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1 ¿Creatividad desde abajo y arriba?

Shenzhen, shanzhai y “Made in China 2025”

Fan Yang[1]

A lo largo de cuatro décadas, Shenzhen, la primera zona económica especial establecida en el sur de la República Popular China, pasó de ser un centro global de la fabricación electrónica y una capital de la falsificación a convertirse en una ciudad del diseño reconocida por Unesco. Conocida como el Silicon Valley de China, Shenzhen es un sitio clave del proyecto estratégico estatal “Made in China 2025” (Hecho en China 2025), dirigido a mejorar las industrias chinas mediante innovaciones tecnológicas. Continuando el programa “De ‘Hecho en China’ a ‘Creado en China’” de la primera década del siglo xxi, “Hecho en China 2025” muestra un compromiso aún más profundo para adaptar el ecosistema de producción tecnológica de Shenzhen, habitualmente conocido como shanzhai, o de “copia” (knockoff), en un sitio de “innovación masiva y emprendimiento masivo”.

Este capítulo desmenuza las tensiones en torno a ese proyecto al analizar lo que llamo la “creatividad desde arriba” y la “creatividad desde abajo”. Para esto examino la trayectoria de las tecnologías shanzhai, de imitación y copia, abordando el caso de los teléfonos móviles de bajo costo, populares entre migrantes de clase trabajadora en China a comienzos de los años 2000, y que se transforman hoy en marcas que dominan el mercado africano, como aquellos fabricados por la compañía emergente Transsion, una startup con base en Shenzhen. Argumento que indagar la producción y el consumo de estos teléfonos nos permite entender la creatividad de manera alternativa, predicada más en términos de colectividad que de individualidad. Shenzhen y el carácter distintivo de sus prácticas shanzhai son un caso emblemático de los conflictos geopolíticos entre el Sur y el Norte global, y exponen las visiones contrastantes sobre la innovación tecnológica china en la era de la inteligencia artificial.

Made in China 2025

El 19 de mayo de 2015, con la aprobación del primer ministro Li Keqiang, el Consejo de Estado de China promulgó el proyecto “Hecho en China 2025”, una parte de su plan estratégico de diez años para construir una nación industrial “fuerte”. Esta política reconoció que la manufactura industrial ha sido el “cuerpo principal” de la economía china y el “principal campo de batalla” de la innovación científica. Sin embargo, el crecimiento de las tecnologías de la información ha introducido “profundos cambios dentro del patrón de desarrollo industrial global”, motivando la necesidad de “resaltar la innovación” a fin de “realizar la transformación de Hecho en China a Creado en China, de la velocidad china a la calidad china, de los productos de China a las marcas de China” (Guowuyuan, 2015).

La frase interpretada acá como “innovación” es chuangxin, que podemos traducir como ‘crear algo nuevo’. Contiene en sí la palabra chuang, que también aparece en chuangye, traducible como ‘emprendimiento’. Asimismo, la idea de “crear negocios” aparece predominantemente en el documento. “Dazhong Chuangye, Wanzhong Chuangxin”, conocida como shuang chuang, o “creación doble”, es traducida oficialmente como ‘emprendimiento masivo e innovación masiva’ y se ha vuelto un elemento cardinal de política sobre el año 2016. Esta iniciativa promueve la proliferación de compañías nuevas e innovadoras. Como el primer ministro Li enfatizó en un discurso, es el “emprendimiento masivo, la innovación masiva, y las interminables ideas nuevas de cientos de millones de personas” lo que “estimulará la vitalidad del mercado y promoverá verdaderamente la transformación inteligente de Hecho en China” (énfasis agregado) (Zhongguo Zhengfu Wang, 2017). Esta elección del término “transformación inteligente” (zhineng zhuanxing) es, sin dudas, intencional, dado que la palabra zhineng invoca el imaginario innovador de la inteligencia artificial (rengong zhineng). En los reportes de los medios de comunicación, siendo zhi la pronunciación en mandarín tanto de “inteligencia” (i.e., 智) como de “hacer” (i. e. 制), la visión de “Creado en China” aparece como un modo de representar “Hecho en China”(Zhongguo Zhizao, 中国制造)en cuanto sinónimo de “Hecho en China inteligentemente” (Zhonguo Zhizao, 中国智造).

