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8 La “libertadora” a ras del suelo

Entre las culturas obreras
y las identidades políticas

Silvana Ferreyra y Agustín Nieto (CONICET-CEHis-UNMdP)

Hace tiempo leímos que para la “microhistoria de escala” lo local era un espacio de experimentación (Aguirre Rojas, 1999). Las diferencias que eso sugería frente a la “microhistoria local”, como propuesta de construir historias sobre las localidades, era uno de los primeros aspectos que dejábamos en claro al esbozar la metodología de nuestros proyectos de investigación. Al respecto, una frase de Clifford Geertz sobre construir historias en aldeas y no de las aldeas operó habitualmente como referencia metodológica en nuestros trabajos.

En este capítulo nos hemos decidido a llevar al campo de la práctica esa intuición sobre la microhistoria como espacio de experimentación, proponiéndonos un ejercicio concreto que nos permita arriesgar algunas ideas sobre nuestro problema de investigación, al tiempo que reflexionamos sobre el lugar de la escala en nuestra tarea cotidiana como historiadorxs.

En concreto, buscamos pensar sobre las potencialidades de una serie de “historias mínimas” para entramar los problemas sobre culturas obreras y las tensiones peronismo/antiperonismo durante la “revolución libertadora”, que veníamos desarrollando en nuestros respectivos proyectos de investigación. Partimos de considerar, en línea con lo sugerido por Maurizio Gribaudi, que raramente la dimensión ideológica es la única que construye la identidad. En efecto, para el autor italiano si uno “limaba bajo la ideología encontraba velozmente que las identidades eran construidas a través de la experiencia de vida, y de los recorridos concretos de la gente” (Gribaudi, 2005: 190).

Para dar cuenta de esas experiencias populares nos proponemos conocer con mayor densidad tres acontecimientos desarrollados en la ciudad de Mar del Plata entre 1955 y 1958, entendiéndolos como “el fruto de una construcción intelectual asociada a la reflexión del historiador” (Bertrand, 2011: 143). Los sucesos son reconstruibles, en gran parte, gracias a los expedientes que nos dejaron las investigaciones policiales generadas por denuncias específicas. Estos expedientes formaban parte del Archivo Histórico del Departamento Judicial de Mar del Plata y de la Dirección de Inteligencia de la Policía de la Provincia de Buenos Aires (DIPPBA).

Se trata de tres historias conectadas a partir de los problemas de lxs historiadorxs. Buscando un paralelismo con el mundo del cine, el hilo entre las historias se teje más como en Relatos salvajes que como en Amores perros. A partir de ahí tuvimos que delimitar una serie de definiciones metodológicas que, dadas las características del texto, nos gustaría explicitar.

¿Por qué no nos importa Mar del Plata?

En una entrevista, Giovanni Levi señaló que “didácticamente, […] lo ideal es no tener ningún interés específico por la localidad que se estudia” (Levi, 1993: 17). En este camino, poniendo en la balanza los riesgos y beneficios que señala Bohoslavsky para la práctica de la autohistoria (2018), nos hemos decidido por recolectar las experiencias ocurridas en la ciudad donde desarrollamos nuestra vida académica. La principal razón es la disponibilidad de material heurístico para triangular y la disponibilidad de una base de datos con información relacional sobre actores que nos permita analizar con mayor densidad cada acontecimiento y volver tangible el “más cerca, más denso” al que refirieren Pons y Serna (2007) en el título de un artículo de amplia difusión en Argentina. En esta línea, nos importa destacar que no solo nos preocupa alejarnos de la construcción de una historia local empirista e impresionista, sino también de despegarnos de la posibilidad de pensar a Mar del Plata como un caso. Incluso, es posible arriesgar más y cuestionar la noción de escala.

¿Nos sirve la idea de escala?

En la historiografía argentina la idea de escala parece haber quedado más asociada, parafraseando a Lepetit (2015), a la idea de proporción que a la de reducción. Como han señalado Garzón Rogé y Quiroga (2015) para la experiencia del peronismo, muchos estudios piensan la escala en términos de los efectos diferenciados que las políticas centrales tuvieron en ámbitos diversos. Nuestros propios trabajos iniciales han seguido esta vía, pensando Mar del Plata como un espacio donde el antiperonismo radicalizado se adelanta o es más exitoso después de 1955 (Nieto, 2009; Ferreyra, 2007).

Según Levi, estos trabajos habían caído en los peligros del geertzismo. En sus palabras:

Si no se afronta el problema de la dimensión que es adecuada para examinar los fenómenos históricos, se tiende a caer en mecanismos automáticos de explicación basados sobre dos premisas que no son neutras: la primera es que las situaciones locales, o las situaciones personales, no son más que el reflejo –por lo que se refiere a lo que es verdaderamente relevante– del nivel “macro”, y que, por lo tanto, esas situaciones solo pueden ser utilizadas por lo que ellas poseen de general, o también solamente como ejemplos, y ello solo a falta de una explicación mejor. (Levi, 2003: 282). [El resaltado es nuestro].

La idea de dimensión es retomada por Lepetit cuando sugiere que “dibujar un plano es construir un modelo reducido de la realidad después de haber seleccionado una dimensión y haber renunciado a las demás” (Lepetit, 2015: 104). Así, la idea de dimensión coloca en el centro el problema, la preocupación por construir preguntas generales que puedan ser válidas para muchas situaciones diferentes. En este punto, aunque no parece inteligente considerarlo irrelevante, la cantidad de situaciones analizadas no resulta definitoria para validar hipótesis generales. De este modo, Lepetit propone pensar el problema de la generalización menos en términos de representación y más en términos de campos de validez. Desde esta lógica, en sintonía con el juego de escalas de Revel (2015), elegir una escala consiste en seleccionar un nivel de información que sea pertinente con el nivel de organización por estudiar.

