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7 La mirada praxiológica sobre la técnica

Diego Lawler

Introducción

El enfoque de la filosofía analítica es el que más ha avanzado en la comprensión de la técnica a través del abordaje sistemático de sus dimensiones ontológica, epistemológica y axiológica. Sin embargo, dicho avance no ha alcanzado la misma profundidad en cada una de ellas puesto que, como se señaló en la introducción, la mayoría de los estudios ha dedicado sus esfuerzos al análisis de la dimensión epistemológica, concentrándose casi por completo en el examen de la naturaleza propia y distintiva del conocimiento técnico y sus diferencias y similitudes con el conocimiento científico, producto de la ciencia básica y aplicada. Pero esta circunstancia está comenzando a cambiar. La recuperación y elaboración del marco conceptual de la praxiología (Kotarbinski, 1965; Bunge, 1985; Quintanilla, 1989) para la filosofía de la técnica está dando lugar a la elucidación de las dimensiones restantes, dado que permite aprehender las cuestiones ontológica y axiológica de la técnica desde el nivel básico de la acción humana. Desde esta perspectiva se recalca que la filosofía de la técnica no es solo, para usar las palabras de uno de los pioneros en promover este enfoque, “una teoría de lo artificial o de los artefactos entendidos como entidades, sino de la realización de artefactos”. Tampoco es solo “una teoría del conocimiento, sino de la acción guiada por ese conocimiento” (Quintanilla, 1989, p. 38).[1]

La razón principal de este giro, expresada sintéticamente, es la siguiente: la orientación praxiológica tiene como una de sus más importantes tareas el análisis de las características de las acciones racionales humanas, sus productos y sus valores. En términos generales, la praxiología considera que estas acciones son acciones intencionales guiadas por planes de acción. Y dado que la acción técnica es primordialmente una acción que se realiza de acuerdo con diseños y planes de acción previamente elaborados y representados, puede emplearse el análisis praxiológico sobre la acción intencional humana para clarificar la estructura básica de la acción técnica, sus productos, los artefactos técnicos, y sus respectivos valores.

En las secciones que siguen me propongo explicitar los contenidos filosóficos básicos que conforman lo que he denominado “la mirada praxiológica”. En primer lugar, analizo cuál es el significado de la noción de praxis que adopta para sí la praxiología. En segundo lugar, retrato las raíces y el objeto de esta disciplina. Finalmente, elucido su pertinencia y empleo en la filosofía de la técnica.

El trasfondo histórico de la praxiología

El ámbito propio de la praxiología es la totalidad de la experiencia práctica de la humanidad. Desde este punto de vista, la praxiología recoge para sí, por un lado, el sentido ordinario que daban los griegos al término praxis (πράξις) y, por otro, la elaboración posterior de su significado por parte del pensamiento marxista. Esta urdimbre, resultado de las sucesivas transformaciones del significado de la noción de praxis, configura el trasfondo histórico de la praxiología.

Los griegos empleaban usualmente el término praxis (πράξις) para referirse de manera general a la acción de hacer o llevar a cabo algo. Sin embargo, con Aristóteles el empleo de este término adquiere cierta complejidad. El uso aristotélico lo sitúa en una doble oposición. Por una parte, el contraste es entre praxis (πράξις) y theoria (θεωρία), donde theoria (θεωρία) se refiere a las actividades interesadas en el conocimiento. Esta distinción es, de alguna forma, el antecedente de la distinción actual entre teoría y práctica (Ruggiu, 1973; Yarza, 1986). Por otra parte, el contraste es entre praxis (πράξις) y poiesis (ποιησις). En esta oposición, la expresión praxis (πράξις) pierde su carácter nominal monolítico en tanto que expresión que designaba un hacer o actividad práctica general. En esta contraposición, Aristóteles reserva el término praxis (πράξις) para las actividades que no se extinguen en un producto externo independiente del agente, esto es, para las actividades cuyos fines residen en sí mismas, como las actividades predominantes en la vida ética y política del hombre. Y designa con el término poiesis (ποιησις) las actividades ligadas a la producción de un artefacto, esto es, las actividades cuyos fines están orientados a la fabricación de algo (actividades que son primordialmente una forma de hacer). Sin embargo, su empleo de estos dos términos no siempre está suficientemente claro. De hecho, como analizan detalladamente, entre otros, Lobkowicz (1967) y Bernstein (1979), Aristóteles parece a veces incluir la poiesis (ποιησις) en la praxis (πράξις) y otras veces dejarla de lado como algo irrelevante.