La campaña “Hecho en China 2025” reformula así la política estatal representada en el eslogan mediático “De ‘Hecho en China’ a ‘Creado en China’”, que ganó impulso en los tempranos años 2000. Esta política proviene de lo que he llamado el “imaginario de marcas” operativo en el régimen de derechos de propiedad intelectual global (Yang, 2016, p. 24), y proyecta una mejora de China –conocida como “la fábrica del mundo”– a una nación que presume de sus propiedades intelectuales susceptibles de convertirse en imponentes marcas. El nuevo énfasis sobre la innovación tecnológica constituye así un desarrollo clave de esa temprana política de marca país (nation branding) y de la retórica actual de “Hecho en China 2025”. Específicamente, el término “creatividad” en la campaña está vinculado estrechamente con el sector de las tecnologías de la información y las comunicaciones (TIC) en auge. Este sector expresa las creaciones innovadoras en inteligencia artificial que recolectan y procesan grandes bases de datos (big data) para informar el desarrollo de algoritmos en productos electrónicos de consumo, como los teléfonos móviles.

Mejor que ninguna otra ciudad, Shenzhen representa este cambio de aspiraciones de “Hecho en China” a “Creado en China”, o “Hecho inteligentemente en China”. Denominada en 1979 por el líder del período posmaoísta Deng Xiaoping como la primera zona económica especial que bordea Hong Kong, Shenzhen se convirtió en un centro clave de fabricación de productos electrónicos para el mercado global. Asimismo, las TIC fueron cruciales al propulsar cuarenta años de crecimiento de Shenzhen y hacer de ella una de las ciudades chinas de nivel superior, a la par de Beijing, Shanghái y Guangzhou. Así, tiene sentido, por ejemplo, que Huang Xiuping, un escritor de Shenzhen conocido por su literatura de clase trabajadora, haya publicado en 2021 una novela titulada Hecho en China inteligentemente, que narra las luchas de algunos emprendedores de la ciudad que pasaron de fabricar a innovar en productos equipados con sistemas de inteligencia artificial.

Hogar de numerosas firmas chinas de tecnología como Huawei, ZTE y Tencent, Shenzhen es el escenario no solo de la novela de Huang, sino también del drama en torno al conflicto de superpoderes entre China y Estados Unidos en la era de la inteligencia artificial (Lee, 2018). En el año 2016, el gobierno municipal de Shenzhen publicó el plan de acción del proyecto “Hecho en China 2025” para la ciudad, declarando su meta de “aprovechar la oportunidad histórica de la nueva ronda de revolución científica y tecnológica, transformación industrial y transformación acelerada del modo de desarrollo económico”. El gobierno resaltó su objetivo de “promover la digitalización, la construcción de redes digitales, la smartization [inteligenteización], y el reverdecimiento de la industria manufacturera de Shenzhen” (énfasis agregado). También mencionó su estatus como una de las primeras “zonas modelos” de China para la “innovación independiente” (zizhu chuangxin), y que estableció “un sistema de innovación científica y tecnológica”. Por ejemplo, el plan citó las 11.600 aplicaciones de patentes internacionales emitidas en Shenzhen en 2014, lo que la ubicó en el primer lugar “entre las ciudades grandes y medianas de China por 11 años consecutivos”. Al mismo tiempo, el plan reconoció las áreas por mejorar: por caso, perfeccionar la protección de derechos de propiedad intelectual (Municipalidad de Shenzhen, 2016).

Latente en ese plan está el deseo de liberar a Shenzhen de su notoriedad de larga data de ser una capital de imitación y copia (shanzhai). Como un analista señaló, la industria de diseño de Shenzhen nunca escapó de “la infamia del shanzhai”, aunque “la imitación y el plagio son una etapa en el desarrollo del diseño de Shenzhen”. En tanto la ciudad “gradualmente pasó de imitar Hong Kong […] la atmósfera incomparable de Hong Kong” puso en evidencia que copiar es una práctica “inevitable” para desarrollar una industria de diseño, y que la imitación es “resuelta” en cuanto tal desarrollo madura. Estas narrativas caracterizan a shanzhai como “una piedra de tropiezo” que sofoca la creatividad y obstaculiza el mejoramiento nacional. Así, para muchos observadores, a fin de que florezcan marcas nacionales promisorias, “Hecho en China” debe liberarse de la “jaula” del shanzhai y realizar el proyecto “Creado en China” (Jian, 2010).

No obstante, lo que la retórica de la marca país pasa por alto son las nociones rivales de creatividad que emergen del fenómeno shanzhai. Podemos describir la política de “Hecho en China 2025” como una forma de “creatividad desde arriba”, pues endosa normas hegemónicas de derechos de propiedad intelectual y una interpretación neoliberal del emprendimiento. Por otro lado, al observar las prácticas de shanzhai en Shenzhen, notamos un modo alternativo de “creatividad desde abajo”, la cual desafía tales normas globales y expresa una acción colectiva de transformación –aquella de la clase trabajadora migrante–, en lugar de la acción del emprendedor individual.

