Otras publicaciones:

12-2070t

9789877231304_frontcover

Otras publicaciones:

9789871867714_frontcover

12-2770t

4 El sindicalismo petrolero de Comodoro Rivadavia durante el primer peronismo

Balance de una experiencia de investigación local

Gabriel Carrizo (CIT Golfo San Jorge/CONICET/UNPSJB/UNPA)

Refiriéndose a la potencialidad de las historias locales, en 1993 el sociólogo Ricardo Sidicaro escribió:

Alguna vez la imagen que tenemos de nuestro país cambiará profundamente. El día que eso suceda habrá sido porque logramos integrar de un modo nuevo la fragmentada, incompleta y desfigurada idea que tenemos de cada una de sus regiones, de sus pueblos y de sus ciudades. La Argentina se reconoció durante mucho tiempo en el espejo deformado que le devolvía la pampa húmeda y su metrópoli que miraba allende el mar. Fue, más bien, un modo de desconocerse a sí misma. Probablemente esto resultó funcional para los intereses de quienes desde los centros políticos y económicos del país capitalizaron en su beneficio la ignorancia sobre la realidad nacional. Perjudicó, en cambio, a aquellos que no podían construir una identidad colectiva más firme y vigorosa o que, a su pesar, debieron aceptar su condición marginal o, en el mejor de los casos, folklórica, en un país en el que con su trabajo cotidiano contribuían a su progreso. (Márquez y Palma Godoy, 1993: 7).

Estas palabras formaron parte de un prólogo a un libro, el primero escrito por docentes del departamento de Historia de la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco luego del retorno de la democracia, referido a la historia local. Bajo el título Comodoro Rivadavia en tiempos de cambio. Una propuesta para la revalorización de nuestras identidades culturales, esta obra pretendía ofrecer a un público amplio una mirada renovada de la historia de Comodoro Rivadavia desde la fecha de su fundación en 1901, hasta el momento crítico que experimentó la ciudad con el inicio de la privatización de Yacimientos Petrolíferos Fiscales (en adelante, YPF) en 1992 bajo la administración del presidente Carlos Menem. Veinticinco años después de aquella publicación, la Patagonia central o la cuenca del Golfo San Jorge (otras de las formas más generalizadas de denominación de este espacio) sigue siendo motivo de reflexión de los cientistas sociales en nuestra universidad.[1] Fruto de estos debates, una investigadora sostuvo:

Comodoro Rivadavia es una ciudad que escapa por sus bordes. Amplísima y portentosa, especie de rara avis que mezcla mesetas, mar y petróleo. A veces parece única. Y en esa unicidad nos perdemos quienes queremos estudiarla. ¿Cómo hacer justicia a este territorio? ¿Cómo no violentarlo (una vez más)? Y a la vez, ¿cómo evitar caer en la premisa de la excepcionalidad absoluta, esa que impide cualquier generalización, que en definitiva solo sirve de exotización? (Hiller, 2017: 274).

Signada por la industria hidrocarburífera que construyó una “matriz societaria petrolera” (Bachiller, 2015), la región vivió (y vive) al compás de las intermitencias del precio del barril del crudo, lo que implica que su trayectoria coincidirá solo en parte con la de un país que define sus coordenadas a partir de la agroexportación.

Al abordar el pasado de este espacio, en nuestras investigaciones hemos analizado distintos procesos históricos que se desarrollaron en la ciudad de Comodoro Rivadavia, cuyo espacio productivo estuvo (y está) asociado directamente a la explotación petrolífera desde 1907. A partir de 1944, este lugar de la Patagonia central pasó a experimentar importantes transformaciones: comenzó a ser gobernado por autoridades castrenses; se instaló la ciudad capital en Comodoro Rivadavia; se instauró una Zona Militar casi contemporáneamente al surgimiento del peronismo; y concluyó con el inicio del proceso de provincialización luego del golpe de 1955. Estos aspectos distintivos, que inclusive derivaron en cierto “corrimiento” de la experiencia histórica patagónica en general, ameritaban ser analizados por su contribución al conocimiento del pasado político de la región (Carrizo, 2016). Para ello hemos consultado una diversidad de fuentes que se hallan en diferentes lugares fuera de Comodoro Rivadavia: los prontuarios de militantes políticos que se encuentran en el Archivo Histórico Policial de la ciudad de Rawson, en donde también se ubica el Archivo Histórico Provincial; los expedientes secretos, confidenciales y reservados del Ministerio del Interior fueron consultados en el Archivo Intermedio del Archivo General de la Nación de la ciudad de Buenos Aires, lugar donde también se encuentra el Archivo del Ejército, el Archivo Central Salesiano y la Biblioteca Nacional (Andújar, 2014a). Quienes hacemos historia de la región en el lugar donde residimos, cuestión que pareciera favorecer nuestro trabajo (Bohoslavsky, 2018), solemos acudir a la consulta de documentos y expedientes que no siempre se encuentran a mano. Parafraseando a Pilar Pérez (2016), nos vimos en la necesidad de reconstruir aquellos fragmentos propios de un “archivo estallado”, es decir, aquellos reservorios del Estado que despliegan una dimensión represiva, que evidencian una lógica de diseminación de la documentación conservada.

