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Interpretar en filosofía

Sobre la pertinencia contemporánea
de las Tesis sobre Feuerbach de Marx

Mateu Cabot (Universitat de les Illes Balears)

Las teorías de inspiración marxista han mantenido una relación problemática con la “interpretación”, mucho más si se plantea con el término “hermenéutica”. La causa siempre señalada de esta problematicidad es la archirrepetida undécima Tesis sobre Feuerbach: “Los filósofos solo han interpretado de diversos modos el mundo, de lo que se trata es de cambiarlo” (Marx, “Thesen” 6). Desde su publicación en 1932, la tesis fue interpretada mayoritariamente en clave de activismo político como una llamada a la acción (política) después de una fase preliminar de análisis e interpretación (teórica, filosófica). Dicha interpretación de la tesis se muestra en la historia del pensamiento marxista y, por extensión, del movimiento socialista internacional, en la discusión teórica sobre “teoría y praxis”, correlato, a su vez, de disputas sobre táctica y estrategia desde el último tercio del siglo XIX (Vranicki 235; McLellan 415 ss). La dependencia de la cuestión teórica respecto de las necesidades políticas estratégicas se evidencia con la relación entre la crisis de la II Internacional y los acontecimientos políticos en torno a la Revolución soviética de 1917, con el rebrotar de la cuestión de la mediación entre “teoría” y “praxis”.

Jürgen Habermas tituló la introducción a la nueva edición de 1971 de su libro Teoría y praxis. Estudios de filosofía social (primera edición de 1963) de forma muy llamativa: “Algunas dificultades en el intento de mediar teoría y praxis”. En los diferentes ensayos contenidos en el libro, Habermas aborda de forma exhaustiva y sistemática la cuestión, puesto que se trata de una mediación nuclear en Marx. Todo ello, dirá posteriormente, para permitir una “reconstrucción” del materialismo histórico como medio para su actualización. Entiende por “reconstrucción” el procedimiento por el cual “se procede a desmontar una teoría y luego a recomponerla en forma nueva con el único objeto de alcanzar mejor la meta que ella misma se ha impuesto: tal es el modo normal de habérselas con una teoría que en algunos puntos necesita una revisión, pero cuya capacidad estimulante dista mucho de estar agotada” (Habermas, Rekonstruktion 9).

“El modo normal de habérselas con una teoría”, que incluiría el rigor filológico con los textos, no ha sido respetado en multitud de ocasiones en los textos de Marx. Es más, ha existido un debate sobre la especificidad epistémica de los textos marxianos, basada principalmente en que es una teoría que, en tanto que tal, pone a la teoría (filosófica) como causal respecto de la práctica (política), sin que esta última pueda contradecir la primera. Se ha señalado que la supuesta “especificidad” de la teoría marxiana justificaba “la ausencia de rigor filológico en el tratamiento de la obra de Marx” (Martínez Marzoa 14), como escribió intempestivamente Felipe Martínez Marzoa en 1983. Añadiendo: “Se trata de recursos con los que se pretende justificar el hecho de no estudiar a Marx con el mismo tipo de rigor histórico que se aplica al trabajo sobre otros pensadores” (5). Con este recuerdo de la necesidad de mantener el rigor científico, pretendemos examinar en este trabajo si la interpretación mencionada, de la que se deriva una descalificación del trabajo de interpretación, se fundamenta y funciona según las reglas interpretativas tendentes a restituir el significado dado a los textos por sus propios autores. Significado que, aunque no podamos conocerlo directa y unívocamente, debe, al menos, ser coherente con el contexto del autor en el momento histórico de su redacción.

