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Mortificación laboral[1]

La biopolítica de los mercados laborales

Ana Cárdenas Tomažič y Alberto L. Bialakowsky[2]

Introducción

Uno de los temas centrales en los estudios del trabajo ha sido la crítica a la regulación del trabajo y el así llamado “problema de la transformación” (Marx 2008 [1867]; Offe 1984; Deutschmann 2002): El aseguramiento de la disponibilidad de fuerza de trabajo en el mercado laboral y su regulación en el marco de los procesos de trabajo. En el marco de dicho análisis, salvo en el capítulo de la acumulación originaria, se ha tendido a soslayar el carácter extintivo del sistema capitalista y su función como amenaza real o latente sobre la fuerza de trabajo. A la luz de la persistencia de altos niveles de muertes laborales a nivel mundial (ILO 2017), se vuelve central pensar críticamente la regulación del trabajo considerando dentro de sus medios y consecuencias no sólo la preservación de la fuerza laboral, sino también su extinción. En este este capítulo se esbozan reflexiones e interrogantes a partir de la bio-, tanato- y necropolítica, en orden a visibilizar y cuestionar la raíz extintiva de la relación capital-trabajo.

1. Sobre la transformación: cuestiones conceptuales en debate

Punto de partida de nuestra reflexión es el objeto de “trabajo” mismo, el que como práctica social debe ser considerada una actividad colectiva coproductiva, tanto en y con la naturaleza social y ambiental (Tapia, 2014).  Resignificado el trabajo como hecho social y siguiendo a Deutschmann (2002), entendemos la regulación aplicada al trabajo como “dos momentos transformativos” que, pese a que la literatura suele abordarlos de manera diferenciada, en la práctica se encuentran estrechamente ligados entre sí con miras a asegurar el uso de la fuerza de trabajo, la creación y extracción de su valor. Concretamente, pueden considerarse instancias transformativas las siguientes:

  1. La transformación política-gubernamental del trabajo orientada a asegurar la disposición al trabajo (remunerado y no remunerado) por parte de los individuos, familias y poblaciones en cada sociedad.
  2. La transformación empresarial-capitalista de la fuerza de trabajo disponible para el rendimiento efectivo de su captura (bio)psíquica mediante diversas tecnologías de gobierno gerencial relativas a los procesos de trabajo (véase también Braverman, 1980).

Al respecto, uno de los principales aportes de la teoría de la regulación del trabajo ha sido destacar el carácter “no evidente” (Lenhardt/Offe 1977: 98) de la movilización de las poblaciones a vender su fuerza de trabajo en el mercado laboral. De hecho, la disposición a vender la propia fuerza de trabajo es el resultado histórico de diversas abstracciones e intervenciones político-estatales en las relaciones sociales que estructuran y regulan los mercados de empleo (Polanyi 1944; Lenhardt/Offe 1977; Berger/Offe 1984; Lessenich 2009) y con ello también el trabajo reproductivo (entre otros, Nickel 2000; Godoy et al. 2009). Al mismo tiempo, los estudios de la regulación del trabajo han venido visibilizando y analizando sistemáticamente los diversos mecanismos de control y regulación aplicadas sobre la masividad laboral (Coriat, 1993) así como también sobre la modulación de la subjetividad (Dejours, 2006) y el extrañamiento colectivo [1] en el marco de los procesos de trabajo (Bialakowsky y Antunes, 2009; Bialakowsky et al. 2013).

En este mismo sentido, en publicaciones anteriores hemos descrito y analizado el modo en que históricamente los Estados y las empresas modulan las poblaciones en términos de fuerza de trabajo para luego asegurar su uso económico, en tanto principal recurso del proceso de (re)producción (Cárdenas/Bialakowsky, 2015; Bialakowsky/Costa, 2017; Bialakowsky/Cárdenas, 2017). Al respecto, hemos argumentado que dicho proceso de transformación se lleva a cabo para establecer tanto la estructura como el funcionamiento de los mercados de empleo. Ello significa concretamente:

  1. La transformación abstracta del tiempo de vida en tiempo de trabajo y no trabajo.
  2. El establecimiento de un valor abstracto cronometrado del trabajo, el que se constituye en un valor medio (de cambio) escindido de su sustentación subjetiva y social.

Es precisamente sobre la base de estas prácticas sociales de abstracción que se establece hasta hoy un forzamiento constante, radicando en éste la imposibilidad social originaria para el establecimiento de un “trabajo sustentable” (véase Bialakowsky/Cárdenas, 2017). De hecho, en el centro de dichas prácticas transformativas de la fuerza de trabajo no se encuentra hasta el día de hoy la preservación de los recursos humanos, sino su utilización y explotación productiva. Es así como en el marco del llamado “capitalismo flexible” (Sennett, 1998, 2005) la regulación de trabajo es estructurada básicamente a partir de dos modos de regulación complementarios:

  1. La precarización del trabajo, es decir, la des- y re-regulación del empleo keynesiano mediante una creciente incorporación de contratos de trabajo definidos, de escasa o nula protección social y desprendidos de toda negociación colectiva (Castel, 1995; Castel/Dörre, 2009; Kalleberg, 2012).
  2. La subjetivación del trabajo, proceso mediante el cual se establece un control indirecto del trabajo caracterizado básicamente por un creciente autocontrol de los propios trabajadores respecto al modo de organización y ejecución de los procesos de trabajo (Moldaschl/Voß, 2002; Peters/Sauer, 2005; Lohr/Nickel, 2009).