Cierta historiografía que se ha encargado de reflexionar acerca de las implicancias de hacer historia local, ha advertido sobre el riesgo de caer en lo que se ha denominado el “error del localismo”. Este señalamiento es pertinente, en primer lugar, porque de incurrir en él, estaríamos frente a objetos de estudio incomparables y los haría exclusivamente interesantes para los nativos; en segundo lugar, porque haría depender la historia local de la historia general, operación en la que el caso local solo tiene la función meramente instrumental de confirmar procesos generales (Serna y Pons, 2002). En definitiva, nuestra investigación tiene como telón de fondo la pregunta aportada por Susana Bandieri: ¿cómo inscribir nuestros objetos de estudio en contextos lo suficientemente amplios como para permitirles conservar su especificidad y dinámica interna, volviéndolos a la vez operativamente comparables con los contextos nacional e internacional vigentes? (Bandieri, 2018: 6). Teniendo en cuenta estas consideraciones, en las siguientes secciones desarrollaremos algunos aspectos de nuestras investigaciones referidas a este mundo petrolero.

El mundo del trabajo petrolero entre fines de la década del 30 y principios de los 40

Influenciado por la aparición del libro de César Tcach y Darío Macor en el año 2003 referido a la “invención del peronismo” en los espacios “extracéntricos”, nos abocamos al análisis de un objeto de estudio (el peronismo y su impacto en el sindicalismo petrolero) en un espacio específico (la Zona Militar) y en un período determinado (1944‑1955). Esta investigación nos permitió el abordaje de lo cercano y poder formular nuevas explicaciones a fenómenos generales de la historia nacional. A continuación daremos cuenta de algunos aspectos que caracterizaron al mundo del trabajo petrolero en Comodoro Rivadavia entre fines de la década del 30 y principios de los 40, para dimensionar los efectos que generó en este la emergencia del peronismo, a partir de la redefinición del significante “justicia social” realizado por Perón (Groppo, 2009).

Comenzaremos en primer lugar por referirnos a la denominada concepción mosconiana del trabajo, la cual implicaba otorgar a los trabajadores beneficios sociales a cambio de orden, entendiendo toda demanda obrera como una amenaza de quebranto del mismo. Este modelo de influencia bismarckiana buscó adelantarse a la desarticulación del conflicto a través del otorgamiento de beneficios sociales, no en términos de derechos, sino que estaban sujetos a la conducta del trabajador. Fue impulsado por el general Enrique Mosconi en YPF en 1922, y se caracterizó por la relevancia que adquirieron los beneficios sociales de los trabajadores, en base a una legislación que tendió fundamentalmente a garantizar la reproducción de la fuerza de trabajo. Luego de un viaje de inspección en 1922 por los yacimientos de Plaza Huincul y Comodoro Rivadavia, Mosconi reconoció lo exiguo que eran los sueldos y jornales de los trabajadores del petróleo. Ante la imposibilidad de mejorar inmediatamente el sueldo, propuso reducir en todo lo posible el costo y los precios de venta de los artículos de primera necesidad para el personal del yacimiento. La primera medida concreta en este sentido fue la organización de una cooperativa de artículos de consumo con intervención directa de la Administración de YPF. Además se sumaría la asistencia médica gratuita a domicilio para el personal y sus familias; servicio de maternidad; servicio odontológico; comedores económicos para obreros cuya mercadería era transportada sin cargo a través de los buques petroleros de la Dirección; pasajes en buques tanques para el personal; fondo de ayuda económica para la familia del socio fallecido de la Asociación Mutual de Obreros y Empleados creada en 1923; subsidio para gastos de entierro a partir de la creación en 1929 de la Caja Mutual de Socorro de Empleados y Obreros; bonificaciones por paternidad, maternidad y antigüedad; gratificaciones anuales extraordinarias por récords de perforación, montajes, extinción de incendio en los pozos y rebajas a partir de 1923 en los pasajes marítimos y ferroviarios para los empleados y obreros que viajasen en uso de licencia o familiares por razones de salud, y pasajes gratuitos para el personal por enfermedad grave (Mosconi, 1958). Este tipo de intervención reguladora tenía como principal objetivo desmovilizar la capacidad de acción de las actividades sindicales. Además, estas políticas sociolaborales se combinaban con fuertes mecanismos represivos y disciplinadores para la mantención del orden establecido en una industria considerada estratégica para el desarrollo nacional. Con estos condicionamientos los trabajadores perdieron la posibilidad de consolidar a largo plazo organizaciones independientes (Masés, 2007; Cabral Marques, 2008).