No obstante, con independencia de las inconsistencias del propio uso aristotélico, conviene centrarse por un momento en la noción de poiesis (ποιησις), puesto que será su contenido el que la tradición marxista, de la cual abreva directamente la praxiología, imputará a la noción de praxis (πράξις). Dos preguntas pueden servir de guía para esta exploración: ¿cuál es el significado general del vocablo poiesis (ποιησις) en el contexto de la filosofía aristotélica? ¿Cuál es la fuente principal de elaboración de este significado? A continuación consideraré rápidamente estas dos cuestiones.

En términos generales, el vocablo poiesis (ποιησις) significa hacer, producir y fabricar (Aspe Armella, 1993; Croce, 1962; Ortega, 1965). Se trata de un vocablo cuyo significado se elabora teniendo en cuenta la relación del hombre con la naturaleza. El término poiesis (ποιησις) se refiere a nuestra relación productiva con la naturaleza. Esto es algo que se aprecia con mayor nitidez si se consideran los rasgos generales de lo que podría denominarse la inteligencia poiética, la estructura del acto poiético y las ideas aristotélicas sobre el cambio. ¿Qué es la inteligencia poiética? Básicamente, la inteligencia poiética es una inteligencia dirigida a aprehender la constitución real de las cosas con el propósito de emplearlas para un fin diferente del que están de algún modo destinadas por su estructura física. Esta inteligencia aglutina, pues, la identificación y aprehensión de una esencia, su abstracción del contexto real habitual y su consideración qua estructura física con el objetivo de actuar sobre ella para relacionarla con algún otro uso o función.

La inteligencia poiética se comprende mejor sobre el trasfondo de las ideas aristotélicas sobre el cambio. De acuerdo con Aristóteles (1970a, VII, 7, 1032ª, 7): “De las cosas que se generan, unas se generan por naturaleza, otras por arte y otras espontáneamente. Y todas las que se generan llegan a ser por obra de algo y desde algo y algo”. La poiesis (ποιησις) entrañaría las características propias del devenir productivo, esto es, englobaría las producciones procedentes del arte o del pensamiento (Aristóteles, 1970a, VII, 7, 1032ª, 27-29).[2] Pero ¿qué es lo propio del devenir productivo? O dicho con otras palabras, ¿qué es lo propio del producir? La peculiaridad del devenir productivo se entiende mejor si se considera la manera en que la inteligencia poiética estructura el acto poiético.[3]

De acuerdo con el significado atribuido al vocablo poiesis (ποιησις), todo acto poiético puede ser considerado como un acto productivo. Pero ¿cuál es la estructura del acto productivo? En su condición de acto poiético, el acto productivo presenta una estructura que se articula en dos fases. Por una parte, la fase correspondiente al eidos (ειδος); por otra, la fase efectiva de la acción sobre la materia. Su conjugación supone que, para decirlo con un lenguaje filosófico más cercano, el proyecto articulado en la intención (fin) se realiza en la materia preexistente.[4] Se trata, pues, de la estructura de un acto que no involucra la generación natural sino que implica en realidad la producción artificial.[5] De allí que lo propio del acto productivo es que el productor produce un producto de acuerdo con el eidos (ειδος) –estructura mental sensible–. En el acto productor, pues, el eidos se proyecta o imita en la materia (por ejemplo, el ebanista imita o produce su imagen de mesa en el ébano). Así, la producción o fabricación tiene lugar en la materia. Quien produce es, entonces, no solo la causa efectora sino también la causa productora gracias al eidos (ειδος) que posee en su mente. Producir es configurar la materia, esto es, realizar ese eidos (ειδος) en la materia carente de forma. Esta realización introduciría, por otra parte, la función en el producto o artefacto. En resumen, la poiesis (ποιησις) es la actividad productiva encaminada a la transformación de la naturaleza y realizada por hombres libres, artesanos o esclavos.[6]

A pesar de la complejidad y, a menudo, superposición registrada en el empleo aristotélico de los términos praxis (πράξις) y poiesis (ποιησις), el mundo medieval consideró estos dos términos como opuestos, y recogió esta oposición en su distinción entre obrar (agere) y hacer (facere). Así, el obrar (agere) se situaba dentro del ámbito moral, ya sea individual, familiar o político (comunal) en relación con actos originados en la voluntad, mientras que el hacer se situaba en el ámbito del producir o fabricar, esto es, en el ámbito especificado por el hecho de que la obra es en un sentido fuerte exterior al agente. Tomás de Aquino (1988, I-II, 57, 4) se hizo eco de esta diferencia de la siguiente manera: “[L]a hechura es un acto que pasa a la materia exterior, como edificar, cortar, y cosas parecidas, mientras que el obrar es un acto que permanece en el mismo agente, como ver, generar y cosas parecidas” (p. 439).

