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¿La muerte de qué autor?[1]

La cuestión de la “autoría”
desde la teoría del valor marxiana

Rafael Carrión Arias (Universidad de Granada)

Autor: Alguien que es la fuente de alguna forma de trabajo intelectual o creativo; especialmente, quien compone un libro, un artículo, un poema, una obra de teatro, u otra obra literaria destinada a la publicación. Normalmente, se hace una distinción entre un autor y otros (como un compilador, un editor o un traductor) que ensamblan, organizan o manipulan materiales literarios. A veces, sin embargo, el título de autor se da a quien compila material (como para la publicación) de tal manera que la compilación terminada puede ser considerada como una obra relativamente original. La palabra proviene, en última instancia, del latín auctor, “el que autoriza autorizante, agente responsable, originador o fabricante” (“Author”, Enciclopaedia Britannica)

 

Si soy una estrella, la gente me hizo una estrella. No un estudio, no una persona, sino la gente (Marilyn Monroe. Entrevista en Life Magazine, 17 de Agosto de 1962).

A lo largo de los últimos cuarenta años, el significado del concepto “autor” ha sido objeto de intenso examen. La senda abierta en 1946 por el ensayo de Wimsatt y Beardsley, La falacia intencional, allí donde se afirmaba que “el plan [design] o la intención [intention] del autor no es posible ni deseable como estándar para juzgar el éxito de una obra de arte literario” (468), consumaba de cierta manera una revolución abierta por Friedrich A. Wolf en sus Prolegomena ad Homerum de 1795 cuando el filólogo alemán fundaba el criticismo filológico poniendo en cuestión la unidad de los poemas homéricos desde la afirmación de que son creaciones compuestas por distintos aedos a lo largo de épocas muy distintas y transmitidas de forma oral, refundidas en una redacción escrita solo a partir del s. VI a. C. cuando Pisístrato decidió establecer un texto único y definido. Esta idea, continuada luego por Nietzsche tanto para la filología como para la filosofía (Carrión Arias), fue en último término explorada por Barthes y Foucault en sus célebres ensayos sobre la muerte del autor. Como se sabe, sendos autores rompían de forma definitiva con los principios de la unidad del discurso, inaugurando una nueva era en la crítica literaria basada más en la recepción y la interpretación que en la intencionalidad originaria: para Barthes, el autor se declara muerto desde el momento en que el lector lo asume como suyo y lo emancipa de él; para Foucault, el autor es una especificidad de la categoría de “sujeto” en la modernidad, categoría que solo puede ser examinada desde su naturaleza “fluida” (Nietzsche, Genealogie 314-315; Foucault, Nietzsche). A día de hoy, la emergencia de nuevos medios de autoría compartida (el diseño gráfico, el cine y la televisión, los comic-books, las redes sociales en su interactividad y anonimato, etcétera) y el seísmo todavía por asimilar de la revolución digital (el texto electrónico, el fenómeno de la piratería, etcétera) no han hecho sino confirmar la actualidad de este desafío, poniendo en entredicho la certeza de la autoría mientras las instituciones oficiales se levantan decididas en su defensa. Como ha señalado James E. Porter en su estudio bibliográfico, el creciente interés teórico en esta cuestión podrá demostrar que el autor está muerto, pero el autor como problema, no (71).

Históricamente hablando, el criticismo marxista ha tendido a resolver la cuestión del autor conforme a una fórmula extraída de la teoría marxista clásica de las ideologías. Según esta concepción, la estructura económica de la sociedad (ökonomische Struktur) sostiene un entramado eidético supraestructural (Überbau) que refleja y legitima las condiciones materiales de producción. La “obra” como producción de la conciencia (Bewusstsein) se explica sobre la práctica material. El lugar clásico se localiza en el prólogo de la Contribución a la crítica de la economía política de 1859, como complemento a un célebre pasaje de La ideología alemana escrito una década antes (1845/46):

En la producción social de su vida, los hombres contraen relaciones determinadas, necesarias e independientes de su voluntad, relaciones de producción que se corresponden con una etapa determinada del desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas relaciones de producción forma la estructura económica [ökonomische Struktur] de la sociedad, la base real [reale Basis] sobre la cual se levanta una Superestructura [Überbau] jurídica y política, y con las que se corresponden determinadas formas de conciencia social [Bewusstseinsformen]. El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social, política e intelectual [geistig] en general. No es la conciencia de los hombres la que determina su ser, sino, al contrario, es su ser social el que determina su conciencia (Marx, Kritik 8-9).[2]

Este sencillo párrafo, que tal cantidad de dolores ha ocasionado en la historia del marxismo cuando indujo a tantos analistas a pensar base y superestructura no en relación dialéctica (es decir, como proceso) sino como instancias separadas, sería matizado más adelante por el propio Engels, quien acusaría lo sobredimensionado de su redacción a las adversas circunstancias teóricas en las que fue escrito.[3] Entre las muchas consecuencias de su abuso y malinterpretación, destaca esa extendida ortodoxia que entiende la obra literaria (en su forma, estilo y significado) como el reflejo determinado de cada realidad socioeconómica particular conforme a una “tendencia” dentro de la lucha de clases.[4] Según dicha concepción, la obra no se explica por sí misma, sino como resultado de unas condiciones concretas de autoría.[5] A través de la idea de la intencionalidad de clase —representada por individuos “significativos” (Williams 263)—, la tradición marxista recupera el concepto de autor y reafirma la idea de que el sentido de la obra ha de remitirse en última instancia a esta figura.