Hasta el momento, estos modos de regulación post-fordista presentan costosas consecuencias para la fuerza de trabajo: Por un lado, se sostiene discursivamente el supuesto de un mayor grado de autonomía, pero por otro lado y desde la praxis, se tiende hacia a la intensificación del trabajo y a una mayor (auto)explotación. Es así como los padecimientos y las patologías laborales han tendido a multiplicarse, comprendiendo trastornos corporales musculares-esqueléticos, desórdenes cardíacos u otros metabólicos y diferentes formas de depresiones, entre otros (Neffa, 2013; Voss, 2017). En esta línea interpretativa de tipos de padecimientos laborales deben considerarse especialmente aquellos vividos por los grupos de trabajadores del precariado (entre otros, Antunes 2013), los trabajadores en las cárceles (entre otros, Cárdenas, 2010, 2011; Massaro, 2014), así como en general los trabajadores que laboran bajo las diversas formas de trabajo serviles y forzosos hasta hoy existentes (ILO, 2017a). En este contexto nos interesa avanzar en un marco teórico que permita comprender lo que hemos llamado “la mortificación laboral”, es decir, la extinción de la vida humana como práctica y amenaza latente de la regulación del trabajo. Para ello realizamos a continuación una revisión crítica e integración teórica de las perspectivas de la biopolítica de M. Foucault, la tanatopolítica de G. Agamben y especialmente de la necropolítica de A. Mbembe.

2. Trabajo y gubernamentalidades

La perspectiva conceptual de la biopolítica desarrollada por Foucault y el concepto de gubernamentalidad derivado de ésta en el marco de los así llamados estudios de la gubernamentalidad (Bröckling et al. 2000, 2011; Villadsen/Wahlberg 2015, entre otros) brindan un valioso instrumental para tematizar el modo neoliberal de gobernar la sociedad y con ello también los mercados laborales y los procesos de trabajo. Esto, pues su foco está puesto en el management físico y psíquico de las poblaciones por parte del Estado. Al respecto, partimos del supuesto que el trabajo mercantil se sitúa en un espacio de conflicto entre gubernamentalidades que van desde regulaciones biopolíticas hasta regulaciones de tipo tanato- y necropolíticas. En el marco de la etapa capitalista neoliberal son precisamente este último tipo de regulaciones las que parecieran adquirir una nueva actualización.

2.1. Trabajo y biopolítica

El constructo biopolítica puede ser comprendido básicamente como un tipo de racionalidad política propia de las sociedades dominadas por la hegemonía del pensamiento neoliberal, centrado en la reproducción del poder estatal sobre la base del control y el manejo de las poblaciones. Al respecto, gobernar, es decir, el ejercicio del poder constituye un acto “productivo” (Foucault 1975/2002): El “correcto” (re)ordenamiento de objetos (poblaciones, personas y cosas) y la relación entre estos para el logro de un determinado fin (o fines) (Foucault 1975/2002, 1991, 1996), en el marco del cual “(la) integración de los individuos a una comunidad o una totalidad es el resultado de la correlación constante entre una creciente individualización y un reforzamiento de esa totalidad”[3]. En estos términos, gobernar biopolíticamente supone el avance de una soberanía estatal para alcanzar el monopolio sobre la vida y la muerte de poblaciones dentro de una sociedad, colocando el acento sobre una u otra como ejercicio de dominación. Más específicamente, el management de las poblaciones se caracteriza por un proceso de “estatización de lo biológico”, en el marco del cual la vida y la muerte dejan de ser fenómenos naturales y comienzan a ser sujetados por el Estado sobre la base de su soberanía y el uso de la ley (Foucault 1975/2002, 1991).

Bajo gubernamentalidad se entiende entonces “el conjunto formado por instituciones, procedimientos, análisis y reflexiones, los cálculos y tácticas”[4] que permiten abordar el “problema de la población” (Foucault 1991), es decir, el manejo económico-político de las dinámicas poblacionales y los procesos económicos. Ejemplos gubernamentales concretos son, por un lado, el desarrollo de la estadística para la generación de conocimiento sociodemográfico y, por otro lado, las políticas públicas tales como las políticas sanitarias, educacionales, laborales, criminales, habitacionales, etc. (véase al respecto Bröckling/Krassmann/Lemke 2000, 2011; Castro, 2005; López Álvarez, 2010). Consecuentemente, la biopolítica o gubernamentalidad es un modo de gobernar caracterizado por “hacer vivir y dejar morir” (ibid.); es recién mediante el reconocimiento del ser humano como sujeto de derecho y deberes por parte de la voluntad estatal soberana y objeto de las intervenciones estatales el que le permite “nacer como ciudadano”, acaeciendo su “muerte” de la misma manera. Concretamente, el gobernar biopolíticamente se lleva a cabo mediante el uso de determinados saberes instrumentales, específicamente de diferentes “tecnologías” (Foucault 1988: 18):

  1. Las tecnologías de producción, las que habilitan la producción, transformación y/o manipulación de objetos.
  2. Las tecnologías de la comunicación, mediante las cuales es posible el uso de signos, símbolos y significados.
  3. Las tecnologías de la dominación, como aquellos dispositivos que determinan la conducta de los sujetos individuales y los someten a dominio mediante un control coercitivo y regulatorio de la población.
  4. las tecnologías de sí mismo, como aquellas tecnologías de auto-disciplinamiento y auto-transformación física y psíquica de los individuos “en orden a lograr un determinado estado de alegría, pureza, sabiduría, perfección o inmortalidad”[5].