En este contexto, el hacer supone que la inteligencia de quien hace (i.e, el artífice), en tanto que acto concreto de efectuar, se relaciona con el artefacto coadyuvada por una voluntad que quiere o intenta producir. El significado del hacer qua producir se asienta en la sugerencia de que la idea de lo que se va a producir se da con anterioridad en la mente del artífice. La forma del artefacto u objeto tiene lugar previamente como contenido de la intención representada y, posteriormente, se realiza como artefacto u objeto producido, esto es, como forma real que estructura cierta materia preexistente. Sin embargo, este acto productor no se realiza, como a primera vista podría parecerlo, con independencia de la condición real de la materia; por el contrario, como lo indica Tomás de Aquino (1988, I, 14,8):

El productor para fabricar un cuchillo elige una materia dura y flexible, que pueda ser apta para la incisión, y según esta condición el hierro es materia proporcionada al cuchillo. Por lo que la disposición de la materia debe estar proporcionada a la intención del artífice o la intención del ars.

De este modo, los medios de la fabricación (incluidos los insumos o materias primas) contribuyen a la formación del contenido de la intención del productor que se representa la realización de un artefacto.

Muchos siglos más tarde, la filosofía marxista relanza el término praxis (πράξις) y emplea como núcleo de su significado lo que Aristóteles básicamente entendía por poiesis (ποιησις) y lo que los medievales elaboraron como facere. En términos generales, Marx usa este vocablo para referirse a la acción y, en particular, a la actividad libre, universal y autocreadora del hombre. Por consiguiente, el término praxis (πράξις) pasa a significar la actividad productiva del hombre a través de la cual transforma el mundo y se moldea a sí mismo (Kosík, 1965). En este sentido, la praxis (πράξις) no solo abarca la actividad práctica del hombre, sino que también contiene los diferentes aspectos de una teoría del hombre y de su mundo que aspira a resolverse en acción política (Axelos, 1961; Bernstein, 1979; Flórez, 1968; Sánchez Vázquez, 1967, 1997).

La elaboración más completa que Marx desarrolló de esta noción se encuentra en sus Manuscritos económico-filosóficos (1989). Marx desarrolla allí la noción de praxis con el propósito de trazar un criterio ontológico a partir del cual desplegar su antropología filosófica. La praxis es considerada una actividad específica del hombre mediante la cual se diferencia del resto de los seres. La presentación de esta noción en los Manuscritos puede sintetizarse en la siguiente aseveración: el hombre es un ser de praxis, esto es, un ser que produce libre y creativamente su propio ser mientras transforma el mundo; y lo es tanto cuando su hacer productivo es un hacer positivo (no alienado) como cuando es un hacer negativo (alienado).

La idea del hombre como un ser de praxis prepara el terreno para articular la cuestión ontológica, a saber, cuál es la característica fundamental, o la combinación de características, que todos tenemos y que hace de nosotros una clase de cosa, diferenciándonos de otras clases posibles de cosas, por ejemplo, las cosas inanimadas, las plantas y los animales (aquí “animales” tiene un sentido que obviamente excluye a los seres humanos). Afirmar que el hombre es un ser de praxis significa para Marx que aquello que lo distingue (su diferenttia específica) es una cierta forma de relacionarse con las cosas: la producción.[7] La praxis, entonces, no sería una mera actividad física general sino algo como producir cosas para nosotros, donde “producir” es un asunto que implica transformar algo en otra cosa que los miembros restantes de nuestra clase (de la clase de cosa que somos) puedan usar, esto es, emplear para alcanzar algún fin o como parte de una actividad que se agota en sí misma.[8] Elucidar como producción nuestra forma esencial de relacionarnos con las cosas tiene consecuencias profundas que incluyen aspectos metafísicos, epistémicos, económicos y ético-políticos.[9] Sin embargo, no todas son de interés para este trabajo. En lo que sigue destacaré las derivaciones que considero relevantes para la configuración de la noción de praxis. Se trata de un conjunto de consecuencias que subyace a la constitución de la praxiología y que tendrá un fuerte impacto en la conformación de la mirada de esta disciplina sobre la filosofía de la técnica.