Existen, sin embargo, elementos fundamentales en la obra del propio Marx que desmienten esta concepción “autorificada” de la obra literaria relacionándose en gran medida con los intentos deconstruccionistas de la muerte del autor. Son elementos que arrancan de la dialéctica de la forma de valor, para integrarse luego en el espacio de comprensión de lo que Marx denomina “la forma histórica específica” de la producción capitalista.[6] Considerando la creación artística en su determinación y no más como categoría general, las ideas del reflejo y la intencionalidad se reajustan de este modo a la verdadera medida del fenómeno ideológico —y descubren, precisamente, la ausencia de un autor. Estos componentes vendrán a añadir una nueva dimensión para el estudio de las teorías ulteriores sobre la muerte del autor. En los párrafos que siguen, vamos a intentar rescatar las razones para la redefinición marxiana del concepto de autor desde el reajuste del problema de la determinación ideológica de la superestructura por la base, y esto como principio para una reflexión actualizada sobre la obra literaria dentro de una hermenéutica marxista crítica. Así mismo, al quedar entrelazados en la reflexión crítica sobre la noción de autor, contribuiremos a extender por contigüidad las bases para una reflexión más amplia en torno a otras polémicas más recientes —revolución digital y propiedad intelectual principalmente— dentro de una discusión que hoy ya se está volviendo inaplazable.

Deconstruyendo al autor: la función-autor en la crítica marxiana a la economía política

En su texto ¿Qué es un autor?, presentado originariamente como conferencia en 1969, dos años después de la publicación de La muerte del autor de Barthes, Foucault responde, critica y en cierto modo complementa la tesis barthiana según la cual el autor (no necesariamente el escritor) ha muerto. En clara referencia a Barthes:

Es evidente que no basta repetir como afirmación vacía que el autor ha desaparecido. Asimismo, no basta repetir indefinidamente que Dios y el hombre han muerto de muerte conjunta. Lo que habría que hacer es localizar el espacio que de este modo deja vacío la desaparición del autor, no perder de vista la partición de las lagunas y las fallas, y acechar los emplazamientos, las funciones libres que esta desaparición hace aparecer (Foucault, “Auteur” 58).

Para Foucault, como para Barthes, el fenómeno del autor es un fenómeno histórico contranatura, pues sitúa la unidad del texto en su origen y no en cambio —tal y como es históricamente constatable— en su destinatario. Si el criticismo al uso no ha prestado atención más que al autor (se estudian las vidas de los autores, se teme y combate el anonimato, etcétera), es porque ha existido un determinado interés en consolidar su figura por delante de cualquier otra cosa. De ahí la afirmación de Foucault de que el autor surge o emerge en un determinado momento como una función, pasando entonces a denominarlo función “autor”: “Un nombre de autor no es solo un elemento del discurso […]; ejerce un determinado papel con relación al discurso: garantiza una función clasificatoria” (“Auteur” 60).

De acuerdo con Foucault, esta función clasificatoria se realiza conforme a cuatro parámetros:

Los resumiré así: la función autor está ligada al sistema jurídico e institucional que encierra, determina, articula el universo de los discursos; no se ejerce de manera uniforme ni del mismo modo sobre todos los discursos, en todas las épocas y en todas las formas de civilización, no se define por la atribución espontánea de un discurso a su productor, sino por una serie de operaciones específicas y complejas; no remite pura y simplemente a un individuo real, puede dar lugar a varios ego de manera simultánea, a varias posiciones-sujetos, que pueden ocupar diferentes clases de individuos (“Auteur” 66).

En cierto modo, una parte de los componentes que Foucault utiliza para su lectura genealógica se pueden encontrar ya de manera esencial en la pregunta marxiana acerca de qué es una mercancía. En el caso de Marx, el filósofo alemán nunca estudió el problema del “autor” desde una teoría estética explícita, más que nada porque nunca llegó a escribir ninguna.[7] Desde el punto de vista de la economía política, sin embargo, se puede fácilmente observar que la obra literaria, en tanto que mercancía inmaterial, responde a la misma lógica productiva que cualquier otra mercancía (autor/obra = productor/producto) y precisa de sus mismas funciones y requerimientos.[8] Si la noción de autor para Foucault era una figura con una función histórica determinada, clasificatoria decía él, que “constituye el momento fuerte de individuación en la historia de las ideas, de los conocimientos, de las literaturas, también en la historia de la filosofía, y en la de las ciencias” (“Auteur” 54), el materialismo marxiano encuentra ese momento de individuación en la historia de la producción mercantil. Para Marx, el concepto de autor se inserta en el entramado de la producción como una operación de atribución individualista de la propiedad a un determinado productor, donde los propietarios “deben reconocerse mutuamente como propietarios privados” dado que “las mercancías no pueden ir por sí mismas al mercado e intercambiarse a sí mismas” (Kapital 99). En ese sentido, el privilegio de la “autoría”, como parte específica de la categoría más amplia de “productor”, es una construcción necesaria para la adscripción del trabajo intelectual a un sujeto propietario, conditio sine qua non de la transformación del saber en mercancía, es decir, en “valores de cambio”.[9] El concepto de autor como modo de atribución forma parte por lo tanto del mecanismo ideológico de legitimación y naturalización de dicho modo de producción. La manera en la que se articula en Marx este mecanismo de atribución tiene que ver con esa lógica denominada por Marx “fetichismo de la mercancía”, y que aquí podemos denominar para el caso del autor fetichismo de la autoría.

