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7 Pensar la historia política argentina desde lo local

Aportes de una mirada situada

Rebeca Camaño Semprini (CIH‑FCH/UNRC; CEA‑UNC/CONICET)

Introducción

Enfocar la mirada localmente sin perder de vista la profundidad de los procesos en que se enmarcan es nuestro postulado metodológico, con el convencimiento de su potencialidad analítica para la construcción de una historia política argentina más sustantiva y compleja. Para dar cuenta de esto, reconstruimos las renovaciones interpretativas sobre la historia política del peronismo, del Estado y de las relaciones con la Iglesia provistas por una historia situada en Río Cuarto (Córdoba), reflexionando sobre la formulación de los problemas, el uso de diversas escalas de análisis y sus efectos interpretativos, entre otras cuestiones. Asimismo, evidenciamos cómo los repositorios documentales de los que disponemos se constituyen en condición de posibilidad para nuestra propuesta metodológica. Finalmente, reflexionamos sobre algunos aportes para el abordaje de las dinámicas políticas en un juego de escalas, en el que la mirada está enfocada localmente pero la visión abarca el amplio horizonte nacional.

Estudiar el peronismo desde lo local

La preocupación académica sobre los orígenes del peronismo surgió quizás con el nacimiento mismo de esta fuerza política y, dada su permanencia y protagonismo en el escenario político argentino, no ha mermado con el paso del tiempo y, lejos de anquilosarse, las preguntas y las perspectivas de análisis desde las cuales estudiarlo continúan renovándose.

Las primeras respuestas provinieron fundamentalmente desde la sociología. Centradas en la experiencia porteña, estas producciones ofrecieron distintos análisis de los procesos políticos que –como ha ocurrido con otros fenómenos– tendieron a pensarse como explicativos del peronismo a nivel nacional. Clasificadas por los historiadores Darío Macor y César Tcach en ortodoxas y heterodoxas, las primeras le asignaban un rol protagónico a los migrantes internos arribados desde la década del treinta a la ciudad de Buenos Aires, mientras que las segundas destacaban el papel de la vieja clase obrera en el proceso de génesis del peronismo. A pesar de sus diferencias, ambas interpretaciones centraron su atención en los efectos del proceso de industrialización, de las que se derivó una caracterización del peronismo como suerte de imagen mimética explicada como proyección social de aquel.

Consecuentemente, en lo que denominaron “interpretaciones extracéntricas”, Macor y Tcach buscaron complejizar estas miradas desde una perspectiva historiográfica, a través de un estudio del peronismo en el interior del país, espacio muchas veces ajeno a las transformaciones sociales introducidas por el proceso de industrialización (2003). La reducción de la escala de análisis, centrando la mirada en los espacios provinciales, permitió comprender algunas características del peronismo. Eran las matrices constitutivas de esta fuerza política –además del estilo de liderazgo de Perón– las que permitían explicar su tibieza de fe en las virtudes de la democracia política. En un universo donde la clase obrera era relativamente débil y la llegada de migrantes internos prácticamente nula, el peso de los factores tradicionales fue central en la configuración originaria del peronismo: Ejército, Iglesia católica (en especial Acción Católica), caudillos conservadores e, inclusive, fracciones oligárquicas tradicionales. Por encima de las particularidades de cada caso, las investigaciones sobre distintas provincias y localidades permitieron postular que el desprecio del peronismo por los partidos políticos, el sistema de partidos y el pluralismo político estaba en consonancia con las tradiciones previas de los sectores que lo abrazaron, en una primera instancia, como una fórmula –en clave movimientista– que les permitía conciliarse con el pueblo, obtener nuevos espacios de poder y ofrecer una respuesta conservadora a la crisis político‑ideológica de la época.