Considerar que nuestra relación esencial con las cosas es una relación de producción tiene al menos cuatro consecuencias importantes. En primer lugar, conduce a una concepción de las cosas como usables (i.e., como cosas útiles). De hecho, así es como se presentan desde el punto de vista de la producción. Las cosas que producimos son útiles para los miembros de nuestra clase, las cosas que usamos como materias primas son útiles para transformarlas en productos y las cosas que usamos como herramientas son útiles para actuar sobre esas materias primas y convertirlas en productos.[10]

En segundo lugar, esto arroja una concepción de nosotros mismos como productores y usuarios de los productos propios y de los productos de otros seres humanos. De este modo, lo que nos convierte en miembros de una clase es que producimos para otros de nuestra clase y que usamos aquellas cosas que los miembros restantes han producido para nosotros. Cada individuo humano se constituye como miembro de la clase de cosa que efectivamente es en virtud de las relaciones de producir para y usar el producto de, es decir, gracias a las relaciones de producción.[11] Por consiguiente, las relaciones de producción nos constituyen mutuamente, o dicho de otra manera, son interconstitutivas.[12] Así, en tanto que miembros de una clase determinada realizamos actividades específicas; por ende, nuestro ser-específico (término que emplea Marx para referirse a la clase básica) está dado porque nos involucramos en acciones productivas.

En tercer lugar, esta relación de producción (producir para y usar el producto de) es una relación intencional, es decir, una relación que conlleva acciones en que las otras partes y las cosas producidas figuran como objetos intencionales. Esto introduce las representaciones y los fines u objetivos en la estructura básica de estas acciones. Aunque subordinadas a la acción, las representaciones presentan previamente las secuencias de acciones productivas y orientan su realización.[13] Por otra parte, los fines u objetivos de las acciones productivas no son independientes de las condiciones existentes para alcanzarlos. Para Marx, los fines dependen de los medios de producción para adquirir su carácter práctico de fines. La representación y adopción de objetivos solo son posibles sobre el trasfondo de un conjunto de medios productivos naturales y artificiales. De lo contrario, la proposición de fines no sería un principio de acción y, a su vez, las acciones productivas no constituirían una manifestación de confianza en la consumación del fin.[14]

En cuarto lugar, si bien la relación de producción constituye el rasgo esencial que define nuestra pertenencia a una clase básica determinada, puede adquirir diferentes formas a través del tiempo. Las diferentes formas de la relación de producción darían lugar no solo a diferentes formas de sociedad, sino a diferentes formas de ser la clase de cosa que somos, esto es, a distintas modalidades de expresar nuestra condición humana.

Estas cuatro consecuencias, que resultan de aceptar la afirmación de Marx sobre el carácter de nuestra relación productiva con las cosas, conforman el núcleo significativo de su noción de praxis y de su idea del hombre como ser de praxis.[15]

Por consiguiente, el término praxis adquiere significado político tardíamente en la obra de Marx. Y cuando esa connotación política pasa a primer plano ‒como ocurre cuando lo emplea para oponerlo al término “teoría” y definir a través de la noción de praxis la clave de la práctica revolucionaria, algo que tiene lugar, por ejemplo, en la tercera y octava tesis sobre Feuerbach (1985)‒[16] su significado no deja de ser un significado que resulta de la elaboración básica de los Manuscritos. Por otra parte, el término praxis también presenta un significado derivado, el significado que resulta de oponerlo al término “trabajo”, una oposición que aparece fugazmente en los mismos Manuscritos y que recorrerá posteriormente La ideología Alemana (1959), los Grundrisse (1978, Vol. 1 y 2) y El Capital (1964). De acuerdo con esta distinción, “trabajo” es el acto de alienación de la actividad productiva humana, mientras que praxis es autoactividad creativa y libre: actividad productiva no alienada.

A pesar de que el contenido político del vocablo praxis es secundario y filosóficamente pobre, fue destacado por algunos seguidores del propio Marx, como Engels, Lenin y Mao Zedong; además, pasó a funcionar como etiqueta para nombrar la totalidad de un pensamiento y una opción política –por ejemplo, así lo empleó Gramsci (1976) cuando llamó al marxismo “filosofía de la praxis”‒. No obstante, este es el sentido menos interesante desde el punto de vista filosófico. Suscribir su empleo supone, entre otras cosas, despojar a Marx de toda filosofía y aislarlo, encerrándolo en el terreno de la economía política o la política a secas. Sin embargo, si hay algo de filosofía en la obra de Marx, ella es una filosofía de la producción humana, una filosofía que se elabora sobre la noción básica de praxis como relación productiva práctica esencialmente humana. Esta noción de praxis es la que me interesa, puesto que subyace a las ideas que puede aportar la praxiología a una filosofía de la técnica entendida a partir de las características propias de la acción humana. Desde este punto de vista, la filosofía de la producción tal como la entendió Marx no podría ser indiferente a la filosofía de la acción técnica.

