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3 Las huellas locales del internacionalismo rojo[1]

Género, trabajo y militancia comunista en la Patagonia petrolera a comienzos de la década de 1930

Andrea Andújar (CONICET/IIEGE‑UBA)

Introducción

A principios de noviembre de 1933 un volante firmado por la Agrupación Femenina, una organización de filiación comunista integrada por mujeres, circulaba por las calles de Comodoro Rivadavia invitando a una movilización que se realizaría el día 7 de ese mes para conmemorar un nuevo aniversario de la Revolución rusa. Dirigido a las trabajadoras, su texto se detenía particularmente en las condiciones laborales de quienes se desempeñaban como lavanderas, sirvientas, mucamas y cocineras denunciando que

sometidas cada vez a una explotacion mas bestial, trabajamos 14 y 16 horas por dia, ganado un sueldo de hambre de 30 pesos que no nos alcanza ni para el alquiler, para nosotras no hay un dia de descanso en la semana despues de sacarnos el “jugo” desde las 7 de la mañana hasta las 10 de la noche, los domingos tenemos que quedarnos a cuidar los hijos de nuestras explotadoras, mientras se van a divertir en los vailes [sic] o a emborracharse con Champaña en el Club Social.[2]

En esa región de la Patagonia argentina, cuya vida económica giraba en torno a la explotación petrolera, las tareas de lavar, limpiar y cocinar eran, junto con el ejercicio de la prostitución, las principales actividades con las que las mujeres podían ganarse el sustento. A diferencia de Buenos Aires, distante a 1.800 km, no había allí otras industrias que irrumpieran en la fisonomía del paisaje con el trajinar de obreras textiles, del calzado o de la rama alimenticia, por ejemplo, rubros que concentraban gran cantidad de mano de obra femenina en la urbe porteña o en Rosario, la ciudad que le seguía en importancia. Sin embargo, la ausencia de este entramado fabril no impedía a las redactoras del panfleto contrastar la situación de las mujeres que se ocupaban en el servicio doméstico con la de “nuestras hermanas de clase en la Unión Soviética”, quienes contaban en cada fábrica con “casa cuna gratuita, atendida por medicos y enfermeras especiales”, y accedían a una licencia de “seis semanas hantes [sic] y seis despues del parto con goce de sueldo integro”. A la enumeración de estos beneficios, que obraban como promesa del futuro venturoso deparado por la revolución, seguía en el texto la invitación a ingresar en la Agrupación para batallar “por el aumento de nuestros salarios, por las 8 horas de trabajo, por el domingo franco y por la libertad de nuestra organización”.[3]

Estas exigencias constituían banderas usualmente esgrimidas en los conflictos protagonizados por la clase trabajadora argentina en lo que iba de su historia. Juntas o por separado, podía encontrárselas entre las demandas de las costureras de Buenos Aires a fines del siglo xix, en los paros de los trabajadores portuarios o de los azucareros del noroeste durante la primera década del siglo xx, en las huelgas de los peones de las estancias patagónicas o en las de los obreros petroleros de Comodoro Rivadavia a comienzos de la década de 1920. Algunas invocaban la vigencia de derechos ya legislados, como los referidos al descanso dominical y a la jornada laboral de ocho horas, sancionados por el Congreso Nacional en 1905 y 1929, respectivamente. Otras, como el aumento de salarios, buscaban mitigar el agravamiento de las penurias económicas causado por la Gran Depresión en la vida de los sectores proletarios. Finalmente, el reclamo en favor de la libertad de organización contenía una denuncia contra un sistema político que, desde el golpe de Estado de septiembre de 1930, había alentado el recrudecimiento de la represión estatal y paraestatal sobre las organizaciones obreras y las corrientes políticas de izquierda.

Por otra parte, apelar a la “Unión Soviética” como horizonte de la lucha de clases era habitual en las convocatorias realizadas por el activismo comunista. Más aun cuando se trataba de celebrar un nuevo aniversario de la revolución bolchevique. Desde hacía algunos años, el 7 de noviembre se había vuelto una ocasión propicia para festejar públicamente su triunfo mediante movilizaciones callejeras y mítines donde se la exaltaba como modelo ejemplar de la emancipación proletaria y como “patria” en la que no existía ni “hambre, ni crisis, ni desocupación”.[4]

Sin embargo, las demandas y aspiraciones expresadas en las líneas del panfleto contemplaban una dimensión que lo distinguía de otros textos comunistas de similar tenor: el sujeto cuya defensa enarbolaban las militantes de la Agrupación Femenina. Al colocar los reclamos en la interpelación a lavanderas, mucamas, sirvientas y cocineras, las redactoras apuntalaban el sentido del empleo doméstico como un trabajo asalariado y, en tanto tal, inserto en relaciones de explotación propias del sistema capitalista. Pero además, la denuncia sobre las extenuantes jornadas laborales y la mala paga, blandida contra las “explotadoras”, apelaba a un “nosotras” que situaba esa relación de opresión como una experiencia compartida entre las activistas de la Agrupación y aquellas mujeres a quienes pretendían sumar a sus filas.

Tal enunciado de vivencias en común invita a interrogar sobre los vínculos que esas mujeres comunistas tejieron en su comunidad, sobre sus iniciativas políticas y sobre las nociones de clase e ideas de cambio que guiaron sus acciones. Dichas preguntas orientan el horizonte de este capítulo, cuyo cometido es explorar el despliegue del activismo comunista en Comodoro Rivadavia durante los tempranos años treinta del siglo xx, a la luz de las prácticas políticas que las mujeres y los varones comprometidos con tal corriente pusieron en juego para volcar el conflicto de clases a su favor. A tal fin se considerará cómo el género permeó la política comunista en esa región patagónica y gravitó en la experiencia de la clase trabajadora, en la delimitación de sus contornos y en la demarcación de sus adversarios.