Por otra parte, estas investigaciones –a diferencia de sus antecesoras, que se centraron en la etapa de conformación del peronismo– le otorgaron un espacio importante al análisis de las relaciones entre oficialismo y oposición. Esto es particularmente evidente en la obra que, de alguna manera, abrió esta corriente historiográfica: Sabattinismo y peronismo, de César Tcach. Publicado por primera vez en 1991, este libro se divide en tres partes en las que, sucesivamente, se analizan las características de ambas fuerzas políticas entre 1943 y 1947, los cambios operados como consecuencia de la consolidación de los actores en un nuevo escenario político‑institucional entre 1948 y 1951 y el proceso de radicalización y confluencia de la oposición política y corporativa en los últimos años de gobierno peronista.

Al brindar un completo panorama de la vida interna de los partidos políticos cordobeses, las relaciones entabladas entre ellos y el espacio político en que se desenvolvieron, dicho estudio abrió la posibilidad de formular nuevas preguntas a viejas problemáticas desde lo local, entendiendo por tal no un objeto diferente (lo pequeño), sino una perspectiva de observación: ver el objeto de estudio “desde cerca”. Optar por esta perspectiva implica enfrentarnos con un doble desafío: por una parte, disputar la construcción de sentido a las interpretaciones que conciben lo acontecido en provincias y regiones como meros reflejos o epifenómenos de lo ocurrido en Buenos Aires (cuya historia es homologada a la nacional) y, por otra parte, combatir el provincialismo o localismo estrecho que, desde una mirada parroquiana, rinde culto a las peculiaridades locales.

Los estudios realizados a partir de esta elección metodológica situaron la observación desde Río Cuarto, segunda ciudad en importancia poblacional, política y económica de la provincia de Córdoba (Camaño Semprini, 2014). Las transformaciones y continuidades de la dinámica relacional entre el oficialismo peronista a cargo del gobierno municipal y los partidos de la oposición, fueron reconstruidas e interpretadas a la luz de una premisa: entre 1946 y 1951 no se realizaron elecciones en las localidades de la provincia de Córdoba. El hecho de que en ese lapso el Ejecutivo estuviera a cargo de un comisionado y las funciones legislativas concentradas en un organismo centralizador abrió nuevas preguntas sobre los procesos de centralización política y administrativa tradicionalmente adjudicados al peronismo. Asimismo, y en estrecha vinculación con lo anterior, reactualizó la preocupación por el tipo de relaciones entabladas tanto entre el peronismo y el Estado como entre los distintos niveles de este último.

Uno de los desafíos –pero también una oportunidad para la formulación de nuevas interpretaciones– fue la existencia de un vacío historiográfico sobre el período en el ámbito riocuartense: no habían sido realizados, por ejemplo, estudios sobre la conformación del sistema de partidos locales antes del quiebre de la autonomía municipal consecuente del golpe de Estado de 1943, ni respecto a su reacomodamiento frente al surgimiento del peronismo, ni a cuáles habían sido los factores constitutivos de dicho partido/movimiento en Río Cuarto.[1] En este sentido, entendemos que la reconstrucción de las transformaciones experimentadas por el arco partidario riocuartense durante los años treinta permitió explicar tanto el posterior reacomodamiento de las fracciones internas de la Unión Cívica Radical y del Partido Demócrata frente a la emergencia del peronismo, como las características que asumió la organización interna de este partido en el espacio departamental.

Aunque, en consonancia con lo ocurrido en múltiples espacios del interior argentino, en Río Cuarto el peso de los factores conservadores en la conformación originaria del peronismo resultó central, pueden identificarse ciertas particularidades que permiten repensar su construcción partidaria. Por una parte, a diferencia de otros espacios de la geografía cordobesa, las múltiples gestiones emprendidas en 1945 para lograr la incorporación de representantes locales del Partido Demócrata al peronismo en ciernes resultaron infructuosas. En este sentido, la inmensa mayoría de los cuadros partidarios provinieron del ala más tradicional del radicalismo, que –ante el avance de la corriente renovadora del sabattinismo y la consecuente imposibilidad dentro del mismo de acceder a cargos partidarios y/o gubernamentales– había optado por desprenderse de su partido.