Shanzhai en Shenzhen: creatividad desde abajo

Traducido literalmente como “pueblo de montaña”, shanzhai se volvió en los tempranos años 2000 un término atrapatodo para etiquetar las falsificaciones que evaden los derechos de propiedad intelectual. Por ejemplo, el reconocido escritor Yu Hua (2011), en China in ten words (China en diez palabras), describe shanzhai como “un nombre alguna vez dado a las guaridas de forajidos y bandidos”, que “ha continuado teniendo connotaciones de libertad respecto al control oficial” (p. 181). El término invoca además asociaciones con A la orilla del agua (Shuihu), una novela de la dinastía Ming acerca de la hermandad entre forajidos, quienes, a fin de luchar contra la corrupción oficial y las injusticias, crean fortalezas en las montañas. De algún modo el equivalente chino de Robin Hood, shanzhai connota el sentido de la rebelión justa incluso si también denota ilegalidad.[2] Muchos rastrean el comienzo de este término en Shenzhen, pues la pronunciación de su nombre –especialmente en el dialecto cantonés prevaleciente en el delta del río de las Perlas, del cual la ciudad forma parte– se parece a la de shanzhai (Keane y Zhao, 2012, pp. 216-217).

Una razón de por qué shanzhai está tan vinculado a Shenzhen es precisamente el rol de esta ciudad en la red global de producción de TIC. Poco después del ingreso de China en la Organización Mundial de Comercio en el año 2001, Shenzhen se convirtió en un centro de subcontratación y producción de equipos electrónicos (hardware) para firmas de tecnología globales. Por ejemplo, la ciudad acomoda a una de las ramas más grandes del gigante manufacturero Foxconn, de capitales taiwaneses, que provee dispositivos para marcas que van desde Nokia y Panasonic hasta Apple y Samsung. Fábricas como las de Foxconn atrajeron a decenas de miles de migrantes desde la China rural a Shenzhen. Lejos de sus hogares y necesitando tecnologías de la información para comunicarse con sus familias, estos trabajadores y trabajadoras constituyeron un mercado sustancial para teléfonos celulares y dispositivos portátiles (shouji) fabricados por firmas de Shenzhen más pequeñas, a menudo informales, que habitualmente poseen nombres de marcas globales a los que les dan cierto giro de significación. Sea “Nokla” o “HiPhone”, estas imitaciones shanzhai apropiaron los diseños occidentales mientras que introdujeron también ajustes novedosos –por ejemplo, tiempos más prolongados de duración de las baterías, tarjetas SIM duales (subscriber identity module, ‘módulo de identificación de abonado’), y funciones estéticas y sónicas espectaculares, como los altavoces de subgraves (subwoofers)– que responden a la vida de migrantes de la clase trabajadora. Esta fórmula de copia que añadió novedades tornó así borrosa la demarcación binaria de innovación versus falsificación. Coincidiendo con el ascenso de la Internet de banda ancha y el ethos del do it yourself (DIY) (‘hágalo usted mismo’, o bricolaje) de la Web 2.0, los teléfonos shanzhai comprensiblemente pasaron así a ser vistos como un caso de “innovación desde la base” (Keane y Zhao, 2012, p. 219).

Los discursos en torno a los teléfonos shanzhai comunican una suerte de “creatividad desde abajo” que es distinguible de la retórica de “Creado en China”, que las élites enuncian con una lógica verticalista. Una parte clave de esta tensión son las actitudes diferentes hacia los derechos de propiedad intelectual. Mientras que el cambio auspiciado por el Estado hacia “Creado en China” alista al emprendedor individual como el sujeto privilegiado y responsable de ponerse al hombro la mejora nacional de las industrias creativas, la popularidad de los teléfonos shanzhai puso en evidencia que las trabajadoras y los trabajadores rechazaron ver borrada su subjetividad colectiva. Como señalé en otro texto (Yang, 2016, p. 78), este poder de acción colectiva se manifestó en la producción y el consumo de shanzhai como una marca nocorporativa de y para “la gente”.

La producción de teléfonos shanzhai desafió la noción santificada de la autoría singular que apuntala el régimen global de derechos de propiedad intelectual. No solo la fabricación de estos teléfonos se apoya frecuentemente en la transferencia tecnológica ilícita desde adentro de fábricas como Foxconn, sino que la velocidad del proceso de imitación y manufactura también demuestra la eficiencia de todo un ecosistema local de innovación que valora compartir abiertamente el conocimiento, las destrezas, los recursos y la expertise. Estas características de los teléfonos shanzhai explican su popularidad entre migrantes de la clase trabajadora, quienes constituyen lo que Jack Qiu (2009) llamó “la sociedad red de la clase trabajadora”. Integrando los teléfonos celulares dentro de sus “modos de comunicación y vida”, tales trabajadores transformaron lo que era un “privilegio de élite” en “instrumentos básicos necesarios para la existencia humana” (Qiu, 2009, p. 32). Al mismo tiempo que disfrutan actualizar frecuentemente y mostrar sus teléfonos shanzhai como símbolos de moda. Las características espectaculares de los dispositivos shanzhai fueron clave para comunicar una identidad de clase trabajadora migrante dentro de un ambiente alienante de élites urbanas que son a menudo ajenas a su existencia (Yang, 2016).