Para una teoría del fetichismo de la autoría: el fetichismo marxiano de la mercancía

La teoría del valor marxiana aparece por primera vez en su forma acabada en el manuscrito Complementos y modificaciones al primer tomo de El capital de 1871/1872. Marx había trabajado sobre ella desde su primera recepción de David Ricardo (en los Manuscritos de economía y filosofía de 1844) criticándola, pero es solo a partir de 1847, en La miseria de la filosofía, donde vuelve a ella y la asume con algunas modificaciones. Su propia teoría del valor y la plusvalía la desarrolla en los Grundrisse de 1857/1858, produciéndose el gran salto adelante en la recepción de Ricardo y de Bailey que tiene lugar en 1862 dentro de las Teorías sobre el plusvalor. En términos generales, la teoría del valor marxiana sostiene que el “valor de cambio” que posibilita el intercambio en el mercado de una mercancía por otra no depende, como afirman las teorías neoclásicas, de los ajustes entre oferta y demanda, sino que es el modo de expresión o modo de manifestación de una realidad material, esta es el valor. Dicho valor, como intenta Marx demostrar con todo detalle en el comienzo de la sección primera de El capital (1867), no es otra cosa que el denominador común de todas las mercancías una vez hemos prescindido (abstraído) de todo lo particular y accidental de cada mercancía, es decir de los “valores de uso” dados en las diversas formas concretas de esos trabajos. El valor es para Marx la forma promedio de un tiempo de trabajo humano solidificado en la mercancía, “reduciéndose en su totalidad a trabajo humano indiferenciado, a trabajo abstractamente humano” (Kapital 52). Y en esencia —valores de uso aparte— todas las mercancías son únicamente esa determinada medida de tiempo de trabajo solidificado (Kapital 54). Ese trabajo humano indiferenciado y acumulado como sustancia común cristalizada es lo que los constituye como valores, y en tanto que “forma social de la riqueza material” (gesellschaftliche Form des stofflichen Reichtums) o riqueza socialmente reconocida, es la base real del intercambio mercantil (Kapital 54).

Como demuestra Marx en el análisis de las cuatro formas de valor de El capital (62-85), por necesidades del intercambio, el recurso a la cuantificación del tiempo-trabajo ha de hacerse necesariamente en torno a un tercer equivalente, i.e., el dinero. De ese modo, por ejemplo, se dice que una casa vale X cantidad de dinero, lo que facilita su intercambio en el mercado pues a la hora de adquirirla evita tener que presentar cantidades equivalentes en trabajo de otra mercancía. Sin embargo, y para olvido de su esencia como valor, tendemos a tomar cantidades fijas de ese tercer equivalente como expresión absoluta de la naturaleza abstracta de una mercancía, y así decimos por ejemplo que una casa vale como tal X cantidad de dinero. En otras palabras, pasamos de utilizar el dinero como expresión de un valor a considerarlo el valor en sí mismo. Al hacer esto, obviamos el carácter humano del tiempo-trabajo cristalizado en la mercancía para pasar a considerarlo como una propiedad natural de la mercancía en cuestión.

Este desplazamiento es el fenómeno fetichizante de quid pro quo al que Marx consagra en El capital el capítulo dedicado al “fetichismo de la mercancía” a partir de la segunda edición de 1872.[10] En esas páginas, y en relación directa con el análisis de las formas de valor, Marx descubre el mecanismo por el cual negamos el carácter humano del trabajo constitutivo de valor a través de naturalizar en las cosas cualidades humanas, por ejemplo el trabajo humano, cuyo valor en el mercado sería para el caso dicha cantidad X de dinero. Se llama “fetichista” a este proceso por su capacidad de otorgar cualidades vivas a sustancias inertes y viceversa; es una transposición o dislocación que, lejos de constituir una falsa conciencia,[11] conduce a la negación por parte de la conciencia cotidiana (Alltagsbewusstsein) del origen del valor en el trabajo social abstracto y en un momento histórico determinado. La inversión (Verkehrung) de la conciencia o abstracción de la naturaleza social e histórica del trabajo producida por la forma mercantil oculta las verdaderas relaciones, ahistorizando, naturalizando y mistificando en consecuencia las categorías económicas.[12] Razones de cosificación aparte, cualquier posible acercamiento a las fuentes reales materiales del valor de la mercancía queda oscurecido a favor de una teoría del olvido.[13]

En lo que concierne a la obra de arte literaria, las consecuencias de esta lógica fetichista no tardan en aparecer. Pues uno de los presupuestos más graves y poderosos que la modernidad ha creado en torno a dicha obra es la ficción que la vincula con el autor en una relación de individualidad, es decir negando la naturaleza social, colectiva e histórica de su producción. Se trata del problema definitorio de la así llamada “autoría”, entendida esta de forma intuitiva como la relación directa entre el productor de un bien inmaterial con su producto/idea; es decir, como supuesta exclusividad del trabajo del autor hacia dicho producto.

