, se introduce a éstas como condición para su constitución. Ahora bien, si el lenguaje tiene la misma estructura que el mundo, la conciencia o el “yo” no tiene incidencias en el saber que se produce, puesto que la información proviene de las cosas y se ajusta, en términos de verdad y validez, en el receptáculo que permite su representación isomórfica. Este valor cognitivo, la “objetividad”, está ligado a la “neutralidad valorativa” del conocimiento: ser objetivo implica no inmiscuir la ideología, las valoraciones subjetivas del investigador o de los grupos o comunidades de investigadores en la producción de conocimiento. Sin embargo, el arraigo sociocultural de las ciencias sociales, más las características de su objeto de estudio, no permite pensar un conocimiento de lo social que sea objetivo o neutro. Si el objeto investigado es un sujeto, quiere decir que el objeto, como el pintor de Las Meninas, mira, capta al investigador y lo hace parte de la representación que éste representa (Foucault, 1968). Y lo hace parte de ésta no sólo en la medida que puede interactuar con su investigador, sino también porque éste es parte constitutiva del mundo de la vida.

La concepción filosófica de la “representación especular” fue uno de los temas principales del Círculo de Viena y del positivismo lógico. Esta propuesta sobre el lenguaje y el conocimiento en la ciencia durante el primer tercio del siglo XX tuvo un fuerte impacto en los círculos académicos. Wallerstein (2005) observa que en la cultura occidental se acostumbró a pensar que la “ciencia” era el único medio capaz de ofrecer conocimientos certeros, dado que la filosofía, la teología y la sabiduría popular ofrecían verdades discutibles. Esta idea, que se sustenta en la objetividad y supuesta certeza especular del conocimiento científico, no es otra cosa que un postulado ideológico y cultural dominante que se conoce con el nombre de “cientificismo”. El “cientificismo” es la postura ideológica responsable del “monismo metodológico” (von Wright, 1987) en el contexto de la naciente ciencia social, esto es, la imposición de la metodología de las ciencias físico matemáticas a las ciencias sociales y, consecuentemente, la imposición de un tipo de “saber” para lo social. Si estas últimas querían ser “ciencia”, entonces, debían investigar su objeto de estudio del mismo modo que lo hacían las ciencias naturales: como un fenómeno natural del que se puede “hablar” y “escribir” con certeza absoluta. De aquí que el “cientificismo” es la postura que defiende la idea de que “la ciencia es desinteresada y extrasocial, que sus enunciados de verdad se sostienen por sí mismos sin apoyarse en afirmaciones filosóficas más generales y que la ciencia representa la única forma legítima del saber” (Wallerstein, 2005: 19).

Durante los últimos 20 años, se puso en tela de juicio a la ciencia y esto permitió poner sobre el tapete la serie de sus postulados ideológicos. De estos cuestionamientos surge que la ciencia también es ideológica, subjetiva y poco fiable, en la medida que es posible distinguir en las conceptualizaciones científicas muchas premisas metafísicas que reflejan las posturas dominantes de cada época. Según Wallerstein (2005; 2006), los científicos elaboran el conocimiento, la imagen discursiva de las cosas, entre dos aspectos situados: entre un “sesgo deliberado” y un “sesgo estructural” o institucionalizado. Esto significa que los científicos están sujetos a muchas presiones internas y externas, presiones que condicionan la producción del conocimiento y, por lo tanto, lo que éste dice, afirma, niega o pone en duda. La premisa de la “objetividad” supone que los investigadores actúan de manera “desinteresada”, o sea, que hay neutralidad valorativa en el conocimiento. La “objetividad” entonces implica que el científico investiga

todo lo que exige la lógica de su análisis y los modelos emergentes de los datos, y estará dispuesto a publicar los resultados incluso si la publicación afecta las políticas sociales que él apoya o daña la reputación de colegas que admira (Wallerstein, 2005: 18).