Aunque comparte con este enfoque la idea de que la generalidad está contenida en la particularidad, en lugar de un esquema general aplicable a la diversidad de los casos micro, Gribaudi prefiere rechazar de plano la noción de escala. Desde su perspectiva:

Toda práctica, todo comportamiento, es en realidad formada y determinada por una trama de imágenes, de aspiraciones y de tensiones que están arraigadas en un espacio muy local y al mismo tiempo muy amplio. Se trata, entonces, de una configuración de lazos y relaciones, con frecuencia contradictorias, pero estrictamente ligadas entre sí, que es necesario considerar esas prácticas y no series de fenómenos aislados, distribuidos sobre escalas diferentes. (Gribaudi, 2005: 201).

Decididos a volver sobre nuestros propios pasos, en este trabajo nos dejaremos guiar por esta propuesta más radical, al menos como espacio de experimentación. En este intento de calibración de la herramienta teórico‑metodológica, la etiqueta “a ras del suelo” ha sido la que adoptamos con más convicciones, por las alternativas que ofrece frente a las miradas guiadas por lo micro y lo macro o arriba y abajo.

¿Por qué una historia “a ras del suelo”?

Nuestra deuda por el uso de “a ras del suelo” es con Nicolás Quiroga y, por su intermedio, con Jacques Revel. Aunque el parentesco de la noción con el “juego de escalas” no nos es ajeno, aquí no lo pensamos solo a partir de su propuesta de observación al nivel más bajo posible, sino principalmente como una mirada que horizontaliza lo que previamente estaba organizado bajo una lógica escalar. Permite descentrarse de la mirada militante común a quienes historian y a quienes conforman la elite militante historiada. Da lugar a la emergencia de voces subalternas, sin que sean habladas por otrxs.

Panes con vidrio para la Base Naval[1]

Un teniente de corbeta de la marina de guerra, en representación de la Base Naval de Mar del Plata, se presentó el 2 de octubre de 1956 en una comisaría de la ciudad. Traía en un sobre dos fragmentos de vidrio de pequeño tamaño que, según describió en la declaración, habían sido encontrados en un trozo de pan provisto a la Armada. Era la segunda vez, en el lapso de dos meses, que un hecho de estas características ocurría allí.

El dueño de la panadería explicó en su indagatoria que el día del suceso investigado debió llevar una mayor cantidad de “pan Felipe” a la Base para proveer a los tripulantes de varios buques que habían atracado allí. Para fabricarlo había contratado cinco o seis changadores, que se sumaban a la cuadrilla cuando debía aumentar su producción. Al dueño del local le interesaba aclarar que los tres obreros efectivos de la panadería eran de su total confianza. No era la misma caracterización que ofrecía de los obreros changadores. Se trataba de personas, según él, que “si bien son vigiladas de continuo, ignora sus nombres y apellidos, como así domicilios, por cuanto presenta boletas del Sindicato de Panaderos y luego de terminada la tarea cobran sus jornales correspondientes y se retiran”.

Pero ¿por qué el panadero pensaba que estos jornaleros estarían interesados en boicotear la producción de pan? Para el propietario no eran ellos la causa última del conflicto, sino que actuaban enviados por patrones interesados en sabotear su negocio, lo que derivaría en la anulación del contrato que había obtenido recientemente con la Base y una nueva licitación. La posibilidad no parece asociada a una mente paranoica, sino a la existencia de un clima tenso entre los industriales panaderos por esos días, generada por el acatamiento dispar a una medida de fuerza empresarial. Desde su corporación se impulsaba el trabajo a reglamento como represalia por la resolución que no autorizaba a elevar el precio del pan. Al respetar al pie de la letra la prohibición legal de realizar tarea alguna entre las 21 y las 5 horas de la mañana siguiente, el público consumidor no podía comprar el pan hasta las 10:30 horas, como mínimo. Si algunas panaderías seguían trabajando al ritmo habitual, no solo boicoteaban la presión, sino que se beneficiaban con mayores ventas.[2]

En otra clave, las declaraciones de los obreros, tanto los efectivos como los temporarios, sostenían que no se había tratado de una acción criminal. Cuatro de siete trabajadores señalaron que de haber existido vidrio en el pan se hubiesen producido lesiones en las manos de quienes amasaban. El matiz entre sus declaraciones y las del propietario era evidente, y los lazos de cierta solidaridad obrera no pueden dejar de considerarse.

No obstante, es llamativo que ninguno de los testimonios quisiera explicar lo sucedido a partir del enfrentamiento entre patrones y trabajadores. El sindicato, que es convocado por la policía para brindar información sobre el paradero de los changadores, valida esa visión armoniosa al declarar que tanto los obreros como el propietario de la panadería gozan de excelente concepto en el gremio. El señalamiento se vuelve más llamativo si contrastamos esta versión con la caracterización que en octubre de 1955 realizó la DIPPBA sobre el gremio de panaderos como una entidad “proclive a la violencia”.[3]

Otra ausencia significativa es la inexistencia de explicaciones del conflicto en términos peronismo/antiperonismo. Desde una perspectiva histórica, parece imposible resistirse a incorporar este evento en una serie de sabotajes encabezados a lo largo de 1956, por lo que se designó como “resistencia peronista”. Como ha señalado Julio Melón Pirro (2009: 56), en general se trataba de personas motivadas por “la necesidad de hacer algo frente a la omnipotencia gorila y sus símbolos”. En este caso, la Base Naval y los integrantes de la Armada eran un claro símbolo del antiperonismo. Más aún en Mar del Plata, donde el 19 de septiembre de 1955 miembros de esta fuerza habían bombardeado objetivos estratégicos y ocupado la ciudad, como parte de las acciones militares que se desplegaron para derrocar el gobierno de Perón.