La praxiología como disciplina

El término “praxiología” fue empleado por primera vez por Louis Bourdeau (1882) para referirse a la ciencia de las acciones.[17] Sin embargo, de acuerdo con Skolimowski (1967), ese no fue el primer intento de construir un sistema praxiológico. Los antecedentes directos, relacionados con intentos de desarrollo de una cierta clase de teoría sobre la acción eficiente, pueden agruparse según dos grandes líneas: la reflexión teórica sobre la acción en general, y las observaciones y recomendaciones prácticas para mejorar las actividades productivas y organizativas. Estas últimas provienen de hombres prácticos interesados en la embrionaria ciencia de la administración y organización industrial. Pero la mayoría de estos estudios no se proponen ser únicamente elaboraciones praxiológicas. Se podría decir, entonces, que en estas publicaciones la noción de praxiología está tomada en su acepción más amplia posible.

Desde el punto de vista de la reflexión teórica, el primer intento de formulación de un sistema praxiológico fue realizado por Dunoyer (1845), aunque, según Skolimowski (1967, especialmente pp. 117-130), la elaboración del programa más concreto de praxiología se debe a Espinas (1897), predecesor directo de los estudios praxiológicos de Kotarbinski.[18] Sin embargo, es este último filósofo polaco quien considera la praxiología en su acepción más restringida. Su trabajo Tratado sobre el buen trabajo (Traktat o dobrej robocie) de 1955, editado posteriormente junto a otros ensayos breves bajo el título Praxiology: An introduction to the Sciences of Efficient Action en 1965, constituye la primera elaboración de la praxiología como una disciplina especial. De hecho es el escrito donde Kotarbinski analiza detalladamente todos los aspectos esenciales de la praxiología.

Según Kotarbinski (1965), el objeto general de la praxiología es la acción intencional humana, esto es, la acción deliberada y consciente. La investigación praxiológica supone el análisis de esta clase de acción desde el punto de vista de la eficiencia. En términos amplios, esto involucra el estudio detallado de las condiciones de la acción humana, en especial de los factores que la favorecen y limitan, y de las normas que rigen su desarrollo racional. Sin embargo, el análisis praxiológico no se compromete con ninguna esfera particular de actividad humana. Puesto que cualquier esfera de actividad humana puede analizarse desde el punto de vista de la acción eficiente, la praxiología abarca todo el ámbito de las actividades prácticas del hombre. En consecuencia, los resultados de este análisis, las proposiciones praxiológicas, son recomendaciones que en su condición de directivas simples contribuyen a aumentar la eficacia y eficiencia de la acción intencional humana en general, independientemente de su campo de aplicación.

En términos más concretos, la praxiología se ocupa de investigar la esencia del proceso de la acción intencional y clarificar todos aquellos conceptos indispensables tanto para la descripción, evaluación y planificación de la acción como para la teoría de la acción en general.[19] Dado que toda actividad práctica intencional puede para su estudio reducirse a sus elementos mínimos, el punto de partida de la investigación praxiológica es la descomposición de las actividades complejas en sus actos elementales, esto es, “actos simples” (Kotarbinski, 1965, especialmente pp. 14-20). La estructura del acto simple supone el análisis de las nociones de agente y resultado, producto, instrumento y medio, condiciones de la acción, acto complejo, acción colectiva, optimización de la acción, valores de la acción y cooperación.

Como puede apreciarse, la praxiología no es solo una disciplina descriptiva que estudia los actos simples y la composición de actos complejos en diferentes situaciones, sino que además es una disciplina normativa. En tanto que trata de establecer “normas para la acción eficiente” (Kotarbinski, 1965, p. 1), hace uso de un sistema de valores que asigna a diversos actos y especies de actos. Si bien los valores praxiológicos no deben confundirse con otros tipos de valores, por ejemplo, los valores éticos o estéticos, aunque mantengan relaciones con estos, tampoco es correcto restringirlos a los valores instrumentales, puesto que en ningún caso la praxiología se reduce a un mero intento de optimización de la acción.[20] Por otra parte, una vez que se evita el error de considerar a la praxiología como una disciplina primariamente instrumental, emerge en toda su dimensión el problema de los fines praxiológicos y de la relación que estos presentan con otro tipo de fines. Los valores y los fines praxiológicos hacen posible la evaluación intrínseca y extrínseca de las acciones intencionales humanas, a la vez que dan lugar a la proposición de sugerencias para aumentar su eficiencia.