En segundo lugar, y vinculado al primer aspecto, toda forma de organización obrera en Comodoro Rivadavia fue vista como una amenaza. La sociabilidad, los intentos de organización y la protesta de los trabajadores se constituían en alarmas que amenazaban con quebrantar el orden dispuesto por las distintas administraciones de los campamentos petrolíferos. Sobre todo porque para inicios de la década del 30 el Partido Comunista había organizado la filial local de la Federación Juvenil Comunista e impulsado la fundación de la Unión General de Obreros Petroleros (UGOP), ámbitos desde los cuales incidió en la declaración de dos huelgas importantes. A pesar del riguroso control, algunos trabajadores y trabajadoras lograron visibilizar sus demandas en distintos ámbitos y redes de sociabilidad que excedían el mundo laboral, y pudieron articular un lenguaje de derechos, impulsando diversas formas de protesta en contra de las condiciones de explotación (Andújar, 2014b). Esta preocupación por la difusión del comunismo entre los trabajadores estaba en sintonía con la intensificación de las medidas de represión a nivel nacional, que reflejaban el clima anticomunista en ascenso, a partir del temor por la propagación del “veneno comunista” que amenazaba con dispersarse por todo el movimiento obrero. Así, lentamente se fueron articulando alrededor de las nociones de orden y patria sectores que promovían el anticomunismo, el nacionalismo, el catolicismo, el militarismo, alarmados ante la amenaza bolchevique siempre caracterizada como un fenómeno foráneo y extraño a la comunidad nacional (Lobato, 2002; Camarero, 2007). Estos contenidos, sumados a la improvisación y límites materiales de las fuerzas policiales, otorgaron la justificación necesaria para que varios vecinos encumbrados social y políticamente demandaran la presencia del Ejército en la región. Además de que toda forma de organización obrera fuera vista como una amenaza, lo que se percibe es que los obreros no tenían otra legitimidad para organizarse o movilizarse que no fuese la del hecho de confirmar que eran comunistas. Para las autoridades que debían controlar el trabajo en los yacimientos petrolíferos (Policía, Administración, funcionarios), la concepción del trabajador‑soldado significaba la absoluta obediencia a los objetivos de YPF. Ese lugar asignado implicaba trabajar por un interés superior (la patria) antes que por un interés particular (por ejemplo, la mejora de las condiciones laborales). Ante cualquier salida de ese lugar asignado, la vuelta al mismo se daba por medio de la represión, pues era la nación la que estaba en peligro. Esto hacía que los reclamos no fueran considerados legítimos porque en tanto “soldados”, los trabajadores solo debían obedecer. Como ha sostenido Ernesto Bohoslavsky, en esta política petrolera “los trabajadores tenían múltiples y sensibles funciones: servir a la patria, asegurar la soberanía nacional y propender al interés colectivo a cambio de beneficios materiales y sentimiento de pertenencia a YPF” (Bohoslavsky, 2009: 215‑216).

En tercer lugar, aquellos sectores preocupados por la creciente conflictividad en el mundo laboral demandaron otro tipo de tratamiento por parte del Estado buscando soluciones para las disputas entre capital y trabajo. Entre las medidas que se solicitaban, se mencionaba una moderna legislación obrera, la cual no se postulaba en términos de derechos para el trabajador, sino que su finalidad era la neutralización del conflicto obrero. Era común leer en la prensa la demanda de una legislación obrera “moderna” que proveyera “la solución racional de los complejos problemas” derivados del crecimiento industrial, y que posibilitaran que en el mundo laboral impere el orden.[2] Esto es importante para comprender los efectos del peronismo porque aquí podemos observar claramente que la demanda de legislación obrera se solicitaba en función de orden. La politización de la cuestión laboral generada por el discurso peronista y la materialización de una inédita legislación obrera, dispararán la reactivación de nuevas demandas, un incremento en los niveles de sindicalización de los trabajadores y la promoción del antagonismo político. Asimismo, los trabajadores pudieron instalar la necesidad de revisión de la legislación laboral y la creación de oficinas del Departamento Nacional del Trabajo[3] o el cumplimiento efectivo de las leyes de descanso dominical y sábado inglés en los Territorios Nacionales.[4]