En la actualidad existe una vasta producción académica dedicada a la historia del Partido Comunista de la Argentina (PCA) durante la primera mitad del siglo xx. Afincados en diversas tradiciones teóricas y concentrados en la región metropolitana bonaerense –seguida muy de lejos por Córdoba y Santa Fe–, varios estudios llamaron la atención sobre las estrategias políticas de los comunistas en el mundo del trabajo y sus propuestas sindicales, las múltiples actividades culturales y recreativas puestas en práctica en pos del crecimiento partidario, el desarrollo de sus intelectuales y de su prensa, la suerte de sus empeños editoriales, sus posturas ante diversas coyunturas políticas y sobre todo, frente al ascenso del peronismo.[5] Otros indagaron esa militancia a la luz de las claves ofrecidas por la perspectiva de género, deteniéndose en la manera en que las comunistas formaron distintos agrupamientos femeninos, terciaron en los procesos de ciudadanización de las mujeres y gravitaron en las movilizaciones contra el ascenso del fascismo en Europa o bajo el peronismo.[6] En menor cuantía pero inspirados también en esta perspectiva y sus cruces con el concepto de clase, algunos trabajos examinaron la incidencia comunista en la organización de las y los trabajadores, especialmente en la industria textil y de la carne.[7]

Además de destacar el lugar ocupado por las relaciones con Moscú y sus directivas en el derrotero del comunismo argentino, la mayoría de estas investigaciones acentuaron el protagonismo de la dirección del PCA para explicar los vaivenes de la presencia comunista entre la clase trabajadora y en la orientación de sus luchas así como en el trazado de las alianzas y en la trama de sus rupturas. Sin desconocer sus aportes, este capítulo asume otro recorrido al considerar que una comprensión acabada de la historia de esta organización política en la Argentina durante la primera mitad del siglo xx requiere descentrar el foco del liderazgo partidario para ubicarlo en las experiencias de las y los militantes, y en las condiciones en las que desplegaron sus prácticas.[8] Entiendo, a su vez, que el énfasis colocado por algunos trabajos en la capacidad del Comité Central de modelar las acciones de esa militancia puede ser matizado si, además de situar la mirada a ras del suelo, se indagan con mayor detenimiento escenarios diferentes al comprendido por la ciudad de Buenos Aires y sus alrededores.

Como lo señalaron ciertas investigaciones asentadas en la historia local, no se trata de contrastar los procesos supuestamente nacionales con los locales para corroborar cuánto de lo ocurrido en la primera instancia se replica o no en la segunda. Se trata más bien de reducir el punto de mira para disolver homogeneidades interpretativas que dificultan advertir, en este caso, cuánto del decurso del comunismo argentino fue parte de un proceso heterogéneo, emparentado con diversidades locales y con dinámicas cuyos ritmos dependieron también de la manera en que las y los activistas lidiaron con su entorno, significaron los espacios y las relaciones en las que estuvieron insertos y batallaron por aquellos horizontes políticos que avistaron como deseables.[9] En esas experiencias y contiendas, el género fue central al modelar valores y nociones de masculinidad y feminidad proletarias que definieron demandas, formas de organización y de lucha.

Inspirado en estas claves analíticas, este capítulo se organiza en dos secciones. La primera repasa la historia de Comodoro Rivadavia durante las décadas iniciales del siglo xx a fin de explicar el contexto en el que intervinieron las y los comunistas. La segunda se aboca a la expansión de esa militancia, examinando sus prácticas y propuestas políticas así como las organizaciones que promovió y algunas de las confrontaciones en las que participó.

1. De caserío portuario a centro petrolero: breve historia de Comodoro Rivadavia

Rufino Gómez llegó a Comodoro Rivadavia a comienzos de la década de 1930. Contaba con poco más de 30 años de edad y una reconocida militancia en el PCA labrada fundamentalmente en Córdoba, su provincia natal. Allí había participado en numerosas protestas, como las que impulsaron la Reforma Universitaria de 1918 y las que se opusieron a la ejecución de los anarquistas Sacco y Vanzetti en 1927. También estuvo en una huelga ocurrida en 1929 en la localidad de San Francisco, cuya extensión y radicalidad ganó amplia difusión en los medios de prensa. Tal vez por la conciencia de su propia trayectoria o para eludir la persecución policial desatada contra su organización política, Rufino decidió aceptar la misión que le había encomendado la dirección partidaria: establecerse en la ciudad patagónica y fortalecer la presencia comunista entre los trabajadores petroleros, principal fuerza laboral de la región.[10] Como lo advirtió rápidamente al llegar, cumplir tal cometido le exigiría sortear varios desafíos. Las distancias que separaban la ciudad de los campamentos petroleros, la vigilancia cotidiana a la que eran sometidos los obreros que trabajaban y vivían dentro de sus confines o la multiplicidad de sus orígenes nacionales, con su variedad de idiomas y costumbres, eran algunas de las situaciones que tendría que enfrentar para tener éxito en su empeño. Esas circunstancias, por otro lado, habían signado la trama histórica de la ciudad y su hinterland desde sus orígenes.

Fundada en 1901 en la costa del Golfo de San Jorge, como puerto de embarque de productos agrícola‑ganaderos destinados a diversos puntos de la Patagonia y, posteriormente, hacia Buenos Aires, Comodoro Rivadavia integraba el Territorio Nacional del Chubut, división político‑administrativa que se mantuvo hasta 1955, cuando se convirtió en provincia homónima. Aunque inicialmente el desarrollo de la localidad fue lento y complejo debido, entre otras cuestiones, al rigor del clima y la escasa densidad poblacional de la región, su crecimiento se aceleró a partir de 1907, cuando una expedición solventada por el Estado nacional encontró petróleo en tierras fiscales situadas a algunos kilómetros al norte. Alentados por la difusión del hallazgo, comenzaron a llegar a la zona inmigrantes europeos que habían recalado previamente en la ciudad de Buenos Aires. Su asentamiento fue alterando la fisonomía del Pueblo, como en ese entonces se denominaba a Comodoro Rivadavia, que pasó de tener 200 habitantes en 1901 a 1.716 once años más tarde (Cabral Marques, 2011). A las construcciones originales –unas pocas casas de madera ubicadas en las cercanías de un gran galpón para acopio de productos y de un almacén de ramos generales se fueron sumando nuevas edificaciones para albergar a esa población así como tiendas y negocios que ofrecían distintas mercaderías. Panaderías, relojerías, joyerías y locales de amplias dimensiones, pertenecientes a destacadas firmas comerciales, comenzaron a poblar la calle San Martín desde las manzanas adyacentes a la costa hacia las más alejadas. De ese modo se fue conformando un casco céntrico cuyo paisaje se diversificaba también con lugares destinados al entretenimiento de quienes moraban en la ciudad o acudían a ella ocasionalmente por trámites y negocios. Además de algunos bares y establecimientos para jugar a los naipes, a los dados o al “sapo”, a partir de 1916 fue posible asistir a proyecciones de películas en el cine San Juan, el primero inaugurado en Comodoro Rivadavia al que le siguieron otros como el Coliseo, el Rex y el Español, cine‑teatro que funcionaba en la sede de la Sociedad Española de Socorros Mutuos fundada en 1910 (Williams, 2014). Otra oportunidad de diversión la brindaban los clubes deportivos, donde el fútbol se fue imponiendo en las preferencias de practicantes y espectadores. Juventud Unida y Gimnasia y Esgrima fueron algunos de los equipos que desde mediados de la década de 1910 midieron sus habilidades con la pelota en partidos disputados contra los equipos de los trabajadores de los yacimientos petroleros y de otras localidades (Carrizo, 2007).