Teniendo en cuenta que sobre miembros de este sector habían recaído sospechas de vinculaciones con las organizaciones fascistas actuantes en la ciudad en la década del treinta y que, mientras permaneció dentro de la UCR, recurrió a prácticas que incluían el quebranto de la disciplina partidaria (yendo desde la abstención hasta la abierta oposición) y frecuentes denuncias por fraude, parece atinado suponer un traspaso de ciertos rasgos de una cultura política tradicional caracterizada por la desconfianza y hasta un cierto desprecio por la democracia interna y el disenso político; proceso que tendría importantes consecuencias no solo para la conformación originaria del peronismo riocuartense, sino también para sus relaciones con los demás partidos.

Por otra parte, aunque fue eficiente en su tarea de mediar en las relaciones entre empleadores y trabajadores, al acercar a las bases sociales al emergente peronismo y permitir su triunfo en febrero de 1946, el accionar de la delegación de la Secretaría de Trabajo y Previsión no se tradujo en una nueva estructura partidaria que le sirviera de apoyo propio. Esto tuvo, al menos, tres consecuencias. En primer lugar, se observó una escisión entre las preferencias electorales de los sectores obreros y el posicionamiento de los gremios riocuartenses que, bajo el influjo de los partidos Socialista y Comunista y nucleados en el Comité de Unidad Sindical, apoyaron la fórmula de la Unión Democrática. En segundo lugar, el proceso de peronización del movimiento obrero sindicalizado y, su contracara, la obrerización del peronismo riocuartense tuvieron lugar recién a partir de 1947, tras la intervención de la delegación local de la CGT. En tercer lugar, y en estrecha relación con lo anterior, la composición originaria del peronismo riocuartense presentó un predominio de sectores medios, profesionales, con previa experiencia partidaria en las filas del radicalismo.

Además de estas características del oficialismo peronista, al estudiar las relaciones con la oposición debió considerarse que el llamado a elecciones en febrero de 1946 no incluyó a las municipalidades y, en el espacio estudiado, no hubo normalización institucional hasta 1951, período en el que los comisionados municipales fueron designados desde el gobierno provincial. Como consecuencia de esta separación de la faz administrativa del gobierno municipal con respecto al conjunto de partidos políticos riocuartenses, el monopolio del poder estaba en manos del peronismo. No solo se excluía a las demás fuerzas de este, sino también de la contienda electoral. Consecuentemente, podemos afirmar que, si al analizar el proceso de construcción del partido peronista en una escala nacional y en los distintos espacios provinciales se ha postulado en reiteradas oportunidades la estrecha relación entre este y la esfera estatal, dicha vinculación adquiere características particulares al reducir la escala de análisis. La ausencia de elecciones municipales hasta 1951 implicó que las disputas, alianzas y posicionamientos al interior del partido, tanto vertical como horizontalmente, tuvieran una traducción prácticamente inmediata en la estructura de los poderes públicos locales. Puestos como el de comisionado municipal y jefe político adquirieron así una fuerte carga de status –en términos de Panebianco (1990)– en función de su estrecha dependencia con respecto a las cambiantes relaciones de fuerza existentes en el seno del gobierno y, consecuentemente, se convirtieron en botines disputados por las distintas fracciones del peronismo local.

La reducción de escala permite la reconstrucción empírica del proceso de construcción y consolidación del partido peronista basado en una notable concentración (geográfica y funcional) de la autoridad y, consecuentemente, de los procesos de toma de decisiones que han enunciado otras investigaciones desde una perspectiva más panorámica. En efecto, tanto las autoridades partidarias departamentales como los candidatos para cargos electivos eran nominados por las instancias partidarias superiores. En las escasas ocasiones en que se realizaron elecciones internas, estas se vieron teñidas por importantes sospechas de fraudes (1947), fueron suspendidas por los conflictos internos (1950) o revistieron un carácter meramente ritual, al presentarse una única lista (1953).