De la naturaleza social de todo trabajo concreto.
El problema fundamental de la llamada “autoría”

Así pues: ¿qué sucede si se olvida el carácter social originario del valor de la mercancía como trabajo social abstracto? Que se obvia del mismo modo el carácter social comunitario (gemeinschaftlicher gesellschaftlicher Charakter [Kapital 52]) del trabajo privado concreto. Superando las aportaciones de Adam Smith y David Ricardo, el principal descubrimiento de Marx radica en comprender que lo que los trabajadores venden no es simplemente su tiempo de trabajo, sino la fuerza de trabajo empleada de forma útil en ese tiempo de trabajo, fuerza de trabajo que está determinada por condiciones históricas y sociales específicas. En los Grundrisse, Marx argumenta que, con el paso del trabajo y el intercambio inmediato al trabajo y al intercambio mediato, la fuerza de trabajo se conforma desde la base de la cooperación social general, y el producto deja de ser producto del trabajo inmediato del productor particular para aparecer como combinación de una actividad social (gesellschaftliche Tätigkeit) (Ökonomische 605). Y se apoya para ello en una cita de Thomas Hodgskin, socialista ricardiano:

Tan pronto como se desarrolla la división del trabajo, prácticamente cualquier trabajo del individuo particular se vuelve parte de un todo que por sí solo no tiene valor o utilidad alguna. No hay nada que el trabajador pueda apropiarse y decir: este es el producto de mi trabajo, esto me lo guardo yo para mí (citado en Ökonomische 605).

Suele ser tentación habitual por parte de los economistas neoclásicos evitar el recurso a todo cálculo de valor que no salga del trabajo privado y concreto. Esto encaja perfectamente con la filosofía individualista del liberalismo burgués, y para Marx no pertenece sino a las robinsonadas propias del siglo XVIII (Einleitung 615). Pues como observa Marx en la introducción a esos Grundrisse, considerar que en la producción capitalista el valor emana del trabajo individual “es algo tan absurdo como [concebir] el desarrollo de un lenguaje sin que haya personas que viven juntas y que hablan juntas” (Ökonomische 20). Si prestamos atención, por ejemplo, a un problema usual de la economía política como pueda ser el del cálculo del valor final del producto “hilado”:

En la medida en que entra a considerarse el valor del hilado, el tiempo requerido para su producción, es posible considerar como diversas fases sucesivas del mismo proceso laboral a los diversos procesos de trabajo particulares, separados en el tiempo y el espacio, que hubo que recorrer primero para producir el algodón mismo y la masa de husos desgastada, y finalmente el hilado a partir del algodón y los husos. Todo el trabajo contenido en el hilado es trabajo pretérito (Kapital 202, subrayado añadido).

Y es que, como atestigua una cita de Sobre los principios de la economía política y los impuestos del mismo Ricardo: “no solo afecta al valor de las mercancías el trabajo aplicado directamente a las mismas, sino también el empleado en los aparatos, herramientas y edificios que sustentan ese trabajo inmediatamente empleado” (citado en Kapital 202, nota 11).

Esta condición del trabajo privado como trabajo social acumulado no solo se refiere a los productos de la gran industria, sino a todo trabajo especializado. También, qué duda cabe, a la producción literaria. Pues como cualquier otro producto social, la producción de una obra no comienza en el momento en el que el autor se dispone a darle forma, sino que presupone un tiempo previo de aprendizaje y dominio del lenguaje, de reflexión y, sobre todo, de documentación.[14] En el ámbito de la producción, este concepto de “documentación” se refiere a un trabajo de consulta en fuentes externas, ajenas y anteriores a la elaboración definitiva del producto, y rompe de lleno con la idea del carácter unívoco e individual del trabajo concreto. Como consecuencia, y lo mismo para toda mercancía material e inmaterial, no se podrá ya decir que el autor particular crea una obra ex nihilo cual inspiración y fuerza divina, pues toda creación presupone una sociedad y una cultura que la sustenta, y todo trabajo privado concreto es en gran medida deudor de un trabajo previo que lo precede, que ayuda a construirlo y constituirlo transportándolo hasta la situación histórico-epistémica en que ese trabajo concreto puede tener lugar.

Nietzsche había hablado del poeta como vox populi,[15] Harold Bloom ha discutido la “ansiedad de la influencia”,[16] Foucault hablaba de la “transdiscursividad”[17] y Barthes decía que “el escritor solo puede imitar un gesto que es siempre anterior, nunca original” (146). Para el caso de Marx, una mercancía material cualquiera, del mismo modo que una mercancía inmaterial tal que una canción, una fórmula, un poema, una novela o este mismo estudio, no solo se elevan sobre “hombros de gigantes” (Newton) sin cuyos logros, legado e inspiración no habrían visto la luz jamás, sino de modo mucho más general sobre el trabajo social de incontables generaciones de trabajadores pasados y presentes, los cuales componen al trabajador colectivo y al intelecto general y con los que dicha mercancía establece un diálogo común utilizándolo de fundamento.[18] La idea del self-made creator o autor que crea por sí mismo de manera independiente es una ilusión. La idea del genio creador es un vicio idealista. Pues como recientemente se ha venido a subrayar: “la creación es en su significado siempre una elección entre posibilidades ya existentes; no es una cuestión de origen, sino una continuación” (Schmidt 13). La creación es un proceso de totalidad, y negarlo es proceder sin más de forma fetichizada.