Si seguimos esta hipótesis, aun cuando no disponemos de amplias fuentes que nos brinden posibilidades para la triangulación, como en otros ejemplos, encontramos que uno de los obreros changadores había sido tesorero del sindicato de municipales en 1947, lo que lo identifica con bastante probabilidad como militante peronista.[4] Se trata además del único testigo que declara ignorar a qué lugares distribuye la panadería, mostrando así que no desconoce los potenciales conflictos que un cliente como la Base Naval puede generar. Desde ya, aunque el trabajo de lxs microhistoriadorxs ha sido señalado por su similitud con el de lxs detectives, nada más lejos de nuestra intención que la de identificar un culpable, algo que ni la propia policía pudo realizar.

Nos parece interesante detenernos en las razones por las que ninguno de los actores que participaron en el expediente ofrecieron la hipótesis del conflicto político como explicación del atentado. Desde una perspectiva pragmática (Garzón Rogé, 2017) nuestro interrogante recibiría certeras críticas, pues, de algún modo, buscamos mostrar un sentido escondido en los actores. En esta línea, no podemos dejar de considerar la posibilidad de que lxs historiadorxs evidenciemos una tendencia a sobreinterpretar algunos hechos, poniéndolos en una serie política condicionada por nuestras miradas militantes.

No obstante, la recurrencia del conflicto peronismo/antiperonismo como factor explicativo de diversas disputas en otros expedientes similares para la época (Ferreyra, 2018), sugiere que la pregunta no es ajena al repertorio de lxs nativxs. Hace tiempo que sabemos que a todo “discurso público” le corresponde uno “oculto” susurrante, mucho más opaco y escurridizo (Scott, 2004). En este sentido, las condiciones que imponía el Decreto 4.161 para la actividad política del peronismo vuelven este silencio comprensible en condiciones de censura y proscripción. Asimismo, es posible que las motivaciones antiperonistas resultaran amplificadas en el discurso público.

En definitiva, la inexistencia de cualquier explicación por parte de lxs trabajadorxs y la duda que implícitamente plantean sobre la veracidad del hecho nos parecen ejemplos potentes de una solidaridad de clase que trasciende incluso las lealtades partidarias. Es un hecho que las consecuencias represivas que se desatarían sobre el culpable no podían ser desconocidas por lxs trabajadorxs. Por otra parte, la construcción por parte del propietario de la panadería de una hipótesis que se centra en la competencia desleal, más que pensarla como mera fachada, nos interesa para ilustrar el contraste entre las solidaridades obreras y comerciales. Al mismo tiempo, admitirla como una explicación posible, no hace sino reforzar la potencialidad del enfoque micro para abrir un abanico de posibles respuestas alternativas o complementarias, complejizando nuestra lectura de la realidad y ahogando perspectivas unilineales.

Buenos vecinos[5]

En esta historia el protagonista, Rufino, también era panadero, aunque esta haya sido solo una de las facetas de su vida. Aquí lo conoceremos como el dueño del bar/pizzería donde ocurrieron los hechos que nos interesan. Eran cerca de las seis de la tarde de un día cualquiera a mediados de junio de 1957, el invierno estaba por llegar a la ciudad de Mar del Plata y el sol ya empezaba a descender. Carabajal, Gallegos y Bonzón entraron al boliche, ubicado en el barrio Las Avenidas. Mario K. y Otto D. estaban sentados en el local y observaban la escena. El dueño del negocio los recibió sin mucho ánimo.

Rufino también había sido miembro de la policía montada en la repartición local y era militante de la Alianza Libertadora Nacionalista, una organización peronista de derecha. Había estado detenido tras el golpe de Estado de 1955, a disposición del Poder Ejecutivo Nacional. Gallegos era policía y vecino del bar, realizaba servicio de calle por la zona, aunque ese día ingresó vestido de civil. Bonzón también era policía y vivía un poco más alejado, vestía uniforme aunque declaró que estaba fuera de servicio. Carabajal era vecino de Bonzón, había participado durante el golpe de 1955 en un comando civil revolucionario, aunque también conocía a Rufino.[6]

Según sostuvo el dueño del bar en su denuncia, los tres parroquianos ingresaron a su local con clara actitud intimidatoria. Carabajal había efectuado agresiones verbales y acusaciones que eran “infundadas”. Según Rufino, aquel ataque no era más que una reacción por haber culpado a Carabajal en otro hecho delictuoso. Por un lado, Rufino señaló que este sujeto le había propinado agresiones personales muy duras. Entre otros improperios, agravió a un hijo suyo que había fallecido y lo acusó de infidelidad, al afirmar frente a su esposa que él se había “cogido muchas veces a la negra de Carmona”. Paralelamente, le reprochó que allí se hablaba mal del gobierno provisional. Los policías no habrían actuado acorde a su autoridad y, aún más, Rufino denunciaba a Gallegos, pues solía hacer propaganda abierta a favor de Arturo Frondizi. En esa línea, la denuncia fue encuadrada como “violación a los deberes de funcionario público”.