Las Tesis sobre Feuerbach

En el caso de las Tesis sobre Feuerbach (igual que La ideología alemana, de la cual son un apéndice), el contexto de redacción de las tesis es substancialmente diferente del contexto en que se configuró la interpretación canónica que hemos comentado y que ha dado lugar al debate sobre teoría y praxis. Además de diferentes, defenderemos que la diferencia es substancial en cuanto que afecta al objeto de análisis: el significado de “interpretar” para Marx. Para ello, queremos rescatar la primera, y no la última, de las tesis como expresión de la idea más propia y productiva de Marx: el hombre como ser social. La radicalidad de Marx en la comprensión de esta idea es uno de los resultados de su trabajo teórico hasta 1844. La Crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel, un trabajo que quedó incompleto al ser superados sus objetivos iniciales, es el resultado de analizar e interpretar los acontecimientos políticos y sociales de la época a la luz de la filosofía del estado de Hegel, esto es, utilizando la dialéctica hegeliana, dialécticamente. El explosivo ambiente intelectual berlinés que había dejado Hegel a su muerte en 1831, en el que, como diría Marx, “la crítica de la religión” ya se había realizado, pero no aún la crítica política y, sobre todo, la revolución política, dividió la escuela hegeliana entre multitud de teorías: se “vieron nacer el materialismo histórico, el existencialismo de Kierkegaard, el humanismo de Feuerbach, el individualismo anárquico de Stirner” (Rossi 15).

Las conocidas como Tesis sobre Feuerbach son once tesis que resumen el trabajo previo para la obra proyectada conjuntamente con Friedrich Engels, La Ideología alemana, que quedó inacabada, como dirá más tarde Marx en el prólogo a su Crítica de la economía política, y dejada a la crítica de los roedores una vez alcanzado su objetivo (“Kritik” 10). Con La ideología alemana Marx y Engels, en una de sus primeras obras conjuntas, rompen con la izquierda hegeliana una vez alcanzado el objetivo de autoaclaración que se habían propuesto. Martínez Marzoa describió así el paso adelante que representa la obra de 1845:

Hay un momento juvenil, cuyo final se refleja en el abandono del manuscrito de Die deutsche Ideologie, un momento a partir del cual Marx se aparta cada vez más de una temática filosófica digamos “general” o “convencional”, para ocuparse de lo que él llama “la crítica de la economía política” o el descubrimiento de la “ley económica que rige el movimiento de la sociedad moderna” (Martínez Marzoa 20).

Es en este sentido que se produce la llamada inversión materialista de Hegel, entendida erróneamente como un simple poner a Hegel sobre sus pies, esto es: invertir la preeminencia del Espíritu sobre la Materia, tal como sostiene Hegel, por su contrario. En el contexto de la discusión significaría, sin embargo, radicalizar cada uno de los dos momentos contrapuestos, no concibiéndolos como productos acabados, sino como resultado provisorio de un movimiento dialéctico que afecta a todos los polos simultáneamente.

La primera de las once tesis establece claramente el contexto y el objetivo. Se trata de evidenciar lo que distingue a los autores (Marx y Engels) de los demás teóricos de la llamada izquierda hegeliana en su conjunto, como consta en el subtítulo de la obra: “Crítica de la filosofía alemana más reciente en sus representantes Feuerbach, B. Bauer y Stirner, y del socialismo alemán en sus diferentes profetas” (“Deutsche” 9). El representante más prominente de este grupo, Ludwig Feuerbach, había realizado en La esencia del Cristianismo (1841) una lectura naturalista de la Fenomenología del espíritu de Hegel. De dicha naturalización habría surgido la reivindicación del “Hombre”, supuesta materialización del Espíritu que, según el análisis de Marx, lejos de ser una concreción real se mantenía en el mismo nivel de abstracción que el Espíritu. La crítica de Marx será diferente. El error fundamental de Hegel es no distinguir entre momentos que el propio Hegel sí había distinguido en otro plano. Para Marx lo decisivo no es que lo Real sea el Hombre, la Materia o el Espíritu, sino que lo Real se conciba dinámicamente, como actividad humana que transforma las propias condiciones que hacen posible la actividad práctico-crítica. El hombre es un ser que se hace a sí mismo transformando las condiciones de su propia existencia. Los objetos sensibles no se oponen abstractamente a la actividad sensible del ser humano, sino que ellos mismos ya han sido producidos por esa actividad del humano mediante la actividad social llamada “trabajo”.