El concepto de “autor” vs. el de “trabajo general”

Si cerramos ahora el círculo en torno al ámbito particular de la creación intelectual, esta apreciación de que toda obra es deudora de algo más allá de sí es lo que Marx ordena conforme a una terminología de cuño hegeliano bajo la categoría de trabajo general (Allgemeine Arbeit o konkret-allgemeine Arbeit).[19] “Trabajo general” es el concepto definitorio de la actividad científica en el ámbito económico descrito por él en los trabajos preliminares a El capital y especialmente en los Grundrisse, así como en los manuscritos editados a título póstumo del tercer tomo de El capital y en las llamadas Teorías del plusvalor.[20] “Trabajo general” es, según sus propias palabras, “todo trabajo científico, todo descubrimiento, toda invención. Está condicionado en parte por la cooperación con los vivos, en parte por el empleo de los trabajos de gente precedente” (MEW 25: 113-114). Es la base científica, entendida como conocimiento e información, que permite la producción concreta en un momento histórico determinado. Tiene el significado de “cooperación mediata” (mittelbare Kooperation), en oposición a la “cooperación inmediata” del llamado “trabajo en común” (gemeinschaftliche Arbeit), la cual sería más bien el trabajo de los individuos unos con otros, codo con codo, en un solo producto (Gesamtarbeiter; kombiniertes Arbeitspersonal) (Kapital III 531).

El trabajo general, por tanto, forma también parte constitutiva del trabajo social (gesellschaftliche Arbeit). Pero lo hace, hay que añadir, sin constituir valor de forma directa.[21] Pues, como dice Marx, las fuerzas productivas que se derivan de la cooperación en general y de este tipo de cooperación en particular “al capital no le cuestan nada. Son fuerzas naturales (Naturkräfte) del trabajo social” (Kapital 407).[22] De manera que, igual que el capital se apropia de fuerzas naturales tales como el vapor, el agua, etcétera, sin pagar por ello, así también actúa de cara a la ciencia: “la ciencia no le cuesta al capitalista nada en absoluto, lo que no le impide en absoluto explotarla. La ciencia ‘ajena’ se le incorpora al capital igual que el trabajo ajeno” (MEW 23: 407; nota al pie). Pues el objetivo, como escribe Marx en un manuscrito inédito, es hacer el trabajo más productivo “sin elevar el valor del producto”:

todo descubrimiento [Entdeckung] servirá como base de una invención [Erfindung] o de nuevos y mejorados métodos de producción. Primero, la forma de producción capitalista pone a las ciencias naturales [Naturwissenschaften] al servicio del proceso inmediato de producción, mientras que, del lado contrario, el desarrollo de la producción ofrece los medios para la sujeción teorética de la naturaleza. A la ciencia se le asigna el oficio de ser medio de producción de la riqueza; medio de enriquecimiento (Vorarbeiten 2061).[23]

En la llamada “sociedad del conocimiento/sociedad de la información”, el papel del saber se acentúa y asume un lugar predominante, en un nuevo contexto de relaciones de producción capitalistas en las que poco a poco “el predominio del trabajo inmediato queda reemplazado por el predominio del trabajo general” (Brie 65). En el conocido “fragmento sobre las máquinas” del cuaderno VII de los Grundrisse, Marx señala la creciente aplicación de la ciencia al proceso productivo, objetivada en el sistema de máquinas, de manera que el conocimiento social general se ha convertido en fuerza productiva inmediata.[24]

El problema surge entonces de la colisión entre el “trabajo general” como mecanismo de socialización de la producción, y la figura del autor como función de atribución individualizadora de la producción como propiedad. Las célebres contradicciones lógicas de la estrategia capitalista de las que habla Marx a lo largo de toda su obra se condensan abiertamente en dicha controvertida figura. Pues, como venimos señalando, el concepto de autor es por un lado el soporte fundamental en el relato de la economía política de la producción intelectual para la adscripción/sujeción del trabajo al productor privado, razón por la que surge inmediatamente un entramado legal que lo protege (la llamada “propiedad intelectual”[25]; y los “derechos de autor” como “expresión de la paulatina subsunción de la creación intelectual bajo las condiciones de producción capitalistas” [Nuss 195-196]). Por otro lado, sin embargo, esos modernos cercos de defensa entorpecen las innovaciones, pues “de esa manera las ideas obtienen una menor difusión, y se utilizan con menos asiduidad” (Stiglitz).[26] Esa tendencia a articular sistemas de protección otorga al nuevo creador una posición de monopolio temporal que le permite sin duda pedir por su producto un precio determinado, pero impide al mismo tiempo el despliegue de las nuevas fuerzas productivas en eclosión ya que dificulta el acceso y encarece el resto de la producción, dando lugar al estancamiento. Es contradictorio en todo punto que los autores/productores, una vez manufacturado su producto con los medios más baratos a su disposición (trabajo general), cierren el acceso a los códigos fuente, patenten las fórmulas, o exijan legislar para la limitación de todo uso no remunerado de sus ideas, poemas, ensayos y novelas,[27] transformando inmediatamente la cooperación en una suerte de enemistad intelectual. En “un modo de producción que se regula por el trabajo abstracto objetuado en el valor pero que al mismo tiempo lo reduce de forma radical” (Haug 126), la batalla por la protección se revela trágicamente como una carrera autoprivativa de los autores contra sí mismos.

El autor y la hermenéutica marxista. Perspectivas

Pero como ha denunciado Daniel Bensaïd a cuenta de los llamados common goods en su postfacio al artículo de Marx, Debate sobre las leyes contra el robo de leña, publicado en la Gaceta Renana en 1842:

¿Es posible privatizar una idea, teniendo en cuenta que en el fondo un programa informático no es más que un elemento de la lógica aplicada, es decir, una parcela de trabajo intelectual muerto acumulado? Según esta lógica de apropiación privatizadora, ¿nos atreveríamos a patentar incluso las matemáticas para someterlas al derecho de propiedad? La socialización del trabajo intelectual comienza desde la práctica de lenguaje, el cual constituye, indiscutiblemente y hasta que se demuestre lo contrario, un bien común de la humanidad no privatizable. Lo cual no impide que los actuales conflictos en torno al derecho de propiedad intelectual tiendan a sacudir al derecho liberal clásico y su legitimación de la propiedad por el trabajo. […] Estos rompecabezas filosófico-jurídicos son fruto de las contradicciones, cada vez más explosivas, entre la socialización del trabajo intelectual y la apropiación privada de ideas, por una parte; entre el trabajo abstracto, cuyo sostén es la medida mercantil, y el trabajo concreto difícilmente cuantificable que desempeña un rol creciente en el proceso de trabajo complejo, por otra parte (Bensaïd 120-121).