En este sentido, los significados creados a través del consumo de los teléfonos shanzhai no son diferentes a aquellos asociados con el colorido y flamante estilo de cabello llamado “Sha Ma Te”, también popular entre trabajadores migrantes. Este tomó su nombre de la transliteración china de smart (inteligente) y fue reminiscente del estilo de la cultura punk de clase trabajadora descripta por Dick Hebdige (2013) en su clásico libro de estudios culturales sobre las subculturas en Inglaterra después de la Segunda Guerra Mundial. Como los participantes de la subcultura contaron en el documental Sha Ma Te, Wo Ai Ni (We Were Smart) de Yifan Li (2019),[3] ese estilo atrevido de cabello fue una de las maneras mediante las cuales las personas migrantes enfrentaron su invisibilidad en Shenzhen, que relacionaron con su individuación forzosa. Sus cabellos inteligentes, muy a la manera de sus teléfonos shanzhai inteligentes, les brindaron un código privilegiado para reconocerse mutuamente y crear vínculos entre sí. Esta formación de comunidad resignificó así a la creatividad como una verdadera “creación de significados” (meaning making) que se aleja de la “fabricación de valor” aspirada y demandada por el proyecto “Creado en China” de marca país, el cual busca producir más valor económico desde las mercancías de marca, protegidas por derechos de propiedad intelectual (Yang, 2016).

Más aún, shanzhai cobró nuevos sentidos entre los emprendedores de Shenzhen durante la segunda década del siglo xxi. Como la estudiosa de la ciencia y la tecnología Silvia Lindtner (2020) observó, muchos de los trabajadores migrantes que se convirtieron en emprendedores y que se beneficiaron del éxito de los teléfonos shanzhai abrazaron el hacking (la piratería) como una forma democrática de innovación creativa (p. 2). Al mismo tiempo, esta actitud sobre el “derecho a piratear” fue influenciada por el “movimiento maker transnacional que viajó desde Silicon Valley a Shenzhen después de la crisis financiera global del 2007-2008. Tanto los observadores de tecnología de Occidente como los creadores de Shenzhen pasaron a celebrar la capacidad de Shenzhen para crear prototipos en masa, cuyas prácticas de intercambio hacen eco de los ideales del desarrollo de software de códigos abiertos en la costa oeste de Estados Unidos. No obstante, hay cierto giro individualista en ese desarrollo que coincide con la proliferación en Shenzhen de espacios “creativos” inspirados por la campaña oficial “Made in China 2025”, que ahora promueve la experimentación en masa (mass tinkering, una forma de conocimiento práctico que reúne tecnología, ingeniería, arte y matemáticas) y un tipo de innovación por y para “la gente” que, paradójicamente, cultiva formas individualizadas de ciudadanía emprendedora. Es decir, mientras que los emprendedores de tecnología fueron capaces de cultivar “posiciones de sujeto alternativas” para sí mismos como “piratas éticos” (ethical hackers), lo hicieron tomando la perspectiva hegemónica de la Costa Oeste/Silicon Valley que promueve al emprendedor individual. Como Lindtner (2020) argumentó, a menudo tales emprendedores reproducen la lógica racializada y de género que caracteriza al epicentro tecnológico del norte global (p. 116).

Con la llegada de “Hecho en China 2025” y su énfasis sobre las grandes bases de datos, esas tensiones entre individualismo y colectivismo adquieren una fuerza renovada dentro de las conexiones de Shenzhen con el sur global. Un caso en cuestión es la compañía emergente Transsion, una startup de Shenzhen que produce algunos de los teléfonos móviles más populares en África. Muy similar a Xiaomi, otra compañía con raíces en el sector shanzhai que alcanzó un éxito de mercado en el sur global, la historia de Transsion nos permite vislumbrar los conflictos entre la “creatividad desde arriba” y la “creatividad desde abajo” dentro de las dinámicas de poder Norte-Sur. Asimismo, las prácticas de dicha compañía revelan las maneras en que las “masas” del mundo en desarrollo, que constituyen la “globalización desde abajo” (Falk, 2000), se posicionan para desafiar las normas establecidas por quienes dominan la “globalización desde arriba”.