Alfred Schmidt publicó en 1962, con prólogo de Horkheimer y Adorno, El concepto de naturaleza en Marx, en el que (a) expone y defiende el carácter no ontológico del materialismo marxista y (b) explica el surgimiento de la concepción marxiana a partir de la crítica de Feuerbach al concepto de naturaleza en Hegel. La tesis marxiana, crítica con la crítica que Feuerbach realiza a Hegel, se encuentra explicitada en los Manuscritos económico-filosóficos de 1844 cuando afirma: “La naturaleza, tomada en forma abstracta, por sí, fijada en la separación del hombre, no es nada para el hombre” (“Ökonomisch” 587). La naturaleza del hombre no es una materialidad abstracta, sino una naturaleza humana activa creando y transformando sus propias condiciones materiales de existencia. La naturaleza en el hombre es siempre naturaleza socializada. Esta tesis está contenida en la idea de “historia natural” que Walter Benjamin tematizó en Sobre el concepto de historia (1940) y sobre la cual Adorno habría escrito en 1932 en “La idea de historia natural” y que recogió en Dialéctica negativa (Adorno, Negative 347). La mediación social de la relación de intercambio orgánico del hombre con la naturaleza tiene otra consecuencia, referente al modo de investigación de aquella actividad práctica de transformación que llamamos “trabajo”. Como dirá Schmidt:

En un objeto como la historia social hecha por los hombres, el modo de investigación y el modo de exposición, pese a todas las diferencias formales, están sin embargo íntimamente vinculados entre sí, mientras la interpretación de la naturaleza, desligada de toda praxis humana, debe seguir siendo en última instancia indiferente a ella (Schmidt 51).

No se trata, pues, de una supuesta “especificidad”, sino la consecuencia, para el significado de “teoría”, del hecho de que el Hombre, como ser genérico, modifica sus propias representaciones, su pensamiento en definitiva. Por ello, la teoría y la crítica teórica no son para Marx lo opuesto abstractamente a la acción, sino la acción de transformar las propias representaciones.

En el prólogo a la segunda edición de El capital (1867, 1873), Marx responde a las críticas dirigidas a su método con las siguientes palabras:

Hace casi treinta años que critiqué el lado mistificador de la dialéctica hegeliana, en una época en la que aún era la moda del día. […] La mistificación que sufre la dialéctica en manos de Hegel no impide en modo alguno que él sea el primero en exponer de un modo completo y consciente sus formas generales de movimiento. […] La dialéctica fue moda alemana en su forma mistificada porque parecía transfigurar lo existente. En su figura racional es un escándalo y un horror para la burguesía, porque abarca en la comprensión positiva de lo existente también y al mismo tiempo la comprensión de su negación, de su caso contrario, concibe toda forma devenida en el flujo del movimiento, o sea, también por su lado perecedero, no se deja impresionar por nada y es por su esencia crítica y revolucionaria (27-28).

En el manuscrito de la undécima tesis, Marx subrayó las palabras “interpretar” y “transformar”. Con ello pretendía diferenciarse de la crítica que ejercían los “críticos críticos”, como denominará a sus antiguos correligionarios en La Sagrada Familia (1845). A la vez, con ella queda agotada la crítica de la religión y demostrada que la alienación religiosa deriva de una alienación más fundamental, su causa última: la alienación económica. La crítica y la interpretación como parte de ella son la primera y fundamental parte del método de investigación dialéctico, pero la crítica no es y no ha de ser una mera negación de lo criticado, sino “comprensión de lo existente y de su negación”, como la contradicción inherente al estado de cosas existente.

Diferentes contextos de interpretación

Si bien la génesis de las ideas de Marx se encuentra en el ambiente de la denominada “izquierda hegeliana” en torno a 1830, esto es: “la utilización de la filosofía hegeliana como un instrumento de crítica de las condiciones existentes” (Rossi 9), atrás queda la disputa entre los discípulos de Hegel por la correcta interpretación de su filosofía del Estado, disputa en la que se ponía en cuestión la tesis hegeliana de la supremacía racional del Estado como forma de síntesis de las voluntades individuales. La eticidad como estadio de la conciencia consciente de sí misma sería, así, el resultado de la remoción de todos los hechos empíricos que impidiesen un despliegue de las formas racionales de gobierno. Los artículos de Marx en la Rheinisches Zeitung en torno a 1842 centran la crítica presuponiendo ya que la dimensión política no es la fundamental, ya que es causalmente dependiente de la dimensión económica. En la primera frase de Crítica de la filosofía del derecho de Hegel de 1843 ya se da por cumplida la crítica ilustrada de la religión y otros poderes que oscurecen la razón. Así se dice taxativamente: “En Alemania, la crítica de la religión está acabada, y la crítica de la religión es el presupuesto de toda crítica” (“Kritik” 378). Presupuesto de toda crítica, pues es la que ya se ha cumplido en aquellos momentos en la disputa del ateísmo en los momentos iniciales del hegelianismo, y la que muestra su dependencia lógica de una dimensión más fundamental, la económica. Por eso afirma Marx:

La miseria religiosa es, al mismo tiempo, la expresión de la miseria real y la protesta contra ella. La religión es el sollozo de la criatura oprimida, es el significado real del mundo sin corazón, así como es el espíritu de una época privada de espíritu. Es el opio del pueblo (“Kritik” 378).

La economía política o economía nacional es el nombre de la disciplina cuyo objeto de estudio se sitúa, en un primer momento, en comprender la riqueza de las naciones.

Este contexto ha desaparecido en el momento de su publicación en 1932 junto a otros textos inéditos del joven Marx, que resultarán decisivos para comprender la génesis del materialismo histórico y, en general, de todo su pensamiento. El momento histórico en que se pudieron leer estos textos clave era muy diferente del contexto de redacción de los mismos. No es muy difícil describir el de 1932, con el mundo inmerso aún en la crisis económica que estalló en 1929, con la crisis social que era el caldo de cultivo que llevaría a Hitler a la cancillería alemana en 1933; con la presencia, además, de un nuevo y poderoso actor en escena, el estado proletario industrializándose a marchas forzadas en el este europeo. El tema principal de debate teórico entre los que se autodefinían como marxistas era sobre la organización de la acción política y las formas de toma del poder político. La discusión entre reforma o revolución tenía su inmediata traducción de estrategia política: la consolidación de los dos bloques, socialdemócratas reformistas por una parte y comunistas revolucionarios por otra. La cuestión del significado de las Tesis sobre Feuerbach quedó prácticamente restringida a la interpretación correcta de la undécima y última tesis antes que a la comprensión del marco en que tenían lugar esas tesis. El hecho de que Marx abandonase el manuscrito al considerar superada su vigencia no significa, a nuestro entender, la negación de lo escrito en La ideología alemana, se debe a que era una crítica insuficiente al quedarse en una crítica de filosofía política, sin apenas trascendencia fuera de los participantes en el debate. En todo caso, las obras más tempranas de Marx descubiertas daban argumentos para la crítica del determinismo económico (mantenido por los teóricos de la socialdemocracia), que posteriormente fue el objetivo crítico de Benjamin: “Nada ha podido corromper tanto a los obreros alemanes como la opinión según la cual iban a nadar con la corriente” (Benjamin 311).

La necesidad de ruptura con una determinada tradición de interpretación que resalta Benjamin tiene que ver con el hecho de que las conclusiones que se extraían de Marx armonizaban bien con el clima neokantiano que dominaba en aquellos momentos la academia alemana. En este ambiente, refractario aunque colindante con el debate marxista, el significado del concepto de “interpretar” queda fijado en el diccionario de conceptos filosóficos de Rudolf Eisler, con una primera edición en 1899 y una segunda totalmente revisada de 1904, en el que “interpretación” [Interpretation] es recogido con el significado de “explicación, significado de los hechos” [Auslegung, Deutung von Tatsachen] (529), mientras que “Hermenéutica o Exegética” [Hermeneutik oder Exegetik], es “arte de la explicación, arte de la interpretación científica” [Auslegekunst, Kunst der wissenschaftlichen Interpretation] (Eisler 436). Este significado dista mucho del que tiene para Marx “interpretación” en el momento de la redacción de las tesis.