No obstante lo anterior, se constataron también ensayos de resistencia a esta centralización por parte de los legisladores nacionales riocuartenses. En este sentido, cuando en 1948 el Consejo Superior del partido designó a Bernardo Pío Lacase como candidato a vicegobernador –quien no había participado hasta entonces en la vida política y cuyos principales méritos eran haber sido socio fundador y presidente de la Sociedad Rural y del Jockey Club de Río Cuarto– el senador nacional Felipe Gómez del Junco y el diputado nacional Isidoro Varea dejaron de lado las diferencias que hasta entonces los habían separado y unieron filas para enfrentar el proyecto centralizador oficialista. Como parte de esta estrategia, ambos legisladores impulsaron la conformación en el Congreso Nacional de un bloque de senadores y diputados cordobeses para colaborar con el gobierno de la provincia, al tiempo que le reclamaban la “peronización” de la administración pública con “hombres de la primera hora”, aquellos que “se lanzaron a la lucha en horas que no eran nada ciertas ni fáciles”.[2] Esta demanda adquiere mayor fuerza si atendemos a que en la campaña electoral se hizo hincapié en el apoliticismo y la carencia de militancia en las filas peronistas tanto de Lacase como de su compañero de fórmula, el brigadier Juan Ignacio San Martín.

Enfocar la mirada en el espacio departamental riocuartense permitió observar que los procesos de centralización político‑partidaria, así como el de institucionalización del nexo partido/Estado se vieron allanados a partir de 1952 por la ausencia de representantes locales del peronismo en el Congreso Nacional. Esto significó una desestabilización de las relaciones entre las autoridades partidarias y los dirigentes locales, en favor de las primeras y en detrimento de los segundos, que facilitó la consolidación de una organización centralizada del partido y la progresiva disolución de los espacios de micropoder constituidos en torno a dirigentes parlamentarios, característicos de los años previos.

Iglesia y política desde una perspectiva local

Conjuntamente a la década del treinta, los años del peronismo son, sin lugar a dudas, uno de los períodos más transitados por la historiografía sobre las relaciones entre Iglesia y política. Sin embargo, como ha ocurrido con otras dimensiones de la historia política del siglo xx, ha predominado una perspectiva de análisis macro y se avanza lentamente en la construcción de investigaciones sobre la influencia de la institución en la vida política de una jurisdicción eclesiástica en particular.[3] Abordar estas dimensiones desde una mirada situada en lo local, en el que los espacios político‑administrativos se conjugan con los eclesiásticos, suma nuevos desafíos a los enunciados en el apartado anterior.

En primer lugar, reconstruir procesos hasta ahora soslayados por la historiografía cordobesa, lo cual abre interrogantes y objetos de análisis no contemplados previamente.[4] En segundo lugar, al abordar localmente estas dimensiones se plantea el desafío de retomar trabajos considerados señeros, como el de Loris Zanatta (1996), pero también atender a los debates que actualmente se están desarrollando en el campo de la historia social de la Iglesia, lo cual permite un análisis que, sin perder de vista el horizonte político, no soslaya la dimensión social de los procesos de construcción del poder. En tercer lugar, esta perspectiva busca articular diversas escalas de análisis que permitan combinar el estudio de procesos enfocados en el espacio de la diócesis con una mirada ampliada a la realidad política provincial y nacional, pero también, invirtiendo la perspectiva y afinando el enfoque, acercarse por ejemplo a una unidad celular como un centro parroquial de Acción Católica.