En cuarto lugar, es importante señalar la situación diferencial en que se encontraba la legislación laboral en Argentina, en donde, por un lado, las provincias contaban con instituciones estatales que intervenían en la esfera laboral, y por otro lado, los Territorios Nacionales estaban inmersos en un vacío legal. Esta ausencia era aún más notoria en lo que respecta a los accidentes laborales, en donde era común que el trabajador que los sufría se encontrara en total desamparo legal. El mundo laboral de los yacimientos petrolíferos de Comodoro Rivadavia en particular y de los Territorios Nacionales en general contaba con una legislación laboral imprecisa (que aportaba poca claridad en cuanto a qué agencia estatal debía controlar la aplicación de las leyes laborales[5]) y, por lo tanto, limitada para atender los conflictos laborales. Algunos estudios han mostrado un gran número de accidentes laborales en YPF a causa de las pésimas condiciones de trabajo que provocaban no pocos decesos, los cuales eran invisibilizados por la prensa y las autoridades, y adjudicados casi siempre a la impericia del trabajador. Aún después de creada la Secretaría de Trabajo y Previsión, en los Territorios Nacionales de la Patagonia se seguían experimentando dificultades en esta área, y se consideraba que la Ley 1.532 que los regulaba desde 1884 era una traba para la instalación de una delegación que atendiera los problemas entre capital y trabajo.[6] No solamente se demandaba una legislación laboral, sino que también se hacía necesaria la implementación de instrumentos para su aplicación efectiva. Además, en los pocos conflictos laborales que llegaban a la justicia en los Territorios Nacionales, la mayoría de las veces los trabajadores se veían perjudicados. La ley y los funcionarios de entonces entendían que la mayor parte de los siniestros eran el resultado de un tipo de trabajador incapaz de salvaguardar su vida, y que su impericia profesional lo hacía un sujeto de riesgo para sí mismo y para los demás. En los reclamos por accidentes de trabajo, casi siempre se asentaba que las causas de estos se debían a la personalidad del propio trabajador y su naturaleza temeraria, descuidada o entrometida (Rafart, 2004).

Por último, mencionaremos que en algunos conflictos laborales en el período previo a la emergencia del peronismo predominaba una cierta lógica diferencial. Por ejemplo, en junio de 1943 se desataría un conflicto en la industria de la alimentación en Comodoro Rivadavia, en el cual trabajadores de panaderías y fábricas de fideos reclamaban subas de salarios, mejoramiento de las condiciones de trabajo de menores y el respeto de convenios laborales firmados con anterioridad. En las notas redactadas por la organización obrera, dirigida siempre a los patrones, se observa que el conflicto tenía un carácter privado, en el cual los trabajadores apelaban a la buena voluntad de los empresarios para cumplir con lo previamente acordado. Además, las demandas de los trabajadores se traducían en boicots personales a los empresarios que no cumplían. A pesar de que el tono de las demandas mostraba ser fuerte y con un componente marcadamente reivindicativo, dicha reivindicación nunca era en contra del poderoso en tanto poderoso, sino en contra de un tipo específico de patrón egoísta y reaccionario. Es decir, solamente reclamaban soluciones particulares a problemas específicos, sin tender a ampliarse en cadenas de solidaridad más extensas, observándose la prevalencia de una lógica que privilegiaba las diferencias entre las demandas. Esto generaba que el objetivo de esas demandas fuera solamente apelar a la resolución meramente administrativa‑institucional de las mismas, lo cual finalizaba con la disolución del conflicto en nombre de la salvaguarda del espacio comunitario, evitándose así la creación de cadenas de solidaridad entre demandas similares.

En 1944 el gobierno nacional, en base a considerar que la expansión del comunismo adquiría rasgos peligrosos en la Patagonia central, creó la Gobernación Militar de Comodoro Rivadavia (de aquí en adelante, GMCR). Esta fue puesta bajo la órbita del Ministerio de Guerra, desde donde se designaron los gobernadores, y pasó a redefinir un espacio que quedó bajo su jurisdicción. En primer lugar, se modificaron los límites de los denominados Territorios Nacionales de Chubut y Santa Cruz (dos áreas con dinámicas históricas previas) para crear un nuevo espacio con la finalidad de defender los recursos petrolíferos de la cuenca del Golfo San Jorge por parte de las Fuerzas Armadas; en segundo lugar, Comodoro Rivadavia fue designada como ciudad capital, y en torno a ella se articuló todo un ámbito productivo, económico, social y político. La anexión de nuevas áreas productivas en la industria petrolera, la mayor integración socioeconómica de la región, el desarrollo de las comunicaciones, el incremento en obras de infraestructura en los centros urbanos y las políticas de fomento de la producción y reactivación de la economía en el marco del Segundo Plan Quinquenal, fueron elementos que también caracterizaron a la GMCR, compartiendo en un mismo plano de igualdad con el resto del país las obras de fomento vinculadas al bienestar económico y sociocultural (Torres y Ciselli, 2007).

El mundo del trabajo petrolero no solamente experimentó importantes transformaciones con esta gobernación, sino que además los trabajadores serían interpelados por el peronismo.