A partir de estos fundamentos de la biopolítica es posible hacer una lectura específica respecto al mundo del trabajo, donde “el problema de la población” puede ser releído a partir del “problema de la transformación” ya discutido. En estos términos, la regulación biopolítica ya no puede ser entendida única y exclusivamente como una regulación de tipo estatal, como lo propuso Foucault, sino que requiere ser comprendida y analizada en términos de una “co-regulación biopolítica”. Esto, ya que el proceso de estatización de lo biológico y su consecuente monopolio estatal sobre la vida y la muerte del trabajador se plasman en el espacio productivo y en torno a los procesos de trabajo mediante el uso de las diversas tecnologías de modulación, específicamente de disciplinamiento y fabricación de “cuerpos dóciles” (Foucault 1975/2002: 126) acordes con las metas de rendimiento y productividad. La precarización y subjetivación del trabajo son precisamente ejemplos contemporáneos concretos del uso de estas diferentes tecnologías biopolíticas. En estos términos, el trabajador[6] adquiere recién vida en la medida en que ofrece su fuerza en el mercado laboral y es, al mismo tiempo, apropiada por un empleador[7]. Al respecto es central tener presente que éste posee:

  1. el poder de decidir o no sobre la compra de la fuerza de trabajo.
  2. el poder de decidir sobre las condiciones de trabajo y la utilización del tiempo de vida del trabajador.

Así mismo, las dinámicas de “co-regulación biopolítica” pueden ser comprendidas a cabalidad sólo si se considera que finalmente es el poder soberano gubernamental quien debe y puede controlar el cumplimiento de la legislación laboral, elaborada supuestamente para asegurar la sustentabilidad y con ello, el uso de la fuerza de trabajo a largo plazo. Este es un ámbito regulatorio que hasta hoy corresponde al monopolio del poder estatal.

En estos términos, el trabajo mercantil se constituye en una metáfora clara y simple: “trabajar es vivir, es existir”. Sin embargo y como ya hemos venido argumentando, esta afirmación sólo puede comprenderse en un contexto de secuestración (Foucault, 2016), es decir, de pérdida de soberanía sobre la propia existencia. Más específicamente, se existe en la medida que el sujetado se construye como trabajador/a[8] por efecto de esta “doble secuestración”, tanto estatal como managerial.

En el marco de la teoría capitalista clásica y contemporánea, autores como Rosa Luxemburg (1913) y David Harvey (2003) ya han reconstruido y destacado la dinámica capitalista de acumulación por desposesión y destrucción de los recursos existenciales. Tratando de avanzar en esta misma línea, específicamente en el análisis crítico respecto a la raíz extintiva subsistente en la relación capital-trabajo y sus fundamentos sociales, proponemos pasar de la biopolítica a las actualizaciones conceptuales que han sido hechas respecto a ésta tanto por la tanatopolítica como necropolítica. Esto, pues ambas perspectivas se centran específicamente en órdenes donde la extinción de la vida humana constituye un elemente estructural de aquellos.

A continuación, y de manera sintética, se exploran entonces los fundamente básicos de la tanatopolítica y necropolítica. Concretamente, mediante la discusión e integración de ambas perspectivas se intentan trazar fundamentos teóricos que permitan comprender las dinámicas extintivas y, a la vez, las posibilidades contemporáneas relativas a la sustentabilidad laboral.

2.2. Desde la tanatoplítica hacia la necropolítica

La tanatopolítica y la necropolítica son dos vertientes conceptuales postuladas por Giorgio Agamben y Achille Mbembe, respectivamente. El núcleo argumentativo de ambas perspectivas puede ser sintetizado de la siguiente manera: “dejar vivir y hacer morir”. Consecuentemente, ambas perspectivas constituyen referencias significativas que polarizan, complementan y precisan la perspectiva biopolítica respecto a las dinámicas extintivas sobre las cuales se funda el trabajo mercantil y la regulación de la fuerza de trabajo.

Más concretamente, el concepto de tanatopolítica se origina en el carácter paradójico del dominio biopolítico ya destacado por Foucault, donde el significado de la metáfora “hacer vivir y dejar morir” es trocado para colocar, en tanto contracara, su acento en el “hacer morir”. En este sentido, Giorgio Agamben centra su análisis en esta perspectiva negativa para destacar y reconstruir las prácticas de biopoder en los “estados de excepción”, es decir, en aquellos momentos históricos donde la legalidad ha quedado anulada o sustituida por el ejercicio arbitrario del poder estatal, siendo el nazismo y sus campos de concentración su máxima expresión.

“Es precisamente esa heterogeneidad la que comenzará, empero, a hacerse problemática en el momento de enfrentar el análisis de los grandes Estados totalitarios de nuestro tiempo en particular del Estado nazi. En efecto, en éste una absolutización sin precedentes del biopoder de hacer vivir se entrecruza con una no menos absoluta generalización del poder de hacer morir, de forma tal que la biopolítica pasa a coincidir de forma inmediata con la tanatopolítica.” (Agamben, 2002b: 87).

En el marco de estos “estados de excepción”, la producción mortífera no implica sacrificio trascendente alguno ni tampoco un delito punible:

“En la perspectiva de la biopolítica moderna tal vida se sitúa en cierto modo en la encrucijada entre la decisión soberana sobre esa vida suprimible impunemente y la asunción del cuidado del cuerpo biológico de la nación, y señala el punto en que la biopolítica se transforma necesariamente en tanatopolítica …” (Agamben, 2002a: 165).

Especialmente relevante para los propósitos de nuestra argumentación son las reflexiones de Mbembe acerca de la necropolítica. A diferencia de Agamben, Mbembe tematiza el derecho a matar ejercido desde los orígenes de la colonización hasta la época de la ocupación colonial de la modernidad tardía en el marco de lo que llamaremos el “estado de excepción permanente”. Partiendo de la misma fuente foucaultiana sobre la genealogía del racismo, así como, de las elaboraciones del mismo Agamben, la tesis central de Mbembe es que “la expresión última de la soberanía reside ampliamente en el poder y la capacidad de decidir quién puede vivir y quién debe morir” (Mbembe 2011: 19). Concretamente, este necropoder se traduce en la articulación entre la racionalidad instrumental, productiva y administrativa mediante la cual se define “quién tiene importancia y quién no la tiene, quién está desprovisto de valor y puede ser fácilmente sustituible y quién no” (ibid: 46).