Para Bonzón y Carabajal el relato empieza una hora antes, cuando el segundo invita al primero a subirse a un taxi para ir hasta sus domicilios, ya que ambos eran vecinos. Bonzón, que estaba esperando el colectivo en una intersección de dos importantes avenidas de la ciudad agradeció el convite, pero reveló que se estaba dirigiendo al domicilio del oficial Gallegos, a fines de comentarle una sospecha en torno a unas pintadas favorables al régimen depuesto. Según sus dichos, como el domicilio de este uniformado quedaba en el camino, Carabajal se ofreció a arrimarlo. Así, en el relato de los “atacantes”, casi por casualidad, los tres terminan en la casa de Gallegos comentando sus sospechas: el bar Don Abel podría haber funcionado como punto de operaciones para la realización de una serie de pintadas favorables al peronismo que se concretaron el 9 de junio de 1957, mayoritariamente en Talcahuano y 12 de octubre, una esquina neurálgica de la zona. Aunque en el expediente nadie lo menciona, la pintada debió funcionar como una suerte de conmemoración por el alzamiento de Valle. Las sospechas de los nativos se suman así a la serie de referencias dispersas que algunxs historiadorxs vienen tejiendo para mostrar un lazo importante entre las acciones de la resistencia peronista y la Alianza Libertadora Nacionalista (Ehrlich, 2010; Melón Pirro, 2009; Besoky, 2014).

Los tres hombres se dirigieron al bar de la calle Santa Cecilia 531. Habrían ingresado tranquilamente y, mientras que Carabajal y Bonzón charlaban con el dueño, Gallegos inspeccionó el lugar. Lo habría hecho en forma discreta, según consta en sus propios testimonios, revisando el salón y el baño público para verificar si existían brochas, pinturas o alusiones al peronismo. Para Carabajal y los dos policías, aun cuando admitían no haber encontrado ningún elemento incriminatorio, la denuncia de Rufino no era más que una fachada para que “la Policía no se haga presente en su comercio y poder concurrir al mismo todos los elementos desplazados”, en clara alusión a los simpatizantes peronistas.

La investigación se cerró rápidamente el 31 de julio de 1957 con el sobreseimiento de todos los acusados por falta de evidencia. La disparidad de testimonios vuelve muy difícil reconstruir las motivaciones últimas del enfrentamiento. Pero no es necesario ser un avezado detective para advertir el modo en que tramas políticas y personales se cruzan de manera explícita, en un relato donde ambas versiones tienden a obviar aquello que las inculpa. La clave parece encontrarse en no dilapidar energía en identificar qué motivaciones primaron.

Por un lado, la manipulación de las denuncias políticas para saldar problemas del ámbito privado ha sido explorada ampliamente para otras experiencias históricas (Fitzpatrick y Gellately, 1996). Las propias comisiones investigadoras del año 1955 resultan una ventana interesante para observar estos cruces (Ferreyra, 2018). Estos altercados, por ejemplo, pueden leerse en serie con otros conflictos internos de las fuerzas policiales que se visualizan a través de las comisiones investigadoras organizadas por la “revolución libertadora”, entre las cuales la número 58 estuvo especialmente dedicada al accionar de la Policía Federal. Siguiendo este razonamiento, podríamos afirmar que, en última instancia, el enfrentamiento entre peronistas y antiperonistas debería explicarse más por razones personales que por razones políticas, lo que amortiguaría la relevancia de la dicotomía. En definitiva, podría suponerse que en todas las sociedades existen rencores y enconos personales canalizables de diversos modos. Una entrevista actual con la hija de Rufino nos ayuda a comprender que lo personal no operó solo como mera fachada.[7]

Si llevamos el argumento más lejos podríamos conjeturar que algunas personas manipularon desde abajo el proyecto de “desperonización” para que fuese coadyuvante a sus propias iniciativas. Incluso puede mencionarse como argumento a favor de esta tesis que los propios integrantes de las comisiones lo tuvieron en cuenta como un elemento distorsionador. Encontramos varios pasajes donde señalaron que, desde su óptica, los problemas privados introducían ruido en un proceso que no buscaba penalizar diferencias ideológicas o personales, sino identificar y castigar irregularidades. Algunas declaraciones muestran la necesidad de poner freno a la proliferación de denuncias, a las que juzgaban en muchos casos como “productos de la imaginación o vehículo para venganzas personales”.

Tal como vemos en las otras experiencias, las motivaciones no siempre salen a la luz en “las fuentes”, menos cuando se trata de denuncias judiciales. Mientras la acusación por ser peronista parece fácil de procesar para la justicia en ese momento, la inversa no puede revelarse con el mismo ímpetu. Los testigos del hecho, por ejemplo, buscan eludir su responsabilidad señalando la existencia de un altercado, pero del que no podrían “dar detalles pues transcurría en voz muy baja”. Este dato es más significativo cuando descubrimos que uno de ellos era militante de la Alianza Libertadora Nacionalista y compadre de Rufino. Sin embargo, es posible que haya preferido evitar problemas, callando para no alertar sobre sus simpatías políticas. Quizás el encono personal había dejado a Rufino demasiado expuesto. Es posible también que su estrategia fuese diferente. Desde esta óptica, la experiencia puede revelarnos por qué una práctica específica de poder, como son las causas judiciales, puede ser ocasionalmente invertida por algunos sujetos, para quienes las instituciones de justicia no solo administran castigos, sino también derechos (Gallucci, 2010). Así, Rufino revierte la sospecha implícita que pesa sobre él y sus acciones a favor del peronismo al formular una denuncia contra aquellos que lo construyen como sospechoso.