No obstante, como se dijo, los científicos no son investigadores aislados de los contextos sociopolíticos y culturales, sino partes constitutivas de éstos. Entre las distintas presiones que recaen sobre los científicos, puede decirse que, en lo que hace a las “internas”, éstos tienen valoraciones personales que condicionan la elección de las premisas teóricas; y, en lo que respecta a las “externas”, los científicos experimentan presiones de los gobiernos, de ciertas instituciones o personas influyentes y colegas. De este modo, la ciencia social no puede producir un conocimiento o una imagen discursiva de las cosas que sea “objetiva” en los términos planteados por el “cientificismo”, esto es, como verdad certera y no condicionada por el objeto y por el entorno sociocultural del investigador. De aquí que Wallerstein piensa que, en última instancia, una manera prudente de pensar la ciencia y el conocimiento científico es a partir de los siguientes dos enunciados:

1) Hay un mundo que trasciende nuestra percepción, que siempre ha existido y siempre existirá. Ese mundo no es un producto de nuestra imaginación. Con este enunciado, rechazamos concepciones solipsistas del universo. 2) Ese mundo real puede conocerse parcialmente por métodos empíricos y el conocimiento obtenido puede resumirse en teorizaciones heurísticas. Aunque no es posible conocer íntegramente el mundo ni, por cierto, predecir el futuro correctamente (pues el futuro no está dado) resulta muy útil ir en busca del saber para tener una interpretación más acabada de la realidad y mejorar las condiciones de nuestra existencia (Wallerstein 2005: 19-20).

Si la “objetividad” implica un abordaje inteligente y honesto, pero no desinteresado, ¿cómo es posible entender este valor cognitivo en las ciencias sociales? Al ser condicionado el modo de producción de saber, ¿cómo es el conocimiento o la imagen discursiva del mundo o del fenómeno estudiado en un marco de presiones internas y externas? Siguiendo en la lógica argumentativa de Wallerstein (2005; 2006), Schuster y Pecheny (2002) consideran que es preciso separar el concepto de “objetividad” del de “neutralidad valorativa” a la hora de pensar la actividad cognitiva de la ciencia social, en la medida que no existe entre ambos un vínculo natural e inseparable. Esta posición se fundamenta en el postulado crítico de Habermas sobre la “objetividad” en dicho tipo de ciencias. Habermas observa que la ciencia no puede asegurar la objetividad de su conocimiento recurriendo al ficticio papel del científico como “observador desinteresado” y, por lo tanto, situado en un lugar utópico fuera del contexto vital. Por el contrario, la “objetividad” en las ciencias sociales es posible a partir del reconocimiento situado del investigador, del valor crítico y del posicionamiento teórico asumido por aquel. Es decir, “para aspirar a la objetividad en las ciencias sociales es necesario juzgar, tomar partido” (Schuster & Pecheny, 2002: 239).

Con esta redefinición del concepto de “objetividad”, Habermas apunta a que el conocimiento científico social es un saber que pretende “comprender” el sentido subjetivo de las “acciones” que se quieren explicar y, para esto, es necesario conocer los “criterios” sobre los que se sustenta la acción y que son compartidos por los interlocutores. Asimismo, el científico social debe reconocer que estas acciones y sus criterios se basan en “razones”, puesto que un actor social tiene justificaciones para sus acciones, y que estas sólo pueden ser “comprendidas”. Ahora bien, Habermas sostiene que, para explicar en ciencias sociales,

es necesario comprender el sentido de las acciones, para comprender dicho sentido es necesario comprender las pretensiones de validez inherentes a las acciones, dichas pretensiones se apoyan argumentativamente en razones que son susceptibles de juicio, por ende explicar en ciencias sociales implica juzgar (Schuster & Pecheny, 2002: 240).

La producción de conocimiento se basa entonces en el acto crítico del científico, en el posicionamiento teórico y en los juicios dentro de un marco de condicionantes circunstanciales. El saber que se produce no puede pensarse como una representación neutra, como una imagen discursiva que refleja lo estudiado tal como el objeto es. Los condicionantes sociales, culturales y políticas, más el acto de juzgar del científico, si bien producen un saber condicionado desde distintos sectores, no quiere decir que el conocimiento social se invalida o se anula. Al contrario, el conocimiento es más inteligente y honesto en la medida que lleva en sí mismo el reconocimiento de los aspectos epocales que lo constituyen. No obstante, es preciso señalar que la imagen discursiva de los sujetos estudiados no sólo es el resultado de la serie de condicionantes contextuales, sino también, como indican Foucault (1968) y Wallerstein (2005; 2006), es el producto de una interpelación por parte del objeto investigado, puesto que éste es un “sujeto” o una conciencia.

