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Agradecimientos

Este libro surge de la confluencia de múltiples experiencias intelectuales, culturales y humanas vividas en el ámbito de distintas universidades sometidas parcial o totalmente a las presiones de la industria académica. También es el fruto del diálogo o la discusión apasionada con colegas de la academia de diversas partes del mundo, entre los cuales algunos comparten mis puntos de vista sobre la universidad actual y otros no: a todos ellos agradezco por haberme enriquecido con sus pensamientos sobre este tema espinoso que toca tan de cerca las vidas cotidianas y los sentimientos de quienes trabajamos en las universidades. Asimismo, el libro se fue formando, más o menos imperceptiblemente, a partir de una tarea modesta pero apasionada de investigación sobre la situación de la universidad actual en relación con la industria académica en diversos países que considero una parte legítima de mi propio campo de estudio: la filosofía social. Pero, sobre todo, creo que es el resultado del aprovechamiento de una situación de verdadera ventaja personal que representa el sentirme a la vez un miembro pleno de la comunidad universitaria –con razón o sin ella no puedo yo juzgarlo– y­ casi un outsider, o al menos un marginal, con relación al espacio funcional y evaluatorio de la industria académica hoy dominante.

Las personas que debería nombrar como parte de estos agradecimientos son muchas. Probablemente incontables, dada la naturaleza infinita de las fuentes y vínculos de los que uno se alimenta para desarrollar no ya un libro, sino un solo pensamiento. Sin embargo, más allá de la inevitable arbitrariedad de toda enumeración, quisiera agradecer especialmente a algunos de mis principales compañeros de ruta. En primer lugar, a Robert Cowen, profesor del Institute of Education de la Universidad de Londres, quien, como digo en la dedicatoria, fue el que me confirmó por primera vez mis intuiciones, todavía bastante generales e inseguras, sobre la situación que se está viviendo en la universidad. Su crítica aguda y su visión global del panorama de la educación superior en el mundo forman parte del corazón espiritual e intelectual de este libro. De entre los profesores de ese mismo instituto, quiero agradecer también a Tristan McCowan, Simon Marginson y Ronald Barnett, quienes, ya sea a través de correos electrónicos, en entrevistas en sus casas o en encuentros en la misma Universidad, me proporcionaron una enorme ayuda intelectual para entender lo que está sucediendo en la educación superior británica y mundial.

Agradezco también a Michael Power, a quien pude entrevistar con enorme provecho y gusto en la London School of Economics, lo mismo que a Christian Rojek, con quien conversé largamente en la City University de Londres. Un especial reconocimiento quiero dejar también aquí a Peter Lawrence, gracias a quien aprendí mucho sobre lo que hoy está sucediendo en las llamadas “ciencias duras”, tanto en sus sabrosos textos, como en nuestro encuentro en su laboratorio de Cambridge. Agradezco también a Peter Murphy, quien, a pesar de la diferencia de horarios, tuvo la amabilidad de entrevistarse conmigo vía internet desde Australia y cuya mirada sobre la industria académica y sobre la universidad del futuro me fascinó desde el principio.

Aunque mi encuentro con Saunders Mac Lane fue breve y sucedió en el ya muy lejano tiempo en que estudié en la Universidad de Chicago, agradezco también a este gran matemático por su testimonio sobre el valor de la búsqueda de la verdad en las ciencias que dejó en mi espíritu una impresión indeleble. De igual manera agradezco a Leon Kass, del Committee on Social Thought de la misma Universidad, quien me transmitió gran parte del espíritu de la tradición intelectual de esa gran casa de estudios. Entre otras personas de los Estados Unidos, agradezco también a Michael Naughton de la Universidad St. Thomas de Minnesota, quien apoyó con coraje y sólidos argumentos uno de mis artículos sobre la industria académica que había sido rechazado –en su opinión, de manera injusta– por un comité, con un gesto de su parte que nunca olvidaré. Asimismo, agradezco a Daryl Koehn de la DePaul University, quien leyó algunos de mis textos con especial agudeza e interés.

De mis colegas de Europa continental, querría agradecer especialmente a Peter Koslowski, con quien tuve, muy poco tiempo antes de su prematura muerte, una de las más interesantes conversaciones sobre el estado actual de la universidad tanto en Holanda como en Alemania. De su parte recibí también un generoso gesto final que me mostró la clase de espíritus que todavía habitan nuestra problemática vida académica. También quiero agradecer a mis colegas del spes Institute, especialmente Luk Bouckaert, Laszlo Zsolnai, Knut Ims y Hendrik Opdebeeck, quienes me enseñaron no tanto teorías sobre la universidad, sino sobre todo el formidable espíritu humanista que todavía se vive en algunos ambientes de las universidades europeas. Entre otros colegas de Bélgica, agradezco muy especialmente la amistad de Gerrit e Indira De Vylder, quienes no solo compartieron conmigo la hospitalidad de su casa y sus conocimientos sobre lo que está sucediendo en las universidades de Asia, sino también, y sobre todo, sus padecimientos por la atmósfera de tensión que se vive actualmente en la vida académica. Agradezco asimismo a Bruno Frey, de la Universidad de Zúrich, por la conversación que pude tener en el verano de 2017 en Oxford. Finalmente, también de Europa, quiero agradecer a Massimo Borghesi, con quien nunca pude entrevistarme personalmente, pero de quien recibo constantemente el influjo de su sabiduría sobre la situación de la educación superior a través de nuestras breves comunicaciones vía internet y de sus brillantes textos.