En otro orden de cosas, es posible que generalicemos los gestos de encono y venganza personales, pues no tenemos registros de los signos de socorro, amabilidad y ayuda. Un suceso posterior en la vida de Rufino nos permite agregar esta dimensión. En 1965 se encuentra presidiendo la Sociedad de Fomento del Barrio San Martín, cuyo radio de acción comprendía el área trazada por la calle Jacinto Peralta Ramos y Cerrito; siendo su frontera urbana la avenida 39. El barrio donde diez años antes ubicamos los domicilios de Carabajal y Bonzón, se encontraba más urbanizado y conservaba su perfil obrero. Héctor Woollands, reconocido militante anarquista, nos cuenta cómo se acercó a la casa de Rufino para plantearle la iniciativa de dividir en dos la dilatada barriada y crear una nueva sociedad de fomento. En sus palabras:

… nos recibió en su casa y cuando se enteró de lo que pretendíamos se disgustó mucho. Nos reprochó agriamente el proceder tratándonos de divisionistas y diciendo que perjudicaríamos el barrio. Pero la conversación a medida que se prolongaba se fue haciendo más serena y persuasiva hasta que finalmente se convenció del acierto de nuestra propuesta y al finalizar la entrevista, que duró alrededor de dos horas, terminamos firmando un acta en la cual deponía toda objeción y nos autorizaba a constituir una nueva sociedad. (Woollands, 1990: 19‑20).

En la acusación de divisionista se pueden advertir las diferencias políticas existentes entre ambos dirigentes barriales que, lejos de restringirse a peronismos/antiperonismos podemos procesar también a partir del más tradicional eje izquierdas/derechas. Sin embargo, poco importan en un relato donde los intereses sectoriales parecen trascender diferendos de otro tipo. En trabajos anteriores hemos encontrado otras experiencias donde los intereses barriales superan las barreras políticas, aun cuando sabemos que las disputas por la hegemonía continuaban en el ámbito territorial (Ferreyra, 2013; Nieto, 2015).

¿Para qué nos sirve entonces reconstruir los enfrentamientos entre peronistas y antiperonistas “a ras del suelo” si las experiencias, incluso centradas en el mismo individuo, parecen devolver imágenes opuestas en torno a la radicalidad o moderación del conflicto? Por un lado, una vez más, al rescatar las voces de lxs subalternxs, lxs historiadorxs deberíamos estar dispuestxs a admitir escenarios mucho menos demarcados por lealtades e identidades partidarias de lo que nuestras miradas militantes nos sugieren. Por otro, las disputas se activan y desactivan en distintos contextos. Si tomamos y forzamos un poco la tesis de la historiografía pragmática (Garzón Rogé, 2017), podemos animarnos a sostener que las identidades y los lazos sociales no solo tienen naturaleza cambiante, sino también usos diversos.

De rompehuelgas y “mandones a sueldo”[8]

Cerca del mediodía, en la intersección de las calles Juramento y 39, dos mujeres fueron abordadas por tres varones que se desplazaban montados en bicicletas. Margarita notó que uno de los individuos portaba un revólver. Ella y Rosario volvieron a vivenciar la escena seis horas más tarde, al ser interceptadas en la intersección de las calles Juramento y 37 por uno de los tres varones que había participado del hecho del mediodía. Los dos eventos se produjeron el martes 4 de febrero de 1958 en la zona portuaria de la ciudad de Mar del Plata.

Sin mayor contextualización, los datos que constituyen el nudo del evento nos permiten pensarlo como una disputa interpersonal. La repetición del suceso nos habilita algunos elementos más: 1) las bajas chances de que haya sido un intento de robo; 2) cierto vínculo preexistente entre ambas mujeres; 3) la existencia de algún tipo de trayecto común recorrido por las dos mujeres, entre otros aspectos menores.

Por fuera de las acciones de quienes estuvieron implicadxs, la ubicación espacio‑temporal nos posibilita inferir otros elementos que hicieron al contexto del suceso. En esos momentos se estaba viviendo un proceso electoral que daba término al gobierno de facto de quienes habían derrocado a Perón. Aunque, debido a su proscripción, sin la participación directa de lxs peronistas. Las elecciones se llevaron a cabo el 23 de febrero de 1958 en un clima de creciente conflictividad laboral y social. Podría ser esta una entrada a las motivaciones de lo sucedido aquel 4 de febrero. Sin embargo, hubo otros procesos más cercanos espacial y temporalmente que pudieron haber informado aquel encuentro.

Los gremios de mercantiles y de la construcción se encontraban en conflicto desde finales de 1957. La falta de respuestas y soluciones para ambos conflictos motivó la intervención de la CGT, que había sido recientemente reorganizada. La central obrera convocó a una huelga general en solidaridad con los dos gremios en conflicto para el miércoles 5 de febrero de 1958. Este último dato contextual nos permite imaginar de un modo verosímil que el evento en cuestión puede ser inscripto en una secuencia mayor de acontecimientos en torno a la huelga general. Veamos algunos datos más sobre las dos mujeres.

Margarita y Rosario trabajaban como operarias en una fábrica de conservas de pescado (FADECO). Este establecimiento había sido recientemente terreno de disputas y conflictos. En octubre de 1957 el sindicato de la rama tuvo que intervenir por la suspensión de una obrera y el despido de otra por parte del capataz, como consecuencia de peleas con otras trabajadoras.[9] Ambas operarias vivían cerca de su lugar de trabajo, en la zona portuaria. Esto explica el recorrido en común. En sus declaraciones afirmaron que los tres individuos, “al parecer obreros por las ropas que vestían”, las injuriaron e insultaron, y les gritaron que “si no se plegaban al paro decretado por la CGT para el día siguiente les iban a ‘romper los huesos’”. Por un lado, sus voces nos permiten inferir que no conocían a ninguno de los tres obreros que las agredieron verbalmente. Por otro lado, el evento parece referir a una secuencia de acciones para garantizar la huelga general en sus vísperas. Es decir, da cuenta de una acción intragremial contra la posible emergencia de rompehuelgas. Tal es así que el hecho fue caratulado por la Policía como “Presunta infracción al artículo 158 del código penal”.