Con la revolución digital e Internet, “posiblemente […] el medio tecnológico más revolucionario de la era de la información” (Castells 59), la economía se encuentra en los preámbulos de una transformación radical, evolucionando a una forma de trabajo general [allgemeine Arbeit] que requiere modalidades de autosocialización y restitución del aprovechamiento colectivo del conocimiento general que son incompatibles con un régimen de producción capitalista. La información se ha liberado de su soporte material y muestra su naturaleza social; y los desarrollos técnicos que posibilitan la difusión ilimitada, a coste con tendencia a cero, de contenidos sujetos a propiedad intelectual han vuelto las barreras históricas de la propiedad cada vez más permeables, cuestionando finalmente la estabilidad de sus sustentos ideológicos más tradicionales, el “autor” por delante de todos ellos.[28] El texto del prólogo a la Contribución a la crítica de la economía política profiere unas palabras fundamentales para entender la naturaleza ideológica de estos mecanismos:

Con la transformación de la base económica, toda la inmensa superestructura [Überbau] se da la vuelta más despacio o más rápido. Cuando se estudian esas transposiciones [Umwälzungen] hay que distinguir continuamente entre la transposición material constatable al modo de la ciencia natural [naturwissenschaftlich treu zu konstatieren] en las condiciones de producción, y las formas jurídicas, políticas, religiosas, artísticas o filosóficas, en una palabra, ideológicas, en que los hombres ganan conciencia de este conflicto y luchan en él (Kritik 9).

Esta dimensión histórica ahora in extremis revelada es en definitiva una condición que la hermenéutica literaria marxista no puede perder ya de vista cuando se acerque a la obra literaria.[29] Pues lo primero que debe advertir en su análisis es que la vinculación de la obra con su “autor” en una relación de exclusividad es una fetichización en la operación de “sujeción” (tanto económico-política como ontológica) de la forma, creada al albor de la imposición de los modos de producción capitalistas; y que su carácter verdaderamente ideológico no se localiza tanto en la naturaleza de su discurso (dogma derivado de una lectura simplista del arriba mencionado Prólogo) como en ese otro discurso mítico creado en torno a la naturaleza independiente de su producción —aquel que insiste, por ejemplo, en su “genialidad”. Es en procesos como el recién estudiado donde se percibe cómo la base material (Bau) impone y crea las condiciones epistémicas de la superestructura (Überbau), de acuerdo con el auténtico carácter del materialismo marxiano.

Como corolario, la deslucida concepción del reflejo se actualiza para atender a la obra literaria desde su origen —ya lo venía haciendo— aunque recuperando ahora la vigencia de la forma “autor” no más desde la intencionalidad sino desde su imbricación en el concepto moderno de sujeto (privado) y su función estructural. Una hermenéutica fielmente crítico-materialista verá por fin en la figura del “autor” un concepto efectivamente político, con un cometido en la reproducción de la estructura misma (ökonomische Struktur) y clave categorial asimismo en la conciencia del conflicto por su transformación.