Transsion: desde Shenzhen al sur global

El nombre chino de Transsion es “Chuanyin”, traducible como ‘transmitiendo sonido’. La versión en inglés, Transsion, tiene cierto halo de shanzhai: aunque se asemeja a transmission (transmisión’), chuanyin es una expresión que no existe en el inglés estándar. El fundador de Transsion, Zhu Zhaojiang, fue un antiguo empleado de la empresa estatal Bodao (Ningbo Bird), el fabricante de la popular marca de teléfonos móviles de los tempranos años 2000. En el 2006, Zhu dejó Bodao y creó Transsion en Huaqiangbei, un distrito de Shenzhen conocido por ser un mercado de productos electrónicos e incubadora de tecnología para los productos shanzhai. Alojando una “vasta red de pequeños emprendedores shanzhai hacia el final de los años noventa”, incluyendo a la compañía startup Tencent, que luego se convirtió en un gigante, el distrito está ahora siendo renovado por la municipalidad como un sitio que “representa el pasado”, dentro de un proyecto más amplio de renovación urbana (Lindtner, 2020, p. 187). Huaqiangbei es tan emblemático de las luchas por la innovación que, incluso aunque Tencent relocalizó sus cuarteles a la bahía de Shenzhen, donde surgió una nueva aglomeración de empresas de software, la compañía retuvo sus edificios en Huaqiangbei para que las personas empleadas tengan alguna “reminiscencia de las amarguras del pasado a fin de contemplar la felicidad del presente”.[4]

Esa conexión entre el pasado shanzhai y el presente innovador anima la trayectoria de Transsion. Nacida del ecosistema shanzhai, Transsion participó del negocio de la cadena de suministros en Shenzhen y estuvo entre los numerosos fabricantes de teléfonos shanzhai que se aventuraban adentro del sur global (Pan, 2017). En sus viajes de investigación a África a comienzos de los 2000, Zhu descubrió que los teléfonos celulares permanecían como un ítem de lujo para la mayoría de las personas. Las marcas globalmente dominantes tenían cierta presencia en el continente, pero no se tomaban dicho mercado muy en serio. Dándose cuenta del potencial, Zhu decidió que Transsion debía producir dispositivos portátiles y teléfonos “que todos los africanos puedan y gusten usar”.[5]

Transsion ajustó su diseño de teléfonos celulares a las condiciones de desarrollo de África, tal como las creaciones shanzhai respondieron a las demandas de la clase trabajadora en China. Las razones que llevaron a los teléfonos Transsion a convertirse en las marcas más vendidas en Nigeria, Kenia, Tanzania, Etiopía y Egipto son las mismas por las cuales los teléfonos shanzhai alcanzaron inmensa popularidad en China: tarjetas SIM duales, triples, o incluso cuádruples, que permiten a usuarias y usuarios sacar provecho de redes diferentes para bajar los costos; una duración prolongada de las baterías, que se acomoda a las condiciones de localidades con suministros impredecibles de electricidad; y, por supuesto, un precio bajo. Como la estudiosa de las comunicaciones Miao Lu (2021) observó en su estudio del teléfono Itel, una opción asequible que es popular en Ghana entre “granjeros, trabajadores manuales, y vendedores callejeros”, el enfoque de diseño de la compañía Transsion “se beneficia significativamente del ecosistema de fabricación de Shenzhen, incluyendo la rápida creación de prototipos y la ‘modularización’ en la producción de teléfonos móviles” (p. 30). Transsion busca también abrir en Ghana canales de distribución y comercialización junto a empresas locales. En palabras de Lu (2021), su práctica “demuestra un compromiso de largo plazo con sus socios africanos y una disponibilidad de comprometerse con respecto a las ganancias” (p. 37), un factor que contribuyó a la popularidad de los teléfonos shanzhai en los tempranos años 2000.

Quizás aún más significativo es lo que Lu (2021) llamó su “política y poética de la optimización” (p. 36). La cámara del teléfono de Transsion es un motivo principal para que las personas usuarias prefieran esos smartphones sobre los diseñados en el norte global. En palabras de Arif Chowdhury, el vicepresidente de Transsion, las cámaras Tecno “ajustan más luz para la piel más negra, por lo que la fotografía es más hermosa” (citado en Marsh, 2018). Desde 2013-2014, Transsion ha buscado cómo ajustar sus algoritmos a fin de “embellecer África” (非洲美). La meta, como Chowdhury señaló, fue permitir a las y a los usuarios optimizar sus fotos según “su color moreno preferido” (Marsh, 2018). Por ejemplo, un ingeniero de software de Transsion que trabaja sobre algoritmos, al ser entrevistado por Lu (2021), puso la cuestión de este modo: “El problema que necesitamos enfrentar no es solo de un nivel técnico. En cambio, lo que necesitamos hacer es entender la belleza de la gente de piel morena. Lo que los africanos quieren no es blancura sino belleza” (p. 35). El lema “Piensa global, actúa local” de la compañía se manifiesta así, en parte, en su habilidad para promover un estándar alternativo de belleza, diferente al regido por la preferencia globalmente predominante por un color de piel más claro, algo sobre lo cual las críticas de la ciencia y la tecnología, como las formuladas por Ruha Benjamin (2019), han llamado la atención. Esto nos muestra cómo la estrategia de Transsion, “sensitiva a los costos, consciente del contexto, y dirigida a la demanda”, promueve una “perspectiva de diseño desde el Sur” que desafía “el imaginario cultural de Silicon Valley como centro de creación de futuro para todas partes” (Lu, 2021, pp. 36-37).