Simultáneamente se fue consolidando la organización institucional de la ciudad alrededor del Concejo Municipal, único ámbito en cuya elección podían participar todos los varones mayores de edad residentes en el Pueblo.[11] Su potestad jurisdiccional fue objeto de rivalidades con la Dirección General de Explotación de Petróleo de Comodoro Rivadavia, organismo dependiente del Poder Ejecutivo Nacional, encargado de administrar los yacimientos petrolíferos estatales desde 1910. Las disputas, que afloraban alrededor de temas tales como el cobro de impuestos por regalías petroleras o las obligaciones sobre la prestación de servicios de agua y luz, solían zanjarse a favor de la administración petrolera estatal. Por ejemplo, en 1917, tan solo seis años después de constituirse el municipio, el gobierno nacional decidió dejar fuera del ejido urbano el asentamiento de la Explotación Nacional de Petróleo, situado 3 kilómetros al norte de la ciudad. Así, sustrajo de la autoridad municipal los asuntos del campamento, concediendo a la dirigencia petrolera cierta autonomía para manejar el destino de sus habitantes. Esa autonomía se expresó, entre otras cuestiones, en la organización de una policía propia y en la facultad de dictar disposiciones que contrariaban incluso algunas regulaciones comunales.[12] Como contrapartida, el Concejo Municipal prohibió a los trabajadores y empleados residentes en los campamentos petroleros participar en los comicios para la renovación de sus integrantes.

La inclinación del Estado nacional hacia la Dirección General de la Explotación de Petróleo fue menos evidente en materia de inversión para la actividad extractiva. Desde su creación, la repartición estatal debió manejarse con un presupuesto austero, conformado mayoritariamente por lo recaudado en la venta de combustible al ferrocarril estatal y a la Marina (Cabral Marques y Crespo, 2005). Fue recién en 1922, debido a la presión originada en la creciente rivalidad anglo‑norteamericana por el control del oro negro, cuando el gobierno nacional decidió involucrarse más efectivamente en la producción hidrocarburífera. Para ello, reorganizó la Dirección a través de la creación de Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF). Puesta bajo la responsabilidad de Enrique Mosconi, un experimentado ingeniero y coronel del Ejército, la novel empresa pudo expandir y diversificar su producción, beneficiada por un incremento en la partida presupuestaria y por la implementación de un plan de integración vertical que contempló también la construcción de una refinería (Solberg, 1986). En paralelo, la renovada dirigencia de la petrolera estatal se dispuso a desarticular toda forma de organización sindical y protesta obrera. A tal fin puso en práctica un conjunto de iniciativas que combinaban medidas de coacción y de consenso, muchas de las cuales fueron compartidas en su ejecución con las compañías de capital privado que competían con YPF por el acceso al petróleo de la zona. En efecto, para la década de 1920 la Compañía Ferrocarrilera de Petróleo (COMFERPET), ASTRA y Diadema Argentina, empresas subsidiarias de firmas europeas y norteamericanas, contaban con campamentos localizados a algunos kilómetros al norte del Pueblo.

Estos asentamientos devinieron en comunidades obreras cuya edificación fue parte de un terreno conflictivo, modelado por enfrentamientos y también negociaciones entre las dirigencias empresariales y la clase trabajadora (Andújar, 2015). Gestados en torno a los pozos de perforación y extracción, sus territorios comprendían no solo el lugar del trabajo, sino también el de morada y de satisfacción de un conjunto de necesidades ligadas a la educación, la salud, el consumo y el uso del tiempo libre de los y las trabajadoras y sus familias. Dentro de sus límites se fueron erigiendo progresivamente los espacios destinados a la Administración de la compañía, los barrios con viviendas para empleados jerárquicos distanciadas y distinguidas de las de los obreros de pozo –que podían habitar pabellones con habitaciones compartidas si eran solteros o casas más confortables si tenían familia–, la escuela para los niños y niñas proletarias, las gamelas o comedores colectivos, un centro de atención de la salud –ocasionalmente un hospital–, clubes deportivos e, incluso, cines. Como ya se mencionó, algunos campamentos tuvieron sus propias delegaciones policiales, dispuestas para vigilar a una población obrera cuya potencialidad combativa era asociada, además, a su condición extranjera.

Dominantemente masculina, la fuerza laboral de la industria petrolera tenía diversos orígenes nacionales. Españoles, portugueses e italianos podían compartir habitación, jornadas de trabajo o momentos de esparcimiento con búlgaros, alemanes, polacos, rusos, griegos, ingleses, yugoslavos, rumanos, chilenos y, en menor medida, argentinos. Como sucedía en el Pueblo, la procedencia común podía abonar la emergencia de otras afinidades, como las políticas, o de ciertas solidaridades, como las que se expresaban en pequeñas –y a veces informales– asociaciones de ayuda mutua o clubes sociales articulados en torno a la nacionalidad de origen, tal como sucedía con españoles, polacos o búlgaros. También facilitaban la transmisión de información sobre las condiciones de vida y de trabajo en esos campamentos o sobre las habilidades exigidas por la actividad petrolera, donde perforadores, jefes de sondeo, obreros especializados para la construcción de torres, acueductos o viviendas, interactuaban con otros que realizaban labores no calificadas. Las mujeres que habitaban en los campamentos tenían también múltiples procedencias.[13] Algunas inmigraron junto con sus familias mientras otras se decidieron a viajar una vez que sus padres, hermanos, maridos u otros familiares les enviaron noticias sobre el lugar. Ya establecidas, además de ocuparse en las actividades relativas al cuidado de la familia, podían ganarse el sustento como mucamas, sirvientas y cocineras en las casas del personal jerárquico de las empresas petroleras, como lavanderas y planchadoras por cuenta propia para los trabajadores, como asalariadas de las compañías para la atención de los baños públicos instalados en los campamentos desde mediados de la década de 1920, en el ejercicio de la docencia, como enfermeras en los centros de salud, y paulatinamente, como trabajadoras administrativas (Ciselli, 2004).