El sindicalismo petrolero de Comodoro Rivadavia durante el primer peronismo

En los últimos años, diversos estudios desde una perspectiva local del primer peronismo han puesto a prueba el funcionamiento de ciertas hipótesis que se mantenían sólidamente aceptadas en la historiografía sobre el período. En no pocos casos, esta “puesta a prueba” evidenció cierta desvinculación entre la historiografía y lo que se encontraba en diferentes abordajes locales (Garzón Rogé, 2014). Nuestro análisis de los inicios de la sindicalización de los trabajadores petroleros de Comodoro Rivadavia durante el primer peronismo buscaba revisar dos postulados de la historiografía canónica referida al vínculo entre Perón y el movimiento obrero: la noción de “peronización” y los denominados “sindicatos paralelos”. La peronización ha sido una de las tantas “cosas dichas al pasar” en los estudios del peronismo, la cual fue utilizada por la historiografía dedicada al análisis de los inicios en el vínculo entre Perón y el movimiento obrero para dar cuenta del avance del peronismo sobre distintas instituciones (Quiroga, 2013). La misma ha predominado en los análisis del vínculo entre el movimiento obrero y Perón en el interior del país, la cual implicó considerar innecesario todo análisis de aquellos trabajadores que se identificaron tempranamente como peronistas.

Al repasar la literatura referida al sindicalismo durante el primer peronismo, es posible observar que la experiencia del Partido Laborista ocupó un lugar preponderante. Recordemos que dicha expresión política representaba a aquellos sectores sindicales que se habían movilizado en defensa de Perón el 17 de octubre de 1945, siendo su principal dirigente Cipriano Reyes. Sin embargo, ante la negativa de integrarse al peronismo luego de las elecciones presidenciales de 1946, la conducción nacional del partido Laborista entraría en tensión con Perón.

Dicha expresión sindical ha sido destacada por la historiografía como ejemplo del respeto absoluto de la autonomía e independencia del movimiento gremial y fundado en principios democráticos. En la explicación de la frustración del proyecto laborista se ha puesto énfasis en las características personales de Perón, esto es, un líder ingrato, autoritario, acreedor de un pragmatismo ilimitado y que utilizó como mejor método para deshacerse del laborismo la difamación (Pont, 1984; Little, 1988; Mackinnon, 2002; Del Campo, 2005; Torre, 2006; Doyon, 2006). Por este camino interpretativo, la disolución laborista se debió a que fue víctima de las ansias de poder y la excesiva manipulación de un líder carismático, acudiéndose a la noción de “peronización” para describir este proceso. Este consenso historiográfico explicó el tránsito de la autonomía a la dependencia del sindicalismo con respecto a Perón, proponiendo una serie de etapas y estableciendo una escala gradual hasta llegar a la absoluta lealtad. Desde nuestra perspectiva, esta visión proporcionada por la historiografía canónica reviste todavía una importante vigencia, al ser replicada en aquellas investigaciones que se han ocupado de analizar dicha coyuntura en algunos espacios provinciales (Rubinstein, 2003 y 2006; Michel, Torino y Correa, 2003; Tcach, 2006; Martínez, 2008; Bona y Vilaboa, 2009). Estos trabajos, junto con otros que han conformado un modelo explicativo en la historiografía argentina, han abordado el conflicto entre Perón y el laborismo para analizar el tránsito de un sindicalismo autónomo hacia la dependencia absoluta, ya sea en Buenos Aires o en el interior del país.

Siguiendo a Omar Acha y Nicolás Quiroga, estos estudios pueden considerarse como constitutivos de un cierto “modelo ejemplar”, entendido como “molde para la edificación de un campo de conocimientos”, y que define un “foco interpretativo que reordena las otras perspectivas, quizá autónomas, estableciendo orillas y fronteras” (Acha y Quiroga, 2012: 50‑51). En este sentido, esta forma de interpretar el vínculo entre el sindicalismo y la adhesión al peronismo se inscribe en cómo se han leído distintos procesos que constituyen la historia del primer peronismo, los cuales en algunos casos han sido presentados como consecuencias lógicas, naturales y/o “esperables” de la naturaleza carismática del populismo. En estos estudios la categoría “carisma” aparece como cualidad atemporal que todo lo explica, pasando a ser un supuesto que actúa de manera previa al analizar cualquier hecho particular. Así, tan pronto como dicha noción entra en juego, el análisis histórico se interrumpe y el examen detallado de acontecimientos es reemplazado por la apelación a una lógica que se presume inmanente a los mismos, y cuyo origen social y condiciones de eficacia no se indagan. Para Fernando Balbi el hecho de que algunas preguntas no se formulen:

Es revelador de todo lo que se pierde toda vez que una categoría como la de “carisma” entra en acción en los estudios dedicados al peronismo, donde casi siempre asume el carácter de un principio explicativo. […] Ya reificado, travestido como un “dato” de la propia realidad social, el “carisma” trae consigo un modelo de análisis implícito donde ciertas cuestiones ya se dan por explicadas y otras son naturalmente esperadas. (Balbi, 2007: 15).