Transsion vendió su primer teléfono móvil en Nigeria en el año 2008 y rápidamente se expandió a través de África en la década siguiente, de manera que superó a Samsung como el máximo proveedor de dispositivos portátiles en el continente. Hacia el 2020, Transsion se convirtió “en el cuarto fabricante más grande de teléfonos móviles en el mundo y el único que se enfoca exclusivamente sobre mercados de bajos ingresos”.[6] Hoy en día Transsion apenas tiene cierto reconocimiento de su nombre dentro de China, pero en África sus marcas Tecno, Infinix e Itel dominan el mercado. A partir del año 2021, la cuota de mercado africano de los smartphones de Transsion representó el 48,2 por ciento del total, “tres veces aquélla de su más cercano competidor Samsung (16%)” (Olander, 2021).

Dedicándose a sí misma a la misión de servir a “la población de la ‘base de la pirámide’” (Lu, 2012, p. 24) e involucrándose en las condiciones materiales del sur global, Transsion moviliza así cierta “creatividad desde abajo”. Aunque, a veces, sus incesantes medidas de bajar costos pueden tener consecuencias no deseadas. Por ejemplo, en el año 2020, CNN reportó que los teléfonos Tecno fueron precargados con un software dañino (malware) que extrajo secretamente dinero de las cuentas de tiempo de transmisión de los usuarios africanos.[7] Transsion culpó a un tercer proveedor por el percance, sosteniendo que la compañía “no obtuvo ganancias del software dañino” (citado en Silverman, 2020). Episodios como este, si bien ponen en evidencia una estrategia de ahorro de costos exageradamente “creativa”, hacen al mismo tiempo eco de las narrativas de los tempranos años 2000 sobre la calidad de los teléfonos shanzhai. Estos discursos a menudo derivan de cierta incredulidad de que teléfonos tan baratos sean tan similares, e incluso superadores en funcionamiento, a las marcas dominantes en el mercado global. Pero esta diferencia de precio de hecho nos muestra la exorbitante cantidad de plusvalor que firmas globales como Apple extraen mediante sus operaciones de marca, que son protegidas por derechos de propiedad intelectual (Yang, 2014).

Más importante aún, el éxito de Transsion expone las nuevas disputas entre las concepciones sobre el poder de acción de las personas, que hacen hincapié en el carácter colectivo o individual de la acción. Los teléfonos shanzhai una vez permitieron a la clase trabajadora en factorías como Foxconn –en condiciones que Jack Qiu (2017) apuntó como de iSlaves (‘iEsclavos)– visualizar su identidad colectiva durante un momento de ascenso nacional de China que privilegiaba la posición del sujeto creador individual. En el caso de Transsion en África, la agencia colectiva de las personas en el mundo en desarrollo se manifiesta al desafiar la arquitectura ideológica predominante de las grandes bases de datos. La optimización de las cámaras de los teléfonos Transsion para tonos de piel morenos se fundó sobre la biblioteca de datos visuales masivos de la compañía, “el más grande conjunto de imágenes de personas de piel morena en la industria (al menos diez millones)”, y contrarrestó el foco primario de sus competidores sobre “razas amarillas y blancas” (Lu y Qiu, 2022, p. 9). El uso de facial recognition technologies (FRT) (‘tecnologías de reconocimiento facial) por la compañía, como Lu y Qiu (2022) observaron, “contrarresta el prejuicio racista de la piel clara a fin de lograr una tecnología de visión para tonos de piel más oscuros, forjando un nuevo espacio para la imaginación de una justa visibilidad e inteligencia artificial decolonial” (p. 11).