En ese contexto, el primer fruto del recorrido que Marx había realizado será Zur Kritik der politischen Ökonomie (1859). El título describe el tema y lugar que le corresponde al libro: una primera exposición general de lo que debía ser una Crítica de la economía política. Este era el nombre de una investigación que se remontaba a 1842 y que aún tardaría ocho años más en dar su primer resultado definitivo, apenas un libro de la primera parte del conjunto. En 1859, publica el plan general y una introducción a la obra, mostrando su estructura como una crítica de la economía nacional o economía política. Se presentan ya los resultados globales de los análisis críticos que, desde el de la filosofía del derecho de Hegel, irán profundizando hasta llegar a la determinación que Marx considerará fundamental, la económica. En los Manuscritos de 1844, había llegado a la conclusión de que las relaciones alienadas en la sociedad tienen que ver con las relaciones alienadas en la economía, que son el fundamento y la causa de dicha alienación. “La necesaria reproducción de la vida material” (“Ökonomische” 512) es la inevitable certeza que fundamenta dicho giro materialista, una de las tesis nucleares que se explicita al inicio de la obra:

El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de vida social, política e intelectual en general. No es la conciencia de los hombres la que determina la realidad; por el contrario, la realidad social es la que determina su conciencia (“Kritik” 8).

Por tanto, toda interpretación de la realidad, si entendemos “interpretación” como un acto de la conciencia, estará condicionada por la realidad que pretende interpretar.

En el libro se propone “examinar el sistema de la economía burguesa” (“Kritik” 7) hasta dilucidar su dinámica. En este proceso se han tomado categorías teóricas centrales de la teoría económica burguesa (que solo pretende “conocer” para hacer más eficiente el sistema), y se han analizado hasta poder mostrar aquello que permanecía velado. El resultado es el desvelamiento de lo que permanecía no dicho en las categorías de mercancía, trabajo, dinero. Todas estas categorías ya no significarán lo mismo tras Marx. La abundancia de pasajes en los que se refiere a esa labor analítica en términos de desocultación o resolución de enigmas apoyan el carácter ilustrador de la práctica de la explicación o interpretación.

En los Manuscritos de 1844, no publicados hasta 1932, las relaciones alienadas en la sociedad remiten a las relaciones alienadas en la economía que son su fundamento y, a la vez, la causa de dicha alienación. Más tarde, en un texto de 1849 titulado “Trabajo asalariado y capital”, recogerá el reproche efectuado en el sentido de no ser totalmente acertada su crítica, “De diversas partes se nos ha reprochado el que no hayamos expuesto las relaciones económicas que forman la base material de la lucha de clases y de las luchas nacionales de nuestros días” (“Lohnarbeit” 397). A esto responde con los análisis contenidos en aquella serie de cinco artículos en los que Marx sigue profundizando en la correlación de la estructura de los modos de producción con las relaciones sociales de producción que, a su vez, condicionan las representaciones que de la misma realidad material se hacen los individuos que viven en dicha sociedad. En el prólogo de 1859, el camino analítico ya está realizado: la estructura fundamental de una sociedad es la que se da en la dimensión económica, la de las relaciones sociales y materiales para reproducir la vida de la especie. Sin embargo, queda profundizar en el mecanismo de determinación de la conciencia por parte de las condiciones económicas y sociales de la sociedad en la que viven los individuos, cuya conciencia se encuentra afectada por dicha determinación.

Concepción materialista

La historia del marxismo y del movimiento socialista y obrero internacional recoge las dificultades surgidas en la interpretación de la tesis marxiana. Frente a la interpretación hegemónica a finales del siglo XIX, asumida por el reformismo historicista de la II Internacional, la publicación de los textos inéditos de Marx permitió profundizar en la interpretación de dicha determinación. La interpretación mayoritaria dada anteriormente, incluso en vida de Marx, entendía de forma harto mecánica la relación entre la conciencia individual y el modo de reproducción de la vida material. En estos casos, la determinación se entendió de forma causal, del mismo modo que en el ámbito de las ciencias naturales se entendía el nexo causal, como una relación necesaria y, por tanto, determinista. De esta manera, se concebía la vida social como efecto inmediato de las relaciones sociales de producción. Las discusiones entre determinismo y voluntarismo condicionaron (o justificaron) las diferentes formas de organización política del proletariado (desde el reformismo dentro de las instituciones burguesas hasta la ruptura revolucionaria con dichas instituciones), y dieron lugar a diferentes versiones de la concepción materialista de la historia que, en su conjunto, obviaron el problema, pues la discusión sobre la prioridad de las causas económicas o de la voluntad política olvidaba que ninguna de ellas se presenta de forma inmediata. El debate entre naturaleza o sociedad reproducía así los debates ilustrados del siglo XVIII, en los que ambas posiciones se consideraban primigenias, y no como un resultado de la historia anterior. La idea, reafirmada en múltiples ocasiones y contextos, como cuando en los Grundrisse se afirma que “La historia mundial no ha existido siempre; la historia como historia mundial es un resultado” (“Grundrisse” 34), es una idea que está presente en Marx desde la primera de las Tesis sobre Feuerbach.