En este sentido, Foucault (1968) advierte, en su análisis del cuadro Las Meninas de Diego Velázquez, que el rol del sujeto en la representación clásica –o isomórfica reflejante– se encuentra desdibujado o negado. Para el filósofo francés, el cuadro de Velázquez es una producción artística que representa la “representación” clásica, pero, a su vez también, es una crítica a ésta desde el punto de vista de las ciencias sociales. El cuadro

intenta representar todos sus elementos [los de la representación isomórfica], con sus imágenes, las miradas a las que se ofrece, los rostros que hace visibles, los gestos que la hacen nacer. Pero allí, en esta dispersión que aquella recoge y despliega en conjunto, se señala imperiosamente, por doquier, un vacío esencial: la desaparición necesaria de lo que la fundamenta —de aquel a quien se asemeja y de aquel a cuyos ojos no es sino semejanza. Este sujeto mismo —que es el mismo— ha sido suprimido. Y libre al fin de esta relación que la encadenaba, la representación puede darse como pura representación (Foucault, 1968: 25).

Para Foucault, Las Meninas no sólo desdibuja de la escena al sujeto cognoscente y, en consecuencia, la representación se representa “pura”, sino también tiene la particularidad de poner al descubierto la imposibilidad de ésta en las ciencias sociales por la inseparabilidad entre los componentes gnoseológicos: sujeto y objeto. Foucault sostiene que el cuadro

ofrece todo el ciclo de la representación: la mirada, la paleta y el pincel, la tela limpia de señales (son los instrumentos materiales de la representación), los cuadros, los reflejos, el hombre real (la representación acabada, pero libre al parecer de los contenidos ilusorios o verdaderos que se le yuxtaponen) (1968: 20-21).

En el cuadro, Velázquez se muestra pintando en un gran lienzo a los modelos que virtualmente se encuentran en la posición del espectador. El lienzo está de espaldas a éste y de frente al pintor, mientras que los demás personajes del cuadro, la infanta, las meninas, los enanos y el hombre al fondo en la escalera, se encuentran, en su mayoría, con la mirada puesta hacia los modelos. Respecto de esto último, al fondo, detrás del pintor y de la infanta, un espejo refleja a los modelos que Velázquez retrata en el gran lienzo de la izquierda: el Rey Felipe IV y su esposa Mariana. Ahora bien, con la mirada que arroja el pintor hacia el espacio invisible del espectador le indica a Foucault (1968) que este último se incorpora al cuadro en una relación de “reciprocidad”. Tal observación le permite pensar en cómo es en realidad la relación gnoseológica y el conocimiento que se produce en esta. Si se piensa al espectador como un científico que observa el cuadro como a un objeto distante de conocimiento, es posible inferir que el espectador ve al cuadro como una escena que se ofrece a su representación, pero que, si se detiene en la mirada del pintor, el espectador y aquello que lo rodea pasa a convertirse en una escena que se escruta y ordena desde la perspectiva del cuadro, particularmente, desde la del pintor. Esto significa que la relación entre sujeto y objeto de conocimiento en las ciencias sociales no es de distanciamiento radical, sino que los acontecimientos, que son productos de sujetos o conciencias, tienen niveles de incidencia en quienes los investigan. El vínculo gnoseológico no es formal y pasivo, sino de “pura reciprocidad” entre racionalidades, puesto que, en este lugar preciso,

el contemplador y el contemplado se intercambian sin cesar. Ninguna mirada es estable o, mejor dicho, en el surco neutro de la mirada que traspasa perpendicularmente la tela, el sujeto y el objeto, el espectador y el modelo cambian su papel hasta el infinito […] ¿Vemos o nos ven? (Foucault, 1968: 14).