Los teléfonos Transsion, dicho con otras palabras, permiten que la visibilidad del sur se manifieste al invitar a usuarias y usuarios africanos de teléfonos a unirse a lo que Jodi Dean (2016) llama los “comunes” de la “visualidad secundaria”. Como “una característica del capitalismo comunicativo”, de acuerdo a Dean (2016), esta visualidad secundaria refiere a “la incorporación de imágenes dentro de prácticas masivas de comunicación social y personal mediada”: por ejemplo, las autofotos (selfies) “pierden su cualidad de individuación y se convierten en genéricas” (p. 3). Desde esta perspectiva, el embellecimiento pixelado de la negritud desafía los algoritmos normativos del norte global, que responden a la blancura hegemónica (Benjamin, 2019, p. 109). De hecho, Transsion incrementa la posibilidad de que africanos y africanas participen globalmente de una política de las imágenes en común (“the commoning of faces”) (Dean, 2016, p. 2).

Podemos ver una representación de esa participación en un aviso de Transsion que retrata numerosos individuos –incluyendo varios con tonos de piel más morena– posando para selfies con teléfonos Tecno.[8] Mientras que cada individuo realiza una actividad diferente, sea arrojar una pelota o un disco, tanto los ángulos desde los cuales las autofotos fueron tomadas, como las expresiones de sus rostros son más similares que diferentes. Así, el despliegue de los rostros de estas autofotos nos muestra un lugar de encuentro, un espacio común (commons) de visualidad secundaria. Quizás por eso, en los danmu (comentarios generados por usuarios en pantalla) que se desplazan a través del aviso en el popular sitio de videos Bilibili que usuarios chinos globales de Internet comparten, uno de esos espectadores escribió en chino: “La piel negra luce muy bella!”. El aviso de Transsion representa la contribución de Tecno a la fabricación de “rostros” como partes de un común compartido, lo cual para Dean (2016) crea “nuevas posibilidades para lo colectivo”, dado su potencial para “para hacer retroceder el individualismo del capitalismo contemporáneo” (p. 2). Las imágenes selfies son parte de un “común cultural” que, como Michael Hardt y Antonio Negri (2011) apuntaron, es una formación siempre en transformación, pues “supone tanto el producto del trabajo como los medios de la producción futura” (p. 153). Teléfonos como Tecno, en otras palabras, han ayudado a generar recursos y poderes creativos que las clases y los grupos subalternos comparten, en cuanto participan en la fabricación y en el uso de tales tecnologías.

No obstante, es importante cuestionar quién se beneficia más de este modo de producción de la visibilidad. Después de todo, es Zhu, el oficial ejecutivo en jefe de Transsion, y no quienes producen y consumen los teléfonos Transsion en China y África, quien en el año 2020, a la edad de 47 años, alcanzó la cima de la lista Hurun de las 500 personas más ricas de China, realizada por una consultora global de negocios. Por esto, la práctica de recolección de datos de la compañía trae también a nuestra mente la crítica de Nick Couldry y Ulises Mejias (2019) al “colonialismo de datos”, mediante el cual “la vida humana es colonizada por los datos” desde los cuales las corporaciones extraen ganancias y acumulan capital (p. 11). Esta perspectiva es parte del giro decolonial en la crítica contemporánea, que indaga lo que Aníbal Quijano (2000) llamó la persistencia de la colonialidad del poder y su rol constitutivo en el capitalismo del pasado y del presente. Incluso si la “glocalización” de Transsion abre la posibilidad de decolonizar la inteligencia artificial, también reproduce la lógica colonial de extracción al reducir a las masas africanas a un conjunto de datos destinado a una expansión corporativa más profunda en el mercado. De hecho, la compañía ha descripto su impulso para asegurar “sus patentes FRT para tonos de piel más oscuros como ‘armas de competición’ en la preparación para una futura guerra de teléfonos inteligentes en África” (Lu y Qiu, 2022, p. 13). Adicionalmente, agrava esto el hecho de que otras compañías chinas son conocidas por exportar no solo infraestructuras digitales, como ZTE en Etiopía, sino también tecnologías de vigilancia que apuntalan Estados autoritarios como Zimbabue (Hawkins, 2019). Por eso, en respuesta a la creciente presencia de compañías chinas en el continente, existen ya críticas africanas que llaman a “los africanos por sí mismos –en particular, emprendedores activos en el campo de la inteligencia artificial–” a explorar las maneras en que la inteligencia artificial

puede beneficiar a las comunidades locales y no importar a ciegas sistemas chinos […] basados sobre el control autoritario, o, de hecho, sistemas occidentales de inteligencia artificial movidos por un entusiasmo excesivo por los avances tecnológicos o por las ganancias (Gravett, 2020, p. 167).