Sin embargo, la denuncia policial no fue iniciada por las obreras agredidas. Luego del primer encuentro, ya de regreso en la fábrica, Margarita y Rosario le contaron lo sucedido a María Teresa, la delegada de personal. Anoticiada del evento informó lo ocurrido a Antonio Ramón Camaño, el secretario del sindicato, quien ese mismo día presentó una denuncia en la Seccional Tercera, sita en la zona portuaria. En la misma seccional donde se encontraba en curso una investigación por la denuncia de la gerenta del establecimiento pesquero Monterrey contra el sindicato del pescado por coartar la libertad de trabajo. Hecho también caratulado por la Policía como “Presunta infracción al artículo 158 del código penal”.

Hasta aquí, los datos reunidos nos permiten entender que lo sucedido no puede ser reducido a una acción contra presuntas rompehuelgas. La intervención de un dirigente sindical del gremio del pescado en contra de la actuación de tres individuos identificados como de la CGT nos habla también de una disputa intergremial. Existía ahí una disputa entre el Sindicato Obrero de la Industria del Pescado (SOIP) y la CGT. ¿Pero, qué tipo de disputa? Dado el contexto, ¿se la puede entender como una disputa entre peronistas y antiperonistas?

En este sentido parecen ir las palabras del secretario del SOIP en su testimonio. Se identifica como secretario de dicha organización, adherida a la Unión Obrera Local (UOL). La UOL había sido intervenida y clausurada en diciembre de 1947 y reabierta en septiembre de 1955. Luego sostuvo que aquel 4 de febrero fueron varias las denuncias de afiliadas llegadas a la mesa del sindicato “en el sentido de que elementos adictos a la CGT local, gremio de la alimentación, amenazaban con ostentación de armas de fuego, a obreras de la Campagnola y Fadeco”. Acto seguido atribuyó el motivo de las amenazas a que el “personal amenazado, milita en este sindicato, que como toda la Unión Obrera Local, no se ha plegado a la huelga decretada por la CGT”. El “gremio de la alimentación” nombrado era el Sindicato de Obreros y Empleados de la Alimentación (SOEA), después Sindicato de Trabajadores de la Industria de la Alimentación (STIA), que había nacido con otro nombre como sindicato paralelo al SOIP en 1946 y lo había reemplazado cuando el SOIP fue intervenido y clausurado en 1948.

El testimonio de Camaño cierra con una advertencia sobre “males mayores”:

No es posible que se coarte la libertad de trabajo para estos hombres y mujeres que adoptan en cada caso, la postura gremial que creen más efectiva, no por imposiciones de mandones a sueldo, sino por la libre determinación de las mayorías de cada sindicato. Mañana VOTAMOS TRABAJAR porque esa es nuestra democrática decisión. Pararemos en huelga cuando nosotros mismos lo hayamos convenido. En caso de oposición por la violencia de los elementos que han amenazado, responderemos en defensa de nuestra libertad de acción.

Permítasenos una breve digresión. Estos mismos argumentos sobre “libertad de trabajo” y “democracia sindical” habían sido utilizados por los dirigentes del SOEA en noviembre de 1957, cuando denunciaron públicamente el accionar del SOIP:

… la afiliación es libre y lo puede hacer a su antojo, debemos ser democráticos, como buenos gremialistas queremos cordura y no amenazas; […] denuncie a la POLICÍA cuando lo presionen sobre su afiliación, piense que es dueño de usted mismo, nadie puede disponer de su voluntad y menos cuando lo quieren hacer a la fuerza.[10]

Volvamos con Camaño. Luego de su denuncia fue llamado a testimoniar como testigo a fin de identificar a los agresores. Ante la pregunta sobre la identidad de las personas “que según él hacían ostentación de armas de fuego”, expresó que fue la delegada de FADECO quien manifestó habían ido dos obreras a contar lo sucedido. En relación con las obreras de La Campagnola, declaró saber lo que habían manifestado algunas obreras de quienes no recuerda su nombre.

María Teresa, la delegada de FADECO, fue llamada a testimoniar y declaró:

Que el día 4 del corriente, en vísperas de un paro de 24 hs. decretado por la CGT se apersonaron dos obreras de la fábrica, llamadas MARGARITA […] y ROSARIO […], quienes le manifestaron que ese mismo día, a eso de las 13:40 hs. [sic] y a pocas cuadras de la fábrica, cuatro [sic] personas del sexo masculino, las amedrentaron, haciéndoles saber que no debían trabajar, o de lo contrario sufrirían las consecuencias. Que las mismas observaron que dichos hombres llevaban armas de fuego. Que la declarante no fue testigo de los hechos y que los conoce por referencia a las nombradas obreras.[11]

La declaración de María Teresa derivó en la citación de ambas obreras. Margarita declaró que el día 4 de febrero, “a eso de las 11:45 hs.” salía de su trabajo en la fábrica de conservas de pescado FADECO, en compañía de Rosario, su compañera de trabajo. En el camino, tres personas del sexo masculino les dijeron en tono amenazante que les iban a “romper los huesos” si continuaban trabajando. Ante los insultos y amenazas ambas

… optaron por seguir su camino. Que recuerda que una de esas personas, portaba un revólver en un bolsillo del pantalón, y recuerda que vestía pantalón beige y camisa clara. De las otras personas no recuerda bien sus características, y sabe que los tres viajaban en bicicletas. Que el mismo día a eso de las 18 horas, y luego de salir del trabajo, en las calles Juramento y 37, una de las personas que las había amenazado a la mañana, morocho, grueso, baja estatura, las volvió a insultar, y las amenazó. Que la compareciente, y la Sra. de CUENCA, siguieron adelante. Que posteriormente, no los vio nunca más ni han vuelto a molestarla.[12]