La perspectiva de análisis adoptada permitió visibilizar cómo la reforma eclesiástica iniciada a mediados de la década del treinta –tendiente a una mayor adecuación de las circunscripciones eclesiásticas a las político‑administrativas estatales que dio lugar a la creación de diez nuevas diócesis y la promoción de seis de las ya existentes a arquidiócesis (entre ellas, las de Río Cuarto y Córdoba, respectivamente)– fue un proceso de largo alcance y gradual, de construcción más que imposición. Con una mayor presencia de marchas y contramarchas de lo que sugieren los análisis macro que sirvieron de antecedentes. En este sentido, desde su llegada al obispado, monseñor Buteler implementó una serie de estrategias encaminadas a la construcción de poder hacia el interior de la Iglesia cordobesa y su grey estrechamente vinculadas entre sí, dentro de las cuales se destaca la disolución y/o absorción de los lazos históricamente construidos por la Orden Franciscana con la elite riocuartense. Este proceso no estuvo exento de tensiones, resistencias y conflictos, permanentemente imbricados, por otra parte, con la vida política local y provincial.

En relación con esto, debe resaltarse también cómo el centrar la mirada en el espacio provincial evidenció el carácter siempre endeble y transaccional del avance del liberalismo en las distintas esferas sociales, situación muchas veces desdibujada por la propagación del mito de la nación católica y la consecuente recristianización de la sociedad que se habría producido a partir de los años treinta, presente en los discursos eclesiásticos pero también en parte importante de la producción historiográfica. Esto se hace particularmente evidente si nos concentramos en el ámbito educativo, donde vemos las limitaciones que tuvo la extensión de los efectos de la Ley 1.420. Vigente solo en la Capital Federal y en los Territorios Nacionales, su implementación en los demás espacios fue una tarea que, a la postre, resultó infructuosa. A tal punto fue así que a mediados de la década del treinta en Córdoba aún se enseñaba la religión católica en las escuelas provinciales; situación que el sabattinismo buscó revertir merced a sucesivos proyectos de enseñanza laica. Aunque nunca logró implementarla, tanto por la movilización de los sectores católicos y las jerarquías eclesiásticas como por la falta de consenso aun al interior del propio radicalismo, sí consiguió crear la Escuela Normal Superior y su Instituto Pedagógico anexo, con lo cual le disputó exitosamente a la Iglesia la formación del cuerpo docente provincial.

Consecuentemente, el golpe de Estado de 1943 fue recibido con euforia por Buteler. No solamente por la experiencia sabattinista a la que ponía fin, sino porque significaba la posibilidad de implantación efectiva del proyecto de nación impulsado por la Iglesia argentina. Dos aristas de las medidas implementadas por la gestión castrense despertaron las mayores simpatías del obispado: las razzias contra los comunistas –y quienes eran identificados como elementos comunizantes– y el establecimiento de la enseñanza religiosa en las escuelas nacionales. Amén de que se trataba de dos demandas caras a la Iglesia argentina, en el espacio cordobés las amenazas percibidas por Buteler, comunista, una, y laicista, la otra, tenían fuerte asidero en la realidad: en esta provincia como en ninguna otra se le habían otorgado amplias libertades al Partido Comunista para desarrollar sus actividades proselistas y el sabattinismo había insistido una y otra vez con sus proyectos de una escuela libre de la influencia clerical.

Cuando la apertura democrática se avizoraba en el horizonte de 1945, el posicionamiento del obispado fue contundente. El apoyo otorgado al candidato “continuista” fue comentado a lo largo de la geografía provincial, haciendo del voto por Perón una cuestión de fe. Su opción estuvo más signada por la oposición a cualquier fórmula que incluyera la participación del comunismo y que planteara la posibilidad de una arremetida anticlerical que por el convencimiento de las bondades peronistas. Sin embargo, la participación de la dirigencia del laicado católico en las filas constitutivas del naciente movimiento político, así como los fuertes incentivos selectivos conseguidos en los meses siguientes, luego del triunfo del peronismo, hicieron que los lazos entre Buteler y el ala proveniente de la UCR Junta Renovadora –aglutinada en torno a la figura del senador nacional Felipe Gómez del Junco– se estrecharan entre 1946 y 1948.