La vida en los campamentos petroleros no era sencilla para los trabajadores y sus familias. En el caso de los varones, a las extensas jornadas laborales en los pozos y los magros salarios obtenidos por tareas que implicaban elevados desgastes físicos, se sumaban los riesgos de accidentes laborales, muchas veces fatales, o de enfermedades provocadas por las exigencias del trabajo petrolero y los intensos fríos patagónicos. El trabajo de las mujeres no deparaba mejores expectativas. El empleo en el servicio doméstico o en la atención de los baños públicos demandaba muchas horas a cambio de retribuciones aún más bajas que las de sus pares masculinos. Por tanto, no era mucho lo que una familia obrera podía juntar para enfrentar diariamente la carestía de los productos de primera necesidad, los requerimientos de la salud o el pago del alquiler de una vivienda. Estas difíciles condiciones gravitaron en la declaración de huelgas que paralizaron la producción petrolera varias veces desde fines de la década de 1910. Encauzados en buena medida por la Federación Obrera Petrolífera (FOP), organización sindical de tendencia anarco‑sindicalista que aglutinó a los trabajadores del Pueblo y los de los yacimientos desde 1917 hasta fines de los años veinte, las exigencias de aumentos salariales, edificación de viviendas, respeto a la organización proletaria o rebaja en los precios de productos de primera necesidad fueron una constante en los paros que jalonaron el período (Torres, 2006).

Para contrarrestar esta movilización obrera y desarticular su organicidad, la dirigencia de YPF asumió distintas medidas. Detenciones, deportaciones de trabajadores bajo la aplicación de la Ley de Residencia, confecciones de listas negras compartidas con las demás empresas, fueron algunos de los dispositivos a los que Mosconi echó mano en simultaneidad con la implementación de un política asistencial que, modelada a la luz de las exigencias obreras, comprendía desde el pago de bonificaciones en dinero hasta la construcción de viviendas, de un hospital y la instalación de una proveeduría (Andújar, 2015). Además, se propuso estimular la migración de trabajadores del norte de la Argentina, a los que suponía menos díscolos que los extranjeros y más permeables a asumir una ideología nacionalista que batallara y terminara con la adhesión obrera al internacionalismo revolucionario proletario. Aun cuando los resultados de estos intentos fueron dispares, su implementación sobrepasó la presencia de Mosconi al frente de la compañía estatal, pues ninguno de estos mecanismos fue desmontado cuando el oficial del Ejército renunció a su cargo en 1930, en desacuerdo con el derrocamiento del presidente Hipólito Yrigoyen.

Para ese entonces, las dificultades económicas de las familias proletarias se habían agravado más aún. Los impactos de la crisis de la bolsa de Wall Street de octubre de 1929 habían llegado al territorio, recrudeciendo sus efectos hacia el año 1932, cuando la desocupación llegó a afectar a más de 400 trabajadores en la zona (Infeld, 2009). Para prevenir cualquier conflicto, la dirigencia de YPF incrementaba la vigilancia en los campamentos mientras informaba al gobierno municipal que su contribución para paliar la situación crítica no excedería los 50 puestos de trabajo. Entre tanto, la compañía instaba al gobierno nacional a controlar más severamente los embarques de pasajeros hacia la Patagonia, para evitar el arribo de nuevos desempleados.[14]

En ese escenario actuó la militancia comunista, desplegando un activismo que se nutría de los antecedentes forjados en los años anteriores entre anarco‑sindicalistas o en las reivindicaciones expresadas en huelgas y movilizaciones que acortaban las distancias entre los yacimientos y la ciudad, poniendo en entredicho la pretendida autonomía de las patronales petroleras. Fue en el lugar de trabajo, pero también entre las columnas de manifestantes que iniciaban su derrotero desde el kilómetro 3 para llegar a las puertas del municipio, en los bares y en los cines, en las gamelas y en las viviendas, entre las hinchadas que alentaban a sus equipos de fútbol o en las fiestas, donde ciertos trabajadores y trabajadoras de una y otra territorialidad fraguaron puntos de encuentro y relaciones de confianza que los aventuraron políticamente bajo la cobija del comunismo.

2. Arriba los pobres del mundo: comunistas, petroleros y sirvientas

La Agrupación Femenina, formada a comienzos de 1932, fue una de las más incipientes organizaciones de masas que el activismo comunista desarrolló en Comodoro Rivadavia, replicando las iniciativas llevadas a cabo en otros lugares del país.[15] En principio, coexistían con la Agrupación dos organizaciones sindicales, la Unión General de Obreros Petroleros (UGOP) y la Unión General de Obreros del Pueblo (UGO del Pueblo). La primera, fundada en 1931, apuntaba a reunir a los trabajadores de los yacimientos tanto privados como estatal. En poco tiempo logró afiliar a más de 3.000 obreros petroleros, sumándose al Comité de Unidad Sindical Clasista y a dos organizaciones internacionales, la Confederación Sindical Latinoamericana y a la Internacional Sindical Roja (Gómez, 1973). La UGO del Pueblo, por su parte, concentraba su acción en la ciudad de Comodoro Rivadavia, integrando a sus filas a trabajadores de actividades diversas, tales como los portuarios, los empleados municipales y los chauferes, a quienes proponían organizarse para luchar por la rebaja de la nafta, el aceite y los repuestos automotrices o el libre ingreso a los yacimientos petroleros.[16]

Dentro de la UGO del Pueblo, las activistas comunistas se abocaron a crear otras dos instancias. Una fue la Sección Femenina, espacio destinado a organizar exclusivamente a las trabajadoras cuya primera reunión se celebró el 13 de noviembre de 1932 con la participación de 29 mujeres.[17] La segunda fue un Comité de Desocupados dedicado centralmente a la recolección de víveres y la organización de ollas populares para mitigar los efectos de la crisis. Tanto la Sección Femenina como el Comité de Desocupados tenían como blanco de sus demandas inmediatas al gobierno municipal, al cual le exigían, además de alimentos, trabajo y “subsidio a los desocupados”, la provisión de alojamiento, luz, agua y gas “gratis a cuenta de la Municipalidad”.[18] A estos espacios de militancia se sumaban la Federación Juvenil Comunista (FJC), con más de veinte afiliados, y el Socorro Rojo Internacional (SRI), dedicado a la solidaridad y defensa de los “presos sociales” –como solían nombrar a quienes habían sido encarcelados por motivos políticos o por su activismo gremial–, compuesto por más de 500 personas, en calidad de adherentes (Gómez, 1973).