En el marco de esta “soberanía vertical” (ibid.: 48) la subordinación “del otro” se construye a partir de una “fragmentación territorial” (ibid.: 47), mediante la cual se busca, vía ocupación territorial, separar y controlar al “otro” espacialmente. Se establecen así “mundos de muerte” (ibid.: 75), es decir, “formas únicas y nuevas de existencia social en las que numerosas poblaciones se ven sometidas a condiciones de existencia que les confieren el estatus de “muertos-vivientes” (ibid.), como han sido y en muchos casos aún lo son las plantaciones y las colonias.

Por último, respecto a estos “mundos de muerte” emergen diversos tipos de subjetividades que buscan situarse frente al necropoder más allá de la subordinación misma. Es así como “el superviviente” actúa bajo la lógica de “cada uno es el enemigo del otro” (Mbembe 2011, siguiendo a Canetti 1995: 66), es decir, “el horror experimentado durante la visión de la muerte se torna en satisfacción cuando le ocurre a otro” (ibid.). Por el contrario, “en el caso del “kamikaze” “el cuerpo se transforma en arma” y “mi (su) muerte va aparejada de la muerte del Otro” (ibid.: 67). 

3. Forzamiento y mortificación

La co-regulación biopolítica, específicamente necropolítica y con ello el forzamiento de las poblaciones a vender su fuerza de trabajo bajo cualquier costo, ciertamente ha sido matizada parcialmente en algunas sociedades bajo el desafío de conciliar capitalismo y democracia a través de una división de los poderes, el desarrollo de políticas sociales y una mayor participación sindical en los procesos de toma de decisión especialmente a partir de fines de la II. Guerra Mundial. Sin embargo, al respecto cabe tener presente tanto la amplia variedad de estados de bienestar (Esping-Andersen 1990) y tipos de capitalismo (Hall/Soskice 2001) así como también las ambivalencias y contradicciones propias del moderno Estado Social (Offe 1984; Lessenich 2012). Este, desde su origen e independientemente de su expresión específica, se ha caracterizado tanto por generar un mayor grado de protección e integración de la fuerza de trabajo y sus familias en relación a las dinámicas del mercado laboral así como por establecer dinámicas de normalización, dominación y con ello, de desigualdad social (ibid.)[9].

Actualmente, los procesos de reestructuración productiva y la consecuente emergencia de empresas multinacionales y cadenas globales de producción están transformando internamente la co-regulación biopolítica y con ello, las coordenadas en el marco de las cuales se ha estructurado la mortificación latente. Por un lado, el radio de acción de la regulación managerial supera hoy con creces el alcance de la regulación estatal, aún ligada al territorio nacional, tendencia que precisamente ha abierto la pregunta por la gobernabilidad de las cadenas globales de producción (Gereffi et al. 2005; Lee/Gereffi 2016). Al mismo tiempo, se ha producido una creciente transferencia de estos criterios manageriales hacia la concepción, la administración y el funcionamiento del Estado. No por nada hoy se habla del “New Public Management”, es decir, de la nueva administración pública.

En este contexto, ¿qué tendencias y consecuencias extintivas se observan hoy en el mundo del trabajo? Diversas son las evidencias empíricas que nos permiten avanzar en la reflexión crítica sobre la raíz extintiva del mundo del trabajo contemporáneo. Al respecto, una de las evidencias más claras es la persistencia de diversas formas de “esclavitud moderna” a nivel mundial. Se entiende ésta cuando

“una persona es explotada u obligada a contraer matrimonio y no puede rehusarse o irse debido a amenazas, violencia, coerción, engaño y/o abuso de poder” (ILO 2017a)[10].

De acuerdo a la Organización Internacional del Trabajo (OIT), aproximadamente 40.3 millones de personas fueron víctimas de alguna forma de esclavitud moderna, es decir, de evidente forzamiento en el año 2016. Respecto a este total, se estima que 24.9 millones de personas se encontraban en una relación laboral de tipo forzosa y 15.4 millones de personas, en especial mujeres, se encontraban en una relación marital de tipo forzosa. Bajo el término “trabajo forzoso” se comprenden todos aquellos trabajos y servicios exigidos a una persona en el marco de una situación de amenaza de castigo y respecto al cual aquella persona no se ha ofrecido libremente[11]. Dentro de dicha categoría se considera tanto el trabajo realizado ya sea para individuos, empresas privadas o el Estado, incluyendo el trabajo sexual forzoso. Al respecto, se estima que actualmente alrededor de 16 millones de personas son explotadas por individuos o empresas privadas y 2 millones por el Estado. En el caso del trabajo forzoso radicado en la economía privada, las principales formas de trabajo forzoso son el trabajo doméstico (24.3%), la construcción (18.2%), la minería (15.1%), la agricultura/pesca (11.3%) (ibid.). Adicionalmente, se calcula que aproximadamente 4.8 millones de trabajadores/as realizan trabajo sexual forzoso. Las ganancias estimadas por este sistema en el sector privado alcanzarían el monto de 150 billones anuales de dólares estadounidenses (ibid.).

Estas nuevas formas de esclavitud contienen; además, un claro componente de género y de edades. En efecto, la población femenina es la más afectada por el matrimonio forzoso (84%)[12] como también por el trabajo sexual forzoso (99%) y el trabajo forzoso (59%) (ibíd.). Así mismo, uno de cada cuatro niños, en especial niñas y jóvenes menores de 18 años, se ven afectados por estas formas de forzamiento (ibid.). Estas “antiguas-nuevas” formas de regulación bio-, específicamente necropolíticas no afectan entonces a la fuerza de trabajo por igual, sino que dan cuenta de dinámicas de mortificación segmentada, es decir, de un uso económico de grupos poblacionales específicos bajo condiciones de trabajo especialmente riesgosas para la vida humana.