Fueron también esos enlaces los que influyeron decisivamente en el inicio de las hostilidades entre el obispado y los funcionarios locales en ese último año. Efectivamente, el desplazamiento de los elementos vinculados a Gómez del Junco luego de una frustrada visita presidencial (en noviembre de 1947) y su reemplazo por una administración mucho más centralizada, personificada en el comisionado municipal Alfredo Nolasco Ferreyra, llevó a que Buteler y, en particular, su secretario y párroco de la catedral, Pedro Geuna, fueran catalogados como elementos díscolos. Aunque el alejamiento del funcionario del gobierno municipal en 1949 atemperó los enfrentamientos con el obispado, las relaciones nunca volvieron a los buenos términos que las habían caracterizado durante los primeros años. No obstante, los vínculos con el ala peronista gomezjunquista se sostuvieron por lo menos hasta 1951, cuando los elementos nacionalistas –que en rigor eran los que servían de nexo entre Buteler y el peronismo– fueron relegados en las listas de candidatos para las elecciones prontas a celebrarse. A partir de entonces, Buteler optó por un silencio sostenido –con muy pocas excepciones– frente a la política gubernamental: no manifestó su apoyo como lo había hecho en una primera instancia pero tampoco elevó su voz de protesta, aun cuando algunas medidas atentaban a todas luces contra el orden social, basado en los preceptos católicos, tan mentadamente perseguido por el obispo. Estos reparos acumulados surgieron con animosidad al estallar el conflicto a nivel nacional hacia fines de 1954 y condujeron a la participación activa, tanto de las jerarquías eclesiásticas locales como del laicado militante, en el estado de movilización que condujo a la caída del peronismo en septiembre de 1955.

Centrar la mirada localmente ha permitido evidenciar que las multifacéticas relaciones entre Iglesia y política presentan tiempos propios, cuyo ritmo refleja realidades provinciales y diocesanas que no pueden unificarse en un único compás. Su estudio, más aún si se combina con el de los partidos y del Estado, no solo permite matizar o complejizar las interpretaciones macro, sino que además habilita a nuevas preguntas no formuladas, ni tampoco formulables, desde una perspectiva de análisis panorámica. Siempre en construcción, las respuestas a estos interrogantes son posibilitadas, además, por la combinación de variadas fuentes documentales que permiten una reconstrucción densa de los procesos estudiados, aspecto sobre el cual nos centramos en el siguiente apartado.

Las escalas en los archivos

En la reconstrucción de los procesos reseñados a través de un juego de escalas resultó indispensable la combinación de diversas fuentes documentales, provenientes de distintos archivos locales, provinciales y nacionales, públicos y privados: Archivo Histórico Municipal de Río Cuarto, Archivo del Obispado de Río Cuarto, Archivo Histórico del Convento San Francisco Solano, Archivo de Gobierno de la Provincia de Córdoba, Biblioteca y Hemeroteca de la Legislatura de la Provincia de Córdoba, Archivo del Arzobispado de Córdoba, Dirección de Información Parlamentaria de la Honorable Cámara de Diputados de la Nación, entre otros. Aunque la imagen final resulta integral, cada una de las fuentes sirvió de manera especial para el análisis de algunas de las dimensiones estudiadas.

El trabajo con la prensa –Justicia, El Pueblo, La Voz de Río Cuarto y La Calle– permitió contrastar información y posicionamientos al tiempo que estudiar a los propios diarios como actores políticos con intereses en juego. El primero de ellos se publicó entre 1921 y 1954 (aunque se conservan ejemplares hasta 1951), se hallaba vinculado al ala más tradicional del radicalismo riocuartense y, como esta, luego otorgó su apoyo al naciente peronismo. El segundo era de tendencia demócrata, presente a lo largo de todo el período estudiado (fue impreso entre 1912 y 1985), mantuvo su mirada crítica hacia el radicalismo primero y el peronismo luego. El tercero, por su parte, nació en 1946 como voz oficialista del peronismo y se publicó hasta 1954; momento desde el cual fue relevado de dicha tarea por el cuarto (intervenido luego del golpe de 1955, se publicó hasta la década del ochenta). También fueron revisados los diarios provinciales Los Principios, vinculado al arzobispado de Córdoba, y La Voz del Interior, cercana al radicalismo.