1.4 La praxiología en la filosofía de la técnica: pertinencia y empleo

Tal como se ha dicho más arriba, el trabajo filosófico de Marx reinterpreta la noción aristotélica de praxis (πράξις) en términos de la noción griega de poiesis (ποιησις). La clave de la aproximación marxiana consiste en analizar nuestra relación esencial con las cosas como acción productiva. Se trata de un análisis ontológico con importantes consecuencias para los estudios posteriores de la acción productiva específicamente humana. Inspirado en la propuesta Marx, Kotarbinski intentará describir analíticamente esa acción propia del homo faber estudiando los elementos que la componen: el agente, su intencionalidad, el material, los medios y procedimientos, los fines u objetivos, el producto, el plan de acción, etc. Sin embargo, su análisis no es un análisis realizado desde cualquier óptica; por el contrario, supone el estudio de la acción productiva intencional desde el punto de vista de su eficiencia. Esto hace que su perspectiva resulte filosóficamente atractiva para abordar la acción técnica, puesto que permite integrar tanto sus aspectos ontológicos como axiológicos.

En definitiva, la pertinencia de la praxiología para la filosofía de la técnica es casi obvia. La filosofía de la técnica de orientación analítica está articulada alrededor de un supuesto normativo básico: la acción técnica constituye la forma más valiosa de intervención, modificación y control de la realidad con el fin de adecuarla a las necesidades y deseos humanos (Ortega y Gasset, 1992; Quintanilla, 1989; Broncano, 2000; Liz, 1995 y 2001a). Por consiguiente, no se puede analizar adecuadamente la técnica sin haber construido una teoría bien fundada de la acción humana. Y no es posible lograr esto último sin contar con la praxiología para analizar y evaluar, desde los mismos valores praxiológicos (eficiencia, eficacia, productividad, etc.), los objetivos de la acción, sus resultados y las acciones mismas. Es más, la clave teórica y práctica necesaria para investigar la técnica y sus productos se obtienen si se la enfoca desde la praxiología. Por tanto, la perspectiva de la praxiología otorga un acceso privilegiado a la reflexión sobre la acción en el contexto de la técnica. Bunge (1985) resumió muy bien este punto cuando señaló que “[T]he philosophy of technology is concerned with […] the pragmatic (or praxiological) problem of defining the concept of rational action, i.e., action guided by designs and plans; with the axiological problem of identifying and analyzing the typical values of technology such as efficiency and reliability” (p. 219).

Desde este punto de vista, la técnica consiste en un tipo especial de acción humana: la acción técnica. En tanto que acción humana productiva, la acción técnica es una acción conforme a fines, esto es, está guiada por una descripción precisa del objeto, evento o estado deseado como resultado y por un determinado conocimiento aprendido, ejecutándose dicha acción para la satisfacción de unos objetivos previamente asumidos. Así, el agente intenta producir un objeto, evento o estado de cierta clase, ayudado por un corpus aprendido de conocimientos, con un propósito decidido de antemano. Este retrato de la acción técnica puede analizarse de muchas maneras. Aquí interesa aquello que es específico de la acción técnica en su condición de acción humana productiva intencional: por un lado, que es una acción realizada por un agente que se representa tanto la acción misma como sus resultados (véase, entre otros, Marx, 1989), y por otro, que estas representaciones pueden o no adecuarse a la acción efectiva y sus resultados concretos. Este ámbito de cuestiones plantea los problemas praxiológicos más relevantes sobre la acción técnica en su naturaleza de acción intencional humana y sobre sus productos, los artefactos (Bunge, 1985, 1989; Kotarbinski, 1965; Quintanilla, 1989).