Otro ejemplo, a primera vista aparentemente muy diferente al anterior, son las así llamadas “políticas de activación” (e.g. Dingeldey, 2007; Lessenich, 2009; Weishaupt, 2011), implementadas a partir de la década de los ´90s en las sociedades europeas que han producido altos niveles de desempleo, en especial, de desempleo de larga duración. Mediante dichas medidas el Estado, específicamente los gobiernos buscan fomentar e incluso forzar la disposición de fuerza de trabajo a participar en el mercado laboral a través de diversos tipos de sanciones y mecanismos de autodisciplinamiento (entre otros, Crespo/Serrano Pascual, 2015; Serrano Pascual et al., 2012; De Durana, 2014; Dörre, 2013; Knuth/Kaps, 2014). Complementariamente, a nivel de las empresas la activación de la fuerza de trabajo en el marco de los procesos productivos se ha orientado principalmente hacia la auto-optimización y con ello, hacia la auto-explotación (véase Voß/Pongratz, 1998; Bröckling, 2000, 2007; Pongratz/Voß, 2004).  Al respecto, es llamativo que estas formas de regulación biopolítica del trabajo no sólo sean implementadas en sociedades de temprana neoliberalización[13] sino que también en sociedades donde, en términos comparados, se había logrado desde el período de postguerra una mayor seguridad y protección en las condiciones del trabajo[14]. Llamativo es también el hecho que aquellas medidas no sólo afectan a la población usualmente más vulnerable en el mercado laboral, específicamente a la fuerza de trabajo de menor calificación, sino que también a fuerza de trabajo de mediana y alta calificación (ibid.).

En el marco del escenario descrito, no es de extrañar que actualmente la muerte no sólo sea una amenaza latente, sino que un elemento constituyente de los mercados laborales a nivel internacional. De hecho, en el año 2017 morían diariamente 6.300 personas debido a accidentes y especialmente a enfermedades laborales, lo que equivalía a aproximadamente más de 2.3 millones de muertes anuales (ILO, 2017b). De dicho total la gran mayoría – alrededor de 2,02 millones – eran causadas por enfermedades relacionadas con el trabajo. Estas cifras ya confirmaban las tendencias observadas a comienzos de este decenio (ILO, 2013), las que mostraban que la mayoría de las muertes son causadas por enfermedades relacionadas con el trabajo y no por accidentes laborales, como se suele suponer.  En efecto, cálculos recientes estiman que entre 2014 y 2017 ha habido un claro incremento en el total de muertes atribuidas al trabajo de 2.33 millones a 2.78 muertes laborales a nivel mundial (ILO, 2019). Es así como en el 2019 se estima que cada día mueren 1000 personas por accidentes laborales y 6.500 personas producto de enfermedades laborales, es decir, un 86.3% del total de aproximadamente 2.4 millones de muertes laborales anuales son el resultado de enfermedades del trabajo (ibid.).

Más aún y como indica la Organización Mundial de la Salud (OMS), son precisamente las enfermedades no contagiosas (ENCs – non-communicable diseases, NCDs-), es decir, las enfermedades crónicas las que actualmente causan la mayoría de las muertes a nivel global. Dentro de éstas, las dos principales causas de muerte a nivel mundial y desde hace ya 15 años son la cardiopatía isquémica y el accidente cerebro vascular, habiendo afectado a nivel global en el año 2015 a un total de 56,4 millones de personas (WHO, 2017ª, véase también ILO, 2019). En segundo lugar, se encuentran las enfermedades pulmonares obstructivas crónicas (EPOC), que en el mismo período llevaron a la muerte a 3,2 millones de personas (ibid.), seguidas por el cáncer al pulmón, tráquea y de bronquios (1,7 millones de muertes) y la diabetes (1,6 millones de muertes) (ibid.). En total, este tipo de enfermedades causan actualmente alrededor del 70% de las muertes a nivel global, fluctuando desde un 37% en los países de bajos ingresos hasta un 87% en los países de altos ingresos. Sin embargo, en términos absolutos, un 78% de muertes del tipo ENCs a nivel global ocurren en países de ingresos bajos y medios (ibid.). El origen de este tipo de muertes está asociado a una combinación de factores genéticos, psicológicos, conductuales y medioambientales, destacando la Organización Mundial de la Salud los procesos de rápida urbanización, así como, la globalización de estilos de vida insanos (dietas alimenticias inadecuadas y escaso movimiento físico) y el envejecimiento de la población (WHO, 2017b). Por último, se estima que los costos totales relativos a los accidentes y las muertes laborales equivalen a un 3.94% del PIB global (ILO, 2017b).[14]

De acuerdo a estas tendencias, puede afirmarse que se trata hoy de una época donde la muerte en y producto de los procesos de trabajo sigue teniendo vigencia como un fenómeno laboral y social mundial. La gran diferencia en relación a las primeras etapas del desarrollo de la economía capitalista es que actualmente los accidentes y la muerte laboral se han convertido en una “dimensión previsible” en el actual management de la población trabajadora. Su registro se expresa, por un lado, con que se cuenta con la suficiente información estadística para calcular la ocurrencia de enfermedades, accidentes y muertes asociados a la participación en el mercado laboral y en los procesos de trabajo y, por otro lado, las enfermedades, los accidentes y las muertes laborales se encuentran, por lo menos parcialmente, incorporadas a los sistemas de previsión social y seguros de riesgos de trabajo. Como bien destaca Osorio: “Más allá de lo que diga el derecho a la vida y los derechos del hombre en el campo jurídico, lo cierto es que estos quedan como letra muerta en el capitalismo realmente existente, allí donde la excepción termina convirtiéndose en norma” (Osorio, 2006:90). El capitalismo, como bien lo ha destacado Eduardo Grüner (2011), procede como un suicida sin ignorarlo:

“Frente a este panorama ya algo más que pre-apocalíptico, la pregunta del millón es: pero, ¿los personificadores del capital no saben lo que hacen? ¿No decía el propio Marx que ninguna clase dominante se suicida? Y la respuesta, para nada tranquilizadora, no puede menos que ser: Marx, en eso, se equivocó. Esta clase dominante está completamente dispuesta a “suicidarse”, si es necesario, y por supuesto a arrastrar con ella a la humanidad entera a una tumba cósmica definitiva.