Para la reconstrucción de las minucias de la política local fueron fundamentales las columnas “Del mentidero político” y “Cazando al vuelo”, publicadas por el diario El Pueblo. Mucha de la información allí vertida se hallaba encriptada, usando metáforas o reemplazando a las personas involucradas por referencias veladas a partir de sus profesiones, apodos o características físicas, por lo que la revelación de los datos implicó un trabajo verdaderamente detectivesco que combinara una paciente lectura de la prensa (en particular los anuncios publicitarios, en los que aparecían profesionales locales que ofrecían sus servicios) con cierto ingenio para conseguir las pistas faltantes. Fue la documentación oficial, tanto municipal como provincial, la que permitió acercarse en mayor medida a las relaciones entabladas entre los distintos niveles estatales y entre estos y el peronismo. Así, por ejemplo, se accedió a indicaciones precisas bajadas a los empleados municipales por los legisladores nacionales sobre cómo debían elaborarse las pancartas para llevar a los actos públicos, aun cuando oficialmente se proclamara la prescindencia del personal estatal. También pudieron constatarse paradojas de la burocracia centralizadora, tales como la protagonizada por Alfredo Nolasco Ferreyra, quien al desempeñar simultáneamente ambos cargos en tanto inspector general de comunas de la provincia de Córdoba dirigía misivas al comisionado municipal de Río Cuarto que, en cuanto tal, se (auto)respondía.

Complementariamente, la labor parlamentaria de los legisladores nacionales riocuartenses visibilizó los aspectos con los que se hallaban comprometidos y, en particular, cuáles eran sus preocupaciones y a qué sectores se buscaba beneficiar en su paso por el Congreso Nacional. Especialmente ilustrativa al respecto es la experiencia del diputado nacional peronista Amado Curchod, quien reunía entre sus principales iniciativas un proyecto de ley de crédito para obras de construcción en el Seminario Diocesano de Río Cuarto y en su casa de campo en Las Peñas, así como subsidios para la iglesia parroquial de Moldes, el Instituto Incorporado Cristo Rey de Río Cuarto y el propio obispado.

Los archivos privados de la Iglesia católica revelaron información que no trascendió a la prensa. En este sentido, los franciscanos de Río Cuarto conservaron valiosa documentación respecto a distintas fases de su enfrentamiento con el obispado que habían quedado entre los muros de la institución eclesiástica y que sirvieron para reconstruir el proceso de construcción de poder de Buteler al llegar a la diócesis. Y, quizás más importante aún, dado que este proceso se halló muchas veces entrecruzado con las circunstancias políticas locales y provinciales, fueron hallados también documentos oficiales que no habían sido conservados en los repositorios estatales. Dentro de ellos, se destaca la correspondencia intercambiada con el comisionado municipal Alfredo Nolasco Ferreyra durante el conflicto entablado con Buteler y Geuna al que hemos hecho referencia.

Finalmente, los libros de actas de la Acción Católica de Río Cuarto conservados en el Archivo del Obispado permitieron identificar a los militantes católicos, establecer sus vínculos con otras organizaciones confesionales (como el Círculo Católico de Obreros, el Centro de Maestros Católicos o el Consorcio de Médicos Católicos) y partidarias, al tiempo que reconstruir cómo estas experiencias sirvieron como instancias preparatorias para la vida política en sentido estricto. También posibilitaron diferenciar las estrategias corporativas ensayadas para influir no solo en las preferencias electorales de la ciudadanía, sino también en los procesos de toma de decisiones de los poderes locales y provinciales.