Este despliegue organizativo se sostenía en una importante red de propaganda, formación política y recreación para las y los trabajadores. Tal entramado incluía la realización de charlas y veladas cinematográficas, donde era posible asistir a obras como Sacco y Vanzetti, cuya puesta en escena era seguida de conferencias sobre la revolución bolchevique o la España republicana.[19] También se organizaban pícnics, en los que, compartiendo alimentos y juegos, se buscaba estrechar relaciones de camaradería, recaudar fondos para sufragar gastos de imprenta o debatir sobre las condiciones laborales y la situación de la clase obrera local e internacional.[20] Como han señalado diversos autores, estas actividades eran muy apreciadas por la militancia comunista pues potenciaban el estrechamiento de lazos de camaradería y el crecimiento partidario a partir de la difusión de su ideales (Camarero, 2007; Lobato, 2001). Así valoradas, su existencia constituía una arista crucial del combate ideológico que las comunistas libraban contra sus adversarias de clase, apuntadas con el uso de un femenino que no tenía nada de azaroso. Vale recordar, en ese sentido, el panfleto de la Agrupación Femenina citado al comienzo de este trabajo. Las redactoras dirigían sus acusaciones a las “explotadoras” recriminándoles no solo el escaso salario pagado a las empleadas domésticas y las extensas jornadas laborales que debían cumplir. También les reprochaban, como puede leerse en la referida cita, que usaran el tiempo ganado en ese vínculo opresivo para divertirse en “vailes” o “emborracharse con Champaña en el Club Social”. Por tanto, el uso del tiempo libre era parte del antagonismo de clases, que cobraba sentido y legitimidad en función del sujeto que lo usufructuaba y el destino que le otorgaba. Así, ante la forma de diversión burguesa, las comunistas oponían otro modelo de esparcimiento recurriendo como ejemplo a las trabajadoras soviéticas al señalar que ellas se dedicaban “a la lectura para mejorar su cultura” y a “todos los placeres del deporte”.[21]

Esta red de formación y organización política se completaba con la apertura de una biblioteca y un centro cultural obreros, y la edición de dos periódicos que se sucedieron en el tiempo.[22] El primero, denominado El Obrero Petrolero, circuló en 1932 y difundió noticias sobre las huelgas y movilizaciones ocurridas en otras regiones de la Argentina, sobre las acciones encaradas por “la reacción” –es decir, los organismos de represión del Estado nacional y de las policías locales–, respecto a la vida de los obreros y campesinos en la URSS y sobre la coyuntura internacional. Esa información, distribuida en unas pocas páginas, era acompañada con una sección de cartas escritas por obreros, todos varones, en las que denunciaban distintos atropellos e injusticias cometidas dentro de los campamentos de YPF. En octubre de 1933 El Obrero Petrolero fue suplantado por Patagonia Roja.[23] El tono de sus crónicas no varió demasiado respecto de su antecesor, aunque la denuncia de una avanzada imperialista contra la URSS y la demanda por la libertad de los “presos sociales” ocupaba el centro de la convocatoria a la acción y a la organización realizada por la Agrupación Femenina.[24]

La articulación de estos ámbitos militantes requirió afrontar varios retos. A pesar del terreno previamente abonado por la presencia anarcosindicalista, activistas como Rufino Gómez se quejaban en informes enviados al Comité Central de las múltiples dificultades que enfrentaban a la hora de mejorar la organización partidaria. Entre los inconvenientes más citados se destacaban la pluralidad de idiomas y costumbres de la clase trabajadora, la renuencia de ciertos obreros a aceptar la organización celular en función del lugar de trabajo y no del origen nacional –preferencia a la que también adherían algunos comunistas experimentados–, la irregular asistencia a las asambleas o la falta de constancia en el pago de las contribuciones partidarias y en la venta de la prensa.[25] Otros se relacionaban con la tarea nunca sencilla de “burlar la vigilancia policial para evitar una caída en masa” (Gómez, 1973: 34). De hecho, el temor al “peligro rojo”, compartido con la dirigencia política del resto del país y particularmente con el liderazgo de las Fuerzas Armadas, había conducido al comisario César Stafforini en su función de interventor del municipio de Comodoro Rivadavia a tomar un conjunto de recaudos.[26] Entre ellos estaba la pegatina “en los lugares más visibles de esta localidad de 80 carteles de propaganda anticomunista que a este efecto fueron repartidos por esta gobernación”, según comunicaba Stafforini al Gobernador del Territorio en una nota del 12 de noviembre de 1931.[27] Además, ordenaba detenciones de obreros sospechados de comunistas y, en ciertos casos, organizaba sesiones de torturas en la comisaría del Pueblo o del yacimiento estatal, aprovechando el vínculo estrecho que Stafforini cultivaba con la dirigencia de YPF (Gómez, 1973). Si bien tales esfuerzos parecían magros para contener el avance comunista, exigían a sus dirigencias aguzar el ingenio para desafiarlos. En parte, ese ingenio se jugaba en el terreno de la denuncia pública sobre la represión, reclamando al gobierno municipal que destinara “los diez mil pesos que la comuna paga para refuerzos policiales” para “darles a los niños obreros ropa, calzado y libros para ir a la escuela”.[28] Pero también, en la celeridad para volver clandestinas sus reuniones o para ocultar los lugares en los que se guardaba el mimeógrafo, la prensa y los volantes, entre otros ejemplos. Algunas de las estratagemas para evitar caer en manos de la policía eran las de utilizar locales comerciales en el Pueblo o no exceder el número de tres obreros reunidos en una pieza dentro de los campamentos (Gómez, 1973).

Esta capacidad organizativa, así como la astucia para eludir la vigilancia sobre los trabajadores y sus familias en la ciudad y los campamentos, se pusieron a prueba durante dos huelgas desarrolladas en el primer semestre de 1932.[29] La primera comenzó el 23 de febrero, en protesta por el despido de siete trabajadores de COMFERPET. A su reincorporación y la expulsión del capataz que había obrado en contra de los despedidos se sumaron otras exigencias tales como el reconocimiento de la UGOP, el cumplimiento de las leyes que regulaban la jornada laboral de ocho horas y la indemnización por accidentes laborales, el pago de horas extras, el mejoramiento de los servicios de salud y la provisión de ropa de trabajo por parte de la patronal. Aun cuando se extendió a las restantes compañías, la huelga fue languideciendo hasta ser levantada a mediados de marzo, sin conseguir ninguno de los puntos demandados. El 10 de abril se desató un nuevo conflicto esta vez en Diadema. Las exigencias replicaban prácticamente las del paro anterior, si bien se sumaba la reincorporación de los despedidos en aquella ocasión y la potestad de la UGOP para contratar nuevos trabajadores, una reivindicación largamente extendida entre el movimiento obrero y solo obtenida por la Federación Obrera Marítima durante el primer gobierno radical (Caruso, 2016). Este segundo conflicto se generalizó y excedió a los campamentos cuando, con motivo del asesinato de un obrero a manos de la policía, la UGO del Pueblo convocó a un paro por 48 horas. Luego de enfrentamientos con soldados y marineros enviados desde Buenos Aires, la huelga fue levantada el 19 de mayo, dejando un duro saldo para los trabajadores pues muchos fueron despedidos, encarcelados, torturados y deportados en buques de la Marina (Gómez, 1973).