La disposición del cuadro y sus personajes se desdobla en este juego de “reciprocidad”. Tal juego es un aspecto crítico que pone en cuestión la “objetividad” del conocimiento científico, “objetividad” que el cientificismo había impuesto para las nacientes ciencias sociales (Wallerstein, 2006). En la pintura de Velázquez, lo que ven todos los personajes del cuadro —o sea, los modelos— son también los personajes a cuyos ojos se ofrecen como una escena que contemplar, de manera que “el cuadro en su totalidad ve una escena para la cual él es a su vez una escena” (Foucault, 1968: 23). El hecho de que el espectador-científico sea contemplado por aquello que observa, quiere decir que la relación sujeto-objeto de conocimiento es un vínculo interdependiente, constante y significativo por la naturaleza similar de ambos componentes. El sujeto no es una entidad distante del objeto, sino una racionalidad condicionada por las particularidades y comportamientos del objeto, que es, a su vez, un sujeto. Si bien en las ciencias naturales los fenómenos tienen cierta independencia de la racionalidad del científico, esto no es posible en el campo de las ciencias sociales, en el que el objeto de conocimiento es un sujeto situado en un marco de condicionantes circunstancial. Dicho en términos de Foucault (1968), el objeto es como el pintor que examina a quien lo examina.

2.2. El cuento de ficción como un símil del problema de la representación en la relación sujeto-objeto-imagen discursiva

El cuento fantástico Continuidad de los parques de Julio Cortázar permite pensar, desde un recurso literario, la crítica al formalismo del lenguaje, que supuso la presunta identidad de forma entre la estructura del mundo y la estructura del lenguaje. Sin pretensiones de un análisis exclusivamente literario, algunos recursos propios de la narratología permiten exponer los marcos ontológicos que dan cuenta de la imposibilidad de la separación gnoseológica entre sujeto y objeto de conocimiento. En términos de Foucault (1968), identificar el “punto de fuga” permite presentar una fisura discursiva, fisura que proyecta la interacción significativa y constante entre sujeto-objeto en la construcción del discurso científico. De aquí que la imagen discursiva del mundo, la representación de éste por parte del lenguaje, no puede ser especular, sino el resultado de una construcción interactiva, siempre “interesada”.

El discurso de ficción, en cuanto objeto, debe ser entendido en esta primera instancia como la construcción artística de los acontecimientos de una historia que crean una realidad, la ordenan y la organizan, constituyendo así la modalidad lingüístico-comunicativa de lo acontecido, es decir, el reflejo aparentemente biunívoco y sin ambigüedades sobre la imagen discursiva del mundo. Todo discurso de ficción se crea sobre la base de una διήγησις (diégesis) que estructura los hechos pero que, a su vez, cuenta con un ordenamiento interno devenido del tiempo del “relato” y del tiempo de la “historia”. El “relato” alude a cómo se narran los acontecimientos, mientras que la “historia” es el argumento que se cuenta. Ambos poseen tiempos diferentes en los que se presentan anacronías, pausas y asincronías, diferencias aspectuales que, aunque no se desarrollan en profundidad, son de utilidad para establecer dicha fisura discursiva.[9] De esta manera, la “narración” es el acto productor del que se desprenden y forman parte el “relato” y la “historia”. Continuidad de los parques posee la particularidad de romper con el esquema del discurso unilateral, aquella construcción que se circunscribe a una sola historia lineal, y elabora un discurso en el que se concatenan dos historias bajo la dirección de un solo relato. Teniendo en cuenta esto, puede entenderse que el tiempo del relato en el cuento implica dos momentos en el desarrollo de hechos aparentemente aislados (historia “a” e historia “b”), pero que luego se unifican conformándose como una continuación cíclica. Si se toma la figura del personaje como a la de un investigador y el desarrollo de las acciones como el camino del quehacer científico, puede hacerse más evidente la coyuntura crítica sobre si es posible hacer “análisis científicos que no sean cientificistas” (Wallerstein, 2005: 21), entendiendo a la ciencia como desinteresada, neutral en cuanto a valoraciones sociales. La tan afamada “verdad incuestionable” se ve atravesada por una narración que tiene como eje un relato presuntamente especular que termina decantando en una visión sesgada y heurística de la imagen del mundo.