La conclusión de Marx a partir de su interpretación materialista de la dialéctica hegeliana es el carácter no inmediato, sino mediado, de cualquier realidad que pueda ser llamada “natural”. En la especie humana, el funcionamiento natural —tanto de la naturaleza externa como de la interna— está mediado socialmente. La naturaleza nunca es tal, sino que siempre aparece como fruto de la interacción con los hombres. El concepto de naturaleza en Marx, tal como constató Schmidt, es dialéctico e histórico porque solo de esta manera puede explicarse su carácter devenido. El individuo concreto, individual, no tiene una “esencia natural” en sentido estricto, sino que su naturaleza viviente está mediada social e históricamente. Primero, porque es producto de una sociedad determinada históricamente, con una relación metabólica con un estado de la naturaleza mediatizado por las transformaciones sociales que han regulado ese intercambio. Segundo, porque es miembro de una especie, la humana, que se presenta como un ser genérico, esto es, con la necesidad de un entorno natural-social para poder formarse y poder subsistir como tal individualidad. El desarrollo del individuo de la especie es una socialización: un proceso de formación conducido socialmente en el que el individuo se constituirá en relación dialéctica con su entorno. La naturaleza no es inmediatez. Las “eternas necesidades vitales” (“Yo” 218), como decía Freud, siempre se presentan como necesidades sociales o mediadas socialmente.

Esas “eternas necesidades vitales” tal vez son lo que Horkheimer tenía en mente cuando, a partir de 1931, delineó el programa y las tareas del Institut für Sozialforschung (IfS), aquel instituto que tenía por metodología una “teoría crítica”, que en 1937 el autor desarrollaría en “Teoría tradicional y teoría crítica”, un texto donde quedan confrontadas la idea de teoría en el sentido de la tradición y la idea de teoría que se encuentra ya en las Tesis sobre Feuerbach. Para Horkheimer lo que faltaba en la teoría marxista, tal como se había elaborado hasta aquel momento, era concretar la tesis marxiana sobre el condicionamiento social de la conciencia, localizando y explicando los mecanismos por los cuales el individuo interiorizaba los condicionamientos sociales. Lo que sobraba, por el contrario, eran todos los restos de historicismo y mecanicismo que desvirtuaban el sentido marxiano primero y que se habían adherido espuriamente por necesidades prácticas más que por coherencia teórica.

El camino teórico para analizar la determinación social de la conciencia individual debía, en opinión de Horkheimer, llenarse con una psicología social orientada psicoanalíticamente. Este programa, que se desarrollaría en los textos de la década de 1940, pretendía conectar con un supuesto materialismo de Freud que no era ni mucho menos evidente. Para Horkheimer y Adorno, ciertos principios generales comunes a Marx y Freud permitían recurrir a la teoría freudiana para fundamentar aquella ampliación de Marx. El primer principio general compartido es el reconocimiento de la prioridad de satisfacción de las necesidades indispensables para la reproducción de la vida; el segundo consiste en el reconocimiento de la necesaria socialización de dichas necesidades, tanto en los procesos para su satisfacción como en el proceso por el que se manifiestan estas necesidades, siempre insertas en un determinado y concreto contexto vital. Como ha sido remarcado (Kirchhoff 56-60), las “necesidades vitales” se presentan, desde fuera, como negación o delimitación de hasta dónde podemos llegar por naturaleza y, desde dentro, como “grandes necesidades corporales” que ponen en marcha las conductas, socialmente reguladas, para su satisfacción. En este segundo sentido, el carácter social de las necesidades naturales es mucho más evidente.