Las mujeres jugaron un rol central en ambas contiendas, poniendo en práctica diversas iniciativas. Algunas tuvieron que ver con la difusión de los motivos de los paros y otras, con actividades persuasivas. Ellas fueron las encargadas de confeccionar volantes en apoyo de los conflictos redactados en reuniones convocadas por el Socorro Rojo Internacional. Otras estuvieron relacionadas con la recolección de víveres y abrigo para los huelguistas, y con el armado de piquetes en las cercanías de los lugares de trabajo para evitar el ingreso de rompe‑huelgas o las avanzadas de las fuerzas represivas. Incluso, llegaron a actuar como oradoras en diversos actos políticos convocados en medio de los conflictos.[30] También protagonizaron acciones mucho más audaces, destinadas a evitar la captura de los obreros en huelga o liberar a quienes habían sido apresados. Tal lo hecho por Ana Descheff.

Según recordara Rufino Gómez, uno de los días de la segunda huelga Ana ingresó a la comisaría del pueblo decidida a llevarse a Basilio, su marido, con ella. Al parecer, había sido detenido horas antes en las inmediaciones del cine Rex mientras intentaba asistir, con otros trabajadores petroleros y vecinos de la zona, a un festival en el que se exhibiría La Tempestad Amarilla, una película del cineasta ruso Vsevolov Pudovkin que retrataba cómo un joven mongol comerciante de pieles, capturado por los ingleses y convertido en gobernante fantoche de Mongolia, se había rebelado contra ellos. Sin embargo, hacia las 17 horas, cuando debía comenzar la velada cinematográfica, “la policía obligó al dueño del cine a cerrar con llave todas las puertas del edificio” mientras que marinos con ametralladoras fueron apostados en las vías de entrada al pueblo (Gómez, 1973: 73). Quienes lograron llegar a las puertas del Rex resolvieron marchar por las calles próximas para protestar contra la medida. Los enfrentamientos con la policía no tardaron en producirse y fue en uno de ellos cuando, luego de recibir un golpe en la cabeza, Basilio fue apresado. Ana, temiendo por el bienestar de su marido, franqueó con paso resuelto la entrada de la comisaría llevando con ella a sus tres hijas. El comisario González la atendió en su oficina. La mujer depositó a la más pequeña en el escritorio, tal vez esperando que al verla el policía se conmoviera. Sin embargo, la negativa fue rotunda. No liberarían a Basilio. Entonces, jugó otra carta: se desprendió de las niñas, cerró la puerta de la oficina y salió corriendo de la comisaría. El griterío que las criaturas armaron fue tal que el sorprendido comisario ordenó a dos agentes que alcanzaran a esa mujer “quien de esa manera logró la inmediata libertad de su marido” (Gómez, 1973: 73). La estratagema de Ana resultó exitosa para liberar a su esposo en un contexto adverso a tal propósito. Pero ¿cómo había sabido Ana de la detención de Basilio? Quizá porque era parte de una trama de relaciones que le permitió enterarse rápidamente de la suerte corrida por el obrero. Tal vez porque conocía a los amigos de su marido o porque también ella, como él, era militante del PCA. Lo cierto es que ante ello, Ana apeló a ciertos sentidos de género que, aun cuando no disputaban el lugar subordinado de las mujeres como garantes de la reproducción del hogar en tanto esposas y madres, fueron efectivos para revertir la decisión policial y rescatar a Basilio.

Aunque revelador de la creatividad femenina ante situaciones de este tipo, este episodio no explica del todo por qué ni cómo las comunistas consiguieron que otras mujeres se sumaran a la militancia partidaria o a las huelgas que alentaban. Parte de esa explicación se encuentra en el espacio donde se originaron las contiendas con las patronales petroleras. Como argumenté en un trabajo anterior, las demandas que las atravesaron se urdieron no solo en el ámbito productivo, sino también en el hogar y en la comunidad; se discutieron en las calles de los campamentos y en las esquinas de la ciudad, en la boca del pozo petrolero y en el mercado (Andújar, 2016). En suma, en lugares donde las y los trabajadores tenían oportunidad de debatir asuntos cercanos a sus intereses cotidianos. Para las mujeres que compartían la vida con los obreros, el aumento del salario de sus maridos, el pago de las horas extras o de una indemnización por un accidente laboral redundaba en una mejora del presupuesto familiar y, por tanto, en un alivio para sus preocupaciones diarias. Para aquellas que vivían solas, eran sostenes de sí mismas o de sus hijos e hijas –si habían enviudado y tenían criaturas a su cargo–, las exigencias de aumento salarial las beneficiaban de modo directo. El jornal diario pagado a una trabajadora por atender y limpiar los baños públicos habilitados por YPF dentro de su campamento durante diez horas, por ejemplo, era solo de $3,50, dos pesos menos que lo percibido por un peón de pozo no calificado.[31] Aun cuando fuera un monto mayor que el que percibían las empleadas domésticas que trabajaban diariamente de 14 a 16 horas, según señalaba el volante de la Agrupación Femenina, lo obtenido por las mujeres a cambio de unas jornadas laborales tan largas como las de los varones dificultaba el mantenimiento de la familia. Tales condiciones habrían actuado en la determinación de sumarse a la huelga.

A su vez, habrían contribuido a este involucramiento femenino las actividades compartidas entre mujeres y con los varones en los pícnics, las fiestas y las veladas culturales en las que las y los militantes comunistas depositaban sus apuestas organizativas. En ese sentido, el PCA se había vuelto un lugar de encuentro, un espacio donde compartir información y miradas del mundo circundante, percepciones y aspiraciones políticas. Y también, aprendizajes diversos. Allí, en los ámbitos de militancia y sociabilidad puestos en práctica, las comunistas de Comodoro Rivadavia habrían viabilizado algo más: la posibilidad de articular unos reclamos específicos que tensionaban los sentidos asignados al trabajo en base a particulares nociones de género.

El volante de la Agrupación Femenina denotaba la importancia brindada a las empleadas domésticas para el crecimiento partidario. Las comunistas buscaban sumarlas a la lucha apuntalando una identidad de clase articulada en tanto mujeres que vendían su fuerza de trabajo a cambio de dinero. Esas trabajadoras no eran reconocidas como tales en la legislación laboral vigente. Tampoco como sujetos de ciertos derechos de los que gozaban otros sectores de la clase trabajadora, mayoritariamente masculinos. Como lo han señalado diversas investigaciones, para la década de 1930 el trabajo de servir no era ejercido casi por ningún varón. Central para la supervivencia de las familias obreras, las labores que lo constituían se habían ido feminizando a la par que circunscribiendo su multiplicidad hasta quedar reducidas a las comprendidas en el servicio doméstico dentro del hogar (Allemandi, 2017). Para ciertos actores políticos, esas tareas estaban asociadas a un tipo de vínculo servil, contrario al orden capitalista u obsoleto frente a su avance. Ese supuesto operó como un poderoso argumento para excluir a mucamas, cocineras y lavanderas de toda legislación laboral durante la primera mitad del siglo xx. En igual sentido actuaron argumentaciones que remarcaban el tipo de lugar donde ese trabajo se realizaba (el ámbito hogareño) o las relaciones personales que teñían los vínculos entre las trabajadoras y sus empleadoras (Pérez, 2015a y b). En definitiva, presentado como resabio de una sociedad precapitalista o a medio camino entre un contrato libre y un arreglo afectivo, los diputados y senadores del Congreso Nacional dejaron fuera a todas las empleadas domésticas de los beneficios de la ley que reducía la jornada laboral a ocho horas en 1929, de la norma que en 1905 había determinado el descanso dominical o de aquella que en 1915 había dictaminado sobre la responsabilidad patronal en los accidentes de trabajo (Pérez, Cutuli y Garazi, 2018).