Obras citadas

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  1. Este artículo ha sido realizado en el marco del proyecto de investigación “Actualidad de la hermenéutica. Nuevas tendencias y autores” (FFI2013-41662-P), financiado por el Ministerio de Ciencia y Tecnología y los Fondos Estructurales de la Unión Europea (FEDER) para el periodo 2014-2018.
  2. Dentro del amplio pasaje de La ideología alemana se puede leer: “La producción de ideas y representaciones, de la conciencia, está directamente entrelazada con la actividad material y comercio material de los hombres, lenguaje de la vida real. La imaginación, el pensamiento, el comercio intelectual [geistige Verkehr] de los hombres aparecen aquí como resultado directo de su comportamiento material. Lo mismo se puede decir de la producción intelectual, tal y como se presenta en el lenguaje de la política, de las leyes, de la moral, de la religión, de la metafísica y demás, de un pueblo” (Marx, Deutsche 26).
  3. En una carta de Engels a Joseph Bloch de 21-22 de septiembre de 1890 se lee: “El hecho de que los recientes interpretes [die Jüngere] hagan a veces más hincapié del debido en el aspecto económico, es cosa de la que, en parte, tenemos la culpa Marx y yo mismo. Frente a los adversarios, teníamos que poner el acento sobre este principio cardinal que se negaba, y no siempre disponíamos de tiempo, espacio y ocasión para dar la debida importancia a los demás elementos [Momente] que intervienen en la interacción” (Engels, Engels 465).
  4. El más importante representante de esta teoría del reflejo es Georg Lukács, quien la llevó a su culminación en sus Sobre la particularidad como categoría de la estética (1957), La modalidad de lo estético (1963), y finalmente en Contribución a la ontología del ser social (1984). A su manera, el análisis althusseriano de la sobredeterminación y de las regiones y las tendencias ideológicas también desembocaría en una concepción parecida (Althusser 14-15).
  5. “El criticismo marxista no es solamente una ‘sociología de la literatura’, preocupada por cómo se publican novelas y si mencionan la clase obrera. Su objetivo es explicar la obra literaria más plenamente; y esto significa una atención minuciosa a sus formas, estilos y significados. Pero también significa atrapar esas formas, estilos y significados como el producto de una historia particular” (Eagleton 3).
  6. “De cara a considerar la conexión entre la producción intelectual (geistig) y la material (materiell), [es importante] ante todo entender esta última no como categoría general (Allgemeine Kategorie), sino en su forma histórica determinada. Así, por ejemplo, corresponde al modo capitalista de producción un tipo de producción intelectual diferente al medieval. Si la producción material como tal no se entiende en su forma histórica específica, entonces es imposible comprender lo determinado (das Bestimmte) de su producción intelectual correspondiente, y la interacción entre ambas” (Marx, Theorien 256-257).
  7. Para una profundización en este tema, se puede ver Sánchez Vázquez, Adolfo. Las ideas estéticas de Marx. México: Siglo XXI, 2005.
  8. En las Teorías sobre el plusvalor, Marx equipara al “‘trabajador improductivo’ John Milton (quien escribió Paradise Lost por cinco libras) con el trabajo productivo del ‘proletario de Leipzig, el cual fabrica libros […] bajo la dirección de su librero’” (Theorien 377). En El manifiesto comunista, Marx describe cómo la burguesía “transforma al médico, al jurista, al cura, al poeta, al hombre de ciencia, en su trabajador asalariado” (Manifest 465).
  9. “La característica distintiva del autor moderno […] es la propiedad: el autor se concibe como originador, y por tanto como propietario de un tipo especial de mercancía, el trabajo” (Rose 1).
  10. Véase “El carácter fetiche de la mercancía y su secreto” (Kapital 85-98). Aparecido primeramente como anexo o Anhang a la primera edición del primer tomo de El capital.
  11. Ya que, en el fondo, “[s]e trata de formas del pensamiento socialmente válidas, es decir objetivas, para las relaciones de producción que caracterizan ese modo de producción social históricamente determinado: la producción de mercancías” (Kapital 90).
  12. “En capital-ganancia [Kapital-Profit] o mejor aún, en capital-interés [Kapital-Zins], suelo-renta de la tierra, trabajo-salario, en esta trinidad económica como conexión del valor y de la riqueza con sus fuentes, la mistificación del modo de producción capitalista, la cosificación de la relaciones sociales, la ligazón inmediata de las relaciones materiales de producción a su determinación histórico-social llegan a su punto culminante: el mundo hechizado, invertido y puesto de cabeza, en el que Monsieur le Capital y Madame la Terre deambulan como caracteres sociales al mismo tiempo que de modo inmediato como meras cosas” (Kapital 838, subrayado añadido).
  13. Para el problema de la cosificación, se pueden ver los trabajos de la Escuela de Frankfurt, y sobre todo Historia y conciencia de clase de G. Lukács: “La esencia de la estructura mercantil […] radica en que una relación entre personas recibe el carácter de una coseidad [Dinghaftigkeit], y de ahí una objetualidad [Gegenständlichkeit] fantasmagórica, la cual, detrás de su propia legislación [Eigengesetzlichkeit], rígida, aparentemente acabada del todo y racional, oculta todo rastro de su esencia fundamental, el de ser relación entre hombres” (94).
  14. Podemos referir aquí de nuevo la cita de Marx sobre la imposibilidad de un lenguaje privado (Ökonomische 20) dentro del carácter social de la esencia y la praxis humana: “El hombre es en sentido literal un ζώον πολιτικόν, no solo un animal con alma, sino un animal que solo puede individualizarse en sociedad. La producción del individuo aislado fuera de la sociedad —una rareza [Rarität] que probablemente solo le pueda suceder por casualidad […] a uno que ya posee dinámicamente en sí las fuerzas sociales— es algo tan absurdo como el desarrollo de un lenguaje sin que haya personas que vivan juntas y que hablen juntas”.
  15. “Si, en la niebla de la creación, el mismo poeta olvida de dónde le viene su sabiduría —del padre y la madre, de los maestros y los libros de todo tipo, de la calle y también de los sacerdotes; a él le engaña su propio arte y cree de verdad, de forma ingenua, que un dios habla a través de él, que él crea en estado de iluminación religiosa… mientras que en el fondo solo dice lo que aprendió, sabiduría popular y tontería popular de la mano. Así pues: en tanto que el poeta es de verdad vox populi, pasa por vox dei” (Nietzsche, Menschlich 455).