En la estructuración de manera lineal presentada por Cortázar, la historia “a” introduce a “b” y ésta, a su vez, vuelve a introducir a “a” pero ya desde una perspectiva intradiegética. Este proceso cinético que se aborda desde la narrativa de ficción no hace más que poner nuevamente en discusión la fiabilidad de “los métodos y la cosmovisión epistemológica de la mecánica newtoniana” (Wallerstein, 2005: 25), la que presuponía la posibilidad de descubrir conocimiento con extremo valor de certeza. La historia “a” describe el hecho puntual de un hombre que retoma la lectura de una novela:

Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos […] Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descasaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles (Cortázar, 2014: 9).

A través de esta focalización del hombre leyendo una novela, puede evidenciarse la perspectiva en la que se presenta: se explicita un acercamiento hacia el personaje, sus acciones y el entorno que lo rodea. Más adelante en el texto la focalización cambia, se hace mención ya no al hombre que lee la novela sino a los personajes de ésta, introduciendo así la historia “b”. Sin embargo, no será hasta las últimas líneas del final del cuento en el que el desenlace de “b” vuelve a introducir a “a” pero ya no desde una focalización paralela, sino más bien ulterior:

Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo la novela (Cortázar, 1959: 10-11).

Aunque un tanto más breve, es esta última oración la que recupera las mismas pormenorizadas descripciones[10] que sirven de nexo ad infinitum entre “a” y “b”. Las descripciones del escenario (el sillón de terciopelo verde y su alto respaldar, los ventanales y el hombre que lee de espaldas hacia la puerta del estudio) y de la conciencia del personaje apuntan hacia un desplazamiento de la independencia entre sujeto y objeto, lo que trae como consecuencia una crítica a la presunta formalidad pura del lenguaje y de su representación. Tras un giro sutil en la narración, se introduce al personaje que lee la novela en la historia “b” ya no como personaje-lector, sino como personaje-protagonista, es decir, el sujeto que, en principio observa-lee desinteresado, ahora se ve inmerso dentro del proceso. El aparente paralelismo entre “a” y “b” se rompe cuando, ya hacia el final del cuento, el narrador retoma una secuencia descriptiva precisa que da cuenta de la “fisura” discursiva entre las historias “a” y “b”. Tal fisura denota a un personaje-investigador que, lejos de observar al objeto con distancia, se involucra de tal forma que termina siendo parte del objeto al cual observa, algo que puede entenderse como una construcción cognitiva de “interacción significativa” (Schuster, 2002). Esta interacción aborda la interpretación y reinterpretación de los hechos que han ido alternándose en la construcción del discurso de ficción, hechos especulares desarrollados en escenarios aparentemente diferentes ya que “al parecer, las palabras y las imágenes se implican inevitablemente en una “guerra de signos” (lo que Leonardo llamó paragone) en la que lo que se discute son cosas como la naturaleza, la verdad, la realidad y el espíritu humano” (Mitchell, 2016: 71).

Retomando el símil del investigador, el discurso de ficción da cuenta de las marcadas diferencias entre el mundo social y el mundo natural, diferencias que motivan dicho punto de fuga. Sin embargo, el nexo ad infinitum entre “a” y “b” no hace más que reflejar una suerte de “puente de Einstein-Rosen” entre lenguaje (lectura de la novela) y mundo (acciones dentro de la novela). La fisura discursiva rompe con la separación entre sujeto (personaje-lector) y objeto (novela-hecho), generando así una interdependencia entre ambos términos y, a su vez, incorporando la “racionalidad” como propiedad del objeto y no únicamente de su investigador. La traslación de “a”-“b” /sujeto-objeto da cuenta no solo de la ­ruptura de una lógica lineal, sino también de la inestabilidad que se teje en todo el cuento. La aparente representación idéntica de la naturaleza de las cosas sufre un quiebre al denotar que el científico ya no responde a las estructuras del sistema-mundo anterior, sino que, más bien, apela y se involucra en los desafíos que plantean las nuevas estructuras del saber de las ciencias sociales. Esto significa que el investigador, el científico, no sólo forma parte del contexto sociocultural y político en el que desarrolla su actividad, sino también se encuentra comprometido con él en una constante interacción. Como bien señala Foucault en su análisis de Las meninas, “ninguna mirada es estable o, mejor dicho, el sujeto y el objeto, el espectador y el modelo cambian su papel hasta el infinito” (1986: 14). De este modo, es evidente que dicho proceso de traslación pone en discusión hasta qué punto no es el personaje-investigador parte de este “juego de representación”. En palabras de Goodman,