Si se nos permite la metáfora, aquella pulsión de supervivencia del capital que hace unos momentos denominamos vital, lo es sobre todo en el sentido del triunfo tendencial –e inevitable, dada la sociometabólica descontrolada y “desublimada” del capital– de su aspecto más profundamente “tanático”. A esta altura, la “pulsión” del capital solo puede ser pulsión de muerte. Como diría Sloterdijk, ya no se trata de una razón ideológica en sentido clásico, esa de la fórmula “ellos no saben lo que hacen, pero igual lo hacen”, sino de la razón cínica: “ellos saben muy bien lo que hacen… e igual lo hacen” (Sloterdijk, 1995). El problema de ese cinismo, sin embargo, es que es la consecuencia de una impotencia. No es que quieran o no el suicidio: es que no pueden hacer otra cosa” (Grüner, 2011:23).

Un orden social que se basa hoy tanto en “antiguas-nuevas” formas de esclavitud como en una creciente y renovada autopreservación, es decir, en una prescindencia de la protección social y una absoluta optimización situada a nivel del individuo, pareciera no estar asegurando, sino encontrando los límites de su proceso de (auto)extinción. Estos parecieran expresarse en sus extremos más visibles a través de “fracturas expuestas” así como en la emergencia de poblaciones trabajadoras extinguibles (Bialakowsky y Costa, 2017).

Al respecto y considerando los principales fundamentos de la necropolítica, es entonces posible ampliar teóricamente el rango de comprensión de los diversos modos de regulación del trabajo contemporáneo y sus consecuencias en por lo menos tres sentidos:

  1. La muerte latente: Al igual que en los inicios del proceso de industrialización, la mayoría de las personas en el mundo carece hasta hoy de los recursos materiales suficientes para asegurar su sobrevivencia, estando obligada a ofrecer su fuerza de trabajo en el mercado laboral y a someterse a las dinámicas de la “soberanía vertical”, específicamente a la “co-regulación laboral” y su resultante subordinación para preservar la propia vida o, en términos biopolíticos, para nacer como trabajador. En este sentido, la amenaza real o latente de la muerte, es decir, la extinción de la propia vida pareciera no ser un elemento excepcional ni del pasado, sino que un elemento constitutivo de la estructura y el funcionamiento de los mercados de trabajo contemporáneos. Al respecto, se encuentran antecedentes no sólo en el caso del continente africano sino que también en las dinámicas de “colonialidad de poder” de América Latina (Castro-Gómez, Grosfoguel, 2007; Quijano, 2014; Bialakowsky, Costa, 2017; Jochum, 2017; Marañón, 2017) y en el “cuarto mundo”, es decir, “(respecto) a aquella población perteneciente a nuestro primer mundo que, sin embargo, vive en un estado de absoluta precariedad; parias que no han sido expulsados de la sociedad del bienestar, sino que ocupan los márgenes de ésta; seres invisibles que habitan no lugares (la calle, los aeropuertos, las estaciones de tren, los hospicios, etc.). (Archambault, 2011:11).
  2. La mortificación fragmentada: Siguiendo a Mbembe, la muerte y la amenaza de ocurrencia de ésta en y en relación a los procesos de trabajo son un medio para la regulación de la fuerza laboral que no se distribuye simétricamente en los mercados de trabajo. Por el contrario, ésta acontece según el valor diferenciado otorgado a la propia fuerza de trabajo y su grado de sustituibilidad en el marco de la “co-regulación laboral”. Es así como los mercados laborales se estructuran de manera diferenciada contextual y geopolíticamente según centro o periferia (Quijano, 2014; Wallerstein ,2005) así como también en estrecha “interseccionalidad” (Crenshaw, 1989, 1991; Carbado et al., 2013) con determinadas categorías sociales tales como la raza, pero también la clase, el género, la edad y el nivel educacional. En estos términos, se mortifica o agoniza al encontrarse desempleado o en estado de “reserva” para el mercado laboral, así como también, teniendo una participación laboral segregada que suele estar asociada a más desgaste laboral y condiciones de trabajo más riesgosas para la vida humana.
  3. El sujeto mortificado: Dado que el riesgo de la muerte es una amenaza constante, pero desigualmente distribuida, es posible pensar en la emergencia de diferentes tipos de subjetividades mortificadas en el marco de sociedades que han estructurado la existencia humana en total dependencia del mercado laboral. Siguiendo a Mbembe, es respecto al mercado laboral y a la figura del “muerto-viviente”, es decir, de aquel sujeto que participa en el mercado laboral, pero cuya sobrevivencia nunca está totalmente asegurada, que pueden emerger diferentes tipos de subjetividades mortificadas, como puede ser “el superviviente” y “el kamikaze”.

La emergencia de subjetividades que busquen transformar el arbitrio del forzamiento y su consecuente mortificación más allá de la adaptación pareciera volverse hoy una tarea adicionalmente desgastadora y frente a la cual la mayoría de los sujetos cuentan con escasas energías y recursos restantes para avocarse a ésta. Ni la figura del “muerto-viviente” y del “superviviente”, que finalmente sólo buscan asegurar su adaptación, ni la figura del “kamikaze”, que busca poner término a su propio secuestro mortificador, parecieran ser subjetividades que permitan proyectar y concretar la transformación de su propia raíz extintiva.