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  1. De acuerdo con este enfoque sobre la técnica, los problemas filosóficos propios de la teoría de la acción son también problemas para la filosofía de la técnica (Ezquerro, 1995, p. 140).
  2. Por supuesto, se podrían trazar distinciones dentro del ámbito de los productos del devenir productivo o poiético; por ejemplo, entre pensamientos y productos propiamente dichos, esto es, resultados de las realizaciones de los pensamientos.
  3. Se puede recurrir a los estudios antropológicos de Leroi-Gourhan (1988) para imaginar cómo fue que la lógica poiética, propia de la inteligencia poiética, otorgaba forma efectiva al acto poiético a través de la constitución de su instancia instrumental. Como muestra este autor, al inicio se tomaba una cosa resistente (por ejemplo, hueso, piedra, madera, etc.) con la mano y se la golpeaba con otra cosa más resistente que la primera dentro del campo visual frontal. De este modo se modificaba la primera cosa con el propósito de emplearla en funciones que con el tiempo iban especializándose, por ejemplo, para romper, aplastar, aplanar, agujerear, tallar, sujetar, etc. A esto habría que agregar la combinación de esta modalidad instrumental con la percusión lanzada y el frotamiento, entre otras modalidades del acto productivo.
  4. Véase, por ejemplo, Aristóteles (1970a, VII, 7, 1032b, 5-30; 8, 1033a, 25-30, 1033b, pp. 5-10).
  5. Véase Aristóteles (1970a, VII, 7, 1032a, pp. 25-30).
  6. Esto último se encadena con la sugerencia aristotélica de que la actividad productiva (poiesis) (ποιησις) puede ser realizada por alguien no especializado o por alguien especializado. En el primer caso dicha actividad evidenciará mera apariencia de racionalidad, mientras que en el segundo será una actividad productiva metódica regulada por la racionalidad verdadera. En este último caso nos encontraríamos con que la actividad productiva está asentada sobre una techne (τεχυη). Lo cual permitiría cierta conjugación del orden del conocimiento con el orden de la realidad (Aspe Armella, 1993). De esta manera, la racionalidad productiva se conduciría de acuerdo con un logos propio, distinto de la ciencia y la política, a saber la techne (τεχυη). Según Aristóteles (1970b, Libro IV, 1140a, pp. 91-92): “[N]o hay técnica alguna que no sea una disposición racional para la producción ni disposición alguna de esta clase que no sea una técnica, serán lo mismo la técnica y la disposición productiva acompañada de razón verdadera. Toda técnica versa sobre el llegar a ser, y sobre el idear y considerar cómo puede producirse o llegar a ser algo de lo que es susceptible tanto de ser como de no ser y cuyo principio está en el que lo produce y no en lo producido. En efecto, la técnica no tiene que ver ni con las cosas que son o se producen necesariamente, ni con las cosas que son o se producen de una manera natural, porque estas cosas tienen su principio en sí mismas” (el subrayado es mío).
  7. Adviértanse, como breves muestras, las siguientes afirmaciones de los Manuscritos (Marx, 1989): “La vida productiva es, sin embargo, la vida genérica. Es la vida que crea vida. En la forma de la actividad vital reside el carácter dado de una especie, su carácter genérico, y la actividad libre, consciente, es el carácter genérico del hombre” (p. 111). Y luego agrega: “La producción práctica de un mundo objetivo, la elaboración de la naturaleza inorgánica, es la afirmación del hombre como un ser genérico consciente, es decir, la afirmación de un ser que se relaciona con el género como con su propia esencia o que se relaciona consigo mismo como ser genérico” (p. 112).
  8. La expresión “miembros de nuestra clase” se refiere, en el empleo que aquí se hace, a un ser humano, esto es, a un miembro de la clase de cosa que somos. En consecuencia, este uso genérico y básico no presenta connotación económica o política alguna; cuando se pretenda lo contrario, se indicará claramente.
  9. Desde el punto de vista de la economía política, el análisis de la praxis a través de la idea de producción conduce directamente a la piedra angular de la estructura teórica del pensamiento económico de Marx: el concepto de valor o, más específicamente, el valor-trabajo. Marx plantea esta dirección de análisis en su Contribución a la crítica de la economía política (Marx, 1970).
  10. Una comprensión esquemática de esta primera consecuencia favorece una concepción de actividad productiva humana como poseedora de un carácter únicamente utilitario; cuestión que muchas veces sucede cuando se reduce la praxis a “lo práctico” y que se refleja en el significado que, ocasionalmente, tiene esta última expresión en el lenguaje ordinario.
  11. De aquí viene la idea de Marx de que la esencia humana no está presente como algo abstracto en cada individuo en particular sino que está en toda su actualidad en el conjunto de las relaciones sociales.