Un objeto se parece a sí mismo en grado máximo pero rara vez se representa a sí mismo; el parecido, a diferencia de la representación, es reflexivo. Una vez más, a diferencia de la representación, el parecido es simétrico: B se parece a A y A es como B, pero mientras que una pintura puede representar al Duque de Wellington, el Duque no representa a la pintura. Por otro lado, en muchos casos ninguno de los automóviles de una línea de ensamblaje es la misma imagen de los otros; y un hombre normalmente no es una representación de otro hombre, ni siquiera la de su hermano gemelo. Claramente, el parecido en cualquier grado no es condición suficiente para la representación… y tampoco es necesario para la referencia: casi cualquier cosa puede representar a otra. Una imagen que representa un objeto, al igual que un pasaje que lo describe, refiere a él, y, más particularmente, lo denota. La denotación es el corazón de la representación y es independiente del parecido (Tomado de Mitchell, 2016: 83).

En este sentido, las palabras de Goodman refieren a las infinitas formas de representación que no hacen más que remarcar la inestabilidad especular de los objetos que se representan. Este quiebre o fisura imprime nociones paradojales que desestabilizan la linealidad de una lógica que da por supuesto una estructura objetivista, aquella que impone una distancia entre sujeto-objeto. El problema de la representación en la relación sujeto-objeto-imagen discursiva, en este sentido, debe ser entendida como un juego visual que transgrede la idea de la imagen científica del mundo, es decir, aquella que tiende a ser desinteresada. Al igual que las obras de Escher, la imagen discursiva del mundo, en este símil entre discurso de ficción y discurso del quehacer científico, posee una contrapartida de su representación: la dualidad que se desprende de la tensión que existe entre texto e imagen.

El interrogante “¿vemos o nos ven?”, que en el caso de este cuento es el personaje que se ve a sí mismo leyendo la novela en la que está inmerso, da cuenta de la correlación sujeto-objeto, y atiende no solamente de manera interna a las partes que contribuyen al problema de la representación en la relación texto-objeto-imagen discursiva, sino que esa fisura excede los límites del lenguaje y lleva a que el personaje-lector intervenga necesariamente en la estructura del mundo, ya que, en la postura de Barthes, “el texto produce (inventa) un significado enteramente nuevo que, en cierta manera, resulta proyectado de forma retroactiva sobre la imagen, hasta el punto de parecer denotado por ella” (Tomado de Aparici et. al., 2009: 183). La convergencia sujeto-objeto, entonces, encuentra su justificación en la existencia de un mundo que atraviesa nuestra percepción, un mundo que puede ser conocido sólo en partes a través de distintos métodos empíricos arrojando como resultado un conocimiento devenido de otros métodos poco rigurosos. En palabras de Schütz, “en la medida en la que uno comprende cómo se ve el mundo desde donde están los demás sujetos, existe una reciprocidad de perspectivas que permite el diálogo y la comunicación” (Tomado de Schuster, 2002: 245).

Reflexiones finales

La mediación del lenguaje o sistemas de signos lingüísticos en la relación sujeto-objeto de conocimiento puso sobre la mesa el problema del conocimiento científico y de la representación. De estas discusiones epistemológicas derivó una concepción “figurativa” del lenguaje científico, la que estableció cierto valor de verdad y rigor a las proposiciones científicas. El “atomismo lógico” de Russell y del primer Wittgenstein trazó los límites del conocimiento científico, ya que este se definía como objetivo, universal y transparente. La posibilidad de reflejar una parcela del mundo mediante el lenguaje era posible gracias a una cierta correspondencia entre las operaciones lógico-matemáticas de la mente y la multiplicidad de objetos que existen en la realidad. El mundo puede ser captado en su estructura gracias a que el lenguaje, que se usa para referirse a él, es idéntico en su forma. De este modo, las proposiciones son una suerte de “dibujo” de una situación real, es decir, comprender una proposición equivale a conocer la situación que ella representa: el texto es, entonces, un modelo o figura de la porción del mundo referida.