El recurso a Freud para conseguir explicar en qué pueda consistir aquella “determinación social de la conciencia” supuesta por Marx se debe, directamente, al planteamiento que realiza Freud de su propia teoría. Freud fue consciente de la radicalidad de algunos de los supuestos con los que avanzaba en el esclarecimiento del aparato psíquico. El primero de ellos, el concepto de “inconsciente”. Se trataba de la premisa básica del psicoanálisis: “La diferenciación de lo psíquico en consciente e inconsciente es la premisa básica del psicoanálisis, y la única que le da la posibilidad de comprender, de subordinar a la ciencia, los tan frecuentes como importantes procesos patológicos de la vida anímica” (Freud “Yo” 15). Como hemos señalado en otro lugar (Cabot, “Adorno”), el giro que imprime Freud con esta hipótesis debe vencer el aparente contrasentido que supone negar la evidencia de la equivalencia entre psíquico, por una parte, y consciente (la inmediatez de lo psíquico, por tanto), por otra, que se presuponía en toda filosofía de la conciencia (todas las que derivan del “yo pienso” de Descartes).

Así como Kant nos alertó para que no juzgásemos a la percepción como idéntica a lo percibido incognoscible, descuidando el condicionamiento subjetivo de ella, así el psicoanálisis nos advierte que no hemos de sustituir el proceso psíquico inconsciente, que es el objeto de la conciencia, por la percepción que esta hace de él. Como lo físico, tampoco lo psíquico es necesariamente en la realidad según se nos aparece (Freud, “Inconsciente” 167).

Pero igual que modifica los parámetros sobre los cuales descansaba el significado de la oposición entre inconsciente y consciente, igual lo hace con la de naturaleza y cultura (o sociedad). Como ha escrito Kirchhoff, en Freud la Naturaleza aparece en la teoría de constitución de lo psíquico en el sujeto. El sujeto, en el proceso de su paulatina constitución, se encuentra con lo Otro a sí mismo que le plantea, en muchas ocasiones, exigencias irrecusables, tanto de naturaleza externa como de interna. Como en Marx, tampoco Freud considera una supuesta naturaleza en cuanto tal, como substrato natural sobre el que se construye la cultura y la sociedad que, a su vez, modifican ese substrato previo. “Al contrario: la naturaleza, concebida por Freud como ‘necesidad vital’, acucia como lo Otro desde fuera y desde dentro del sujeto que se constituye” (Kirchhoff 51); desde dentro como necesidades del cuerpo y desde fuera como denegación. La teoría de constitución de lo psíquico presupuesta en Freud es elaborada por Horkheimer y Adorno en Dialéctica de la Ilustración (1944), precisamente en los pasajes en los que se tematiza la prehistoria del sujeto o el proceso de su constitución. Entre las penalidades que acecharan al sujeto constituyéndose, no solo hay que contar las necesidades de la naturaleza del propio sujeto, sino también las necesidades derivadas de las prohibiciones, las regulaciones y la disciplina con que se presentan las exigencias. El resultado es que lo que los sujetos comparten realmente, tal vez el único vínculo real a la totalidad, son las exigencias que mantienen al sujeto en peligro constante de perdición:

La humanidad ha debido someterse a cosas terribles hasta constituirse el sí mismo, el carácter idéntico, instrumental y viril del hombre, y algo de ello se repite en cada infancia. El esfuerzo para dar consistencia al yo queda marcado en él en todos sus estadios, y la tentación de perderlo ha estado siempre acompañada por la ciega decisión de conservarlo (Horkheimer y Adorno, Dialéctica 86).

De hecho, cuando en 1931, Horkheimer asumió la dirección del Institut für Sozialforschung, ya había establecido como una línea prioritaria de trabajo “uno de los más viejos e importantes problemas de la filosofía, a saber, la pregunta por la relación entre la vida económica de la sociedad, el desarrollo psíquico de los individuos y las transformaciones en el campo de la cultura” (Horkheimer, Gegenwärtige 44). De acuerdo con este proyecto, en la situación política de la república de Weimar, no era satisfactoria para Horkheimer la interpretación mayoritaria de que entre el desarrollo de las fuerzas productivas y la conciencia de los individuos existía algo parecido a una relación de causa y efecto, al modo de los fenómenos del mundo físico. Para Horkheimer, la investigación del desarrollo psíquico de los individuos, con el objetivo de relacionarla con la vida económica de la sociedad y con sus producciones culturales, era la tarea de una psicología social orientada por la metapsicología freudiana. En ello confluyen diversas fuentes pero con elementos comunes: no parten en la investigación de aquello aceptado universalmente, sino de los particulares existentes, para proceder a un análisis radical, dialéctico y negativo.