A través de sus demandas, las activistas de la Agrupación Femenina contradecían las ideas de esos legisladores. No fueron las primeras en notar que la actividad de servir era un trabajo ni en percibir la matriz opresiva de ese vínculo laboral. Tampoco en proclamar las ventajas de tener una organización gremial que le hiciera frente. A comienzos del siglo xx, el Partido Socialista también había procurado organizar a las y los empleados domésticos de la ciudad de Buenos Aires a través de la Liga Internacional de Domésticos, agrupamiento cuyos esfuerzos se concentraban en combatir los abusos de las agencias de contratación de la capital del país (Allemandi, 2017). Sin embargo, a diferencia de sus predecesores del socialismo, las comunistas invitaron a las trabajadoras a sumarse a sus filas a la luz de una experiencia de clase compartida, que revelaba su inserción social y su determinación política. Así podía advertirse en la acusación contra las “explotadoras”, al recriminarles, en el volante citado al comienzo de estas páginas la pretensión de “sacarnos el jugo”.[32] Ese diagnóstico comportaba un lenguaje de derechos en clave femenina, que situaba a las trabajadoras domésticas en la arena de la lucha de clases y, con ello, como protagonistas de la proclama y la política revolucionaria. Las comunistas contaban con antecedentes propios para elaborar una propuesta de este tipo, forjados en una huelga ocurrida en 1929 en la localidad cordobesa de Bell Ville.

Entre los motivos del conflicto estaba la obtención de un salario mínimo de 60 pesos, el acortamiento de la jornada laboral a diez horas por día, respetando que las trabajadoras pudieran contar para comer con dos horas al mediodía y dos a la noche, y la posibilidad de disponer de una habitación amueblada para quienes vivían bajo el mismo techo que sus empleadoras (Remedi, 2014). Esa huelga había estado antecedida a su vez por otras dos ocurridas en 1910 y 1922 en Córdoba por demandas relativas a la vestimenta y al derecho de ser llamadas “empleadas del servicio doméstico” en lugar de sirvientas, criadas o mucamas.[33] Todas estas acciones fueron modelando una experiencia e identidad de clase gestadas en un proceso que no fue ajeno a las comunistas. La huelga de 1929, que terminó exitosamente pues treinta y cinco patrones aceptaron las demandas de las trabajadoras, había contado con el aliento del PCA y, particularmente, de Rufino Gómez, quien en ese entonces era el Secretario de la Unión Obrera Provincial de Córdoba. Es de esperar que Rufino, que durante la huelga convocaba a apoyar “el movimiento viril de las mujeres obreras”,[34] sumara los resultados de esta experiencia en el equipaje que llevó de Córdoba a Comodoro Rivadavia a comienzos de la década de 1930. Probablemente se haya referido a ella en alguna reunión de célula sin lograr, de todos modos, desandar la idea de que la “bravura proletaria”, como le gustaba referir a los huelguistas petroleros de 1932, era patrimonio de los varones. Por eso, si alguna mujer demostraba perseverancia y convicción para la lucha, era “viril”. Pero aun sin cuestionar de raíz las jerarquías construidas en base a la diferencia sexual, la escucha brindada por las trabajadoras patagónicas a ese relato devino de una experiencia propia que fue articulándose cotidianamente en función de su sexo y su clase y, también, de unos saberes que circulaban entre esa militancia. Entre esos conocimientos estaban las leyes argentinas y las promesas soviéticas. Unas y otras llegaron a la región patagónica a través de informes partidarios, de la prensa comunista local o internacional, en las notas publicadas por Lucha Obrera, el periódico de la Confederación Sindical Latinoamericana, sobre los derechos de las obreras de la URSS a contar con una licencia paga antes y después del parto.[35] Es probable que hayan intercambiado opiniones sobre ello en una reunión de célula, en un mitin de la Agrupación Femenina o en los actos proselitistas realizados a propósito de los comicios en los que el PCA participaba, tales como las elecciones municipales de Comodoro Rivadavia en el verano de 1932.[36] En cualquier caso, fue en esa particular trama local donde la militancia comunista, a la luz de sus horizontes programáticos, pero también en función de unas específicas condiciones sociales, económicas y políticas, desplegó unas prácticas políticas en las que alentó la organización de vastos sectores de la clase trabajadora, ampliando los contornos de su definición y las orientaciones de sus demandas y de sus luchas a partir de unas específicas nociones de género.

A modo de cierre

La movilización convocada por el Partido Comunista de Comodoro Rivadavia para el 7 de noviembre de 1933 no se llevó a cabo. Los informes brindados por los infiltrados de la policía sirvieron para frustrar el acto. Sin embargo, esto no desalentó los esfuerzos comunistas por intervenir en la organización política de la clase trabajadora en Comodoro Rivadavia. Internacionalismo proletario, espacios definidos según experiencias políticas, trayectorias individuales y aspiraciones colectivas, lucha de clases animada en un lenguaje de derechos compartidos, feminidades y masculinidades proletarias delineadas desde confines locales bajo ilusiones revolucionarias planetarias. Todas esas dimensiones fueron parte del bagaje político que las y los comunistas pusieron en juego para llevar a cabo la contienda en pos de esos horizontes de cambio. Sus iniciativas contuvieron múltiples esfuerzos que contemplaron la construcción de ámbitos tan variados como sindicatos, espacios de formación y debate político, actividades recreativas y de movilización obrera, redes de circulación de información y de propaganda. ¿Regidos por un programa? ¿Siguiendo los mandatos del Comité Central localizado en Buenos Aires? Tal vez… pero no tanto. Quizá, más allá de Buenos Aires y de Moscú, las y los comunistas de la Patagonia fueron expresiones de una clase trabajadora que, sexuadamente, iba conformándose como tal, edificando sus estrategias en función de sus vivencias cotidianas y de sus grandes conflictos, en una trayectoria donde el comunismo formaba parte de su propia experiencia. Se trató de una experiencia que transitó de lo local a lo internacional en función de las prácticas y las definiciones de los sujetos que le dieron vida desde Córdoba a Comodoro Rivadavia, desde la ciudad patagónica a los campamentos petroleros asentados en sus confines, desde el cine del pueblo a la cancha de fútbol. En suma, desde unos espacios que se forjaron en función de las relaciones, deseos, obstáculos y conflictos de quienes los habitaron.