En este contexto, la figura del “trabajador alienado”, descrita por Marx hace aproximadamente 150 años atrás, pareciera continuar siendo la que mejor representa el modo en que las dinámicas mortificadoras y extintivas finalmente se traducen en un malestar silencioso en la fuerza de trabajo a nivel mundial.  No es entonces de extrañar que los modos de regulación laborales biopolíticos como los descritos busquen asegurar el uso de la fuerza de trabajo y termine generando no sólo padecimiento y enfermedad laboral, sino que finalmente una sistemática extinción de la vida humana:

“La desvalorización del mundo humano crece en razón directa de la valorización del mundo de las cosas. El trabajo no sólo produce mercancías; se produce también a sí mismo y al obrero como mercancía, y justamente en la proporción en que produce mercancías en general. Este hecho, por lo demás, no expresa sino esto: el objeto que el trabajo produce, su producto, se enfrenta a él como un ser extraño, como un poder independiente del productor (…) Hasta tal punto aparece la realización del trabajo como desrealización del trabajador, que éste es desrealizado hasta llegar a la muerte por inanición” (Marx 1844/2003:106-107).

4. Mortificación laboral: desafíos sociológicos

El trabajo mercantil se encuentra históricamente concebido y ligado a la acumulación del capital. Se trata de un binomio inescindible, globalmente concebido desde sus inicios a partir de la colonización de América (Quijano, 2014a, 2014b; Wallerstein, 2005). De la misma manera y como hemos argumentado en este artículo, vida y muerte constituyen hasta hoy las dos caras del trabajo mercantil. Este trabajo (des)corporizado, abstraído (en su doble significado extrañado y como valor de cambio) se convierte por medio del poder de dominación en un recurso extinguible y renovable a la vez tal como el capital diseña la explotación de los bienes ambientales. Este proceso es posible y la secuestración originaria (M. Foucault) que transforma a las poblaciones subalternas en poblaciones trabajadoras. A través de unas clases sobre las otras se inaugura una sola y única forma generalizada de sobrevivir por medio del apremio de trabajar bajo regímenes de trabajo mortificantes. Este núcleo es recurrido para citar la historia renovada de la esclavitud, esa duplicidad entre la vida y la muerte, lacerantemente expuesto en el portal de los campos de concentración: “Arbeit macht frei”.

El planteo acerca de la mortificación laboral esbozado acá a la luz de la persistencia de altos niveles de muertes laborales a nivel mundial busca radicalizar teóricamente el concepto histórico del trabajador, observar su dependencia del capital y su indefensión, al situar en el centro de la reflexión su carácter mortífero y con ello, exterminador. Más aún y mediante los fundamentos teóricos de la bio-, tanato- y necropolítica, hemos planteado que en la fase actual del capitalismo la necropolítica constituye un tipo de co-regulación biopolítica, es decir, tanto política como managerial, en donde las muertes laborales son estadísticamente normalizadas, tal como es el caso de los indicadores de pobreza e indigencia. Sucesos tales como el “accidente de Rana Plaza (2013) en Bangladesh, donde se derrumbó un edificio en el cual laboraban cientos de trabajadores y especialmente trabajadoras para la industria textil mundial, o la reciente explosión de una empresa química en Xiangshui, China (2019), son sólo la punta de un iceberg mucho mayor. Es por sobre todo lo que acá hemos llamado “la mortificación laboral latente”, es decir, la ocurrencia de muertes producto de enfermedades laborales crónicas, el modo de acumulación en que el trabajo mercantil está silenciosamente exterminando la vida humana. En el supuesto que el capital elimine constantemente el trabajo (abstracto, mercancía, empleo), pero a la vez no se corte la ligadura macro que ejerce sobre el trabajo, el trabajador secuestrado –sin salida laboral- dejará de serlo y quedará inerme. En esta fase capitalista la necropolítica gubernamentalizada cobraría así la forma de un proceso natural, tales los indicadores de incremento pobreza e indigencia que se registran en las poblaciones trabajadoras (A. Mbembe, Africa hoy en “estudios postcoloniales).

Cabe precisar que la mortificación laboral es una mortificación segmentada, es decir, un modo de acumulación por desposesión y destrucción que no afecta por igual a toda la fuerza de trabajo a nivel mundial. Por el contrario, la mortificación laboral impacta por sobre todo a poblaciones específicas bajo condiciones de trabajo especialmente riesgosas para la vida humana. Más concretamente, esto ocurre especialmente en países de ingresos bajos y medios, pero también en el caso de poblaciones que laboran en los países de altos ingresos realizando “three” D “jobs“, es decir, trabajos „sucios“ (dirty), peligrosos (dangerous) y denigrantes (demeaning) (ILO 2019; WHO 2017c). Este es el caso de las minorías étnicas y migrantes, especialmente femeninas.

Por lo tanto, el trabajo como relación social se encuentra ante la amenaza de supresión como espacio de supervivencia, debiendo ser llevada a imaginar la propia constitución de lo colectivo en lo social. De ahí que las reivindicaciones que emergen para la creación de trabajo debieran plantearse bajo la pregunta respecto a cuáles condiciones de contrato social debiera hoy y a futuro estructurarse el mundo del trabajo. En estas líneas se basan los estudios que fundamentan el establecimiento de derechos de rentas básicas y universales de supervivencia en un mundo del trabajo cada vez más globalizado (Van Parijs 1995; Palier 2019).

El dominio del capital sobre las fuerzas productivas ya no puede interpretarse de modo evolutivo con referencia a la sustentabilidad del trabajador y su incidencia en la conciencia de los trabajadores. Dichas fuerzas dominan el proceso productivo, como la conformación de los colectivos y la subjetividad. Se encuentra en condiciones globales incluso para producir involuciones y retroacciones sociales y ambientales. La correlación naturalmente positiva entre la evolución de las fuerzas productivas y la conciencia laboral (obrera, proletaria, fuerza de trabajo) liberadora debe ser revisada en su estado actual de doble captura: ciencia y conciencia.