De los colegas iberoamericanos, quiero agradecer muy especialmente a Miguel Giusti, quien generosamente me ofreció un espacio para exponer mis ideas sobre la universidad en el importante congreso internacional sobre el conflicto de las facultades que él mismo organizó de un modo perfecto y a la vez apasionado en Lima en 2017. Entre otros participantes de este congreso, agradezco las ideas y la pasión compartida de Lisímaco Parra, Carmen Trueba, Carlos Ruiz, Francisco Cortés, Miguel García Baró y João Vila-Chã. Agradezco también a mis colegas y amigos chilenos Juan Luis Ossa, Aldo Mascareño y Gonzalo Bustamante Kuschel de la Escuela de Gobierno de la Universidad Adolfo Ibáñez de Chile, quienes, junto con Daniel Chernilo, comparten conmigo tanto sus amplios conocimientos sociales e históricos, como sus experiencias en las universidades de Chile y de distintas partes del mundo.

Finalmente, quiero agradecer a mis maestros, colegas y amigos de la Argentina. En primer lugar, a Emilio Komar, quien me sugirió por primera vez, allá por el año 2000, escribir algo sobre la situación de la universidad con la intuición certera, propia de un gran maestro, de que podría resultar un tema de reflexión e investigación futura para mí. Agradezco también a mis amigos y colegas del Foro del Personalismo Educativo. En primer lugar, a mi amigo y maestro en temas de educación Carlos Torrendell, profesor del Departamento de Educación de la Universidad Católica Argentina (uca), por su constante acompañamiento intelectual y humano en este camino; a Álvaro Perpere, con quien comparto las actividades de tantas cátedras, nuestra investigación en el Centro de Estudios en Economía y Cultura de la uca y también nuestra preocupación común por la evolución actual de la universidad. Agradezco asimismo a los demás colegas y amigos del Foro: Martín Ferreyra, Carlos Galmarini, Ezequiel Gómez Caride, Ricardo Delbosco, Hugo Ortiz y Juan Bautista Etcheverry, con quienes compartimos un espacio de reflexión y un sueño en común para el futuro de la educación.

Qusiera agradecer también a mis colegas y amigos de la revista Communio, en especial a Alberto Espezel, Andrés Di Cío, Cristina Corti, Luis Baliña, Rafael Sassot, Jorge Scampini e Isabel Pincemin, que siempre me alentaron y apoyaron en mis inquietudes sobre la universidad. Asimismo, agradezco además a Fernando Ortega, Horacio García Bossio, Ana Donini, Néstor Corona y Manuel Rubio del Instituto para la Integración del Saber de la uca, quienes me ofrecieron el espacio y su empatía para presentar mis ideas. De la misma manera, quiero expresar mi gratitud a Mario Casalla, Santiago Kovadloff, Juan Carlos Scannone y Enrique del Percio de la Asociación de Filosofía Latinoamericana, con quienes compartí el seminario y la publicación Pensar la educación. Agradezco también a Aníbal Fornari de la Universidad Católica de Santa Fe, de quien aprendí no solo la visión educativa de Luigi Giussani, sino también lo que significa la verdadera sabiduría pedagógica encarnada; a Carlos Ezcurra, Martín González, Vicente Espeche Gil, Marcelo Resico, Joaquín Migliore, Alicia Caballero, Tomás Santa Coloma, Francisco Barrantes, Ludovico Videla, Gerardo Sanchís Muñoz, Dulce Santiago, Javier López Llovet, Enrique Aguilar, Diego Rey y María Marta Preziosa, que me aportaron ideas valiosas; y a Patricia Saporiti, que me animó a presentar mi trabajo ante mis colegas del Departamento de Investigación de la Facultad de Ciencias Económicas de la uca. Por último, mi cálido agradecimiento a Alberto Taquini, Guillermo Jaim Etcheverry y Horacio Reggini de la Academia Nacional de Educación, que me contagiaron su pasión por la universidad del futuro.

Este agradecimiento estaría incompleto si no mencionara a Agostina Prigioni y a María Florencia Lamas, asistentes de investigación en la uca, quienes me alentaron siempre a seguir adelante, sufrieron con paciencia mis quejas y, sobre todo, dedicaron sus esfuerzos a la lectura y corrección de este texto.

Finalmente, agradezco a mi mujer Mare y a mis hijas Clara e Inés, sin cuyo apoyo y amor no habría sido posible la escritura de este libro.



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