En una declaración algo diferente a la de su compañera, Rosario sostuvo “que el día cuatro del corriente, a eso de las 11:45 hs. la declarante, junto con su compañera Margarita […], habiendo finalizado su trabajo en la fábrica de conservas de pescado Fadeco, regresaba a su domicilio”. Que fueron interceptadas en la intersección de las calles Juramento y 39 por tres individuos, en bicicleta, “al parecer obreros por las ropas que vestían”. Las insultaron y les manifestaron que

… si no se plegaban al paro decretado por la CGT para el día siguiente les iban a ‘romper los huesos’. Que ambas siguieron su camino, observando que uno de los obreros llevaba puesto un pantalón [ilegible] y una camisa oliva. Que era rubio con ropas claras y otro morocho y bajo. Que el mismo día, siendo las 18 horas, la persona que mencionara es morocho y bajo, en circunstancias que regresaban del trabajo, las atajó en calles Juramento y 37, amenazándolas e insultándolas nuevamente. Que a esta persona la ha visto posteriormente, pero no sabe quién es ni donde se domicilia. Que a los dos que lo acompañaban es esa oportunidad, no los ha vuelto a ver. Que no recuerda haber notado que ninguno llevara armas.[13]

Figura 1

Si leemos el expediente en el orden que sugieren sus fojas, tendríamos que empezar desde la declaración más “alejada” de los “hechos” y más “cercana” a una “declaración” informada por el clivaje político peronismo‑antiperonismo. Y esta elección puede conllevar riesgos que no queremos correr: la sobreinterpretación de las “declaraciones” de Margarita y Rosario como un efecto de las disputas entre peronistas y antiperonistas. De este modo estaríamos reproduciendo la mirada elitista de las direcciones sindicales. A la vez que estaríamos borrando la marca individualizante y también elitista de la Policía, institución a la cual no recurrieron las obreras para denunciar lo ocurrido.

En las declaraciones de las obreras la huelga de la CGT aparece mencionada por boca de sus agresores: “si no se plegaban al paro decretado por la CGT para el día siguiente les iban a ‘romper los huesos’”. Por el contrario, en el discurso de la delegada, la huelga de la CGT aparece enmarcando y dotando al episodio de sentido: “el día 4 del corriente, en vísperas de un paro de 24 hs. decretado por la CGT”. Finalmente, en la declaración de Camaño la disputa entre la UOL y la CGT es la dotadora de sentido:

… elementos adictos a la CGT local, gremio de la alimentación, amenazaban con ostentación de armas de fuego, a obreras de la Campagnola y Fadeco […] el personal amenazado, milita en este sindicato, que como toda la Unión Obrera Local, no se ha plegado a la huelga decretada por la CGT.

Asimismo, el papel de las armas de fuego va decreciendo en la medida que pasamos de las declaraciones de Camaño y llegamos hasta las declaraciones de Margarita y Rosario: “ostentación de armas de fuego”, Camaño; “dichos hombres llevaban armas de fuego”, María Teresa; “recuerda que una de esas personas, portaba un revólver en un bolsillo del pantalón”, Margarita; “no recuerda haber notado que ninguno llevara armas”, Rosario.

En relación con la cantidad de agresiones y agresores también hay diferencias. Según Camaño habían llegado “a la mesa de esta Secretaría varias denuncias de afiliadas, en el sentido de que elementos adictos a la CGT […] amenazaban con ostentación de armas”. Por su parte, la delegada precisó la cantidad de agresores afirmando que habían sido cuatro hombres. Mientras que en las declaraciones de ambas obreras tres era la cantidad de agresores.

Otro contraste entre el decir de las obreras y el de Camaño se dio en torno a los agresores. Mientras que para las obreras sus agresores parecían obreros por cómo vestían. Para Camaño se trataba de “mandones a sueldo” enviados por la CGT.

Con todo, estas discrepancias y diferencias no anulan el peso del clivaje político peronismo/antiperonismo. Que la matriz interpretativa y los recursos discursivos movilizados por el dirigente del SOIP estuvieran informados por aquel clivaje no parece poca cosa al momento de dar cuenta de la visibilidad del evento. Fue esa matriz la que activó la motivación para que Camaño hiciese lo que no habían hecho las obreras agredidas: la denuncia policial, un recurso más en la disputa entre los tándems SOIP‑UOL y SOEA‑CGT.

Sin embargo, no nos podemos quedar con una mirada centrada en el Estado nacional para explicar el clivaje político. Ahí, en ese evento, se jugaba también una pequeña batalla contra “los totalitarismos” en el marco de la “guerra fría”. Camaño era militante de una fuerza política trasnacional: el anarquismo, que como tal se posicionó en la disputa “democracia/totalitarismo” a favor del campo “democrático”. Si para estos militantes el peronismo significaba una experiencia totalitaria, la madre de todas esas experiencias era la URSS estalinista. Su antibolchevismo era tan fuerte como su antiperonismo y para colmo de bienes en aquella coyuntura se encontraban actuando de forma mancomunada en el marco de la CGT. Es más, la CGT reorganizada estaba comandada por dirigentes comunistas, al igual que el SOEA. La disputa anarquismo/comunismo, aunque atravesada por el clivaje peronismo/antiperonismo, trascendía en términos espaciales y temporales el clivaje político vernáculo.

La condición de elite dirigente de Camaño y María Teresa en contraste con Rosario y Margarita tiene su correlato en la base de datos, nómina que contempla más de 6.000 registros sobre trabajadorxs del pescado. Mientras que Rosario y Margarita no cuentan con ninguna mención, Camaño y María Teresa cuentan con 51 y 35 menciones respectivamente. Camaño aparece con distintos roles entre 1952 y 1959: delegado, secretario, paritario, prosecretario, entre otros. María Teresa aparece con distintos roles entre 1957 y 1961: delegada, secretaria de actas, paritaria, vocal, entre otros.