  1. Agradezco los comentarios realizados por Sandra Fernández a una versión preliminar de este trabajo.
  2. Archivo Histórico Provincial de Rawson (AHPR), Fondo Documental Gobernación del Territorio Nacional del Chubut (FDGTNCh). Exp. 474‑4971‑1933‑11‑13. F. 28.
  3. Ibidem.
  4. Ibidem.
  5. Véase, entre otros, Badaloni (2013), Camarero (2007), Ceruso (2015), Mastrángelo (2011), Massholder (2015), Pasolini (2004), Petra (2017) y Videla, Menotti y Diz (2013). Para una revisión historiográfica sobre la postura del PCA ante el peronismo, Camaño Semprini (2016).
  6. Véase, por ejemplo, McGee Deutsch (2017) y Valobra (2010, 2017).
  7. Véase Lobato (2001, 2007), Norando (2017) y Norando y Scheinkman (2011).
  8. Retomo la advertencia realizada en tal sentido por Mirta Lobato (2001) en su estudio sobre la clase trabajadora de la comunidad de Berisso.
  9. Estas reflexiones son deudoras de las propuestas desarrolladas en particular por Bandieri (2017), Fernández (2007) y Pons y Serna (2007).
  10. Las referencias sobre la trayectoria de este militante se basan en sus memorias (Gómez, 1973).
  11. Los habitantes varones de los Territorios Nacionales no podían participar en las elecciones nacionales ni elegir al Gobernador del Territorio pues este era designado por el presidente de la nación.
  12. Desde 1916, el campamento petrolero estatal contó con una delegación policial financiada por la empresa. También prohibió la apertura de burdeles dentro de sus límites, cuyo funcionamiento, sin embargo, contaba con regulación legal en la ciudad desde 1914 (Infeld, 2009).
  13. No puede establecerse con precisión la cantidad de habitantes del Pueblo y de los campamentos petroleros durante ese período. Según el censo territoriano de 1920, la localidad contaba con 2.179 habitantes mientras que la explotación petrolera nacional tenía 2.219 obreros y empleados (República Argentina, iii Censo de los Territorios Nacionales, 1920). No se tienen registros fehacientes sobre los restantes campamentos.
  14. Museo Nacional del Petróleo (MNP), Fondo Documental “Enrique Mosconi. Asuntos de YPF”, Caja N.º 8, Expediente DG, Folio A.2.1 y subsiguientes.
  15. Tal el caso de la propia Agrupación, cuyos orígenes se remontaban a los meses inmediatamente posteriores a la fundación del PC, a comienzos de la década de 1920, como producto de la reorganización de la Comisión Central Femenina (Camarero, 2007; Valobra, 2015). Otras experiencias similares tuvieron lugar en la textil Gratry, en Buenos Aires, y en la fábrica de pastas Tampieri, en Córdoba, donde las obreras conformaron la Comisión Femenina y la Asociación Feminista Comunista, respectivamente (Mastrángelo, 2011; Norando, 2017).
  16. AHPR, FDGTNCh, Exp. 474‑4971‑1933‑11‑13, F. 23.
  17. AHPR, FDGTNCh, Exp. 474‑4971‑1933‑11‑13, F. 95.
  18. AHPR, FDGTNCh, Exp. 474‑4971‑1933‑11‑13, F. 23.
  19. Las referencias a estas proyecciones cinematográficas aparecen en Gómez (1973), y en MNP, Fondo Documental “Enrique Mosconi. Asuntos de YPF”, Caja N.º 8, s/f, Volante de la UGOP.
  20. El obrero Petrolero. 1932. (Chubut) 5 de agosto.
  21. AHPR, FDGTNCh, Exp. 474‑4971‑1933‑11‑13, F. 28. Vale señalar, de todos modos, que actividades como la práctica del fútbol eran objetadas por otras corrientes obreras como, por ejemplo, el sindicalismo revolucionario. Véase una nota publicada su periódico Bandera Proletaria. 1926. (Buenos Aires) 14 de agosto.
  22. AHPR, FDGTNCh, Exp. 474‑4971‑1933‑11‑13, F. 25.
  23. Hasta la actualidad solo fue posible dar con una única edición de ambos periódicos: la del 5 de agosto de 1932 correspondiente a El Obrero Petrolero y localizada en el MNP, Fondo Documental “Enrique Mosconi, Asuntos de YPF”, Caja N.º 8, sin folio; y la de comienzos de octubre de 1933 de La Patagonia Roja, obrante en el AHPR, FDGTNCh, Exp. 474‑4971‑1933‑11‑13.
  24. AHPR, FDGTNCh, Exp. 474‑4971‑1933‑11‑13, F. 133.
  25. AHPR, FDGTNCh, Exp. 474‑4971‑1933‑11‑13, F. 52 a 68; Gómez (1973).
  26. Sobre este tema, véanse entre otros, Lobato (2002) y López Cantera (2014).
  27. AHPR, FDGTNCh. Exp. 443‑6723 del 12 de noviembre de 1931. Nota 647.
  28. AHPR, FDGTNCh, Exp. 474‑4971‑1933‑11‑13, F. 133.
  29. Para un análisis detenido de estas huelgas, véase Andújar (2016).
  30. Gómez (1973) refiere la intervención de una mujer de apellido Nielev como oradora en el acto del 1.º de mayo de 1932.
  31. Archivo personal de Susana Torres. Comodoro Rivadavia. Fichas del personal de YPF. Ficha de Carmen Fernández, viuda de Julio Montoya.
  32. Volante ya citado de la Agrupación Femenina del PCA. AHPR, FDGTNCh, Exp. 474‑4971‑1933‑11‑13, F. 28.
  33. Extractado de Remedi (2014).
  34. Ibidem.
  35. Lucha Obrera. 1931. 15 de febrero. Consultado en <https://bit.ly/3015vSU>.
  36. El PCA participó en los comicios municipales de diciembre de 1932 obteniendo el tercer lugar, luego de la Unión Vecinal –que se consagró victoriosa– y la Unión Popular, dos organizaciones locales alineadas a nivel nacional con la Unión Cívica Radical (Vidoz y Carrizo, 2007).


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