Las ciencias y en particular los estudios e investigaciones sobre el trabajo siguen los cánones normales del paradigma científico, con lo cual albergan la expectativa que sus descubrimientos (críticos) aportarán a la transformación del poder del capital ejercido sobre el trabajo. Ciertamente en épocas de auge keynesiano, socialdemócratas o socialistas han habido reformas que se han traducido en derechos laborales. Sin embargo, en la etapa actual de hegemonía neoliberal se ha producido una intervención del capital sobre el gobierno de la fuerza de trabajo retrotrayendo el trabajo a sus formas descorporizadas, profundizando la brecha entre trabajo (como práctica) y sujeto trabajador (subjetivo y colectivo). El paradigma y la metodología de coproducción investigativa se propone entonces suturar científica y tecnológicamente esta brecha y saldar el extrañamiento cognoscitivo (el derecho al saber para sí).

La conciencia como fundamento de una praxis transformadora requiere pasar de conocimientos “para otros” a un saber “con otros”, acto que crea conocimiento y derechos al saber en una misma praxis, y que requiere como voluntad epistémica una condición insoslayable de creación de conocimientos y creación de colectivos cognoscitivos dentro de una práctica metodológica dialógica entre sujetos. Hay mucho debate al respecto, pero si no se produce un corte sobre la cuestión el curso necropolítico parece inminente. Al respecto, nuestro aporte es: radicalizar el concepto sobre el trabajo, la ciencia y la renta, y, a partir de esta crítica definir sendas cognoscitivas para crear un saber y una praxis co-productivas.

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  1. Este artículo se basa en nuestro artículo anterior A. Bialakowsky/A. Cárdenas, “El trabajo sustentable interrogado. Reflexiones sobre su dinámica histórica y prospectiva” publicado en Cárdenas, A.; Bialakowsky; Jochum, G.; Littig, B. (Eds.), Transformaciones del Mundo del Trabajo: Desde la “Colonialidad del Trabajo” hacia “el Trabajo Sustentable”?, Controversias y Concurrencias Latinoamericanas, Revista de la Asociación Latinoamericana de Sociología, Vol. 10 (15), Diciembre 2017.
  2. Ana.Cardenas@soziologie.uni-muenchen.de, Departamento de Sociología, Ludwig-Maximilians-Universität (LMU Munich). Alberto Bialakowsky, albiala@gmail.com, Instituto de Investigaciones Gino Germani, Universidad de Buenos Aires, Buenos Aires, Argentina.
  3. Traducción propia. En original: “(I think that the main characteristic of our political rationality) is the fact that this integration of the individuals in a community or in a totality results from a constant correlation between an increasing individualization and the reinforcement of this totality ” (Foucault 1988: 161-162).
  4. En original: The ensemble formed by the institutions, procedures, analyses and reflections, the calculations and tactics …” (Foucault 1991:102).
  5. Traducción propia. En original: “(…) in order to attain a certain state of happiness, purity, wisdom, perfection, or immortality” (Foucault 1988:18).
  6. Se ocupa en el presente texto el término “trabajador” en un sentido genérico, comprendiendo dentro de éste toda la diversidad de géneros existentes.
  7. Ibid.
  8. En el marco de la formación de una “sociedad de consumo” (Baudrillard 1970; Moulián 1998) ciertamente parte importante del nacimiento social de los sujetos radica en su capacidad para participar en las diversas dinámicas sociales del consumo. Sin embargo, situamos nuestra reflexión en el trabajo y sus diversas formas, pues éste constituye, hasta hoy y para la mayoría de las personas a nivel mundial, la condición sine qua non para el consumo.
  9. Respecto a las ambivalencias regulativas de la fuerza de trabajo Osorio indica: “La recuperación del trabajador de la integridad sobre su ser, al reapoderarse de su capacidad de trabajo al final de la jornada, sólo sirve para velar que es su existencia toda la que queda en entredicho… Porque ese reapoderamiento sólo constituye un pequeño paréntesis dentro de un proceso que obliga al productor a tener que volver a presentarse durante toda su vida útil al mercado como vendedor de su fuerza vital… A ello se reduce su condición de hombre libre en este terreno. Desde esta perspectiva, el pequeño paréntesis de reapropiación del trabajador de su existencia deja de ser tal, para convertirse en un tiempo de reposición que reclama el propio capital” (Osorio, 2006: 81).
  10. En original: “(when) a person is being exploited or forced to marry and cannot refuse and or leave because of threats, violence, coercion, deception and/or abuse of power” (ILO 2017a).
  11. En original: All work or service which is exacted from any person under the menace of any penalty and for which the said person has not offered himself voluntarily” (ILO 2017a).
  12. Esta forma de matrimonio ciertamente da o puede dar origen a diversas formas de trabajo forzoso, incluido el trabajo doméstico.
  13. Al respecto, un ejemplo emblemático “lo constituye el caso de Chile, sociedad en donde las reformas neoliberales fueron introducidas a partir de la década de los ´70s en adelante en el marco de una dictadura militar (Cárdenas, 2005, 2013; Fardella/Sisto, 2013; Sisto/Fardella, 2009, entre otros).
  14. Un caso claramente emblemático en este sentido es el caso de Alemania. Las medidas de des- y re-regulación del mercado laboral implementadas ciertamente han contribuido al “Beschäftigungswunder” (Knuth/Kaps, 2014), es decir, al milagro del empleo: la generación de nuevos empleos y la mobilización de parte de la población desempleada o económicamente inactiva. Sin embargo, dichas medidas han tenido como contracara tanto la formación de un mercado laboral de bajos ingresos (Niedriglohnsektor) legalmente regulado así como un creciente malestar hacia la autoridad laboral, en especial, hacia las oficinas de empleo, producto precisamente de las dinámicas de sancionamiento y con ello, de forzamiento lideradas por éstas (entre otros, Schreyer et al., 2012; Dörre, 2013).


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