Aun así, tal como las prácticas shanzhai desafiaron el límite entre la copia y la innovación al ofrecer un entendimiento alternativo de la creatividad en cuanto creación colectiva de sentidos entre migrantes de la clase trabajadora, el trayecto de Transsion en África, como un caso intrigante del “Hecho en China inteligentemente”, provee un ímpetu para repensar los significados de la innovación masiva y el emprendimiento masivo, tan central en el proyecto “Hecho en China 2025”. Después de todo, la gente del sur global, incluyendo a migrantes de clase trabajadora en el sur de China y a los y las que menos información tienen en África (information have-less), ha traído a nuestra vista un poder de agencia colectiva que desafía la adscripción normativa de la creatividad al emprendedor individual. Juntos, ellos demuestran que las masas son una fuerza que debe tenerse en cuenta, incluso cuando, al decir de Gilles Deleuze (1992), el nuevo régimen de las bases de datos amenaza en tornarlos “dividuos” de una “sociedad de control”.

Conclusión: la creatividad en común

Mientras los planes de “Hecho en China 2025” son implementados en Shenzhen, las historias de shanzhai y Transsion continúan desplegándose a través de las iniciativas de “la innovación masiva y el emprendimiento masivo”. Por eso, lo que presenté acá es cierta instantánea de estudios culturales que capta un nuevo momento de las tensiones de una ciudad en rápido crecimiento, ampliamente conocida por su “velocidad”, una ciudad que encarna temporalidades múltiples (Yang, 2017), en parte por sus vínculos profundos con la globalización desde arriba y desde abajo. Mi interpretación crítica de este momento llama a nuevas reflexiones sobre los significados duales de la creatividad, a la vez “un resultado de la praxis social que demanda trabajo” y “una forma de textualidad que prolifera por sí misma”, como Laikwan Pang planteó (2012, p. 5). En el esplendor de los teléfonos shanzhai, trabajadores migrantes en China encontraron nuevos sentidos vitales al apropiar las sorprendentes funciones de sus teléfonos, tanto como lo hicieron con sus “peinados inteligentes”. En la era de los smartphones, Transsion ha contribuido a que la población africana insertase su presencia en los comunes globales de la cual es excluida, desafiando la homogeneidad racial hegemónica que informa frecuentemente la imaginación tecnológica global. Estas prácticas de fabricación de significados e imágenes desde abajo y desde el sur demuestran la dimensión subalterna del proceso creativo, frecuentemente suprimida por la retórica del empresariado y del emprendedurismo individual.

En la era de la inteligencia artificial, esas prácticas creativas manifiestan las interpretaciones rivales del término “masivo” en el proyecto “Hecho en China 2025” y en otros proyectos similares. Las bases de datos, después de todo, cuentan con la conectividad para ser significativas, en cuanto los datos son recolectados desde individuos y solo son valorizados cuando se analizan en relación con datos de otros individuos. Esta noción inherentemente colectiva del big data resuena al ritmo de “una teoría del Sur” desarrollada por Xiang Zairong, un crítico cultural con base en Shenzhen. En su obra, Xiang detectó en shanzhai, junto a otras prácticas afines provenientes del sur global, “una carencia de las nociones absolutas de correcto y falso, alto y bajo, izquierda y derecha”. Así, las prácticas shanzhai señalan “un modo de pensar que está fundamentalmente en conflicto con la ontología colonialista moderna que asume límites absolutos entre las cosas” (Xiang, 2022). Vinculando a shanzhai y a las bases de datos, existe, entonces, “una ontología en tránsito [trans-ing] que se basa sobre y establece la profunda conectividad de las innumerables cosas” (Xiang, 2022; mi énfasis). Tanto en trans-ing como en shanzhai, las personas crean nuevos significados en el lugar de otros significados opuestos y dominantes. Nuestra atención a la creatividad en común en cuanto conectividad busca cuestionar las premisas de individualización de las industrias creativas bajo la globalización neoliberal (véase, por ejemplo, Harvey, 2005). Así, mientras que es heurísticamente útil separar “creatividad desde arriba” y “creatividad desde abajo”, es quizás igualmente importante reconocer cómo se interconectan ambas a fin de conjurar nuevos horizontes de descolonización.

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  1. Profesora asociada en el Department of Media and Communication Studies de la University of Maryland, Baltimore County, Estados Unidos. Es autora de Faked in China: Nation Branding, Counterfeit Culture, and Globalization (Indiana University Press, 2016). Sus artículos aparecen en Theory, Culture & Society, Critical Studies in Media Communication, and positions: asia critique, entre otras publicaciones. Ph.D. in Cultural Studies por George Mason University, Estados Unidos. Traducción de este capítulo: Pablo Andrés Castagno.
  2. Véase Schein y Yang (en prensa).
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  4. Correspondencia personal con un antiguo empleado de Tencent, 31 de diciembre de 2018.
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