“Ser social”, consecuencias

Hemos analizado en otro lugar (Cabot “Carácter”) la producción adorniana en los años del exilio americano, especialmente las investigaciones sociológicas realizadas de los medios de comunicación de masas que, en Estados Unidos y desde principios de siglo, se habían convertido en el medio de determinación social de la conciencia individual. El poder analítico de una teoría crítica, según el pensar de Adorno, se muestra en los análisis de la televisión para la Hacker Foundation. En los textos-informe de Adorno, se procede revirtiendo aquello que la industria cultural ha realizado sigilosamente. Se trata de analizar psicoanalíticamente la industria cultural, esto es: ilustrar aquello que, de lo contrario, se presenta como algo mítico, no producido, como un destino impuesto e inexorable. El análisis llegará a detectar buen número de procedimientos técnicos de esos medios que, en unas determinadas condiciones, pueden producir determinados estados anímicos e, incluso, cambios en la conducta de los individuos.

Dichos estudios empíricos, realizados en una institución regentada según las directrices freudianas de unir la terapia, la investigación y la docencia, estaban interesados por el efecto potencial del nuevo artilugio del hogar, la televisión, sobre los espectadores (Adorno “Television”). La expresión utilizada por Leo Löwenthal para aludir a la industria cultural como un “psicoanálisis al revés” muestra ya el posible camino de acceso a una industria que tiene por sí el carácter de monopolio. Si la llamada “industria cultural” es la organización que, con el fin de aumentar el beneficio económico, crea un mundo de imágenes, de representaciones con un tan alto poder de seducción que es capaz de retrotraer al individuo a etapas previas del desarrollo psíquico, entonces se comporta en su conjunto como aquel tipo de complejo que la terapia psicoanalítica trabajará por exteriorizar y someter a revisión. Siguiendo esta idea, Adorno llegará a identificar los procedimientos técnicos y los métodos persuasivos que operan tras la pantalla, de igual manera que Marx había desvelado los mecanismos económicos y Freud los psíquicos inconscientes que operan tras la opresión. En todos los casos, se supone el “ser genérico” del Marx de la primera tesis.

Las tesis de 1845, y concluimos con ello, nos muestran su capacidad interpretativa y emancipadora que, contenida en Marx, necesitaba y necesita siempre investigarse más para ser realmente transformadora. Coincide con otro materialista, Freud, en el carácter devenido de cada individuo particular. Devenido en el sentido de hecho en cada caso en unas particulares condiciones sociales que solo la interpretación sacará a luz. La interpretación no solo es crítica de la ideología, esto es, de la falsa conciencia socialmente necesaria. En esta tarea, la filosofía muestra el carácter producido interesadamente del pensamiento. Sino que también es preformación de un espacio de posibilidades, un espacio de emancipación, en cuanto que interpretar la contradictoriedad de lo existente social (desvelar sus contradictorios mecanismos de funcionamiento) es transformarlo. Si bien, como recordaba Marx, no es transformarlo en la realidad económica, sí lo es en la comprensión de la contradictoriedad de esa realidad económica y, por tanto, en la previsualización de sus posibles transformaciones.

Obras citadas

Adorno, Theodor W. “Television and the Patterns of Mass Culture”. Mass Culture. The Popular Arts in America. Eds. Bernard Rosenberg y David Manning White. Nueva York: The Free Press, 1957. 474-488.

___________. Negative Dialektik. Fráncfort del Meno: Suhrkamp, 1970.

Benjamin, Walter. “Sobre el concepto de historia”. Obras, I, 2. Trad. Alfredo Brotons. Madrid: Abada, 2006. 305-318.

Cabot, Mateu. “Adorno apropiándose de Freud: la crítica del inconsciente en la tesis de 1927”. Daimon. Revista Internacional de Filosofía 73 (2018): 55-66.

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Habermas, Jürgen (1971). Theorie und Praxis. Sozialphilosophische Studien. Darmstadt und Neuwied: Luchterhand, 1963.

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