  16. “Influencia, tal y como yo la concibo, quiere decir que no hay textos, sino solo relaciones entre textos. […] La relación de influencia gobierna el acto de la lectura del mismo modo en como gobierna el de la escritura, y la lectura es por tanto una mal-escritura [miswriting] solo en cuanto que la escritura es una mal-lectura [misreading]” (Bloom 3-4).
  17. “Lo particular de estos autores es que no son solamente los autores de sus obras, de sus libros. Produjeron algo más: la posibilidad y la regla de formación de otros textos” (Foucault “Auteur” 66).
  18. Raymond Williams ha querido denominar esto “dinámicas de formación social” (Williams 264).
  19. De la Universalidad o Generalidad (Allgemeinheit) en La ciencia de la lógica, Hegel establecía la diferencia entre universalidad o generalidad abstracta (Abstrakt-Allgemeines), en lo que lo particular está inscrito de forma indiferenciada; y universalidad o generalidad concreta (Konkret-Allgemeines), en la cual lo particular se da como representante de lo general o universal. En el caso de la primera, lo particular se le presenta como algo externo (äusserlich), mientras que la universalidad concreta es “la riqueza de lo particular concebido de forma universal” (“Reichtum des Besonderen in sich fassende Allgemeine”) (Wissenschaft 54).
  20. Y que no debe ser confundido con la expresión abstrakt-allgemeine Arbeit que utiliza Marx hasta la primera edición del tomo 1 de El capital y que a partir de la segunda edición vendrá referida meramente como abstrakte Arbeit. Cfr. p. ej. Kritik 17.
  21. Es decir, es trabajo que se considera improductivo. Sobre la diferencia con el “trabajo productivo”: “El fin directo de la producción capitalista no es la producción de mercancías, sino de plusvalor o beneficio (en su forma desarrollada); no es el producto, sino el plusproducto. El trabajo como tal, desde esta perspectiva, solo es productivo en tanto que crea beneficio o plusproducto para el capital. Mientras que el trabajador no lo consiga, su trabajo será improductivo” (Theorien II 548). Se puede decir de ahí que “todo trabajador productivo es un asalariado, pero no todo asalariado es un trabajador productivo”. Respecto al trabajo intelectual o inmaterial en general, siempre que sea un trabajo valorizado como mercancía (material como inmaterial) o que quede consumido de forma directa en la producción de una mercancía cualquiera es trabajo productivo. Para este último caso: “En efecto añaden al capital constant su trabajo total [Gesamtarbeit], elevando el valor del producto en esta magnitud” (Theorien II 134).
  22. “Una vez descubierta, la ley sobre el movimiento de la aguja magnética en torno a una corriente eléctrica, o sobre la creación del magnetismo en el hierro […] no cuesta un chavo” (Kapital 407).
  23. Ver también Kapital III 113 y Kapital II 356. Sobre la diferenciación entre Entdeckung y Erfindung en este contexto, véase Ruben 11.
  24. “La naturaleza no construye máquina alguna, ni locomotoras, ni ferrocarriles, ni telégrafos eléctricos […], etc… Son productos de la industria humana; material natural, transformado en órganos de la voluntad humana sobre la naturaleza o sobre su actividad en la naturaleza. Son órganos del cerebro humano creados por la mano humana; ciencia objetivizada. El desarrollo del capital fixe muestra hasta qué punto el saber social general [allgemeine gesellschaftliche Wissen], el knowledge [conocimiento], se ha vuelto fuerza productiva inmediata, y de ahí hasta qué punto se han subsumido las condiciones del proceso vital social bajo el control del general intellect [el entendimiento general] y han sido transformadas en relación a él. Hasta qué punto las fuerzas productivas sociales quedan producidas, no solo en la forma del saber, sino como órgano inmediato de la praxis social; del proceso vital real” (Grundrisse 602).
  25. La cual “no se refiere al hecho material de la propiedad en sí sino más bien al hecho del derecho a la propiedad sobre lo intelectual que esa obra transmite, esto es, a la propiedad sobre la producción de sentido o significado” (Durán 174). La diferenciación entre propiedad material y propiedad intelectual tiene lugar por primera vez a finales del siglo XVIII (Rigamonti 20; Bosse 7).
  26. En el artículo del año 1994 The Economy of Ideas, John Perry Barlow había hablado de que “[a] menudo puede ocurrir que la mejor manera de aumentar la demanda de un producto sea regalarlo”, pues “se beneficia de la ley de los rendimientos crecientes, que se basa en la familiaridad”. El concepto de Rendimientos Crecientes de Adopción fue forjado por Brian Arthur con la siguiente tesis: una tecnología no se elige porque es la mejor, sino que se torna la mejor porque es elegida.
  27. “Los capitalistas preferirían no pagar nada por el acceso a las ideas, descubrimientos e innovaciones, pero queriendo hacer caja por las suyas propias” (Jessop 1295).
  28. Leemos en el Prólogo a la contribución a la crítica de la economía política: “En cierta etapa de su desarrollo, las fuerzas productivas materiales [materielle Produktivkräfte] de la sociedad entran en contradicción con las relaciones de producción [Produktionsverhältnisse] existentes, o lo que no es más que su expresión jurídica, con las relaciones de propiedad [Eigentumsverhältnisse] dentro de las cuales se han desenvuelto hasta ese momento. De formas de desarrollo de las fuerzas productivas, estas relaciones se convierten en trabas suyas. Se abre así una época de revolución social” (Kritik 9). También en El manifiesto comunista: “Las fuerzas productivas de que dispone [la burguesía] no sirven ya para fomentar el régimen burgués de la propiedad; más bien, son ya demasiado poderosas para servir a este régimen, que frena su desarrollo. Y tan pronto como logran vencer a este obstáculo siembran el desorden en la sociedad burguesa, amenazan con dar al traste con el régimen burgués de la propiedad. Las condiciones sociales burguesas resultan ya demasiado estrechas como para abarcar la riqueza por ellas engendradas” (Manifest 468). Para una lectura actual de este problema, se puede ver Ladeur.
  29. Para una aproximación, se puede ver la idea del “sujeto colectivo” de Lucien Goldmann (Goldmann 94-120); y específicamente al ya citado Raymond Williams y su descripción del procedimiento biográfico “como un descubrimiento recíproco de lo verdaderamente social en lo individual y de lo verdaderamente individual en lo social” (Williams 262).


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