La identidad de forma entre lenguaje y mundo, develada presuntamente por la lógica simbólica, implica otros aspectos en el conocimiento científico o en el texto científico: la objetividad como neutralidad valorativa. La objetividad implica un tipo de conocimiento en el que no participa la estructura valorativa del científico, de modo que la representación de una parcela de la realidad no se encuentra modificada por la experiencia personal del investigador, sus intenciones y deseos, sus sistemas de valores y el contexto social e institucional del que forma parte. Si el lenguaje es figura o mapa del mundo, quiere decir que el sistema de signos lingüísticos recibe la información de un cierto estado de cosas sin la intervención activa del científico. Sin embargo, la participación del sujeto cognoscente y de su bagaje cultural e histórico en el proceso cognitivo no es neutral y, por lo tanto, objetiva. El escrutinio de la realidad y la conformación de teorías y de hipótesis acerca de ella no son procesos ajenos al contexto social, político, ideológico, cultural e institucional de quien es investigador. En este sentido, es preciso indicar que, en el caso de las ciencias naturales o ciencias duras, la objetividad se da con un mayor grado de neutralidad que en las ciencias sociales, dado que los fenómenos naturales no son conciencias situadas capaces de interpelar al sujeto-científico. Pero, más allá de esta independencia entre sujeto y objeto, que la investigación biológica, física, astrofísica, química o de cualquier otro campo especialista sea “más” neutral que la realizada por un sociólogo, un psicólogo o un economista social, no equivale a decir que sea objetiva al modo en que lo planteaba el análisis lógico del lenguaje científico. Basta con pensar en la participación o intervención de una institución científica, de una universidad, de un laboratorio o de un gobierno para despejar las dudas de la plena neutralidad valorativa o desinterés del científico natural.

La crítica a la idea de neutralidad valorativa por la intervención de factores sociales, culturales e institucionales en la producción del conocimiento arrojan como resultado que el texto científico no es una imagen especular del mundo, sino una construcción discursiva en la que, más allá del rigor metodológico y probatorio que la respalda, hay una importante intervención activa del sujeto cognoscente. En el caso de las ciencias sociales, objeto de esta investigación, hay que indicar que a la participación de bagaje cultural del investigador se le suma el hecho de que el objeto estudiado es, a su vez, un sujeto. Aquí la distancia necesaria entre sujeto y objeto que garantiza la neutralidad valorativa en el proceso de investigación no es posible, por lo que el saber no será el resultado de una recepción pasiva del conocimiento en un lenguaje lógicamente depurado e idéntico a la estructura del mundo, sino el efecto de una interacción significativa entre sujeto y objeto de conocimiento. Por ejemplo, el proceso discursivo planteado en el texto de ficción da cuenta de que es posible romper con la estructura de una lógica recalcitrante y estable, cuya gnoseología clásica disponía encasillar al sujeto y al objeto como dos entes antagónicos en el que el primero necesariamente observa al segundo, sin la posibilidad de vincularse mutuamente. Sin embargo, la idea de subjetividad dentro de las ciencias sociales ha demostrado un cambio de “interacción” entre sujeto y objeto, dejando de lado aquella imposibilidad de que el objeto pueda pensarse a sí mismo y dotándolo de una aparente independencia que termina por convertirse en un feedback cognitivo de representación. Continuidad de los parques ilustra, desde la construcción discursiva del mundo, el desplazamiento aparentemente inalterable del observador y el objeto a observar; el símil del científico que termina por ser el mismo objeto al cual investiga no hace más que presentar la fisura de la depuración del formalismo del lenguaje en una difusa representación de la imagen del mundo, puesto que las aparentes descripciones especulares no son más que un mero punto de vista, careciendo parcial o totalmente de valor de certeza. Esta construcción interactiva, entonces, supone la necesaria intervención del objeto como hacedor de conocimiento y no solamente como mero instrumento. La analogía entre la narrativa de los hechos y el quehacer del investigador arroja una severa crítica hacia la estructura cientificista y objetivista del conocimiento: el sujeto ya no puede actuar desinteresadamente, necesariamente se ve atravesado por un sinfín de circunstancias que actúan sobre él y lo impulsan a involucrarse directamente en el proceso.