Con este procedimiento se cancela en algunos momentos el análisis histórico: una vez detectada la correspondencia entre un hecho determinado y una o varias de las características asociadas a la categoría general con que se ha tipificado al peronismo, la clasificación toma naturalmente el lugar de explicación histórica. Así, toda posible pregunta ulterior queda sin ser formulada porque, sencillamente, no parece haber razón alguna para hacerlo. En este sentido, si quisiéramos preguntarnos acerca de por qué el Partido Laborista llegó a su fin, desde la categoría totalizadora de carisma tal inquietud se volvería irrelevante, pues “va de suyo que el líder carismático (esto es, cualquier líder que elijamos clasificar como carismático) no tolera que se desarrollen estructuras independientes capaces de interponerse en su relación ‘directa’ con el pueblo” (Balbi, 2007: 14).

Como sostuvimos al principio de este escrito, de manera similar a la categoría totalizadora de “carisma”, la noción de “peronización” desalentaría todo intento de análisis del sector peronista del sindicato petrolero. Es decir, se ha optado por analizar el caso local asumiendo que los procesos políticos nacionales de por sí le otorgan sentido explicativo, como mero reflejo o ejemplo de lo general (Pons y Serna, 2007). Desde este enfoque es que se han analizado los conflictos desatados en el interior del Sindicato de Obreros y Empleados de YPF (de aquí en adelante, SOyEYPF) en los inicios de la experiencia peronista. Se ha destacado que a partir de 1947 se profundizaría la política de control de los obreros con militancia sindical no adepta a los parámetros oficiales, manifestándose presiones por peronizar a aquellos sectores no alineados al peronismo. Así, ante la negativa del gremialismo petrolero local a “mimetizarse” con el régimen peronista, se fortalecieron políticas de encuadramiento del movimiento gremial por parte del Estado y de sus aparatos de control y represión. Esta sería la razón por la cual, en 1952, en una asamblea se produjo la disolución del viejo SOyEYPF y su integración al SUPE local y a la CGT oficial, en el marco de un “despliegue de la peronización del yacimiento” (Cabral Marques, 2008: 18). Por detrás de esta explicación, se reproduce el proceso de disolución del Partido Laborista, con los mismos componentes desarrollados en la literatura canónica expuesta precedentemente.

Pero si analizamos lo local sin buscar correspondencia con aquellas interpretaciones que parten de un marco explicativo ya construido, podremos aportar otras respuestas a los interrogantes que nos plantea el complejo mundo del trabajo petrolero durante el primer peronismo. El SOyEYPF fue creado en 1946 y estaba dominado por un sector de trabajadores que, al igual que el laborismo, promovía y defendía la autonomía sindical, evitando en todo momento declararse como un sindicato peronista. Es decir, se identificaban con Perón solo en tanto líder de los trabajadores, no en tanto peronistas; sostenían que la unidad del movimiento obrero implicaba que este anhelo debía estar por sobre todas las banderas políticas (incluso la peronista); y afirmaban que era el sindicato el verdadero vínculo con los trabajadores, postulándose como un actor intermediario entre estos y Perón.

En julio de 1947 la comisión directiva concretó una huelga como forma de protesta ante los enfrentamientos que promovieron aquellos trabajadores identificados con el peronismo, que habían solicitado la intervención del sindicato. Las razones que ameritaron esta demanda no deben buscarse en la naturaleza carismática de Perón, sus deseos de manipulación o su objetivo de extender lealtades, sino en la emergencia de un nuevo sujeto político. Este sujeto que hasta ese momento se veía a sí mismo despojado y desposeído, pasó a experimentar una transformación inédita (sublime, dirá Groppo [2004]) a partir del desarreglo de las jerarquías y los lugares sociales que provocó el peronismo (Barros, 2011). Los trabajadores peronistas del sindicato tomaron la palabra, y a través de una carta al lector publicada en el diario El Chubut en agosto de 1946, manifestaron:

Con las elecciones del 24 de febrero, cayeron derrotados por primera vez en la historia nacional, los poderosos, con sus lacayos serviles, que durante tantos años explotaron despiadadamente al trabajador argentino. Estas fuerzas contrarias, confabuladas, no están conformes con su derrota y, con el gran poder de que disponen, el oro maldito y corruptor, tratan de sabotear y ahogar la revolución social que trajo la felicidad a todas las clases trabajadoras del país, habiéndose planteado por consiguiente la lucha entre los poderosos del dinero contra los desposeídos del trabajo, los despojados contra los explotadores, el privilegio contra la justicia. Saben que para conseguir su fin es imprescindible eliminar las fuerzas que el 17 de octubre demostró su poder y que volverá a demostrarlo si es necesario, para defender esa revolución que les trajo tranquilidad y el pan de sus hijos.[7]

Este sector de trabajadores peronistas en octubre de 1947 demandó el reconocimiento de un nuevo sindicato que los nucleara, lo que finalmente concretaron en los inicios de 1948 con la creación del Sindicato del Personal de YPF (SPYPF). En una gran solicitada en el diario El Rivadavia se daba a conocer que la CGT, por intermedio de su secretario general José María Espejo reconoció a dicho sindicato, expresando una vez más su lealtad a Perón:

Hombres de conciencia proletaria, sin egoísmos ideológicos, identificados con los Derechos del Trabajador, que aspiran a la unidad auténtica de los obreros y empleados de YPF, que entienden el sindicalismo como organización de defensa de los intereses de la patria y del trabajador que forja su grandeza, y no como instrumento para la ejecución de determinadas consignas políticas que socavan la unidad obrera y siembran el desconcierto y la inquietud, con los consiguientes perjuicios tanto para los mismos trabajadores como para la nación. La creación del Sindicato del Personal de YPF responde a una sentida e impostergable necesidad de los trabajadores del petróleo en el yacimiento de Comodoro Rivadavia. Los hombres honestos, leales consigo mismos, leales con sus compañeros, leales con la repartición y leales con el hombre que hizo factibles las conquistas sociales de que hoy disfrutamos, deseaban desde lo más íntimo de sus conciencias el surgimiento de un movimiento nuevo, bien inspirado, honestamente inspirado, y es así que hoy, como un faro que iluminará la nueva senda, donde no hay persecuciones ni venganzas, donde no existen odios ni resquemores, se levanta este sindicato, guiado por un firme propósito: engrandecer la unidad de todos los trabajadores del petróleo.[8]

También informaban que no solamente habían concretado su afiliación a la CGT (cosa que el SOyEYPF no había realizado), sino que además habían comenzado los trámites correspondientes ante las autoridades de la GMCR, la administración de YPF, la Jefatura de Policía y la Secretaría de Trabajo y Previsión. Solicitaban la incorporación al mismo a los obreros y empleados de YPF por ser “vanguardia, en esta zona, de la CGT”. Y sostenían que esta nueva entidad gremial estaría fuera de tutelajes políticos y foráneos, y se identificaría con “la nueva era de renovación social”. Asimismo, resaltaban que para garantizar los beneficios sociales y económicos era conveniente afiliarse a aquellos sindicatos que estaban adheridos a la CGT.

Veamos de qué se trataba aquella “nueva era de renovación social” a la cual se sentían atraídos estos trabajadores. El 2 de junio de 1947, los trabajadores petroleros a través del periódico sindical denunciaron las malas condiciones higiénicas en que debían viajar los trabajadores en los barcos de YPF. La queja estaba dirigida a los capitanes del barco Ministro Frers, quienes no prestaban “ni la menor atención de cómo viaja el personal, como comen, como duermen, ni como se higienizan”, cuestión que los obligaba a denunciar la “permanente suciedad” y los “olores nauseabundos y letrinezcos” del barco. Afirmaban que “la cruda realidad nos muestra a ese YPF, que en libros amarillos hablan al pueblo, de las mejoras sociales e igualdad de trato para todo el personal, que parecen distribuir algunas autoridades de YPF, no es así”[9]. Allí, los trabajadores denunciaban las diferencias que se establecían en el trato que recibían de acuerdo a sus diferentes categorías en el ámbito laboral. Manifestaban que aquellos que eran empleados viajaban en cámara, donde podían acceder a un servicio más esmerado y una calidad de comidas muy superior a los trabajadores ubicados en proa. Además en cámara se servían muchos más platos y de mayor variedad que en la proa; en cámara se servía café con leche con manteca y en proa, no; en cámara había dos mozos destinados para servir las comidas, en proa uno solo, que hacía que las comidas llegaran frías; en cámara se servían dos postres junto con té o café, mientras que en proa ni una cosa ni la otra. Allí sostenían:

En cuanto a la comida, no hacemos cargos al señor Capitán, pero sí le pedimos que esté con nosotros y plantee a la superioridad que no es posible, en la nueva era de justicia social en que vivimos, exista tanta diferencia entre el menú del pasaje de cámara y el de proa. No hacemos cargo al señor capitán porque sabemos que en todos los barcos pasa lo mismo y el culpable directo es el Departamento de Navegación por mantener en vigencia tan desnivelada diferencia, que obliga a sentirnos desmerecidos al compararnos con nuestros propios compañeros de trabajo que viajan en cámara. Nosotros nos preguntamos ¿por qué tanta diferencia? […] Además en cámara se cambia plato en cada comida, mientras que en proa, con uno solo hay que arreglarse, con el agravante que hay que levantarse de lo que llaman mesa para tirar los residuos en un tacho bastante sucio que hay al efecto”.[10] [El resaltado es nuestro].

Aquí podemos apreciar claramente los efectos de la nominación política de Perón, el cual implicó tanto la expansión como la redefinición de los límites de la comunidad política al incorporar a aquellos sujetos que estaban relegados en los márgenes de la política, por estar excluidos simbólicamente de la misma. En palabras de los trabajadores, en la nueva era de justicia social era impensable que existieran diferencias que provocaran el sentirse desmerecidos. Como hemos visto, este sujeto que se sale del lugar legítimo que el orden hegemónico vigente le asigna, vio transformada su estima de sí. Desde este nuevo lugar comenzó a considerarse un igual en la capacidad de poner el mundo en palabras, y de esa manera intervenir en la forma que adquiría la vida comunitaria, poniendo en duda los valores y principios deferentes que la estructuraban.