  12. A través de distintas formulaciones, esta idea se retrotrae vía Feuerbach hasta Hegel, para quien somos seres racionales y libres gracias a relaciones de reconocimiento mutuo. Véase especialmente el desarrollo hegeliano de la dialéctica del amo y el esclavo en la Fenomenología del Espíritu (1980).
  13. Dice Marx en los Manuscritos (1989, p. 112): “El animal produce únicamente según la necesidad y la medida de la especie a la que pertenece, mientras que el hombre sabe producir según la medida de cualquier especie y sabe siempre imponer al objeto la medida que le es inherente; por ello el hombre crea también según las leyes de la belleza”. La idea de que el hombre es capaz de producir “según la medida de cualquier especie” e imponer “al objeto la medida que le es inherente” supone que la actividad humana es una actividad conforme a fines. Por consiguiente, una vez que se advierte que la relación de producción es una relación intencional, se puede reflexionar sobre ella descomponiéndola en sus distintos elementos: el tipo de agente, la naturaleza de la materia prima sobre la que se actúa, la especie de acto que se lleva a cabo, el tipo de producto que se obtiene, etc. Esta idea de los Manuscritos es retomada mucho más tarde en El Capital (1964). Marx relata en su obra de madurez el papel del fin en la actividad productiva humana: “Al final del proceso de trabajo, brota un resultado que antes de comenzar el proceso existía ya en la mente del obrero: es decir, un resultado que tenía ya existencia ideal. El obrero no se limita a hacer cambiar de forma la materia que le brinda la naturaleza, sino que, al mismo tiempo, realiza en ella su fin, fin que él sabe que rige como una ley las modalidades de su actuación, y al que tiene que supeditar su voluntad” (pp. 130-31). En cualquier caso, este pasaje destaca que el hombre produce de acuerdo con planes, esto es, de acuerdo con representaciones de acciones. Más adelante, al analizar la acción productiva en tanto que acción técnica, desarrollaré y estudiaré esta cuestión.
  14. Una idea como esta es la que está encapsulada en la expresión marxiana de que la humanidad únicamente se propone los fines que está en condiciones de alcanzar. La representación de los fines y su logro no son independientes de los medios disponibles.
  15. Flórez (1968) sitúa la fuente de la complejidad de nuestra relación productiva con las cosas en el criterio que según Marx distingue al hombre del animal. En palabras de este autor: “El hombre hace de su actividad vital un objeto de su voluntad. Porque el hombre es un ser para sí mismo, un ser consciente; y por ello su vida misma y la naturaleza dentro de la cual se da esta vida, son para él objeto de su conciencia […] He aquí tres derivaciones fundamentales de la actividad consciente del hombre: 1) la construcción teórica de la ciencia; 2) la producción conforme a las leyes de la belleza; 3) la construcción de un mundo humano al servicio del hombre” (Flórez, 1968, p. 114). Adviértase nuevamente que es esta distinción, propia de la antropología filosófica del joven Marx, la que constituye la base para construir el potente núcleo significativo de la noción de praxis.
  16. La tercera tesis dice: “La coincidencia de la modificación de las circunstancias con la de la actividad humana o modificación del hombre mismo solo se puede concebir y entender de modo racional como praxis revolucionaria” (Marx, 1985, p. 107). La octava tesis reza: “Toda la vida social es esencialmente práctica. Todos los misterios que inducen la teoría al misticismo hallan su solución racional en la praxis humana y en la comprensión de esa praxis” (Marx, 1985, p. 108).
  17. Louis Bourdeau (1882), Theorie des sciences. Plan de science integrale, Vols. I y II, París. Citado en Skolimowski (1967, p. 117).
  18. Charles Dunoyer (1845), De la liberté du travail, or simple exposé des conditions dans lesquelles les forces humaines s’exercent ave le plus de puissance, Vols. I-III, París; Alfred Espinas (1897), Les Origines de la technologie, París. Ambos citados en Skolimowski (1967, p. 117). Espinas fue un ingeniero español y, aunque no empleó el término “praxiología”, propuso el concepto de “ponología”, muy cercano a la noción de praxiología que más tarde desarrollaría Kotarbinski.
  19. En tanto que esfuerzo de clarificación conceptual, la praxiología emerge como una rama de la filosofía; en tanto que teoría general de la acción eficiente, constituye una parte de la teoría general de la causalidad (véase Kotarbinski, 1965).
  20. El análisis de los valores praxiológicos más importantes se lleva a cabo en la tercera parte de este trabajo de investigación.


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