A modo de síntesis

Estudios localizados como el que propusimos para analizar algunos procesos clave de la vida política argentina del siglo xx –la emergencia, consolidación y caída del peronismo, la organización político‑administrativa y sus huellas en la arquitectura estatal, la proyección política de la Iglesia, etc.– permiten una lectura integral, que reconstruye la dimensión social de los procesos de construcción del poder.

Las recurrentes preguntas sobre lo reseñado son reformuladas en su paso por el caleidoscopio de lo local: ¿cómo se hilan los entramados sociales en la construcción de poder? ¿Cómo se entrecruzan con ello las sociabilidades previas, los conflictos personales, las luchas políticas precedentes, al emerger –por ejemplo– nuevas fuerzas políticas o modificarse las jurisdicciones administrativas? ¿Cuáles son los condicionamientos que lo local impone a los actores políticos analizados y cuáles los intersticios que les brinda para su proyección? ¿Cómo influyen unos y otros en la conformación de discursos, valores, prácticas y proyectos comunes que, en última instancia, remiten a una determinada cultura política, siempre en construcción?

Creemos que nuestros estudios sobre la historia política argentina mirada desde Río Cuarto han contribuido, si no a responder acabadamente, al menos a formular estas preguntas y a avanzar así en nuevas claves interpretativas. La construcción de una historia política nacional con anclaje local es un proceso al que, pese a los progresos realizados, aún le resta mucho camino por recorrer. En este sentido, quizás el mayor desafío sea poder combinar el juego de escalas con un diálogo entre los distintos estudios centrados en una misma escala, para cimentar una historia comparativa que habilite una visión más amplia, abarcativa y compleja de la historia política argentina del siglo xx. En otras palabras, tender puentes que brinden respuestas heterogéneas a las preguntas que, formuladas desde lo local, remiten al plano nacional y permiten comprenderlo en toda su complejidad.


  1. Los únicos antecedentes al respecto eran los trabajos de Griselda Pécora (2007) y Eduardo Hurtado (2011), autores que efectúan una aproximación al período gestacional del peronismo sin avanzar en la identificación de la extracción sociopolítica de sus cuadros dirigentes, como tampoco en las relaciones entabladas con los partidos opositores ni con los distintos niveles estatales; preocupaciones centrales de nuestra investigación.
  2. Entrevista a Felipe Gómez del Junco. La Voz de Río Cuarto. 1949. (Río Cuarto) 27 de mayo.
  3. Algunos avances en este sentido son las investigaciones de Cucchetti (2005), quien analiza las interacciones entre las dimensiones religiosas y políticas en el imaginario peronista, combinando una mirada de alcance nacional con un estudio de la sociedad mendocina; y Santos Lepera (2013), quien centra su estudio en la relación entre las altas esferas de la Iglesia tucumana y el Estado provincial desde una perspectiva político‑institucional, combinada con perspectivas provenientes de la historia social y cultural. También en este sentido se encuentra la ponencia de Solís Carnicer y Maggio (2016), en la que las autoras analizan el rol del obispo de Resistencia, monseñor Nicolás De Carlo, en la conformación de un clima favorable para el peronismo en el territorio chaqueño. Respecto al espacio cordobés, hemos avanzado en el estudio de las relaciones entre el obispado de Río Cuarto y los gobiernos provinciales entre 1936 y 1955 (Camaño Semprini, 2017).
  4. No había sido emprendido un estudio centrado ni en las relaciones entre el Estado provincial y la Iglesia cordobesa, ni entre esta y los partidos políticos y sus dirigentes durante la primera mitad del siglo xx, aunque las mismas habían sido abordadas de forma tangencial (Tcach, 1991; Vidal, 2000; Walter, 2002). Entre aquellos que han estudiado al catolicismo, los esfuerzos han estado centrados más bien en los aspectos culturales y/o en las relaciones de la institución eclesiástica con el laicado (Roitenburd, 2000; Blanco, 2008).


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