Esto nos permitió cuestionar la afirmación asentada en cierta historiografía que le adjudicaba a Perón la creación de los denominados “sindicatos paralelos” para reafirmar su autoritarismo sobre el movimiento obrero a partir de 1950 (Carrizo, 2016). Autoras y autores como Louise Doyon (2006) o Peter Waldmann (2009) adoptaron como principio explicativo que fue en el transcurso de dicho año donde se expresaría el “principio de verticalidad” del peronismo. Concretamente con la realización del Congreso de la CGT, a partir del cual los sindicatos se habrían peronizado al reformarse su estatuto y hacer explícita su adhesión a la doctrina peronista.

En concordancia con lo que han sostenido otros historiadores recientemente, “habría que relativizar el peso de Perón en la ‘peronización’ del movimiento obrero y redirigir el foco hacia las mismas prácticas obreras” (Garzón Rogé, 2012-2013: 68). Las enunciaciones de este nuevo sujeto han sido frecuentemente desechadas por la historiografía, la cual en sus explicaciones generalmente hizo referencia al estilo de conducción de Perón y a la incapacidad de los sujetos de conducirse por sí mismos, acorde con aquellas interpretaciones del populismo que solamente reducen dicho fenómeno a las palabras, acciones y estrategias de un líder carismático.

Conclusiones

El desafío que nos habíamos propuesto al estudiar nuestra región era el de abordar y explicar determinados problemas, acciones, conflictos o experiencias en la localidad, y no analizar la localidad en sí misma (Pons y Serna, 2007: 23). En este capítulo hemos comenzado presentando la especificidad de nuestra región (en los términos en que hacía referencia Bandieri), cuidando de no llegar a cierta “exotización” o “excepcionalidad absoluta” de nuestro objeto de estudio, para poder analizar la experiencia histórica del sindicalismo petrolero. De allí que nos dedicamos al análisis de un objeto de estudio (el peronismo y su impacto en el sindicalismo petrolero), en un espacio específico (la Zona Militar), y en un período determinado (1944‑1955). Para ello presentamos algunos aspectos que caracterizaron al mundo del trabajo petrolero en Comodoro Rivadavia entre fines de la década del 30 y principios de los 40, para dimensionar los efectos que generó en él la emergencia del peronismo, sobre todo en aquellos trabajadores que fueron interpelados de una manera inédita.

Por otro lado, este análisis del sindicalismo petrolero patagónico pretendió revisar aquella historiografía canónica que a partir de la noción de “peronización”, ha explicado el avance sobre el movimiento obrero para conseguir que adopte los lineamientos ideológicos del gobierno, el cual se coronó con la creación de los sindicatos paralelos. Como hemos visto, estos abordajes reprodujeron los mismos presupuestos consagrados en un “paradigma clásico” de los estudios sobre el movimiento obrero en este período, que si bien pareciera haberse agotado (Aldao, 2015), todavía en algunos estudios adquiere presencia de manera implícita, actuando como principio interpretativo. Desde la perspectiva local (que nos posibilita acceder a un pequeño universo de actores y a sus enunciaciones), pudimos mostrar aquella adhesión a partir de las transformaciones que provocó el peronismo junto con la politización de nuevas demandas. En definitiva, esperamos haber aportado una investigación que repare en parte aquel “espejo deformado” del cual hablaba Sidicaro a inicios de la década del 90, que no solamente nos devolvía “la pampa húmeda y su metrópoli”, sino también los centros historiográficos.


  1. El 5 de mayo de 2016 los investigadores que integran los Programas de Investigación radicados en la Secretaría de Ciencia y Técnica de la UNPSJB, nos reunimos en una jornada de debate e intercambio en torno a la región Patagonia central.
  2. El Chubut. 1938. (Comodoro Rivadavia) 13 de enero.
  3. El Chubut. 1935. (Comodoro Rivadavia) 3 de marzo.
  4. El Chubut. 1935. (Comodoro Rivadavia) 25 de junio.
  5. Véase al respecto AGN, Ministerio del Interior, Expediente N.º 25777, 25 de junio de 1942; AGN, Ministerio del Interior, Expediente N.º 05594, año 1943.
  6. El Chubut. 1944. (Comodoro Rivadavia) 24 de julio.
  7. El Chubut. 1946. (Comodoro Rivadavia) 25 de agosto.
  8. El Rivadavia. 1948. (Comodoro Rivadavia) 29 de marzo.
  9. 10 de Febrero. 1947. (Comodoro Rivadavia) 2 de junio.
  10. 10 de Febrero. 1947. (Comodoro Rivadavia) 2 de junio.


Deja un comentario