No obstante, el hecho que el investigador se involucre con su objeto de estudio, en todos los sentidos aquí analizados, no quiere decir que el producto de la ciencia sea objeto de una apreciación relativista del tipo “todo vale”. Tal vez un planteamiento sobre los métodos de producción de conocimiento, en un trabajo ulterior, permita reflexionar más a fondo sobre esta cuestión, a los fines de plantear como dos tópicos no determinantes la imposibilidad de separar al sujeto del objeto y el problema del saber objetivo o justificado.

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  1. El giro lingüístico” fue un concepto acuñado por Bergmann en 1969 y hecho célebre por la colección de ensayos editados por Richard Rorty en 1968 (Aurell 2004).
  2. Una primera reflexión sistemática sobre el problema del lenguaje y su significado es la desarrollada por Platón, en su diálogo Crátilo.
  3. No existe un rasgo común que atraviese las actividades de todos los filósofos “analíticos” del lenguaje. Por esta razón, no se puede definir un concepto de “filosofía analítica” que exhiba todos los casos de filosofía analítica. Para un desarrollo de los distintos modos de entender y aplicar el “análisis” como estrategia metodológica de los filósofos analíticos del lenguaje (Cfr. Stroll, 2002: 1-12)
  4. Por medio de la teoría de las descripciones se puede explicar por qué no es válido el “argumento ontológico” de Anselmo de Canterbury (Cfr. Stroll, 2002: 23-30).
  5. En el caso de Frege, el sentido es algo diferente. Frege sostiene que, para propósitos lógicos, debe evitarse utilizar el lenguaje corriente. Según este filósofo, si bien se hace uso de él para expresar emociones y ciertos matices de significado, resulta inadecuado para un sistema de ciencia demostrativa, puesto que los lenguajes corrientes tienen un defecto: hay expresiones cuya forma gramatical parece determinada para designar un objeto, pero esta condición no se ve satisfecha en algunos casos concretos, dada las fluctuaciones de sentido que los caracteriza (Cfr. Stroll, 2002: 14).
  6. Las propuestas de estos pensadores mantienen algunas diferencias. Si bien resulta muy importante realizar un estudio comparativo entre ambas, tal examen implica un trabajo muy extenso y complejo que amerita un tratamiento aparte.
  7. Tarragona (2015) elabora una reconstrucción sobre las discusiones acerca del lenguaje durante los siglos XVII y XVIII en Europa, discusiones que son la base teórica del linguistic turn que aquí se expone. El planteo recorre el debate entre las tendencias racionalistas y abstractivas que proyectaban lenguajes perfectos y quienes defendían la posición de las lenguas naturales y su intrínseca significación (Cfr. Tarragona, 2015: 115-172).
  8. También puede leerse algo similar en su anotación 3.203, en la que indica que todo “nombre” refiere siempre a un “objeto” y, por lo tanto, éste es su referencia (Wittgenstein, 2009).
  9. Desde la óptica de la crítica literaria podemos entender esta “fisura discursiva” como un proceso de “metalepsis”, es decir, un tropo metonímico que explicita el consecuente (lo que sigue) para dar a entender el antecedente (lo que precede), o el antecedente para dar a entender el consecuente. La metalepsis, según Genette “deriva a la vez, o sucesiva y acumulativamente, del estudio de las figuras y del análisis del relato” (2004: 7).
  10. Se llama “hipotiposis” al recurso retórico que permite vislumbrar descripciones eficaces de algo o alguien. En este caso, el empleo de la hipotiposis permite vehiculizar el desplazamiento entre sujeto-objeto, puesto que establece las uniones entre las historias “a” y “b” a través de un único relato cargado de descripciones clave.


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