Reflexiones finales

Si algo marca a estas páginas es su interseccionalidad. Entre quienes las escriben y sus estelas biográficas. Entre la historiografía social y la historiografía política. Las historias mínimas que forman este ensayo dan cuenta de la trama de múltiples relaciones sociales que componen un evento que siempre es irreductible a uno de sus lazos. Y que nunca puede ser comprendido como expresión pura y cristalina de un solo clivaje, sea político, social, cultural o de otro tipo. Ni siquiera la confrontación política en su momento de predominancia es solo política. Y viceversa. Nunca la contienda social es meramente social.

Este ensayo, en tanto experimento, replica parcialmente el ejercicio paracaidista al que refiere Thompson en Los orígenes de la Ley Negra. Nos lanzamos sobre un territorio no del todo conocido y avanzamos en distintas direcciones. En todo momento nos cuidamos de no proyectar la mirada militante de las elites de la época sobre las mentalidades de los individuos de las clases subalternas que protagonizan estas páginas. También nos cuidamos de no proyectar nuestra mirada militante, tan afín a la de las elites contemporáneas, sobre los sucesos estudiados.

Ante la escasez de fuentes para recuperar la historia de las clases populares, se tornan auxiliadoras esas “pequeñas pinceladas de inferencia” de las que habla Thompson (2010). El historiador británico resalta que las conjeturas cuestan más trabajo que la descripción densa a partir de fuentes abultadas, y nos advierte que muchas veces la sobreabundancia de documentos históricos despierta la pereza de lxs historiadorxs.

Hace poco, Mariana Garzón Rogé (2016) efectuó un ejercicio inspirador, analizando el modo en que situaciones concretas en el parlamento durante el peronismo construían las políticas en que participaban lxs actorxs. En este trabajo hemos intentado incorporar el análisis de otros planos de la experiencia cotidiana, donde lo político maneja niveles mucho más recortados de autonomía. En estas escenas, el clivaje peronismo/antiperonismo por momentos cede ante el antagonismo clasista. En otros, las diferencias sociales se toman un respiro frente a las lealtades políticas. No importa tanto jerarquizar estas variables como analizar el modo en que se traman. Los espacios de lo público y lo privado, así como de lo político y lo personal también se entrelazan y mixturan. Las prácticas violentas se tornan un condimento cotidiano de los lazos sociales y las comunidades.

Historiar el clivaje peronismo/antiperonismo “a ras del suelo” implica entonces heterogeneizar las temporalidades y espacialidades que a vuelo de pájaro se muestran homogéneas y planas, sin pliegues ni rugosidades. Aunque hablamos de heterogeneizar, el ejercicio no debe homologarse al de visualizar antiperonismos o peronismos diversos. No se trata de construir una clasificación más compleja, donde la inquietud por la construcción de regímenes políticos estables sugiere establecer escalas que oscilen entre la moderación y la radicalidad. Se trata de encontrar explicaciones para la adhesión política arraigadas en las experiencias cotidianas, pensamos en encontrar vínculos entre situaciones sociales e identificaciones ideológicas que no se expliquen como irregularidades de un modelo.

Desde esta óptica, no hay sentidos trascendentes ni inmanentes sobre el ser peronista y el ser antiperonista. Sin ignorar las sedimentaciones que las prácticas generan, los sentidos siempre son situados y están constantemente en disputa. Solo una mirada “a ras del suelo” los puede reponer, a la vez que hace entrar en escena los clivajes que estaban invisibilizados por la narrativa mandante de las identidades políticas en pugna. De esta forma, las fronteras armadoras de dicotomías se permeabilizan hasta desdibujarse.


  1. Departamento Judicial de Mar del Plata, Juzgado en lo penal N.º 2, Causa 1539/56, Base Naval de Mar del Plata, Atentado a la salud pública.
  2. La Capital. 1956. (Mar del Plata) 2 de octubre.
  3. Comisión Provincial por la Memoria, Archivo de la Dirección de Inteligencia de la Policía de la Provincia de Buenos Aires (CPM‑DIPPBA), Mesa B, Carpeta 55, Legajo 16, f. 21.
  4. Fuente: Base de datos nominal sobre activismo político y social en Mar del Plata.
  5. Departamento Judicial de Mar del Plata, Juzgado en lo penal N.º 2, Causa 2064/57, Violación a los deberes de funcionario público.
  6. Si bien no figura en el expediente, otras fuentes confirman ese posicionamiento, identificando en 1955 a un Carabajal que integra la comisión provisoria del gremio de petroleros. Fuente: Base de datos nominal sobre activismo político y social en Mar del Plata.
  7. Entrevista oral a Margarita realizada por Silvana Ferreyra, Mar del Plata, abril de 2019.
  8. CPM‑DIPPBA, Mesa B, Carpeta 6, Atentado a la libertad de trabajo, Mar del Plata, fs. 4‑20.
  9. Sindicato Obrero de la Industria del Pescado (SOIP), Libro de Actas 2, Acta N.º 21, 5 de octubre de 1957, p. 24; SOIP, Libro de Actas 2, Acta N.º 24, 26 de octubre de 1957, p. 29.
  10. CPM‑DIPPBA, Mesa B, Carpeta 57, folio 5.
  11. CPM‑DIPPBA, Mesa B, Carpeta 6, folio 11.
  12. CPM‑DIPPBA, Mesa B, Carpeta 6, folio 12.
  13. CPM‑DIPPBA, Mesa B, Carpeta 6, folio 14.


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